GALERÍA ARTE DECORATIVO GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO ENCICLOPEDIA UNIVERSAL DE TRAJES, / R M A S , MUEBLES, /RQUITECTÜRA, ÚTILES DOMÉSTICOS Y ORNAMENTACIÓN DE TODOS LOS TIEMPOS OBHA 1KMSPENSABLK A PINTORES, ESCULTORES, TALLISTAS, MAESTROS DE OBRAS, MARMOLISTAS, JOYEROS, EBANISTAS, DIBUJANTES, GRABADORES, ADORNISTAS, ARMEROS, ATRECISTAS, FUNDIDORES, LITÓGRAFOS, ETC., ETC. Y ÚTILÍSIMA AL PÚBLICO EN GENERAL POR EL CONOCIMIENTO DE LAS MODAS ANTIGUAS ESCRITA POR HERMANN WEISS CATHDRÁTl JOSÉ PETERVAN É ILUSTRADA Y COM PLETADA CON EL INVENTARIO HISTÓRICO DEL TRAJE EN ESPAÑA D. JOSÉPUIGGARÍ 'IGURINES EUSEBIO PLANAS BARCELONA-GRACIA JUAN ALEU Y HJGAHULL, EDITOH, SANTA TERESA, 10 Esta obra es propiedad del editorJ quien • lodos los derechos que marca la ley. Queda hecho el correspondiente depósito. Lit.-Tip. J. Aleu, Santa Tereaa, 10, — Barcelona-Gn INTRODUCCIÓN 0111 10 e s t ^ ^ relacionado con todos los elementos do la naturaleza. Ellos determi- ¡l nan su manera de vivir y su desarrollo físico y moral. El divino destello que le fue s £ otorgado le hizo libre. Así provisto de la razón, con paso firme y altivo entró el hom- bre en el mundo como el cerebro, el punto céntrico de la tierra. Pero Aquel que todo lo ordena hizo desarrollar los mundos original y orgánicamente del seno del caos. Los sometió á una eterna ley de creación. El hombre mismo, sometido á esta misma ley, debía más allá ser su propio instructor, y para decirlo así, su propio creador. La tierra fue maestra de su soberano: ofreciéndole sus productos para sus necesidades, le enseñó á apre- ciarla y venerarla. El deseo de su conservación propia es la primera ley de todos loa seres. Para la raza hu- mana este deseo es el punto de partida de la cultura. Verdad es que el hombre entró desnudo en medio de la naturaleza, vestida con tanto primor y tanta magnificencia, pero estaba dotado de ojos y sensibilidad para ella. Su existencia corpórea despertó en él el deseo de las satis- facciones naturales: 8U ser espiritual le llevó al examen de los fenómenos visibles; su mano llegó á ser seguro instrumento de su voluntad. Hermanos mayores de los hombres son los animales. Eran chispas déla divina inteligencia, de las cuales el hombre atrajo en sí los rayos para todo lo que se relaciona á la comida, al modo de vivir, á la destreza, á los trajes, en un círculo más ó menos extenso. Luchando con ellos, desarrolló los elementos del valor y de la astucia. Reconoció su poder triunfando. Do- mados y amansados por él, fueron sus compañeros, su propiedad trabajosamente adquirida. Aprendió á utilizarla y á imitar sus instintos y deseos, mejorándolos con su naturaleza espi- ritual. El deseo de juntarse en sociedad descansa en el de la reproducción, y por consiguiente, de la conservación de las razas. Este mismo deseo despertó en el hombre el de comunicar sus pensamientos, y le enseñó á hablar. El lenguaje nacido del deseo de la reciprocidad, aumen- tado por la imitación y la razón, llegó á ser el verdadero manantial de todas las artes y cien- cias. Con el lenguaje empezó á formarse verdaderamente el espíritu humano. No existe pueblo alguno que carezca de lenguaje. Así provisto con todos los elementos de la más elevada cultura, estaba el hombre ya en los tiempos más antiguos en el medio de la creación como el único ser capaz de desarrollo vi INTRODUCCIÓN espiritual. Siu. embargo, harto estájegado á la tierra: sobre e ü a y lo que á ella se relaciona .>•* no sabe todavía elevarse; no tiene idea de algo existente fuera del círculo de sus sensaciones; '$£ no sabe apoderarse dé ninguna fuerza que no esté en él mismo, ni tampoco se aleja del sitio (¡onde le ba colocado la naturaleza. Pero aquí desarrolla el hombre todo lo que está á su al- cance, llegando á ser conocedor de todas las plantas. Cada nación, observa acertadamente Humbold, lleva la librea de la tierra en que vive. A todos los pueblos no fue otorgada la fa- cultad de un conocimiento duradero del conjunto de la naturaleza. Mientras el uno no podia elevarse á mayor altura que la, grosera satisfacción de sus necesidades físicas, el otro llevado por el deseo.de mejor cultura, alcanzaba el desarrollo de conocimientos técnicos y habilidad industrial; la capacidad do cultura de un tercer grupo lograba más importante progreso por el sentido de lo bello, del pudor, de la inclinación y del capricho. El don de la apreciación de ]o bello quedó finalmente á los grupos producidos por el más elevado progreso de la creación, como un poder espiritual, una dádiva divina. El arte en su sentido más elevado fue el objeto de sus trabajos terrenales. Pero esta raza, tan ricamente privilegiada por el Creador, debía también, sejrmi Ja eterna ley, desarrollarse por sí misma; no debia llegar á. su elevada cultura sino por gradoti. Como sus hermanas menos favorecidas, entró desnuda en medio del maravilloso espectáculo d é l a creación. Por más distintos elementos de cultura que tuviese, quedaba sin embargo del mismo origen que los demás hombres, cuyo padre era también el suyo, y con los cuales partialamis- nía tierra. Hasta que estuvo en estado de infancia, ignoró sus elevados destinos. Su tarea era m conservación y propagación. Antes que tocase la hora de su elevación espiritual, antes que se soltase el yugo sensual para dejar el imperio á la razón, quedóse sin duda también estaraza en un estado semejante-al de los pueblos menos privilegiados. Como estos no tuvieron lafuer- za de saljr de sus b'mites de cultura, fronteras colocadas por el mismo Creador, presentan también hoy dia una muestra de la más antigua, primitiva cultura. Estos pueblos solamente pueden ofrecer un símbolo del estado más remoto de la especio humana. El traje en los grados Inferióles de la cultura humana. El Antojtono pertenece completamente á su tierra; asi el indio bravo de la América del Sur pertenece á sus antiguos bosques: los bosques le alimentan y amparan; proveen á todas '• sus necesidades y le enlazan en un dulce y pensativo reposo. El clima casi siempre templado le .concede quedarse desnudo como en un paraiso terrenal. Se defiende contra los molestos insectos untándose el cuerpo con grasa. Asi quedó hasta nuestros diaa en estado de inocencia, como dechado de la narración mosaica. No ignora sin embargo la hoja de la primera pareja humana, principio de todos los trajes posibles. El Botocundo no tiene otro vestido sino hojas enrolladas. Pero un pobre traje de hojas no podia bastar á la Eva caída, cuando llegó á conocer que estaba desnuda: necesitó desde entonces un delantal. El traje de las mujeres indias reproduce esta descripción, pues se limita á un sencillo delantal. La inclinación natural del hombre para los adornos, ha cambiado el delantal de hojas de Eva en un traje que tiene la misma forma, pero está elegantemente entretejido de cintas y cordones colorados. Este es el traje mujeril en la tribu de Camacau. La necesidad de amparo por una parte y por otra el atractivo de la naturaleza que los rodeaba, fueron los orígenes de otra clase de adorno entre esas tribus. La grasa de que he- mos hecho mención fue mezclada con colores (amarillo, encarnado y negro azulado); el de- INTRODUCCIÓN vn „£,:• lantal fue adornado de varias colgaduras, que consistian < productos naturales ensartados á m *,,;;f manera de cordón: estos productos eran semillas d,e frutas de forma, elegante, frutas pequeñas . " ' de vivos colores, raíces, etc. El indio bravo no teme la dolorosa operación del tatuaje, se deja * agujerear ciertas partes del cuerpo para sujetar los dijes, con el objeto de adornarse. La in- clinación para el tocado desarrolló en esas tribus perezosas, que con tan pocos recursos están contentas en lo que se relaciona á sus necesidades, ciertas habilidades técnicas: una suerte do gorras compuestas de un elegante tejido á manera de red, adornadas con plumas, tastanto prueban lo dicho. No existe entre loa indios bravos ni la sombra de diferencia entre personas principales é inferiores. Todos tienen iguales derechos. El deseo poderoso de su propia conservación puso las armas en la mano del hombre. Esas armas primitivas tienen por objeto mucho más la defensa que el ataque. En esto debía ayu- darle el arte. Un fuerte ramo de árbol aumentaba la fuerza de su brazo: el palo es pues el arma más antigua y natural, y también en nuestros dias se sirve de él el indio bravo. No pasó desapercibida para él la elasticidad de los ramos freBeos y todavía verdosos. Aprendió á uti- lizarla, y así llegó á poseer arco y flechas. Estas armas son comuneB á todas las tribus. Su uso constante causó su perfección. El deseo de adornarse como el de conservarse, despertó la habilidad manual, natural en el hombre. Los arcos mayores de la altura de un hombre, usados por los indios bravos, están primorosamente trabajados de un palo muy fuerte, ni menos elegantes son lasflechasde palo . lijero ó de caña. Su parte inferior está adornada con plumas de varios colores, y su punta de hueso tiene la forma de una sierra. La antigua selva es el mundo, es la casa del indio. Su cama consiste en una hamaca col- gada de dos troncos de árboles, á manera de plantas trepadoras, sombreada por unas hojas de palmera. Allí duerme como el pájaro en su nido. En el tiempo de las lluvias periódicas, se ampara con un tejado de hojas, sostenido por unos troncos de árboles El indio errante en el interior de la selva, no conoce ningún otro edificio. El hombre ha nacido para la sociedad: el deseo de comunicarse con sus semejantesle ator- menta: fórmanse familias, grupos aislados, hordas. Tales uniones encuéntrame también entre loa indios: entre ellos tiene esta forma especialmente la tribu de los Coroados, que se reparte en hordas. Con el deseo de la sociedad se relaciona el de un amparo y reposo común. Se ensancha el espacio y pide mayor fuerza: elévanse necesariamente cabanas que puedan caber familias enteras: empieza el arte de edificar; la selva proporciona los materiales. Las cabanas de los Coroados tienen 30-40 pies de largo y 12-15 de alto, con anchura cor- respondiente. Las paredes, sostenidas por cuatro troncos angulares, están formadas dé vege- tales entretejidos. Unas esteras y unas tablas son las puertas y los postigos. El techo, muy in- clinado por un lado, es un conjunto de hojas y paja. Como la naturaleza destruye para edificar, así el hombre destruye los productos de la na- turaleza misma para formar de ellos algo que corresponda á sus necesidades. Por reducidas que sean las del indio bravo, él necesita sin embargo ciertas materias y algu- nos útiles para satisfacerlas. La naturaleza todo se lo proporciona sin escasez: le dápiedras lla- nas que le sirven de martillo, otras puntiagudas para cincelar y agujerear. Le enseñó también el uso de otros objetos, como las cañas cortantes de los huesos, los tallos y cosas semejantes. Las plantas silvestres en tantos varios modos entrelazadas, el plumaje tan brillante y primo- roso de los pájaros, despertaron su inclinación á imitar. Primera consecuencia fue una habi- Vttr INTRODUCCIÓN lídad manual en formar bellos y elegantes tejidos. Las mujeres se apoderaron casi entera- mente de este trabajo: el hombre se reservó el cuidado de la conservación, es decir, para el indio, la caza. El indio provee á sus pocas necesidades relacionadas con los muebles y demás útiles, por medio de aquellos sencillos instrumentos y de aquella habilidad puramente mecáni- ca. Muebles y útiles consisten en hamacas, en pequeñas cestas en forma do saco y m otras mucho mayores en forma de canastas. Cortezas de frutas y pieles de animales le sirven para vasos y o"tros útiles; se sirve también para beber de una caña vaciada y cortada debajo del nudo de la hoja. Un palo puntiagudo le sirve para asador. Conoce el fuego y la manera de producirlo por medio de dos pedazos de madera muy secos, que so estregan el uno contra el otro. A pesar de la suma sencillez de su existencia, no le faltan juegos al indio: tiene un ea- traño instrumento de música que consiste en varios conjuntos de huesos de pié del tapir; el ruido que producen esa suerte de castañuelas, lleva el compáB de sus bárbaros bailes; juegan loa indios ¡i la pelota sirviéndose para ello de la piel secada y rehinchada de un pequeño animal La mitología de cualquier pueblo es una muestra de la manera con que miraba la natura- leza; en ella se reconoce el clima bueno ó malo, se ven las ventajas y los obstáculos que en- contró y el modo con que trataba de esplicarlos. La caza y los varios accidentes que á ella se relacionan, despertaron en el indio l a idea de un poder sin limites que Je dominaba. La lo- breguez de la selva, el estampido del trueno le sugirieron una divinidad maléfica. El indio em- plea ciertas raíces, frutas y muelas de animales (amuletos) para preservarse de los pncaiita- ínientos. Los indios aprecian sobremanera el valor varonil. Limpian y secan los cráneos de los ene- migos vencidos y los llevan, colgando de un cordón y adornados de plumas. No solamente el clima, sino también el caos de las influencias, agentes invisibles, relacio- nadas con la localidad quo le rodea, determinan el modo de vivir del hombre y favorecen más ó menos su desarrollo físico y moral. El traje de los Antojtonos establecidos cerca del mar, debia formarse en muy distinta ma- nera del de los indios bravos. El cambio de los objetos que sucede en los países de costa, de- bió despertar en ellos muy temprano la actividad del espíritu. Tenifln delante de sí la infini- dad del espacio; el espeso follaje de una antigua selva no le ponía límites: el habitante de las costas se sentía más libre que el habitante de los bosques, pero también más falto de ayuda y amparo. A él especialmente se dirigen las palabras del Creador: el jardín del Edén está cer- rado: solo con trabajo sacará el hombre su alimento de la tierra, y ganará el pan con el sudor de su frente. Los indígenas de Australia, rodeados por el mar, ofrecen la imagen más evidente de este grado en la historia del desarrollo humano. En ellos, aunque estén muy atrasados en la cultu- ra, se reconoce un progreso esencial si se comparan con los indios; lo mismo puede decirse en lo que se refiere al traje. Las mudanzas de clima de las costas, ahora sombreadas por nieblas frecuentes, ahora turbadas por vientos helados y lluvias no menos frías, las orillas del mar comunmente desnu- das, arenosas y erizadas de escollos, obligaron á los indígenas á cubrirse con trajes más com- pletos.—"Y Dios hizo para Adán y su mujer unos trajea de piel y los vistió.,,—-El habitante de la Nueva-Holanda encuentra la materia necesaria para vestirse por medio de la caza. Se hace una cintura muy ancha á manera de foja y una capa con la piel de los animales. La capa, con el pelo puesto interiormente, le cubre desde los hombros hasta las rodillas; pasando de- INTRODUCCIÓN ix bajo del brazo derecho hacia delante y abrochada sobre el pecho, no estorba la libertad de sus movimientos. El indígena defiende su cabeza contra la lluvia por medio de la corteza de los árboles. Hombres y mujeres llevan este traje: algunas solamente se sirven todavía de un delantal tejido de cortezas ó de yerba. Los australianos como los indios, están aficionados á los adornos. Los unos comolos otros usan la grasa para defenderse de los insectos, y se pintan el cuerpo con tierra blanca y en- carnada; también soportan gozosos operaciones dolorosas con el objeto de adornarse. Todo lo que ofrece la naturaleza de su país de costa, sirve para adorno al indígena. Muelas, Colas de animales pequeños, espinas, caracoles, trocitos de madera y otras cosas por el estilo las ensarta á manera de cordón y se adorna con ellas. Llega el australiano hasta el extremo de formar brazaletes para las muñecas y los tobillos con entrañas de pescado. La necesidad de obrar juntos para lograr los medios de existencia por la caza y la pesca, produjo en la Nueva-Holanda una división en grupos aislados, hordas. Esta misma nece- sidad produjo las señas particulares para distinguirlos, las cuales consisten en diferentes pinturas. El indio bravo se limitó casi únicamente á perfeccionar un arma para la caza, es decir, el arco. El indígena de la Nueva-Holanda más expuesto, aprendió á defenderse á sí mismo; in- ventó el escudo, el cual es un pedazo de madera de forma ovada. No inventó el arco del in- dio, pero el palo de que se sirve llegó á ser en sus manos un arma arrojadiza. Le armó de ganchos ó de conchas á manera de sierra, y fortalecido así le sirvió al mismo tiempo de arma para cazar y para defenderse de los enemigos. No pasó desapercibida para él la fuerza do la pesada clava, y reemplazó el arco con un madero arrojadizo. Las cuevas y aberturas en los escollos á orillas del mar son los asilos naturales donde descansa el habitante de aquellas regiones. SÍ lo hacen falta, él sabe construir unas chozas semejantes á ellas. Para este objeto emplea troncos de arboles, corteza, follaje, musgo y plan- tas marinas. Una horda cubre con tales chozas, parecidas á habitaciones de agigantados to- pos, el lugar donde está establecida. La facultad de llevar cargas pesadas propia del mar, proporcionó al habitante de las eos- tas el señorío del líquido elemento. Todavía le recorre el australiano de á caballo sobre un tronco de árbol y remando con las manos:' también tiene botes, algunos de troncos cavados, otros compuestos de largas tiras de corteza de árbol! Las piedras labradas, para decirlo así, por el mismo mar, se ofrecieron al indígena como útiles muy oportunos. Picándolas y labrándolas fabrícase instrumentos semejantes al cuchillo y al cincel. Conchas despedazadas y puntiagudas, que se parecen á sierras son sus instrumen- tos cortantes, espinas de pescado, su alesna y sus agujas. Unas plantas marinas le sirven para formar cuerdas, y para juntar las varias piezas que fabrica acertó á encontrar una pez muy fuerte y pegadiza. Por estos medios sabe apoderarse de los más importantes útiles correspon- dientes á sus objetos, y llega hasta á poseer el mejor, es decir, el hacha. Con estos"utensilios siéntese libre y satisfecho. Por medio de ellos adquiere otra clase de propiedad, principalmente objetos para pescar, largos harpones con una punta sujeta por medio de un cordón, la cual se puede desatar fácil- mente, ganchos para anzuelos y un madero arrojadizo que sirve para la caza. La fabricación de redes hechas de plantas marinas y de pequeñas cestas parecidas á diminutos botes, estas últimas de corteza de árbol, está confiada casi enteramente á las muje'reB. El australiano no conoce el uso do la hamaca. Duerme en el sucio, sobre una estera, ó sobre una capá de yer^ x INTRODUCCIÓN ba. En ocasiones de fiesta, para convidarle á bailar, le basta la música sumamente primitiva producida por dos pedazos de madera. Las razas africanas forman un grupo dividido variamente, segnn el desarrollo, limitado por hi localidad, de su cuerpo y de su espíritu. Los que se llaman hombres de floresta y que van errando al Nordeste del Cabo, que viven entre corrientes de agua, llanuras sin arbolee y mon- tes desiertos, no pudieron elevarse más allá del grado ínfimo de la cultura. Su ocupación prin- cipal, como para los indios y australianos, es la caza. A ella deben también la materia de los trajes que llevan. Los hotentotes, más favorecidos por el clima y que viven en el país del Cabo, están más desarrollados. Con estos van clasifi- cados los cafres del Este y del Oeste. Las tribus negras que habitan la costa africana hacia el Noroeste finalmente parecen reunir en BÍ toda la capacidad de cultura de su antigua estir- pe. Algunos grupos entre ellos, especialmente los aseantos, alcanzaron un grado de civiliza- ción tal, que algunos sabios viajeros pensaron que fueran originarios de los antiguos egipcios y etíopes. Todos estos pueblos, exceptuando los salvajes hombres de la floresta, son en parte pasto- res nómadas, en parte labradores con domicilio fijo. "Y Abel fue pastor, Cain labrador, y fa- bricó una ciudad. Sila engendró á Tubalcain, quo forjó toda clase de instrumentos do cobre y de hierro.,, El traje de estos pueblos está íntimamente relacionado con los varios grados de su cultu- ra. La materia de sus vestidos es casi enteramente limitada á la piel de los animales, pero hay una notable diferencia entre la grosera vestidura de los hombres de la floresta y la ele- gante capa primorosamente trabajada de los negros y de los cafreB más desarrollados. Estos últimos, y especialmente los ascantos, conocen ya la manera de tejir telas de lana, y saben hacer de ellas trajes oportunos. Anchas cinturas, delantales y capas son las partes principales del traje de los africanos como de los australianos, pero hay entre ellos una notable diferen- cia. El delantal más sencillo de los hotentotes, una correa que llega á los hijares, con una chapaleta redondeada, demuestra, comparado con el grosero delantal de los australianos, el sentido de la elegancia. Mayormente nótase esa diferencia en los delantales más grandes y anchos de pieles de animales y tela de lana, de los cafres y de los negros. Un adorno simétri- camente dispuesto los hace parecer lujosos á los mismos ojos del hombre civilizado. Lo mismo puédese decir de la capa ó manto formado de pieles de gatos salvajes y de lie- bres, etc., cosidas con mucha propiedad, el cual, provisto muchas veces de un coleto, ó hecho de tela de lana y sujeto sobre el pecho con correas, prueba decididamente la inteligencia de lo útü y agradable. La manera con que los ascantos llevan el manto recuerda la toga romana. El