INDUMENTARIA ESPAÑOLA. SIGLO XIV. I Llegamos á la llorecencia de la edad media. Toda la enerjia de esta época conspira atinadamente á solidar situaciones, equilibrar fuerzas y conciliar intereses, insiguiendo la expansión utilitaria de un germen in- cesantemente civilizador. Dirigidos al parecer por sujetivas miras, llenan los insondables designios de la Providencia, la Iglesia en su tenaz lucha con el Imperio, los reyes en sus guerras de unos á otros, la Europa en sus turbulencias, el Asia y el África en sus invasiones incesantes. No hablaremos del Papado, en cuyo seno se engendran lamentables cismas; de Francia é Inglaterra, que siguen sosteniendo su acerbo duelo de 300 años; de Italia, lacerada por tiranos y facciones; de Alemania, afli- gida por las rivalidades de sus príncipes. Nuestro país sufre á su vez nue- vas acometidas de berberiscos, los cuales haciendo un último y supremo esfuerzo para recobrar su antigua prestancia, sólo logran sucumbir ig- nominiosamente en el Salado y luego en Algeciras, bajo la pujanza del noble Alfonso XI. Por otro rumbo, los turcos asolan las regiones com- prendidas desde Pèrsia hasta el mar Euxino, llegando á la raya del ca- duco imperio de los Paleólogos, y si desde luego no consuman la ruina de este, puede agradecerse á su rivalidad con los tártaros de lamerían. En cambio, un puñado de catalanes va á crearse en la tierra levantina una dominación tan explendorosa como fugaz. Por cuestión de sucesiones, ó por celos de inlluencia, castellanos y aragoneses lidian privadamente ora entre sí, ora con Francia, Portugal, Navarra, Sicilia y Cerdeña, viéndose Castilla juguete, ya de las precelo- sas minorías de Fernando IV y de Alfonso XI, si bien la primera da oca- — 172 — sión á brillar el esclarecido talento de la reina viuda D.a María de Mo- lina; ya de la agitada dominación de D. Pedro, rey cruel y justiciero, que al través de malandanzas y no pocos excesos, acaba en las fratricidas manos del bastarlo D. Enrique Este á fuerza de mercedes se hace par- tido, y logra reinar sin contradicción, pero al cabo sucumbe envenenado, y su hijo Juan I, vencedor de los ingleses, vencido por- Portugal en Al- jubarrota, muere también desgraciadamente de una caída de caballo. Origina entonces disensiones entre ambiciosos palaciegos, la tutela de Enrique III, mozo de valía, que auguraba mucho, cuando su doliente com- plexión le llevó al sepulcro, no bien alcanzada la mayor edad, en los pri- meros años del siglo xv. En Aragón, la escasa talla de Jaime II y de Alfonso IV quedó eclipsada por la gran figura de Pedro IV, el Ceremonioso ó del Puñal, astuto domi- nador, sagaz político, falaz hermano y esposo, incansable émulo de cas- tellanos, italianos, franceses y de su propia nobleza coligada, haciéndo- se rival en nombradía de su antecesor Ü. Jaime, á quien semejó en la duración de su reinado y en ser cronista de sí mismo. Como reverso de la medalla, reinaron después de él sus hijos, Juan el Cazador, liviano, galán y poeta, que acabó siendo victima de sus aficiones venatorias, y Martín el Humano, príncipe flojo aunque bondadoso, muy atareado con las cosas de Sicilia; en cuya persona, por carencia de hijos, feneció la linea varonil de los antiguos «ondes, también á poco de iniciado el siglo siguiente. En medio de estas complicaciones, déjase observar que la luchas ya no son orgánicas, sino de asiento. Los grandes centros se han fijado: las nacionalidades constituidas se redondean y afirman. Dondequiera la barbarie va de vencida: el absorbente predominio teocrático, la oligar- quía feudal, el despotismo de reyes y magnates, son arrollados mal de su grado por una corriente que cada día ensancha más sus espacios, por- que abarca gran copia de intereses y necesidades, muy superiores al egoísmo de una colectividad ó de una casta. El pueblo, la multitud, ese núcleo del cuerpo social, que algunos aventureros ó privilegiados suelen olvidar en las crisis álgidas, ha vuelto á abrirse camino, y alcanzando su puesto en la vasta escala del orden social, reivindica su autonomía contra aviesos explotadores de todo linaje. Ideas y costumbres, vida pú- blica y privada, política, ciencias, literatura, artes, industria, todo se amolda á ese influjo; el pueblo se inmiscuye en todo ello. Por eso la hu- manidad avanza; por eso la Edad Media florece con sus instituciones mu- nicipales, sus ciudades enriquecidas, sus beneficiadas campiñas, su ac- tiva contratación, sus célebres universidades, sus agremiaciones nume- rosas, sus reyes y nobles transigentes, su ceremonioso patriciado, sus — 173 — ricos mercaderes, y finalmente toda aquella muchedumbre rústica y ur- bana que rebosa energía, porque trabaja y cree, porque siente y goza, porque convidada al festin social, readquiere relativamente con la fuer- za, la dignidad, el privilegio de ciudadanía, el seguro doméstico, la paz de la familia, los fueros de la independencia y las ventajas de la civili- zación. ¿Quién extrañará pues que la Edad Media, edad lozana por exce- lencia, siga siendo más que nunca tan animada y pintoresca, como fes- tiva y bulliciosa, al lograr en los siglos xiv y xv la perfecta sazón de su vitalidad? Pero no gastemos tiempo en demostrar verdades generalmente sabi- das: cumplirá más á nuestro objeto, y será á los lectores más útil, una pintura de la época hecha por ella misma, que en breves rasgos acentúe su fisonomía varonil, á la vez ingenua y expresiva. Valdrémonos de una obra catalana, nunca bien analizada, que si escrita bajo propósitos di- dácticos como la mayoría de los tratados de erudición de aquellos siglos, viene á ser un cuadro animadísimo de costumbres, por las candideces que rebosa, contra la misma intención de su autor. «Ningún monumen- to, dice el de la Historia crítica de la literatura Española, es más á pro- pósito para comprender hasta qué punto llega la influencia (en su con- cepto), de las formas artísticas de las letras castellanas sobre las catala- nas, aunen obras ascéticas, como el libro denominado Crestid, regiment de Princeps, inagotable arsenal de cuanto, respecto de moral cristiana, se sabia en el siglo xiv, y repertorio abundantísimo de curiosas noticias re- lativas á las costumbres de todas las clases que componían la sociedad en aquella época; y no sólo, añade en una nota, se encamina á reglar la vida de los príncipes, sino que tiene por objeto labrar la felicidad de todo cristiano, cualquiera que sea su estado ó categoría, cuya generalización le da extraordinario interés, y le presenta en cierto modo como la enci- clopedia del siglo xiv.» He aquí la obra que vamos á poner á contribu- ción, según el ejemplar de la biblioteca universitaria de esta ciudad que hemos estractado, con algo de los libros de les Dones y dels Àngels, co- nocidas producciones de Fr. Francisco Jiménez ó Eximeniç, religioso franciscano, después obispo de Elna, que las escribió en el período de 1370 á 1390. El libro de les Dones, es un tratado civil-social de la mujer desde su infancia, en los estados de doncella, casada, viuda y religiosa. Al lle- gar á esta sección, el autor hace hincapié sobre los deberes monásticos, sus votos, ritos y usanzas, etc , de modo que la idea principal cambia de rumbo, y ya no es más cuestión de la mujer, sino de la castidad, de la pobreza, de la continencia, del decálogo, de las obras de misericordia, virtudes y vicios, premios y castigos, y por fin, de los sacramentos. El libro de los Ángeles, bajo un concepto sobremanera supersticioso, habla — 174 — de la naturaleza de aquellos seres, de sus jerarquías en serafines, que- rubines, tronos, etc, de sus excelencias, ministerio, funciones en el cielo y entre los hombres, intervención en la vida de éstos, etc. Ellos son los ministros de las órdenes del Altísimo y forman su corte: ellos sostienen y dirigen los mundos; ellos nos sirven de mediadores y nos inspiran bue nos sentimientos. Cada hombre tiene su ángel tutelar, el cual preside á su destino, le socorre en sus trabajos y le fortalece en la tentación: la historia anda llena de ejemplos de la influencia y servicios prestados por muchos ángeles. A su excelsa jerarquía pertenecieron los demonios, cuya historia, destinos é ingerencia se tratan por separado (I). El arcángel San Miguel, príncipe de los escuadrones celestiales, es objeto de otro apartado, donde se evidencia cuánto vale su propiciación, y se describe lo que hace en el juicio particular «le las almas y lo que hará en el uni- versal. Ambos tratados, al igual que el Crestiá, son místico-teológicos, del género didácticosimbólico, tan bien deslindado por el Sr. Amador de los Ríos; de moral severa, de erudición mediana, de espíritu bastante libre aunque escolástico, y de estilo sobrio, elegante á veces, pero monó- tono asaz. El plan y exposición resultan casi siempre los mismos en to- das las secciones: definición; pro y contra; apoyo de uno y otro por la historia, y deducciones favorables ó adversas en ambos sentidos. Vamos al análisis. II CREENCIAS. Después de hablar de herejes y herejías conocidos, y de los estudios lícitos á cada cristiano según su estado, venimos al capítulo de los milagros. Eximenic reconoce la eficacia y verdad de ellos, enume- rando los que en sus días se obraban ya por virtud de las santas imáge- nes de Montserrat, Vallbert, Roncesvalles. l'uy de Francia, etc., ya por otras circunstancias en diferentes puntos del globo. Asi en la ludia, confín oriental de él, según testimonio de Marcos de Venècia (Marco Polo), li- bro 3.", las aguas que rodean la iglesia de Santo Tomás Apóstol, se reti- ran una vez al año para que algunos sacerdotes vayan á cortar el cabello, la barba y las uñas al Santo, el cual por sus manos administra el sa- (I) Kl nombre de diablos proviene de >r$u.in fluens, el de demonio de iriens. Salan significa adversario, Beemot buey, LevUtthan ajustamiento-, Ajiolonio disipador, Lucifer fu- mino-*», Asjnadro/ufcfo de lo* /techos, sin los llamados León, Serpiente, Legión, ele. — 173 — cramento á los comulgantes si son dignos, retirándolas si no lo son; y entonces se renueva el aceite de las lámparas que arden de si mismas un año entero. También el mar abre un paso de siete millas á los fieles que van á visitar el cuerpo de San Clemente, é igual fenómeno acontece en Apuha, ó aconteció al revelarse que el arcángel San Miguel asistía en la montaña é iglesia de su nombre. Por las regiones de sud, oeste y nor- te, obsérvanse casos no menos maravillosos: el cuerpo de Santa Catalina en su convento del Sinaí, está vertiendo hace más de mil años un pre- cioso licor de aceite: la viña de Engaddi á dos leguas de Alcayre (el Cai- ro), en la noche de Navidad destila de sus sarmientos un bálsamo precio- so, único en el mundo, y estando regada por noria, los bueyes que tiran de ésta no trabajarán en domingo aunque los maten, de suerte que el Soldán ha inmolado muchos por tal causa. Los reyes de Castilla tienen la virtud de curar cuartanas, como los de Francia lamparones, con la simple imposición de manos; así á lo menos se vio de los pasados, y á su vez los de Inglaterra sanan, santiguándoles, á los que adolecen del mal de lobo ó morbus regiu». En llibernia (Irlanda) hay un árbol que derra- ma cierto licor, el cual si da en tierra se vuelve ave, y si en agua, pesca- do: allí está el purgatorio de San Patricio, y no lejos, una isla cuyos ha- bitantes son inmortales. Dichoso quien logre coger un retazo de ropa de los hibernios, porque estará seguro de animales ponzoñosos. Cuando se entierran criaturas en el cementerio de las once mil Vírgenes de Colo- nia, el suelo las rechaza, no queriendo sufrirlas. En aquella ciudad se guardan los restos de los S. S. Reyes magos, cuyos nombres pronun- ciados junto al enfermo más grave, le restablecen como por ensalmo. El milagro de Santa Catalina se reproduce en las reliquias de San Nicolás de Bari y de San Bartolomé Beneventano. Una santa espina guardada por los hospitalarios de Rodas, tlorece al cantarse el Passió en la noche del viernes santo. Padua conserva fresquísima la lengua de San Antonio, como Pavía el corazón de San Agustín, que salta de gozo si le ponen en - cimo el libro de Trini tate. Los vieneses de Francia rocían con vino el cuerpo de San Anton, y este vino les sirve para curar el mal llamado fuego de aquel santo. ¿Y qué no hacen en Cataluña los venerados cuerpos de los Santos Narciso, Felío, Fritos (Fructuoso), Olaguer, Eulalia, Tecla y otros?—No ya milagro, sino fenómeno, es el de aquel estanque del Ca- nigó que engendra tempestades con sólo echarle una piedra, y cuyos peces desaparecen al freirlos en la sartén; pero el autor confiesa tener averi- guado, después de escrito el libro, que esto ya no sucede hoy. Tampoco se deja en el tintero los corporales de Daroca, ni la hierba poliol, que re- verdece en nochebuena, ni el asombroso efecto de ciertos conjuros con- tra tempestades, ni el gritar de los poseídos del mal de San Juan, que — 176 — pasan por sucesores de Herodiades. Hanle asegurado existir en Cataluña y en otros puntos, unas gentes que pueden vivir en el agua, oriundas de cierta dama acuática, la cual solazándose por la playa del mar, fué presa de un caballero. Como casos raros, cita el de una mula que parió en Cas- tilla en tiempo de D. Enrique; el de un niño que en Valencia habló al nacer, y de otro que nació barbado como hombre; recordando asimismo las procesiones de difuntos que se veían en Cerdeña., de pocos años. No halla menos milagroso y sorprendente que ningún confesor aun siendo loco, haya revelado seeretosde confesión; que habiendo tantos animales, pescados y aves, raras veces se los encuentre muertos; y que nadie haya observado entierros de rameras, con ser muchas, suponiéndose que el demonio las arrebata en cuerpo y alma. Búrlase del milagro de Ma- homa, cuyo sepulcro está suspenso por efecto del imán (caramidas) que reviste, y donde su cuerpo está guardado dentro de una caja de hierro. Anuncia como de pasada, la cercana ruina de las sectas árabe y judaica por el Anticristo místico que vendrá antes de la conclusión del siglo, según profecía de Joachim, añadiendo según otra, que llama Ciril, mis- teriosamente revelada á Maese Arnaklo de Vilanova, que habría grandes guerras entre los soberanos de España, tan recias como la que veintiún años antes, originó la muerte de D. Pedro á manos de D. Enrique; aña- diendo que «un murciélago devorará todos los mosquitos del reino.» esto es, que la casa de Aragón sujetará á toda la morisma, conquistándola Meca y sentando sus reales en Egipto, después de lo cual ha de venir el hijo de perdición ó Anticristo figurativo, precursor del Anticristo final. SUPERSTICIONES, SORTILEGIOS, ETC. En esta línea no era menor la fe del siglo xiv; sin embargo, el buen padre juzga contrario á ella, tenerla en conjuros, breves, señales, hechizos (fatillerías), nóminas, caracte- res y números escondidos, como también confiar en diablos, adivinos, malas artes, sueños, estornudos, como medio de curar enfermedades, et- cétera. El diablo es el verdadero autor de nuestras ilusiones, aun mera- mente sensuales, como el reflejo del rayo solar, cuando en la pared trans- parenta el brillo de los cristales, y la apariencia de los colores según nuestro humor cerebral, rojo si sanguíneo, amarillo si colérico, blanco si ílemático, verde si melancólico, etc. Es de advertir que al través de anteojos, las cosas aparecen mayores; que un espejo cóncavo desfigura horriblemente el rostro, y otro hueco por detrás (spill pregon cavat) pre- senta las imágenes á la inversa. Para conjurar al diablo y lanzarle de los cuerpos, se emplean exorcismos, caracteres representando algún gran misterio de la fe, ó se recita el salmo X, cap. «Qui habitat in adjutorio» etc. Valen especialmente contra los íncubos, agua bendita, humo de in- cienso, artemia y peonía, corazón de buitre envuelto en piel de león ó — 177 — raposa, sortija de pezuña de asno negro, y según Dioscórides y Platerio, la calcedonia con esmeralda adiamantada, llevada a' lado derecho. Para librar á un poseído, debe interrogársele si ha cometido falta ó desarreglo, y se reza por él una oración á Jesucristo. Ciertas constelaciones y pla- netas tienen grande influjo sobre nosotros, en decir de Tolomeo, y allí donde más predominan, engendran singulares malicias entre los teólo- gos. Quien naciere bajo constelación favorable, por ejemplo, de Marte, será buen caballero. Igual efecto produce llevar ciertas piedras y hier- bas; lo mismo las espadas consteladas, como la llevaba el rey D. Jaime en la conquista de Valencia. De esta clase es la famosa de Vilardell, quien mató un dragón terca de S. Celoni, y cuya alhaja se conserva con otras, en el archivo de la Corona. Por lapidarios sabemos la virtud del diamante en- gastado en oro, para hacer valiente y buen consejero; la del rubí también engastado en oro, bajo Aries ó Leo, para dar ventura en lides, etc. Algu- nos consiguen victorias poniendo motes en sus escudos, ó recitando al- gunas palabras y nombres sagrados ó profanos. Ahora han dado los más botarates (fantástichs) en usar como talismán un sello de oro puro que tiene impresas, estando el sol en Aries, etc., palabras astrológicas, de cuyos sellos unos se llaman orientales y otros tramontanales. Según el día de la semana en que recaen las primeras calendas, puede sacarse orá- culo para todo el año, insiguiendo una revelación hecha por el mismo Dios al profeta Esdras.—El oro se forma de rocío del cielo atraído por las sierras más altas bajo el ardor tropical, y de allí desciende en pajillas (payóla) que son arrastradas por las aguas. En Cataluña el Segre y un arroyo cerca deHostalrich que procede del Montseny, traen de estas paji- llas; pero donde más abundan es en el país ardiente que cae al mediodía, allende el del Preste Juan, habitado por sarracenos negros, los cuales hacen de tan precioso artículo grandes conductas á Berbería «ab moltes cavillanes (caravanas) de camells.» La plata se forma de mercurio y azu- fre alterado. Una piedra llamada albestón (amianto ?), arde siempre sin consumirse.—A propósito de metales y tesoros, cuéntase el chasco de un mercader mallorquín que deseoso de encontrarlos, puso velas á todos los santos de la Seo, y una que le sobraba, á una figura de diablo. Éste, agradecido, se le apareció en sueños, mostrándole un tesoro en el campo, y por señal hizo que se ensuciase allí; pero fué hacerlo en la cama y que- dar corrido. RELIGIÓN, IGLESIA, CULTO. Siete son las grandes épocas históricas de !a religión cristiana: 1.a llamada de los apóstoles, 2.a de los mártires, 3. a de los doctores, 4.a de los cenobitas y ermitaños, 5.a de condescención ó sea relajación por decadencia, y por los abusos á que se entregaban clero y pueblo en tiempo del autor, cuya época era la 6. a de entera corrupción, 12 — 178 — a mientras se esperaba la 7. que lo seria de reforma general. Trazando la historia de las religiones ú órdenes monásticas, dice que á los primeros anacoretas siguieron los religiosos congregados por los SS. Marcos, Basi- lio, Agustín, Benito, Bernardo, Domingo, y últimamente su seráfico padre S. Francisco. Describe las varias jerarquías eclesiásticas, no sin aludir al cisma surgido en su tiempo entre dos papas titulados Urbano VI, el de Roma, y Clemente VII, el de Aviñón, siendo de pareeer que la cabeza del orbe católico debería fijarse en Jerusalén á causa de la ruin índole de los romanos, cuya mayoría son malos de pies á cabeza, más parecidos á «banders, vinyoguells, goliarts ó gent de forcha» que á ciudadanos ro- manos; todos parientes de griegos, gente allegadiza (arrodaladissa), pue- blo alborotado, orgulloso y pobre; blasfemos del Salvador, de quien di- cen «que per ell e per sa lley fan mal de lur prou,» habiendo atribulado á la Iglesia en tiempo de paz más que otras naciones, con hacer antipapas y dar muerte á sus señores eclesiásticos. «Temps veudrá que N. Sr. Deu los tolrá la cadira papal.» Sin embargo de eso, no puede negarse que han tenido varones eminentes. Los eclesiásticos gozan varios privilegios, á tenor de la suma Durandi- na: pueden recibir justamente cuanto se les da, pero no enajenar ni per- der sus haciendas, como no sea para redención de cautivos, necesidad pública en tiempo de hambre, y reparación de iglesias y monasterios, ó pago de deudas. Lo comprado con dinero de la Iglesia debe volver á ella; contra la misma sólo corre la prescripción cuadragenaria; el usurpador de oblaciones, etc., debe reintegrar con el cuatro tanto; el feudo ecle- siástico se considera impignorado, pudiendo pecharse sus frutos además del interés, sin usura; los clérigos gozan inmunidad personal, con la cir- cunstancia de que si ellos vulneran á un particular, por distinguido que sea, no quedan excomulgados, mientras lo queda el laico con sólo mal- tratar á un muchacho que lleve corona. Tocante á las iglesias, hay también varias disposiciones de príncipes que vedan residir y tener en ellas ropas de cama, tratar negocios ó ven- tilar pleitos en las mismas, hacer ruidos que distraigan á los fieles, etcé- tera. Según la Extrav. de Vita et honest, clericorum «Cum decorem», en las iglesias no pueden celebrarse juegos vanos; sin embargo el glosador Benito cree lícitas las diversiones devotas, como representaciones del na- cimiento y muerte del Salvador y otras parecidas, aunque son impropios los cantos en vulgar ó romance, las cantilenas en son de coplas seglares, los ritmos quebrados que provoquen á risa, etc. Tampoco es lícito en iglesias ni en sus cementerios promover riñas sangrientas, pues debe res- petarse el sagrado, que alcanza hasta treinta pasos al exterior (cada paso de 5 pies, ó 40 siendo la iglesia episcopal); y al acogido deben dársele 179 — alimento y ropas. Sólo contra infieles, herejes ó ladrones, es tolerable que las iglesias se guarnezcan como los castillos de almenas y saeteras. Aunque una disposición de Justiniano (Cod. de Sacros, eccl.) veda pasar de los canceles de altares y capillas, hay muchos que se acercan al celebrante y á las aras santas sin respeto alguno, besando el ara después del sacrificio, y acaso los corporales. Tómese ejemplo de Oza; obsérvese el decoro que hasta los judíos y musulmanes guardan en sus templos, y de antiguos varones sabemos que se purificaban al penetrar en su re- cinto. Entre nosotros no faltan escandalosos que cantan, bailan y se refocilan en la iglesia como si fuese taberna, reservando todas sus habla- durías y chanzonetas para cuando se celebra en el coro el divinal oficio: otros hacen de la casa de Dios público burdel yendo á ella con el sólo objeto de ver á las mujeres, tocarlas ó declararles sus propósitos nefarios. Y qué decir de aquellos insensatos que huyen del lugar santo como del diablo, contentándose con oir de lijero una misa llana; cosa común por desgracia á algunos depravados eclesiásticos. No menos execrable es la demasía de ciertos magnates y señores, que allanan las inoradas conven- tuales para regalarse en ellas, y pervertir á los religiosos con su lenguaje libre y sus hábitos disolutos. Valga entre otros ejemplos el del rey don Pedro de Castilla, que en nuestros días fué castigado por sus muchas irreverencias en lugares sagrados. Al contrario, en nuestro país, hubo un varón tan devoto del SS. Sacramento, que jamás permitió á sus escuderos entrasen con él en la iglesia llevando aves y perros de caza: si encontra- ba el viático por la ciudad, bajábase al punto de caballo, hincábase de- votamente derribando la capilla y luego seguía acompañándole, y lo propio hacía al oir la campana de la Seo, al dar la señal de elevación; y jamás juraba por el santo nombre de Dios. No está bien que los fieles lleven reliquias encima. Cuando oran, de- ben hacerlo en dirección á oriente, porque allí murió nuestro divino Sal- vador, volviendo su rostro á esta parte de occidente, porque de allí ven- drá á juzgarnos en el último día, y finalmente porque allí estaba el paraí- so terrenal, figura del cielo. Los oficios se han de oir paso á paso y verso á verso, con modestia, bien recogido el oyente en su silla, sin apoltronarse en ella, ni hablar con otras personas, hincándose al alzar la hostia y quitándose la capilla de la cabeza en el evangelio. Las señoras francesas tienen una costumbre muy loable, y es que van á la iglesia muy veladas, llevando en la mano sus devocionarios, adornados de ricos broches. La vigilia del viernes no la extienden los catalanes al sábado, pero si al miércoles los italianos, franceses, alemanes é ingleses, en memoria de haber sido vendido el Señor en aquel día, por cuya razón hanse visto en- tre ellos famosos milagros. En días de ayuno sólo puede comerse una vez, — 180 — regularmente á la hora de nona. Toda muchacha religiosamente educa- da, además de tener devoción especial á algún santo, la tendrá á Jesús y á Nuestra Señora, procurando rezar diariamente otros tantos padre- nuestros en memoria de los azotes, que son 6,676, de la corona de espi- nas, que son setenta y dos, de las cinco llagas, de la santa vida del Señor, de treinta y tres años, y de la Virgen, de setenta y dos; también cuatro avemarias á las cuatro dignidades de la misma; la corona, de doce estre- llas; el cántico Gradum, con referencia á las quince gradas del templo, y la oración de los siete gozos. Es bueno se acostumbre á llevar los rosarios al cuello. JERARQUÍA Y ESTADOS CIVILES. Hoy en día son veintidós los soberanos que reconocen el señorío espiritual de la Iglesia, ostentando en su frente el vituperio de Jesucristo. Jefe de ella es el obispo de Roma, llamado por los cristianos Papa (admirabilis, major, pater vel custos). En muestra de señorío, usa tiara cerrada y adornada con tres coronas preciosas, indican- do su predominio sobre casados, viudos y solteros, y en señal de su oficio lleva dos llaves blancas, aludiendo á la inocencia del Salvador, las cuales campean en escudo rojo, porque él trae su poder de la sangre del divino Cordero. Al Papa sigue en categoría como gefesupremo del poder tempo- ral, el emperador de Alemán ia, que hace por armas una águila negra; si bien losgriegos cismáticos y despreciables, ya menoscabados por el turco, tienen otro emperador en Constantinopla, cuyas armas son escudo de gu- les partido en cuarteles por una cruz amarilla, llevando cada cuartel unas B B adosadas hacia afuera. Viene en pos como más antiguo, y por sus ser- vicios á la Iglesia, el rey de Francia, casa muy ejemplar y de cristianas costumbres, que recibió del cielo su oriflama, señera toda bermeja, y su escudo azul con tres Uses de oro. Es nación rica en santas reliquias, entre ellas la corona de espinas, un clavo, el hierro de la lanza, el inri, con no- table parte de la cruz, que se guarda en Tolosa, etc. Dicese que los fran- ceses son naturalmente sutiles, más blancos que los españoles y de gran fiereza en su señorío. Ocupa el tercer lugar el rey de Castilla, soberano de nueve reinos, cuyas armas son torres y leones, de oro aquéllas en campo rojo, y de gules los leones sobre fondo blanco. El cuarto es el rey de Aragón, de Valencia, Mallorca, Cerdeña y Córcega y conde de Barce- lona, que trae por armas cuatro barras en campo de oro, significando el grande castigo que dará á los malos eclesiásticos por sus abusos. Esta nación posee entre otras reliquias la camisita de Jesús: ninguno de sus reyes ha sido vencido en batalla campal, y ahora aguardamos según pro- fecía, que en breve ha de pasar al África para destruir el imperio y la secta de Mahoma. Es quinto en orden el rey de Inglaterra, que dilata su señorío por Hibernia y Gascuña, en cuyos dominios se profesa culto ce- — 181 — loso á la Virgen, y entre cuyas poblaciones se distinguen Oxonia (Oxfort) y Cantabrigia (Cambridge) por sus famosas universidades de teología. Hace por armas tres leopardos de oro en campo de gules, y es tama que se aliará con la casa de Aragón para perseguir como leopardo á los ecle- siásticos procaces etc., etc. En el confín de Europa al cierzo, está el rey- de Hungría, sexto en orden, cuyo vasto imperio es regado por el Danu- bio, uno de los ríos más caudalosos del mundo. Sus armas son, palos ro- jos traveseros en campo blanco, por haber vertido mucha sangre con in- tención candida y pura. Ocupa el séptimo lugar el rey de Ñapóles, espe- cial feudatario de la Iglesia, señor del monte Gargano, donde se apareció el arcángel San Miguel. Hace las mismas armas que Francia, con una faja de gules acompañada de otras fajitas hacia abajo en la parte superior del escudo. Figuran por fin en octavo lugar el rey de Sicilia, en noveno el de Portugal, en décimo el de Navarra, oriundo de la casa de Francia, en undécimo el de Chipre, en duodécimo el de Armenia, y sucesivamente los de Polonia, Dacia, Noruega, Bohemia, Suècia, Escocia, Hibernia, que en parte depende de Inglaterra, y en parte de soberanuelos propios; Tra- cia allende la Alemania, y Dinamarca que raya con Frigia y el grande Océano. Los reyes no pueden enajenar sus regalías, su mero imperio, sus jurisdicciones y apelaciones. Siendo ineptos, hay facultad de deponerlos, como sucedió con Eduardo de Inglaterra, bisabuelo del actual reinante, hoy, año de 138o. Las ciudades son regidas por bailes, vegueres, grandes justicias, re- gidores, concelleres, jurados, etc , á quienes de hecho se da salario por sus trabajos. En Roma hay Senado; en Italia Priores. Entre los empleos más aventajados deben reputarse los señoriales domésticos de canciller, vicecanciller, maestre racional, alguacil, protonotario,secretario, etc. Toda persona noble debiera ser instruida en idiomas, gramática para facilidad del latín, historia antigua, Biblia y Evangelios, retóricas de Aristóteles ó de Tulio, conocimiento de algún tratado filosófico como los de V'egecio de Re militari, Boecio, V. Máximo, Tito Livio, Trogo Pom- peyo, Hugo, Didascalicon, algunas obritas como la de Fr. Juan Gállense, la Sphera. y un poco de astrologia, libros místicos y morales de vicios y virtudes, etc. Desgraciadamente sus costumbres son hoy día tan disipa- das, que muchas ciudades no pueden sufi irles, especialmente en Italia, las de Roma, Genova y Florencia. Según Lactancio, por efecto de estos desmanes de la nobleza, durante el último siglo del mundo (mil años), que será in apertione sexti signaculi Ecclesio> y empezará en el año del Se- ñor 1400; no habrá en adelante más reyes, duques, condes, nobles ni grandes señores, reinando por doquiera la justicia popular, y quedando todo el globo repartido en comunas, á semejanza de Florencia, Roma, Pisa, — 182 — Siena y otras ciudades de Italia y Alemania; aunque parece habrá excep- ción para la casa real de Francia, y entonces verá quien lo viere, repro- ducirse la edad de oro (¡Sopla, con la revelación comunalista del buen padre!). Según policía antigua aristotélica, en cada ciudad hay tres estamen- tos: l.° la mano de generosos ó ciudadanos honrados, que disfrutan va- rias prerrogativas de caballeros y hombres de paraje, á cuya clase tienen ascenso, estando libres de penas infamantes de horca, sofocación, etc., debiendo en todo caso sufrir la noble de descabezamiento; 2 " mano de ciudadanos honrados, compuesta de juristas, notarios, mercaderes, fa- bricantes de paños ricos, y hacendados; y 3 o mano de menestrales, como son plateros, cerrajeros, zapateros, coraceros, etc.á los cuales se les llama simplemente vecinos. Todo estado trae consigo sus deberes y ocupacio- nes: la nobleza el constante ejercicio de las armas; la ciudadanía, la per- fección de costumbres por medio de buenas lecturas, huyendo de la ocio- sidad de lonjas, plazas y otras congregaciones inútiles. Las señoras pue- den ocuparse además del gobierno de la casa, en labores de seda, hila- dos, etc. El mismo clero, al salir de la iglesia, debiera siempre aplicarse al estudio. En una sociedad bien constituida, hay ocupación para todos: un ciego puede tañer campanas, mover los fuelles de un cerrajero, etc.; los estropeados llenar encargos, revender en la plaza, ayudar en las es- cuelas, etc. Los ciudadanos, por privilegio, están exentos del pago de ga- belas labrantías, penas peregrinas, puentes, peajes, cugucias, exorquias, rescate personal, etc., á la vez que de obras serviles, como llevar carga para otros, enarenar calles y mercados, limpiar fosos, etc. Tampoco pue- den ser privados del uso total de armas, ni sufrir penas ruines de azotes, exposición pública, mutilación y señalamiento con hierro. En varias partes se distinguen por medio de alguna señal, como la de llevar bastón delgado en la mano (verga prima), gorro fino orillado (capell prim ore- llat), vestido superáneo de largo talle, ó sortija en el pulgar de la mano derecha. Entre las buenas crianzas del ciudadano, es una la moderación en su traje; por eso el obispo Primicio escribía á los písanos y á otros, que no vistiesen terciopelos, púrpuras, chamelotes, paños de oro y seda, puesto que en calidad de superiores sólo deben ser empleados en servicio de Dios. Criticaba no menos la forma vana de sus vestiduras, especial- mente entre sus mujeres, que mostraban las carnes muy deshonestamente y se ceñían el cuerpo con estrechez, haciendo gestos carnales y provocati- vos á lujuria. También hay inmoderación en el calzado; de Astrigonia en Alemania, refiere Lellio, que las gentes calzaban con suma disolu- ción, en tanto que la materia y forma de la calza y del zapato eran tan nuevas y dispendiosas, que causaban maravilla á los extranjeros. — 183 — Es nociva la abundancia de juristas en la república, por los abusos á que se entregan. Antiguamente los castellanos regíanse sólo por fue- ros y costumbres de la tierra. En Flandes, todo pleito se decide luego por dos delegados á elección de los scavinos. Los tiranos de Italia llamají á su presencia al mal pagador, y le condenan á tener una mano alta sobre la pared hasta que satisface su deuda. Los cadíes árabes, sentados en pú- blico, deciden verbalmente y de plano todas las cuestiones. Tampoco conviene la abundancia de notarios: desde que hay tantos, lia disminuido la fe entre los hombres, y como necesitan mucho negocio para vivir con decoro, se hacen enredadores. Iguales y otros abusos pueden echarse en cara á los procuradores, «rahonadors de corts ó picaplets», á los fiscales ó acusadores públicos, y á los sayones (saigs) ó alguaciles. De los que más debieran favorecerse son los mercaderes, por consti- tuir el alma de los pueblos. Desgraciadamente nuestros magnates y pre- lados, les recargan con tantas lezdas y gabelas, que es milagro haya aún afición al comercio. Oficios muy lucrativos deben reputarse los que tratan en paños, ya sean fabricantes (drapers), ya pelaires, tundidores, tintoreros, ele , y de ahí viene que el rey de Francia estableciera el condado de Flandes antes de haber conde. Florencia es una de las localidades más ricas eu este ramo, sobre todo desde que ha mejorado los procedimientos de hi- lar, cardar y peinar, valiéndose de hombres trabajadores, en lugar de mujeres. Según el emperador Otón, cualquier villa de 300 casas debiera contener todos los oficios necesarios: paneros, sastre, zapatero, tejedor, herrero, especiero, médico, barbero sabio, tahonero, cortante, pescador, carpintero, mercader, albardero y tenderos de bujerías familiares para cámara, cocina y bodega. El mismo elogiaba á los mesoneros franceses, por ser los más graciosos del orbe. Algunos oficios viles no debieran consentirse, como la prostitución, las tahurerías, los usureros, adivinos y embaidores. Sólo para evitar un mal mayor los burdeles tienen apoyo en la legislación. Por tahurerías sütiéndense aquellos receptáculos de ha- raganes, que pasan el tiempo jugando, riñendo, renegando y blasfemando de Dios y délos Santos. Regístranse en las ciudades, para el servicio doméstico, escuderos, camareros, mensajeros, sirvientes y esclavos. El escudero suele llenar los oficios más pulidos y curiosos, estando á las.órdenes de su señor en la mesa, ó acompañándole por la calle, sin darse á faenas groseras ( « n - rracenies): visten con aseo, y llevan armas donde es admitido su uso. Regularmente se ajustan por temporada, mediante salario (lur servey es apellat perloguater). Sirviendo á señor municipal, no cobran, pero se les compensa con otras mercedes y adehalas. Antiguamente los mozalbetes de — 184 — buenas casas eran puestos al servicio de otros, para que se humillasen, y luego hicieran mejor uso de sus bienes. En Francia hay muchos que personalmente sirven á las iglesias y en casas de nobles. Los mensajeros y sirvientes se alquilan asimismo por tiempo y para usos determinados, en categoría inferior á los oficiales, porque desempeñan trabajos mas groseros. Esclavos, los hay de varias clases: naturales, que son hom- bres ruines y torpes por naturaleza; accidentales, los hechos en guerra legítima; personales, aquellos que se venden voluntariamente, como en Grecia y en Tartaria; legales, aquellos cuya servidumbre autorizan el de- recho divino y humano en ciertos casos, como el ingenuo pirata ó cor- sario, ó los que suministran recursos al enemigo, el hijo de clérigo orde- nado, que queda esclavo de la Iglesia, etc. El señor no tiene derecho de vida y muerte sobre ellos; sin embargo, hay dueños tan orgullosos, que los tratan como perros. Una de las plagas sociales es la mendicidad. Esta no debería tolerarse, sino en verdaderos pobres, distinguiéndolos por medio de una bula de plomo colgada al cuello, con las armas del común, ú otra señal por el es- tilo; pues bajo la capa de mendigos hay grandes tacaños, ladrones y tahúres que fingen deformidades engañando al público, y luego se rego- dean en crapulosas juntas, criadero de toda maldad. Debieran también prohibirse otros oficios dañosos, como los de regatones que encarecen todo artículo comercial, los ocultadores de cosas robadas, los jugadores públicos, los saltimbanquis, los barateros (traíaguers¡, los profesores de geomancia, cartomancia y quiromancia, los alquimistas, que son locos de atar, pues consumen infructuosamente lo suyo y lo ajeno; aquellos que ejercen maleficios y ligaduras de hombres y mujeres para cohibir la generación, ó usan filtros para atraerse á incautas doncellas; losalcahue- tes que provocan adulterios, dando origen á la bastardía, etc. En Castilla hay para los adúlteros pena de hoguera. A esta clase de gentes puede agregarse otra que es naturalmente tor- pe y maliciosa, como los estropeados en general, y los rústicos labrado- res que no entienden razón, cuidando á cada momento ser engañados. «Maliciosos hi ha que si coneixen que sien entre persones benignes, se- fan grans gallegos (gallean), mas si veen quey haya negu quels tingua last al foch, ó que haja sang en lull, tantost baxen lur gatzara.» La ma- licia y la presunción ignorante, traen hoy perdido al mundo. Las monas quieren encaramarse, y como no tienen rabo muestran sus vergüenzas, ¡Cuántos señorean que debieran servir, y cuántos quedan postergados que habrían de brillar por su mérito! ¿No vemos aspirar á maestros de teo- logía, á obispos y aun á grados mayores, ciertos hombres necios que sólo merecerían tirar de un carro? Si esto sigue así,- según sentencia de — is:> — Salomón (Prov. 30), «en breu se deu moure la terra, él mon deu pendre gran mutació é gran tomb, per tal que sia novellament reformat, e vera sciencia sia sus, e folla ignorancia vaja á terra.» CARACTERES LOCALES. POLICÍA DE LAS POBLACIONES. Los países y sus moradores varían mucho según la naturaleza de ellos y el influjo plane- tario que los domina. En el llano de Damasco, donde comenzó á propa- garse el género humano, nunca ha habido gente de provecho. Leemos de Julio César, que despobló la Castilla por infidelidad de sus moradores, y habiéndoles sustituido gentes suyas, éstas en breve se volvieron peo- res. Son malignos los griegos, y especialmente ruines los cretenses; los tártaros bestiales; los italianos de maliciosa doblez, más que otro pue- blo, y San Benito ad Eugeuium, dice cosas terribles de los romanos. De la misma Italia es fama que en unas comarcas son orates, en otras la- drones, y en todas de sobresaliente malignidad. Lo propio cabe decir de los demás países: así en Cataluña tenemos según la diversidad de lugares, gentes valerosas, avaras, agudas, procaces, llanas, altaneras (vectola- nes), etc. Generalmente los isleños tienen menos asiento y firmeza de corazón que los continentales, y un razonar diferente, lo que asimismo se observa en los productos y frutos de la tierra, peces, aves y animales. Conforme alemanes é ingleses son muy susceptibles, los franceses al contrario son blandos,, y tan alegres «que tot temps van en joya.» No influye menos en el carácter, y aun en la duración de la vida, el sistema de alimentación. Los sarracenos ganan en longevidad á los cris- tianos porque son más frugales. Nosotros comeremos una libra de car- nero con verduras ó en salsa, y cuatro dineros de pan, bebiendo tres de vino, cuando ellos se pasan con una docena de higos secos, acompañados de una hogaza caliente y un sorbo de agua. Atendamos á las naciones que comen poco, como son los italianos, y las veremos crecer en años y en ingenio, al paso que los alemanes, gente glotona, aparecen groseros y apelmazados: á su vez ingleses y franceses, amigos de requisitos, enve- jecen poco. Los españoles (castellanos) comen mucha carne, y aunque hablan bien (son grans parlers), y saben mostrar ingenio si conviene; en todo tiempo han sido reputados de groseros para otras cosas, como se ve en sus edificios, en sus ornamentos y continentes, y en su manera de vivir, aunque hoy día comienzan á aguzarse. Unos países se recomiendan por ciertas producciones, como Sicilia y Cerdeña, en cereales; Creta, Candía, Ñapóles y Córcega, envino?; Ingla- terra, en lanas; Mallorca, en leche y quesos, etc.