INDUMENTARIA ESPAÑOLA. SIGLO XIII. I Un siglo que registra en sus anales santos tan superiores como Fran- cisco de ASÍS. Antonio de Padua, Domingo de Guzmán y Tomás de Aqui- no; reyes tan enaltecidos como Alfonso VIII, S. Fernando y Alfonso el Sabio en Castilla, Jaime el Conquistador y Pedro el Grande eo Aragón, Felipe Augusto y S. Luís en Francia, los Plantagenets en Inglaterra, Federico II en Alemania, Saladino en Asia; reinas y princesas como las Stas. Isabelas de Hungría y Portugal, la castellana D. s Berenguela y la catalana D.° Petronila; egregios varones como Alberto Magno, Raimun- do Lulio, Arnaldode Vilanova, Lucas de Tuy, Gonzalo de Berceo, Roger de Lauria, Guzmán el Bueno; en la poesía un Dante, en la pintura un Cimabué y un Giotto; este siglo merece sin duda lugar muy respetable en la historia. Toda esa y mucha otra ilustración lleva consigo la centuria xui, para honra de la humanidad, que llena de íervidez como nunca, y segura de su misión, logró realizar la obra más asombrosa de progresión social que se haya visto, y que acaso vuelva á ofrecerse en la duración de los tiempos. ¡Cuan expléndido luce sobre el zenit de España el astro de su gloria, tras aquella épica jornada de las Navas, y las gloriosas conquistas de Córdoba, Jaén y Sevilla que para siempre eclipsaron el funesto resplan- dor de la media luna! ¡Cuanta grandeza la de sus monarcas, aquellos que los reyes besaban el pie é reinas pedían limosna é mancilla... 4 — 4 — cuan arrogante la figura del gran Jaime, el conquistador de tres coro- nas, el nuevo César, que do quiera se presenta, llega y vence, y como Cé- sar al retirarse, comenta sus propias hazañas! ¡Qué milagros realizados en el terreno de todas las especulaciones: re- gulación de municipios, de gremios, de lonjas; descubrimientos y expe- diciones marítimas; empresas guerreras y de todo linaje; creación de admirables institutos; agigantados progresos científicos, artísticos é in- dustriales; en teología la Suma, en legislación las Partidas, en filosofía el Ars Magna, eu literatura la Divina Comedia! ¡Qué edad de fuego, de genio y cíe pujanza, bajo la triple unidad de fé, de sentimiento y de ac- ción, con que debía llevar adelante aquel prodigio colectivo que se lla- mó civilización de la Edad Media! Vedla qué ahinco pone en redondear sus nacionalidades; ¡qué perse- verancia en afirmar sus instituciones; qué carácter sabe imprimirse, qué colorido derrama en todos los engendros de su fecundísima lozanía! Tan candida y fervorosa, como expontánea y original, fué á la vez tan inge- niosa y prolífica, como animada y pintoresca. Aun boy los hombres pen- sadores, descubren cada vez nuevos encantos en la fisonomía de aquella época; y es que entonces, sobre la base de un vigoroso organismo, se desplegaron con no menor brío las excelsas cualidades del ser moral, brotando puras todas las fuentes de vida en alas de su sublime idea- lidad. Conforme la conquista de Toledo, dice Lafuente, había marcado para nosotros el tránsito de la infancia y la juventud de la Edad Media española á su virilidad, la de Sevilla señaló la transición de la virilidad á la ma- durez. La sociedad se había ido robusteciendo, y aunque fraccionada todavía, había dado grandes pasos hacia la unidad material y política. Desaparecieron multitud de pequeños reinos musulmanes, dejando de existir las dominaciones de tres grandes razas Ommiades, Almorávides y Almohades, y quedando sólo en un rincón de la península un pequeño aunque vigoroso reino muzlímico, retoño lozano de aquellos tres impe- rios. Granada y Navarra debían subsistir hasta que sonase la hora del complemento de la reconquista y de la unidad, sin embargo, ya se dibu- jaban de un modo palpable los límites de las dos grandes porciones del territorio español, destinadas á absorver las otras, para refundirse des- pués ellas mismas. Los monarcas aragoneses ceñían la triple corona de Cataluña, Aragón y Valencia, para no perderla nunca, y uno sólo era el soberano de Galicia, de León, de Castilla, de Toledo, de Córdoba, de Murcia, de Jaén y de Sevilla para no dejar nunca de serlo.—Con el rei- nado de Alfonso el Sabio comienza un nuevo período en la vida social de España.—Aragón, hijo emancipado de Navarra, en su robusto desa- rrollo ha ido reasumiendo en sí todos los elementos de vida de la España Oriental: á la mitad del siglo xnr no le ha quedado nada por conquistar de los moros.—La vida política de ambos pueblos en este período es casi igualmente activa, turbulenta y agitada; pero Castilla se reconcentra en sí misma, y su vida es toda interior; mientras Aragón rebosando vitali- dad y robustez, cuando le faltan conquistas dentro de sus propios lími- tes, se lanza fuera, se desborda y arroja mares adelante; se derrama por África y Europa; hace sentir en todas partes el peso de sus barras; redi- me y absorve la Sicilia, domina y aterra en Calabria, intimida á Ñapó- les, cercena los dominios de Roma, vence á Francia, y la Inglaterra hace vanidad y alarde de ser su amiga.—La magnitud de los pensamientos, la grandeza de los sucesos, el interés histórico de España en este perío- do, está más en Aragón que en Castilla. La corte aragonesa en el si- glo xiii, llega á ser una de las primeras y más sonadas de Europa. Para conocer algo á fondo la sociedad española de aquella temporada, en lo moral y material, en lo político y civil, en lo filosófico y científico, en lo cortesano y popular, es preciso leer las obras del rey Sabio, algu- nas crónicas origínales, los poemas y romances caballerescos, los canta- res y rimas de los trovadores. ¡Que mies tan rica para espigar abundoso fruto! Alguno sacamos nosotros en beneficio de la indumentaria, como se verá más adelante; no sin haber acudido á otras fuentes literarias y arqueográficas, que el siglo xm derramó copiosamente. II La fórmula más expresiva de cualquier estado social, es el arte. El arte del siglo xni, rebosa la misma virilidad y pujanza, el mismo sentimiento y fervidez, el mismo brío pintoresco y original que distingue á aquella civilización en progreso. El timbre mayor de este siglo es haber creado el arte ojival como sis- tema, sobre todos peregrino y fecundo, santo por su origen, sublime por su inspiración, maravilloso por sus encantos, precioso por sus carac- teres. Cuando el estilo ojival se desplegó con tanto vigor, decíamos hace al- gunos años en una publicación dedicada á los industriales, la creencia había echado profundas raíces en los corazones, y traducíase al exterior con muestras dignas de su elevación y celestial origen. Al entusiasmo de las — 6 — Cruzadas, sucede el santo ardor de las construcciones religiosas; man- tiéneseaún entre los cristianos del occidente una energía vehemente que se consagra á elevar á la Divinidad templos nobles y suntuosos, cuales nunca se hubiesen ideado. ¿Acaso el monumento entero no revela las pías intenciones del arquitecto? ¿No se descubren símbolos y emblemas en sus varias partes, en el plan que simula la cruz, en las capillas que á fuer de corona misteriosa de Cristo irradian en torno del ápside, en todos los detalles y fracciones, columnas y ventanales significativamente agrupa- dos, alternados ó repetidos? La elevación de los pilares, el vuelo de las bóvedas, la línea vertical que domiaa eu toda la obra y en sus miembros componentes, ¿no acusan una fé exaltada y una esperanza fervorosa, que tienden sin cesar hacia lo alto, arrebatando consigo el corazón y la fan- tasía del espectador? Es preciso haber perdido todo afecto cristiano para no comprender el mudo y sublime lenguaje de las catedrales de la Edad Media. Su masa airosa, perfilándose en erguidas cúpulas y agudas espadañas, sobre gru- pos de edificios vulgares, da una idea del pastor entre su grey, es verda, deramente la silla del Pontífice, ó mejor dicho, un soberbio escabel colo- cado al pie del trono del Hacedor. Si, salvando sus umbrales penetramos en su recinto, ¡cuánta majestad, cuánto misterio, reflejo de los misterios de Dios, vemos allí reunirse en el juego de arcos y columnas severamen- te alineadas, en las inmensas bóvedas perdiéndose entre vagas angulosi- dades, en la serie de naves que se suceden en dirección al presbiterio, centro común á dó todo confluye, como para rendir un homenaje unísono á la Víctima sin mancilla que se ofrece sobre el ara consagrada, ó perma- nece en reserva dentro del tabernáculo. Y si á las imponentes masas unimos el prodigioso efecto de los acce- sorios, la luz que irradía en brillantes chorros, el mosaico de las vidrieras que se refleja en rubíes y esmeraldas, la lámpara que oscila dentro de una oscura capilla, la magnificencia del culto, los dorados altares envuel- tos en nubes de incienso al resplandor de infinitas luces, las voces de coro alternando con el órgano crepitante ó con los cantares ingenuos de una muchedumbre devota; todo rebosando armonías, vagueando entre vapores, al través de accidentes desperfilados de recortadas cresterías, de orlas de follajes, de místicos símbolos é imájenes, ¿cómo no inspirarse en aquella poesía, y no embriagarse de aquella vida, cediendo al ardoro- so impulso que sobre la razón ejerce tanta majestad unida á tanto arte, tanta explendidez hija de tan oportuna y sentida combinación? En otra clase de edificios, descuella no menos interesante, sino tan propia, la arquitectura ojival. ¡Qué es ver el arrogante castillo de orgullo- sos señores, destacándose ya en la cumbre de lejana colina, ya en el fon- _ 7 — do de nemoroso valle, recortado en piñones y almenas, lanzando al aire su erguido homenaje, ó abriendo sobre el foso sus estrechos ajimeces, donde á vueltas de ballesteros ceñudos, asomó tal vez beldad furtiva para oir las trobas de un gentil amador! Pero si buscando esta arquitectura en las ciudades queremos apreciar su efecto durante una fiesta palaciana ó una solemne junta de patricios, en el quietismo de la vida ordinaria ó en la agitación de algún suceso histórico, lleguémonos al alcázar de'To- ledo durante las sangrientas discordias entre D. Pedro y las Comunida- des, á la Aljafería de Zaragoza cuando el del Punyalet rasgó con su arma los privilegios de la Unión, ó cuando D. Martín fué solemnemente coro- nado en compañía de su esposa; acerquémonos al tinel de Santa Clara mien- tras el católico Fernando oía mas adelante cual simple juez las quejas de sus vasallos: asistamos á las sesiones de nuestro municipio celebradas en el famoso salón de Ciento, durante las conmociones de 1462 ó lt>45, ó bien parémonos á contemplar el tráfico mercantil de las lonjas de Valencia y Palma, de Sevilla y Barcelona, cuando nuestro comercio y marina preva- lecían sobre las renombradas Genova y Venècia. ¿Qué prestigio no adquie- ren á nuestra vista esos monumentos aún vivos, aún preciosos por su disposición y sus formas, á pesar de hallarse en medio de nosotros como fuera de su elemento, por corresponder á tiempos y costumbres que hu- yeron para no volver? Y sin embargo, ¿qué artista de corazón al divisar tal cual ojiva, suave flor de aquel pensil, ahogada entre la monotonía de los modernos edificios, no siente latir su pecho á la dulcísima emanación de un arte que todo lo poetizaba, infiltrando donde quiera, ya fuese pa- lacio de reyes ó choza de aldeanos, su espíritu ardiente y vivificador? Nacionalizada y extendida por la Europa cristiana la arquitectura de que hablamos, en todo su ámbito dejó memorias insignes que la harán imperecedera. Inglaterra, Alemania, Francia, Bélgica, ¿cuántas joyas no deben á ese estilo encantador? ¿Quién no admira como verdaderos prodi- gios las catedrales de Fri burgo, París, Batisbona, Orleans, Bruselas, Wor- cester, Amiens? Y ¿acaso España puede gloriarse menos con sus templos celebérrimos de Toledo y Sevilla, de Oviedo y Salamanca, con un alcázar Je Segòvia, con un monasterio de Poblet? Filiación del gusto bizantino, el ojivo se subdivide en tres épocas: primordial, durante el siglo xni, secundario en el xiv y terciario, desde ya empezado el xv hasta bien entrado el xvi. Sabido es que al mediar el XII, diferentes innovaciones prenunciaron el estilo que iba á redondearse; en los templos la oprimida nave se fraccionó, ensanchó y prolongó hasta abarcar el ápside que cogía tres capillas, una de ellas consagrada á la Virgen Inmaculada; los pilares se adelgazaron en columnas; aguzáronse las arquivoltas, los humildes tragaluces bizantinos, convirtiéronse en grandes rosones, y generalmente todos los miembros y detalles, inclusas las macizas torres de campanas, dejaron la forma cuadrada ó rebajada, por otra'más airosa y piramidal. En el exterior surgieron graciosos bota- reles para neutralizar el empuje de las bóvedas. En el siglo xm es tal la gallardía, tal el arrojo del goticismo, que apu- radamente, á causa de la extrema acuminación de sus formas, se le da el nombre de lancetado. En severidad, sobriedad, corrección, ajuste y buenas proporciones, constituye sin duda la época mejor del estilo: la basílica de Barcelona empezada á fines de dicho siglo, debe graduarse de tipo magistral, donde compiten el encanto con la armonía, la precisión de miembros bien cal- culados, con su entidad augustísima y magnífica. A la sazón el ápside aun debió ahondarse más; las capillas se corrieron por ambos lados de la iglesia. Accesorios de todo linaje, estatuas, bajo relieves, cimeras y pináculos, derramándose en gran copia hasta rebosar al esterior, llena- ron singularmente y con mucha gracia las portadas. Figuras de profetas y apóstoles alinéanse graves sobre sus ménsulas, alternadas de filonci- llos que gradualmente rebajan la arcada, disimulando su espesor, todo incluso en un imafronte triangular, de caladas enjutas, mientras por de- bajo, en el tímpano, campean minuciosos relieves .figurando cuadros simbólicos ó escenas de la Sagrada Escritura. Los ventanales adquieren proporciones muy elegantes, efecto de una regla geométrica por la que se hace arrancar de les impostas los arcos de círculo, coincidiendo con los ángulos de un triángulo equilátero, cuyo punto de intersección es la punta de la ojiva. Particularizan este siglo los ajimezes de lancetas pa- readas, inscritas en una ojiva mayor, con rosón en el intersticio. El gótico secundario, denominado radiante, guarda esencialmente el mismo carácter del siglo xui, con ser más expléndido y exagerado, los arcos todavía más osados, y la ornamentación en general más delicada y profusa. Donosas galerías rodean las partes alta y media de las naves; calados antepechos orlan el edificio por dentro y fuera; los ventanales se despliegan con toda holgura formando delicados encajes de piedra, sus- tentados por delgadísimas columnas, al través de las cuales derraman las lumbreras sus expléndidos y matizados rayos. Por prurito de ideali- zar, exagerando el paralelismo de formas, los ya ligeros pilares conviér- t e l e en manojos de junquillos, que se prolongan como nervios á lo lar- go de las bóvedas y vienen á confluir en la clave central. Esta misma exageración hace de los contrafuertes introducidos por necesidad en su origen, un accesorio decorativo, de que el artífice saca gran partido en construcciones de todo género. Bajo el concepto artístico el siglo xiv es el de mayor lozanía del estilo — 9 — ojival, y á él deben contraerse sus principales maravillas, la insigne ca- tedral de Colonia, aun no bien acabada en nuestros días, la de Estrasbur- go, con su asombrosa aguja alta de 142 metros (10 más que la ponderada cúpula de San Pedro de Roma, y solo 4 menos que la gran pirámide de Cheops), etc., etc. En Barcelona tenemos del siglo xiv, período brillante de su existencia, los hermosos templos de Santa María del Mar y del Pi- no, la iglesia y claustros de Montesión, la de San Antonio Abad, la capi- lla real de Santa Águeda, el monasterio de Pedralbes, la fachada antigua de la Casa Consistorial y su salón de Ciento, etc. En el xv comienzan á indicarse algunos síntomas de decadencia, no empero sin grandes y riquísimas bellezas: una de ellas también en Bar- celona, el edificio de la Audiencia ó Diputación. La exageración siempre creciente, ábrela era del gótico terciario, llamado flamígero, á causa de sus adornos parecidos á llamas, lenguas, corazones ú hojas de plantas. Las formas prismáticas van prevaleciendo sobre las redondeadas y angu- losas, los arcos se abren desmedidamente, quedando sus columnas trans- formadas en exiguos baquetillos. En los ventanajes, al triángulo equilá- tero del siglo xiii, reemplaza otro ceñido á la mitad de su elevación; las ojivas peraltadas suelen formar una prolongación compuesta de los ner- vios que la describen partiendo de Jas impostas, las cuales se reducen á una lacinia ó moldura de hojarasca. Sobresale notablemente la parte de- corativa, consiguiendo abundoso desarrollo, y por regla general los cay- relados, rosetones, etc., en lugar de combinaciones redondeadas, van afectando las llamígeras, características de este período, anunciando en su caprichosa variedad la próxima degeneración del arte ojivo. Esa misma tendencia indícase mejor á fines del siglo, en una proliji- dad rebuscada que llega á bastardear el gusto, sacrificando las leyes in- concusas de unidad, proporción, armonía y á veces hasta de solidez, aun desmedido aíande lucir ó á un lujo de accesorios inoportunamente apli- cados. Decae la severidad del estilo, olvidadas las buenas tradiciones y el rigorismo geométrico del arte ojival; y á impulsos de nuevas y asaz mundanales ideas, vulgarízase la arquitectura en menoscabo de su carác- ter, de su propiedad y de su ritmo. Ya no se lanzan atrevidas las bóvedas, ni la ojiva impera sin rival, antes prestándose liviana á todo capricho, á manera de arco flexible, ora deprimida, ya concentrada simulando la he- rradura arabesca, ya acuminada, trebolada, adintelada, escarzana, car- panela, conopial, etc., undula en múltiples secciones ó en variados com- partimentos. Los portales se achatan, los abovedados se recargan, los frontones se esmochan y espacían. Por defuera, cresterías y pináculos, chapiteles y sobreposiciones; por dentro lazaduras de cables y emble- mas, crucería y colgadizos en las bóvedas, atarjías y minuciosas labores — 1 0 - en los artesonados, lumbreras y puertas de dobles y triples ajimezes, in- troducción exótica de motivos ornamentales, cifras, cintas, frutas, ge- nios, figurones, etc., y como rasgo primordial, tendencias arcaicas, eco de la reforma que en otros ramos se operaba. Tal es el carácter genuino del gusto ojival en su decadencia. No nos incumbe refutarla errada opinión que por mucho tiempo negó al estilo, no menos erróneamente llamado gótico, el carácter de un ver- dadero sistema y su irrecusable valor científico. Sin tomar en cuenta el simbolismo que es el alma de las catedrales católicas y el germen más fecundo del arte ojival, en él concurren dos elementos esenciales que ayudándose entre sí, generaron y enriquecieron á porfía esas bellas cons- trucciones de la Edad Media, tan dignas en verdad de admiración como de meditación, A poco de fijarse en ellas, obsérvase desde luego combinada con las reglas más puntuales de la geometría, una imitación perfecta de los tipos físicos más adecuados á la índole de la obra en su propio y genuino ser; resultando de la acción mútua de ambos principios, un sistema asom- broso, en cuya virtud las reglas geométricas más complicadas se adapta- ron á las formas naturales más simples, y á su vez las más sencillas re- glas se hermanaron con las imitaciones de mayor capricho. Por este me- dio el gusto ojival, adaptándose más que otro cualquiera á una variedad incalculable de proporciones y accidentes, abrió al artífice esferas dilata- dísimas, permitiendo á su imaginación volar libremente y realizar crea- ciones las más estupendas, casi ideales depuro fantásticas, y por decirlo así, extremadas de sublimidad. El reino vegetal es de los que más recursos suministraron el arte en cuestión. Examinando con cuidado las flores y plantas, observamos en su contextura tal proporción orden y armonía, que pudiera llamarse geo- metría viviente, necesitando sólo un ligero desarrollo para producir los lindos rosetones, florones, tréboles y calados que adornan nuestras cate- drales. Las secciones del tallo de algunas plantas, ofrecen unas el círculo, otrasel triángulo rectilíneo ó curvilíneo,el cuadrado más ó menos perfecto, pentágonos y polígonos de toda suerte, recordando el plano de fascículos de las columnas góticas, como sucede por ejemplo en el corte de algunos cactus, en el arándano que forma un cuadrado flanqueado de semicírcu- los, y en la salvia que tiene además semicírculos en los ángulos del cua- drado. Análoga disposición presentan las cápsulas de diferentes vegeta- les, cuyas semillas en su colocación afectan las divisiones simétricas del círculo. I)3nde más campea la analogía es en tallos y hojas, con su infi- nita variedad de trifólias, cuadrifolias, treboladas, verticiladas, cimali- — 11 — formes,, dentelladas, anchas, agudas, etc. En las flores merece especial exa- men el orden de sus pétalos y estambres, que á las fracciones regulares del círculo, reúnen sobreposiciones sistemáticas en sentido diagonal, ór- bitas lanceoladas, etc., etc. Algunas rosáceas como el dulcamaro ó solano y el acónito, dan aquellas hojas ondeadas que tanta aplicación tuvieron en la ornamentación gótica. Los escultores del siglo xv sacaron no esca- so argumento de plantas al parecer las más vulgares, como berzas, es- carolas, cardos y vides. Las sermentosas y parásitas que suelen adherirse al tronco de los árboles ó al encañado de nuestros jardines, pueden haber sido el tipo originario de las columnas de junquillos retorcidas ó espira- les que tan bellamente se acomodaron á las construcciones de la última época. ¡Qué copia de recursos para un arte tan ingenioso en explotarlos! Se- ria cosa de nunca acabar si enumerásemos los variadísimos tipos que una naturaleza pródiga suministró á la viva actividad de aquel período, para convertir en otras tantas joyas no sólo los edificios y monumentos, sino los menores objetos del dominio artístico, susceptibles de elabora- ción ó decoración, como utensilios, muebles, armas, ropas, telas, libros, vasos, el chisme más insignificante de uso doméstico, dijes, pinturas, mosaicos, vidrieras, etc. En todo bulle y rebosa un capricho inagotable, en variedad de líneas, gracia de formas, delicadeza de pormenores, rique - za de accesorios, golpe de contrastes, animación de tintas, verdad en la imitación, originalidad en la invención, oportunidad en las aplicaciones, armonía y buen gusto en todo. Hé aquí las preciosas condiciones de ese estilo virginal, henchido de vida y fé, que logró desplegarse á un tiempo inspirado por las creencias, animado por el sentimiento, enaltecido por la religión y dirigido por re- glas tan felices como acertadas. Respecto á pintura existen aún de los siglos precedentes algunos vene- rables vestigios catalanes y ejemplares todavía conservados en Vich por varios entusiastas arqueólogos. Entre ellos merece especial mención una tabla con las efigies de S. Pedro y S. Pablo, que caracteriza el arte del xm, á la cual podemos agregar un retablo no menos importante, asimismo de este siglo, que existe arrinconado en la parroquia rural de S. Fausto de Capcentellas en el Vallés. Si aquella encierra singular interés por su factura y estilo idénticos á las miniaturas coetáneas, tan remarcables en todos los códices, el retablo de S. Fausto sobre responder á un estilo y factura análogos, tiene además la circunstancia de marcar sensible tran- sición desde los retablos anteriores, y caracterizar un nuevo gusto dentro del propio sistema, sin llegar al puramente arquitectónico que tantas be- llezas generó en el mismo centenar. Conserva, en efecto, el orden de com- — 12 — partimientos de aquellos, dentro de recuadros, que ya tienden á las for- mas arquitectónicas, suprimido empero el óvalo central que en los pri- meros solia contener una imagen sentada de Jesús ó de la Virgen, prelu- diando otra filiación de retablos algo más desarrollada que debió suce- derle, entre los cuales señalamos uno guardado en la Sala Capitular de nuestra catedral de Barcelona, que adornaba una capilla de sus claustros, representado en multitud de cuadritos, escenas de la vida de Nuestra Se- ñora. III Si cabe sancionar como verdad el maridage del arte con la indumen- taria, nunca más que en este siglo resaltó su evidencia. Cuanto de noble impulso, de elegante rigorismo, de parsimonia, armonía y buen gusto allegan las creaciones arquitectónicas y demás artísticas conexas de aquel período, refléjase en sus trajes, á una vez los más naturales y concretos, los más serios y artísticos que la Edad Media haya producido. Recórranse los ejemplares de estatuaria y miniatura que pueden allegarse de varias procedencias; líjese bien la atención en sus rasgos generales y accidenta- les, y se deberá confesar que una estricta propiedad les sirve de base, que lo decoroso, lo modesto, lo racional tiene en ellos debida satisfacción, y que si por un lado cumplen las rigurosas leyes de la estética, por otra no defraudan las razonables exigencias del lujo y de la comodidad. Vestiduras de buena proporción, ni largas ni cortas, ni lacias, ni rí- gidas, sin ociosos arrequives, apañadas con ajuste y adaptadas convenien- temente, sin necesidad del cinturón, tan prodigado hasta la fecha, á lo menos en su uso aparente y distintivo; no solo no vician las formas del cuerpo humano, sino que realzan su natural belleza, dejando bien acusa- das las formas, diseñados los contornos, suelta la acción, y los movimien- tos sin embarazo. En sencillez de indumentos y airosidad de amictos, re- cuerdan algo del traje clásico. Tan lejanas de puerilidades como de gas- tadas afectaciones, representan bien la pujanza y virilidad de su época, el sucesivo mejoramiento social, y la perfección relativa de sentimientos, ideas y costumbres; razón acaso la más poderosa y eficaz de su analogía con otras minifestaciones del arte. «A los opulentos trajes cargados de bordaduras, orfebrería y joyeles á las ropas estrechas y molestas, á los accesorios balumbosos hijos del — 13 — gusto oriental que tanto prvió en Europa, diremos con Mr. Viollet-le- Duc, prohijando sus observaciones, sucede rápidamente en el siglo xiu un vestuario sencillo, cómodo, peculiar á casi todas las clases, y cuya mayor gracia consiste en la manera de llevarlo. A la sazón Francia, coma España y otras naciones, se rehacen y recomponen, con sus artes, indus- tria, literatura, ingenio, carácter y modas propias, porque todos esos atributos de la civilización marchan de consuno. El arcaísmo bizantino y la tradición monástica abren paso al elementó civil, que desde luego se revela en la indumentaria no menos que en las artes, y se desarrolla rá- pidamente. Búscase la forma más adecuada á los hábitos ordinarios, así como en la arquitectura, que también es un ropaje, se escogitan los pro- cederes más racionales; ya que á la sazón el arte no iba segregado de la industria, ni se reducía á un objeto de lujo para algunos privilegiados, con exclusión de las demás clases. Y cabalmente porque esos trajes se acomodaban al cuerpo, y á las costumbres y necesidades del vulgo, eran una de las expresiones del arte... Los trajes del siglo xm no apelan á subterfugios para realzar ó disimular ciertas formas corporales, pues la suma elegancia de entonces se reducía á poseer buen físico y á moverse y accionar con naturalidad. Pocas irregularidades de conformación ó de vicio, podían ocultarse bajo aquellos trajes; y este es su mayor elogio.... Nonos arrojaremos á decir que la indumentaria de un pueblo arguya su estado político y sus grados de civilización, pero no cabe poner en duda la íntima relación que media entre aquella, y la aptitud ó el gusto del mismo pueblo para las artes. Si sucedía así en Atenas hace 1500 años, porque no podía ser verdad en 1200 ó en otra época? Eso no es decir que la moda y el lujo quedasen rezagados, pues dul- cificándose las costumbres, mejorando en general las condiciones socia- les, sucediendo períodos tranquilos al horror de continuas guerras, y co- menzando á prevalecer las suaves conquistas de la actividad y del inge- nio, sobre la tosca rudeza é ignorancia de otros siglos; el lujo aunque más comedido y discreto, en nada cedió al de la época románica, antes alcanzó proporcionalmente á todas las clases, como de varias leyes res- trictivas se arguye, y la moda siguió haciendo caprichosas evoluciones, con no pocas novedades en galas y traeres. Después de la lujosidad oriental, del gusto por las tocaduras elevadas á modo de turbantes, de las chaperías, bordados y entre otras ropas, de los chamelotes, que las Cruzadas introdujeron, la rígida y próspera do- minación de San Fernando, de San Luis y de D. Jaime el Conquistador, fué moderando sensiblemente las costumbres y sus excesos. Camisas bien plegadas, que asomaban por collera y puños, calzas justas, cotas ó gonas sotaniles, llamadas sayas en Castilla, sobrecotas y briales ordinariamente — 14 — sin mangas, sangradas en las llanqueras para lucir la riqueza del ceñidor y de la ropa subtánea, llevándose á veces algo recogidas de falda con el mismo objeto, gausapas y graciosos corpinos entre damas, mantos ten- didos, capas de varias índoles, tocados no menos varios, calzado negro, de punta; hé aquí el traje general de los europeos de buena condición en lo mejor del siglo. Por el contrario, á fines de él, bajo los azarosos go- biernos de Fernando el Emplazado, Jaime II (el de Sicilia) y Felipe el llermosodeFrancia, relajándose la severidad, comenzó otra vez la licencia, y de grado en grado vino iniciándose el singular capricho de los tiempos sucesivos. Nacen entonces las polainas, el cerboj, la corneta, el sombre- ro de copa alta y de ala levantada, el descomunal irisado á la griega(mu- jeril), el hiérrete vascuence y el gorro frigio. Suelen llevarse calzas en- teras soladas, sin zapato: la cota y la sobrecota ó guardacuerpo, se acor- tan y festonean, se ajustan ó ensanchan, se blasonan y perfilan; las mangas en general son estrechas, y los cuellos empiezan á indicarse. Al manto sustituyen ó acompañan abrigos de nueva hechura, y unos capo- tillos chirodatos ó no, hendidos en la delantera, ó cercenados para que se vea el chupetín. La nobleza, vinculando para sí el uso casi exclusivo de terciopelos y sedas, asiste al rey, de bota encarnada, con espuela de oro, y en cambio los escuderos usan bota blanca y espuela de plata. No menos volubles las damas, cíñense estrechamente por medio de líneas de botones á los flancos y en los puños, y adórnanse con estravagantes pren- didos y peinados, velos, trenzados (tricheors) de filigrana, dijes, colla- res, escotes, botonaduras, blasones, brocados, dobles túnicas, cortes exa- gerados, ceñidores, fermalles y brazaletes de oro. Todo francés obede- ciendo á su pasión dominante, lleva abundancia de este metal y de pe- drería, en sus arreos y arneses. Cuando las bodas de Felipe III, sus cor- tesanos vestían escarlata y brocados con ramajes (samit pourtrait d vi- seaux, tout á or battu.) No contentos de lucir en goneles y mantas sus blasones nobiliarios, mandaban bordarlos ó figurarlos hasta en los para- mentos de sus caballos. Hacia 1294, Felipe el Hermoso trató en vano de moderar los excesos á que también propendía la clase media, vedándole el uso de veros, coronas y pedrería, y de carros y antorchas por la noche. Más templada la gente rústica, no se salía de sus calzas ó bragas, sayos, sayas, gabanes y capuchos. San Luis fué el primero en traer manto flordelisado, retenido con cor- dón de hombro á hombro, ó rodeado de una valona-muceta de pieles. Or- dinariamente vestía sin afectación, pero con gusto: «cuando sale á dis- traerse por el jardín, dice Joinville, trae cota de chamelote, sobrecota de tiritaña sin mangas, y echado un mantel de cendal negro; va bien pei- nado, sin cofia, llevando un chapelete blanco de pluma de pavón. A ve- — lu- ces usa cota de cendal persio (azul), sobrecota, mantel de jamete rojo y gorro de algodón, que le cae bastante mal.» Después de la cruzada, no volvió á gastar púrpuras, brunetas, forraduras, espuelas de oro, estribos ni sillas doradas, contentándose de chamelotes negros ó azules (pers) y forros de gamitas ó manos de liebre; vestidos ligeros que se llevaban so- bre otra ropa justa. En aquella fecha (hacia 1223) la sobrecota solía ser angosta de arriba, ancha y copiosa de abajo, unas veces hendida por la delantera ó á los lados, otras punteada de pieles, y en lo sucesivo se le añadieron mangas, conforme queda expresado, y cuando tenía forro cum- plido, llamábanla capa ó capapiel. Nacida de la gausapa, convirtióse en una donosa sobrevesta de manga justa abotonada, formando desde la ca- dera un ancho zagalejo blasonado y rozagante. Los blasones solo se os- tentaban al principio en un ropón señorial de grandes mangas, las que luego se replegaron y abrieron, acabando por suprimirse, á semejanza de las cotas de armas. A la sobrevesta iba adherida capilla, que de ordinario se dejaba caer, y formaba en su doblez delantera dos picos, los cuales no tardaron en prolongarse desmesuradamente, conforme se prolongó la coleta de la capilla. En algunas ciudades del Mediodía, cogíase el mantel á un solo hombro, á guisa de la antigua clámide. La provincia Narbone- sa habiendo conservado sus anchas togas romanas, que le valieron el apo- do de togada, comenzó á dejarlas en tiempo de Alfonso hermano de San Luis, para adoptar otras vestiduras más justas, de menudos pliegues, con lujo de pieles, y su caperuza accesoria. En el arreo mujeril hubo ejem- plos de vestidos acuchillados, por estilo sin duda de los que veremos en el sepulcro de D. Diego de Haro. Hacia igual fecha usaban las damas tra- jes de cola, anchas colleras, y aquellos ceñidores de oro que no estaban al nivel de su buena fama: las ciudadanas, cota apretada con ó sin ceñi- dor, y sobrecota (brial) aforrada: las mujeres ancianas, vestido ancho, sobrecota de poca cisura cerrada al cuello, y tocado de beguina, velo ó capillo. Durante la regencia de D." Blanca, vedáronse á las cortesanas los distintivos propios de mujeres honestas, entre ellos el cinturon: el manto solía serlo de matronas ó señoras casadas. El uso de barbas entre hombres quedó reducido á algunos ancianos estacionarios, labriegos y gente baladí. Partíanse el cabello en raya ó bien en copete algo levantado y cercenado sobre la frente, desprendién- dose por ambos lados sendas guedejas, algo ondeadas y rizadas en su extremo. Las damas solían velárselo con la toca, ó encerrarlo dentro una cofia de brocatel de oro; pero Juana de Navarra popularizó unos bucles muy frisaditos, asomados por las sienes debajo una toquilla monjil que desprendía dos largas puntas sobre el seno, cobijada á su vez por una mantellina. La cofia, casquete de lienzo, anudado á la barba, propia hoy — 1G - de chiquillos, fué un tocado masculino tan característico como poco airoso, exclusivo en su origen de los caballeros, que por comodidad cuando llevaban puesto el yelmo ó la capellina, hubieron de adoptarlo, según se ve en el poema del Cid. Además y con él, promiscuaban birre- tes y bonetes en figura de concha, de copa, de arandela, estriados, bor- deados, levantados, chápeles con vuelta de piel en forma de morterete, sombreros orfresados, capillas ó trascoles adherentes al traje; toquillas y capirotes ciñendo la cabeza, como un frontero ó pequeño turbante, en- sanchándose por arriba, y distinguiéndose entre judíos con una manga ó caído lateral. El capirote y la almuza servían igualmente para el clero. Del calzado puede decirse que en general fué negro, alto de calcaño, de breve punta al mediar el siglo, pero ya muy crecida á su terminación. Llevábase sin embargo, dorado, blanco ó de otros colores, acuchillado, enmallado, ferpado, etc. Contra frío y lluvias servían de gran recurso las hosas y chancletas y los estivales. («Calsolarius dabit sutellas,» se lee en una donación á la iglesia Interemnense de 1219). El cinturón que oprimía los hijares debajo del brial, tenía suspensos" á uno y otro lado, bolsa ó escarcela, puñal ó cuchillo. Los fashionables calzaban guantes, y por su parte el bello sexo no desdeñaba las aguas de lirio, de civeta y de almizcle, los azafranados y alcoholados, las pastas de habas, mudas, rosicleres y otros cosméticos. Además de lombardos y traficantes, á quienes singularizaban sus altos bonetes y luengas capas, señalábase á los judíos, en fuerza de un decreto dado por Honorio III el año 1221 paraque se distinguiesen de los cris- tianos, una rueda de paño colorado grande como la palma de la mano, ú otra insignia fija al pecho ó al hombro, y también para señal de los mis- mos y de los moriscos en España, servía un determinado color de sus tocas y mantos. Conc. de Arles, 1234: «judei masculi á 13 annis et su- pra, deferant extra domos in superiori veste in pectore signum sellos latitudinis 3 vel 4 digitum, nisi sint in viagio constituti». Id. en 1215 et- cétera. Los albigenses traían por insignia delante y detrás «unas cruceci- tas amarillas; los flagelantes, secta nacida en 1260, la ostentaban blanca y grande, además de sus capuchos muy calados. Formaban otra secta los Cristianos de la Cintura ó de Egipto (id est de Fide S. Pauli, in Jaffa; Breydenbach) los cuales según Sanuto en 1230 y Odorico de Frejus en 1307 (dicuntur cinturini vel de cintura, quia cingulum portant latum et ves- timentum, per quod recognoscuntur ab alus). La índole sencilla del traje hasta muy avanzado el siglo, evidencíase asimismo por la iconografía extranjera. Luis IX en las vidrieras de la Ca- tedral de Chartres usa túnica y sobretúnica largas, justas de mangas, con bandas de adorno atravesadas, una rodaja por broche al cuello, largo — J7 — ceñidor articulado, manto flojo cogido de cordones, y zapato-botín acu- chillado encima. Su sello le representa con iguales túnicas, aunque an- cha de mangas la superánea; clámide afiblada al hombro derecho. Gona lacia, cuartelada de blasones, y caperuza doblada al cuello como la de lc s frailes, es el único traje de Pedro de Dreux que campea en las mismas vidrieras, y también el de Luis hijo de dicho rey, según su estatua de la iglesia de Poissy, trayendo por blasón lises sembradas. Mahalta condesa de Boulogne, no está más favorecida en las vidrieras de Chartres, con su griñón y bonete, y su gona á manera de sayal flordelisado, por cuyas bra- ceras saca mangas estrechas de otro color. Igualmente sencillos aparecen los trajes vulgares de artesanos, cambistas, labradores y oficiales mecá- nicos de varias clases (gonel sin ceñir, calza, cofia, capilla y abrigos) en las consabidas vidrieras y en las de las catedrales de Mans, Amiens, Tournay, etc. Algún tiempo adornaron fa sacristía de S. Dionisio, otras en que se figuraban la vida, cruzada y milagros de S. Luis, con llaneza y sencillez no inferior á las indicadas. Una de la abadía de Monbrissón, representaba á la reina D.a Blanca, con saya entera mostreada de losan- jes, manto orlado, afiblado, y toquilla suelta dando paso á los bucles sobre las sienes. Los sellos de Felipe el Atrevido y Felipe el Hermoso, sólo discrepan del de Luis el Santo en llevar cada personaje volteada su clámide con una orla de flores de lis, repitiéndose estas en sus coronas y cetros. Estatuas hubo de los mismos reyes en la abadía de S. Dionisio, quecompetian en sencillez con las romanas del bajo imperio; y lo pro- pio cabe decir de muchos relieves y esculturas del siglo, entre ellos los de la iglesia de Nuestra Señora de París. María de Brabante, compañera del IV Felipe, parece una monja , tanta es la platitud del sello donde está figurada, con gonel, manto y corona en la cabeza. Por el contrario, Mar- garita de Provenza en una miniatura coetánea, lleva lujosa saya, sobre- vesta ó brial de mangas perdidas, armiñado corsé, y una tocadura algo parecida á la de D.a Beatriz y de otras damas españolas, esto es. gorro alto ó morterillo bombeado, hecho al parecer de alambres de oro, coro- nado de lises, también de oro, y pendiente un ligero barboquejo ó griñón que cae de derecha á izquierda en torno de la barba. La tocadura espa- ñola, aunque de proporciones más reducidas, obsérvase así bien en una estatua mujeril de la catedral de Chartres, con toca cerrada debajo, en lugar de barboquejo (Véase en el Magasin Pittoresque t. 39 p. 45). Esta figura lleva manto con fiadores, y ceñidor largo de articulación, que oprime su túnica sencilla, copiosa y de manga justa. Tampoco en las iluminaciones, aunque de suyo inclinadas al capri- cho, mejora el levitismo del traje. Idénticas sayas desceñidas y cotas encapuchadas; idénticas ropas y abrigos, lacios, flojos, tendidos, parcos •> — 18 — de adornos, si bien á menudo orlados ó forrados de pieles; los mismos tocados de guiropas y velos entre mujeres, de bonetes y cofias entre hom- bres, y finalmente el mismo carácter de dibujo y composición, el propio sistema de ornamentación y colorido se deja ver en los manuscritos coetáneos de más importancia hasta 1280, ya que en lo sucesivo vienen ofreciendo nuevo aspecto, como observaremos en los de D. Alonso el Sabio. La hermandad de estilo es tan visible que, por ejemplo, el célebre Salterio de S. Luis, conservado en la biblioteca del Arsenal de París, se diría ser obra de la misma mano que la Biblia de Vich (del año 12G8), ó que alguno de nuestros facsímiles sacados del Archivo de la Corona de Aragón, sin más diferencia que el tamaño, pues al lado de grandes pági- nas como las de dicho Salterio, de la Biblia de Souvigní en Moulins, del llamado irit/iet de Solas (Biblioteca Nacional) y de algunas viñetas de pretensiones caballerescas é históricas, como las de los Romances del rey Artús y del Santo Greal (núms. 0 963 y 6.769 de la referida Biblioteca Nacional) del M. S. núm. 37, antiguo depósito de S. Germán, de otro del seminario de Soissons, del rotulado Bouluer núm. 8, y de las Gestas de los dos Olías, por .Mateo Paris, del Pasaje de Ultramar, obra de Vilfrido Hay ton, trasladado por Nicolás Juan de Tullo (Toul) en 1304, que nos ha suministrado curiosas reproducciones, etc., etc.; el siglo xm tuvo espe- cial afición á la letra menuda y á viñetas no menos menudas, aprove- chando el breve hueco de las iniciales ó capitales para figurar en ellas, á veces con multitud de personajes, el asunto del texto encabezado. Conducen mucho á esta similaridad, 1." el procedimiento, que se re- duce á diseñar las figuras sobre campo liso ó mostreado de oro ó de color, con perfiles casi siempre delicadísimos de negro en claro, ó de albayalde en oscuro; 2 °, las tintas regularmente puras, sin mezcla ni matiz, de ultramares, cobaltos y lacas, tan excelentes en su confección, que aun hoy dia guardan toda la viveza primitiva; 3.°, el oro, recomendable por igual circunstancia, debida no ya á la dilución llamada purpurina, que también se usaba, sino á una aplicación sobre aparejo blanco algo recio, cuyo secreto se ha ido olvidando, no obstante, su uso general casi hasta el siglo xvn; y 4." los adornos accesorios, bajo la base de motivos arqui- tectónicos y de lacinias sarmentosas polícromas, frondarios, florones, ro- setas cruciferas y otras combinaciones vegetales y sistemáticas, que sue- len arrancar de fantásticos endriagos, ordinariamente con la misma tra- vesura y gracia, pureza y corrección de líneas que la escultura decorativa. Bajo el postrer concepto merecen reseñarse, y creemos suficientes como designación típica, varias cromo-litografías de la excelente obra Les Evan giles du Dimanche, unas expresando bien la fusión bizantino ojival en- tre los siglos xn y xm, como la Biblia de Lión (arabescos foliculares — li) — acasetados—ya no comprimidos entre listeles—de oro en campo verde, carácter ramánico, escuela francesa), el M. S. de la Biblioteca de Greno- ble (decoración caprichosa, variada y elegante, acusando influencias bi- zantinas, con mezcla de motivos arquitectónicos); un M. S. griego de fines del xu, típico del estilo que luego se generalizó al Occidente (juego de ensortijados simétricos de caprichosa vegetación); el Psalterium Da- lláis de la Biblioteca de Grenoble, procedente de la gran Cartuja (estilo lombardo-visigodo, ornamentación monocroma de entrelazos y grecas, en combinación más extravagante que graciosa); uno de la misma Biblio- teca y de igual género (fines del xu), presentando ya más gusto en sus enlaces de oro sobre azul, tocado de blanco; otros de mediados del siglo ea que se caracteriza toda la severa y donosa facundia de su estilo, como es la Biblia del British-Museum, recogida del monasterio de Arrinstein (Alemania, diócesis de Tréveris), cuyas orlas y primera página, ingenio- so anagrama de las palabras In Principio con que comienza el Evangelio de S. Juan, destellan el buen gusto de sus combinaciones y la donosa juxtaposición de colores de sus entrelazos, sobre fondos como ellos po- lícromos; no faltando de la misma época alguno tan escepcional como la Biblia de Grenoble (estilo hispano francés, que refleja aun el maridaje del romanismo y del ojivismo, en florones volutados paralélicos de color gris, batimentados sobre campo de oro), y otros por fin más avanzados, con preponderancia del ornato arquitectónico-heráldico, á semejanza de alguno de nuestros códices catalanes, en cuya sección es bellísimo de- chado un pequeño libro de los Milagros de la Virgen, que se guarda en el seminario de Soissons, candida llor del vergel artístico, tan delicada por sus imágenes llenas de sentimiento y de unción, como por sus lin- das orlas de ojivas, tréboles, rosetones, y filacterios, por sus campos de finísima grisalla, semejando una red de amosaicados azulejos, y hasta por la discreción de sus tintas y colores, que parecen dados con miedo de profanar la angélica suavidad del asunto. Sin duda estas viñetas son de lo mejor en su género que haya creado el siglo xm, y responden ma- ravillosamente al purismo del arte que el mismo desplegó, cada vez con ascendente perfección. En Alemania y otras naciones del norte, el romanismo tuvo más in- sistencia que en las del mediodía, coraodespués la tuvo el ojivismo: este sin embargo viene ya indicándose en sus M. S. del 1200, según permiten juzgar elLeccionarionúm. 