africano raras veces se cubre la cabeza, pero cuando lo hace lleva un gorro de forma cónica, hecho de piel con cordones, ó de lana; mas á menudo lleva un calzado que le defiende de la arena ardiente. Este calzado es de piel de animal, entre los hotentotes y los cafres. De forma parecida al pié, el calzado se sujeta con correas: los negros llevan por lo común san- dalias, es decir, una sencilla suela sujeta al pié. No está muy distinto todavía, entre los africanos, el traje de las mujeres del de los hom- bres. Sin embargo, el mayor tamaño y la mayor amplitud del delantal de las mujeres y tam- bién de las otras partes de su traje, indica el sentido de la modestia. La natural inclinación del bello sexo para los adornos, muéstrase en el mayor cuidado que emplean para el primor de sus vestidos las mujeres. Lo mismo puédese decir del desarrollo del mismo adorno: en él se muestra el sentido de la simetría. Hasta la manera con la cual los cafres píntansecl cuerpo INTRODUCCIÓN XI con figuras encamadas ó Llancas y azules, es una prueba de ello. El cuidado con que pro- ceden en el tatuaje, deja reconocer un sentido decididamente desarrollado para la forma elegante. Esméranse especialmente en el tocado do la cabeza, y mientras algunos entre ellos, como los negros de Asra, se cortan enteramente el cabello, otros se lo adornan en la parte del co- gote, con figuritas artísticamente formadas ó con trenzas y lazos variados del mismo cabello. Los africanos no se agujerean más que laa orejas, y esto con pocas excepciones. Sin embargo, están sumamente aficionados á adornarse con mil varios objetos colgantes. La inclinación al lujo personal es común á los dos sexos. Cualquier parte del cuerpo que pueda llevar adornos, es cierto que entre ellos no queda desnuda: unas pequeñas conchas ensartadas en un hilo de hierro cerca de los hotentotes, unos grandes anillos de metal ó botones de marfil, forman el adorno de las orejas entre los cafres y negros; los primeros llevan collares de cascaras de hue- vo, conchas de caracoles, los segundos de pedacitos de palo oloroso, clavos de especias, plan- chitas de meta!, ó consisten también en cadenitas elegantemente trabajadas, y de estaB cuelgan orí el cuello y enelpecho,piedrecitasde varios colores; estos últimos collares van ensartados en hilos de hierro ó enhebras de lana. Tales colgaduras llevan también en rededor del vientre. Los branos, las piernas, los dedos de las manos y á veces los dedos delospiés, vanricamenteador- nados de anillos de convenientes tamaños. Mientras el hotentote los fabrica únicamente de piel fuerte, el cafre y el negro, más adelantados, los forman de marfil, de hierro ó de cobre, cuya fabricación en hilos, varitas y planchitas, les es familiar desde los más antiguos tiempos, por medio de la fundición, del uso del martillo y cincel. El conocimiento de la utilidad de los metales, que encontramos entre los negros todavía muy atrasados, forma sin embargo una parte principal en la historia del desarrollo humano. Herder observa acertadamente: ,,E1 uso del hierro, el cual parece dominar con sus fuerzas magnéticas toda la tierra, ha llevado por sí solo nuestra generación á un grado más elevado de cultura.,, El trabajo todavía relativamente grosero, y la limitada utilidad que saben sacar las razas africanas de los metales, tuvo sin embargo una especial influencia en la forma de sus vestidos. Más todavia influyó en el perfeccionamiento de sus armas ofensivas, menos en el de las defensivas, cuya materia se limitó casi enteramente al cuero trabajado. Estas últimas con- sisten en un escudo, una suerte de gorra para defender la cabeza y en una ancha cintura. Una piel de buey de forma ovada con un asa de madera es el escudo; algunas veces está compuesto de tiras de palo y planchas de metal, enlazadas por un tejido de varas, y armadas de clavos; este escudo tiene cinco pies de largo y cuatro de ancho. La piel de la cabeza de algún animal convenientemente preparada, ó unas fuertes gorras de piel de cocodrilo son el amparo común de la cabeza. La adornan con conchas, muelas de animales, también con la cola tenida de un. caballo ó de un leopardo, y la fortalecen con planchitaa de metal. Las armas ofensivas de los negros son más variadas. Se reparten en armas arrojadizas y en armas de punta y espadones. A la primera categoría pertenecen diferentes javelinas, mu- chas veces provistas do un forro de cuero, con hojas de hierro de varias formas; luego, pero solamente entre algunas tribus, una honda y en fin un arco de cinco hasta seis piéB de largo, con sus flechas. Estas también, trabajadas con cañas ó palo lijero y adornadas de plumas, es- tán provistas de puntas de hierro. Las más importantes armas de golpe y de punta consisten en pesadas clavas de madera, más ó menos elegantemente trabajadas; en unos pesados espa- dones de hierro, de forma parecida á la do las clavas, los cuales tienen cerca de un pié y me- dio de largo, y en cortos cuchillos con forro de cuero. Algunas tribus llegaron á inventar ins- Xll INTRODUCCIÓN frumentos de musita guerrera, y los negros de la costa occidental (los hombres libres) poseen casi todos, además de estandartes especiales, unos tambores extrañamente adornados y hechos con un tronco de árbo>cavado, y unos cuernos de muelas de elefante caprichosamente adorr Como la necesidad material no lleva sola la cultura, pues la pereza del hombre, si están satisfechas BUS necesidades, le deja permanecer en su ignorancia, tampoco lo anima á desar- rollar eus facultades y á perfeccionar el traje que á estas cualidades se relaciona. Mientras el indio de la selva quedó sumido en su holgazanería, mientras el australiano, obligado por la necesidad, llegó á mayor actividad exterior, el africano más despierto por las circunstancias de ]a localidad que le rodea, está ya en los límites extremos del hombre de la naturaleza pu- ramente sensual. El negro siente y apercibe ya lo que está en derredor suyo: en él duermen los instintos de la afición y de la aversión; en él pueden desarrollarse todas las pasiones buenas y malas, pero necesita todavía el socorro de fuerzas espirituales más elevadas para guiarle: solo, es incapaz de mayor desarrollo, pues demasiado está encadenado á la tierra que lo engendró. Una mirada al traje de esas tribus africanas, á pesar de M estado atrasado, demuestra en U su forma una influencia más profunda que la de los sentidos. Dejando á parte la lijera dife- rencia que ya hemos notado en el traje de los dos sexos, se observa en él todas las señas del progreso. El traje entre los africanos no es solamente para ampararse y adornarse, sirve tam- bién á expresar ciertas sensaciones y ciertos estados. Este ya es un grado notable de cultura. Un tal modo de simbolizar por medio de los vestidos, nótase en las tribus africanas, especial- mente en el cuidado con el cual cambian los trajes según las diferentes circunstancias de la ,vida, las bodas, el tiempo del embarazo, el luto y ocasiones semejantes. Por el traje se dis- tingue también entre los negros las circunstancias del estado y de la religión. El adorno más rico ó un bárbaro lujo son las soflas por las que se reconoce el caudillo y jefe del hombro libre y principal; el traje de este ultimo es en su turno más lujoso del del pobre ó esclavo. Pero los sacerdotes ó más bien los brujos, pues como tales los considera el negro según las ideas que tiene del culto, se visten casi todos caprichosamente y llevan objetos escogidos por ellos mismos, y que les parecen corresponder á su personalidad y á su cargo, mientras los sacerdotes de los fetichos de Ahanta no llevan otro traje más que una vestidura blanca, pues esa tribu estima el color blanco símbolo de purera. Todas las indicaciones precedentes cerca de los varios progresos del traje valen tambicu por lo que se refiere al perfeccionamiento de las viviendas y de los utensilios y muebles, pues todas las manifestaciones de un pueblo corresponden á su cultura y están relacionadas entre ellas. Las condiciones del país determinaron la manera de vívirdesus habitantes, yluegola mejo- ría de sus estancias y camas. Desarrollándose la cultura (la idea de la familia y de la propie- dad) las cabaíías ó casas adquieren un carácter correspondiente en su forma y soliden. Ensan- chándose las relaciones sociales, adquieren también, con la diferencia de objetos, la variedad correspondiente. Despertándose el sentido de lo bello en un pueblo, se mejora la forma del edificio, cuyo objeto era sencillamente ofrecer un abrigo y llega á ser elegante y adornado. Las fabricaciones de las razas africanas llegan por grados á un tal perfeccionamiento. Las chozas más sencillas son las de los hotentotes. Estos pueblos nómadas están satisfe- chos con cabanas que fácilmente se pueden erigir y fácilmente deshacer. Consisten en ramos flexibles, enlajados á manera de trenzas, en parto cubiertos con esteras, en parte con pieles INTRODUCCIÓN xni do animales; estos ramos se elevan sobre una base redonda ú ovada. Tales chozas eon más ó menos grandes, según la familia que debe caber en ellas. Raras veces pasan de cinco pies de alto. En el medio de' tales cabanas hay un hoyo en el cual encienden la lumbre. Lae chozasde algunas tribus nómadas de cafres, tienen una forma semejante (á veces son más sólidas) mien- tras las tribus establecidas saben ya erigir casas fijas. Estas comprenden un círculo, que tiene veinte pies de diámetro, con pilastras perpendiculares unidas algunas veces con una pared de ramos entrelazados y cubierta con una capa de pez. En el interior elévase á nueve pies de altura un segundo encierro, algo separado del primero y más alto, y en el medio de este últi- mo un palo más alto todavía: este palo sirve de apoyo al techo de paja cuidadosamente tra- bajado, de forma cónica, que descansa en la pared exterior. Una abertura entro l¡i pared y el techo y las entradas dejan salir el humo del hogar y entrar la luz del día. Las casas de los negros de la costa occidental son mucho más seguras y más sólidas. Comparadas con las chozas de las que hemos hablado, estas casitas son espaciosas: hechas de ladrillos de barro secado, tienen la forma de un cuadrado prolongado; el techo es Daño con oportunas aberturas para renovar el aire. Los edificios más sólidos encuéntranse entre los as- cantos: sus casas, erigidas también sobre una base en forma de cuadrado prolongado, tienen paredes de ladrillos dobles con una capa intermedia de ramos entrelazados y llena de pez, y un techo de bambú, cubierto con ramos de árbol y hojas de palmera. Estas casas se distin- guen de las de las demás tribus no solamente por su solidez, sino mas bien por su limpieza y comodidad. Tienen puertas y postigos de tablas muchas veces pintadas y doradas, y que se pueden abrir y cerrar fácilmente. Las paredes exteriores son cubiertas con una capa de pez y luego blanqueadas y adornadas con bastas figuras formadas con varitas de caña. Las casas de las personas principales tienen un zaguán, para distinguirlas de las otras. El interior corres- ponde al exten'or; reina allí la más esmerada limpieza y el suelo está bien trabajado y es de color rojo. Otros edificios, consecuencia próxima y natural de la propiedad y de las necesidades que á ella se relacionan, encuéntranso también entre los pueblos de raza africana, más ó menos desarrollados según el estado de su cultura. Entre los hotentotes se limitan á una suerte de en- cierro para el ganado, mientras los cafres han llegado á erigir casi verdaderos establos con cercos de palos. Ya el negro establecido no se contenta con estos encierros: guarda sus reses en cuadras rodeadas con murallas. Así como el traje de estas tribus más civilizadas les sirvió casi como símbolo ó expresión característica de ciertas circunstancias de la vida, lo mismo sucede para los edificios. Sin con- tar la diferencia ya notada entre las casas de las personas principales y las de la gente me- nuda y de los esclavos. La vivienda del gefe ó soberano se distingue de todas las demás por la extensión y por el lujo. Otros edificios, que se relacionan á sus fiestas, tienen un carácter que les corresponde, y mientras la necesidad los obliga á defender su propiedad contra ata- ques enemigos por medio de baluartes de tierra y encierros de palizadas, el sentimiento reli- gioso los llevó á formar ídolos y á erigir templos. El perfeccionamiento de los muebles y utensilios demuestra más claramente todavía el estado de la cultura de un pueblo, que su traje y sus edificios, pues es la expresión caracterís- tica y decidida de la variedad de sus nuevas necesidades. El traje y los edificios proceden de instintos puramente naturales, es decir, el de ampararse contra la influencia de molestos cam- bios climatéricos. Al contrario, los muebles y utensilios, si no se limitan á útiles de caza y pesca» (los que debian naturalmente inventarse por el deseo de la propia conservación) son Xiv INTRODUCCIÓN esencialmente la consecuencia de un sentido más delicado. El animal mismo se sabe defender contra el frió, fabricándose una casa; muebles y utensilios están únicamente reservados al hom- bre, que es deudor á este más delicado sentido de la comodidad, de las invenciones y de las artes. Este sentido en el hombre está sometido, como todo su ser, á la ley universal del pro- greso. Las condiciones locales, el clima, el uso y el ejercicio ponen límites á este como á todo lo demás. Una mirada general á los muebles y utensilios africanos bastantemente lo prueba. Los utensilios entre los habitantes de la punta sur, hotentotes, son muy primitivos, mucho más desarrollados al contrario entre los cafres y negros del oeste. Aquellos estáu contentos casi enteramente con los rudos productos de la naturaleza, hebras de plantas, hojas, cascaras leñosas de ciertas frutas, luego, pieles de animales, muelas de elefantes y otras cosas por el estilo; estos conocen y utilizan además de los metales, también el barro como materia blanda para formar diferentes vasijas. Por este medio son mas varios los utensilios entre las tiibús negras, y mientras el hotentote se sirve de correspondientes productos naturales para vasijas, el negro con su actividad independiente y por medio del barro, hace otras mucho más convenientes. El mayor número de ellas son unas ollas parecidas á frascos, á calabazas, á ur- nas, formadas con barro secado en el fuego ó al sol; tienen también tazas do barro de varios tamaños, provistas de uno ó dos mangos, y muchas veces adornadas con rudas figuritas. Ade- más de estos útiles, los cafres y los negros se sirven de bolsas de cuero sólidamente cosidas, de cestas entrelazadas con tanta habilidad que no dejan pasar el agua, y para conservar y transportar líquidos, toneles de madera. Estos toneles, unas pequeñas escudillas y unas cucha- ras elegantemente trabajadas representan la mayor parte de sus útiles caseros. Como la vida de todos estos pueblos pasa más fuera que dentro de la casa, su mueblaje está sumamente atrasado. Consisto casi enteramente en una cama. Los cafres lo hacen con una estera; los negros muchas veces con una hamaca, que cuelgan de los palos angulares de sus aposentos, y otras veces con un banco de madera y una suerte de sosten para la cabeza, de forma medio-circular. Al empleo de los metales deben no solamente el perfeccionamiento de los útiles, los cua- les entre estas últimas tribós consisten principalmente en hachas, cuchillos y agujas, y entre algunas también en martillos, tenazas y barrenas, sino también armas correspondientes á la caza y útiles de pesca, que fueron una consecuencia de sus demás armas. Á las primeras per- tenece, además de las armas acostumbradas, como fiel compañera del cazador, una grande guadaña; á los útiles de pesca pertenecen harpones con puntas de varias formas, anzuelos grandes y pequeños, redes de varias clases y otras cosas semejantes. Los aparatos de juego y los instrumentos musicales corresponden al progreso de los cita- dos útiles y á la cultura de los pueblos negros. Ellos tienen, aunque muy primitivos, instru- mentos musicales de toque, de viento y de cuerdas. El tambor, el cual entre los hotentotes es una grande calabaza vaciada, cuya abertura está tapada con una piel de oveja, entre los negros es de varias suertes, ventrudo, ovado y de otras formas. Sus instrumentos de viento son cuernos hechos con muelas de elefante y flautas de cañas con. tres agujeros. Uii arco de palo con una sola cuerda que se pone en vibración por medio de una pluma, es el instrumento de cuerdas mas usado por los hotentotes; los negros al contrario tienen una suerte de violin con varias cuerdas, que se ponen en vibración por medio de un arco. Lo que hay menos desarrollado entre los africanos, si se comparan con BUS utensilios, son los objetos simbólicos relacionados á la religión y al Estado. Un asiento más elevado ó un INTRODUCCIÓN xv banco do césped cubierto con una piel de leopardo, es el trono del soberano, al cual sus sub- ditos no se acercan sino arrastrándose por el suelo. Á. los representantes del culto (brujos y sacerdotes de los fotichos) déjase libre la elección del traje y de los objetos relacionados con las ceremonias religiosas. En esto forman una excepción los ascantos; entre ellos está esta- blecido un ceremonial fijo y hay unos objetos especiales para el culto, como cuchillos para sacrificar, tazas é incensarios. PARTE PRIMERA EL TRAJE DE LOS PUEBLOS DEL OESTE SECCIÓN PRIMERA EL TRAJE DE LOS ANTIGUOS PUEBLOS AFRICANOS CAPÍTULO PRIMERO I / AS pirámides de Menfis son las fronteras de la historia. Con el "•*-*! nombre de los reyes que las edificaron (Cheops, Chefren, Suphis, Mikerinos) empiezan los conocimientos históricos. Estos conocimientos, por medio de pesquisas cronológicas, llegan á cuarenta siglos de anti- güedad. Los soberanos de los cuales habernos citado el nombre, pertenecen al principio de esos tiempos: son los fundadores de la cuarta dinastía menfítica; lo que precede no es más que un mito. Los egipcios mismos se estimaban originarios Antojtonos. No se puede dudar que en los tiempos más remotos no haya tenido lugar una inmigración de tribus del Asia anterior en el valle del Nilo; es muy probable que esas tribus estranjeras se hayan mezclado con los indíge- nas. Una prueba de ello ofrecen los monumentos existentes, y otra mayor el color de la tez, en parte blanca, en parte morena encarnada, la forma del cuerpo y las facciones del rostro. 