^^H^lft**^ . pr | f c < l^njMao.'fc HSOGIHGIOn ARTÍSTICO-ARQUEOLÒGIC A BARCELONESA H L B Li £D t > do la, colección de D. FMCISCO MIQUEL Y BADIA PRINCIPALMENTE EN MOBILIARIO, CERÁMICA Y VIDRIERÍA 'SM LJ&5$!&.J>-. Año 1887 "W BARCELONA ESTABLECIMIENTO TIPOSBÁFICO DE JAIME JEPÚS Y EOVISALTA Calle del Notariado, número 9 1S88 ÁLBUM de la colección de D . i'ilAMSISS® $ t t Q 9 t I , Y SABÍA I. STUDIAR y apreciar de cerca las manifestacio- nes del Arte aplicado, en la variedad de sus ramos, es el objetivo á que principalmente se dirige la Artísticoarqueológica, según puede verse de los Àlbums anteriores. Para cualquier linaje de estudios, ocurren dos proce- dimientos muy diversos entre sí: el sintético y el analí- tico. Aquél establece reglas, las fija y condensa, sentan- do principios y deducciones que redondean uno ó varios conocimientos especiales. Este procedimiento es el que se sigue en las escuelas, donde precisa iniciar al alum- no, é inculcarle la generalidad de nociones propias del estudio á que se dedica. El alumno formado, consigue un título que basta á sancionar su idoneidad teórica; pero al querer utilizarla es cuando, mediante la práctica de su ejercicio, adquiere aquella experiencia que perfec- ciona y aquilata, y que," dirigida con hábil especulación, —i( 4 ) 4 — fonna las notabilidades, el prestigio iniciador, la auréola del genio, y toda la maravilla de los inventos, progre- sos y perfecciones. El método analítico sigue un orden inverso. Regular- mente va en pos del primero, ya que, sentadas las gene- ralidades, es natural descender á la especialidad; y por esto sucedo en muchas carreras, sobresalir aquellos que cifran su ahinco en un solo ramo de ellas. Otras veces el analista responde únicamente á sus aficiones, á una circunstancia que le excita, ó á una casualidad que le tri- lla el camino de la investigación. ¡A cuántas de esas even- tualidades se han debido descubrimientos importantísi- mos en todas las esferas del saber! Resulta, pues, que el analista, prescindiendo á menu- do de teorías y antecedentes científicos, comienza por la práctica, por escalpelar su objetivo en sus íntimas y gra- duales manifestaciones, logrando de esta observación à posteriori, sacar un método de averiguación el más se- guro, porque estriba en datos positivos ó en la realidad de los hechos. Ese proceder entonces, ese método ó averiguación, viene á trocarse en base de enseñanza, que constituirá el elemento de nuevas teorías, las cuales, completando ó reformando las recibidas, á la vez rectifiquen ó encauzen la ciencia, para llenar sus horizontes de resplandores. En asuntos del ramo artístico-arqueológico, la in- vestigación por el método analítico, es casi forzosa y de indudable preferencia sobre el opuesto, por una razón muy sencilla: el arte es y ha sido siempre de suyo caprichoso y libérrimo, gráfico, tangible y demostrable; al revés de otros conocimientos humanos, que se basan en cálculos y raciocinios, ó en abstracciones y sistemas. —K 5 y,+ Por eso toda observación y deducción en materia artís- tica, viene fundada en un hecho material: forma, línea, color ó combinación de todos estos factores. No cabe arte sin forma, como no cabe en arte teoría sin manifes- tación. Todo el ser del mismo, históricamente hablando, estriba, pues, en la suma de sus ostensiones, en la serie y variedad de sus productos; luego, para aquilatar su valía científica, para conocer sus generaciones y filiacio- nes, para determinar su elementaridad ubicuada y su ejemplaridad concreta, sus encarnaciones y eslabona- mientos, en suma, las teorías, la filosofía, la técnica y la historia que le informan; no hay otro medio que, luego de abarcado el mayor número posible de dichos produc- tos, condensarlos por clases y series, las cuales unas á otras se demuestren y justifiquen, dando al analista el conocimiento necesario para solidar sus conocimientos. Véase, si no, cuál anduvieron estos bajo los antiguos sis- temas à priori, hasta que la experiencia ha venido con su lógica contundente, á demostrar las ventajas del otro proceder, que dichosamente se generaliza. En efecto: á impulso de aquellas aficiones y de estas resoluciones, es como se han formado centros colectivos, llámense Museos ó Gabinetes, donde así los Gobiernos previsores, orno los individuos dotados de suficientes medios, han logrado reunir variedad de ejemplares, pa- ciente y laboriosamente adquiridos, las mas veces hete- rogéneos entre sí, pero siempre dentro del cuadro de su índole artístico-arqueológica. En los países más pujan- tes, organízanse museos como la Glyptocteca de Munich, el Kesingthon de Londres ó el de Cluny, en París, colec- ciones verdad eramentt ¡lantecales, de agrupaciones bien abastecidas en su variedad, suficientes á dar idea ge- —¡( 6 )i— neral de la índole y alcance respectivos, puesto que, es- labonándose cada colección y cada objeto, así de la re- lación como del conjunto de ellos, viene a destacarse la enseñanza apetecida. También este resultado será fácil de comprender. Lo que ante todo debe buscarse en cualquiera de los enun- ciados conjuntos, es el sello de lugar y de época. Todos los ramos artísticos, en Arquitectura, Escultura, Pintu- ra, etc., vienen subordinados á una estética peculiar de su región y tiempo, que no es sino el resultado de la manera de ser, ver y sentir de las generaciones coetá- neas. Desde los pueblos más antiguos hasta los más modernos, todos afectos á una peculiar idiosincrasia, tradujéronla gráficamente en la diversidad de sus pro- ducciones más ó menos artísticas. Ahora bien: esa idio- sincrasia, esamanera de ser, ese caracterismo, es lo que importa extraer en cierto modo del conjunto de tales pro- ducciones; porque en ellos vienen entrañados su germen y sus tendencias, y por los mismos quedan resueltos sus caracteres ostensivos, en la multiplicidad de aplicaciones que recibieron ó pudieron recibir. Señalemos, por ejemplo, el estilo ojival, dominante en los mejores siglos de la Edad Media, inspirado en el dog- ma del Cristianismo, y acentuadísimo en sus caracteres: tomémosle cualquier modelo, catedral, palacio, galería, decoración, mueble, etc., hasta el vulgar utensilio, y en todo descubriremos aquella delicadeza que le es genuína, aquella inspiración que le enaltece, expresada bajo las formas de verticalidad y acumiacion, de irradiaciones y transparencias, sutilizando, por decirlo asi, la materia en alas de un idealismo esencialmente espiritual. Resuelto el problema, ese mito que le sirve de base, todas las —K 7 ) * * - deducciones se razonan y explican; compréndense sus oji- vas y cresterías, sus calados y rosetones, la ornamenta- ción simbólico-figurativa, y la intercalación en ella de la fauna y la flora, que tan lindamente se combinan entre sí, y tan sentidamente enlazan la poesía de la creencia con la poesía de la naturaleza. Por eso el más humilde tipo del propio estilo, se define y resuelve según sus le- yes, bastando cualquier aplicación ó desarrollo de por- menores para determinar su genialidad. Lo que decimos del arte ojival, es así bien aplicable á cuantos han formado época histórica, ya se inspirasen en los mitos y teogonias asiáticas, ya en el hieratismo cal- deo ó asirio, ya en el antropoformismo egipcio, indo, az- teca, etc., en la mitología helénica y romana, ó en el sen- sualismo oriental. Cada uno de ellos tuvo sus símbolos, sus formas rituales y consagradas, sus raíces y deriva- ciones congéneres; cada uno giró en su esfera, recorrió su órbita y vivió plena vida, cuanto vivieron las razas que los generaron; resultando ser otras tantas manifes- taciones gráficas de sus equivalentes evoluciones sociales. La lejanía de los tiempos, sin embargo, la desapari- ción de aquellas sociedades, la pérdida ó asolación de sus monumentos y, sobre todo, la ausencia casi absoluta de datos y vestigios materiales, son dificultades de gran monta para todos los que hayan pretendido ó pretendan reconstituir sobre firmes bases, el ser artístico de ciclos históricos pasados; lo que equivale á traducir la identi- dad material y moral de los hombres que entonces vivie- ron, y de los pueblos ó naciones que constituían. Juzgúese, pues, cuan arduo no será el trabajo del ar- tista arqueólogo, si ha de restablecer el edificio historial .con elementos tan indecisos, como deducciones sin pre- » —K 8 H — misas, memorias vagas y fragmentos mutilados. A la ver- dad, allanará algo sus investigaciones, la preciencia, si lo- gra alcanzarla, de las sobredichas causas determinantes del arte, á fuerza de análisis y comparaciones, ante aquellos pocos fragmentos ó piezas 3e indudable origen que los Museos deben suministrarle, en ausencia de otras fuentes. Pero ni todos los Museos son generales, ni los gene- rales sobrados de modelos para arrojar completa luz acerca del caracterismo de dichas artes, y menos respec- to á todos los ramos de ellas. ¿Sería acaso posible reunir en un solo depósito, muestrarios suficientes de lo que tantos pueblos y tantos tiempos acumularon, bajo las múltiples ostensiones de las artes aplicadas, decorativas, industriales? etc. También algo puede vencer esta dificultad, la localiza- ción de dichos depósitos en centros adecuados, como Ñapóles, para Pompeya, ó el Cairo, para Guizeh ó las Pi- rámides; pues todo museo central bien organizado, atrae naturalmente las reliquias indígenas, que demuestran sus precedentes históricos y determinan su circunscripción. Sin