796, las Decretales de Graciano núm. 1884 y las Epístolas de S. Gregorio núm. 2287, todos de la Biblioteta Nacional de Pa- rís. El último vá encabezado por una grande lámina del Santo papa, sen- tado, vestido de pontifical, con mitra rebajadísima, llenos de carácter la composición y de prolijidad el dibujo, pero muy fria de color. Otro M. S. — 20 — de la Biblioteca de Borgoña de Bruselas, presenta la efigie de un rey Felipe (de Suabia?) cuyo traje, prescindiendo de la analogía general, es una nueva forma de brial ó pellote, con justacuerpo ondeado al confín, por estilo del que usaban las mujeres, y hendido de cintura abajo, descu- briendo forro de veros. La iconografía monumental de aquella nación, según nos cabe apreciar, ninguna diferencia entraña en sus hábitos, civiles, religiosos y caballerescos. El cenotafio de los condes de Neueha- tel, que uno de ellos, Luis, erigió en la abadía de S. Juan, el año 1372, reúne gran número de personajes, condes y condesas de los siglos xm Y XIV, vistiendo exactamente como la demás nobleza del resto de Europa (Véase en el Magasin P ittoresque t. 20, pág. 377). La figura de Rodolfo de Hapsburgo, en su sepulcro de la catedral de Spira, luce como tantas otras, gonel de inedia manga prendido al cuello con una argollita, manto forra- do, cogido de fiador, y dos pequeños leones por aílíbales, bonete en la ca- beza y zapato abierto encima (Véase en le Mosaique t. 3 ", pág. 92). Tam- bién Balduino de Flaudesy Juana su hija, vénse representados como otros personajes de su siglo (Musée des Familles, tomos 2." y 3°) y hasta en Suècia y Noruega las estutuasde S. Olao, de Canuto de Upsal y de mu- chos guerreros, se avienen á los tipos de más genuina caracterización. El bello país que riegan el Tiber y el Pó, que surcan por en medio los Alp'js y los Apeninos, que ciñen por ambas costas el Mediterráneo y el Adriático, gracias á su división política en numerosas soberanías, y á la libertad de que gozaban sus ciudades principales, aun á vueltas de reñi- das luchas intestinas, favoreció grandemente el desarrollo de las artes lu- josas. Los príncipes, los magnates eclesiásticos, los opulentos y nobles mercaderes de Pisa, Venècia y Florencia, los Municipios y los particula- res, emulaban entre sí en riqueza y fastuosidad. Después que Guido de Siena, Andriano, Cimabué, Nicolás y Juan de Pisa, Giotto, Memmi, (¡addi, etc., hubieron restablecido las buenas formas del arte, que con ellos debían rayar en lo sublime, como rayó la poesía con el Dante, y co- mo rayaron muchos conocimientos humanos con otros genios innovado- res; el buen gusto, abonado el terreno por la opulencia, abrió á aquel país, ya favorito de las artes, muchos y rápidos caminos para granjearse una nombradia que nunca más ha cesado de disfrutar y merecer. No ya la pintura, sinó la escultura y sus hermanas, sobre tomar poderoso vuelo, alcanzaron una iniciativa excepcional, un sujetivismo propio muy supe- rior al de otras escuelas en naturalidad, sentimiento, expresión y demás condiciones estéticas. Por eso el gusto ojival, si bien vivió allí como dó quiera su obligada existencia histórica, señalóse en todos sus períodos y en todos los géneros con una alteza de especulación clásica que acusan bien, como maravillas del arte de edificar, la catedral de Siena, el duomo — 21 — y batisterio de Pisa, el Campanile (obra de Giotto), el Campo Santo y la iglesia de Sta. Croce de Florencia, S. Martin deLuca ingeniosa concepción de Ciiiidetto, el palacio ducal y otros de Venècia, el de Azón Visconti en Milán, las torres de Bolonia, el Castillo de Ferrara; como pinturas los grandes frescos y las minuciosas tablas de tantos maestros que formaban aquella gloriosa pléyade; como joyería y modelado, los peregrinos arte- factos de un Ognabene, un Agnolo y un Leonardo, autor del celebérrimo retablo de Pistoía, y mil y mil riquezas debidas á igual número de cele- bridades que sería prolijo detallar. Por de contado, la iluminación de có- dices debida con frecuencia á los primeros artistas, fué una sección de las joyas que más brillaron sobre esta expléndida corona. V el traje, ¿cómo no había de sobresalir en un país tan enamorado de la forma? Toda la imaginería de la Edad Media italiana, seduce al primer golpe, entre otras cosas, por su linda silueta y airoso caido de paños. Eso, aún cuando quepa atribuirlo al buen gusto de escuela, innegable- mente tenía su causa en la realidad, en el tipo viviente, de que los artistas indígenas fueron habilísimos copiadores Si el empuje del siglo xm, que algunos han graduado de renacimiento por su reversión á las fuentes ar- caicas, mostró donde quiera privilegiada inclinación á la naturaleza, la poética, la lozana y hermosa Italia, no podía menos de hallar en sí aquel germen vivífico que tanto brío dió á su escuela, y sin duda de la vida real, de la indumentaria como parte de ella, sacó no sólo sencillez y na- turalidad, timbres generales de perfección en aquella época, sinoel gusto, la denosura y delicadeza que le fueron propias, siendo á la vez garantía segura de otras perfecciones. Sencillísimos aparecen los trajes en Italia durante el siglo xm, y mu- cho menos exajerados que en otras partes durante los sucesivos, pero una gracia y garbosidad singulares los avaloran de tal modo, que para el arte son manantial de inspiración, y para la indumentaria germen pro- lífico, de dónde la moda con ser tan baladí, saca recursos inagotables, que lleva y aplica á todos los ámbitos de su jurisdicción. En cambio, el traje italiano toma de otros lo que le place, y sin contar la influencia francesa, bajo la transitoria dominación de Carlos de Anjú, Cataluña, dando con ello testimonio de su progreso, fué una de las naciones que le sumini araron modelos dignos de imitar (capas, vestidos estrechos, y ca- peruzas á la catalana, etc.). El arte y el traje, además de inspirarse mutuamente, son un vivo re- flejo de las costumbres. En aquellos siglos, aunque no muy depuradas, recomendábanse por su llaneza y expontaneidad. Vivíase alegremente sin reserva ni cumplimientos, aunque dándose suma importancia al ceremo- nial y á todo el aparato de la vida civil. A falta de elevación especulativa — 22 — y de las fruiciones que trae consigo una civilización desarrollada, el mun- do de entonces, joven como era, obraba algo con el arrojo y devaneo de tal; expansivo, bullicioso, aturdido y novelero. Al lado de nuestras actuales costumbres, aquellas parecen patriarcales: la paz del domicilio, siempre abierto, raras veces era turbada: ejercíase la hospitalidad en grande es- cala: una piedad sincera, aunque fanática, servía de saludable valla á los ímpetus más ardientes, y esa misma piedad consagraba todos los actos públicos y privados de la existencia; de ahí tantas fiestas religiosas, po- pulares, cortesanas y de familia. Ya sabemos por cronistas del siglo xir, cuanta era la parsimonia de los italianos. Sus trajes seguían siendo mo- destos, encerrados en los límites que á cada grupo social demarcaban va- rias ordenanzas, prescindiendo de la nobleza, siempre invasora. El cele, bre Dante aludiendo á las usanzas de aquel tiempo, nos indica algo de las innovaciones del suyo, en aquellos conocidos versos con que hace ha- blar á Cacciaguidy (Paradiso, Canto 13) Fiorenza dentro dalla cerchia antica, Ond' ella toglie ancora é terza é nona. Si stava in pace, sobria é púdica. Non a vea catenella, non corona, Non gonne contigiate, non cintura, Che fosse, á veder piú che la persona. Xon faceva, nascendo, ancor paura La íiglia al padre; che il tempo é la dote Non fuggian quinci é quindi la misura. Non avea case di famiglia vote; Non v'era giunto ancor Sardanapálo A mostrar ció che'n camera si puote. ... Uellincion Berti vid'io andar cinto Di cuojo é d' osso, é venir dallo specchio La donna sua senza '1 viso dipinto; E vidi quel di Nerli é quel del Vecchio, Ksser contenti alia pelle scoverta, E le sue donne al fuso ed al pennecchio, etc. Un comentador, sobre las palabras catenella é corona observa que en- tonces las panaderas y otras menestralas de Florencia, Genova y Venècia, no llevaban todavía, como llevaron después, adornos de perlas, hasta en el calzado: ¿qué tal harían las señoras? He aquí ahora como Juan Villani habla de sus compatricios, refiriéndose al año 1250: los ciudadanos de Florencia vivían sobriamente, con poco gasto y pobreza de manjares, guardando sencillas y aun rudas costumbres. Las mujeres vestían ropas bastas, y muchos hombres pieles sin forro, llevando en la cabeza birretes (beretti) y por calzado estivales (stivalettü. Entre señoras gastábanse po- cos adornos; las más encopetadas lucían calzado, sin realce alguno, go- nela muy estrecha, de recia escarlata fscarletto), de ipre ó de gamuza (pro, ó camo), ceñida con cinturón de cuero á la antigua scheggiale all' antica), puesto encima un mantel forrado de veros con su tejillo (tase- lio) y solían subírselo á la cabeza; á las plebeyas bastaba un faldellín verde de barragán (cabragio). La dote mayor de unas y otras, no excedía de ciento y dos cientas libras respectivamente. Tal fué el aliño y hábito de los florentinos mientras vivieron á la sombra de su natural rectitud y de su buena fé recíprocas. Un anónimo del siglo xiv habla así de los pa- duanos, antes del tiempo de Ezerino: la juventud de Pádua andaba con la cabeza descubierta hasta veinte años ¡y lo mismo parece se observó en .Milán): después usó bonetes, sombreros á la moda de Friul y ca- puces de larga punta; el gonel interior hendido lateralmente, el exterior ó sobrecota, á los lados ó delante, y el diploide por en medio, y todos se cubrían con epitogios (tabardos ó gabanes). Llevaban ropas de más de veinte sueldos la braza, ricas armas, buenos caballos y numeroso acom- pañamiento. Los sirvientes nobles solían reunirse en algunas festivida- des, con licencia de sus señores, para festejar á las damas de su clase, dando banquetes, bailes y torneos. Los nobles celebraban cortes expíen - didasen las ciudadesde su jurisdicción, y la juventud de igual linaje solía adiestrarse á la equitación y á la esgrima formando tropas de docientos ó trecientos, por unos campos que hay cerca de la ciudad, llamados Marea amorosa, á causa de las bellas alquerías que allí existen. De las mujeres asegura el mismo autor que hasta quince años después de Ezerino usa- ron intérulas gironadas y goneles túnicas), teniendo al igual que las de los hombres abultadas hombreras y sendas perfiladuras (girones) por de- lante y atrás, lasque se reproducían en sus sobrecotas (epitogia), á par- tir de la boca del estómago hacia abajo. Los mantos (clamydes) solían adornarse con anchos vainillados (crispis) á la espalda, entre casadas y viudas, siendo comunes bajo el non.bre de mantos (¡ruesos á hombres an- cianos. Por aquel tiempo dichas señoras en lugar de pignolatos vestían una cota de finísimo lino, crespeado con delicadeza, en cuya confección solían entrar cincuenta ó sesenta brazas de ropa. Como dice Juan Villani, muchos hombres vestían «pelli scoperte sen- za pauno», pero en breve lleváronse estas pieles debajo del paño, y aun en Genova hubo calle apropiada á tal industria «ubi pelles sub vestitu latee vendebantur». Hacia dicha época las doncellas atrevíanse apenas á un jubón de lana, y faldellín ó brial de seda. - i\ — Siguiendo la marcha del siglo, el lujo creció como en otras naciones del continente. Ya el papa Gregorio X, en el concilio de Lión de 1274, debió prohibir en toda la cristiandad los excesivos adornos mujeriles. En Ferrara púsose tasa á las hechuras de los sastres, como resulta de un curioso estatuto del año 1279, enumerando juntamente las prendas del traje italiano hacia aquella fecha. «Establecemos, dice, que los sastres corten en lo sucesivo conforme sigue: por un ¡¡uarnello de hombre, ocho imperiales; por un sotana de mujer con girones crespeados (gironibus crispis), tres sueldos ferrareses; por un vestido de bichel (bixelli) ó media- lana, de toda lana, de estanforte ó de otro paño, sin echarle repuntos (cusituris), tres sueldos ferrareses, echándole tres repuntos y crespeados, cuatro id. y llevando forro, cinco id. Lo propio se entienda de (¡uarnazo- nes forrados (guarniciones de los mismos vestidos?) si lo fueren de piel, y siéndolo de cendal ¡cindali), G id. Por pellizas (pellis) de hombre 3 id.; por t/ausapas y capillas (cappettis) de tres repuntos, o id.: por yone- les fresados de mujer (gonellis frexatis), con girones, crespeados y boto- nes, 8 id., ó 10 si se repitiesen los girones en la haz posterior; por gar- nacha (guesnacchiaj forrada de piel ó de cendal con freses, 8 id. anti- guos; por gonela de cabalgar (?) (gonella de montatura) forrada con pieles, 6 i d , y con cendal, 7 id.: entendiéndose así de hombres como de señoras. En trajes de niños ó mancebos algo crecidos, cuéntese al tenor de su medida, según las bases precedentes». Otra ordenanza de Florencia de fin del siglo (año 1299j establece que pechen cierta contribución al común las mujeres, por llevar adornos de cabeza, de oro, plata, perlas, piedras finas ó contrahechas, freses en el manto ú otras ropas, de oro, plata ó seda entretejida de lo mismo, y scannellos (escarcelas?) de oro, plata y perlas, etc. Se les consienten filigranas hasta el valor de tres libras. De Federicode Sicilia ha quedado un decreto indumentario previniendo entre otras cosas, que las personas nobles de ambos sexos pudiesen usar en verano un ropón (¡uarnimentum (ropa aderezada de seda), y debajo un f'arsetc ó doblete y juppa de lo mismo; á las damas para cabalgar, las per- mite capa de paño ó chamelote, sin franjas, pero no de jamete ni de paño de oro ó seda. Cierta parte del lujo traía su origen de más lejos. Cuando el mismo Federico II llegó á Pádua el año 1239, todo el pueblo según Rolandino, salió á recibirle, y con él gran número de doncellas cubiertas de precio- sos atavíos, cabalgando palafrenes encaparazonados. Algunos años des- pués, en 1200, la ciudad de Roma acogía ostentosamente al príncipe Co- radino, rival de Carlos de Sicilia, según refiere Salas Malaspina: «distin- guíanse numerosas escuadras de caballeros, ostentando sobre sus arma- duras, ropas de valiosas telas, con variedad de colores; pero lo más nota- — 28 — ble y digno de memoria fueron los coros de mujeres que iban por la ciudad, cantando y tañendo címbalos, tímpanos, rabeles y laúdes, cou otros muchos instrumentos. Todo el vecindario, queriendo hacer gala de sus riquezas y contribuir al festejo, colgó de una á otra casa, á manera de toldos con arcos y cuerdas, no ya laureles y ramaje, sino vestiduras ricas y pieles de veros, cortinas, manteles y toallas tupidas de oro y seda, velos y palios dorados, trabajo exquisito de hábiles artífices de aquende y de ultramar, todo enlazado con guirnaldas de ceñidores, brazaletes, co- llares, cadenas, franjas, anillos y hasta coronas, broches y joyeles, res- plandecientes de pedrería, bolsas de seda, cuchillos con vainas de pien- caco, jamete, bisso. púrpura, etc.» Hacia el mismo tiempo (año 126G), la entrada del rey D. Carlos y de su esposa D." Beatriz en medio de su ex- pléndida corte francesa, llenó de asombro al pueblo de Ñapóles, al decir de uu coetáneo, cuyo diario se halla comprendido en los opúsculos de Muratori: «iban delante, dice, cuatrocientos hombres de armas muy bien aderezados de sobrevestas y penachos, y una bizarra compañía de friso- nes, llenos de divisas; seguían más de sesenta señores franceses, con gruesas cadenas de oro al cuello, y luego la reina en una carroza (ca- retta) cubierta de terciopelo azul celeste, y sembrada por dentro y fuera de lises de oro, por manera que nunca se vio cosa más hermosa». Otra de las fórmulas del lujo es el regalo y explendidez de la mesa. Véase como Sarisbury refiere un banquete á que asistió, no dado por ningún príncipe romano, sino por un simple señor de Canosa, cuya rela- ción arguye no poco refinamiento, aunque la supongamos algo exagerada por la gratitud del comensal: «duró esta cena, dice, desde la hora de n o - na hasta media noche. Todas las delicias babilónicas, alejandrinas, cons- tantinopolitanas, tripolitanas y palestinas las reunió nuestro huésped, como si no bastaran para la delicadeza del banquete, Sicilia, Calabria, Apulia y Campanía. Juan el Tesorero, otro de los convidados, relatará mejor que yo la prodigalidad de los manjares, lo esmerado del servicio, la cariñosa atención del dneño y el perfecto arreglo de todo.» En cambio los florentinos tenían una mesa sencilla y frugal, aunque recomendada siempre por su aseo y limpieza. A tenor de nuestro plan sincrónico, diremos algo de la iconografía in- glesa aunque exponiéndonos á inevitables repeticiones. Bastarán dos ti- pos que en cierto modo reasumen los de su clase. Yacen sobre sus tum- bas de Fontevrault, las figuras de Ricardo I y de Berenguera, ambas la bradas á principios del siglo, en el riguroso traje del mismo: el primero con doble túnica talar, una blanca y otra verde, algo tendida inferior- mente; brial carmesí abierto á los lados desde el cinturón; mangas, unas justas y otras holgadas, recamadas en sus orificios: prendedor á la gar- — 26 - santa, mantel azul orlado de oro, cogido al pecho, guantes bordados en- cima, zapato rojo con sus realces, y correa negra para afianzar los aci- cates. A Berenguera cúbrela una simple saya de manga íntegra, de an- chos pliegues, graciosamente abarcada por su largo ceñidor, del cual pende una bolsita á la izquierda, y por el gollete ligeramente cercenado, descubre un gran broche ó argolla de oro que retiene la gona subtánea: de sus hombros pende el mantel, sujeto con un lino cordón, y lleva en la cabeza velo suelto debajo de la corona, y el cabello partido. El airoso perfil de ambas figuras aventaja al de sus vecinos Enrique II y Leonor de (¡uyena, no mal talladas aunque más antiguas, unas y otras distando por igual de la mezquina y espetada rigidez de los ropajes que se usaron con posterioridad. Juan sin Tierra en su sarcófago de Wincester, y am- bos soberanos en sus respectivos sellos, incluso el de Guillermo el León de Escocia, no desmienten la habitual y económica severidad del traje de su siglo. Si de la escultura pasamos al arte gráfico, tampoco dejaremos olvida- da la preciosa colección de dibujos que Strutt sacó de un códice de la Biblioteca Cottoniana, rotulado Nero D. 1., referente á la vida y gestas de los dos Olías, abades de San Alban; obra de mano y pluma del céle- bre historiador Mateo Páris, fallecido en 12o9. Son treintitres láminas de regular tamaño y despachada ejecución, cuyos personajes civiles, re- ligiosos y militares, visten á la moda general casi hasta Unes del siglo. He aquí un resumen de nuestras observaciones: pelo exageradamente on- deado en figura de S por los lados, y corto sobre la frente, común á n o - bles y plebeyos, y algo pronunciado en eclesiásticos, que no por eso de- jan de usar cerquillo; barbas y bigotes, también peculiares á nobles y mitrados. Por traje, sencillo gonel en ambos sexos, de mangas enteras, algo ensanchadas hacia su raiz; la ropa casi talar, plegada y ceñida con una correa muy estrecha, pues carecen de cinturón hasta los militares, y solo algun noble lleva tiros para la espada. Del cinto suelen colgar además de ella, un puñal á la derecha, y un bolsico á la izquierda. Vénse sobrecotas no muy holgadas, sin ceñir, abiertas por abajo desde media falda, sangradas para los brazos; medias mangas anchas, bocacuellos bordados en forma redonda ó de punta. Un rey lleva valona ó muceta de hombro á hombro, y otro un cuadrado al pecho á guisa de patagio. Es fre- cuente la sobrecota, genuina del siglo, de media manga suelta, ó bien perdida en larga tira, y caperuza caida. El pueblo estila sayo, que no suele exceder de media pierna, ó cote liso, ambos de manga entera, á veces con añadidura de caperuza. Los obispos llevan la doble túnica propia de su ministerio, planeta orbicular de cuello alto, y ricos borda- dos en el collar, empuñaduras y limbos delantero y postrero del alba, la dalmática semeja una tunicela, abierta lateralmente, con manga larga y holgada. Es vulgar la capa algo breve, tendida por igual, en ocasiones terciada, revuelta airosamente, sujeta al hombro izquierdo y rara vez al pecho, como no sea de ceremonia entre elevados personajes: las hay también de mangas perdidas. Un ginete va abrigado con capotillo ó ca- puz de viaje, hendido solo por la derecha. Para religiosos siguen los há- bitos de su orden, regularmente de cuello muy subido. Modestísimo el traje mugeril, redúcese á gonela ceñida, de manga estrecha, manto para salir y cubrichetc, griñón, guimpa, toca rodeada por el busto, velo corto debajo de la diadema, etc. Tocado masculino: sombrero gacho; eolia de la época; capillo de carrilleras; bonete mayor que el solideo, sencillo ó con vuelta; otro de puntas análogo al morterete; uno muy usado por la nobleza, á manera de birrete flojo acuminado, con ó sin bordes y roseta de pedrería;" capirote ó toquilla con sus alas caídas; sombrero alto de copa redonda, y ancha vuelta, para viaje; capucho, caperuza, etc. Calza- do: zapato botin, de pie apolainado, ribeteado por sus bordes ó en el empeine, tal vez abierto á lo largo como babucha, y prendido en mitad de la abertura, igual para ambos sexos.—Los guerreros tampoco difieren de los de otros países: variedad de mallas y platas; cota con manga y mano de una pieza; casco cerrado, raro el puntiagudo; capacete de nasal; ci- meras vistosas; visera de plancha sobre la malla; grevasíd., cotas de armas, escudos y paramentos blasonados; sobrevesta á veces impuesta sobre la cota; espuelas de roseta y acicates afianzados por medio de correas, lanzas con pendoncillo; caballos encubertados, etc. Del propio Mateo Páris subsisten otros dos códices en la Biblioteca Keal, 14. C. VIH, y en la del Colegio Bennet de Cambridge, C. V. XVI, conteniendo la historia ó biología del autor, y sino son de su mano, lo parecen mucho. El primero debió escribirse á mediados del siglo: sus trajes semejantes á los del libro arriba citado: cota ó gonel de manga justa; sobrecota de ídem más ancha; sayo plebeyo corto; calza angosta con ó sin pié; cofia frecuente en villanos y soldados, etc. Uno de estos lleva albergóte mallado, largo hasta la cintura,de media manga, cubrien- do el sayo, y casco á guisa de sombrero romo, con ala gruesa corrida; otro, coleto y almófar. Un religioso viste sobre el sayo interior de manga justa, sayal sujeto á los ríñones con cordón de gruesos nudos. El segundo M. S. parece datar de fines del siglo: prevalecen en él los trajes militares. Arqueros y ballesteros con largas cotas de malla; coletos de ante, alguno de abultadas hombreras; ancho cinturóu hevillado, sos- teniendo un machete; gorguerin, calza y zapato: para la cabeza casco de suela (calotte), capellina, cofa de hierro y también yelmo con nasal, de punta inclinada adelante. Otros llevan bacinete ó sombrero en forma de — 28 — calderilla, gorra llana, collón, cota y capellina de una pieza. En una nave que tiene sus velas pintadas de [leopardos, van marinos con capas sin collar, y bonete de doble pico. Usanse toda clase de armas ofensivas, y al extremo de las lanzas ondean anchos gallardetes blasonados. Otros códices podrían citarse, como los de números 2 B VII, 14 E 3 y 20 E. 6, etc., de la Bibloteca Real, que si bien abundan en representa- ciones de cacerías y otras curiosas escenas de costumbres, nada añaden en punto á trajes, pero confirman anchamente las observaciones ya emi- tidas. Contírmanlas igualmente los escritores regnícolas, describiendo á sus paisanos de tiempo de Enrique III (1216-72), con calzones y luengas túnicas hendidas por delante, hechas de ricas, telas, siglaton, cendal, ga- sa, tiritaña ó tartán, sarcenete, etc., y variados atorros de pieles y sede- rías. La nobleza lucía zapatos de larga punta, bellamente cincelados, cuya vistosidad se extendió luego á las calzas. El pueblo añadió á su sencillo traje un gabán grosero, y al capuz, un sombrero redondo. El tocado de las señoras se parecía al de Margarita de Provenza en sus eolias de hili- 11o de oro que abarcaban todo el cabello, prescindiendo de que andando el siglo, se exageraron en forma de cuernos, inspirando esta canción la- tina en tiempo de Eduardo I. «quaidain nobilis pulchra vel amabilis, cum capite cornuto, auro circumvoluto, etc». Otra exageración que excitó la bilis de los censores, fueron los vesti- dos de larga falda. IV A medida que la civilización adelanta y que el irte progresa, las obras del ingenio se multiplican y perfeccionan. Por eso, si los siglos anteriores suelen llaquear en documentos y datos, los sucesivos abundan en ellos, ya porque siendo más cercanos, han debido sufrir menos adul- teración ó ruina. Del siglo xiii quedan en gran copia, unos escritos, otros figurados, así que el reunidos apenas tiene más dificultad que la elección. Sobre — 20 — indumentaria española ocurren desde luego las imágenes históricas y esculturas sepulcrales que hallamos reunidas en la preciosa colección de Carderera. Un favorito de D. Alonso VII, D. Diego Martínez de Villa- mayor tiene sepulcro en el monasterio de Santa María de Benevivere (Palència), fundación suya, habiendo fallecido en 1176. La escultura, como de principios del siglo, es trabajo asaz grosero: barba puntiagu- da, largas crines, túnica ó ciclade ancha, pintada de blanco, bálteo ó cíngulo adornado con glóbulos de oro, manto que propende á imitar la púrpura regia, dado de bermellón, y los forros de peñas veras; dos bro- ches ó placas de aljófar realzados con una piedra en medio (tradición oriental), acaso para sujetar el manto á los hombros, antes que se gene- ralizasen los cordones ó cuerdas; he aquí el arreo de este personaje, que racionalmente juzga el ilustrado coleccionador, enlazado con las tradi- ciones de la civilización romano-gótica; y último destello de las mismas en esta época, añadiremos nosotros. El célebre monasterio de las Huelgas de Burgos, guarda dos regios sarcófagos, el de D. Alonso VIH y el de D.1 Eleonor de Inglaterra su es- posa, piadoso homenaje de su nieto S. Fernando. En el tímpano ó fron- tón de las respectivas cubiertas, hay bajo relieves, representando el del monarca, á este en su trono ¡el cual tiene por brazos sendos leones do- rados), en ademán de entregar la escritura de donación del monasterio á su primera abadesa 0. a Sol de Aragón, que va acompañada délas religiosas fundadoras D." María y D." Sancha. «El traje del glorioso monarca, dice Carderera, es de una sencillez patriarcal, y solo designan su regia dig- nidad la corona y el trono, como también su larga cabellera. Cae esta por ambos lados en guedejas levemente rizadas, las cuales y la barba (uno de los últimos ejemplos de esta moda entre los monarcas de Casti- lla que precedieron á Alonso XI), están labradas con hendiduras simé- tricas. Su mano izquierda retiene la cuerda ó fiador del manto. Viste una simple túnica, sin indicios de la sotana que tan general se hizo en tiempo de S. Fernando y de su hijo. El zapato es puntiagudo y dorado. Merece no- tarse en este bajo relieve, añade, el hábito de las monjas, por la grandísi- ma variación que desde el siglo xn ha ido sufriendo hasta nuestros días, en que aparece tan elegante y pomposo cual convenía al más ilustre mo- nasterio de España y acaso de toda la cristiandad. (Redúcese en el sarcó- fago á ancho sayal y manto, toca cerrada y mantilla, con una vuelta por cima de la cabeza). Uno de los lados menores lleva las armas parlantes de la casa real (un castillo) que D. Alonso fué el primero en poner sobre su escudo de campo rojo, hacia 1180. El sepulcro de D.a Leonor tiene asi- mismo su escudo, compuesto de dos leopardos. Subida al cielo por dos ángeles, la imagen de esta princesa ciñe debajo de la corona, una toca — 38 — que cae á la espalda, apuntada á la barba, y por vestidura gonel ó brial justo de cuerpo y de mangas, con unas hombrerillas abolladas, de las que luego veremos otro singular ejemplo. En torno del presbiterio de la catedral de Toledo álzanse varias esta- tuas conmemorativas de reyes, labradas, al parecer, en vida de los mis- mos, desde principios del siglo xm, y mandadas colocar allí por el arzo- bispo D. Rodrigo Jiménez de Rada. Una de las primeras es de D.a Reren- guela la Grande, princesa ilustre, digna en verdad de un homenaje más precioso que aquella pobre efigie de extremada rudeza y sencillez, hoy retirada á los almacenes de la iglesia. «Sobre el ligero velo que cubre su cabeza, lleva corona real, con llorones en sus cuatro centros, á semejan- za de las de los reyes Carolingios. El conocido broche circular, sujeta junto al cuello los pliegues de la camisa ó túnica interior; prenda que como el velo usaron por lo general las princesas españolas del siglo xn y parte del siguiente. La túnica ceñida al talle, con una cinta ó correa que cuelga hasta los pies, sólo tiene un pequeño escote guarnecido con galón de oro. Ruda y grosera la ejecución del manto por la monotonía de sus pliegues redondos y sin naturalidad, lo es más aun por las hendiduras con que en el lado izquierdo se ha querido imitar los oscuros y sinuosi- dades de los mismos: va sujeto á los hombros por la cinta llamada cuer- da, en tiempo de S. Fernando, la cual cayó en desuso al lin del reinado siguiente (sin embargo, nosotros la hallamos aun en el siglo xiv). El cal- zado puntiagudo propio de la época, se encorva sobre el zócalo ó terreno, para evitar la rotura á que estarían expuestas sus extremidades. De mejor cincel es la estatua de D. Enrique 1, que sigue, ó debía se- guir á la de su madre, ofreciendo ya un estilo bien diverso del que ca- racteriza al del siglo anterior. «El juvenil semblante que representa, in- dica bien la temprana edad de trece años en que falleció el mismo prín- cipe. Su cabellera echada hacia atrás en simétricos mechones, deja sólo unas cortas guedejas sobre la frente. Además de la ropa interior (bissi- nia), se entrevé una especie de cotilla acolchada y pezpunteada que de- fiende el cuerpo, y pudiéramos acaso denominar el torocomaco. Sobre estas prendas lleva la sobrevesta en forma de sotana, que aparece por primera vez en estos monumentos, así como el fiador ó cuerda, muy sen- cillo, que sostiene airosamente el manto, cuyos pliegues por su buena disposición anuncian ya los excelentes ropajes de la estatuaria contem- poránea de S. Luis y S. Fernando. Otra de las liguras representa á D. Alonso el Sabio, fallecido en 1284. Lleva la cara monda y el pelo crecido en bucles; cota larga en vez de so- bregonel, indicándose un ligero collete galoneado, y cuatro rosetas de pedrería á guisa de botones sobre el pecho; manto doblado por debajo el — .TI — sobaco, sin estudio, galoneado de oro al igual que la cota, y forrado de azul. Descansa una mano sobre su larga espada, rodeada del talabarte, que adornan á trechos unos tloroncillos de oro, y reviste la vaina en to- da su longitud un tallo de hojas de roble. También en los claustros de la catedral de Burgos, recogidas de época anterior, descuellan unas estatuas conmemorativas de sus regios funda- dores D. Fernando 111 el Santo, D.a Beatriz de Suabia, primera esposa del mismo, el infante D. Alfonso de Molina y el obispo D. Mauricio. Como obra de arte superan mucho á las ya explicadas.—El Sr. Carderera se empeña en llamar sotanas los sobregoneles de dichas figuras, muy abier- tos de flancos para descubrir sus briales de manga justa, con galones y botonadura en el puño, y cuerpo ceñido en menudos pliegues, conser- vando la moda del siglo precedente. Todas llevan manto con fiador y calzado de punta. Lo verdaderamente original es el tocado de D.a Bea- triz, hecho á manera de tiara, de fina tela rizada, rebajada por detrás y sujeta en torno de carrillos y barba con una banda randada. Es fabuloso, observa el autor, el número de varas de finísimo cendal que entraban en la confección de estas mitras, según averiguó en el sepulcro de la segun- da mujer del infante D. Felipe, hijo de S. Fernando; y aunque el Maes- tro Florez supone de ese tocado, llamándole caramiello, que pudo traerle á España D." Beatriz, es de creer existía en Castilla antes de su venida, á juzgar por varias esculturas que se ven en Sta. María de Nájera, y en otros puntos de Castilla la Vieja. Tiene de curioso el traje del infante, las extremidades del fiador ó cuerda caceada, como se llama en una or- denanza suntuaria, compuestas de labor de raudas y menudos llecos que cubren los hombros. El prelado, que forma parte de dicho grupo, usa mitra muy baja, amito de rico collar, alba, colobio, á cuya extremidad asoma la de una ancha estola, y planeta ó cásula redonda, realzada con una banda ó galonadura central caida perpendicularmente. El manípulo tiene hechura de fazaleja con bordado y llecos á sus extremos. Otro bello monumento sepulcral es el que cobija los restos de D. Die- go López de Haro, el Bueno, señor de Vizcaya, alférez mayor de D. Alon- so VIII, y uno de los héroes de las Navas, fallecido en 1214. Figura este sepulcro, con otros muchos principales, en el claustro de Sta. María la Real, de Nájera: la estatua yacente del caballero, es algo mísera, vistien- do túnica breve y ceñida, de manga angosta, manto cogido con el fiador, y calza tirada con espuelas de correas. Más interés ofrece el bajo relieve, que representa la inhumación del ilustre finado y el duelo de sus fami- liares en varias figuras, tan bien movidas, como sentidas. Los trajes y tocados femeniles guardan suma analogía con el ya descrito de la primera esposa de S. Fernando, viéndose repetidas las mismas tiaras de cendal riza- — 32 — do, sujetas con el barboquejo. Entre los caballeros acompañantes, son muy de notar sus sayos prolongados, de simétricos pliegues, ceñidos con fajas balumbosas ó gruesos cordones, y sobre todo sus mangas algo acañona- das en la mitad inferior, embutidas en la superior, y cogidas á una espe- cie de hombreras, que se componen de dentelladuras reunidas por su extremo con algún pasador ó vaguilla oculta. Esta forma de mangases muy rara en la fecha de que tratamos, pues no tiene parecido hasta los afollados y acuchillados del siglo xvi, siendo acaso peculiares al traje navarro, del que los de este sepulcro parecen liliación; sin contar la ex- trañeza de los tocados que guardan así bien grande analogía con los usa- dos por las vizcaínas casi hasta nuestros días. Aunque D. Diego lleva barba redonda sin bigote, sus domésticos aparecen lampiños, luciendo todos el peinado de aquel tiempo, esto es, cercenadura sobre la frente, y lo demás crecido hasta raiz del cuello Pertenecientes á la misma familia y del propio carácter, son no me- nos curiosos los otros sepulcros que allí existen de D.a Mencia López de Haro y D. Diego López de Salcedo hermanos, nietos de D. Diego de Haro, fallecidos á últimos del siglo. Entre las raras prendas indumentarias de D." Mencia, es originalísima, como advierte Carderera, la mitra alta y frontal, cuyo primer aspecto recuerda el Cidaris y la tiara recta de mu- chos reyes de Asia, á quienes era exclusiva. El de la bella hija de D. Lo- pe fenece por arriba estrechándose imperceptiblemente: su casco ó ar- mazón que por detrás llega á cubrir la nuca, está rodeada de cintas ó bandas, sujetando por el extremo un frontal, enriquecido en su circun- ferencia con recamos de perlas y pedrería... También D.a Mencia usó en vida, de un tocado igual al descrito de D.a Beatriz, pues refiere el P. Ye- pes que el encontrado en la sepultura de aquella dama, tenía más de cincuenta varas de cendal, y que del cuello le bajaba una estola, cuyos extremos iban guarnecidos de oro y piedras preciosas (seguramente las cuerdas del manto). Pero á fines del reinado de D. Alonso, apesar de las leyes suntuarias de este monarca, la moda entre otras costosas noveda- des, elevó aun más dicho tocado, engalanándole con tan singulares ador- nos y colgantes, que apenas podría formarse idea de ello á no venir con- signados en las curiosas miniaturas del Libro de los Juegos que el ilustre D. Alonso mandó hacer en Sevilla pocos años antes de su fallecimiento. Las mismas miniaturas ofrecen varios ejemplos del barbiquejo ó barbo- quejo: el de D.° Mencia está reducido á una simple faja con algún mulli- do, mientras que en las estatuas arriba citadas es de cendal formando rizos ó encañonados. Esta pieza que rodea la barba, y cuyo origen viene revelándose por las puntas de las tocas que se prendían debajo de ella, si bien algunas veces servía de abrigo, su principal objeto era el de soste- — 33 — nerla tiara ó tocado. Quizá no tuvieron otro uso en la antigüedad aque- llas caídas ó ínfulas que dependían de la mitra asiática de los frigios, y aquellas con que se pintaba á las amazonas. El nombre de redimicula, que les da S. Isidoro, conviene perfectamente á nuestra explicación. La cabellera de D." Mencia cae ondeante por ambos lados en ricas guedejas, algunas sobre la frente donde se dividen, uniéndose á lo restante de ellas. En lugar de la sotana tan usada en aquellos reinados, lleva una ropa, ciclada ó brial, cuyos pliegues simétricamente ondeados desde el pecho, bajan más ricos y abundantes hasta cubrir los pies. Tanto el es- cote de este brial, como los de sus mangas y camisa, van guarnecidos ó margomados con pedrería, aljófar y bordadura. La mano derecha algo mutilada, parece se apoyaba en la cuerda del manto. Obsérvese esta cuer- da ó fiador, cuyos cabos no fenecen sobre los hombros con flecos ó ran- das como en las anteriores estatuas, sino que las de esta señora llegan hasta los pies, cayendo por ambos lados á manera de una larga cinta. Sin duda en el reinado de D. Alonso debió de ser peculiar á las damas tal lujo de cuerdas, que más adelante se adornaron en toda su longitud con muchos y variados realces, según demuestra el expresado Libro de los Juegos, y particularmente la estatua de la mujer del infante D. Felipe. Acabaremos de observar en el traje de D.a Mencia su lujoso bocacuello, su túnica sin ceñir, de manga algo corta y galoneada como la collera, luciendo otra manga de camisa rizada, con empuñadura de galón de oro, bordados de aljófar y un pasador de cinta. D. Diego López de Salcedo, Adelantado mayor de Álava y Guipúzcoa, querido de D. Alonso, y que acaso vio el reinado de D. Sancho IV, otor- gó testamento en 1275. Trae una gorra alta, y en ella blasones seme- jantes á los de Portugal. Viste sobiegonel; afianza una mano sobre la cuerda del manto, y con la otra sostiene su espada, de ancha hoja, como todas las de aquellos siglos. Su escudo de armas compónese de una cruz latina, cargada con los lobos de su linaje. Corona dignamente esta bella colección la efigie del hermano del rey Sabio, D. Felipe, según su sepulcro de Santa María de Villasirga, junto á Carrión de los Condes. De fines del siglo, el traje de esta figura es por demás singular. «En la cabeza lleva un gorro alto con orejeras. Del manto, apoyado en el hombro izquierdo y terciado por el sobaco dere- cho, diríase que lo guarnece en sus bordes una banda cosida ó pegada hasta la mitad de las caídas, quedando flotante desde este punto, y la- brada en toda su longitud con los escudos de familia. Lo grosero de la escultura hace dudar si las bandas que bajan de uno y otro hombro, su- jetas al pecho con el fírmale, son flotantes como las estolas, adorno que se ve entre algunos príncipes en varios monumentos (usanza de origen 3 — 34 — bizantino común á reyes y pontífices), pues no siendo así, parecería que una de las que también guarnecen la túnica, está asida á otra del manto por el expresado fírmale. Los escudos que guarnecen dichas bandas, los del escote de la túnica y de la gorra, constan del águila en primera y cuarta, por su madre D.» Beatriz de Suabia como hija del emperador de Alemania, y el castillo en segunda y tercera, por la casa paterna. Estos alternan con otro cuartel compuesto de una cruz griega en las fajas ho- rizontales que guarnecen la caja sepulcral. La túnica está pintada de azul y el manto y las piernas de rojo. En la urna hay representaciones interesantes de la enfermedad y muerte del príncipe; su esposa cabal- gando en un caballo enluta-io, cubierto el rostro con barbuquejos, segui- da de plañideras y acompañada de monjas ó dueñas que la consuelan; el féretro llevado por seis hombres, y alrededor muchos jinetes con escu- dos revesados. En otra sección vése el caballo del infante, ensillado, con el escudo también al revés pendiente del arzón, y la gualdrapa divisada á cuarteles de águilas y castillos: hay además un paje que lo conduce de la brida, y tres figuras tocando bocinas Son notables las de algunas re- ligiosas y comendadoras de Santiago, cuyo rostro, además de las tocas, aparece tapado con el barbuquejo y rebociño que les cubre la nariz y la boca, lo mismo que á la infanta. Pareja á la tumba de D. Felipe, hay la de su segunda esposa doña Leonor Ruiz de Castro, igualmente curiosa, igualmente volteada de in- numerables figuras, monjas y plañideras, frailes y obispos, músicos y caballeros con la cruz del temple al pecho, y encima la estatua de la princesa, «cuyos timbres jaquelados y de cinco corazones, se combinan con los de su esposo, así en los escudos como en la orla del manto y co- rreas de él pendientes; y su delicada mano sostiene asimismo un cora- zón, dejándose ver en la otra dos sortijas »(1) Es más singular que bella, dice el Sr. Quadrado, en el tomo de Valladolid y Palència de los Recuer- dos, su altísima tocadura, sujeta á un lado con botones, y envuelta en guarniciones menudamente rizadas, 'que rodean el rostro y cubren la boca á la usanza oriental » También el Sr. Cardercra copia en detall este accesorio, que se parece á un sombrero moderno sin alas, y si bien infe- rior en gracia al de la reina D " Beatriz y al de las damas de D Diego de Haro, revela los cambios sucesivos aunque siempre exagerados de la moda, y la generalización de tan raro apéndice entre las damas españolas de aquella centuria. En San Bartolomé de Logroño y seguramente en otros lugares que no hemos visto, ocurren ejemplos de los mismos toca- dos. Sandoval haciendo mención de la estatua que decoraba el sepulcro (I) La (h'scviprión do e.