2 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Las condiciones locales del país del Nilo determinaron luego el des- arrollo de la cultura egipcia. Las inundaciones periódicas anuales del rio indicaron muy pronto á los habitantes la medida del año. La ferti- lidad de la tierra relacionada con tales inundaciones y amenazada con- tinuamente por los desiertos arenosos que rodean el país, los obligó á una incansable actividad. La regularidad visible de la naturaleza des- pertó y desarrolló en el pueblo egipcio la afición al orden. La frontera natural de los escollos y de los vastos desiertos arenosos le impidió al contrario mirar más allá de estos límites. El clima, sujeto á pocas va- riaciones, favoreció un modo de vivir monótono y sencillo. Los egipcios, limitados por lo que se refiere á la localidad, no reci- biendo otras influencias estranjeras, no podían desarrollarse más que parcialmente. Orgullosos de los productos de su incansable actividad, miraban con desprecio hasta los más lejanos tiempos á las razas estran- jeras, degeneradas y miserables. En un largo espacio de tiempo enteramente tranquilo, nació y flo- reció, en esas condiciones, la cultura egipcia hasta un punto extraordi- nario: los monumentos erigidos en aquella época, en las partes que de- safiaron las injurias del tiempo, son una clara prueba de ello. Las obras más antiguas, las pirámides, aunque desprovistas de adornos artísticos, demuestran en su singularidad un grado elevado de cultura práctica en sus edificadores. Las pirámides son el producto de una perfección técnica en la unión de enormes masas de piedra y el deseo constante de la forma más noble y sencilla. Más todavía que aquellos monumentos, se reconoce en las tumbas que los rodean y fue- ron edificadas en la misma época, el ingenio y la constancia de aquellos antiguos pueblos: las paredes son ricamente adornadas con esculturas y geroglfficos. En una manera sumamente clara y segura representan simbólicamente las diferentes ocupaciones déla nación: también en esas imágenes se reconoce fácilmente la austera regularidad como base del carácter del pueblo egipcio, Las pinturas en las paredes de otras tumbas, que pertenecen á la sexta dinastía, no demuestran notable progreso en el estado general de la nación. Por el contrario, en el tercer milenio, Egipto ha llegado á notable elevación en su cultura. Se atribuye á Amenemha III la cons- ÜNUICI.OPEDIA UNIVEKSM. í¡ truccion de grandiosos acueductos para el desagüe del Nilo en sus inundaciones periódicas y la del laberinto. Este rey, el Méride de los griegos, pertenece á los monarcas de la duodécima dinastía. Un seguro informe cerca del floreciente estado del reino egipcio lo ofrecen las tum- bas de Beni-Hassan, que remontan á aquella época: las pinturas colo- radas que adornan sus paredes, representan en toda su plenitud las va- rias condiciones de la vida de la nación, y todo allí se ve expresado con puntual fidelidad. Allí se representan los más variados oficios y artes, juegos públicos, diversiones domésticas, etc. Mientras las imágenes que se ven en las tumbas de los más antiguos tiempos, representan especial- mente las ocupaciones del pueblo relacionadas inmediatamente con los productos de la naturaleza—labranza y crianza del ganado—las tumbas de Beni-Hassan representan al contrario casi siempre el trabajo artifi- cioso de aquellos mismos productos, la tranquila posesión y el goce de lo adquirido. En todas estas pinturas se ve expresada una cierta práctica templanza: entonces el pueblo ignoraba lo que es lujo ni deseaba la pompa exterior; con medios sencillos sabia alcanzar perfectamente sus objetos. Las condiciones políticas de Egipto durante esa época dichosa, se limitaban esencialmente á la tierra del Nilo. Hay noticias de guerras entre Sesurtasen I contra los pueblos de Kusch (Etíopes) y otros indí- genas del país. Los ejércitos egipcios muy bien organizados, como se puede ver en algunas pinturas de las tumbas en Siut, las cuales perte- necen á la décima tercia dinastía, combatieron siempre con dichosa suerte. Pero en las tumbas de Beni-Hassan encuéntrase representada una inmigración asiática. Estos pueblos pertenecen á la raza de Aamu, es decir, son semitas. Es dudosa su relación con los egipcios. Según la inscripción que acompaña esas pinturas, llevan un artículo de lujo que úsase todavía en todo el Oriente, el Mestem, suerte de afeite para los ojos; pues se puede considerarlos como miembros de una caravana comercial. Parece probable que Abraham con su esposa Sara se haya trasladado á Egipto durante la duodécima dinastía. La entrada de elementos del Asia anterior debió paralizar el desar- rollo de la cultura independiente del reino. Las noticias de la fertilidad del país y de la opulencia de sus habitantes, que llevaron los viajeros 4 CALERÍA DEL ARTE DECORATIVO después de haber visitado Egipto, debieron sin duda alguna despertar en los monarcas de Arabia y del Asia anterior el deseo de apoderarse de aquella tierra. A fines de la décima cuarta dinastía (2000 años antes de Cristo) se apaga el antiguo esplendor del reino egipcio por la opre- sión de los conquistadores del Asia anterior. Bajo el nombre de Hiksos ejercen una soberanía que duró casi quinientos años. Oscuros son los tiempos de su gobierno: este intervalo histórico queda completamente vacío. El poder de los Faraones quedó limitado, durante este tiempo, en los países más meridionales. Ese poder se alió al de los etíopes. Final- mente fortalecido, logró, en 1600 antes de Cristo, triunfar de aquellos conquistadores: el rey Thutmés III alcanzó una tal victoria. Otra más completa tuvo lugar en 1400 antes de Cristo, bajo Setí I; entonces los enemigos quedaron completamente derrotados, y Egipto volvió á ser independiente. Con la fundación del nuevo reino desde Thutmés III, empezó una nueva época de la cultura egipcia. Los tesoros adquiridos en el saqueo fueron probablemente los cimientos de tal cultura: el Asia anterior era ya el país del lujo y de la pompa. Tampoco, el reinado de los Hiksos habrá carecido de ellos. Los restos de aquellas razas sometidas por los egipcios y toleradas en el país, habrán quizás llegado á ser maestros de sus dueños en muchas cosas. Las dichosas guerras de los Faraones en el Asia fueron especial- mente de grande provecho para el progreso de la cultura egipcia, desde la reconquista del reino: empezaron con el destierro de los Hiksos. Las conquistas, probadas por testimonios escritos.de Thutmés III, el Liber- tador, se extendieron no solamente al sur en el interior de Etiopía, sino también en todas las diferentes partes del Asia anterior hasta la Meso- potamia. Sin embargo la época en la cual mayormente floreció el poder guerrero egipcio, fue en 1400-1200 por los soberanos de la décima novena dinastía. El nuevo reino debió su duradera gloria principalmente á la estirpe de los Ramesidas y entre ellos á Ramés II, el Grande (Se- sostris, Sethos). Bajo el reinado de su padre Seti I, el verdadero ani- quilador de los Hiksos, se desarrolló una extraordinaria actividad para edificar. Durante este reinado empezóse á levantar un gran número de ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 5 templos, pero al hijo quedó la tarea de concluirlos. Las pinturas é ins- cripciones que adornan sus paredes, muestran y dan una larga serie de nombres de pueblos vencidos y de sus tributos. Allí se ven á los caldeos, luego á los pueblos de Mesopotamia, á los yonios, á los habitantes de Capadocia, etc.; allí también hablase de la fortaleza Ascalona y de la ciudad de Calibou. Una inscripción que se refiere á las victorias alcan- zadas anteriormente, hace mención de la fortaleza de Nínive. Las guer- ras por la mayor parte felices contra los pueblos del Asia anterior, proporcionaron al ejército egipcio riquísima presa: los tributos de los pueblos subyugados llenaron los tesoros de los Faraones. Á Egipto lle- gaban los preciosos productos de la naturaleza y de las artes de Etiopía y del Asia: en las inscripciones de este tiempo se ven empadronados oro, plata, estaño, cobre, piedras preciosas, marfil, ébano, etc. Utensi- lios primorosamente trabajados, de metales preciosos, especialmente magníficos vasos, fueron enviados allí como productos de la Tierra San- ta. Entre estas dádivas hay también lujosos carros de guerra y armas de mil diferentes clases. La influencia que tuvieron aquellas guerras y el animado comercio que fue la consecuencia de ellas, llevando los productos del Asia á Egipto, es visible en los primeros monumentos de esta época. El traje en ellos representado muestra una pompa y un lujo total- mente opuestos á la sencillez de los primeros períodos. Con la décima octava dinastía empieza para Egipto en las costumbres y en la manera de vivir el refinamiento asiático. Esta influencia no quedó limitada á las esterioridades: produjo sus efectos también en el culto. A mediados de la décima octava dinastía (1550) Amenofis III combatió el culto de los dioses patrios é introdujo en su lugar el culto del sol. Él y los adictos del nuevo culto llamáronse reflejos del disco solar. Desde el principio de este tiempo aficionado á la pompa, va poco á poco desapareciendo la actividad manual del pueblo egipcio, oscurecida por la de sus enemigos vencidos. Algunos escritores de la antigüedad y varias inscripciones monumentales nos informan que los Faraones se servían de las fuerzas de sus prisioneros de guerra y de sus subditos estranjeros para levantar sus grandiosos edificios. Los obreros y artistas pertenecían á las clases inferiores y sujetas. (¡ GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO La población que dominaba en el país, partíase en dos clases, sacerdo- tes ó sabios y guerreros. Los antiquísimos emblemas de los soberanos egipcios, el cayado y el azote, llegaron, en esta nueva época, á ser puros símbolos de las primeras ocupaciones de la nación, la agricultura y la crianza del ganado. Á fines de la décima novena dinastía (1200) empezó á mostrarse entre los egipcios la corruptora influencia de aquella civilización estran- jera. El gobierno estaba enervado, habíase debilitado su originaria fuerza: los elementos asiáticos, penetrando con creciente violencia, le llevaban al aniquilamiento; ni la energía individual de algunos reyes de la dinastía siguiente logró devolverle su antigua fuerza. La guerra victoriosa de Sesonqui {Scheschonk I, Sisak; en 940-91 7) contra Palestina quedó sin duradera influencia para el estado político de Egipto. Dos siglos más tarde el etíope Schabak (Sabakon) sometió á su cetro el reí- no de los Faraones. Á mediados del séptimo siglo antes de Cristo, bajo el gobierno diplomático de Psamético, el más activo soberano de la vigésima sexta dinastía (675-525) Egipto celebra casi un renacimiento. La alianza más íntima con la Grecia, lograda por este monarca, la vio- lenta introducción de elementos de cultura griegos en la tierra de Egip- to, paralizaron otra vez su actividad individual. Necho, sucesor de Psamético, continuó los planes innovadores de su padre. Durante su gobierno y el de Psamético II (Psammis, 593-588) se perdieron casi to- das las posesiones estranjeras: así Egipto, en sumo grado debilitado, llegó finalmente á ser presa de los persas. Durante cinco dinastías (la vigésima séptima hasta la trigésima segunda, 525-332 antes de Cristo) permaneció bajo el dominio persa, parte, pero siempre por cortos inter- valos, en manos de algunos reyes indígenas victoriosos. En estos cam- bios debió sin duda quedar Egipto muy despoblado. Unos débiles res- tos de originaria cultura pudieron sostenerse en la parte menos elevada del país. Aquellos que pensaban y sentían como verdaderos egipcios, probablemente habíanse desde largo tiempo retirado en las partes más elevadas, hacia la Nubia y la Etiopía. Con Dario III (335-332) el g o - bierno egipcio se rinde á la espada de Alejandro el Grande. La estirpe de los Tolomeos ilustra otra vez el nombre de Egipto en la historia, fundando Alejandría. Desde el año 30 antes de Cristo, el antiguo reino ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 1 de los Faraones llegó á ser una provincia despoblada de Roma, domi- nadora del mundo, y un enigma para la posteridad. EL TRAJE La inteligencia exacta del traje egipcio, tal como se ve representa- do en los monumentos, depende esencialmente del acertado juicio de la forma artística á la cual estaba aficionado aquel pueblo. El arte del dibujo egipcio se desarrolló probablemente de su escri- tura simbólica, ó sea de sus geroglíficos. Las dos cosas quedaron intima- mente unidas en todos tiempos. Todas las imágenes de los monumen- tos son, para decirlo así, una traducción al alcance del pueblo, la cual acompaña el texto geroglífico. Una grande exactitud en los detalles, una fidelidad típica para una forma generalmente conocida, fueron las bases de las creaciones de los artistas egipcios, los cuales no podían traspasar los límites de ciertas reglas fijas. Así conservó el arte egipcio su carácter originario y casi infantil, sin notables mudanzas, en todas las épocas; donde más se reconoce esta observancia de las antiguas reglas, es en las figuras humanas pintadas ó esculpidas en bajo- relieve. Se parecen á las imágenes trazadas por la mano de los niños, que no entienden de claro y obscuro ni de perspectiva; esas figuras no representan más que los perfiles y la anchura de la forma humana. También las figuras egip- cias tienen la cabeza, las manos y los pies de perfil, el pecho y la espal- da de frente. Solamente la fidelidad, de la cual hemos hecho mención más arriba, á una forma fija, una cierta animación en el modo de ver y de reproducir, que proceden de la naturaleza, y una continua práctica, elevan los productos del arte egipcio al rango de los objetos artísticos. Para los egipcios lo que carecía en apariencia de importancia, luego que estaba relacionado con su país ó con su personalidad, llegaba á ser digno de atención. Por eso los artistas, en sus cuadros, se esmeraban en reproducir también el traje en sus más insignificantes pormenores con la más puntual exactitud. Para cumplir esta tarea, representaban los trajes de frente, á pesar de que aquellos que los llevaban estaban de perfil. Fácil es comprender la violenta actitud de las figuras en estas condiciones. S GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO El pueril cuidado con el cual los artistas representaban los detalles del traje, especialmente los pliegues, débese considerar como un resul- tado de la ley artística egipcia. La naturaleza animada no tolera una tan tiesa exactitud. El sentido más dirijido á lo práctico que á lo teó- rico, encadenaba también en esta parte el arte egipcio. Ocupados enteramente en imitar la forma esterior, no dejando nunca Ubre el vuelo á la imaginación, nunca llegaron los egipcios á la libertad a r - tística. El traje de los antiguos egipcios estaba compuesto de pieles de ani- males y de telas, productos de plantas. Á estas últimas pertenecían esen- cialmente el algodón y el cáñamo. Con estas materias fabricaban los más variados tejidos para vestidos más gruesos ó más delgados. Las fibras más corpulentas de otras plantas y el cuero empleábanse para aquellas partes del traje que se pueden considerar como inferiores. En los más antiguos tiempos, parece no se haya trabajado más que el algo- don. El nombre para tales tejidos de clase inferior era «schenti»; los de clase superior, llamados «pecha eran probablemente de lienzo. La primera denominación encuéntrase como nombre del delantal egipcio en algunas inscripciones de la duodécima dinastía (2000 años antes de Cristo.) La fama del arte egipcio en los tejidos piérdese en los mitos. La diosa Neith (Atenas, Minerva) considerábase como su inventora. Desde el principio del nuevo reino este oficio también llegó á lo sumo de su progreso: entonces ya se fabricaban telas finísimas, que rivalizaban con nuestra más delgada muselina. Lo mismo. puédese decir de la tintura y demás oficios relacionados con la fabricación de los trajes. En el tiem- po más antiguo las telas no tenian más que un color solo, encarnado, azul y verde. Más tarde parecieron todos los colores puros; también adornábanse los trajes con elegantes dibujos; habia bordados de meta- les y de varios colores. Sin embargo, en todas las épocas, el blanco res- plandeciente de la tela quedó el color generalmente preferido entre los egipcios. Los trabajos en cuero y el calzado gozaban de especial reputación durante la nueva época. Aquellos que ejercían tales oficios habitaban en Tébas un barrio particular. Una grande cantidad de restos de sus fabri- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 9 ciones, esparcidas en los museos, son testimonio hasta en nuestros dias de su habilidad. El delantal, el traje más antiguo, y originariamente el único vestido, quedó el verdadero traje nacional de los egipcios; lo es todavía para los indígenas del país del Nilo. En las imágenes de los monumentos del tiempo más remoto, el traje de los varones consiste casi enteramente en un delantal: la materia y la mayor ó menor amplitud indicaban el estado y el rango. Los es- clavos, como todavía es costumbre en África, no llevaban más que una especie de tapa más ó menos sencilla, de cuero ó de algodón, para ocul- tar las partes vergonzosas. Las personas distinguidas se cubrian con una pieza de tela ancha y larga, sujeta con una cintura. Los rangos mayores, sacerdotes ó sabios (escritores), llevaban sobre el delantal otra pieza de tela más preciosa. Esta pieza cubría con pliegues elegantes la parte anterior ó la parte posterior del cuerpo: llevaban además una clase de abrigo, que cubría la parte superior del cuerpo. Este abrigo era un chai estrecho; algunos llevaban una piel de tigre ó de leopar- do. El chai colgaba de los hombros, las pieles cubrian la espalda y, pasando por debajo del brazo derecho ó del izquierdo, sujetábanse sobre un hombro por medio de correas. Este traje varonil tan sencillo quedó de uso general también duran- te la época más floreciente del antiguo reino: aún las personas princi- pales contentábanse con el delantal que adhería á los lomos; pero usá- banse ya otras formas de delantales. Tal variación consistía en una más artística disposición de los pliegues, sin que hubiese mudanza en su am- plitud y en su forma original. Dichos delantales adherían también al cuerpo, como se ve en algunos restos de esculturas. Más tarde adopta- ron las personas principales unos trajes más amplios: de estos se produjo un sinnúmerode variadas formas: la más sencilla cubría la parte inferior del cuerpo á manera de faldas. Después de los cambios que tuvieron lugar en los delantales durante esa época del antiguo reino, tan floreciente por el progreso de los ofi- cios manuales, tuvieron aceptación una especie de camisas, que cubrian más ó menos la parte superior del cuerpo; pero todavía considerábanse como cosas preciosísimas y raras. Sólo después de las victoriosas guer- \P c;.\l.JiKÍA.I«íL ARTE DECOJSATíVf i ras en.el Asia y la1 restauración áeLr.eino., .llegaran á generalizarse, pero las personas principales las llevaban de una tela sumamente delgada. ,, "Coa el principio det nuevo reino (1600 año? antes de Cristo) la diferencia de las clames fue más determinada en los diferentes trajes. Los varones de la clase baja, dependiente, y pobre,.á la cual pertenecían íam,bien los ¿obreros y'artistas, no tenían más vestidos que «I1 sencillo delantal det tiempo antiguo. Las ocupaciones sin embargo de algunos individuos, .ejercitaron una cierta influencia en la forma y la materia de ¿tqueJla prímitiva'vestidura. Por ejemplo, los carniceros llevaban el de- lantal de cuero con una correa, que sujetaba una vara de metal para afilar los cuchillos. : El.delantal que todavía en aquella época llevaban las personas prin- cipales varió de mil maneras las más artificiosas: una causa esencial de ello fue la variedad de las telas que corresponde á aquel tiempo. Usá- base sobre ó debajo de los;delantales elegantemente plegados y hechos ele un tejido espeso, otro delantal más. largo de una tela transparente, repartido en varias ricas faldas. También el uso de dos ó más vestidu- ras de telas espesas permitía una grande variación en la forma de los delantales. Una longitud relativa del traje produjo una especie de faldas muy anchas que cubrían los lomos,.y al mismo tiempo produjo otra vestidura muy ancha, que cubria' el pecho y la espalda; pero esta última Uegó solamente en los tiempos más modernos; pertenecía especialmente á;los países; etiópicos, donde todavía úsase de la. misma manera. Las personas , de rango elevado usaban, estos delantales ampliados, pero anadian ,á ellos otro traje que los cubría. Algunos tenían la forma de yna camisa, otros la de una capa larga ó redondeada; lá materia, como aquella del doble delantal, era dé diferentes clases de tejidos. Entre los varios trajes de telas delgadas, de las que consérvanse al presente al- gunos restos, llevaban entonces generalmente un delantal con pliegues más ó menos artísticos. Este traje se usaba también con las camisas de1 telas .espesas,,si no llegaban ,'á.Ias rodillas ó hasta los pies. Las clases inferiores y trabajadoras . no gastaban tanta modestia: sus groseras ves- tiduras, á manera.de chaquetas, no llegaban muchas veces más que á la cintura. . ' .-, Los; egipcio^, no usaban esencialmente, ninguna otra, vestidura paraj ENCICLOPEDIA UNIVERSA!1, ' VI las piernas: solamente en algunas ocasiones especiales de solemnidades",' parece hayase formado una manera de pantalón abierto, sujetando un: largo delantal trasero debajo de la rodilla, por medio de una cinta; También el uso de las polainas estaba reservado para algunos casos particulares: su objeto probablemente era de amparar la pierna durante el ejercicio de ciertos oficios; las polainas eran de cuel'o. - ' Solamente en esta nueva época del reino, se generalizó entre los varones el uso de cubrir la cabeza y los pies para ampararlos del sol y del suelo calentado por sus rayos. El tocado de la cabeza, en las cia- ses inferiores del pueblo, consistía principalmente en una gorra sunia-, mente sencilla: era sin duda de cuero ó' de algodón, á veces de juncos entrelazados. Las gorras de las personas principales tenían la misma forma, pero estaban teñidas ó de un color solo, ó rayadas de varios: Las más elevadas personas del Estado, especialmente los' reyes, lleva—. ban desde los tiempos más antiguos un tocado en forma de cofia. Le formaban con una pieza de tela cuadrada, muy ámpliá'y comunmente rayada! Empezábase por doblarla en su diagonal, formando un trián- gulo perfecto; luego colocábase sobre la cabeza de manera que su punto, medio tocaba exactamente el punto medio de la frente; después' sujeta1» base con una cinta que rodeaba la frente, pasaba por debajo del pañuelo: y detrás de las orejas, anudándose en el cogote. Las dos piezas colgan-í tes'formaban una suerte de trenza, cuyos extremos volvían á rodear la cabeza. ' . : El calzado consistía parte en suelas y parte en zapatillas. Las unas: y las:otras eran de cuero ó de un tejido de plantas. Para este objeto,' empleábanse comunmente las hojas de la planta del: papiro cortadas y> entrelazadas. Según los dibujos monumentales, no habia más' calzado; que suelas ó sandalias, y estas las llevaban solamente los grandes del' reinó. Estos últimos calzados iban siempre adornados con oro ó dora-[ duras. El.modo de sujetar la suela era por lo general sumamente sen-- cilio. Consistía en una ancha cinta y una correa más estrecha,'que. pasaba entre el dedo mayor y los otros para juntarse en el punto' cén- trico dé la cinta. Muchas veces las cintas estaban ya unidas anteriormente, y pod(ase calzar la suela sin tener que anudarlas. Un gran número de zapatos todavía bien conservados demuestran que esta manera efe suje-.' 