ASOCIACIÓN DE ARQUITECTOS DE CATALUÑA MONUMENTOS ROMANOS DE TARRAGONA APUNTES HISTORICO-CRlTICOS DE ALGUNOS DICHOS MONUMENTOS D. LEANDRO SERRALLACH Y MAS ÜEIDO^ EN LA EXCURSIÓN" HECHA Á AQUELLA CIUDAD FOR LA ASOCIACIÓN EN 24 DE MAYO DE 1885. BARCELONA TIPOGRAFÍA DE LA CASA PROVINCIAL DE CARIDAD 1886 MONUMENTOS ROMANOS DE TARRAGONA ASOCIACIÓN DE ARQUITECTOS DE CATALUÑA MONUMENTOS ROMANOS DE TARRAGONA APUNTES HISTÓRICO-CRtTICOS DE ALGUNOS DE DICHOS MONUMENTOS POK D. LEANDRO SERRALLACH Y MAS ErBIDO£ EN LA EXCURSIÓN HECHA A AQUELLA CIUDAD POR LA ASOCIACIÓN EN 2 4 DE MAYO D£ : BARCELONA TIPOGRAFÍA DE LA CASA PROVINCIAL DE CARIDAD 1886 m 1. ACTA DE LA EXCURSIÓN R e u n i d o s en la Estación de F r a n c i a , en la m a ñ a n a del dia 24 de M a r z o de i 8 8 5 , los Sres. GARRIGA, M E S - TRES, R O G E N T , VILLAR, TORRAS, FOSSAS P Í , R Í U S , F O N T Y CARRERAS, VILASECA, DOMÈNECH Y MONTANER, SALA, CASA- DEMUNT, FALQUES., TORRES ARGULLOL, MERCADER, AMAR- GÓS, MIQUELERENA,. BUIGAS, G U S T A , POLLÉS, F O N T Y SAN- GRA, CÁMBARA Y F O N T Y GUMÁ, dirigiéronse á T a r r a g o n a en c u y a estación, les a g u a r d a b a n el Sr. Serrallach y el infrascrito secretario llegados allí el dia anterior, y a d e m á s los Sres. M i r y H e r n á n d e z de la Comisión Provincial d e M o n u m e n t o s y los arquitectos, residentes en la m i s m a Sres. B a r b a y Salas. I n m e d i a t a m e n t e , se e n c a m i n a r o n todos al P e n a l en c u y o patio q u e le sirve de ingreso se conservan restos del anfiteatro, particularmente la m a z o - nería de las g r a d a s y las bóvedas que las sostienen, sobre lo cual dio el Sr. Serrallach interesantes explicaciones. T r a s l a d á r o n s e después al P a r q u e de Artillería y al Al- —6— macen de Ingenieros, en cada uno de cuyos puntos pu- dieron contemplar notables bóvedas del circo romano con sus correspondientes vomitorios, después de lo cual se dirigieron al recinto de las primitivas murallas consti- tuido por las vulgarmente denominadas ciclópeas, que forman el basamento de todo el recinto , y los notables lienzos de muralla romana construidos sobre aquella. Situados los expedicionarios en la llamada Falsa Bra- ga, al pié de las primitivas murallas, junto á la torre del Arzobispo, el Sr. Serrallach procedió á la lectura de la memoria que por turno le habia correspondido redactar, concluida la cual fué saludado con unánimes muestras de aprobación, siendo felicitado no solo por todos los compañeros sino también por los dignos representantes de la Comisión Provincial de Monumentos. Terminado el objeto de la Excursión se reunieron todos los presentes en fraternal banquete, en cuyos brin- dis se hicieron votos por la noble y patriótica tarea que ha emprendido la Asociación con sus periódicas ex- cursiones. E L VICE-PRESIDENTE, EL SECRETARIO, Magín Rius. Joaquín Bassegoda, INTRODUCCIÓN Pocas veces en el decurso de mi vida, heme encontrado tan pro- fundamente impresionado' como en este momento. Impresión debida á causas distintas, que producen en mi ánimo efectos opuestos y aun antitéticos. Me siento poseído de una gran satisfacción y al propio tiempo de un fundado temor. Satisfacción motivada por el recuerdo de felices tiempos de la juventud que pasaron para jamás volver; de aquellos años que parecían deslizarse con tardía velocidad, y que hoy día tan solo la memoria los presenta como sueños fugaces. Esta agrupación de compañeros unidos por un mismo pensamien- to, la contemplación de los monumentos de las edades pasadas, ávidos de indagar como pensaron y como sintieron las generaciones que nos precedieron, deseosos de hallar las leyes á que obedecían y las solu- ciones adoptadas en faz de los arduos problemas planteados por las respectivas civilizaciones; esta reunión de amigos que la pasión del arte anima y el amor á la belleza conforta, que dejando atrás el mundo abrumador de la política y de los negocios, vienen aquí á respirar ambiente más puro y á satisfacer el noble deseo de su cora- zón de dilatar la esfera de conocimientos, me trasporta con el pensa- miento á las excursiones á que asistí cuando era alumno. Pasaron ya veinticinco años y mi memoria no ha podido olvi- —8— dar ¡cómo olvidarlas! á la imperial Toledo, mimada de los siglos, museo viviente de grandes obras de todos los tiempos y de todos los períodos del_ arte, y guardadora de los recuerdos y tradiciones de España, escritos en el sin número de monumentos que constituyen su mejor blasón; á Trujillo, Mérida, Càceres y Badajoz, reflejo fiel de la opulencia de nuestra nación después que Colón le diera un nuevo mundo; á Asturias con sus innumerables iglesias románicas, que, cual verdaderos jalones, señalan los pasos de los hijos de Pela- yo al descender de las fragosidades de Covadonga para rescatar el patrio suelo del poder de los sectarios de la Media luna; y á Córdo- ba y á Sevilla, emporio del saber en otro tiempo, cuyas obras están tan llenas de grandeza como su clima de seducción. Presentes tengo todavía las impresiones que en mi alma produ- jeron tantos y tantos monumentos como tuve ocasión de visitar. La contemplación de tales maravillas artísticas, prueba manifiesta y ex- plendente de la virilidad y cultura de un pueblo, me hizo concebir la idea ¡ojalá no sea mentida ilusión! de que ha de venir un día en que nuestra patria saldrá de su postración y volverá á ocupar el rango que tuviera en épocas anteriores, cuya grandeza y poderío atestiguan con expresiva elocuencia sus monumentos. Quiero alimentar la con- soladora esperanza de que España, que, gracias á su aislamiento, ha conservado en gran parte sus creencias, sus costumbres y sus anti- guas virtudes, cerrando como en un paréntesis períodos de desgra- cias y de abatimiento, continuará su gloriosa historia, enalteciendo todo lo noble, todo lo digno y todo lo sensato. Por ello, pues, siento en este momento suma satisfacción, si bien bajo la presión del temor de que mi trabajo y mis esfuerzos no cor- respondan á lo que vuestra ilustración reclama. Temor tanto más fundado, cuanto considero lo que pueden y lo que valen los compa- ñeros á quienes tengo de reemplazar. ¡Reemplazar! Hay hombres á los cuales se puede suceder y que pocos están en el caso de reem- plazar. De buen grado hubiese declinado la comisión que se me confirió, pero no lo hice por considerar como un deber contribuir á que continuen estas excursiones, mayormente habiendo aplaudido con entusiasmo, conforme sabéis, la idea de su celebración. - 9— ¡Es tan agradable dejar, aunque sea por breves horas, el ruido y el vertiginoso movimiento de nuestra populosa ciudad, y olvidar el cúmulo de asuntos heterogéneos que pesan sobre nuestra trabajada imaginación, para entregarse con la inteligencia serena y el corazón tranquilo á la contemplación y estudio de los monumentos! En cada excursión que celebramos se dilatan los horizontes de nuestra inteli- gencia, parece que adquirimos nueva savia y nuevo vigor, nos senti- mos como rejuvenecidos y nuestra alma recibe mayor temple para emprender otras campañas. Y es, señores, que con estos estudios recorremos hacia su origen el curso de los siglos, y nos ponemos en contacto con obras que son producto de la juventud de la humani- dad, tan rica en arte, en poesía y en ideas originales, atrevidas y fe- cundas. No es menos importante el caudal de ilustración que alcanzamos con estas excursiones. Y no creo ofenderos con ello, pues considero que vosotros tendréis la misma convicción, de que el hombre dado al estudio ha de reconocer, como lo reconoció el ilustre Isaac New- ton, que lo que sabe es una gota de agua, y lo que ignora el vasto é insondable Océano, mayormente tratándose de arquitectura. Ilustra- ción que no puede sustituirse con el estudio de tratados especiales, por buenos que sean; pues es muy distinto el lenguaje de las líneas trazadas en un papel, del que hablan las piedras de los monumentos á los que están en disposición y tienen deseos de entenderlas: len- guaje precioso por el cual los pueblos que pasaron á la historia, es- tán comunicándose con la actual generación á través de miles de años, de imperios derrumbados y de civilizaciones extinguidas, reve- lándole secretos y enseñanzas dignos de la mayor estima y que en vano se buscarían por otros medios. Hay mas. Algunos de nosotros no nos hemos familiarizado sufi- cientemente con los monumentos de nuestra tierra, que viven de su propia vida, bien caracterizada por el temperamento de esta región, que constituyó el antiguo Principado, y esto no conviene. Nos ex- ponemos á que nuestros proyectos estén desprovistos del color local que les debe animar y distinguir; fisonomía especial que, sin faltar á los principios predominantes en cada época, siempre ha existido y — to- na de existir, por mas que el cosmopolitismo moderno tienda á bor- rar las fronteras é igualar á todos los hombres, que, á pesar suyo, seguirán siendo diferentes, porque así plugo á Aquel que todo lo ordenó. Veo también en estas expediciones, y por ello las aplaudo de todas veras, un acto colectivo, y por lo tanto contrario al individua- lismo, del cual ya sabéis soy acérrimo enemigo, por los funestos resultados que produce en todos terrenos y en todas partes. Durante estas breves horas, nos comunicamos nuestras impresiones; debati- mos amistosamente teorías, principios y procedimientos, y á la ma- nera que los colores influyen los unos en los otros con su proximi- dad, los espíritus mas diferentes se modifican y de cada contraste sale una armonía, sin la cual no se va mas que por el camino de las excentricidades y no por el de la prosperidad del arte; no olvidando, señores, que la Arquitectura es el espejo eterno de las civilizaciones y que lo mismo refleja su grandeza en la unión, que su pequenez en la discordia. La unidad está hundida en todas partes á nuestro alre- dedor; hagamos cuantos esfuerzos podamos para levantarla. Procu- remos-que la anarquía intelectual, que tanto corroe á los individuos y á los pueblos, no invada nuestro campo profesional, á fin "de sal- var los principios fundamentales del arte, sin los cuales nos queda- ríamos envueltos en las mas densas tinieblas. Además, nuestra presencia en Corporación en las poblaciones para estudiar las bellezas arquitectónicas que contienen, es un acto de gran trascendencia y de importancia suma para su conservación. Os supongo ¡cómo no suponerlo! á todos animados de la idea de que es necesaria dicha conservación en interés del arte, de la civiliza- ción y de la patria. Hacia los monumentos que visitamos, atraemos las miradas de los profanos; se fijan en ellos; los contemplan; luego los admiran y concluyen por convencerse de la necesidad y conve- niencia de conservarlos, comprendiendo que las poblaciones que ca- recen de monumentos no tienen recuerdos, ni historia; son agrupa- ciones híbridas y sin ningún atractivo. ¿Os parece poco lo que con ello alcanzamos? Imaginad, señores, que para desgracia y baldón de España, vol- — II — vieran á repetirse los horrores de la anarquía; que sobre esta nuestra querida patria se cerniera el genio de la rebelión removiendo y po- niendo á flote todas las heces y todas las miserias de la sociedad, y que con un indulto general ó parcial á los delincuentes