duda, recorriendo muchos de estos museos locales, será dable á una Comisión científica ó al explorador ilus- trado, asaz rico de tiempo y dinero, formarse nociones complexas que ayuden al estudio de generalización; pero este medio, desgraciadamente, no está al alcance del simple artista, ni de la mayoría de estudiosos y aficio- nados. Tampoco bastan, aunque favorezcan mucho, las nu- merosas publicaciones y revistas que se consagran á se- mejante materia; porque la demostración artística ha de sentirse y tocarse, y el valor histórico de un objeto ma- terial, sólo se aquilata por sí mismo ó por sus consímiles. Eesulta, pues, que el único elemento practico y ase- quible de iniciación, sobre todo, donde no hay museos bien montados, viene á contraerse á los gabinetes par- ticulares, colecciones formadas à vicenda, bajo el simple afán de recoger ó salvar especialidades dignas de ello por su valor intrínseco ó su valor histórico, especialida- des artístico-arqueológicas en el buen sentido de la pa- labra, que, ofreciendo por lo común el interés de lo im- previsto y sin constituir doctrina, entrañan elementos legítimos de ella y se prestan admirablemente, así á la iniciativa del novel investigador, como á las deducciones del observador amaestrado. Aquí hallará el analista se- guros argumentos de cálculo, y bases ciertas de demos- tración; aquí el aficionado ó inteligente podrán formarse el gusto, procediendo por selección, y después de for- mado, ahondar desembarazadamente en el terreno de la Arqueología artística. He aquí cómo se enlazan el trabajo paciente de los unos, con la especulación de los otros, y he aquí también la importancia de este linaje de colecciones, generalmen- te poco aprovechadas y mal apreciadas, hasta el punto de considerarlas algunos cual meras frivolidades ó ma- nías, siendo así que representan gran sacrificio de parte de sus dueños, quienes, al rendir un servicio á la vez tan científico como patriótico, rescatan después de perdidas, ó salvan de ruina inminente, piezas únicas que no tienen reemplazo, porque encierran en sí el último resto de la vida histórica de muchas generaciones, vida en cier- to modo compenetrada con la nuestra, y todavía esencial para nutrición de la expresada ciencia, la cual es sumario escalonado del ser de los antiguos en sus más depuradas manifestaciones. —r( 1,0 ) — II. Esta Asociación, que blasona de estarle afiliada, se complace en rendirle el tributo que anualmente acostum- bra, añadiendo un nuevo capítulo á sus estudios, un nuevo ejemplar á sus exhibiciones, un nuevo álbum á sus Àlbums. El conocido publicista y distinguido profesor académi- co, honroso miembro de la Artístico-arqueológica, don Francisco Miquel y Badía, con aquella nobleza propia de los sujetos ilustrados, y llevado de sincero compañerismo, nos ha franqueado sus habitaciones, donde, al solo im- pulso de su gusto y de sus especiales conocimientos, ha sabido reunir en breves años buena cosecha de objetos del arte aplicado, casi todos escogidos, indígenas en su mayoría, y en consecuencia interesantes para el estudio de la ingeniosidad de nuestros mayores, de las oscila- ciones históricas de sus productos, del grado de perfec- ción conseguido, y de la influencia que todavía pueden ejercer. Siendo indudable que las ideas se encadenan, que los progresos se eslabonan y que los conocimientos van per- feccionándose con la acumulación, no resulta menos cier- to que el análisis de manifestaciones artísticas dadas, cuanto más perfecto y cumplido sea, más redundará en provecho de sus desarrollos ulteriores. Aludíamos hace poco, en tesis general, á la necesidad de ahondar el estudio de la Arqueología artística, propo- niendo los medios á nuestro ver más eficaces de conse- —K 11 )i— guirlo. Ahora estamos en un caso concreto de llevar á la práctica semejante estudio. Nuestro compañero ha te- nido la habilidad, no sólo de hacerse con modelos artís- ticos de diferentes clases, desde la noble pintura hasta los últimos adminículos mobiliarios, sino de rodearse de ellos, acomodándolos ásu vida íntima, y utilizándolos, así para gala y decoración, como para uso propio y para el servicio de que son susceptibles. Toda su casa hállase convertida en museo, y sin formar gabinete especial, los muebles, las arcas, los armarios, los lechos, á una vez adornan y tienen empleo en sus estancias, sin con- tar los tapices, cuadros, bujetas, arquillas, péndulos, can- delabros, cornucopias, relicarios, servicios de vajilla y tocador, estos últimos en parte principal; todo llenando más ó menos los destinos de ostentación ó de servicio, y colocado, cual debe suponerse, de la manera más há- bil y vistosa. Sólo á un artista de buena ley, cabe así identificar las necesidades de la existencia material, con las ideales frui- ciones del espíritu; envuelto en el arte á toda hora y ocasión, por medio de ostensiones vivas de la ingeniosa labor de otras edades, codiciadas de unos, desconocidas de otros, pero de pocos adaptadas á la utilización fa- miliar. Tenemos, pues, ala vista, un fondo complexo de mode- los varios, á cual más estimable por sus condiciones es- peciales, su calidad y procedencia legítimas, de estudio accesible, gracias á la amabilidad de su poseedor, quien favorece el estudio por la demostración del uso á que los aplica, y por las interpretaciones que á el mismo le su- gieren su experiencia é ilustración. No podía ocurrir, pues, ocasión más favorable para ana- ~ ; ( 12 >l— lizar en detall esas artes que sirvieron de palenque al ingenio, que en series sucesivas crearon tantos primo- res, y que en su orden histórico involucran otro igual de manifestaciones homogéneas, generaciones de estilos de- nominados, que aun tienen vida y aplicación, y que para nosotros en concreto,, aquilatan la producción local, lle- vada en otros tiempos y en muchos ramos á una altura envidiable, para beneficio del país y honra de sus artífices; siendo tanto más dignas de rehabilitación, en cuanto su gloria ha menguado, perdidas las tradiciones y olvidados los secretos, causas y ventajas de su elabo- ración; no sin gran menoscabo de la industria moderna, que podría mejorar y desplegarse bajo un sello propio, si llegara á despejar todos esas incógnitas. Y no se diga que el movimiento industrial presente, se basta á sí mismo para aquilatar la producción. Mucho hace, en verdad; mucho apura, inclusos los estudios téc- nicos y especulativos, sin negar la parte que consagra á los arqueológicos; pero ¿quién afirmará seriamente que la ingeniosidad de nuestros productores contemporáneos supere á la de los antiguos? ¿Dónde, á pesar de tanto movimiento entre las varias naciones de Europa, se ha logrado inventar un estilo que equivalga al griego, al romano, al ojival ó á cualquier otro de los consa- grados? Véase la factura ele muchos artículos, no ya de elaboración de nuestro rezagado país, sino de otros que pretenden llevar la batuta, y que realmente acaparan el mercado, y no se tardará en observar su defectuosidad radical en la mayoría de casos, no sólo por desvirtuación de las reglas fundamentales del arte y de la estética, sino por la viciosidad de aplicaciones, sobre todo en sus de- talles de índole histórica, generalmente mal compren- —K 13 )i— didos y peor interpretados. Parémonos á examinar el contenido de esos establecimientos que hoy se llevan la boga en novedades de lujo, tan indispensables para la fas- tuosa vida moderna, y entre muchos defectos radicales, desproporciones, rebuscamientos, impropiedades, con- trastes chavacanos y relumbrones de mal gusto, nos cho- cará sobre todo su sabor de mercantilismo, con etiqueta de pacotilla. Esta es la diferencia esencial, la distancia que media entre aquellas antiguas y esas modernas producciones. El mercantilismo jamás se acusó en las primeras: sus autores venían á ser creadores y, más que artífices, ver- daderos artistas. Trabajaban menos, pero con más con- ciencia, con especulación segura y á la vez con materiales legítimos. Pudieron acaso los gremios coartar ciertas expansiones, y la libertad del trabajo; pero en cambio disciplinábanle bajo dogmas técnicos, que impedían esas numerosas desviaciones y sofisticaciones que la emanci- pación absoluta ha producido, sin que ello cohibiese en lo más mínimo el despliegue lógico ele una elaboración radicada sobre fórmulas matrices, y nociones hábilmente sentadas por la ciencia y la práctica, y sancionadas pol- la experiencia. ¿Qué resultaba de aquí? El triunfo de la ingeniosidad, tanto más seguro cuanto más sólidos eran sus elementos y bases; el sujetivismo del artífice, que se desplegaba natural y sentidamente, para dar á sus obras un recomendable sello de iniciativa individual. ¿Por qué seducen tan fuertemente, por qué se guar- dan con tanto afán, por qué alcanzan tan subidos pre- cios esos ejemplares raros de épocas fenecidas? ¿Será por ser únicos? ¿Será por ser históricos? Algo contribuye ello; pero ordinariamente su estima radica en el valor que encierran, en ser correctos dentro de su factura, en constituir modelos, no sólo dentro del estilo á que per- tenece^ sino del ingenio especial de su autor, revelado en toda la elaboración. No á otra causa deben su nom- bradla los Berruguetes, Borgoñas, Donceles y Hernán- dez; los Metzis, Arfe, Palissy, Cellini, Robbia, Boule, etcétera, etc., con tantísimos otros profesores ó no profe- sores de casta, y aquellos anónimos imagineros de los