-to.s monumentos, es debida al autor de la Iconografía lisp-iñola, de D.a Urraca en Saldaña (fallecida en 1126), dice se veía retratada de media talla con el traje antiguo y con un tocado alto de vizcaína.» De simple toca con barbuquejo va la compañera de D. Miguel del Huer- to del Rey en su tumba de Sta. María de Sandoval (1283). Como preciosidad escultórica no podemos menos de señalar los bajo relieves entallados en el lindo sarcófogo délos Santos mártires de Ávila, en la iglesia de la misma ciudad; y aunque de muy inferior importancia, la urna de S. Cándido, procedente de S. Cucufatedel Valles, conservada hoy en nuestro Museo Provincial, fecha de 1292. Dicho Sr. Quadrado describe así otras figuras mortuorias arrumba- das en la célebre abadía de Sta. María la Real de Aguilar de Cam- po, todas las cuales visten curiosos trajes de su época (del 1293 al 1303 según las inscripciones). «Una, de afeminado tipo, lleva como un yelmo en la cubezi, y tendido por los hombros el cabello, envolviéndose en luengo manto, cuyos broches y guarnición, así como los blasones de la urna, ostentan dos lebreles. Otra con el pelo partido por medio y cortado á cerquillo alrededor de las sienes, gasta ropa talar con botones, ajustada al cuello, de manga apretadísima hasta el codo, sosteniendo con una mano la correa que sujeta el manto, y con la otra recojiendo sus pliegues; siendo este Munio Diaz Castañedo, fiel amigo del monasterio é intrépido defensor de sus derechos (muerto en 1293). Otra de igual ropaje, en cuyo rostro apunta la barba, acaricia un halcón, y en su cabecera se advierte un grupo de la coronación de la Virgen, idéntico al de otro se- pulcro que hay en el convento de Templarios de Villalcázar de Sirga, lle- vando esa estatua bonetillo en la cabeza, la cruz de Santiago al pecho, túnica casi talar, espuelas en los pies, apoyadas estos sobre tres lebreles, y halcón al puño; y de tales semejanzas se colije que acaso el autor de estos sepulcros fuese el que revela^una inscripción del de Castañeda (An- ton Pérez de Can ion fizo estos luzilos). A la propia serie debe agregarse una estatua yacente junto á la puerta de salida al claustro, que lleva mag- níficas vestiduras sacerdotales, un libro en las manos, y perros á sus pies, y según tradición figura al primer abad Opila (S. IX) aunque no use báculo ni mitra, sino birretillo, y la escultura parezca de cuatro si- glos posterior á su existencia.» Al lado de estos raros ejemplares, nada cabe señalar más importante que los Códices mandados escribir é iluminar por el rey Sabio, arriba indicados ya. Los mejores existen en la Biblioteca Escurialeuse, entre ellos el Libro de Juegos, de las Tablas ó del Ajedrez, el de la Guerra de Troya y el de las Cantigas, guardándose de este, otro ejemplar en el Ar- chivo del Cabildo de Toledo, enriquecido con notas marginales de puño de D. Alonso, y multitud de perfiles paleográficos, arabescos y asuntos — 30 — de dibujo, que hacen de este libro el más precioso monumento artístico y literario del siglo xm, como se dice en una moderna Historia de Maria- na, reproduciendo en grabado algunas de las ilustraciones principales, entre ellas una corrida de toros en plaza á rehiletes, y una marcha de tropas, cristianos y moros mezclados, con multitud de pendones, gallar- detes y cruces, los cristianos en caballos encubertados, de colores y bla- sones que se repiten en sus sobrevestas y pendoncillos. Desgraciadamente solo por aquellos nos es dado venir en conocimien- to de tan preciosas obras, como también de las primeras, solo podemos formar juicio por algunas copias que nos suministró dicho Sr. Cardere- ra, por una reciente edición del libro Lapidario, por unas cromolitogra- fías del Sr. Aznar y por los excelentes facsímiles, cuya publicación co- menzaron hace pocos años los Sres. Gener y Lozano, con máscelo que medios por lo visto, sucediéndoles algo de lo que á nosotros nos acontece á efecto de la indolente ilustración de nuestro público. España es como aquellos mayorazgos de gran fortuna, que sobrados de caudal lo echan por la ventana Sus riquezas arqueológicas son tan nu- merosas, variadas y peregrinas, aun después de las barbaridades de este siglo, que una serie de monografías bien estudiadas, no solo ilustraría al país, sino que maravillaría á todo el mundo sabio, harto de apechugar con las incesantes editaciones francesas é inglesas; como si el gran cuadro de la historia, no pudiera abarcarse más que bajo su aspecto universal. Verdaderamente las otras naciones, ninguna culpa tienen en nuestra desidia,y si los tesoros de Oviedo, León, Burgos, Sevilla, Toledo, Granada, Tarragona, Escorial é tulli quant i, comenzando por el Códice Áureo y el Apocalipsis, más precioso que el oro, de la Biblioteca Escurialense, y si- guiendo por las Biblias, los Misales, Santorales, Pontificales y devociona- rios de la Toledana y de la Colombina de Sevilla, el Leccionario sembrado de interesantes miniaturas y ricas letras, de la Academia d é l a Histo- ria, etc., etc.; si estas joyas y preciosidades únicas, yacen poco menos que en el abandono, la razón está en que generalmente, ni á gobernantes y gobernados, ni aún á muchos eruditos, en estos días de ilustración, se les ha ocurrido que las manifestaciones artísticas de un gran pueblo en sus varias faces, por toscas que sean é indiferentes que parezcan, entra- ñan el sello de su genio, la fórmula de su iniciativa, el secreto de su acción ilustrada, y la garantía de consiguientes logros. Por excepción y en debida justicia, hemos de señalar el facsímil fotocromo-litografico que una casa de Madrid ha dado con recomendable perfección, de dicho libro Lapidario que es uno de los mejores del Bey Sabio. He aquí como, poseyendo entre otros los códices del mismo Bey, á falta de una publicidad que tan inconvenientemente se prodiga en otros gé- — 37 - neros literarios, nos es forzoso ceñirnos á lijeras indicaciones. Pues bien: juzgando por las enuciadas muestras, la parte ilustrada de tales libros sería de lo mejor de su época, y si Juan Pérez pintor de cámara de don Alonso, iluminó el libro délos Juegos (en los últimos años del mismo rey, hacia la fecha de 1232), su nombre mereciera figurar entre los de otros muy aventajados precursores del arte. Aquel desenfado del español que ya otras veces tuvimos ocasión de señalar, cierta soltura grandiosa, y una elegancia genial, acompañadas de hábiles tanteos de dibujo y composi- ción, acusando mucho gusto y sentimiento; tal es el carácter que domina en esas composiciones, no pobres ni menguadas como otras de su tiempo. «A más de indicarse en ellas, dice Amador de los Rios, el gusto especial de la arquitectura arábiga, prueba evidente del efecto producido en nues- tros mayores durante el siglo xm, por el espectáculo de las comarcas an- daluzas donde sorprendieron de lleno la civilización musulmana; bajo cuyo concepto el Códice de los Juegos es uno de los monumentos más interesantes en la historia de las artes españolas»; lo es desde luego para la de los trajes y muebles, en cuyo particular ofrece, 1.° el tipo del rey, con túnica larga y manga ancha, divisada en collar y puños, al igual que el manto en sus orlas delanteras, de escudos de León y Castilla alterna- dos, y ajedrezados con una pequeña contraorla de blanco y negro, calzan • do botines de paño de oro; luego un caballero anciano, asimismo de túni- ca larga y mantelillo de collar alto, doblado de pieles, y otros caballeros mozos, ya de cota, ya de brial, muy estrecho este y cercenado por los flancos, retenido en ellos con lazadas ó abrazaderas, y compuesto de dos ropas, una á guisa de corpino que incluye las mangas, algo justas y lar- gas, y otro sobrepuesto en forma de collera, con una tira central angosta, que se prolonga y ensancha hacia la halda de la cual forma parte, casado regularmente con el manto en color y guarnición; y dicho manto va re- tenido por medio de presas de oro ó de otra cosa, ó también por correas dobles que se desprenden á ambos lados hasta el suelo y acaso arrancan sobre los hombros, de una especie de borlas con botón. Los domésticos, artesanos, niños, etc., visten unos, simple cota, otros gonel ó sayo ceñido á veces, y hedido por la mitad de su caido delantero. Todos usan calza tirada y justa, los más, de grana; ropas con el forro diverso de la tela, escasas guarniciones, reducidas casi á perfiladuras de armiño; cabello á la moda de la época; algun gorro de copa y orejeras, por estilo del ya descrito del infante D. Felipe, y zapato agudo, cuadrado de entradas y sujeto con presilla sobre la garganta del pie. Los árabes de uno y otro sexo visten variadamente, al parecer con gran fidelidad. En el Códice toledano de las Cantigas, los trajes van más arreglados á la generalidad indumentaria del siglo, observándose frecuentemente el susodicho gorro — 38 - de copa, común hasta á los plebeyos, bordeado y salteado de adornos á manera de diadema. No es menos caprichoso y elegante el vestuario de mujeres y damas cristianas y árabes, con los consabidos gorro alto, bar- buquejo y fiadores desprendidos á manera de borlones de pasamanería, como puede observarse de nuestros facsímiles sin necesidad de ampliar la descripción. Citaremos por original, un tosquísimo diseño que copia- mos, y encabeza el privilegio que D. Pedro I de Aragón, otorgó á los jurados de Jaca, en 1212. En la interesante publicación que se titula Museo Español de antigüe- dades hay un facsímil de privilegio rodado por D. Sancho IV, á favor de cierta iglesia, donde bajo airosos arcos que figuran el exterior é interior de ella, está á la derecha el rey sentado sobre solio de leones, cubierto con túnica y clámide iguales en color, salteados y recamados de oro y forrados de blanco, siendo también dorados los zapatos, y le acompañan algunos dignatarios vestidos con sencillos goneles y abrigos, mientras al lado izquierdo un obispo le bendice y acepta su donación, revestido de rica planeta, ocupando un bancal morisco, y asistido de sus acólitos que llevan túnicas y largas sobrepellices. El Sr. Carderera en su Iconografía, incluye también algunos modelos de personajes aragoneses: D.Bernardo Guillen de Monpeller ó deEntenza, D. Guillermo Ramón de Moneada y su esposa, y D. Berenguer de Puig- vert, fallecidos respectivamente en 1237, 1230 y 1280. Estos y otros bul- tos sepulcrales, proceden unos de la catedral de Lérida, y otros de Po- blet, el famoso panteón de la aristocracia catalana y su mejor repertorio iconográfico de los siglos xm y xiv. Sin recomendarse demasiado por la ejecución, son de notar por algunos raros detalles en el traje de guerra que los más revisten, y sobre todo por su variedad de cotas de armas be- llamente engalanadas y blasonadas. La figura de D.a Contanza de Ara- gón y de Moneada, merece especial atento no solo con relación al traje, de gona escotada y ancha manga, corrida de repuntos ó bordados, á lo largo, al través y en todas sus orlas; de manto copioso, franjeado con riqueza, preso con un cordón doble de bellotas de oro, teniendo por afli- bales dos bonitos escudos de su real casa á la altura de los hombros; sino por su tocado muy diverso de los de Castilla, pues se reduce á un velillo frontal caido sobre las sienes, rodeado de una franja de oro y pe- drería que á la vez desciende volteando el rostro, en equivalencia de la toca tan general á la sazón, no sin dar salida á dos graciosos buches cola- terales, y por el occiput á la cabellera, que cae esparcida sobre hombros y espaldas. Otras estatuas, algunas de innegable mérito, representan bien el siglo de que hablamos, en diversas localidades de Cataluña y Aragón. Sin in- — 39 — cluir las místicas que adornan gran número de fachadas é interiores de iglesias, no son pocas las tumularias diseminadas por Zaragoza, Tarazo- na, San Juan de la Peña, Sijena, Veruela, etc., y por las cuatro capitales catalanas, como también por Manresa, Cardona, Cervera, Monserrat, etc. De la abadía de este nombre llevamos copiadas algunas, é igualmente de Manresa y de la catedral y Museo Provincial de Barcelona. Casi todas fi- guran adustos guerreros ó venerables religiosos y prelados, cuyos indu- mentos sencillos en general, dan poco que observar. Llamaremos la aten- ción sobre los correctos lineamentos de la figura deD. Berenguer de Palou obispo de Barcelona en su entierro de dicha catedral, y de un señor armado de malla, que parece del linaje de los Esparragueras, conservado entre buenas reliquias antiguas de Monserrat. Un traje de dama obsérvase en los claustros de la seo Manresana, notable por su ropón de anchas man- gas, sin abrigo, rodeada al cuello una especie de estola y en la cabeza una tocadura poco graciosa, compuesta de velo muy encasquetado, ce- ñido sobre la toca propiamente dicha, con orillas flotantes á manera de falbalá. También en el Museo Provincial hay varios modelos de trajes civiles, los masculinos reducidos á cota encapillada, y los femeniles á sayal, manto y toca de monja, según la recibida costumbre de inhumarse con hábito de alguna religión. Hablando de la escultura catalana, no podemos olvidar una antigualla respetable, un grupo de imágenes en varios conceptos curioso y de sumo interés para la historia del arte y del traje, con que se honra el monaste- rio de S. Juan de las Abadesas. En primer lugar tiene fecha conocida, base no común para seguras deducciones. Consta de siete figuras al natural: Jesús crucificado en medio de los dos ladrones, descendido por Joseph y Nicodemus, con asistencia de la Virgen y S. Juan. Bajo el nombre de Santísimo Misterio, es y ha sido siempre objeto de gran veneración, por encerrarse en la frente del Salvador una hostia consagrada, piadoso abu- so de que hubo no pocos ejemplos Según escritura que traslada el padre Villanueva (Viaje literario t. 8.°, págs. 92 y 253), un particular llamado Dolcet, hizo labrar este grupo en el año 1251, y el abad Arnaldo de Vi- llalba mandó repintarlo el año 142G, en cuya ocasión se halló incorrupta la sagrada forma que aun persevera. La singularidad de conservarse des- de más de seiscientos años esas imágenes de madera, sólo se explica por el culto incesante de que han sido objeto: tienen los defectos de su ori- gen; secas y envaradas como maniquíes; siniestra catadura; formas gro- seras y sin proporción. Cifrase su valer artístico en alejarse de las con- venciones hieráticas, revelando cierta independencia de gestión, el en- sayo de un nuevo estilo y un esfuerzo de realismo ayudado por el asunto mismo y por el tamaño y separación de cada bulto que permitiría labrar- — 40 — los aisladamente, acaso bajo un modelo. Aunque pobremente concebi- dos, reúnen una acción colectiva: S. Juan llora rebozado en su manto, teniendo un libro debajo del brazo y una mano en la mejilla, y mientras la Virgen recibe amorosamente la diestra de su Hijo, ya desprendido de la cruz, los piadosos hebreos vestidos de goneles sujetos á la cintura por me- dio de una larga correa, trabajan en desclavar al Señor desde el suelo, y sin herramientas, que con el tiempo se habrán perdido. Los dos ladrones, en quienes es muy de notar la forma de sus calzoncillos, especie de zara- güelles rizados, sin distinción del bueno y del malo, y tan impasibles uno como otro, contemplan la escena desde lo alto de sus leños, con la par- ticularidad de que el mismo divino protagonista, debiendo figurarse muerto, mira de frente con ojos ahitados y la cabeza erguida. En suma, todo el grupo bajo una acepción absoluta es desgraciadísimo, pero con relación á su fecha y á la materia de que se compone, es un ejemplar muy raro de la imaginería secularizada y de encargo. Condensándose en los tipos reseñados lo más original y característico á nuestro ver de la indumentaria española del siglo xui; escusaremos el análisis de retablos, dípticos, arquillas y otros anejos, que si bien en gran número y llenos de pormenores interesantes bajo el doble aspecto del arte y del traje, nos habrían de llevar muy lejos, sin gran fruto para este trabajo. Diremos sí, algo de la miniatura catalana, con arreglo á va- rios códices reunidos en el Archivo general de la Corona y de otros que aun guarda el Cabildo Vicense, de los cuales insiguiendo nuestro plan trasladamos lo mejor. Compañero del Liber feudorum, que entra en el cuadro del siglo XII, posee otro Feudorum Ceritanice dicho Archivo de la Corona de Aragón, no tan bueno como aquel, ni mejor ejecutado, pero igualmente rico en viñe- tas, figurando ceremonias de investidura y posesión entre reyes, prelados, magnates, nobles, etc. Aunque de fecha incierta, puede ella colegirse de sus documentos, el primero de los cuales es del año 21 de Luis el Joven (1159) y el último de 1261. Las viñetas no exceden de veinte concluidas, y doce indicadas sólo á perfil de tinta. Pobres en su ejecución, y monótonas en su representación, valen mucho sin embargo como dato indumentario, por llevar gran sello de verdad, pudieudo considerarse típicas del traje catalán civil en el siglo xm. Nada les falta de lo que lo constituye: gonel abreviado á la rodilla, de manga justa y leve cisura al cuello, cota seme- jante, pero más larga; generalmente hendida allende la cintura; femora- les de lienzo y calza tirada unidos uno á otro, con ó sin zapato, éste negro muy entrado y agudo, ó blanco y entallado á losanjes, sobrepuestas las espuelas con una fina correa; manto anudado al hombro derecho, ó man- tel colgante de los dos, sujeto invariablemente por medio de uno ó más cordones, á veces de largos cabos sueltos como en Castilla; tahalí para ceñir la ropa ó sostener la espada, en parte desprendido desde la hevilla que lo oprime; y el peinado á cercen sobre la frente y crecido alrededor. Entre tantos caballeros no se vé más que una dama, llevando envuelta la cabeza en fajas de toca, oprimida túnica, brial hendido á los flancos, cautivo con el susodicho cinturón, y mantel que sólo se diferencia del masculino en ser talar. Los clérigos siguen con sus habituales alba, ínfula episcopal, recortada á los lados, y planeta redondeada, más breve que en lo pasado, adornada de ancho collar y faja crucifera delantera, además del angosto oral, y de una larga estola que asoma por Jos extremos. Nada determina mejor esos ropajes y el gusto de su época, que la variedad de muestras y colores á zonas horizontales, ó bien partidos, cuartela- dos, etc., reflejo de la moda ya dominante del blasón entre los qua podían usarlo: hasta las planetas clericales son listadas y cuadriculadas. Franjas y galocaduras han desaparecido casi del todo; un simple vivo de piel guarnece los vestidos por sus orillas, y los manteles forrados de veros ó armiños, se convierten en capa-pieles. Tras ese donoso moslruario del traje señoril y vulgar, poco más aña- diremos que valga la pena. Bella es la Biblia de Vich con sus miniaturas cabeceras de suma delicadeza, no siendo menos ricas y primorosas las del ejemplar de Cánones Discordantes del propio Cabildo; sin embargo las primeras, bajo cierta afectación histórica, dan al traje un aspecto leví- tico que no es el corriente; y las segundas, aunque más reales, pertene- cen casi todas á monjes y clérigos. Vénse en unas y otras clámides y mantos, no pocos afibulados, manteletes y capas manicadas y encapuza- das, goneles, sayos, cotas, túnicas luengas, de manga justa, tocas y to- quillas entre mujeres, capuces, cofias, bonetes esferoidales, gorros y sombreros entre hombres. No falta algún traje guerrero reducido á cota de armas y piezas de malla, y de los religiosos correspondientes á diver sas órdenes monásticas, merece observarse el de los Carmelitas, que aun visten su primitivo hábito stragulado. Finalmente en Zaragoza existe en poder de un letrado, el ejemplar ori- ginal de los Fueros de Aragón dictados por el rey D. Jaime I. Adórnanle algunas preciosas miniaturas representando fielmente los trajes de aquel tiempo en escenas áulicas, cortesanas y guerreras. La indumentaria no ofrece notables diferencias, solo en los tocados de hombres vése generali- zada la gorra alta castellana con carrilleras, y en los de mujeres una es- pecie de turbantillos hechos de apretados ruedos de velos. Los guerreros traen sus quizas ó sobrevestas listadas con las barras de Aragón, en juego con los pendoncillos de sus lanzas y las sobrevestas de sus caballos. — 42 — V A las demostraciones iconográficas hay que añadir las pruebas escritas. Empezando por Castilla, tenemos desde luego varias escrituras reseñadas por el Conde de Clonard en su Discurso histórico semi inédito, sobre el traje español, el Libre d' Appolonio y otros opúsculos análogos, las de- votas obras de Berceo, y algunas Ordenanzas reglamentarias como las del Concilio de Valladolid en 1228, y del fuero de Càceres en 1229. Más adelante el de Treviño (1254) los ordenamientos de Sevilla y de Vallado- lid (igual fecha), las leyes de Partida y el Poema de Alejandro por Segura, gradúan el progreso del siglo y siguen facilitándonos originales datos. Cierran este cuadro otros documentos de la época, el Privilegio otorgado á los mercaderes del reino (1281), una disposición del Consejo de Cór- doba sobre bodas y funerarias (1286), y la famosa Crónica de la Gran Conquista de Ultramar; todo preñado de minuciosidades indumentarias y suntuarias, cuyo resumen se hallará en nuestro apéndice analítico. Como comprobante de la Historia de Sahagún por Escalona, léese el acta de profesión que María Rodríguez hizo en el Monasterio de Nogal año de 1202, donde se le asignan para vestuario, túnica, pelliza de dobles pieles de corderos bienales, capa y dos tocas, que se llaman Jacios cua- renteros de lino. La reina D.a María de Aragón mujer de Pedro n, en su testamento de 1213, hace legado de varias prendas, mencionando tunicüm, pelliciam, pallium, mantellum, caputium, guasnaciam. Casiri vertió del árabe una escritura relativa á D.a Mayor Alvarez, ha- cia la fecha de 1215 (Abella t. 12), enumerando camisas riquísimas (ves- tidura morisca), unas egipcias de lienzo y seda, otras persianas, labradas de lo mismo, capas de jalde ó paño de oro, mantos recamados de igual estofa, fazalejas y tocas, ceñidores de cabritilla, broslados de seda y pe- drería, collares de oro murcianos, arracadas del propio metal con incrus- taciones, sortijas y brazaletes, etc. Garnacha de stanforte (estameña gruesa) la calenda una escritura del año 1222 (Rev. de Archivos t. 1). Otra de 1235 señala una piel folvez (acaso dicha así por el color, fauve en francés) Ibid. En las costumbres de Lérida de 1228 se establecen reglas para evitar la falsificación de colores en las ropas. «Nullus color mittatur in pannis in — 43 — pila nec in operatorio et duita daroquina, quod sit facta per cabal et rebol et pelades per cabal et ayninis et lana maienca ad partem, et non s' ayust negre cum blavo. Habla de una arma ó cota llamada segoviano: nullus portet segovianum nisi ad sonum vel hostem. Prohibe se hagan mezclas en los sombreros de sol: «in capeltisolis nullus fraus fiat val aliquid mis- ceatur.» Expresa como deben divisarse las sillas de montar: «nullus pic- tor ponat argentum pro auro vel in sellis palafredi et scutarii, signi in- tegri; illud siguum sit de auro tantum, si vero sint signi minuti illae se lias, illud signum sit auri vel argenti». Un vecino de Palència llamado Juan del Corral, en testamento del año 1220, lega á su hermana Isabel «un par de pannos de blao (pers los lla- maban en Francia), manto é pellote é saya, con sus pennas é su guisa- miento». En igual disposición, otorgada el año 1246, por el obispo de La mego D. Pelayo, registramos una manda á Elvira Méndez, de cinco al- queires (voz morisca parecida á las de al quettia y algrinal que hallare- mos adelante, manto en el primer caso, y toca en el segundo); y unum epitogium (tabardo ó gabán entre personas de ambos sexos, y también ca- pa manteada para eclesiásticos). El concilio de Valladolid alude á hábitos civiles cuando prohibe al clero «vestiduras felpadas (de ferpar ó realzar de picados y labores), en- tretaiadas, vermeias ó verdes, muy luengas ó muy cortas, camisa cosediza (repulgada?) suo (de su) cuerpo y en la manga, saya con cuerda, zapatos con betha ó con cuerda, capas manicadas por la iglesia, etc.» Mas concreto el Fuero de Caceres dado por D. Alonso ix, habla espe- cialmente del traje ordinario, tasando sus hechuras. «Los alfayates, dice, cosan á esta razón: Capapielle, por 1 tercia; capa de color sin penna, 1 sex- ma; capa de burelcon mangas, lo dineros; garnacha, 1 sexma; pellico, id; manto con penna, 1 sexma;alzas de color, 8 dineros; camisa de varón, 10 dineros; bragas, 6 dineros; sayapiel, una octava; saya de color, 1 sueldo; id. de fustán, id; camisa de mogier, id; camisa et bragas destopa, 11 di- neros; piel cordera delgada, 1 maravedí; zamarrón, 10 sueldos; penna de coneios sin blancos, medio maravedí; calzas de burel, 4 dineros.» Recorramos las poesías castellanas perfeccionadas en este siglo, y en medio de su candida expresión veremos el fiel trasunto de aquella época, con abundancia de los detalles que nos interesan. Hé aquí bosquejado el tipo de la mujer mundana en la Vida de Sta. María Egipciaca: El peior die de la semana Non vistie panyo de lana: asaz prende oro et argento; bien se viste á su talento. — 44 — Briol de xamit se vistie, manto arminyo la cobrie; nunqua calzaba otras zapatas sino de cordobán entretalladas pintadas con oro é con plata, cuerdas de seda con que las ata todos la tienen por de paratge . .. —Otra vez, «vistie un panyo d' Alexandria; en mano tiene una calandria, en esta tierra la dicen triguera; non hia aue tan cantadera Por la noche andava en camisa; tollie la toquade los cabellos, etc.». Tersiana, en el Libre d' Appolonio, recibió siendo niña, de sus guar- dadores, «muchos mantos, mucha penna vera é grisa, mucha buena gar- natxa ¿camisa aprisó bien gramática é bien tocar vihuela, etc.» Para alegrar á Apolonio, la hija del rey de Tiro, «dejó caer el manto, paróse en un brial, tempró bien la vihuela en un son natural, etc. Después «can- taban laudes en rota, en jigua (giga), en viola, rariendo el arqueo egual é muy pareio, levantando dulces sones, coblas é debayladas, temblantes semisones.» Los hombres vestían sayas (buenos ornes te darán de sus sa- yas) calzones (cazones), mantos afiblados, y algunos de autoridad, criaban barba luenga trenzada. En unas fiestas «todas las gentes se renovaban de vestir y calzar, entraban en los baños por la calor cobrar; habían los alfa- gemes ó barberos priesa á cercenar. ... Colgaban por las carreras ropas de gran valía, etc.» Bajo el nombre de abtezas indícanse galas é ricos vestidos; cernejas ó mencojos son partes del rostro (alba frente fasta las cernejas—entenebridos habie los ojos, perdidos habie los mencojos;. Por grinnyón se entienden crines ó cabellos (la barbiella é el su grinnyon). Habla también de religiosos la poesía antes indicada, los cuales «grandes avían las coronas; sayas visten asaronas no avían cura d' estamenyas, ni yacen en lechos ni en camenyas (camillas): por alimpiarse de sus pecados non calzaban ende zapatos. Pan d' ordio comien que non d' al, por cierto non echaban hi sal; e quando avien gran conducho landes (bellotas) avien é poco fruto». — 4a — En Berceo registramos la saya por vestidura común á personas de toda condición y aun equivaliendo á la túnica de Jesucristo (pararon á Jesús en bragas, tollieronli la saya). «Monges pobres de sayasy de man- tos».—«Diz un hombre, aquella la mi saya semeia—un religioso daba á los pobres el manto que cubrie, y las mangas de la saia que el cuerpo ves- tie.—Quitaron á una monja «la saya y después la cogulla, etc.» La alme- jía árabe [moro todo desbaratado sin otra almexia, arribó en Toledo en el docena dia), debió generalizarse mucho por Castilla, ya que en los Mila- gros de Sta. Maria, dice el autor «yo en esto estando, vino Sancta Maria, cubrióme con la manga de la su almexia etc.» Un cautivo fué á visitar el sepulcro de Sto. Domingo, «de sus fierros cargado, con pobre almexia et con pobre calzado, con sus crines trenzadas, de barba bien vellado.» En la vida de Sta. Oria aparecen tres vírgenes. todas vestidas de una blanca frisa; nunca tan blanca vido nin toca ni camisa, nunca tal cosa ovo nin Genua nin Pisa. La Santa, sube en peregrinación al monte Olívete, á cuyo lugar llegan multitud de gentes, todas bien aguisadas de calzaré de vestir... Eran estas compannas de preciosos varones, todos vestidos eran de blancos ciclatones, semeiaban de ángeles todas sus guarniciones. En otra visión ocurre una manceba llevando «preciosa vestidura,! mas preciosa que oro é que la seda pura, sobresennada de buena escritura» (blasonada con motes ó leyendas). Los seres angélicos usan ricas dalmáticas. «Varones (ángeles) con al- mátigas blancas de finos ojalatones (ciclatones) los pechos ofresados, mangas et cabezones (adornados de orfreses ó galonaduras). «S. Miguel vistie una almdtiga mas blanca que la toca». A mas de cabezones en las ropas, se alude á gorgueros y golilla, aun- que significando al parecer las fauces y la gola natural: Prisieronse ápe los é á los cabezones, dándose espoladas é fuertes aguijones etc.» «Fueron por degollarlo los mancebos mas livianos con buenos serraniles (cuchillas) grandes é adíanos (afilados): metió Sta. María entre medio las manos: fincaron los gorgueros de la golliella sanos etc. — 46 — Con la voz ropilla viene á indicarse toda ropa en su acepción genéri- ca: ((Descargué mi ropiella por iacer mas vicioso, póseme á la sombra de un arbor fermoso»... Moraba en la ciella (celda) una toca-negrada . . pobre era la freirá que mantenie la ciella, avie magra sustancia, asaz poca ropiella, pero avie un panno, era cosa boniella, pora mugierde orden cubierta (manto, abrigo) apostiella. Las vestiduras nobles de géneros exquisitos, se comprenden bajo la denominación de boldoques ó baldoquines, jametes, púrpuras y escarla- tas: «ardrá todo el mundo, el oro é la plata, balanquines é purpuras, xa- ínit et escarlata»... Peaño equivale á alhaja, prenda (del latin pignus). Sayales y lanas servían para hábitos de penitencia: «Yogó antel sepulcro toda una semana eomiendo pan de ordio, con vestidos de lana». Para abrigos y tocados, «capas y mantos, capa vellosa de pastor, capi- llos, capillejas, toquillas, tocas, implas:» Airado el rey, afiblóse el manto.— Pastor, su cayado en la mano, con su capa vellada.—Monaciello, asentóse en tierra, tollóse el capiello.—El que la cruz tenie e el capiello plano, esse fué S. Millan el varón Cogollano.—S. Bernardo oraba, la capiella colgada—Imagen, tenia rica corona como reina, de suso rica impla (toca abierta) en logar de cortina—tenie en la cabeza corona muy hondrada, de suso una impla blanca é muy delgada, á diestro é á siniestro la tenie bien colgada.—Madre de gracia, con su toquiella.—Hombres vistiendo sa- ya é capelleia. Muger tocada, sinónimo de dueña, casada ó señora mayor. Las mismas traían sus llaves colgadas al cinto. «Bien atestí las claves en el tu buen cintero.» Los hombres traían cuchillo. «Sacó su cuchillejo que tenie amollado» y para apoyarse gastaban blagos (báculos), crozas, burdones. Apellídase á los clérigos por su traje, ornes blanqueados, de misa or- denados, coronados, misacantanos, que hacían procesiones con mantos blan- cos y pallios capdales (capas pluviales). Los frailes eran escapulados, claus- treros, negrados (monjes benedictinos): las monjas serores, freyras, toca- negradas. Como anejos al ministerio sacerdotal, hay cálices de oro, estolas — 47 — y manípulos, casullas de preciosos colores, entre ellas la de S. Ildefonso, sin aguja cosida. El fuero de Treviño prueba cuan usadas eran las tocas, y el respeto que se merecían, al ordenar que si alguna mujer firiese muger casada et la echare su toca et la tomare por los cabellos, peche 20 sueldos. Impone también castigo de mutilación al que sacare fierro o cuchiello amolado por ferir etc. A mitad del siglo xni según observa un autor juicioso (Sempere, His- toria del lujo), las armas españolas tuvieron muy prósperos sucesos: S. Fernando haciéndose dueño de Córdoba y Sevilla con gran parte de Andalucía y del reino de Murcia, y D. Jaime de Aragón ganando á Ma- llorca y Valencia, á la vez que ensancharon sus dominios, acrecentaron la riqueza nacional. En Castilla á Fernando el Santo, sucede su hijo Al- fonso el Sabio; y si bien el reinado de éste dista mucho de ser feliz, las concesiones á que le obligan el afán de su propia vanidad por un lado, y por otro la hábil política seguida cuando la restauración de la capital, no sin beneficio de la corona, mejoraron mucho á las clases nobles y ple- beyas, fomentando en consecueucia la actividad y el comercio, la riqueza y el lujo. Ocho años después de la conquista de Sevilla, el mismo don Alonso hubo de expedir de allí un Ordenamiento con que reformó varios excesos, así en la materia como en las hechuras de los vestidos, fijó el número de platos que podían servirse en una comida, y limitó los gas- tos de las bodas, con otras muchas prevenciones. Veda á los hombres traer camisa d cueros, pannos entallados, bastonados ó ferpados, con ador- nos de orfreses, cintas é sirgos, pudiendo solo llevarlos plodos, lisos ó á meatad (partidos de dos colores), engalanados de cuerdas caveadas con oro, hasta una mano en luengo e no mas, con perfiladuras de coneio ó nu- tra, y el trascol del manto de lo mismo. Consiente zapatos dorados, sin ferpar, banayas (cofia, origen de la albanega) y sombreros realzados de orpel et argentpel (hilo de oro ó plata). Igual adorno permite en cobertu- ras, perpuntes é sobresennales, en cofias y pendones, vedándolo en fundas de escudos y de sillas de cabalgar, y en las corazas de estas.» Non trava- des, añade, sillas ferpadas nin con orpel nin con argentpel, sinon tres dedos por la orla, entallado sobre los cueros de tres dedos en caracol del, é los orledes tres dedos so el cuero é so el panno entallado, ó desuso de otros tres dedos; et mando que non guarnescades nin cubrades las sillas de ningún panno ... et que non trayades cascaveles en ninguna cosa, sinon en sonages ó en coberturas por bofordar; é que non fagades sennales (blasones) en las coberturas con cascaveles; é que non ponga- des en escudo ningún boda (después broca, orla) sinon de cobre dorada ó argentada ó pintada,.. E si lo fiziere rico orne ó caballero ó otro orne — 'i-8 — cualquiera, vedárgelo he yo así como á quien pasa mandamiento de rey é de sennor; é el alfayate é la alfayata quel fiziere, quel corten el pulgar de la mano diestra, é si íugiere, que peche treinta maravedís.» Las mu- jeres no podían traer orfreses, cintas, aljófares; ni margomar (recamar) camisas, con oro, plata, sirgo ó cinta, ni bordar paño alguno, ni tampoco usar tocas oreíladas (orladas; con oro, plata y sedas de colores, debiendo ser todas blancas, y las mejores de seda no pasar de tres maravedís: en cambio se las fapulta para componerse á su gusto con pieles de armiños y nutrias, tasándose las mejores á 8 maravedís, la piel deslomada á 7, la apurada de seis tiras, á 4, y la de cinco á 2 '/«í veros á 2o, armiños y gri- ses á 35, corderos á 4 y recentales á 1 '/»: tásanse igualmente los mejores zapatos dorados para ambos sexos á 1 maravedí el par, los prietos de ca- brito entallado y de cuerda, á 1 maravedí cinco pares, y los de cordobán también entallado y de cuerda, á igual precio seis pares.» Los moros r e - sidentes en villas pobladas de crist anos, anden cercenados arrededor, ó el cabello partido sin topet (tupéj, é que trayan barbas assí como manda su ley, e que non trayan cendal é nengun panno, nin pena blanca, nin panno bermejo, verde ó sanguino, nin zapatos blancos ó dorados, pena de 30 maravedís.» En las bodas, reducida la fiesta á dos dias, nadie podia dar ni tomar calzas por casamiento de su parienta, y el que casase, ya fuere con manceba en cabello, ya con viuda, debia limitarse á un regalo de 60 maravedís para pannos, bajo la multa de 50, siéndole prohibido du- rante un mes mandar presente de ninguna clase. Al ba nquete, además de los padres, padrinos y en su caso los tutores ó encargados, podían solo convidarse cinco parejas por parte. El ordinario se fijó en dos carnes, la una adobada en doble guiso, amen de la caza de monte ó de ribera, no comprada sino cazada ó de regalo, que era lícito servir á gusto del consu- midor. Redújose también á dos platos la comida de viernes ó pescado. En la asidua repetición de estas leyes descúbrese su ineficacia.'¿Cómo poner diques al instinto de vanidosa satisfacción que arraigado en las costumbres y hasta en la naturaleza, saca siempre mayor incentivo de la opulencia y bienestar, de la urbana cultura, de la perfección artística y de los progresos mercantiles é industriales?—Por esto, no bien pasados dos años de ía anterior ordenanza, ya las Cortes de Valladolid renovaron sus prohibiciones, haciéndolo en los curiosos términos que siguen. El rey y su mujer coman por 150 maravedís cada día, sin los huéspe- des extraños, y no más, é que coma el rey como hubiere por bien para su cuerpo (los maravedís blancos burgaleses valían 13 '/, reales, por consi- guiente los 150 venían á ser 2.000 reales). Vista el rey como tubiere por bien, é cuantos paños él quiere. Mande á los ornes que vienen con él, que coman más mesuradamen- — 49 — te, y non fagan tan gran costa como facen, y la costa que ficieren sea tanta como el rey mandare. Manda el rey que los sus escribanos, nin ballesteros, nin falconeros, nin los porteros, nin nenguno de su casa nin de la reina, que non trayan penas blancas, nin cendales, nin siella de barda dorada, nin argentada, nin espuelas doradas, nincalzasdescarlata, nin zapatos dorados, nin som- breros con orpel, ni con argenpel, nin con seda, sinon los servidores mayores de cada oficio. Manda que todos los clérigos de su casa traigan las coronas en guisa que parezcan coronas grandes, e que anden cercenados aire ledor (sin ro- pas rozagantes) e non vistan bermejo, ni verde; nin vistan rosada, nin trayan calzas, fueras ende negras ó de prés ó moret escuro, e non vistan cendal sinon Persona ó Canónigo, en forradura, e que non seya bermejo nin amariello; nin trayan zapatos á cuerda nin de fibiella, nin manga co- rrediza (cosediza ó consutitia), é que trayan los paños cerrados los que fueren Personas ó Canónigos de iglesia catedral, e trayan sillas rasas ó blancas, e frenol de la guisa, sinon fuere Persona que traya de azul, ó Canónigo, que traya india lana, sin otras pintaduras, é frenol é peital ar- gentados, sinon colgados. Á los yuglares é á las soldaderas que les haga el rey algo una vez en el año, e non anden en su casa sinon aquellos que tubiere por bien. Rico orne nin otro nenguno de sus regnos, que non coman sinon de dos carnes cada día, de la una en dos guisas, ó caza si la cazare ó si gela diere el que la cazare: e el día de carne que non coma pescado sinon fueren truchas; e en la cena que non coma sinon de una carne, qual tobierepor bien, de una guisa e non mas; e que non coma en día de pescado sinon de tres pescados, e el sollo non sea contado. Nengun rico orne non faga mas de cuatro pares de paños al año, nin otro caballero nin otro orne nenguno; e estos que non sean armiñados, nin sumtirados, nin con seda, nin con orpel nin con argentpel, nin con costas (costuras?) luengas nín bastonadas, nin con orfrés, nin con antas, nin perfil, nin con otro adobe nenguno, sinon peña é paño; nin entallen un paño sobre otro; e que nenguno non traya capa aguadera descarlata sinon el rey: e'que non fagan capas-pielles sinon dos veces en el año, e capa aguadera que la trayan dos años; e que nenguno non vista cendal ni seda sinon el rey ó nobel (caballero novel), sinon fuere en forradura de paños; e que nenguno non traya peñas veras sinon el rey ó nobel, ó novio si fuere fijo de rico orne, ó rico orne; eque nenguno non traya en capa ni en pelote, plata, ni cristales, ni botones, ni cuerdas largas, nin armiños, nin nutra, sinon perfil en capa-piel; e que nengun rico orne traya tabardo andando en corte. 4 — 50 — Nengun escudero non traya peña blanca, nin calzas descarlata, nin vista escarlata, nin verde, nin broneta, nin pres, nin morete, nin laran- ge, nin rosada, nin sanguina, nin ningún paño tinto; nin trayan siella de barda dorada nin argentada, nin freno dorado, nin espuelas doradas, nin zapatos dorados, nin sombrero con orpel nin con argentpel, nin con seda. Nengun caballero que non plaña nin se rasque sinon fuere por sen- nor, e que nenguno traya paños de duelo por otro sinon fuere su par, ó por su señor, ó mujer por su marido que lo traya quanto quisiere. Nengun judío non traya peña blanca nin cendal en nenguna guisa, nin siella de barda dorada nin argentada, nin calzas bermejas, nin paño tinto nenguno, sinon pres, ó bronela, peyta ó engrés.ó ensay negro, fue- ra aquellos á quien lo el rey mandare. Los moros que moran en las villas que son pobladas de cristianos, anden cercenados alrededor, ó el cabello parado sin copete, e que trayan las barbas largas como manda su ley; ni trayan cendal, ni peña blanca, ni paño tinto, sinon como dicho es délos judíos, nin zapatos blancos nin dorados, y el que los trujere, que sea á merced del rey. Que el rey guarde en sí, y haga guardar en sus reynos los cotos di- chos. En razón de las bodas, que nenguno non sea osado de dar nin de to- mar calzas por casamiento de su parienta, y el que las tomare que peche cient maravedises, también el que las tome; e quien casar con manceba en cabello, quel non dé más de sesenta maravedises por paños para sus bodas, é el que más dier desto que manda el rey, que sea á su merced. Otrosí manda el rey que non coman á las bodas más de cinco varones é cinco mujeres de parte del novio, en compañía de su casa, y estos sin el padrino y la madrina, y el padre y la madre de los mozos; e que non du- ren las bodas más de dos días: e si el padre ó la madre de los novios, ó el novio ó la novia, ó el facedor de la boda, más combidare de quantos manda este coto del rey, que peche por cada orne 10 marcos. Además de estas leyes suntuarias, publicaba D. Alonso otras dirigi- das á fomentar la riqueza, promover la civilidad y cultura, y graduar aun en el traje las distinciones sociales, consideradas entonces como una ne- cesidad. El Código de las Partidas encierra muchas disposiciones de esta clase (ley 4, tit. 5.°, 5>, tit. 7, 1 , > tit. 21 de la Partida 2.», etc.) En ellas 3= se habla de los caballeros, del brial que traen puesto, del manto con que se cubren cabalgando por la villa, y de la espada que deben ceñir según conviene á su hábito. A los jóvenes caen bien paños de colores assí como bermejos, é jaldes, é verdes ó cárdenos, porque les den alegría, más no prietos ó pardos ó de otro color semejante. «E los antiguos, como quier — o l - que las vestiduras fuessen de tajo de muchas maneras, según eran de- partidas las costumbres e los usos de la tierra, los mantos losfazian gran- des e luengos que les cubriesen fasta los pies, e sobrava tanto paño de la una parte como de la otra sobre el ombro diestro, porque podían y facer un ñudo, e faziendolo de manera que podrían meter e sacar la cabeza sin ningún embargo; e llamávanlo manto cavalleroso. E todas las otras vesti- duras trayan limpias e mucho apuestas segund el uso de sus lugares... E esso mismo establecieron de las armaduras como de las otras armas que traxessen, que fuessen fermosas e mucho apuestas. «Vestiduras, dice la ley 5 a , tit. 5.°, fazen mucho conoscer á los ornes por nobles ó por vi- les: e los sabios antiguos establecieron que los reyes vestiessen paños de seda con oro e con piedras preciosas, porque los ornes ios puedan cono- cer; e otrosi los frenos e las sillas en que cavalgan, las aposiessen de oro ó de plata e con piedras preciosas. Otra ley (32, tit. 26) hablando de deu- dores por cosas adquiridas en almoneda, dispone que «se les tomen las bestias en que cavalgaren, e aun los paños que vestieren, así como man- tos é girnachas é capas é otros desta guisa. También la ley 39, tit. o, Part. primera, establece «que los perlados deben ser apuestos, ca deven traer sus pannos cerrados é non cortos; nin trayan manga corrediza, nin za- pato á cuerda, nin frenos, nin siellas, nin pretales colgados nin dorados, nin espuelas doradas, nin fagan otras sobejanías ningunas; nin trayan capas con mangas, fueras ende sí cambiaren de hábito por miedo que oviesseu; nin otrosí non deben traer bronchas, nin cintas con fibiellas doradas, e otrosí deben traer los mantos atachonados e presos adelante en sennal de honestidad. Arreglado parece á las ordenanzas de 1356 y b8 el convenio que un año después celebraron los consortes Pedro Martínez de Cañizar y San- cha Ruiz de una parte, y de otra el abad de Honillos, estipulando que los primeros en cambio de su sujeción al monasterio, recibirían cada año dos pares de paños, «los de Sancha Roiz d' un inglés, manto, e saya e garnacha, e el manto e la garnacha en pena de conejo, e la pena del manto de seis tiras, e para la garnacha cuantol' ahondase; e los pan- nos de D. Pedro Martínez d' un raz, manto e saya e garnacha, e el man- to e la garnacha en pena de coneyo, e la pena del manto de cinco tiras, pero la garnacha cuantol' ahondase, e calzas d' un inglés (Berganza, es- critura 179). Un fragmento de crónica rimada de España, descubierto por M. Dozy, comentado por Duran y por Amador de los Ríos, quien lo llama Poema de las mocedades del Cid, ofrece algunas indicaciones de trajes. Las hijas del conde D. Gómez, una de ellas D.a Jimena, al saber que el Cid había muerto á su padre y preso á sus hermanos, — 52 — «Paños visten bronnitados (oscuros) é velos á toda parte (estonce la avían por duelo, agora por goso la traen). En la batalla de París, contra el conde de Saboya, D. Rodrigo. «Rompiendo va un manto que era de sirgo, la peña le tiró privado, apriessa erró de punta á le meter la espada que traya al cuelo, tiróla tan privado, quinse ramos fase la seña, vergüenza avie de la dar á los caba- lleros, etc.». Cuando sacaron á la hija de dicho conde de Saboya, léese en los ver- sos 926 y siguientes: «Ya van por la infanta á poder de cavallo, traenla guarnida en una silla muy blanca, de oro el freno, non mejor obrado... vestida va la infanta de un boldoque preciado, cabellos por las espaldas como de un oro colado, ojos prietos commo la mora, el cuerpo bien tajado, etc. Un caballero cabalga en mula, cubierto con capa verde aguadera. Los de su clase cazan con asores mudados e halcones: en la guerra llevan pendones obrados e devyssados, los caballos armados ó puestas cobertu- ras; en sus tiendas descansan sobre ricos estrados, etc. El pendón de Castilla fase por devisa un castillo de oro e un león indio (rojo) quitado. El poema dicho de Fernán González, citado por el propio Amador, en su Historia Critica de la Literatura, aunque histórica y literariamente precioso, habla poco de trajes. Sólo al describir la prisión de su héroe, dice: «Fizieron muy grant duelo estonce por Castiella: mucho vestido negro, rota mucha capiella; rasgadas muchas fruestes, rota mucha maxiella, etc. —Cuando su rescate: Alcanzaron taulados todos los cavalleros; ataval e cantares sonavan escuderos; et avie muchas citólas et muchos violeros; de otra parte matavan los toros los monteros, etc. — 53 — El otro poema romancesco llamado de Alejandro, sin ser una Iliada n¡ mucho menos, exhala todo el perfume de los cantares de gesta, y al igual que las tablas y miniaturas, refleja su época mejor que ninguna crónica. Si el héroe macedonio asiste á procesiones y tedeums, y al otor- gar su testamento señala píos legados á conventos y sacerdotes, y si en las fiestas de Troya, por ejemplo, se hace alternar con deidades olímpi- cas á los duques y duquesas, juglares, histriones y otra gente baldera, cuyas diversiones, entre otras, son bofordar y jugar á las tablas; en cam- bio, el siglo y el período del rey Sabio vienen pintándose en él con tal viveza, que en vano se buscaría cuadro de costumbres mejor acabado. Al través de ampulosas descripciones, ocupa no breve lugar el traje, y desde luego vemos al propio Alejandro «cuando quiso ceñir espada por seer caballero» á quien fueron adocidos adovos de grant guisa; valia tres mili marchos ó mas la camisa, el brial non seria comprado por Jenua nin Pisa; non sey al manto dar precio por nulla guisa. La cinta fue obrada á muy grant maestría... Qualquier de los zapatos valia una cibdat; las calzas poco menos; tanto avian de bondat, quienquier querría las luvas mas que grant heredat; nunca quien las oviesse caería en mesquindat... La bondat del caballo vence todo lo a l . . . fue luego guarnido de freno e de siella, de frasquia (jaez) de precio, e d' oro la fruiella (hevilla) púsoge las orejas duna copla pingiella (pomposa); Valia quando fue guarnido mas que toda Castiella. No eran menos expléndidos los trajes de guerra de Héctor y Aquiles: Armós el buen cuerpo ardido e muy leal: vestió a carona un gambax de cendal desusQ la loriga blanca cuerno christal... Calzó las brafoneras que eran bien obradas con sortijas d' acero, sabet, bien enlazadas; assi eran bien pressas e bien trabadas que semeiaban calzas de la tienda taladas. Cubrios el almófar de obra adiana; desuso el yelmo, de obra esmerada... Cabalgó su caballo fremoso e lijero; — ,)4 — sobrel, bien armado de forcia sobracero, priso lanza al cuello, embrazó un taulero — Aquiles, vestie una loriga de acero colado terliz e bien tesida, el almófar doblado, que del mazo de Ector non oviesse cuidado. Por defender las piernas calzó unas brafoneras; fizólas enlazar con firmes trebugueras; calzos las espuelas de cabalgar lijeras, quando fues en alcanzo, por librar las carreras. Pusieronlle un yelmo fino e bien obrado que por oro nin por plata non debrie ser comprado; fue á gran maestría presso e encalzado... Después de tod' esto cinuós la espada que diez veces fue fecha e diez veces temprada; embrazó el escudo... enderezó la lanza, etc. Los parientes de Dário, honrábanse con pretextas, «que son nobles vestidos» única reminiscencia de arcaísmo indumentario que al poeta le ocurre; y además todos los guardias reales «avien hastas de argent blanqueante, e cuchiellas bruñidas de oro flameante, formando acerca de 200 lorigados». El emperante á su vez vestía un xamete vermeio; y algo después, cuando fué cogido á traición por sus privados, «tollieronge las púrpuras e vestieronle sayales, y al enterrarle pannos íremosos. blancos e ordenados; calzáronle espueras con zapatos dorados, non comprarían las luvias averes de dos casados. Pusiéronle corona clara e bien bronida de fin oro obrada, de piedras bien bastida. En los siguientes versos se describe el arreo de las amazonas: todas vienen vestidas de capas traveseras, sus balestas al cuello turquíes e cerveras, saetas e quadriellos de diversas maneras. Asta la media pierna traen la vestidura, non darie en tierra con un palmo de mesura-, calzan bragas muy presas con firme legadura; semeian bien varones en toda su fechura. Su reina, «vestía preciosos pannos de bona seda fina, azor en su mano, que fue de la marina, — 55 — serie al menos de dos mudas aína. Avie bon corpo, era bien astilada: correa de 4 palmos la cinnía doblada... trae solombrera tan mansa e tan queda; non serie comprada por nenguna moneda. Hablase en otros pasajes de cappas e de sayos, pannos de colores, xa- metes y cisclatones; sergentes bien adobados de oro e ¿argente; otros ves tidos descarlata sobre pannos de lino; niñas triscando en camisas delga- das; monagones luchando vestidos en bragas; muchachos con capiella, y marineros con solombreros: cendales y ciclatoiies se regalaban á los ju- glares. La tienda de Dário era de seda fina, de un xamet vermeio,—e como era tecido igualmente pareio,—quando el sol rayaba lucia como espeio.