coincidiera la orden de demolición de algunas obras arquitectónicas. ¿Creéis que se evitaría porqué anteriormente se hubiera dado un decreto decla- rándolas monumentos nacionales? ¿Se acataría el decreto cuando algunas veces tiene que huir á uña de caballo el que lo ha dado? En días tan tristes y tan aciagos, de desolación y exterminio, que son páginas negras de la historia patria, lo único que es capaz de inducir y habituar á todos los espíritus, desde los mas cultos hasta los mas humildes, á respetar las obras inmortales del genio, respeto tan útil á la vida moral é intelectual como á la verdadera prosperidad de los pueblos; lo único que puede impedir demoliciones, derrumbamientos, ruinas é ignominia es la ilustración general de los ciudadanos pre- viamente preparada, y entiendo que con nuestras expediciones con- tribuimos á fomentarla. Nos hallamos en Tarragona y no lo debéis á mi, sinó al señor Rogent. El fué quien al regresar de San Pedro de Tarrasa tuvo la oportuna idea de indicar al Sr. Torras la ida á Martorell y á mi la venida á esta antiquísima capital. Doyle las gracias por el acierto que tuvo al designar el punto y por las vacilaciones y las dudas que me evitó de las muchas que se presentan al tratar de elegir. La excursión á Tarragona nos proporciona el placer de abrazar á queridos compañeros residentes en ella, desconocidos personal- mente de algunos de nosotros, pero no sus nombres ni sus obras justamente celebradas. No dudo que ellos tendrán igual satisfacción en este día recibiendo la visita que les hacen sus hermanos de pro- fesión, y verán en ello un elocuente testimonio de la estima y con- sideración que les guardamos, cual se merecen, por lo mucho que enaltecen la carrera, ya en el terreno particular, ya en las regiones oficiales. La Asociación de Arquitectos de Cataluña siente hoy un verdadero júbilo, al ver reunidos en su seno á tan dignos represen- tantes de la clase y les dirige por medio del último de sus individuos, yunque ocupe inmerecidamente el cargo de Presidente, el mas cordial — 12 — saludo, que hace extensivo á toda la ciudad por sus tradiciones, sus recuerdos y sus glorias. Glorias, recuerdos y tradiciones que todo buen catalán debe amar como si fueran propias, y sentir henchido su pecho de noble orgullo, no olvidando que en los días de prueba se han confundido en una sola haz los hijos todos del antiguo Prin- cipado, rivalizando á porfía en poner muy alto el pendón de las bar- ras catalanas. Los barceloneses en Tarragona estamos como en nuestra propia casa, y hallamos en ella nuestro mismo espíritu, ma- nifiesto en sus costumbres, en su historia, en su lengua y en sus artes. Lá historia escrita de esta capital debiera ser tan antigua como lo son algunos de sus monumentos, pero desgraciadamente los que de ella se han ocupado, se habrán hallado rodeados de densas nie- blas cuando sus afirmaciones son tan discordes, en lo que concierne á la época anterior á la dominación romana. Tarragona es, sin duda, uno de los temas alrededor de los cuales han girado la inteligencia y íantasía de los historiadores, de los arqueólogos y de los eruditos. No extrañaremos que tan prematuramente se diera á conocer en la escena del mundo, si nos fijamos un instante en algunas de sus condiciones. Prescindiendo de lo dulce y templado de su clima, y de que la naturaleza se ostenta siempre viva, fecunda y expléndida, su situación en el litoral del Mediterráneo suministra por si sola un gran rayo de luz para comprender porque los primitivos pueblos, anhelosos de conquista ó de colonización, dirigieron constantemente á ella su mirada. A partir de la caida de las monarquías de Oriente, después que la espada de los conquistadores pasó sobre las ruinas de Babilonia, de Nínive y de Persépolis, todo el movimiento de la historia se con- centró en las riberas del Mediterráneo. Sobre sus costas, ó en sus cercanías, se erigieron las metrópolis del comercio y de la riqueza, los focos de la ciencia y de la civilización, Jerusalen y Antioquia, Efeso y Esmirna, Atenas y Corinto, Cartago y Alejandría. Este mar sirvió en la antigüedad de vía común, en la que se encontraron tan- tos y tantos pueblos, quemas tarde constituyeron el imperio Romano. — 13 — Gracias á él, el Oriente y el Occidente, que separa y une á la vez, formaron los dos brazos de ese cuerpo colosal, del cual Roma fué al propio tiempo la cabeza y el corazón. No importa que Horacio le llamara Oceanus dissotiabílis, ó sea elemento que separa; los hechos han comprobado hasta el colmo que Horacio se equivocó. No, el Mediterráneo no ha separado, por lo contrario ha unido; no ha sido elemento de barbarie sinó de civilización; y en sus aguas han tenido lugar los hechos mas memorables y que ejercieron mayor influencia en los destinos de la humanidad. Dejando á un lado lo hipotético y concretándonos á lo admi- tido por todos los historiadores, es indudable que Roma impulsada por su odio inextinguible hacia los Cartagineses y deseando vengar el ultraje recibido con el sitio y toma de Sagunto, después de la catástrofe que de nadie es ignorada, mandó sus ejércitos á España, libró numerosas batallas, empeñadas sucesivamante por tres Escipio- nes contra Asdrubal y contra Anibal, venció al fin, se enseñoreó del territorio y no satisfecha con haber arrojado de la península á su constante enemigo, atravesó el mar, se lanzó sobre la misma Car- tago, apoderóse de ella y le dejó la existencia porque se confesó vencida y se hizo tributaria de su rival afortunada. Los sucesores del último de los Escipiones, para organizar la parte conquistada de España, la dividieron en dos provincias, de las cuales la una llamada Citerior tenia por capital á Tarragona, y la otra denominada Ulterior abarcaba la Bética, estando ambas gober- nadas por sus respectivos pretores. Estos, con los abusos que come- tieron, excitaron la indignación de los españoles, produciendo el al- zamiento y la guerra, que podía ser desastrosa para los Romanos, si no hubiesen comprado con su oro al asesino que diera fin á la vida de Viriato. El último baluarte de la resistencia nacional fué Numan- cia, que sufrió un sitio de mas de tres años, siendo preciso viniera á acabar con ella el mismo que acabó con Cartago. Tanto fué el he- roísmo de sus habitantes, que prefirieron morir á capitular; y Es- cipión Emiliano hubo de plantar las enseñas romanas sobre ardientes escombros y cadáveres palpitantes. ¡Pocos ejemplos registra la his- toria, de tanta abnegación y de tanto amor á la independencia! - 14 — No entra ciertamente en mis propósitos, ni cumple á la exten- sión á que debo limitar este trabajo, siendo por otra parte de voso- tros perfectamente conocidas, y por lo mismo ocioso, ocuparme de las luchas entabladas en España, primeramente entre los partidarios de Syla y Mario, y luego entre los de Pompeyo y Julio Cesar, los cuales parecía habían elegido nuestro suelo para ventilar sus cues- tiones y derrotar á su contrario al objeto de ejercer en absoluto y sin trabas el poder supremo; y si solo recordar que cuando Octavio, libre de Antonio y de Lépido, que con él formaron el segundo triunvirato, empuñó el cetro, dividió la España en Tarraconense, Lusitania y Bética, conservando, por lo tanto, esta capital la impor- tancia que desde el principio de la dominación romana había tenido; y fué siguiendo como las demás las diversas vicisitudes, prósperas ó adversas, por que pasó el imperio, siendo la última provincia que se mantuvo fiel á Roma, como había sido la primera en reconocerla; sosteniendo antes de entregarse, el formidable cerco que le puso el rey godo Eurico, el cual apoderado de la población causó en ella grandísimos destrozos. De suerte, señores, que los romanos dominaron á Tarragona durante siete siglos; establecieron en ella el centro gobernativo de una vasta extensión de territorio, y en esta ciudad residieron gran- des personajes, entre ellos Julio Cesar y los emperadores Augusto y Adriano. Estas especiales circunstancias explican porque Tarragona tenia sus murallas, su capitolio, sus templos, su foro, su circo, su anfiteatro, sus acueductos, y otros monumentos de que carecieron otras ciudades que durante la Edad Media y modernamente han adquirido mayor desarrollo, importancia y celebridad. De los restos de algunas de estas obras romanas pienso ocupar- me, trasmitiéndoos simplemente mis impresiones, que no dudo recibiréis con vuestra habitual benevolencia, sabiendo de antemano que no me propongo escribir monografías; y no os admiréis no diga ni una sola palabra de esta Catedral Metropolitana. Reúne, en mi humilde opinión, tanta:, bellezas, "qne no bastarían para describirlas las pocas páginas de una memoria; sería preciso para decir algo de ellas, un tomo entero y pluma mas autorizada y mejor cortada que — 15 — ta mia. Los que conocéis tan preciada joya del arte, recordadla y convendréis conmigo que no puede tratarse incidentalmente, sino que exige capitulo único y aparte. Empecemos, señores, por LAS MURALLAS Ocupada esta ciudad por los Escipiones, en ella constituyeron el centro de sus operaciones militares, asaz importantes, debiendo lu- char con el ejército cartaginés que Aníbal dejó en España, al llevar á cabo la gran marcha á Italia, una de las empresas mas atrevidas que registra la historia y que llenó de espanto á la república romana. Forzoso era hacer inexpugnable á Tarragona, y realmente los gran- des lienzos de muralla subsistentes todavía, atestiguan la importan- cia de las obras realizadas para alcanzarlo; si bien manifiestan que, en cierto modo, se hallaron los nuevos dominadores con un pié for- zado, cual era la existencia de otras fortificaciones anteriores que no estaban completas, pues habia muchas cortinas derrumbadas en una parte considerable de su altura, mientras algunas se conservaban ín- tegras. Y de intento he dicho se hallaron con un pié forzado, pues, conforme veremos, una vez resueltos á utilizar lo que quedaba de la antigua construcción, hubieron de amoldar Ja estructura de la nueva á lo que encontraban, obligándoles á infringir las reglas que en otras partes habían adoptado, en armonía con su estrategia y con los medios defensivos y ofensivos propios de la época. Cuando los romanos invadieron la España, formaban ya una nación acostumbrada á las luchas y eran diestros en el ramo militar que habían principalmente aprendido combatiendo contra los Galos, contra los Samnitas, contra los Tarentinos acaudillados por Pirro y contra los Cartagineses en la primera guerra púnica. Se puede decir — to- que durante tres cuartos de siglo el pueblo romano no conoció otro arte que el de la guerra, ni otro ejercicio que el de las armas, y sus soldados eran los mas bravos, los mejor disciplinados, los mas ágiles y los mas fuertes. Con la sed de dominación que sentía y el deseo de engrandecimiento que formaba su principal ambición, compren- dió la necesidad de dedicar toda su atención á la organización mi- litar. La experiencia le enseñó que un ejército verdaderamente na- cional, con el cual se pueda contar, no se forma con mercenarios, como hasta entonces lo habían practicado los demás pueblos, y por ello excluyó del servicio de las armas á los extranjeros, á los liber- tos y á los proletarios; y para interesar