¡otros son estimables por su industria, como Gante, Cíialóns, Milinas, Contray, Ipre, etc. En Si- cilia donde se inventaron el arado y los cantares dichos comedias, crían- se con abundancia azufre y coral, la piedra ágata, la sal de Girgenti que — 186 — se derrite al fuego y cruje en el agua saltando siempre. Allí no hay sier- pes ni lobos, sino una bestia muy temible llamada solí/uga, ni tampoco crece la cicuta, sino una hierba semejante al apiaslro, la cual en decir de los poetas mata causando risa. También hay allí unas aguas terma- les que ciegan á los ladrones si, habiendo prestado falso juramento, se lavan los ojos con ellas. Otras ciudades gozan fama por sus estudios, y algunas por sus mo- numentos. Célebres son las enseñanzas de teología de París y Tolosa en Francia, de Oxford y Cambridge en Inglaterra y asi bien las universida- des de derecho canónico y civil de Bolonia, Perusa, Aviñón, Montpeller, Lérida y Salamanca. Como monumentos pueden recordarse el faro de Alejandría que se sustenta sobre cuatro prismas (tranchs) de vidrio, hondos de veinte brazas dentro del mar: el anfiteatro, que es una bella plaza cerrada de muro, y rodeada por dentro con una gradinata de pie- dra, debajo de la cual había retretes para guardar fieras, osos y leones, etcétera, mientras en la plaza se daban juegos, torneos y luchas, se co- rrían toros, y se ajusticiaba á los reos: el muro exterior aparecía labrado todo de ventanales de diversas figuras. Y qué diremos del templo de Diana en Efeso, donde se encerraban estatuas erigidas á los grandes bienhechores de la humanidad!: Arguión de Tesalia que inventó la mo- neda de oro y los frenos, dando origen á la caballería; Saturno, rey de Italia, que ideó las naves y el arte de sembrar la tierra; Stercos, su hijo, que hizo aplicación de abonos parala misma; Rufo, duque de Media, autor de varias leyes de cortesía, y de buenos reglamentos suntuarios; Heaco, y Brónica inventores del paño, y Rana mujer de éste, del arte de hilar con rueca; Arguión de Asiria, el primero que labró zapatos de badana, y su hijo Loto, inventor de la aguja; otros doce que idearon diferentes artes necesarias á la vida; Semiramis de Nínive, introductora de bragas, guantes y mitones, sortijas, capillas y almuzas para la cabeza; Forseo de Bacrita, fundador del derecho de sucesión entre los reyes, adoptando su corona y cetro; Foroneo de Seleucia, regulador de la alimentación do- méstica y del arte de medicar; Túbal que sacó los instrumentos músicos, como órganos, viola, rabel y otros de cuerda como laúd, guitarra, etc. Cada ciudad debe ó debiera tener un barrio marítimo de mercaderes, cambistas, corredores de oreja, fabricantes de paño; á un lado el Alcázar real en posición vistosa, con salida al campo; hacia el centro la iglesia ma- yor, sobre una gran plaza rodeada de buenos y despejados andenes, tenien do cerca la residencia del obispo y de los clérigos, sin permitirse allí en honor de la seo«edels sacraris divináis», solaces deshonestos, reuniones tumultuosas, puestos de venta, inmundicias, horca ni picota (costell). Por los cuatro ángulos se distribuirían parroquias en buen número, ca- — 187 — sas de órdenes mendicantes, industrias y oficios entremezclados, tenien- do cada sección su pescadería, carnicería, almudín, etc. todo bien surtU do de aguas: además bellos castillos en los cuatro puntos cardinales, puertas entre torres albarranas, muro alto y fuerte, provisto de adarve para su defensa, con bombardas, ballestas, etc. y guarnecido de barbaca- na y foso ataluzado, bien empedrado y lleno de agua. Contra la dirección de los vientos reinantes, debieran erigirse hospitales, leproserías, burde- les, tahurerías y desagües de cloacas, y alrededor de la ciudad huertas para labradores. El uso de calles, plazas, lonjas, pozos, fuentes, etc., es común; las vías principales necesitan albaiiales que se limpien, siendo dable, con agua corriente, y todas las casas su excusado (privada) á ma- nera de casilla con respiradero arriba y conducto recto, no muy ancho, que vierta en el albañal. Por medida de salud pública, deben alejarse de las poblaciones charcos y pantanos, depósitos de aguas inmundas, y las fábricas de curtidos, tenerías y otras manipulaciones de pastells, gaudes, roudor, cal, etc. Los marjales de aguas son muy aptos para criar álamos blancos, olmos, chopos y abetos, árboles que crecen en tres años y ren- tan dos sueldos cada uno por lo menos, sin perjuicio de agregarles vides ó parras, que entre leña y fruto rinden otros cuatro sueldos. Aquí se hace un parangón entre Barcelona y Tarragona, que deja apreciar el estado de ambas ciudades en aquel tiempo. Según eljudiciario de Habigafal, dice el autor, «Barcelona fué labrada bajo constelación próspera. Su mayor antigüedad consta por la historia de Hércules y por otras consejas, referencia del arzobispo D. Rodrigo. Barcelona abunda en aguas, al paso que Tarragona asienta en roca seca; ésta queda abierta al mediodía, recibiendo así la hediondez de los bajíos; mientras aquélla se arrima por dicho rumbo al Monjuich, y en cambio abre al cierzo, cuya nlluencia concentrando en el cuerpo todo su calor natural, fecundiza á las mujeres y da vigor á los hombres. Tarragona decae y se degrada, cuan- do Barcelona crece por mar y tierra: aquélla está mal poblada, de gente simple y grosera, al paso que los hijos de la segunda son notables en juicio y madurez, y andan bien nutridos, especiamente en la gola: de ahí aquel refrán catalán que llama mesa de Barcelona toda comida mode- rada y sin superfluidad. La planta de Tarragona es mala, la de Barcelo- na inmejorable; la una pobre, la otra rica y cual otra ninguna, buena guardadora del dinero. Barcelona, sin embargo, si apetece conservarse, deberá huir de honores excesivos, donde se estrellaría su fortuna, bas- tándole ocuparse de mercancías, pues la honra de mercader es mediana y templada, sin que sus ciudadanos aspiren á ser caballeros, curiales de señores, ni otras altezas, que engendran divisiones. Su pujanza ha segui- do siempre, ya en tiempo de los gentiles, ya en el de los godos, vándalos, — 188 — y árabes, á favor de sus insignes leyes y costumbres que fueron dictadas por Hércules. Este acostumbraba decir, que sólo en Barcelona sentia re- frenarse sus malos apetitos.» COSTUMBRES. Este capítulo es uno de los más sabrosos de la obra de Eximeniz. Mentando el año 138o en que escribía, alude á otra predicción válida en su tiempo, aunque él no lo cree, según la cual á fines de aquel siglo deberían reinar un sólo papa y un sólo emperador en Jerusalén, cuyo gobierno se extendería durante mil años por todo el universo, cum- pliéndose después las profecías de Isaías. Compónese la sociedad, dice, de diferentes clases y estados, siendo el primero el de la nobleza. He aquí la pintura que hace de ella. La nobleza actual dista mucho de ser lo que debiera. Pocos señores hay que no usurpen á Dios sus regalías, permitiéndose venganzas, cohe- chos, juicios temerarios, investigación de cosas futuras en beneficio pro- pio y en daño ajeno. Pocos se acuerdan del cielo para dar honra á la di- vinidad, cumplir su ley ó temer sus juicios, y búrlanse del que les habla de conciencia. Son tan orgullosos que nadie puede acercárseles, como no sea totalmente rendido á su voluntad. No tienen más afán que rodearse de pompa y allegar dinero, venga de donde viniere, para darse placer, de lo cual resultan el mal gobierno de sus vasallos y la concusión en todos sentidos. Ya es costumbre en ellos faltar á los compromisos más sagra- dos, y apoderarse sin empacho, hasta de los bienes de la Iglesia y de los pobres. Lejos de defender á sus pueblos, exígenles servicios de esclavos, tuercen la justicia, y odian al villano, convirtiéndose de protectores en enemigos. Esos pecados uo dejan de llevar su merecido, pues que en me- dio de servidores rastreros, vienen á ser juguete de aquella gente ruin, que, olvidada toda obligación de doméstico y de cristiano, sólo procura medrar á costa del dueño. Hay también .funcionarios de elevada alcurnia que jamás prosperan, por mantener ribaldos y otros grandes truhanes y blasfemos, hombres de armas, bebedores, tahúres, etc., cosa que algunos pretenden excusar di ciendo que tal es la costumbre. A Alfonso de Castilla, famoso astrólogo, por haber blasfemado, se le reveló que nadie de su estirpe reinaría en la cuarta generación, y así ha sucedido. Moros y judíos podrían servirnos de ejemplo, pues nunca incurren en semejante falta. Los confesores no osan hablar claro á tales personajes por no disgustarles, y aunque en otro tiempo llenaban esta misión los religiosos mendicantes, también ellos se apegan á las cosas terrenas. ¿Acaso en medio de las grandes ini- quidades de este picaro siglo, no vemos cuan lejos andan los príncipes soberanos de las vías de rectitud y justicia? No sucedía así en otros tiem - pos: por las noblezas de San Luis, toda la cristiandad consideraba á los — 189 — franceses de su tiempo, cual hombres de otra época. Bajo D. Alonso de Aragón, el rey Aboalí de Fez proponiéndose invadir el reino de Valencia, tomó consejo de un sabio suyo, llamado Abdalá.—Señor, dijo éste, qui- taos de tal imaginación, porque aquella tierra depende de un soberano que es barba y hombre pel capero; y púsose á hacer grandes loas de don Alonso. Averiguado el hecho, respondió Aboalí: tienes razón; mejor será dejarlo, porque allí donde la cabeza es barba, todos los miembros serán barbados.—A los monarcas ineptos hay derecho de destituirlos, como su- cedió con Eduardo de Inglaterra, bisabuelo del actual reinante. CLERECÍA. LOS abusos del alto clero no son inferiores á los de la no- bleza. Petulante, soberbio, codicioso y carnal, pasa asimismo por encima de todas las leyes divinas y humanas, tirando sólo á satisfacer sus anto- jos. Gasta el patrimonio de la Iglesia en vestidos y cabalgaduras excesi- vas y extravagantes, en mantener canes, halcones y juglares, en rodearse de satélites villanos (vils e orens bacallars). Ninguno de estos prelados sale sin numerosa comitiva, porque su delicadeza le impide andar a pie. Nadie les gana en suntuosidad de mesa y cama, y en explendidez de ajuar doméstico. Por afán de lucro, no dudan tratar con simonía, usura, rapi- ña y público regateo; por cinco sueldos nuevos, son capaces de lanzar un entredicho, y á sus deudores y enemigos promuévenles á cada momento causa de herética pravidad. Nunca asisten al coro ni celebran misa: llevan armas consigo; juegan á los dados, visten de corto con hábito de malandrines, y se rodean de alcahuetes y logreros. Si alguien osa incre- parles, responden con tantos dicterios «que no les portaría un ase». Sus cortes parecen guaridas de ladrones ó de publícanos... Renegando de las cosas santas, no pueden sufrir á ningún buen religioso; en cambio gustan mucho de frecuentar monasterios de monjas, especialmente de las más tildadas por su devaneo y disolución. Cuando van por calles y plazas, alzan su vista para sonreír á las mujeres asomadas, y dondequie- ra se presentan ccn afeminación, oliendo á civeta y almizcle, aguas y perfumes. Desconocedores de la caridad, mientros otros padecen ham- bre y miseria, ellos se regodean á todo sabor; y, sin embargo, nadie más que ellos deplora las necesidades del tiempo, etc. Este desarreglo es común á los malos religiosos, que procedentes de baja ralea, se entregan á liviandades y disoluciones. El autor dice haber conocido muchos, que sin respeto ni sumisión alguna, seguían su antojo, garantidos á veces con licencias generales. Trazando una semblanza del eclesiástico epicúreo, finge de uno que consultó á su médico acerca del mejor régimen de vida, y le explicaba la. suya de esta manera: Al saltar de la cama me desayuno con una hogaza de pan mojado en vino cocho ó griego. Para la comida gusto sólo de pan de ilor, promiscuando carnes — 190 — según la estación, á saber, en verano, pollos tiernos, ya asados, ya en puchero, con salsa de agraz ó empanadas con agua rosada; cabritos y ter- nera de leche, carneros primerizos y perdigones: en invierno gallinas gordas, pollas preñadas, capones cebados, carneros jugosos, perdices, codornices y pichones: en otoño tordos, palomas torcaces, volatería y carne de monte, como ciervos,gamos, liebres y conejos: en la primavera pavos, faisanes, grullas y también ocas y ánades, durante el tiempo pas- cual. Absténgome de salsas, excepto las espesas hervidas, ó las de pavo real y lujel ó semirauste, con mezcla de giroflé y jengibre verde; para postres, flanes, quesadas, queso mantecado ó desleído en tostadas con azúcar. Si como pescado, ha de ser entero y del que se rebana, frito, asa- do, cocido ó en pan. No olvido los platos de cuchara, retamada, piñonea, avellánea, celiandria, arroz en azúcar y leche de almendras, con algo de fruta seca, acabando por tomar grajea, la que siendo estomacal, hace buena boca y ayuda á la expulsión de flatos. Mis bebidas las constituyen el griego blanco en verano y el cocho en invierno, alternados con mos- catel, malvasia, tribia, Córcega, Candía ó vernaca, y al postre clarea con barquillos ó vino pimiento por toda la invernada, prefiriendo los barqui- llos azucarados y algo esponjosos. No acostumbrado á los vinos tintos del país, uso en verano el calabrés de San Honochuelo, trebia ó trilea, albilla mallorquina, roseta ó alguno de los claretes de Aviñón, y en in- vierno los de Madrid ú otros finos castellanos, los de Gascuña y el mo- nastrel del Ampurdán. Por colación tomo diversos electuarios, siguiendo el tiempo; alondras azucaradas que refrigeran el hígado, á veces mauus- cristi con esponjea ó audiana fina, ó bien gingebrada que favorece la di- gestión y templa las venas, permitiéndome ciertos jarabes si el calor arrecia, como julepes y violados; para cenar gasto beuna ó San Porcian. Durante el mismo tiempo hágome refrescar las piernas con aguas oloro- rosas, y al salir del baño, antes de probar bocado me sorbo unas treinta yemas (?) (mujols) de huevos frescos, mezclados con polvo de almáciga y de cubebas. Todo el año duermo hasta la hora de tercia, en cama bien mullida, con dos cócedras francesas, siete colchones y cuatro almohadas, tapices al pie y cortines alrededor. Sobre cena y antes de acostarme, jue- go á las tablas, y hágolo también antes de sestear durante el día. Diviér- tome en oir los pajarillos que hay enjaulados en mi aposento, ó mando que me tañan alegres instrumentos. Suelo vestir sobre la carne, alcando- ra sutil, luego un jubete delgado, y por encima, ropón de escarlata ó de otros buenos paños, forrados de peñas veras, menos en verano que llevo chamelotes forrados en cendal; todas mis ropas zahumadas coa almizcle, civeta ó agua de rosa. Ésta la empleo para lavarme manos y cara, ya por la mañana, ya al ocupar la mesa en la buena estación. Si el día es calu- — 191 — roso, me abanican: por dificultad de evacuar tomo frecuentes lavativas, y también con idea de adelgazar un poco, porque las mozuelas se ríen de mi abdomen. Doy algo á la naturaleza á fin de mantenerla en buen esta- do, procurándome empleos primerizos que saben mejor, sin injuria de vecino. Menudeo los baños para andar limpio y bien templado, y afeitóme diariamente porque así se suaviza el rostro. Finalmente, procu- ro huir como de la muerte, toda desazón, y dentro de casa bailo y me so- lazo alguna vez con mis familiares (goliarts).—Aunque esta pintura algo recargada, dista mucho de ser un facsímile, interesa como rasgo de cos- tumbres, y sin duda señala el último grado de sibaritismo conforme lo entendía Eximeniz. insiguiendo las ideas de su época. RELIGIOSAS. He aquí otras que bien bailan, según nuestro buen pa- dre. Para juzgar de sus malas usanzas, baste decir que rompiendo la clau- sura ó logrando fácilmente su dispensa, iban por villas y ciudades en compañía de grandes damas, ostentando lujosos y vanos arreos (ab con- deschs vans é orats). Muchas, olvidado el voto de pobreza, lucían pre- ciosas galas con realces de oro y plata, sellos, sortijas, rosarios de ámbar y coral, alhajas más ricas que entre mujeres seglares; sin contar los cha- pines puntiagudos, los guantes labrados, con cabillos al extremo, en ve- rano los velos crespeados de seda, las ropas ceñidas con más estrechez y remilgo (pus stret e pus reniffallament) que si fuesen damas del partido, mostrando los pechos, con toda la jactancia de unas baronesas, y toda la curiosidad de las bordeleras. Igual lujo ostentaban en sus habitaciones: cámaras con pinturas, rodeadas de arcas (cofres), blandas camas envuel- tas en cortinas etc. ¿No es vergüenza, exclama el autor, que unas mujeres ligadas por votos monásticos, vayan mejor pintadas, tocadas, aderezadas y descolladas que las del siglo, contoneándose con desenvoltura, com- puestas como novias, y enamoradas cual ellas, gastando chapines, bol- sas, guantes y sortijas, más reninf'usas, preciosas y pulidas que una condesa? La curiosidad de otras se cifraba en llevar libros de cubiertas repuntadas con seda, y cintas de señal cabeadas con perlas y otras super- fluidades, vestir paños delicados, colgarse ganivetes de mango de marfil y regatón de plata, ó Agnusdei con fundas de terciopelo, etc. Privadas de la compañía de una familia, solían criar falderillos (branchets) con los cuales se deleitaban y consolaban como si fueran hijos. Una recibió cas- tigo de Dios por vestir camisas finas, y delgados paños interiores, comer delicadamente y regirse con harta curiosidad, en porte, tocados y vesti- dos. Lo propio sucedió á otra que se divertía con pulidos cantares que- brados y franceses, tenía su estancia llena de perfumes y aromas, y se lavaba á menudo el rostro con aguas de rosa, azahar ó violeta. Por fin, el abad Pacífico habla con horror de otra monja negra que iba tocada cual — 192 — las seglares, y usaba ropas vanidosamente recortadas, llena de dijes, ro- sarios preciosos, lindos puñalitos y ricas sortijas, siendo tan descom- puesta como casquivana y enamorada. Usos y TRAJES DE LOS PARTICULARES. El vestir bien, es un incentivo de soberbia que con especialidad debieran evitar los eclesiásticos, pues si bien para cada clase hay leyes suntuarias, no faltan religiosos que juz- gan propio de la suya vestir muy pomposamente. El Sumo Pontífice, cuyas divisas son todas misterio, jamás lleva oro sobre sí, y el sombrero rojo con otras prendas por él usadas, comunes á los cardenales, son pecu- liares del formalismo de la curia romana. En actos de triunfo está biená los reyes llevar vistosos distintivos y preseas, pero en el uso ordinario sería mejor afectasen sencillez para dar ejemplo, como sucede en Fran- cia, donde el rey y su primogénito van á guisa de juristas ó médicos, con ropones largos, honestamente guarnecidos de pieles. El exceso de los trajes estriba en su calidad, cantidad y forma. En cuanto á calidad, bastan sarciles y sacos, ó cosas aun más humildes, pa- ra los que viven retirados del mundo. Antiguamente la nobleza para dar prueba de moderación, adoptó de mancomún el buriel, que es género de color bajo, aun siendo de lana, y tan barato como abundante, sufriendo las manchas mejor que otro. Hoy el traje así de hombres como de inuje res, no sólo consta de púrpura, terciopelo y brocados, sino de firmalles, jaceranes, adornos de oro, perlas y pedrería, sin contar la delicadeza de lienzos interiores que aparecen por collares y braceras, y que inducen á otros con su mal ejemplo. Esta molicie de trajes, es impropia sobre todo de labradores y militares. El defecto en cantidad, por holgura y longitud, también debe censu- rarse á los eclesiásticos, que á título de honestidad usan ropas rozagan- tes, peculiares sólo de grandes prelados y nobles damas; y también hay hombros afeminados que por vanidad y para crecerse el talle, usan de esos ropones, calzando debajo, chapines altos ó galochas. Al clero védan- le sus institutos las ropas verdes, coloradas, mediadas de dos colores, al- ternadas y escaqueadas. El exceso de forma en variedad de cortes y hechuras, es intolerable jactancia y soberbia, porque las usanzas antiguas provienen de Dios y de santos varones pasados, mientras que toda novedad ó invención es obra del diablo. Muchas han nacido en nuestro tiempo, y con ahinco tal, que ya se renuevan de año en año. En la antigua Roma penábase rigurosa- mente á cuantos inventaban tales cosas. Los moros, con serlo, jamás han mudado de traje, ni abusan de afeites como los franceses, alemanes, bretones é ingleses, obligándoles su ley á llevar unos anchos vestidos llamados almejías, que son asaz penosos en tiempo frío; y S. Luis en — 193 — Túnez, admiróse de la honestidad de las moras que van también con almejías y bragas hasta los pies. Alabanza merecen en esta parte los aldeanos aragoneses, que siempre usaron las vestiduras de Adán, esto es, pieles de ovejas y carneros, sin pompa ni orgullo; sin embargo, teman á Dios, porque ya empiezan á admitir nuevos usos. Los castellanos á su vez, desde Julio César acá, iban con sayales largos hasta el suelo (grama- lies), calzadas unas antiparas, y las cogullas enhiestas sobre la cabeza, desnudos de brazos y piernas (sens calces) y con barbas largas, tan satis- fechos de este arreo, que hasta saludaban orgullosamente; pero ya se truecan, inclinándose á lo francés, y sus mujeres adoptan exceso de ga- las. Según referencia del autor, las payesas catalanas de su tiempo, ya usaban red por tocado; y del de las judías valencianas, da idea compa- rándole al de una Virgen atribuida á San Lucas, que existe en la iglesia de Araceli de Roma, vestida de buriel, con tocadura y abrigo cual dichas judías. Las modas de la juventud coetánea, probadas por la historia, eran tan ridiculas como livianas. He aquí su detalle por Eximéniz: vestidos que encubren cara y manos, y descubren nalgas y vergüenzas, no sin dibu- jarlas perfectamente, así que los mozos sirviendo en la mesa, por fuerza han de mostrar cosas que repugnan al decoro; y esa es una de las gracias debidas á la moderna truhanería. Urbano Y, abominando de tamaña fealdad, negó su merced á cuantos se le presentaban vestidos así, que- riendo que las ropas bajasen alo menos hasta la rodilla. A esa curiosidad han añadido por arte diabólica, la de unos jubones tan estrechamente ceñidos, que es maravilla no se quiebren por la cintura, y á la vez tan anchos arriba, que es necesario rellenarlos de algodón, porque no hay hombros ni pechos bastantes á colmarlos, y además forman numerosas arrugas alrededor del cuello, sólo para cobija de pulgas y dispendio de ropa. Usan también unas capillejas pequeñas y abotonadas, llenas de or- nato (messió), menos útiles por cierto, que las cumplidas de antes, por- que no resguardan el pescuezo en días de frío ó lluvia. Otra peregrina novedad son las calzas tiradas, calzas y bragas á un tiempo, que obligan á andar espetado y tieso como un maniquí ó estatua, algunas rematadas con orlas de letras, fermalles dorados ú otro curioso adorno, por nueva locura y diabólico artificio. Eslo no menos el uso de zapatos entretalla- dos, que distan mucho de abrigar y resguardar el pie como los enteros; sin olvidar las calzas con pie, metido el zapato dentro de ellas contra todo uso y razón, para que dicho pie resulte más delgado, todo de una pieza y color, añadiéndole ciertas puntas angulosas (?) (rogrenques); y ahora han venido las polainas que son la descompostura mayor del mun- do, porque Dios jamás ideó echar cola á los pies del hombre; y esta adi- 13 — 194 — ción les hace tropezar á cada momento y no les deja correr, sin que el pie se haga más bonito, antes al contrario es una superfluidad absurda é in- cómoda, ocasionada á producir gota y otras muchas dolencias. Por igual prurito de gallardear el pie ó la pierna, andan con espuelas calzadas aunque no cabalguen, partidas las calzas de dos colores, ó mediada de ellos una sola pierna; que es delirio superior á todos. Han introducido asimismo el saludar de lado, arqueando el cuerpo, cosa que llaman ha- cer el soladux, siendo así que la práctica antigua del saludo fué siempre iuclinar la cabeza. Estos relamidos se afeitan con frecuencia, pero de una manera salteada y floreada, para dejarse ciertos mechoncillos á diestro y siniestro que les hacen aparecer como enjalbegados de barbas; y además cual las mujeres de paraje, gastan olores de almizcle y civeta, aguas de rosa y azahar, etc. Esta moda de andar disolutamente con vestidos bre- ves y justos, se ha extendido á los napolitanos, tomada de los franceses. —Una persona grave nunca debe quitarse la capilla de la cabeza. Más vituperables son aún las mujeres por sus excesos indumentarios, ya en preciosidad material, porque siempre desean los paños más ricos> ya en prolijidad de adornos, notablemente sus ceñidores de plata, repro- bados por los Santos Padres, que de nada sirven y son á veces pesados de llevar. ¿Y acaso sirven más aquella abundancia, variedad y riqueza de anillos semiepiscopales, de que traen cuajadas las manos? Si en materia, nada les parece asaz delicado, en copiosidad llegan á lo superfluo, y en novedad su capricho excede á todo, ora por las diferencias y brillo de colores, ora por la extravagancia de tocaduras, velos amarillos, dorados y preciosos, exquisitas agujas, multitud de alfileres de plata, etc. Entre las hechuras más nuevas, prefieren el deseollado, queies deja ostentar sus carnes, y lo sufren con gusto aunque se hielen, sin olvidar la estrechez de cintura y otros aliños, que son otros tantos ardides diabólicos para ruina de los hombres. Llevan los cuerpos tirantes y bien ceñidos, los pechos sin velamen, la trasera abultada, los brazos en movimiento, y sus lindos pies embutidos en altos chapines. Por afán de colorines píntanse el ros- tro, alhéñanse las manos, y aun las hay que se dan lustre y colorete por todo el cuerpo. Otras no dudan ponerse cabello añadido; y á propósito, sucedió en París que yendo por la calle una dama de calidad, muy empe- rejilada y ornamentada, con su tocadura de grandes bucles postizos, una mona que se desprendió de lo alto, con la celeridad de movimientos que les son propios, le arrebató el peluquín, quedando ella como es de suponer, avergonzada y al descubierto. Las casquivanas de hoy, hácense llamar damas del tiempo, de la quisa, de la verdura y de corte, y á las antiguas ó no avenidas con sus moda- les, las apellidan guronas (guarones), durOanas, malditas, etc. Todas ellas — i o:; — audan con gesto enamorado, sacando diariamente nuevos traeres, y lu- cen sus joyas como en los días de mercado; revolviendo los ojos de una á otra parte, van juntas, de bracete, y caracolean por las calles más aprisa que culebras. Búrlanse de sus maridos, mayormente si son confiados, y para más disimulo, acompáñanse con ciertas monjas de igual pergenio. Ponteadas las cejas, arqueadas y pintadas de catorce colores, remojadas todas ellas de pies á cabeza, sin faltarles una tilde (un sol plató), andan tarareando cantarcillos franceses, llenas de almizcle y oliendo á tomillo, sin apenas tocar de punta al suelo cuando calzan chapines con polainas. En la iglesia ocupan lugares altos, para que las vean sus queridos, Dejan la rueca en casa para el consorte, mientras ellas, si no pierden el tiempo aso- madas á la ventana para ver pasar jinetes, salen á paseo agitando brazos ó poniéndolos en jarras, ojeando á diestro y siniestro, meneando la pierna á compás, ó revolviéndose salerosamente con un saltito. Su lenguaje es tan alambicado que no se las entiende: hablan relamidamente con espe- ciales donaires y meneo de cabeza y labios, cosa que aprenden en casa delante del espejo, y también el jugar del labio superior para que en oca- siones resalten los dientes, ó alguno de ellos más bonito y digno de exhi- birse. Según dicen, toda mujer de pro ha de tener caballo ó mula, ó cuando menos pollina, y á las más encopetadas no pueden faltarles ves- tidos de oro ó de duay, y sería harto menguada la que teniéndolos de oro los pidiese de buriel. Algunas jovencitas orgullosas y livianas, llevan to- caduras superiores á todo encarecimiento, pues si solteras, ciñen coronas reales y balumbosas, casadas, usan velos amarillos, con especiales ligadu- ras, y colocados de modo que descubran el seno para más provocación, siendo los tales velos angostos, prendidos con alfileres de plata, y cabeza dorada, incrustada de perlas y pedrería. Más compuestas que los altares donde se celebra misa, ostentan sus ropas de oro y velludo, ó de escar- lata, duay, tartarin y damasquino, á gran irreverencia de Dios. El vestido ha de ser ancho por arriba, á fin de que luzca la pechera, y delgado de talle hasta quebrarse, derramando abundosos pliegues por todos lados, con realces de armiños, bordaduras de telar y divisas de colores especia- les. Sus tocados, ceñidores y calzas (medias), cámbianlos á cada momento, y por dentro llevan delicadas alcandoras con mangas de distinta ley, pero mucho más curiosas y preciosas, para hacer de ellas ostentación. Otras van arrastrando por el suelo largas colas, de que sin duda sacaría vestido algún pobrete. Sus zapatos entretallados, sus calcetas y chapines con po- lainas, revelan bien lo que son y qué pensamientos abrigan; prescindiendo de que dichos chapines más les sirven de impedimento que de otra cosa. Algunas, echándose cabellos postizos de mujeres muertas, debieran hor- rorizarse de semejante cosa, pero muy al revés, con esto presumen realzar — 196 — su belleza, colocados artificiosamente unos arriba, otros abajo, y siempre en el lugar que juzgan dará más golpe. Traen así bien ceñidores, bolsas numerosas y diversas sortijas, tan ricas como bellas; la cara, conforme se ha dicho, enjalbegada, los ojos alcoholados, pintados y distendidos con prolongación mayor que la natural. Para delicadeza desús manos, gastan guantes dorados en verano, y bajo una intención tan carnal como profa- na, déjanse crecer alguna uña, que parece de león, alquenada al efecto, y las demás medio blancas y medio coloradas, como si en ellas hubiese errado el Dios todopoderoso. Entre personajes de alto copete, es costumbre besarse hombres y mu- jeres, á título de parentesco, y no repugnan ciertos tocamientos al subir y bajar de sus hacaneas... Las napolitanas han tomado de las francesas el ir muy ceñidas y en cuerpo, bailar todo el día y callejear montadas como los varones, á quienes besan y abrazan públicamente, y cantan y gorgo- rean en francés, al igual que las nobles ó generosas de Francia, ocupadas sólo en hablar de amores y departir á su guisa con los mancebos. Sin embargo, de las antiguas francesas se sabe que eran muy recatadas, y la santa reina Constanza solía citarlas cual modelos en andar cubiertas de pe- chos, asistir á la iglesia con un libro en que leían sin alzar los ojos, hon- rar á sus maridos, y educar bien á sus hijos. Aun ahora, las damas reca- tadas van siempre con sus rosarios sencillos, ó un librito de oraciones. Y de las viudas, ¿qué diría en la actualidad San Jerónimo, si las viera tocadas á la castellana, pintadas de rostro, con alcandoras huecas y jus- tas de brazos, los vestidos de corte tan extremado como entre las casadas, gastando ropas negras para mayor realce de su blancura; sin privarse de concurrir á justas y torneos, y burlar desde sus ventanas á la faz de todo el mundo? En cambio nada hacen en casa, pasando del lecho á la mesa, y de ésta á la ventana, donde sigue la broma. El devaneo de ciertas mujeres, procede de tener criadas viejas y po- bres, de dar acceso á corredoras ó vendedoras de velos y alhajas, ó cu- randeras, ó acompañarse con otras de su laya, en especial mesoneras, ya al ir al baño, ya á los monasterios de religiosas ó á otros lugares concu- rridos, y sobre todo procede de su ignorancia en leer y escribir. Las más se pintan desde la infancia, siguen haciéndolo casadas y viudas, sin que ni aun en los monasterios pueda evitarse semejante abuso, antes cualquie- ra novedad en tocados y trenzados es acogida al momento. Con esto, y con acicalarse los dientes, se estropean la salud y envejecen antes de tiempo. La mujer debiera andar siempre cubierta, que á tal fin le dio Dios una profusa cabellera. Los moros obligan á las suyas á velarse, en tan- to que sólo descubren un ojo para poder mirar. El obispo Vedasto loa mucho el hábito popular de los lombardos, que es cubierto y largo hasta — 197 — los pies; no siendo dignos de menos elogios los paisanos catalanes A su vez las mujeres del pueblo, en Francia, van arropadas con modestia, aun- que adolecen de falta de abrigos, y su ceñir es oprimido. Por devoción, hase visto marineros y peregrinos concurrir á los san- tuarios, sólo en camisa y bragas, para cumplimiento de algún voto. De ciertas gentes cual los moradores de Canarias, se sabe que andan desnu- dos, entregados á hábitos crapulosos, si bien parece que convencidos de su yerro ya se enmiendan. Otro obispo, Pudencio de Pentápolis, refiere que estando en Roma, sobrecomida, en casa de un cardenal, uno de los escuderos manifestó intención de irse á Florencia para ver las mujeres que allí hay, muy hermosas, bien ceñidas y que muestran las carnes. Esta desvergüenza causó gran indignación, y el cardenal lleno de enojo le desterró de Roma y de sus términos; paraque se vea qué rigorismo había entonces en la corte pontificia y como eran despreciados los hom- bres villanos y carnales. VIDA INTERIOR Y DOMÉSTICA. En invierno es preferible el campo á la ciudad, para disfrutar de un aire puro que ensancha los pulmones, de un sol que calienta sin riesgo de tabardillos, y de la campiña libre y despe- jada donde ejercitarse en la caza ó en otras ocupaciones higiénicas, y sobre todo en beneficiar la tierra para los frutos que traerá el verano. Sin necesidad de acostarse á media noche, ni de levantarse por achaque de negocios en horas frías, tómase la mañanita en la cama, y al salir no se cae en el barro de las calles. En cambio la ciudad es más gustosa en ve- rano, durante sus largos y congojosos días, por el aseo de los edificios, la sombra que dan las calles á la gente atareada, el regalo de aguas fres- cas, manjares apetitosos, vinos tintos y blancos que mueven á apetencia, y frutas que abundan en los mercados; sin molestia de insectos ni malos olores, y pudiendo todo el mundo refocilarse con solaces, músicas y bai- les. El noble ó barón que sepa vivir, saldrá al campo desde la Virgen de septiembre hasta la cuaresma, haciendo un paréntesis durante la quin- cena de Navidad, para asistir á los oficios y sermones que en aquellas fiestas se celebran. Todo hombre acondicionado, evitará en casa excesiva asiduidad con su mujer, porque «mes val desig que fastig», y porque las mujeres am- bicionan naturalmente predominio y honra doméstica, para imponerse á cuantos las sirven, y recrearse después entre compañeras, con el devaneo propio de su sexo; más estas usanzas las pierden si el marido sabe ha- cerse respetar. A menestrales y otras gentes que ejercen en casa, puede disimulárseles algo; no así á nobles y señores, quienes especialmente deben huir de tamaña afeminación. Es reprensible el lujo de muchas casas en preciosidad y blandura de — 198 — ropas, camas y lechos aparatosos, cubiertos de ricos cobertores y vánoas, abundancia de cortinajes, bancales y tapices, sin considerar que más re- crean los paños frescos de lino y lana, que los brocados y sedas. Censu- ra especial merecen ciertos eclesiásticos por aquellos lechos de aparato que ostentan, y que sólo conducen á blasonar estado y acrecentar el faus- to. Las camas anchas, la profusión de ropas, los colchones y cócedras mullidos, inflaman la sangre y enervan la naturaleza. ¡Cuántos hay que ponen sus casas con más lujo que las iglesias, y rodeados de cortinas y tapicerías, desechan los modestos paramentos de tablas y esteras! ¿Y acaso no es desvarío gastar en edificios soberbios, achaque propio de diferen- tes órdenes mendicantes? En todo estado cabe demasía; asi por ejemplo el sabio, el hombre de letras, á quienes tocaría ser humildes, hacen os- tentación de muchos libros, bellos atriles (rodes) y manuscritos con le- tras doradas (capletres);el cantante blasona de su voz y de los pasajes en que más brilla, etc. Otros cifran su vanidad en poseer numerosas cabalgaduras, llenas de preciados arreos, frenos y estribos; cuyo defecto se hace extensivo á al- gunos vanos (pompatichs) eclesiásticos que locamente gastan en tales cosas el dinero de los pobres; siendo tan delicados que no saben andar sinoá caballo. Cabalguen en buen hora los que tienen obligación, pero sin boato, y no convirtiéndolo en una costumbre dañosa por su mal ejem- plo. También hay quien gusta acompañarse de gran séquito para dar pú- blico testimonio de su prestancia, tras cuya vanidad abandona la di- rección de su familia. Algunos de éstos, sólo por darse tono, conservan inútilmente en casa hijas ya nubiles, é hijos que podrían desempeñar al- gún empleo. COMIDAS. La frecuencia de banquetes es otra vanidad que pierde las casas y las almas, por ocasionar zambras y pecados de orgullo, destem- planza y gula, ya en abundancia y variedad de manjares, ya en riqueza de vajillas de plata, delicados manteles, ricos paños (bancales) y colga- duras, profusión de ramaje y junco sembrados por el suelo, concierto de músicos, y chocarrerías de juglares y mimos (tregitadors) que suelen dar fin al banquete. La gula pierde á más cristianos que infieles, al paso que acorta su vida. Aquéllos, ya no se contentan con una libra de carnero en coles ó en salsa, con cuatro dineros de pan y tres de vino, mientras los segundos se pasan con media docena de higos secos, un bocado de pan cocho y un sorbo de agua pura. Si atendemos á la diversidad de naciones, obsérvase que los más sobrios descuellan en agudeza de ingenio, como sucede con los ita- lianos, y al revés en Alemania, donde se come á todas horas, y lo mismo en Francia é Inglaterra hay más grosería y menos longevidad. Los espa- — 199 — ñoles (castellanos) hacen mucho consumo de carne, y aunque bien ha- blados é ingeniosos cuando les conviene, son y han sido siempre tildados de mezquinos, cual aparece de sus edificios y de su porte y costumbres, aunque van mejorando. El comilón (galoíre) apetece tres cosas: buena mesa, buena cama y buena privada. Hombres hay que por gula se mueren de apoplejía, y gotosos podríamos señalar que aguantarían sin quejarse ocho días su mal, á trueque de embaular cerdo, cabrito, queso ó cualquier otra cosa para ellos nociva. Algunos so pretexto de echar carnes, regálanse de noche y en la cama, con buenos molletes de pan tierno y sendos tragos de vino blanco. La Iglesia con hacer un precepto del ayuno, atendió solícitamente á la salud del cuerpo: pero tales abusos ocurren en esta clase de penitencia, que ya se convierte en daño del cuerpo y del alma. ¿Para qué abstenerse de carne los viernes y vigilias, si se usan manjares de mucho mayor cos- to y apetencia? Unos se exponen á indigestiones hartándose de legum- bres; otros por abstinencia se privarán de cocido, y no dudarán echarse al coleto veinte pares de higos frescos, ó media cesta de cerezas, ciruelas, uvas, etc.; otros por afectación, ayunan con pan expreso, mollete y tier- no, ó duro, de alizo (olís), de levadura, y beben con vasos especiales; siu perjuicio de darse un atracón antes ó después del tal ayuno. Muchos que se privan de carne en sábado, por reverencia á Nuestra Señora, se in- demnizan con frutas de sartén (caçoletes), variedad dé pescados finos, no aderezados con ajos y cebollas, sino con pasas mondadas, almendras, pi- ñones, culantrillo y otros regalos; sin privarse de buenas golosinas (menjar de cuylera), como arroz en leche de almendras, piñonea, celian- dria, almendrada y cosillas por el estilo, que costarán á medio florín la taza (escudella), y para postres fruta seca y aceitunas, etc. ¿No valdría más comer sencillamente carne sana y buenos huevos? Lo sensible es que el defecto nace de quienes debieran dar ejemplo, y en él recae la gente baldía con preferencia á la generosa. Los antiguos, más morigerados que nosotros, sólo comían á horas ciertas, esto es, en tiempo de ayuno á nona, y fuera de él entre tercia y nona para comer, y para cenar á últimas vísperas en verano, y al toque de queda (seny del ladre) en invierno; sin que nadie quebrantase esta regla, excepto los chiquillos que comen cuatro ó más veces. Hoy los s u - jetos de más pro conspiran á alterar tan buenas usanzas, habiendo no- bles que sobre comer en la cama, lo hacen luego de levantarse, sin espe- rar á oir misa y cumplir sus devociones. Algunos, mientras se pone la mesa, van haciendo boca con lo primero que hallan á mano. Tal sucede entre franceses, que dividen su comida en yantar y beber, antes de la — 200 — mesa y en la mesa, pues al ir á sentarse á ella toman un bocado sólo para echar un trago. También ingleses y alemanes beben antes de la co- mida, y para más excitarse la sed extienden sobre el pan una lijera capa de sal. En esta sección de costumbres privadas, puede sin vacilar asegurarse que las gentes más pulcras y comedidas son los catalanes. Ellos evitan su- perfluidad, contentándose de ordinario eon manjares simples, guisos de carne y pescado, huevos, etc.; en sus convites sirven solo asado y pu- chero, que es lo bastante para un régimen soludable; durante la comida usan del vino moderamente, no como en el norte donde se bebe cerveza, medó y pomada, ó como entre franceses y lombardos que no cejan hasta ponerse ebrios. En la partición de carnes guardan ciertas reglas según la calidad de cada una, sirviéndolas limpiamente en plato (tallador), al paso que las otras naciones la rompen á trozos, la seccionan á cuchilla- das, y cogiendo cada pedazo con los dedos, pónenlo sobre una rebanada de pan, teniendo otra para la sal, y de una en otra acaban ensuciando los manteles. Como se ha dicho, sirven el asado antes que el cocido, por ser más sano, según experiencia demuestra (en Aragón comen antes la carne que los guisados). Tampoco gastan en sus convites variedad de carnes, diversamente condimentadas, sin que por eso les falte la cantidad necesaria. Sus asientos en la mesa son altos, al revés de Castilla y de otras partes, donde es costumbre sentarse por el suelo, ó en posturas más indecorosas. Bástanles dos comidas diarias, cuando alemanes y otros pa- san comiendo hasta la noche, sin orden ni concierto. Los catalanes van á la mesa con seriedad y sosiego, y se están en ella sm la algazara acostum- brada entre muchos extranjeros, llevando mangas de buena medida, y no como franceses y alemanes que por usarlas muy grandes, las meten en el plato ó escudilla; ni van como los castellanos desnudos de brazos, ni muestran al igual que ellos, y que portugueses y franceses, las nalgas á cada momento, por llevar faldas bien proporcionadas, ni como los últimos encierran el rostro en una angosta capilla. Su comedimiento al- canza á la bebida, aventajando á los mismos italianos, porque si bien éstos son templados en comer, beben demasiado, no en cuantía sino en ca- lidad de vinos y en la manera relamida de hacerlo. Para muchos, en efec- to, no basta usar vino abundante y bueno, sino que es necesario echarlo en vasos ricos y curiosos que provoquen más, queriéndolos de plata, acaso sobredorada, porque el metal refresca la mano, y sus vislumbres dan más vigor al contenido. —En Francia y España no se observa la manera y curiosidad de los antiguos romanos, ni aun de los agudos y ce- losos italianos, en prohibir el vino á sus mujeres: será por la fuer- za del clima ó por la flaqueza del líquido... Los vinos flojos dan ale- — 201 — giía, como acontece á los franceses tque siempre van en joya». Estos, cual los italianos, beben poco y á menudo, á sorbitos, desde el principio de la comida, la que empiezan aquéllos por condimentos groseros, queies disponen á otros más finos. Su desarreglo es causa de hediondas enfer- medades, hasta hacer asquerosos á sus mendigos, que van derramándose por todo el mundo. Los catalanes beben mucho y tarde; los alemanes mucho y con frecuencia. Beber cuatro veces en la mesa, parece suficien- te, sin que una persona de crianza necesite hacerlo más que en comida y cena. Aquí en Cataluña aguamos el vino, porque tiene mucho cuerpo y fuerza. Los árabes se embriagan con espliego y semilla de linaza. Es de buena educación antes de i r á la mesa, aliviarse el vientre, la- varse las manos y dar gracias á Dios; luego tomar el asiento que se indi- que, sentándose no enfrente, sino al lado de las señoras, y portarse du- rante la comida con limpieza, reserva y moderación. Hay necios que sin incumbiries, se meten á cortar pan, servir plato y viuo, pedir escudi- llas, etc. Para eludir inconvenientes, la cabeza de la mesa estará en el cen- tro, cosa que da preferencia á mayor número de personas: en verano se surte de abanicos á todos los convidados. Aquellas viandas que suelen co- merse en taza, con pan ó cuchara, se llaman cocina ó guiso. La cuchara sirve principalmente para tomar sopas; los ingleses se la limpian con la servilleta á cada bocado, mayormente si comen con otro en un mismo plato. Los árabes usan comer su alcuzcuz sentados en rueda, cogiéndolo á puñados de la sopera. Otros manjares dichos pitanzas, van al estilo de cada país, como son carnes asadas, cocidas ó empanadas, pescado frito, hervido, de parrilla, al rescoldo, etc. Los higos deben partirse antes de ser engullidos: otras cosas se llevan á la boca unas con cuchara, otras con costra de pan y otras con broca (las moras y frutas): los huevos se be- ben: uvas, melocotones, melones, alcuzcuz y demás por el estilo, se co- men aprisa y por turno entre dos. Usando mostaza, conviene taparse la nariz con una miga de pan. La sal no se toma con la mano sino con la punta del cuchillo, y se deja á una orilla del plato: la taza debe asirse con la mano derecha; los bocados llevarse á los labios con el extremo de los dedos, cogiéndose con ayuda de un mendrugo. Está feo echar en la mano huesos de frutas, bastando escupirlos debajo de la mesa, mediante una lijera inclinación de cabeza. Las mondaduras nunca se dejarán so- bre los manteles, como torpemente se hace en algunos refectorios, para ahorrar trabajo al camarero. Tampoco está bien lamerse los dedos, atlo- jarse el cinturón, tocarse el calzado ó los pies, sonarse con la mano, aunque después se enjugue con la servilleta, mascar ruidosamente, batir el cuchillo, bostezar, murmurar, cantar, vocear, etc. En muestra de afec- to á una persona allegada, se puede comer con ella en un sólo plato, ó — 202 — regalarle un bocado escogido, algo de fruta, medio queso, un panecillo, la mitad de la propia escudilla, etc. Los grandes prelados hacen notable consumo de capones y embutidos de sangre de cerdo. Esta última en Italia, sirve para la confección de unas empanadas que tienen tanto ruedo * como nuestros quesos. Aragoneses y castellanos se regalan con carnes puestas al asador casi crudas, y chorreando pringue. Otro estilo de Italia es poner en la mesa un servicio de copas (gabellets) tantas cuantos son los comensales, y en el centro una botella de agua que sirve para todos. Los alemanes usan copas de gran dimensión, cuyo contenido suelen apu- rar de un trago: en cambio los ingleses en número de 20 á 30, beben á sor- hitos de una misma copa: catalanes y castellanos emplean tazas anchas; franceses, unos cubiletes para vino solo, sin aguarlo jamás, y los árabes circulan á la redonda unos pequeños cantarillos. De todas estas usanzas la más limpia es la italiana. Al levantar la mesa, empiézase por quitar escudillas ó tazas, platos y cucharas; luego se retira la sal, el pan, el vino y por último los manteles. Kn grandes banquetes suelen intervenir juglares. Haylos de mérito, y se les puede oir si responden brevemente con dichos agudos y gracio- sos, mas no si rayan en mordaces ó pican en historia, la cual suele ha- cerse larga y fastidiosa. Otros