siglos medios y del Renacimiento, que con sus maravillo- sas improvisaciones consagraron al arte, no sólo las ca- tedrales y los edificios de más balumba, sino los artefac- tos más secundarios, para ellos sin gran significación. Así procede el genio inspirado por la fantasía, madre del arte, afianzado en la intuición, matriz de toda re- gla. Así, aquellos productores, de seguro menos erudi- tos que los actuales, pero rebosando perfecto sentimiento, y seguros de su técnica, compusieron como por juego verdaderas obras maestras, que tales pueden llamarse los referidos ejemplares, admirados, codiciados y pagados á subido precio, y que se guardan como oro en paño; porqué de las diestras manos de sus autores salieron mal sale la mariposa de su crisálida, vestida de galanos colores, ó cual la rosa del capullo, exhalando delicados perfumes. III. La colección Miquel y Badía no es completa ni siste- mática, antes ofrece no poca heterogeneidad. Desde el ingreso ocurren á la vista muebles dispares, tablas col- gadas de la pared; en las piezas interiores, al lado de sillerías de los siglos xvn y XVIH, bufetes y bufetillos del xvi, con otros objetos anteriores y posteriores. A una cama de tiempo de nuestros abuelos, preciosamente restaurada, acompañante colgaduras y tapices variados, arquillas bizantinas, ojivales ó barrocas, soportando ja- rrones y otras curiosidades de varias épocas. Sigue un corredor atestado de excelentes piezas cerámicas y otras de armería, y en nuevas secciones aparece igual mezco- lanza de tablas sobre el muro, arcones por el suelo, ar- quetas primorosas colocadas entre otros bultos, atesta- dos de vidrios y vajillas catalanas, valencianas, etc., que constituyen la parte favorita y más selecta de las curio- sidades reunidas por nuestro compañero. Y sin embargo, de este aparente desorden no resulta revoltijo, el bríc à brac de los franceses, sino una va- riedad agradable, perfectamente calculada para dar golpe, y producir un miraje decorativo no común en colecciones de esta índole, aun siendo más nutridas, respondiendo á la idea que sin duda se propuso su dueño, de conciliar el fausto moderno con el arte antiguo, y asociar á las exigen- cias del confort, la atracción simpática de unas antigua- llas que distan mucho de despegarse entre sí. Por igual razón del subido precio que semejantes ar- tículos alcanzan, y que les convierte en objetos de gran lujo, es que sean apreciados de la gente rica, por manera que, á impulsos de la vanidad y hasta de la moda, aque- llos jarrones pompeyanos, y las arquillas góticas, y los muebles del Renacimiento, y los bufetillos á lo Luis XV, forman accesorio el más distinguido en todo salón aris- tocrático, ó en cualquier boudoir de gusto. La afición ha llegado al extremo de que hasta las clases medias, en defecto de piezas auténticas, difíciles de lograr, se pagan de falsificaciones ó imitaciones que dan cebo á la mar- chanderia para fábricas especiales ad hoc, y aliciente á la quincalla, la cual se despacha á su gusto en eso defa- sonar artefactos artísticos. La misma afición ha aprove- chado á otra clase de industriales, pues se da el caso de erigirse casas enteras y habitaciones completas, donde, empezando por el decorado escultórico y acabando por el accesorio más baladí, se afecta un estilo determinado, ó varios estilos, inclusos el árabe y el chino; pdrque en esto no hay gran aprensión, pero de ordinario con tal riqueza de detalles, que, dando gran realce á las vivien- das, rinden lucrativo crédito á muchos establecimientos aparejadores. La arqueología artística puede congratularse de estos enamoramientos y jactancias, por el prestigio que la dan, cuando no por el auxilio que la prestan, siquiera en vul- garizar la idea de sus alcances valiosos. Gracias á esto, las personas menos entendidas aprenden á distinguir de gustos y estilos, adquiriendo nociones del apropósito ar- tístico en sus aplicaciones y efectos. Mas, el efecto po- drá fácilmente resolverse en contra, por varios inconve- nientes que de necesidad han de resultar: 1.° El ser cosa de moda y lujo, ambos transitorios, volanderos, cambia- bles, para hoy cifrarse en esto, como ayer se cifraron en otra cosa, y mañana se cifrarán en nuevas invenciones; verdad es que las buenas alhajas fueron y serán siem- pre estimadas, salvo pasar á distinta reserva, apeadas del lugar que transitoriamente ocupan. 2." El cebo de la falsificación perjudica mucho á los ejemplares verdaderos, por engendrar confusión y bastardía, desnaturalizando las condiciones de legitimidad y originalidad que les dis- —K 17 > i ~ tinguen, sin contar la imitación, que acrecienta estos da- ños en grande escala. 3.° El empleo de estilos, hecho sin gran conocimiento de causa, viene á ser una lastimosa adulteración de ellos, si se aplican indiscretamente, por - que defraudan su oportunidad, ó quebrantan su integri- dad, y seguidos por capricho se hacen ridículos. ¿Y qué diremos de las confusiones y aglomeraciones iniciadas en obras muy flamantes, donde por afán de innovación, sin base suficiente de criterio y conocimientos, pueden obser- varse bastardas mezcolanzas de todos los estilos? Cada uno de éstos, según hemos dicho otras veces, y no ce- saremos de repetirlo, viene respondiendo á un período y lugar dados, á un modo de ser especial y á un estado concreto de civilización. Siendo histórico, no pertenece á la actualidad: tendrá aplicación especulativa en obras de imaginación, en el teatro, en decorados; pero consagrado ala época presente y ála civilización actual, creyéndosele acomodable á las necesidades de ella, es tan impropio como sería adoptar las habitaciones, usos, vestidos y traeres de otros tiempos. 4." Natural consecuencia de lo susodicho, y que á la Artístico-arqueológica le importa dejar bien sentado: la afición á cosas antiguas, no debe extenderse á querer resucitarlas y devolverles una vida imposible. El estudio que por nuestra parte recomenda- mos, no se ha de empeñar en una restauración de siste- mas ó escuelas, sino sólo y exclusivamente en rehabili- tarlos, depurando los agentes que los motivaron, las interpretaciones ó aplicaciones que merecieron, las cau- sas filosóficas y estéticas que les sirvieron de base, y cuanto tengan ellos digno de legítima apreciación, de significación genuína, de distinción castiza, y de aplica- ción generada y transcendental. 2 —K 18 >!— La industria moderna abraza sus tendencias y misio- nes especiales: también la antigua abrazó las suyas; pero como lo más característico de ella entre nosotros, en los ramos de joyería, vajillería, vidriería, mueblaje, curtidos, tejidos, armas, etc., alcanzó una importancia real que al presente no goza, por eso es que nosotros especialmente, necesitemos averiguar si en estos y otros ramos simila- res, dejó raíces asaz profundas para lograr filiación, y Una vez ahondados sus secretos, explotarlos anchamente á fin de reencauzar aquellos ramales en beneficio de nues- tra industria activa, tan decaída en la genera'idad de los mismos. Así le devolveríamos en lo posible su radicali- dad histórica, su savia hereditaria, su caracterismo in- dígena, su vida propia y verdadera, ampliada si se quiere, ó mejorada hasta donde permitieran los grandes medios de que hoy sé auxilia la producción, como ha sucedido ya con las fábricas de vapor. Téngase en cuenta que los extranjeros, mucho más avanzados que nosotros, mandan expediciones numero- sas á todo el mundo, con ventajas difíciles de ser iguala- das, y mucho menos vencidas. ¿Qué recurso les queda, pues, á nuestros artífices para utilizar su especial inicia- tiva, si no se resignan á andar á la zaga de aquéllos, y quedar gradualmente sumidos en la más vergon- zosa postración? Nosotros con fe ardiente, apoyándo- nos en la experiencia y en la simple razón natural, creemos que la redención de los nuestros, depende en gran parte de recobrar aquella especulación que un día les singularizó, procurando especializarse de nuevo, y de- volver á sus artefactos el sello local que los distinguía; el sabor de la tierra, la fisonomía española, y dentro de la española la catalana, la misma que llegó á situarse du- —¡( 19 V i - rante algunos siglos, é imponerse donde quiera, al paso que alimentaba un activo comercio, abriéndose á la vez los puertos de Occidente y de Levante. Sin esperar tanto, creemos podría confiarse en una aven- tajada mejora de posición, más honrosa y lucrativa, que nos conduciría á recobrar el puesto de antemano señala- do en el gran certamen de la especulación universal. A las observaciones que anteceden, servirá de comen- tario y demostración, el detall razonado de los objetos que hemos escogido para nuestra reproducción heliográ- fica. de la colección Miquel y Badía. DGTHL·L- RHZOIMDO Antes de entrar en el mismo, juzgamos útil sentar algunas generalizaciones. Esta colección abraza objetos de pintura, escultura, mobiliario, cerámica y vidriería; es decir, otras tantas secciones de la arqueología artística, cada una bajo sus puntos de vista y sus precedentes técnicos é históricos, que no conviene olvidar, para cabal apreciación de los ejem- plares á cada sección correspondientes. Pintura ij escultura.