á las clases acomodadas á que ingresaran en las filas, elevando con su ejemplo la dignidad y la fuerza moral del ejército, ningún ciudadano, según afirma Polibio, podía ser elegido para una magistratura civil, si no había hecho por lo menos diez campañas. Reclutado el personal entre lo mejor, fal- taba organizado y disciplinarlo. Para la organización, rechazó el sistema de falange ó sea de constituir una gran masa, y prefirió el de división en legiones, dotando á cada una del respectivo contin- gente de las diversas armas. Cada legión fué, á su vez, subdividida en cohortes, manípulos y centurias, con cuyo sistema era mas fácil la movilización de las tropas, pudiendo maniobrar conforme los acontecimientos de la lucha y la accidentación del campo de opera- ciones lo exigiesen; permitiendo, también, la formación de los cam- pamentos con una celeridad asombrosa, gracias á un meditado, in- variable y sencillo plan, y á la misma subdivisión que establecía el debido orden. Reinaba entre los soldados la disciplina mas severa. De'jábanse diezmar si el general pronunciaba este terrible castigo; tenían por recompensa inestimable la corona de césped, ó de encina, concedida al mas valiente; soportaban las mas duras fatigas con gran constancia, y cada uno llevaba los correspondientes víveres, estacas para los atrincheramientos y varios utensilios. De aquí, que el arte militar, cuando la venida de los Escipiones, había alcanzado gran altura, dentro de los medios que la época proporcionaba, y no debe extrañarse, por lo mismo, la importancia de estas fortificaciones, en cuanto tienen de romanas, habida consideración que no era la pri- — 17 — mera vez que se dedicaban á tamaña empresa y que contaban con los conocimientos y los recursos para llevarla á cabo. A la vista de estas primitivas murallas, ocurren las siguientes preguntas. ¿Datan de muy remota fecha? ¿Cual fué el pueblo ó raza que las levantó? Mucho han hecho discurrir estas dos cuestiones á los historiado- res, á los arqueólogos y á los eruditos, y es de lamentar estén tan discordes en sus afirmaciones. Según unos, estas antiquísimas mu- rallas, llamadas ciclópeas por lo gigantesco y colosal de sus elemen- tos constitutivos, fueron construidas por Celtas primitivos, es decir, no civilizados; y fundan su aserto, en la circunstancia de haberse distinguido siempre el pueblo celta en sus ritos y ceremonias por saber erigir pénaseos informes é inmensos; y aun hay quien va mas allá, aseverando ser obra druidica, ó sea, debida á la casta sacerdotal de aquel pueblo. Otros, y entre ellos el inolvidable Piferrer, atribu- yen á los Fenicios esta obra, en la cual dieron la primera idet de ar~ qultectura militar á los españoles, que tal ve% atraídos por las artes y maneras de los navegantes de Tiro, cooperaron con sus propias manos á levantar el edificio de su servidumbre. Y finalmente, algunos creen que tan original y típica construcción, es debida á los Pelasgos ó á algu- na colonia griega oriunda de ellos. Sensible es, por demás, que la historia de Cataluña en general y la de Tarragona en particular, sean sobradamente vagas y oscuras en la época anterior á ía venida de los Escipiones, no permitiendo es- clarecer punto tan importante. En falta de datos históricos ciertos y fehacientes, la imaginación moderada por la reflexión conduce á las siguientes consideraciones: ¿Se tiene noticia de que los Celtas hayan levantado en la Galia, en la Germania, en la Gran Bretaña ó en Es- paña construcciones que puedan calificarse de murallas, ó verdade- ramente lo sean? ¿Ofrecen alguna analogía, por remota que parezca, los cromlechs ó círculos druídicos, á los cuales Tácito calificaba de recintos sagrados, con la construcción ciclópea que delante tenemos? Vosotros sabéis mejor que yo que la respuesta debe ser negativa, y por ello mi convicción es que la mano celta no aparejó esta fábrica. Pasemos á hacernos cargo de la segunda suposición. ¿Quienes - lá - eran los Fenicios en la época que desembarcaron en nuestra penín- sula? ¿Formaban un pueblo rudo y de civilización primitiva? Nada de esto, señores. Los Fenicios eran activos, diestros, positivos, ávi- dos de riquezas y tenían grandes aptitudes marítimas, comerciales é industriales. La ventajosa situación de Tiro le permitía ser el depósi- to comercial del Occidente y del Oriente, y sus innumerables colo- nias y factorías establecidas en todos los países, le proporcionaban los mejores productos del mundo entonces conocido. Se esforzaron en mantener activas relaciones con los Egipcios, los Jónios y los Sirios, con los pueblos de Judá, con la Arabia y la Pèrsia y con varias po- blaciones del Asia central. La industria de los Fenicios impulsada por el estado próspero de su comercio rayó á gran altura, alcanzan- do justo renombre y fama en aquella época muchos de los artefactos elaborados con las primeras materias que de todos puntos les envia- ban; siendo especialmente celebradas las ricas telas por ellos fabrica- das, cuya exportación, juntamente con la de otros productos manu- facturados, tanto necesitaban para equilibrarla en el terreno econó- mico con la importación de los productos naturales. Por su habilidad en las artes, merecieron que Homero se ocupara de ellos en la Iliada con motivo de un vaso de plata, admirablemente trabajado, y nadie ignora lo que los profetas Ezequiel, Isaías y Jeremías dijeron del es- plendor y magnificencia de Tiro. De los Fenicios se puede decir, sin exageración alguna, que hicieron del mar el gran medio de comuni- cación entre los hombres, y que al llevar en sus naves toda clase de mercancías, conducían, al propio tiempo, á las mas remotas regiones, las primeras nociones de la industria y de las artes y con ellas la ci- vilización. Siendo esto cierto, como lo es, bien podemos estar per- suadidos sin ningún género de remordimiento, de que los Fenicios tampoco manejaron estos toscos cantos. Otro debió ser el pueblo que los hizo rodar. Por último, los que atribuyen esta obra á los Pelasgos, ó á algu- na colonia griega oriunda de ellos, se fundan en un argumento que, en mi concepto, es bastante sólido. La tribu, la colonia ó el pueblo que tuvo aliento para levantar estos muros tan colosales, tan exten- sos y tan conformes con las reglas de la estrategia, no era cierta- — 19 — mente la primera vez que lo efectuaba, pues para prueba inicial jamás el hombre ha hecho las cosas tan en grande. De seguro que antes, en otros puntos había discurrido, aprendido y ensayado la disposición general en relación con los medios de ataque y de de- fensa, además de los procedimientos y prácticas para procurarse estas moles, trasportarlas y colocarlas. Apoyados en esto, que á su vez lo está por la marcha lenta seguida por la humanidad en su desenvolvimiento y progreso, procedieron á indagar donde existían restos de construcciones que tuvieran con estas analogia, y los halla- ron en las comarcas que fueron habitadas por los Pelasgos, los cuales habiendo vivido constantemente en las montañas desde su partida de la cordillera del Indo, conservaron la rudeza y sencillez primitivas. Los paises ocupados por ellos desde su emigración, atra- vesados por altas y escarpadas colinas, llenas de hondonadas y bar- rancos, eran muy abundantes en piedras apropiadas para erigir construcciones duraderas, y los Pelasgos no despreciando la ocasión las emplearon profusamente. Aprovechando las localidades defendi- das por la naturaleza, los promontorios y sitios difíciles de trepar, circunvalaban las cimas con murallas de gran espesor formadas con cantos como los que estáis viendo, colocados irregularmente según el sistema de los antiguos Tirrenos. Se hallan bastantes ejemplos de obras de esta clase, en todos los puntos que la permanencia de aquel pueblo está confirmada por testimonio de los antiguos, que- dando varios en el Pelopenoso, la Beocia, la Fócida, la Tesalia, el Epiro y la Tracia; en el Asia Menor y sus islas; en la Etruría y en el Lacio, destacándose Tirinto entre todos, por su alta antigüedad (diez y seis á diez y siete siglos antes de nuestra era), y las mura- llas de Micenas, ya mejor aparejadas, que fueron construidas cuando la guerra de Troya. Empero, debemos consignar á fuer de imparciales, que pocos recintos amurallados por los Pelasgos tenían tanta extensión como el de Tarragona, que, según la respetable opinión del ilustrado ar- queólogo Sr. Hernández Sanahuja, alcanzaba unos tres kilómetros, próximamente igual al desarrollo de la elipse descrita por la fortifi- cación de Pompeya. — 20 — De los cuatro aparejos usados por los Pelasgos, los empleados en Tirinto, en Argos, en Tarragona y en otros puntos, parecen pertene- cer al mas rudo y primitivo, si debiéramos juzgar por lo espontáneo de la construcción y lo poco que ha intervenido el arte para regula- rizar lo informe de los peñascos; pero hay que tener en cuenta que la mayor perfección de los otros aparejos no-dimana siempre de ser mas recientes, ó sea menos antiguos, sino de la naturaleza y condi- ciones de la piedra, ya en cuanto á consistencia, ya en cuanto á su formación geológica por capas ó estratos. Las piedras empleadas en las murallas ciclópeas de esta capital son calizas duras y com- pactas y su gran resistencia la han comprobado los siglos conserván- dolas intactas, al paso que los sillares romanos, mucho mas moder- nos, formados con areniscas arcillosas, fueron corroidos por la acción de las lluvias, de los vientos y de las heladas. Ahora bien. ¿Se tiene noticia, ó existen datos que confirmen la venida de los Pelasgos á Cataluña? Respecto de este punto la histo- ria permanece muda y solo nos habla de la fundación de colonias griegas, entre ellas las de los Rodios y las de los Fócidos; teniendo, por todo lo expuesto, en mi concepto, bastante fundamento la opi- nión de los que creen que alguna de dichas colonias conocedora y práctica en el modo de construir de los Pelasgos levantaría estas murallas; notándose la particularidad, consignada muy oportunamen- te por el Sr. Hernández en el «Indicador Arqueológico de Tarrago- na» corroborante de que los constructores de este muro ciclópeo fueron extranjeros venidos por mar, que en toda la fortificación que miraba á la marina no existían torres, siendo estas bastante frecuen- tes en la línea de defensa que corresponde al interior del país; prue- ba evidente de que estas formidables construcciones militares se habían erigido contra los indígenas, ó para precaverse de ellos. Pasemos á considerar estas murallas bajo el punto de vista de la fortificación, ó sea, con el fin de poner á un pequeño número de hombres en estado de resistir á mayor número durante un tiempo mas ó menos largo. Para estudiar los principios en que fundaron los antiguos sus fortificaciones, hasta época muy reciente no se disponía mas que de. — 21 — ligeras y vagas indicaciones consignadas por Vitruvio y por Vegecio; pero hace pocos años la traducción del compendio redactado por Filón de Bizancio en el siglo segundo anterior á nuestra era, ha suministrado mayor luz, siendo sensible queden todavía algunos puntos envueltos en dudas y tinieblas gracias á lo truncado del texto, á los errores de los copistas y á la falta de figuras que debían acla- rar la doctrina expuesta. Guiado por