juglares tañedores, sin respeto á los días festivos, aplícanse sólo á excitar la liviandad de la gente con sus músi- cas y cantares. De esos meuguados pululan muchos par las calles de Pa- rís, haciendo corros entre el público al que divierten con sus majade- rías. Algunos nobles se exceden en regalar á tales bufones, dándoles acaso lo que no tienen, en menoscabo de sus vasallos y buenos servi- dores. III No sin motivo se llama floreciente al arte del siglo xiv. La costosa elaboración de los dos anteriores ha dado su fruto: el ritmo es armónico y universal: por todas partes, en todos los detalles, el ge- nio de la época resplandece con abundosa expansión, sentido, delicado, peregrino, sublime. La arquitectura va echando el resto á su osadía. Nada puede compa- rarse con las catedrales del mismo siglo, verdaderos tabernáculos de fili- grana, rematados de Hechas y agujas, que parecen apuntados en la tierra para evaporarse en el cielo. — 203 — Y no sólo es propio ese idealismo de los edificios religiosos: los civi- les, palacios, fortalezas, mercados, casas particulares, hasta el humilla- dero de las aldeas y la cruz termal de los campos, hasta la picota de ajus- ticiar, llevan un sello artístico que no es dable confundir con el de otras épocas anteriores ni posteriores: sentimiento por base; poesía en la for- ma, elegancia y florescencia en sus accidentes. ¿Hay cosa más pintoresca y animada que aquellos burgos de la edad media, de los cuales aun cabe juzgar por muchos restos vivos, que á merced del capricho ó de la necesidad, á menudo sin orden ni sistema, pero siempre recomendables bajo un concepto estético, encuadraban per- fectamente su población heterogénea, animada y pintoresca como ellos, acentuada de líneas y vistosa de colores, y también artística? Tal es la índole de ese período histórico; período bello de formas por excelencia, como nunca se vio, y como probablemente no volverá á verse bajo igual inspiración. Una raza lozana, animada por vivas creencias, no podía dejar de tra- ducir en sus manifestaciones, análogas cualidades: por eso nuestra socie- dad de hoy, artificialmente alambicada, pero materialmente decrépita, siente cada día mayor embeleso en las leyendas, tradiciones, gestas, ar- tes y literatura de aquella edad, candida aunque imperfecta como la puericia, cuyos entusiasmos, sorprendiendo á nuestro escéptico desen- canto, fascinan aún como luz que resplandece entre vapores, ó como lim- pio manantial brotando entre cenagosos depósitos. Hoy. disciplinados en todo por rigorismos reglamentarios, no acertamos á comprender la febril agitación y liviana desenvoltura que hervía en los siglos me- dios: criticando sus rudezas y extravagancias, no concebimos ni sabemos hacer justicia á su valía. Ahora bien: un pueblo creyente y fervoroso, es siempre artista en el sentido lato de la palabra. La fe, así como transporta montañas, labra ciudades, alcázares y monumentos, y al labrar tantas cosas, crea escue- las y engendra estilos. ¡Qué mucho, pues, brillase en el siglo xiv, siglo de los más animados, una de las escuelas más ricas y de los estilos más explendentes! Y es que el arte de entonces, más que procedimiento, llegó á ser dog- ma; porque residía en la conciencia de los pueblos, constituía una nece- sidad social, la fórmula de su credo. Y es que aquellas maravillas, no tanto fueron obra del alarife, como de una generación; porque el instinto de la belleza y del sentimiento re- sidía en las masas; la convención de teorías y fórmulas era un masonis- mo; la aplicación de ellas marchaba de frente donde quiera, con absoluta uniformidad; finalmente, á la idea de una iglesia, de un castillo, de un — 204 — frontón ó ventanaje, acompañaba la del trazado especial para cada cosa, bajo condiciones preconcebidas, sin las cuales no hubieran recibido el público asentimiento, ni sanción ejecutiva. He aquí también por qué el mismo arte fué tan unánime, á la par que acepto en sus variadas ingerencias. Su estética consagrada, y por decir- lo asi identificada con la religión, no podía menos de dar como dio en tales tiempos, perfecta euritmia á aquel ritmo. A semejanza de las mi- riadas vegetales y animales que expontáneamente germinan en terreno fértil, el arte de los siglos medios se prolificó, abarcándolo todo bajo su jurisdicción, según otras veces llevamos indicado, desde la catedral hasta la última manufactura, inclusas la suntuaria personal y la indumentaria. Al que se halle algo impuesto en iconografía, sorpréndele la extrema semejanza que un modo especial de sentir la belleza, imprime á los obje- tos al parecer más heterogéneos y menos aleables. ¿Qué analogía hay ver- daderamente, entre la figura humana y un edificio? Sin embargo, tal es la fuerza de intuición y la costumbre de ver las cosas con ciertos ojos, que los hombres del siglo xiv tienen algo de sus catedrales, participando de los rasgos de su plástica. Delgadez de miembros, verticalidad de líneas, extremidades angulo- sas, remates indecisos, filigranas y calados, menudencias accesorias, imitaciones de la llora y de la fauna, brillanteces, transparencias y con- trastes policrómicos; tales son los rasgos de la belleza entonces recibida, comunes á la fábrica y al traje; igualmente representados en pintura y al natural. Reanudemos el hilo de la historia, y la demostración se nos vendrá como por la mano. El traje durante el siglo xiv presenta varias fases, al compás en esto de una sociedad cada vez más briosa, que siente sus fuerzas y las sitúa. Cuatro son, bien marcados, sus períodos de existencia: el primero, co- rrespondiente al primer cuarto del centenar, comedido, racional, bello, y ajustado como la arquitectura de igual tiempo: el segundo cuarto, más pretencioso é innovador, señaladamente en Francia é Inglaterra, que ade- lantan por lo menos de diez años á las restantes naciones: el tercero, presuntuoso y alambicado, siguiendo de cerca las tendencias de sutiliza- ción y perfiladura á que el arte propende: el cuarto enfin,exagerado sobre todos, pasando de una transformación á otra, para llegar á lo más extra- vagante que se ha visto en indumentaria. Un sólo país, Italia, cada vez más ennoblecido por su arte y depurado por su sentimiento, sabe dar al traje formas adecuadas, así que, sin eximirse de la tiranía general de la moda, en sus mismas exageraciones halla recursos para una ostentación expléndida. — 205 - Caracterízase la moderación del primer período, entre varones unas veces en la cota, sobrecota, cotardia ó pellote largo, holgado, de capilla y manga floja, y luego justa, sobreañadida una especie de hombrera ó valoncilla suelta muy graciosa, que caracteriza la garnacha (de recien te in- vención); otras en el gonel, gona ó brial, sin capilla ni mangas, con sim- ples sangrías laterales para los brazos, y luego con mangas y medias ídem, de cañadilla ó chiote (pequeña chía), las flanqueras hendidas, lazadas mediante un pasador ó cordón cruzado; observándose en la sobrecota una cisura hacia la gola llamada puertas, porque se abre como dos puer- tecillas, regularmente forradas de piel blanca. La calza sigue siendo jus- ta y de peal, y suele llevarse con zapato abotinado, en ocasiones labrado á rejilla: para salir á cabalgar, manto, redondel ú otro cualquiera de los abrigos estilados: para cubrirse, capilla, capirón, gorro, bonete, sombre- ro, y la cofia en decadencia. La cara monda; el pelo natural ó á bucles por lado; adornos escasos, colores uniformes, forros y ribetes de sirgo ó piel.Tales son los rasgos marcados sin distinción visible, en monumentos iconográficos de varios países (estatua de Guillermo Malgeneste, gran ve- nadordel rey, fallecido en 1301, abadía de Long-Pont en Francia; M. S. nú- mero 6,820 de la Biblioteca Nacional de París, y otro de la Biblioteca de Borgoña de Bruselas, á principios del siglo; retablo catalán procedente de Vallbona, hoy en el Museo Arqueológico barcelonés; bajo-relieves del se- pulcro de San Raimundo, que existió en el convento de Dominicos y hoy se halla en una capilla de la catedral de Barcelona; diferentes retablos catalanes y castellanos; figuras tumularias de la Seo gerundense y de Poblet; miniatura de un lecho de justicia celebrado por Felipe VI de Francia, en abril de 1331 (véase la obra titulada oMoyen-Age et la Renais- sance» t. ni {Ceremonial); el célebre códice de las Coronaciones, del Esco- rial; el otro no menos célebre que contiene las Leyes Palatinas de don Jaime II de Mallorca y Pedro IV de Aragón, obra del año 1337 (véanse nuestros apuntes, y los Bollandos); otros códices escurialenses «Historia troyana», «Las siete Partidas»; esculturas del sepulcro de Santa Eulalia de Barcelona, del año siguiente; nuestros calcos del Aparato de García so- bre las Decretales, etc., etc.) En el traje femenil, idéntica sencillez: cote, gonel, acaso replegado, con la especialidad característica de adherirse al busto siguiendo su per- fil, algo subido de talle; mangas anchitas y acortadas, medias mangas de bibilla, ó supresión de ellas, apareciendo debajo las angostas de la cota, adornadas con una carrera de botoncillos por el antebrazo; breve escota- dura, deslindada por una franja, ó levemente hendida para descubrir un guardapechos ó camisolín. Como abrigo, manto á la espalda, cogido de- lante con joyel, ó prendido de ambas puntas mediante una pequeña — 206 — cuerda. Por tocado, toca cerrada y velillo, ó bien capilla forrada, y sin fo- rrar; pelo partido sobre la frente, visible ú oculto, arreglado en dos grue- sos bucles, que no era raro abarcar dentro de la crespina ó redecilla, y tam bien suelto entre damas jóvenes bajo una fina diadema rosetonada. (Véanse los documentos citados, los sellos de las esposas de Pedro el Ce- remonioso; las lindas figuras tumulares del monasterio de Pedralbes, cerca de Barcelona, y otras de Poblet; la de D.a María de Molina ¡132o), copiada en la Iconografía Española; calcos de varios M. SS. del Arch. de la Corona de Aragón; nuestra copia de un retablo de Santa Catalina, de Castellón de la Plana, etc.) Esos trajes no requerían cinturón; sin embargo, ceñíanse sin preten- siones los labradores, artesanos y otros que lo necesitaban para sus fae- nas, y por lujo y gala traíanlo á menudo las damas y personas principa- les (Véase dicha figura de D.a María de Molina). Entre caballeros, gue- rreros, etc., va notándose la costumbre de llevarlo doble, uno delgado al cinto, y otro ancho, con hevillas, y á veces de piezas articuladas, sobre la cadera, para sostener el puñal, la espada, el carcaj, etc. (Véanse las es- tatuas de Pedralbes, y unos fragmentos del primitivo retablo del propio monasterio). La más saliente innovación indumentaria de este período, consiste en la calidad de ropas y forros, reemplazando á los modestos te- jidos de hilo y lana del país, los paños que Flandes é Inglaterra sembra- ban por Europa, y los velludos y brocados que Genova y Venècia aportaban del Oriente. La escarlata de Bruselas sedán de aquel tiempo, el pcrsio (azul turquí) de Buan y Montivilliers, el afanado (rojo) de Lovaina, el camelino de Estanforte (velloso inglés), el matizado de Flandes (colores de mezcla) y otros ya indicados en el siglo anterior, hacían el gasto de las clases ricas; contentándose las otras de tiritañas, fustanes y bombo- síes, muy inferiores á los primeros. Sin contar los adornos de pieles, ri- betes y orladuras, la nobleza solía vestir del color de sus blasones, yuxta puestos á cuarteles, y para más realce bordaba encima, las divisas respec- tivas, con hilo de oro, plata y seda; pero regularmente era traje cortesano no canonizado por la etiqueta ya en boga, para fuera de casa ó en el uso común. A la vez, la nobleza parásita afiliada de algún magnate, que no era poca, vestía sus mismos colores con la librea que periódicamente solía recibir. Esta usanza, introdujo la moda de vestiduras partidas á dos ó más co- lores, que caracteriza el segundo período indumentario del siglo xiv. De él tenemos un bueno y cumplido modelo en las viñetas del precioso Libro Verde, colección de ordenanzas y privilegios, recóndito en el archi- vo municipal de Barcelona, bajo la fecha de 1346. Aunque algunas mi niaturas encabezan los capítulos, las más van inclusas en iniciales, cuya — 207 — ejecución finísima sólo puede compararse á los más delicados trabajos chinescos. Figuran entidades características, papas, reyes, obispos, gue- rreros, judíos, asambleas áulicas, actos de homenaje, juntas privadas, combate singular, etc., etc. Las diferencias más indicadas con relación al cuarto precedente, son la adopción de collera cerrada con botoncillos, media manga de punta, ó definida en una tirita perdida con forro de piel (cañadilla, bibilla, liripippium), sobrepuesta una esclavinita, caracte- rística de la garnacha, ó de dos valoncillas sobre loshombros (tornabras, amigó), á dos ó más órdenes, conservando, y aun engrandeciendo y re- dondeando las puertas de la gola: la sobrecota, hendida por ambos lados, de arriba abajo, á guisa de huca, luciendo sus forros, y acaso corrida de botones de menor tamaño, cuyos botones se reproducen en la empuña- dura de la jaqueta ó jubón. Éste lo usan sin más ropa las gentes popu- lares, ajustado al cuerpo y largo hasta los ríñones, donde se le agrega una haldeta de color diverso, igual al de una ancha beca ó paletina ro- deada al cuello, que es la capilla sin calar, y cuya larguísima punta cae por detrás rozando las corvas. Ciertos personajes usan uea garnachita muy donosa, bastante breve, ceñida en rebosadura, hendida á los flancos, partida de dos colores, ó floreada y blasonada, con su collera plegada so- bre los hombros y una delgada tira de piel, ribete ó flequillo que corre por adorno alrededor del busto, asomando también veros y armiños en todos los forros y franjas. Estos personajes llevan puñal al cinto, espada al lado, y alguno de ellos guante y azor en el puño. Entre los demás ca- balleros y ciudadanos adviértese un accesorio, que trayendo ya origen del siglo pasado, debió ser general en Aragón pues se confirma por otros documentos, y es llevar la espada colgante de un largo tiracol ó bando- lera, cuyo suelto cabo pende desde la hebilla. Caracteriza también estas viñetas la generalización del capirote, airosa tocadura á guisa de turban- tillo, con girón de piel ó sin ella, formando al lado izquierdo una cresta de la misma ropa (origen de la cucarda) y su punta doblada á la derecha. Abríganse unos en mantos por las espaldas, otros en mantel cogido al hombro derecho y rebozado ó doblado sobre el opuesto brazo. Regular- mente cotas y tocas juegan en color: otras veces la sobrecota forma vivo contraste, sobre el cuello, mangas y falda más larga de la cota, que es de diverso matiz. Obsérvase por fin, la novedad de estilar barba muchos de los reyes y áulicos. La calza justa, el zapato poco entrado, de rejilla ó de presilla, va acentuándose en acuminación. Notable semejanza con estos trajes ofrecen los de otro M. S. de la Crónica del rey D. Jaime, antes en Poblet, ahora en la Biblioteca provin- cial de Barcelona, ejecutado en 1343, así como de otros coetáneos rotula' dos Usages de Barcelona, Id. de paz y tregua, Decreto de Graciano (1343). — 208 — Postila de Nicolás de Lyra, Misal de Ripoll, etc., en el Archivo de la Coro- na de Aragón, procedentes de monasterios suprimidos; del sepulcro del caballero Dezcoll, cerca de Olot, año 1334; de unas pinturas murales de Huesca, trazadas en 1340; del notabilísimo libro de la Catedral burgalesa, «Regla de la Cofradía de Santiago, establecida por D. Alonso XI en 1338», que contiene garbosas é ingenuas representaciones de los Alcaldes de aquella localidad; de varios bultos sepulcrales de la misma, y de unos retablos de San Cucufate del Valles (Todoslosantos) y San Salvador de las Espadas, cerca de Olesa de Monserrat. Vense en ellos los mismos capi- rones, cotas y garnachas, las mismas valoncillas y medias mangas, jubo- nes lijeros, colores partidos, bandoleras para la espada, calzas tiradas, con ó sin zapato, collares de piel con dos portezuelas, unas blancas, otras ne - gras, sumamente parecidas al moderno rabal francés. Los de la Crónica de D. Jaime, son típicos y dignos de estudiarse, viéndose en ellos hom- bres con brial, mangas dobles de bibilla, ropas descolladas y otras altas de cuello, corsés de chapería, cinturones sosteniendo puñal y espada, zapatos de presilla y rejilla, bonetes redondos, el chapirón naciente, etc. De este último debemos señalar en M. SS. posteriores, unos cuya punta muy enhiesta se eleva sobre la frente, llamada en italiano caraggio, que por el nombre, color y forma, dio seguramente origen y sentido á una de las palabras más obscenas del idioma castellano. Las garnachas llevan valon- cita ó alerillo (el tornabrás de dos ó tres fajas) y manga algo hueca y em- puñada en las principales figuras. Un caballero trae mantel, adornado de cuello negro, y largo y cuadrado trascol. Otros andan con capotillo, de caperuza caída al dorso, muy abierta, y forrada de otro color. Las damas, á excepción del tocado que va modificando la toca, ó des- cartándose de ella y adquiriendo más soltura, á favor de redecillas, bo- netillos, trenzados, frontaleras, etc., conservan la cotardía justa de cuer- po sin ceñir, y el brial de corpino, con pechera sobreañadida, ricamente bordada ó brocada, y flanquera abierta, si bien asida ésta con lazo, pre- silla ó botones, adoptando asimismo la novedad de las medias mangas pendientes; y en ocasiones usan mantos y mantillos. A las anteriores citas de monumentos, agregaremos de mediados de este centenar, una linda fi- gurina de Rey, simulando á Carlomagno, fiel representación de nuestros Pedros y Jaimes, conservada en la Seo de Gerona; dos palios bordados* con imaginería, de Vichy San Juan délas Abadesas; un retablo de San Jor- ge que perteneció á la Casa de Rocabruna; otro que aun existe dentro de nuestra Catedral (vida de San Bartolomé); uno de Santa Margarita en el Museo de Vich; el sepulcro de Roil, en Santo Domingo de Valencia, deli- cada entalladura del año 1360; y por Castilla, un lindo tríptico del monas- terio de Piedra, conservado por la Real Academia de la Historia, etc. y bajo — 209 — otro concepto las famosas pinturas de la Sala de Justicia déla Alhambra, que junto con cierta tabla conservada en Burgos, representan hábilmen- te los trajes árabes de aquel período, mezclados con otros cristianos; pin- turas típicas de singular valor y dignas de especial consideración. Decíamos que Francia é Inglaterra, como países más noveleros, se adelantaron á otros en la invención de extremadas hechuras. Al adoptar- se en la caballería el arnés completo, ajustado sobre los miembros, hu- bieron de reducirse las ropas puestas debajo; pero además de esta necesi- dad, la familiarización con el aspecto de aquella forma escurrida, si bien desembarazada, cambió radicalmente la fisonomía del traje. Dicho com- plemento de armadura suele fijarse hacia el año 1340; pues bien: ya en la Crónica de San Dionisio, preciosa reliquia de la literatura francesa, un contemporáneo de la batalla de Crecy,que se dio en 16 de agosto de 13i6, exhala las siguientes quejas, si bien incurriendo en un lijero anacronismo indumentario: «Creamos que Dios permitió tamaña desgracia, á causa de nuestras iniquidades, pues no cabe negar lo que estamos viendo. La Fran- cia rebosaba entonces de orgullo, y en particular del orgullo de señorío entre nobles y magnates, á que debe agregarse el apetito de riquezas y la deshonestidad de los trajes que se había generalizado por el reino; pues unas gentes llevaban ropas tan cortas que al inclinarse para servir á su señor, descubrían sus bragas y posaderas, siendo á la vez tan estrechas, que no podían metérselas ó quitárselas sin ayuda de vecino, y al desnu- darles parecía que los desaollasen. Otros fruncían dichas ropas sobre el flanco como las mujeres; y con sus capirones dentellados alrededor, sus calzas de dos paños, sus cornetas (puntas de la caperuza) y sus mangas barriendo el suelo, más parecían juglares que otra cosa. Así nadie debe extrañar que el cielo descargase sobre Francia el azote del rey de Ingla- terra.» Otro declamador añade que el contagio pasó de los nobles á los es cuderos, burgueses y sirvientes; que la novedad de las barbas de cabra puso el colmo á tan estrafalario atavío, y que una vez lanzado por tal rumbo, el gusto público no halló freno, ideándose cada año traeres nue- vos, y delicadezas ignoradas de la sencillez de los antiguos, entre ellas el lujo de plumas, y la moda costosa de las perlas, que en breve dobló y triplicó el valor de tales objetos. Durante la primera mitad del siglo, gracias quizá á sus terribles azo- tes de hambre y peste, aun hubo cordura en Francia, como lo prueban documentos fehacientes. De comienzos de él, es uno el M. S. de Juan Hayton, según ejemplar que obraba en la librería del Sr. marqués de Castellvell de Barcelona, y que nos ha suministrado algunos calcos. El autor, regio vastago de Cilicia, y primo del rey de Armenia, retirado des pues á un convento de Premonstratenses, escribió en Francia sus memo- 14 — 210 — rias sobre los países orientales, por encargo del papa Clemente V, hacia la fecha de 1303. Las numerosas viñetas de nuestro códice, si toscas, pero despachadas con facilidad, encierran grande valer indumentario en sus diversas escenas civiles, religiosas y militares, asaltos, luchas y peleas terrestes ó marítimas, entre moros y cristianos, etc. En lo civil perseve- ra casi el mismo traje de fines del siglo xui: cota sencilla hasta media pierna, cercenada collera y mangas no ajustadas, con vuelta en el puño; manto para señores; calzas, zapatos de cuero, de badana, de rejilla, abier- tos, con lazada; cofias, capuces y capillas. Unos birretes esferoidales jiro- nados, y otros cónicos de ala doblada y pico de becoquín, son la sola no- vedad que acusa el naciente siglo. Las mujeres, iguales cotas ó goneles, mantos y guimplas fajadas. Tampoco en el traje de guerra se advierte mayor progreso: en cambio el de los árabes debe llamarnos la atención por la similaridad que tendría con los de España, escasos en datos fide- dignos. Sonlo sin embargo de la primitiva sencillez francesa, el M. S. de Guerin de Loherane (Bibl. del Arsenal n.° 181); el poema de Fauvel (Bi- blioteca Nac. n.° 6812), escrito en el año 1314, donde se ven grotescas cencerradas y originales caricaturas; el denominado Imagen del Mundo (n.° 7070, ibid.), que puede ser del 1320; otro n.° 6820, los bajo relieves de Nuestra Señora de París retratando gente del pueblo y escolares pobres, etcétera. En todos ellos la cota encapillada, más ó menos larga, según la calidad del sujeto, alterna con el rudo sayo ó la humilde gona, conser- vando entre ambos sexos su manga floja antedicha, ó adornándose ya con la media manga, ó valona mocha que tan general fué luego: algunas mu- jeres llevan también gonel sin mangas. El sayo suele ir ceñido; las cal- zas, con zapato ó sin él: atacadas al lomo entre gente villana, suéllanse á menudo dejando sus nalgas á la vergüenza. Los zapatos son de presilla y escasa punta, pero á más de ellos, traense calcetines y medias botas. En Jauvel hallamos un paño, bajo el singular nombre de broissequin. Cú- brense los hombres con cofias, capuces, sombreros gachos ó becoquines, gorros y bonetes; su cabello encrespado, forma guedejas laterales, y no escasean las barbas entre ancianos y gente baladí. Las mujeres contén- tanse con un peinado simple, ó con velillo, toca suelta ó cerrada en for- ma de caperucita, debajo de la cual asoman dos bucles. Señálanse ya por el traje las personas graduadas y de facultad: en la Imagen del Mundo, un doctor, encima de la cota de mangas justas y abotonadas, lleva capa manicadacon capilla de ancha collera, y en la cabeza bonete. Asístele un emanuense tonsurado, con sobrecota talar de media manga rodada, y capilla. Otros doctores en vez de mangasen la capa, sacan sus brazos por una bracera. Desde 1339 á 1330 viene introduciéndose alguna novedad, pues se- — 211 — gún otro M. S. de la primera fecha, la sobrecota varonil, más holgada de mangas, sube hasta el cuello, ajustándose allí con botoncillos, supri- mida la capilla, notable innovación que también caracteriza este periodo; á la cofia se añade un capirote muy cresteado, y el zapato de rejilla pre- valece. La sobrecota femenil, oprimida de cuerpo y ancha de falda, suele recogerse para descubrir la gona interior que es lucida, viéndose también sus mangas justas y abotonadas, debajo de las más anchas de la primera. La iglesia de San Juan de He en Corbeil, contiene el sepulcro de una se ñora fallecida en 1333, cuya sobrecota floja, lleva mangas de mediana an- chura, y dos incisiones laterales por las que asoman elcinturón y el vesti- do interior ,de mangas justas, abotonadas en el antebrazo, ofreciendo otra cisura en la gola que descubre el nacimiento de la cota. Su peinado consta de dos bucles abarcados en sendas redecillas, con galana frontalera, den- tro una capillita acuminada, forrada de veros, é igual aforro adorna su manto, que va sujeto sobre el pecho por un breve cordón. Finalmente, res- pectivo al año 1345, guarda al Bibl. Nacional, el M. S. de los Mercade- res de París, interesante cuadro de costumbres, que traslada con ingenio y verdad en menudas figuras, tipos de los bateleros del Sena, barcos, ca- rros y carretones de transporte, charavanes ó carros de bancos suspensos para viajar, variedad de mercachifles ambulantes y gentecillas, que sin cesar inundaban las calles de la gran capital, ministriles, juglares, bai- ladores de osos y monos, vendedores de vino, de obleas, de pan, de fruta; el pastor, el boyero, el porquerizo, el mozo traynel, el aguador, la le- chera, el carbonero, el trapero, el mariscal, la cuchillera, la hilandera, el orfebre, el especiero, el boticario, despacho de cambistas y barberos; truhanes, mendigos, peregrinos descalzos, halconeros y pajareros; un viandante á caballo; un exento de peajes queenseña su licencia á los esbirros, etc. Los más pobres visten gonel corto y cofia de lienzo, á veces calada, y dando paso á unos mechoncitos de pelo. Lo común es cota más ó menos larga, de manga entera, por rareza truncada, y capilla general- mente sin calar, cofia, capuz, capirón y sombrero gacho, de la consabida ala levantada por detrás y aguda por delante; calza, media calza, calzon- cillos y zapato liso. Entre el sexo débil la misma cota, peinado de bucles, toca y [manto desprendido de la cabeza. Ciertas vendedoras llevan un sombrero aliancho, que sería de paja (Véase Magasin Pittoresque. t. XIV, página 220). De esta plebeya reserva andaban muy ajenos los elegantes donceles que formaban el brillo de la corte y la animación de los campamentos. Reinando Juan el Bueno y Carlos V el Sabio de Francia, Pedro I y Enri- que II de Castilla, Pedro IV de Aragón, Carlos el Malo de Navarra, Fer- nando de Portugal, Eduardo III en Inglatererra, Carlos IV de Alemania, — 212 — Juana de Ñapóles; esto es en un periodo de treinta años, del 1350 al 1380, cambió enteramente la faz del traje europeo, á impulsos no sólo de la idea estética qne por grados se extremaba, sino de la condición de los tiempos y de las circunstancias geniales de dichos soberanos, en su ma- yoría petulantes y despóticos, que daban tanta más rienda á sus excesos cuanta mayor ocasión tenían de satisfacerlos. Lo mismo el Ceremonial de la Orden del Espíritu Santo (n.° 36 fondo la Valliére déla Bibl. Nac.) que es del año 1352, como el precioso libro de caza del Re;/ Modo, y suce- sivamente los M. SS. de la Tabla Redonda, del Santo Grcal, de Lanzarote y Ginebra, las trovas de Guillermo de Marchant, el Salterio y las Maravi- llas del Mundo , joyas bibliográficas que pertenecieron al ilustrado prín- cipe Juan duque de Berry, con las famosas Crónicas de San Dionisio, man- dadas escribir por el sabio Carlos V (dicha Bibl. Nac); todos en sus ex- quisitas iluminaciones, reúnen profusos ejemplos de aquella indumenta- ria tan afectada como extravagante, que el declamador de Crecy censuraba, como se han censurado siempre las variadas volutaciones y expansiones de la moda. Cuanto de más incisivo tuvo el ojivalismo, sus calados y cresterías, sus puntas y delgadeces, sus arrequives y menudencias, se refleja en los vestidos de este cuarto de siglo, á una vez escurridos, angulosos, ahila- dos, recortados y llenos de adiciones prolijas. En la imposibilidad de señalarlos uno por uno, á la vez que sus variaciones ya numerosas, nos ceñiremos á indicar los rasgos culminantes de ellos según el orden de dichos M. SS. La cota sigue siendo el traje elegante y ordinario, aunque reducida casi á los límites del jubón; especie de funda, en que se envaina el cuer- po, estrechada á una vez al cuello por sus botones ó por otro collar pos- tizo, al muñón por nna abrazadera de piel colgante, derivación de la bibi- 11a, y á su extremo sobre los muslos, por el ceñidor articulado que seguirá aún allende el siglo. Los caballeros del Santo Espíritu, orden fundada por Luis de Anjú rey Sicilia, traen esa cota con festonaduras verticiladas, á manera de hojas, no sólo en su confín, sino en las dos ti- rillas que hacen veces de mangas perdidas, y en el limbo de la capilla que va sobrepuesta como una valona, soltando por la espalda su delgadí- sima corneta. Las calzas son siempre ajustadas; el zapato, de malla y aba- buchado; las barbas luengas, de cabrito ó doble punta, el pelo crecido. Por insignia una paloma negra, bordada en el lado izquierdo, y del talabarte pende un badelario ó puñal. La cota, de día en día se oprime y reduce más. Abotonada de arriba abajo, simula la forma de peto, asimilándose á la armadura, bombeada por alto, y muy apretada al cinto, pero conservando su ceñidor sobre los — 213 - ¡jares, que es delgado y sostiene una bolsa de traza acampanada. Las mangas también huecas en su mitad superior, por la inferior se extien- den sobre la mano como una paleta, sin botones. No menos escueta la capilla, abrochada debajo de la barba, desciende en ángulos y festones por todo el radio humeral, dentellada ó doblada en sus bordes y contornea el rostro, desprendiendo desde la cima de la cabeza una larguísima cola. A la capilla se agregan sombreros de cubilete ú otros rebajados, con pluma; gorros, tocas flotantes, etc., y al derribar la capilla aparecen riza- do el cabello y afeitada la cara. Las calzas no mudan, pero sí los zapatos que son largos y anillados como cola de alacrán; pues otra vez anda muy en boga la polaina. Para abrigo estílase una capità ó mantelillo que no pasa de la cintura: tal es el arreo de los cazadores, en el libro del Rey Modo. Algunos visten una prenda llamada hopa, que se distingue de la sobrecota en su alzado collar y abundosas mangas: los venadores y mon- teros, como inferiores en condición, llevan sayuelos algo más breves, y las damiselas que cabalgan emparejadas con sus galanes, traen asimismo briales justos y ceñidos debajo del seno, no poco escotados, cuando no les añaden una capillita análoga á la de los hombres, pero descollada; y también sus mangas alcanzan á la mano, sin faltar de vez en cuando las consabidas bibillas. Péinanse en raya, dividido el cabello ten dos grue- sos mechones, ó dos treucitas, que caen por encima de las orejas sin es- conderlas, cuyo peinado gozó favor algún tiempo; y aguisa de cazadoras, traen el azor con un gran guante en la mano izquierda como los hombres, y éstos colgada al lado una bocina. Vense en esas viñetas, además de cal- zas versicolores, géneros barreados en sentido vertical ú horizontal, lu- crativa producción de las fábricas de Rúan y Montivillers; pero habién- dose hecho luego considerable abuso de ellos, incurrieron en censura, y el mismo Carlos V los prohibió por indecentes á sus secretarios, quedan- do relegados á sirvientes y escuderos. De este arreo es típica una figura que reproduce el Maijasln Piltoresqne, t. xiv, pág. 232 (juboncillo de medía manga y capilla justa de una pieza, con botonadura delantera espaciada). En los M. SS. del Santo Greal y de Lanzarote, déjase notar el traje de la reina Ginebra, compuesto de sobrecota descollada, ceñida al seno, de holgada faldamenta y sin mangas, viéndose en lugar de ellas las medias de la cota que son justas, allende el codo, y luego las del jubón, corridas de botoncillos, y reducido todo su adorno á filamentos de piel que reco- rren las orillas. El peinado es por estilo del que modernamente se llamó á la garrón. Lanzarote en cambio, peina bucle corrido como diadema, sujeto con un fino cordón de brochadura. El M. S. del trovador Guillermo de Marchant, acusa nuevo refina- miento en perfiles y delgadeces. La cota alargada hasta las rodillas, apa — 214 — rece excesivamente cursi, ayudando á esta ilusión, las cercenaduras de su extremo y de la valoncita-capilla, que ya no son hojas, lóbulos ó dentellones, sino rajas tenuísimas como un fleco, ó poco menos. Las bibi- llas brazaleras, conviértense á su vez en dobles tiritas de piel que alcan- zan al suelo: el cinturón fijo sobre los ríñones, sostiene una daga entre piernas, ó la espada en su lugar habitual. Siguen las calzas de polaina, con ó sin zapato, las barbas de chivo y el cabello bien rizado: á veces una pluma enhiesta delante, adórnala toca. Otras figuras del Magasin Pittoresque (loco citato) nos representan á un caballero en traje por el estilo, y otro con jubón mostreado, de alto cuello y capa hendida por el lado derecho, minuciosamente festoneada á su extremidad. El vestuario femenil, sin cambiar de índole, obedece á igual tendencia, ocurriendo por novedad, mantillas rayadas con orla dentellada, diademas, coronas, etcétera, sin decaer las dos favoritas trencillas. Una delicada miniatura de los doce Pares sentados alrededor de la ta- bla redonda, se representa en el M. S. n.° 6,964, vestidos al uso del año 1370, y peinados cual se acaba de expresar, ofreciendo sin embargo las modificaciones siguientes: sus colas son mostreadas, picadas y brosladas de oro y pedrería, de media manga estrecha sobre la del jubón, sin bibi lias, oprimidas á los ¡jares por un rico cinto, y algo escotadas, dando paso al cuello interior que ya no se abrocha debajo de la barba, sino que sube un tanto holgado, replegado, tieso ó recortado en merloncillos. No- table y digna de señalarse es la modificación de la capilla que baja natu- ralmente redondeada, como una pequeña bolsa, y libre ya de su ridicula prolongación. Al revés, el pie de polaina, va tomando proporciones des- medidas. En otro libro casi de la misma fecha, hay tres personajes, caballero y dos señoras, jugando á los naipes. Del primero sólo merece señalarse su bonete de cogotera: el vestido de las segundas es sumamente lacio, con escote cuadrado, flanqueras abiertas, manga larga, acabando en una vuelta que se llamaba portapisa. Su tocadura de forma cónica, cubierta con un vclillo frisado al parecer, es la tímida enunciación del hennin que tanto papel hizo en el próximo centenar. A los M. SS. explicados, sigue en orden histórico el rey de ellos, las incomparables Crónicas de San Dionisio (n.° 8,09o de la Bibl. Nac), in- signe legado del Sabio Carlos, que gozándose en coleccionar buenos li- bros, favoreció celosamente las letras y las artes. Bajo el sólo respecto indumentario, las grandes iluminaciones de este códice ofrecen mucho que observar: reyes y magnates visten zamarra, de collar holgado, con sus palas ó puertas en la gola, y en vez de mangas, una especie de valonas rodadas, cuyas puntas vienen á juntarse, tomando por base el extremo — 215 — de la sangría, de donde salen los brazos, cubiertos con la manga estrecha y prolongada del jubón. Esta forma de valonas privó generalmente, y ya se ve en un retrato del rey Juan (M. S. de la Bibl. Cottonianade Londres, que contiene la ratificación del tratado de Brétigny). Llevan otros breves cotas, ceñidas á los ríñones, con manga justa forrada de piel, y bajando hasta el antebrazo; el cuello alto, jironado de pieles, y muceta forrada de lo mismo. Los donceles, jubones oblongos de manga entera y cuello, sin capilla, calzas de uno ó dos colores apolainadas, y cuchillo colgado entre piernas. Los doctores, ropas talares cerradas, con sangrías para los bra- zos, ó hendidas delante, anchurosos collares y bonete. Los guerreros, armadura y cota militar blasonada, también con sus calzas de dos colo- res, cuando no llevan las piernas armadas: un heraldo viste cota seme- jante á las representadas en el libro del Rey Modo. Las barbas de cabra y el pelo partido en bucles, ó sin partir, algo caído sobre la frente, con guedejas laterales, siguen gozando favor. De estas mismas crónicas exis- te en la Biblioteca del Arsenal una copia, muy inferior en ilustraciones, pero de fecha algo más adelantada, pues con las amplias zamarras de sus personajes, vemos confundida la hopalanda que nació luego, la prolonga- ción de la manga convertida en mitón, y peinados y barbas conforme se estilaron en el último cuarto del siglo. ¿Y qué decir en elogio del otro libro de las Maravillas, verdadera ma- ravilla del arte de iluminar, realzado con 260 viñetas á cual más rica y primorosa? Condensando todas las extravagancias que la Edad Media so- ñaba de las regiones orientales, son bajo ese puuto de vista, manantial de curiosísimos estudios; y en cuanto á estilo, composición y dibujo, respi- ran cierto sabor italiano que les da especial realce. Llenas de personajes fantásticos de la India y de Tartaria, caracterízanlosen sus luengos ropo- nes, con mangas de varias hechuras, galoneadas y festoneadas; en sus balumbosos gorros y bonetes, barbas crecidas, calzas largas metidas ó no en botas, botinas y zapatos, escarcela y chafarote al cinto, porras, vena- blos, lanzas, aljabas, escudos y otras armas; traje convencional, que se daba entonces y aun después á las razas judías, árabes y otra gente non sancta, inclusas las de pretensión histórica y mitológica. Como trajes de actualidad, más moderados que en los códices antedichos, vense entre hombres cotas, garnachas y sayas de medías mangas, de collar ó sin él, unas abotonadas, otras no, ceñidas ó sin ceñir; capote hendido á ambos lados, capas, valonas, esclavinas, capirón, capuz, gorros altos, sombrero gacho, ó de grandes alas, calcetines, zapatos, estivales y bolsa pendiente del ceñidor: entre mujeres, cota sencilla ceñida de cuerpo y brazos, sobre- cota abotonada, ondeada en la pechera, con mangas flojas. Una señora, encima del estrechísimo brial ó gauzapa de medias mangas y bíbillas tan — 216 — prolongadas que arrastran por el suelo, luce un diminuto corpino hecho de dos fajas semicirculares, que bajan de los hombros á la cintura y se juntan en la boca del estómago, como primera indicación del corsé, que luego veremos estilarse, de cuya moda es un bello y donoso ejemplar la estatua de Juana de Borbón consorte de Carlos V, que existió en la iglesia de los Celestinos de París (V. M. Pittoresque, loco citato). Su sobrefalda hendida á los lados, presenta una arrolladura en torno de la cadera, y la, falda subtánea, una guarnición de listones ó ribetes que también se hizo general. Por peinado, redecillas, toquillas y un pequeño turbante con velo libre. Otra de las páginas mejores es la del religioso Hayton en acto de ofrecer su libro al rey de Inglaterra: en esta viñeta figura ya la hopa- landa como traje del monarca y de los cortesanos que le rodean, larga de haldas, copiosa de mangas, forradas de pieles, y cuello subido hasta las orejas. Todos los personajes lucen ricos cinturones, y además el rey un ancho jacerán de oro y pedrería. Su gorro (cerboj) en forma de bolsa echada adelante, es asimismo una novedad de la época, como son los ca- pirones de los caballeros, cresteados sin chía, é inclinados también sobre la frente. Otra innovación algo anterior, general en 1370, fué la husa (liousse en Francia). El bueno y moderado ejemplo de Carlos V, quien repro- baba la indecencia del traje corto, aconsejaron la adopción de una espe- cie de dalmática ó manto doble como el antiguo diploide, que cubría de- corosamente la parte anterior y posterior del cuerpo, abriéndose sólo á los lados desde el muñón del brazo, y afirmado en él por medio de aris- tas ó pasamanos de argentería (amigos): tal fué la husa, como se ve en un M. S. de Luis II de Borbón, cuyo príncipe la lleva de terciopelo, con cabezón y forro de armiños. Vístela asimismo el principe Ladislao el Blanco de Polonia, en su lauda sepulcral de Santa Beguina de Dijón, con forro de veros y los consabidos amigos, galonaduras ó pasamanos ricos en lo alto del brazo. Referidas ya largamente las vicisitudes de la moda en Francia, dentro el período que describimos, ocioso sería extender el análisis á otros paí- ses, cuando los rasgos dominantes son comunes á todos ellos según lo probarán algunas citas. Dijimos arriba que los ingleses no fueron menos exagerados que nuestros vecinos, si bien á comienzos del siglo participa- ron de su templanza. Acredítanlo los sellos reales, las imágenes escul- tóricas, y las miniaturas de libros y códices. Iguales cotas, mangas justas y perdidas, mantos, capas, capuces, capirones, sombreros, calzas, zapa- tos de presilla, barbas y cabello profuso los hombres; iguales sobrecotas de medias mangas, con ó sin bibilla, ó sin mangas, tocas cerradas, otras bajas, medias tocas, añadidas á menudo bendas y barboquejo, capillas cubiertas, bucles y redecillas las mujeres, agregando á veces un delanta- — 217 — lito bordado ó con franja en su orla superior; tales les representan diver- sos manuscritos de la Bibl. R. de Londres hechos en tiempo délos pri- meros Eduardos (14 E. III, 15 D. III, 15 D. H., Cotton. Nero D. VII, Rom. de la Rosa n.° 6.98o y n.° 7,210, Museo Bntan. Reg. 2 B. VII, 10 E. IV y 10 E. VIII. ib. n.