—Xas más enaltecidas de las Be- llas Artes, han jugado siempre gran papel. La anti- güedad griega y romana debióles cosas superiores, no tablas ni cuadros que hayan llegado á nosotros, pero sí frescos, mosaicos y aplicaciones decorativas, principal- mente en cerámica y metalistería, que mejor conserva- das, dejan formar juicio inmediato de la perfección que aquéllas lograron en la figura humana y en sus interpreta- ciones. Naturalmente, la escultura (estatuaria, bajo-re- lieves, etc.), aun más permanente, dio grandes modelos en ambas escuelas, que forman la base principal del inmen - so estudio á ellas inherente, en el sentido más plástico y naturalista del arte. +-i( 2 2 >>— También el bizantinismo dejó curiosos ejemplares, se- ñaladamente de la época en que todavía lograba nutrirse de las tradiciones arcaicas; y si bien el romanismo gozó algo de esta influencia, hubo de rendirse á las crisis so- ciales, hasta sucumbir y renacer penosamente á fuerza de trabajosos ensayos, desgraciados en concepto artístico, pero no despreciables ni indignos de atención, porque en- vuelven una útilísima enseñanza délas elaboraciones que sufre el ingenio desde sus decadencias hasta sus nuevos génesis. Tan curioso fenómeno, presentado á una vez por la re- naciente imaginería de los siglos v y vi, y la paciente labor de los hagiógrafos y ele los miniaturistas monásti- cos, obligados á reproducir los libros litúrgicos, fueron el punto de partida de la rehabilitación en fondo y forma que vino operándose durante los siglos de la Edad Media, para alcanzar el brillante despliegue del Renacimiento; no sin haber dejado lindos modelos de factura y procedimiento, delicadas inspiraciones de espiritualismo y sentimentali- dad, que prepararon hábilmente el camino á su definitiva glorificación. No ahondaremos el asunto, por ser de escasa impor- tancia la pintura y escultura en la colección que nos ocu- pa; sólo sí cumple observar que España tuvo en aquellos períodos sus escuelas genuínas, que Cataluña las tuvo pe- culiares suyas, y que las tablas y esculturas aquí repro- ducidas, aun sin ser de primer orden, vendrían á confir- mar nuestro aserto, cuando él no resultase evidenciado por infinitos ejemplares de más ó menos valía. • Mobiliario.—El mueblaje, tan necesario á la vida co- mún, ingresó luego en las costumbres públicas ó par- ticulares, y no bien se hubo esbozado un arte, quedó. — K 23 > i — sujeto á la influencia del mismo. Las antiguas naciones asiáticas, pomposas de suyo, fomentaron el lujo mobilia- rio, ya en preciosidad de materias, ya en combinación de formas y realces policrómico-ornaméntanos. Conocidos son los de procedencia egipcia, asiría, hinda, persa, etcétera. Griegos y romanos emularon entre sí, apurando su inteligencia artística en elegantes fantasías de todo linaje, aplicando á su vida rumbosa los más de los mue- bles susceptibles de un destino especial: mesas de uno ó muchos pies, redondas, cuadradas, largas ó cortas, di- chas monopolios, deificas, cartíbidos, abacos; sillones y sillas de brazos ó sin ellos, de respaldos y pies curvos ó rectos, cothedras, sellas; bancos ó sediles, snggestos, ana- batros; camas y camillas, ledos, plúteos, triclinarios, grá- balos; armarios y aparadores denominados pegmas, edí- culas, muscarios, etc., etc. Esos muebles, con graduales alteraciones en nombre y forma, se transmitieron á los pueblos sucesores ó herede- ros del Imperio, prohijándolos los visigodos de España y conservándolos la Iglesia, cuyos monumentos literarios más lejanos, desde el siglo iv, señalan lectulos, mensas,. scamnos, thecas, capsas, fumíferos, candelabra, curtinas y otros adaptables á cualquier servicio. Naturalmente, el gusto del arte románico bizantino, formado de reminis- cencias orientales y occidentales, sobre el pie de un de- corado infantil en colores vivos, metales preciosos y realces de pedrería, acusóse luego señaladamente en el mobiliario ritual, y en sus capsas argénteas, sus scalas ó aparadores, sculfitas y doradas, en sus tabulas et retrota- bulos, coronas, candelabros, incensarios, navetas, cálices de oro y plata, llenos de esmaltes, piedras preciosas y margaritas. Para la vida civil, utilizáronse asimismo en —:•( 2 4 ) ¡ — dicho período visigodo y sucesivamente, ledos de ligno constructo, con pabellones, tapices y palios; scamnos de lo mismo ü otramente preciosos; mesas de plata mirifica opere confectas; scapulares ó sillas de tijera y respaldo; ataúdes, ataudetos, bancos, arcas, estogos de exquisita confección, etc. Adobábanse los palacios con parpólas ó jametes; los suelos con esteras ó cortinas. No obstante la estrechez de los tiempos, desde el si- glo xin hubo gran boato en las casas principales y seño- riales, acrecentada la riqueza de su mobiliario por las exquisitas delicadezas del arte de la Edad Media: lechos encortinados, de regios adobos, sillones vestidos de aci- taras de oro, estrados llenos de paños y cojines, cande- labros, aparadores, taburetes, amoretes, tauleros de gra- ciosas perfiladuras y variadas labores. Cuanto pueden idear la vanidad y la conveniencia, estaba al servicio da las clases distinguidas, sin olvidar los pormenores del gabinete de una dama, el surtido de despensas y cocinas bien servidas, y el atavío adecuado á las caballerizas de unas gentes que hacían constante profesión de guerra. En el uso vulgar figuraban el azcón ó scon y la artesa ca- talanes, cunas ó bregúelos y silletas para criaturas, camas pintadas, de tablas y cabezal, mesas y sillas dobladizas, escriños ó bufetes, baules ó cofres, retablos en las pare- des, y esteras alrededor de ellas. En el siglo xv había mesas de teja á tres piezas, con sus cortapisas, bisagras y esparcidores; sillas napolita- nas, ciprianas, pisanas, viquetanas, valencianas; de cos- tillas, plegadizas, rejilladas, de barbero, bajas para seño- ras; camas encajonadas y entoldadas; otras ligeras, de reposo, de campo y de compañía; armarios ó Úneles con sus ventanas y herrajes; cofres de campo napolitanos, —K 25 )f-~ ídem combados de Valencia, medios-cofres franceses, co- frecillos italianos, baules chapados, etc. Asentándose las costumbres al desplegarse el Renaci- miento, toda la brillantez del mismo se reflejó en el mo- biliario, el cual adquirió con la taracea un nuevo elemento artístico de gran artificio y seducción. Generalizáronse entonces las preciosas arcas noviales, las primorosas y delicadas arquillas, con multitud de otros muebles boce - lados, entretallados, enlistonados, torneados, dorados, guarnecidos de launas y clavazones, pintados de amari- llo, verde, colorado, pardillo ó buriel, etc. Desde 1540 re- gistramos camas de pilares atorzalados y pabellón con su pomo; arquimesas castellanas, para guardar letras; escrito- rios salamanquinos cubiertos de cuero; sillas caladas, á la valenciana; otras sillas y bancos á la flamenca; peinadores ó tocadores femeniles; mesas de tijera, también castella- nas; antorcheras de salón; cuadros con estampas, y ador- nos de guadameciles. Al finalizar el siglo, aparecen sillas á la cortesana y bancos de sala á la moderna. Multiplí- canse los bufetes y arquimesas gallardamente embutidos, de procedencia napolitana, veneciana y alemana, labra- dos de maderas varías, llevando cerraduras y clavazón dorados. Había camas de garruchas y correas, mesas de jaspe, sillas genovesas, etc. La chimenea, importada de Francia, entraba ya en los hábitos sedentarios, prelu- diando el clásico brasero, y á los mismos hábitos debió su origen la silla de manos, seguida luego de coches y carrozas. Por supuesto que el mal gusto barroco transcendió al mueblaje como á todo lo demás, por manera que, si se os- tentó con mayor variedad y opulencia, perdió en elegan- cia, haciéndose pesado y engorroso. —H 26 ) • — Aquí nos detendremos, porque hablar de los tiempos sucesivos, resultaría tan inoportuno como innecesario. Cerámica.— Pertenencia íntima del mobiliario domés- tico, la vajillería y demás secciones de cerámica, deben considerarse de origen muy primitivo por su interven- ción precisa en la fungibilidacl, que es una de las prime- ras necesidades del hombre. La idea de simular un plato ó un cuezo de barro, debió ser de las más simples, y la experiencia no tardaría en demostrar las ventajas de su endurecimiento é impermeabilidad, mediante la cocción de sustancias grasas. Todos los pueblos, por rudos que sean, elaboran vaji- Has elementales. Estas se acusan señaladamente en los yacimientos prehistóricos. Sus rápidos avances en nues- tro suelo, vienen atestiguados por la lejana reputación de las cerámicas saguntinas y emporitanas, así de tierras ro- jas, negras y blancas, como de hechuras artísticas y excelentes condiciones materiales. No hablemos délas fa- mosas vajillas de otros pueblos antiguos, por ser-cosa generalmente sabida, como también la alta perfección á que llegaron entre las naciones más adelantadas en civi- lización. La cerámica, sin embargo, es un elemento industrial tan socorrido, que á pesar de sus maravillas etruscas, corintias, sicilianas, etc., aun dio lugar á invenciones sucesivas, ya durante el Bajo Imperio, ya en otros tiem- pos y lugares, sin solución hasta nuestros días, en los cuales sigue alcanzando perfecciones cada vez más ex- quisitas. España no perdió su tradición, y con la venida de los árabes, adquirió un nuevo é ingenioso factor en las sin- gulares manufacturas - de Córdoba y Sevilla, Valencia y Alicante. También la Cataluña de Berenguer el Grande, ala vez que afrontaba poderes enemigos, marítimos y te- rrestres, impulsaba sus industrias á ñn de alimentar su comercio; y bien pronto, rivalizando con las ingeniosas repúblicas italianas, no sólo cambió con