12 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO tar el calzado era muy variada, por medio de más correas en distintos modos dispuestas. Es cierto que el uso del calzado llegó á ser más ge- neral, á lo menos en los tiempos más modernos, de lo que demuestran las imágenes monumentales; sin embargo, no usábanse suelas sino fuera de la casa. El traje de las mujeres era, á lo menos en los tiempos antiguos, esencialmente diferente del de los varones. El sentido moral de los egip- cios pedia al bello sexo unos vestidos más amplios, que ocultasen las formas del cuerpo, lo que no podia hacer el delantal de los hombres. Solamente á fines del antiguo reino, penetrando en Egipto los elemen- tos de la cultura asiática, el traje de las mujeres sufrió poco á poco un notable cambio. Parecieron bailarinas y otras actrices, casi todas pro- cedentes del Asia, algunas vestidas con delantales amplios y cerrados, otras con camisas de telas delgadas y transparentes. El traje más antiguo y nacional cubría todo el cuerpo desde el pe- cho hasta los pies, y estaba sujeto á los hombros con cintas. A veces este traje llegaba hasta el cuello, cubriendo enteramente el pecho; en este caso tenia también mangas cortas y estrechas. Las mujeres de la clase trabajadora recogían esa especie de camisa en una manera estraña, según las necesidades de la ocupación á que se entregaban, pero no por eso faltaban al pudor inseparable de la mujer honrada. Hasta en los últimos tiempos ese traje fue usado por casi todas las mujeres de rango elevado. Fue aumentando el amor al lujo, y las ca- misas fueron adornadas con bordados de varios colores. En la misma época usaron las mujeres los tejidos más delgados y transparentes; los empleaban á veces á manera de mantones sobre la camisa, pero también á veces sin ella. Desde la época más floreciente del nuevo reino, esos tejidos transparentes, como ya hemos notado, eran un lujo especial de los grandes y de los ricos. Los vestidos consistían en camisas más ó menos amplias, faldas más cortas y capas de grande amplitud, cuadra- das ó redondeadas en los ángulos. Estas últimas llevábanse según el capricho del individuo, dispuestas en mil maneras diferentes, y produ- cían, á pesar del corte uniforme, una grande variedad en el traje. En las familias distinguidas, en la época del mayor lujo, las criadas tam- bién adornábanse con esos lijeros trajes. Más á menudo sin embargo, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 13 especialmente en ocasiones de fiestas solemnes, la servidumbre femeni- na iba adornada con joyas, pero desnuda. Aquellas camisas y capas usáronse hasta en los últimos tiempos sin notable variación. Erodoto, el cual viajó por Egipto á mediados del siglo quinto antes de Cristo, habla solamente de un vestido, que allí llevaban las mujeres, pero sin duda entiende hablar del citado traje mujeril nacional de las clases inferiores. En otro punto de la relación de su viaje habla también claramente de otra vestidura (Kalasiris) adornada de franjas en la orilla inferior y semejante á un delantal. E s - pecialmente en los últimos tiempos la vestidura superior llevábase á manera de delantal, aunque estuviese puesta sobre la camisa; esta cos- tumbre dominaba también entre las mujeres. Algunas estatuas egipcias, hechas por artistas griegos ó romanos, del tiempo en que reinaban los Lagidas en Egipto, comparadas con imágenes egipcias del tiempo an- tiguo, prueban que este traje estaba usado todavía en los tiempos más modernos por las mujeres de rango principal. El calzado varonil y mujeril quedó igual en todas las épocas: con- sistía en sandalias más ó menos ricamente adornadas. El tocado de la cabeza en las mujeres era al contrario muy diferen- te de la gorra masculina: estaba más adornado ó consistía en un pañue- lo amplio, colocado á manera de velo. La diferencia esencial consistía sin embargo en el modo diferente y especial de arreglar el cabello en los dos sexos. La diferencia natural que existe entre el cabello del hombre más espeso y corto, comparado con el de la mujer más largo y abundante, aunque, desde el arte más antiguo en las imágenes de los monumentos, fuese tratado de una manera enteramente convencional, fue siempre observada la diferencia con suma puntualidad. Aquellas figuras hacen conjeturar que los egipcios cuidaban muchísimo el cabello, especial- mente en el tiempo más antiguo. El tocado de los varones, como se vé representado en algunas figu- ras de aquella época remota, corresponde al modo especial de trenzar el cabello que usan todavía los indígenas del país. Otras figuras, igual- mente antiguas, no dejan dudar que ya dominaba entonces la costumbre de rasurarse enteramente el cráneo. Desde la restauración del reino esta H GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO costumbre, favorecida por el cuma, llegó casi á ser una ley de limpieza. Erodoto dice que rasurábanse también los niños: solamente viajando, y por causas religiosas, dejábase crecer el cabello. Con todo, demasiado aficionados eran los egipcios al natural adorno, de una rica cabellera, para sacrificarle enteramente á la salud. ¡Hubo tal que inventó la peluca! la llevaban las personas principales, los grandes, el rey. Una especie de edificios de bucles en forma de tubos.,; bultos de cabellos con un mechón de rizos y largas trenzas, pelucas eíi fin con el cabello liso en lo alto de la cabeza y rizado en los lados, y cosas semejantes ocuparon el lugar de la natural cabellera. Hubo varo-; nes que fueron tan lejos en esta moda hasta llevar dos pelucas, la una- encima de la otra. Como tampoco las barbas pudieron salvarse de la navaja, se inven- taron barbas postizas para reemplazarlas. La forma de esas barbas ser- via al mismo tiempo para distinguir las diferentes clases. Las personas principales y algunos sacerdotes llevaban barbas pe- queñas, en forma de dado; los Faraones al contrario guardaban para sí el derecho de llevar las barbas trenzadas y acabando en caracol, ó bar-, bas de una forma especial más ó menos'anchas. La juventud también sacó algún provecho de esa costumbre. Á ella se dejó, como señal'.de' infancia, una trenza colgando del cogote. El adorno natural de las mujeres parece haberse resistido más largó tiempo que el de los varones á la nueva moda; pero ellas también aca- baron por sacrificar á la navaja y llevar peluca. Las criadas y las pobres en general quedaron fieles al uso antiguo de llevar liso su largo cabello. • Consecuencia de esto como también de la grande semejanza de las pe-, lucas mujeriles con su cabello natural, fue la citada diferencia entre los dos sexos por lo que se refiere al tocado de la cabeza. Mientras el hom- bre podia cómodamente llevar una gorra estrecha para cubrir su cabello corto ó su cabeza rasurada, la larga cabellera de la mujer necesitaba un amparo mucho más amplio. El tocado más sencillo de las mujeres era el pañuelo de que hemos hecho mención, luego usábanse diferentes- clases de bolsillos de cabello colgando por detrás. Estos bolsillos pronto llegaron á ser un adorno y un verdadero objeto de lujo, muy estimado entre los egipcios. Las personas de las clases más distin-, » \ ENCICLOPEDIA UNIVERSAL . , lf, guidás eran especialmente adictas á adornarse en mil diferentes ma- neras. El adorno de los pobres limitábase naturalmente á objetos sencillos y de fácil alcance. Además de pintarse algunas partes del cuerpo, los pobres adornábanse únicamente con objetos sin valor que llevaban col- gando. Estos adornos eran sin duda poco diferentes de los que usan en nuestros dias los indígenas del mismo país, Los adornos de los ricos hicieron, especialmente durante el nuevo reino, un brillante progreso. Al oro, que ya trabajábase en el tiempo antiguo y que procedía de Etiopia, añadiéronse los metales nobles y las piedras preciosas de Asia, y probablemente también la actividad industrial asiática. Solamente en las figuras que adornan las tumbas de Beni-Hassan y los monumentos de aquella nueva época, se ven representados los que ejercitaban los oficios de plateros, joyeros y trabajadores en vidrio. La grande cantidad de bálsamos y esencias, que servian la vanidad egipcia, procedía proba- blemente, como está probado para el afeite de los ojos, de los países de la voluptuosa Asia anterior. La costumbre todavía general de usar afeites, que domina en Orien- te, tiene su principio en los tiempos más remotos del reino egipcio. Los primeros afeites fueron el negro, el verde y el blanco. El primero servia principalmente para pintar las cejas y los párpados, el último para pin- tar las uñas, Con el color verde hacíase una ancha raya debajo de los ojos. En las épocas más modernas cesó el uso del afeite verde y del blanco.' Últimamente sucedió el naranjado, con el cual pintábanse á veces las manos y los pies. ; Los adornos de piedras y metales preciosos, especialmente en el bello sex"o; colocábanse casi en todas las partes del cuerpo que conveniente- mente los podian llevar. Habia joyas hasta para los muslos. v , Los adornos varoniles al contrario limitábanse á anchos anillos para los brazos, las manos y los tobillos, adornos que llevaban también las mujeres. Estos anillos correspondían exactamente á las formas, eran de metales más ó menos preciosos, á veces redondeados y lisos, á veces llanos con esmaltes de varios colores. Además ds estos anillos, los va- rones.-llevaban también sortijas de varias formas para sello. Algunos Gj-an;círculos 'de. metal con placa de sello, fija ó móvil, otros eran masas 16 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO de piedra con una capa transparente colorada, y tenían la forma de un geroglífico. Estos anillos eran más ó menos ricos, probablemente según la posición del individuo, y de mil diferentes clases, según el capricho del que los llevaba: se han encontrado momias cuyas manos estaban cargadas y enteramente cubiertas de anillos. Las joyas especiales para mujeres eran collares, algunos de los cua- les colgaban sobre el pecho, y pendientes. Los collares usábanse en los tiempos más antiguos, y tenían la forma de cintas de varios colores, más tarde de cordones y en fin fueron cadenas, interrumpidas por figu- ritas de metal con símbolos de piedra ó de loza trabajada á manera de vidrio, y por pequeñas bolas de vidrio rayadas y dispuestas en mil d i - ferentes y elegantes maneras. Esos collares llevaban también colgando ricos amuletos. Los pendientes tenían la forma de un disco ó de una rueda. Sin embargo, encontráronse también en Egipto pendientes de otra forma con y sin dijes colgantes. Además de esas alhajas, llevaban las señoras principales diademas ó cintas de varios colores, cofias en forma de red, flores frescas en ramos ó guirnaldas. Un adorno común á todos los egipcios de ambos sexos, adorno nacional, que tenia también el objeto de la defensa, era una especie de valona ó ancho collar, que cubría la parte superior del pecho y los hombros: solamente las clases más pobres del pueblo y los criados iban sin él: por el contrario, los egipcios de rango más elevado, las baila- rinas y los músicos, que procedían probablemente del Asia, gastaban en esos collares el mayor lujo. No muy ancho está representado en las tumbas del tiempo más antiguo: más amplio y más rico parece en el tiempo más floreciente y en la época en la cual fue abatido y rechazado fuera de Egipto el señorío estranjero. Aquel collar, según la posición del individuo, era ó de lienzo trabajado á manera de cartón y pintado con varios colores, ó de varias partes unidas por medio de cordones y colgantes. Para formar un collar semejante, más precioso en la materia, escogíanse algunas figuras simbólicas, muy varias en la forma y en el co- lor, perlas y otras cosas por el estilo, y se colocaban simétricamente sobre un tejido hecho á manera de red. Las mujeres especialmente llevaban tales collares; aquellos de los varones no eran menos preciosos: hacían- se, como "lo indica el geroglífico que significa «oros y que tiene la misma ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 17 forma, de metales nobles y adornábanse con esmaltes. Los más ricos pertenecían á los presentes de honor ofrecidos á los reyes, por lo cual tenían carácter determinado y simbólico. La relación simbólica del traje con el individuo estaba en Egipto íntimamente unida con las condiciones exteriores de la vida del pueblo. La base de la escritura egipcia era el deseo de espresar cada idea con una imagen correspondiente (geroglífico); el desarrollo de esta especie de escritura llevó muy pronto á los egipcios á un sentido especial para espresar por medio del traje las sensaciones y los diferentes estados de la vida. El rango, el oficio del individuo estaba claramente indicado por su traje; las mismas relaciones espirituales llegaron á espresarse con señales exteriores y de alcance general. La vida doméstica de los egipcios, aunque descansase sobre los más sencillos elementos del orden social, tenia sin embargo también en esto algo especial. Además de la citada indicación para la juventud, el dolor por la muerte de un amado pariente espresábase con el traje. Al- gunos escritores de la antigüedad hacen mención de los signos exterio- res del luto. Algunas imágenes monumentales atestiguan su antiguo origen. Las ceremonias usadas al presente en todo el Oriente y entre los indígenas del país del Nilo, en ocasiones de luto, recuerdan muchí- simo las ceremonias del antiguo Egipto. Consistían principalmente en rabiar contra sí mismo. En el primer ímpetu del dolor echábanse tierra ó cieno, en la cabeza y en el rostro, dábanse golpes y arañábanse la cara y el pecho. Luego poníanse un traje que llegaba á los pies y anu- dábase debajo del pecho. Así vestidos, corrían por las calles gritando y gimiendo. Por mucho tiempo se privaban de adornos y hasta descui- daban el cabello. Tales demostraciones de luto observábanse también por la muerte de algunos animales sagrados. Erodoto y Diodoro aseguran que mu- riendo un gato en una casa los que la habitaban se rasuraban las cejas, y todo el pelo cuando habia muerto un perro. Mucho más que la vida doméstica ejercitaba la vida del Estado una decidida influencia en el desarrollo del ceremonial en los trajes. Por medio de la vestidura espresábase simbólicamente el rango su- premo de los Faraones y de sus esposas, como representantes de los 18 GALERÍA DEL AKTE DECORATIVO dioses mayores, Osíris é Isis, que á su vez eran la manifestación este- rior del dominio. Los miembros de la real familia, los cortesanos, re- partidos en muchos rangos, el amplio círculo de los empleados, los mismos sacerdotes estaban subordinados al representante de la mayor deidad, al dominador de los dos mundos. Los ornamentos que caracte- rizaban tales dignatarios dependían de la voluntad del soberano: sus hijos solos y demás parientes considerábanse de origen elevado, divino. Los distintivos del monarca eran varios como el culto mismo: nin- guna parte del traje ceremonial del rey iba sin ellos. Sin embargo, el tocado de la cabeza y el cetro tenían esencial significación: todo lo de- más llevaba más bien el carácter del lujo y de la pompa más brillante. Es probable que el modo de vestir en los reyes, como sus ocupa- ciones diarias estuviese sometido á un antiguo ceremonial de corte. Consistía el traje, con la mayor posible variedad, en el delantal, en las preciosas y delgadas camisas y en las largas capas. Según la ley del ceremonial establecida, el Eterno parecía más ó menos ricamente ador- nado y con emblemas correspondientes á la dignidad de monarca. En muchas ocasiones semejantes, que ahora es imposible indicar exacta- mente, llevaba un delantal en forma de triángulo, el cual era entera- mente especial al rey. Este delantal, como corresponde á la pompa regia, era casi siempre de materia preciosa, de oro ó de cuero dorado, y ave- ces estaba adornado con imágenes simbólicas; otra parte del traje, que casi nunca debia faltar, era un chai de grande amplitud: colgaba de unas cintas encarnadas y azules y estaba decorado con pinturas de esmalte de varios colores sobre un fondo de oro. Es cierto que un traje tan vario y lujoso fue usado por los reyes indígenas hasta en los últimos tiempos. Por el contrario, los monarcas persas y griegos, aunque reinasen en Egipto, permanecieron fieles á su traje nacional. Esto está probado por la estatua de Ciro en las ruinas de Persépolis, de la que se hará mención más tarde, y también por la única imagen egipcia de Tolomeo Evergete. Esta última especialmente demuestra también el empeño del arte egipcio en someter todavía en aquel tiempo hasta la vestidura griega á la forma tradicional y conven- cional. Los verdaderos emblemas de los Faraones, la coronay el cetro, llevábanse en el reino egipcio también por los soberanos estranjeros, á ENCICLOPEDIA UNIVERSAL |<) lo menos en la ceremonia de la intronizacion y otras solemnidades del Estado. La célebre inscripción de Rosette y las imágenes citadas no de- jan ninguna duda acerca de ello. El símbolo más importante de la soberanía egipcia fue, desde el tiempo más floreciente del antiguo reino, lo que se llama Ureo. En forma de serpiente, indicaba el poder del rey sobre la vida y la muer- te. Esta serpiente, casi siempre de oro, adornada con esmaltes de varios colores, colocábase con pocas escepciones, á orillas del chai regio ya citado; ni faltaba casi nunca en los regios tocados de la cabeza, pero las serpientes eran diferentes entre ellas por la forma y el color. Lo más sencillo era la diadema: consistía comunmente en un círcu- lo de oro adornado con piedras preciosas ó con esmaltes, el cual rodea- ba la frente y sujetábase por detrás con estrechas cintillas colgantes. A veces el Ureo le envolvia en forma de caracol. Las coronas eran más varias y simbólicas que ese adorno. Indicaban la región superior y la inferior, el dominio terrenal y el dominio celeste y usábanse ya en los tiempos más remotos. La corona de la región in- ferior estaba colorada con un tinte encarnado, la de la superior con un tinte blanco. La primera llevaba además muchas pequeñas placas de metal. Bajo el reinado de Apappus, que duró cien años, durante la sex- ta dinastía menfítica (3000 años antes de Cristo) las dos coronas del Egip- to alto y bajo se reunieron: indicaban por medio de su doble forma el soberano de los dos mundos. Cada una de esas dos coronas, según las exigencias del ceremonial y del culto, estaba relacionada con los más varios símbolos de los dio- ses; esos símbolos eran sumamente fantásticos, pero siempre claramen- te determinados, y servían también como ricos tocados de cabeza. E n - tre ellos el principal era siempre el Ureo, que, á veces, en algunos casos particulares, adornaba las barbas del rey. Más sencillo, ni sometido á tantas variaciones como las coronas, era el cetro: quedó, desde el tiempo más antiguo, símbolo y recuerdo de las primitivas ocupaciones del pueblo—la agricultura y la cria del ganado—; la forma del cetro era esencialmente limitada á la del cayado y á la del látigo de tres cabos. El cetro de la primera forma, con adornos menos preciosos, llevábase también por los parientes va- 20 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO roñes del rey. Por lo demás, como los principales de los cortesanos, llevaban ellos el cetro llamado de consagración, Pat, como señal de su dignidad. Parecido al traje de los Faraones, por lo relacionado á las ceremo- nias, era el traje de las reinas. Correspondía en el conjunto al de los rangos elevados. Parte consistía en largos trajes de cola de telas finísi- mas, parte en la falda mujeril nacional ó á veces en esta misma falda, pero cubierta con otro traje precioso con bordados de oro. La reina considerábase casi como una encarnación de la diosa fe- menina mayor, Isis, y á consecuencia de esto, llevaba además del Ureo, los símbolos de la diosa como emblemas de su dominio. Los símbolos eran un adorno para la cabeza en forma de buitre y un elegante cetro en forma de lirio. También en la corona femenina variaban muchísimo los adornos simbólicos, y las reinas llevaban también círculos en forma de diadema, que podían usar igualmente las princesas con los rizos de la juventud. Los príncipes reales, como los mayores cortesanos en general, dis- tinguíanse especialmente por los trajes ricamente adornados. Los regios presentes de honor, que consistían en cadenas de oro, los collares pre- ciosos ya citados, armas y cosas semejantes, eran distintivos del rango y de la dignidad del individuo. Aquellos que más de cerca rodeaban al monarca, llevaban un espléndido tocado de cabeza especial: una faja ricamente adornada, cuyos cabos llegaban á los hombros. Además traían, como queda dicho, el cetro llamado Pat. Sin embargo, el traje de los empleados de corte era muy varío, y es imposible al presente determinarle con exactitud. Dependía especialmente de las diferentes funciones de los dignatarios. Un empleo muy importante era llevar - el regio abanico, que por su preciosidad aumentaba la pompa del mis- mo empleado. Consistía en preciosas plumas de varios colores, dis- puestas con muchísimo cuidado sobre un mango más ó menos largo, primorosamente trabajado; el conjunto tenia casi siempre la forma de una hoja. Otro empleo no menos privilegiado era llevar unos largos palos con gancho, lo que no se concedía más que á personas princi- pales. Los jueces ocupaban un rango intermedio entre el rey y los em- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 21 pieos establecidos por el uso y la ley del país: pertenecían á la clase de los sacerdotes. Una pluma en la cabeza era el signo exterior de su dig- nidad, como emblema de la justicia. El presidente de los jueces, cuando ocupaba su asiento presidencial, llevaba además un precioso adorno en el pecho. Este consistía en una ancha placa de lapislázuli en forma de templo, que colgaba de una cadena y ostentaba en geroglíficos las pa- labras Verdad y Justicia. El culto y la clase de los sacerdotes estuvieron siempre íntimamente relacionados con el Estado: su poder fundábase en la inteligencia. Un antiguo ritual reunía todos los individuos en una corporación aislada. Su manera de vivir estaba sometida hasta en los más insignificantes pormenores á una regla fija, ni el traje hacia excepción. La materia no variaba nunca, y debían los sacerdotes cuidar la más perfecta limpieza en su vestidura