las enseñanzas de dichos autores, voy á hacerme cargo de las partes que nos restan de estos muros, no olvidando, por ser de gran importancia, la diferencia capital que existe entre la fortificación antigua y la moderna. Antes, el soldado iba provisto de un escudo que protegía su lado izquierdo; el derecho quedaba al descubierto. Todas las disposiciones de la fortificación estaban calculadas en vista de este hecho. El objetivo era que las obras protegieran el flanco descubierto del amigo y ofendieran el del enemigo. En la actualidad el soldado es igualmente vulnerable por todas partes, pero en cambio maneja armas de precisión y gran alcance; siendo por ello tan diferente la estructura de las obras mi- litares modernas de las antiguas. Las prescripciones de Vitruvio relativas al emplazamiento de una ciudad fortificada, resultan perfectamente atendidas en el presente caso; pues Tarragona radica en una comarca llena de salubridad, es bastante fértil para proveer á la alimentación de sus habitantes, y su puerto aseguraba las comunicaciones, cuya conservación tanto preo- cupaba, con fundamento, al arquitecto romano. La fortificación de esta ciudad estaba constituida por un muro continuo, y no por varias obras aisladas á manera de fortalezas; no tenía, al parecer, mas que un recinto amurallado, diferenciándose de algunas poblaciones de Oriente que contaban dos y á veces tres órdenes de murallas, con el fin de prolongar la resistencia en el caso de que la mas exterior hubiese sido tomada por asalto. Tampoco quedan vestigios, ni hay memoria, de que existieran torres indepen- dientes, fuera del recinto amurallado, para observar al enemigo y hacer señas ó impedir que este se apoderase de ciertos puntos que convenia á todo trance defender, cuyas torres contenían á veces la tumba de algun guerrero ilustre, siendo bastante general la creencia de que en determinados casos dicho personaje podia intervenir de una manera sobrenatural en los combates. También la forma perimétrica de estas murallas, obedece á lo que prescribía la antigua estrategia. Había necesidad absoluta de dar á todas las partes del circuito el mismo grado de resistencia, á fin de que la caida de un punto débil no comprometiera á toda la fortifica- ción; lo cual conducía á rechazar los trazados que ofrecieran ángulos marcadamente salientes, por la gran facilidad de ser atacados en to- das direcciones por el enemigo. Observad como queda cumplida esta prescripción tan importante. Las diferentes cortinas son aproximada- mente rectas y el conjunto forma un polígono de pocos lados, cuyos ángulos obtusos presentan gran oposición á ser derribados. La ten- dencia general es la concentración y con ella la unión y la fuerza. Filón de Bizancio dice en su obra que, en toda fortificación debe haber por lo menos tres fosos. Padua en 1380 y Rodas en 1470 los tenían todavía. Sin embargo, son muchos los casos en que no existe ninguno, cual sucede aquí. El foso se practicó frecuentemente en las llanuras arcillosas de Oriente, cuyas tierras, como se hizo en Babilo- nia, servían para fabricar los ladrillos que habían de emplearse en la construcción de las murallas, ó bien con dichas tierras se ejecutaba el terraplén adosado al muro. ¿Podía hacerse esto en el caso que examinamos, hallándose, como se halla, la roca viva á flor de tierra, ó sea, en la misma superficie del terreno? El buen sentido contesta la pregunta y expresa porque los constructores obraron conforme lo hicieron. En cuanto á las torres levantadas para defender á las cortinas y á las puertas, de cuyas torres carecía por completo la fortificación de Tirinto, el hecho de ser salientes respecto de la muralla en la de Tar- ragona, concuerda con lo prescrito por Vitruvio respecto del parti- cular en pro de la mejor defensa, pero la configuración disiente de su criterio y del de Filón. Aconsejan ambos para las torres la forma redonda y en su caso la poligonal. La redonda, que es la que afecta- ban las torres de la muralla romana de Barcelona, como lo manifies- tan las dos existentes todavía en la Plaza Nueva, permitía el tiro en todas direcciones y resistía bien á los arietes y á los proyectiles arro- jados con las catapultas en razón á la forma de cuña de los sillares; pero muchas fortificaciones antiguas, entre otras las de Mesenas en Grecia, las de Aosta en Italia, las de Pompeya, las dé Roma construi- das en tiempo de Aureliano y las de Constantinopla, ostentan, como esta, la planta cuadrada ó rectangular en sus torres; y la razón, á mi entender, debe buscarse en la mayor facilidad en la construcción. Conforme lo exigia el corto alcance de las armas usadas por los an- tiguos, la distancia de una á otra torre era poco considerable al ob- jeto de que la defensa hecha desde ellas fuese efectiva, y cruzándose los proyectiles pudiesen impedir la aproximación del enemigo. Recomiendan también los citados autores, que las torres se situen á la derecha de las puertas, considerándolas desde el exterior; fun- dando su opinión en que de esta manera los defensores de la plaza podían herir á los sitiadores en su flanco derecho que presentaban al descubierto, ó sea, no protegido por el escudo. Esta condición está perfectamente cumplida en algunas de estas puertas, mientras en otras las torres están al revés; debiendo confesar con franqueza, que por mas que he meditado, no he sabido hallar la causa de semejante hecho. En estas murallas ciclópeas había bastantes puertas, de las cuales subsisten seis, número bien superior al de la fortificación de Tirinto que solo contaba tres. Las de la parte de tierra se hallan siempre protegidas por una torre, pero no así las que miran al mar. Su forma es un rectángulo que tiene de altura dos metros cuarenta y tres cen- tímetros y de amplitud un metro cuarenta y seis centímetros; cuyas dimensiones constituyen un hueco muy reducido y, por lo mismo, fácil de defender. No existe vestigio alguno que indique el modo co- mo se cerraban dichas puertas; pudiéndose asegurar que carecían de rastrillo corredero en sentido vertical y de hojas giratorias. En el te- cho del largo corredor que forman estas entradas, tampoco se regis- tran boquetes ni agujeros que permitieran á los defensores arrojar proyectiles á los sitiadores que al intentar penetrar quedasen deteni- dos durante mas ó menos tiempo. Todo induce á creer que los Ro- manos se utilizaron de dichas puertas ciclópeas, pero no cabe dudar, dada su manera de ser y de sentir, que ellos á su vez abrirían otras — 24 — mas desahogadas en felación con las dimensiones que dieron á las de las muchas fortificaciones que erigieron en distintos puntos. De las puertas romanas solamente queda una, situada en el lienzo Norte de las murallas, que se puede contemplar dentro del espacio com- prendido en la Falsa-braga; cuya puerta, según opinión de los ar- queólogos, fué practicada en el reinado del emperador Adriano para prestar en el Arce ó Ciudadéla el servicio que prestan modernamente las puertas llamadas del socorro. Realmente, del estudio de los res- tos que aquella localidad ofrece, se deduce que en la parte mas cul- minante del espacio amurallado se establecería primitivamente el Acrópolis, que bajo la dominación romana fué reemplazado por el Arce ó Cindadela, teniendo esta parte, puramente militar, necesidad de una espaciosa puerta para entrar y salir la guarnición indepen- dientemente del resto de la ciudad. Es notable dicha puerta bajo el punto dé vista constructivo. Los sillares de las jambas, el dovelaje y la disposición de las piedras superiores, demuestran esmero y una solidez á toda prueba, conforme era uso y costumbre entre aquellos constructores. Ningún resto queda que permita asegurar que los Romanos for- maran poternas, ó pequeñas puertas, en estas murallas para facilitar las salidas y las sorpresas; y es muy probable no las formaran, pu- diéndose utilizar para aquel objeto de las numerosas y estrechas aberturas ciclópeas, mayormente estando éstas defendidas, como lo estaban, por sus correspondientes torres. Igualmente esta fortificación carecía de casamatas ó estancias si- tuadas á diversas alturas en el espesor de los muros para servir de alojamiento á la guarnición, ó bien, y era lo mas frecuente, para si- tuarse los tiradores que tomaban parte en la lucha; á cuyo fin, como puede verse todavía en las murallas de Roma levantadas por Aure- liáno, estaban dispuestas las oportunas saeteras, hoy aspilleras, para poder maniobrar contra el enemigo y observarle sin que se notase. Del examen hecho de la cara de esta fortificación que da al inte- rior de la ciudad, se deduce, á mi juicio, que en ella no existió terra- plén adosado. Y ciertamente no hacía falta, si consideramos el gran espesor de esta construción, que medido en la puerta llamada del - 25 - Rosario tiene cinco metros setenta y cuato centímetros, algo menor, es verdad, que el del tan renombrado muro de Tirinto que varía en- tre seis metros y siete metros setenta centímetros, pero suficiente para resistir el choque de los proyectiles, y conveniente para sumi- nistrar en la cima una anchurosa zona donde maniobrar ios defenso res y poder establecer las baterías, ó sean, las máquinas de batir propias de la época. El considerable espesor de estas murallas, llena con exceso las prescripciones de Vitruvio al indicar que, en su con- cepto, el grueso mas conveniente para los muros de fortificación es el que permite á dos hombres armados cruzar en su camino sin difi cuitad alguna. En cuanto á altura, esta obra militar peca mas bien de exigua que de excesiva, si la comparamos con otras análogas, y principal- mente con la de las murallas de Tirinto, que en los puntos mejor conservados mide actualmente trece metros, teniendo esta solamente siete metros catorce centímetros; siendo justo declarar, que ignoro si cuando se terminó este muro ciclópeo, y antes que fuese batido y destruido en gran parte, alcanzaría ó no mayor elevación. Difiere también esta construcción ciclópea de otras análogas, y especialmente de la tan repetida de Tirinto, en la carencia de gale- rías longitudinales formadas en el espesor del muro, cuyo servicio, al parecer, era facilitar la salida á los defensores de la plaza, siendo en extremo arriesgado á los sitiadores intentar la entrada por ellas. En Tirinto dichas galerías formaban seis puertas, ó pasos separados por robustos pilares, detrás de los cuales con sigilo se iban colocando los de dentro y en un instante dado salían todos á la vez, y en caso de una retirada los mismos pilares les protegían, permitiéndoles luego herir en el flanco derecho á los de fuera si llegaban hasta ellos, pre- cisados como estaban à penetrar uno á uno. ¿Cómo remataban estas murallas? Ningún resto queda que per- mita precisarlo, si bien es de suponer terminarían con su correspon- diente almenado que facilitase ocultar por entero el cuerpo del sitia- do y señorear el campo enemigo, al propio tiempo que defender el pié del muro. No sabemos si la construcción ciclópea estaría ó no coronada con almenas, pues su empleo se remonta atan alta anti- - 26 - güedad que Homero las cita en un pasaje de la Iliada; pero si se puede aseverar que los Romanos no prescindirían de un elemento tan necesario para la defensa, cuando las usaron