ellas, entre otros, sus productos cerámicos, sino queies sugirió invenciones propias en el mismo ramo, testigo la mayólica, tan acre- ditada en las regiones levantinas, cuya procedencia de Mallorca se revela por el mismo nombre, según confesión de todos los que entienden en el asunto. Barcelona, la capital catalana, no podía rezagarse, y efectivamente en vajillería, adquirió una reputación que no alcanzaron á amenguar sus producciones de otras clases. La alfarería, incluyendo olleros, tejeros, ladrille- ros y otros similares, estaba en ella reglamentada desde principios del siglo xm. Dos calles principales eran ocupadas por los escudilleros ó fabricantes de vajilla blanca y de lustre, sin otras secciones que se extendían á los arrabales, y los hornos y tejerías abiertas, derrama- dos por las afueras, quizá atraídos por la favorable cua- lidad de las tierras. Apenas constituido gremio, dos de sus representantes ocuparon asiento en el Consejo mu- nicipal, y á contar del siglo xiv, fuéronle otorgados or- denanzas y privilegios. Sus vajillas comunes blancas y negras, tan recomendadas por su dureza, corrían espe- cialmente las costas orientales, sin parar hasta Alejan- dría. Este comercio, alimentado por largo tiempo, basta á justificar la nombradía de la cerámica catalana, que ade- más de Barcelona, comprendía á Gerona, Tarragona, La Selva, Malgrat, Vilafranca, Tortcsa, etc., y ádejar acre- ditada la fama que gozaban sus lozas, vidriados, azule- -~K 28 l i - jos, obra de aparejo y construcción, vasijería y vajillería, con singularidades de producción en todos estos géneros, dignos de equipararse á los mejores extranjeros. Por otro lado, la industria arabesca y arábigo-hispana de los principales centros andaluces, murcianos y valen- cianos, sacó numerosas hijuelas (Málaga, Talavera, Onda, Segòvia, Manises, Alcora, etc., etc.) que, sobre explotar y beneficiar sus procedimientos, tomaron con vuelo pro- pio alientos muy valiosos, llegando á caracterizarse en sus facturas, tanto por las cualidades intrínsecas, como por las artísticas de ellos. La vajilla á reflejos metálicos, imitada de Pèrsia, era ya conocida antes del siglo xu. Durante el mismo, el viajero Edrisi celebró la de Calatayud, y Játiva ganaba cré- dito en tiempo del rey D. Jaime. La faenza de Talave- ra, Valencia, Zamora, y posteriormente de Triana, hacía ventajosa concurrencia á la de Pisa, con imitaciones orientales y chinescas: la misma Valencia era especial- mente encomiada por Eximeno en el siglo xv. Manises y Murcia sobresalían por sus combinaciones de oro con blanco y azul, y también Ibiza por su vajillería fina. Ma- el y Zaragoza sostenían separadamente el honor de la región aragonesa. Nuestra provincia en el siglo xvi, supo acreditar algu- nas individualidades, como Ferrer, Granjet, Falcó, etc., y en el año 1787 Francisco Cavalli, de Riudoms, consi- guió un premio en Tarragona por sus imitaciones de la vajilla genovesa negra y blanca. Las fábricas de porcelana de Alcora y del Buen Reti- ro, creadas en el siglo xvui, aun lograron mantener por cierto tiempo el buen nombre de la cerámica española. No olvidemos las tinajas de Toledo, Córdoba y Sevi- - ^ ¡ ( 29 )a— 11a, con las célebres del Toboso, objeto de la entusiasta contemplación de D. Quijote. Tampoco queden por alto las zulajas árabes, base de los lindos alicatados de Granada y Sevilla, y origen de los azulejos de Valencia y Barcelona, que tanto segeneraliza- ron, dando las mas vistosas combinaciones al decorado así interior como exterior de los edificios, desde el tiem- po de los Carlos y Felipes, hasta el punto de hacer to- lerables algunos vicios radicales del churriguerismo. Vidriería.—Tanto ó más elogio cabe rendir á este nuevo arte, hermanado al anterior, y en el cual Barcelo- na se llevó asimismo la palma. Aunque tardó más en desplegarse, siguiendo quizá la iniciativa de Italia, desde sus comienzos vino emulando con ésta, dando á sus vidrios y á las elaboraciones de ellos, una importancia equivalente á los celebrados de Venècia y Ñapóles. Así lo aseguraban, en el curso de los siglos xv ; xvi y XVII, Jerónimo Paulo, Lucio Marineo Sicu- lo, Nuñez, Barreiros, Rebullosa, Aedo, Corbera y otros viajeros ó cronistas que pudieron atestiguarlo de visu. Todavía en el siglo xn, venían del extranjero conduc- tas de vidrio labrado, copas, añapas, etc., conforme he- mos visto en aranceles ó tarifas de portazgo, dichas lez- das; mas luego Barcelona se bastó á sí misma, llegando á crear la sucursal mataronesa, que ha conservado sus excelentes hornos, y la fama de sus productos hasta nuestros días. Caspe y Cadalso de los Vidrios, acredita- ron asimismo los de otras regiones españolas. Dividíase esta industria en vidriería de horno ó fundi- da, y vidriería bufada ó de soplo, elaboración blanda por medio del soplete, que comprendía vidrios de servicio y de luz. Sus cualidades principales consistían en la puré- —.-( 30 )>— za de pastas, en la tersura y limpieza del vaciado, en la propiedad y gracia de formas, y en el buen gusto de sus relieves, angrelados, hilados, velaturas, matices, esmaltes y colores, para realce de cantarillas, brocales y recipien- tes de toda clase, jarros y jarrillos ele lujo, piezas de ilu- minación, otras decorativas, y alhajas como los brinqui- ños del siglo xvm, inherentes á la bisutería. Barcelona elaboró de todo ello, al principio en corta, si bien selecta escala; pero después al menudeo, y en gran abundancia de artículos comunes, no sólo para consumo propio, sino para salida á numerosos puntos de extranjís. Debiendo ceñirnos á la elaboración artística, bastará recordar que de la vidriería y cristalería catalanas, ha- cen ostentación las mejores colecciones de España y de fuera de ella, como justamente la hace la del Sr. Miquel y Badía, viéndose en las mismas, copas, ó beyres que no cabe distinguir de los licchieri italianos, jarros, vasos, frascos, botellas, picheles, tan sentidos y primorosos co- mo los mejores venecianos, confundiéndose á veces y so- bresaliendo otras, por su exquisita delicadeza, siempre tan geniales como caprichosos. Tenemos á mano el inventario de una tienda de vi- driero del año 1450, cuya obra común en vidrio azul y blanco, constaba de "barráis e castanyes, tasses planes, cantarells, pitxers, boyets, babs e taces, scudelles, greals, gots, copes, setrills, buydadors, fruyters, plats, marra- xes, salers, brocals, brocalets, barráis, botes, orináis, farahons, squerpas de vidre groch, etc.,, Otro del siglo xvi contenía "calderetas, petxinas, tas- ses de cames e marines (navetas?), ídem de tres bo- tons, barques y peixos, tot de v¿dret, tasses de sou, otras de 15 diners, ídem de pimpinella; plats de vidre daurats, —K 31 >i— bevedora de ídem glassat, tortuguetas per oli e vinagre, branquinyos (brinquillos para criaturas y señoras).,, El siglo XVII compuso vasos dorados, floreados y da- masquinados/ jarros, floreros, pilillas para agua bendi- ta, etc., y el xvm vasos comunes y de cristal, listados, abigarrados, de campana; banastillas de vidrio, porrones, flamenquillas y fruteros, salvillas, compoteras, garapiñe- ras, etc., etc. Cual especialidades, podemos señalar del año 1309 go- beletes de vidrio adamascado, copas, picheles y vasos (gots) de "crystallo cubertorati, cum pedibus argenti, perlis grossis et lapidibus pretiosis,,. La Casa Real de Aragón, poseía en 1S89 ricos confiteros, vasos y co- pas con pie de plata, nielados y sobredorados, llevando las armas reales, unos de marca barcelonesa, otros de Valencia con la corona de esta ciudad, y un pichel exor- nado de figuras y blasones, que perteneció á la reina doña Violante, también de marca de Barcelona. En 1440 ocu- rren gobeletes de vidrio adamascado, un cofrecillo de ídem laboreado, un pequeño oratorio de cristal, otro de lo mismo encerrando figurillas de la Virgen, San Juan y Santa Magdalena; un relicario á modo de espejo redondo de cristal, platos de vidrio azul, terrazas de ídem pinta- das, copas cristalinas con sobrecopa, platitos de vidrio pintado, para ofrecer presentes. Después encontramos servideras de vidrio, de brocal largo, sobredoradas; vidrios de marca especial barcelonesa, unos que llamaban tortas, con sus cañ-oncillos, otros sobrecopados. esmaltados, bu- fados é hilados, con dos asas; fruteros grandes dorados y otros bufados y apedreados; una jarra boquitendida con asa de una medalla; ojales y botones cristalinos, con- tornados de coral. Cadalso de los Vidrios, por el mismo *~H 32 >;— tiempo, daba piezas semejantes, entre ellas unos agua- maniles deshilados, con cañones largos para beber en la cama. Finalmente, nuestro malogrado amigo el barón Davi- lier reprodujo, facsimilado en uno de sus opúsculos, tan luminosos en esta materia, un jarrillo barcelonés del si- glo xvi, que estimaba entre las más preciadas alhajas de su gabinete, tan airoso y elegante de silueta, como vistoso por su policromia, de riqueza verdaderamente oriental. Para muestra, suele decirse, basta un botón. El arte ó el ingenio que tales cosas produjo, lleva en ellas la más cumplida demostración de su competencia, y la más legítima sanción de su renombre. DESCRIPCIÓN DE LAS HELIOGRAFÍAS FINTURA^ESGULTURA PEUEBA 1." Tabla del estilo ojival, representando á San Jorge, con la Virgen salvada por él, al lado izquierdo, la cual sostiene un yelmo extrañamente timbrado: figu- ras de la medida natural: la tabla, fragmento sin duda de algún retablo de iglesia, á comparticiones, en que el Santo titular ocupaba la preferente. Como pintura, vale poco, aunque no se sale del orden de las de su clase, con la circunstancia anómala de no ofrecer expresión mística los rostros, los cuales, además, son incorrectos, si bien de indudable tipo catalán. El birrete del Santo, el tocado de la Virgen, la armadura y otros accesorios, constituyen detalles indumentarios apreciables. En la heliografía, el oro y plata resquebrajados de dicha ar- madura, causan mal efecto, no dejando apreciar en lo justo la elegancia del dibujo. a PKUEBA 2. Esta tabla, del propio estilo y de mejor mano, representa la gloria de Dios, ó sea el Padre Eter- no rodeado de los nueve diferentes Coros de espíritus angélicos, á grupos sobrepuestos, de candidos y finos rostros, nimbada la cabeza, tendida la cabellera, vesti- dos de túnica y dalmática ó capa pluvial. La imagen del 3 -M-( 34 ) ; — Señor, sentado en el centro y cubierto de túnica y man- to de bella plegadura, es tan augusta como venerable. Cada coro se distingue con su ñlacterio ó rótulo en ca- talán, por este orden: "Seraflns, Dominacions, Princi- pats, Potestats, Archangels, Àngels, Xerubins, Tronos.