ceremonial, que era siempre de lienzo; ellos solos lle- vaban zapatos trenzados. En lo demás correspondía su traje al rango y á la dignidad de cada individuo. El lujo que empezó con el nuevo reino, tuvo una decidida influencia también en los vestidos de los sacerdotes, En lugar del delantal usado generalmente en el tiempo antiguo, empe- zaron á llevar los trajes de telas delgadas, especiales para los rangos elevados; solamente en algunas pocas ocasiones volvian al primitivo de- lantal. Por el contrario, la piel de leopardo ó de pantera, distintivo esencial primitivo de los rangos elevados, quedó en todas las épocas del reino, como vestidura venerable por su antigüedad, casi especial á las dignidades sacerdotales. Los pontífices las usaban decoradas con ri- quísimos adornos; en ciertas ceremonias, sujetábanse á la cintura con largas fajas y cargábanse con otros adornos preciosos. Llevaban tam- bién una piel semejante los reyes, los cuales desde la vigésima pri- mera dinastía (iooo años antes de Cristo) habian tomado el título de primer profeta, cuando fungian de pontífices. El traje oficial de los demás sacerdotes estaba sujeto á grandes va- riaciones: cambiaba según el rango y según las diferentes ceremonias. Sin embargo, algunos rangos entre ellos estaban caracterizados por insignias especiales. Los primeros profetas llevaban en el templo de Phtak una trenza estrañamente formada, los sagrados escritores ó sa- bios dos plumas y recado de escribir. Los esfrajistas ó selladores de los 22 GALERÍA PEL ARTE DECORATIVO animales destinados para sacrificar, llevaban una sortija de sello, que representaba simbólicamente un sacrificio humano. En algunos templos había también sacerdotisas, las cuales ejercita- ban, como parece, una influencia bastante limitada. Probablemente eran las parientas más próximas de los sacerdotes, las cuales, iniciadas en los misterios, no podían convenientemente excluirse. Su traje era rica- mente adornado y de las materias más preciosas, pero probablemente habia poca diferencia entre el suyo y el de las demás mujeres del rango principal. Finalmente ejercitaba el culto, en algunas circunstancias, su espe- cial influencia en el traje del pueblo. Plutarco refiere de los habitantes de las ciudades Busiris y Licopolis, que prohibían á los adoradores del sol adornarse con oro; Diodoro dice que en ocasión de la muerte del toro sagrado Apis el pueblo vestía de luto hasta encontrar otro Apis. Los guerreros ejercitaban una influencia opuesta á la de los sacer- dotes en la vida del Estado. Eran la parte más fuerte del pueblo y for- maban también una corporación aislada: su poder descansaba en las armas; el rey, como no podia echar de menos los sacerdotes, tampoco podía pasar sin ellos. Las dos clases necesitaban sin embargo, para sos- tener su autoridad, el prestigio del poder soberano. Guerreros y sacer- dotes tenian una parte señalada en el territorio del reino, y á conse- cuencia de ello, también en el interés del Estado. Los guerreros llevaban, á lo menos durante el nuevo reino, como emblema simbólico de su es- tado, una sortija adornada con un escarabajo. Los guerreros, desde el tiempo más antiguo, estaban organizados regularmente. En las imágenes que se ven en las tumbas de la duo- décima y décima tercia dinastía, están representadas masas de guerre- ros ordenadas en columnas, que parecen pasar revista. Las guerras que tuvieron lugar en Asia durante la décima octava y décima novena dinastía, después que fueron rechazados los Hiksos, desarrollaron notablemente todo lo que se relaciona al ejército. (1700- 1200). Ocasionaron grandes mudanzas en las armas. Estas desde aquel tiempo se multiplicaron, y la masa de la tropa, repartida en varias divi- siones, fue armada en manera correspondiente. Entonces se perfeccio- naron las armas; los guerreros usaban aquellas que habían conquistado ENCICLOPEDIA UNIVERSA!. 23 en el Asia ó que habían sido ofrecidas como tributo, ó en fin fabricadas en el país, á imitación de las estranjeras. Las citadas imágenes de la tumba de Abd el Turna en Tébas, muestran una armadura completa asiática. Corresponde hasta en los menores detalles á las varias ar- mas que los egipcios llevaban, según los dibujos monumentales, á lo menos desde el principio del nuevo reino. LAS ARMAS Durante el tiempo del antiguo reino las armas defensivas limitá- banse comunmente á un amparo para la cabeza y á un escudo. Sola- mente con las citadas victoriosas guerras, empezaron á parecer armas defensivas para los muslos y corazas que cubrían el pecho y la espalda. Los brazos y las piernas quedaron desnudos en todas las épocas del reino. Solamente en el ejercicio de algunos oficios amparábanse las piernas, y los brazos en ciertos juegos guerreros. Las tropas ordinarias, fuera de algunas escepciones, tampoco llevaban sandalias. Los más antiguos escudos egipcios, los cuales pertenecen á la duo- décima dinastía, la época más floreciente del antiguo reino, eran pro- bablemente de madera ó de un fuerte tejido de cañas, cubierto de cuero y fortalecido con anchas orillas y tapas de metal. Usábanse con una sencilla asa. Según la oportunidad, llevábase el escudo al lado dere- cho o al izquierdo. A estos escudos, que tenian á lo más dos pies y me- dio de alto, añadiéronse durante la dinastía siguiente, otros grandes escudos, probablemente de cuero, que cubrían todo el hombre. Con el principio del nuevo reino, por las causas citadas, los escudos variaron mucho en su forma. Además de los antiguos escudos sencillos, usaban los guerreros de armadura más pesada los escudos mayores. Estaban cubiertos de piel y fortalecidos con tiras de metal y además con una fuerte placa. Parece que esta placa tapaba un agujero por el cual podíase observar al adversario: tales escudos tampoco tenian más que una sola asa. En las marchas colgábase el escudo de una correa sobre los hombros, y á veces también en la pelea para defensa de la espalda. Raras veces usábanse escudos cavados. Los escudos grandes, redondos, cubiertos de placas de metal, dejábanse á las tropas de auxi- lio asiáticas, que servian en el ejército egipcio. •24 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Amparábase la cabeza con una especie de gorra, que debia ser sin duda de fuerte cuero. Estaba teñida de un color solo ó rayada, ó cubier- ta con pequeñas placas de metal redondas. Los oficiales especialmente llevaban estas últimas, las cuales además estaban decoradas con una pluma. Los yelmos de metal permanecieron rarísimos hasta en los últi- mos tiempos. Por el contrario, desde la décima octava dinastía, lleva- ban también los guerreros distinguidos gorras de tela de varios colores, dobles y sencillas. Las corazas y armaduras para la defensa de los muslos, pertenecian á los objetos más preciosos que ofrecian como tributo los países del Asia anterior. Las corazas especialmente ostentaban suma habilidad en el empleo de metales de varios colores: veíase alternar en ellas muy elegantemente y con buen gusto, en rayas simétricas, los co- lores amarillo, azul, purpúreo y verde. Semejantes corazas eran exclu- sivas á los reyes y á los grandes generales. Más comun llegó á ser, especialmente en los últimos tiempos del reino, las corazas que cu- brían solamente el pecho. Consistían en su origen en fuertes tiras de cuero: á estas añadiéronse más tarde tiras de metal. Las armas ofensi- vas de los egipcios desarrolláronse por causas análogas con muchísima variedad, como sucedía por las armas defensivas. Sin duda tuvieron esencial influencia en su desarrollo práctico los tributos de hierro que llevábanse al país desde las guerras asiáticas de Armenia. Usáronse en- tonces armas de hierro y de acero además de las hojas de bronce, á las cuales estaban tan aficionados los antiguos; esto está probado poruñas pinturas del tiempo. Durante el antiguo reino, los guerreros estaban principalmente pro- vistos de armas arrojadizas, que eran las más antiguas. Llevaban, con pocas excepciones, arcos sencillos de madera, javelinas de varia longi- tud, con puntas de metal, y hondas de varias clases. Estas armas a r - rojadizas usáronse hasta en los últimos tiempos. Pero en estos se añadieron otras de forma más conveniente y más ricamente trabajadas. El arma preferida en el ejército egipcio era el arco. Variaba entre cuatro ó cinco pies de longitud. Los adornos que le decoraban corres- pondían al rango del propietario. El guerrero comun quedaba limitado á su sencilla, primitiva arma; los oficiales superiores, y especialmente ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 25 los reyes, tenían arcos angulares y redondos, trabajados primorosa- mente, cubiertos de oro y maderas preciosísimas. Tanto los unos como los otros cubríanse durante las marchas con una especie de es- tuche. Lasflechasllevaban á una extremidad elegantes plumas de varios colo- res; Erodoto asegura que algunas llevaban puntas de piedra, otras, como está probado por las armas encontradas en las tumbas, puntas de bron- ce de forma varia. Es probable que el carcaj que contenia las Hechas, fuese de cuero ó de cartón ricamente pintado y fortalecido con placas y tiras de metal. Parece que el carcaj de los más ilustres generales se distinguiese por los adornos de oro y los esmaltes de varios colores. También puédese asegurar que semejantes objetos eran asiáticos, y que habían penetrado en Egipto por la guerra ó como tributos. Mientras el guerrero lanzaba la flecha, colocaba á sus pies algunas ó las tenia con el pulgar de la mano derecha, para tenerlas más pronto á su alcance. Para defensa contra el golpe de la cuerda, envolvían la parte ante- rior del brazo con cintas. Los jefes y los oficiales superiores, en lugar de las cintas, llevaban una manga de metal. La javelina de los soldados, siendo una arma secundaría para los oficiales, era más lijera y elegante. El palo era de una madera poco pesada ó estaba formado por un conjunto de tiras redondeadas de la piel del animal llamado caballo del Nilo. Tampoco en esta arma falta- ban la doradura y la pintura: las mudanzas que tuvieron lugar en las flechas fueron análogas en las puntas de las javelinas, que eran comun- mente de bronce. Las más antiguas armas pesadas eran la clava y la hacha de guerra. Esta última, en su más sencilla forma, está representada en las tumbas que pertenecen á la última y más floreciente época del antiguo reino. Después hubo otras clavas y hachas de varias clases: contribuyeron con otras armas estranjeras, adoptadas en el ejército egipcio, á perfec- cionar también en esta parte Ja armadura de esas tropas. Usáronse, además de la antigua clava de madera, más ó menos pe- sada, que podíase emplear útilmente como arma arrojadiza, unas clavas de puntas redondas, elegantemente adornadas, especialmente como dis- 26 (ÍALEKfA DEL ARTE DECORATIVO tintivos de los oficiales. Una extremidad de ellas estaba fortalecida con metal, la otra provista de un amparo para la mano. Otra manera de fortalecer las clavas consistía en proveerlas de una pesada bola de metal. La unión de esta clava con la antigua hacha de guerra produjo finalmente la más terrible arma egipcia, un conjunto de clava y de cuchillo. Además de esta clava, que llevaban especialmente los jefes del ejer- cito y los reyes, pertenecían á la armadura común guadañas de varias formas. Su hoja, formada como un cincel, grabada ó agujereada, estaba de diferentes maneras sujeta al mango por medio de correas, el cual es- taba muchas veces lijeramente encorvado y acababa en forma de un pié de animal. Esas guadañas ricamente adornadas eran un producto del Asia. Otras armas, igualmente procedentes del mismo país, más ó me- nos preciosamente adornadas, eran largos cuchillos y lo que se llamaba, por su forma especial, la hoz de batalla. Todas estas armas, especialmente la última citada, que era casi siempre cubierta de ricos adornos, usában- se también por las tropas estranjeras, altadas con los egipcios. La últi- ma quedó el arma favorita de los Faraones. Las principales armas de punta eran la espada y el puñal; este últi- mo podia considerarse como una espada reducida; llevábase en la cin- tura y servia únicamente como arma de punta. Su mayor adorno con- sistia en la empuñadura casi siempre decorada con una imagen simbóli- ca. El puñal estaba provisto de un forro, que cubría uno de sus lados y los dos cortes de la hoja. La espada pasaba raras veces de dos pies y medio de longitud, y esta misma considerábase como una excepción. Parece también que esta arma no se haya usado más que en algunos ca- sos especiales. Los egipcios preferían comunmente combatir de lejos con armas arrojadizas á cualquier otra manera de pelear. Para distinguir las diferentes divisiones de la tropa, servían banderas y estandartes especiales. Su uso en el ejército egipcio, y también su des- arrollo, remonta á la tradición. Los guerreros de cada Nomo tenían un estandarte particular; cada división de estas masas tenia otro para dis- tinguirla. Tales estandartes, cuyo número correspondía al de los Nomos y á las divisiones de sus tropas, llevaban carácter geroglífico. Consistían en imágenes simbólicas de bajo relieve, sujetas sobre largos palos y ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 21 adornadas muchas veces con cintas de varios colores. Los más valerosos y principales oficiales tenian solos el privilegio de llevar los estandartes. Además de estos signos, durante la batalla, ordenábanse las tropas por medio de las trompetas. Había al mismo tiempo, como música guer- rera, tambores y otros instrumentos ruidosos, cuyo estruendo resonaba á grande distancia. La división del ejército egipcio correspondía á una acertada r e - partición de las armas. Primero se dividía en dos grandes masas princi- pales, que en el tiempo de Erodoto llamábanse Hermotybier y Kalasiris. Estos últimos eran probablemente arqueros. El ejército dividíase esen- cialmente en soldados de á pié y guerreros en los carros. Á estos más tarde se añadió una caballería bastante considerable, que probablemente quedó limitada á las tropas auxiliares del Asia. No se encuentra repre- sentado ningún caballo en los monumentos anteriores á la décima octava dinastía. También las fuerzas de mar eran sin duda casi enteramente compuestas de extranjeros. Según la armadura componíanse las tropas de á pié en guerreros lijeramente y pesadamente armados. El rango inferior del primer orden estaba ocupado por los soldados armados de honda, que comunmente iban vestidos con el sencillo delantal. Las otras masas llevaban diferen- tes trajes determinados, como los guerreros de pesada armadura. En general, las tropas del nuevo reino, según las imágenes monumentales, usaban trajes uniformes correspondientes á las varias columnas. Los guerreros que ocupaban los carros, á los cuales pertenecian las personas de rango más elevado, colocábanse en el centro del ejército. Su traje y sus ornamentos eran mucho más lujosos que el uniforme de los soldados de á pié. Lucían especialmente por los ricos adornos de los carros mismos y por los preciosos aparejos de los caballos. Los oficiales llevaban como distintivos las ya citadas plumas ó armas de valor. Estas últimas otorgábanse especialmente por el soberano como recompensas de hazañas guerreras. El verdadero general de todas las tropas era el mismo rey, el cual mandaba en persona en todas las batallas. En tales ocasiones mostrá- base en su preciosísimo carro de guerra y llevaba los más ricos trajes de ceremonia. El arco mayor era comunmente su arma, y raras veces 58 CALERÍA DRT, ARTE DECORATIVO usaba alguna más pesada. Su cabeza estaba cubierta con un yelmo de acero adornado de oro, yelmo que nadie más que él podia llevar, y que á veces estaba cubierto de diminutas placas de metal. Brillaban en su traje los colores más variados. Cubría su pecho una fuerte faja, bordada en diversos colores, la cual era acaso la coraza de algodón ó de lienzo de la que habla Erodoto refiriéndose al tiempo de Amasis. El traje de las guardias de cuerpo del rey correspondía á la pompa brillante y guerrera del mismo soberano: componíase principalmente, como lo demuestra su vestidura, de los rehenes de las naciones venci- das. El tocado de cabeza que llevan parece indicarlo, pues representa una elegante unión del sol con la luna. Los yelmos de otros personajes distinguidos, los cuales como guerreros de los carros rodeaban también al rey, tenían, al contrario, una forma muy sencilla, que en el conjunto distinguíase poco de la gorra generalmente usada. LOS EDIFICIOS La forma artística umversalmente adoptada, de laque hemos hecho mención, dominaba también en los edificios: falta completamente, como las figuras humanas, de perspectiva. Los dibujos que representan edi- ficios se parecen á figuras llanas geométricas ó llevan el carácter de planes. En ambos casos ejercitó su influencia el intento práctico de los artistas en espresar cada parte con suma exactitud: nunca se descuida- ban indicar claramente las puertas y las entradas. En los dibujos geo- métricos sin miramiento alguno para su verdadera posición, poníanse todas de frente. Al contrario, en los planes, dibujábanse las puertas á manera de figuras geométricas. La proporción entre las diferentes par- tes de un edificio descuidábase enteramente, y en esto también el arte egipcio no tenia más objeto que hacerse comprender. Lo que ha quedado en Egipto de obras de arquitectura pertenecía al culto: son restos de templos y tumbas. Las únicas noticias que nos quedan de los edificios de utilidad pública y particular, consisten en di- bujos monumentales y descripciones de los historiadores menos anti- guos, que se ocuparon de aquellos tiempos remotos, Los primeros edificios históricamente conocidos, son las pirámides ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 29 de Menfis y las tumbas que las rodean; luego las grutas sepulcrales á lo largo de la orilla oriental del Nilo, que probablemente remontan á la sexta dinastía. Todos estos monumentos muestran un grado extraordi- nario de habilidad técnica, especialmente en el trabajo y dominio de colosales masas de piedra. Las noticias que tenemos de grandiosas ca- nalizaciones para el desagüe del Nilo en el período creciente, bajo la duodécima dinastía, prueban también la actividad práctica de los edifi- cadores. En las grutas sepulcrales de Beni-Hassan, por el empleo de las pilastras y de las columnas como sostenes, dejan reconocer el mayor desarrollo de la arquitectura egipcia en la época más floreciente del antiguo reino. Con la fundación del nuevo reino ensanchóse la actividad construc- tora. Desde entonces porfiaron los Faraones en edificar gigantescos templos, que eran al propio tiempo palacios. El título de empleado en las fábricas del rey fue uno de los mayores de la corte. Las ruinas que cubren todavía el valle del Nilo pertenecen, esceptuando las ya citadas, á esta nueva y larga época. Con las victorias de Egipto sobre el Asia despertóse en el pueblo la inclinación á la historia. Testimonio de lo dicho son aquellos monu- mentos, que pudieran llamarse archivos, pues perpetúan con la escri- tura y las imágenes los más importantes acontecimientos históricos del Estado y del culto. Cada pared es, para decirlo así, una hoja de recuerdos de la nación, Más tarde, lo que se relaciona á la vida particular encontró un sitio conveniente para eternizar sus memorias en las grutas sepulcrales. Una notable diferencia entre los edificios consagrados al culto y los destinados al uso de las familias, fundábase en una especial idea reli- giosa. Considerábanse las habitaciones como especies de posadas para la corta duración de la vida; las tumbas al contrario como casas eternas, pues en ellas deben pasar los muertos un tiempo que no tiene límites. También la morada del Dios inmortal debia durar eternamente. Las construcciones particulares hacíanse pues sin gastar mucho lujo ni mucho trabajo, mientras los templos y las tumbas edificábanse de una manera casi indestructible. El material de las primeras consistía parte 30 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO en ladrillos del Nilo, endurecidos al sol ó en el fuego, parte en madera; el de las segundas era exclusivamente la piedra de las vecinas monta- ñas. Las casas eran un conjunto de armaduras y tableros, los templos consistian en grutas cavadas en la piedra y en salas macizas también enteramente de piedra. Por lo que se refiere á la fopma de todos los edificios, mucha influencia tenia el clima del país, que aconsejaba la elección de sitios sombreados y oreados. La sequedad casi permanente del clima hacia inútiles los techos en general. De la antigua, primitiva forma de los edificios de madera, se desarrollaron las agigantadas construcciones de piedra de los egipcios. El sentido especial de aquel pueblo para la regularidad y el orden, dio forma arquitectónica á aquellos antiguos edificios. Con el progreso del culto ensancháronse los templos; con el de las particulares relacio- nes llegaron á ser más vastas las casas; en ellas apercibíase la influencia de la manera de vivir de los egipcios, los cuales pasaban la mayor parte del tiempo al aire libre, y por ello mismo la casa podia considerarse como un sitio de reposo; pues su mueblaje limitábase á lo puramente necesario. Durante el nuevo reino sin embargo penetró el amor del lujo hasta entre las paredes domésticas. Las casas, en su más antigua forma, parece sean representadas por capillas mortuorias de las grutas sepulcrales menfíticas, construidas bajo la dinastía de los reyes que edificaron