—El cendal era bono, sotilmientre obrado,—de pedazos menudos en torno compassado». Un combatiente fue herido do solia la loriga con las calzas prender; otro lo fue en las cervices, cerca del cabezón. Los caballeros sobreponíanse á la armadura quezas delgadas ó sobrevestas, y algunos personajes traían mucha venera. Mujeres alcanforábanse los ojos, tennian las sobreseías— cobrianse de colores e blancas e bermeias,— metían en sus manos d' oro muchas sorteias: sus baratijas usuales eran tocas e cintas, camisas e zapatas, sorteias e espeios e otras tales baratas: una de sus acicaladuras era llevar los cabellos pendados. Hacia fines del siglo no se desmiente la progresión del lujo que ya llevamos advertida, así en la novedad de ropas como en la variedad de composturas. El Consejo de Córdoba, dictando reglas sobre bodas y fu- nerarias en el año 1286, establece que ningún caballero ó escudero al tomar estado, regale á su mujer más de dos vestidos, uno de escarlata sin atavíos dobles, orfreses, pieles veras, armiños ó grises, ni emplesas (empresas, joyeles) de oro, plata ó aljófar: que el paño no sea del llama- do parte de peso, ni baldoquí ó cendal bordado de oro, no consintiéndolas tampoco sueras de paño de peso ó baldoquí; y solo los casados de antes pudiesen adornar sus ropis con perfiladuras de armiño ó nutria. A los muertos debía amortajárseles con estameña, casil ó lienzo. A 25 de enero de 1278 Martín Fernandez de Castropodame hace dejación de sus bienes inter vivos al obispo é iglesia de Astorga, y en cambio re- cibe un manto de picote llamado zúleme (sulam, según Clonard), una saya, un par de calzas de estanforte y dos pares de zapatos, cuyas pren- das debían reuovarse todos los años (Esp. Sagr. t. 16, pág. 245). Cierto recibo de alhajas otorgado en 1." de setiembre del mismo año por unos mercaderes de Calatayud á Pero Pérez Loned, canónigo de Toledo, entre varios objetos religiosos, expresa mitras de camafeos y de piedras enleva- — 56 - das, sandalias con sus calzas, las unaslavoradas á imágenes, é las otras de xamit vermeio, y un baldaqui vieio traído. Por privilegio dado á los mercaderes del reino en 13 de febrero de 1281, se les exime de portazgo de su cuerpo y diezmo de cetales para ves- tido suyo y de su familia, como también de sombreros, lubas, cabinete, bolsas, atambores, colchas (30 alano), fundas de cócedras, bacines, agua- maniles, pécheles de estanno y ollas de cobre para su casa. Mas novedades entraña el testamento de Orabuena Pérez, hija de Pero Ruiz, fecho en noviembre de 1293, legando con él varias ropas de índole y nombre verdaderamente orientales: «que den una juria (suria ó sirgo?) para una casulla, é una cortina orillada para sobrealtar; una sábana la- brada para otro altar: mando á María Diez mi sobrina, un arrede (en ara- be arrida, capa); é tiene este malaquí una faz de algodón bermejo (la capa era de malaquí forrada de algodón) é un almudanaf(al motannafó muja- rraf, guarnición trepada), é mando tres joqmjos [jocob, faja para ceñirse las mujeres) á Mayor García mi sobrina; é á Urraca Fernández otra sobri- na, una toca con oro que tiene su alaquí (adorno de malaquí, paño tal vez de fábrica Malagueña): el cendal bermejo que lo den á S. Climente para acomodar las fucsias (paños funerarios?). Mando para casulla el al- cabtea cárdeno de cendal (alcabita, del árabe al quebtia, en sentido recto, sábana blanca, y figuradamente abrigo ó manto). Habla además de una colcha de estarí (ó escari, en árabe askarí, ropa de escarlata) (Clonard). Por el estilo son otros dos documentos de fecha cercana, á saber, un recibo de D. Sancho Ramírez canónigo de Cuenca, á favor de otro de Toledo (año 1300), y la carta dotal de Inés hija de Alfonso Ibañez, desposada con Juan Alfonso (1303). En el primero se leen: casullas, almdticas é túnicas de jamet vermejo; fazalejas labradas de seda para adelante los hinojos; una colcha pequenna de seda ahorrada en yendal verde é amariello; alquinas (alquinal, algnval, toca; de quinal, kinna, velo) de seda blanca, con oriellas de seda verdes é vermejas; fazaleras de lino (toallas), obradas con filo cárdeno; faseruelo (almohadilla) con funda de seda me- dro. Efectos calendados en el segundo documeuto: almadraques; una col- cha verde con alpanliaces amarieilos (alparavaz, alpargaz, falbalá); otra id. d' alcaz amariello; otra d' escari blanco; sábanas orelladas; traveseraz e alucedas (almoadas); camisas; una cabeza de tocas con romaní (adorno á lo romano?); un soquejo e una alfarda con oro {al-farad, vestido como sa- yo ó túnica); cabezales blancos; manteles, arracadas con red de aljófar; unas bocas de mangas; una alcabita de cendal et un alad (redondel, del árabe al adar, cosa redonda) et un azacab (sakab, sayo varonil, entre los árabes gabancillo sin mangas); auiellos de oro, etc. (Colecc. dipl. de Fer- nando IV, Clonard). — 57 — En los estatutos de la célebre Universidad Leridana (1J00, se prohibió á los cursantes vestir paños de más de 6 sueldos jaqueses la vara. Se les prohibia también jugar á los juegos de gresca (grastam) rifa, galdeta y otros semejantes, más de uno á dos dineros. Constituye otra buena memoria del siglo xm, la Gran Conquista de Ultramar, novela de las Cruzadas, muy en voga á fines de él; obra de ima- ginación, que rebosa colorido local, con toda la minuciosidad gráfica pe culiar de ese linaje de antiguallas. Numerosas observaciones sugiere así en indumentaria como en otros muchos particulares; nosotros sin em- bargo, huyendo prolijidad, nos ceñimos á tomarle algunas citas, en co- rroboración ó ampliación de lasque arriba llevamos apuntadas. «Roberto de Flandes andaba sobre un gran caballo ruano, vestido de paños de escarlata, saya e capa, hecho d la manera de Francia»; prueba de que ya la moda ejercía bastante acción para diferenciar unos países de otros. «Godofre (Godofredo de Bouillón), se presentó con sus hermanos, vestidos los tres de cicatron muy rico; traía el duque en la cabeza un ca- pillo agudo hecho d la manera antigua, con oro y pedrería»; otra prueba de que la moda iba haciendo sus evoluciones. «Cierto caballero, andando en un batel, armado de escudo, e lanza, e espada muy fermosa e muy bien guarnida, era vestido de un jamete blanco, garnacha e sayo, más no traía manto, e traía colgado al cuello un cuerno de marfil labrado con oro e con piedras preciosas muy ricamente, e la cuerda de que colgaba era otro sí de oro Luego semejó que había vergüenza de que no traía manto » Otro, puesto en aventura, «ciñó su espada, tomó un broquel desgrimir, e no levó otra cosa que sayo e calzas, y espuelas muy agudas, que puso en los pies.» Habíalos que llevaban calzas bermejas, estivales por calzado, capirote de mangas en la cabeza y barjoleta en el cinto. «Ca- balleros muy bien vestidos de cindales e de púrpuras, e paños de seda con oro, e pennas veras e grises, todos traían aves en que cazaban.» A una justa salieron muchos llevando paños de seda y oro, y aguirnaldas de oro en la cabeza; los caballos encubertados con coberturas de la señal de aquel señor cuyos eran Cada caballero traía una broncha de oro en los pechos con piedras preciosas, e guirnaldas desa misma manera, e de rosas e de muy fermosas flores. Algunas veces poníanse lorigones, vesti- dos debajo de los sayos; otras para ocultar sus armas, calábanse capace- tes cubiertos de paños hechos en manera de sombreros. No faltaba quien andando á solazarse, puesto debajo de su vestidura un lorigón corto, «vestía paños de seda, á que llamaban diaspre, labrados con oro muy ri- camente.» «Al conde Baldovin, placíale de traer su manto cubierto, así que á mu- chos páresela más obispo que caballero.» El de Flandes y el de Triple — 58 — (Trípoli) jugaban á las tablas desarmados, e en pannos nobles e libianos, e descalzos dentro de sus tiendas. En las bodas del mismo conde de T r í - poli, se aderezaron sus convidados con «.pannos de seda de muchas ma- neras, e escarlatas e pannos tintos, parpólas bermejas, ciclatones verdes e chamelotes coronas de oro e piedras preciosas, eolias e cernellos, sar- tales e sortijas e bronchas e sueras, e siellas, e frenos labrados muy noblemente.» El príncipe de Antíoca haciendo penitencia ante el empe- rador Manuel, iba descalzo e sin camisa, vestido de una saya de mangas cortas fasta los cobdos, su cinta en la garganta e con su espada cojida por la punta. Adecuados para penitencia eran los paños negres ó pardillos, estameñas, lorigas e sacos sobre la carne, e vestidos celicios. A los peregri- nos y palmeros distinguíanles sus palmas, bordones e esclavinas; á los cruzados sus señales (sobrevestas) blancas, con cruces bermejas en los escudos, perpuntes, coberturas, señas e pendones. Allegadizos del campo iban muchos arlotes, sus paños arpados e rotos, sus barbas luengas, etc. Entre cautivos cristianos habíalos tan pobres que no tenían camisas, ni bragas, ni calzas, ni zapatos. Seguían á dicha hueste capellanes con es- tolas, e los otros clérigos con sobrepellices. El obispo de Puy ostentaba un bello gambax de xamete: otros cabalgando en mula, lucían paños de clérigo rico. La faz de la clerecia iba afeitada según su orden, vestidas albas e sus paños: los legados levaban palafrés blancos e capas bermejas. También las mujeres vestían muy ricamente paños de seda con oro, e paños de lana mucho apuestos e bien fechos, según la costumbre. Algunas doncellas traían brioles, sayas e camisas sobre la carne: una dama limpió el rostro á un caballero con la manga de la camisa; otra por Gasa tenía sus niños só el manto. Al linaje de tocaduras corresponde la fazaleja, usada co- mo paño de rostro. La duquesa de Bullón calzaba zapatos de seda labrados con oro epedrería: las sandalias se llaman cendales. Hácese mención de bo- tones en las ropas, de lúas ó guantes, de nóminas, por reliquias ó escapu- larios, de cendales, sirgos terlices (lienzos finos) de camos (pieles de gamu- za), y entre los paños ya enumerados, de los de escarlata, xamet,cicatron, jaspe ó diaspre, del baldoque, del bodojen y del muduan moriscos, etc. Por más que sea hiperbólico el retrato de Josepf en el episodio del mismo y de Zulayme, según la Grande etGeneral Estoria del rey D. Alonso, merece continuarse aquí como un ejemplo del bello ideal que fantasea- ban los cronistas de la Edad Media, mezclado siempre en España con algo de arabesco: «Pusiéronle, dice, á Josepf, una redeciella sobre los cabellos, labrada con alfójar et con piedras preciosas, et vistiéronle pan- nos de seda jalde labrados con oro et con plata, á sennales de ruedas vér- melas por sus logares, otrosí con oro, et dentro daquellas ruedas avie unas figuras deaveziellas pequennas de color verde, et el panno era forrado — 59 — et envestido de cendal doblado de color verde, et las bocas de las mangas labradas con piedras preciosas de muchos colores Et sobre aquel panno una camisa vermeia delgada; et pusiéronle sobre todo en la cabeza, una corona de oro labrada con piedras preciosas muy nobles. Et fizieronlo de guisa que paresciessen los cabellos só la corona; et tornáronle una pieza dellos delant quel colgassen sobre los pechos, et fizieronle dellos trenzas como de redeciellas. Et alcoholáronle los oios et pusiéronle en la mano un ysopo doro con sedas verdes, conque echasse agua rosada á las duennas, etc El poema de Jusuf que es de aquel tiempo, presenta á su vez la siguiente descripción del mismo José triunfante: 188. «Los bestidos que traya eran de grant balor: eran de oro et de seda et de fermosa labor; et traya piedras preciosas de que salia claror; más, traya algalia et muy rico olor.» En el Museo Arqueológico nacional guárdanse preciosas reliquias ma- teriales de los vestidos que llevaban puestos el infante D. Felipe, hijo me- nor de S. Fernando, y su esposa D.8 Inés de Castro en su sepulcro de Vi- llalcázar de Sirga. Así el velo de la infanta como las demás ropas, están tejidos de oro y seda, presentando lindos dibujos en el fondo, y cenefas de estilo mudejar. El gorro de D. Felipe lleva águilas y castillos de oro bordados sobre seda, y cinco pequeñas cruces de lo mismo en blanco, formando una aspa. De D.* Inés queda un trozo delantero de la túnica, tejido de seda y oro, con su gola de igual tejido. Pasemos á Aragón. Hablar de Aragón y Cataluña, es hablar del rey D. Jaime: su persona- lidad llena este siglo casi enteramente. La primera ordenanza suntuaria publicada en aquel reino, es suya. «Ordenamos, dice desde Zaragoza en 1234, que nadie, del rey abajo, use vestidos abiertos, listados ó trepa- dos (vestes incisas, listatas vel trepatas), ni con realces de oro, plata, or- frés, orpel, seda repuntada, ni pieles de martas zebellinas, armiños, n u - triasú otras cortadas órecortadas(aurifrigium,auripellum,sedam sutam... sembellinum, erminium, lutram vel aliam pellem fractam vel recorta- tam), ni aflibales (afliblays) con oro ó plata; salvo armiños ó nutrias ínte- gras y sencillas, cortadas á lo largo hacia la capilla de la capa (solummo- do in longitudine incisam, circa capucium cape), en las brazaleras y bo- camangas (brasaleres et capitibus manicarum) y en los manteles, cotas y — 60 — garnachas (in mantellis similiter, et cotis sive garnaxiis). Prohibe á la vez regalar ropas ó libreas á juglares, soldaderas y milites salcages. Los hijos de caballeros que no lo fueren, quedan privados de sentarse á la mesa con ellos, y de usar calzas coloradas, á menos que tuviesen mando sobre alguna tropa. Veda comer más de dos carnes al día, la una asada sino hubiere otra, como por ejemplo cabrito ó cochinillo, estas condi- mentadas en una sola guisa y servidas en un solo plato. La carne salada ó en cecina y la caza, no entran en cuenta: esta última pueda aliñarse como quisiere el que la cazare, más siendo de compra, entra en la dispo sición general. El mismo rey en su Crónica, habla más de guerra que de aposturas, más de armas que de trajes. Solo una vez refiere haberse vestido y en- galanado tal cual, un domingo que estaba con el obispo de Barcelona y otros proceres, observando desde sus reales los avances del cerco de Ma- llorca. En otro lugar expresa haber redimido las joyas de su difunta hija D.s María, en la suma de mil marcos. Habla así bien de algunas ropas árabes, el xapsir, clase de túnica, la almejia, la juba ó aljuba, tocaduras y alhajas de los mismos, e t c El repertorio por excelencia de la guardaropía real y de los trajes de aquel siglo, son unos Registros de gastos menudos de palacio, guardados en el siempre fecundo venero del Archivo de la Corona, donde casi día por día, desde el año 1238 al de 1285, se enumeran no solo las compras ordinarias y fondo de repostería para el consumo doméstico, sino las ex- traordinarias para vestuario y libreas, alojamiento, mobiliario y menaje, salidas, fiestas, obras, etc., etc. De tan preciosas notas hemos formado la siguiente condensación, que cae de lleno en nuestro cuadro histórico. Consta la parte de trajes, de vestiduras nobles y plebeyas, masculinas y femeniles. Las nobles pertenecen á miembros de la real familia, ó á algunos de sus privados; las plebeyas á toda clase de servidumbre, inclu- sos moros y judíos Sin contar aquellas piezas habituales (camisas, cal- zoncillos, bragas, etc.), las demás son generales y comunes, por este or- den: Iwmb7'es: calzas (calses, causes y caligas), calzones (calsols), gonela, gonel ó túnica, cote ó cotum, cota ó supertánica, saya, brial y gramalla. Los señores usan corpinos llamados guarda cuerpo ó salva cuerpo, juba, y unos toneletes de guerra dichos perpunte y espalderas (spatlleres). Usan además cinturones, escarcelas (scarcells) y guantes (guants), Como abri- gos, mantel ó manto (clámide), capa sencilla manicada, y de lluvia ó aguadera, garnacha, argaute, redondel y balandrán (balandrau) que no apa • recen antes de 1260. Para cabeza, caperuza, chápeles, capillos (capeiles), gorros (capells), el sárbox ó cerboj desde 1260, y el batut, que parece som- brero de armas. Calzado para ambos sexos: zapatos sencillos ó dorados, — 61 — id. encorchados (surades), patines, y la rústica abarca. Gastábanse también osas (hoses), según una cuenta de R. Alamany cónsul de la lezda de Be- ziers (Arch. municip. de Barcelona), que además incluye speronsdaurats, anelsab smaragde é"abrubi,de valor80sueldos, peces de draps bruns de Narbona, bales de bánoves vérmeles, id. de.cordoá den Sanctacilia (véa- se el apéndice). A su vez las mujeres estilan camisa, calzas ó calcetas, go- nel. gonela. cote, brial, saya, capa común y aguadera, mantel, garnacha, ceñidores con hevillas, chápeles,, gorros, sábanas (sávenes), aflibales, cuerdas, guantes, dijes, etc He aquí el detall minucioso de compras hechas desde 1258 á 63 para los infantes D. Pedro, D. Jaime y D. Alfonso. Camisa de importe 4 sueldos, y además 12 dineros por coserla y cuer- das. Cuerdas ricas para otra, 2 sueldos 6 dineros. Bragas, unas á 3 sueldos y otras á 3 sueldos 4 dineros Calzas y calzones de blanco de Ypre, 3 '/ 4 palmos á 20 sueldos cana, 8 sueldos. Otras de lo mismo, 3 'palmos, 7 sueldos 6 dineros y cos- turas 10 sueldos. Id. de persetecolorado (pers y perset vermeil), 2 '/,pal- mos, 15 sueldos 7 dineros. Otras de lo mismo, 22 sueldos, y otras 8 suel- dos 6 dineros. De saya, 7 sueldos De saya de lúa encarnada, 14 sueldos 4 dineros. De saya de Biam, 8 sueldos. Blancas, o sueldos, costuras 8 di- neros. Id. de 2 pares, 12 dineros. Cendal (para forrarlas?) 2 sueldos. Diez botones plata, 3 sueldos. Guardacuerpo ó salvacuerpo con gonela, calzas y caperuza de persete colorado, 2 canas 1 palmo, 106 sueldos. Peñas ó pieles para el guardacuer- po, 31 sueldos. Calar las mismas, 12 dineros. Perfil, 5 sueldos. Aflibales, 3 sueldos. Peña blanca, 16 sueldos. Cuerda, 5 dineros Embutir (cotonar) 20 dineros. I Juba dalcotón, 51 sueldos. Perpunte de tela de lino, 12 sueldos. Hilo y batir el algodón, 10 dine- ros Cuerdas 14 sueldos. Guarniciones (forniment) 12 sueldos. Guata? (buat), 6 sueldos. Salvado para renellarlo, 2 sueldos. Id. con cuerdas y fre" ses de seda. Id. de lino con hevilla y peña blanca. Espalderas (espatlleres), 7 alnas de cendal á 6 sueldos 6 dineros, 45 sueldos 6 dineros. Cuatro alnas de tela de lino, 2 sueldos 8 dineros. Tres id. de paño colorado, 3 sueldos. Tres libras de algodón, 3 sueldos Costuras, 6 sueldos. Cuerda 18 dineros. Gonela, 24 sueldos. Cuerda para ella, 5 sueldos 8 dineros. Cuerda ver- de para otra, 5 sueldos. Id. y aflibales, 6 sueldos. Cordón de seda, 8 di- neros Seis palmos persete colorado para otra gonela, 37 sueldos 6 dine- ros. Peñas, 80 sueldos. Aflibales, 10 sueldos. Cote de cendal con peña blanca, 46 sueldos. Cordones, 20 dineros. - 62 — Peña blanca para otros dos, 2 sueldos. Ocho codos de fres ó fresadura, 13 sueldos. Tres armiños y cortarlos, 19 sueldos. Nutria, 12 dineros. Presillas (bages), 9 dineros. Calar una peña de alfaneques, 5 sueldos 6 dineros. Cota rica, 2 canas 5 palmos, 144 sueldos 4 dineros. Una peña, 15 sueldos. Id. de corderos, 26 sueldos. Gramalla de persete verde, 3 canas á 14 sueldos. Id. de Provins á 22 sueldos. Tundir y bañar el paño, 8 dineros. Peña blanca, 20 sueldos. Id. para otra, 45 sueldos Id. para gramalla y caperuza, 59 sueldos. Gramalla de pers de Provins, 2 canas, 60 sueldos. Otra de pers, 2 canas, 72 suel- dos. Dos canas o palmos estanforte de Arras para forro de la misma, 19 sueldos 1 dinero. Otros vestidos de paño, 3 lj, canas, 112 sueldos. Peñas, 103 sueldos. Nutria (ludria), 8 sueldos. Tres y media canas bruneta á 36 sueldos. Cos- turas de dos pares de vestires, 4 sueldos. Tres, 50 sueldos. Cintas (sic), 8 dineros. Botones, 5 sueldos 8 dineros Otros botones dorados. Cinco do- cenas id., lo sueldos. Peñas albas y veros menudos para el rey. Peñas, ar- miños y aflibales para vestidos de D. Jaime y de D. Alfonso, 107 sueldos. Mantel y argaute verde cambray. 2 canas 6 palmos á 50 sueldos, 115 sueldos 7 dineros. Mantel y cote de id. 2 ' / , canas. Mantel, cote y gonela persete colorado, 2 canas 6 palmos, y una y media peña blancas, 108 suel- dos. Aflibales, 7 sueldos 5 dineros. Seis palmos fres de telar á 7 sueldos, 40 sueldos 3 dineros. Once y media canas de otro fres, 13 sueldos 5 di- neros, y cuerda, 6 dineros. Trenza para las vestiduras verdes, 28 sueldos 6 dineros. Argaute de pers, 1 cana 3 palmos á 36 sueldos, 49 sueldos 6 dineros, Peña, 20 sueldos. Sobretodo ó gabán (sullinium), tal vez el redondel en su origen, 2 ca- nas, 20 sueldos. Peñas blancas, 130 sueldos. Aflibales, 10 sueldos. Redondel, 3 '/« canas de saya, 56 sueldos. Capa y cote de cendal amarillo, 80 sueldos. Otros forrados en cendal. Id. de persete rojo, con mangas, 3 canas, 5 palmos á 5b sueldos, 200 id. Capa eclesiástica de morado. Una alhanbar, 20 sueldos. (No sabemos si es traje, ni de qué clase). Caperuza, 1 '/t palmos persete rojo, 9 sueldos 4 dineros. Peña vera, 10 sueldos. Cerboj (sárbox). Fres para guarnecerlo, 4 sueldos. Batut (sombrero ó yelmo aplanado), 6 dineros. Cbapelete (capel) hecho de pluma de pavo real (pao), 5 suelos. Parche para id. 10 dineros. Cuerda ó cordón, 2 sueldos. Otro de cendal; cuerda para él, 18 dineros. — 63 — Capillos? (capeiles). Gorros (capells) de lino para el rey, 16 dineros, tres de lienzo y uno de seda Seis de lienzo, 5 sueldos 3 dineros. Dos de lienzo, 16 dineros. Zapatos de 4 sueldos, de 6 dineros y de 5. Dorados. 10 dineros. Cuer- das para ellos, 3 dineros. Id. de apretar (destrenyer, zapatillas?), 4 di- neros. Patines, 12 dineros. Patines y un cin turón (correga). 19 sueldos 7 dineros. Cuchillo, cuerda para colgarlo, 10 dineros. Coutel ó coutelet, 7 sueldos 1 dinero. Amolarlo, 1 dinero. Espuelas, 4 sueldos. Guantes. Sortijas y otros dijes. En el año 1261 se anotan por vestiduras del infante, tres partidos: unas recibidas en Perpiñan. de importe860 sueldos, otras de 777 sueldos 7 dineros, y las terceras, de 387, que componen el total de 2024 sueldos, ó sean 101 libras 4 sueldos catalanes. Una ratificación del empeño de varias alhajas reales, otorgada en Za- ragoza á 11 de las kalendas de octubre de 1263, centenida en el registro número 12, Jacobi, fol. 117, da bastante idea de cuales eran dichas alha- jas «Scilicet coronas et garlandas (diademas) áureas, et guelfas? et munilia (sic) áurea, et quasdam alias joyas pro quibusdam summis unciarum auri.» Posteriormente, del año 1273 (Reg. 9. inftis. Petri número 35, f. 54). se continúan para la fianza de Pontons, entre otras cosas (copas coberto- radas, picheres, bacines, nósculas etc.) unas guarniciones bordadas ó fre- saiuras, labradas de róndelas de oro con alternación de bustos de reyes y águilas, y sus orlas cerradas por medio de puntitas de oro, y otra se- mejante, sólo con señales de águilas; dos brazaletes (braçals) de oro, ca- da uno en cuatro piezas, llevando engastados 23 rubíes y bálagos (balaix) y cada pieza 32 perlas, aljófar y puntas de esmeraldas y bálagos; seis té- jeles (taxells, colgadizos) de oro y forma salamónica, á señal de águilas, perfilados de aljófar, con diademas de lo mismo; cuatro medias lunas de oro esmaltadas, y tres baldillas (laudetes) planas de oro, que tenían unos agujeritos (sin duda componiendo tedas esas piezas un juego de colgan- tes ó aflibales para manto). Uno de ellos según otra nota, pesaba cinco marcos, inclusas las piedras, y otro, dos marcos. Como libreas hechas á caballeros, es notable la de Juan Gallego de Algeciras, que abraza ocho canas de persete rojo á 34 sueldos, una púr- pura de 30 sueldos, tres peñas de 50, 26 y 12 '/,, freses para los vestidos, 63 sueldos 2 dineros, cuerdas y aflibales 10 sueldos, armiños 16 sueldos y caperuzas 12 sueldos 4; ascendiendo su total coste á 605 sueldos 6 dineros. A otros caballeros se les dio mantel y cote de verde cambray, 2 canas 6 palmos á 40 sueldos, con sus peñas, 40 sueldos; id. id. y calzas de — 64 — estanforte grana, á 32 sueldos, y peñas por 70 sueldos; id. id. túnica de color -¡tahas de persete rojo,con dos peñas blancas, fres, armiño y gra- malla de color; mantel y cote de bifa de París con peñas de conejos, tú- nica y calzas de color; mantel, eota y gonela de persete ya rojo, ya verde, ó de bifa sencilla y reforzada; calzas de colorado, 1 cana o palmos, valor 81 sueldos 3 dineros, ó de persete rojo, 5 palmos, valor 31 sueldos 3 dine- ros; gonela y mantel de cambray, 2 7a canas, 100 sueldos; gramalla y guardacuerpo cambray verde, 3 canas; garnachay calzas de colorado, 1 cana 5 palmos, valor 81 sueldos 3 dineros, y peñas, 130 sueldos; capa de mangas, cote y gonela, 4 canas 6 palmos color, 162 sueldos, y sus peñas, 40 sueldos etc. Para servidores ó familiares que podríamos llamar de escalera abajo, consisten las libreas más ordinarias en calzas y gonela, regularmente de un solo paño, 2 '/ s palmos para las primeras y 6 palmos para la se- gunda, y cote y mantel de otro género, 2 canas 6 palmos entre ambos, ó bien mantel, cote y gonela de un paño, en suma de 4 canas con sus pe- ñas y adorno de pieles. Estas, conforme su calidad, varían de coste, desde 24 á 30, 3o, 40 y 50 sueldos. A algunos se les dá brial, guardacuerpo (10 palmos) gramalla (2 canas 3 palmos) capa de mangas (2 canas 2 palmos), argaute (1 cana 1 palmo) ó balandrán (1 cana 6 palmos). A los judíos del rey, Jahudano, Astruch, Álfaquim y Vidal Astrugo, túnica y calzas de color, con peñas; á Feui Rabaçy otros moros, capa de mangas, gonela, so- bretúnica de color, y sus peñas (35 sueldos). A los juglares, uno de ellos nombrado Peyronet ó Pere Palma, y al jefe de Arlotes, mantel y cote de bifa; al capellán de la casa, mantel y cote de inglés prieto, gonela y cal- zas de color con sus peñas; á los escolanes calzas, cotes, gonelas y capi- roñes; al maestro de esgrima (esgrimidor), calzas blancas, siete alnas de bifa para cote y gonela; aun halconero, manto de piel fpeel) y guante de id. con una benda (8 dineros); á otro, capa aguadera de jalón; á un boti- llero, gramalla también aguadera de lo mismo; á un ganadero, túnica de sentonin y calzas blancas; al guardacanes, camisa, calzas, bragas y zabatas; á los troteros, capa y túnica de bifa de S. Dionisio, calzas blan- cas, mantel y sobretúnica de bifa de París, con peñas negras el mantel, y blanca la cota y sobretúnica; á unos barqueros, panaticam (ración de pan?)eí túnicas ampias de bifja; á los pobres de un entierro, vestidos de lino, ó bien capas y gonelas de estanforte (tres canas para cada uno), calzas y zapatos, y á las mujeres 3 '/, canas, para iguales capa y gonela. Adviértase que ninguno de estos vestidos lleva aflibales, cuerdas, boto- naduras ni armiños, etc. El calzado se reduce á zapatos de varias clases desde 2 sueldos á 4 dineros par, habiéndolos de 18, 12,11 dineros, etc ,y patines de 16 y 11 dineros. Una camisa y unas bragas costaban 5 sueldos. — G5 — También para los almugábares habia ropas determinadas: El registro 1J Jacobi núra. 18, consigna al íol. 15, esta minuta del año 1284: «Ítem, Aaron Abinaffia, quod mittat ad obsidionem de Albarrazino, 53o ad 540 pecias de valenyina reforciatas, et simples listatas, ad opus almugavio- rum qui sunt iu obsidione predicta. Datum Turol, 8 kalendis septem- bris.» Allí mismo y folio 47, se manda comprar en Valencia paños billa de san Dionisio para túnicas de cien ballesteros, y calzas para ochenta y seis de los ocupados en el sitio de Albirracin (8 kalendas de junio). Los asientos que siguen del registro de 1270-73 aunque ágenos al tra- je, encierran su interés: Gasto para colchones de la cama del rey: cendal rojo doble, 3 piezas y 3 canas á 35 sueldos pieza—siete '/, cabos (caps) fustán rojo á 12 sueldos—128 libras algodón para henchirlos á 14 dine- ros, y hechuras, 2) sueldos. Al maestro que compuso la cama, 20 dineros. Cadenillas y claveles para la misma, 14 dineros.—Cubiertas de ella, 10 sueldos. Encargos de compras en varios lugares: En Lion (Lugdunum), vacas, puercos, carneros, gallinas, trigo, ave- na, vino, leña, heno y paja, manteles, mesas, bancos. Una pieza escarlata clara y otra de persete blanco, para teñirlas de naranjado.—Sitiales (se- tis) de baldaquino con las armas reales alrededor, dos para cada balda- quín.—Escudillas de plata de 2 marcos. Cifos id. id. En Valencia: arroz, esteras, almendrones, espuertas de pasas blancas de Pop, Laquar y Xaló, id higos secos, cidras, limones, manzanas de Lérida, quesos del Panadés, pemiles y jamón, un escaño ó lecho para el rey. En Huesca, calderas y utensilios culinarios. En Valencia, otra vez, caramilleras (clámaseles) platos (taylladors) de plata, picheles y escudillas id., cucharas (cloquearía) id., greal (gala- rio) id. para el rey, un cuenco de 20 marcos, y una silla gallega (para montar). En Murcia, tapices En Játiva, un paño azul y otro morado de seda. En Barcelona, una silla de palafrén, dos pieles de armiño para el man- to real y seis id. de veros menudos. Un baúl (amoreto)con armas reales para guardar la capa, el cote y la túnica; 3 calderas una para llevarla en bestia y las otras dos para meterse dentro de la primera, admodum marche. Por el asiento que sigue, copiado del propio registro, año 1270, se vendrá en conocimiento de los domésticos habituales que recibían librea en Palacio.—«Nota de ropas entregadas á varios por orden del Rey: per 5 unagramayaá P. Pardo, 69 sols, e a altres 100, 130, 140, 150; á tres homens del rebost, 360; a un hom de botelaria, 100 sois, á altres de panicerià id.; á tres argenters, 210; á dos fembres de coyna, 120; á la lavandriu, 70; á 1' escompadriu (barrendera), id.; ádotseazemllers, cascú 80; ais homens del alguacir, 700 (70 á cascu), á sis moaters, 360; á dos camurers, 120; á tres homens de les bèsties del rey, 180; al rey Arlot, 80; al alguacir, 150; á P. Çafont escrivà de la obra del palau, 8; é tots ests vestirs que en Rocha ha donat, son 13,690 sols. E mes, Francesch Çaporta ha donat per manament del Sr. Rey á Romico Durfort é á altres, 150 sois, á Domingo comprador, 130 sois, á Pascal adobador, id., á Do- mingo Johan, 30 per despesa, e que sen anas; á Johan cuyner, 120, á tres altres cuyners, quiscú 100, al rey Arlot per despesa, 30, á pan e aygua, 100 per vestir e 20 per despesa » Libreas de mujer. Comprado para uso de la Reina desde la enunciada fecha de 1258: Calzas, con 2 '/, codos de escarlata, 65 sueldos. Gonel de 11 sueldos, y un cobdo de cendal para el mismo, 3 sueldos. Cote con sus peñas blancas, unas de 36 sueldos y otras de 90, 2 por co- serlas, un doble juego de aflibales, 50 sueldos, y otro, 7 sueldos 6. Brial. Nueve canas de lienzo para forrarlo, 17 sueldos 6 dineros y 4 sueldos de costuras. Peña blanca para otros dos, 80 sueldos. Capa de lluvia (pluvia), y para ella 2 '/« canas de persete rojo; además la cuerda, 10 sueldos. Capa de cendal, 40 sueldos. Mantel, cote y gonela de persete colorado, o canas 4 '/, palmos á 65 sueldos, 333 sueldos 5 dineros, armiñadura 37 sueldos. Armiñaduras y corretaje (corredures) para dos pares de otros vestidos, 18 sueldos. Cuatro peñas blancas, 200 sueldos. Escalar las peñas, 14 dineros. Fres, ocho canas 10 sueldos. Perlas 27. Otras parala infanta, 460. 3,000 granos aljófar, 14 sueldos 6. Botones 23 sueldos. Chápeles de pluma de pavón (capells de pahó). Cuerda 7 sueldos. Pavo de casa para chapelete, 7 sueldos. Capillo (capel) de cendal, cuerda para el mismo, 4 sueldos. Tres otros capillos de lino, 2 sueldos 6. Gorros (capells) y otras baratijas, 60 sueldos 5. Sábana ó velo (sávena). Lanzuelos (id.) 20 sueldos. Dos carabites para la reina, 14 sueldos. Curbitures para id. 16 dineros. (Estos dos partidos ignoramos qué significan, tal vez cubertures.) Cinto ó correa de piel de ciervo, 3 sueldos. Hevilla de plata y mano de — 67 — obra, 19 sueldos. Una onza de seda, 4 sueldos. Hevilla de estaño para otro cinturon, 8 dineros Escarcela (carcell). Compostura de ella, 2 dineros. Zapatos de H y 12 dineros. Para la infanta, de 9. Encorchados, 3 suel- dos 6 dineros. Guantes de 6 sueldos. Otros sencillos de 4 dineros. Dos pares, 4 suel- dos 6 dineros. Cuatro id. 9 sueldos 2 dineros. Libreas á la compañía de D a Teresa (que sería la Gil de Vidaura, da- ma del rey), á saber: María Martínez, Teresa Corberan, María Gombaut, D.a Romea, D.a Perona, D.a Navarra, D." Andrevita, D.aMaría, Constanza, Marieta y dos criadas (fembres) de D.a Romea: Camisas, 5 sueldos. Brial, 6 sueldos 6 dineros. Cote, 3 canas, o palmos de jalón á 15 sueldos. Id. ó túnica, 1 cana 2 palmos de escarlata, á 9 sueldos, con su peña blanca y su complemento su- pertunical, 109 sueldos. Cuerdas «pro clámide et túnica», 8 sueldos. Otro de 11 canas 2 palmos de jalón, á 18 sueldos. Otro para la Negra, 24 sueldos. Mantel, cote y gonela 5canas 5 palmos de color, á 36 sueldos, con pe- ñas. Id. sobretúnica, túnica y peña blanca para el mantel, negra para el cote, con sus cuerdas, aflibales y armiños. Mantel y garnacha, 3 canas bruneta á 26 sueldos, con peñas. Mantel, garnacha y saya de color, peña blanca para el primero y de conejo para la segunda. Capa de lluvia, 2 canas 6 palmos de color, á 36 sueldos. Costuras, 9 sueldos. Otra id., 80 sueldos, peñas 108, aflibales 21, cuerdas 8, costuras 9. Capa, 2 canas, 6 palmos de bifa, 24 sueldos 6 dineros. A varias señoras por peñas, 75 sueldos, por armiños, 15 sueldos 6 di- neros, por aflibales, 25, por cuerdas, 17 y en total 120 ó 150 sueldos. Capillos de cendal y demás tocados. Zapatos de 6, 12 y 14 dineros. Otros de 2 sueldos 6 dineros para una moza del amasijo (pastadora). Los géneros de ropa ya indicados, según los mismos registros, pueden clasificarse en esta forma por su orden de mayor á menor: Cendal colorado, á 85 sueldos cana; paños de seda azul, violado, etc ; persete rojo a 65, 50, 32, etc., id. verde á 61; id., id. de Provins blanco ó " tinto; paño blanco de Narbona á 52; prieto de id., verde de Cambray (cambraix) á 40; estanforte de grana á 35; color ó colorado á 36, 32, 28, 27 y 25; camelino ó chamelote: morete ó morado; bruneta á 32y 26; Cam- bray á 17 y 12; bifa reforzada á 20, común á 17, 16, 14 y 13; inglés ne- gro á 18, de color á 15; jalón (xaló) á 18, 46 y 15; saya blanca de Narbo- — 68 — na á 16, id. de Biam y común; provins á 12, 10, 9 etc.; peloso á 11; sentonin ó santoní; Mancheta á 10; escarlata á 9, id. clara; ipre á 6 suel- dos G dineros la vara; valenciana ó valentina; cañamazo; bru para man- tas de caballo á 3 sueldos pieza; algodón á 10 id. la carga. Sobre los paños y telas de aquellos siglos, tenemos, sin embargo, una norma más segura, completa y por decirlo así oficial, en las tarifas de peage ó lezda que desde el xn ó antes, cobraban los puertos de Tamarit, Tortosa y Cobliure, y que en el xm se fijaron para Perpiñan, Beziers, etc. El arancel de aquellas, de los años 1243, 51 y 52 señala los paños de Fran cia, ó peloso de Arras, los de Aviñón, Genova y Lérida, cotes y capas en corte, cendales, fustanes, frazadas, terlices (entrelitz) para sacos, seda en rama ó labrada, lana y borra en copo, lino, cáñamo, cadarzo, estopa, al- godón hilado ó sin hilar y pelo de cabra. El de Perpiñan, más detallado, y su Reua de 1284, calendan los géneros siguientes: cendales reforzados ó lisos, púrpuras de Alest y de Monpeller, paños de oro de Venècia y Lú- ea, bagadeles de Ultramar, boqueranes, chamelotes, burdos de Alejan- dría, jametes (samitz) encarnados ó tejidos de oro, jalones listados y de color, fustanes, persete (precet) colorado, pers de Gante y de Provins, París y Sandionisio, estanforte grana, verde y bruneta, Duay (Doaix), Cambray (Cambraix). Ypreblancoóde color para cubiertas, veros y fieltro; estanforte de ras (arras), S. Quintin, Santomé ó Santomasino(de Omer?) ingles grana, ó estaníorte de Inglaterra, Chalons (Exalon), Uy (doyn), sayas, rayado (rayet) de Provins, blanco de Lecamusa ó li camushá (aga- muzado), biíïa, id. de Provins (Proys), Bruges (Brugia), Chartres, Valen- cienues (Valenxines), Belvays, Albenton, escarlata, barragan (barraxan) de Loers, idem pequeño. Narbona, Cordón, Figach, Albi, Rhodez (Raudez), Montoliu, Aviñón, Banyeuls (Bañóles), Rassez, fustán grueso de Ve- rona, lombardo, sayal franciscano (de frares menors), id. dominicano (de preyeadors), paños pardos y de lino, estameñas, frazadas; lencería del Algarbe (Garb); veintenos, cañamazos y semejantes; telas de Champa- ña. Alemania, Rheims, etc.; id. teñidas; seda, hiladizo, hilo labrado y en madejas; oropel y argenpel, etc., etc. Reseñan además, tapicería y colgaduras (cambrades), y en calidad de atorros ó pellejería los de cone- jos, liebres, corderos, abortones (aortons), cabritos, ardillas; salvagina de janetes, garduñas (f uhines), vulpejas, martas (gats-martrins,) zebelínas putoys, armiños, vientres de nutria (ludries); cubiertas ó forros de lo- bo, pelotes de cordero y otros de salvagina; peñas de conejo, garnacha de corderos, veros curtidos ó crudos, peña-vera, testas de id. y cabezo- nes? (capsos) de id. ó de veros íntegros. En corambre, cordobanes (blan- cos y encarnados), badanas (branas) cueros de varios animales, parches colorados ó correas para cinturones, etc. — 69 — Sin estos paños venidos del extranjero, también el país fabricaba los suyos, aunque bastos, no hallándose la industria tan anulada como sos- pecha Capmany en sus Memorias, históricas, pues además del aserto de Balducci citado por el mismo, asegurando que para los consumos de Ña- póles y Sicilia desde principios del siglo xiv concurrían con los demás paños extranjeros los de Cataluña, Mallorca y Perpiñan, la comarca de aquende el Pirineo no fué menos activa que la de allende, y conforme Valencia y Lérida ya suenan en los aranceles transcritos, Barcelona, Ge- rona, Bañólas, Olot, Besalú y otros pueblos no tardaron en hacerse un nombre, siquiera en el recinto local, y no es dudoso que Toledo, Sevilla, Segòvia, etc. en Castilla, daban pruebas de igual actividad. Para juzgar con acierto sobre esta materia, debe observarse que algunos géneros de externo origen se fabricaban en el país con su misma denominación, cual sucedía con los cambrays, cadines, bifas, jalones, etc. Lo que sí parece industria esencialmente local, es el brú de las mantas, conservan- do siempre su tradición de la striges goda. El fuero de Càceres de 1229 habla de bureles, sayales, estopazos, már- fagas y lienzos. Seguían en uso los paños de alcaz y de escarí, los ran- zales, cuarenteros y scácaros, picotas, burriellos ó bureles, etc. Apropósito de una ropa valiosa de este siglo (el baldaquino), indica- remos un quid-pro-quo de Ducange, para que se vea cuan necesario es el buen criterio en materias arqueológicas. Citando una historia de Or- leans, en Acta Sanctorum, dice que S. Luís, el año 1251,asistió auna iglesia sentado en el claustro, con dos hijos suyos, «et obtulitduo pallia quoe vulgo vocantur baude gruina». No se necesitaba gran perspicacia para rectificar esta voz en baudequina sin establecer un falso precedente. De esos deslices pueden cojerse algunos al reputado glosador. De paso citaremos un contrato celebrado en Sta. Coloma de Queralt, año 1283, en que Dulcía se ajusta para sirvienta de Abraham Astruch, judio de Cervera, bajo condición de recibir por salario, camisa y cote de estopa, una túnica de paño de Lérida, una cana de lienzo y una sávena para tocado, y el calzado correspondiente. Otra criada recibía 3 cuarte- ras de cebada, camisa, sábana y un brial (briau) de fustán azul. (Historia de Sta. Coloma, por el presbítero D. Juan Segura; 1879). Aquí hemos de permitirnos un cotejo con algunos inventarios y or- denanzas de la casa de Francia, para que más resalte la correlación, ó mejor, sincronimia del traje en diversidad de lugares. Felipe Augusto, durante un sólo cuadrimestre del año 1202, gastó 2900 sueldos para guar- daropa suya y de su familia. Broussel (Usage de los feudos) lo justifica por medio de cuentas originales, que vamos á reasumir, insiguiendo nuestro sistema ya adoptado. — 70 — Camisas y paños para los infantes (ad camisias puerorum) 11 alnas de lienzo, 36 sueldos. Envoltura (langellum), equivalente á camisa, para id. Camisetas (cheinses), gorros y colleras -pro capellis et pro stisell» (fraises) para id., 10 sueldos. Pellizas, dos de ardilla y dos de liebre, para id. 6 libras 2 sueldos. Escapulario (chapular) de camelino forrado de veros para el príncipe Luís, 40 sueldos. Jubón (jubeo) y una pieza de cendal para el rey, 50 sueldos. Túnica de estaníorte (esteinfort) para id., 15 sueldos. Otra de cen- dal verde. Túnica armer ó ad armare, de lo mismo, para id. 15 sueldos. Tres cotas de estaníorte para id., 15 sueldos cada una. Sobrecota con mangas de cendal, forrada de veros, para id , 70 suel- dos. Forros para otra, 57 sueldos, una de cendal, 27 sueldos. Supertunicale ad surgendum (bata de levantar), y forros para las man- gas de una muy grande, 10 sueldos. Cota, sobrecota, escapulario y cobertor, 9 alnas de paño, y 2 forros pa- ra los infantes, 8 libras 10 sueldos. Ropa (roba) de camelino, forrada de veros (ver) para el rey, 8 sueldos, Forro de cendal (celdal) de otra verde, 15 sueldos. Id. de estaníorte para el príncipe, 36 sueldos. Id. de camelino y capa forrada para id., 9 libras 15 sueldos. Otra ropa de camelino, 4 libras. Una forrada de veros para Maese Tecelin, 109 sueldos. Manto y sombrero de cendal para el príncipe, 15 sueldos. Dos capas de camelino forradas de veros menudos (varii minuti) para el rey, 100 sueldos. Capa y pellizon gris, para M.e Hugo de Graville, bai- lio de Etampes, 12 sueldos. Dos capas pluviales para el príncipe, 67 sueldos. Dos sombreros para el rey, 10 sueldos. Zapatos y almoadas, 23 sueldos. Guantes y mitones (muffula), forrados de martas, para el príncipe, o sueldos. Ropas de la reina Ingerberga y de sus damas: Calzas, dos alnas de bruneta, 16 sueldos. Una pelliza de marta y dos de ardilla, 7 libras 10 sueldos. Hopa y capa forradas, 27 libras 17 sueldos. Dos pares de ropas para sus damas, 18 libras. Cota, sobrecota y manto, para Mad. Margarita, 5 libras 17 sueldos. Id. y sobrecota para una camarera, 60 sueldos. Doce implas (gimplas) ad opus dominarum, 63 sueldos. — 71 — La suma de estas ropas en 145 libras, equivalía á 14,300 pesetas de nuestra moneda, porque la libra de plata era de 254 gramos, con valor intrínseco de 23 pesetas, y como entonces el valor monetario cuadrupli- caba el actual, cada sueldo, 20." parte de la libra, representaba 5 rs., ó sean 20 de los nuestros. Ese lujo fué adelante, pues en el año 1223, cuando Luís VIII hizo su solemne entrada en París, todos los señores rivalizaban á porfía, lucien- do vestidos de brocado, sirgos, púrpuras y joyeles riquísimos, que hasta alquilaban, sin acordarse de las ordenanzas prohibitivas. El nuevo rey, con su ejemplo, moderó algo tamaños excesos; pero como las circunstan- cias tuercen la mejor voluntad, él mismo hubo