„ Color simpático, paños bien estudiados, composición bien dispuesta, aunque simétrica, dibujo correcto y tra- bajo minucioso, avaloran esta tabla por una de las bue- nas de mediados del siglo xv, estando además hábil- mente restaurada. a PRUEBA 3. Tríptico de talla, estilo Renacimiento, ó sea cuadro con puertas, de remate conopial, incluyendo un doselete finamente calado, de gusto híbrido, como suelen ofrecerlo muchas obras escultóricas de Burgos, Salamanca, Valladolid, etc., cobijándose bajo dicho do- selete la escena del entierro del Señor, amortajado por los dos piadosos hebreos discípulos suyos, yacompaña- do de las tres Marías y San Juan al pie de la cruz. En ambas puertas campean Santa Magdalena y San Juan Bautista, apeados en mensulillas, con resalto de un que- rubín, debajo unos frisitos de hornacina apechinada, embutidos también de dos querubines, y afianzándose sobre delgadas columnas laterales á hechura de pilares argollados, estilo algo diverso del del centro, cuyo maridaje viene á ser un curioso argumento de la simul- taneidad de sus aplicaciones. Esta escultura, aunque de pobre mano, pertenece á la escuela de Berruguete, sin que las figuras carezcan de sentimiento y expresión, en- tre no pocas incorrecciones y desproporciones. El traje de la Magdalena se recomienda por su especialidad, ca- racterística de otras imágenes de principios del siglo xvi, españolas y flamencas. -~K 35 )i~^ M U E B L E S PRUEBA 4.a Cofre catalán de madera plancheada de hierro, con vestigios de dorado y policromia; forma oblon- ga, tapa combada, con asa enmedio de ella y otras dos en las delanteras; cerradura de pestillo fijada en mi- tad del testero. Así la cubierta, como las esquinas de la caja, están bordeadas por anchas fajas de launa ó plan- cha de hierro que las afirman, sirviendo á la vez de mar- co á la decoración, contribuyendo á esta otras planchue- las fijadas verticalmente á cierta distancia entre sí, todas platonadas á su mitad y extremos, al igual que unas abrazaderas esquinales, con platones floriformes y cha- tones en cada uno, simulando el botón de la flor. Com- pletan este decorado, llenando los intersticios de faja á faja, así en la cubierta como en los frentes, dos líneas de escudos inscritos en sendos círculos lobulados, de es- tofado ó pasta de relieve, sobre la tabla del cofre. Una sola mirada á la heliografía, dejará comprender el buen gusto de semejante mueble, lleno de elegancia bajo ele- mentos tan sencillos, y cuya vistosidad debió ser col- mada cuando, pulidos los hierros, blasonados los escudos y pintado el fondo, ofrecería en maravillosa combinación sus reflejos metálicos, con el brillo del oro y los matices de la policromia. PRUEBA 5. a Dos cofrecillos recubiertos de piel, con herrajes. El de la derecha insigue el sistema decorativo del anterior: bordes y esquinas de fajas, montantes ver- ticales sobre escudetes redondos á tres zonas, y en el orden de las mismas unos sencillos herretes que asegu- ran los cantos. Semejante combinación de hierros y —;•( 36 ) . ^ planchuelas, resaltando sobre el fondo mate de la piel, es no menos sobria que acertada. La otra arquilla, de siste- ma análogo, produce nueva combinación con su plan- cheado de cuadrícula y florones estampados en alterna- ción. Merecen observarse los asidores de unos y otras, por la forma cóncava de su travesera, muy común en- tonces, y que juzgamos acertada, pues ayuda mucho á vencer la resistencia del peso, mejor que la recta ó la hueca, preferidas después ó adoptadas por contraste. a PRUEBA 6. Pequeña arquilla ó joyero rectangular, de cubierta á doble vertiente, hecho de madera vestida de plancha metálica. Esta plancha repujada, se repite en la tapa y en el cuerpo; cada sección, de encasetados so- bre una faja de inscripción catalana, y cada caseta de forma cuadrangular, bajo un arco trilobado y encorti- nado, en campo de jardín ú hojarasca, figurando repetida- mente una triple escena de amor entre dama y galán vestidos al uso del siglo xin, aquélla de pie, y éste de hinojos; en el primer cuadro flechándole la dama, en el segundo ofreciéndole una corona de flores, y en el terce- ro coronándole la cabeza. La inscripción en caracteres ojivales mayúsculos, dice también repetidamente: "Amor, mercè si us plau.,, Como esta forma de arquillas con re- presentaciones amatorias, tan adecuadas á su destino, prosperó mucho en Alemania, interesa la confrontación de ese indudable ejemplar catalán, que si no arguye prio- ridad, lleva consigo un argumento favorable de asimila- ción, que honra mucho á la industria de nuestro país. Aunque trabajo de despacho, no desmerece en el aspec- to movido y elegante del conjunto. PRUEBA 7. a Arca castellana de nogal tallado, forma cuadrilonga, tapa lisa (véase ésta indicada en la prue- —K 37 )•:•— ba 2.a); paramentos recuadrados, incluyendo prolija ta- lla de medio relieve, la cerradura cuadrada, de bordes y pestillo también relevados á caramilleras. Estas arcas, al revés de los cofres y cofrecillos que equivalían á bu- jetas ó escusabarajas, constituían verdaderos muebles de paramento, sirviendo á una vez de asientos ó escabe- les, y para guardar objetos. La moda de adornarlos por estilo de este modelo, creció en el siglo xiv y continuó en los dos siguientes, dándose mano con las famosas si- llerías corales platerescas. Con las de Toledo y Sevilla ofrece grande analogía el arca en cuestión, ejecutada con aquel rumbo que distinguió siempre al arte castella- no. El traje de las figuritas que se ven enredadas entre alimañas y hojarascas en el relieve, imprime á esta caja innegable bautismo del reinado de los Católicos ó de los inmediatos precedentes. Como factura, es típica en su clase, y da cabal idea del lujo artístico que se había in- filtrado en la vida común. a PRUEBA 8. Cofre de los llamados no viales, especial- mente genuínos del siglo xv, y de artífices catalanes, ma- llorquines y valencianos. Ponderar el garbo, el gusto, el primor y riqueza de estos muebles, es casi ocioso ante los selectos ejemplares que se ven en museos y gabine- tes, recogidos de mansiones solariegas y hasta de ricas payesías, donde se conservaron por herencia, y todavía quedan algunas por tradición de abuelas, á quienes se daban por regalo ó apéndice dotal en sus bodas, equi- valentes á las cómodas de uso moderno. El tipo que acompañamos, es uno de los más puros y acabados de su estilo, cuyo mérito estriba todo en la corrección y per- fecto ajuste de sus h'neas, sin accesorio que las ofusque, cual hartas veces sucedió al corromperse el gusto. La —!•( 38 >í^- cerradura aparece en medida adecuada, no descompo- niendo la armonía del conjunto, antes enlazándose gra- ciosa con un escudito de cruz que sirve de coronación al motivo delantero, inscrita aquélla en la banda flo- reada que ciñe por arriba esta linda página del ojiva- lismo más correcto, con sus rosáceas centrales flanquea- das de cajetones ajimezados, partidos en su mitad por arquillos que se repiten y enlazan en toda la sección inferior, apeando y festoneando dichas rosas en simétri- ca ondulación. Las elegantes irradiaciones de las mismas rosas, y las lobulaciones repetidas en cada cobija ó arqui- llo, juegan entre sí de una manera donosísima, produ - ciendo un miraje salpicado, que enamora la vista, con movilidad y capricho inagotables, sin violencia ni extra- limitación, antes bien perfectamente subordinada á la rigidez geométrica y á las reglas más precisas del oji- valismo. Cuando un estilo produce tales encantos, bien puede considerarse el summum del arte: compréndese que ya no cabe más ni menos; más, porque sería re- dundancia, menos, porque resultaría deficiencia.