° 12,228, etc. Sloane 3í6, 3,983, etc. En uno de la colección de Francis Douce esq., que corresponde al año 1305, sobre la cota de mangas largas, viste una dama sobrecota brevemente cisada para los brazos, redecilla en las sienes y velillo suelto). En el enterra- miento de Guillermo de Vindsor y Blanca de Latour (abadía de Werls- minster) esta última luce la gauzapa, anchamente sangrada por ambos lados, orladas las sangrías de pieles que hemos visto usadas en Francia, de hechura análoga, por la reina D.a Juana de Borbón. Monumento muy caracterizado, es el sepulcro de Sir Rogerio de Ker- deston, que falleció en el año 1337. Entre sus bonitas figuras plañideras de ambos sexos, vense cotas, tocas y capirones idénticos á los de otros monumentos de igual fecha españoles y franceses, notándose asimismo mangas de cañadilla, botonaduras delanteras, el manto preso todavía con cordones, etc. Garbean los mozalbetes una capità muy breve cogida al cuello, con carrera de botones en toda su longitud, asomando debajo el jubón justo, de menudos pliegues, también corrido de botones, y desde el cinturón bastante bajo, que sostiene en el centro un cuchillejo, va añadida una haldilla festoneada, seguramente de otro color como la vi- mos en el libro Verde del Concejo de Barcelona. Del mismo año existe en la iglesia de Munster (isla de Sheppey) otra lauda tumularia que repre- senta á un guerrero y su esposa. El traje de ésta es algo raro: ancho ro- pón con braceras galoneadas, y en medio un peto de veros también'galo- neado que acaba en dos ángulos agudos. El vestido, además de llevar orla, va forrado de dichos veros. Desde el pecho hasta la altura de la bir- billa, sube una media toca evasada y tiesa, que parece absorber la cabeza como un gran brocal. El peinado se reduce á trencitas con redecillas. La estatua sepulcral de Eduardo II en la catedral de Glocester, trae sobrepuesta á la cota otra larga, hendida de cintura abajo, de media manga con bibilla, y manto echado á los hombros sin presa alguna. La de Filípa consorte del tercer Eduardo, en la propia catedral, usa brial es- trechamente ceñido, con lazada desde arriba hasta el ombligo, donde va sujeta por un fino ceñidor que comprime el abdomen y después de vol- tear el cuerpo, pende aún al lado izquierdo: las mangas son justas y pro- longadas sobre la mano: el escote encuadrado entre dos broches que afian- zan el manto y se enlazan entre sí por medio de una cadenilla floja. So- bre el cabello partido en la frente, corre una diadema maciza, viéndose desprendidas por ambos lados como dos cartelas arrolladas picadas de — 218 — oro, que van á juntarse con una toca lisa subida desde la pechera, velando la garganta y la mitad del rostro. La moda de estas medias tocas evasa- das sobre la barba ó cerrándola estrechamente, debió ser general á mi- tad del siglo, pues sin contar los enunciados ejemplos, pueden citarse entre otras las estatuas de las condesas de Neufchatel en el panteón de su iglesia (Suiza), las de Pedralbes, indicadas en su lugar, etc. Por este mismo tiempo comenzó á notarse en Inglaterra la exagera- ción de cotas oprimidas y festoneadas, capillas de valona semejante, y larguísima punta, ceñidores bajos, trenzados ó articulados, bibillas abra- zaderas hechas de luengas tiras de armiño, zapatos de rejilla y de polai- na, barba de chivo y el pelo rizado. Entre damas fué común la adición de abrazaderas por el mismo estilo, y el uso de franjas y orlas de piel en el rodapié, viéndose vestidos corridos de botones, con dos faltriqueras debajo de la cintura para esconder y abrigar las manos. Solían peinarse en cabello, sin toca, con rizos, bucles y melenas, no olvidando la tren- cita sobre ambas orejas (M. S. de la Bibl. R. de Londres, 19 D. II y otros citados). A juzgar por un códice de la de Bruselas (mediados del siglo), también los mercaderes flamencos seguían la moda corriente de jubón ó sayo corto, alto de cuello ó encapillado, de manga tirada, ceñido á la cintura ó á los ¡jares, bonete con vuelta y zapatos abotinados ó de presilla. Los viejos gastaban barbas, cota larga y capuz. Citar el M. S. de los Minnesingers, conservado en la Bibl. N a c , será repetir lo mismo de Alemania. Por él vemos que allí como en todas par- tes el siglo xiv corrió su mitad primera vistiendo á las clases altas y ba- jas sin distinción de sexo, con cotas, garnachas y sobrecotas, éstas regu- larmente de mangas flojas ó sin ellas, ropones manicados de colores par- tidos, blasonados, rayados horizontal ó transversa luiente, ribeteados y forrados de pieles, galoneados en su escote redondo ó triangular, aboto - nados al pecho, etc ; mantos prendidos al hombro; manteles hendidos por la derecha con vuelta ó muceta de pieles; capas abiertas; gorros, co- fias, morteretes, capirotes, capillas, capuces y variedad de sombreros los hombres; tocas libres ó velos las dueñas, y las doncellas bandas frontale- ras y barboquejos, coronas de flores ó de metal, griñones, redecillas, bu- cles y cabellera tendida. Los ceñidores, escasos: habíalos sin embargo.de lujo para sostener bolsa y limosnera. Un juglar violinista, luce ropón de grandes mangas partido á dos colores, abierto de cintura abajo y forrado de pieles; el pelo atusado en dos gruesos bucles; otros llevan muceta y medias mangas con bibilla codera ó torn abrás. El libro de la leyenda de Santa Úrsula, publicado no ha mucho tiem- po en hermosos cromos, cuyos originales pertenecen á la escuela de Van- — 219 — Eyck, es el repertorio más completo de trajes alemanes en la época á que nos referimos. He aquí un resumen ordenado de sus tipos: Los caballeros llevan sobrecotas hasta medio muslo, sin talle, algu- nos hasta media pierna, manga algo bombeada, collar abierto en punta, orillados de pieles blancas ó pardas el mismo, las bocamangas y el extre- mo de la falda, inclusos sus hendidos laterales. Calzas con pie de polaina tirado, del color de la cota ú otro diverso, predominando el grana. Algunas parecen prendidas á los lados con boto- nes, otras con pequeña liga. Los elegantes traen falda muy corta, el ceñidor muy bajo, sostenien- do un cuchillejo delantero, y encima de las mangas una larga cisura ribe- teada, para que se vean las interiores de la cota, ó sin ribetear, tomada con corchetes. El cuello de dicha cota aparece siempre derecho, dejando asomar la camisa en su intersección. Pocas botonaduras, y sólo en el pe cho: algunos collares. A veces en lugar de sobrecota, obsérvase una especie de gabancillo abierto á lo largo, orillado de pieles: cota de manga justa, y collar de otro color: gonelito sin mangas y desceñido, con anchas aberturas á los lados para que aparezcan el jubón y el cinturón: tonelete y sobrevesta algo más corta encima: sayo á manera de sobrevesta ó huca, también sin ceñir y franjeado de pieles. ABRIGOS. Capità prendida ó abotonada al cuello: capuz cerrado, con capilleja y becoquín sobrepuesto en la cabeza, á la italiana: redondel de collar alto. No se ve figura alguna que lleve mangas perdidas. Las personas de edad usan ropones talares, sin ceñidor ó con él, pues- to muy abajo, y algunos, anchas franjas de oro y pedrería desde el cuello en toda su longitud, en los hombros y puños, y porcia orla inferior, otros, lijeros pasapelos en bocacuello, bocamangas y orla. Los cinturones tie- nen dos ó tres dedos de ancho, son de correa platonada, tela deshilada en sus orillas, hilos de perlas, oro y pedrería, y de ellos cuelgan barjole- tas ó limosneras y puñales. Fuera de casa ciñen espada. El pueblo usa sobrecotas ceñidas ó no, sin franjas, bocacuello de pun- ta, manga floja ó justa, etc., viéndose á veces partidas de dos colores, inclusas la calza y la capeta. Suelen calzar zapato ó botina. Un paje á caballo va con liosas ó botas largas, de vuelta sobre el muslo. Los géneros más ricos consisten en brocados de oro, oro y grana, oro y verde, etc. dibujos caprichosos, velloríes, etc. Tampoco se notan ropas listadas, ni orladuras picadas ó festoneadas. Por cuberturas, gorras á la italiana; sombrero de copa redonda y ale- ta caída, otros comunes ó de copa cónica y ala vuelta; capirotes sin chía, algunos con manga; turbantillos; gorros muy abultados con alero de pie- — 220 — les y medallón delante; simples diademas ó coronillas de hoja de oro y sartal de perlas, alternadamente; calotas de cuero espirales; capillas; al- tos bonetes la gente letrada y los clérigos, etc. Los viejos gastan barba y alguno barbita y bigote. Como traje de guerra, vense armaduras enteras de hierro y doradas, llevándose con gorros ó turbantes; toneletes de manguilla justa, sayos mangueados ó no, cerrados hasta el cuello, tomados en sus junturas, con cisuras de flanco, y cuello alto y abierto; capetas; calzas enteras de ropa, otras de plancha y malla articulada, liilode hierro entretejido; yelmos do- rados agudos y rodeados de un turbantillo de colores; casquete en forma de pechina; gorros como pequeñas mitras, sombrerillos; ceñidores finos, generalmente negros para sostener la espada, el carcaj, etc. ballestas de pie. Un sólo soldado usa gonel festoneado en su pechera y en su remate. CLÉRICOS. Tiara de tres coronas el papa; mitras muy altas los obis- pos: largas pellizas y almuzas los canónigos; bonetes de aguja con boru- ca, negros ó de color oscuro los simples sacerdotes; capas pluviales, dal- máticas, etc., albas con paramento bordado de oro á su extremo, garna- chas muy largas de amplias mangas; monacillos con roquetes de aguda cisura y alas perdidas, de la longitud del roquete, todos con cuello de jubón rojo, negro, etc., bastante alto, y la tonsura muy abierta. MUJERES. En general cote y sobrecote sin mangas, con ellas ó me- dias, muy cortas y volteadas de piel Es común un fichú de lienzo senci- llo ó bordado, ancho de dos dedos, apuntado en el centro y picado en sus bordes; el sobrecote rozagante, forrado y perfilado de piel, soliendo en- faldarse con un cinto flojo, bastante bajo como el masculino, sosteniendo bolsitas, rosarios, etc. Algunas usan brial de ancha flanquera abierta, y escote masó menos anchuroso. Merece señalarse uno caído desde media espalda y sostenido por dos tirantes, á guisa de escapulario: otro, tiene mangas perdidas desde los hombros á los pies. Por abrigo, capetas, paño- lones, y manto las princesas. El peinado ordinario consta de dos trenzas rodadas sobre orejas y occipucio, quedando la frente muy despejada, por medio de un cintillo que la ciñe, ya de perlas, ya de terciopelo adornado en el centro con un joyel. A veces las trenzas se desprenden por ambos lados, soltándose una coleta á la espalda. Hay también redecillas, to- quillas triangulares, algún voluminoso sombrero, diademas y coroneles de perlas, coronas de oro, etc. El zapato negro, de punta. Una reina va con toquilla ó velo encima de la corona. En cuanto á los trajes tudescos de la segunda época, bastará referir- nos, ahorrando repeticiones, á la hoja de calcos que hemos tomado de un lindo Martirologio del año 1334, procedente de Poblet, pero oriundo de Alemania, donde fué escrito y miniado bajo los auspicios de un prela- — 221 — do, más adelante obispo de Dietrichstein, y hoy propiedad de ü. Juan Carreras y Dagas de Gerona. Por referirse á una localidad poco conocida, valen la pena de indicar- se unas laudas funerarias existentes en la iglesia de los armenios de Ni- còsia (Chipre), copiadas en el Magasin Pittoretque, tomo XV, pág. 219. Los caballeros usan traje de guerra, esto es, armadura completa; las da- mas son varias: María de Bessán (1322), vestida de brial justo de cuerpo y mangas, los costados abiertos, pasados de cordones, el cabello voltean- do al rostro en ancha trenza, y velillo lijero: Madama María d' Esca- far (1331), con simple túnica y manto desde la cabeza, sujeto por una diadema: Alicia, esposa de Micer Juan de Thalaris (1357), con gonel hol- gado, doble, algo corto, ceñido, abotonado al pecho, cerrado al cuello, de mangas flojas y franjeadas, la cabellera suelta y el ceñidor rico. En la descripción de estos dibujos se hace observar que las francesas de Chipre solían vestir cual Alicia, dobles faldas, descubriendo los pies, y que sólo las paisanas estilaban una ropa que se criticó mucho en Italia y en otros lugares, llamada Chipriana por ser de corte algo inmodesto, cargada de galonaduras de oro. Ésta ha sobrevivido hasta nuestros días con el nombre de sarka, bajo la forma de un donoso juboncillo despe- chugado, regularmente de terciopelo negro, sin cuello, mangas llanas con vueltas de encaje, acompañándole una saya de muselina blanca en verano y de seda color de rosa ó azul en invierno; siendo el tocado un fez encarnado, con recamaduras de bellotas y trencillas de oro, conforme lo usan las griegas orientales y las señoras de Esmirna, interpoladas graciosamente flores naturales, sartas de cequíes y las brillantes trenzas de sus cabellos. En dicha descripción se continúa la que un cura de Sa- jonia, de paso para la Tierra Santa, hizo el año 1314, dando muy venta- josa idea de la opulencia y actividad de aquel país. «En Chipre, dice, vi los señores más ricos y generosos de la cristiandad: preciase allí tan poco una fortuna de 3,000 florines de renta, como en la nuestra una de 3 marcos; pero los chipriotas disipan alegremente su caudal en cace- rías, torneos y diversiones. El sólo conde de Jaffa, á quien traté, man- tiene 500 perros de caza. Los mercaderes atesoran en grande; y es natu- ral, siendo Chipre la última estación cristiana á la raya del territorio musulmán. Nada más precioso que la ciudad de Famaugusta, ni más rico que sus moradores. Las joyas que uno de ellos dio á su hija para tocaduras, el día que la casó, superaban á las de la reina de Francia, se- gún juicio de unos caballeros franceses que venían con nosotros. El con- destable de Jerusalén (Eudo de Dampierre) compró en Famaugusta para su mujer, cuatro perlas tan gruesas y puras, que en cualquier lugar hu- hiéranse prestado sobre cada una 3.000florines.» — líï — También la corte napolitana era á mediados del siglo, una de las más expléndidas de Europa. Dirigida por la frivola D. a Juana, hervía en re- gocijos, danzas y juegos, fiestas palacianas y cortes de amor: juzgúese, pues, como andarían el lujo y la suntuosidad de trajes. La hermosa rei na, según pinturas coetáneas, sobre un ancho faldellín guarnecido de pieles, luce de las mismas un corpino justo y descollado, con luengas mangas perdidas de iguales pieles, volteando sus orejas debajo de la co- rona, las consabidas trencitas de moda. La dama de Marehebruse, una de sus camaristas, figúrase sentada en el suelo á usanza morisca, en acto de tañer el arpa, vistiendo un ropón tan gracioso como sencillo, de regu- lar escote, oprimido debajo del seno, todo franjeado, con anchurosas mangas de punta; y su tocado se reduce á un bonete bifurcado, de ter- ciopelo y oro, muy abierto en las sienes, pero aplastado sobre las orejas y velado con una mantillita. Del vestuario masculino da idea el retrato de Galeazzo Visconti, uno de los admiradores de la linda reina, con su sayuelo de escotadura angulada, lazado delante, ceñido por valioso cin- turón que sostiene el puñal, y recamado de bordados y pieles así en el collar como en la orla de su faldeta y medias mangas, saliendo por deba- jo, el cuello y las mangas justas del jubón, que son de brocado de oro. Usa además calza fina, zapatos de polaina y un reducido capirón de ter- ciopelo. A la sazón, el buen gusto se generalizaba en Italia al compás de las bellas artes, ya florecientes en Venècia, Siena, Pisa, Padua, Florencia y Roma. Pléyades de artistas, siguiendo las huellas de Guido y Cimabué, levantaron rápidamente el vuelo dirigidos por el célebre Giotto. Éste, y sucesivamente el no menos célebre Orcagna, Spinello , Buflalmaco y otros, fueron legítimas lumbreras del siglo que nos ocupa. Naturalmente, no todos corrían parejas en mérito y ejecución, y el espíritu del ojivalis- mo reina todavía en muchos. Diodato de Lucca, Laurati y otros, pinta- ban amaneradamente; el mismo Orcagna se resiente asaz de la influencia de la edad media. Giotto y sus imitadores ó discípulos, Gaddi, Pucci, Ca- maldolese y el Giottino, iniciaron la buena escuela, sustituyendo al con- vencionalismo, soltura, gracia, elegancia y naturalidad: ¿acaso sus obras no forman todavía una buena base de estudio? ¿Y qué decir de los es- cultores y opífices de todo linaje, comenzando por Andrés Pisano, el inmortal creador de las puertas del batisterio de Florencia, puertas dig- nas del cielo, según expresión de Miguel Ángel? ¿Qué de los maestros, autores ó colaboradores de tantas maravillas arquitectónicas, duomos, palacios, logias, campaniles, obra en su mayoría del siglo xiv, que son y serán mientras subsistan admiración de las edades? Como los referidos pintores desplegaban su ingenio no sólo en grandes - 223 — tablas y frescos, sino en cuadros, retablos, pradellas y trípticos, sin des- deñarse de ayudar á la decoración de simples objetos mobiliarios como los cassoni ó arcas de novias, ni de contribuir á la iluminación de M. S. como el curioso Misal de San Ambrosio de Milán y otros muchos, no hay necesidad de ceñirnos á los libros escritos, para encontrar tipos in- dumentarios que abundan en sus obras. Si bien las prendas de vestir de los italianos, eran á corta diferencia iguales á las usadas en otras naciones, la gracia de corte y de uso dában- les á la par mu y diversa visualidad, con ventaja del efecto artístico. Ama- ban los trajes copiosos y bien plegados, que lejos de adulterar, dan más realce á la figura y bella silueta á sus formas. En cambio los trajes cor- tos, éranlo quizá más que en Francia é Inglaterra, pero no así rigidos y afectados, sino libres y naturales, tan cómodos para el uso, cuanto favo- recidos para el lucimiento. Cimabué retratado por Memmí, lleva una cota breve, ceñida y franjeada, pero su falda se redondea á guisa de to- nelete (barillotto); descúbrense casi enteramente sus musculosas piernas, pero un bordado cenojil rompe la monotonía de la tirante calza; el zapato lleva larga punta, pero unas acuchilladuras simétricas á derecha è iz- quierda realzadas de vivos atorros, distraen la vista, trocando en gala aquella irregular prolongación; finalmente, abrigando el cuerpo y dán- dole por arriba una amplitud que contrasta bellamente con la lijereza de la base, una capità ó valona cogida al cuello, flota sobre los brazos sin ocultar la orla del barrilotto, y una capilla anexa á la valona se adapta al cráneo sin deformar sus proporciones, acabando en una coleta atorza- lada que en vez de excrecencia inútil, es un accesorio armónico con la li- jereza dominante de todo el traje. He aquí como e sólo buen gusto, de elementos en si desairados, sacó una vestidura la más donosa, sin contar sus tonos de color y sus calculadas yuxtaposiciones. Por este ejemplo puede juzgarse de lo demás. La esposa de Lucas Savelli, fallecida en 1315, hace un bello tipo de señora romana con su cota y manto sencillos, cogido éste á la delantera, su finísima toca de orlada guarnición, el ca- bello partido en mitad de la frente, y un velo copioso asegurado sobre ella por rico cabezón ó coronel de metal. En todo tiempo las damas de Roma y Siena, fueron reputadas por su lujo y buen vestir: las de la últi- ma ciudad, según pinturas en ella conservadas, traían ropa rozagante abierta á los lados, de cintura abajo, con medias mangas algo huecas orladas de armiño, velillo de gasa al cuello y el pelo en bucles, bajo un casquete con diadema: las doncellas nobles limitábanse á una saya abun- dosa, y por tocado á un capirón como el de los hombres aunque más pe- queño. Algunas matronas engalanábanse con dobles túnicas, la de enci- ma, lisa de cuerpo y mangas, abrochada al cinto, ceñida más abajo en — 224 — rebosadura, convirtiéndose en una como sobrehalda franjeada de borda- dos, exornada de una ancha red deflecosy borlas; llevaban además jace- rán de pedrería, mantelillo al dorso, calzado de polaina y sobre el cabello suelto un casquete conopial, adornado en la delantera con una placa me- tálica y detrás con un velillo. Los magistrados, togados y nobles solían vestir de escarlata. Petrarca en la fiesta de su coronación, año 1341, llevó de este color gramalla ó ropa talar de anchas mangas, mantel hendido á la derecha, y muceta con capilla volteada de armiño, que era la forma de hábito común á las personas graves. Entre ricos donceles la sobrecota breve se escondía bajo un mantel abierto á la derecha, y agujereado á la izquierda para libertad del brazo, sobrepuesta una muceta exenta, y á la cabeza una toca tirando á capirote. También los médicos, muy conside- rados en Italia hasta fines del siglo xv, llevaban vestiduras de grana y pieles como los magistrados, esto es, el ropón de ancha manga, manto abierto abotonado debajo del collarín, y capirote. Uno de los cuadros más valiosos para la indumentaria, es el que re- presenta la condenación del usurpador Gualtero de Briena en 1343, con- servado en Florencia y atribuido al Giottino. Sobre una risueña pradera ceñida de mar, al pie del simulacro de la justicia (especie de picota sim- bólica), vese el tirano en camisa y calzoncillos, rodeado de gran turba de señores y guerreros á caballo, que alargando el brazo juran su proscrip- ción ó destitución. Aparte de las armaduras que son lujosas, de los yel- mos cresteados, y del rico jaez de las monturas, todos llevan á la espalda un mantelillo de brocado ó terciopelo, forrado y orlado de pieles, que les da sumo realce. Este accesorio no fué desconocido entre nosotros, y en prueba bastará citar la imagen de San Jorge de dos retablos barceloneses del siglo xv (1), adornado con esa misma capità sin forros, sobre su arma- dura de punta en blanco. Otros visten el guarnello civil, ó recamadas sobrecotas y manto revuelto; siendo muy de notar las largas cabelleras de algunos, ó el pelo partido en dos masas por una raya que recorre toda la cabeza, y sus bonetes y sombreros, altos ó bajos, con ó sin ala, vién- dose uno de raso, punteado de oro, que las tiene muy anchas y acana- ladas. Laurati á principios del siglo, en una tabla de Santa Catalina de Ale- jandría, dio á esta santa, sobrecota parecida á la de los caballeros arago- neses del libro Verde, que describimos en su lugar, desceñida, de manga corta y puertas en la gola forradas de piel, cubriendo su cabeza con una toquilla. Algunos hombres y niños hincados al pie de la santa usan gonas (I) L'no de casa Rocabruna y olio ele la iglesia de San Antonio Abad: también en los para- mentos bordados de la Capilla del Santo, Casa Diputación, etc. — 223 — más ó menos largas, abotonadas al pecho, unas sin ceñir, otras sujetas sobre el abdomen por una correa con escarcela, y capilla en la cabeza. Ucello, algo después, abrevió el gonel masculino, ensanchó sus mangas, y á la capilla sustituyó el cerboj ó gorra, á manera de bolsa echada ade- lante, muy parecida al gorro catalán, que acaso tomó origen de esta moda. Las damas usan sencillos peinados ó tocados sin pretensiones, vestido de breve talle cuyas mangas suelen ser justas, y manto cogido al pecho ó desprendido de la cabeza. En Starnina y otros, observamos tipos no me- nos airosos y sencillos: vírgenes de gonel ajustado, y manto libre, con su diadema de bucles y trencitas; donceles cuya cota no excede de media pierna, calza entera sin zapatos, y mantelillo ó manto flojo orbicular abierto sólo desde su mitad anterior. Este porte comedido, hijo del sen- timiento artístico que vino dando gracia al traje italiano en casi todas sus fases históricas, era ya general á juzgar por las obras de los pintores y escultores, sin poderse atribuir á estilo ó sabor de escuela, pues el ar- tista impresionado de lo que ve, es tanto más hábil cuanto más al vivo lo representa, y representando aquéllos á la sazón sus propios trajes, sin duda procurarían darles verdadera impresión de conjunto. No por eso dejaron de sentirse en Italia las influencias de la moda, ni faltaron intérpretes de sus vicisitudes. Pucci en las pinturas dei cassoni, dejó modelos singulares de la juventud elegante de ambos sexos; pero nadie como Orcagua, ya en los frescos del Campo Santo de Pisa, ya en sus historias de Lucrecia y otras tomadas de los anales patrios, allegó más singulares tipos de la rica, variada y ostentosa indumentaria que recrecía en su época (segundo tercio del siglo). La garnacha ó giiarnello holgada y talar, tan socorrida para lucir la forma y el plegado, distingüe- se especialmente en los frescos susodichos. Amplios ropones de inedia manga redondeada, para uno y otro sexo, en las mujeres con escote or- bicular franjeado, y en los hombres con cuello alto ó muceta de capilla; cota justa al cuerpo y ceñida, abierta por abajo, llevando sobre la media manga una valoncilla, ó bien pequeños volantes á tres órdenes, ribetea- dos; las ropas de muestras, rayas, listas ó cuadros á la escocesa, otras veces de colores simples y suaves, con vueltas y forros de otros vivos, siendo á menudo todo el traje de un mismo color,[inclusas las calzas; és- tas de una pieza sin zapatos; espada al lado, sujeta con cadenillas ó del- gadas correas á doble vuelta; guantes en las manos; mantel al hombro por acaso; tocado mujeril de trenzas y bucles bajo una coronilla ó dia- dema, velillo y escofieta, ó un gorro semiesférico con cola de velo, toca, sombrero alto de breve ala ó aplastado, cresteado, y también velo ó to- quilla de lienzo con capirote lijero, cuya cresta se extiende por el occi- pucio: los hombres cofia ó toquilla de lienzo y capirón liso y doblado; al- io — 22G — gunos descubiertos, cercenado el pelo sobre la frente y caído sobre las orejas en bucle circular, otros, sombreros piramidales de raso ó velludo, estriados ó lisos, doblada su ancha ala por detrás y prolongada por de- lante, con forro de diverso color, y una extraña tocadura á guisa de cucu- rucho con cogotera, todo de una pieza y género de cuadros, ceñido con frontera; por lin grande y lujoso aderezo en las cabalgaduras; tal es el animado y pretencioso aliño que domina en los frescos del Campo Santo. Las postreras creaciones del mismo autor, vienen señalando novedades indumentarias ya enlazadas con las del último período del siglo: los ju- bones son todos de cuello alto y manga justa; las ropas alternan con la armadura, reducida ésta ya al cuerpo, ya á las piernas, ya á los brazos; el caballero se echa una capità al dorso ó la bordada y franjeada huca á doble caído; la cota que se ha ido extremando, carece de mangas ó las deja caer perdidas, llenas de bordados, y además del cinto regular, va sujeta por otro rico á mitad de su breve falda, observándose en ocasiones adherida á la misma cota, una valona de su longitud que hace veces de capità. Sigue también el barrilotto, aunque prolongado y acampanado, con medias mangas. Empiezan á observarse bonetes de aguja, gorros mullidos, variadas tocas, y los donceles suelen rodear á su rizado cabe- llo una sarta de rosas ú otras flores. Entre el bello sexo enunciase la hopa, precursora de la hopalanda, ancha vestidura de talle breve y man- gas ensanchadas ó sin ellas, y las señoras suelen calzar polainas con pa- tines. Su innovación principal consiste en los tocados, que adquieren balumba, por medio de fronteros almohadillados, unos cual grandes rue- das sobre el cogote, otros cual mitras, corazones ó medias lunas sobre la cabeza, velados con mantillas y franjas dentelladas y picadas, corneta y manga al igual que el capirote. Los brocados, adamascados, bordados, aforros, perfiles y realces de oro y piedras, menudean cada vez más en todas las prendas del traje. Hemos perdido de vista á España con relación al tercer período del siglo xiv; pero lo habremos dicho todo aplicándole las observaciones que anteceden, ya que aparte de la exageración, el traje es el mismo se- gún evidencian nuestros facsímiles y copias: tríptico procedente del Mo- nasterio de Piedra, hoy en la Real Academia de la Historia; curioso ma- nuscrito del Romance de la Rosa, conservado en la biblioteca pública de Valencia, fines del S.; interesante Libro de Castigos y documentos del rey D. Sancho el Bravo á su hijo (Bibl. del Escorial); bajo-relieves del sepulcro de D. a María de Molina; esculturas de la sillería coral de San Félix de Gerona; misal de S. Cucufate del Vallés, hacia 1375; retablo ca- talán, propiedad de D. Pablo Milá, de Barcelona; id. de S. Miguel, en su capilla de Tarrasa códices de la Seo de Vich y del archivo de la Corona — 227 — de Aragón; pequeña tabla del Calvario en el Museo de Tarragona; esta- tuas sepulcrales del arqueológico etc. El misal encierra curiosas represen- taciones litúrgicas: el retablo del Sr. Milá hácese notar por algunos tra- jes de caballeros parecidos á los últimos descritos de Orcagna, con su hopalanda doble, su ceñidor á media halda sosteniendo puñal y abultada escarcela, la gorra Hoja (cerboj) echada adelante, y un birretillo con alta pluma de avestruz, uno de los primeros ejemplos que observamos de este adorno tan prodigado en lo sucesivo. " L otro retablo de Tarrasa, en va- K rias comparticiones, ofrece pastores, cazadores, caballeros, damas, sacer- dotes, religiosos y judíos; aquéllos con su gran capa blanca aun estilada: un cazador con su juboncillo y sayuelo, aljaba al lado, arco en Ja mano y sombrero gacho; los eclesiásticos en procesión bajo palio, sostenido por judíos que se caracterizan en sus ropones y exagerados bonetes, me- reciendo particular atención el cuadro donde un sacerdote celebra misa, por su vestuario, el de su asistente, el de los oyentes, y el aparato del altar. En el tríptico de la Academia de la Historia hay curiosas particu- laridades del traje de guerra y del femenil, que tiene elegancias de singu- lar corte español y buenos contrastes de colorido. El códice de Valencia es francés, y de visible hermandad con los ya descritos en su lugar. A muchas más observaciones que sugieren estos documentos, podrá suplir la discreción de nuestros lectores. Otros poseemos curiosos y en mayor número, que ya deben incluirse en el último período del siglo, desde el año 1380 arriba. Tales son: unos bultos de los infantes de Aragón (Poblet 1380 90), los varones vistiendo muceta encapillada, garnacha con mangas de cañadilla, delantera abo- tonada á lo largo, collar alto y ancha bandolera; las damas toca cerrada ó cabello suelto, brial amplio, desceñido, escotado, franjeado al pecho, descubriendo un camisolín, manga de mediana anchura y manto fibula- do. Otra efigie de igual procedencia (D.a Constanza de Anglesola, 1384), tipo de dama catalana: su vestido de cuello algo subido, manga Hoja, breve talle, abarcado por un rico y largo cinturón, el pelo en gruesa trenza contorneando el rostro, y lijera toquilla suelta. Figuras de D. En- rique II de Castilla y su consorte D.a Juana Manuel, tomadas de Carde- rera (1390): el rey en hábito de ceremonia, túnica, manto abierto por la derecha y corona; la reina, otro bello tipo de dama castellana, con capo- tillo de subida collera, abierto por sus cuatro caídos, larguísimas man- gas, y chapín por calzado; accesorio extravagante para darse elevación, que fué propio y muy valido de las señoras españolas y de algunos hom- bres en el decurso de más de dos siglos. Estatuas sepulcrales de la igle- sia de Cervera (señores de Serra y Castelltort, 1382-89): larga cota con franjas de oro y anchos botones delanteros, mangas de cañadilla, el cue- — 228 — lio del jubón muy subido y pezpuntado, capirote ó caperuza, suspenso á la derecha el badelario, y polainas de rejilla con broche hebillado. Figu- rinas plañideras de un entierro de la Seo de Gerona (1384): márraga acortada con relación á la de los años precedentes, sus mangas reducidas á una valoncita ó alerillo, las del jubón justas, alcanzando á las manos, y para esconder éstas en la falda, íaltriquerillas abotonadas, al igual que el cabezón, y espada colgante por debajo del sayal. A esas esculturas acompañan pinturas de tablas y retablos, y dos in- teresantes M. SS. del Archivo municipal de Barcelona. Uno de los reta- blos lo copiamos de la iglesia de Cardona: es la historia de la peregrina- ción, persecución y martirio de las once mil Vírgenes; otro, permanente aun en los claustros de la Santa Basílica de Barcelona, alusivo á la vida y milagros de San Martín: de la de San Pedro son dos ó tres tablas que figuraron en la exposición retrospectiva de 1867, procedentes una de la iglesia de S. Pedro de Bagá y otra de Tarrasa; el peregrino retablo de San Pedro Mártir, probablemente de la ermita de su nombre, encima de Barcelona; el no menos curioso de S. Juan y S. Esteban que fué de Ba- dalona; uno de S. Fructuoso de Baiges que perteneció á D. Pablo Mita; el de Santa Lucía, procedente también de iglesia ó santuario catalán, y finalmente otras tablas que fueron adquiridas por nuestro malogrado amigo D. Cayetano Carreras, de la vida del Santo Bautista, en extremo curiosas, oriundas á su vez de una población subalterna de Cataluña. Los M. SS. del precitado archivo contienen la Gesta Romanorun de Valerio Máximo, en catalán: el más antiguo del año 1390 ó poco menos, se lo regaló al Concejo un cardenal arzobispo de Valencia: el segundo, trasla- do del anterior, fué copiado en 1396. y ambos llevan viñetas y miniatu- ras. En todo lo dicho resalta con su extravagante originalidad la indu* mentaría de fines del siglo que nos ocupa, siendo fácil observar cuan esencialmente cambió el traje con la desaparición de la antigua cofia y de la tenaz capilla, la introduccióu de cuellos y nuevas hechuras de mangas, perdidos también sus alerillos, bibillas y los botones de aqué- llas, viéndose en cambio hopalandas anchurosas, ceñidas con cadenitas, promiscuas á ambos sexos, jubones y chaquetas exiguos, bombeadosi perfilados, recortados; mangas amplísimas por lo general, doblesá veces, hinchadas como un embudo ó caídas como una alforja; bocamangas no menos amplias, orladas de festones, picados y dentellados; cuellos ó tras- coles tan altos en ocasiones entre el género femenino, que exceden de la cabeza; talles cortos entre damas, husas forradas de martas para las mis- mas y sus caballeros; crespinas, valonas y guardapechos; gorros de tripa á manera de pequeños turbantes, otros de toldillo, cornudos, con sus velos, tocadores y bordados escofiones; gorros masculinos de piel de ar- - 229 — dilla con pluma encima y rico broche para sujetarla: capirones rodados, cresteados y dentellados por sus bordes; coroneles, becoquines de largos picos y enroscadas puntas, grandes sombreros de copa; calzas ajustadí- simas, bordadas á trechos; desmedido pie de polaina, con ó sin zapatos, botas, borceguíes, chancletas, zuecos, etc.; en suma: gran refinamiento y descompostura, que en Castilla más que en Aragón, y en el extranjero más que en Castilla, llegó á ser un frenesí, hasta trocar los sexos y hacer de la moda un perenne carnaval. Los mancebos se frisaban no sólo el pelo, sino las barbas, los bigotes y aun ciertos mechones salteados por el rostro á guisa de favoritos, y al paso que deformaban, oprimían ó abultaban extrañamente unas partes de su cuerpo, descubrían ó acen- tuaban otras con insolente desvergüenza; las personas de calidad anda- ban automáticamente envasadas en sus ropones: mangas, contramangas, cuellos, arandelas y merloncillos; las señoras coleaban sus largas faldas y sus mangas acampanadas, no menos enhiestas con la agregación de abrígales y hoquetones, tocaduras de cuernos, velos de sombrilla é in- mensos collares de abalorios (1). Para demostración, y concluimos, de tamañas exageraciones en los países colindantes, señalaremos como típicos y genuinosen Francia, dos manuscritos de Tristón é Iseo, núms. 6775 y 7174, de la Biblioteca Na- cional; el riquísimo de las Máximas reales, por Salmón; un famoso bajo- relieve del Val-des-Escoliers de París que representa sargentos de armas, escuderos, etc., y varias figurinas prolijamente detalladas que adornan una rica chimenea del año 1390 recogida en el museo de las Termas de París (sayos flojos, ceñidos; cuellos altos abotonados}- merloneados; vas- tas mangas redondas ó de punta hasta el suelo; bocamangas interiores de embudo, todo festoneado ó bordeado de pieles, y hombreras en dichas mangas; calzas justas; estivales abotonados; bandolera para la espada: capilla cerrada y bonete encima; peinado corrido en bucle á semejanza de diadema, collares de adorno, etc., etc.) De Inglaterra es sumamente especial entre otros M. SS. que enrique- cen la biblioteca Harleyana, uno del año 1399 (n.° 1319) relativo á la his- toria de la deposición de Ricardo II (hopalandas de cuello hasta las ore- jas, con su orla á manera de pequeña golilla; anchurosas mangas y boca- mangas; las ropas más autorizadas, rozagantes; otras hasta el tobillo, recortadas por abajo, no pasando de medio muslo las cotas rayadas de igual hechura, si bien menor, ó mediada y henchida la manga que usa- ban los mozalbetes. Ricardo ostenta al flanco derecho una gran bolsa ó faldón preciosamente bordado, y á la espalda un puñalete embutido en (I) Véase el espítale ile Eximéniz referente á eíle particular. — 230 — el cinto; calzado ya sin polaina, ya con larguísimas puntas, de aquellas que se asían con una cadenita debajo de la rodilla; peinado con cintillo, y frisado el pelo; barbas acicaladas, capirones de festón, caperuzas y tocas cerradas las mujeres, bonetes, casquetes, gorras de bolsa ó cerbo- jes, y gorro como una granadera sin alas; vistosos estofados ó rayas en todas las ropas, etc.) Otro M. S. del poema de Piers Ploughman (biblio- teca de la Trinidad de Cambridge) da singular idea del vestuario campe- sino (sayo largo, con capilla y capirote caído; sayuelo apresillado por toda su delantera, capuz cerrado, y encima de él un chapelete de ala medio vuelta, terminando en pomo; mangas y calzas justas, zapatos ó borceguíes). Respecto á Italia, además de un Terencio latino, M. S. del año 1398, encareceremos otro que se guarda en la Bibl. del Arsenal de París, n ú - mero 7091 (tratado de las Mujeres ilustres de Bocaccio). El traje mujeril aparece gracioso y sencillo, á la italiana (vestido escotado, manga justa, doble ceñidor, ribetes de adorno sobre el rodapié, cabello frisado y cres- pina); pero el masculino viene baciéndose tan estrafalario como en otros lugares (cotas hasta la rodilla, hendidas delante y á los costados desde media falda, poco cuello, cabezones y botonadura corrida, mangas mul- tiformes enteras, truncadas, embutidas, amplias y sueltas; calzas de pie, con galochas; cinturones en su lugar propio, ó sobre los muslos, soste- niendo exageradas bolsas y puñales; birretes, caperuza debajo del som- brero, capitón abultado de grande chía, orladuras de pieles, etc.) Dándonos idea del traje asiático en esta época, el Mar/asín Pittoresque A.. I, pág. 233) copia de un M. S. coetáneo al célebre guerrero Tamerlán jefe de la Mongòlia, terror de los rusos y de los turcos, que viste según la moda chinesca, sayo hasta las rodillas, de dobles mangas, y otras jus- tas debajo, faldas interiores, ceñidor sosteniendo puñal y alfanje, al pe- cho el escudo real, por calzado botinas, y en la cabeza bacinete cónico con orejeras; el bigote largo y la barba escasa. Concretamente á este personaje, la misma publicación (t. II, pág. 39) describe la pompa de una gran dieta que convocó en Samarkanda el año 1402, cuando derrotados los turcos, quiso tratar de la conquista de China y celebrar los desposorios de un nieto suyo. Duraron los regocijos dos meses, y sus maravillas comparables sólo á las de las Mil y una no- ehes, servirán para dar idea de la superioridad de las tiestas orientales, asi en aquel tiempo como en otros anteriores y posteriores, Un arquitec- to sirio construyó en medio de los jardines un palacio ad hoc de már- mol, decorado por dentro con mosaicos, y por fuera con porcelanas. Vis- tosos juegos de agua llenaban de delicia aquel lugar, donde se dio un banquete y se prodigó cuanto puede halagar el gusto, concurriendo prin- — 2:51 — cipes, reinas, dignatarios y embajadores, inclusos unos españoles. Los jardines de Kanigul abundaban en tiendas de brocado de oro con cuer- das de seda, tapicerías riquísimas, cortinajes de terciopelo y pavimentos de ébano y marfil. La familia imperial tenía reservadas 200, mucho más ricas, sostenida cada una por dos columnas de plata. Al pueblo se le franquearon mesas cubiertas de manjares, por toda la extensión de¡ campo, basta perderse de vista. En la mesa principal servíanse kumis, hidrominel, vinos y licores espiritosos en copas de oro, y para el servi- cio de las cocinas hubieron de talarse bosques enteros. Alrededor de los jardines celebrábase una feria permanente de alhajas, preseas y otros objetos y artefactos de gran valor. Cien teatros, colgados de tapicerías persas, daban públicos conciertos y representaciones. Los juglares indios danzaban sobre cue rdas tan elevadas, que casi se perdían de vista. Hubo una mascarada en la cual hombres y mujeres andaban disfrazados, unos de lleras y animales extraños, otros de hadas y seres angélicos. Los no- vios después de la boda, se mudaron hasta nueve trajes cargados de pe- drería, que regalaban después á las personas de su séquito, y durante la noche innumerables antorchas y lámparas sobrepujaron á la luz del día. IV 11 ora es ya de llegar á los documentos escritos y literarios. La abundancia de materiales en esta sección, nos obliga á invertir el orden hasta aquí seguido, para condensar, en cuanto sea dable, las noti- cias de infinitas procedencias, que reunidas y sistematizadas por decenios desde este siglo, forman un apéndice de inventarios. Tocante á la primera época del traje del 1300 en Aragón y Cataluña, descuella un peregrino arancel sobre costuras de los sastres de Perpiñán (año 1304), sacado del Archivo municipal de aquella ciudad, catalana a l a sazón, y publicado en una moderna revista. Siguen varios pregones sun- tuarios inéditos del Concejo de Barcelona, desde 1300 á 1348, notas de un proceso valenciano de 1305, y extractos de manuales originales desde 1311 á 1330. De ellos aparece que los vestidos, si conservaron su precedente he- chura, retuvieron asimismo su división y denominaciones. Hallamos camisas de lino y terlizas, ricas, guarnecidas en sus cabezo- — 232 — nesy puñales ó puños, de oro, plata, perlas, etc.; calzas de hombre y de mujer, aquellas lisas (planes, de un solo color) ó dobladas (?) (colgades) con y sin atorros; bragueros y bragas, pellizas, peltizones, mandiles ó delantales, mangas grandes de cuero, que serían añadidizas para lim- pieza. Hay gomias planas, de cuatro haldas (faudes) ó puntas; francesas con pasador (passant) y 16 botones en cada manga; sencillas, adornadas de ribetes (?) (soéslinis) y botones; castellanas provistas de gran doblez (re- blec), cuerda y cuatro haldas; margas (marganiaduras?) para gonela, francesas, con seis botones cada una, su pasador y cendal, y otras con 12 botones sin pasador ni cendal. Guardacuerpos de varías clases: simples de mujer, que se adornaban ó node piel y paradura; de vestir (vestent) susceptibles de igual adorno de pieles; guardacuerpo-cota mujeril, que llevaba nesgas (gayes), paradura, botones y pieles, ó sin éstas. El cote, común á ambos sexos, perfílase de pieles en cabezón y braza- leras, y siendo de mujer, se corre en el pecho con una ó dos líneas de botones. El llamado flamenco, carece de pieles, pero las tiene el de medio- corte, y el punteado de hombre ó de mujer, lleva paradura y pieles. La cota ya es francesa, con chiote (xiot, pequeña chía, manga pen- diente), cendal y piel, ó sin ésta; ya lombarda, al sesgo (biaix), también con ó sin piel; ya suriana, de cabezones fruncidos á los lados, ó llana al sesgo, punteada con piel ó sin ella. Haylas listadas de paño verde y peña de conejos; de malinas, y cendal verde, con granadillas y botones de pla- ta; otras con perlas y botones sobredorados ó de coral, etc. Cotardia lisa, lleva botones y chiote, con ó sin piel. lirial (bliau). liso y abotonado; sencillo de mujer, con ribetes y boto- nes; listado de seda y doblado (colgat) ó no. Garnacha con piel ó cendal y paradura, siendo de mujer. Pelote (pelot), con igual adorno de pieles. (iramalla (gramasia) no listada, ó listada y punteada, llevando chiote y pieles, ó sin pieles y caperuza. (Iramalla y sobrecota de malinas y peñas blancas de conejo. Cloclta ¡llotxa) sencilla, de mujer: lleva tirapechos sin piel, ó tirape- chos de piel y paradura; otras lisas, de paradura y pieles. Capa lisa sin piel; listada, de mujer, adornada de piel ó cendal y aligo- tes ¡aligots, bordados sobrepuestos, figurando pájaros). De judío, lisa, listada y cerrada, como distintivo de ellos en Barcelona, y también de chamelote ó de sicseri. lUantelllano con piel ó cendal; redondo, fruncido (?) (ralht) para hom- bre ó mujer, paradura y cendal ó piel; redondo para mujer, de paño lis- — 233 — tado, punteado, con paradura y piel ó cendal. En Barcelona se usa ador- nado de perfil y tájeles con cadenas, ó atlibales de plata sobredorada. Balandrán redondo, llamado fondo de cuba (fons de tina) sin piel. Úsanse además en la capital, aljabas, sayos, casideles, tabardos, capas navarras y capotes de rejo y damasco. Todas estas ropas cuando convenía, se ribeteaban y galoneaban (vetar, listar e fresar, ab fres dáur ó dargent, etc.). Para cubrirse usan los hombres capirones (caperonus, capero) lisos y listados, amarillos entre judíos; Cofias (capellus, capell) de lino, etc.; Sombreros de sol y de fieltro, con su cordón de seda; y el cerboj (sárbox) ya conocido en el siglo anterior. Las mujeres usan peinado alto ó bajo (ligar alt ó pla), realzado de per- las y pedrería; Coronas y coronillas (garlandas) de oro ó plata sobredorada, adornadas igualmente de piedras y perlas; Velos de tul, labrados de seda, 6 de seda con orlas de oro y labores de hojas de olivo (olivariis); Sábanas (sávenas) ó velos grandes de seda, también enriquecidos con aljófar y pedrería; Toallas (tovayoles) bordadas de seda; Tocadores (lavacaps), y cordones, trenzados de seda de colores. Por calzado, zapatos (soslars, sótulas, sotulares) de cuero y de cor- dobán: Homs ó botas Hojas (osts, oses, osellos strictos) estivales, zuecos (esclops, calopedia). Los cinturones unas veces son simples correas, con cuchillo colgante, además su tintero los escribanos; otras, ceñidores grandes de plata, ó eni- platonados de ella y esmaltados, ó bien cintas con su bolsa de seda la- brada de plata, ó una escarcelilla (marsupium). Joyeles, sortijas, botones de coral, guantes, etc. De éstos vemos indi- cados unos de cabritilla, provistos de cuerdas gruesas, medianas y delga- das, con que se sujetaban á la muñeca. El presbítero D. Juan Segura y Valls en una reciente historia de la villa de Santa Coloma de Queralt, aduce varios documentos del primer tercio del siglo, que acreditan la identidad de trajes en nuestras poblacio- nes subalternas: camisas, bragas, túnicam lividam franciscam, supertu- nicale rubeum, alium meitadatum, gramasia blava, capa vermilia lista- ta, idem judea, cingulum, caligas et sotulares, para hombres y mujeres; cotes (cotuní) de variados géneros y colores, con botonadura; cotas de — 234 — persete, de sarga, de fustán; guardacuerpos, salvacuerpos (salvacors) ro- jos, azules y de otros colores; una capa verde tornasolada (catabriata), otras de paño con pieles (pena); túnica cura duobus paris de mànigues, sobrecap de lienzo, sávena tortiza, etc. El Concejo de Barcelona en 1307, reiteró la prohibición de paños de oro y seda con adornos preciosos en ellos, y de géneros cuyo ancho ex- cediere de seis palmos y de valor treinta sueldos la cana, exceptuados chamelotes. Las reiteraciones sucesivas de esta ordenanza prueban que no se cumplía. El mismo Concejo en 1312 prescribió á