de mostrarse expléndido al celebrar la gran corte de Saumur por febrero de 1241, á donde con- currió la mejor nobleza, haciendo prodigios de ostentación. En los claustros de la lonja de aquella ciudad, dióse un banquete presidido por el rey y la reiua, y dirigido por los Sres. de Beaujou, Coucy y Bor- bón, quienes tenían á sus órdenes 30 donceles revestidos de sendas cotas de seda, y gran número de sargentos con divisa del conde de Poi- tiers, blasonada sobre cendal. Hubo tres mil caballeros, que ocuparon tres grandes mesas, sin contar otra multitud innumerable repartida por el atrio del edificio. El rey vestía cota de samit jalde (brocado azul), so- brecota y mantel colorados, del mismo paño, forrados de armiños, y un chapel de algodón. También el conde de Champaña Teobaldo, sacó mantel y cota de jamete con adorno de aflibales, firmales y cadenas, y un bello chapelete de oro. Joinville, al dar cuenta de esta función, dice que nun- ca se vio tanta abundancia de ropas brosladas y de magníficos arreos. En el célebre Romance de la Rosa del primer tercio de este siglo, aun- que obra de imaginación, registramos algunos detalles que consuenan con los anteriores. Dama Ociosidad (figura alegórica), se presenta con una vestidura verde, bordada alrededor, de mangas postizas, retenidas á dos iguales distancias por medio de lazadas, en la cabeza chapelete de orfebrería con una guirnalda de rosas encima, y guantes en las manos. Seguíanla doncellas, vestidas de simple cota. Un galán, sobre la camisa y demás ropa interior, lucía un samito bordado de pájaros de oro á mar- tillo, y acuchillado por varios lugares (en maints lieux incisé), el calzado descubierto, con lazos (las), y sombrero de rosas. Por otras cuentas del enunciado Broussel, referentes á las bodas del rey de Navarra con la princesa Elisabeth, año 1255, se ve que el lujo y los recursos de la casa real distaban mucho de haberse aminorado. A 5962 libras 18 sueldos 8 dineros ascendieron los gastos hechos en tal ocasión, según arroja el detall siguiente: Paños de lana para la reina y sus hijas, 260 libras 24 sueldos 3 dineros. — 72 — Forros de ellos y de los brocados, 400 libras 29 sueldos. Paños de oro, cendales, orfreses y adminículos para ropas y sombre- ros dorados, 600 libras 40 sueldos. Por hechuras, 210 libras. Corona de oro para la reina, 411 libras. Otra de pedrería, 728 libras. Joyas y sortijas engastonadas de piedras preciosas, y cintas de oro y pedrería, adorno de sombreros y gorros, 1252 libras 19 sueldos 6 di- neros. Cáliz de oro, candelabros, bandejas y demás argentería para la capi- lla, 845 libras 18 dineros. Cofres de Lorena, telas de Limoges, veinte y siete palafrenes, un carro, libros, tapices, mantelería y lencería, 252 libras 5 sueldos 1 dinero. Bajo tales incentivos, no era fácil poner limites á la vanidad de otras clases; sin embargo con acuerdo del Parlamento del año 1279, se vedó á los ciudadanos usar coronas de oro y forraduras de precio, y se reduje- ron sus comidas á potaje, dos platos y un intermedio. Felipe el Hermoso en 1293 amplió esta ordenanza, asi con objeto de moderar excesos, como para fijar bien la división de clases, que era en- tonces casi un axioma social. La burgesia, dice, no podrá gastar carro, ni usar veros, grises y armi- ños, como tampoco cinturones ni pedrería, coronas de oro y plata (Nul bourgois ne bourgoise ne portera vert, ne gris, ne armine et nepou- rront porter or, ne pierres pretieuses, ne ceinture dor ne á perles, ne couronnes dor ne dargent). Los clérigos simplemente tonsurados, se abstendrán de dichos forros, salvo en sus caperuzas. Los duques, condes y barones, gozando más de 6,000 libras de tierras, podrán hacerse hasta cuatro ropas al año, y lo mismo sus mujeres. Ningún caballero daráá sus domésticos más de dos pares de libreas; y ellos mismos no podrán excederse de igual número de vestidos, aunque fueren regalo ó de otro modo. Sin embargo, los que tuvieren 3,000 libras de tierras, podrán añadir si les place, un par de ropas de verano. A los escuderos se permiten dos pares, ya fueren de compra, ya de re- galo. A los donceles uno sólo. Señora hidalga, sin ser castellana, ó gozando 2,000 libras de tierra, podrá igualmente hacerse dos pares de vestiduras. Ni burgeses, ni escuderos, ni clérigos, á menos de tener prelatura ó personado, irán acompañados con hachas de cera. En los banquetes, podrán servirse únicamente dos platos y un potaje de manteca, sin fraudulencia; y para comidas ordinarias, bastarán un guiso y un intermedio. En días de vigilia, dos potajes de arenques y dos guisados, ó bien tres guisos y puchero, sin servirse en cada plato más de - 73 — una carne ó de un pescado; advirtiendo que la carne gruesa valdrá por un guiso. No se entienda el queso, á menos de servirse en pasta ó en compota. También se fija precio á los paños: de á 2o sueldos bearneses la vara de París (cada sueldo equivalenteá unos 14 reales) para barones y otros dig- natarios; dea 15 sueldos para prelados, condes, señores y castellanos; de á 12 sueldos 6 dineros para burgueses con renta de 2,000 libras arriba, y 16 para sus mujeres; de á 10 sueldos para burgueses de menor renta y 12 para sus mujeres. Tales eran las cortapisas con que, por una serie de siglos, sin lograr la moderación apetecida, solo se consiguió herir de muerte algunas in- dustrias, al paso que se acrecentaron el gasto y el capricho, dando causa á invenciones noveleras obligadas por la misma prohibición. Luis IX de Francia, no obstante su severidad de costumbres, gastó como llevamos dicho, cerca de 6,000 libras (unos 612,000 francos) en las bodas de su hija Isabel con Teobaldo de Navarra. Felipe el Animoso, algunos años adelante, solo en preseas bordadas con sus blasones, gastó la enorme suma de 800 libras parisies (80,000 francos), (Joinville). De Monpeller, Marsella y Arles hay algunas ordenanzas suntuarias que merecen citarse. El Thalamus Parvus de la primera ciudad, dispone entre las fechas de 1227 á 1273, que el novio salga en busca de la novia «am tor- ca (con hacha), maisablanterna De novis e de novias que non fasson raubas á jutglars. Que neguns jutglars non vengan á novias. Que novi ne novia non fassa á la suogra mais 1 gonela Que neguns non auze far condug (convite) roays lo premier jorn. Neguns com prenrá moller non envide mays sos parens e aquels de la novia. Hom non fassa á sa molher guatnacha de ceda ó palissa coberta de ceda. Neguna dona porte vestirs de ceda ni camisa cozida ab aur ó ab argent ó ab perlas. Hom non trameta deniers á novia. Neguna dona non porte garlanda de perlas ni que aia botons (1268). Neguna dona non porte en sos vestimens fres daur ni dargent, ni perlas ni peyras finas. Non portón coronas ni gar- landa daur ni dargent. Non portón noscla (broche) daur ni dargent cadenas ni affibles daur ni dargent. ... vestidura de ceda, ni daur ni dargen, mais cendat (1273) » Nótese en estas disposiciones gran herman- dad con las catalanas.—El concejo de Marsella dispuso en 1253que nadie tuviera más de dobles vestidos, de lana y no de seda (quod nemo audeat faceré nisi tantummodo duplices vestes, et illas laneas et nullatenus séricas, nisi forte in fourradura pallii). Consignando precios de hechu- ras, señala 18 dineros de gardacors, vel de turquesio vel, garnachia, vel sobrecot froivali ó froirato cum penna vel sérico, vel aliter sine frezio. De yardecors domina) cum frezio et penna, 11 denarios, sine frezio 8 denarios — 74 — De fustanio domin» 12 denarios, et de id. simplici, 8 denarios. De ves- tibus dominae, sive clámide et túnica listatis per forciam, cum seta vel alio modo per forciam, 8 denarios. De tabardo vel argavo cum penna vel sendato vel froire, 20 denarios. De galandravo sine penna et frezo, etc. En otro lugar, galandravum et caputium de panno grosso. De capa trans- versoria (veste qui croise)drapi de colore, cum penna, 20 denarios. A esta disposición, reproducida y ampliada en 1276 y 9), se añadió «quod sartores accipiant de chioto (cota) Qlioli cum frezio et froire, froi. rato cum penna vel sendato, 4 denarios, et sine frezio et froire, 2 denarios. Degardacors vel sobrecot, froirato cum penna vel sérico 6 denarios. De gardecorsio muliebris sine frezo, de panno colorís, vel de panno vario ca- tabrionato, cum penna vel frezatum, 10 denarios Id. vel supertunicale, vel turquesitum, vel gamachia cum penna filiorum vel filiolarum, la dena- rios. Id. túnica ragata cum punchis (botones?). Id cotardia sine penna cum collado et 12 botonis positis in utraque inanica Id. mantellum pa- vesca (tornasolado) sine penna et sendato et frezo, etc. Id. penes cum fre zio, vel veta, vel profilo, cum sendado, vel cum penna, vel cum froire, 20 denarios et sine frezio, veta et profilo, 16 denarios. Gamachia sive fiera- duca sinc rugis. Haca cum capucio velalmussa cum pennis, vel cum sen- dato. Id. de panno sérico vel de cameloto, cum sendato. Id. frezata, etc. Capa robert (alteración mal leida de capará vert) otro desliz de Ducange , cum vel sine penna, et caputio vel almussa etc. El concejo de Arles previno en términos análogos «quod haberet sar- tor pro mantello domini 9 denarios, et de samartha (zamarra) cum chioto vel sine chioto, 11 denarios, pro túnica 12 denarios, pro fustanitis homi- num 8 denarios, et pro caimacligio 11 denarios; et si dominusvoluerit su- pertotum, habeat sartor 9 denarios; et pro capa transversoria, etc., etc. Cerraremos estas memorias del siglo xm, con otra disposición suntua- ria del municipio barcelonés (Registro deOrdinacionesde su archivo, año (1296), la cual da á conocer que el lujo aumentaba en Cataluña como en otros lugares, al compás de su grande ascendiente político y social. Dice así esta ordenanza: «Que algun hom no gos portar perles, ne fiés, nearmini, ne fresadura daur ne dargent; e que alguna bona dona no port frés, ne perles, ne obra dor e dargent, sal trena ó cordó de una color de seda; ne vestedures vetades (cintadas) ne listades (orladas), sino perfil en mantell e en cot, per cabés e per brassaleres; pero puixen portar al mantell taxells ab cadenes ó ab afliblays dargent daurats; é que en camisa ne en punyals (empuñaduras) negú no port or, ne argent, ne perles; e que no gós portar en sávena ne en ligar plá ne alt, perles ne pedres, ne portar vestedures de drap dor ne de seda, acceptades donzelles e fadrines, juglars e juglares- ses. E que los dones puixen portar una ó dues vies de botons en cot els - 7o — pits: e que tot acó sie tengut per tothom e tota dona bona, per spay de dotse anys. Entes que alguna bagassa no sie compresa en dites ordina- tions .... E si algú hi contravé que sia en la sglesia, será cessat 1" oílici divinal, gitantlos de la sglesia decontinent.» Algo después, en 1307, se añadió: «que alguna persona no gós vestir de algun drap que sia de mes de 30 sois la cana, e que haia sis palms de cana ó mes d' ampie, exceptat xamellot; e que algú nos puixe vestir de drap dor ne de seda, ne portar perles ne or, etc.» Combinado este documento con la escritura dotal de Elisenda Godor, del año 1293 (nuestro catálogo de inventarios), nos da para fines del si- glo las mismas prendas corrientes á mediados de él, túnicas ó goncles de estambre y de bifla, cotes de id. morado de S. Dionisio, verdes ó de otros colores, recamados de peñas ó perfilados de ellas en cabezones y boca- mangas (cabés e brassaleras), y también adornados los de mujer con una ó dos carreras de botones al pecho; mangas solteras; mandil ó delantal; capa de bita ó de ipre color de naranja (arange); argaute (argaldus), fe- menil, verde, orlado de conejo; mantel franjeado de pieles, freses, tren- zas ó cordones, y engalanado con tájeles (taxells) de cadenas y aflibales; paños de oro y seda, permitidos á doncellas y juglares; tocaduras de va- rias clases, entre ellas el peinado alto y el bajo, con perlas y pedrería; las sábanas ó velos, las toquillas ó cubricap, los ligados de seda ó labrados con ella, y el capillo ó capsó entretejido de seda Añade el inventario una sortija de piedra de zafir que valía 300 sueldos, y otra de oro con rubí. Para distracción de tanta prosa, queremos citar unas poesías del tro- vador Ameneo Descáo, hidalgo gascón-catalán que floreció bajo el reina- do de Pedro III en la última década del xm; y baste de citas. El buen Ameneo, dando instrucciones á un doncel y á una doncella sobre sus de- beres particulares y sociales, hace alguna alusión indumentaria que no estará de sobra para completar nuestro cuadro. Al doncel le dice: Evostri vestimens sian azaut e gent (bastantes y gentiles) faitz al vostre garan (talante), E si de drap prezan (de valor) no podets rauba íar pus gen (gentil) la faitz talhar del ávol (ordinario) que del bó per se que gen s'estó (que tenga buena vista) e'n sèmbletz de bel talh (corte).. Si bona rauba us falh qu'en siatz sofrachós (suficiente) caussas (calzas) e sabatós (zapatos), sench (cinto) e bossa e cotel ajatz azaute bel; pueis seretz gen vestitz si 1' cap es gen garnitz d' aquó qui si cove; amicz, e gardatz be que rauba descozuda no portetz, que rompuda está pus bel assatz (vale más rota que descosida). Después le esplicacomo debe armarse: Amicz ajatz caval leu (lijero) e fort e correu, entro set ans, sabeu e drechurier al iré e que no us fassa ré pónher (aguijonearlo) cant er sazós (en caso necesario). E caussatz esperós be ferms e be caussans (ajustados), cambieiras (gambales) ben estans co' ls frachis (resortes) e cuyxals (quijotes). El braguier sia tais que no y calh 'esmenar, e gambaysson darmar (cota repuntada) mol e fort et espès, e trastot vostr' arnés gorgieir* e car' (careta) e ponhs (puños, guanteletes-! e ausberc e perponhs (perpunte) que us sia totz de talh. E guardatz qu' el capmalh (almófar) faitz lassar per mesura; e que vostra sentura sia fortz per armar ab cotel de tranchar e de armas tot ensems (navaja-cuchillo) E jes (nada) en aquel temps 1' espaza no us oblit, e faitz tener íorbit (fabrjdo) vostre capel de fer. E mandatz 1' escudier — 77 — qu' el gar de rovilhar (enmollecer), Y ausberc, e '1 capel ciar, e '1 fer de vostra lansa; et ajatz remenibransa de gardar vostre arney si trossa (maletilla) ni correy y falh, ni ardalhós (hevillas), mentre que es lezerós (mientras hay lugar de hacerlo) etc. Siguen sus consejos á la doncella: E cosselh vos premier que siatz matiniera cascun jorn, que permiera levetz que vostra dona, enaissi que si-us sona vos trueb gent adobada (bien compuesta) e vestid'e causada. Et enans q u e u s cordetz (lazarse las mangas) lau qu' el braz vos lavetz e las mas e la cara. Aprés, amiga chara, cordatz estrechamen vostres bras ben e gen. Ges las onglas deis detz tan longas non portetz que y parezca del nier (negro): bel' ab corz plazentier; e sobretot gardatz que la teste us tenatz pus avinen (con preferencia) de re, car so qu' om pus ne ve devetz mais azautir (aliñar). E deuriatz blanchir vostras dens totz matís E devetz aver mai un bel ciar mirador (espejo) en que vostre color be miretz e la fassa (faz) A la señora dressatz li gent, et aprestatz sa raub' ans que us o man, — 78 — et aporta '1 denan ans que s' leu del costil (lecho) agulha e seda e fil com se puesca randar (arreglar) e peuch' apenchenar (peinar), et aisó don cundir (componer) volrá et abelir sa testa en aquel jorn E con levada sia portatzli, bell' amia en la ma lo miralh, per remirar si íalh corda, borrel (atusado) ni benda on cala far esmenda. E con s' er gen randada ajatsli aprestada aygua fresqua e clara.. . e un bel toalhó on sas mas e sa fatz s' eschuc, e pueis gardatz que tuy siei vestimen estian d' avinen Sobrecot ni gonel que-us sia conegut, no portetz descozut ni lunh altre vestir, etc. En otra poesía hace la siguiente alusión á los sastres más renom- brados . E no pareys ges mal talhada rauba, can vos I avetz vestida, * que tots los sastres de Lérida e de Paris e de Colonha, si totz y metis lor ponha (puño) re no y pori' esmendar. Las indicaciones de esta poesía tienen su complemento en otra fran- cesa (Poema del Mercero, en los Proverbios de Crapelet), que refiere el va- riado surtido de aquellos industriales, y la multitud de objetos empleados en el tocador y paramento de la juventud de ambos sexos: guimpis zahu- madas de azafrán, capillos, gorros de seda con lazos, sombreros orfresa- — 7!) — dos ó de percalina, adornados con flores y pajarillos, y otros ordinarios de cáñamo (para hombres); adornos y postizos femeniles; ceñidores, guantes, bolsa de cuero con bellotitas, limosneras de cordobán y de seda, hevillejas para adorno de los sombreros de fieltro, pellizones, ciclatones, armiños, orladuras de manopla, alfileres de plata y de alquimia, cintas bellotadas para lazar las sobrecotas, firmalles de alquimia dorada y latón argentado, navajas de afeitar, fórceps ó grandes tijeras, gimieras ó espe- jillos, mondadientes, hurgones para acicalarse las uñas, bendas, crespo- ñeras, cofrecillos para guardar alhajas, peines, agua de rosa, mudas, arreboles y cosméticos, etc., etc. VI TECNOLOGÍA Y DETALL DEL TRAJE INTERIOR.-La Camisa. Continua siendo el primer elemento indumentario, diurno y noc- turno, donde quiera y para toda clase de personas: no cambia, pero mejora. «Por la noche andava en camisa,» dice de su heroína, la Vida de Santa María Egipciaca. A veces las clases pobres dormían sin ella, según lo arguye una información catalana del año 12ti0 (Archivo mu- nicipal de Barcelona), consignando que una mujer sorprendida en la cama, trató de escaparse «volens se induere camisiam». El ordenamiento de Sevilla prohibe á los hombres traerla d cueros, esto es en cuerpo, ó visible sobre la carne; otros pasajes dicen traerla d carona, que significa lo mismo El fuero de Càceres hace distinción entre las de hombre y de- mujer, tasando por hechuras de las primeras 10 dineros y por las segun- das 1 sueldo, prueba de que estas serían más ricas ó mejor labradas. El poema de Alejandro deja presumir que eran más finas: «camisas delga- das de mujer.» Introducida en el siglo xn la novedad de su lucimiento, la moda siempre afeminada, explotó este nuevo recurso, y ya no se redu- jo á asomarlas por cuello y puños, sino que las ostentó por gorguera y cuerpo, á la vez que en la extensión y profusión de sus mangas, dando á todas esas partes realces esquisitos. Además de cabezones, tenían gor- — 8 0 - guera y golilla (gorgneras de la goliella. Berceo). «Camisia cum ornatura in auro, et lama anciriana» en epístola de Bonifacio VIII, al rey Edwin. Que se lucían por cuerpo y mangas, convéncelo el ordenamiento de Valladolid cuando veda esto al clero, y el concilio de la misma ciudad de 1228, prohibiendo al mismo «caurisa cosediza suo cuerpo y en la manga», y respecto á la extensión de tales mangas, pruébalo bastante el nombre de corredizas que les da dicho ordenamiento junto con alguna ley de Par- tida, no sabemos si en igual sentido que la cosediza del concilio; además en la crónica de Ultramar una dama no necesita mejor paño para limpiar el rostro á su caballero herido; cosa que hubiera sido difícil con una manga breve ó reducida. El lujo de colleras, pecheras y empuñaduras, se demuestra asimismo por ordenanzas castellanas y catalanas: «que las camisas no se margomen (recamen) de bordados con.oro, plata, sirgo ni cintas» (Ord. de Sevilla): «que en camisa ne en punyals negú no port or, ne argent, ne perles» (ordenamiento de Barcelona de 1296). Otro lujo era cerrarlas por collete y puños con cintas ó cordones más ó menos visto- sos «camisas de importe 4 sueldos, y 12 dineros por coserla y cuerda»: cuerdas ricas para otra, 2 sueldos 6 dineros (cuentas del tiempo del rey D. Jaime) «camisias, túnicas vel alias vestes cordatas» (Concilio Tarraco- nense del año 1282). Se ve que una camisa nca podía ser de gran valor, cuando el Poema de alejandro lo eleva aunque hiperbólicamente, á 3.000 marcos. Por este tiempo en Francia la camisa se llamó alguna vez lange (langellum) nombre de la envoltura de los chiquillos, según arrojan las cuentas de Broussel, y lo afirma Caperonnier en su Glosario, pudiendo suponerse voz derivada de langeola con que se designó una tunicela reli- giosa (Monast. Anglic.0)— La camisa conservaba todavía su accepción de túnica ó vestido exterior, como se patentiza en muchos lugares, no ca- biendo otra para las riquísimas de D. a Mayor Alvarez (según documento de 1215), de las cuales unas eran egipcias, de lienzo y seda, otras persia- nas labradas de seda; probablemente ropas moriscas á semejanza de varias contenidas en el propio documento. Los chiquillos llevábanlas á veces por único vestido: «Solis stupeis camisiolis tegebantur» (Cartul. de San Pedro, escritura de 1101). Es indudable que el Poema de Alejandro alude á vestidos en el siguiente pasaje: Entran en flor las mieses, car son ya espigadas; facen las duennas triscas en camisas delgadas: andan mozas e vieias cobiertas en amores; van cogier por la siesta á los prados las flores etc , y la Estoria del Rey D. Alonso dice claramente que Joseph «vestia camisa vermeia delgada sobre los otros pannos:» por lo demás, camisa equivalió — SI — á sobrevesta ó cota de armas hastauna época muy adelantada. A esa camisa exterior los franceses llamábanlacheinse ó cheimil (el antiguo camisile). «Trayez vous arrier. n' atouchies pas á mon cheinse sir chevalier....» «—Dras de cheinsil li ont fet endosser chemises et braies, chaucesde paules cler (R. de Garin). —Poucelle, n' ot vestu qu' un chaisel blanc. —Qui plus est blanche que nul pan de chainsil. (Ibid. y R. déla Violeta). El clero seguía dando á sus albas y roquetes los nombres de camis y camisa. La BLAN'QUETA doble ti', futaine ó camisa de abrigo, usada en Francia hasta el siglo xv, lo fué en particular por S. Luis. Era de algodón ó lienzo doblado, bastante larga. Como sacos de penitencia,, los CELICIOS vienen indicados por la Crónica de Ultramar, y definidos así: «celicio es paño de lana de cabrones». Algu- nos penitentes más severos, se los echaban de malla de hierro. Amadis en su romance, trae «celicio vestido.» Para abrigo del cuerpo estilábanse el ZAHARRÓN y la PIKL (piel cordera delgada) de que hace mérito el fuero de Càceres, tasando las hechuras del primero á 10 sueldos y las de la segunda á un maravedí. En los Estatutos de Marsella, llámase samartha el zamarrón ó zamarra. El oficio del CORSK entre mujeres, suplíanlo sus túnicas y briales, los que llevaban muy apretados; sin embargo debe creerse tuviesen fajas com- presorias equivalentes al romano STROFIO; y de esta clase era el soqxiejo morisco, que registramos en el testamento de Orabuena Pérez de 1298. Subsistían para gobierno de piernas, los llamados paños menores (pan- ni), estoes, BRACAS y CALZONCILLOS (cazones, calsols, braies etchausses en francés, scafones et femoralia), MEDIAS CALZAS (ya dichas bas ó medías, en Francia), PEALES (pedulia), etc. Epístola de Inocencio III dando ordenan- zas á los canónigos de S. Marcos de Mantua. (Colecc. de Alejandro IV): «habeant 2 femoralia, 2 ealiga; lanece, 4 lineoe sine pedulibus,4 scafíones et 2 subtellares (subtalares) et 2 botto fíltrate» (de fieltro). Comprado á las religiosas de S. Antonio, según cuenta de la Riblioteca Real de París, año 1239: «pro sarracenis, camisiis, braceis, sotularibus et caligis». Conc. de Tarragona, 1242: «faciant penitentiam discalciati in brachis.» Libellus de Batailla facienda (catalán): «lo batallant estará tot núu e des- eáis en bragues». De estas y de su empleo, dan fe muchos documentos españoles y extranjeros que llevamos analizados: «bragas de lienzoe des- 6 — 82 — topa» (F. de Caceres), s Cau ti vós cristianos sin camisas, ni bragas, calzas ni zapatos» (Crón. de Ultramar), «Luchan los monagones en bragas, sin vestidos» (P. de Alejandro.) aCalses, causes, calsols, cáligas», en las cuentas de tiempo del rey don Jaime. «Bragas de3 sueldos, id., de 3 sueldos 4 dineros», ibid. Camisa, calzas, bragas y zabatas entregadas á domésticos de la casa real». Ibid.— Apolonio, según su Libre: «Metióse en aventuras por las ondas del mar... fuera sus cazones, otros no lo supieron, etc.». Eu los romances caballerescos se lee á cada paso: «Chemise et braiesaportent á Renier». («Gerardo de Viena»). «Chemises et bais et robes á lor gré a ees douzels por amité donez». (Ibid.) Debemos observar que en las viñetas del Liber feudorum Ceritania:, se hacen bastante visibles unos femorales blancos, bajo la abertura del cote, sobrepuestos ó ajustados á las calzas en su nacimiento, de acuerdo con las figuras de Reyes, del siglo anterior, en una tabla procedente de Espinelvas conservada en Vich. El nombre de bas dado á las medias en Francia, resulta positivamente de un decreto de Arberto abad de Casadei para reforma de la Valdieu, 1272 (en Stefanoto): «pro vestibus, dentur singulis annis unas stamineas, scilicet duodecim ulnas stamine pro eis, et singulis duobus annis, botas etsoletos, etbaas bis in anuo, si fuerit necesse.» (Bas da chause). La braga, corta y holgada, ceñíase con el braguero, y á medio muslo se juntaba con la calza. ROPA EXTERIOR Ninguna novedad en CALZAS, como no sea de género y color. Las encarnadas ó de escarlata, son propias de gente noble, en tanto que la mayoría de ordenanzas suntuarias las prohiben á otras clases, y don Jaime con la suya de 1234, hace extensiva la prohibición á hijos de caballeros que no fueren recibidos tales. Sin embargo solían tolerarse, y aun darse por regalo á juglares y bufones. Lamberto Ardrensedice en un — 83 - pasaje: «Arnaldus, eidem scurrce qui nullo nomine dignus habetur, duas caucasnegavitscarlatinas.» La tolerancia con juglares y juglaresas queda consignada por la disposición municipal de Barcelona de 1296. Al clero no solo se les prohiben coloradas, sino verdes, amarillas y de otros colo- res vistosos, como impropias de su estado, marcándoselas negras, deprés ó de morete oscuro, los ordenamientos de D. Alonso. Sin embargo, la reiteración délas censuras conciliares prueba que ellos distaron mucho de doblarse á semejantes vetos. No parece regir aun la moda de calzas partidas ó cuarteadas de colo- res diversos, si bien se llevaban barreadas y rayadas, insiguiendo un de- creto que Clemente IV dio el año 1267 á la iglesia Aniciense: «ámodonon utantur caligis rubeis, máxime tempore Paschali, de sérico, transgulatis seu reatis». Estas cortapisas no alcanzaban al sexo bello, pues notamos en los inventarios que sin diferencia, usaban calzas de todos colores, se- guramente por ser prenda en ellas escasamente visible. De las cuentas arriba analizadas, dedúcese que bajo el nombre de cal- zas se comprendían las medias calzas, ó medias propiamente dichas, (el has francés), pues á unas se las echa una cana y cinco palmos de medida de género, mientras bastan para otras, tres ó tres y medio palmos; lo cual hubiera sido insuficiente para calzas enteras. Según dichas cuen- tas, las calzas más ricas se hacían de escarlata, persete rojo, estaníorte de grana, blanco de Ypre, inglés, bruneta, saya, cendal y hasta de lúa co- lorada, no sabemos si forradas y con botones, como viene á argüir uno de los asientos; reservándose para las ordinarias, paños de color, blancos ó grises, bifa, jalón, burel, sayal y lienzo. Los desposados solían hacerse regalos de calzas, según consigna el Ordenamiento de Valladolid. Radulfo Caggeshale, Crónica de la Tierra Santa (Marténe), enuncia una calza oriental, que viene á recordar la antigua saraballa: «qui cibanum (clibanum, perpunte ó loriga) séricum, et sarbuissinum auro ornatum, equm et arma .. ab ipso Saladino acciperet.» La PÍELO PELLIZA, según su forma y denominación añejas, va decayendo durante este siglo, pues los escritos de la última época ya no la mencio- nan. Acabaría por su misma exageración, cual sucede con otras modas, y de ello es testimonio el siguiente capítulo de las cortes de Nájera: «El novio dará en arras á su mujer una piel de abortones que sea muy larga, et debe haber en ella tres cenefas de oro, et cuando fuere fecha, debe ser tan larga que pueda un caballero armado entrar por una manga e salir por la otra.» (Ensayo histór. de Marina). Dada esta forma de traje, no es difícil comprender la ceremonia de adopción á que aluden nuestros viejos romances, y que consistía cabalmente en pasar el niño por dentro del vestido, desde una á otra manga. La pelliza, á veces teñida de escar- — 84 — lata «pelliza nueva de escarlata... Otra pelliza de escarlata» (testamento de D.a María de Aragón) (la piel bermeia del Cid), figura aun en la pro- fesión de María Rodríguez de 1202 (pelliza de dobles pieles de corderos bienales), en las cuentas de Broussel, de igual fecha (pellizas de ardilla y de liebre), en el testamento de D.a María de Aragón de 1213, en el fuero costaverunt 5 libras, 17 solidos. Pro uno chapular de ca- inelino furato de variis, 40 solidos.» En ordenanzas de San Víctor de Marsella (1313) llámase también capulare al escapulario monástico. Los ingleses debían de usarlo, pues Martene en sus anécdotas refiere que San Edmundo, antes de ser arzobispo de Canterbury, por rijidez de costum- bres sólo se abrigaba en la cama con su capa y escapulario; lo cual des- pués de su promoción sugirió á cierto caballero, este dicho poco reveren- te: «nuestro buen arzobispo, de día y de noche lleva siempre consigo la misma cubierta.» ¿Sería aquella valona ó muceta que algunos reyes y dignatarios traían puesta encima del pallio ó manto? Cual accesorios del traje, vienen indicadas las mangas sueltas ó posti- zas «mcroÚYC lívida' nova'», y el mandile ó delantal, en un inventario cata- lán de fines del siglo. Todavía los vestidos se hacían sin cuello: sólo una línea de pieles (perfil) ú otra recamadura, anta, cinta de fres, margóme, oro ó perlas, adornaba su collar (cabés, cabezón) al igual que sus orlas y bocamangas (bocas de mangas, brazaleras\. Cerrábanse ó prendíanse con broches (bronchas), hevillas (liviellas, aflibales, firmales de alquimia y latón), cor- dones (cintas, cuerdas, cintas bellotadas vara lazar las sobeceotas) y bo- tones metálicos, cuyo nombre parece tomado del botón de la vid, en la- tín gemma. También las mangas se abotonaban ó lazaban estrechamente, llevando puños de adorno (puñales, empuñaduras). El cinturón había decaído, de suerte que las ordenanzas prohibitivas, con ser tan minuciosas, no se ocupan de él. Explican-esta mudanza el cambio de usos y sobretodo la adopción general de ropas no ceñidas, como — 96 — cotas, sobrecotas, gramallas, zamarras, sin contar la variedad de abrigos que se hallaban en igual caso. Ceñíanse sin embargo los goneles, cotes, sayas y sayos, los vestidos de mujer, y algunas ropas largas de hombre, entre ellas aveces la garnacha. Regularmente el cinto era delgado, de co- rrea, paño, terciopelo, etc. sujeto con una hevilleja, sirviendo no sólo para ceñirse, sino para llevar suspensos un bolsico ó barjoleta, un puñal ó cuchillo, ó también el pañuelo, un manojo de llaves las mujeres, su tintero de asta los escribanos, etc. Asi resulta de muchos comproban- tes ya enunciados: cintero e claves con su cuchillejo (Berceo); cintas con liviellas doradas (Leyes de Partida); tocas é cintas (Poema de Alejandro); barjoleta en el cinto, cintos e cernellos (Conquista de Ultramar); correga de piel de ciervo con su hevillade plata, y otra labrada de seda con cinta de estaño, su coutel ó cuchillejo y escarcela (cuentas de la Casa de Ara- gón); sench e bossa e cotel (poesía de Deseas). En las ordenanzas de Arles enuncíese el carnacligio, que juzgamos sería una barjoleta, el carner de los catalanes, y tal vez la capsella prohibida en el capítulo general del Císter de 1285: «íratres bursas et capsellas amoveant, et eisdem de coste- ro non utantur.» Los correos de D. Pedro II de Aragón, llevaban una bolsa marcada con las armas de cada veguería; confirmación de 1283: «mittantur nuntii per vicarios nostros quod portent bustiam cum signo vicarii seu capitis vicaria? vel subvicarise.» No por eso se abandona- ron los ciuturones lujosos de oro y plata, de filigranas y metales de arti- culación, etc. ostentados por caballeros y damas sobre sus briales ó de- bajo de las sobrecotas en ocasiones de lucimiento y aparato. De esta cla- se son la cinta obrada á muy grant maestría que se da á Alejandro en su poema, y los ceñidores de cabritilla broslados de seda y pedrería de doña Mayor Alvarez. No cabe dudar de semejante lujo, viéndolo prohibido á los religiosos de San Víctor de Marsella, por el capítulo general de 1294: «nullus monachus zonam de cérico audeat portare, nec corio barato (ba- rreado), argento, nec alio metallo inhonesto, etc.» Sin perjuicio, los ca- balleros y militares llevaban sus tahalís y talabartes para colgar la espa- da: «Correa de cuatro palmos la cinnia doblada» (Reina de las Amazonas en el Poema de Alejandro). El principe de Antioquia hace penitencia «con su cinta á la garganta, e la espada cogida por la punta» (Crónica de Ultramar). Un documento del Archivo municipal de Barcelona, del año 1292 (proceso sobre lezda) demuestra por curioso dato, que la gente no- ble solía llevar sobre el vestido, su espada ó bordón colgado de una ban- dolera. El conde de Empurias disputando en Besalú con otros personajes «posa la má en lo póm del bordó, que tenía el cojl penjant, quaix quil s' adoba, etc.» Esta moda se generalizó en el siglo siguiente. Las mismas obras citadas, hablan con frecuencia de luvas ó guantes, — 97 — revelando su generalización; guantes de caballeros y damas, con atorros; ídem de piel para halconeros; lúas, nóminas y escapularios; «non comprarien las luvias averes de dos casados,» etc. En las cuentas de Broussel se citan mójfulas, forradas de marta,que eran unos guantes flojos para abrigo, conocidos ya en el siglo ix (en francés mou/jle). Estatutos de la orden Premostrat.: «muñías de panno albo vel griseo sine nota curiositatis, foderatas pellibus permissis, sustinemus haberi pro frigore repeliendo.» Muffola en Adalardo; muffulas cura gem- inis, en Stephanolo; mouíïlette, en R. de la Rosa y en Juan Molinet et- cétera, etc. Análogo oficio llenaban las mitas, mitanas ó mitones (guantes sin de» dos), indicadas en las capitulares del Cister (mitanas de panno), en los Estatutos de la orden de Grammont (mitanas laneas), en los de San Gil- berto de Sempringham (superfluitas mitanarum), en los de la Cartuja por Guido (mitanas laneas unas) etc. Escritura del Archivo de San Víctor de Marsella, fecha de 1218: «prohibemus ne prior vel monachus deferat mitas, nisi forte mitas quas suerunt de panno.» MiltcUa, anota la reformación del monasterio Mellicense. ABRIGOS Grandes novedades en ellos. La /i ¡tea, el argaute, la clocka, el balan- drán y casi el tabardo, son hijos del siglo xiu. Entre todos, el MANTO conserva su primacia. Realzado y forrado de ar- miños, veros y otras exquisitas pieles, viene á ser de juro la insignia me- jor de la nobleza. «Si aun los hombres que no pertenecen á la caballería están obligados á honrarla, decía un cronista del siglo xv, con mucha más razón debe ella honrarse á sí misma, por medio de hermosos y no- bles vestidos, riqueza de arneses y abundancia de [servidores.» En las leyes de Partida vimos la apología que D. Alonso hace del manto caballeroso. Aquellos abrigos que los antiguos facían grandes é luengos, cubriéndose con ellos hasta los pies, estimábanse como la decoración más noble que podía ostentar el caballero, cuando no iba revestido de sus armas. El co- lor de púrpura ó escarlata ya adoptado por los jefes militares romanos, se reservó á ese autorizado amicto, que con sus atorros y otros acceso- rios, acababa de granjearse autoridad, por cuya razón fué llamado manto de honor. Los reyes le distribuían á sus caballeros noveles, añadiendo á veces un palafrén de regalo; y estas libreas ó donativos solían repetirlos, 7 — 98 — ya en las estaciones de verano é invierno, ya en ocurrencias de gran so- lemnidad. Sin embargo, el uso de la escarlata quedaba afecto especial- mente á varones muy eminentes en armas y en letras, y también lo mo- nopolizaron los dignatarios eclesiásticos, según dijimos en el período anterior. Con referencia á su uso privado, es incesante el veto de las or- denanzas suntuarias. No por eso el manto dejaba de ser general, así den- tro como fuera de España, para personas de cualquier linaje y condición, viéndose figurado á porfía en los monumentos y citado en los escritos: mantos armiños, afiblados, luengos, rozagantes, recamados con sus pennas é su guisamiento; sayas é mantos pobres; a tachonados é presos delante, entre la clerecia; mautos para caballeros y damas, doncellas y cortesanas (dejó cayer e! manto, quedóse en un brial, V. de Sta. M.aEgipciaca), para moros, judíos y mendigos; mantos de jalde, de pers, de jamete, de inglés, de color, de picote, dichos zúleme, decamelinoy de piel; manto con penas de conejo de seis tiras para hombre, y de cinco para mujer, «forradura pallii de seda» (Estatutos de Marsella] etc. El ordenamiento de Sevilla alu- de al trascol del manto, vuelta ó valoncilla de pieles que lo adornaba por el dorso. En la región occidental de España no vemos el MANTEL, tan común en Aragón, Italia y Francia. «Pallium, mantellum, capam» (testamento de la reina D.a María); «capas et mantellos» (decreto de D. Jaime); capas, mantos e mantells (para hombres y mujeres), ab perfil e taxells, cadenes e aflibays» (cuentas déla casa real); «mantellum pavesca ó tornasolado; manteles y capas cum frezis, vel veta vel profilo, cum zendado vel cum penna, etc.» (cuentas de Broussel, trajes de San Luis, ordenanzas de Mar- sella y Arles), .l/aíiíe/íospennaforratos (Estatutos de las monjas de San Sal- vador en Marsella, 1400). Hállase no menos en países extranjeros: «caini- cias albas sive rosetas, semper sub cappis, sine mantellis, ante pectus vel post collum hinc inde connexis habeant praelati cum equitant vel in publico incedunt» (Concilio de Buda). «Mantellum et tunicam de óptimo sérico» (Arnaldo de Lubeck). «Surcotium et mantellum» (Crónica de Ma- guncia). «Mantellum de auro parato cum fíbula áurea» (testamento de San Everardo, duque de Erejus). ¡Mantella seu sorcotia,pro monialibus» (Concilio de Tréveris, 1310) (también en Fulco Boneventano, Cesario, Simeón Dunelm. etc., etc. Tocante á la CAPA, SU cosmopolitismo no necesita probarse. Obligada por la natural flaqueza del hombre, fué, como siempre ha sido, una pieza radical. Menos de aparato que de conveniencia, menos de gala que el manto y el mantel, era más confortable en su variedad de aplicaciones. La capapielle y la capa de mangas, indican bien su condición de abrigo: la aguadera ó de lluvia explica su cualidad de resguardo. Sin embargo, — 90 — formaba parte del traje lucido aun bajo estas determinaciones, y en el siglo xiii hizo parte de la indumentaria civil, á lo menos entre las clases medianas é ínfimas: baste como prueba saber cuanto figuraba en las libreas de los príncipes. La reina y las damas de Aragón llevaban capa de lluvia, adornada de cuerdas, aflibales y peñas. El ordena- miento de Valladolid prohibe capas aguaderas de escarlata, reservándo- selas al rey. Otra prohibición del ordenamiento, es echar á las capas oro, plata, cristales, botones, cuerdas largas, armiños y nutria. Ha- bíalas de invierno y de verano, ya que allí mismo, sin embargo de tan- tas reservas hechas á los particulares, se les consienten dos capas-pieles al año, seguramente una para cada estación, siendo así que la capa aguadera debía servir dos años. Y aquella de cendal para la reina, expre- sada en las cuentas del Archivo de Aragón, y otra de camelino indicada por Broussel, podían ser más que de verano? En cambio, las de color con pennasyáe burel con mangas, del fuero de Càceres, indudablemente per- tenecían al invierno. Las manteadas, á que tanto se aficionó el clero, eran también usadas por los moros (dichas cuentas de Aragón). El rey don Jaime explica como debía colocarse la piel de armiño ó nutria, «integram, simplicem, solummodo in longitudine incisam», alrededor de la capilla de la capa, en las aberturas de sus mangas, llamadas brazaleras, y en los cabos de las propias mangas. Tampoco á la capa-piel se consentía más que perfil, según el ordenamiento citado, aunque originariamente por su naturaleza, llevaría forro íntegro. Las capas traveseras del Poema de Alejandro, llamadas transuersorias en los Estatutos de Marsella, d i - rianse así, ó por llevarse atravesadas, ó porque se harían á zonas horizon- tales (barreadas), según la moda otras veces aludida. En la Crónica de Ul- tramar, hablase de capas confeccionadas á la manera de Francia. Por fin, Berceo mienta la capa reliada de pastor y la capelleya, groseros abri- gos de zaleas, que han perseverado en las montañas de Navarra, Catalu- ña, etc. De la GAUÍAPA hace mérito un reglamento dado por Urbano IV, á los caballeros Gaudentes de Santa María: «possint hujusmodi fratres, prae- ter mantellum et guascapum ordinis, habere cappam clausam de panno grisei colorís, aut etiam de camelino; quando vero equitent, guascapis grisei colorís seu de camelino.» El dictado de CLÁMIDE, viene ciñéndose á un manto ceremonial, que junto con la dalmática, vestían los reyes en sus coronaciones, sin ser otra cosa que un lujoso mantel con caido de punta (V. en el siglo anterior) y en ese sentido lo incluye el ordenamiento deMarsella (Blancas, Coronas de los reyes de Aragón, id. de HartmanMauro, de Carlos V de Francia, Montaner, Crón. etc.) En puridad, la clámide y la dalmática civil, á la vez — 100 — queia toga y el epitogio, pasaron ya de moda; pero mientras los sabios es- cribieron en latín, seguían traduciendo con estos vocablos los abrigos y otras ropas de su tiempo. No por mejor razón llamaron peplum al velo ó toca de las monjas, pileum al birrete, etc. La propia tendencia emancipadora del traje que ha creado el jubón, crea dos nuevas familias de abrigos, una del género de GABANES, sobreto- dos, epitogios, y otra del de diploides ó clámides. Por gabán en especie, entendemos, y entiende el Diccionario, «una vestidura de hombre, de di- versas formas, á modo de levita, que se usa para abrigo y á veces para holgura; ó también capote con mangas, tal vez con capillo, hecho de pa- ño fuerte para abrigo.» Asimismo el SOBRETODO es ropa ancha y de man- gas, al propio objeto de abrigarse. Este se enuncia ya en los Estatutos be- nedictinos de la provincia Narbonesa, año 1226, al prohibir «illas vestes qiue vulgo balandrona et snpertoti vocantur » También los de Arles dis- ponen que el sastre lleve 9 dineros, «si dominus voluerit bastari faceré supertotum.li Análogo sentido parece ofrecer el sullinitim de las cuentas de la casa de Aragón. En Estatutos de la iglesia de Cahors, eondenanse los epilobios y tabardos, como vestiduras soldadescas, impropias de la gra- vedad clerical. El (jaban (cabano) lo enuncia con la pellarda y el barilotto (tonelete), la historia de Plasència de Musso, en el siglo siguiente. Cons- tituyen sin embargo sobretodos y gabanes, aquellos abrigos que eximién- dose de la ley de capa y de manto, adquirieron más soltura y garbosidad por su corle especial, dimensiones, accesorios de cuello, mangas, valo- nas, etc. Diploides llámanse otros abrigos estilados desde época anterior, que caen en dos piezas por delante y atrás, más ó menos amplias y largas, dejando aberturas ó sangrías laterales para libertad de los brazos y para ostentación de los vestidos subtáneos, cuales la cota de armas, ó la casu- lla religiosa moderna. Al género gabán pertenece el TABARDO, voz según unos oriunda de ta- bar, vestidura talar en idioma céltico (debbert en Sajonia), y según otros del árabe dabbur. Nuestros diccionarios le definen: «casacón ancho y lar- go, de paño tosco y mangas bobas; especie de capa antigua castellana, ya en desuso según Covarrubias.» Con todo, ni era de origen castellano, ni menos exclusivamente español, pues fué usado mucho tiempo en diferen- tes lugares como gabán de abrigo, largo de talle, abierto por delante, sin mangas, ó cerrado con braceras ó maneras laterales, y luengas man- gas perdidas, más apañado que la capa y el balandrán, con ó sin capu- cho, y en lugar de él con valona ó cuello. No fué ropa de corte, pues el ordenemiento de Valladolid mandó excusarlo en la misma. Los caballe- ros solían echarse el tabardo encima de la armadura, y los labriegos lo traían por el campo, si bien más breve y encapillado. Díjose tabaldo, ta- — 101 — pardo, taparto, etc. en italiano tabarro, en inglés y francés tabart (Knyg- thon). Aparece en la biografía de San Gil abad de Fulda, por el monje Cándido: «Marquardus abbas, per decanum caeterosque praslatos sajpe monitus, ut in ipsorum presentía nonnisi cuculla vel capa appareret; respondebat suum esse tabardo seu toga et qualibet veste utí.» alabarda longitudinis modérala!)) en cánones del Concilio de Buda de 1279 «Pres- byteri hospitalis habeant unam robam integram, videlicet tunicam, su- pertunicam, longum tabardum et caputium» (Escrit, de fundación del hosp. de Elsing en Londres, y Estatutos del de San Julián), «De alíquo mantello sive tabarro, sive gamerro (zamarra) drapi integri etc. Mantel- lus sive taburrus» (Estat, de Plasència). «Habitus, videlicet tabaldon seu housias longas de bruneta nigra» (Estat, del Col.0 de Navarra de París) «Huche et taban (ant. poema de la Vulpeja). Tercia además en los Esta- tutos sinodales de Silfredo, arzobispo de Colonia, 1280, en otro délos obispos de Lión y de Angers, 1264 y 69, en los de Marsella, y en docu- mentos sucesivos. Un decreto de la iglesia de Tudela, manda á los cléri- gos «utentes epitogio seu tabardo folerato» (forrado) que lo lleven largo usque zonam, para no ostentar con demasía la ropa interior. Esta dispo- sición viene repetida con lijeras variantes en un reglamento de la igle- sia de Cahors: «Ómnibus prohibemus