—Dicho arte de la Edad Media, al compás de sucesivos desarro- llos, llegó á su perfecto equilibrio, testigo en su línea el cofre que describimos; y por eso cautiva tan soberana- mente, pues siendo resultado de un cálculo muy prolijo, aparece sencillo en simetría, en proporciones, en relación de las partes con el todo, y hasta en economía relativa de medios, para producir un conjunto perfectamente aca- bado. Imaginémonos una estancia arquitectónica rodea- da de estos cofres, que solían ser del color de la madera, tomando un tono severo y uniforme para sus delicadezas de telaraña; ¿puede idearse decorado más rico, bajo una elevada techumbre de artesones, unas paredes de dono- —.:( 39 )<-*- sas arcaturas, una línea de colgaduras brosladas con gran variedad de colores y oro, y un alfombrado de ta- pices por el mismo estilo? Otras veces, los mismos co- fres se policromaban ó doraban, y levantada su cubier- ta, aparecían debajo de ella y en el interior, los más de- licados primores del pincel, en cuadros regularmente piadosos, debidos á la mano de los principales maestros. a PRUEBA 9. El Renacimiento, aunque exagerando y desvirtuando el estilo ojival, supo utilizar los recursos del mismo, y hasta agregarle otros, que con no ser tan rígidos, no aparecieron menos delicados, notablemente en los artefactos de su primer período. Modificáronse entonces las arcas susodichas, abriendo sus delanteras á dos ó tres puertas, con tanto ó más prolijo laboreo en el interior que en el exterior, descubriendo otra delante- ra de cajones, á su vez enriquecidos con delicada orna- mentación. Extendióse el propio gusto á las llamadas credencias, y á los bufetes á hechura de armarios, como el que figura en esta prueba, tallado á bandas verticales y transversales por ambas haces de sus puertas, y pol- los cuatro órdenes de semi-cajones que ocupan la divi- sión inferior; todo realzado de colores y oro, cual digno estuche de las exquisitas alhajas que solían guardarse en su estantería superior. El señor Miquel tiene reserva- das en este bello mueble, las piezas mejores de su colec- ción de vidriería y cristalería. PRUEBA 10. Arquilla-bufetillo análoga al bufete pre- cedente, componiendo otra variedad, pues además de la tapa superior, tiene otra delante, pudiendo constituir es- critorio ó contador, apoyado sobre un caballete. Cerrada esta arquilla, ofrece el aspecto de una caja lisa; pero abierta, que es como se empleaba, causa un efecto sor- — • ( 40 ) — préndente, viéndose interiormente decoradas sus dos ta- pas, con labor de primoroso alfarge, y sus cajoncillos lin- damente recuadrados, los cuales se reparten con cierta desigualdad que ameniza y distrae el aspecto sin des- componerlo. He aquí un resultado artístico, no calculado al parecer, que da una solución de difícil facilidad, como sólo el verdadero ingenio sabe obtenerla. Complétase el realce con aplicaciones de boj, resaltadas en claro sobre el sombrío entablamento de nogal. PRUEBA 11. Ejemplar de la antigua arca en deca- dencia, bajo otra forma de distribución á tres comparti- ciones iguales, esto es, seno (tomba), con puerta en medio y tres órdenes de cajones por lado. Fajas de repisas so- bre columnillas atorzaladas, y recuadros caprichosos, dan relieve á éstos, exornando la división central un fron- toncillo de carácter arquitectónico encuadrado, que des- cansa sobre un ancho basamento. No carece de vistosi- dad este ornato, aunque de ejecución algo grosera, que corresponde al tiempo de los Felipes, y caracteriza un tipo sui generis, puesto que el siglo xvi tuvo otros mu- cho más primorosos y correctos. Decíanse bargüeñas estas arquillas, por elaborarse en Bargas, á dos leguas de Toledo. Otra que hay encima, estofada y dorada, es una variante del mismo género, no mejor en gusto ni en mérito, si bien ayuda á formar concepto del estilo barro- co á que ambas se afilian. PRUEBA 12. Mucho más brillantes y fecundos logros dio el adorno de marquetería ó taracea (tercia en cata- lán), que gozó favor por el mismo tiempo, según deja juzgar otra arquilla contenida en este número. Llámase taracea, según el Diccionario de la Lengua, el embutido de varios colores, hecho en madera ó en otra materia. —K 41 )!— Quedan memorias de la misma algo anteriores al Re- nacimiento; pero este la prohijó en cierto modo, cono- ciendo el buen partido que de ella podía sacarse. En las artes decorativas sucede como en los trajes, que en ellas, sobre otras causas, influye mucho la moda. Cuando amenguó la libre ingeniosidad de los tallistas, sirvieron de excelente compensación las incrustaciones, hijas sin duda de la niela, que siguió aplicándose á las ricas arma- duras de Toledo y Milán. En las mismas era adorno casi obligado, no siendo fácil idear otro más permanente para piezas metálicas expuestas á golpes é inclemencias, y como esta razón no influía en el mobiliario, del espíri- tu de imitación salió la nueva moda. Esta hubo de to- mar luego grandes proporciones, y primando ó alternan- do con la escultura, logró durar más de dos siglos. Acomodada al gusto plateresco, dio combinaciones tan limpias y afiligranadas como las de esta arquilla núme- ro 12, que es de primera línea por su galanura de estilo, gracioso trazado é inmejorable ejecución; pero es fácil comprender que hallado el sistema, no se ceñiría á una sola fórmula, y así como el cobre, el marfil y toda clase de palos de color, inclusos más adelante la plata, la con- cha y el nácar, entraron en juego con el roble, el ébano, el ciprés, la Jacaranda y la caoba; así en el detall orna- mentario fueron explotados todos los elementos, filigra- nas, arabescos, floreos, irradiaciones, polígonos, car- tuchos, etc., siguiendo de cerca las modificaciones escultóricas y arquitectónicas. La taracea, aliada tam- bién con la tabla, dio en otro concepto resultados inge- niosos, de que se socorrieron en su fastuosa emulación la nobleza y la prelacia de los siglos xvr y xvir. En esta prueba, además del pie de caja, que si bien análogo á ella, es de gusto diverso, merecen observarse los jarro- nes de Alcora puestos encima de la misma, y el terciope- lo de Genova (por equivocación Gerona en la prueba), cuyo delicado mérito no es fácil apreciar sin los colores que lo realzan. PRUEBA 13. Arquilla de las denominadas contadores ó escritorios, porque al bajarse su puerta, servían de ta- blero para escribir. Los goznes, aldabillas y cerrojos do- rados de la misma, la asimilan á otras arcas propias del 1600, que salían de Murcia y de otras localida- des castellanas y valencianas. La nuestra, rebosa una delicadeza sólo comparable á la de otros muebles de tiempo de María de Médicis, de modo que, á no llevar dicha señal de procedencia, merecería estimarse por obra de algún buen artíñce italiano; tanta es la donosura y corrección de las numerosas figuritas y medias figuras que corren por el friso, y de arriba abajo por todas las esquinas. Con esto y algunas líneas determinantes, tan concisas como bien precisadas, resulta un mueble que se recomienda por un sello artístico excepcional. PRUEBA 14. Para dar cabal idea del buen gusto del po- sesor, copiamos uno de sus gabinetes, alhajado con toda la propiedad de los de tiempo de Luis XVIII ó de Car- los IV. Sillería, sillones y camapé, todos del mismo jue- go, de madera barnizada de blanco y Aletada de oro, con asientos y respaldos de raso azul adamascado; respiran un aire de señorío y comodidad, muy conformes al gusto artístico y á las costumbres de entonces, en acertado maridaje con los cuadros de peana y palmatoria, y las cornucopias ó espejillos de guarnición profusa en cristal ó talla dorada ,que les dio nombre, debido todo al barro- quismo que tanto se avenía con los tontillos y pelucones. —1{ 43 ) i - ^ PRUEBA 15. Plato hispano-arábigo de los llamados de brasero: pieza notable por su gran carácter, de borde estrecho y poco foado, dorado á estrías contrapuestas y á zonas anilladas en campo esgraflado, que se repiten alrededor del borde, campeando en el centro y en azul, un escudo de las armas sicilianas. En el museo Kensing- ton de Londres, existen dos ejemplares iguales, con la sola variante de sus escudos, que son respectivamente partidos de Aragón y Castilla, y de Castilla y León. ¿Se fabricarían exclusivamente para las casas reales? El reverso del nuestro, sobre un fondo de virgulillas bi- gotudas y rasgueadas, á semejanza de las miniaturas de la época, tiene ocupado todo el asiento por una grande ave que parece pavo, y caso de ser águila podría indicar fábrica de Valencia, cuya ciudad indicaba por este sím- bolo á su patrón San Juan Evangelista: sin embargo, el estilo parece cordobés. PEUEBA 16. Dos platos ó fuentes del mismo origen, ambos dorados. El de la derecha pertenece indudable- mente al siglo xv, todo salpicado de puntos y escuditos á manera de rosones concéntricos, sobrepuesto en el fondo un escuálido ciervo azul, que remeda la factura de los árabes, corriendo alrededor de la arandela una ins- cripción en caracteres ojivales muy bien formados, tam- bién azules, que dice: "Ave-Ma-ría-gra-ple-na.