las pirámides. Esas estancias parecen una imitación de la arquitectura de cañas y vigas. Cada una de ellas encierra un espacio más largo que ancho con paredes inclinadas, imitando en algo la forma piramidal, y en fin tienen un cielo raso ho- rizontal y llano. Sobre la puerta estrecha, de forma cuadrada, hay una viga redonda de piedra, que entra en la pared. Parece sea un sosten del techo, que en el interior de la estancia está casi siempre trabajado á manera de un conjunto de troncos de árboles exactamente redondeados. Las paredes en el interior de la estancia demuestran al contrario clara- mente una intención de ornamentos, imitando un trabajo de latas y varillas. Una puerta falsa, labrada en la misma piedra y rodeada de tales adornos, indica una comunicación con otras estancias. Las tumbas de los muertos ilustres, especialmente durante el tiempo antiguo, lleva- ban ornamentos semejantes, pintados en color azul en relieve sobre fon- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 31 do amarillento. Este adorno ofrece indudablemente una verdadera idea de la decoración interior y exterior de las casas egipcias en la época del antiguo reino. Un modelo de madera, que tiene 17 pulgadas de ancho y 21 de alto, y fue encontrado en una tumba de Tebas, nos da una clara idea de lo que eran las más pequeñas casas egipcias. Parece que una puerta de entrada, colocada muy alto, á consecuencia de las inundaciones del Nilo, se abriese en un patio descubierto. De allí llegá- base por una escalera en la galería superior, que formaba el techo de las estancias para dormir y guardar las provisiones. Las moradas de los indígenas todavía se parecen á ese modelo. Las casas de los árabes Fellahs de nuestros días recuerdan muchas veces en su construcción las citadas capillas sepulcrales. Según una tradición comunicada por Diodoro, ya en los tiempos más antiguos hacíanse en Egipto casas particulares de cuatro y de cinco pisos. Los monumentos sin embargo no representan más que casas de dos pisos. Aumentándose la población y ensanchándose los templos en un país relativamente limitado, puede ser que hayan aumentado nece- sariamente también los pisos de las casas. El viajero árabe Abdallatif vio tales moradas en el siglo décimo tercio después de Cristo. El mayor número de las casas de las ciudades era, aún en la época del nuevo reino, reducido y poco diferente de las que se usan general- mente en nuestros dias en todo el Este. Encerraban un espacio cuadrado y tenian una puerta de entrada medianamente alta. Habia un patio anterior con piso bajo contiguo. Un primer piso repartido, como el piso bajo, en varias habitaciones. La galería superior, ó sea el techo llano, á veces adornábase con ñores á manera de jardin. Además, por medio de canceles, formábase del cuarto superior, el cual comunicaba con el techo, un sitio oreado y fresco. Un patio anterior descubierto y relativamente espacioso, era una necesidad para cualquier casa particular. Luego, según se le antojaba al propietario, repartíanse en su derredor las habitaciones, que le limi- taban á veces por un lado, á veces por dos ó tres y hasta le encerraban por todas partes, quedando el patio en el medio. El piso superior era igual al piso bajo. Las condiciones del clima mandaban para los edificios mayores corredores oreados y galerías abiertas. Los primeros unian las Ü2 GALERÍA D E L ARTE DECORATIVO series de cuartitos entre ellas, pasando por en medio desde el patio; los cuartitos rodeaban en parte el techo, y en parte las fachadas de los varios pisos. Allí pasaban los habitantes la parte menos calurosa del día; allí comían, allí ponían sus provisiones en vasijas para que se evaporasen en las frescas aguas del Nilo. Erodoto refiere que los edificios construidos lejos de los terrenos pantanosos, tenían en añadidura unas construcciones contiguas á manera de torres, que servian para aposentos de dormir seguros contra los ataques de los enjambres de mosquitos, pues estos insectos no podian llegar á la altura de aquellas torres. Las ventanas en los edificios egipcios eran pequeñas y sin duda casi todas abiertas hacía el norte. Podían cerrarse por medio de alfombras ó de tablas. Según la importancia de la casa habia en ella una ó más entradas, trabajadas comunmente en madera y también en piedra; las entradas penetraban en el tablero de las paredes. El modo de cerrarlas era probablemente el mismo que úsase todavía t!n el Oriente. Las casas de las personas principales distinguíanse especialmente por el lujo de las puertas. Algunas estaban más arriba del suelo, abiertas en la parte superior, y á ellas llegábase por medio de una escalera ó de unas construcciones contiguas, hechas para este efecto. Entre las columnas que estaban en los dos lados, colocábanse, pero probablemente en las habitaciones de los sacerdotes ó personajes principales especialmente, estatuas de dioses ó de reyes. Los adornos interiores de las casas estaban relacionados natural- mente al rango y á la posición del individuo. Era una ley para los egipcios cuidar la mayor posible limpieza. Sin duda aún en nuestros días domina la misma costumbre. Los ornamentos citados de las tumbas y de los sarcófagos, muestran el carácter de los adornos en las paredes durante el antiguo reino, Otros dibujos monumentales, que representan el interior de las habitaciones en la época del nuevo reino, dejan reco- nocer una esencial diferencia en la pintura de las paredes. Allí ocupan el lugar del adorno á manera de varillas y de latas, unas columnas pe- queñas y elegantes con capiteles en forma de hojas de loto. Esas colum- nas, sostenían, para decirlo así, el cielo raso ricamente adornado, y limitaban las superficies de las paredes, que estaban divididas en cua- drados de madera alternados con la piedra ó los ladrillos. El cielo raso KNCICI.OI'liDIA UNIVERSAL ;¡;J y las paredes mismas tenían un a'ncho marco de varios colores A manera de varillas. En general, también durante esta época, dominaba la pintura de varios colores en el interior, como parece haya dominado durante el antiguo reino. Los sacerdotes, los guerreros, y en general las personas principales, que tenían propiedades de herencia, vivían comunmente en sus casas de campo, las cuales estaban provistas de todos los medios que corres- ponden á la prosperidad económica. Lo principal de tales haciendas era la casa de los dueños; contrariamente á las moradas de la ciudad, tenían pocos pisos y eran muy anchas. Las habitaciones eran más espaciosas: galerías abiertas, adornadas con árboles, corredores decorados en modo análogo y probablemente también las frescas estancias subterráneas, á las que son tan aficionados- los orientales, eran especiales á esas mora- das. Un jardín, á veces rodeado por una muralla, cuidadosamente dis- puesto, estendíase delante de ese edificio, adornado también en el esterior con banderolas. Flores y plantas útiles estaban allí repartidas simétri- camente, y unas calles de árboles formaban agradables paseos; fuentes, en las cuales criábanse flores de loto, pequeños kioskos, elegantemente formados de tablas, ofrecian una sombra fresca y deliciosa. Canales que atravesaban todo el país del Nilo servían para el riego. De unos pozos, muy parecidos á los que se usan al presente, se sacaba el agua necesaria con unas canales movibles, y éstas la llevaban en acequias más peque- ñas, que atravesaban en todo sentido el terreno sediento del jardin. Además, regábanse asiduamente las plantaciones. Un espacio considerable ocupaban cerca del jardin los establos para el ganado y las localidades destinadas á encerrar las provisiones. Esos edificios, como correspondía al clima, eran casi todos sin techo y estaban comunmente colocados detrás de la casa, á conveniente distancia. Los aposentos en los cuales guardábanse las provisiones, consistían en grandes salas cuadradas con unos cuartitos paralelos, á las que llegá- base por un ancho anden ó por varios que se cruzaban; también plantábanse algunas veces hileras de árboles en esos andenes. Con muchísimo cuidado guardábase el grano, que amontonábase en forma de conos truncados en corrales rodeados de muros, ó poníase en reci- pientes hechos á manera de hornos, colocados cerca los unos de los otros :U GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO y rodeados también de murallas. Los establos, sumamente limpios y cómodos, tenían el piso más elevado, donde descansaban las reses. Los bueyes y las vacas especialmente estaban colocados sobre esos suelos del mismo modo que úsase al presente, y atados, cada cual en su lugar, por medio de correas. No cabe duda que tales establos fuesen extraor- dinariamente espaciosos en las grandes propiedades. Una inscripción sepulcral de Eleityia registra, entre otros tesoros que pertenecían al monarca allí sepultado, el número de sus reses, que consistían en 122 bueyes, 1200 cabras, 1500 cerdos, etc. A los cuadrúpedos añadíanse las aves; estas también criábanse con sumo cuidado. Diodoro habla claramente de la operación especial para hacer abrir los huevos por medio del calor artificial, medio del cual se valen todavía los egipcios en nuestros dias. La área de una semejante propiedad estaba finalmente encerrada por una muralla. Penetrábase en varios puntos por puertas de una y dos hojas, que abríanse en corredores flanqueados por anchas pilastras, sobre las cuales habia algunas veces grandes ramos de flores. La orla superior del muro estaba frecuentemente coronada de puntas de madera ó de metal, parecidas á hierros de lanza. LOS ALCÁZARES I)F. LOS REYES Las moradas de los monarcas naturalmente distinguíanse entre los demás edificios de Egipto por una grandiosidad en el plan correspon- diente á la dignidad del soberano. La grandeza simbólica de los F a - raones lucía en los edificios que habitaban como en su traje. Represen- tantes visibles de la mayor divinidad, no podian vivir en una morada menos espléndida. Templo y alcázar queria decir lo mismo; en todas las épocas del reino, en lo más esencial, tenían el mismo plan. Por eso no ha sido posible hasta ahora determinar fijamente diferencias carac- terísticas entre los templos y los palacios, por medio de los monumen- tos existentes. Un solo edificio dejó lugar á semejantes observaciones: este es la parte que ha quedado de lo que llámase palacio ó pabellón de Ramsés III, en Medinet Abu. La diferencia esencial entre estas ruinas y los demás edificios, con- ENCICLOPEDIA UNIVERSA!, 3.") síste en la área menos vasta que ocupa y en una especial construcción de la fachada: está cerrada en toda su altura y agujereada por aberturas de ventanas, que pertenecen á varios pisos, colocados los unos encima de los otros. En las paredes de la fachada, coronada á manera de al- menas, la cual en lo demás tiene la misma forma de la fachada de los templos y adelántase igualmente fuera de las paredes que la reúnen y de las puertas, se ve representada la gigantesca figura del rey derrotan- do á sus enemigos, etc. Allí se ven habitaciones más ó menos arruina- das con una entrada al norte y otra al sur, y pinturas en las paredes que representan escenas de la vida doméstica del monarca. De esos aposentos dan á un patio descubierto una especie de balcones, y el patio está rodeado con un muro. El patio y las habitaciones citadas cubrían una superficie cuadrada. Por más especial que sea esa construcción, re- lacionada con el plan general de los demás edificios todavía existentes, parece más bien una parte de un alcázar mucho más vasto, que el con- junto de una real morada. Era acaso una casa particular de la real fa- milia, perteneciente sin embargo al vasto templo-palacio, edificado á corta distancia y que era el verdadero alcázar del citado Faraón. La coordinación de los templos-palacios, que con orgullosa pompa eleváronse desde el principio del nuevo reino, quedó sometida por toda su duración, á un sistema arquitectónico fijo. Su base era, lo repetimos, la más antigua, sencilla manera de edificar, usada en Egipto; sus ele- mentos eran un armazón de madera y cañas. Las fachadas de los agi- gantados palacios de piedra, aunque de formas colosales, muestran el mismo carácter fundamental que se reconoce en las celdas de las más antiguas tumbas, es decir, una imitación de las construcciones de ma- dera. Más tarde las conveniencias y la pompa que corresponden al culto determinaron la coordinación y el desarrollo de los templos en salas y estancias más ó menos espaciosas. Entonces fue necesario emplear pilastras y columnas para sostenerlas. Las plantas del país, la palmera y el loto, suministraron un dechado natural para los ornamentos. Las ideas religiosas hicieron inventar otras formas especiales. El deseo que ya vivia en el pueblo de conservar su historia en las imágenes y en la escritura, determinó, para adorno de los edificios, la imagen ilustrada por las palabras; para este objeto surgió la necesidad de anchas pare- 36 GALERÍA DEI, ARTE DECORATIVO des. El material, piedra de talla, por la dificultad de trabajarle, produjo la habilidad técnica, aumentada por las condiciones locales, por las ideas religiosas, por el sentido-del orden y la laboriosidad del pueblo, limi- tada, sin embargo, por su capacidad en lo que se refiere á la imagina- ción, en la arquitectura de piedra tan desarrollada, cuyos gigantescos restos cubren el valle del Nilo. Todavía ofrecen una idea completa del plan de estos edificios: tanto su coordinación arquitectónica en el con- junto y en las varias partes, como la construcción de ciertas pertenen- cias de adorno, están todavía en algunas partes maravillosamente con- servadas. Estrabon no podia más claramente hacer la descripción de los templos, de lo que podemos hacerla nosotros hoy dia calculando por las ruinas que han quedado. El plan de casi todos los templos-palacios extendíase muchas veces en una superficie más larga que ancha, y descansaba sobre unos maci- zos cimientos de ladrillos. Empezaba desde el santuario, que estaba cubierto por un techo llano de fuertes tablas de piedra; el mismo techo cubría las estancias que le rodeaban. Delante abríanse espaciosas salas y grandes patios flanqueados por columnas ó pilastras; estaban encer- rados exteriormente por una muralla. Solamente en algunos casos, como en el templo de Kaxnak, en lugar de la sala central descubierta, había una flanqueada de columnas y cubierta con un techo. Cada una de estas salas y cada uno de estos patios, estaba separado del contiguo por un arimez piramidal muy elevado. En el medio estaba la puerta de entrada. A los dos lados elevábanse estatuas colosales de dioses ó reyes senta- dos; á veces delante de ellos, como ofrendas, elevábanse gigantescos obeliscos. Un adorno especial, acaso simbólico, de la fachada, eran unos grandes palos con banderolas. Un sendero empedrado, entre anchas calles de esfinges colosales, conducia á la entrada. Una muralla con un coronamiento de almenas redondas, encerraba el recinto sagrado, amenizado muchas veces por plantaciones de árboles simétricamente ordenadas y por un surtidor lleno de agua bendita del Nilo, lo que for- maba una dulce y risueña morada. A la muralla llegábase por cómodas escaleras. Las esfinges que, como queda dicho, adornaban especialmente los senderos procesionales de los templos, representábanse, con raras ex- ENCICLOPEDIA UNIVEKS.\L ¡fl ccpciones, de sexo masculino. Eran colosales monolitos de basalto ó de pórfido, que tenian la forma de carneros con ó sin añadidura, en acto de descansar; algunas veces eran un conjunto de formas de animales y de formas humanas. Lo mas frecuente era añadir en un sentido sim- bólico, la cabeza y la parte superior del cuerpo de un rey ó del dios üsiris á la parte inferior de un carnero ó de un león. Las esfinges des- cansaban sobre un zócalo del mismo material, más largo que ancho, y mas ó menos elevado sobre el nivel del suelo. Las estatuas colosales y los obeliscos, como partes esenciales del ornamento de las puertas del templo, eran, como las esfinges, gigan- tescos monolitos: los últimos tenian por objeto eternizar algún aconte- cimiento importante; y sus superficies, que iban estrechándose hacia ar- riba, recibían los geroglíficos de la escritura sagrada. También los obe- liscos descansaban sobre un plinto de escasa elevación, y todos acababan con una pequeña pirámide, cuya punta era á veces aguda y á veces embotada; no es cierto que fuese adornada con metales. Las estatuas colosales perpetuaban al soberano glorioso en una imagen agigantada, que era una especie de símbolo material de un poder sin límites. Los es- cultores egipcios agotaban toda su arte en representar dignamente al monarca. Sin embargo, una regla fija de las proporciones encadenaba la artística libertad del martillo: en las diferentes partes de la figura so- lamente podia lucir el delicado sentido del artista. Un reposo completo, parecido A una entera insensibilidad, era el carácter general de todas estas estatuas. Estaban sentadas, con los miembros recogidos y se pa- recían á adornos arquitectónicos: así correspondian á la sencilla forma de los edificios, de los cuales debían ser el ornamento. La construcción anterior, hecha á manera de torre, que precedía los patios, y formaba la fachada del edificio, consistía en dos alas perfecta- mente iguales y la puerta paralela ó más adelantada. Esta construcción elevábase sobre una base estrecha, bastantemente alta, que sin embar- go nunca alcanzaba la longitud de la base del edificio. Su ornamento arquitectónico más esencial era un coronamiento del techo llano y un marco formado por las superficies de las paredes, á manera de varas. Tanto uno como otro indican los elementos de una construcción de ma- dera con adorno vegetal. El techo y sobre todo el coronamiento de los 38 GALERÍA DK[, ARTE DECORATIVO edificios más antiguos, parece casi siempre una imitación de una serie de hojas de palmera. Su forma natural ocasionaba un hueco de figura serpentina. En los sarcófagos de la cuarta dinastía, los cuales dan acaso una idea de la forma más antigua de los templos, parece un adorno igual en la parte superior. La época siguiente y la última valiéronse probablemente de esa forma fundamental y pusieron encima de ella otros ornamentos puramente simbólicos. La varilla redonda de las su- perficies de las paredes indicaba el tablero de palos, que habia servido de sosten á los edificios primitivos. Las cintas mismas, que servían para juntar y fortalecer las diferentes partes y eran necesarias para el coro- namiento de hojas de palmera, llegaron á ser un adorno arquitectónico para las varillas. En el interior de esa construcción no cabe más que el espacio necesario para una escalera, que llega al techo con algunos cuartitos contiguos, que recibían la luz por pequeñas aberturas cua- dradas- Estas servian á sujetar los palos citados en los anillos de hierro de las paredes. Las puertas de entrada al templo, son sencillamente dos pilastras perpendiculares y un coronamiento que descansa encima de ellas. Están adornadas simbólicamente por un disco solar rodeado de Ureos y alado. En todas las épocas del reino hubo siempre un igual adorno sobre las puertas, que se cerraban por medio de dos hojas de madera movibles sobre goznes de metal. Para adornar y juntar esas ho- jas, que estaban hechas, como está probado por algunas inscripciones, de un palo llamado acacia nilótica, se cerraban por medio de cerrojos de oro y se fortalecían con clavos de hierro ó también, como refiere Plutarco, con cabezas de león de bronce. Los atrios y los patios, que ensanchábanse delante del santuario, eran más ó menos espaciosos, según la grandeza del plan del templo. El mayor número de ellos estaba descubierto: eran formados por medio de murallas que unian los pilones. En tal caso corrían comunmente sólo á lo largo de esas paredes calles de columnas ó de pilastras. A veces se extendían, como en el pórtico del gran templo de Filea, en rededor del hípetro, y eran dobles. Muchas veces separábanse los patios anterio- res solamente por medio de un muro bajo, que pasaba entre las colum- nas. El coronamiento del pilón servia entonces también de coronamien- to al techo de las calles. El techo mismo, formado con tablas de piedra, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL US) descansaba sobre vigas igualmente de piedra, á manera de arquitrabes, que se cruzaban á ángulo recto, según pedia la posición de las colum- nas. Estaban á su vez sostenidas por zócalos pequeños, de forma cúbica, colocados sobre los capiteles de las columnas. Un rico adorno figurado de varios colores cubría las paredes. A estos edificios especial- mente es debido el progreso arquitectónico de las columnas. El santuario, colocado detrás de estos patios, formaba, con las es tancias contigua?, á veces muy vastas, el verdadero corazón del edifi- cio. Ocupaba, relativamente, el menor espacio, como correspondía á su objeto. Las imágenes de los dioses allí colocadas, estaban puestas en nichos más ó menos profundos, hechos á manera de puertas: eran co- munmente monolitos de la piedra más dura. Todas las localidades del templo-palacio estaban de perspectiva, puede ser en un sentido simbólico, con el santuario. Cuanto más cerca de él, menos eran elevadas, tanto que la línea superior del edificio pa- recía inclinarse poco á poco hacia el santuario, que era la parte más baja. Las murallas exteriores daban al conjunto un aspecto de fortale za. Una mirada al santuario del gran templo de Filea, el mejor conser- vado de los templos egipcios, puede dar la más clara idea de tales