los judíos por dis- tintivo, capa según costumbre, ó bien en la ropa de encima, sobre el pe- cho y junto al cabezón (caber) una rueda grande como la palma de la mano, de paño (drap) rojo ó amarillo. Más adelante en 1330, el rey de Aragón, moderando las prohibiciones concejiles, autorizó á toda mujer casada ó soltera para llevar cola de más de dos palmos (ultra duos palmos recto longitudinis) en sus clámides, sobretúnicas, capas ú otro indumento por el estilo. Muntaner, describiendo la coronación de 1). Alfonso III en Zaragoza, el día 3 de abril de 1328, nos da una clara idea del lujo coetáneo. Desde la víspera fué ordenado que todas las gentes se afeitasen (adobarse les barbes). A la ceremonia concurrían los embajadores de Valencia, entre ellos el autor, bien encabalgados, llevando vestiduras regias y pendones reales, precedidos de trompeteros, tabaleros, añafil y dulzaina. Por la no- che iban acompañados de sendos blandones de á catorce libras, divisados con las armas reales. Hubo más de 300 parejas de trompetas y otros ins- trumentos, atabales, llautas, címbalos (sembes, voz que el Sr. Bofarull ha traducido ridiculamente porzambomba). Vestían los caballeros asistentes, paños de oro y persete rojo, manteles con peñas veras ó armiños, cotas, gonelas y gramallas del dicho persete, correspondiendo á esta riqueza los frenos y ensillamientos de sus cabalgaduras. Concurrieron juglares, caballeros salvajes (corredores), bornadores que tiraban astiles á tabla- do, otros que jugaban á jineta, y en un campo bardado se mataron toros, regalo de cada parroquia, con acompañamiento de trompas y monteros vestidos de real, haciendo grande algazara. Por las calles trabábanse ba- tallas de naranjas, y danzaban las mujeres y doncellas. El rey á caballo traía en sus arreos por valor de 150,000 libras barcelonesas: iba precedi- do de dos carretas, cada una con un cirial de á dos quintales. En el ban- quete hubo más de seis servicios, y cada vez el infante D. Pedro hacía salva de las viandas, y daba á juglares libreas de sus vestidos (mantel y cota de paño de oro, adornados con piel de armiño y muchas perlas). Du- rante la comida cantáronse serventesios compuestos por el mismo infante, Romaset, Comí y el juglar Novellet. — 23") — El Boletín de la Luliana de Mallorca, publicó un inventario de los bie- nes y efectos dejados por Sancho García de Lisuán, caballero aragonés, que murió en la expedición contra Cerdeña por D. Pedro IV. Hay en él cotas, gramallas y gonelas de mezcla, de escarlata, de dos colores (mey- tats), persete colorado, paños diferentes, con forros de cendal encarnado; ya de sanguínea, ya de escaques y de muestras y tintas varias, la grama- Ha con su capirón: cotas y mantos con forros de pieles y tájeles; una cota con 44 botones de plata; un mantel salteado de perlas; zamarra de pieles blancas; farsete cubierto de tafetán verde; sobrevestas (sobrese- nyals) divisadas con sus blasones; mangas y alchiremes; una mantilla verde aforrada en cendal listado; cinturones de plata con sus parches de colores distintos, y de 30 á 40 platones; un cinto (persent) para moneda; espadas con ricas guarniciones; una cuchilla zaragozana, con vaina guar- necida de plata, mazas, camisolas de armas, capellinas, adargas, cota de malla (saquería) para caballo, sobreseñales de ídem, etc. En el período de 1330 á 1360 ocurren además de la Crónica de Munta- ner, las célebres Leyes Palatinas y otras ordenanzas suntuarias de don Pedro IV. algunas del Concejo Municipal de Barcelona, y muchos docu- mentos particulares. Las Leyes Palatinas merecen algunos párrafos, no tanto en el concepto indumentario, como por ser vivo trosunto del alambicado ceremonial y etiqueta de aquellos tiempos. Aunque dieron fama al Ceremonioso, no son obra suya sino del rey de Mallorca D. Jaime II el Desdichado, sobre cuyo original se calcaron, como lo demuéstrala comparación de ambos textos. Encárgase el gobierno de la Beal casa á cuatro principales funcionarios, Mayordomo, Camarlengo, Canciller y Maestre racional, que respectiva- mente tienen confiada la administración del Palacio, de la Cámara, del Consejo y de la contabilidad y ceremonias. Al mayordomo estaban some- tidos los oficiales siguientes: coperos, botilleros mayores y comunes y su aguador, panaderos mayores y comunes, amasador, escuderos trinchan- tes, sobrecocineros y cocineros subalternos, plateros de la cocina, repos- teros (moseu e manucier), aguador de la cocina, escuderos portantes del plato real (tayladon, comprador, caballerizos, mariscal, escuderos, hal- coneros mayor y menores, cazadores, guardacanes, acemileros con su jefe y subjefe, y los juglares. Del Camarlengo dependían escuderos y ayu- das de cámara, barbero, médicos y cirujanos, escribanos, secretarios, ar- mero real, guardatiendas, sastre y sus coadjutores, costurera y su ayu- danta, reposteros mayores y comunes, barrendero y lavador de la plata, ujieres de armas, portero-macero, porteros externos, aposentador, algua- ciles y sus corchetes. El Canciller se asistía del vicecanciller, y goberna- ba al protonotario, guardasellos, á los escribanos de mandamiento y sus — 236 — ayudantes, portero de vara de la cnancillería, calentador de cera para los sellos, y selladores de la escribanía, procuradores (promovedors), direc- tores de conciencia, oidores con sus escribanos, porteros y subporteros, confesor, abad de SS. Creus, monjes y escolan de la capilla, limosneros, con su monacillo y mandadero, y correos. El Maestre racional dirigía á su teniente y escribanos, al tesorero y al escribano de ración, con igua- les dependientes; dirigía además los convites, las viandas, la distribu- ción de raciones; cuidaba de los arreos de cabalgar, de los vestidos y adornos, oblatas, tratamiento, servicio de frutas en la mesa, alumbrado, funerarias y servicio de argentería. Extiéndese la ordenanza á los Conse- jeros reales, al orden y propuestas del Consejo, funciones y salario de comisarios, redacción y dirección de cartas, manera de sellar con cera ó sello de plomo, arancel de documentos y despachos, colación de bene- licios, y ordenación de la capilla en diversas tiestas del año, octavas y vi- gilias, domingos, viernes, sábados y témporas. Concluye ocupándose de limosnas, mensajerías y alquiler de animales. Cada cosa se trata aparte con numerosos detalles y explicaciones: he aquí algunos de los que mejor cuadran á nuestro propósito. En el párrafo de vestidos y adornos, encareciendo la necesidad de que el rey se pre- sente con decoro para ejemplo de otros, aunque sin nimia redundancia mándase confeccionar vestidos en las doce fiestas siguientes: Navidad, Epifanía, Purificación, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés, Corpus, San Juan, Asunción y Natividad de Nuestra Señora, Todos los Santos y San Andrés, debiendo ser tales vestiduras cumplidas, forradas de veros en invierno y de cendal en verano; además, en las cuatro pas- cuas se harán mantos (mantells) conforme suelen llevarlos los reyes en solemnes cabalgadas, y cuatro veces al año vestidos para montar y som- breros de sol, éstos bien engalanados de labores y perlas (belles obres e margarites). El traje de Viernes Santo será obscuro, adecuado á la solem- nidad, y al día siguiente se dará á un pobre. Renovaráse cada seis años por Navidad el aderezo de la cama, con paños de oro, velludo ú otros ricos de seda, su cobertor, cinco almohadas, las dos grandes y tres pe- queñas para dormir ó recostarse, y alfombras de lana que hagan juego con la cama en sus colores y adornos. También cada cuatro años por Pentecostés, será renovado el trono, cubriéndolo con cendales de la real divisa (listados de oro y amarillo), y dispuestos otros dos menores de cendal, diferentes en color, para cuando el rey salga afuera; cada trono ó lecho con tres cojines de sus colores y seis alfombras análogas. Dentro iguales plazos, por Nuestra Señora de Agosto, se labrarán cuatro cojines, dos grandes y dos menores, cuadrados, de velludo ó seda, tres cortinas de cendal, una colgadura de seda para el oratorio, y dos paños de lan a — i:r¡ — para cubrir los bancos y el suelo, divisados con el escudo real, el anti- guo de Aragón y el de San Jorge. Prevendránse otras colgaduras histo- riadas á fin de suspenderlas tras la real persona en la mesa, ó en aquellos sitios donde no hubiere trono aparejado, alguna más rica que las otras, para mayor realce en fiestas solemnes. El asiento real se cubrirá con bancales de lana de colores y cojines largos de velludo divisados de ama- rillo y rojo. Habrá también reclinatorios (resostenidors) con sus bancales y cojines largos y cuadrados, de paño de oro, para cuando al rey le ocu- rra dar audiencia ó hablar en público. El abrigo de su cama constará de cobertores de paño de oro ó velludo y peña de armiños, ó bien de lana forrados con veros, sin contar las vánoas y sábanas. Para cabalgar se previenen cuatro sillas de palafrén, dos cubiertas de cueros y velludos de oro y seda, y dos de simples badanas aparejadas cada cual con sus cabezadas, que serán dos de la divisa real, una de la de S. Jorge y otra de la antigua de Aragón. Prevendránse igualmente seis sillas de armas por lo menos, de las referidas divisas, y cuatro man- tillas que las cubran, divisadas asimismo. De los cinco colores rituales y de paño de seda y oro, ó labrados con ello, con historias y galonaduras (fres) también de oro, habrá para el servicio de la capilla ternos completos (complida cappella), esto es, palio y trasaltar, vestimentas de celebrante, diácono y subdiácono, tres capas, manga de facistol, toallas, cojines, frontales y demás necesario cumpli- damente. Las alhajas de la capilla serán dos retablos de plata con imá- genes, y la de Nuestra Señora en el centro, un trasaltar, un palio de pa- ño de oro historiado, tres cruces de oro, plata ó cristal, labradas y real- zadas de pedrería, relicarios, uno sirviendo de custodia para el SS. Sa- cramento, de cristal y plata sobredorada, otros cristalinos en forma de cañutos para reserva de las SS. Espinas, y uno más ancho de lo mismo, donde se custodiará la camisa de Nuestro Señor (1), todos con sus res- pectivos pies de copa: además un cáliz de oro y otro de plata sobredora- da, y sus vinajeras, seis candeleros de plata, seis bordones de id. para los capiscoles, incensarios con sus navetas, tres testeras (tests) labradas de mosaico (música), orladas de plata y esmaltes, y una calderilla (vaxell) de plata con hisopo, para bendiciones. Por si concurrieren obispos, se tendrán en reserva mitra, báculo, anillo, guantes ó mitones (mitanes) y sandalias. En el capitulo de la iluminación, se ordena que por la noche junto á la real mesa haya cuatro blandones ó antorchas (tortes), una antorchilla (tortiç) de onza y media en el testero de dicha mesa, y otra entre el rey (I) Reliquia ajue se conservó mucho tiempo ea lo Reíd CapIHa. 238 - y el comensal más cercano debajo de él, añadiéndose entre cada pareja de los demás, sendas velas de una onza. Las mesas de caballeros se alum- brarán con un cirio de á onza entre cuatro, y las inferiores con dos ve- las de sebo (candeles) también entre cuatro. Si el rey comiere en otro lugar, irán siempre con él los cuatro blandones, ó dos si permaneciere en su estancia; y saliendo de casa á pie ó á caballo, le antecederán diez blandoneros. Al acostarse, arderán en su dormitorio un estadal á hechu- ra de vela, y dos cirios de dos onzas cada uno, largos de dos palmos, que- dando además prevenidas doce velas para el servicio de las cámaras. Dichos blandones deben pesar siete libras de Valencia, y las velas una libra entre cincuenta.—El día de la Purificación, durante la misa, se dará á su S. A. un cirio del peso de una libra, y lo mismo á las otras per- sonas reales y prelados que asistieren, disminuyendo el peso entre los demás oyentes según su categoría, hasta una onza, tasada para los es- cuderos.—Las comidas ordinarias debían constar de dos servicios, con algún intermedio, y la cena de uno ó dos, según los casos. Dábanse con- vites en todas las fiestas solemnes, entrando en ellos un servicio más. Comíanse gallinas en invierno, pollos en verano y otras carnes gruesas guisadas de dos suertes, cocido y asado; pero en las mesas de segundo orden, sólo entraban gallina y pollo tres veces por semana, los domingos, martes y jueves. El plato del rey debía traerse cubierto por los servido- res encargados de este oficio, que al objeto tenían una servilleta echada al cuello. Como la abundancia de manjares debe relacionarse con la ca- tegoría de las personas, en el tajador real poníase ración como para ocho, en el de caballeros y prelados para seis, y en el de los restantes convida- dos para cuatro, á razón de un tajador por pareja: sin embargo, en los grandes banquetes estas raciones subían á proporción. Las de viaje re- gulábanse á tres onzas de pan cocido por cabeza, tres almudes de cebada por caballería, tres ferradas de corte de vino para seis individuos, un carnero para dieciocho, y los otros comestibles, como vaca, cerdos, to- cino, gallinas, cabritos, pescado, etc. á juicio del escribano de ración. Sacábanse al principio de la comida frutas de dos clases, y de una en la cena, frescas en verano y secas ó las más adecuadas en el resto del año. Para postres dábase nueva fruta en la mesa real, caso de no servirse bar- quillos con vino pimiento, y en las cenas de convite había asimismo postres de una ó más frutas, ó queso en su lugar. A los simples caballe- ros servíanles en escudillas y plateles de plata y tazas sin dorar; á los nobles y prelados en tajadores y tazas doradas de mayor tamaño, y á és- tos, no menos que á los clérigos, prebendados, doctorales, etc., dábaseles aguamanos concluida la comida, en bacía y pichel de plata. Formando parte de la servidumbre palaciega, cuatro juglares, dos de — á.39 — ellos trompadores, un tamborilero y un trompeta, ejercían su oficio al principio y al fin de la comida, á no ser que el rey mandase llamar á otros para mayor solaz. En la cuaresma y en los viernes no tañían, salvo caso de alguna fiesta extraordinaria. Debían asimismo ser hábiles en cualquier instrumento de guerra. No hay necesidad de que sigamos el análisis: baste decir que todos los oficios vienen detallados en esas ordenanzas con la propia minuciosi- dad. Si bien el códice original se ha perdido, los Bollandos en su gran- dioso Santoral, tuvieron la feliz idea de reproducir grabadas las preciosas viñetas que lo adornaban, representando dichos empleos y oficios. Aun- que pobres de ejecución, las hemos copiado por ser un especial reperto- rio y nuevo comprobante del traje característico de su segunda fase en este siglo. Como nueva demostración de la pompa regia, trasladamos una nota de los objetos que D. Pedro de Aragón encargó para sus bodas en el año 1337 (arch. de la C ) , á saber: una rica corona de perlas y pedrería, sin mucho oro; otra id. más lijera; una coronilla (garlanda); anillos de esmeraldas, rubíes y diamantes, margaritas y perlas gruesas; confituras y especias; halcones, gerifaltes, torzuelos y azores; además estas armadu- ras: unas espalderas recias de seda, para armarse con loriga, y otras del- gadas de lienzo para coraza de suelas (soles), un jubete de lienzo para de- bajo déla cotardia, una buena coraza, una bella loriga de malla milanesa (deMilana), con escarcelas (laudes); mangas, mosequíes, golorones, cal- zas, zapatos de dicha malla de acero, barbudas de id. y corbellera (cer- velera), gambales ó cameras, quijotes ó cujeras, yelmos bajos (capéis ju- bats) semejantes á las espalderas, y brocales (broncals, broqueles) de cue- ro enverados (vayresents). De las mutaciones que sin alteración de esencia fué recibiendo el tra- je, nos darán razón algunos otros bandos ó pregones dictados por el mu- cipio barcelonés. En 1345 se dispuso que nadie llevara en atlibales ni en ropas, perlas, oro, plata ó armiño, salvo botones lisos de plata sobredo- rada en cabezones y mangas: que ningún hombre, mujer ó novia cabal- gase por la ciudad ni por sus términos, llevando en la silla ó arreosdesu montura, filigranas de oro ó plata, perlas, argentería, piedras preciosas, dobletes (especie de botones de coral) ó de otra clase, ni tampoco broca- dos, y sí solamente paños de seda en los arzones y mezcla de oro y plata en los adornos dorados ó plateados. Prohíbese listar ó ribetear artificial- mente (vetar per força) y entremezclar (barrejar) ninguna clase de vesti- dos, ó sobreponerles figuras de pájaros ú otras semejantes, como no fue- ren tejidas. Las mujeres no puedan llevar en mantel, capa, cote, gonela. brial ú otra ropa, dentro ó fuera de casa, perlas, oro, plata, armiño ni freses de lo mismo ó de perlas, ni paños de oro ó seda: se les permite — 2iO — sin embargo usar en dos mantos, tájeles con cadenas y delanteras de plata del peso de tres marcos, sin aljófar ni pedrería, ó bien delantera y cordón de seda sin perlas ni hojas de oro ó plata. Consiéntense asimismo briales entretejidos (tests) de seda y oro, mientras no haya guarniciones de ello. Puedan echar en mangas de gonelas ó briales, botones de plata lisos ó sobredorados, y gastar vestidos de chamelote de lana. Prohíbense cotes ó cotas de paño listado, pintado ó escaqueado (descacarat), como también manteles, capas ó abrigos (abrigalls) que excedan en longitud lo que va desde la cima de la cabeza al suelo, y los cotes que arrastren más de cua- tro palmos de cana. Queda prohibido á toda clase de personas llevar en mantel, capa, etc., forros que no sean cendal ó tafetán lisos (plans), en- tretejidos de oro y plata, y peñas veras ú otras lisas, sin juntar ó mez- clar con ellas cendales ni paños de oro ó seda, vedándose absoluta- mente las peñas de pluma de ave ó de armiño. Son permitidos, sin em- bargo, los ribeteados, trenzados, cordones y presillas de .seda para bro- ches. En los lutos sólo se consiente traje negro por el señor ó su esposa, por padres, abuelos, hijos, hermanos, el heredero por el testador, la mu- jer por su marido y éste por aquélla si quisieren; el día del entierro y durante su octava, podrán los hombres echarse gramalla y capirón de luto azules ú obscuros, y las mujeres capa morada ó de otro color: las ca- sadas únicamente el día del funeral podrán subirse el mantel á la cabeza. Prohibidos en tocados y velos (sávenes) femeniles, perlas, pedrería, oro, plata ú hojas de lo mismo (fulletería), siendo lícitos hilo de oro ó plata cosido llanamente, ó tejido en sábanas, velos y cofias (capells), ó bien re- decillas (gandayes) de cañutillo de hoja de plata sobredorada. Á las muje- res públicas se les consientan toda clase de vestidos y aderezos.—Bodas. Ningún novio ni pariente suyo de ambas partes podrá hacer dádivas de cantidades ó regalos de joyas; únicamente el novio podrá dar á su despo- sada, bolsa de aO sueldos á lo más, cinta de plata de peso once onzas, dos sortijas de á 60 sueldos y guantes. El día de tomar los dichos (aíferma- yes) y celebrarse la boda, prohibición de adornar la casa con colgaduras de oro, seda ó pintadas, salvo un dosel de brocado en la estancia de la novia, y colgaduras de otros paños, sin que los trompetas y músicos del acompañamiento pudiesen unirá sus instrumentos pendoncillos divisa- dos. Para el banquete de boda se limita la concurrencia á 20 individuos por cada parte, el día primero, y á 10 el segundo, sin servirse más que dos viandas, ni presentar más de dos pavones; excluso todo regalo de los no- vios á sus padres, y de los parientes entre si, en vajilla, copas, tazas y hanapas de plata; prohibición extensiva á los familiares del desposado, desde un mes antes hasta un mes después de la boda. Posteriormente se dispuso que la novia no pudiese rondar á caballo por la ciudad.—Bauti- — 241 — zos. Prohibidos en ellos regalos de cantidades y joyas por los padrinos, salvo á niños de familia pobre, y también á la comadrona.—Entierros. Para el banquete funerario se toleran 20 personas entre hombres y muje- res, y un sólo servicio de carne (de carnero). En las misas bastará una presidencia de 20 prohombres. Reiterado este bando el año i 350, con algunas variantes: el regalo de no- vio, ascendido desde 20 sueldos hasta 25 ljbras en metálico, y dos sorti- jas de á bO sueldos abajo: nada de plata en vajilla, antes ni después del enlace: prohibido á la novia la entrega de bolsa, tocador (lavacaps) ú otra joya, y vestir gonela ó brial además de cote, el día del casamiento. Privación á señoras de apuntarse, ó prenderse con alfileres (agullós) ó puntos, el velo encima de cote, mantel, capa, etc.; id. de escotados que excediesen de las clavículas (agulla del muscle), y por detrás á igual me- dida: id. usar en casa ó fuera de ella mantilla ó zamarra, de chamelote con peñas de veros, armiños y plumón de aves, ú orla y arrequives de oro, plata, perlas, etc., permitiéndose sólo de paño liso (drap de lana) de á 40 sueldos; entendido lo mismo de redondel, capa de cabalgar y capirón. En el mantel, prohibidas delanteras de oro ó plata, salvo de seda, con cabos (caps) ó puntas de dichos metales. Vedóse de nuevo á los varones el gasto de perlas veras ó falsas, oro plata y armiños en vestiduras y aflibales, salvo botones de plata lisos ó dorados, en cabezones y man- gas; quedando exceptuados de prohibición los bornadores y danzantes, en el acto de bornar ó danzar: para forros de capas y manteles, condé- nanse los velludos. Ordenóse á los padres y señores no consintieran á sus hijos y subordinados, gorro (capell), capirón, cofia (capsó), gandalla, co- te ó cota, mantellina ni otra prenda, galoneados ó labrados de oro, plata y perlas, exclusas las niñas de cinco años arriba; sin permitirse á man- cebos cordón de oro, plata, perlas ni seda. Al ceremonial de bateos, bodas y entierros, puede agregarse en pre- sencia de otros bandos, que ya desde 1324 se vedó á los padrinos hacer regalos en numerario, y á las comadres dar más de capillo (capida) y vela, según costumbre. También entre desposados se inhibió toda clase de regalo de joyas; y en los entierros ,que salieran de cásalas viudas, hi- jas, esclavas, endecheras y otras, que acostumbraban á seguir el féretro llorando y gritando. Estas disposiciones, de ordinario mal aconsejadas, tomadas ab irato, modificadas por las circunstancias, dominadas por la costumbre, varia- ban á cada momento. El año 1332 se prohibió hacer limosnas ostensibles á las puertas, por razón de la grande aglomeración de pobres, y seis años después fué igualmente prohibido cubrir el ataúd con más de un paño de brocado, y alumbrarlo con más de cuatro ciriales dea ocho libras, siendo — 242 — el difunto adulto, ó de dos siendo párvulo. Los acompañantes de éste no podían vestir luto, ó sea gramalla los hombres y capa las mujeres; tampo- co se podía vestir luto por parientes religiosos: las visitas de duelo redu- jéronse á los tres primeros días, y en 1357 se quiso que á las de novios sólo concurrieran tres personas de cada sexo, ó el novio con dos escude- ros, como también al banquete de boda sólo seis comensales por parte, no sirviéndose pavos reales, capones ni gallinas, perdices, volatería y con- fites, reduciendo la comida á dos viandas. Desde 136o púdose aderezar la cámara nupcial coa tres paños de oro y seda, y dos alfombras, y sacar á las ventanas colgaduras encarnadas según era acostumbrado: á las visitas podían asistir seis hombres y seis mujeres, cada cual con su escudero, y á la comida del primer día, 2o parejas de cada familia, y diez respectiva- mente dentro de la octava, tasándose, sin embargo, las viandas en la con- formidad susodicha. El año 1337, con ocasión de la entrada de la reina D.a María y fiesta de la traslación de Sta. Eulalia, se compraron para D.a Elisen Sacort, nodriza de la infanta D.a Violaute, y para la condesa de Empurias, va- rias piezas de cendales y brocados, chamelotes, filigranas, tafetanes azu- les, cendales colorados, perlas con una esmeralda (marade), velos y sede- rías; para el infante D. Jaime, conde de Urgel, un tafetán verde, hojaé hi- lo de oro, un velludo, perlas y un zafir; paños de Duay y mezclados; una marroma ó brocado de oro para el palio con que entró la señora Reina el 14 de las calendas de abril de 1338; una gramalla de seda de importe 40 suel- dos, para Ramón Ferrer, escribano del Consejo de la ciudad; tres paños de oro y 38 canas cendal rojo y amarillo, para la sepultura del Sr. Rey D. Alfonso; 6 tazas de plata sobredoradas y esmaltadas, de peso 10 mar- cos 4 '/, onzas, á razón de cinco libras cinco sueldos el marco, 2 bacías llanas lavamanos, de peso 9 marcos 4 7, onzas, 2 picheles de 6 marcos 4 onzas peso, y una copa clorada de 4 marcos 5 onzas; vajilla regalada á la Reina por la ciudad de Rarcelona; una bella copa de 8 marcos 4 onzas presentada á la condesa, esposa del señor infante D. Ramón Berenguer; cuatro grandes cirios de 2 quintales cada uno, y 30 cirios de 6 libras, incluso el trabajo de pintarlos y llevarlos en la traslación de Sta. Eula- lia; 8 goneles y capirones de paño colorado, traje de los hombres que llevaron dichos grandes ciriales; 2 paños marromaques con que se cubrió la urna de la Santa; otro brocado de oro para palio de la Reina; confites servidos al cardenal que asistió á dicha ceremonia, y gasto de barrer y enjuncar las calles, y entoldar el osario de la iglesia de Sta. María (Re- gistros de bandos y ordenaciones del Archivo Municipal). Valencia por la fecha de 1382, hizo prohibición absoluta de paños de oro y plata (salvo acetoni) (aceituní de Romania), de perlas, pedrería — 243 — pasamanos, bordados ú otra guarnición de oro ó plata en vestidos y cal- zas, permitiendo únicamente pasamanos y trenzados de seda. Esta prohi- bición se reiteró en 1410, y años después subsistía aun con mucho rigor (Sempere). La crónica de Muntaner ofrece algún otro pormenor curioso. En ella se refiere la heroica hazaña de una mujer de Perelada, la cual vistiendo gonela de hombre, acometió á un caballero francés que venía en su ca- ballo armado, y lleno el pretal de campanillas, habiéndole asestado tal golpe en la falda que le pasó el muslo hasta la silla. El jinete estaba afe- rrado á la misma con cadenas, é iba armado con un bordón, etc.—Cuan- do D. Pedro salió de incógnito para mantener en Burdeos el desafío que había dirigido al rey de Francia, en compañía dedos solos confidentes, Domingo de la Figuera y Benito de Peratallada, montó á caballo, puesta en el arzón lagramalla de dicho Domingo, para fingirse escudero suyo, con una azcona montera en la mano, bien pertrechado de buena coraza (espatlleres) y camisote (camisol), cubriéndolo todo con unajjuiza (casol) de lino verde, y encima una gramalla muy ajada, y un capirón sobre el casco (cervellera), con cofia de lino (capell) debajo de éste. Peratallada arreado por el estilo, llevaba la valija (troca), esto es, una maleta (boneta) de poco peso, y también empuñaba su azcona. El otro caballero iba co> mo señor principal, muy aderezado, con huesas (hoses), sombrero de sol y guantes. Un párrafo de la misma crónica que detalla ciertas ropas y efectos traídos por el autor de su expedición, ha dado lugar á singulares confu- siones. «E com fuy devallat de la galea, dice, yo fyu trer dos bales de tapits en terra, qui eren de Tripol, e anibles, e hardiens, e almaxies e algrinals, e mactans, ejucies éd'altres joyes.» Bofarull, inseguro en su interpretación, supone ser el anible una sotana abierta con mangas, lla- mada combas, no sabemos en que idioma; el ardiens, prenda honesta del traje; la almejía un peal de cuero ó almaxia; el alquinal, chinela para cubrir el almachín; mactan, pedazo de tela ó ropa; las jucies, almillas manicadas que las mujeres (¿griegas?) llevaban sobre el vestido. Con más criterio y conocimiento filológico, para el conde de Clonard, el ani- ble ó nibe era flecha ó carcax, y lo mismo ardien, de ardia, vestido ó cu- bierta exterior; el mactán corrupción de mohattanh forros ó pieles finas, y la jucie ójosei, toda cosa particular en su clase. De la almejía ya sabe- mos que no era peal sino vestido, y el algrinal lejos de corresponder á los pies atañía á la cabeza, siendo toca mujeril prohijada en Castilla con nombre de quinal (velo, según el diccionario déla Academia), derivado de alqueba en opinión de Marina, citado en la crónica del Cid y en la gene- ral: «si verná vestida de almejía ó de algrinales brancos en la cabeza, et- — 244 — cétera.» «Si verná vestida de almejías ó de alquivalba brancos en la cabeza.» De seda blanca orillada de otros colores, hémosla visto con nombre de alquina en documento del 1300. Para confirmación y complemento de las noticias que anteceden, en los inventarios originales á que hemos recurrido, encontramos femorales y bragueros con braga, la que se afirmaba á veces con hebilla de plata; •trozeras (trosseres) y trebugeras (trebugueres) de seda blanca, compañe- ras acaso de la pieza de armas de su nombre, que defendía la canilla; camisas de cabezón hendido por delante y detrás, con botones en ambas hendeduras (fenaduras); tirapechos ó bridas del seno, especie de corsé exterior; pellizo (peyüç), no sabemos si degeneración ó modificación de la pelliza; gonela genovesa; id. fresada para mujer; gonelaza, en sentido de ropón ó bata; cotardia; aljuba á la morisca; el pellote castellano (pelot); saya de escarlata para hombre; ropas ó vestidos de oro y seda, de paño, lienzo, etc., de uno ó más colores, de id. partidos (meytadades), á jun- cales (juncals), de encerado cubierto de persete, para una ama de cría; garnachas y tabardos; manteles ó clámides rozagantes, otros redondos, otros d la catalana (mantell catalanesch, según Montaner); mantelete ó mantel corto; capa con capirón ordinaria, ó de luto, y de montar; sombre- ro para lluvia, de sol, catalán, etc.; chapeo (xipeu); capell batut (que pre- sumimos ser casco batido, á semejanza del capell jubat ó aplanado, pro- pio de caballería); guirnaldas, coronas, crespinas, frontaleras, cuerdas de tocarse, etc.; correas ó pretinas anchas de cuero, cabeadas de metal; cintos para espada, de plata sobredorada, ó de la misma platonada, sos- teniendo cinto ó puñal y bolsa; estivales, huesas (oses), zapatos ricos en- tretallados (trenchades y esflorades), galochas (galopodias) de madera, chancletas indispensables en días de lluvia, etc. Otras veces, hablando del traje catalán, hemos aludido á su carácter burgesil, justificado por numerosos documentos de todas épocas, al cual debía cierto aire de sencillez y mezquindad, comparativamente con el rumbo caballeresco de Castilla y de otros puntos. Ese carácter no se des- miente en los expléndidos siglos xiv y xv, y á él sin duda aluden las indicadas expresiones de manteles á la catalana, sombreros á la catalana. Con más precisión lo arguye un pasaje de Muratori citado por Capmany, demostrando á la vez el influjo que nuestro país ejerció sobre Italia. En el año 1340, los embajadores venecianos, enviados á Verona, «portavano cosa de novelli panni, streti á la catalana, íorrati di strigolane (stragu- los, por géneros rayados?) e di sine (seta?) disopra» «Comenzao la gente á íare li pizzi di li capuci longhi, é á portare panni streti, á la ca- talana.» El mismo rey Luis XI de Francia gastaba botas á la moda cata- lana, todo lo cual prueba la importancia que en aquel tiempo gozó nues — 245 — ira nación, á la vez temida, admirada y copiada por los extranjeros, hasta el raro y singular privilegio de dar leyes á la moda. Del traje castellano en la primera mitad de este siglo, formaremos juicio así por varios documentos y ordenanzas, como por las obras del Archipreste de Hita, y de algún otro. Siguiendo la influencia arabesca, de dos escrituras recogidas por el con- de de Clonard, recibo por un canónigo de Cuenca año 1300, y carta dotalde Inés Alfonso, año 1303, ya mentadas en nuestra reseña del anterior siglo, vemos entre las demás ropas conocidas, el soquejo, el a zacab, como go- nela ó sayo sin mangas; la alfarda ó sayo, realzado de oro; el alad, man- to ó redondel; túnicas de jamete; la alcabita ó alcabtea, de cendal, alqui- nas ó tocas blancas de seda con oriella ó recamo de sedas verdes y bermejas; cabeza de tocas con romaní (bordado á la románica?); arraca- das hechas de red de aljófar, aniellos de oro, colchas adornadas de al- parvhaces, unas de alchaz, otras de escarín; fazalejas, ¡azaleras, fazerue- los, etc. D. Alfonso IV de Portugal en su testamento de 134ü, habla de almadraques, almuellas (almohadas), camoes (mantas), difamares (cober- tores), cubiertas de bavel, etc. En la reforma de la orden de Santiago, 1310, señaláronse á sus domés- ticos sayas de Valencia y capas de zorzoll (en árabe zolahí), y á los escu- deros del Maestre sayas e calzas de paño tinto, y mantos e pellotes de viado, debiendo los freyres contentarse con blanquetas prietas é blancas. Los caballeros de Montesa en 1331, lucían cotas de manga redonda y co- llar alto de un dedo solamente, y para cabalgar, mantos afiblados redon- dos, tocando al suelo. Por el mismo tiempo los de la orden de la Banda, según sus estatutos, llevaban paños ó vestidos blancos y la banda prieta del ancho de la mano, colocada de izquierda á derecha sobre los pellotes ú otras vestiduras. Después la banda fué roja, puesta á la inversa, de de- recha á izquierda, y los vestidos de paños de oro, seda, escarlata, etc , con peñas armiñas ó veras y cendales: sus espadas, guarnecidas de oro y plata, al igual que las vainas y cintas: La insignia hacíase también de paños de tapete (tapicería) orfresados, ó de oro tirado, aljófar y pedrería, aforrados en cendal, tafe (tafetán) y tornasol. Los caballeros debían traer pendón en la lanza, espada y misericordia: estábales vedado andar en botas ó zapatos, y con las calzas arrodilladas ó caídas. Por fuero de Jaca del mismo año 1331, no podían los judíos y sarra- cenos vestir como los cristianos, debiendo abrigarse en capa cerrada ó almejía. El año 1350 se mandó á los primeros echar sobre sus tabardos una divisa encarnada, y á los moros, capuces verdes con una luna clara. Importante es la ordenanza feíshada en Burgos,año 1338, promulgada por D. Alonso XI. El traje de mujer consiste en saya, pellote y manto ó — 246 — mantón. Las señoras de pendón ó ricas-hembras pueden traerlos de seda, sin oro: las restantes, de paño tinto, hasta 18 varas en cada vestido, y siendo de otro paño más ancho, hasta 16 varas. Los hombres, calzas, saya, pellote, capa, manto, tabardo, id. aguadero y redondel, sin que ta- bardos y pellotes pudiesen llegar de dos dedos al suelo. Prohibidos en general, tabardo ó redondel de escarlata bermeja. A los ricoshombres, . excepto el rey, privación absoluta de paños de oro y seda, orfreses, tre- nas, aljófar, esmaltes y otros adobos, solamente para mantos, tejidos con aljófar, ó cuerdas sin él; permitiéndoseles tabardos aguaderos, redonde- les de paño de suerte y zapatos dorados. «A los ciudadanos (ornes de pie) prohibición de capa, redondel y pellote de paño tinto, de Lilao ó mezcla- do, orfreses, trenas, cinta y armas guarnecidas de plata. A los escuderos consentidas calzas de dicha escarlata, exclusivamente, con prohibición de peñas veras y zapatos dorados, á no ser ricoshombres, y si careciesen de libramiento, tampoco se les consentían tabardos, redondeles ni pello- tes de paño tinto ó de Lilao. Permitidos en las cintas ó cinturones, 2 '/» marcos de plata á los señores de pendón, y 1 l/¡ á caballeros y escu- deros.»—Los caballeros de la Banda podían traer esta de cualquier paño, sin oro, perfilada de orofreses, trena ú otros adobos sin aljófar ni piedras. —Los ricoshombres y maestres de órdenes montaban en sillas labradas de seda ó con cuerdas de ella.—Cristianos llevaban el pelo largo; los mo- ros partido ó rapado, sin copete. Bajo el mismo .rey D. Alonso, en 1348, las Cortes de Alcalá modifica- ron este ordenamiento con el que va á continuación: Paños de oro y seda quedan reservados para el infante real, y de ta- pete ó seda, sin oro ni adornos, para los príncipes. Prohibido á los caba- lleros de la Banda traer en ella orofrés, oro tirado, aljófar y piedras. Per- mitido á los ricos—homes en sus bodas, paños de oro ó de sirgo para sus personas y caballerías, y otros dos paños de lana con peñas ó con cenda- les; extensivos á sus mujeres un par de paños de oro ó de sirgo, otros dos adornados de peñas veras, y el uno además con aljófar hasta en cuan- tía de 4,000 maravedíes; con prohibición de plata y aljófar en arzones de las sillas y frenos. Los caballeros también en sus bodas, pudieron echarse dos paños de sirgo, sin oro ni seda de tapete, y dar á sus mujeres uno de lo mismo y dos de peñas veras, con cendales e adovos, y además el uno con aljófar hasta 2,000 mrs. Á los escuderos, privación de peñas veras y zapatos dorados.—«Caballero ó ciudadano de Sevilla, sigue establecién- dose con prolijidad, sólo dé á la novia dos pares de paños de lana, el un par con adovos de aljófar e de orofrés fasta 1,000 mrs. Si le diere siella, que las sueras sean de paño de lana cualquier, e la silla sea lidona (lisa) sin adovo nin en el arzón nin en las cuerdas nin en las sueras, que sean — 247 — labradas de orpel e el arzón pintado de colores. —Labradores en sus bodas, sólo vistan y den paño tinto e blanco, sin atorros en cendales e paños blancos; salvo que en la delantera del manto de la mujer puedan poner cendal ancho de un palmo.—Las mujeres que andan en sueras viajando, las fljasdalgo, cobijeras de caballeros, etc., puedan traer faldas (cola); las otras trayan pelotes sin faldas, ó á lo más dos dedos por tierra.— Las dueñas mozárabes de Toledo fljasdalgo ó de caballeros, puedan vestir de seda con forraduras en cendales, azanefas de oro e de plata e felpa pe- queña en el pelote, como solían, e que hayan en ella tres palmos.—Las de cibdadanos, ruanos, etc., cuyos maridos mantuvieren caballos, trayan cendales, trena, peña blanca e orofreses, ellas e sus hijos casaderos. La del que no mantuviere caballo, non traya cendal, peña blanca, oro nin otro adovo, y si lo mantuviere, traya orofrés, cendal e peña blanca, pero no aljófar ni otro adovo.—Las del común, casadas con fijosdalgo ó con homes que mantegan caballos e armas, non trayan paños de sirgo nin de zenintanos (aceitunis), nin de tapetes, sino sólo cendales de Toledo, surias, tornasoles, tafes viados, etc., sin oro, pero con azanefas de oro ó plata.—Cendal, tafe y tornasol, se consienten para atorros. Prohibidos en general adovos de orofreses, trenas, armiño, cuello de lobancos (pe- chuga de añade), aljófar, botones de oro, plata, arambre ó esmalte, paños labrados con alfojar, filo de oro. plata ó seda, e antallas de oro. En los mantos son lícitos tejíllos y cuerdas.—Jergas de luto consentidas sóloá los deudos'más cercanos.—Prohibido quebrar escudos más que por hijosdalgo ó caballeros armados.—Las plañideras asistan hasta el día del entierro.—Respecto á sillas de montar, ordénase que no se puedan labrar con oro, plata ó seda, salvo ende de cayreles e copas, e á los cantos de sirgo, sin oro e sin cuerdas.» Tres años adelante, otras Cortes, las de'Valladolid, permitían que las hidalgas vistiesen sedas con atorros de cendales, cenefas de oro y plata, y falda pequeña en el pellote, no excediendo de tres palmos. A las del pueblo casadas con hidalgos ó dueños de caballos y armas, al paso que seles vedaron vestidos de sirgo, zenintanos y de tapete, se les consintie- ron cendales de Toledo, surias, tornasoles y tafes viados, sin oro ni ce- nefas de lo mismo ó de plata. Para regalo de boda se autorizaba silla de montar lidona, con sueras de paño de lana, sin más adorno. Otro ordenamiento famoso es el titulado de los «Menestrales», obra del rey D. Pedro en las mismas Cortes de Valladolid, año 1351, donde se enumeran y tasan los trabajos de labradores, vaqueros, zapateros, tundi dores, sastes, tejedores, costureras, armeros y otros oficios. Del conjunto de sus disposiciones, sácase el pormenor del traje, que da algunos nom- bres y formas nuevas sobre las anteriores La camisa alterna con la alean- — 248 - dora, ambas sin labor: hombres y mujeres usan calzas forradas ó sin forrar: algunos se ciñen con fajos de estambre. Las mujeres llevan pelli- cos de picote, lienzo, etc.; los hombres quizóles con sus paños, y oíros á hechura de pelotes. Pelote y saya son promiscuos de ambos sexos, no to- rrados, ó forrados los primeros en cendal, en peña, con peña vera ó llana entre dueñas, y con guarnición; la saya de orne, de paño de 12 jirones ó dende ayuso. El gabán es masculino. Tabardos, los hay castellanos, de paño tinto, con su capirote; delgados sin forradura, ó con ella, de tafe y de peña pequeños, catalanes, botonados (los panni streli de Muratori) e de las otras labores; tabardos ó taperrochadas de mujer con peña vera ó lla- na, grisa, lomada, etc. Capas-pieles, con sus forraduras: Capa ó -celaman sencillo de orne (el zurame según Ferrer del Río), forrado en cendal, ó entretallado con piel, y su capuz con forraduras ó margamaduras: capa, redondel y garnacha de prelado con aforros, el segundo con su capirote: manto lobaudo (loba), también con forros y capirote, y las mangas aboto- nadas; manto de mujer con peña vera ó blanca; tocas, velos, coberturas, cofias y alcanegas; quizas de los guantajes (coletas de guantes), forraduras de blanqueta. Por calzado, zapatos de cordobán, badana, cabra, vaca, etc. para orne, con buenas suelas de toro, novillo, etc. y medianas ó delgadas; otros de badana para mujer; los más ricos dorados y plateados, algunos con lazo; zuecos también dorados, ó prietos e blancos, de buen cordobán e badana, y de una cinta. Como vestuario de clérigos, camisas de las igle- sias con sus cacillos, roquetes de prelados, almesías e sobrepeliceas, sobre- pellices de los velos delgados, y también de otro lienzo. Hácese particular enumeración y clasificación de paños: finos de escarlata, de Ipre, Malinas, Brugeras, Villaforda y otros semejantes; de Brujas, Biades, Gante, etc , y de mantolí, de fangegos e otros desta guisa. Un decreto de la propia fecha relativo á las barraganas de clérigos (rasgo especial de aquella época), dispone que si las mismas vistieren paño de color, sea de viado de Ipre, tiritaña ó valenciana viada, y en lugar dello, pellicos de picote e lienzo, e no otros paños ningunos; en las cabe- zas, sobre las tocas e los velos e las coberturas con que se tocan, lleven un prendedero de lienzo bermejo, de anchura de tres dedos, que las dis- tinga. Esta disposición por ineficaz, fué confirmada en las Cortes de Soria de 1384, reinando D. Juan II. Concluiremos las presentes- indicaciones con algunas del Archipreste de Hita, muy prolijo en detalles como todos los versificadores, miniatu- ristas y pintores de la Edad Media; lo cual no deja de ser excelente cir- cunstancia para imponerse de sus costumbres. En el buen Ruiz, preva- lecen las rústicas, y no es posible leer sin embeleso alguna de sus ani- madas serranillas: 249 — Cerca la Tablada, Dióm' pan de centeno la sierra pasada, tiznado, moreno, fallem' con Aldarra e dióm' vino malo á la madrugada... agrillo e ralo, Levóme consigo e carne salada, etc. e dióm' buena lumbre, como es de costumbre de Sierra nevada, etc. El huésped la requiebra; ella pide en cambio alhajas acomodadas á su porte: Dam' una cinta Et dám' buena toca bermeja bien tinta, listada de cota, et buena camisa et dame zapatas fecha á mi guisa, de cuello bien atas (aptas, altas?) con su collarada. de pieza labrada. Et dám' buenas sartas Con aquestas joyas, de estaño e tartas, quiero que lo ovas, et dame halla serás bien venido, de buena valía, serás mi marido pelleja delgada. e yo tu velada, etc. Otro galán en parecida situación, manda á la vaquerilla de Malagosto una garnacha, e para el vestido una pancha con broncha, e un zorrón de corneja. La vaquera, dale foguera de encina, mucho conejo de soto, buenas perdices asadas, hogazas mal amasadas. et buena carne de choto. De buen vino un cuartillo, manteca de vaca, queso asadero, leche et natas, e una trucha... Cierto día el poeta «só la casa del Cornejo, en comedio del vallejo,» en- cuentraá una serrana vestida de buen bermejo, e buena cinta de lana; ofrécele sus servicios, preciándose de saber «guardar vacas, cabalgar ye- gua en cerro, matar lobos, tornear becerros, domar novillos, masar et fa- cer natas, et facer el odresillo, guitar las abarcas, et tañer el caramillo, facer el altibajo, sotar ó danzar á cualquier inuedo ó estilo, luchar y de- rribar á su contrario.» La serrana ofrece corresponderle si le da las pre- seas que enumera así: — 250 — Dam' un prendedero que sea de bermejo paño, e dame un bel pandero, et seis aniellos de estaño, un ¿amarrón disantero, e garnacho para entre año... dam' zarcillos et hevilla de latón bien reluciente, et dame toca amarilla bien listada en la fruente, zapatas fasta rodilla; e dirá toda la gente: bien casó Menga Lloriente. Sigue, sistematizado, el pormenor de trajes que se contiene en las obras del Archipreste: Camisas y alcandoras.