ut epitogium, tabardum seu man- lum foliatum usque ad oram curtum sic deferant, quod vestís inferior no- tabilíter videatur; quia vestís talis, militis sfficularis est, potíusquam eclesiastici seu ca;lestis, et in clero elationem denotat inhonestam.» Otra ordenanza de la iglesia de Retz, convence que el tabardo hacía veces de capa aguadera; «clerici tempore pluvia? possint utí tabartis, decentis colorís et forma}». Lo mismo el Concilio de Angers de 1264: «cappas ma- nicatas vel tabarda non deferant, nisi sit tempus pluviales. Al cuello ó collar del tabardo alude el expresado Concilio de Buda: «nulla colla- ria, nisi forte in tabardh vel mantellis ad equuandum , circumcirca omníno rotunda.» El obispo de Lamego en 1216 lega un epitogio ó ta- bardo. Ya se habrá observado que no reza en documentos catalanes, bajo cuyo concepto podría admitirse que fuese peculiar de Castilla. En la crónica de don Alfonso XI, se refiere de un cautivo cristiano, que huyendo de los moros, fizo vela de un tabardo pequeño que levaba vestido (cap. 3 3 J ) . Nacía y extendíase á la par el BALANDRÁN, según el diccionario de la Academia «especie de sobretodo ó vestidura talar ancha, que no se ciñe, y de la cual por la parte que cubre los hombros, penden unas mangas cortas. Hácese de tela, de lana ó seda, y usan de él los eclesiásticos den- tro de casa.» En Italia decían palandrano, una capa de mangas. Simple variedad de esta, distinguíase en ser más abierta, más aliñada, y no He-. — 102 - var capilla. Sus mangas al principio fueron holgadas, y se metían ó no, en cuyo segundo caso había cerca del nacimiento de ellas un orificio para pasar los brazos. Aunque en el uso moderno prevaleció como abrigo casero entre parsonas eclesiásticas, corriendo la Edad Media formó parte del traje civil y callejero. Así lo convencen unos Estatutos de los bene- dictinos narboneses, año 1226: «illas quidem vestes quas vulgo balan- drava et supertoti vocantur, et sellas rúbeas et frena, penitus ampu- tamus » Id. del Conc. de Albi de 1234: «nulli regulares cum balandranis seu gramasiis vel alus vestibus laicorum equitent». Por los de Marse- lla sabemos que se engalanaba como otros abrigos, con peñas y freses: «de galandravo sine penna et frezo, etc.» Además fijan tasa para galán- draro et caputio de pauno grosso». Baiandrinis et gramasiis en notas de Lauriere, á un edicto de San Luis de 1228. No parece en documentos castellanos de esta fecha, pero sí en las cuentas de la casa de Aragón, desde 1260: «saya repartida á algunos domésticos para balandrán» (una cana 6 palmosá cada uno). Comparece además en clase de gabán, la HUCA huka, lusca, Iwucia, houssia, etc. otro abrigo abierto, según Ducange llamado de la voz hisco, que significa vestidura abierta; asaz análogo, quizá sinónimo de la hopa, que dio origen á la hopalanda. Varios estatutos sinodales la incluyen entre los tabardos, clochas, cipas cerradas y otros amictos de paseo y de montar. Ordenanzas del Colegio de Navarra, en París: «nullus habitum de- ferat, nisi tabaldum seu houssiam lougam de brúñela». De Juan ob. Leo- dic., 1287: «de cíetero nec monachi nigri uec canonici regulares, in hiscis vel tabarJis equitent vel incedant,sed tantummodo in cappis ro- tundís vel cucullis). Del ob. de Angers, 1298: «inhibitum fuit(á los re- ligiosos), qui cappas clausas de panno nigro uti tenentur; houeias et clochias deferre». «Hache et tabart», poema de la Vulpeja. Por esas mis mas fechas, llamábase huca (hucque) en Francia, un capuz forrado, ori- ginario de Brabante, dicho allí huyete, tal vez como parte ó segregación de la misma huca Actas de Santa Maria de Üñac (Acta SS.) «Quam ipse Nivellis viderit pictam, pro matrimonii annis in habitu saeculari, cum peplo brabantico nigro, hukain vulgo vocant». Estatutos de Marsella de 1276: «huca cum caputio, vel almussacum pennis; id. cumsendato: idem de panno sérico vel de camelotto cuín sendato; id. frezata». Jac. Vale- rio: «ceux qui ont tournoyé, son vestuz de pourpoins avec hueques d' orfavrerie». Octaviano. Trat. de S. Celasio: «Armetz luisants, briquoquetz, capelines, hueques de prix, tres-riches mantelines venanssans plus jusq' au dessus des faudes, etc». — 103 Todavía en el siglo xvn, Villón dice en su Pequeño testamento: «It. je laisse en beau pur don, mes gants e ma hucque de soye á mon amy Jacques Cardón». Es otro abrigo perfeccionado y gracioso, del género diploide el REDON- DEL, rotundellum, capa rotunda, clochia ó clocha semejante a l a cyclas griega, de forma acampanada, de donde su nombre (aun hoy los ingleses llaman cloake á la capa). A juzgar por algunas estatuas de los siglos xin y x.v, semejaba bastante á esta, pero hendida á uno y otro lado desde el brahón de los brazos, llevando eu ambas hombreras como tres valonci- llas aparentes, impuestas ó cosidas una sobre otra (amigos), y la capilla postiza. Comentario de Juan Andrea á la Clementina Na in agro: *rondelli qui nunc in usu sunt, non sunt proprie capa?, non enim habent capu- tium». Estatutos de la iglesia de Lion, 1287: «de caetero, nec nionacbi nigri nec canonici regulares in hiscis, etc. induant, sed tantummodo in cappis rutundis vel cucullis». Conc. de Buda: «pralati de caetero cum equitant vel in publico incedunt, deferant cappas rotundas, sub quibus habeant camisias albas sive rosetas (rosadas) quas semper sub cappis sive mautellis ante pectus vel post collum hinc indeconnexis (presas á tre- chos) habeant.» El texto siguiente prueba que era un abrigo abierto ó hendido: «inhibitum fuit religiosis, qui secundum instituta majorum cappas clausas de panno nigro deferre tenentur, houcias «et clochias de- ierre praesumerent»- (Estatutos Sinod. de Angers, 1298). El uso de paños cerrados, se previene reiteradamente á los eclesiásticos por el rey Sabio en sus Partidas, y en el ordenamiento de Valladolid. Bajo otro concepto, la clocha servía á jinetes y viajeros: «in equitando cloca rotunda compe- tentis longiludiuis, capello nigro, tramo, calcaribus, botis et alus orna- mentis utanlur». (Estatutos del hosp. de S. Julián, en Mat. París). «Ke- dondell de saya, per home», anotamos en las cuentas del Archivo de la Corona de Aragón. Constituía un nuevo diploide el ARGAUTE, por otros nombres scyauda, Iterga, herigaldum, argavum, en francés Itergaut, en castellano argayo según dice Amador de los Rios en una glosa, calificándolo de manto, capa ó capote, que se ponía sobre toda la demás ropa. Con perdón del ilus- trado glosador, el argaute venía áser un diploide, variante del redondel, que después sirvió de distintivo á los heraldos, como la cota y la Uni- d a . En el sínodo de Cognac de 12G0, se define como una dalmática. Viol- let-le-duc, si bien confundiéndole con otras prendas, nos dá su modelo en dos efigies del señor de Coucy (hist. de la Y. y milagros de S. Luis M. S. de la Bibl. uacionalde París). Este personaje viste argaute símil en - 104 — su traza al redondel, hendido por ambos lados desde la mitad superior del brazo en una de las figuras, y en otra desde la altura del codo; pero más corto que el primero, sin valoncillas, con forros de veros y capilla adherente. Debajo del abrigo, usa cota y sobrecota de medias mangas, y en la cabeza lleva la cofia especial del siglo. Los Estatutos de la iglesia de Coutances en Martene, hacen una descripción análoga de la misma ropa: «reprehendimus presbyteros, qui per parochias vadunt in supertu- nieaiibus, apertisnimia brevitate notandís,et insegaudis... iu quo habitu potius videutur albalestrii vel púgiles». Otros Estatutos de la iglesia Ce- noman. le apropian áescuderos: «inhibimus ne presbiteri indumentum scutariorum quod dicitur herga, vel aliud laicale desuper deferre pre- súmante También las actas sinodales de la iglesia de Orleans previenen que los sacerdotes «ne habeant cappas alatas, máxime houcies et argau- dos», é igual prevención se lee en los estatutos de Gualtero, obispo du- nelmense, 1255: «Sacerdotes qualitercumque celebrantes, harigolis aut rapis manicatis in locis publicis non utantur»: (herigaldos los llama el sínodo Vigornense de 1340). Para andar á caballo tenía el argaute con- diciones favorables, por cuyo motivo un decreto de Clemente IV á favor de la iglesia Auiciense, establece «quod nullus canónicus vel clericus quilibet, sine cappa, vel mantello, argaudo seu tabardo audeant equita- re,» Cual el tabardo, lleva forros y adornos en los estatutos de Marsella de 1253: «de tabardo vel argavo cum pennas vel sendato, vel froire, 20 dens.» No se echa de menos en las cuentas de la casa de Aragón, toda vez que expresan: cargantes de persio, de verde cambray y de color, con su peña» (l cana 3 palmos para cada ropa), y en inventario catalán del año 1293, regístrase «unus argaldus de domina, viridis, cum penna cuni- llorum». Ducange le supone inventado ó introducido por la gente de guerra, sacando su nombre de Itere, hueste, en sajón; más de ser así, de- bería retrotraerse su origen á una fecha harto mas lejana C T O & R T i r i U k S Tf T O C 4 D V B A 8 Una coronilla dicha guirnalda ó garlanda, en inglés gerland, solía distinguir á reyes y nobles. «Corona áurea quae vulgariter garlanda dicitur», (Mateo París, refiriéndose al rey de Inglaterra, en 1247). «Garlanda argéntea», Cost. de Limoges. Orden de bendición del duque de Aquitania: «Capite suo garlanda redimitus áurea... Cujusmodi cir- culus aureus á capite ejus, etc.» Lo mismo venía á ser el cliapel ó chapelete: «vestu d'.uu paille alexandrin et á son chef un chapelet — 10a — d'or fin» (Amoldo Lubec.B Romance de Garin). Chapelete era asi bien diminutivo de Chapel. Defínelo el Diccionario de la Academia: anti- gua cobertura de la cabeza, á modo de sombrero ó bonete. Guirnaldas de oro y piedras para caballeros en fiestas y regocijos; idem de flores y rosasen justas y banquetes, según los inventarios. Chappel dargent «en Cost. de Mazingues y otras de la Auvernia. El SOMBRERO hállase radicado con este nombre, ó con los de solom- brero, capel, chapel, capiello (capell en catalán, píleo) «Solombrero de marinero en Berceo; sombrero guarnido con orpel et argeutpel, prohibi- do de seda á los escuderos (Ibid.): capeles para hombre y para mujer; idem de pluma de pavo real (palió), llevando parche ó cinta ó cuerda para sujetarse á la barba. Sombreros, dorados, en la corte francesa (Broussel), otros con correas de oro y pedrería (Ibid.). ídem de cáñamo para villa- nos. Capiello (chapeo) plano de romeros; otro de monaguillo (acaso bo- nete)». En M. S. de mediados del siglo, vénse entre señores unos sombre- rillos semi esféricos con aleta doblada hacia afuera, presos por un cordón que servía también para sostenerlos echados á la espalda. Los fieltros algo más boleados de copa y más anchos de alas, solían tener esta, dobla- da detrás, y en canal ó pico por la parte anterior. Los caballeros saluda- ban derribando sus capeles (capells, crónica de D. Jaime de Aragón). En la misma se vé que los almugávares traían sombrero de cuero. Había á la sazón, según Esteban Hoileau, sombreros de cuatro clases; de fieltro ó lana de cordero, guarnecidos; de algodón, lana ó lienzo (J. de Garlanda); de pavo, compuestos de plumas de esta ave, sobre alma de estaño platea- do, y de flores, verdaderas coronas de rosas y jazmín para damas y don- celes: «jouvencelles, capeaus de roses avaient, et d' aiglantier». (Lai d' Ignaurés). A menudo cubríanse de flores diversas, en combinación sim- bólica, según el mudo lenguaje del amor. El adorno de plumas de pavo real, fué aumentando á últimos del siglo con las de avestruz, y los gue- rreros ostentaron airones ó plumetes. Por el concilio de Monpeller de 1214. fueron vedados á sus clérigos: «manicas consutitias, capas manicatas, auulos et capellos ferratos (de color ferruginoso ó fieltros). En 1243 el uso de pileo (casquete) durante la celebración del oficio divino, fué concedido por Inocencio IV á los re- ligiosos de Cantorbery. Otro Concilio de 127G, prohibió los píleos forra- dos de seda por debajo. Ciertos canónigos adoptaron el de plumas de pa- vón, llevándolo con almuza: «pileum etalmutium clericales.» «Caputium solis, plumbee pavonis» en 1270. «Capellum de pellibus» para religiosos, en Consueta de Cluny. El capelo rojo fué concedido á los cardenales por Inocencio IV, en 1232, como se afirma en la crónica de Tivert, pero otros retraen esta disposión á los años 121G-30. Los obispos ya lo usaban ver- — 106 — de, á juzgar por un pasaje del Código Estraeo, referente al obispo Hugo Leodic.e, que diz compareció en el sínodo de Letran de 1213, en traje lai- cal, por gozar títulos de conde y duque, esto es, mantel y túnica de es- carlata, capa verde mangueada, y sombrero verde en su calidad pre- lacial. Con iguales nombres, bastante elásticos, de PÍLEO y CAPEL, designá- banse á una vez capillas, gorros, cofias, etc., en concurrencia con estas denominaciones: capeles (capells), masculinos de seda, lino, paño, etc., y de cendal para mujer; capillo agudo de caballero, «hecho á la manera an- tigua», con oro y pedrería; capeile de lino; gorros, cofias de id. al estilo laical, prohibidos á clérigos en 1276; «píleo de pinillis» escritura de 1263 (en Lobinelli) «nullus nisi canonicus utatur publice, pileo de pinillis in eclesia Dolensi... si quis, presente in choro cum pil30 de pinillis, etc.» La imajen del infante D. Felipe, hijo de San Fernando, en su sepulcro- de la iglesia de Templarios de Santa María de Villasirga, cerca de Carrión de los Condes, ofrece un notable modelo del pileo masculino español, formando como una calota oblonga, plana de copa, redondeada sobre la frente, pero extendiéndose por cima de las orejas y cogote, ricamente exornada de blasones ú otras galas; hechura reproducida en los libros del rey D. Alfonso (Tablas, Lapidario, Cantigas), y en otros ejemplares castellanos, como también en el Fuero de Aragón por D. J a i m e . - D . Die- go López de Salcedo, en su sepulcro de Nájera (fines del siglo), ostenta á su vez un elevado píleo, forma de cono truncado, sin orejones ni cogo- tera, adornado con sus escudos do armas en losanjes. Li CAPILLA vino siendo una de lascubiertas de hombre más comunes: «capiella colgada (calada ó sin calar); capiella de niño; capelleya ó capille- ja.» En catalán decíase CAPIHÓ: capirones forrados de pieles (penes); id. de paño de provins y de cambresí; uno de persete colorado, con peña vera. Sancho II de Portugal, fué apellidado capullo, á motivo de una gran capi- lla ó almuza que traía, porque siendo enfermizo de niño, su madre le ofreció á San Agustín bajo promesa de vestirle la almuza de sus canóni- gos. Dichas capillas, siguiendo las exageraciones del estilo ojival, em- pezaron á afectar largas coletas, á semejanza de las puntas del calzado y de otros accesorios de forma angosta y escurrida, que se llaman liripippios y timpas en documentos de la época. El cardenal Santistéban, legado en 1213 para formarla Universidad de París, prohibia «sotulares sub cap- pa rotunda laquéalos, numquam liripippiatos». Buschio de reformat.* monástica: «Patrem, in longa nigra toga, usque ad talos protensa incedentem, caputio nigro cum lirippio seu tympa caput tegentem». En la Baja Alemania aun se llama timpa una cosa ancha acabada en punta. — 107 — ALMUZA (muzza, almutium, almuceria, mitra), siguió como civil y eclesiástica, no sin constituir la antigua divisa del sacerdocio: «Capel vermehl azaut é gent é bel, almussa V apelan payan (los paganos)» léese en romances lemosines. La muzza cubría cabeza y hombros. Unos Estatutos de Marsella de 1293, fijan precio por hechuras de huca, con capilla forrada ó no de pieles, y de la misma de cendal, con igual capilla ó almuza. Alberto argentinense dice en un pasaje contraído al año 1317: «Rex alloquens hospitem suum. vídit eum pulcram habere mitram in capíte, sicut tune morís erat.» Privilegio de Vigilio, obispo de Pavía: «volentes almutia comparare, didiscerunt de pellibus aspriolorum, mi- nori et leviori proctio» (compráronlas de ardilla por ser más baratas). En Estatutos de la iglesia de Aix de 12G0, dase á la almuza equivalencia de nietlino: «Cum chorum intraverint canonicí... anioto caputio capai, al- musia sive metlino et birreto, loto tempore illo quo cappam portabant, poterunt portare desuptus birretum aut almusiam de panno.» El camail francés, venia á ser almuza ó capucho forrado de pelo de camello. Gaufrido Vosiense: «pro gaudengis, froccos capellatos absque cuculla, capellos camello, et alios circumdatos pelle ad instar sca- pularis.» Nueva variedad de capucho monástico fué la eau\ñtra ó capitm en el capítulo general de S. Víctor de Marsella de 1294: «ut nullus cuculam seu caputium quíB quasi caupitra^ vídentur, audeat portare. Nulluscucu- laiii vel cucullas quse capítrae videntur esse, deferre príesumat.» Ya hemos visto el BIRRETE usado con almuza y adoptado por el clero. De él habla Micas Madio: «Canonicí cum beretis in capitibus vadant ad divina». «Quatuor duodenas birettorum», en Rymer. Su her- mana la birreta, viene definida por la Academia de la Crusca: «Coper- tura del capo, diversa del capello, che si fa in varíe ,1'oggie e di diversi drappí.» Sale á su vez la BONETA (bonete), equivalente á birreto en italiano. Se- gún Covarrubias,voz de origen alemán, oriunda del píleo, que era de for- ma ahusada. Crón. Vos.e: mitras gestaban juvenes utríusque sexus, bo- netaspost, cappellosdelino vel cofias.» Romance de Guillermo el Romo: «unchapeletde bonnet en sa teste. »Ronet en esta última acepción, era un paño que dio nombre á la cubertura: V. de S. Luis, por Guillermo de Nangis: «numquam indutus est squarletto, vel panno viridi seu bonnet- ta » El bonete produjo el bonetillo, redondo, apretado en la cabeza, pro- pio de viejos y enfermizos, después importante ramo industrial de Tole- do, que los hacía de lana y aguja para toda España (Covarrubias), pero — 108 — diverso del casquete, que es una cubierta cóncava hecha de lienzo, cue- ro, seda ó cartón, para cubrir el casco de la cabeza (Diccionario). Cierto gorro abollado, especie de bonete peculiar de la clerecía, re- presentado en muchas pinturas y esculturas, recibe nombre de lutupia en los Estatutos sinodales de Nicolás de Angers (12üo): «clerici cum ad missam vel ad vesperas veniant cum tutupiis, congruentem deferentes tonsuram, incedant Psalmodiantes, legentes et cantantes ibidem cum presbiteris... tamen coram episcopo, archidiácono, etc. appareant, cum tutupiis et amotis caputiis se proesentent.» COFIA, hecha á semejanza del capillo infantil, atada á la barba y ajus- tada á la cabeza, «quel cabello non Y salga», según expresión del Cándi- do Berceo, alcanzaba principalmente á hombres de diferentes estados y condiciones; las más finas, transparentes, soliendo llevar bordados de pájaros y llores, etc. «Cofia pingiella (pinjante?) para orejas de caballo, en el Poema de Alejandro Magno. Arresto del Parlamento de Paris de 1277, refiriéndose á militares: «venient pedites in caligis, in tunicis sine zonis, sine capuciis et sine cucufis» (cocofa ó cofia). También era cofa el casco de guerra; estatutos de 1233, y otros. Cofias para estudiantes, en Esta- tutos del Colegio de Navarra de 1213. Id. para clérigos, en Concilio de Londres de 1268: clerici nonuisi in itinere constituti, publice Ínfulas suas vulgo cloyphos (coyfas, según Lingwood) portare audeant; quin tamen hujusmodi cloypham vel tenam, portare possit in bursa vel crumena sua, ad utendum de nocte.» Mateo Páris, 1239: «voluit ligamenta coifae sua; solvere, ut palam monstraret tonsuram se habere clericalem.» Un obispo de Chipre, por Constitución de 1313, prohibió la cofia á los clérigos de su iglesia. Tena, equivalía á «bende ou queuede mitre» (Glosario greco latínode San Andrés de Aviñón, de aquel siglo). Una provincial de la iglesia de Cantorbery fija pena «contra cléricos portantes ínfulas aut tenas coram pralatis», pareciendo aquí solideos. Concilio Lambert.", 1231: tena coro- nas abscondunt, quasi celestes radios repelientes.» El CAPIROTEÓ chapirón, se insinua en la Conquista de Ultramar, apli- cado á un caballero moro, con su manga de dos paños, uno jamete y otro de Constantinopla. Nuestro Diccionario describe chapirón, especie de ca- peruza ó capucha para cubrir la cabeza. Por otra novedad surge el CERBOJ, cerbois, cerboy ó sárbox, gorro como bolsa, de tejidos muelles, echado adelante, al parecer de origen asiático, que utilizaron en grande los mozalvetes y otras gentes de ambos sexos en el siglo inmediato, recamado ó fresado y guarnecido. Menciónalo Vi- cente r5elvac.K hablando de unos trajes árabes regalados por el Soldán de Tartaria: «dedit 18 millia paria vestimentorum de samitho et de thabit, — 109 — sarbois exceptis.» En la Crónica de Rodulfo Caygesdale, se asimila á tur- bante: Cibanum sericum et sarbuisinum, auroornatum.» Consíguanlo ya nuestros inventarios. Criaban ricos y pobres, cabellos largos (pelo crecido, en 1239, pobres en crines trenzadas, Berceo), cayendo el pelo en dos secciones por ambas parietales, salvo un flequillo central sobre la frente, mesado aquel á los lados y al occipicio. Luego el flequillo fué sustituido por una pequeña mota, un simple cepillo ó un largo rollo, de sien á sien [copete, tapet en catalán), y los mechones se contornearon encima de las orejas en forma de S, cuyo peinado caracterizó gran parte de este siglo, así en ciudades y campos, como en cortes y monasterios. «Doncel con la cabeza gent guarnida, ó gentilmente compuesta» en romances lemosines. El pelo de detrás, que antiguamente rizaban y componían, y caía sobre el cogote, llamábase cogotera (según el Diccionario de la Academia). Las barbas deca- yeron entre gente aseada, desde los primeros años, para no volver ocasio- nalmente hasta fines del xiv, siendo común su desaparición á laicos y clérigos seculares, salvo en la región española, donde tuvieron más arrai- go: compréndese, efectivamente, que debían ser muy engorrosas debajo del almófar y otras piezas de armadura. Acá, no solo los caballeros, sino los mercaderes, los pobres y los eclesiásticos, traían barbas sorras ó luen- gas, velladas y á veces trenzadas: «barba luenga trenzada». (Libre d'Ap- polonio). D. Alfonso VIII, en su sepulcro de las Huelgas de Burgos, está representado con caballera larga, algo rizada, y.la barba (último ejemplo de ella entre los monarcas de Castilla, hasta Alonso XI), también rizada con simetría; sin embargo, al clero en 12ii, le fué prohibido criar cabe- llera y también usar barbas. «Cercenado de alfa jeme», vale tanto como afeitado de barbero: á los de Lérida, en 1257, les prohibió el rey D. Jai- me ejercer en días festivos, aun siendo judíos y árabes. Estos, según la Crónica de Ultramar, dejábanse también pelo crecido, á menudo profuso y entremezclado (trenzado), y barbas alheñadas. No obstante, en algunas localidades, iban cercenados alrededor, ó el cabello partido sin tapet, con barbas (Ordenanza, imponiéndoles este distintivo). Hubo por entonces unos fratres barbati ó conversi que, separándose del común de los mona- cales, gastaban barba, cual los cartujos, siendo legos admitidos á la vida conventual sin profesar (Ord.s Cister.s). Cesario de Heisterbach deplora que á la sombra de hábito y barba, rondasen por el mundo, embaucando á las gentes: dábaseles la misma ración de pan que á los religiosos, se- gún Ebrardo (monasterio de la Selva negra). El cronista Laurishain. e los zahiere de este modo: Barbati... sunt ergo laici, miliensibus (monjes) asociati quos risus populi dedit hoc agnomine fungi. — 110 — SuiH qaia prolixis barbis ad pectora pexis deformes, hirti, revera moribus hirci, barbis hireorum, similes larvis tragicorum... Austera facie sunt, et tonsi caput alte, cautius incisis, certoque tenore capillis; et sunt inmensis induti calceamenlis, amphibalis longis utentes et spatiosis, etc., quienes saludaban á los ricos con un Pax Domini, Benedicite, etc., afec- tando una gravedad muy reñida con su relajación, En estatutos de la Or- den premostratcnse, se prohibe admitir conversos que resistiesen llevar ca- pas grises y barbas mesuradas. El rey Juan de Inglaterra en un diploma, alude á este mismo desorden entre los conversos de Grandimont. Albe- rico, y á imitación suya el autor del cronicón belga, en 1240, habla de cierta orden de frailes barbados «qui circa hoc tempus coepit, et habebat domos 160.» Integraban la compostura femenil, en primer lugar, GARLANDAS y TRE- ZAS, aguirnaldas de oro y de rosas (Conquista de Ultramar), coronas de oro y piedras preciosas (poemas españoles), chapeletes ó cápeteles, variedad de guirnaldas, después cuberturas de cabeza á modo de sombrero ó bo- nete (Diccionario). Constituciones de Federico de Sicilia: «uxores tan- tum milituin, possint portare gerlandam imperlatam et cum gemmis et auro, non tamen ultra mensurara digitorum duorum per latitudinem; et. quod in gerlandis ipsinon sintaliquce mergulae (picos, llorones), sub pena unciarum 12.» Hace mérito de ella D.a Izeo de Anio, en su testamento de 1293 (apud Baluz., Historia de Auvernia), legando á las religiosas de Vienne, «jocaüa sua, videlicet laqueos et garlandas.» Treza, otra coroni- lla ó garlanda atorzalada, con realces de perlas y flores de oro; tresso- ria en Fleta (de meretricibus). De la misma índole eran las FRONTALERAS y BENDAS (bandellus, de ban- dera), empleadas además para la confirmación de niños. Sínodo de Co- lonia (1280): «habebant bandellos de panno lineo spisso, sine fractura et sine nodo.» Estatutos de la iglesia de Cahors: «bandellos mundos et latos et satis longos ,super chrysmationem in fronte pósitos.» Id. déla iglesia de Londres, 1287: «pueros confírmalos, comburant bandella, et aquam lotionis cum ciñere bandellorum, faciant in sacram piscinam re- pon i.» «fíandos longos et latos confirmandis » (Manual del obispo En- rique Sistarc.°)La capilla de bautizar nombrábase capulla, y capuella seu crísmale, en catalán capida (Sin.0 de Nimes, 1284, Estatutos de Cahors, id. de Augusto, obispo Conseran0, 1280). PÍLEOS Ó SOMBREROS. Para señoras eran tanto ó más ricos que para ca- — 111 — ballerus: de fieltro, adornados con hevillejas, de tela fina con realces de flores y pajarillos, otros oríresados (Poema de Mercier). Una dama, «ca- pellum ex capite cum peplo demissit» (Mateo Páris, 123o). «Paños en manera de sombreros» (conquista de Ultramar). Muchas señoras conser- varon sus gruesas trenzas retenidas por el barboquejo ó barbicacho (baudellum) de fina tela, recamado á veces de oro, sobreponiéndole en lugar de velo el conocido píleo ó gorro de lino (capitegium), curiosamen- te rizado y acanalado, con alma de empesa. En España, según llevamos dicho y observado en su lugar, hízose muy general, algo modesto entre clases inferiores, pero de lujo para grandes señoras, como dejan obser- varlo la hermosa estatua de D.a Beatriz de Suevia, esposa de San Fer- nando, en Burgos, el sepulcro de D. Diego López de llaro y su mujer, en Santa María la Beal, de Nájera (121o y 1234), otra estatua de D.a Mencia de Salcedo, en Nájera, unas figuras sepulcrales de Huesca y de Burgos, los libros de D. Alonso, y otros monumentos de nuestra colección. Vese en los mismos ese gorro ceñido por el barboquejo, también de lino rizado, afectando cierta depresión en su mitad posterior, que no deja de darle gracia. El de la reina citada, semeja una tiara com - puesta de finísimo cendal, que entraba en él por cuantiosas varas. Las miniaturas del Fuero de Zaragoza, de tiempo del rey D. Jaime, presentan otra forma de tocado alto, hecho á bendillas cruzadas so- bre otro gorro de cubilete. El sepulcro de la de Haro, deja observar además del gorro y barboquejo rizado, convertido éste en una amplia babera, un velillo entoldado á menudos pliegues, que cobija la cabeza todo alrededor, como un gran llorón ó desmayo. También en el bajo re- lieve sepulcral del infante D. Felipe, van las dueñas y plañideras cubier- to el rostro con tocas, barboquejo y rebociño, que les cubre en dos fajas la nariz y la boca. Seguramente los tocados de que hablamos, fueron en este siglo el couvre-chef de las francesas, capitegium de los latinistas, que se componía á su vez de finísima tela de Bheims. Guarino, V. de Santa Margarita de Hungría: «carnes pro ¡níirmis in proprio portabat capitegio, vel ad collum.» Antiguo rotulo de 12o2: «pro capitegiis missis D.a Regina? uxori regís.» Crónica de San Marcial de Limoges, 1273: «mulieres civitatis Lemovicensis, sumpserunt capitegia ad prredicatio nem fratrum predicatorum; qua; mulieres antea sine capitegiis se por- tabant.» En la Historia del Delf.°, documento de 1348, úsase por toca monjil, y en el Ceremonial Romano, por mitra pontificia. Raynaldo, en 1279, lo apellida capiteregium, y Salvagnio, en 1347, lo hace sinónimo de velo. Grande variedad había en TOCAS bajo su doble base de implas ó cerra das, y abiertas, sueltas ó libres. La impla, guimpa, corria parejas con — 112 — la almuza y elehapirón masculinos, viniendo á constituir una verdadera capilla de lino ó seda, cubriendo cabeza y hombros, por cima de la cual solia envolverse una larga manga cuyos extremos se soltaban á am- bos lados, sirviendo de abrigo, como después sirvió de duelo para las viudas. Cuenta de 1202 en Broussel: «pro duodecim guimplis ad opus dominarum,73 sueldos.» Regla de Roberto de Arbrissel, «ut guimple alba; carum nunquam appareant, velis eas operiant.» Tabulario de Santa Ma- ría Deschamps: «opertorium capitis optimum donamus, quod vulgariter implam vocamus.» Carta de Roberto de Baillol en San Gil de Pont-dau- demer: «dedit uxori, wimplam.» Romance de Aubery: «guimple d' or;» id. de Roux: «tuit aloient lances leviés et a toutes guimples íermees.» Otras de seda, Romance de la Violeta, etc. «Guimplas azafranadas» en el poema de Mercier. Los documentos y escritos españoles, sujieren tocas y toquillas (toquiellas), blancas y orelladas (franjeadas) con oro, argent y colores, prohibidas dichas orillas algún tiempo, sin duda por abuso ó ex- ceso en ellas. «Toca con oro, que tiene su «alaquí,» documento de 1268: «Cabeza de tocas con romaní» (realces á lo romano?), 1300. Tocas de moros y moras, adornadas con oro y su alaquí (malaquí, bordado ó guarnición). Berceo llama toquinegradas á unas monjas que gastaban tocas negras, y también habla de implas. Por suplemento ó equivalencia de tocas, servían los TOCADOS, compues- tos de paños de rostro ó de cabeza (catalán cobricaps) y velos en combina- ción. Aplicados al adorno de la faz, tomaron de esta radical la apelación de fados ó fazalejas, extensiva al pañuelo, fazzoleto, italiano, conforme de rostro se dijeron rostrillos, de cara cariñenas, de cabeza cabezales. Ha- blan, en efecto, los documentos patrios, y con ellos Berceo y otros escri- tores, de fazalejas, como paños de rostro ó toallas: «fazaleras de lino obra- das con fdo cárdeno;» «Cortinas» para afeite de señora, labradas de seda, "cortinas codradas» (dama afeitada de codrada cortina), por otro nombre lanzuclos y jacios cuarenteros (también cuadrados) de lino (documentos de 1202), con cabezones sobre la cerviz (Berceo); cobricaps, recamados, de seda; cabezales blancos. Entraban en este grupo las linias, liñas ó paños para aliñarse, unas de tela morisca (ibid.), en catalán ligar» ó ligaduras, bajas ó altas (ligar plá, id. alt), de lino, seda, labradas de lo mismo, or- ludas de oro y pedrería, etc. Servían á igual objeto los cordones de tren- zar {trena ó cordó de seda de una color, Invent5). La sección de VELOS comprendía «velos grandes á toda parte,» antigua- mente negros por luto, según Berceo, si bien como tales subsisten en la Crónica rimada de 1230. Otros velos llamados sarracenos, dieron des- pués orijen á un lienzo dicho sarcenete: Cuenta de la Biblioteca real de París, 1239: «pro supertunicalibus, sarracenis, camisiis, braccis, sotu- — 113 — laribus et cáligis,» en francés sarrasins. Alternaban velos y tocas bajo cerquillos metálicos floronados, y el pelo tendido sobre los bombros. Leib- nitz merita un velo de monjas dicho clara, por ser trasparente, si bien en el Concilio de Albi equivale á un paño de color claro. Nuestras due- ñas lucían otros velos denominados sábanas, en razón á su copiosidad [setenas en documentos catalanes), y rindiendo tributo á las usanzas ara- bescas, empezaban á adoptar la mantilla, que tanto realce y garbo debían prestarles en lo sucesivo, por más que en documentos no se lea todavía este nombre. Comenzaron asimismo las donosas tocaduras de capillejos, cofias, al- banegas, alquinas, crespinas, redecillas, y una especie de saquitos de bro- cado, al parecer la alfarda de nuestros documentos, que se ceñían con cerco de oro y pedrería, y abarcaban toda la cabeza, dando á la misma un aspecto gracioso, sin necesidad de velos ni otras balumbas. «Capillo con oro y pedrería» (Crónicade Ultramar), «capiellos e capelleyas» (Ber- ceo), «capillo (capsonus de seda textum,» «capiellos planos,» cofias de seda con lazos, para mujer (poema de Mercier); alfarda con oro (1300), del árabe al-íarad; albanegas y garbines (albanega, en Covarr.% ocofla ó red para cojer el pelo, dicha también garbín, parecida á la que llamamos redecilla; del árabe vanega ó benneka, que equivale á encojer, recojer); nembanaijas con orpel et argentpel» (Crónica de Ultramar); alquinas de seda blanca, con orillas de seda verde ó bermeja (documento de 1300), de kinal, velo, ó del árabe kibal, toca cubierta, y kenni, cofia ó garbín; «al- quinales blancos (Crónica del Cid); «alquivales brancos en la cabeza» (Crónica general), algrinales en Muntaner; crespina, «cofia ó redecilla que usaban las mujeres para recojer el pelo y adornar la cabeza» (Dic- cionario de la Academia), especie de toca de malla de seda crespeada, bajando hasta el 'seno, pues dice Montaner que en las guerras sicilia- nas, la soldadesca atropellaba á las mujeres arrancándoles del pecho sus crespinas. D.a Constanza de Moneada, esposa del senescal D. Guillermo Ramón, en su sepulcro de Poblet, de mediados de este siglo, lleva ceñido un casquetillo ó visera recamada, cubriendo solo parte de las sienes, que Carderera estima ser una modificación de las ricas cofias estiladas en to- dos tiempos. Así se vé con poca diferencia, añade, la bella Laura en el Códice de la Biblioteca Laurenciana. También se reproduce con variantes, en un retablo procedente de Vallbona, conservado hoy en el Museo Bar- celonés de Santa Águeda. Esta moda cundió durante el siglo xiv, espe- cialmente en Italia, y sería causa de ir cercenando aquel tocado, que los poetas Sacchetti, Barberini y otros critican en estos términos: «le giova- nette che soleano andaré con tanta onestá, avean tanto levato la foggia al capuccio, che ne hanno fatto beretta» (Sach. Novel. 48). En pinturas 8 — lli — coetáneas, se las ve con un pañizuelo puesto en el vértice de la cabeza á la frente, del cual penden lateralmente dos bandas más estrechas, que servían para unirse sobre la barba. Estas pinturas debieron hacerse desde 1280 á 1348, año en que falleció muy anciano Barberini, autor también de las miniaturas, el cual nació eu 1264. A semejantes tocados debieron darse los nombres de coceóle, teraccole, capellina, tcstiera. A ellos alude Sacchetti en su canción contra el lujo de las damas: «Nuova cosa é veder la notturna beretta dove d' intorno al volto fatta in prova sta di moscón di panno una righetta. . . . Y lor cappelli quanto piu longhi hanno; e piu se ne conforta la mente lor, per dimostrare fuore con elli scapilliti á tutte 1' ore.» Este autor y otros florentinos, hacen frecuente alusión á los traeres y armas de los catalanes. Los trajes de la Corona de Aragón se asemejaban á los italianos, y el de dicha D.a Constanza se compone de gonela ó garna- cha, con mangas en punta no muy largas, y botones en el brazo, que so- lían llegar hasta el codo(Carderera, Iconografía española}. Bajo apelación de TREZA, señálase la trenza de mujer en el memorial de los Podestá de Regí de 1219; trecciaen actas de Santa Francisca Roma- na, y trecia en J. Demuss., Crónica Placent, 1314. La trenza dio nom- bre al trenzador ó peine, en francés trécouer; Cuentas de 1239: «pro una ceintura argenti et duo trecouers.» Seguían las doncellas llevando sus ca- bellos sueltos por las espaldas, y las señoras los traían pendados ó peina- dos, y partidos ó en griñones (grignones, bucles), sobre sus cernejas y mencojos (partes del rostro, Berceo),á veces entremezclados de áureas he- bras. En el Salterio de San Luis (Biblioteca del Louvre), van las damas pobladas de rizos, ceñida en la frente una simple coronilla. Siendo, em- pero, más general su costumbre de velarse, cuidaban del rostro, única parte visible de la cabeza, con especial ahinco, y mediante unturas, pin- tábanse de blanco y rosa, se alcoholaban, alheñaban, polvoreaban y za- humaban. Para ennegrecer el pelo (negreziment) valíanse de un peinazo ó cerote. Berceo habla de cejas teñidas y ojos alcoholados. Cierto romance lemosin pondera el mérito de una gentil dama, porque tenía el de no pin- tarse: « dama gent, que nos'met color ni s' penh.» Las moras, señaladamente, empleaban alcohol para los ojos, valién- — 115 — dose para esta operación de una aguja (alcofolera é almayud), alhidab ó pintura para los párpados y alheña para las manos. Alheña ó albeman era un compuesto de azafrán con que daban color á las uñas de manos y pies. Gastaban multitud de esencias, aceites y pomadas (mantecas), al- mizan ó almizcle, civeta, algalia, aceite rosado y de violetas, aguas de lo mismo, etc. A este siglo corresponden buenos y notables documentos ya citados, que, reco pilando anteriores noticias, vamos á reseñar. El bello sarcófago de las SS. Sabina y Cristeta en Avila, figura á la santa y una compañera suya, caballeras en palafrenes, aquella con toca monjil y manto encima, y la segunda suelto el pelo, con frontalera. En el Registro Feudorum Ceritanio; (Real Archivo de la Corona de Aragón, 1220 á 40), lleno de miniaturas, siguen los hombres usando pe- lo partido, con un pequeño rizo ó cepillo en mitad de la división; los clé- rigos conservan sus barbas, y las damas sus tocas de fazalejas, cruzadas, ceñidas y con babera. La preciosa Riblia de Vich de 1268, ofrece por tocaduras masculinas, sombreros anchos, de camino, casquetes, píleos puntiagudos, bonetillos, capilla abotonada y cofia, en especial entre clérigos y letrados; el pelo con su rollito sobre las sienes, se hace remarcable por su atusamiento. Las señoras, ó peinan en cabello, ó le sobreponen un bonete llano, rete- nido por el barboquejo. Algunas se abrigan en manto. Otro códice del mismo Archivo (Concordia canonum discordantium) representa doncellas en cabello con garlanda. y señoras con tocado de ligaduras, compuesto de simples bendillas, frontalera y barbicacho. El peinado de los hombres es el corriente de la época, á gruesos bollos la- terales y arrolladura delante, bonetes de tutupia, capillas, casquetes y cofias. En unas Decretales del año 1292 (ibid.), igual peinado y píleos bajos para hombres; para mujeres el consabido cabello mesado y coro- nilla, toca cerrada, bonete bendado por encima ó por debajo, etc. Uno de los buenos M. S. de mediados del siglo, es el de los Fueros de Aragón, concedidos por el rey D. Jaime el Conquistador, encerrando delicadas viñetas de trajes civiles para ambos sexos, eclesiásticos y mi - litares, que constituyen el documento indual más legítimo deaquel rei- nado. El monarca ostenta corona floronada; los dignatarios cofia y tutu- pia separadamente; los señores un píleo bajo como bonetillo, pero más piramidal que en Castilla, más cercenado delante que detrás, y prolon- gándose la curva frontal en una tirilla que podía anudarse debajo de la barba; ésta escasa, y el peinado en guedejas crespeadas: vese así bien un sombrero muy aplastado, con vuelta alrededor y cordón sujeto á la bar- billa. Las damas se tocan con bendas cruzadas alrededor de un gorro — ilt> — cónico, ceñida á los carrillos una de dichas bendas, sobre cabellera des- prendida. Los guerreros llevan almófar y un casquete de hierro más ó menos aplanado (capell jubat), de ala ancha corrida como una bacía. Hemos ya aludido á los preciosos códices del rey Sabio: nada más lindo que sus dibujos, ni más interesante por sus pormenores. El pileo nacional descuella airosamente sobre las cabezas de varones y hembras: el de los primeros á guisa de morterillo cercenado delante y prolongado en el cogote, á veces con orejeras; el de las segundas, en forma de cono más ó menos truncado, los sencillos enfundados en lienzo con una ben- da que desciende hasta la barba, algunos con doble y triple babera fes- toneada; los más ricos cubiertos de gasa rizada, orlados y cresteados con envolturas de pañuelos ó toquillas de rayas, ricamente bordadas de colores, ciñendo su rostro el barboquejo, ya de las mismas toquillas, ya de cinta puntillada, derramándose amplios rizos por debajo de ellos sobre hombros y espaldas. Obsérvanse además para hombres, todo gé- nero de cubiertas, cofias, capillos, bonetes, bicoquetes, gorros, caperu- zas, capirotes con manga enhiesta, capelos ó sombreros cónicos alian- chos, sin contar las tocas y los turbantillos de especiales tipos arabescos. Gastan á su vez las hembras, tocas abiertas ó cerradas, implas, fronta- leras, cortinas, velillos, velos grandes, mantellinas; y las moriscas, ó van despeinadas, ó ciñen simples izares y fazalejas de cabos listados, anudados coquetamente á un lado, pañuelos á modo de pequeños tur- bantes, con ó sin velo, y una capota abrochada debajo de la barba y ce- ñida sobre la frente con benda ó toalleja. Todos esos manuscritos son un fecundo venero para la indumentaria castellana del presente siglo, como no pueda exhibirlo nación alguna. CALZADO El lujo creciente influyó en la zapatería como en todo lo demás, ayudando los progresos de confección y materia, que produjeron real- ces inusitados en el decurso de este siglo. Hallado el arte de estofar, picar y grabar ó relevar las pieles, ya no hubo señor ó dama que no lu- ciesen zapatos con labores, pinturas y dorados infinitos, principalmente en la segunda mitad del siglo. También los colores, materias y hechuras variaron á medida del gusto ó de la riqueza, según cabe argüir de la iconografía y de numerosos documentos escritos. Zapatos entrados, abier- tos, altos, descollados, fenestrados ó rejillados, consuticios, repuntados, lazados á cuerda, cordelados y anudados, rujati ó rayados, ferpados ó con fleco, hevillados é de fiviella, entretallados, orfresados, ribeteados, — 117 — pintados, con oro, plata y pedrería, negros y de colores, etc., etc. Los más comunes eran de punta, cerrados y subidos hasta la garganta del pie, con lazo ó hevilla, ó sin ellos, y labor de rejilla, ó rejilla calada más ó menos fina; moda bastante general en nuestro país. Muchos zapatos lle- vaban tiras á lo largo, al través, cruzadas, anguladas, redondeadas, con- céntricas, etc. Habíalos abiertos, de cuartel subido, ya cogidos con una o varias abrazaderas, ya hendidos por enmedio, con nudos ó botoncillos á trechos (nodati), ya calados artificialmente (fenestrati), siempre bien ajustados al pie, atendiendo á la comodidad. Los descollados tenían á su ingreso ciertas incisiones como almenillas, ó una ancha abertura virada alrededor. Lión gozaba fama de bordar zapatos de diferentes paños. Nuestras leyes hablan de los ferpados ó con fleco, de los de á cuerda ó de íiviella, en Aragón «sabates ab corde» (prohibidos algún tiempo), y de los dorados, con espuelas para caballeros, prohibiéndose á moriscos los blancos y dorados. Atados con betha ó cuerda, eran extensivos al clero, como también los descollados, que se lazaban ó abotonaban, de los cuales debieron abusar, según censuras de sínodos y concilios («nehabeant cano- nici et monachi calceamenta cum nodatis, vel aliter aperta, sed sint clausa et alta»). Sínodo de Monpeller, 1214: «canonici regulares, nec decollatos aut nodatos habeant sotulares, nisi tres nodos ad minus ha- beant in quolibet sotulari». Concilio de Saumur, 1276: «sotulares consu- ti laqueis, consutitii, cordelati, rostrati, et.» Constituciones del carde- nal Galón, 1208, concilio de París, 1212, de Sarisbury, 1217, Estatutos de Marsella, 1230, Concilio de Tarragona, 1282, Sínodo 4e Nimes, 1284, id. Rotomag , 1299), Berceo incluye en calzado de mujeres, zapatos ricos de cordobán entretallados, pintados con oro e con plata, atados con cuer- das de seda; y los inventarios sucesivos de nuestro país, registran zapa- tos de seda, labrados y enriquecidos de oro y pedrería, á veces encorcha- dos, otros con ribetes calados, cosidos en sus bordes, orfresados y bordados (consutitiis, aurifriciis, pictis). Los de hombre solían tener incisiones laterales, siendo de menos lujo, y mitad más baratos que los de mujer. Del rey D. Pedro de Aragón, dice su crónica, que iba (lint ó gentilmente calzado, ponderando la riqueza del que llevaba puesto. En el ceremonial regio iban figurando calzados de seda y brocado, con pre- ciosos realces de pedrería y ricos metales. Los romances franceses dis- tinguen entre zapatos de lazo y de becerro, asignándolos á gentilhombres, bordados y aljofarados, y otros dichos boronés, de cendal, terciopelo, brocado, tabí, etc. Estos solían usarse por casa, con presilla hevillada ^obre la garganta del pie, y punta redondeada; para calle eran generales de cordobán, becerro ú otras pieles. En fueros aragoneses dispónese de los zapateros (libro 4.