en muchas de sus fortificaciones y hasta las representaron en algunos mosaicos al figu- rar las puertas de ciudad, conforme puede verse en uno existente en el museo de Aviftón. Por lo que respecta á la construcción de estas murallas poco podré deciros, pues necesitaba ver su estructura interna, y esto no me ha sido posible, como comprenderéis. La disposición de los can- tos en el interior de la parte ciclópea, en mi concepto, debe guardar analogía con la que presentan visible en ambos paramentos; siendo digno de contemplarse el acierto con que están combinadas las piedras en cuanto á tamaños, y la buena trabazón que afectan, sin cuyas condiciones no puede obtenerse la estabilidad de un conjunto de masas informes, redondeadas y sin argamasa alguna que las una y proporcione *buen asiento. Esta fábrica, si bien revela rudeza, ma- nifiesta al propio tiempo cierto ingenio y habilidad; pues no hay duda que, es mayor la dificultad de combinar y emplear materiales cuanto mas imperfectos son, debiendo suplirse con las prácticas y procedimientos del arte de construir lo que son deficientes por na- turaleza. En cuanto á la parte romana, la cuestión varía por completo. A mi entender, existen dos muros de sillería correspondientes uno á cada paramento, lo cual está en armonía con lo expuesto por Vitru- vio respecto del particular, como también lo están los muros tras- versales que situados de trecho á trecho traban y unen á aquellos, haciéndolos solidarios. La existencia de los muros trasversales no la he podido comprobar por mi mismo, pero se me ha asegurado por persona que los ha visto, digna para mi de todo crédito, ( i ) Vitrú- vio deja completamente libre la elección de los materiales para la construcción de las murallas, en atención á que no todas las comar- cas pueden suministrar los mismos. Por cuyo motivo señala la sille- ría, el sillarejo, el hormigón, los ladrillos y los adobes como los mas (i) Véase la nota del final. - 37 - apropiados; y se vé que en esta capital se eligió el mas rico y mas consistente, sin duda por ser superiores sus condiciones técnica y económicamente consideradas. Estos paramentos de sillería expresan libertad en la ejecución, pues los sillares no tienen iguales su altura ni su longitud, habiéndose preocupado poco de que las juntas verticales correspondieran al me- dio. La variedad que de ello resulta, asi como el aspecto vigoroso y acentuado del conjunto, producido por ios almohadillados de gran relieve que forman el paramento de las "piedras y por la cálida en- tonación que dá á la obra el color del material, el tinte vetusto de los siglos y la expléndida brillantez de la luz del sol de un clima meridional, son bastante parecidos á los que ofrece la primitiva muralla de Roma de la época del rey Servio Tulio, de la cual quedan todavía apreciables restos en el Aventino, bastantes para formar cabal concepto de dicha obra, que con la Cárcel Mamertina y la Cloaca Máxima son los únicos vestigios subsistentes de la arqui- tectura de la monarquía etrusca, revistiendo las tres un marcado ca- rácter de utilidad pública, en contraposición á muchas otras que después se levantaron en tiempo de la república y del imperio, para dar únicamente satisfacción al orgullo ó á la vanidad. Esta fábrica de sillería que delante tenemos obedeciendo al prin- cipio predominante en la arquitectura de la antigüedad clásica, cual era el de obtener á todo trance la solidez, no tan solo real sinó apa- rente, en las construcciones, nos proporciona la oportunidad de ob- servar lo que tantas veces hemos leido en los libros respecto á la perfección en la labra de lechos y sobrelechos de las piedras en las obras egipcias, griegas y romanas y la ausencia de toda argamasa interpuesta, como tampoco existía en las juntas de las murallas ro- manas de Barcelona, conforme he tenido ocasión de ver reciente- mente con motivo del derribo de un trozo de ellas. Os llamará la atención, sin duda, como me la llamó á mí, la profunda corrosión de muchos de estos sillares, efecto de la natura- leza de la piedra que no resiste bien á la acción de las lluvias y de las heladas. ¿Porqué usaron una piedra de tan poca dureza? ¿Acaso no existe en la localidad, ó en sus inmediaciones, otra de mayor — 28 — consistencia? Los que conocen el pais saben que se hallan en varios puntos piedras mejores que estas para resistir, y dentro del mismo recinto circunvalado por las murallas se encuentran, como lo han visto cuantos han presenciado el desmonte practicado para nivelar la rasante del paseo llamado la Esplanada. El empleo de esta piedra franca se explica fácilmente, si se tiene en cuenta el poco coste de la labra y la gran extensión superficial del doble paramento que de- bía formarse, con lo cual los Romanos dieron una prueba mas de que no eran ideólogos ni vanos teóricos, sino que resolvían los pro- blemas según las circunstancias de cada caso. Esta piedra les costa- ba poco de extraer, de desbastar y de labrar, lo cual agregado á la pequeña distancia del trasporte, les permitía levantar en brevísimo .tiempo esta colosal construcción. La elección para ellos no era dudo- sa, como no lo sería ahora, para el que considerara que en estos asuntos, dos de los datos mas importantes, muchas veces, son el tiem- po y el coste. ¡Cuantas construcciones dejan de realizarse porqué el facultativo olvidándose del presupuesto se empeña en obtener lo me- jor, cuando quizás bastaría contentarse con lo bueno! ¡Cuantas veces un extremado rigorismo, abre un abismo entre los teóricos y la opi- nión general ávida de progreso y de mejoras! EL ANFITEATRO. La antigua capital de la España Citerior tuvo también su anfitea- tro. Acabáis de pisar sus restos, y aseguro, que ellos os habrán habla- do con mas elocuencia que yo pudiera hacerlo, aunque fuera un ora- -dor consumado. ¿De que sirven las palabras ante la realidad de los hechos? ¡Cuantos pensamientos y cuantos recuerdos habrán evo- cado en aquellos de mis compañeros que han tenido la satisfacción - 29 - de visitar el gigantesco Coliseo de Roma! Ellos son los que debieran hablar en este instante, y referirnos la grandiosidad de aquella colo- sal obra de Vespasiano, término del progreso, tal como lo entendió la civilización pagana, y propia de un pueblo que llegó al colmo de la gloria y del poder para terminar en su completa anulación. * El anfiteatro, conforme sabéis, fué invención romana. Las diver- siones del teatro y del circo, aunque prodigadas en sumo grado, no eran bastantes para ocupar, y complacer á los ociosos, ni parecían dignas de la grandeza de aquel pueblo. Hombres que habían recor- rido el mundo con la espada en la mano, arrollando cuanto se opo- nía á su paso y á su dominación, tenían necesidad de mas vivas im- presiones. No les satisfacían las fiestas y los juegos que hicieron las delicias del pueblo heleno, tan amante de la belleza, entusiasta ad- mirador de las producciones del genio y dotado de sentimientos delicados; no les bastaban las suaves emociones que emanaban del desarrollo dramático de las pasiones y de las ficciones poéticas; era indispensable la realidad bárbara de la matanza; faltaba que la san- gre corriera. Habían derramado tanta, que querían verla hasta en sus placeres, llegando con ello hasta el colmo de la enormidad. De este deseo nacieron las luchas de hombres y de fieras, y con ellas el anfiteatro, que no se limitó á Roma sino que se extendió á todas las provincias del imperio, conforme lo atestiguan Pompeya, Puzzoles» Cápua, Verona, Arles, Nimes, Sevilla, Tarragona y otras muchas ciudades que podríamos citar, cuyos procónsules y pretores procura- ban emular á los que en la metrópoli ejercían el supremo gobierno. Tal delirio se tuvo por la escena del anfiteatro, que se puede aseverar que los Romanos consideraban frivolos é insípidos pasa- tiempos las representaciones dramáticas; sintiendo verdadera pasión por los espectáculos en que morían hombres, ó quedaba ensangren- tada la arena. El mérito estribaba en saber matar y en saber morir; y la competencia del púbÜco rayaba tan alta respecto del particular, que solo podemos formarnos un ligero concepto, comparándola con la que tienen los habituales concurrentes á nuestras corridas de toros, verdaderos maestros en aplaudir ó en reprobar de una manera frenética y estrepitosa todo cuanto ejecutan los diestros. La vida de — 30 — estos es lo de menos; lo mas importante es que las suertes se verifi- quen con estricta sujeción á las prescripciones del arte. De igual modo al pueblo romano le era indiferente que murieran pocos ó muchos gladiadores; pero se irritaba en grado superlativo, ante una accióg que estimara como cobardía ó revelara falta de destreza ó de agilidad. ¡Cuanta degradación moral! Apartemos la vista de las escenas del anfiteatro, de esas orgías tan impropias de la dignidad humana, de esos espectáculos que con- vierten al hombre en fiera y le vuelven al estado salvaje; y sobre todo desviemos la mirada del cuadro atroz que ofrecen aquellas gasta- das y corrompidas muchedumbres, ebrias de alegría cuando había de sacrificarse á algunos heroicos confesores de la fé de Jesucristo, que ni los castigos ni los tormentos eran bastantes para hacerles apostatar; que con la frente serena y los ojos levantados al cielo, animosos se lanzaban á las hogueras entonando himnos de alabanza al verdadero Dios, como lo hicieron San Fructuoso, obispo de Tarragona, y sus diáconos Augurio y Eulogio en esa misma arena hollada actualmen- te por la planta de los presidiarios. ¡Qué contraste! Ayer la inocen- cia sacrificándose en aras de la fé; hoy el penado por la justicia hu- mana preparando, tal vez, un nuevo crimen. La opinión general atribuye el anfiteatro de Tarragona á la épo- ca de Augusto, y de ser cierto, resultaría anterior al de Nimes construido en el reinado de Antonino (por los años del 138 al 161) y al de Arles que lo fué en tiempo de Probo (del 276 al 282); y es muy probable no se equivoque la opinión general, si se considera que* Estatilio Tauro en el cuarto consulado de Augusto, poco antes de la era cristiana, convencido sin duda, de que debía cesar la pro- visionalidad que hasta entonces había existido celebrándose los jue- gos y las luchas en el Mercado de bueyes, en el Foro, ó en el Campo de Marte, en los que se disponía un circuito improvisado con algunas gradas de madera, edificó en Roma el primer anfiteatro de piedra, ó sea permanente, pasando algun tiempo después á. desem- peñar el cargo de procónsul en España. Gertamente, aquella época se distinguió de sus predecesoras por el prodigioso número de obras públicas que se llevaron á cabo en — 3i — todas partes, gracias á la prosperidad que se disfrutaba. No en balde se vanagloriaba Augusto de que había recibido una Roma de ladrillo y la dejaba de mármol. El mundo estaba cansado de discordias, de luchas iníeltinas y de guerras; y el emperador después de muchas victorias alcanzadas, comprendiendo los deseos de la generalidad, hizo cuanto pudo para procurar la paz. La política exterior limitóse á asegurar y á defender los extensos dominios del imperio, y á no invadir; pues no se ocultaba á su claro talento, que los pueblos anexionados necesitaban organización, y que sin ella en lugar de atraerse el afecto de