—Las monjas dejan «las camisas froncidas, los paños de Mellinas» (como cosa rica). Una coqueta se viste «á las veces en saya, á las veces en alcandora.» Ya vimos que las labradoras usaban ca- misa con collarada, ó adornado cabezón. También se alude á dueñas e mocetas de cuello albillo. Piel, pellico, pelleja. El pretendiente de una dama regaló á la casamen tera D.a Endrina, una piel e un pellico por vesiuario, «tan bienparado, que no era grande ni chico.» Una de las serranillas citadas pedía pelleja delgada. Zamarra, gamarrón. En el banquete de D. Amor, comían tres caballe- ros en un tablero, «dos que vestían zamarras, querrían calientes que- zas.» /amarrón disantero ó de fiesta, llevaban las aldeanas. Pellote. Otro amante se lo regala á D.a Endrina. Una mujer envía á otra á su casa: «en pellote vos iredes como por vuestra morada, todo es aquí un barrio e vecindad, etc » Saya. «Si ballestero falla al águila, precíala más que saya.» «Moza á las veces en saya, á las veces en alcandora.» «Con sayas destameña comedes vos mesquinas.» «Sobre la su saya de Jesús echáronle suerte.» «El buen Carnal está arremangado en saya, faldas en cinta, e sobre bien armado » «Escuderos en la saya corulla.» Quesa, quiza: «Querien calientes quezas.» Dicho D. Carnal «quiza te- nie vestida, blanca e rabi galga.» Vestidos varios, «de paño de gran valía, como de doctor en filosofía; nobles paños y doradas vestiduras; cortas para galanes; negras de luto, de burel para hombres y de xerga para mujeres; otras con guarnimientos extraños, peñas veras, blancas, prietas, de conejo, etc.» Garnacha, garnacho. «Garnacha de serrana.» «Garnacho para entre año.» Esclavina, «Romero, el viernes de indulgencias, vistió nueva escla- vina » * — 251 — Tabardo. «Con muger non emperesces, nin te envuelvas en tabardo — del vestido más chico sea tu ardit alardo.» «Só el mal tabardo está buen amor.» Palio «palio e blago (ó manto y báculo de arzobispo).» Sombrero redondo de romero «con mucha concha marina.» Cofia, abarcando el pelo (quel cabello non salga), parte del arreo de D. Carnal. Toca amarilla y listada, prendero bermejo, aderezo de las serranas. Cabel prieto (cabello negro). Los cabellos en rueda (tocado de mujer), con peyne et espejo. Cinta de lana para villana. Id. bermeja bien tinta. Una señora al sa- lir de casa «la cinta se ciñó.» Correo, bolsa de cuero. «Buen dinero yase en vil correo.» Zorrón de corneja (zurran pobre). Doblel, talego. Troya, troja, alforja. Blago (báculo). Cayada. Bordón de romero, lleno de imágenes. Afeytes y sometes (cosméticos). llalia (joyas). «Halía de buena valia.» Almajares. «Levígelos la vieja con otros adamares (coplas amorosas).—Señora, diz, compradme aquestos almajares.» Panchas, bronchas, sartas de estaño, sartales, zarcillos, hevillas an- chas de latón, sortijas, anillos, mitas (guantes). «Dábale de mis donas, non paños et non cintas, non cuentas nin sartal, nin sortijas nin mitas.» «La buhona con farnero va tañiendo cascaveles, meniando de sus joyas, sortijas et alfileres; decía, por fazalejas, comprad aquestos manteles.» Abarcas guitadas, con sus guitas ó correas. Zapatos redondos et bien sobresolados. Zapatas de labradora fasta rodilla (ó muy abotinadas), ;o de lado, ó de gran almohadilla á dos ó tres puntas. Culnichete, por couvre-chef, dicen al ca- pillo los inventarios de la casa de Navarra, 1364: «cubrichetes de seda para las infantas.» Llamanse también capirots, sencillos y dobles, para señora; id. á playa (capillos de simple resguardo). «Chaperon pourfilé de letichez,» para la reina; id. para una nodriza, en otra cuenta navarra de 1366. Chapirón mujeril adornado de franjas, perlas y recamaduras (ordenaciones catalanas del segundo tercio); id. para niñas, galoneados de oro y plata, sutiles ó sin forrar, y dobles de chamelote, malinas leo- nado y forro naranja, etc. La importación (ó sanción oficial) de los toca- dos altos en Francia, se atribuye á Isabel de Baviera, que bajo uno de ellos entró en París el año 1385. Desde luego tomaron vuelo los chápeles pa- ramentados, los borreletes ó escofiones, los almohadillados de plano curvo, los cojinillos pegados lateralmente ó agrupados en cimera, á menudo ce- ñidos de guirlandillas, ó acompañados de gasas y velos. A esta balumbosa tocadura, precedió otra genuina del presente siglo, que consistía en una combinación de velos ó toquillas con el peinado, debajo de sombrero ó chapelete. Desde los primeros años estilaron las señoras peinarse en cabello, sin más artificio que una sola trenza ceñida á la cabeza, ó dos trencillas replegadas á ambos lados del rostro, abar- cando ó no las orejas. Esa moda prevaleció durante el segundo tercio, añadidos solo los redondeles ó coronillas ya mencionados. María de Es- paña, nieta de San Luis, casada con el duque de Alenzon, en su sepul- cro del año 1389, va representada aún con el mismo sencillo peinado de diadema y capillo de pedrería, sobre el que se juntan dos mechas late- rales de cabello, atorzaladas con hebras de oro. Después torciéronse estas mechas por cima de las orejas, ocultándolas, en uno ó dos ruedos en- vueltos con hebras y presillas, bajo coronas, paréete ó diadema, añadido — 303 — á veces un lijero cendal (tocado de la delfina de Auvernia á últimos del siglo). Bajo otra forma, los mechones laterales tomaron proporciones de grandes bufos ó tufos, metidos ó no en redecillas, cobijada la cabeza por el capelo ó chapelete de gasa rizada, como en el siglo anterior, pero mucho más reducido; y en lugar de la toquilla ó barboquejo que solía acompa- ñarle, ideóse una modificación de la impla, convertida en gorguera, que después de abarcar el mentón ó parte baja del rostro, subía á prenderse en las puntas de los tufos. Margarita de Artois, condesa de Evreux, fa- llecida en 1311, lleva una de tales gorgueras, muy ensanchada por am- bos bucles laterales, que son exorbitantes, sobrepuesto un velillo circu- lar que desciende hasta los hombros, afirmado á su vez por una guirnal- dilla. Semejantes peinados hiciéronse generales, porque la moda así corría entonces como ahora, no obstante la dificultad de comunicacio- nes, y en España tenemos de esta ejemplares numerosos, pudiendo desde luego citar unas bonitas figuras sepulcrales del monasterio de Pedralbes, un retablo de Burgos, otras esculturas de Poblet, etc. Últimamente á la gorguera acompañó otra media toca interior de lienzo fino, denominada barbeta, porque se limitaba á la barba, bajado el velo de encima hasta los ojos, bien apañado al rostro mediante vainillas alrededor, quedando por tocadura especial de reinas y viudas nobles. En su última fecha, por haberse erigido el peinado á manera de cuernos debajo del velo, tomó éste cierta apariencia de almuza (Violet-le-Duc, etc.). Sin perjuicio de las susodichas innovaciones, subsistían otras piezas radicales que, sobre todo en España, merecieron durable persistencia. En las letras ya citadas de Carlos V (1367), hácese curiosa indicación de CAPILLAS, BECAS y cARAGios femeniles: «nulla mulierum audeat portare in suis capuciis vel vechis, aut alias in vestibus suis, aliquod genus rubanorum aureorum vel argentorum... nec aliquam frepaturam in suis capuciis, vechis vel caragiis capuciorum, aut in manicis vestium suarum, vel alus partibus ipsarum vestium.» Enrique Knigthon (de Eventibus angl.m) habla de un concurso de damas, «in diverso et mi- rabili apparatu virilis, in tunicis partitis, etc., cum caputiis brevi- bus et liripippiis ad modum cordarum circa caput advolutis.» Efectiva- mente, la coleta de la capilla, al prolongarse, contrajo una hechura de cola retorcida. En los inventarios notamos un chapirón de paño azul, llevan- do una encuerda de ballesta, que podría relacionarse con dicha forma. Servía asimismo á las señoras en tiempo crudo, otra capilla ó chapirón forrado de pieles, lijeramente apuntado, que después se trocó en corneta; y además un capuchillo, derivado de la almuza, también con forro de pie- les, y punta caída hasta media espalda, conforme aparece de indicaciones pictóricas. En Francia se denominó huva ó huveto una capilleja ó toqui- — 304 — lla replegada sobre la íaz, con sus caídos voleados, muy frecuente por luto. Cual derivación de capilla, puede admitirse la ALCABITA Ó alcaptea cas- tellana, capsó ó toalleja en catalán: «cabezas de seda mujeriles, alcabitas de cendal,» píleos panni lini, y en otra aplicación, casquete rico, adheri- do ó agregado al chapirón: «Capiró y capsó con galonaduras de oro ó pla- ta, para niñas; id. franjeados y guarnecidos de margaritas» (orden.8 ca- talanas del segundo tercio), «casquetes y casquetillos (capsons y capso- nets) ó toallejas sardescas listadas» (tercer tercio); cubrichetes, en acepción de capillo ó gorro de tela, hasta para dormir. Una escritura de la Histo- ria del Delfinado, 1348, enumera «capitegia seu alia, pro capitis velamine necessària,» de las cuales debían surtirse ciertas monjas el día de Todos- santos. En la misma, llámase cappula al capillo ó cofia de noche: «pro tela ad faciendum coopertoriis, cappulas et tobalias pro capite» (coppuli en Lancelot). Las francesas ceñíanse para dormir, una corneta (capillo) almohadillada y acolchada, de figura casi triangular (Quicherat). El Archipreste de Hita reseña TOCAS, PRENDEDEROS, VELOS Y COBERTURAS: «toca amarilla bien listada en la frente; otra listada de cota,» ambas se- rraniles; «tocas blancas» en Santillana; «prendero de bermejo paño» (Hi- ta). Constituía el prendero un lazo ó fleco postizo de color vistoso, que á las plebeyas castellanas, garbosas de suyo, les servía para engalanar sus toquillas. En 1351 impúsose este accesorio por distintivo á las barraganas de los clérigos (prendedero de paño de lana bermejo, puesto en sus toca- duras), que el rey D. Juan, en Cortes de Soria de 1382, mudó en una chia colorada de tres dedos de ancho. El VELO era entonces para nuestras damas, favorito elemento de co- quetería y uno de sus accesorios predilectos. Velos de oro y plata, ó entre- tejidos, llovidos, rameados y orlados de lo mismo; de lino ó cañón de id., de seda ó cendal listado, blancos y negros, anchos y estrechos, que solían disponerse con gran atildamiento, apuntados sobre el seno m e - diante ricos alfileres. «Las casadas, dice Eximéniz, lucen especiales to- caduras: velos de seda crespeados; otros dorados preciosamente ó amari- llos, compuestos de tal manera que descubran los pechos, angostos y prendidos con mil alfileres de cabeza dorada ó de perlas y pedrería.» Igual cosa sucedía en otros países: de las italianas expresa Demusio en su crónica Placent.a, «quod portant vellos de seta vel de bombasío, pul- cros et subtiles et albos.» Surjen durante el primer tercio velos, sábanas y toallas de hilo ó seda, recamados de lo propio, orlados de perlas y pie- dras; velos franjeados de oro; id. de seda laboreados de oliveta y seda. En ordenamientos del segundo tercio, prohibíanse gorros (capells), liga- duras, velos, sábanas y toallas con pedrería, margaritas y hojuelas de oro — 30a — ó plata, consintiéndose sólo de hilo de estos metales, tejidos ó cosidos á a llana, ligaduras ó tocados con oro y piedras, etc. El colmo de la ele- gancia fué esconder todo ef pelo, sacando una frente muy despejada. Ocu- rren después otros velos sicilianos de seda listada; id toscos de esclava; toallas ó velos de seda blanca; los mismos listados de oro ó listados en sus cabos; toallas de listas, obra de Gandía: id. finas cabeadas de oro y seda, orladas de flecos; id. moriscas; con otras sábanas, velos y toallas de distintas materias y labores. El adorno común de toallas eran listas ó ajedreces de colores en sus extremos: «toallias de lino cum listis et scachs in capitibus, fili auri; una operata in uno capite de Agnus Dei (quiz toalla de comulgar); otra, contonina labrada de seda «operis Sicilia;.» Variedad de toalla creemos el ALFIDIÍN (alfulcm) de origen arabesco, uno blanco, listado de seda azul y de otros colores. Análoga opulencia obsérvase en LIGADURAS (Uijars, catalán), guarneci- das de oro, perlas y piedras, unas altas, otras bajas (ligaralt e pla); id.en cuerdas para trenzado, de oro y seda; trenzas ó cordones de seda de colo- res; cordones con, perlas ó caneados de cañutillos de oro (canons, éstos prohihidos á la juventud masculina). No debe olvidársenos la ligadura ó ocado d la castellana, que mereció sumo favor en Cataluña, juzgando por las reiteradas prohibiciones á que dio margen, desde el año 1362 en ade- lante. Sería el peinado de rodete ó en rueda á que alude el Archipreste de Hita (cabellos en rueda), considerado quizá liviano y provocativo, ó bien de trenzas desprendidas á la espalda, que se enfundaban en ocasiones, la- zada la funda con cintas vistosas ó cordones de oro y seda; peinado co- mún y general en tiempo de los Reyes Católicos (V. la tabla de S. Barto- lomé de nuestra Seo). En el de Eximeniz, abusaban de él hasta las viudas y las monjas; y al relartarlo, añade: «muchas casquivanas varían de to r cado [liyars eterears ó tocaduras), diferentes veces al día, como también de ceñidores y calzas (medias).» De los desenfados monjiles en esta época, basta para prueba una citación de Estefanoto (antigüedades de Pavía) alusiva á las religiosas de Fontevrault: «vidit in eis, abominabile mons- trum, nam crinium suorum tortura et circumdatura more meretricis. plialerasel manticas (recortaduras y velillos) prsetendebant posterius, cor- num anterius, etc » Hacia 1330 vese generalizada la MANTILLA, según inventarios sucesivos: de paño morado y forro seda verde: una azul con veros, para hombre, en sentido acaso de valona ó capità, como las que llevaban los Concelleres de Barcelona en cierta entrada real, año 1354, «bipartidas ó mediadas de paño de oro y camocha» (agamuzado); otras de paño, llevando ricos gui- samientos, habiéndose prohibido en 1359 las de camelote con peñas ve- ras, de armiño ó de plumas de aves con franjas y labores, especialmente 20 - 306 — de oro, plata y perlas, y en 1360 las de lana. Mantos y mantones de seda, paño, etc., no parece se utilizasen aún para abrigo ó cubierta de cabeza. Seguía, sí, la variedad de REDECILLAS, GANDAYAS, ALBANEGAS y CRESPI- NAS: gandayas de cañones de hoja de plata sobredorada (segundo tercio); id. de perlas y dobletes; id. cañutillo de oro con franjas de lo mismo, plata y perlas, etc. Albanegas (catalán albanecha, inventario de 133S) seda carmesí, laboreada de oro y margaritas, con otras de oro y seda y variedad de guarnecido; «albanegas y tocaduras de sirgo,» cuentas de Carlos de Navarra, 1366. El nombrado Eximéniz merita ya la RED Ó rede- cilla de payesa, tan persistente en Cataluña, que todavía dura hoy. Cabel prieto, terzas (trenzas), crencha (la raya del pelo) (Hita), trecia, trenza, documento italiano de 1314. El propio Hita llama sometes á los cosméticos y afeites que las bellas del siglo xiv empleaban con más afición que nunca. Confírmalo Eximé- niz en su animado lenguaje: «hombres y mujeres échanse olores y esen- cias de almizcle, civeta, algalia, alcofor, aguas derosas,.de azahar. Ellas van con la frente espaciada, el rostro pintado, los labios teñidos, los ojos alcoholados y dilatados por medio de la pintura,\ las cejas arqueadas, y punteadas de catorce colores, los dedos matizados de alquena (alheña), las uñas mitad blancas, mitad encarnadas, y con ruin y diabólica malicia se dejan crecer una más larga que lasotras, asimismoalquenada.» La afi- ción á lo amarillo inducía á emplear el azafrán hasta para el rostro. El Diccionario de la Academia, hace otro afeite de la bugellada (especie de lejía), y en el Cancionero de Baena se enuncia por compostura ó cosmé- tico, la concilla. «E siempre me fué su gesto ayrado maguer es fermosa sin otra concilla... «Quien por ser blanca trebeja non olvide la concilla, que la color amarilla con albayalde se espeja, etc.» (Glos. de Amador délos Ríos.) Cual otras veces, á las citas documentadas agregaremos la demostra- ción gráfica de nuestros facsímiles y copias. Tocas y velillos graciosamente compuestos; peinado en cabello con bordada babera; diademas, frontal ó guirlandilla, mantos de orillas muy punteadas, realzan con gentileza á las damas del primer tercio (sarcófago de Santa Eulalia de Barcelona, libro de Coronaciones, tabla de Todos los Santos de San Cucufate del Vallés). Luego adoptan el peinado de peque- ñas trenzas, embolsadas redecillas ó tufos, por ambos lados del rostro — 307 — (Clementinas de Andrea, M. S. de Ripoll, 13'iO, decretales de Gregorio IX, decretum Gratiani, 1343, Martirilogio, 1334, etc.), sin dejar sus tocas ce- rradas y recamadas; otras monjiles; toquillas caprichosas y capillos en- faldados, con coroneles de florones (figuras sepulcrales de Manresa, Pe- dralbes, Poblet, etc.). Es muy reparable el tocado de D.a María de Molina en bajo relieve de su sepulcro, que consta de dichas trencitas con red, capillejo aljofarado encima, y velillo prendido delante por dos de sus puntas, que se irguen como unas orejas de asno, cayendo el resto por de- trás: de notar son asimismo las tocas de las monjas cistercienses que ro- dean á la reina, muy alzadas sobre la cabeza, á doble punta como de al- muza. Hay damas que usan amplio sarboj de malla (Martirologio citado, decretales de Ripoll, 1350), también caperucilla, capilleja aplanada ó puntiaguda, cofias, toallas (las mismas, y otras Decretales de Vich). Suce- sivamente lucen borreletes de brocado con arandela y florón central; otros como turbantillos, de rica doblez; escofietas planas de igual brocado ó de fina tela, orladas de gasa á dobles y triples randas, algunas con vele- te posterior (tabla de Cardona, id. de San Martín de Barcelona y otra de San Pedro Mártir, 1370-1400); toallejas de luengos caídos (frontal de Man- resa, italiano); otras toquillas abiertas, de orlas reunidas y festoneadas, formando una gran doblez sobre la cabeza, que, ó se deja desprender, ó se rodea al rostro por uno de sus extremos (tabla de San Juan Antepor- tam-latinam, 1380); capillos y redecillas entretejidas de oro y seda (dicho retablo de San Martín); viéndose ejemplos de toquilla anudada á la barba como los modernos pañuelos (tablas de Badalona, 1390), y por fin, toca- dos de toldillo, que constan de gran velo barreado de escaques, primera- mente encapillado y luego proyectado sobre la frente mediante una ar- mazón que lo extiende como quitasol, con rapacejos ó velillo (Libro de los Castigos, 1353, y retablo de San Lorenzo, 1400). El capirote de hombre, muéstrase gracioso y sencillo en el sarcófago de Santa Eulalia, formando como una bolsa ceñida, con dos mangas, una corta al lado izquierdo, y otra á la derecha, larga hasta los hombros; algu- na enfaldada detrás, con cierta coquetería. En 1330 ya va encasquetándo- se, cresteada la manga izquierda y en punta la derecha, á veces arrollada (Libro Verde del Ayuntamiento de Barcelona, Usages de id., tabla de San- ta Catalina, Leyes Palatinas de D. Jaime II, Crónica del rey D. Jaime); pero después ensánchase el faldar, y la punta se alza erguida, en aquella disposición que llamaban caraggio los italianos (Libro Verde, 1337, y Graciani decretum, de San Cucufate, 1343). En la tabla de San Pedro de Tarrasa y en un Martirologio de 1354, la halda enfundada, picada y fes- toneada, adquiere proporciones mayúsculas, ensanchándose aún más á fines del siglo(figuras sepulcrales de Cervera, tablas de San Juan A. P. L., — 308 — de San Fructuoso de Baiges, de San Martín de Barcelona, de San Juan y San Esteban de Badalona, de San Pedro Mártir y San Lorenzo). Las de Badalona contienen una bella muestra de chapirón femenil, compuesto de rollo y funda á un sólo lado. El sárboj afecta hechura de bolsa, incli- nada adelante en la tabla de Baiges, pero haylos anteriores y posteriores, cada vez más voluminosos, cayendo á uno ú otro lado. El píleo ó chapeo contrae diversidad de trazas, conservando en Castilla la de capillejo cóni- co de carrilleras (Libro de Alcaldes de Burgos); otros de copa redonda con vuelta (retablo de Pedralbes); id. de copa plana con vuelta doblada y re- cortada (Clementinas de Bipoll); á veces como bonete bajo (Aparato de García, Cod. repetitaj prelect. s ); ora piramidal de grandes alas dobladas, para viajar (Leyes Palatinas), ora de alas extendidas y copa de gobelete (Biblia gerundense); ya gacho, cónico, puntiagudo, cuadrado, combado, con adornos y plumas, etc. (grotescos de las Decretales de Vich, 1390), y hacia el último tercio, sumamente caprichoso de alas y copa (retablo de San Pedro de Tarrasa), más ó menos comedido en el martirologio y tablas de Cardona, medio chinesco otras veces, y muy hiperbólico en 1400. Figuran además chapeletes, tan airosos como el de alas verticiladas y erguida pluma delante, en la tabla de San Fructuoso, ó como fronteri- llos, calotas de ala revesada y demás modelos de nuestros facsímiles y co- pias. Alternan con los mismos, arandelas y coronillas floronadas; la co- fia del siglo xiu, hasta mediados de este, aunque entre labriegos alcanzó hasta fines del xv: bonetes subidos, bajos, cuadrados, redondos, y unos de punta con penacho (primer ejemplo de esta gala, tablas de Pedralbes), sin faltar de picos para clérigo (Leyes Palatinas), y por de contado cape- ruzas, capuces, capillas sueltas, cerradas y botonadas, de ondeado faldar y larga punta al dorso, desde 1330 (Libro Verde, pinturas murales de la Alhambra); casquetes redondos con vuelta (retablo de Pedralbes); otros de coleta erguida (usajes de Barcelona, 1360, y retablo de Cardona); al- gunos de pelo, ó volteados de pieles (Biblia de San Cucufate, Martirolo- gio de 1354); bicoquetes y birretillos copados, planos, atufados, orleados, etcétera (dichos grotescos de un códice de Vich, y Martirologio). La al- muza ó muceta de índole clerical y doctoral, obsérvase particularmente en la tabla de Todos Santos, figuras sepulcrales, Leyes Palatinas, y códice italiano Aparato sobre las Extravagantes, 1365, Biblioteca Universitariade Barcelona, y en otros documentos. De la canonical, allegan especiales mo- delos el Decretum Gratiani y retablo de San Martín, y de la curial, cor- tita, forrada y perfilada de armiño con larga coleta desde la cima, la ta- bla de Badalona. El peinado masculino consta aún deguedejas serpentea- das, en el sarcófago de Santa Eulalia y en las Clementinas de 1330; de — 309 — coletas trenzadas, en unos supuestos chinos del retablo de Pedralbes y en un figurado sayón del de San Pedro Mártir; nótase el bucle rodado en un grupo de militares de la tabla de San Cucufate, y asoman grandes atusa- duras al concluir el siglo. Hasta 1330 hay barbas sorras y bipartidas, so- bre todo en documentos castellanos y alemanes, y medias barbas ó bigote y perilla, de 1380 á 400, ofreciéndose la extravagancia que lamentaba Eximéniz, en las tablas de San Lorenzo y San Pedro Mártir. Las cabelle- ras lacias ó tendidas de Boil, Serra y Castelltort en sus respectivas figu- ras tumularias, compréndese que responden á las exigencias de la talla sepulcral. C A L Z A D O La misma influencia del gusto de la Edad Media, así en calzado como en cabeza y en lo demás del traje, despliégase afectando angulosidades y acuminaciones, afiligranados, calados y recortes, etc. A la sazón el zapa- to, con ser largo y puntiagudo, seguía los contornos irregulares del pie, conforme evidencia toda la iconografía de la época, resultando una plan- tilla poligonal desde el talón al juanete, de éste al pulgar, donde radicaba la agudez mayor, y retrocediendo en ángulo obtuso por la inclinación de los demás dedos, acababa garreando debajo del tobillo interior. Á su vez la punta recreció en proporciones notables con nombre de polaina, hacia el segundo tercio de siglo (1330), llegando á lo fenomenal en el período de 1360 á 1390, desde medio, hasta uno, uno y medio y dos pies de longi- tud, según las ínfulas del portante; y fácil es comprender que entre la mocedad cortesana y almibarada, prevalecerían las puntas más rabosas, corvas y ahiladas, como añas de diablo ó cola de alacrán, en decir de sus censores; con la refinadura de echarles un cascabel ó una ílorecita al ex- tremo, siendo á veces necesario prenderlas con lazadas ó cadenillas, á un corchete debajo de la rodilla. También las calzas peadas contrajeron pun- ta de polaina, rellena ésta de borra, ó metido un zapato dentro de aqué- llas, y cuando para andar por barros agregábanse al calzado chanclos ó patines de análoga longitud, fácil es colegir el maravilloso efecto que pro- ducirían dichos galancetes callejeando en tal avío. Es de advertir que las mujeres siguieron de cerca á los hombres, y si bien con menos punta, que no podían lucir, gastaban polainas y chancletas. En los textos este acce- sorio recibe diversos nombres: polayna en letras patentes de Carlos V. de Francia (13G7); polena en Concilio de Angers (I36ü); poulentia en estatu- tos de la iglesia Nannet.0 (1389), etc. Unos lo creen nativo de Polonia, — 310 — donde se extremaba el lujo, confirmándolo el nombre krachowes que le daban los ingleses. Otros lo atribuyen á Enrique II de Inglaterra, que por tener los pies muy largos, quiso restaurar la moda de las puntas. Entre guerreros era apéndice inexcusable, originando ridiculísimos modelos en zapatillas de armar. El continuador de G. de Nangis (1365) dice de sus contemporáneos: «quod sotulares habebant, in quibus rostra longíssima in parte anteriori ad modum unius cornu in longum, alii in obliquum ut grilïones, habent retro, et naturaliter pro unguibus gerunt.» Martín de Boscho Galteri, vida de Santa María de Meillac, dice á su vez: «in illis diebus, nobiles et potentes, illam sotularium acutiam longissimamquam poulainiam vocabant, penitus contempserunt.» Juan Demusio, en su Crónica de Plasència, añade (1388): «portant scarpas et caligas solatas cum punctis longis unciarum tria, ultra pedem subtüibus.. nunc portant cum punctis parvis, quaj puucta; tam longa; quam parva;, sunt plena; pi- lorum sive bune bovis.» Galvaneo Fiamma observa eu 1340, de las italia- nas: «mulieres si mili te r in pejus, suas consuetudines inmutaverunt... calcéis rostratis progrediuntur.» Por igual fecha Alvarez Pelagio, obispo de Silves (Portugal), ponderaba la afectación de sus compatricios: «so- tulares deauratos, cum rostris longis et decurvis habentes;» «sotulares aut ocreas ad poulentiam,» Estatutos de la iglesia Nannet. 6 , 1389. Á la longitud de la palaina agregáronse luego otros excesos de gala y ornato por el estilo, que leemos en unas cuentas de la Historia del Delfinado, año 1352: un par de zapatos de polaina, salteados de follajes vidriados y esmaltados, y blasones del Delfín. «Calzas soladas y bordadas, con largas polainas de ballena para el rey de Francia» (otra cuenta). Sobre las cade- nillas con que se prendían á la calza, un estatuto de la iglesia de Cahors manda al clero, y en especial á los beneficiados, «ne caligis cathenatis publice utantur.» Corrió la polaina todos los países meridionales y al- gunos del norte, especialmente Italia, Francia é Inglaterra; Carlos V de Francia fué el primero en condenarla: «quod nullus vir vel mulier au- deat portare in suis ¡estivalibus, sotularibus vel botinis, punctas dictas de polaina» (1365-67); y desde luego se la prohibieron al clero el pontífi- ce Urbano V y diferentes concilios: «ne clerici utantur brevibus vesti- bus, vel sotularibus de polena, nec caputia botonata in público» (de An- gers, 1360). Lo mismo el Vabr.° de 1368, los estatutos de Nannet de 1389, etcétera. Los de la orden de la Corona de Espinas, establecen que sus ca- balleros «auront chausses noires et pourront estre semelées, ou á soulers trenchiés on estrichiés, mais quils soient de noir cuyr, voir sans aucune poulaine quelconques, de Dieu maudite, sur griéve paine.» Eduardo IV, en 1462, vedó á todo caballero inglés el uso de botas cuyo pico excediese de dos pulgadas. Aun guarda el museo de Londres una punta de polaina — 311 — del reinado de Ricardo II, muy aguda y corva, de cuero fogueado, larga de nueve pulgadas inglesas, y rellena de musgo seco. No obstante las pro- hibiciones, hay autores de fines del siglo xv, como Marcial de Auvernia, que todavía declaman contra la polaina. ZAPATOS vistosos [sotulas, solers, soslars, solidares, subtillares, ínfu- las, etc.) gastaban los señores, cual se individúan en un inventario de Carlos V de Francia, de raso azul bordados de Uses, orfresado todo el empeine y sembrado de aljófar, con k k coronadas y margaritas en el espacio intercluso por los orfreses, además unas sandalias del mismo raso y orfreses, forradas de raso colorado con lazadas de oro y seda azul, y seis botones de perlas en cada sandalia. «Solers de cuir, á fermant ó las de fil,» Lobinelli, historia britann,, escritura de 1386. Los inventarios españoles contienen zapatos ricos, dorados, plateados, pintados y afeita- dos, entretallados (tranchades, tallades), ó esflorados, rostrados ó de punta para gentileshombres; id. de lazo y hebilla, y redondos, bien entre- solados (primera mitad); unos grandes de cordobán, badana, baldés, ca- bra y vaca, de sus colores, ó negros, colorados, verdes, amarillos, etc., con buenas suelas de toro, novillo y becerro, otros medianos, otros del- gados, de piel negra ó vellorí prieto. Corre en este siglo, como en el an- terior, el zapato de red ó rejilla, la que empieza siendo menuda, según varios manuscritos, y acaba ensanchándose, á juzgar entre otras, por unas imágenes sepulcrales de Cervera, cuyos zapatos aprisionan la gar- ganta del pie con una oreja hebillada. De badana y cuero laboreados, al- canzaban á mujeres en 1330: á escuderos vedáronse los dorados. «Zapa- tos para el rey de Navarra, con bloquetes e cuatro mordentz d'argent.» En 1369 ocurren zapatos de calza (introducidos en la peada), mayores ó menores, de cordobán, carnero, baldés, badana; otros de lazo anteados, mayores y menores. «Zapatos tranzados (recortados), dentro de las calzas, con polainas,» en Eximéniz. Prevalecían zapatos abotinados, calados, desollados y descollados, esto es, con pasapelo en su borde, ó una inci- sión lateral y cordón escalado; otros llevaban cordón asido detrás. Las puntas iban acentuándose desde los primeros años (sotulares rostrati, Sínodo de Bayeux, 1300, id. de Londres, 1342, etc.), los cuartos formaban lengüeta, y los entrados se esmochaban hasta medio empeine. Bajo la influencia de la moda de vestidos á dos ó más colores, también el calza- do seguía igual diferencia, siendo cada zapato del color de su calza. En Inglaterra, bajo Eduardo III, labrábanse de cuero repujado con dibujos caprichosos, á hierro caliente, de escenas romancescas, á veces eróticas, acompañados de motes y emblemas en sendos rótulos. Contiénelos dicho museo de Londres muy rumbosos, festoneados de guirnaldas y labores, sin otros lindos ejemplares de zapatos de cuero negro, calados con suma — 312 — delicadeza (fenestrati, scisi, incisi), remedando exactamente los rosones, trifolios y otras combinaciones poligonales de la ornamentaria escultu- ral. Chaucer, en uno de sus cuentos, búrlase de esta moda, refiriéndose á cierto cura parroquial muy pulido, de quien dice llevaba en sus zapa- tos, los ventanales de la iglesia de San Pablo. Había simples SOLETAS Ó plantillas (catalán empeñes), cono sin capi- llada, que se sujetaban mediante abrazaderas ó hitas sobre el empeine, ó bien con orejas y correjuelas hebilladas ó abrochadas á la entrada del pie. Conservaban nuestras españolas sus zapatos abotinados: «zapatos hasta rodilla, de labradora; id. de cuello bien alto, de pieza labrada (Archipreste de Hita); zapatos altos para mujeres* (Eximéniz); zapatillas (calciarettos) para mujer (Historia del Delfinado): «pro pari calciaretto- rum pro nutrice filii domini, granos lo.» Zapatos y zapatas solían acompañarse de los enunciados ZUECOS (calo- podia, esclops, sotulas et calopodia, primer tercio), auxiliar forzoso en aquellos tiempos de escasa policía urbana, y por ende no tan humilde y democrático como ahora, pues había zuecos dorados de uua cinta, prie- tos e blancos de buen cordobán ó badana, zapatos y zuecos de lo mismo, anteados ó blancos (segundo tercio), que regularmente se deponían al entrar en casa. En Italia llamábanse zoccoli, y zepelli las chancletas. Es- tatutos de Plasència: «de pari zocholorum ab homine sive á femina, 20 denarios; et si fuerint zoculce magnue et altee cum zip.ello, quarto ab ho- minibus sive á feminabus, et cum corellis largis non possint accipere (sutores) de pari, ultra 11 sólidos.» Otros estatutosdeCastroRedaldo: «por- tetquilibet nuntius... mazzam ligneam sine puena in manu, ut cognos- catur, nec vadant in zepellis.» «Ceppos zocularum», en estatutos de Ver- ceil. «Mulier in zocoio,» sermones de Gabriel Barcleta. Los estatutos del colegio de Cornualles confunden zuecos con patines: «nullus ambulet cum calopodiis, id est cum patinis.» Otras veces se contunde calopodia con galochas. Patinos, en cuentas del Delfinado de 1333 y 13^0. Patín equivale á chancleta, calzado sin talón, como chinelas, cuasi zancletas, de zanco, talón. Galochas elevadas, para mujeres (Eximéniz). Todos esos calzados y solados de palo, como galochas, zuecos, alcorques, etc., ha- cían bastante servicio en los menesteres ord inarios de taller y labranza, etcétera. El CHAPÍN español, fué redoblando suelas para crecerla talla de las da- mas. Hablan de chapines, nuestros inventarios: zapatos y chapines de cuero, chapines y galochas, id. pintados, otros con polainas ó puntas. Vense figurados en numerosas pinturas y esculturas de este siglo. La iglesia de San Pedro de Aviñón contiene unas sandalias domésti- cas, que fueron de Pedro de Lujemburgo, á fuer de chinelas, de poca en- — 313 — trada, hechas de marroquí negro y forro de lo mismo colorado, romas y algo hendidas en la punta, con lijeros realces fogueados sobre la piel. Del PANTUFLO, en italiano pianella, hablan los estatutos de Plasència, Pedro de Crescentiis y otros: planelli en Ceremonial de Censio Cama- rero . OSAS, estivales, botas, botinas, borceguíes, abundan en textos y repre- sentaciones déla época, bajo variedad de formas, medidas, pieles y colo- res, las más caballeras de punta apolainada, cuales hendidas por en medio, cuales por el lado exterior, prendida la abertura con hebillejas, broches ó cordones. La incisión longitudinal en los estivales (incisi), parece moda nueva, sin perjuicio de los no hendidos, que duraron hasta el siglo xvi, so el preferente nombre de botas. «Quicumque incisos sotulares, quos vulgo oestivallos vocamus, portaverit,» etc. Estatutos cartujanos de 1308. Un manuscrito del año 1314 los ofrece lazados ó hevillados de arriba abajo por la delantera: á veces, ceñidos debajo de la rodilla, tenían una vuelta que podía levantarse para mayor abrigo. Cuenta de 1333: «stiva- lorum et solariorum,» Historia del Delfinado; «stivallos» Estatutos de Saluces. Las botas altas mullidas, Itouzeau.r en francés, alternaban con botinas y zapatos abotinados, siendo extensivo su uso á las señoras. Es- critura de 1309 en Lobinelli, designa unas zapatillas de armar, con nom- bre de «stivalez de plates, garniz de teles et de fer.» «Calcariis stivariis vel jurgis,» en Crónica Casin.° «ocrea seu stivalia de corio albo, more sardico... obtulerunt;» Gesta de la legacía del duque de Angers al juez de Cerdeña en 1378. «Pro unis estivallis, et 4 paribus sotularium, solvit 20 turonenses argenti cuidam estolferia, pro estivallis domini, 18 etc.» Cuentas del Delfinado, 1328. Los inventarios españoles señalan «osts, oses, hosas, osellosstrictos,» durante el primer tercio; «heuse, estivaux ou esquembaux, pour chau- cier les gambes» (Glosario latino gall.°); stivales, estivales para de día y para de noche, unos de cuero negro, otros amarillos, otros con gamba- Íes de lo mismo, también indicados por Eximéniz, y estivales jinetes de cuero, en el tercer tercio. Botas (chirotecas) de cordobán y de cordero, guarnecidas con cuerdas gruesas, medianas ó finas (tronyellis), general- mente flojas; también coloradas, altas hasta las rodillas para de noche (segundo tercio). Botinas plegadas, de color negro et rojo (id.). Bota, dice Covarrubias, «es calzado de cuero que resguarda el pie y la pierna: difiere del borceguí en ser más justa, cogiendo hasta la rodilla, y en te- ner suela de vaca. Su nombre viene del griego botos (rana), que se hin- cha como la bota, en toscano¿o/ía.» Para inujeres/wím,y siendo corto, bo- ti I la, botinilla.«botinas cu mpuncta de polaina» (Letras de Carlos V, 13G7). El borceguí es una bota morisca, con soletilla de cuero, formando botín — 314 — hasta media pierna, sobre el cual ponen chinelas ó zapatos. De este cal- zado usan los jinetes, y particularmente los moros. El borceguí marro- quí ha tenido fama; así dice el romance: Helo, helo por do viene el moro por la calzada, borceguíes marroquíes, espuela de oro calzada, etc. En nuestra región, duraban unos estivales ó gambales rústicos, que ya asoman en los capiteles de los claustros de Tarragona (siglo xn), hen- didos de arriba abajo, cuyo lado izquierdo se sobreponía al derecho y se sujetaba por el confín extremo con un corchetito encima del tobillo. La calza justa y entera, de pie solado, sin zapatos, era de uso común excepto entre labriegos, que gastaban y gastaron aún por más de dos si- glos sus calcetas y calcetines. Otras veces metíanse zapatos dentro de la calza, y á ésta sobreponían los elegantes, broches ó cadenillas, señala- damente una jarretera de oro y margaritas en la pierna izquierda, imita- ción quizá de la orden de tal nombre fundada en Inglaterra. Otra orden veneciana de la calza fué establecida en 1368 por doce jóvenes nobles (luego veinte), que se dedicaban á ejercicios ecuestres, habiéndose jura- mentado para coadyuvar á la paz y al bien público. Su distintivo era calza larga cuarteada de colores, galoneada (con arabeschi), bordadas so- bre ella en oro y plata unas garras de águila. La variedad de colores en la calza, fijada por reglamento, indicaba diferencia de grados.—Las cal- zas mujeriles, sin llegar á los calzoncillos, equivalían á nuestras medias, sujetas como ellas más arriba de la rodilla con ligas ó jarreteras de raso, seda, á veces oro y esmaltes, y sus broches ó hebillejas. Calcetas de mu- jer á 4 sueldos pieza (cuentas del Delfinado, 1333). Boclas y mordientes de oro esmaltado, para unas jarreteras de raso azul de la reina (cuentas de la casa real de Navarra, 1387). íd. para la duquesa de Orleans, de un tejido de seda azulado con boclas y mordientes (broches) de plata (ibíd. 1400). Jarreteras de oro esmaltadas de lágrimas y pensamientos; íd. sobretejidas de seda azul, guarnecidas de oro, perlas, bálagos, zafiros y diamantes (inventario del duque de Normandía, 1363). En Francia, y en 1364, los calzoncillos de mujer, acaso también los de hombre, llamá- banse bache (V. Ducange). GAMACHAS (derivación de campago), pedules ó peales, escarpines, ita- liano scarpe, scarpette, y otros calzados interiores, perseveran en docu- mentos de esta época: «caligas et pedulia» (Historia del Delfinado, 1348); pealls de paño de Jerusalén (inventario catalán, tercer tercio). Estatutos de Plasència: «Cordoanarii vel calligarii, vendentes scarpas vel calza- — 31o — rios, non possint accipere de pari scarparum ab homine, qua sint sub- tilesintegroe vel intagiatoe,ultra 11 sólidos lodenarios.»Demusio dice en su crónica: «quod calligce portantur solatoe, cum scarpis albis desubtus dictas caligas, etc.» Según Covarrubias, esta escarpa era especie de za- pato de una suela y de una costura, diferente de escarpín, que es funda de lienzo ú otra tela del tamaño del pie, con que se cubre y calza debajo de la media. El propio autor y el diccionario de la lengua, reseñan otros calzados más ó menos rústicos, sin duda ya conocidos en esta época, ó que no tardaron en vulgarizarse. CHANCLO, calzado mujeril, compuesto de un pedazo de madera que se sujeta al pie por encima del zapato, con una ó dos hitas de cuero, y sir- ve para preservarse de la humedad y del lodo. Úsanlo también los hom- bres, en forma de zapato grande, en que entra el pie calzado. CHANCLETAS, calzado sin talón. CHAPÍN, especie de chanclo peculiar de mujeres, diferente del chanclo común, en tener en lugar de madera un corcho forrado de cordobán. Chapel, chapín pequeño. COLOURO, calzado de palo, de que tomó origen el refrán gallego, an- dar de zocos en colodros. CORCHO, género de calzado ó sandalia rústica. CORIZA, calzado de que usan en Asturias y en otras partes, equiva- lente á zapato, hecho de cuero, que se ataca y desataca con una correa desde la punta del pie hasta su garganta. ESPARTEÑA, calzado hecho de esparto, más grosero que los de cordel. Viene mencionada por Eximéniz, y en diferentes inventarios nuestros, con nombre de spartenya y spardenya: también hablan de antiparas y (jámbales. Un documento de 13iüenuncia abarcas, con guitas de badana. En Cataluña teníamos la polaina, ya muy desarrollada aun entre no- bles y reyes, desde el primer tercio de siglo, conforme aparece de varios sellos de nuestros monarcas, y en especial del antiguo retablo mayor de Pedralbes. Vense en el mismo, zapatos multiformes y liosas y botas recias, altas hasta la rodilla con reborde arrollado. Otro retablo de Santa Ca- lina, y el de San Martín de la seo de Barcelona, sobre la caballeresca cal- za peada, dejan notar un zapato plantillado, hecho de correas transversa- les prendidas en la encolladura, dejando ó no un ruedo abierto encima del empeine, ó de las mismas correjuelas transversales, con presilla á su entrada: {orma que se repite mucho en el Libro Verde del Ayuntamiento barcelonés, y más comedida en el ejemplar de la crónica de D. Jaime de Poblet y en códices similares. Otro calzado de grandes rejillas, ó mejor de hitas cruzadas, garganteadas por otras dos, con hebilleja al lado, os- — 31G — téntanlas las ya mencionadas figuras tumbales de Serra y Castelltort en Cervera. La gente hidalga, hombres y mujeres, en la tabla de San Juan An- teportam-latinam, calzan de encarnado, algunos como el rey Herodes, con tal punta de polaina, que se extiende cual una varilla de más de medio metro. En la misma, distingüese una calza juglaresca, adornada al confín de la pierna izquierda, con un zarcillo de bellotitas pendientes, de oro y perlas. Los castellanos calzaban preferentemente botinas (V. el libro de los Castigos, etc.). Venían los obispos conservando sus sandalias rituales, ya rojas, cru- zadas de pedrería, ya negras, acuminadas, de seda floreada y oro, ya con galonaduras y fajas también de pedrería y ricos bordados. Por una orde- nanza capitular de París de 1325, dispúsose «quod aliquis de eclesia Pa- risiis non deferret sotulares consutitios seu ad laqueos, aut caligas alterius coloris quam nigri.» El concilio complut. e del mismo año, aludeá «sotu- lares intaliati.» Otro de Londres de I3i2, renovó la prohibición de zapa- tos rostrados, consutitios y cordatos. Los calceos laqueatox, fueron con- denados para clérigos y sacerdotes, en los estatutos de Guido, obispo Tra- ject.e en 1310. Á los maestres y freiles de la Leprosería, ordenábase en estatutos de la iglesia Carnot.0 (132dj, no presentarse en trajes indecentes y calzando botinas (peperones, diminutivo de perones). Á su vez el conci- lio de Rúan de 1361, condenó las puntas, como cosa de juglaresé histrio- nes, y los zapatos «nimia strictura vel brevitatenotanda,» siendo general el acuerdo de las autoridades eclesiásticas en proscribir tan abominada polaina. Según el concilio de París de 1346, ya entonces lucían los cléri- gos sus zapatos hebillados de plata: «utentes palam per viam incedendo, sotulares ad boucletas argénteas » Los estatutos sinodales de Beziers, 1368, atribuyen al clero, prohibiéndoselo, el calzado cordoneado ó lleno de ca- laduras, propio de seglares: «ut manicis consutitiis amplis, aut sotulari- bus cordellatis seu diversitate foraminum pictatis, laicali abusione non utanttir.i En cambio el concilio de Augers de 13G5, quiso que anduvie- sen «cum bottis vel sotularibus corrigiatis.» Para el común de monacales, no había más que soletas, udoncs, zapa- tos y botas ordinarias, siguiendo los sotulares diurnos y nocturnos. Or- den, de Sempring: «oinnium canonicorum sotulares, tam diurni quam nocturni, rubei corei sint.» Lo mismo se lee en Cesario: el color rojo, por ser el adoptado en muchas canónicas. La de San Marcos de Mantua, no permitía usar «cottam et bottas.» El capítulo general de S. V. de Marse- lla (1312) quiso, al contrario, que sus religiosos «aistivalibusetiam largis, seu botis altis pro calceamentis utantur.» En una escritura de transacción de la Grassa (13ol) confiérense «solas vel empentias (catalán empeñes) et sotulares». Por otra escritura de 1366, los religiosos de Santa Cruz de — 317 — Tailmont recibían en la fiesta de San Martín, «botas seu ocreas de aluta,» á que añadían avampiés (antepedes) para viajar, ó las trocaban por zapa- tos. «Túnicas et scapularia, caligas et pedulia;» documento de 1348, his- toria del Definado. «Monachi percipiant frocos et cucullas de broella, bo- tas, ocreas seu houcellas, etc.»; Arresto del Parlamento de París, 1377. El Cron. Cav e dispone «quod abbates de foris venientes, sine cuculla... ac sine calcariis vell stivariis vel jurgiis, portam monasterii intrare non audeant, necarmadeferre.» Los zapateros vienen designados con nombre de sabaterios y cúrate- rios en documento de la Camarería de Bagneuls, año 1300; con los de cúratenos, sabaterios et semellatores en otro de 1344 (Notas de Lancelot) y cordoanerios en letras del duque de Genova de 1382. Al material para calzado, hacen referencia varias tarifas de prestaciones: «bazanna, sic te- la, pelliparia mercès (Réditos del obispo Autisiodor.0), beuma, badana, aluta (Historia del Delfinado): de coriis et beumis (Estatutos de Marse- lla); de filo, cordis, cera, corduano, hazannis et mercimoniis (Historia del Delfinado, escritura 1309); zipellosetcoi-ollas (Estatutos de Plasència); plantare (plantilla), etc. «Omnes sabaterii accipiant desolando unopar- infularum, 3 óbolos (escritura francesa de 1316), de repediatura caliga- rum (echar nuevos pies á las calzas), cum suo reppo sartoris, albo eten- dago (repunto blanco y azul), 11 denarios (dichos estatutos). La piota,en italiano planta del pie, viene expresada en los propios estatutos en senti- do de herradura: «de ferradura boum, cum duabuspiotis novis et cum cla- vis... una piota in aliquo pede.» á€eii@B¡@S Plumas y perlas, dieron especial carácter á las modas de este siglo. Todos los sectarios de ellas, civiles y militares, desde 1350, izaron pena- chos sobre sus gorras, sombreros ó capacetes. Plumas de gallo y de aves- truz hacían el principal gasto, alcanzando estas últimas grande.estima y subido precio. Las perlas ó margaritas no eran menos costosas, sirviendo para realzar toda clase de accesorios lujosos, sembradas además por ves- tidos, armaduras y calzado. La cota de armas del duque de Borbón, pri- sionero con el rey Juan de Francia, tenía bordadas 600 perlas, sin contar multitud de zafiros, rubíes y otras piedras. Ya hemos visto en su lugar, que para mujeres eran artículo de lu- jo sus tocados de garlandasó coronillas, etc. Ricardo II, en su testamento de 1398, dispone, «de ómnibus jocalibus, videlicet circu- lis, nochiis,» etc. Escritura de 1308: «jocalia, videlicet 1 coronara et 1 sertum de auro, munitum de perlis, smeraldis, balasceis, diamantibus et robinis, et 6 íirmalia de auro, munita perlis et laps pret.s» «Fronteria perlarum,» escritura de 1473, S.'V. de Marsella. «Coronas e guirnaldas; guirnalda de las esmeraldas; garlanda de 10 piezas; otra de hoja de oro con piedras de vidrio azul y colorado; guirlandas de perlis, auro, argen- to vel gemmis» (documentos nuestros), «guirlandum, de garlandellum» (en documentos italianos.) Tolta (soguilla), coatia, collana, nochia, nosca ó ñusca, son apelativos de collar. Escritura de 1320: «tres ñusca; auri, cum gemmis pretiosis.» Otra de Gofredo, conde de Angers: «dedit uxori duas ñuscas áureas in prastio 10 libr. m ». Entre collares y cadenas de toda clase, usadas en Espa- ña, tenían los catalanes la cadena cócora, que el desposado regalaba á su - 3t6 — novia, como parte del ajuar nupcial. Anales de Milán, 1389: «3 collame, 1 lacta ad orejielas auri et llores albos, alia ad botonzellos albos et rúbeos, et alia ad modum unius rosante, cum botonzellis albis et rubeis.» Lucían nuestras paisanas cual accesorios de prendido, btochaduras, cintas, trenas, etc.; colgábanse de las orejas zarcillos de oro ó plata, al- majares y arracadas (unas de red de aljófar); rodeábanse al cuello .