° de Cerdonibus), «quod possint faceré sotulares — 118 — magnos et parvos, stivales, hosas et aliud opus quodcumque de pellibus hircorum, arietum, etc. D. Alonso X les mandó no emplear en calzado cueros de caballos ni de bestias mulares ó asnales, cuyos cueros solamen- te debian servir para sillas de montar, escudos y vainas de espada. De los de cordobán ó cortluani siguen haciendo mérito los autores; Guiart, 1202: Nos de chauces deschauciez et de soulers et de cordouan... Romance de Jordán: Chauces de paule, sollers de cordoant... Guiberto: calcei de corduba; «sotulares corduan.» Orderico Vital, His- toria del Delf.0, escritura del Común de Baigneuls, 1288, etc. Los zapatos de badana y baldés (aluda), valieron nuevo nombre á los maestros de obra prima de Francia: escritura de Pedro, obispo de París, en 1218: «quarellos (cojines) unum de corio decoratum, et duo operatos ad basa- nium nostrum » Regesto del Veguer de la misma ciudad, 1270: «¡1 appar- tient au voyer de íaire cueillir de chascun bassanier qui vendent petits soUiers devers le degré de la Mercerie, chascun an, 12 deniers la veillede Noel.» «Sotularium curaterü seu aluderii*. Concilio de Beziers, 1299. Dánse los nombres de sabaterium, sabaterii, y de sabatum, sabbatum, sabatée ó sotularii en los Fueros de Navarra, Estatutos de Juan XXII, id. de Arles, Tabulario de Marsella, Concilios de Beziers, 1252 y 1280, id. de Aix, 1259, escritura de 1289, etc. Los Estatutos de Saluces disponen «quod quilibet caligarius, seu fieri iaciens subtalares ad vendendum in Saluciis, debent poneré eisdem soleas de schina corii grossas, et in eis poneré vardonos (italiano guardone ó vira) de schina corii grossi, et hoc intelligatur in subtelaribus grossis; in id. vero subtüibus, debeant po- neré soleas de corio breato cum vardonis corii breati.» La denominación de sotulares, satulares, subtalares, subtelares, etc., sostiénese en varios textos; Estatutos de Aix, 1259, Memorias de Regí, 1282 y otras. Corrían en España otras dos clases de zapatos, denominados zapatillas y zapatas. El primero sería un zapato de menos empeine, que hallamos en lemosín con nombre de zabató. («Sabatós de un doncel, Romance francés). Las zapatas ó zabatas, eran abotinadas, empleadas por mujeres de clase baja, y quizá por señoras para callejear. También dio este siglo á España otro calzado muy acepto de las da- mas, y que hizo eri lo sucesivo gran figura: el CHAPÍN (tapí en catalán), común á entrambos sexos desde el segundo tercio del siglo. Defínelo Co- varrubias en estos términos: «Chapín, calzado de mujer, con tres ó cua- tro corchos, y algunas llevan trece por docena, y más la ventaja que le- — 119 — vanta el carcañal. En muchas partes andan euzapatillas.no tomando chapines hasta que se casan.» Durante el siglo xui no llegaron á la exa- geración del xvi, sirviendo solo en su origen para evitar los inconvenien- tes del lodo y de la humedad. Del género de BOTAS, señalan nuestros documentos ESTIVALES, Ó botinas, y HUESAS (hoses, osas), ó botas flojas: asimismo botas y zapatos de cuero, especiales de mujeres moras. «Hueses tirées», en romance de Garin, «hou- cias et clochas», en Estatutos de Guillermo Mayor; «heuze de cuir», en Joinville, historia de S. Luis; «houziaus», en romance de Aubery; «ho- sellos», en Concilio de París de 1212; «heuse ou estivaux ou esqueuvaux pour chaucier les gambes» (Glosario latino gall.0). M. Paris hace de la osa un calzado caballeresco (1247): «calceamentis militaribus, qua; vulgari- ter heuses dicuntur, sa;culariter, imo potius prodigaliter. calceati et cal- carati.» Botas se meacionan en documentos de 1210, Estatutos de los hos- pitalarios de S. Juan, Premostratenses, Predicadores, Odón, obispo de S. Dionisio, 1231, Historia de S. Germán de París, Tabulario de S. Ber- tin, 1210, 26,29, V. de S. Gualtero de Birbeke, que dice botus por bo- ta, etc., etc. La indicación de ESTIVALES es no menos frecuente (Crónica del señor de Gravina, ordenanzas de Santa Bárbara de Londres, la ma- yoría de Crónicas, ordenanzas, romanceros, etc. Estival, procede del stiffel alemán, según críticos autorizados, hecho en forma de borceguí, á que poco á poco vino reduciéndose la bota. A esta fijaban sus espuelas los jinetes, de oro los caballeros, y simplemente de metal dorado los es- cuderos y otros servidores de inferior categoría. A un portero real, en inventario de nuestra colección, se le considera de los últimos. ZUECOS, GALOCHAS, PATINES y CHANCLAS ideáronse por la necesidad de no enlodarse en tiempo de lluvia, aunque tal vez los utilizaban las mujeres, como hicieron de los chapines, para darse elevación. El zueco, de antiguo origen, es el sóc catalán que aun persevera, llamado soguus en unos Esta- tutos del obispo de Marsella de 1271. La galocha ó chancla procede de la antigua gdllica, en catalán esclop, en lemosin zanca, compuesta de suela de palo y sobrepié de cuero, ó anchos pasadores. El trovador Amenee ponderando á la linda Guillermona castellana, la encuentra el mérito de que no usase «soc ni zanca». Los patines reducíanse á unas plantillas de madera añadidizas, afianzadas en dospuentecillos, que las elevaban sobre el piso, y servían para andar por los barros, deponiéndose al entrar en casa. Habíalos ferrados, y por el ruido que hacían, al igual que zuecos y galochas, fueron prohibidos en algunos monasterios: «nec etiam in ecle- sia vel claustro, portabunt canonici, patinos sive soceos ferratos, strepi- tum magnum facientes » (Estatutos de Aix, 1293). — 120 - Nuestros paisanos no dejaban de beneficiar sus abarcas y sandalias, mencionadas en los textos del presente siglo, con nombre de avarques, emítales, sandalias. Las actas de San Pedro Celestino hablan de uhiffones villosos», por calzado villanesco, variedad de abarca, vulgarizada en los Abruzos, tal vez originario de cippo, tronco, por su suela de madera, co- mo el zueco, ó porque los usasen sifones ó histriones, y se sujetaban á la pierna con correas. En Francia y en otros paises, estilaban los labriegos yamachas, antiparas más ó menos subidas de cuero, lana ó lienzo, sin bolones, atadas solamente á ambos extremos, rebosando algo de las ata- duras; derivación del viejo tubruco, según Ducange, y definidas por OCREAS en un añejo Glosario: «Ocrea lanea; ocreis ant caligis coriaceis, superim- poni sólita, quam vulgo gamache appellamus.» ESCARPÍN, con denominación de scarpa y scirpetla, sale en el romance de (¡arin (searpetta, por calzado viajero), y en Gauírido Malaterra: «nullo consurgens vili veste, et scarpis quibus pro calciariis utantur.» De per~ les orillados, «pedules limbati,» hablase en el libro de Disciplina Scho- larium. Los estatutos de Valledei (Stefanoto) aluden á botas, soletas et baas. Esta última voz es el nombre francés de la media (has), que viene aquí enunciado por vez primera. Conserva, sin embargo, en los autores, el clá- sico de tibíale, tubrucum, tubulum; y en su uso, aunque pospuesto á la calza por los caballeros, nunca cesó entre gentes populares y entre la cle- recía. Las calzas eran de géneros vistosos y mostreados, pero negras por lo general en Francia, durante los últimos años de Felipe el Hermoso: á medio muslo prendíanse con las bragas, y estas se ceñían mediante un ceñidor llamado braguero, que se nudaba ó lazaba en la delantera. Mantúvose en el sigloxni,bastante moderada, la punta deesa variedad de calzados, no ya con apelación de pigacia, sino con la de liripippio (leer-pyp en alemán, equivalente á tubo de cuero), y de?'OS serio para salir á la calle, tabarros clamos para viajar, y scissos cuando fueren en comitiva con sus superiores. Prohibiólas clamydes, «capitium, vel spateram, velpelles varias habentes;» los colores chillones, «las intuías albas discoopertas (capillos), vel etiam sub birretis.» y el uso de «subte- laribus consutitiis vel imbotonatis, et alus qn» prohibita sunt in con- cilio generali.» (El 4." Lateranense de 1215). Los alemanes de Tréveris (1227), de Maguncia, de Colonia (1260 y 80), de Salzburgo (1274), de Colmar (1298), etc., dan claro testimonio de que el achaque fué común á aquella región, ya que censuran en términos equivalentes los paños rojos y verdes, las calzas bermejas, las mangas repuntadas, los zapatos costurados y lazados (nodatis), las capas mani- cadas, aun para religiosos y monjas, los vestidos abiertos, principalmen- te por sus Uancos (prohibemus á latere aperiri, de Salzburgo), las túnicas, «phalas indumenta, cappas manicatas, tabardos» (de Colonia), y los ceñi- dores de oro y plata, con bolsas y marsupios (massubiis) de seda (ne pro- cedant in publico circumcincti veste suprema, ibid.). Conrado, arzobispo de Colonia, prohibió en 12(10 las sobrecotas á religiosos: «ne monachi surcotiis utanlur etc. En Hungría, el Concilio de Duda que se celebró el año 1279, presidi- do por un legado pontificio, manda en primer lugar que los obispos cuando vayan á caballo ó á pie en público, traigan roquetes (caulistas albas sive rosetas), siempre debajo una capa ó mantel orbicular, cogido al pecho ó á la espalda; y en tiempo de lluvia ó para largos viajes de ne- cesidad á la corte ó en la guerra, puedan usar manteles redondos ó ta- bardos de regular dimensión, con sus caperuzas separadas. A los canó- nigos les previene que ahorren todo rico aforro en sus manteles y capas, y á los seglares que se distingan llevando siempre túnicas de lino (sobre- pellices), ó capas cerradas, por ser las más propias del estado religioso. - 137 — Para el demás clero, quiere que depuestas las mangas cosedizas, todas sus ropas de encima, ya sean togas ó garnachas, ya sobrecotas ó super- tunicales, caigan cerradas por su ruedo, hasta el borde extremo (cir- cumcirca usque ad fimbrias deferant clausa). Prohibe cuellos, salvo sólo los redondos á cercen, en abrigos de campaña (nuüa collaria, nisi forte in tabardis vel mantellis ad equitandum, circumcirca omnino rotunda•, y además los botones y brochaduras de oro y plata. El siglo xiii vio nacer tres grandes institutos monacales: los trinita- rios, para redención de cautivos, los franciscanos y los mercedarios. Dos egregios varones, compatricios nuestros, San Juan de Mata en 1198 y San Pedro Nolasco, asistido del rey D. Jaime y de San Raimundo de Pe- ñafort en 1223, fundaron, el primero la orden de la Trinidad, y el segundo la de la Merced, también para redimir cautivos, que tuvo origen y asien- to en Barcelona. La de frailes menores, obra del grande héroe del cris- tianismo San Francisco de Asis. empezó el año 1211 en la iglesia de .Vues- tra Señora de la Porciúncula, propagándose tan velozmente por Italia. España y Francia, que á los pocos años, en 121!), su primer capítulo ge- neral celebrado en Asis, pudo registrar hasta ii.OOO afiliados. Esta orden se dividió mas adelante en espirituales y conventuales, y produjo las hi- juelas de llecoletos, Capuchinos y Observantes, cuyos religiosos, con ser hijos de un mismo padre se distinguían bastante, así en el hábito, como en la manera de vivir. El sayal de los franciscanos era gris; el de los ca- puchinos pardo, colores naturales de su grosera urdimbre, bajóla he- chura mas sencilla del traje rústico vulgar, ceñido con una soga de cáñamo. La regla aprobada por Honorio III en 1223, prescribe á los no- vicios «pannos probationis, videlicet duas túnicas sine caputio, cingu • lum, brachas et caparonuin usque ad cingulum». A los profesos, túnica con capilla y otra sin ella, los que quisieren, pudiendo calzarse en caso de necesidad. Añade, «et fratres omnes, vestimentis vilibus induantur. et possint ea repetiare de saccis et alus petiis». Los trinitarios y merce- darios vestían casi de una misma suerte, gonel ó saya, escapulario y cogulla ó manto, todo blanco de lana, variando solo en sus divisas: cruz partida de azul y rojo los primeros, que se dividían en calzados y des- calzos, y los segundos, escudo de las barras catalanas, surmontad) con cruz blanca.. En la regla que á los primeros dio Inocencio III, se dice: «Vestimenta sint lanea el alba, et liceat eis habere pellicias singulissin- gulas, et braceas, qu del cilicio ó camiseta de estambre (staminetam), cons- taba de dos ó más túnicas y mantel cogido al cuello, hechos de paño pobre gris, bastante largos para cubrir los pies, pero sin arrastrar, y la túnica convenientemente holgada, con escapularios de estambre, sin capi- lla, también adecuados para la labor; cintode áspera cuerda; vendasó to- cas blancas sencillas, sin curiosidad, y velo encima, negro entre las pro- fesas y blancoentre las novicias. Por igual estilo, á las minoritas de la orden de San Damián, impuso Inocencio IV en 1247 el cilicio ó estamínea, dos ó más túnicas, y mantel ancho y largo, unas y otro de paño ínfimo, así en calidad como en color, escapulario sin capilla, de estambre ó paño 1¡- jero, tocas blancas y no canosas, bien cerradas (vittis aut peplis), y velo negro copioso, para alcanzar hasta los hombros, y por detras allende la capilla de la túnica. El escapulario podían usarlo debajo del manto, y en la cama. Las novicias distinguíanse por el color blanco del velo, y las sirvientas por una mantilla también blanca y el ceñidor, que era de lana. Sus servidores ó mandaderos cubríanse con sayos sin capucha, de man- ga justa, largos hasta cuatro dedos del tobillo, cinturón de correa con un cuchillejo, y capuz (caparonum) que por delante alcanzaba á las rodi- llas, y lateralmente no pasaba del codo. Este capuz era extensivo al ca- pellán, aunque menos largo, y debajo de la capa. Por calzado zapatos, cal- zas y bragas anchas, subidas y hendidas en la delantera (ante fissa). En una definición del capítulo general de la orden militar de la Mer- — 141 — ced celebrado el año 1272, según el P. Ribera, se previno que los hábitos de los freires fuesen de lana blanca; que llevasen gonela redonda, y bra- gas de lino, sin que el maestre, los comendadores y freiles conventuales, pudieran usar capa, sobrecota ni otro vestido de paño de Narbona, de- biendo contentarse con el sayal, llamado floch. Concluimos con algunas indicaciones sobre el traje asignadoá los ca- balleros de la orden militar de Santa María, según la bula confirmatoria del año 1261. Los conventuales debían usar túnica interior de lana blan- ca ó piñolada; encima de ella, garnacha de igual color, ó bien camelinoú otro paño gris; mantel con ó sin capilla, blanco, gris ó de camelino, y para cabalgar gausapas Iguascapis) grises. Las mangas de túnicas y so- bretúnicas, cerradas; el calzado decoroso, sin labores ni esculturas cin- celadas «cum ferreto»; zapatos sencillos de badana ó de paño fuera de la iglesia, con correas de cuero no añudadas (manubriatas), y en clase de pieles, las corderas. Para traje de guerra, escudos, yelmos, sillas y otras insignias blancas, con la cruz roja de la orden, surmontada de dos estre- llas. Los hermanos casados, además de gausapa y mantel, podían tener capa cerrada gris ó de camelino, y sus mujeres iguales túnicas, sobretú- nicas y manteles, forrados de cordero, tocándose sencillamente con ben- das ó ligaduras, sin colorines impropios, A los hermanos clérigos, camisa de lino ó guarnello blanco, y también sobrepelliz con capa cerrada, ó sin capa según la estación. T R A J E DEÍ< S A G R A D O MINISTERIO Para hacerse cargo de sus formas y variaciones, no hay más que echar una ojeada á los facsímiles de nuestra colección. Rico y aun fastuoso en lo material, suele ser tan digno como comedido en su conjunto, y acaso ninguna otra época ofreció mayor propiedad con relación al sublime des- tino de la indumentaria ritual. Esta propiedad hija de un gusto ver- dadero y bien sentido, campea por igual en todas las naciones cristianas: nada de mezquino, á la vez que nada de afectado, y mucho menos de r i - dículo. La planeta, la dalmática, el floqueto, la capa, hasta el sobrepelliz y la cota, caen naturalmente en graciosa plegadura, adaptándose unos sobre otros sin balumba ni ociosas excrecencias; dando al ministrante, en el altar y en el coro, dentro ó fuera de la iglesia, en todos los actos solemnes del culto, la noble y augusta apariencia de un ser escogido, algo superior á lo terreno, la del verdadero ungido del Señor. Muchos buenos tipos escultóricos del siglo XIII, evidencian mejor que nada, esa — 142 — parsimoniosa decorosidad, que tan bellamente realza las imágenes de sus santos y prelados. Un cardenal de Verceil, en su testamento de 1227, enumera todas las prendas que constituían el paramento (apparatum) consagrado: «dounum apparatum de meis, scilicet planetam, dalmáticam et tunicam de zameto rúbeo, cum camice, amietu, stola et manipulo.' Cuando el sacerdote salía á celebrar, telábase la cabeza con el AMITO. Este en lugar de atarse con cintas, solia prenderse ala delantera mediante un broche: su cuello bordado y doblado persevera hasta Unes del siglo in- mediato. Auger, obispo de Conseran en sus Estatutos (1280), lo denomina supercapellitium: «ne capuelkt' baptizatorum (las capillas bautismales que era costnmbre dejar á la iglesia) ponantur in alus quam in eclesias- ticis usibus, videlicet inde faciantsupercapellitia.» El ALBA, CAMICE ó CA.Mis, conserva en su orla anterior y posterior aquel adorno de brocado dicho paramento, que juzgamos preferible y harto más serio que los llamantes encajes, siendo sobre todo más artístico por rela- cionarse con el estilo de ornamentación de las planetas y dalmáticas. Un concilio de Colonia de 1260, ordenó que los sacerdotes para cele- brar el santo sacrificio, llevasen debajo del alba una veste camisial, ya para evitar el roce de aquella ropa consagrada, con la túnica ordinaria, ya para impedir que se trasluciese ésta: «Sacerdotes, quociescumque cele- braturi sint missam, veste camisiali subalbisnoncareant, ne albam, qua- consecra ta est vestís ipsorum, tunic» apparere.» El MANÍPILO, en algunas localidades, conserva la denominación defano ó fenol, y cual la ESTOLA; su hechura de banda larga y angosta, salteada de crucecillas bordadas, y cabeada con lleco de oro. La estola se precisa para la administración de sacramentos, y á los clérigos, curas, abades y deanes, para asistir á los sínodos, con alba y sobrepelliz. (Conc. de Buda y de Colonia, orden, de Rúan y de Eudo arz. de París). Todavía se llama ovario (stola, seu orarium) en Estatutos de Riculfo, obispo de Soissons, en los de San Edmundo de Cantorbery 1233, en el concilio de Sarisbury de 1217, etc. Tampoco el CÍNCULO pierde su forma de ancho tahalí, lleno de realces y bordaduras. La CASILLA, aunque algo esmochada lateralmente, sigue ostentando pliegues grandiosos. Su mejor adorno lo constituyen las telas y paños de que se compone, muchas veces trabajo oriental, mostreadas de dibujos caprichosos, en verdad no siempre adecuados, pero sí de brillante efec- to. Algunas se exhornan con el escudo de armas de sus propietarios ó donadores. Las galonaduras vienen á reducirse á una tira central y dos orilladas, siendo rara su colocación en forma de cruz. Es aun frecuente — 143 — dar á la casulla el nombre de ínfula, como aparece en Estatutos de las iglesias de Tudela, Cahors y Ruthe: «casula, quce alio nomine planeta vel Ínfula dicitur. ínfula seu casula quce alias vestes cooperit, caritatem significat, quoe virtutes continet in se omnes.» Escra. de Sta. María de Soíssons del año 1247: «presbyter canonicus indutus ínfula, scriníum reliquiarum portabit.i La orden Cisterc." á tenor de una relación in- clusa en el Monástico Angl., prohibiólas casullas de paño de oro ó plata, consintiéndolas solo de lino ó fustán (la fustania de los Anales benedic.} En la Visita de la tesorería de S. Pablo de Londres, año 129o, se con- signan «casulas de fustia, cujus totus apparatus de fustian; vestimentum cum apparatu de pal suficienti; et casula de fustian. Casula de fustein», en Acta SS (de los Bollandos). Semejante á una larga cota manicada, hendida por los lados, era la DALMÁTICA. «Almaticas de finos ojalatones orfresados», se registran en las poesías de Berceo. Los obispos solían llevarla debajo de la planeta y en- cima de la estola, cuyos cabos descendían por el remate de ella hasta cer- ca de los pies. A la dalmática se parece el FJ.OQUETO, llamado flúsculus en un Ordinario de St. Germain des Prés: «duo monachi in flósculis suis, accipiant ce- reos, etc.» Ya sabemos que el SOBRKPELUZ y el ROQUETE se diferenciaban del alba en ser más cortos, y uno de otro en sus mangas, anchísimas las del pri- mero, y justas las del segundo. Genéricamente se les llamó camisas: »Camicias albas elrosetas» del concilio de Buda, «albas y rosadas» del ordenamiento de Valladolid, «camicias de vinipa et cortina», del registro de Aniversarios del Vaticano, bajo Bonifacio VIII. Las rosadas y de vi- nipa serían una misma cosa, esto es, sobrepellices tan finos como la gasa (vinipa por guimpa ó velo), debajo de los cuales se transparentaba la so- tana roja, que solía alternar con las negras, moradas, azules y de otros colores, como aparece de varias miniaturas, entre ellas la del privilegio rodado de I). Sancho IV, y cual todavía se observa en muchas iglesias, se- ñaladamente para monacillos. La camisa de cortina, á significar esta voz un palio de brocado ó seda conforme opina Ducange, indicaría mejor un floquete que un sobrepelliz, tanto más en cuanto recibía lujosos apéndi- ces ornamentarlos, insiguiendo el mencionado registro del Vaticano: «quatuor camisias de cortina, cum pectoralibus et gramatiis de opere cy- prensi » No era menos genérico el nombre de cotta. aplicado al roquete (Estatutos de Alberico, obispo de Plasència. < in decenti habitu. scilicet in cappa clausa vel cotta: Bula de Nicolao III, i '¿80: dineis togis, super- pelliceis sive cottis^). El misino dispone que los diáconos vayan con cota y estola, y los subdiáconos y acólitos solo cun cota. A los canónigos de — 144 — Mantua, por sus Estatutos les era lícita únicamente en el capítulo y en el coro, durante la celebración de oficios. A otros canónigos, el prebost e de San Audemer en 1227, ordena que vistan decorosamente con sobrepelliz y capa decentes, no apedazadas ni remendadas (non taconata seu repetia- ta). Los de S. Pedro de Roma, por el arreglo de oficios y hábitos que hizo Nicolao III en 1279, siguieron la costumbre ya anticuada de vestir sim- ples sobrepellices en verano, desde Pascua á Todosantos, y en invierno sobrepelliz con capa de sarja negra, ó «lineis togis, superpelliceis sive cottis absque cappis, quod hactenus, ut accipiums, lieri consuevit... pos- tea vero super superpellitiis, lineas deíerant cappas nigras de sargia sim- plices». Aunque propias del sobrepelliz las grandes mangas, habíalos sin ellas, y en este caso tenían para los brazos unas aberturas ó incisiones que ruego se exageraron hasta motivar su prohibición (Estatutos srnod. de la iglesia Leodic: «.clérici etc. non íerant aperturas sub asellis (sobacos) in túnica linea vel superpellitio»). En Francia y en Inglaterra, sobrepelliz y roquete se dijeron sarrot, nombre que ha quedado á un capotón basto para labradores y soldados (Estatutos de la iglesia Leodic, 1287: «pres- byteri sub albis, induti sint superpelliceis vel túnica linea, quoe vulgari- ter saroth vel roquet appellatur.») Id. de Esteban de Firmont, abad de San Gil, 1276: «omnes in stallis superioribus (del coro) sedentes, possint vestiré sarrotos simplices, et sine aliqua curiositate.» Un inventario de Limoges describe todavía en 1419, «quinqué sarrotti modici valoris, etc.» El roquete hubo además en francés é italiano el renombre de sarcos (Es- tatutos de la iglesia Camerac en Marténe: «presbyteri, sub alba,sint in- duti superpellitio vel túnica linea, quoe gallice dicitur sarcos jsarcotum, sarcotium,» etc. Sínodo de Gofredo, obispo de Pavia, en 1284: «sacerdotes portantes sacramenta, superpellitio et surcotio sint induti»). El obispo Olivella de Tortosa, en 1270, subiendo la dotación asignada para vestua- rio de sus canónigos, dispuso que el camarero diese anualmente al obis- po, 20 sueldos, «pro uno superpellicio de tela » Inexcusable ya para las grandes festividades y principales ceremonias, la CAPA PROCESIONAL ó PLUVIAL, «capa, ad a quam,» pallio capdal en Berceo, piciale en la crónica de Forli; viene descrita por Durando en estos tér- minos: «pluviale vel cappa, habet caputium; prolixa est usque ad pedes, in anteriori parte fimbriis adornata, quam nonnisi in majoribus festivi- tatibus induunt.» Solían hacerse de ricos brocados; el obispo de León D. Martín Fernandez en 1289, regaló á su iglesia capas de saniito y bal- daquino. Los obispos adoptaron la procesional, en sustitución de la ca- sulla, cuando no oficiaban, y la misma ó pluvial, según el concilio de Buda, debían llevarla en los sínodos con sobrepelliz y estola: «episcopi et mitrati cum superpellitiis, stolis et cappis seu pluvialibus sínodo ad- — 14o — sint.» Nicolao III en su dicha bula de 1280, dispone vayan con ella los oficiantes al incensar el altar, «non in cappa linea, sed sérica qua> plu- viale dicitur.» Allí mismo establece diferencia, no solo entre los hábitos corales de invierno y de verano, sino también entre las capas de los ca- nónigos y de los beneficiados de coro bajo. Aquellas podían ser forradas y abiertas desde la cintura abajo (foderatas á cingulo vel circa ex parte anteriori, fissas inferius et apertas); las segundas debían ser cerradas, con solo una hendidura para el brazo(ipsisuper clausa vestimenta, clau- sas cappas habeant, non apertas, módica dumtaxat in fine cappo? et ante pectus apertura dimissa, per quam brachium possint extrahi, juxta mo- rem). Los forros permitidos á estas, eran veros, corderos, conejos, ardi- llas, etc. (Mat. Páris: «cappa coralis, pellibus variisfurrata. Id. cura pe- nulis et furruris de pellibus variis cisimorum.» Estatutos del Hospital de S. Julián: «uti furruris, dummodo de pellibus sint ovium vel agno- rum, minime prohibemus.» En lugar del antiguo RACIONAL Ó LOGIO, llevaron los sacerdotes un pa- ramento ó adorno de accepción algo complexa, pues si unas veces parece equivaler á alba (pectorak, rationale, quce á vulgo alba dicitur), otras viene á ser accesorio ó parte de la casulla («abbas quasdam casillasdeau- ratas in margine et in pectorali, elaboravit,» Burkardo, de Casib. S. Gal.), ó bien un ornamento independiente («nec habebit pectorale, sed solum amictum et albam,» Ceremonial Romano, 1272). Últimamente se redujo á un broche (la broncha castellana), que cerraba ciertas ropas superáneas y singularmente la capa pluvial, «camisias de cortina cura pectoralibus et gramasiis». Aniversarios del Vaticano; «pectorale ex auromundissimo et gemmis proetiosis,» necrologio déla iglesia Carnot.0; «capas de rúbeo sameto, optime breudatas, cum pectorale; id. cum rotundis pectoralibus aurifrigiis; id. indica breudata, cum pulchris pectoralibus, etc » Visita de S. Pablo de Londres, 1293). A veces en esta misma época designó la franja delantera de la casulla («casula de nigro sameto, dorsali et pecto- rali optimi aurifrigei vineati (con adornos sarmentados), id. de sameto purpúreo, aliquantulum sanguíneo, cum pectorali literato; id. de albo diaspro cum pectorali et dorsali largo de llósculis de fino auro; id. cum pectorali et imaginibus Petri et Pauli de fino auro, et humerali vineato de fino auro breudato, et lapidibus insertis, et extremitate talari consi- mili,» Ibid). Para cubrirse la cabeza, estilaba el clero grandes solideos, proporcio- nados á la dimensión de su tonsura; ínfulas, tenias, píleos, merlinos en Francia, etc. La almuza, común á todos, hasta últimos del siglo xiv, que- dó afecta á los canónigos, adoptando entonces los simples beneficiados birros ó birretes. Para calle ó de camino, servíanse al igual que los laicos, 10 — 146 — de cofias, capillas, capuces y sombreros. El nombre de infida es más gené- rico que concreto, pues asi se da á la casulla, como á la mitra y á otras clases de cuberturas. Mabillón: «Ínfula, generaliter omnis vestís sacerdo- talisdicitur; propria? tamen Ínfula? dieuntur vittaequibus caput ornatur.» En lo antiguo equivalió á diadema. Los estatutos de Cahors, Ruthe y Tu- dela, enuncian claramente su significado de bonetillo (clerici et etiam religiosi, si vestes sceculares proeter necessitatem detulerint, infulam seu pileum publice de die in capite, beneficiati á perceptione fructuuin beneficiorum suorum per annum sint suspensi). Id. de Alberico de Pla- sència, 1298 (nullus presbyter seu rector eclesiarum civitatis, etc. debeat portare Ínfulas sub birretis). Los birretes tenían hechura de gorra floja y redonda, con una colilla en medio, según se ve en imágenes y miniatu- ras del 1200. El merlino, sería aquel bonete cónico ya representado en unas estatuas de la catedral de Chartres (portada) y que todavía sub- siste en las iglesias francesas. Aventuramos esta suposición, porque semejando algo á la caperuza que suele atribuirse á los hechiceros, uo sería extraño que el vulgo malicioso lo bautizase con el nombre del po- pular Merlin. En el concilio de Londres vimos señaladas las cofias (ínfu- las, vulgo cafas); en el de Lambeth, otras ínfulas ó tenias (tenía coronas abscondunt), y en el de Monpeller los capellos forratos. Respecto á la mi- tra de ceremonia, Clemente ív en bula de 1266, previno que la abacial para distinguirse de la episcopal, solo llevase galonaduras de oro (auri- frigia), debiendo ser blanca y lisa, sin planchas de oro ó plata ni incrus- taciones de pedreria. En la última exposición del Parque, figuraron unas preciosas mitras de la iglesia de Urgel y de Sta. María del Estany, esta última de tisú blanco, lijeramente bordada á ambas haces con el Arcán- gel y Ntra. Sra. en el misterio de la Salutación. Sin embargo en este siglo, las mitras tenían sus vértices harto más reducidos, y menos ornato. Cierto nombre de velo monjil, recuerda las usanzas orientales. El sar- raceno, origen en lo sucesivo del sarcenet, clase de paño, viene expre- sado en una cuenta de la bibl. Rl. de París, año 1239: «abbatissce SU. An- tonii, pro sex supertunicalibus emptis apud Pontisarum (Poissy), pro saracenis, camisiis, braccis, sotularibus et caligis.» En el siglo xv era velo de señora, y á él aluden estos versos del Romance de la Rosa: «Mes ne queuvre pas le visage, qu'il ne veut pas tenir l'usage de sarrasins, qui d'estamines cuevrent le vis á sarrasines etc.» — 147 — VIII T ARREO MILITAR Uno de los guarnimientos ó guarnizones, esto es, de las piezas de ar- madura más común en Castilla durante el siglo xm, usado por los romanos en sentido genérico de toda armadura del cuerpo, seguía siendo la LORIGA LLORIGA ó Uoriega: dama en árabe; mencionada en casi todos los documen- tos, ya sola, ya con otras, unida principalmente á las corazas ó CORAZA, que sería de cuero en su origen, para suavizar el roce y peso de la loriga ó cota de malla, pues de esta materia era la primera. Habíalas terlices, blancas como flor de lirio (Conq. de Ultramar], etc., tríplices, glos., l a t , trilices, en Virgilio, de fino acero, blanca como cristal, terliz bien tecida, de acero colado (P. de Alej.0), en forma de camisote, con manga entera ó corta, capilla ó almófar, y collarín ó gorguero de sortijas de malla, me- tiéndose por la cabeza: en la segunda mitad del siglo tenia unas abertu- ras que se cerraban con lazadas, dichas ventanas. Solía admitir vistosas faldas de otros metales (Conq. de Ultramar), y según el Poema de Ale- jandro, se prendía ó atacaba con las calzas. Los soldados armados de lo- riga llamábanse lorigados (Berceo), ó tropa lorigada (P. dicho). Era de uso general, y común á los árabes, entre los cuales había particulares oficios de lorigueros (obra citada). Los privilegios de Burgos 1256, Es- calona 1261, Valladolid 129o y algún otro, para impulsar el armamento, excusaban de pechos álos caballeros que tuviesen capiello de fierro, lori- ga, brafoneras, perpuntes, espada, escudo, lanza ecavallo de 30 marave dís arriba. El LORIGÓN, nacido de la loriga corriendo este siglo, fué también de malla, con ó sin almófar, y de sola media manga. Servía para doblar la primera, siendo por consiguiente pieza de encima. Llevaba igualmente capiello ó almófar (según el Fuero de las Cabalgadas). BRUÑÍA Ó certenia, otra clase de loriga, con escamas (plattes), que tenía falda, mangas, brochar, gorguera y ventanas. Habíalas argelinas (jaceri- nas), terlices, ó de tres hileras de escamas, etc. Hacia el segundo tercio vemos trasformarse el PERPINTO Ó PERPUNTE en - 148 — jubón de armar, francés pourpoint, el cual admitía ricas guarniciones ¡Ord.s de Sevilla). Habíalos de muchos nudos y dobleces. Encima de la cota, loriga, coraza, etc., vestíase el GAMBAX, Fr. Gar- decors (1268), cota mas de gala que de defensa para el caballero, pues solía ser de jametes y telas lujosas. Los peones llevaban gambajes de lienzo entretelado y embutido. Gambax de cendal en P. de Alejandro. Había también la QUEZA, quiza ó quizóte, y el BELMEZ, largas cotas de ar- mas, divisadas, etc., muy comunes en este siglo para sufrir las guarni- zones, y de consiguiente puestas debajo de la armadura (Berceo). De igual linaje puestas encima, eran las COTAS DE ARMAS sarracenas (sarcenets en Francia), especie de dalmáticas que se ajustaban al talle con cinturón ó hevilla. y las sennales ó SOBRESEÑALES (sobrevestas), así dichas en razón de las señales ó blasones con que iban divisadas, haciendo juego regular- mente con las coberturas del caballo y el pendoncillo de la lanza. «Túni- cas ad armare» túnicas armer en documentos extranjeros, 1202; «Cota ad armandum», memorial de Carcasona 1297; armas blasonadas, en el Poe- ma de Alejandro. Según el mismo, los pendones llevaban orpel, argent pel e cintas (orladuras y cordones de que pendían). Alguna vez en las coberturas, se prohibieron sennales e cascaveles, pero podían llevarlas los sonajes e coberturas para bofordar (Ordenamiento de Sevilla, 1236). En calidad de armaduras parciales, figuraron primeramente las bru~ fuñeras, BRAFONERAS, brahoneras y CANIJERAS, de malla ó de sortijuelas, para resguardar la pierna ó su canilla. Otras eran de plancha de fierro articulada (de buena plegadura, Conq. de Ultr.) unidas á la rodillera, y más adelante á una pieza distinta sobre el muslo, que se comprende bajo el propio nombre de brafonera. «Brafoneras bien obradas y enlazadas con sortijas de acero, asi presas e bien trabadas, que semeiaban calzas corta- das en la tienda» (P. de Alejandro). Había además las TREBUJERAS (deri- vación corrumpida del antiguo tubrugo ó escarpín), (brafoneras enlazadas con firmes trebujeras, P. citado) y cujas ó QUIJOTES (Conq. de Ultr.). Al- gunos, para más resguardar estas piezas, calzaban estivales ó botas flojas. La RODILLERA que aparece en la iconografía bajo hechura de un escudito redondo ó apechinado, se llama polena (poulaine, en antiguos romances franceses), y en el acta de canonización de Carlos de Bles (Lobinelli, His- toria Britannica): «fecit sibi auferri á genibus polenas, et antebrachia à brachiis...)». El fuero de Càceres de 1229, habla de loriga y almófar, lorigón con capellina, y brafoneras. La defensa del brazo y del muslo, en un principio de malla, se redu- cía á planchuelas ó fojas; pero la Conquista de Ultramar que así las llama, menciona ya BRAZALES, esto es braceras ó antebrazos en pieza. — 149 — Menciona asimismo la GORGUERA para protejer el cuello, y á igual fin ser- viría la cadena, con dotze collares, que el Fecho de las Cabalgadas exije á los caballeros. Había armaduras de fierro, de fuste y de paño; armas bermejas con orlas de oro; piezas de marfil con preciosos embutidos, etc. (Conquista de Ultramar). Los caudillos y magnates se echaban ricos mantos sobre las armas, haciendo ostentación de sus barbas los que las criaban (ibid). Generalmente las tropas árabes iban más á la lijera, y admirábanse de los cristianos por vestir de hierro de cabeza á pies (ibid). Con todo eso, los documentos castellanos del presente siglo no enuncian el arnés ó ar- madura completa, sinembargo de que el conde de Clonard afirma ha- berlo hallado en documento del año 1285. A los alcaldes de Teruel se les autorizó para tener loricas et alia guamimenta férrea (1282). Cítanse en aproximada fecha lúas ó guantes de cuero para militares. La cabeza se cubría con COFIA Ó capiello de lienzo acolchado, muy característica de la época, CASQUETE Ó cofia de fierro, acero ó cuero (Con- quista de Ultramar), guarnecida ó no (Ordenamientos de Sevilla), propia de caballeros fuera del combate, ó de peones en él. Sobre la cofia calá- base el almofre ó ALMÓFAR, sencillo ó de labor doblada, ya anexo á la cota, ya suelto y enlazado ó brochado al cuello (C. de Ultr.) «Almofre de obra adiana, doblado, debajo del yelmo» (P. de Alejandro). Equivalia, y probablemente sustituyó al almófar, la CAPELLINA de fierro (Ibid.), acom- pañándola el CAPIELLO ó capillo de fierro, después capacete (1250), lazado con correas ó con el amiento, pasado por debajo del mento ó barba; el BACINETE (C. de Ultramar); el CASCO, y el ELMo(ibid.) ó yelmo,armadura la más visible, y de consiguiente la más lujosa, también enlazado, unas ve- ces de plancha ó hierro febrido, otras de acero, con bellas orlas y reca- maduras de oro y pedrería (el yelmo zaragozano de la Conquista de Ul- tramar, contracción al parecer de Siracusano, de origen árabe), y acaso de colores (verde en dicho poema) y también obrado con filo de aniel ó sortijilla (ibid.) «Gelmo de obra esmerada de Marruecos, con gran maes- tría preso e encalzado» (P. de Alejandro). Yelmos agudos, con nasal, en- lazados, orlados de pedrería, con un carbunclo en la cima; de cuero bo- llido,etc. (Conq. de Ultr.), Guillermo Brito señala el COLLAR, pieza de armadura que se sobreponía á la loriga, pudiendo alternar con el almófar: «lignum junctum ferro transegit acumen per collaré triplex et per thora- ca trilicem». Seguía por arma defensiva el ESCUDO, de varios tamaños y materias, ocurriendo á mediados de la centuria el de tabla ó TALLERO (pavés), y lue- go el de marfil por simple gala. Embrazábase á favor de sus brazales ú braceras, ó suspendíase al cuello con una correa dicha tiracol. Sus bor- — 130 — des llamábanse brocal ó bocales (1256), y bullón el envés relevado, ó la pieza generalmente de adorno que sobresalía en su centro, y brisone* pintados. En el Poema de Alejandro ocurren escudos con bodas de cobre dorado, argentado y pintado, prohibiéndose en los Ordenamientos de Sevilla adornar sus fundas con oropel ó argent pel. En la Conq. de Ultr.. «escudo de tuerte marfil, pintado un león de oro; otros orlados de filos de acero e de plata, con cruz de oro.» Con el escudo alternaba la ADARA- GA ó adarga (adaragas e escudos grandes (Conq. de Ultr.}, oriunda de los árabes. También había broqueles de esgrimir (ibid.), PAVESES, grandes escudos que cubrían casi todo el cuerpo; TABLACHINAS, escudetes de ta- bla, etc. Cual armas ofensivas, la primera y más noble es la ESPADA. Conser- va su antigua reputación y da nombradla á algunos artífices, como los célebres maestros Calan y Dionís. El puño consta de manzana y arria:. Llamábase también aliger la parte de guarnición que cubría la mano. En los combates, ya por razón de tamaño, ya para más fácil manejo, lle- vábase colgada al cuello (1229, 1280). De la misma clase eran el ALFANGE, tomado de los moros; la CUCHILLA (1230), (cuchilla bruñida de oro, P. de Alej.); el PUÑAL Ó tarágulo, de la- ratos, riñas; invención de los cruzados; la BRONCHA, arma del mismo gé- nero; el CUCHILLO, el fierro ó CUCHIE^LO amolado, el cuchillo de acero, el GABINETE ó navaja, y «el arma que dicen MISERICORDIA» (Conq. de Ultr.). Hacia 127a, aparecen el estoque de borde ó BORDÓN, y el BRONCHO (brotxa en catalán), de la misma clase. Propia también de caballeros era la LANZA, generalmente adornada con un pendoncillo de seda de colores, en luengas tiras (á corzas) entre caballeros noveles: tenía cuento, moharra y regatón. En las de justa, borne era el extremo con que se afirmaba. Había además el ASTA (de fres- no bien dolada, Conq. de Ultr., 1250), la AZCONA con cuchilla; la MANCHA (especie de venablo, 1230); la GABESINA, tal vez javalina; la PORQUERA, lan- zón (á perquirendo, 1300); el palo afilado, el dardo con cuchilla grande ó pequeña, el guizguio y el grafio en Berceo. HACHAS y PORRAS suenan con frecuencia en los monumentos coetá- neos, señalándose el facha de acero muy templado, ó seguran simple, y las fachas aceradas de los normandos (Conq. de Ultr.); la BISARMA. segur de dos filos (dos veces arma ó arma doble); la PLOMADA ¡1230); el SEGURÓN, el MAMIENTE ó mango encadenado; la ALMÁDANA, la porra y palo aferrado de un caballero alemán, la cual tenía tres pies de longitud y remataba en una pellota de fierro con seis puntas, gruesa como el puño (Conq. de Ultr.); porra con clavos tajadores; el martiello, etc. En calidad de armas arrojadizas eran muy comunes el ARCO y la BA- — 151 — LLESTA. Había ballesteros de pie y de acaballo; ballestas de tornoí de dos pies y de estribera ("1280), (balestas turquíes e cerveras, puestas al cuello, armadas á tesura, (con tirantez, P. de Alej.); ballestas con dos cuerdas e vanacuerda (Conq. de Ultr.); id con su guisamiento de goldre y car- cajadas de saetas, pasadores ó viratones. La ballesta era un mecanismo complicado, formado de varias piezas: «palo, dicho cureña ó tablero, con los hierros que le guarnecían ó quijeros; llave, hierro para dispararla, dicha celada en su proximidad á la quijera; nuez, hueso en que se arma- ba la cuerda, con sus huesecillos de antepecho y traspecho; otro hueso largo más arriba de la nuez, apellidado la canal, y la rabera ó tablero de la nuez abajo; estribo, hierrecito ensortijado á la cabeza del arma, y ade- más la gafa y la verga. Armábase de cuatro maneras: con gancho, era- nequin, armatoste y gafa; el gancho regularmente colgado del cinto. La fábrica de Mondragón era célebre por los aceros de las vergas (arcos) de ballestas» (Arte de ballestería, por Alonso Martínez de Espinar). El soldado solía llevar dos cuerdas y cien saetas: el haz de saetas se llama" ba mezquita. A más de las saetas metidas en carcajes, disparábanse dar- dos pequeños, empeñolados, cuadrillos y virotes, «cuadrellos de arquero, virotes de arco, fondas (hondas). Algunos útiles vulgares, servían asimismo para la guerra, como foces, serraniles adíanos (Berceo), martillos, palancas, picos, espuertas, palos, cestos, etc. En la Conquista de Ultramar figuran como tropas, ballesteros y almo (¡abares de caballo, y aquellas chusmas que solían seguir á la hueste, tomando parte en sus violencias y depredaciones, formadas de tahúres, bellacos y arlotes, con su jefe ó rey especial. También se menciona á la clerecia militante, vestidas sus albas, alzados sus paños, y bien armada en ofensa y en defensa. Las meznadas y sus caudillos, distinguíanse por medio de sennas, se- ñas ó señales, coi-netas, banderas ó pendones de dos ferpas ó puntas, al igual que las banderas capdales, pendones (recamados en 1256), obrados, devisados, etc. (1230), banderas (1229), linnas y estandartes (1250), obra- dos, devisados, capdales pendones de caudillo de 100 caballeros vasallos suyos, etc. La bandera de Castilla, según el P. de Carlomagno, llevaba castillo de oro e un león indio. El P. de Alejandro describe soldados bien adobados de oro e d' argente. Ya veremos más adelante por Desclot la brillantez que en las huestes solía ostentarse. En 1256 y 1281 hallamos cornos, trompas, atambores, y en la Conquis- ta de Ultramar nacres, añafiles. etc., todos instrumentos de origen árabe. — 152 — Caballería. Los privilegios de Burgos (1256) disponen que todo caballero tenga caballo de 30 mar. arriba: salían armados en los combates (F. de Càceres, 1229), y el privilegio de Escalona habla de lorigas de caballo, otros de armaduras e paramentos de id., caballos armados, etc. Además engalanábanse con coberturas (1229 1280), cuyos colores y divisas solían armonizarse con las sobreseñales y el pendoucillo del jinete (ibid). Se- gún los Ordenara.s de Sevilla, las había especiales para bohordar, guar- necidas de sonajes (campauillas) y cascabeles. Poníase gran esmero en el adorno de las sillas y demás arreos: la silla constaba de arca y arzones (C. de Ultr); las mas ricas eran blancas (1229) de marfil, guarnecidas, et • cétera, la barda argentada ó dorada. Los Ordenara.3 de Sevilla hablan de «sillas ferpadas con orpel ó argentpel, tres dedos por la orla, entallado sobre los cueros de tres dedos en carancol del (torzal), orladas tres dedos só el cuero e só el panno entallado, ó desuso de otros tres dedos: otras no guarnecidas ni cubiertas de ningún panno». Las fundas e corazas de las sillas tampoco podían guarnecerse de oropel ó argentpel (1236-1280). Llamábanse cabalhustes, unas sillas con arco de madera delante y detrás, ciñendoal que montaba hasta allende la cintura, para que fuera más se- guro. A más del frenol (1256) ó freno y el pretal, á veces de oro, entraban en las guarniciones de la montura frasquías, ¡ruiellas y cofias pingiellas en las orejas (P. de Alej. Mag.). «Frenol e peital argentados, sinon colga- dos» (Ord. de Sevilla). Igual lujo había en estriveras y espuelas, de oro ó doradas entre caballeros. En la Conquista de Ultramar se llama alcafar á la gurupera ó grupa del caballo. Según la misma, teñíanse con azafrán las crines y colas de los palafrenes para señoras. Estas solían montar en sueras de paño de peso ó baldaqui, noblemente labradas, etc. La maleti- 11a, decíase troge de cátalo ó troja (1260), y también talega para llevar el arreo (1300). E n e l c i t a d o P . d e Alej. hablase de carreta con cortinas, que sería una especie de tartaua. La curiosa y tantas veces citada Conquista de Ultramar, da especial idea del armamento de los guerreros árabes, que puede resumirse en es- tos términos: para la cabeza: yelmos zaragozanos, capillos de fierro fe- chos á la manera de Turquía, id. con tocas; capacetes de fierro con ba- veras; capellinas delgadas, cubiertas de un muy rico paño de seda; capi- rotes con manga, y los cabellos largos: para defensa del cuerpo, lorigas — 153 — damasquinas, lorígones delgados, perpuntes y gambajes: brafoneras do- bladas de muy buena labor; señas e armas de muchos colores, id., espe- ciales de jefes y cuerpos; escudo de almirante, i d . , con un basalarte, señal de las armas de Corvalan, adaragas, etc. Armas ofensivas: lanza de caña de hisopo muy longa, con cuchilla tajante e aguda; id., con seña cárdena, pintada una luna de oro e estrellas menudas alrededor; espadas y alfanjes; porras que se alanzaban según la manera turquesca; id. ó manetas con cadenas; mamientes; grandes mazas, plomadas, segurones, azagayas, cañas, arcos turquís, ballestas; dardos y saetas, id. con fuego grecisco; fondas e brazales, estandal ó estandarte con un gran mástil como de galea; cuernos e añaíiles. trompase atambores; bocinasdealam- bre e de latón; cuerno pequeño para señal de rebato; cimbre (címbalo) ó cuerno de arambre en lo alto de una torre; tienda llamada Será, hecha en forma de una ciudad, labrada de extrañas labores, encima della una manzana de oro, con sus alabes (puertas?) e cuerdas para sostenerla. Coberturas de caballo iguales al perpunte del jinete, con oro e pedrería. Los toassines (guardias de Saiadino) vestían sayas de jamet amariello, sobre las lorigas. Entre los turcos había unas mujeres de armas llamadas vedainas (beduinas?). M á q u i n a s de g u e r r a , Calafre ó calabre, fundíbulo colosal, y también algarra, ingenio gran- de, ambos de origen francés (1ÍÍ80). Genéricamente catabres, bridas ó brícolas, algarradas (que á veces se ponían por las torres), almáganas y manganillas, almoianeques, trabu- quetes, pedreras, garrotes, tornos con fazquías (1230-1280). Había ingenio de estos, que arrojaba galgas ó piedras de un quintal de peso. Peculiares de la balística, ballestas á tesura, fondas, trugacetes. honda- fustes, y grandes saetas (ibid.;; galgas ó piedras que se arrojaban contra el enemigo. Para el ataque de plazas, carneros, algunos con fuego grecisco, cabri- tos, varas luengas, con manetas, carretas cubiertas de gatas, cárcavas, cadakalzos ó palenques, escalas cubiertas; castillos sobre ruedas con ter- minados ó sobrados; lanceras e saeteras, zarzos e cueros, sacos de algo- dón y paja para resguardo, y torres albarranas en las plazas (ibid.). El huego grecisco, según la Cron. de Ultr., era fecho de olio petrolio, en Es- paña llamado de alquitrán. Por el campo sembrábanse abrojosde hierro y clacos, á fin de destruir — m— á la caballería (1230), clacos de tres dientes acerados para matar caballos; abrojos de hierro (P. de Alej.). Los reales componíanse de tiendas de campaña, tendales e tendejo- nes (1280). Los principales caballeros debían ir provistos entre otras co- sas, de tienda redonda, que remataba en una punta llamada cuenta, «tien- da redonda con almofalla, de 20 cuerdas ó vientos». Armadura* y &vm&m ©a At&gón y Cataluña. Los documentos catalanes ofrecen en el asunto mayores datos que los castellanos, ó por ser mas prolijos, ó porque se introducirían muchas no- vedades del vecino reino de Francia. Usaban los guerreros como primer traje, la cota, ya fuese de ropa, ya de piel ó malla, cubierta de cendales ó sedas, y con ella ó en lugar de ella, la loriga, el camisol, el gambaj y el alsbergo (azberch, en francés haubert), que eran de la misma índole. La loriga la vemos mucho menos citada que en Castilla, tal vez por dársele acá el nombre de alsbergo ó ca- misote, verdadera cota de malla, pesada ó lijera según su contextura, y que á fiues del siglo solía tener gorguera. «Loriga ab sos guarniments.» (Castos de la C. R.). El gambaj ó gambax, en leinosin gambais, era cota embutida, y ha- cia 1280 dio origen á otra más breve, llamada gambesón ó gambaisson (le- mosin). El alsbergo ó alsebergo desconocido en Castilla, oriundo de Francia, muy frecuente en las poesías de los trobadores, con las variantes de aus- bers, ausberz, ausberc, etc. y usado ya en el siglo anterior, venía á ser una cota de planchas escamadas ó subrepuestas, corta ó larga, con fal- da (1285), y manga entera, á la que podían atarse guantes de hierro ó manoplas (ibid.). Del alsbergo nació el sbercol (1285). Reducidos á las dimensiones y calidad de jubón rellenado ó acolcha- do, eran el perpunte ó jubón fuerte, como se le llama en la crónica del rey D. Jaime (2.