„ El de la izquierda, que trae en su reverso el águila heráldica indicadora de su procedencia valenciana, en el anverso lleva una ornamentación irregular rasgueada y mosta- cheada de azul, característica de aquella fábrica, con — K 44 )r- tarja central en que se figura un antílope acogotado y uncido con cadena á unos ramajes, también en campo azul, cuyo dibujo gana poco al del ciervo susodicho. No juzgamos aventurado atribuir la confección de ambos, á algún artífice morisco ó muzárabe. PRUEBA 17. Otros dos platos hispano-árabes, de fe- cha algo más adelantada, uno tetonado enmedio, florea- do y esgrafiado de azul y oro, por el sistema valenciano; el otro centrado por una gacela de la factura de los anteriores, en campo de flores ,y doble orla de fajas y aje- dreces en alternación. Este último, dorado completamen- te á dos tonos, produce una ilusión de grande explendidez. PRUEBA 18. Dos nuevos platos, de comienzos del si- glo xvm. El catalán, blanco, salteado de ramos azules, con gran espontaneidad y no escasa elegancia, tiene en el centro el águila austríaca de dos cabezas, coronada, sobrepuesta la siguiente inscripción: "Viba-Carl-os„ es- crita con más entusiasmo que inteligencia por algún ar- diente Vigatá. El segundo plato, vendría á argüir que la industria cerámica de Puente del Arzobispo, hoy reducida á la nulidad, floreciente en la Edad Media, con- servaba hace un siglo y medio buenos resabios, pues su orla de guirnalda policromada, y el cupidillo cogiendo flores de su fondo, además de inseguir el gusto del tiempo, igualan, si no superan, á las manufacturas de otras localidades más sonadas. PRUEBA 19, Botes y jarrillo hispano-arábigos. Los dos botes, casi gemelos, en forma de brocalillo, esbelta y sen- cilla á la vez, sólo difieren en su ornato á zonas desigua- les, con interpolaciones caprichosas de losanjes, recua- dros y floreados, en oro pálido el de la derecha, y dora- do y azul el de la izquierda. Por su sistema general y —K 45 )4~^ algunos de sus rasgos ornaméntanos, reflejan marcada- mente el estilo arabesco de otros modelos cordobeses y granadinos. El jarrillo panceado, que tiene junto á la bo- ca cuatro pequeñas asas, lleva adorno similar al del bote primero, aunque el sistema de él se inclina más al ojival. Todos, empero, cogen muy bien dentro de las ele- gancias del Renacimiento. Vasos de Alcora (véase la prueba 12). A la sola vis- ta de estas lozas vidriadas, evidenciase la maestría de su fabricación, planteada y mantenida por el hábil gobierno de Carlos III. El talle clásico de las mismas, y su airosa estructura, compiten con la nitidez de las pinturas que ayudan á su realce. PRUEBA 20. Medallón porcelana de Alcora, otro género de obras primorosas, dechados en su clase, y que igualmente enriquecen las colecciones más distin- guidas. Este medallón de estilo rococó, que á la sazón dominaba, valioso dentro del mismo, permite á su vez juzgar de la altura á que rayó dicha fábrica, durante una época de relativa decadencia industrial. Sin ser de lo mejor, no carece de estilo y buen efecto la imagen de San Ramón Nonato, que forma el cuadro de este marco, y el asunto principal de esta alhaja esencialmente devota. He aquí tantas joyas como piezas, que avaloran una de las secciones arqueológicas tan feliz y hábilmente reunidas por nuestro buen amigo y consocio. líIBRIBRÍJi PRUEBA 21. Vidrios venecianos: copa y dos vasos. Si la justa fama de aquel centro productor necesitara acreditarse, sobraría para ello esta vaporosa copa, con t+M 46 ) * - su cáliz de azucena, su asilla angrelada, su esbelta caña de torzal, y su pie llano de buen asiento: en ella se adu- nan todas las condiciones de la belleza artística. La taza y el vaso adjuntos, menos elegantes que antojadi- zos, ayudan á patentizar los recursos de una ingeniosi- dad tan fecunda como inagotable. PRUEBA 22. Estos nuevos vidrios, de la clase de ser- videras ó fruteros, en nada ceden á la copa del número anterior. Si venecianos los laterales, véase cómo dista de jugar mal papel la abrocalada pieza del centro, estimada española de origen, que por cierto no es inferior á aqué- llos en donosura de corte, ni en finura, ni en delicadeza. PRUEBA 23. Jarrillo de largo pico, en figura de león sentado sobre un basamento postizo, que le sirve de pea- na; acaso simple gala de factura, obra de algún ingenio- so elaborador. La cola hace veces de pico para verter ó beber ahilado, á semejanza de los llamados porrones ó tazas catalanas. Así el vaciado como la calidad del vi- drio, amarillento con visos de oro y mezclilla de esmalte-, son de gran primorosidad, constituyendo un objeto pe- regrino, de que justamente se envanece su dueño. Su estilo se inclina al del siglo xvi. PRUEBA 24. Gubel, brocal y taza esmaltados, de vi- vos colores, el brocal del siglo xvi por su traza, y los compañeros algo posteriores. Tanto por la labor del pri- mero, y el variado gusto decorativo de todos, como por sus calculadas trasparencias lumínicas, los contrastes de sus esmaltes y la limpieza de detalles; también estas piezas pueden graduarse de modelos, cada cual bajo su punto de vista separado y concreto. PRUEBA 25. Botecillo cobertorado. La tradición mo- risca y el gusto barroco, se combinan en las formas ani- - M * 47 ) * — liadas, angreladas y verticiladas de este nuevo y curioso vidrio, desde la cimera al pie, con sus asillas á dos ór- denes, las cuales servían para suspenderlo de una char- pa. Los vidrieros de los siglos xvi y xvn, elaboraban estas piezas y otras como cantarillas, á cual más capri- chosas, en abundante profusión, pues solían jugar gran papel en romerías, bateos y sobre todo en los bailes popu- lares de Cataluña. PRUEBA 26. Vinajeras, acaso aceiteras (tortuguetas ó tortuguillas), más adecuadas al parecer al uso civil que al religioso, por sus profanos moldeajes de leones y mas- carillas. Antójansenos sus brocales demasiado acampa- nados, mezquinos sus picos y asas, y achatada la panza; lo cual, sin embargo, no menoscaba la galanura del con- junto, rico en detalles de gran prolijidad, á cuyo buen efecto contribuyen sus realces azules sobre fondo blanco. PRUEBA 27. Otros jarrillos humorísticos, dos de pie añadidizo, con figura respectivamente de una clueca empollando, y de una especie de ratón, formando dos excrecencias de harto mal gusto. Sin prejuicio, sus co- pas bien moldeadas, tienen cierto sabor anticuado, al igual que la de enmedio, en forma de jarrillo de gran- des asas. PRUEBA 28. Grupo de vasijas de varias clases: una pila para agua benditaen lo alto, por cierto de ingeniosa com- binación en los ramajes y floreados que le sirven de sus- tentador; debajo de ella, una aceitera doble en pieza, divididos por el centro sus recipientes; una vinajera á la derecha de la misma, por estilo de las del núm. 26; un vaso de campana á la izquierda, glaseado á irradiaciones encontradas; dos peceras á los extremos, abroquelada la una y lisa la otra, con dos asillas y reborde inferior an- —;( 48 ) ¡ — grelados; y seis vasos de diferentes hechuras y labores, pintados, glaseados, etc., al uso corriente de los siglos XVII y XVIII. Llamaremos la atención sobre algunos otros vidrios indicados en la prueba 9.a, comprendiendo entre varios de los ya descritos, bucarillos ó tazuelas anacaradas, picheles, una vistosa diadema veneciana, orlando el león de San Marcos, y otras menudencias. R O P 1 S PRUEBAS 29 Y 30. Estofas y bordados de la Edad Media y del Renacimiento. Las estofas, aunque dignas de estima, no dan en la heliografía todo su conveniente efecto, ya por el estado de deterioro de ellas, ya por la falta de matices y colores, que en suma constituyen el mérito de las mismas. Las tiras bordadas de capa pluvial, sin duda ricas y esplendentes, parécense á muchas otras no menos ex- plendentes y ricas en que se agotaba la habilidad de los bordadores; pero siendo ambos ejemplares simples acce- sorios, que no bastan por sí solos á formar base de es- tudio, nos limitamos á añadir esta nueva demostración al celo coleccionista del señor Miquel, y un título más á la gratitud que cumple expresarle, así por los ma- teriales que acaba de suministrarnos, como por el favor que con ello nos dispensa á nosotros y al público. J. PUIGGAEÍ. jáE^IE DE DAj3 HEDIOOF^ABÍAjá QUE COMPONEN El. PRESENTE ÁLBUM BELLAS ARTES PRUEBA 1. San Jorge, tabla procedente del reino de Valencia. — 2. ídem catalana, siglo XV.—Parte del cofre núm. 7. — 3. Tríptico español, estilo plateresco. MUEBLES — 4. Cofre, siglo XIII, procedente de un monasterio de monjas de Cataluña. — o. Dos cofrecillos, siglos XIII y XIV. — 6. Arqueta-joyero, siglo XIV. — 7. Arca tallada, castellana, siglo XV. — 8. Cofre novial de relieves tallados, siglo XV. — 9. Bufete-armario dorado, de procedencia catalana, Re nacimiento. — 10. Bufetillo. Renacimiento. — 11. Arquilla bargueña, siglo XV. — 12. Arquilla taraceada, siglo XVI—Jarrones de Alcora. —Terciopelo de Genova. — 13. Contador tallado, siglos XVI y XVII. — 14. Gabinete, siglo XVIII. CERÁMICA — lo. Platos hispano-arábigos, siglos XIV y XV. — 16. ídem, siglo XV. — 17. ídem, siglos XV y XVI. — 18. Otros platos, siglos XVII y XVIII. —1< 50 ) , ~ - PRL'KBA 19. Botes y jarrillos hispanoarábigos. — 20. Medallón porcelana de Alcora, siglo XVIII. VIDRIERÍA - 21. Vidrios venecianos, siglos XVI y XVII. - 22. ídem, y uno español, siglo XVI. — 23. Jarrillo picotado español, siglo XV - XVI. — 24. Gubel, brocal y taza españoles, siglos XVI y XVII. - 25. Botecillo cobertorado español, siglo XVII. — 26. Vinajeras españolas, siglo XVII. - 27. Vidrios catalanes, siglos XVII y XVIII. — 28. (¡rupo de vasijas y vasos, siglo XVIIl ROPAS 29. Estofas, siglo XIV. — 30. Tiras bordadas, siglo XVI. » í a u &Úf - SpUM •-* lu'.i-Lwri ¿cl H ^ l í N/V J M U M 2 W Í « 1 t?«t VV yjlk'íi^i dt-í tTiXVU. Uii l u i t t i n u n U ) t u utUf&i*, Últúiu* iti n a t ) Y\ • f j n b ¿¡ tu» wfii -:^*.Í; ,ui;.- tw. jVi* totea****. Ccy»c I avtpu $Í. UMtJtiA. unt Yieuaít* \V1IMHJO- 5tAJU Ml/- WMiJtJtuuftfftMtñu ¿tftbui** J*feUuu« Pj^uótU -.t¿atUÜ>! JtyiJ ) uu\ma$4 Vlén MU v Wv. Ce\iuUU ivwWttctutiUt IAVA MÍ untin UHJAV tm ï* iimí^t'um *wt|M m* (Tif-u ítSUittu Mnyl li·..·uiíci.l. Jt6*ttU l*%4* ' rr r !, • \%r-,rr'-rr\tti.tr\'f\rtiJjí*tíí mimMm\\ fFWSS Í'Í kv I Mi l í Tf W^v*. ¿¿Viu iv». uuJti* f\ ÍAAAVW wu ^ \iJucvt» la.UeJ,n «vv IA. 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