ó á las muñecas, collares de oro y perlas, sartas de oro, plata, aljófar, «de esta- ño buenas e fartas, para labriegas» (Hita), sartales, collares, cadenas, trenzas de oro y perlería, hilos, cuentas ó rosarios de Hambre (ámbar). La broncha, y la pancha, indicadas por el mismo Archipreste de Hita, eran del linaje de joyas pectorales, que con denominación de patenas, por seme- janza á las del rito eclesiástico, siguieron y se perpetuaron entre labra- doras de muchos pueblos castellanos, habiendo sido antes señoriles (V. el Romancero dei Cid). Hed ó bead, brazalete en inglés, suena con nombre de beda, en testa- mento de 1386 (Madox): «lego D. mu Euphemia? deHerlaston sorori mete, 2 paria de btedis de auro.» El anillo, aniello (anulum), distinguíase de la sortija en ser ésta un simple y delgado cerco (vir¡/a en catalán, y francés verge). Testamento de B. de Alborea, 1367: «1 anulum, cum parva virga.» aVirga auri» en ca- pítulos matrimoniales de 1468. Varetas, igual lección, J. Demus. Crónica Placent.: «qutelibet d."" communiter habet tot anulos et varetas auri cum lapidibus prtutiosis,» etc.; anillo «cum stopassis» (topacios), notas del Lancelot, 1379. Nuestros paisanos de uno y otro sexo, ostentaban en las manos gran variedad de anillos y sortijas; anillos episcopales, otros complicados y curiosos, llenando los dedos (Eximéniz); anillos de oro; id. rústicos de estaño (Hita); muchos con granates, esmeraldas, hieman ó piedra dicha diema (imán?), zafir, rubí, turquesa (segundo tercio); de oro signatorios, con sello familiar, verdaderos sellos anillados; otros cuyo cos- te uo podía exceder de riü sueldos, para regalo nupcial; id. con camafeo (lapide vocato capmaseu). Los anillos guardábanse en casa, metidos en una dedalera de terciopelo ó paño. Los inventarios describen sellos de plata, un silvo (ciuletum) de id., colgado de un cordón de seda; una bocina de asta (bucina de banya). El firmal ó fermalle (íirmaculum, fyrmalle), por otro nombre pieza, constituía un rico prendedor de cabeza ó pecho, regularmente de oro y exquisitos realces. En los documentos ocurre un broche (catalán tanqua- dor ó tancador) de seda, laboreado de plata. Prendedor en Italia, era la stacha ó stacca, de los anales de Milán (provenzal stoque): «stacha 1 auri pro altacando mantellum, babensbalassos 11, saphiros 11, et perlas 92.» Estatutos de Marsella: «nulla meretrixaudeat portare mantellum aliquem — 327 — nisi de panno vergato, sine stachis.» Después se llamó así al ronzal de los animales; tabulado de S. V. de Marsella. Estachatum, fijado (attaché), ibídem. Picrale, parece pectoral, en escritura de 1320. «.leus pro palleo» léese en otra de 1301 (3 acus de argento cum lapidibus). Una cuenta de 1318 se- ñala alfileres en la vozespingla, y la griega bela: «pro rauba brunette nigra; domina', et plurimis alus necesariis in dicta rauba. et pro espinglis et bellis, 24 libras, 6 sueldas. Espingla, procede de spinula, en céltico spil- ven. Historia del Delfinado, 1327: «pro emendo bursas, zonas, espinglies ad dandum dominabus». Constituían otra presea, los rosarios ó cuentas (saltiris, ó paternostres en catalán, francés, italiano), ya ceñidos al cuello ó á la muñeca, ya col- gados de la cintura, ora muy curiosos de ámbar (Hambre) y coral, ora de plata y oro, coral de Suabia, búfalo, olivetas (olivariis), vidrio, granadu- ras de diferentes clases, etc. «Rosarios de coral enhebrado en cordón de seda morada, unos alternados de corazoncítos de plata, otros de ámbar,» en 1380. El año 1367 fueron prohibidos los de pedrería. Anón, á los Ana- les de Milán: «filum paternostrum auri, cum certis perlis et alus perlis in capite fili, cum botonibus 84 januensibus, et ziliis 6 albis.» Historia del Delfinado, cuentas de 1333 á 36: «pectinibus, speculis, filis de pater- nostris de ambro, curallo, vitro, crystallo,» etc. En inventario de la igle- sia Eborac", Monást. angl., llámanse prvecuhe, y sus glorias gaudie: «2 paria precularum argenti deaurati..., id. de corallo cum 16 gaudeis argenti. Ibid. de corall, cum le gaudeys deauratum... 2 annuli de auro et 2 gaudeyas de auro, involuto in sérico rúbeo.» Por su semejanza con los chapeletes ó coronas de rosa, que estilaba la mocedad elegante en fiestas y regocijos, dijéronse capellina, en francés chapelet; V. de la B. Justina de Arezzo, Sozomeno, Palladio en la H. Lausiaca, etc. Broehaduras, presillas con mosquetas, hebillas con charnelas y boto- nes, utilizábanse profusamente. Broehaduras de oro, plata, aljófar, etc.; otras de oro y metal; hebillas de lo mismo; unas anchas de latón; id. para calzas de mujer, especie de atapiernas (Hita); id. para bragas, corazas y otras piezas de armar; ocurriendo en el último tercio un farsete ajustado con broches y mosquetas de plata. Hebillas-botones de oro (Eximéniz); botones y granadillas (magranis) de coral, filigrana, arambre. esmalte, etcétera, entretejidos de oro y seda en el segundo tercio; permitidos sólo por bandos concejiles, los lisos de plata sobredorada, para cabezones y mangas de hombre, unos pequeños, otros esmaltados; «sobrecota mujeril con 15 esmaltes, 15 barretes, especie de broehaduras, y 12 botones.» «Ves- tes fixas (fibulatas), decurtatas, cum botonibus, deferre non verantur» (Concilio de Angers, 1365).—La muesca ó charnela de la hebilla, en fran- — 328 — cés ardillon, ocurre con nombre de hardelonus en el proceso de S. Ibo: «hardelonus zonae et túnica', quam habebat induta ipsa Blancha,» etc. En la vida de Santa Brígida, suena sculum, «argenteum pretiosumque,» en sentido de hebilla. Charnela es también el rangherium de los Anales mi- laneses: «fermalium l.habens írangherium cuín cornibus auri, cum sa- phiris 2, uno diamante e t 3 perlis grossis.» Prunelli por botones, en los estatutos de Plasència: «prunelli de drappo». Demusio: «prunelli argenti deaurati vel de perlis,^deversus gulam.» Pomellus fué asimismo pomo ó pomillo de olor. Botoni mereitati, por acanalados, en los estatutos milane- ses: «collana auri, cum botonis 32 inerenatis.» El glos. de San Germán traduce rubum, en equivalencia de botón. Por semejanza con el níspero, maspilum (francés nefflier), el botón esférico aparece con nombre de maspilos en la constitución de Juan, arzobispo de Nicòsia, 1320: «nullus canonicus extra donium, portet guarnachiam de ante scissam per terranii nec maspilos de argento seu auro, nisi de panno tantum aut ossa.» Oro y pedrería. Biel ó masa de oro ó plata, en francés billón, en inglés bullion, sale con nombre de bullión, bullonia. «Aurum arabicum» en (Jtón de Fresinga, Knygton, Thuroczio, romance de Alejandro, etc. Gra- natus, granate ó carbunclo, y otras piedras. Epístola de Federico II, expli- cando la significación mística de varias piedras, contraída á las virtudes teologales: «smarejdi viriditas, fidem; saphiri serenitas, spem; granati rubicunditas, charitatem; topacii claritas, operationem significat.» Tur- chesius, turquesa, piedra turca, documento de 1347; turchina por la Aca- demia de la Crusca, la antigua calaide; de ahí el turchinus, azul turquí, favorito de aquella nación. «Lapides turkesii,» Monástico anglicano. También es color azul el graicus ó lazerius del Cron. Constanc.e Balajius bálago, carbunclo, de Balascia, región déla India. Bales, balaissis (Skin- ner), escrituras de 1308, 1347, etc. Estatutos de los plateros de París, 1353: «nul orfavre ne peut mettre ametitre avec balois, ne esmeraudes, rubis d' Orient, ne d' Alexandrie, sicen 1 est en maniere d'envoirrement, servant comme un crystal sens feuille. Rubís, saphirs, fins balois de Bi- gorre», Oct. de San Gelasio. Esmaltes, realces, apéndices ornamentales, etc. El esmalte se indica con variedad de nombres: «mitra cum smalto auro et argento, lapidibus et pernis ornata... Par chirothecarum de seta alba, cum smaltis imperlatis;» escritura de Juan, arzobispo de Capua, 1301; «scutum esmentatum,» es- critura de 1332; «argentum in esmero, communis Massiliae» (Estatutos de Marsella): «scyphi, bachini inmetallati;» testamento de 1332; «crux ar- ínentata,» documento de 1343; «enanelatus» (en inglés enaneli), Inventa rio de la iglesia Eborac.e; «ammaylatus,» Monástico anglicano; «nodulus- esmaillatus, crux idem;» Inventario de Limoges. Camafeos, gamahei en — 329 — el Diccionario de le Baillif: Spagyrico sunt lapides in quibus imagines juxta corporum superiorum constellationum sculptae sunt.a Inventario de S. V. de Marsella, 1358: «in mitra, inter 4 grossos lapides, est camasil habens faciem hominis respicieutis ad sinistram.» Bando de París, 1321: «lorenos garnitos de sérico, semina tos de boutoniset camahelis.pretii 20 sol.m.» «Baculus de ybernis (ébano), en inventarios de la Santa Capi- lla, 1363-76, etc. «Mascíue marescalorum operata? argento, et servientium cum 3 virolis argenti. Garnitores virolarum» (conteras), Arrestos del Par- lamento, 1302.—Lises, lilium, italianogiglio, anónimoá los AnalesdeMi- lán: «corona auri cuín ziliis 6 magnis et 6 parvis, super cujus friso sunt salliri 6 grossi.»—Cascabeles en riita; sonalha, sonaglio(sonajas), en docu. meato de 1344 y en Constituciones de Federico de Sicilia: lavis amissa cum gettis (catalán gits) et sooaliis,» etc. Soñera, campanilla peculiar de los romeros de Santiago. VI TRAJE CLERICAL. En abusos indumentarios del clero, nada tiene que envidiar este siglo al anterior. Por una parte su ignorancia todavía arraigada, y por otra su prestancia excesiva en autoridad, ostensión y señorío, unidas á la gene- ral llaneza y libertad de costumbres, fueron motivos más que sobrados para que propendieran á los hábitos mundanales, con harta mengua de las reglas canónicas. Una ordenanza del obispo de Gerona de 1316 lamen- tando los abusos de ciertos individuos del clero, dispone que se absten- gan de ejercer oficios viles, entregarse á costumbres licenciosas, vestir trajes desordenados, ocultarse la tonsuTa, llevar armas, etc., etc. Acudiendo otra vez á los Cánones, de su persistencia en condenar, argüiremos la tenacidad en reincidir. A la sazón, el clero secular, en el uso común, carecía de traje propio, vistiendo como los laicos, salvas la moderación y reserva en formas y colores requeridas por su estado, á aquellos que sabían respetarlo; desgraciadamente las numerosas pres- cripciones que siguen, patentizan cuan generales y frecuentes fueron las abusiones. Prohibe el Sínodo de Bayeux ¡1300) á simples beneficiados, los trajes niuy cortos ó muy largos, y los hendidos; á dignidades y sacerdotes las — 33Ó — capas abiertas y manicadas, y también los vestidos de colores, verdes, encarnados, etc., con mangas y calzas repuntadas (consutitiis). Pedro de líetet, obispo de Tortosa, vedó á sus canónigos (1307) toda hendedura en el traje de encima, pieles excesivas en los manteles, espuelas, frenos y sillas de montar lujosas, cubiertas con tapete de grana: el conc. de Tré- veris (1310), á monjes y monjas, los manteles y sobrecotas abiertos: el Sínodo de Pérgamo (1311) los trajes irregulares, las capas barreadas ó partidas de colores diversos (vestes virgulatas seu de cathabriato, de me- dietate, vel listatas), las coronas poco abiertas y los bonetes (ínfulas) de seda, al estilo laical: Pedro ob. Ruthense, legado de Chipre, en el año 1313, las coronas (?) de lino (non coronam lineam ut miles, laicus seuvayletus deferant clerici): Milón, obispo de Orleans, en 1314, las sobrecotas con botones al pecho, queriendo fuesen cerradas (y lo mismo ordenó S. Ger- mán de París); el conc. de Rávena (1314-17), las ropas de color impropio, abiertas y no talares, la omisión de capa ó mantel por la calle, y de capa negra ó sobrepelliz blanco por la iglesia, consintiendo los tabardos para campo, siendo cortos, y luego los largos aun para dentro de la ciudad: el conc. de Sens (1320), las mucetas de terciopelo y las calzas blancas, verdes, amarillas, coloradas ó escaqueadas: el de Gerona en igual fecha, los vestidos verdes, bipartidos, rayados (virgatis), rojos ó escaqueados, pro- hibiendo asistir al coro con ellos ó en calzas, debiendo llevarse sobrepelliz con capa negra en invierno, almuza negra con capilla, encima del so- brepelliz ó de la capa, y la pluvial en ocasiones requeridas, y dicho sobre- pelliz debajo, mas no roquete ni garnacha: el de Valencia (1322), los vestidos de seda, y los tabardos á obispos, aun para ir á caballo, debien- do contentarse con roquetes de lino (suecas lineas), capas y sombreros adecuados á su dignidad: el de Valladolid (1323) las túnicas cordoneadas, los vestidos y capas barreados ó partidos, los zapatos dorados y entreta- llados, el cabello y barba crecidos (nullus conjugatus comain autbarbam nutriat, deauratos aut intalliatos sotulares, tunicam cordatam, cappas et vestes virgatas vel partitas portare pruesumat): el de Toledo (1324), los tabardos y sobrecotas tan largos que arrastrasen, «cum hoc non honestas sed superfluitas et indecentia cousecratur.» una constitución sinodal de Urgel (1328), manda á los clérigos de la diócesis asistir al concilio en la iglesia, llevando bien y honestamente sus sobrepellices y birretes (birre- tis): los estatutos déla iglesia de Tudela (1328), proscribieron en cambio el uso público de bonetes y redondeles, permitiendo sólo una caída (de- vio) larga, á modo de hábito, y el tabardo forrado hasta la cintura; el Concilio general de Viena y los estatutos de la iglesia de Cahors, vedaron asimismo los trajes de colores, barreados ó partidos, los tabardos forra- dos hasta la orla de la falda, y tan breves que dejasen descubierta mu- — 331 — cha parte del vestido inferior: el de Aviñón (1337), los vestidos abiertos, de extremada brevedad, y las mangas largas, no redondeadas: el sínodo de Worms (1340) las capas abiertas y los argautes: los estatutos provin- ciales de Cantorbery, aquellos trajes que por su corte y por ser rayados delante y detrás, más parecían militares que religiosos: «quilibet cleri- cus... vestem exteriorem gerat dissimilem militan vel laicali, utpote anterius vel posterius non birratam, vel saltem ex forma sua militari vel laicali, congrua honéstate dissimilem;»el concilio de Londres (1342), los trajes soldadescos muy ajustados, de mangas exageradas en longitud ó anchura, ó cercenadas hasta el codo, con su cañadilla y reveses de cendal; las calzas rojas, verdes ó escaqueadas, las clochas con forros, los zapatos de punta ó entretallados menudamente, las capillas de coleta excesiva, las gruperas en sus cabalgaduras, las bocinas de caza colgadas al cue- llo, etc.. permitiendo unas túnicas abiertas llamadas mensales (batas), aunque sin exageración de mangas, y los trajes breves y estrechos para viajar: el de París (1346), las vestiduras fruncidas ó muy hendidas, las al- muzas de terciopelo, las mangas y cornetas prolongadas, las calzas colo- radas ó verdes, con hebillejas {boucletas) de plata: otras constituciones si- nodales de Tarragona, de 1355, las cotas ó sobretúnicas de mangas con braceras (goletis), debiendo ser redondas y competentemente largas, y la cota cerrada hasta el cuello; los cintos y espadas enriquecidos de oro ó plata llevados ostensiblemente, permitiéndoseles uso de armas para ir á maitines ó de viaje, ó si tuvieren enemistades capitales notorias: un síno- do de Tortosa de 1359, el uso ostensible de espada ó manerés, ceñidos al flanco derecho ó al izquierdo, aunque podrían llevar armas, traer cintu- rón encima de la sobretúnica ó cotardia, consintiéndoseles tabardos ó manteles (montanos) de decente aspecto: los estatutos de la iglesia de Lion (1360), el exceso de mangas abotonadas hasta más arriba del codo y adheridas al guardacuerpo. Otro sínodo de Urgeldel364, quiere que sus clérigos asistan á todos los actos religiosos con sobrepelliz, almuza negra (forrada de veros la de los rectores), birrete (birretum)si acaso no tuvie- ren almuzas, debiendo procurárselas; además les prohibe llevar espada, bajo pena de confiscación, usar ropas rojas, verdes ó listadas, mangas, repuntadas ó consuticias, zapatos de polaina y lazados (cordelatis). y á los clérigos conyugados, deseosos de gozar de los privilegios eclesiásticos, les manda lleven tonsura y el traje de su clase, sin consentirles ropas ver- des, rojas ó rayadas, ni usar ballestas, arcos, lanzas ni halcones custula- rios» (Villan.* t. 11). El conc. de Angers condena (1365) los manteles, re- dondeles, capas y sobrecotas abiertos, prendidos aquellos al hombro las clochas repuntadas de sedas de color, las ropas cortas con botonadura al pecho, y las rozagantes ó de cola. En Lérida, por capítulo general — 332 — de 1369, se dispuso que ningún canónigo ó beneficiado osase parecer en el coro, cubierto con mantel ó tabardo blanco, verde, ó de otro color im- propio, ni con sombrero de sol ó cerboj (serboyx). El prelado Guillermo Botet previno más adelante, que no se disimulasen los sombreros desoí (nulla fraus fiat) componiéndolos con otros accesorios. Unas constitucio- nes de Tarragona de 1372, quieren que los sacerdotes vistan sobrepellices en todos los actos religiosos, prohibiéndoles en actos del ministerio, ca- puz calado ó derribado sobre el cuello, debiendo usar en equivalencia, almuza y birrete si quisieren. Era entonces costumbre dejar para la iglesia, la mantilla (capida) con que se llevaba los infantes á la pila bautismal. Una ordenanza capitular de Tarragona de 1360, prohibe utilizar aquella ofrenda para convertirla en camisa ó calzoncillos, como hacían algunos párrocos, y ordena se destine sólo á cortinas, sobrepellices ú otros adornos de la iglesia. Los estatutos de las de Beziers y Nimes (1375) establecieron que los vestidos fuesen cordoneados (cordelatos) por delante, de arriba abajo; las Capitu- lares de S. Víctor de Marsella (1378), vedaron á su vez las hopalandas y cotardias fruncidas, con esclariu (esclavina?), mangas desmesuradas y cor- dones en ellas y en el cabezón (capstina). Según las mismas, debían ha- llarse prevenidos para huéspedes, en poder del hostalario, 4 llocos y otras tantas almuzas ó camales {camallos, en francés camail). Por fin D. Hugo de Lupia, en unas constituciones sinodales de Tortosa (1388), consideran- do que algunos curas faltaban al decoro de su clase en no llevar vestidos enteramente cerrados, sin dimensiones abusivas y sin botonaduras co- rridas á lo largo, ordenó «quod prefati clerici, rectores et vicarii, utantur vestibus non nimis scotatis, longis vel brevibus, cum debito colore et debita forma ac congruenti, et non botonatis.» No quiere haya botones en las prendas de encima, ya sean gramalla, ya sobrecota, tabardo (ta- bargium) ú otra cualquiera. Permítelos en empuñadurasdecotas ósobre- cotas, como no excedan del número de seis, sin gorgueras (gorgeriis) de extremada elevación, y mangas anchas y holgadas como las de las alju- bas. Condena igualmente el calzado sumamente abierto, «sed tantum aper- tum ut pes possit intrare,» con punta de polaina (punctis seu rostris), todo bajo multa de cinco sueldos. Ya en 1307, se previno á los canónigos de la misma iglesia no usar vestidos de encima abiertos, pieles excesivas en los manteles (mantellis), sillas, frenos y espuelas lujosos, ni mon- tar en sillas de paño rojo. Guido de Terrena, obispo de Mallorca, ordenó en 1322 que sus canónigos y demás beneficiados, vistiesen en la tempo- rada de invierno «capas nigras cum caputiis, latas et longas usque ad terram,»y sobrepellices en los actos de su ministerio. Los que carecie- ran de capa, debían andar delante en las procesiones. Algo después se — 333 — ordenó que cada canónigo á su ingreso, pagase una capa procesional, del valor mínimo de 45 libras (Villanueva, t. 21, p 181-186). Otro tanto sucedía con el clero regular Prescindiendo de los begui- nos ó fraticellos de la Bazoche, asociación que so color de puritanismo se entregaba á los mayores excesos, por cual razón fué condenada en bu- la de 23 enero 1318, aludiendo á su traje afectadísimo, que constaba de «quodam habitu cum parvis caputiis, curtos, strictos, inusitatoset squal lidos, etc.»; unas constituciones de Gluny de 1301, vedan á sus religio- sos andar por fuera del monasterio y cabalgar, sin floco ó capa regular, cuyos pliegues no estén simétricamente cosidos alrededor de la collera (plica circumquaque collum non suta\ En la reformación del monasterio Mellic.0, se prescribieron las camisas de lana y no de lino, condenándose el bombasio ó joppa, y «los pileos foderatos cum pellibus.» En otra refor- ma del Cister de 1335, prevínose á abades y monjes, el uso exclusivo de paños blancos y pardos, sin consentir á sus domésticos ropas barreadas ó partidas, ni otra clase de lucimiento. La de Benedictinos, del año si- guiente, ordenó llevaran el calzado alto hasta cuatro dedos encima délos tobillos, atado con lazo ó correa, prohibiéndoles capuz hendido en las hombreras, como no fuese bajo cierta forma autorizada por sus abades, procurando completa uniformidad de hábito, sin que en adelante, «nu- llus, redondellum, clochiam, cucullam manicatam vel tabardatam seu epi- thogiatam, aut in veste superiori habitui próxima, manicasügatas, con- sutitias seu quomodolibet botonatas portare presumat.» Según otras constituciones de Juan, arzobispo de Nicòsia (1320), los canónigos de su catedral vestían en invierno túnicas, cotas (en sentido de roquetes) y ca- pas, los capellanes capas, y en verano sobrepelliz sin cota, y almuzas los primeros. Éstos no podían salir con garnacha hendida delante y tocando al suelo (apertam per terram). El conc. de Basilea quiere que sus canóni- gos reglares se limiten al uso de clocha, mantel ó redondel «pro veste exteriori.» El ceremonial para la admisión de canónigos novicios de Ta- rragona, expresa en el acta del antiguo rito: «novitius volens indui su- perpellicio, prius rasus ac tonsus, indutus coiteris vestibus quoe ad cano- nicum pertinent, praeter capam et superpellitium, cum saeculari capa venit ad capitulum... postea induit novam capam canonicalem.> Unas constituciones sinondales de la misma ciudad y año 1335, prohiben á su clero juegos de dados, y mantener concubinas públicamente (Villanueva t. 19 y 20). De otras constituciones dadas por Benedicto XIII á los canó- nigos reglares de S. Agustín, en 15 mayo 1339, sacamos estos pormenores: para salir á la calle debían usar capas ó manteles decentes, redondeles ó clochas de proporcionada longitud, y abstenerse de manticas ó tabardos, y cloahas ó redondeles más ó menos abreviados: para dentro de la iglesia , — 334 — desde Todosantos á Pascua, capas de paño, abiertas en la delantera, lla- madas en algunos lugares capas de coro ó capilla (capella), sin excesos de brevedad ni longitud: en el interior de sus canónicas ó catedrales, al muzas honestas, y no capillas, del color de los abrigos: las capillas, per- mitidas para salir, moderadas, de igual color que los manteles, capas, re- dondeles y clochas, salva legítima usanza en contrario: prohibido todo aforro de vientres de veros ó de ardillas, mezclados con sus dorsos, admi- tiéndose sólo zebellinas (?) (civilibus) sencillas, blancas, negras ó grises. El sobrepelliz, que llevaban encima del hábito, debía ser holgado, bajan- do hasta más de media pierna, y sus mangas hasta cuatro dedos allende la mano, si bien para calle, debajo del abrigo, podía ser algo más corto y pasar de la mano un palmo, sin alterar no obstante la costumbre de al- gunas localidades, que desde el origen de sus canónicas estilaban sobre- pellices semejantes á los roquetes ó camisas romanas; nunca, empero, po- drían ser más cortos de lo lijado, ni sus mangas dejar de cubrir el brazo hasta el puño. Los colores lícitos reducíanse á blanco, azul ó gris; la ro- pa superior más cercana al hábito, debía caer en redondo, sin hendidos ni otra exageración: las mangas lazadas, botonadas ó curiosamente repun- tadas (consutitias), quedaron proscritas del todo. Al que en público in- tentase disimular su hábito, «superindumenta scilicet línea,» se le im- pondría una corrección, y á los abades y prepósitos se ordenó procurar la uniformidad de indumentos en sus iglesias respectivas. En Tarragona prevínose el año 1372, que para todos los actos religiosos se vistiese sobre- pelliz, vedándose en los mismos el uso de capilla calada ó derribada á la espalda, limitándose á llevar almuza y birrete (birreto) á voluntad. 1'nas constituciones capitulares de Mallorca, dictadas en 1377, hacen severas prevenciones á los clérigos que salían del coro antes de tiempo, dis- curriendo por la iglesia con sus capas y sobrepellices, epitogios y gra- mallas, trabando conversación con seglares y mujeres, y á veces en el mismo hábito salían á la calle, no sin escándalo de las gentes. Nicolao IV, en epístola á Odorico Rainaldo, año 1378, estableció la forma de capas que debían llevar sus monjes: «deferaht cappas nigras de segia (saya) sim- plices, vel foderatas á cíngulo vel circa ex parte anteriori, fixas interius et apertas.» El hábito de los religiosos de S. Víctor de París, consistía en dos túnicas, una de lana y otra subtalar, concapirones (capparones), y muflas ó guantes flojos (mainfulas, móll'ulas). Otras constituciones sinodales de la iglesia de Mallorca, año 139o, expresan el abuso de traer sus beneficiados gramallas abiertas por de- lante, con gruesos cordones (condulis), mantos por igual estilo, capuchas de cogulla sobreeminente, mangas anchurosas (que seredujeron á 2 y '/, ó 3 palmos de ruedo), las mismas hendidas, sacando por ellas y por el co- — 335 — llar blancas camisas ó alcandoras de lino, algodón ó seda: también abu- saban en reducirse la tonsura, y dejarse crecer el cabello á profusos bu- cles, encima de las orejas. No faltaban algunos tan torpes que especulasen con sus esclavas, haciéndolas ganar dinero en los lupanares (Villanue- va, t. 22). Si se quiere formar idea del aspecto general del hábito eclesiástico sin abusos ni excesos, oigamos loque dice Áulico Ticinense (de Laúd. Pa- pioe) acerca los clérigos de su tiempo (año 1330). «Los sacerdotes, sean prelados, canónigos ó simples beneficiados, usan por traje honesto, man- tel cerrado (clámide clausa) ó abierto por delante, con gran capilla al dorso y birrete en la cabeza; y los que á falta de medios no alcanzan para tanto, van con tabardo decente y calada la capilla, que difiere algo de la de los laicos y aun de los demás clérigos, ó birrete en lugar de ella. Po- cas veces, y eso dentro del término de sus parroquias, se atreven á salir con la sola cota, llamada sobrepelliz en Francia (costumbre que quedó á los canónigos reglares), y salvo los dignatarios ó prebendados de alguna catedral, no visteu de otro color que prieto, azul, morado ó alguna mez- cla sombría y pertinente. En algunas partes vestían además de colorado. Por los resúmenes que anteceden, queda bien demostrado que los clérigos, según hemos dicho, carecían aún de vestidura especial; y á la verdad, siendo talares la mayoría de ropas civiles, cumplían ellas á la representación grave y severa del estado eclesiástico, sin exigir apenas Jijeras diferencias, que se reducían á la moderación de hechuras, colo- res y accesorios, y al uso obligado-de algún amiclo para salir en públi- co. Al igual que los particulares, gastaban interiormente camisas, bra- gas, jubones, y exteriormente gonelas, sayas, sobrecotas, con todo linaje de cubiertas. Entre los inventarios de nuestra colección, uno de un clé- rigo de Vilafranca (1389), consigna bragas de lienzo, tirabragueros de fustán, calzas blancas, cotas de paño morado, azul ó mezcla, aforradas de veros, corderos ó conejos; gramalla con sus puertas, zamarras mora- das, lander de fustán, mantos grandes y chicos á fondón de cuba, sobrepe- lliz de velos nuevos, ceñidor y bolsa, collarín blanco de lienzo ó de lana, almuza cerrada, cerboj morado de tripa, capilla de capellán grande, doble, de paño morado; birrete de capellán igual en color, con orejeras; capiro- nes de paño, forrados de id. ó de veros, sombreros de sol, guantes de cuero blanco, etc. La capilla y el birrete de capellán, arguyen que ciertas prendas iban adquiriendo carácter, y esto lo confirma el Ordenamiento de Menestrales cuando señala capas forradas para prelado, garnachas y redondeles para id., con su capirote los últimos, mantos lobaudos con capirote, é mangas botonadas. Lo mismo el Ordenamiento de Toro: ves- tidos de prelados, aforrados en pieles veras y blancas, tabardos y capi- — 336 — rotes con (orro de piel verada, etc. En otro lugar se indican zamarras de chamelote, ó de paño de Malinas azul celeste, con su capirón y cogulla para canónigo Del ajuar inventariado, forman parte algunos de los ob- jetos que tan ahincadamente prohibían los concilios: camisas con empu- ñaduras, mangas consuticias, vestidos de colores, manteles ó tabardos de id., zapatos rostrados y entretallados, espada de ceñir, etc. El citado concilio de París (1323) dice claramente de los clérigos, «qui caligas rú- beas ac scacatas et alias inhonestas publice deferunt.» Eximéniz, tan in- cisivo contra los abusos de la clerecia, recuerda por su lado las asiduas devedaciones de ropas de color, verdes, encarnadas, bipartidas, barrea- das ó escaqueadas, y no menos severo con las religiosas, alude á sus diso- luciones, explicando como algunas llenas de vanidad mundana, se per- mitían ropas ajustadas, y tocaduras pretenciosas, tapiñes, bolsas, guantes, joyas, etc., sin otras licencias dignas de mayor censura. Dato más ex- presivo sujiere un Ordenamiento de Valladolid del año 1351, sobre ba- rraganas de los clérigos, disponiendo que vistiesen paño de color, fuera de viado de Ipre, tiritaña ó valencina viada, y en lugar de ello pellicos de picote e lienzo, e no otros paños ningunos; y que para distinguirse de las mujeres honestas, se pusieran en las cabezas, sobre las tocas e los velos e las coberturas con que se tocaban, un prendedero de lienzo ber- mejo, de anchura de tres dedos. El Rabí don Santo (Sem-Tob), en su célebre Danza de la Muerte, pa- sando severa revista de todas las clases sociales, con intencionada críti- ca de la clerecía, ya por la folgura del prebendado, que tan bien se pa- gaba de su calongia, ya por la flaqueza del fraile, que maguer mendicante vivía vicioso, ya por la liviandad del subdideono ó del sacristanejo de ma- la picana, que animados aún de ardor juvenil, se entregaban á noctur- nas francachelas, ya en fin por la disipación del cura, que rico de pollos y lechones, obladas y diezmos, departiendo alegremente con sus feligre- ses, bebía á la luz del sol el vino que los mismos le regalaban; caracteri- za al Pontífice en su bermejo manto, al patriarca en su dorada cruz, al arzobispo en el traje pontifical y palo roma?w, al canónigo en su delgado sobrepelliz de lino, al diácono en su fina almdtica, señalando además el bonete del arcediano, la camisa del alfaquí, el çelicio, mal recordado por el abad, etc. Esto nos conduce como por la mano, á hablar de los distintivos ade- cuados á algunas eminencias de la Iglesia. El jefe de ella sobresalía en efecto (aunque no siempre), por el manto de púrpura, que es carmesí ó de grana en pinturas y viñetas de este siglo, unas veces encapillado, fo- rrado de pieles y cerrado por arriba, cubriendo elalba, otras á semejanza de la capa pluvial, cogido sobre el pecho con un florón de pedrería. Ese — 337 — manto de púrpura fué extendido á los cardenales en 1242, según autores afirman; mas las consabidas pinturas, sea que se ejecutasen á capricho, ó sin bastante conocimiento, dánles mantos cerrados por estilo del papal, con variedad de colores, y hasta barreadas las túnicas, conforme patentiza uno de nuestros calcos de la catedral de Vich. Sólo en el capelo (capel- lum), más ó menos aliancho, prevalece el color de grana, que regular- mente lo era también de sus largos cordones y borlas. La tiara pontificia, heredera de la oriental y del cidaris hebreo, contraída hacia el siglo x á hechura de cubilete cónico, creció y recibió sucesivamente á semejanza de la imperial, las tres coronas que simbolizaron el poder espiritual sobre las tres partes del mundo entonces conocidas, á saber, una en su base, adoptada por Alejandro III hacia 1170, otra más arriba, añadida por Bo- nifacio VIII (1294-1303), y la tercera introducida por Urbano V, cuando su promoción en lc62. Esta diferencia de coronas es dato cierto para es- tablecer la fecha de ciertas pinturas ó esculturas, según en ellas se ve figurado al pontífice. El mismo, antes del siglo x, llevó mitra sin distinción de la de los obispos, como aparece de Bernardo biógrafo de S. Malaquías, citado por Baronio, hablando de los mitratos romanos pontífices, y también de una carta de los Arnaldistas de Boma al emperador Conrado. La mitra, como sabemos, fué al principio una simple venda frontalera, luego un casque- te cerrado, con dos protuberancias laterales, que se exageraron de siglo en siglo, cambiadas en dos puntas delante y detrás, las cuales desde el xa eran triangulares, y en lo sucesivo tendieron marcadamente á la for- ma piramidal. Así prelados como obispos, según el antiguo ritual roma- no, debían poseer tres mitras, una sencilla (simplex), con pocos adornos, otra de tisú galoneada (auriphrygiata) y otra preciosa hecha de láminas de oro ó plata, con engastes de pedrería: de la misma y de la tiara, pendían dos ricas cintas, bastante largas (tenias) en la Edad Media, equivalentes á los cordones con que la mitra primitiva iba ceñida. El obispo Oliver de Barcelona en 1345, cumpliendo lo ordenado por Constitución tarraco- nense,dióá su sacristía una mitra y ornamentos, cuyo valor excedía de 100 florines de oro de Florencia (Villanueva, t. 18, p. 14T) Símbolo del Pastor de la santa grey, el báculo, blago, croza ó palo ro- mano, pequeño y sencillo cayado en tiempo de S. Avito y S Cesario, al igual que las cruces procesionales, los ciborios, arquillas, urnas, incen- sarios, cálices, etc., ya eran objetos lujosos en el siglo vm.yen los xm y xiv llegaron á constituir perfectos dechados de la orfebrería religiosa, en sentido del más puro y delicado gusto: acredítanlo los tesoros de muchas catedrales y casas religiosas, tanto nacionales como extranjeras. El bácu- lo fué extensivo á prelados y abadesas, tan precioso alguno de ellos, - 338 — como el de la de monjas de S. Pedro de Barcelona, que justamente fué ad- mirado en la exposición retrospectiva del año 1867. Al papa algunas ve- ces, á los patriarcas y abades mitrados, etc., se les representa con una largacruz.de uno, dos ó tres brazos, según su categoría, de cuyo segundo tercio (y lo mismo en los báculos), pendía un fanón ó toalleja para su mayor aseo, y acaso para limpiar el rostro. Era común á toda clase de prelacia el uso de guantes de seda ó lana, con una cruz ó pequeño meda- llón encima, y el de anillos con engaste de rubíes ó esmeraldas, prendas del místico consorcio con la celestial Esposa. El traje episcopal de calle, reducíase á sombrero, capa y roquete, aquellos sin color determinado (1), éste obligatorio desde el concilio La- teranense de 121o; aunque no dejaban de permitirse algunas extralimita- ciones (véase lo ordenado por el concilio de Valencia de 1322). Caídas en desuso durante esta centuria, las sandalias ó zapatos lazados que llevaban para celebrar, sustituyéronlas con pantuflos de velludo. Desde la baja latinidad designóse con nombre de ínfula, toda cuber- tura de cabeza clerical, inclusas la tiara y la mitra, cuya voz conserva- ron los tratadistas para gorros y bonetes ulteriores. Ya Prudencio en su poema, llama domus infulata á los conventos ó asilos religiosos. Histo- ria del monasterio Beccense: «cum infulatus ad altare staret episcopus» etcétera. «ínfula seu pileum,» en los estatutos de las iglesias de Tudela, Cahors y otros. El concilio de Bávena de 1307, distingue las ínfulas en píleo, bi7-etta y armutia, la última propia de canónigos, formando un ca- picio cerrado que bajaba hasta los hombros (armos), de donde su nombre, sin por eso confundirse con el capuz y la capilla. Algunos comentadores, suponiéndole hechura de esclavina, cosa no ajustada á la verdad, dicen que por ella se quiso significar la peregrinación evangélica. El concilio de Basilea, ordenando á los eclesiásticos llevar por la iglesia muceta ó birrete, les prohibe calarse la capilla: «non caputia, sed almutias vel bi- rettas tenentes in capite.» Alguna vez la muceta vino también agregada al traje civil, pues en la crónica de Flandes se consigna que al recibir Carlos V en París al emperador Carlos IV, el primero llevaba sombrero, y el segundo muceta con sombrero. Por privilegio de Inocencio IV del año 1243, los religiosos de Cantorbery podían cubrirse con píleos (bonetes) durante la celebración de los divinos oficios, excepto á la lectura del Evangelio y al alzar la hostia; y sancionada como general esta costumbre en el concilio de Nicòsia de 1313, se permitió á todo celebrante cubrirse hasta el actodel lavabo (post ablutionem manuum, nihil omnino teneant in capite propter frigus). (I) Véase lo q u é dejamos dielio en su 1 lisiar del sombrero verde y de! en;ielo cardenalicio — 330 — Los estatutos de la orden de Predicadores (1311), designan el escapu- lario religioso con el nombre de scanusia: «sacerdotes... in missis, portent scanusias vel scapularia cuín induunt sacras vestes» (Marténe). Busachio deReform., monast. llama á su vez substantiu, al subtile ó escapulario de las monjas: «sub cappa illa linea nigra colorata, subtile álbum, more subtilium monialium nostrarum formatum... portant, quod substantiam vocant.» Cual prenda monjil, hallamos en los autores el súparo, con trazas de valona ó pequeña cogulla: Papias le define «lineum brachiale puellarum » Hermán Lerbechio (Crón. de los obs. de Mindenheim) dice ser un «monile, quod moniales in signum religionis, portare in brachiis consueverunt, quod vulganter suche nominatur» (tendría relación con la socca italiana?). El mismo, hablando de ciertas religiosas, añade: «quod velamina et alba supara in brachiis. secundum morem monasterii porta- bant.» Otra religiosa, en decir de Afranio (Ludewig, reliquias), expresan- do su estado por el traje, exclamaba: «puella non sum, súparo si, induta sum.» En la relación de los infortunios de Ernesto de Baviera se toma por ropaje largo, á guisa de manto, «fluitantque per irnos suppara talos.» Un sayuelo ó sdgolode monjas, parece designarse en este lugar de la Gloria postuma de Santa María Magdalena 'Acta SS.): «absterso cum lixi- vio quodam panniculo ad usum monialium, vulgo saggolo dicto.» Leibnitz (Scrip. Brunsvic.) indica un velo monjil transparente, con e significativo nombre de clara; sin embargo, la misma voz se toma en ac- tas del concilio de Albi y en otros lugares, por color, en oposición á otro obscuro: «regulares, aliqua clara vel nigra bruneta, vel panno alio sump- tuoso, sendato quoque aut sérico non utantur.» De las órdenes militares existentes, debemos consignar una reforma indumentaria acordada en el cabildo de Mérida para la de Santiago, en 30 marzo de 1310, disponiendo que los freyres de convento conservasen el hábito ya usado, estoes, blanquetas prietas ó blancas, debiendo dar á sus ornes ó servidores, sendas sayas de valencia y capas de zorzolí. Al maestre se le prohibieron más de diez escuderos de bestias, vistienido sayas, e calzas de paño tinto, e mantos e pellotes de viado. Los ornes de los comendadores debían usar valencianas. También durante una visita practicada á la orden de Montesa en 1331, fué ordenado que las cotas tuviesen en adelante manga redonda, sin que su collar pudiera exceder del grueso de un dedo; que los mantos igual- mfnte redondos, se prolongasen hasta el suelo, debiendo todo freile lle- varlos afiblados, lo mismo andando á pie que á caballo. Los estatutos de la orden deS. Jorge de Alfama, creada por D Martín — 340 — de Aragón, en 1399, prescriben como hábito á los maestres y caballeros, una señal de cruz bermeja, puesta sobre vestiduras blancas, hacia el lado del corazón. En su lugar hemos hecho referencia á los caballeros de la orden de la Banda y sus distintivos. VBSTIBEBlfTM BE& S á i l á S © SITO. El celebrante despliega en el altar una pompa adecuada á la majestad del divino culto. Rodea su cuello el "amito de franjeada orla (usanza que perseveró hasta fines del siguiente centenar); cae alrededor de él en plie- gues simétricos, la camisa romana, cuya principal gala consiste en anchos puños de brocado, y en dos paramentos de lo mismo (ciertos parches rec- tangulares, altos como de 20 centímetros y anchos de 30 á 35, sobrepues- tos á la orla extrema por la haz anterior y posterior), cruzando su pecho en luenga tira, la estola, promediada de crucecitas, rematada en flecadu- ras, ceñida con rico cordón de oro y seda;pendiéndole del brazo izquierdo el manípulo, estola más corta, análoga á la primera, y desplegándose en- cima de todo la casulla ó planeta, que ondea congracia, recogida sobre el antebrazo, y desciende hasta besar el paramento, en punta medial aguda ó redondeada, de cuyo campo de finas lanas y sedas, ó expléndidos bro- cateles, caprichosamente laboreados, corre un orfrés en cruz ó martillo (cruz sin cabeza) por toda su longitud. El monasterio de S. Cucufate del Vallés guarda como venerandas r e - liquias, el alba y la capa que su abad Arnaldo de Biure revestía cuando, á impulsos de una fiera venganza, murió asesinado en plenas funciones dentro del mismo coro, la noche de navidad del año 1351. El alba, marca- da aún con horribles huellas del puñal sacrilego y de la sangre derrama- da, es una simple camisa talar de mangas largas y lienzo no muy fino, llevando por adorno el paramento delantero, bordado en oro y seda car- mesí, de las dimensiones susodichas, con gracioso dibujo de losanjes flo- reados y estilo morisco. La planeta ó capa, se reduce á una gran valona sin franjas ni otro accesorio, toda ella brocada de varias sedas, punteada de oro, poco recia, con dibujo de gusto levantino (alternaciones de hexágo • nos, cada uno inclusivo de dos tigres ó leopardos adosados). A su vez la iglesia de Vich, posee casullas y otros ornamentos de este siglo, que hemos tenido ocasión de admirar, unos, ricamente brocados, otro finamente tejidos, de muestras prolijas, con notable fantasía en di- bujo y color: la de Lérida, presentó en la última exposición arqueológica — 341 — del Parque de esta Ciudad, el exquisito terno dicho de S. Valero, y otras piezas á cual más singulares y peregrinas de ornamentos rituales, en bro- cados de oriente y arabescos; ejemplares rarísimos de artefactos casi des- conocidos, cuyo conocimiento importaría sumamente á la historia y ala industria. Otras no menos preciosas existieron en varias localidades de España, vistas y descritas por Flórez, Villanueva, etc., las que en gran parte han sido inmoladas á la ira de nuestras discordias. Dicho Villanue- va, refiriéndose á un misal de Valencia, que ya no debe existir, dice representarse en él los trajes religiosos con túnica talar blanca para diá- conos, cerrada del todo, con mangas hasta la muñeca, planeta ó casulla redonda Jos obispos, mitra muy abierta y baja de puntas, y corona tam- bién abierta según se usaba entre regulares. Con más fortuna ó ilustración, otras naciones vecinas pudieron conservar y se envanecen de poseer no- tables preciosidades de este género, reproducidas á menudo en sus obras arqueológicas ilustradas; entre las cuales citaremos los informes que llenando una comisión exploradora «ad hoc», M. Carlos de Linas elevó al ministerio de Instrucción pública y Cultos de Francia, por los años 56 y 57, que luego dio á luz la casa de Didrón, acompañados de bellos cromos (V.e también el Dictionnaire duMobilier de Viollet-le-Duc, Le Moyen A según Rymer, Sckinner, etc. (loricas, avantailles, arnés, etc.); «lamerías y pectorales», en los Estatutos [del peaje Riperice, «morsarios et omnis generis armaturce», Wichbialdo Magdebe. En una de las cuentas de Lafontaine, año 1352, continuádselos pormenores siguien- tes: pour forger la garnison d' une paire de harnois toutblanch, en quoi est entré 14 mares tí onces dargent et 1 once d'or fin á la dorer, c'est á scavoir 1068 clos á estoilles (de estrella), 8 boucles, 8 mordans á fermer les plattes d'un grand boucle pour le dossier, 12 rivez, 2 charnieres, 2 mame- lieres et 2 chaienes pour icelle mameliere.» Componían otro grupo de armaduras de cuerpo, el jubón y sus simi- lares, jubó,jupó de armar, perpunte (francés pourpoint, catalán perpunt, «álbum, alium rubeum,» inventario de 1307), el jubón acolchado, grue- so de algodón, cubierto de fustán ú otra tela, para llevar el peso de la cota ó de otro arnés de hierro. Usábalo sin ella quien no la tenía, y aun la suplía á veces, en especial el jubón fuerte. La aljuba morisca, probable generadora del mismo jubón, habíase vulgarizado lo bastante para alter- nar con él, constituyendo armadura de lujo entre caballeros principales, «Aljubas ginetas. realzadas de oro; id. de paño de seda de dos colores, estofadas de algodón.» Otras filiaciones del jubón deben considerarse el jupelyeljubete,y en especial el jaque ó jaca, el jaco y sobrejaco, verdaderos juboHes exter- nos y de lucimiento, con su pieza de hierro y faldas de malla y ristre (catalán resi) adherido á la pieza. Jacos y jaques de armar, ora sencillos, cubiertos de fustán y forrados de cañamazo, ora de lienzo sobre cuero á 4 cuarteles, de mangas recias y holgadas arrancando del collar, y este bajito para no empecer el movimiento de la celada; ora ricos de seda ó vel vete, de seda y oro, de oro y plata, con agujetas (aguilletas) de seda, guarnecidas de plata para sus lazaduras: «jubón ó jaca de paño azul c e - leste, forrado de lino; «loricas vel túnicas, quas vulgo jackes vocant» (T. Valsingham); «jaque par dessus l'haubert, moult fort de bonne soie rempli» (Crónica de Duguesclin). «Court jaque d'un drap d'or, á la facón d'Allemagne» (Froissart); jaques plasti'ons (Oct.