° tercio), que podía lucirse estando como si dijéramos de cuartel ó á medio uniforme, y solia ser de cendal ú otras telas finas (1285); las corazas ó espalderas (spatlleres) rellenas (1250), y el ¡arsete, que ser- vían de armadura á la infantería. Los espaldares ó espalderas, venían á ser del linaje de perpunte y gambaj, pues iban entretelados y embutidos como ellos. «Spatleres cubertes ab set canes de cendal, li e tela vermella, — 155 — embutides de cotó e guarnides de corda» (Gastos de la Casa li.). En el mismo registro viene indicada la juba, probablemente la aljuba arabes- ca, en clase de jubón de armar. No sabemos si fué de la misma condi ción el coblés, apuntado en el libro de gastos de la casa real. Según di- cha crónica del rey D. Jaime, un árabe de .Mallorca vestía caminóle y xap- sir. Entre los caballeros franceses de esta época, y conforme aparece tam- bién en Cataluña, conocíase ya el arnés ó armadura de punta en blanco (de fe d terra) indicada en la crónica de Desclot. Componíanla en primer lugar la coraza (cuirassa), no sabemos si de hierro, pues se cubría de ropa (1485): la brusela (bruma?), otra especie de coraza (libro de gastos de •a Casa Real); el peto, verdadero tonelete de plancha (1285); el jaco ógon- jo (1285), i/o/u/joen laCrón. de D. Jaime, probablemente el gavió ó gorbió de documentos posteriores, es decir coselete ó media coraza; y como piezas restantes para defensa de otras partes del cuerpo, el gorjal (gorje- ra, 1292, gorgiera en lemosin, 1290); puños (ponbs en lemosin, igual fe- cha); guantes de hierro (Í292); quijotes (1250); musiereis (cuxeres, 1292, ó euyxals en lemosin, 1290); calza ó zapatillas de hierro (1292), trebugeras (trebuseres, 1260) y canijeras ígamberes, 1292, ó cambieiras 1290). Todas estas piezas venían comprendidas en la denominación de guarniments (1250, 1285, ó guarnizós en lemosin, 1206). Las poesías de los trobadores encarecen con frecuencia la hermosura de los arneses franceses y el po- bre arreo de los catalanes ¡1220) iV. notas de poemas provenzales). La su- sodicha crónica de D. Jaime, parece aludir además á otra armadura lije- ra de cuerpo, con nombre de garnatxa, que podría ser la jórnea ó cota de armas, pero mejor se refiere á la vestidura de aquel nombre. Aragoneses y franceses, al igual que los castellanos, poníanse encima de las armas, sentíais de manta guía (1206), esto es, sobrevestas de variada guisa, sobreseñales ricas y vistosamente divisadas (1285, 1292). A veces los jefes caudales cubríanse con capa ó manto (1250). Cabeza. Armengol de Urgel en testamento de 1208, hace un legado de sus cofas y demás armas: esta voz que expresa genéricamente cascos y capacetes, y contraídamente la capellina, podría ser la radica! de cofia, tan vulgar en Castilla, aunque poco nombrada en Cataluña, lo que no deja de ser curiosa particularidad. Desde igual fecha registramos el yelmo (ebn), morrión que se lazaba debajo de la barba, en ocasiones muy rico, pues del año 1213 cítase uno de oro batido, y sin duda por análoga razón que en Castilla, le llama zaragozano la crónica del Conquistador. Desclot menciona el bacinete, de clase análoga, como también el capel de fer ó de ferré (1250-1290) y el casquete de suela propio de peones, los cuales sa- ludaban quitándoselo ;1250). usado asimismo por caballeros debajo del — 156 — casco de guerra. El batut (gastos de la Casa Real), á juzgar por el sentido de la palabra, debía ser un yelmo aplanado, como se ven muchos en la imaginreía de la época. La celada, propiamente dicha casco febrido, en catalán capel de armar, fué común desde el segundo tercio del siglo, y suena en la citada crónica del rey D. Jaime, que además contiene el bar- bote, ó barbuda con barbotes (según uno desús glosadores], equivaliendo barbuda á un capacete de origen italiano, y el bahuyt, especie de capelli- na, insiguiendo el propio comentario. Ignoramos si sería de este linaje el capelanés (1250), aunque hasta 1292 no encontramos la capelina ó cap- mull en su verdadero nombre (camail en francés, capmalh en lemo- sin, 1290). Cual arma defensiva, el escudo [escut) servía en Aragón lo mismo que en otras partes, ya de metal bruñido, conciertas divisas (Desclot), ya pintado con variedad de blasones y colores, siendo de suponer los había de gran riqueza por sus adornos, embutidos, incrustaciones, etc., toda vez que el rey D. Jaime en 12G6 redimió el suyo, que había empeñado á Tomás de Santcliment por un préstamo de G O cahíces de trigo: según 0 su Crónica, los árabes le conocían por él. He aquí algunas citaciones de la misma, en comprobación de los da- tos anteriores: Párrafo 63. En un ataque contra los moros de Mallorca, preguntóle Beltrán de Naya:—«Havets lo gonjo de cors?—E dixem nos: No Senyor.—Dix el: donchs prenets aquest.—E devalám, e vestimnos lo seu, e nostre perpunt, e haguem nostra capelina ligada en la testa.» etc. Id. 25. D. Blasco de Alagóu vestía «son perpont e sa espasa cinta, e un bauyt de males de ferré al cap.» Id. 20. El mismo fué atacado por uno que le hirió «per la part dreta de la lança, e mesne pel costat destre mig peu, per la obertura del perpunt dejus lo braç » Otros «metereu mans als contéis, lurs mantels abraçats, ells perpunts vestits, etc.» Id. 172. «Nos, de mautinet vestimnos lo perpunt sobre la camisa, que ach no esperám quens vestissen la gonela.»... Anàvem nostre perpunt vestit, e nostre gonjo, e nostre capel de ferré al cap, e nostre escut.» Un comentarista de esta Crónica, toma la palabra gonela, que era túnica ó traje de vestir por «armadura de cós, feyta á modo de las que huy diuen cuyrasses, ab falda llarga ó escarcelles, deduit de gonella quesarmade cós antiga, ques acostumaba posar sobre tot.» Id. 174. Delante de Burriana dormía en el campo, >ab nostre perpunt deslaçat... Los sarrahins conegren fort be quel nostre escut hi era... La- çams nos los capéis de ferré en la testa; e havien nos aduyta una espaa de Monsó, que havia nom Tisó, que era molt bona e aventurosa á aquels qui — 137 — la portaven, e volguemla mes levar que la lanra, e donám la lança a u n escuder quens ajudás... Los sarrahins eren pus leugers que nos. que no vestien gonjons ni perpunts, sino almexies, escuts e lances... Id. 176. «Xos, tocarem les trompes: los serrahins son anafd.» Id. 221. A falta de bandera, en cierta acometida, «faerem penó de un Lançol daquels que tenen los caváis.» Id. 226. «D. Fortuny Lopeç ne havia sino una barbuda, que més en la testa, e una garnatxa ques vestí» con escudo y lanza, sin tener tiempo de armarse más. Id. 227. «Mentres que feyem gornir los cavalls, vestimnos un gonjo, e calçamnos les calces de ferré en peus. E quan nos calcàvem la dreta, los nostres dixeren: ¡Veusos vos aquí on venen! E gitamla de la cama, e dixem: Nons ha que fer, pus lo cors es guarnit e 1' caval; e cavalgam al caval, etc.» Id. 229. «Vench un balester á caval, son perpunt vestit, son capel de ferré al cap, e sa balesta parada» etc., etc. Id. 333. «Celada de moros, ab gran brugét de corns e danaíïls, e ba- lesters quey havia molts, e ab dargues.» A r m a s ofensivas. La ESPADA, común á las clases nobles y aun á los eclesiásticos, por su lujo y gran precio en muchos casos, trasmitíase como alhaja hereditaria. R. de Rocaberti, arzobispo de Tarragona, en testamento de 1214 lega ?¿/i¡í/)¡ optimum ensem, entre sus especiales riquezas. Cierto jefe árabe según Desclot, la llevaba guarnecida en soranell (en bandolera); otro traía una especie de alfanje llamado naumexie. Una de D. Jaime se apellidaba Tisó (¿vendría de aquí el nombre de Tizona?). No es fácil asegurar si en España se importó el de branda ó brand, que los franceses daban á la es- pada ó á su hoja, pero deja presumirlo el verbo blandir, que ha quedado en nuestro idioma. Del mandoble ó espada á dos manos, obsérvase algun ejemplar en la estatuaria de la época. Propio á su vez de los franceses fué el BOUDON ó estoque (I28i), y de los catalanes el LAVI después glaci (corrupción de gladium 12Ü0), equivalente al fauchard francés. «Laves ab sos ferres» 1260 (G. de la C. R.). La DAGA era conocida á mediados del siglo, en compañía de cuchillos y puñales. «Spasa e daga cinctes» en la Crón. de D. Jaime. Coutels, coutelets, 126o. La MISERICORDIA aparece en nuestrolLibellus de Batailla facienda, y en una carta comunal Atrebatense de 1211. — 158 — Seguían vulgarizadas en las huestes europeas la LANZA y el ASTA, con pendoncilíos entre gente noble, su palo de buen fresno, y su hierro tal vez acicatado á la derecha, «lança ab un ferré lonch á la part dreta» (Crón. de D. J v : en Desclot hallamos lanzas fabridas xeluines, y picas con aristol (regatón ó contera). El fuero dado á Huesca por D. Jaime en 1247, habla del BOHORDO, «lanza corta y gruesa, con cabezón de hierro, propia de juegos militares.» Non ponant in boíordo ferrum azcona1, dardi vel lán- ceos, nec acutum nec truncatum» (en Inglaterra Bourdeice). Las hachas, segures (securs, 126o), mazas, azconas (sencillas y monteras), azagayas y adargas entre árabes, arcos, ballestas (de estribo, de torno y de dos pies) (ballestes cubertes ab 6 canes de tela encerada, 1260, G. de la C. R.),con pasadores, saetas, dardos ó caireles (carrell, 1250), y aljabas ó carcajes (careáis, 1284); venían y continuaron figurando por muchos años en la panoplia de la Edad Media. Los cuadrillos se empeñolaban (flochons, ad opus cairellorum, en invent. 0 del castillo de Sammersac, 1260J. La cró- nica de Guillermo de Tudela (1213), presenta como hemos visto, á los ca- talanes, batiéndose con arcos turqueses Cares turques); y si este y otros poetas encarecen la destreza de los arqueros de Francia, en cambio nues tros cronistas no cesan de ponderar la superioridad de la ballestería ara- gonesa. Según Zurita, Felipe el Animoso en 1283, sufrió un gran desca- labro marítimo en el golfo de Rosas, por el gran estrago que hizo en los suyos la ballestería catalana, que llamaban de tabla, la mejor que hubo en aquellos tiempos: y estos eran los que vencieron muy grandes batallas por mar, en las cuales se señalaron los catalanes sobre todas las otras naciones. Sabidas son también la gloria y fama que nuestras tropas con- siguieron, ya en sus campañas nacionales, ya en sus expediciones ex- tranjeras, particularmente en Sicilia y Oriente á principios del siglo xiv. «El victorioso arrojo de los soldados aragoneses fdice el historiador Ro- mey), lanzándose al grito de ¡Aragón!, vino haciéndose proverbial en Eu- ropa, y el terror de su nombre cundió hasta las playas levantinas. Sus hazañas en Grecia, podrían graduarse de fabulosas á no atestiguarlas los escritores más fidedignos» (parte 3.a cap. 10). El Código catalán de Ordenanzas de mar, que es de este siglo, previe- ne que los ballesteros lleven cada uno dos ballestas de dos pies, otra de estribo, 300 viratones ó saetas, cota de malla, perpunte, musleras, capa- cete de hierro, cuchillo y dos garfios. Con igual arreo había unos hom- bres de armas especialmente diputados para la custodia del Almirante, y defensa militar de los buques, mandados por un Condestable. Hasta los venecianos preparándose á una guerra contra Genova, en 1297, enviaron á las costas catalanas para proveerse de ballestas y ballesteros que eran los artilleros de entonces (Campmany, Memorias, tomándolo de la Crón. — 139 — de Andrea Dándolo). El mismo encarece la excelencia de los fabricantes de armas de Barcelona en aquella época (ballesteros, lanceros, espaderos, flecheros, corazeros, casqueteros), de modo que D. Jaime I y D. Pedro JI prohibieron su extracción para países de infieles. También D. Alonso X de Castilla, concluidas las Atarazanas de Sevilla en 1252, convino con los comitres de 10 galeras, que debían ser permanentes, la obligación de po- ner á sus costas en cada una, «o homes guarnecidos de fierro, e 4 balles- tas de estribera e 4 de dos pies, é 1.000 quadrillos, e 50 lanzas, e 10 guar- dabrazos, e 10 escudos, e 10 capiellos de fierro.» La heterogeneidad de los varios cuerpos de ejército, requería variedad de señales para distinguirlos. En Aragón hallamos por orden de catego- ría, estandarte (1285); bandera ó señera (senheira en provenzal). pendón (penó ó peñol), confanon (confanó, 1284), etc. «Vexiila sive seyna aut pendonus» en la hueste de Teruel, 1262. Como instrumentos bélicos, cuernos (cornetas, en francés cor, en catalán corn), trombas ó trompas, trompetas con peudoncillo, ¡lautas, añafües y tambores. Algunos caballe- ros llevaban colgada su bocina (una de asta de ciervo con sus ligaduras, se contiene en un recibo de alhajas de 1284). Aunque en la misma época se distinguía mucho la caballería francesa por su brillantez y aparato, no hacía mal papel la catalana, según vemos por Desclot, hallándose ya introducido en ella el montar á la (jineta, cos- tumbre tomada de los árabes. Teníamos á la sazón caballos armados, «caváis armats ab guarniments ó perpunctes» (proceso de 1292 y otras memorias posteriores) cubiertos de hierro (lorigas de malla), defendidos con bardas, adornados de gualdrapas (1250). Dorados ó de oro, como las espuelas de los jinetes, eran los paramentos y guarniciones, cabezadas, pretales con campanillas (sonails en provenzal, 1206), arzones y sillas, es- tas claveteadas ó marqueteadas (picatas, 1240) y adornadas con lazos (ab flocz, 1207). En el arzón trasero iba puesto el troje ó la boneta. Las cuen- tas de la C. Real mencionan sillas gallegas, distintas de las de palafrén; unas cubiertas de santomasino rojo. A 13 de las kalendas de septiem- bre de 1259, un caballo comprado en Lérida para el rey D. Jaime, costó 100 maravedís (gastos de la C. Real); otro mejor, costó 500 en 1262, otro 667 y otro 733. Una mula se pagó en 300 sueldos jaqueses. Según su Cró- nica, en Murviedro compró 46 caballos que le costaron 60.000 sueldos. Hablase de ricas tiendas ó tiendas ultramarinas, en los campamentos: D. Jaime tenía una regalada por el Soldán de Egipto. Monfar en su historia de los Condes de Urgel, describe las siguientes máquinas de guerra: fundíbulo, brigola, cabrita, pedrera, manganel, al- garrada, catapulta y almajaneque. En la Crón. de D. Jaime se describen también las que siguen: mantelete, ariete, fonevol, almajaneque, brigola, — 160 — honda, trabuquete, algarrada, mangana, ballesta de torno, manganel tur- ques, castillo de madera; cleda, mantel con ruedas, cay ven, buyeó ó buzón» y peija ferrada. En autores extranjeros hallamos la blida (bid, de cata- pulta) la biblia petraria, el príapo, espiones, etc. Había además ballestas incendiarias (1250), taxos e morters (128o), fronde duannales (hondas), id. de manganello et de trabucheto (inventa- rio del castillo de Sommersac, 1260). En las cuentas de la C. Real apa- rece un «canó ab sa caixa». Ha de entenderse máquina tormentaria, y en tal caso primer indicio de las de fuego adoptadas por los reyes de Ara- gón? Durante el sitio de Albarracín en 1284, se pidieron «adopus ingenio- rum, quatuor quintaliacordarum forma1 grossie, id., id. briny de cánem, 1 roba de sayola cannabi: 3 quintalia clavorum de l palmo eguales; 1 id- de clavis minutis, id. est 630.000; 5.000careáis (carcajes), la mitad dedos pies y la otra de estribo» (Arch. de la G, de Aragón). Armaduras y Armas extranjeras. La armadura común de los franceses en este siglo, se describe en varios textos. Los Estatutos de Frejus (123o), dicen así: «militem sine equo arma- to, intelligimus armatum aspergoto et propuncto et sento et coffa seu capello férreo et cargan vel sine cargan (collarín, carean), vel scutum inter duos pedites». En las costumbres de Bergerac se le dan por armas, «enses, lancee, scuta, boglaria (boucliers), lorica- platee, pileus ferreus sive ca- pellus.» Había en Alemania, soldados lorigados ó «moselis ornatos» (Fed."Lan- geuis de Sajonia), id. armados ó gendarmes (Cron. de Colmar, 1298), lle- vando «galeas férreas, vambesia (túnica spissa ex lino et stuppa), desu- per camisiam ferream ex circulis ferréis contextam», montando caballos «cum coopertoriis ferréis». «Assesores dextreriorum habebant loricas férreas et caligas, manípulos ferreos et galeas id., expléndidas et orna- tas»; de manera que los alemanes montaban caballos cubiertos de hie- rro, según expresión de un Anón.0, sobre las excursiones asiáticas de Federico I, de una epístola de Theophilacto arzobispo de Bulgaria, de la escritora Ana Conmeno, etc, Clientes en sentido de escuderos ó soldados, aparecen en muchos textos desde 1217, designándose knapanes por peo- nes en la Historia Austral, año 1286, conreferéncia á un heraldo de Ara- gón que en las huestes clamaba se diese muerte á los soldados galeados, pero se soltase á los knapanes (en teutón siervos) y escuderos. Labrares se llamaba unos escuderos ó soldados ingleses. En los citados estatu- — 161 — tos de Frejus ya hemos visto lo que significaba peón armado. Caba- lleros habíalosde varios grados, de primero, segundo y tercer orden, se- gún una antigua crónica Sajona; simples ó bacheleres (Constituciones de Sicilia y documento francés de 1274), también dichos de un escudo (Vital de Huesca y Luc. deTuy); los armados (escra de 1235, arch.de S. V. de Marsella), y otros que sería largo enumerar. El acto de armarlos era objeto de un solemne ceremonial religioso militar. Llamábase el arnés ó armadura, harnas en alemán, harnisch en inglés, hoern y kaiarn (hierro) en bretón. Estatutos de Roberto I de Escocia; harnesium en M. Páris y letras de 1277; harnesium equoruin, en escr.a de 1217. Lo mismo indicaba la palabra lemosina 'garnisó (Estatutos de Marsella: «in m iribus, mercatores portent garnisonem, et pro servitiali suo ausbergotum vel curellum... Unusquisque judoeorum navigantium portet garnisonem ferream»). Armaban la cabeza el yelmo, la cofa, la cervelera y el bacinete. El cro- nicón Novantul.0 habla de unos capacetes de escamas que se sobreponían al birrete, llamados majadas (majata ó mayata en Muret y Galvano Fiamma): «per hujus imperat. s Friderici tempore, rudes erant ritus et instituía majorum, nain viri ínfulas de squamnis ferréis portabant birretís insutis, quas apellabant majadas». En estas partes, resguardaba la cabeza la cofa (coffa), á la cual solía sobreponerse el casco ó yelmo (del alemán helen, celar ú ocultar), especie de pucherete de hierro que cojia toda la cabeza, al principio algo evasado por arriba, después tendiendo á la forma cónica, reforzado delante con dos planchas en cruz, llevando agujeros para ver y respirar, y charnelas para oír. Mas adelante se abrió en él una mascarilla, protejida por la pieza móvil y de articulación lla- mada ventalle ó visera; pero haciéndose incómoda semejante defensa, fué sustituida por el bacinete. Aparece el hermas en los anales genov. año 1201. Beaumanoir habla de un heaume d broces (broches?) y las Asi- sas de Jerus. y Odón de Rosellón en su test, de 1298. del heaume á vi- siére: P. de Garin indica otro fait d Senlís. Los príncipes solían adornár- selo con coronillas de oro, y en general admitía bellos realces de lo mismo y de pedrería: «iaume gemé (Garin); eaumes gemés blans et fourbis». (R. de Athis), «elme qui fu á or portrais, á bericles et baláis» (otro poe- ma). Dependían así del yelmo como del casco ó bacinete, la visera y el barbote (Cron. de P. Azares), y de la visera el ventalle (Mouskes, R. de Roncesv.s). El de Garin señala ventalles lazados (laciés) y otros cerrados (fermés). La cimera del yelmo denominábase timbre, soliendo compo- nerla el distintivo del blasón, y á ella parece referirse el acta de los mi- lagros de San Luis de Arles, al decir que fué herido «super faveriam cas- sidis». Soltábanse por la espalda unos labrequines ó bendillas de adorno 11 — 162 — (volets), en su origen mantilla para refrescar el hierro y guarecer del sol. Al bacinete de tisera hacen referencia numerosos textos: «bacignetum cum viseriis» (H. del Delf.) «bacilleto id.» (Est. de Roberto I de Escoc.) «actonem(hoqueton). bassinetum etchirotecas de guerra < Guiart, 1214 70) «bacinez á visiere» ¡ant. estat s etc.). Elmet; por almetes, en las Cost. de Haunover. Cofa, «capitis ferreum tegumentum, quod vulgo cotia dicitur» (V. de San Guillermo, Acta S. S ) . ^Coraculum cum coifa ferrea« (Test, de Bart/deLega, en Madox). Dichos Estat - de Frejus, prescriben cofa ó baci- nete para defensa del peón, y unos de Marsella aluden á los fabricantes de armas pintadas, inclusas cofas y galeas. «Coifettesd' acier» en Froissart; «coifette ou píate» en escra. de Odoardo señor de Ham. año 1328. La ce- rebrera (cervelleria), simple chapelete (capelleüo di ferro), no tiene me- nor resonancia en los textos citados: «haubergeons et cervelieres, gan- teletz, tacles et gorgiéres» etc., cercilieres en otros lugares, cuya inven- ción el cronista Nonantul. 0 atribuye á M. Scoto, de tiempo de Federico II. En defecto de almófar, protejía el cuello aagorgue-rin ó carean de malla, de planchas ó de cuero, con platas; además para defensa de los hombros, y sobrepuestas á ellos, atianzadas con el yelmo, se inventaron á mediados de este siglo dos piezas cuadradas y blasonadas a manera de escudetes, en francés ailettes (alerillos) ó cantoneras, que duraron hasta el siglo siguiente. Sanuto y Villani designan la coraza por su nombre: «coratia cum co- llariis, et ferréis chiroteis... corazze». Lega, en su testamento, las llama «coopertorium ferreum, y lo mismo Hengueramo de Budlees; «cooperto- ría de tela puncta><, en inventario de las municiones del castillo de Car- casona, 1294, señalando además el Corsetum ferri, tal vez el curellum de los estatutos de Marsella. A plattas, planchas y escamas (squamosas ves- tes ferri), alude Alberto Aquense: «plattas cum cossariis et gamberiis, platis coopertis de fustanyo»; «paria platarum», por guanteletes en Hist. del Delf. «Gants de plates cloués; id. de plates de balaine» (Guiart, 12'J8), «chirothecas de plates, plectas» (líscrituras de Enrique IV y Enrique Vde Inglaterra). El Poema de la guerra de los Albigenses y otros coetáneos, mencio- nan el ho(¡ueton (aleóte en provenzal), perpunte ó gambesón algodonado, y picado á veces con tachuelas, que servía de defensa interior y «para sufrir las guarniciones):. Señálase en numerosos lugares la indicada ar- madura de platas ó planchuelas de hierro, latón, cuerno, ballena, e t c . sobrepuestas unas á otras, redondas, cuadradas, etc., á la vez para cotas, alsebergos ó brunias, y para braceras, canijeras, guanteletes y zapatillas, propias de la caballería de sirvientes ó sargentos de armas, que usaban bacinete en lugar de yelmo, lanza sinpendoncillo, espuelas sin dorar, y — n;:¡ — en equivalencia del escudo de los caballeros, tarja oval bombeada, con umbo saliente. El alabergote ó camisote de malla, con manguilla ó sin manga, era pe- culiar de Ja infantería, que además de cota, ó sin cota, llevaba perpunte de cuero ú hoqueton, en la cabeza capacete, al brazo rodela (escudete redondo), y taulero ó pavés (talexás francés). Una cuenta de Broussel, año 1202, expresa laventreria ferri,l&pcmzeria de los italianos, especie de loriguilla abdominal, por estilo del cow/o del inventario de Carcasona, 1294. indicio del jaco ó brigantina que se ex- tendió en los siglos sucesivos. El gonjo de la Crónica de I). Jaime, equivale á gambesón ó perpunte, y lo mismo el «godeberto de maylla» (H. del Delf.), forrado de pieles: «fourreaux de dos des lievres de Norvoie (martas), á fourrer un gode- bert de M. Jehan le fol» (Lafontaine, 13ol). Odón de Rosellón, Test, de 1298, asigna á P. de Monte, una armadura entera compuesta de yelmo de visera, bacinete, gamberas ó trumeliéresd'acier, y quijotes (cuisserias, cuissellos), con sus chatones (chautones), perpunte de cendal, godeberto (cota interior), gaudichete, gorguera (gorgreta) y hevillas ó broches (buc- culas). La gorgreta ó gorgeria, sale asimismo («ferri, de Lombardía et de mayllia») en el inventario de Carcasona de 1294. y en la H. del Delf. Gorgreta en 1336, bajo igual concepto. A las calzas de malla, sobreponíase una gruesa funda de baqueta, ase- gurada en el juego de las piernas con abrazaderas metálicas y rodilleras ó polenas (fr. poulains). También al brazo de malla se le adhería otra pieza, para defensa del codo, dicha codal {brassiére y coudiére); pero ya á co- mienzos de este siglo aplicábanse exteriormente á unos y otros miem- bros, planchas batidas, presas de correas por debajo, los brazales y bra- ¡oneras españolas (en francés brassiéres, trumeliéres ó gréves). Los guante- letes ora eran separados, ora continuación del brazo de malla, habiéndolos de platas, conforme queda dicho. Del umbo ó punta saliente del escudo [buccula umbi), sacaron los franceses la palabra bouclier. El nombre de paces, es italiano (pavese), oriundo de Pavía según el cronista Áulico ticin. 8 Usáronlo de pequeña dimeusión los caballeros Teutones. En documento de 12¡»9 (H. de Bolo- nia), detállanse entre las municiones del castillo: «balistis, sagittamen- tis. pavensibus, humeriis et pannellis.» «Balistas, viratones et pavesia» otra escr. de 1377, Tabul. de S. V. de Mars. El armamento del caballero precisó el de su cabalgadura, para dejar- la guardada de iguales peligros. Esta armadura dicha barda, constaba de testeras de acero, bardas de badana, caparazones de fieltro, pretales y gnruperas ó lorigas de malla: «armatura di corio cotto ó di ferro, con — 164 — la qual s' armava la groppa, il collo el' petto dé cavalli, che perció si dicean bardati» {Dice.0 de la Crusca). «De sellis, bardis et frenis irre- gularibus» trata un capit, general de S. V. de Mars. En la Coronación de Bonifacio VIH, se dice: «Vexilliferi habebunt equos cataphractos sive bordatos, et coopertos tela sericea usque ad talos equorum»; esto es las coberturas ó gualdrapas que se sobreponían al caballo bardado ó loriga- do, divisadas de ordinario con los emblemas y colores del jinete. La similaridad iconográfica en monumentos de la Edad Media, de- muestra el sincronismo así del traje militar como del civil en diferentes naciones europeas, según patentizan numerosas obras ilustradas que principalmente se publican en el extranjero. Ya á comienzos de nuestro siglo, el inglés Strutt copió fielmente varias miniaturas de un rico ma- nuscrito de la biblioteca Cottoniana, marcado Xero D-l, que contiene la vida de los dos Olla abades de S. Alban, de mano y pluma del céle- bre historiador Mateo Paris, fallecido en 1259. Esas láminas ofrecen generalmente los mismos trajes cursados en Francia durante buena parte del siglo xm, y por armaduras variedad de mallas, yelmo cerrado ó capacete con nasal, escudos y cotas de blasones, lanzas con pendon- cillos, visera plancheada sobre almófar de malla, escasos bacinetes puntiagudos, cimeras, gambesones, cotas de malla, ó de red de hierro, con mangas y manos de una pieza, grevas de plancha, ricos tahalís y correajes, rengas ó talabartes (la antigua ringa: «li ceint V espée par la renge d' or fin» R. de Garin); espadas, escudos, mazas, y caballos en- cubertados. Llamaban los ingleses á sus piezas de armar brgnio (bru- ñía), halsberg ó hauberk, scale armar (lorica scamata), pourpoint ó counterpoint, coats of mail, halmets cónicos, con su noseguard (nasal) ó ventail, plates ó piezas de planchas, mayl yackets (haubergeons), haci- néis, símil caps (cascos), targets (tarjas), icambraces; el falchion, el esto- que, el anclas ó anelace, el coutel y coutelas, la cimetar (cimitarra), la mace (maza), el lenices canif ó cuchillo de punta, el iron manes (marti- llo), lanzas, espadas, escudos, brodarues ó saetas, etc. Otro M. S. que es la historia del referido M. Paris (bibl. del Col. de Bennet en Cambridge C-V-xvi), parece corresponder á fines del siglo, y en sus viñetas, casi todas de trajes militares, sobresalen arqueros y ballesteros de cota ma- llada hasta media pierna, y manga breve, coleto de ante oprimido con cinturón y hevilla; gorguera, calza justa y zapato; defendida la cabeza por casquete de cuero (calottej, capellina ó capillo, ó á veces por casco de nasal y punta algo inclinada hacia adelante; además llevan ceñida una corta espada. Otros usan sombrero ó capillo á modo de calderilla, gorra baja, cofia, cota encapillada, sayo de manga justa y holgado fal- dar, ceñida, y calza de pie. Es de notar en alguno su coleto de abulta- — 163 — das hombreras. Las lanzas tienen pendoncillos anchos y blasonados, y para el combate utilizan los guerreros toda clase de armas. Sobre armamento en Italia, son dato suficiente, en primer lugar el estatuto de Módena del año 1238, que detalla asi la armadura de sus guerreros: «quilibet miles debeat habere in qualibet cavalcata et exer_ citu, panzeriam sive cossetum, cámberias sive schinerias, collaré, cirothc- cas ferri, capellinam vel capellum ferri, elmum et lanceam, sentiu» et- spatham sive spontonem, et cultellum, et bonam sellam ad equum ab armis, et bonam circeleriam.» No interesan menos unas ordenanzas manuscritas de Ferrara, año 1279, trasladadas por Muratori, explicando el armamento relativo á los guardas del castillo: «Custos deputatus etc. debeat habere ziponem (jaco, el corzetum susodicho), collarium de ferro, eapellam (capilla) ferream vel bacinellum sive bonam cercclleriam, spa- tam, lanceam, tallavacium (tavolacio, tavellás ó pavés) sive bonam lar- jetam (tarjilla ó tal·lachinaj, cultellum á feriré.» Por alevosos condolían- se, «.cultellum cum puncta, habenteni amplius semisse, Tonconem, falzonem de cavezo, azam, bordonem, lanzonem, transferint», teimpium, cultellacium.» Consentíanse, sin embargo, para salir al campo, «spatam, cultellum de feriré, lanceam sive lanzonem, maciam et ronconem.» De Alemania sólo citaremos por típicos, la estatua sepulcral de En- rique IV, duque de Breslau, en la Catedral de Bamberg (fines del siglo), unas pinturas murales de la de Munster, los célebres M. S de la Bula de Oro y de los Minnessingers. etc. Extensivas á las demás naciones fueron las armas de ofensa que hemos visto usadas en España. La espada era aun algo ancha, y más larga que en el siglo xn, con su puño de manzana, rematando en pomo achatado, donde solían esmaltarse los blasones de su dueño. A los mer- cenarios y sargentos debióse la introducción del estoque, espada más fina y prolongada, y entre la soldadesca prevaleció un alfanje corvo, lla- mado en Francia fauchon. Espadas, mandobles, cuchillos y puñales, cons- tituían variedad numerosa. El Romance de (iarin llama froberge á una espada de lujo como la antigua ¡lamberea, «qui pant á la selle, d' or fin, ceinte á un autre qui de Coulogne vint.» La glaivi' francesa ó gla- vea, indica genéricamente «asta, lancea ó gladio, en bretón haif (hoz), la gleve de los ingleses; (¡anea», telum gracilis, en derv. Dorobern.; ca- nípulum, sectante, espada corta, knife en belga; «cultellus cum cúspide qui vulgo kinicus dicitur», documento de 1231 en arch. de S. Audemar, Lamb ° Ard. «Ne quis viator canipulum deferat vel arcum», Rodulfo de Diceto, 1275, «canipulus sive machua tortuosa», Cost. Furn. Machua unas veces equivale á sable, otras á maza de armas, «macia férrea vel ferrata» Libert.* de Grenoble, 1244; clava seu macia servientium» H. — Iti<¡ — del Dell. 1347. En Alemania estilábase un cuchillo denominado í'uít- llus, ruteling; Crónica de Magdeburgo: «inventus est cultellum evagi- natum, quod ruteling dicitur»....«in lectu suo sagittatus, postea gladiis et rutellis coníossus,» H. del Norte, 1296. Cuchillo de dos ó más lilos significaba el alemelle ó alcemelle (Irialemelle ó de tres filos, en el cróu. de Alberico, 1214), por otro nombre falsario, de los romances caballe- rescos de Athis y otros. Mou#kes: «coutiel ot moult rice, á pointe d' acier iert, V alemelle jointe.» Crónica de Alberico, 1214: «Stephanus de Lougocampo in capite percussus, longo graeili trialemello, quem fal- sarium nominant.» En la crónica de Flandes se habla de «íaussarts et guizarmes acerez»; en el Romance de Roncesvalles de «sagittarios et falsadores in navigüs». El conc. de Buda de 1279, prohibe á sus clérigos «ut gladium vel cultellum, quod vulgariter dicitur bord» (falseado ó ale- voso), machete húngaro (borda, por clava en el gios. de Isidoro). Un estoque llamado broca (brotxa, catalán), figura en documentos france- ses: «pro reparatione 2 eusium de argento et 2 galearum, et una brocea» (H. del Delf., etc.). Falcastrum, fauckon, faucil, viene á ser sable ú hoz de guerra, á veces enhastado como lanza: «lanceas, falcastra, cassides et loricas» (H. del sitio de Ancona, 1291); «espee ou íauchon» (Peages de Beaurepaire, Nicolás de Braya, etc.); «gladiis, baculis, vagis (después vangis ó vougis, venablos), íalcastris, arcubus et sagittis» (libro inglés .lustice of peace); «plommées, fauchons tranchants, basches, estos, gui- sarmes esmouchées» (Guiart, 1295): falcio y falconus, en igual sentido (Estat, de Aix y del Cister, 1282, lanceas seu falcones en el de Nimes, 1184, y en el de Cahors 1289; ¡alsonem longum, en el de Arles). En dichos estatutos del Cister se halla un cuchillo acuminado con nombre de rica, acula en el de Arles, y ¡ixorius cultcllus ó puñal, en la crónica de Monse- reno. De la daga hablan los est. de Castro Redaldo (cultellos sive daga et cultellesia) y los de Arles: «cultellum et daca ni.» Ruteling es culte- llum evaginatum, según hemos visto del cróu. de Magdeburgo; gladiu* ruti'llus, en historia del Norte, año 1206; costalario, catalán costaler (es- tatutos de Cahors, 1289, etc.), el braquemarte de los estat, de la igle- sia Meldense: «non portent enses, bragamardos vocabula, javelinas, et- cétera». Cauírido Vosieuse merita el «burgensisgladius, qui misericordia vocatur», indicada en nuestro Libellus de Batailla facienda y en la Cartapuebla Atrebat. de 1251: «qui cultellum cum cúspide, vel curtam spatulam vel misericordiam portaverit, etc.» La lanza creció en hierro y en asta, adornada de un pendoncillo cua- d r a n g l a r (baniére) para barones, y de un gallardete (penon) para simples caballeros. Entraban en el género astado, la zalda italiana (gual- da, del Diccionario de la Crusca): «lancearii cum hastis longissimis, quas — 1(17 — zaldas vocant italici» (Albert. Mussato); la norrisa, de origen noruego, importada por los mercenarios, lanzón de hierro más largo que el común («norroise tient moult béle, plus de plain pié out dialemele» (Rom. de Vacce); el gibet (et il á le gibet saisi, qui á son destre bras pendit (ibid.), «en sa main porta un gibet... tel cop de gibet lui donne, etc.» (otros romances); la spicula (Crón. de Treviso, «spicula, Úncese et ronchoni»); este último el ronehonus, italiano ronchione, alabarda, «hasta ó lancea íaleata», tomada á veces en sentido de hacha de armas ó seguren («ron- cone, arma d' asta corta et adunca per isterpare». Academia de la Crus- ca, en latín runcina), «faucia, fausonus, falconus, ronchonum, etc Es- tatutos de Verceil, «roneilei» en la Crónica Est.e; el bohordo bufurdum, lanzón grueso, usado principalmente como arma arrojadiza, de testera roma, para juegos militares: «non ponant in bofordo ferrum azcona', dardi vel lancea', nec acutum, nec truncatum» (Fueros de Huesca por D. Jaime I, 12't7), búfurdium en Brandaon, buhurdtñum en Rymer, bo- ti urt en Lamb. Ard., de donde las burdicias ó torneos, de Ed. 1. de In- glaterra; guísarma, alabarda de mango corto en este siglo, prescindiendo de sus otras acepciones; el godondarte (godendac, «Dios os guarde», en llamenco), lanzón terrado, con agudo hierro terminando en garfio; el espantan que ya comienza á enunciarse; no así la partesana, gran cuchi- lla, denominada del italiano pertuigiare ó perforar. Seguían además variedad de ¿avelinas (asconas catalanas, el dardo de los vascos ó gas- cones), que hacían gran papel en las compañías de sargentos, llevando cada uno de ellos cuatro dardos en la mano izquierda: la runa, especie de venablo, ancho de cabeza (catálogo de la Real armería): la bolta, otra clase de dardo, al igual que el de los frisones, «cum jacnlis quae vulgari- terjaaeloeesappellaut» (M. París, 1256), «baculum ad modum teli. quod vocatur javeloc» (Spelmano), y lo mismo eljessum, en inglés bolt; Rymer: tarcubus et sagittis vel pilettis aut boltis»; pilus ó pile, francés píen, equivalente á javelina en Cta. de Broussel, 1202: «pilos et uncinos, et alkim arnesium», «pilx et machues en les mains» (Rom. ile Roux). Formaban otra agrupación las datas ó porras (plumbala), las mazas, hachas (azas), los azotes, etc. La hacha danesa de tajo y punta, «háscia»; figura en documento de 1292: el colis, en llamenco kol.ce, suena por maza de armas en el Cron. Ardern., 1211: «de rastris et fragellís, de fur- ciis, colis (clavas! et baculis»). Colee, igual sentido en Alb. Ard. y Cró- nica de S. Bertin. R. del Zorro: «qui porte tinel, qui porte hache, ¡hiél {fleau, azote), bastón despines». «Dani cum securibus et gessis» (M. París). Ifascia, escra. de 1282 en Rymer. Hunco, la guadaña de Isid. En los estatutos de Vicenza y Verona contiénense como armas prohibidas el rangena vel aza (hacha) et plumbato (la plomada), y en la Cron. Est. los — lf>8 — jabones, apiai, piola-, gmarme, roncilei, plumbattv, borelli, etc. ilampico, rampio{ catalán rampagol), era especie de lanza larga de gancho, para abordar en los buques, Por armas de cuerda y de tiro generalizáronse la honda, el arco y la ballesta. El airo turqués, solía constar de dos piezas de hueso ó cuerno, reunidas por un muelle de acero. La ballesta, después de estilarse en los siglos ix y x, fué abandonada algún tiempo en fuerza de la censuras eclesiásticas que la condenaban cual mortífera, pero restablecida por Ri- cardo I delnglat., tomó nuevo empuje, viniendo á constituir uno de los más poderosos instrumentos bélicos de la Edad Media. Balea, balista, balearis arcus, (unditorium balearum, etc. «Balista? grossa? á turno, idem á pesarola» (Sanuto); «á pectoribus; ad unum et ad duo pedes; lignea; de cornu sine nuce, quse projiciunt quadrellos» (Arresto del Parlamento de París); «balistre de torno vel de leva» (proceso del B. P. de Lujem- burgo), documento de D. Pedro de Mallorca, 1232: «teneus in turri unum tornum paratum, et unam balistam de torno.» «Torni ad opus balistarumo (invent, de municiones Sommerioe, 1260); id. «de cornu ob- tíma de torno» (Est. de Arles); «arcas quarellorum, unam ad estrif (qua- drillos de estribo); alteram ad duos pedes (para cargar la ballesta á dos pies); 2 tors (tornos);_cros» (ganchos) (Epíst. en Mart). «Ballista, trogui, cadrelli, etc.» (Pasaje de Ultr.) «Balistas, arcus, bundellos» (cuerdas de tripa, Rymer). «Sagitta vel carellus, vocatus enguegne gallice» (Historia Británica). Dardos, darda, darts (Mem. de los Podestá de Regi, 1284, Ab- bon, Guiart y otros). Flecha ó ¡lie, en alemán jlits (nombre tomado de su zumbido). «Flechia, llecharius, flecherius» (Broussel 1202). «Fretes fe- rrées» (Regesto de Luis de Anjú de Sicilia). «Arcubus et sagittis vocatis brodartees» (Rymer). «Carelli et garrotti garniti llethonibus, ó emphleto- nati» (cta. de 1348). «Flochoni ad opus carellorum», las barbas de que se guarnecían (invent, de 1260). Carcajes, bolsas, «cisca carellorum» (Brous sel). Perada, idem(Accon. de gest. Frid. 2 i). Miéntase la honda manua- lis, junto con las de trabuquete y de manganel, en invent, del cast. de Sommerac, año 1260. A las prohibiciones concejiles de ciertas armas alevosas por me- dida de policía, añadiremos las del Cotisejo barcelonés de fines del siglo, condenando dentro de la ciudad el uso, á caballo ó á pié, de costalario (costaler), espada, mandoble (manerés), saeta (penat), etcé- tera, salvo cubillo de medida; prohibidos bastón emplomado ó regato- nado (ab ferré), el grueso ó de estoque (faytís), punzón (puha), pella ó pslota de plomo, piedra, etc. Multábase al que acometiese con balles- ta, lanza, azcona ó dardo, y al que celase cuchillo, espada ú otra arma desenvaynada. Andar de noche con ballesta, lanza, azcona ó escudo, — 169 — penábase con multa, ó encierro en el castillo. A los pastores érales lícito llevar para su defensa, bastón ó resfalada, y cuchillo de medida. Esta medida era de 2 palmos justos, cana de Barcelona, y tres dedos en an- cho. El costalario, otro cuchillo, alcanzaba 3 y medio palmos. No ofrecía menos variedad la balística tormentaria en pro y en contra de las fortalezas: trabucos y trabuquetes; petrarias, pareríoe ó pedreros («gussa, vel pererío vel manganello», carta de paz y tregua de D. Ñuño Sánchez, 1217); priapos especie de cañones, cuya forma recordaba la del antiguo símbolo de su nombre (Historia Austral 1289); baillium (roman* ces franceses y documentos varios); biblia petraria (Sitio de Ancona, Crón. de Alberico, etc.), blida, del bretón blif: «ingenia qua; bidda*, domina' et mauganelli fiunt» (Crón. de Ric.rt" de S. Germán, 1239); bri- cola, brigola ó trabuquete (Crón. de Pedro IV de Aragón, Anales geno- veses de 1241, etc ); gossa, gussa (Usages de Barcelona, decreto de don Jaime I, edicto sobre tregua de Ñuño Sancho de Rosellón); malroisiu. ballestón (M. París, 1216); graphium (Girardaco, hist de Bolonia); tor- tirella (á torquendo), «manganis tortorellis* (Crón. de Boland. y de Vero- na); tombei'el ó tumberzau (documentos franceses); trumba, e! hueco del ariete donde se colocaba la piedra (Crón. de Treviso). Trancbeia, significaba trinchera; trencatum, vallado (Monast. Angl.); licice, empalizadas (ctas. de 1202 etc.); jarolium ó garrolium, barrera (ibid); /ractce, caballos de frisa (Au. genov., 1207); canata ó carsamata (casa armata, Ludew.); travacha, tienda (Estat, de Verceil, etc.). Reales, voz deguerra en Inglaterra (M. París); Ve.riUus, ídem (Crónica de Nangio 1233).