los vencidos, aumentaría de día en dia el núme- ro de los descontentos, pudiendo comprometerse el éxito de las conquistas realizadas. Consideró que no le convenía tanto abarcar mucho, como tener seguro lo que poseía. Por ello, su política inte- rior fué constantemente dirigida á atender las quejas de sus adminis- trados, y sobre todo á hacer desaparecer la arbitrariedad y el poder absoluto de los gobernadores, con frecuencia tan detestados por los ciudadanos. A este fin, multiplicó los privilegios de los municipios, extendió el derecho itálico á las provincias, unificó la administración y la gobernación del Estado, hizo grandes concesiones y quitó muchas cargas y vejámenes que oprimían á los pueblos. La paz obtenida por estos medios fué acogida con aplauso por todos, lle- gando hasta el extremo de atraerse el amor y la admiración de los Romanos, y lograr que se olvidasen los medios de que se valió para quedarse solo en el poder, y de que los destinos ulteriores del Esta- do, anulado por completo el pueblo, se ponían en manos de un solo hombre, que si entonces se llamaba Augusto, mas tarde se llamaría Tiberio, Calígula, Nerón, Domiciano, Commodo, Caracalla ó Helio- gábalo. El lujo y la grandiosidad de tantos y tantos monumentos erigidos en la capital por la iniciativa de Agrippa, que con Mecenas fueron los dos brazos del emperador, como en muchas ciudades y comarcas sujetas á la dominación romana, prueban la paz y la tran- quilidad que se gozaba y. las riquezas de que se disponía; haciendo todo ello contraste con la vida modesta de Augusto, que proscribió de su casa el fausto y la ostentación. El edificio de que nos estamos ocupando, tenia una particularidad — 32 — que no ofrece el Coliseo, ni el de Verona, ni el de Nimes, ni el de Arles. Estos, emplazados en terreno llano, pudieron ser construidos de fábrica en todo el circuito, siendo análoga su estructura en todas partes, mientras el de Tarragona, utilizándose con muy^ien acuer- do la configuración de la colina, tenia los dos tercios' de la extensión de la gradería apoyada en la roca viva y el tercio restante sobre mu- ros y bóvedas. Vosotros lo habéis visto. Colocado el que visita aquellas ruinas en las gradas que se conservan, descubre, desde lue- go, y sin ningún esfuerzo, no tan solo la configuración que tuvo el anfiteatro, si no que también su extensión. Los restos de las construc- ciones y la accidentacion del terreno se lo están enseñando. Este hecho que no es singular, como lo acreditan el teatro de Baco en Atenas, el de Siracusa, el de Efeso y otros muchos, y tam- bién el anfiteatro de Itálica en Sevilla, demuestra que los antiguos tenian el buen sentido de dejarse guiar por la naturaleza, completán- dola y embelleciéndola, y no pretendian sujetarla á bellezas de regu- laridad y de simetría, que muchas veces rechaza. Escogiendo posi- ciones convenientes, las mismas dificultades de la accidentacion les hacian concebir cosas sublimes, donde los niveladores ó regulariza- dores solo hubiesen hallado soluciones medianas y vulgares. La extensión superficial ocupada por el anfiteatro de Tarragona, era un poco menor que la del de Nimes, notándose la coincidencia de que la relación entre los dos ejes de la elipse exterior era aproxi- madamente la misma que guardan los del Coliseo de Roma, ó sea, el menor las cinco sextas partes del mayor, lo cual produce una figura muy elegante y cómoda por no ser excesivamente diferentes sus dos diámetros principales. El número de espectadores capaz de contener era sobre unos veinticuatro mil, considerable si se atiende en absoluto, pero muy reducido si se compara con el del Coliseo, en el cual tenian cabida hasta ochenta y siete mil sentados en las graderías, sin contar los veinte mil que de pié podían presenciar el espectáculo; es decir, una verdadera Babilonia. Habia como en la mayor parte de los anfiteatros romanos, tres órdenes de gradas (gradationes), correspondientes á otras tantas — 33 — clases de la sociedad; las diez primeras á partir del pòdium formaban la ínfima catea y se pueden todavía contar; de las diez segundas que constituian el segundo grupo solo quedan vestigios de cuatro, y de las mas superiores ó suprema cavea ninguna señal resta. Esta cons- trucción, como todas las de su clase, terminaría probablemente con una galería porticada, lo cual está confirmado por la relación de Pons de Icart, manifestando que en su tiempo (1570) existían es- parcidas por el suelo algunas columnas de orden dórico; y es digno de notarse que la situación del edificio era tal, que los emperadores y los pretores podían desde su palacio presenciar á la vez los juegos del anfiteatro y los del circo. Interesante es, sin duda, lo que os he relatado del anfiteatro, pero no lo es menos para nosotros lo que debo consignar de estos vetustos restos de muros y de bóvedas, que á la generalidad de los curiosos pasarán desapercibidos y como careciendo de todo valor artístico ó arqueológico. Se nota que los muros, conforme era cos- tumbre en esta clase de edificios, afectaban la disposición radial, ó sea, normal á la elipse del recinto exterior y sobre de ellos apo- yaban robustas bóvedas en bajada, cual lo exigia la forma de las graderías. En virtud de este hábil sistema constructivo, que aun hoy dia sirve de tipo para obras análogas, la solidez quedaba vigorosamente asegurada sin que se resintiera en lo mas mínimo la libre circulación. Habéis observado que la estructura de esa construcción, no per- tenece ya á la época en que Roma seguia fielmente las tradiciones etruscas y en que la sillería era el material predilecto para los edi- ficios monumentales y aun parà algunos que no lo eran. La necesi- dad de construir mucho y en breve tiempo, habia obligado á discurrir procedimientos económicos, basando dicha economia no en un sistema mecánico que permitiera disminuir los espesores, como se hizo durante los siglos XIII, XIV y XV, sino en la elec- ción y empleo de materiales. La fábrica de sillería fué sustituida por la concrecionada. Se habia entrado de lleno en la época de los revestidos, que también cuadran á los pueblos que desean ostentar suntuosidad, aunque sea Superficial. La manipostería hecha con piedras pequeñas, cuesta poco; sü - 34 — ejecución no exige muchos oficiales hábiles y consiente el empleo de gran número de peones sacados de los ejércitos, de los esclavos y de las prestaciones personales; el éxito de la construcción depen- de principalmente de la fuerte cohesión de los morteros, en cuya elaboración eran los Romanos verdaderos maestros, contribuyendo menos el rozamiento y la trabazón de los mampuestos por ser muy reducido su tamaño. La obra de los muros y bóvedas del anfiteatro de Tarragona tiene una cohesión extraordinaria, y se comprende que por ella los restos que quedan, hayan desafiado el rigor de los siglos y fuera preciso emplear la pólvora en el año 1862 para der- ribar los que estorbaban el paso de la via férrea. Examinando un fragmento de mortero arrancado de las abundantes tongadas en que están sentadas las piedras, se descubre que la arena empleada es gruesa y mezclada con pequeño guijo, notándose que donde abunda este, la argamasa es mas coherente, cuyo hecho corrobora los experimentos del ilustre Vicat, relativos á la influencia que tiene el tamaño de las arenas en el endurecimiento de los morteros. Las bóvedas merecen atención especial. Su masa no es homogé- nea en toda su extensión. De distancia en distancia existen arcos embebidos en el espesor, formados con piedras de mayor tamaño, puestas amanera de dovelas. ¿Que objeto podia tener la construc- ción de estos arcos? El servicio que desempeñaban era el de un verdadero costillaje destinado á sostener ó á auxiliar la estabilidad de las demás partes; y el móvil que impulsó su empleo fué la econo- mia en el cimbraje, idea que preocupó siempre á los constructores romanos, hombres prácticos y positivos por excelencia y que iban directamente y sin arribajes al fin que se proponian. Esta idea ini- ciada por los Romanos y aplicada en gran escala en el Panteón de Agrippa, en el palacio de los Césares, en el Coliseo, en la Basílica de Constantino y en otros muchísimos monumentos del imperio, fué continuada por los artistas de época románica, pero poniendo de manifiesto dichos arcos, por medio del relieve que les daban, y constituyó, á mi entender, el principio constructivo dominante en las bóvedas ojivales, sostenidas por un verdadero armazón formado dor los arcos longitudinales, trasversales y diagonales; sin que por - 35 - ello deje de reconocer la originalidad de estas últimas bóvedas, en las cuales sus autores gobernaron y sometieron los empujes condu- ciéndolos á puntos determinados; pensamiento que hasta entonces á nadie se habia ocurrido y fué, sin embargo, uno de los notables progresos que pemitieron realizar la gran trasíbrmacion arquitec- tónica de los tiempos medios. EL ARCO DE BARÁ Descuido imperdonable seria si no me ocupara, aunque breve- mente, de los restos de un monumento situado á dos leguas de Tarragona en la carrretera que enlaza á esta capital con Barcelona. Ciertamente, señores, bien merece el Arco de Bará que le veamos, siquiera por medio de la fotografia, ya que no podemos hacerlo ante la realidad. Fácilmente comprenderéis que no se trata de un monumento que por su importancia pueda compararse al arco que la Roma im- perial dedicó á Tito, hijo de Vespasiano, por el triunfo alcanzado sobre los Judíos, realizando una profecía que de largo tiempo pesaba sobre Jerusalen, y consumando á la par que la ruina del famoso templo, la del pueblo hebreo, cuyos restos fueron aventados por todas las regiones de la tierra. Tampoco debe equipararse con el de • Septimio Severo, vencedor de los Partos y promulgador de que la voluntad del emperador era la ley suprema del Estado; ni mucho menos cabe compararlo con el de Constantino, que al propio tiem- po que recuerda y honra la memoria y los hechos de un soberano ilustre, confiesa á la faz del mundo el triunfo del monoteísmo sobre el politeísmo, al consignar en la inscripción, que las victorias alcan- zadas lo habían sido por la grandeza de su ánimo é inspiración de la divinidad. - 5 6 - Los citados arcos triunfales, creación verdaderamente romana y una de las mas características de los monumentos de aquel pueblo, levantados para perpetuar su poder y su gloria, ni por su objeto, ni por la calidad de los personajes á que se dedicaron, ni por la enti- dad que los erigia, ni por el lugar de su emplazamiento, ni por los fondos con que se costeaban, deben parangonarse con el de Bará, que, á pesar de sus modestas pretensiones, no tiene menor impor- tancia arquitectónica que el de Druso, construido en el reinado de Augusto en la via Apia. El monumento de Bará, según opinión de los críticos sugerida por los restos de la inscripción grabada en uno de los frontispicios, se debe á la munificencia particular y á la ostentación, por no calificarla de vanidad. Parece que Lucio Licinio Sura, riquísimo ciu- dadano romano, que fué tres veces cónsul en tiempo de Trajano, consignó en su testamento se consagrara este recuerdo á su me- moria. No en vano pasaron mil setecientos años. La acción destructora del tiempo ha corroído la piedra, surcado el paramento