° de S. Gelasio, 1399). Al- gún autor francés deriva su nombre de los jaques ó jacobinos, facción del campo de Beziers, levantada en 1358 por jaques Bonhomme. Los arque- ros francos traían jaques de cuero cervuno, lazados delante, por encima de la brigantina, pero en general debajo del jaque iba un perpunte en- — 357 — tretelado, sin mangas ni cuello, al cual se atacaban ó lazaban las calzas (Escritura de la Cámara de Cuentas de París). En el mediodía de Francia llamábase jaquetas á los perpuntes, y la jacerina, nacida del jaque, era el garnasino italiano. Sobrejaco parece la donblette francesa contemporánea, que Rymer traduce en jakke: los extranjeros, sin embargo, solían darle el sentido de sayo ó cota, y sobrecota militar, que cubría la loriga y otras armas de cuerpo. Toda la jactancia caballeresca estribaba en las sobreseñales ó sobre- vestas concretamente dichas, última decoración del armamento, distinti- vo por excelencia del noble ó magnate que en ellas prodigaba sus blaso- nes, sin perjuicio de extenderlos á otros accesorios de su persona y de su montura. Confundidas genéricamente con hoquetones,gambajes, far- setes, velmezes, quizas y demás piezas en su lugar indicadas, que llenaban igual objeto, no menos que con jubones, jubetes, jacos y perpuntes igual- mente blasonados, componiendo un adorno ostensible; su aplicación in- mediata contraíase á las simples armaduras defensivas y no decorativas, que á una vez la exigían para gala y para resguardo. En los documentos anotamos sobreseñales divisadas de seda y broeado de oro de Tau.ris, y forro de lino de color, con armas de familia, divisas, emblemas é imagi- nería. Bel casóte, quizóte ó quiza, todavía hacían uso algunos cuerpos,* como los almogávares, que lo vestían teñido de verde según Muntaner, habiéndolos de lino para armarse (debajo de las piezas de hierro). El vel- mez ó belmez se reproduce aún en documentos castellanos. La sobrevesta heráldica, común á alguaciles y á otros funcionarios, estaba divisada en- teramente con las armas reales (de Aragón, Castilla, Francia, etc.) en toda la extensión (exters) de la ropa. Accesorios ordinarios de la armadura, constituían el bebillaje, peculiar de corazas, espaldares, farsetes y bragas; los golorones, anexos á la gola, ésta de ordinario unida ó formando parte del casco ó yelmo; las aletas ó braceras, especie de hombrerillas cuadradas y blasonadas que guarecían los hombros, asidas al yelmo por medio de correas; los musequies (mu- saquins en catalán, musachinos «parte di armaturadidosso,» Acad." de la Crusca; Cuenta de la Hist. del Delfinado, 1334: «pro arnense uno de ma- lla de aczeriosine musachinis, et collado, cum paro uno de caligis»); los góceles (goussets) ó rodetes de plancha, con guarnición de malla, para guardar las sobaqueras en su punto de unión con los brazales; el ristre ó encaje para la arandela de la lanza, fijo al lado derecho del peto; una cadenilla ingerida en éste, que sostenía espada y daga en los combates; el faldar ó faldas, ya de fojas, ya de malla, añadido al extremo de la co- raza ó jubón; las escarcelas, piezas sueltas, colgadas en equivalencia del faldar; el braguero ó braga [braguer, documento de 1381) de malla ó de — 358 — lana, henchido ó relleno de algodón, al objeto según Eximéniz, de poder minarse sin necesidad de descabalgar. El tinturan (percinct ó cinto mi- litar) formaba otro accesorio no menos distintivo del caballero, en que solía apurarse todo lujo de materia y de factura, en metales preciosos, aboresy esmaltes delicados, engastes de pedrería, etc. Habíalos de correa, platonados y entablados, llevando seis bisagras (tranchs) los de hasta doce tablas (Reglamento de Cinteros de Barcelona, 1370); cintos de 9 palmos con sus cabos, mosquetas y platones metálicos; tahalíes dichos baudrier en francés (buldiellos en tabul." Burgul. 0 ). Prenda asimismo de la gallardía caballeresca fué la banda, unas veces de sirgo, brocado, etc., otras de un tejido metálico de poco ancho, laboreada, recamada, festoneada y de colores varios, cruzada regularmente de derecha á iz- quierda. Banda llevaban por distintivo los caballeros de la orden de su nombre, creación de D. Alonso VI hacia la fecha de 1330. Completaban la armadura ó arnés de punta en blanco, sus apéndices de brazos y piernas, manos y pies, esto es, brazales, brozare» ó braceras de brazo entero, con resortes en guardabrazos y codales (bracellos, brache- rias, según cuenta de la historia del Delfinado, 1334; bracheria áurea en es- critura de Eccardo, conde Augustod.e), hechas de plancha ó de latas á piezas y fojas, con forro de cañamazo; mangas de malla fina ó gruesa, que precedieron y alternaron con las laminadas; medios brazales ó antebrazos-, mandrechos y mano-izquierdas ó manoplas (catalán, manyopas, 1381); guanteletes ó guantes (luvas, quirotecas) de hierro ó de planchuelas e s - caladas, con forro de fustán blanco ó de color, guarnecidos de piel, he- billajes y otras adherencias («davantbras, seu paria de ganteletz, Rymer; «guantelecti,» Hist. del Delfinado; «guanti battagliíe,» Murat. ¡ etc). Ser- vían para piernas, ya gambales enteros ó grems de juego articulado, di- chos gamberas (cameras), broncales, femolarias, quijotes gambesados («pa- ro cambulorum» H. del Delfinado), ó bien piezas separadas de muslo y pierna, con encaje recíproco por medio de rodilleras de hierro (gurleres coopertes de cirico rúbeo, inventario de 1302]; las primeras bajo nombre de cazóte, quijote, musleras (catalán cuxeres, «coxiale, eosciali» en Bocac- cio, y Crón. de Duguesc); las segundas bajo el de brafoneras, canijeras, gambajes, gamberolas y gamberales, formadas igualmente de planchas ó planchuelas de hierro, lata de lo mismo ú otro metal, guarnecidas de ter- ciopelo y becerrillo, ó cuero crudo^ revestidas acaso de placas de latón, y aun de oro y plata con ornatos de ello, hasta para escuderos, flecos de se- da de vivos colores y otros bellos realces. — Entrambas piezas sobrepo- níanse á la calza ordinaria ó á otra mallada con pie de una pieza, que por sí sola constituía suficiente defensa á peones y aun á muchos jine- tes. La infantería además utilizaba las calzas dichas flamencas, que eran — 359 — un embutido, entretejido de ballenas ó aros metálicos, generalizadas en lo sucesivo. Equivalentes al pie de malla, completaban la armadura unos zapatos, zapatillas ó escarpes de plancha ó anillos de hierro ó acero, bien articulados como los guantes, para la acción del pie, rematando á fines de este siglo en una punta agudísima á semejanza del calzado de polaina, que siendo de hierro, servía de aguijón mortífero entre la caballería. Un inventario reseña «sotulas de hierro con sus guarniciones y quadra líos.» A estos quadrallos, ó sea al talón, fijábanse los acicates (sperons), espue- las de broca (punta) y de rueda ó rodete, doradas, argentadas, etc., ó de legítimo oro y plata según la categoría del jinete. Sobre calza y pie de malla, las espuelas debían sujetarse por medio de correas y hebillas de parches platonados. La estribera solía llevar su encaje denominado cuja, donde se apoyaba la lanza, y á igual objeto, para sostener el glavio que era más pesado, servía un gambal derecho, mayor que la cuja. En justas y torneos defendían las piernas de los combatientes unos largos rebordes de cuero ó de plancha, unidos á la silla, titulados borrenes. A medio ar- mar calzaba el jinete, y ordinariamente la tropa, zafones, zahones ó an- tiparas, hosas, botinas y borceguíes Aunque manual el escudo (clipeus), debe clasificarse entre las armas defensivas, prevaleciendo en este siglo el de hechura triangular y punta seguida hacia abajo, habiéndolos grandes, medianos y pequeños, prolon- gados más ó menos (catalán, escut lonch), de diferentes materias, si bien en su mayoría, de tabla cubierta de piel, con roela ó borde metálico cla- veteado, bloca, broca ó punta saliente (el antiguo umbo) y abrazaderas den- tro, ó dobles correas para embrazarlo, y otra llamada tiracol para sus- penderlo al cuello ó á la espalda. Ocurren en la documentación escudos catalanes de almacén, encorados dos veces; otros caballares, los mejo- res entre las armas costosas; uno fuerte, pintado con tabletas (ajedreces?); otro francés pequeño, ó escudete; id. de homar, cubierto de terciopelo carmesí, con ciertas guarniciones de marfil; id de armas, esmaltado, etc. Solían divisarse en variedad de colores, con armas reales, provinciales, locales ó de familia, timbres, blasones (arma incartelata ó á cuarteles, Baluzio, documento de 1374), sin perjuicio de otros adornos á capricho como vestiglos, animales, vejetales, figuras, emblemas, barreados, cua- drículas, follajes y mil combinaciones policrómicas. El fondo ó campo sobre el cual se pintaban las insignias, llamase fundamentnm, en Lude- wig (clypeus albus in fundamento per totum, habens 3 interliciones rú- beas). Utilizábanlos además de los combatientes, algunos agregados del campamento, como los rancheros (escut per al coch, Muntaner). Dentro de su género, constituían variadas especies el paces (pavesium), gran es- cudo rectangular ó acorazonado, que cubría casi por entero al peón com- — 360 — batiente: paveses correados, encorados, de becerro, de madera y badana, de cuero crudo; verdes con signo de aguas de mar, colorados con divisas y blasones; franceses divisados; del común, con las armas de él; de paraje, blasonados; de tabla para colgarse en el muro, etc., etc. El broquel, de forma irregular, tomó nombre de la bloca que especialmente lo realzaba (broquel ó escudo llevando roela, broca, divisas, etc.). Latablachina (en catalán taulatxó y taravatxó) se confunde con la rodela, que era redon- da, pintada y divisada. Vairescudo (vay-scut), twascutfo, especie de tarje- ta para recibir los botes de lanza en torneos y justas, entre otros uno de hierro con cuerdas de oro y seda, y sus agujetas de plata, «quis tenen ab lo dit scut» (escritura de 1381). Rota (catalán roda, documento de 1381), otra especie de rodela de hierro para justas. Adarga (darga, daracha en catalán), grandes y pequeñas, de almacén, de doble cuero, con sus guarniciones é fregaduras, y las caballeriles con sus guarnimientos do- rados. Esta arma, de origen morisco (daráca, darga sarrahinesca), solía tener forma de corazón ó de dos óvalos unidos, provista de borlones y otros accesorios; podía doblarse ó arrollarse, y sin duda gracias á su li- jereza, mereció aceptación en las huestes españolas. Los municipios ve- daban escudos y broqueles por armas alevosas: «sculo, brochelerio, vel alio insigni armorum defensibilium» (cuerpo jurídico de Vicenza). El siguiente documento del año 1316, es un inventario ó detall de las armaduras que pertenecían á Luis el Grande de Francia, recopilando la mayoría de las de su país y de su tiempo: kelmos de acero; uno dorado; id. con cimera de flor de lis de.plata; chápeles redondos, dos de ellos so- bredorados; id. de hierro, cubiertos; bacinete redondo: barbote de alta cla- vazón de Chamblí; altas gorg aeras dobles de id.; collarines (collaretes) písanos de jacerán de acero; alsbergote de acero á manicles; id. de Lom- bardía, otro entero de id.; gambesones de la divisa del rey, bordados; co- berturas de id. con iguales bordados, id. gambesonadas, id. azules (indes jazaguenés), id. batidos, con collera de las armas reales; cota gambesada de cendal blanco; otra id. bordada de ramaje de oro y pajarillos; id. ba- tida y forrada, de la divisa del rey; jupel antiguo délas armas de Francia con flores bordadas; Punida de vellorí sembrada de Uses de oro de Chi- pre; lateas (houces) y tuniclas de las armas de Francia, con su capillo (chapirón) de lo mismo; id. y gambesón bordados de dichas armas; brace- ras de cuero de iguales bordados; cubierta de jacerán de hierro; platas cubiertas de jamete colorado; agujetas y lazos de armar; brazales y hom- breras de jacerán de acero; unos de acero más fuertes, hechos de anillas re- dondas de alta clavazón; guanteletes cubiertos de vellorí colorado; mangas bordadas, braceras de cuero con las armas reales; par de calzas de hierro; id. de calzotes (chaussons) y otros para encima; grevas y polainas (pou- — 361 — lains) de acero; quijotes gambesonados y sus equivalentes de cuero; otros de las armas de Francia, sin polainas; espuelas, unas guarnecidas de seda y otras de cuero: escudos de la divisa real, uno de acero; id. y tarjas de Francia y de Navarra; pendoncillos id.; banderas de costura; cuchillo con mango de palo y de hierro; bocina (cors) de acero; espadas guarnecidas de plata, de jamete, de cuero, de oro y cuero; id. de paramento, guarnecidas de plata, con el puño esmaltado; id. de Tolosa, de Bray, de Juan d'Orge- ret; id. y misericordia de Verzí; cuchillos comunes; hierros de (¡lavio tolosanos y de le Roy; cota, braceras, nuca de escudo, chapel de vellorí y coberturas de caballo, todo de las armas reales; otras coberturas de es- tameña, y mantas de estambre para cubrir las cabalgaduras; cabezadas doradas y de cuero; testera de alta clavazón y malla redonda; id. y (juní- pera realzadas con las armas del rey; riendas de hierro; coberturas, tlanqueras y pecheras. La ceremonia de armar caballeros exigía arreo especial. Aduciremos algunos ejemplos: para los de la orden del Baño de Inglaterra, un cere- monial de este siglo editado por Eduardo Brisseo, establece que al profe- sando se le vista sobre sus demás ropas, una cota de paño rojizo de luengas mangas y capilla á guisa de los ermitaños. Al levantarse por la mañana se abrigará en un cobertor de oro de ciclatón, llevando puestas camisa, bragas, perpunte, kyrtel de tartarí rojo, calzas de nudos con sue- las de cuero y mangas lazadas, añadido después cinto de cuero blanco, sin ningún arnés de metal; cofia, mantel de seda de kyrtel tartarí rojo, sujeto con un lazo de seda blanca, guantes blancos colgados al extremo del lazo y la espada escalada de cuero blanco. Para su caballo, silla de cuero ne- gro con arzones de fuste blanco cairelados, estriberas negras de hierros dorados, pretal de cuero negro, con una cruz patee dorada en su centro, freno negro con grandes flecos á la guisa española, y una cruz como la antedicha sobre la frente. Después de la ceremonia, confortado con unas sopas en vino, vestía ropa azul de mangas de custote á fuer de clérigo, y capa nocturna (rousset), llevando todo el día encima del hombro izquier- do una lazada larga de seda blanca, hasta que algún otro caballero ó dama pudiese cortársela como presea de armas, etc. El Romance de Girard de Viena describe el ceremonial observado con el duque Reniero, á quien pusieron camisa y bragas, calzas de palio, zapatos de Monpeller, corsé de armiño, brial entretallado y rico mantel, en cuyo arreo salió á oir misa. Para armarle, diéronle calzas de hierro bien ajustadas, alsbergo doble y yelmo verde rayado; el rey le ciñó una valiosa espada de acero, y le sus- pendieron al cuello un escudo cuartelado. Según cuentas de Lafontaine de 1350, á motivo de una coronación regia, se compraron entreoirás cosas para el duque de Borgoña, cotardia d'escuirie (librea), chapirón de hrun — 362 — marbré forrado de corderos negros, sobrevesta (houce) sencilla, con cha- pirón igual, ropa del paño susodicho á cuatro guarniciones, y el chapi- rón forrado de corderos blancos; siendo la ropa de pers á 4 guarniciones para sus caballeros, y el chapirón forrado de veros; cota de jamete colo- rado con forros de veros, cubierto de cendal carmesí, y mantel de la pro- pia guisa. Para la caballería, paños de oro y seda, cotas y mantos de dicho jamete, con sus forros; otros paños de oro nacís, á 40 escudos pieza, ramacasá 30 id., mattabas á 20, para cotas y manteles, paños de lana sanguínea, morada, roja, parda, jaspeada, etc., para cotardias, con forros de corderos negros, y hucas sencillas de cabalgar. Las ropas de escude- ros eran de paños pardos y jaspes de Bruselas, cada una de 4 guarnicio- nes y forro de corderos blancos. Enuncíanse además, ropas para el Delfín, de persete azulado y verde tinto de Bruselas, á 4 guarniciones; rojes de Gante de dos piezas, para guarniciones (vineaux) del mismo Delfín; co- tardia y capirón de morete, con peña de corderos negros, otras peñas de corderos de l'Aigue y de Aragón para puños, etc.: año 1381. " En documento del archivo de la Corona de Aragón (Registro 1665, folio 47v.°), el Infante real pidió á su mayordomo, para una justa en Zara- goza, yelmo, pancera, brazales, musequíes, manoplas, gocetes, braquete, rueda, vayrescudo con sus cuerdas de oro y seda y agujetas de plata, un azote (flahój, dos cresoles de cuero dorados y un bolso de aceituní colo- rado . Los torneos y otros juegos de armas llámanse torneamenta, burdeicias lupinas aut justas, en un Precepto de Felipe el Hermoso de 1312; tupirías en Letras de EduardoIII, de 1329, mucrotudiaea Crónica de Este; 1352, y Romance de la Rosa. ÁmMM OFBR8ÏVM. Seguía la noble espada siendo arma y distintivo preferente de señores y caballeros, así en la guerra como en la paz. Su forma varió poco, re- ducida á empuñadura de cruz, constando de puño (mantí, en catalán) y guardas (croera), arriaces ó gavilanes, más abultada y rica que en el si- glo precedente; la vaina también más lucida, de piel, badana, cuero, ga- muza, terciopelo, pocas veces de metal, salvo las muy ricas; con su bocal y contera {ijuaspa) y realces de abrazaderas, escuditos, platones, incrus- tados, esmaltes, etc.; llevándose ceñida, ó colgante del tahalí {corretja, cinct), á su vez exornado por igual estilo, soliendo hacer juego con la vaina. Regularmente el puño era de una misma pieza con la hoja, pero — 363 — habíalos de otras materias y preciosos metales, nácar, marfil, cristal, oro y plata, usándose ya acicalarlos con nielado, adamascado, embutidos y filigranas. «Espadas guarnecidas de oro y plata, las vainas y cintas asi- mismo, notablemente para caballeros de la Banda,» según sus estatutos. Escritura de 1302: «operarii de auricalco, nitebantur faceré rengias, esta- llas et forellos et coetera opera de corio et ligno, pro ensibus tam magnis quam parvis.» Otra de 13^6 en Lobinelli: «l'une des espées sera garnie de renge de cuyr ou de soie, garnie de boucles et bardillons de íer et d'acier, mise et ceinteá un costé, ou attachée á une courroie de cuyr ou de tessu de soie.» Cuenta de Lafontaine, año 1352: «pour forger le coispel (puño) d'une espée, rembrunir la croix.le pommeau, la boucleetle mor- dantdela renge.» ElTabul. 0 Burgul.c denomina buldiellumal tahalí, que en francés es boudrier. En los lnfort.s de Ernesto de Baviera, un ferrum trábale, indica espada serpenteada. Entre las de ceñir ó de cinto, hallá- rnoslas antiguas de puño y cruz planos; otras de pomo y cruz redondos nielados, con vaina de cuero colorado: id. de puño cristalino; id. id. guarnecido de hilo de plata y vaina de gamuza amarilla; id. con vaina pla tonada de plata, bocal y contera de lo mismo, llevando escudos de ar- mas, etc, etc. Los extranjeros recomendaban por buenas espadas las de Burdeos, cuando ya eran famosas las españolas. Al espadón ó mandoble, equivalía en catalán el maneres, manayre (ma- neresium) de hierro, con vaina negra; uno guarnecido de cuero negro; id. la vaina de gamuza negra y el cinturón salteado de escudos; espada á fuer de manerés, con puño de hilo de plata, cruz y pomo nielados, vaina de gamuza con brocal y contera argentados. Había unos estoques dichos bordas ó bordones, mas largos y delgados de hoja que la espada, dorados á veces, para esgrimirse de punta, ó bien hiriendo y brocando, afianzado su pomo sobre el pecho. Cuando la espa- da tendía á la forma de estoque, denominábase bordonesca. Llamáronse también bordones unas lanzas gruesas de combate. No era raro confundir el estoque con el basalarte. «Estoque ó basalarte con su mantín de búfalo, pomo y cruz de marfil y un cuchillo que se en- fundaba al lado exterior de la misma vaina.» Basalarte, vasalar, vasalar- dón, de puño de asta y vaina de cuero negro, etc. Otro estoque más fino, la brocha, broca (brocea, historia del Delfina- do), «brotxa ó esgrima de tres filos, con muchas guardas,» tenía asimismo empuñaduras diversas, y vaina ya de gamuza, ya de cuero, llevando bo- cales, conteras, esmaltes, divisas, etc. El caballero, además de espada ó estoque, ceñía puñal, daga ó miseri- cordia. Ésta la señala Eximéniz: la daga de armas tenía usocomún, además de puñales y cuchillos. Los últimos se dividían en cuchillos y cuchillas ó — 36 1 — machetes; «cuchillo de arias (arriaz), rochancal», en catalán coltell detall ó de mida, catalanesch en Muntaner, que lo distingue del genovès; ge- neralmente con vaina (foure) de piel ó terciopelo, y puño ó mango de pa- lo, asta y otros mejores, guarnecidos en ocasiones de oro y plata, etc. Los cuchillos que excedían de la medida legal de dos palmos, llamábanse cos- talarios (catalán costalers, fixorios cultellos, en Crónc. de Monsereno). También había navajas estuchadas (scindipennia), que á la vez servían de cortaplumas (tallempenes, catalán) mangueados de madera, búfalo, mar- fil, etc., entre cuyas hojas se encarecían las genovesas; canibulum ó canipulam» en la historia del Delfinado [canifen francés). Estas varias ar- mas constituían la clase de amoladas, dichas emolimenla en varios textos (Odón, Infort.s de Ernesto de Baviera; Historia del Delfinado, cuenta de 1324: «molaad emolienda ferramenta, glavioset alia emolimenta férrea»}. Entre la variedad de armas enhastadas, sobresalía la lanza para caba- lleros y peones, variando sumamente en longitud, grueso, hoja ó hierro, etc. (arundo sive lancea). La señoril solía llevar banderilla ó gallardete; el asta se pintaba unas veces de blanco, otras de encarnado y de varios colores en espiral, siendo apreciadas las de Córcega. Según Muntaner, las italianas eran muy largas: las de torneo adquirieron una rodela hacia la empuñadura, como guardamano que se encajaba en el ristre. Eximéniz dice que las había emplomadas, para adquirir más impulso, y que otras se distinguían con especial divisa (llanses de fust ab senyal). Lanzas, ba- llestas, rodelas y otras armas de Barcelona, gozaban cierta reputación, surtiendo en ocasiones á la misma Italia. En castillos y casas particula- res había unas ristras ó lanceras (lancerium) pintarrajeadas de colores, que servían para colocar ó guardar en ellas lanzas y otras armas parecidas (llancer pintat, cuín 10 lanceas, 2 porquerías et 3 scones munteres, in- vent."). La azcona (escona ó llansa, bicellus ó bickel en Sambuco, Thuroczio, Boníinio, etc.), tenía asta corta y arrojadiza, empleándose para caza la azcona montera ó de montería. Porquera, comenzó siendo propia de esbirros (á perquirendo), y cons- tituía un verdadero lanzón. El estilo (still, stil, propiamente astil), servía para ejercicios ecues- tres, como lanza lijera y de fácil manejo; y lo mismo la azagaya morisca (atzegaya en Eximéniz), y la jabalina ó javelina (xalvina, xarclina en ca- talán). Variantes de lanza, el badineo, en escritura de S. V. de Marsella de 1377, es bardado en Amalthea, bajo acepción de jabalina. El glavio llevaba tajo y punta al extremo de su aguda moharra «Glavi lonch; id. de tall.» — 365 — El espontón y la cisarma (espontó, bisarma), el primero de origen español, según el diccionario de la Academia, largo de 9 palmos, con mo- harra ó hierro acorazonado; la segunda (guisarma, el antiguo gessum, jusarma en cuenta del año 13361, equivalía á la alabarda, formando como una arma doble, por herir de tajo y de punta. De este grupo hacían parte venablos de varias clases. Seguía el de mazas, hachas, porras, segures, bastones, etc. Masas y ha- chas (maces de armes, id de cavaller, plumbata, según el cancelario Gau- tier y Guiart, «plomees pendues á chaines de fer á un bastón gros, qui donne de tres grand cop» (Froissard, Enr. de Gauchy, etc.), hiciéronse precisas, cuanto más resistentes las armaduras, siendo arma terrible en los choques de caballería. Según Carbonell, en tiempo del rey D. Pedro el Grande de Aragón, estuvieron muy en boga las mazas llamadas de Gas- cuña; y D. Pedro de Castilla en 1350, tenía también sus ballesteros de mazas. Solían constar de una sola pieza de hierro, y mango plegadizo para menos engorro (macias plegadissas de ferro), la maza ó cabeza lle- vando realces damasquinos y nielados (massa ab ferro de domas niellat), metidas en una funda de «corio bovino vermilio.» Por refinamiento las había con aguijón (massa ab agulló, plegadissa), y las de gran peso ó ca- beza, eran las denominadas plomadas (plumbacias). «Si quis vel gladium vel maciamferream vel ferratam elevaberit» etc., H. del Delfinado; Letras del delfín Humberto, 1347. «Nullusde hospitio nostro deferat clavam seu maciam servientiumarmorum.» Leyes Palat. s de D.Pedro IV; Rymer, 1319: «ne quis per civitatem gladium, massuellam, vel alia arma deferat,» etc. El canciller Gauterio comprende >avec bastons d'armes esmolues, trait de poudre, arbalestre, dartámain, plommées, maules de plomb, et autres bastons ayant fer, plomb, estain et autre metail.» En bandos municipales de Barcelona de mediados del siglo, señálanse por armas vedadas dentro de la ciudad, corazas, camisoles, espalderas, farsete de armar, eerverola, broquel, taravacho, escudete, bracerola, guantes de lata y de malla, dardo, vara sardesca, pelota (azote), maza, bastón grueso ó falseado, seguren si- lla, en mano ó en correa, y las armas erboladas (envenenadas). Se prohi- be reñir con las expresadas armas, añadidas cerveleras y bacinetes, escu- do, pavés, lanza, azcona, ballesta parada, guantelete, manerés y cuchi- llo, permitiéndose usar solamente cuchillos de medida, que eran de dos palmos y un dedo en ancho. Tampoco los payeses en sus vigilias, bo- dorrios, fiestas de iglesia, etc., podían permitirse armadura ni arma al- guna, salvo cuchillo romo. Faquines, esclavos, galeotes, etc., venían com- prendidos en igual prohibición, pero gozaban privilegio los jefes de ma- rinería. Análogo objeto llenaban el hacha, ó segur, «ab spuntó del altre part», — 366 — unas de silla, pendientes de la del caballo, y el azote, pelota, es decir, un palo llevando á su extremo con cadena, cierta bola erizada de puntas de hierro (pilotes de plom, ligades ab cadena al bastó) (flaellum, flael, fla- gellum, tleau, H. del Delfinado, poema del Zorro «...qui porte tinel, ha- che, flaiel, bastón d'espines», flahó, en documento catalán de 1381). Las tropas más vulgares, esgrimían porras, clavas ó mazas ferradas, y verdaderas segures de leñador (destres ó destrals). De armas alevosas califican muchas ordenanzas los palos ó bastones emplomados y los de estoque (ab ferré faytiços), y las puhas (aguijones ó verdugos). Guadañas (daylls), rampogoles, pitazas, buzones, aleznas (alenes y otras armas ú utensilios, servían de recursos extremos, y á menudo se utiliza- ban para abordaje en combates marítimos. Balística. La ballesta vino haciéndose arma de tiro poderosa y mortí- fera, á medida que se la forzó con un mecanismo asaz complicado, para dar surría tensión á la cuerda. Este mecanismo (sem/onia) que elballeste ro llevaba colgado al cinto, constaba de una armazón de poleas y garru- chas (ternals), cuerdas y ganchos (crochs), movidos por un tornillo (torn), al que daba vueltas un manubrio (ma de croen) á una y á dos manos, ó bien por medio de palanca ó de trinquete (ballestas de torn, de palanca, y trinquet): estas últimas eran las mayores. Cargábase el arma puesta de cabeza al suelo, donde tenía un estribo ó argolla que se afianzaba ya con uno, ya con los dos pies. Registramos ballestas catalanas, de estribo, tortosinas y genovesas; otras de madera y de cuerno (ballista de coruu cum croco suo); el árbol ó cuerpo principal, llamado garrote (carrotto, Regesto de 1334); las manecillas y ganchos de hierro, de latón («crocibu- lum leutoni; coaletes ad tendendum balistas, historia del Delfinado, do- cumento de 1336), de asta, de búfalo, y otros, cubiertos de piel colorada (cro- cum de corio vermilio): la misma arma solía enfundarse en lienzoó badana. Contábanse ballestas mayores, medianas y pequeñas, de pecho (depectore), entableradas (en taula) y unas de caza dichas cerxeras, teniendo á su ex- tremo un matraz disparador, con cuerdas de cáñamo, de nervios, de seda retorcida, etc. Empleábanse también en guerra y caza el arco, hecho de maderas flexibles como tejo (tex) y otras semejantes, prevaleciendo los tudescos, y para cetrería los de rosca (rotllo, rotlo. «arcusbalisti ad troll» letras de 1328 en Rymer), que lanzaban peladillas ó rotllones; y no se utilizaba menos la honda para arrojar piedras. Anexos á arcos y ballestas iban los carcaxes, arcaces, cajas de saetas {perada, anón, de Gestis Frid., feretrum, en catalán careáis y buyrach), encerrando como un centenar de Hechas en mazos(liáms), «carcajadas de sayetas» («garbas sagittarum» Rymer). Saeta venía á ser apelativo de todo linaje de dardos, pasadores, — 367 — viras, viratones, id. de prueba y de almacén, cuadrillo» amolados, con péndolas de águila (catalán penats ó tretes empenades, cayrelk, quadreüs, viras genovesas, fleches ófleques,passadors, etc.) «ca?'e//¿tamde unoquam deduobus pedibus, garniti fletonibus (conterillas) etempennati.» cuenta de 1322, H. delDelfinado): «Carelli qui dicuntur carati.» Ibíd. cuenta de 1336. Escritura de Eduardo Illde Inglaterra, 1372: «arcubus, cornubus et sagittis vocatis brodarues, duodenas petiliorum (saetas) videlicet voltes. Petilionum volatilium, en Ricardo III, 1383. Petillas, sagittas vocatas hefe arowes, en Ed.° IV, año 1474. Quarellos pennitos de cupro, en Ed.° II, 1307. Carelli cum chordis, fletonibus et larcerio in quo fuerunt ligati, H. del Delfinado, cuenta de 1336.» Había además Hechas envenena- das (erboladas) y otras incendiarias (pennalicas ignis, Cronicón Pisano). Tormentaria. La Crón. de I). Pedro IV de Aragón, á mediados del siglo, enumera bajo apelación de artillerías, trabucos y manteletes, gatas, maníja- nos de dos cajas, brigolas, bancos pinjados (petiats), grúas, buzacos, basti- das, etc. Muntaner añade mangárteles, pedreros, cantales y trabucos, con escalas, grúas ^piedras para los ingenios; perteneciendo según él á la es- tratejia defensiva de una plaza, las puertas ferrizas, las torres maestras, las barbacanas enverdescadas, para guarecerse de tiros enemigos, los posti- zos ó tablados (postichs) en la barbacana, etc. Por fin, á últimos del siglo jugaban todavía, según Eximéniz, los mismos ingenios, brigolas, ballestas ligadas, con ruedas y su scrop e puntapeu, bastidas, buzones, bombardas, trabucos, escalas corredizas, etc. Según la Crónica de Colmar, en el año 1300, había 500 hombres ocupados en hacer jugar un ariete. De esta clase eran el barbizellum, indicado por Otto Morena, la cata fusta (ca- tapulta) de Rolandino, y el niconte de Mateo Westmonast, hablando de uno fabricado en 1304, «quem grceci nicontam vocant, quasi vincentem omnia, et lupum belli.» Galberto, biografia de Carlos de Flandes. apellida jactatorium al fundíbulo. El célebre flamenco Van Artevelde utilizó en 1338 el ribaudequín (stedeboge), que era una especie de cañón para lanzar dardos agudos, servido por sus ribaldos. La invención de la pólvora según autores franceses, debe contraerse al mismo año 1338, época de Felipe da Valois, pero hay datos de haberse an- ticipadoen nuestra guerra nacional (Véase la sección arabesca, ó Época de los árabes). Dentro del puerto de Barcelona, combatiendo la armada ara- gonesa contra la de D. Pedro el Cruel, año 13o9, una nave catalana dispa- ró dos tiros de bombarda á un bajel enemigo, causando en el mismo tan- to estrago, que le llevó los castillos y el palo mayor, é hirió á mucha gente (Pi y Arimón). Un documento castellano de la segunda mitad del siglo, expresa el cañón con el nombre de cainón, nombre debido á la figura acañonada que tiene el arma. «Gunnas, quas galli cañones vocant» (T. — .368 — Walsingh. en Enrique V). «Muñientes turres, balistis, garratis, canoni- bus et machinis.» Continuador de Nangio, refiriéndose al año 1336: «bombardas, canons et veugtaires». Rymer: armas varias, videlicet gla- diis, armacudiis, lancéis... tormentis sive cibrellis, vulgariter canons». Cuenta para la liberación de D. Juan de Francia, 1368: «estofe á faire poudre pour 4 grands canons.» id. Crónica de Duguesclin, Jorge Castell." historia de Jaime Lolanio; «canons serpentins» en Monstrelet, etc , etc. Carlos de Aquino designa con apelación de organum diaboli, un cañón de tubos que disparaba proyectiles en varias direcciones. La crónica de los ob. s Merseburg.s llama buchsen, en alemán, el tiro ó estallido. Según in- ventario del año 1395, el castillo catalán de Moneada encerraba entre otras cosas, dos bombardas de hierro, con sus cureñas (ceps) de madera, 9 abrazaderas de hierro en ellas y ¿¡..fallebas (baules); pólvora y piedras para disparar dichas bombardas, yelmos de madera con caretas de hierro, paveses encorados y divisados con las armas j l e la ciudad, glavios de buenas moharras, provisión de pasadores, etc. En decir del cronista Car- nonell, Barcelona tenía fundición de bombardas por la fecha de 1379.—De arte nacieron las voces artillería y artillero (artillería et bombardas, de- fensa de Marsella, 1423), pero ya antes, según Guiart, documento de 1304, llamábase, artillería todo el bagaje de cada jefe «chargié de quarriaus, d'arbalestes, de dars, de lances et de targes d'unes semblances.» Eran además conocidos los cohetes, rocheta, rochetus en veneciano. Crónica de RafanodeCaresinis, año 1379: «burgum SanctiLaurentii expugnant, igne inmisso cum rochettis ad domus paleatas.» Al igual que las plazas y fortalezas, los campamentos tenían sus de- fensas (manteletes, etc., Crónica de D. Pedro IV, id. deGravina, Historia del Delfinado, 1334, etc.) y su provisión de utensilios para cualquier eventualidad, arpas y segures, picos, azadas, palancas de hierro, esporti- llos y otros. Las tropas se albergaban en «tendejones, tiendas y pabello- nes de campaña guarnecidos» (dichos aun trabuca en el Cronicón Est. e , año 1317). Además del real estandarte, ondeaban al aire multitud de pen- dones y señeras divisados, flámulas, gallardetes y pendones señaleros. Como instrumentos bélicos, á los conocidos atabales y trompetas, trom- pas, añaíiles y cuernos ó nacres, vemos agregarse «unum instrumentum vocatum mig canó, (inventario catalán), xabebas y cornamusas, con ata- bales, en las galeras, y el pífano ó pito (Crónica Bergam.e Castelli, año 1386: «cum hominibusequestribus, eteum piífaris pulsando.» Cuenta de la tesorería de Bolonia, 1364: «pro quolibet roucino, cum uno equo palafredo et piííero, etc.»). Caballería. Constaba ésta según queda dicho en su lugar, de rocines jinetes y aforrados, caballos armados y aforrados, y otros lijeros á la jine- — 369 — ta, palafrenes y corceles de genlileshombres, etc. Varias piezas compo- nían la barda ó armadura del caballo: testera, capizana, yelmo ó testuz (inventario de 1316), con orejeras estañadas (llamándose tronzas las tes- teras sin orejeras), y cimera sobre la faz, á que accidentalmente, en com- bates singulares, se añadían pieles de ardilla y otros espantajos para albo- rotar el caballo contrario (Eximéniz); testeras de hierro, unas azules y otras coloradas; colleras y lorigas de cuerpo, hechas de malla, las mejores de procedencia genovesa; perpuntes acolchados, blancos, amarillos, con bla- sones, etc.; forraduras de caballo á la jineta; mantas, cubiertas, sóbrese- ríales divisadas de muchos colores; sobreseñales de diaspre (diesperl) blanco, con cascabeles; cubiertas pintadas, con divisas y paños de oro; de granza de Bristol, divisadas de fojas verdes; de paíno bermello con bro- dería de la divisa real; cubiertas y mantas de palafrenes, blancas en ve- rano y coloradas en invierno, etc., etc.; pretales ó pecheras, llanqueras y zagueras, guruperas ó retrancas de fojas de launa colrada; pretales, sillas, frenos y espuelas dorados; cresoles de fierro estañadas, otras de cuero do- rado (1381). Las guarniciones consistían en frenos caballares de camas rojas, todo dorado; id. dorados con cabezadas (capsanes); riendas de seda blanca, un listón en medio, de hilo de oro, y divisas de armas de Castilla; id. terciopelo colorado, con flocaduras de seda verde y divisas de esmalte; id. argentados, con adorno de aljófar, para muías de damas y prelados; dobles riendas, unas de cadena, forrada de cuero, y otras de correa (reco- mendado su uso por Muntaner); cabestros de rocines; pretales argentados y dorados, de terciopelo, con cascabeles y campanillas (campanelles); re- trancas por el estilo (trastería, retranga), labradas de guarnicionero, con red encima y luengos colgajos de borlas. Sillas de montar llamadas cose- ras, gallegas, lindonas para combate, de barda al-barda) holgadas para viajar, elaboradas de marroquí, cordobán ó badana en su cuerpo, labradas de seda y con cuerdas de id., ó bien con caireles y copas ornados de oro, plata, seda, etc.; los cantos de sirgo, encordados ó no; silla francesa; otra turquesa llena de figuras de marfil y guarnición de seda, y su retranca, pretal (pitrall) y freno á modo de brille de seda verde; otras italianas, ale- manas, etc., igualmente con arzones de marfil preciosamente esculpidos de figuritas, florones y arabescos; una con trepas de paño colorado ble- saqui; silla mular de cuero amarillo, divisada y cubierta de cuero negro, y otra con señales cuarteladas; silla mujeril, sus sueras de paño de lana, la silla lidona con adobos en arzón, cuerdas y sueras, y labor de orpel' el arzón pintado de colores; id. id. de terciopelo colorado, sus arzones de id. verde, y escudos de esmalte; fustes de arzones de uno ó dos cueros; otros para silla de palafrén, de cuero y divisas; sueras ó sillón efe mujer, forradas de paño, bordadas de orpel y el arzón policromado; semblua (sue 24 — 370 — ra, azembla) de la reina de Navarra, de veluete ó vellorí azul; cojín de cabalgar; almuflex de sarcil blanco, etc. En la Corona de Aragón las no- vias regalaban á su futuro, espada ó brocha y cabezadas ricas, y él las correspondía con silla, freno y otros arreos para cabalgar por la ciudad, mereciendo esta costumbre los vetos del Consejo de Barcelona, desde el año 136o en adelante, por el excesivo lujo que fué desplegándose en estos regalos, prohibiéndose toda recamadura preciosa en los arneses, salvas las divisas de sus dueños en oro y plata. A veces el guerrero se aseguraba eu la silla por medio de argolla y cadena («fermat ab cadena,» Muntaner). De la silla pendían estriberas (streups, streps) de hierro ó metal argenta- do y dorado, así como su clavazón; estriberas rajas mulares; otras jinetas, estribos y frenos dorados para gentileshombres; estribos y gambales de cuero negro, otros esmaltados. Cinchas de lana, obradas de azul y blanco. Bastos y silla-bastos (sela-basts), jáquima, cobertor real, barragán, media Jrazada, etc. Literas blancas para damas (leytera), andas de madera, lle- vadas con perchas entre dos animales. Bancos de hierro para sostener bocados y cabezadas (mossos¡e capsanes); cabalhustes (caváis fusts) donde se colocaban las sillas de montar («caváis fusti in quo tenentur selle equi- tandi»). Todo buen jinete traía consigo ó con su escudero, unas ferreras (terrera de cuero rojo con guarniciones), conteniendo martillo, tenazas, clavos, herraduras, botavante (lembrox) para arreglar los pies de los ca- ballos, y flegma para sangrarlos (travalons animalis). Usaban los cazadores principalmente, cuernos y bocinas (bocina de banya, bocina de cornu bovis), sirviéndoles de auxiliar indispensable nu- merosas traillas de perros(unos denominados trechones), y gran varie- dad de halcones, gerifaltes y otras aves de rapiña, que se aliñaban con «loures (louras), capells, longues, gits e altres arneses de cassa.» Señuelos y bretes, eran reclamos de cazador. ^ FIN