edi- ficios. Las pilastras y las columnas parecieron por primera vez en las gru- tas sepulcrales de Beni-Hassan (2,000 años antes de C ) , y fueron los más notables elementos del desarrollo decorativo en el arte egipcio. Allí se vé la primera en la doble forma de una pilastra-columna. En su fi- gura más sencilla, consiste, como adorno de un pórtico sepulcral, en un sostén de ocho lados cavados, con base llana, elevada en rededor, y en una tabla de forma cúbica que le cubria. Otra pilastra acanalada en diez y seis lados encuéntrase allí á la entrada de otra tumba. Más interior- mente en estas grutas aparece, como sosten de las estancias, además de las pilastras, la columna. Tiene la forma de cuatro tallos de flor de loto reunidos, cuyas coronas forman el capitel. Alta, elegante, descansa tam- bién sobre una base redondeada. Además está adornada con pinturas de varios colores. La columna en forma de tallos de loto, que aquí apa- rece por primera vez y que tenia probablemente un sentido simbólico, quedó, aunque con muchas variaciones y mucho desarrollo, el adorno 4U (ÍAT.ERÍA DEL ARTE DECORATIVO preferido en la arquitectura durante todas las épocas. Su mayor desar- rollo tuvo lugar en los vastos templos-palacios, que fueron erigidos durante la décima octava dinastía: empleóse en formas muy ricas, espe- cialmente en los más antiguos palacios de Luqsor, aunque pesadas y macizas; mucho más elegante encuéntrase en un templo erigido en S o - Ieb por Amenhotep III. Una otra mudanza en el capitel que imitaba la forma del loto, llevó á la forma llana de los capiteles cerrados que se ven en el palacio de Karnak. La superficie llana del capitel de la colum- na ofrecíase así para llevar un adorno simbólico, geroglífico. En el mis- mo tiempo que fueron adoptadas las citadas formas del loto, adoptáron- se también las de la palmera y del papiro para ornamento de los capi- teles. En las localidades posteriores del edificio deSoleb, del cual hemos hecho mención, aparece la columna que imita la palmera en su forma más sencilla. Es un tronco redondo con hojas ligeramente inclinadas, sobre las cuales descansa el arquitrabe de forma cúbica. También de esta forma desarrollóse más tarde un rico ornamento vegetal que conti- nuó en su progreso durante las siguientes épocas como el de la colum- na que imitaba el loto. Al mismo tiempo el tallo acanalado, como se encontraba en Beni- Hassan, llegó á ser una perfecta columna de sosten. Poníase entre el capitel y la columna una pieza intermedia de mucha mayor amplitud, que correspondia al cuartobocel de los capiteles griego- dóricos. Debajo de él, rodeando las acanaladuras, habia varias tiras á manera de cintas, que son, para decirlo así, trabas arquitectónicas de las varillas acanaladas. Así encuéntranse entre las ruinas de un templo de El Kab, á poca distancia de la antigua Eleithyia, columnas de diez y seis lados. Las perspectivas, sin embargo, están adornadas con la ima- gen de la Venus egipcia (Hathor) en relieve. La actividad edificadora de la décima novena dinastía desarrolló principalmente, añadiendo á lo que ya existia, las formas de la columna que imitaba las plantas, hasta llegar á los capiteles cerrados, de los cuales hemos hecho mención. Las partes de los edificios del grande templo-palacio de Karnak, que pertenece á esta'época, ofrecen muchos ejemplos de ello. Allí se ven capiteles hechos á manera de cálices abier- tos con ornamentos de hojas, y otros al contrario que imitan la forma de una campana con superficie lisa. También hay en otras localidades ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 41 del edificio el capitel á manera de hoja de palmera, de papiro, y el capi- tel cerrado, que imita el loto; en el fin de esta época usáronse capiteles que consistían en un conjunto de cabezas de Hator y de pequeños templos. Esta última forma fue preferida y desarrollada especialmente en los últimos tiempos, bajo el reinado de los Tolomeos, como ornamentos de columnas. El tallo de las columnas estaba rodeado por cuatro caras de Venus, que llevaban un pequeño templo, como se ve en el de Denderah; á veces añadíase á este doble capitel otro ornamento vegetal, el cual estaba debajo de los dos otros. Antes, descuidando la forma del loto, formábase este capitel de plantas en una manera variada y á veces muy pintoresca: llegó á ser enteramente una obra de escultura, que agotaba sus recursos en el conjunto de hojas, figuras geométricas, adornos á manera de cañas y de cintas, etc, En los templos de Esneh, Edin y Pilca hay los más variados ejemplos de ello. La pilastra, en su desarrollo, quedó, sin contar la acanaladura que la cambió en columna, casi siempre en forma de un sosten más ó me- nos grueso, de cuatro lados, con un plinto y una tabla en la parte su- perior, á manera de tapa. Durante la décima novena dinastía, añadióse á estos sostenes estatuas de Osiris ó figuras de sacerdotes formadas en modo análogo al dios: estas estatuas ocupaban siempre la parte delan- tera de las pilastras, pero sin tocar como sostenes, el entablamiento. La coordinación de las columnas no estaba sometida á ninguna ley arquitectónica especial; parece al contrario bastante caprichosa. O colo- cábanse las columnas con capiteles iguales ó variándolos en muchas formas; á veces el ornamento de los capiteles estaba dispuesto con si- metría: á veces, especialmente como sostenes, colocábanse pilastras y columnas en modo que las primeras ocupaban el primer rango. El grande templo de Karnak en Tébas ofrece todavía en sus ruinas la idea más brillante del estenso plan de los templos-palacios egipcios: estaba consagrado al dios mayor Amon. El tiempo de su fundación es anterior á la época en la cual los Hiksos reinaban en el Bajo Egipto: cuando fueron derrotados, los Egipcios volvieron á construirle; todos los Faraones se esmeraron en acabarle y hermosearle. Tampoco bajo el dominio griego y romano estuvo descuidado, y fue embellecido con 42 GALERÍA DEL AIíTE DECORATIVO varias pertinencias y adornos figurados: así llevaba simbolizados en sus murallas los acontecimientos más importantes en la historia del reino y del culto. El edificio descansaba sobre un terrado de ladrillos. El muro que le cercaba tenia una longitud de 2500 toesas ó de tres cuartos de legua geográfica. Llegábase á la puerta mayor, colocada hacia el rio, por una calle de dos series de esfinges-carneros colosales. La puerta, cuya a l - tura pasaba de 60 pies, estaba flanqueada por las dos alas de la prime- ra fachada, que tenia 336 pies de largo y 180 pies de alto. Al pasar las puertas de bronce, entrábase en un patio anterior, cuya extensión era de 260—320 pies, encerrado por murallas, que formaban porcada lado una galería de 18 columnas, altas 42 pies. Más tarde la galería al Sur fue interrumpida por la añadidura de un pequeño templo. Una calle de columnas, erigidas en el medio del patio anterior, conducía á la puer- ta de la segunda fachada. Esta sobrepujaba á la primera por las dimen- siones más grandiosas y por los espléndidos ornamentos figurados. De- lante de la entrada á la localidad siguiente elevábase una sala cerrada. En ella cabia una ancha escalera de 27 escalones, por la cual llegábase á la verdadera puerta, que daba ingreso á una vasta sala de columnas, la cual tenia 320 pies de longitud y 164 de alto. El techo llano estaba sostenido por 134 columnas. Una doble serie de seis columnas separa- ba las demás en dos grupos iguales, colocados el uno en frente del otro. Las columnas del centro, que llegaban al arquitrabe, tenian una altura de 66 pies; la circunferencia de cada una media 36 pies. Cada columna de los grupos citados tenia a! contrario 27 pies de circunferencia y cua- renta de altura. Una consecuencia necesaria era la añadidura de un techo de piedra llano, que descansaba sobre gigantescos pedruscos, los cuales median 22 pies de largo, 6 de alto y 4 de espesor. Dos vigas ocupaban el pues- to del arquitrabe: estas estaban apoyadas sobre tapas de 28 pies de lar- go- 3 213 de espesor y 4 de ancho. El espacio tan sólidamente cons- truido y ricamente adornado por pinturas figuradas, recibía la luz por aberturas que dejaban las columnas del centro, más elevadas que los techos de los lados: sus capiteles tenian la citada forma de un cáliz abierto. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL -i;{ Esta magnífica galería céntrica conducía á una sala cerrada y á un corredor, que extendíase entre el tercer pilón, como pasadizo á un pa- tio estrecho descubierto, y formaba, para decirlo así, la frontera entre las citadas construcciones más modernas y las siguientes más antiguas del santuario. Indicaban su entrada dos obeliscos de granito, consagra- dos por Tutmés III, los cuales tenían 99 pies de alto. Esta entrada, como las de las nuevas construcciones, estaba encerrada por una especie de marco. Detrás de cada ala extendíase una calle de columnas por la cual y por otras localidades menores cerradas en los lados, llegábase finalmente al santuario. En su derredor, coordinadas á manera de ca- jas, enlazábanse en fin muchas salas de columnas y otras estancias, des- tinadas probablemente á los sacerdotes. Ni con eso estaba concluida esa colosal construcción, pues espaciosas pertenencias del tiempo de Tut- més III y de su real hermana, ensanchábanse, especialmente hacia el Este, alrededor del santuario. Bajo las colosales ruinas, que indican al presente esas localidades, no es posible reconocer enteramente más que una vasta sala. Estaba también probablemente, como las ya citadas, provista de un techo. Pilastras colocadas alrededor, y d e - lante de ellas unas cincuenta columnas, sostenían el macizo techo de piedra. Otros restos arruinados, que allí se encuentran, y consisten en pilastras, columnas y colosales cariátidas, indican, como también la probable distribución de las localidades, un destino especialmente doméstico. Otro templo-palacio, no menos vasto, fue erigido por Amenho- tep III y Rainsés II, al dios Amon, á corta distancia del primero: es él que llámase hoy dia templo de Luqsor. Estaba adornado, además de la coordinación casi igual á la del templo de Karnak, con colosales esta- tuas de los Faraones. Como se desprende de varios arruinados restos de colosales esfinges, que encuéntranse entre los dos templos, estaban originariamente reunidos por una calle formada por esfinges. Usábase probablemente reunir en esta manera los templos en la más vasta extensión. Sin duda algunas puertas, parecidas A las mayores de los templos, daban una especie de conjunto arquitectónico á esas comu- nicaciones. Esto está claramente indicado por el grande número de rui- nas de palacios, que encuéntranse esparcidas en las dos orillas del Nilo. 41 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Aquella grande calle procesional tocaba un pequeño templo entre Luq- sor y Karnak. Entre las construcciones libres más ó menos vastas erigíanse, donde la localidad lo favorecía, verdaderos escollos-templos. Una fábrica se- mejante encuéntrase entre otras en Tébas en el valle de El-Asasif: está labrada en el mismo escollo. Las estancias, las salas y los patios son accesibles por medio de puertas ó escaleras, según están colocados. Columnas polígonas rodean el patio del centro á manera de galería. La entrada á esas localidades, aquí y allí abovedadas por piedras saledizas, era una fachada libre, erigida delante del escollo. También se reconoce claramente una ancha calle formada por esfinges, que reunía todo el conjunto al templo de Karnak. Finalmente es digna de notarse la circunstancia que en algunas construcciones de ladrillos en el palacio de Ramsés II en Tébas, se han conservado bóvedas 'cuyas piedras llevan el nombre del citado Faraón. Cerca de aquellos grandiosos templos-palacios, se han erigido tam- bién edificios menores consagrados al culto, en muy vasta extensión. Grande era el número de las divinidades egipcias, y cada una necesi- taba una casa especial para recibir las adoraciones del pueblo. La íntima unión de las prácticas religiosas con la vida del Estado, la influencia que tenian en todas las circunstancias, aumentaban y favorecían en sumo grado el poder de los sacerdotes, que, para decirlo así, extendian su dominio hasta en las partes más lejanas del país. En el medio del desierto, en la oasis Sivah, habian fundado en un tiempo prehistórico una casta especial de sacerdotes para el oráculo de Amon, del cual no quedan al presente más que algunas ruinas que indican el sitio donde erigíase el templo. Otros edificios semejantes encontrábanse, más ó menos ricamente adornados, por todo el reino. También en el grande templo-palacio de Karnak en Tébas habia oráculos de varias divi- nidades. Según los templos menores de la décima octava dinastía, que toda- vía en parte se conservan, la diferencia esencial que existe entre estos y los colosales templos-palacios, consiste en la falta de pilones y patios anteriores. Se componían de una construcción central oblonga encer- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL -15 rada, que contenia varias localidades y estaba rodeada por columnas ó pilastras, que sostenían el techo llano. Como adorno de la puerta de entrada habia, en lugar de las pilastras anteriores, elegantes columnas que imitaban la flor del loto. El edificio descansaba sobre una sólida construcción inferior, á la cual llegábase por una ancha escalera de piedra. Entre otros un pequeño templo aislado en Eleithyia ofrece un ejemplo de semejantes construcciones; también están construidos sobre el mismo plan dos templos en la isla Elefantina. En el número de esas construcciones menores están comprendidas las llamadas Typhonias ó Mamizi. Sin embargo, parece que pertenezcan á un tiempo más moderno, á la época de los Tolomeos. Está el santua- rio en ellas igualmente rodeado de columnas, que sostienen un techo lla- no. Sin embargo, en lugar de las columnas angulares, tenían pilastras cortadas diagonalmente hacia afuera, mientras los intervalos entre los sostenes, á excepción de una puerta siempre cortada en la parte supe- rior, están cerrados, hasta más arriba que una tercera parte de su altura, por paredes perpendiculares. El adorno especial de esos edificios son capiteles cúbicos con la simbólica imagen del Typhon en bajo-relieve. En pequeños templos pasan por indicar el lugar donde nacieron las reinas. El empleo de las murallas divisorias entre las columnas pertenece especialmente á esta época más moderna de la arquitectura egipcia. Eran paredes llanas, diagonales, con un coronamiento á manera de cálices, que usóse en todas las épocas. Las superficies estaban adorna- das con varios ornamentos figurados. También unas salas más pequeñas, de forma cuadrada oblonga, aisladas, que consistían en columnas por todos los lados y en un techo que en ellas descansaba, estaban encerradas por semejantes paredes. Ignórase el objeto deesas construcciones, como pertenencias de templos mayores, especialmente, por ejemplo, en la isla Filea. Los vastos y magníficos templos de Edfu (Apollinopolis magna) de Denderah (Tentyris) de la isla Filea, y otros, demuestran, además de muchas construcciones menores esparcidas aquí y allá, lo mucho que cuidaban también en esta última cpoca del reino egipcio, los edificios relacionados con el culto. 46 GALERÍA DEL ARTE DECOKATtVO En estos también domina el medio encierro entre las columnas de las salas y de los patios, y las pilastras angulares. Hasta durante el señorío de los romanos duró en Egipto la activi- dad constructora; parece en esta época haberse extendido muy lejos , en el Sur, en la Etiopía. Después de la construcción de los templos-pa- lacios y otros edificios relacionados con el culto, lo que principalmente ocupaba la actividad constructora del pueblo, aunque de una manera enteramente distinta, eran las tumbas. Ellas hicieron desarrollar, en oposición á las macizas fábricas aisladas, el arte de tajar la piedra en el verdadero sentido de la palabra. A excepción de las tumbas-pirámides de los Faraones y del gigantesco palacio de Osymandyas en el distrito occidental de Tébas, del cual no está averiguado fuese una tumba, y cuya descripción se hizo con tanta exactitud por Diodoro y Estrabon, todos los edificios sepulcrales que existen hoy dia, son otras tantas grutas subterráneas hábilmente cavadas en los escollos. Las tumbas-pirámides de los reyes, que se ven en Menfis, se pare- cen á escollos artificiosamente amontonados y tajados en grutas y pasajes. Su plan fundamental es la sencilla forma del monumento pira- midal de piedras. El espíritu simétrico de los egipcios sacó de este primitivo monumento la pirámide, encerrándole y fortaleciéndole con arte arquitectónico. Como la grandeza del muerto, cuya eterna morada, debia ser, la pirámide construíase de enorme tamaño y tan sólida que pudiese desafiar las injurias del tiempo más prolongado. Esos colosos ya duraron más que tres mil años: la ciencia ha logrado penetrar en ellos: la necia y atrevida mano de tantas generaciones siempre quedó paralizada en su trabajo destructor. Todavía elévanse las pirámides le- vantando quejas contra el furor de aquellos que querían destruirlas, como eternos testimonios de un mundo casi prehistórico, admirable por la energía de su voluntad y por la inquebrantable perseverancia en la ejecución. Todas las pirámides de las que hacemos ahora mención, elévanse en las más agigantadas dimensiones: la mayor de ellas, que una inscrip- ción indica como la del rey Chufu, elévase todavía sobre una línea fun- damental de 746 pies: la altura de la superficie constaba de 480 pies: el conjunto de toda la masa fue calculado á poco menos que 90 millones ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 47 de pies cúbicos. La segunda pirámide, la más antigua, es poco menos grande: dícese sea la tumba del rey Chefren. Su altura medía 454 pies y comprendía más que 71 millones de pies cúbicos. La tercera y menor pirámide, la de Mykerinos, media solamente 218 pies. Todos estos gigantescos monumentos sepulcrales, como en general las pirámides egipcias que están esparcidas en varios grupos en la orilla occidental del Nilo—la región de los muertos de los egipcios—están exactamente orientados á los puntos principales de la esfera. El corazón del edificio está compuesto de piedras cuadradas cuidadosamente taja- das. Estaba enteramente cubierto por una capa, como relatan Erodoto y Diodoro, testigos oculares, de tablas graníticas de eterna duración. Altos escalones, que rodean las pirámides, conducen á su cumbre. El interior de estas masas de piedras estrechamente reunidas por la más cuidadosa técnica, está atravesado por pasajes relativamente estrechos, que subían y descendían, y por bajadas perpendiculares. Estos pasajes llevan á la verdadera capilla mortuoria. Esta es una estancia de cuatro lados á ángulos rectos cuya extensión, en el primer monumento citado, media 32 pies de longitud, 10 de ancho y 19 de alto. Sus paredes son igualmente formadas de tablas de granito. Está asegurada contra la carga que sostiene por losas de piedra colocadas las unas encima de las otras y que disminuyen igualmente en su tamaño á manera de pirámide. La entrada al interior de las pirámides estaba cuidadosa- mente cerrada y cubierta por la misma capa que cubría el resto, hasta el punto de estar completamente oculta. Al Este de un tal edificio habia siempre un pequeño templo sencillamente construido: á veces era una sala contigua á la pirámide, á veces una construcción aislada. A las maravillosas ruinas del grande campo de las pirámides en Menfis pertenece la colosal imagen de la esfinge umversalmente cono- cida; ignórase su verdadero objeto. Entre sus enormes patas anteriores elévase también un pequeño templo, que probablemente encerraba la entrada á localidades subterráneas consagradas al culto de los muertos, que tenian en su turno pasajes contiguos á las pirámides. El descu- brimiento reciente de un sabio francés, el señor Mariette, al Sur-Este de la esfinge, el cual consiste en las ruinas de una fuerte construcción de 48 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO pilastras sin techo, pertenecía sin duda á esas fábricas consagradas al ejercicio del culto de los muertos. Las otras pirámides de Egipto no llegan ni á la circunferencia ni á la altura de las que acabamos de describir: algunas, en gran parte destruidas, elévanse apenas á 20 pies del suelo. A veces en un grupo la relación de las dimensiones es muy diferente entre una de ellas y las demás. Mientras se construyan una parte de tales pirámides completamente con piedras de talla, otras tienen el interior formado de ladrillos del Nilo y solamente una caja de piedras más du- ras; hay otras que parecen enteramente compuestas de losas de barro del Nilo secado. La fabricación de estos monumentos hacíase como lo dejan reconocer hoy dia algunas pirámides que no están acabadas, por partes separadas; estas extendíanse y ensanchábanse después por medio de una especie de capa de piedras. Informes de los ya citados viajeros de la antigüedad, Diodoro y Erodoto, nos aseguran que la punta de las pirámides coronábase con la estatua colosal sentada de un rey, pro- bablemente al cual atribuíase el carácter de una divinidad. Los sepulcros subterráneos de los monarcas pertenecen exclusiva- mente á la décima octava, décima novena y vigésima dinastía: Están al Oeste del Nilo, á cerca de hora y media de camino de Karnak, en un valle estrecho, abrasado por el sol, desierto y flanqueado de peñas. Llámase el valíe Biban elmolitk (las puertas de