de los sillares, redondeado las aristas y borrado bastante la molduración y la escul- tura de los capiteles. De la cornisa, sin duda una de las partes que mas sufrieron por su misión protectora de las demás y recibir mas directamente la intemperie, no queda ni un solo sillar. Hace algunos años se quitaron los pocos que restaban, y un albañil se encargó de substituirlos por una que quiere ser cornisa, problamente salida de su taller intelectual. Contemplemos lo que queda. El aspecto es distinguido y el con- junto bien proporcionado. Sus dimensiones son: altura total 12 m , 28, amplitud 12 metros, altura de la arcada 10 m , 14 y su ancho 4™, 87, siendo el espesor de la construcción 2 m , 34. La composición es sencilla, sobria, clara y simpática. Nada de efectos de relumbrón. Su vista no fatiga y tiene la seriedad, robus- tez y grandiosidad de la arquitectura romana. Un arco con sus dos estribos constituye la construcción, y el ánimo queda tranquilo en cuanto á la estabilidad, pues no existiendo atirantados ocultos, ni otra clase de artificios propios de épocas decadentes y de poca fijeza - 37 - en los principios, se descubre, desde luego, que está garantida con exceso la anulación del empuje. Los dos machones laterales apoyan sobre un robusto pedestal, encima del cual insisten á cada lado dos pilastras corintias con sus bases, fustes estriados y correspondientes capiteles, coronando el conjunto un entablamento completo com- puesto de arquitrave, friso y cornisa. El arco propiamente dicho está decorado con su archivolta y tiene á la altura de arranque, una im- posta cuya molduracion es armónica con lo restante de la obra. El monumento de que nos ocupamos, puede admitir ventajosa- mente, en mi concepto, un paralelo con el mencionado de Druso existente en Roma. Se nota en el de Bará mas unidad, mejores pro- porciones, mas dedicadeza en el moldurado, y sobre todo no se come- tió en él la grave falta en que se incurrió en el de Druso, de que la archivolta no sea la representación del arco, ni indique á la vista el espesor y la potencia de este, marchando en completo desacuerdo la decoración y la construcción. La composición arquitectónica de ese monumento, como la de los citados arcos de triunfo y la de muchísimas otras obras romanas acusa la impotencia de aquel pueblo para resolver el problema artís- tico. Todo lo que pretendió obtuvo cuando se trataba de someter y dominar; acometió las empresas mas atrevidas y arriesgadas; su po- der no tuvo trabas ni cortapisas; y sus invencibles legiones admira- blemente organizadas y aguerridas, pasearon triunfalmente de uno á otro confín las enseñas y trofeos de la república y del imperio; pero ni sus excelentes constructores por si solos, ni auxiliados por artistas griegos, pudieron alcanzar la conciliación de lo que era irreconcilia- ble: el arco y el dintel. Obedeciendo ambos á principios opuestos, era imposible dieran la unidad tan indispensable á toda obra arqui- tectónica. Los órdenes griegos pesaron siempre sobre el pueblo ro- mano como losa de plomo. Supieron utilizar la bóveda que hallaron entre los Etruscos, sus primitivos dueños, y aun le imprimieron ca- rácter especial como elemento constructivo, pero les faltó inspiración para encontrar la oportuna manifestación estética. En los secretos de la Providencia estaba, que otra civilización mas modesta y menos poderosa en el orden material, pero robustecí- - 3 8 - da y animada por ideales mas dignos y levantados, acertara en dar á la construcción abovedada la correspondiente expresión estética, logrando fundir los principios del arte griego con los del arte roma- no y formar con ellos -un nuevo arte y no dos artes juxtapuestos. Desde entonces se deslindaron los campos y la confusión cesó. El triunfo fué para los que supieron comprender, que los órdenes na- cidos al calor del dintel y nutridos con su savia, debieron terminar cuando este dejó de ser la base fundamental del organismo arquitec- tónico. EL ACUEDUCTO Otra obra memorable de utilidad pública bastante completa y mucho mas conservada, al presente, que algunas de igual clase le- vantadas en muchos puntos por los Romanos en Europa, Asia y África, formando- parte de su arquitectura verdaderamente nacional, es el tanto renombrado puente-acueducto conocido en el pais por puente de las Ferreras, ó del Diablo, situado junto á la carretera á Lérida, á una legua de esta capital. Ella recuerda cuanto les preo- cupaba la vital cuestión de abastecimiento de agua á las poblaciones no tan solo para satisfacer las necesidades ordinarias de la vida, sino para embellecimiento y recreo. Basta considerar, que en el siglo IV antes de nuestra era, Appio Claudio construyó en Roma el colosal primer acueducto y que después en distintas épocas le siguieron otros hasta completar el número de trece, para alimentar tan considerable número de habitantes y servir á las termas, espléndido derroche de agua, á las innumerables fuentes (700 en tiempo de Augusto), a las grandiosas cascadas y á los bellísimos surtidores prodigados en sumo — 59 — grado en toda la población. Tan considerable era el caudal que afluía á la capital durante el imperio, que, según los estudios moder- namente practicados, la dotación actual es tan solo la décima parte de la antigua y, sin embargo, Roma en el presente momento es una de las ciudades mas abundantemente abastecidas. Las extraordinarias construcciones llevadas á cabo á fin de conducir sobre verdaderos arcos de triunfo, según feliz expresión de Chateaubriand, el agua á la ciudad eterna, manifiesta hasta donde alcanzaba el poder de aquel pueblo, sin igual en el mundo, para el cual parecía no habia imposi- bles; siendo hoy dia los restos de aquellos extensos acueductos ( i ) y los de antiguas tumbas, los únicos objetos que interrumpen la monó- tona vista de la llanura romana, impresionando tristemente el ánimo por los recuerdos que evocan y las consideraciones que inspiran. Los puentes-acueductos han sido muy criticados en nuestra época, llegando unos hasta á tildar de insensatos ó despilfarradores á aquellos constructores; y se fundan en la economia de tiempo y de dinero que podian haber obtenido, empleando los sifones. No se puede ne- gar que el sifón, por regla general, es menos costoso, pero debe con- siderarse que los antiguos no conocian los tubos de hierro fundido, y debían emplear forzosamente los de barro cocido, muy expuestos á romperse, ó los de plomo excesivamente caros. Planteado así el problema, que es como la imparcialidad y la justicia de consuno aconsejan se plantee, y no olvidando que el caudal conducido solia ser de alguna importancia, se verá, que no siempre hubo tal despil- farro; debiendo añadir que los Romanos cuando los puentes acueduc- tos habían de tener gran altura y, por lo tanto, excesivo coste, usa- ron los sifones, de los cuales se ocupa Vitruvio y quedan vestigios aun en varios puntos. El puente-acueducto de Tarragona sin ser tan atrevido como el magnífico que levantaron en Nimes (2), es una obra notable por (1) Longitud total 402 Kilómetros; 80 sobre arcadas, y 322 formados por conductos subterráneos. (2) Tiene 49 metros de altura sobre el nivel del rio Gard, y de longitud 272 metros, con tres órdenes de arcadas. — 40 — varios conceptos y puede sufrir ventajosamente ser comparado con muchos otros. Tiene dos órdenes de arcadas, es decir, una menos que el de Mérida, é igual número que el de Segòvia. Consta el primer orden de once arcos y el segundo de veinticinco. La altura máxima en el centro de la hondonada es de 23 ra , 70 y la longitud total de colina á colina en la parte superior es de 217 metros; de suerte que el de esta ciudad es bastante mas alto que el de Mérida y algo mas bajo que el de Segòvia. Sobre el puente-acueducto de Tarragona pasaba un solo canal, diferenciándose en esto de algunos de los de Roma que sostenian dos y hasta tres superpuestos, conduciendo se- paradamente un caudal de distinta procedencia. Toda la construcción es de sillería formada con piedra de la misma clase que la de estas murallas, habiendo muchas de ellas, sufrido notable destrucción en los paramentos, por efecto de la in- temperie durante tantos siglos de existencia. El despiezo está muy bien entendido, si bien con cierta libertad respecto á la situación de lis juntas verticales. La piedra está sentada á hueso, ó sea, sin mortero, según era costumbre entre los antiguos. Nótase que todo el dovelaje es independiente de las hiladas horizontales, no existien- do, por lo mismo, ningún salta-caballo; disposición perfectamente entendida, pues permite al arco reaccionar como á tal, con entera in- dependencia del muro á pilar, evitando las rupturas que suelen pro- ducirse en los sillares que afectan aquella disposición. La estabilidad de la construcción á pé^ar de la gran altura que alcanza, nada deja que desear en el terreno científico, comprobada, ademas, por su larga fecha; pero precisa hacer constar que tampoco hay exceso de fábrica y si tan solo la puramente indispensable, toda vez que su espe- sor promedio varia entre el décimo y el dozavo de la altura, que es el que según las reglas empíricas de Rondelet, fundadas en la expe- riencia, corresponde á un muro macizo y sin estar perforado por arcadas. Aunque pertenece á la clase de obras de mera utilidad y está emplazada en despoblado, su aspecto es monumental, bien entedidas sus proporciones y-armónicos los diferentes miembros que le consti- tuyen; satisfaciendo tanto mas su contemplación, en cuanto se des_ — 41 — cubre en ella mas ingenuidad que en otras construcciones que para decorarlas se tuvo de echar mano de procedimientos discordantes con la estructura. CONCLUSIÓN Vamos á concluir, señores. Bastante he abusado de vuestra benévola atención; pero permitidme antes sintetizar en breves frases los conceptos que estos antiguos monumentos me han sugerido. Dejando aparte la construcción ciclópea, estas obras son debidas á una civilización cuyos restos no se han extinguido por completo; algo de ella vive aun entre nosotros. Y no es de extrañar, si se con- sidera que los Romanos llenaron el mundo durante once siglos, empleados en constituirse, extender su dominio, apoderarse de la mayor parte de las naciones, gozar el fruto de las conquistas, decaer y desaparecer. Cuanto hicieron en tan largo período, nos lo dice con gran elocuencia su historia, una de las más interesantes é instructi- vas de los pueblos que pasaron; pero nos lo revelan mejor los monu- mentos que levantaron en todas partes. Roma no fué egoista respecto de sus provincias. Es cierto que obligó al mundo á postrarse de hinojos ante sus armas, sus leyes y sus ideales; es positivo que todos los medios le parecieron buenos y lícitos para sojuzgar y dominar; pero logrado su intento, lejos de es- terminar á los pueblos vencidos, los levantaba, los civilizaba, los engrandecía y les hacia copartícipes de su propia vida informada por el espíritu, las leyes y las costumbres de todos los elementos reuni- dos bajo su cetro victorioso. Con razón ha dicho un elocuente escritor moderno que Roma recibió el espíritu del universo y dio al — 42 — universo sa espíritu. Las naciones sometidas, • sentían pronto los efectos de la nueva dominación, cesando su aislamiento y su antigua enemistad. La metrópoli al comunicarles su vida y su aliento procu- raba hermanarlas, unificarlas por una inteligente administración, unas mismas leyes, iguales costumbres y haciendo que fueran idénticos sus destinos y sus ideales. No cabe dudar, señores que una política tan hábil como previ- sora, seguida con firmeza y constancia desde los primeros albores del pueblo romano, debia producir los resultados que la historia registra, relativos á su engrandecimiento y prosperidad. En virtud de esta politita de atracción, en todos puntos se construyeron carreteras, puentes, acueductos, teatros, circos, anfiteatros, termas,- y templos mostrando á todos su poder y su superioridad, atrayéndose la ad- miración y el reconocimiento de los pueblos vencidos, sirviéndole la arquitectura de valioso ausiliar en las empresas realizadas con'fortuna en el período de su mayor esplendor. Estos edificios revelan claramente cuanto los Romanos amaban la fastuosidad y el lujo, la gloria y la grandiosidad; y que jamás sintieron la pasión del arte por el arte como el pueblo griego. Obra exclusiva del Romano es la osamenta de estas admirables construcciones, cuyas plantas y alzados, considerados en conjunto, nunca se ponderarán lo bastante, ni se estudiarán suficientemente. El vigor de la concepción, la unidad de pensamiento y la esplendidez de las masas en relación con los espacios, están pregonando en alta voz son fruto de la energía de carácter, del hábito de regir y de las necesidades sentidas por aquella potente civilización. En vano los artistas griegos se esforzaron en decorar las es- tructuras impuestas por el modo de ser y de sentir de los Romanos, menos delicados de gusto y mas sensibles á la utilidad, á la riqueza material, á la variedad de aspecto y ala grandeza física. La vestimenta con que las cubrieron pertenecía á otro cuerpo y no pudo amoldarse á ellas; lograron tan solo una amalgama de cosas heterogéneas ba- sadas en principios antitéticos, imposible de asociarse conveniente- mente en una obra arquitectónica. La Grecia vencida se ha apoderado del vencedor y ha llevado sus artes al agreste Lacio, dijo un escritor - 43 - romano cuando Roma contó por centenares las estatuas sustraídas de Atenas, de Siracusa, de Esparta, de Delfos y de Corinto, y los Helenos se pusieron dócilmente á trabajar á las órdenes de sus domi- nadores; pero los artistas griegos respirando un ambiente distinto del de su patria y careciendo de libertad, al pretender remontarse en alas de su genio, quedaron anonadados bajo el peso de la personalidad romana. Este resultado probó que el arte griego no se puede tras- plantar; que no vegeta bien en todas partes, y que para llevar una vida lozana, necesita el suelo en que vio la luz y las condiciones que le produjeron. Es también altamente instructivo el hecho de que los Romanos á pesar de tantos siglos como duró su dominación, de tantos recursos puestos á su alcance, y del auxilio prestado por artistas de talento reconocido, no acertaran en hallar la espresión estética de su sistema constructivo. Y es, señores, que la arquitectura romana perteneció á un estilo de transición, como aquella civilización fué el puente entre el mundo pagano y el mundo cristiano; lo cual evidencia que un es- tilo arquitectónico bien definido y completo,, no es obra de la volun- tad de los hombres, no se obtiene cuando se desea, y que sirven bien poco para alcanzarlo, el poder, las riquezas y los medios materiales por grandes que ellos sean. ¡Que lección para los materialistas! De los dos elementos para constituir un estilo arquitectónico distin- to, bien definido y bien caracterizado, cuales son un sistema construc- tivo especial y una estética propia, el pueblo romano halló de una manera espléndida el primero; dominó al material y le hizo servir dó- cilmente á la formación de sus colosales bóvedas; pero, bien a su pe- sar, no pudo subyugar lo que no es tangible, lo que se cierne en esferas mas altas, fuera del alcance de sus formidables legiones. Este ejemplo enseña a las generaciones venideras que quieran aprender y no estén cegadas por los vapores que emanan de la materia, que pa- ra producir obras de arte, se necesitan ideales dignos y elevados, y que ellos son los únicos que constituyen el origen y el manantial de toda inspiración artística. Por lo demás, señores, interesa en alto grado la conservación de estos restos de la .civilización romana, tanto por lo que instruyen, á — 44 — los artistas, como por las enseñanzas que pueden aportar á los hom- bres de Estado encargados de dirigir y gobernar á las naciones. La antigua sociedad romana tan altiva y tan poderosa pasó á la historia; solo vagos recuerdos quedan de ella. Aquel pueblo que empezó auste- ro, laborioso, bien regido y con fé en su gran porvenir, terminó en la mayor degradación y revuelto en toda clase de concupiscencias. Las riquezas obtenidas fueron el arma que debía acabar su existencia. ¡Cuan cierto es que las riquezas mal adquiridas se van como han ve- nido, dejando en pos de si un mundo de ruinas! Muy en lo cierto está un distinguido historiador al decir que el oro es como el agua de un rio: si inunda súbitamente, devasta; si llega lentamente por muchos canales lleva la vida á todas partes. La plétora de riquezas engendró los vicios y estos la molicie y la degradación. Y como en el mundo moral, lo mismo que en el físico, hay leyes á las que no se falta impunemente, tantas atrocidades debían ser castigadas y tanto orgullo humillado. La mano de la Providencia se encargó de hacerlo de una manera cumplida valiéndose de hordas bárbaras que acabaron con aquel pueblo. Pero no: no fueron bárbaros los que derrumbaron el imperio romano; él mismo fué quien preparó durante muchísimo tiempo antes su ruina, de igual modo que no puede atribuirse al huracán la caida de un árbol secular que aparentemente troncha, cuando la carcoma habia minado lentamente su existencia y solo estaba ad- herido á la cepa por tenues y macilentas fibras. Un pueblo que al levantar tantos y tantos edificios y al derrochar una fortuna inmensa, no tuvo presente á los enfermos desvalidos, ni á los pobres imposibilitados por el trabajo, ni á los expósitos aban- donados por madres sin entrañas; que no se acordó de la dignidad que perdía en cambio de las diversiones que le proporcionaban; la sociedad que se entregó á un lujo insensato y á los mayores excesos, locuras y abominaciones; que se desentendió de toda ocupación seria, para no cuidarse mas que del refinamiento de los placeres; y que ol- vidándose de la marcha de los asuntos públicos y de todos sus debe- res, solo deseaba pan y circo, su tiempo estaba cumplido; fué justa y providencial su desaparición. Las ruinas de sus monumentos subsis- ten todavía para atestiguar su grandeza y su caída. ¡Quiera el cielo — 45 — conservarlas para enseñanza de las sociedades que entregadas al vér- tigo de los goces materiales y deslumbradas por falsos resplandores, se desvían de la senda del honor y de la virtud, y se adormecen sua- vemente mecidas por un efímero y sensual bienestar, cuando á su alrededor todo anuncia la descomposición moral que se está ope- rando y ha de hundirlas irremisiblemente en el abismo! * - 4 6 - NOTA Con posterioridad á la fecha en que tuvo lugar la lectura de esta memoria, el celoso é ilustrado arqueólogo D. Buenaventura Hernán- dez Sanahuja á quien tanto debe Tarragona por los profundos estu- dios que ha hecho de sus monumentos y lo mucho que se ha inte- resado en todas épocas por la conservación de estos, considerándolos como verdaderas é inestimables glorias nacionales, me remitió unos apuntes referentes á la fortificación de aquella ciudad, los cuales reci- bí con singular agrado, por las noticias que me comunica tocante á la construcción de las murallas, que concuerdan completamente con lo que expuse al ocuparme del particular. Dice el Sr, Hernadez en dichos apuntes: «Aprovechando la opor- tunidad del derribo de un trozo ó lienzo de muralla que existía en el »paseo de San Antonio, entre la puerta ciclópea de la Portella y la J casa de D. Lorenzo Folch, en la plaza del Rey, asistimos á todas las > «operaciones de la demolición, á fin de estudiar en todos sus detalles »el sistema de construcción que empleaban los Romanos, en sus obras »de fortificación, circunstancia que no se ofrece con mucha fre- »frecuencia.» «A semejanza^de todo el circuito de la fortificación antigua, esta «muralla tenia por basamento los restos del muro ciclópeo aprove- »chando, sin destruirla ni mutilarla, una de las puertas primitivas de »esta ciudad, y si algún deterioro se observa en ella, débese á nues- tros abuelos durante la época de las guerras de sucesión.» »La muralla en cuestión, constaba de dos muros ó revestimen- »tos, uno exterior y otro interior, ambos de piedra de sillería. En el »revestimento exterior, los sillares estaban dispuestos en hiladas ho- «rizontales, todos eran almohadillados y tenian igual altura y profun- — 47 — «didad. El grueso de este muro de revestimento es de 8o centíme- »tros, y la altura de los sillares que le componen es con poca variedad »de / y centímetros. Cada sillar forma un paralelepípedo perfecto, »y sus ángulos ó aristas, separadamente de la almohadilla, puramente «accidental, están perfectamente escuadrados, lo cual facilitaba sen- star los sillares á plomo y horizontalmente sin salir uno más que el «otro.» «El muro ó revestimento posterior es muchísimo mas tosco y lo «forman unas piedras, ó dígase sillares, también paralelepípedos, pero «labrados groseramente y bastante desiguales en longitud, altura y «grosor; siendo pues los gruesos de las sillares desiguales, resultaba «que las paredes, si bien eran rectas en el exterior en ambos muros, »en la parte interior ó terraplén eran desiguales, saliendo unos silla- «res mas que los otros. El muro interior ó posterior, tenia el mismo «grueso que el exterior ó delantero, con corta diferencia. «El hueco ó vacío que dejaban ambos muros era de 3 metros 60 «centímetros y estaba lleno á capas horizontales de tierra apisonada, «alternadas con otras de ripio ó matacanes^ á fin-de dar mayor soli- «dez y menos empuje á los dos muros de revestimento. «Evidentemente atendida la extraordinaria altura de ambos mu- iros (12 metros), la estrechez de los sillares y su colocación ahueso «ó en seco, sin ninguna clase de cimento ó argamasa que los uniera, «no hubiera podido resistir el empuje del terraplén, y para darle mayor «consistencia idearon los Romanos construir á trechos equidistantes «unas paredes transversales á manera de contrafuertes, también de «sillería, procurando que interiormente saliesen de ambos muros, al- «gunos de los sillares que los formaban, y venian á constituir unas, «ligadas como verificamos nosotros, de manera que en conjunto los «cuatro muros estaban pertectamente unidos, sosteniéndose mútua- «mente, y formando como si dijéramos una caja rectangular de 6 m «27 de longitud por j m , 20 de latitud que es el ancho de la muralla, S lusos los dos muros de revestimento mencionados: estas cajas ó edes transversales se hallaban una al lado de la otra en toda ongitud ó extensión de la muralla romana. ,v ESCUELA SUPERIOR DE ARQUITECTURA DE BARCELONA Biblioteca *-< Reg." S 8"? Sign,