los reyes); está reparti- do en dos calles, para decirlo así, la oriental y la occidental. Esta últi- ma parece sea consagrada principalmente á la décima octava dinastía. Allí descansaban los cadáveres de los reyes Aí y Amenhotep III. La distribución de las tumbas es esencialmente análoga en todas. Delante de cada una de ellas ábrese un recinto relativamente grande, en forma de patio, al cual dá la puerta cavada en la peña, cuadrangular y, según antigua costumbre, cuidadosamente cerrada. Comunmente lleva el or- namente simbólico de tales monumentos: un disco solar que encierra el dios Amon con cabeza de carnero y al lado de él el escarabajo sagrado. Por esta puerta entrábase en un pasaje macizo inclinado, hecho á manera de tabla de ajedrez. Son contiguos á este pasaje unos compar- timientos más ó menos anchos, atravesados aquí y allá por salas y es- tancias mayores. De estas se encrucijan alejándose otros pasajes latera- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 49 les, que llevan en su turno á estancias más pequeñas. Otros pasajes, trabajados á manera de pozos, llevan á la profundidad. Ellos también desembocan en localidades cavadas en la peña, que se reparten en igual manera que los pasajes superiores. Por semejantes estancias y pasajes, que penetran profundamente en el interior de la peña, llégase en fin á lo que llámase sala principal, en cuyo centro descansaba el sarcófago de piedra, que está abovedado y es sostenido por fuertes pilastras cua- dradas. Encuéntranse también en otras estancias mayores semejantes sostenes. En ellos la capa exterior, que servia para allanar y fortalecer el conjunto de las piedras, estaba forrada de ladrillos del Nilo. El adorno esencial de estas tumbas, cada una de las cuales es una construcción á parte, consiste en una decoración casi demasiado rica, en las paredes, de pinturas figuradas de varios colores. Representan asun- tos históricos y muy extensamente asuntos mitológicos. En ellas se ve especialmente el destino del rey después de su muerte. Pinturas astro- nómicas adornan además muchas veces los cielos rasos de las estancias. Debajo de ellas vése representado el aposento que encerraba la regia momia, ricamente adornado con pinturas figuradas. Destacábase sobre un fondo amarillo de oro, que daba al conjunto un efecto de sala do- rada. Veíanse además detrás de ese aposento otros pasajes y otras es- tancias. Con la muerte del rey solamente se concluian los trabajos de su última morada. „ Las tumbas de las reinas, también de la décima octava, décima no- vena y vigésima dinastía, están cavadas en la peña y llevan el nombre árabe Biban e sultanat. Forman igualmente una parte de la vasta ne- crópolis tebana. Su distribución es poco diferente de la de las tumbas de los Faraones, que acabamos de describir, pero son mucho más limita- das en el espacio. Las pinturas de las paredes, muchas de ellas mitoló- gicas, se relacionan naturalmente á la soberana. La figura principal en estos monumentos era siempre la diosa Isis, como la mayor divinidad femenina. Las tumbas de las personas principales distinguíanse en lo esencial solamente durante el tiempo más remoto del antiguo reino de las de los monarcas: en aquella época eran verdaderas tumbas-escollos y for- maban, á lo menos exteriormente, un contraste decidido con los agi- BO GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO yantados sepulcros piramidales de los Faraones contemporáneos. Las tumbas de los regios empleados, en el campo de los muertos de Men- fís, construidas en el tiempo que edificáronse las pirámides, son todas, sin excepción, estancias cavadas en el escollo con una construcción de- lante de muy bajas dimensiones. En el museo de Berlín hay varias de ellas: tienen, como queda dicho más arriba, forma rectangular con la parte anterior elevada á manera de pirámide, que sostiene un techo lla- no, rodeado por un sencillo ornamento de varillas acanaladas. Sóbrela puerta, colocada en el medio de la fachada, descansa la viga de piedra redonda, la cual recuerda una construcción de madera. Las paredes de estas están ricamente adornadas en el interior y también exteriormente, con imágenes en bajo-relieve, que dejan todavía, en algunas partes, re- conocer huellas de pintura variamente colorada. Unas inscripciones dan el nombre y los títulos del difunto, y explican el sentido de lo que está representado en las paredes. Las puertas de tales tumbas están siem- pre colocadas hacia oriente. Un pozo profundo lleva al sitio donde des- cansa el muerto. Otras localidades hay contiguas alas primeras, consa- gradas al recuerdo del difunto y al ejercicio del culto fúnebre de los vivos. En todas estas tumbas hay en las paredes una mesa de sacrificios, las personas que ofrecen y finalmente los acontecimientos más impor- tantes en la vida activa del muerto. Otras tumbas más sencillas de la misma época, cuyas entradas, cavadas en el escollo, están coordinadas á manera de colmenas, consisten en una sola localidad. Allí comun- mente se ven en bajo relieve las figuras de los parientes del difunto: de esta estancia llégase, como en las otras tumbas, por medio de un pro- fundo pozo, al sitio donde descansa la momia, en el interior del escollo. Con el principio del nuevo reino, en el interior y exteriormente, las tumbas de las personas principales fueron aumentando en lujosos orna- mentos, á medida que crecia la afición á la pompa. Con increíble gasto de tiempo y dinero, ensancháronse, extendiéronse en largos corredores, construidos á manera de galerías, en celdas, en salas, en vastas gale- rías anteriores. Delante de la entrada de tales extensos sepulcros sub- terráneos, poníanse muchas veces preciosos plantíos. En ellos cuidábase con esmero el adorno figurado de las localidades. En las paredes co- locábanse tablas mortuorias con plegarias para el difunto; en las están- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 51 cías habia mesas y utensilios de sacrificio. Una pesada, maciza puerta cerraba la entrada, cuyo sello estaba únicamente en poder del propieta- rio y del guardián del sepulcro. La entera superficie de tales vastas tum- bas particulares de la vigésima quinta dinastía (675-525 años antes de C.) comprendía, según los más probables cálculos, cerca de 24,000 pies cuadrados. Las tumbas del pueblo eran naturalmente mucho más sencillas. Ca- da grande ciudad tenia su cementerio. Unas entradas, comunmente fal- tas de todo adorno arquitectónico, llevaban á grutas ó celdas subterrá- neas. Comunicaban por medio de galerías y pasajes entrelazados de mil diferentes maneras. Un piso amontonábase sobre el otro: cada uno ser- via para recibir momias. Allí colocábanse casi siempre sin sarcófago, envueltas solamente en tiras de lienzo, y poníanse las unas cerca .y en- cima de las otras. Los compartimientos más profundos y menos ex- puestos á estorbos estaban reservados á las personas más acomodadas; en los compartimientos más elevados descansaban al contrario las mo - mias de los más pobres. Apenas es posible suponer que cada cadáver fuese momificado y colocado en aquellos sepulcros: si eso fuera, los es- collos del valle del Nílo deberían encerrar todas las generaciones de Egipto, que se sucedieron durante varios milenios. Como las tumbas y las ruinas de los edificios consagrados al culto ofrecen una clara idea de sus condiciones originarias, así quedan muy escasas noticias sobre otros edificios destinados para la vida del Estado y la vida pública. Algunos escritores del tiempo antiguo menos remoto hablan de una obra grandiosa de esta suerte, el colosal acueducto y esclusa de Ame- nemhe III, que fue edificado á mediados del tercer milenio antes de Cristo, utilizando el llamado lago Méride. Otras obras semejantes, entre ellas el gigantesco canal empezado por Necho y continuado por Dario, canal que debía servir de comunicación entre el Nilo y el Mar Rojo, al presente han desaparecido bajo la arena, y apenas se reconocen por huellas dudosas; los pozos que servían para medir las aguas del Nilo, á los cuales bájase por medio de escaleras, son construcciones más modernas. No tenemos noticias ni sobre los caminos y puentes de los Egip- 52 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO cios, ni sobre los edificios relacionados al comercio de los tiempos me- nos remotos. Solamente por sus cimientos es posible reconocer la fábrica colosal del laberinto erigido sobre un monumento fúnebre adornado con una pirámide, y acabado por los doce soberanos de la vigésima sexta dinas- tía para alcázar común y palacio del ministerio. La movediza arena del desierto siguió á la mano destructora del hombre y arrebató los últi- mos restos de este magnífico, colosal edificio, á las miradas del sabio. Erodoto, Diodoro, Estrabon y otros, que vieron á lo menos una parte de esta obra maravillosa, están concordes en describirla como algo que sobrepuja al más atrevido sueño de la imaginación. Sus relatos estra- vian como probablemente estraviaban los infinitos pasajes, estancias y galerías, que extendíanse bajo el nivel del suelo y en un ?ólo piso bajo. La actividad constructora estuvo ocupada hasta en el último tiempo en fundar y ensanchar ciudades y arrabales en el valle del Nilo. Era necesario construir sobre fuertes cimientos para defensa contra las perió- dicas inundaciones del rio: el arte de construir diques fue pues una ne- cesidad primitiva, impuesta por las condiciones del mismo país. Algu- nos Faraones destinaron para ese trabajo principalmente esclavos, prisioneros de guerra, etc. Por medio de tales construcciones estaban defendidas las ciudades con una especie de baluartes contra los ataques de los enemigos; este era especialmente el caso para la ciudad de Men- tís. Cuéntase de algunos reyes del antiguo reino, que fortalecieron sobre todo esta capital, no tan sólo con las citadas obras, sino tam- bién que la rodearon de fosos. Las construcciones militares de los egipcios parece se hayan desar- rollado más decididamente sólo después que el país se libertó del señorío estranjero de los Hiksos y durante el nuevo reino. El aislamiento natural de aquella tierra, los límites formados por el desierto y los escollos, fue- ron más bien un obstáculo para semejantes construcciones que una cau- sa de progreso. Para estar seguros los egipcios no necesitaban más que algunas fortalezas en el Norte y en el Sur. Una segunda causa de tales fábricas fueron los combates contra los Hiksos. Thutmés III, su vencedor, para defender el país contra sus ata- ques, cerró el único paso que une África con Asia, por medio de una ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 53 fortaleza. Ramsés II erigió más tarde en su lugar una gigantesca mura- lla, que atravesaba todo el istmo desde Pelusio hasta Eliopolis. Es probable que el plan y la coordinación de las fortalezas del Asia anterior hayan sido modelos para las fortalezas egipcias, pues no se en- cuentran más que las asiáticas en las imágenes de las paredes. Sin em- bargo, las egipcias podían ser más macizas y más sólidas por el mate - rial especial de los dos países. Los egipcios tenían á su alcance la pie- dra, mientras los habitantes del Asia no tenían casi más que ladrillos de barro. Los pocos restos de los antiguos castillos egipcios, entre los cuales son dignos de mención las dos fortalezas fronterizas de Syene, de- muestran una manera de fabricación sumamente sólida: ellas coronan las cumbres de las sierras, que en aquel sitio se estrechan notablemente; sus cimientos son de granito, sus murallas de losas de piedra arenosa. Estas últimas tienen las paredes exteriores diagonales, que se encuen- tran en todos los edificios egipcios de piedra. Como se desprende per los geroglíficos que significan fortaleza, castillo, muralla, en los cua- tro ángulos de estos edificios construíanse torres, y las murallas estaban coronadas de almenas especiales. A veces tenían forma cúbica, á veces también y más frecuentemente, se parecían al coronamiento del palacio ya citado de Ramsés III en Medinet Habu. En el interior de una tal for- taleza habia esencialmente'un pequeño templo para el ejercicio del culto. La disposición del campo correspondía perfectamente al espíritu si- métrico de los egipcios. El sitio que debia ocupar era cuadrado y cer- cado de palos. Allí estaban los diferentes compartimientos destinados á las varias tropas, la tienda del jefe y un puesto especial para los pertre- chos de guerra. Habla sitios señalados para los ejercicios militares y para el culto, que estaban provistos de todo lo necesario. Considéranse los restos de una extensa muralla de cerco en la parte oriental del Nilo, á poca distancia de la antigua Tébas, como ruinas de un antiguo campa- mento. Los egipcios erigían como trofeos, en los países conquistados, columnas con inscripciones ó monumentos en los escollos, que repre- sentaban en relieve el retrato de los Faraones completamente armados. Las construcciones de guerra navales probablemente limitábanse á *os bajeles. En el tiempo más antiguo del nuevo reino, bajo Thutmés I, 54 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO á mediados del siglo XVII antes de C , el jefe supremo de las fuerzas marítimas ocupaba uno de los rangos más elevados en el Estado. La armada de Ramsés II calculábase en 400 bajeles bien tripulados. Unas pinturas que representan batallas navales no permiten dudar de ello. No puede saberse con seguridad si el fondo de los bajeles era llano ó cavado; tampoco es conocido su tamaño, pues las proporciones entre sus imágenes pintadas y los mismos bajeles son dudosas y vacilantes. Por lo que se desprende sin embargo de las imágenes, eran principal- mente galeras redondas bastante grandes. En la parte inferior colocá- banse los remeros. Estos y los arqueros, que estaban á bordo, tenian un amparo de fuertes paredes contra las armas arrojadizas del enemigo. El puesto del timonero estaba elevado en la parte superior, para que pu- diese fácilmente vigilar. La parte anterior del bajel estaba defendida por arqueros colocados detrás de un parapeto especial. La parte de la ga- via al contrario estaba ocupada por un arquero armado de honda. No habia más que un palo en esta clase de bajeles. Su especial adorno consistía en una punta que representaba una imagen simbólica. La construcción de los barcos habia ya llegado á desarrollarse en un tiempo muy antiguo. Las constantes inundaciones, á las cuales ha- bia siempre estado sujeto el país, debían contribuir esencialmente á su progreso. En los dibujos de las paredes de las más antiguas tumbas menfíticas, encuéntrase figurada la fabricación de los celebrados botes de papiro de los egipcios; en los monumentos más modernos se ven bar- cos de transporte mayores y construidos más convenientemente para su objeto. Estos últimos, de muy varios tamaños, están provistos muchas veces de cámaras, y en general de todo lo necesario para un bajel. Los barcos de carga comunes, de los cuales Erodoto ha dado una tan pun- tual descripción, á pesar de su forma sencilla, podían llevar muchos miles de talentos. Estos barcos mantenian un vivo comercio entre las diferentes comarcas del reino, recorriendo el Nilo. Además de los navios comerciales, estaba cubierto el rio sagrado por los botes sumamente varios y lujosos de los ricos y de las personas principales: estaban adornados ricamente con doraduras y pinturas de varios colores, y llevaban velas preciosas, también variamente tejidas. Antes de todos distinguíanse los botes de los Faraones y los de los ENCICLOPEDIA UNIVERSAL íi") pontífices. Llevaban un carácter simbólico y estaban cubiertos con los emblemas del poder soberano y con otros adornos geroglíficos. La descripción del profeta Ezequiel corresponde maravillosamente á esos bajeles cuando él habla de los pomposos navios de los tirios. Es pro- bable pues que tales botes, célebres acaso en los más antiguos tiempos, á causa de sus preciosos ornamentos, hayan servido de modelos á los regios botes egipcios. LOS UTENSILIOS Las formas especiales de los utensilios estaban menos sujetas que lo demás á los principios convencionales del arte egipcio. Parecen sin embargo en los monumentos, como dibujos puramente geométricos sin perspectiva, pero siempre figurados sin el menor sesgo linear, ó sean representados de frente ó de lado. Así especialmente los objetos redon- dos, entre ellos las vasijas, se conciben en una manera completa. Existe una infinidad de dibujos de utensilios: cada cuadro monu- mental ofrece ó añade algo más ó menos interesante á este caudal. En nada más que en esos objetos necesarios para el lujo y la comodidad, demuéstrase la influencia de la cultura asiática sobre el refinamiento de las costumbres de los egipcios. Durante la larga época del antiguo reino, contentábanse, como se desprende de las imágenes y de las ins- cripciones que le pertenecen, con los más sencillos productos de las artes mecánicas. La fabricación de los muebles, utensilios, etc., quedó limitada á lo puramente necesario. La necesidad, que todavía tenia por objeto el logro de productos naturales para la conservación de la vida material, ignoraba la molicie, el regalo, el lujo de una vida cómoda y descansada. Solamente después de haber utilizado la fertilidad del suelo, arreglado sus productos y asegurado por este medio la existencia, ocu- páronse los egipcios de los oficios mecánicos. Su desarrollo fue proba- blemente favorecido en aquella época remota por el cambio de las mercancías con los países del Asia anterior. Hacia el fin del antiguo reino, que fue su época más floreciente, empezó á despertarse y animar- se la más considerable actividad industrial. Testimonio de lo dicho son las imágenes de las tumbas de Beni-Hassan; representan en la manera 56 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO más completa las variadísimas ocupaciones de una clase industrial labo- riosa y legalmente organizada. Ignórase sin embargo cuales oficios te- nian origen egipcio, cuales extranjero. Los egipcios más modernos, que gozaban relacionarlo todo á su país, indicaban en la tradición á Isis y Osiris como inventores de muchas artes mecánicas. Por más activa que fuese en aquella época brillante la industria egipcia, quedó sin embargo muy atrasada, si se compara con los produc- tos del lujo, de los cuales fue enriquecido el nuevo reino por el Asia. De allí procedian como tributos, á lo menos para el tesoro y los pala- cios de los Faraones, toda clase de utensilios domésticos, muebles, va- sijas, alfombras, etc., comunmente, rica y preciosamente adornados. En ningún monumento egipcio encuéntrase la menor huella de la fabrica- ción de tales lujosos objetos, como están apuntados y representados en los catálogos de tributos de los pueblos asiáticos sometidos. La isla de Chypre y la Capadocia especialmente ofrecían, como queda dicho más arriba, preciosas vasijas primorosamente trabajadas; otros traían tributos de oro y ricas alfombras. Un tributo muy apreciado entre las armas procedentes del Asia, eran los magníficos, riquísimos carros de guerra. Solamente en los monumentos que pertenecen al nuevo reino, en- cuéntranse representados oficios relacionados al lujo, exceptuando sin embargo el arte del platero y joyero. Pertenecian especialmente á tales oficios los carradores, los ebanistas, los escritores, los pintores, los picapedreros y los zapateros. Al contrario en las tumbas de Beni- Hassan, había representados vidrieros, tejedores, trabajadores de cuer- das, zurradores, fabricadores de vasijas, etc., en el acto de ejercer su oficio. De estos diferentes trabajos, algunos hay representados en los monumentos del nuevo reino, en todo el desarrollo de su mecánica a c - tividad: además hay los que trabajan en metales, los plateros, los joye- ros y los fundidores, y especialmente los tejedores de telas finas para trajes. Los útiles de los diferentes oficios, á pesar de su variedad, queda- ron sin embargo generalmente sencillos y limitados á instrumentos cor- tantes y puntiagudos. Algo más desarrollados parece hayan sido los útiles de los carpinteros y de los ebanistas: desde el tiempo más anti- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 5T guo servíanse de hachas y martillos de diferentes formas; luego de cinceles varios, puntiagudos, redondeados y llanos, de varias sierras provistas de mangos. Estas últimas, como se desprende de diferentes dibujos, usáronse probablemente sólo durante el nuevo reino por todos los oficiales de esta clase; también la escuadra y el nivel fueron usados en tiempo más moderno, como lo atestiguan los geroglíficos, que indi- can también el empleo de varias clases de cuchillos para esculpir en madera, de pequeñas tenazas y otros aparatos menudos. Uno de los más importantes útiles para el carpintero y el ebanista, la barrena, parece haber pertenecido solamente á la nueva época. Los pintores y barnizadores, más estrechamente relacionados con los carpinteros y ebanistas, trabajaban comunmente con pinceles llanos, sacando el color de diminutas vasijas, donde cada uno separadamente estaba mezclado con cola, que conservábase líquida en una pequeña olla colocada sobre el fuego. Los escritores, que hadan sin duda los adornos geroglíficos sobre los armarios y cosas semejantes, llevaban todo su aparato, al cual pertenecía especialmente una larga paleta, en un elegante cesto que colgábase del brazo. Todos estos instrumentos ayudaron también á los demás oficios, especialmente á los zurradores y carradores. Los que trabajaban en pie- les, entre los cuales probablemente contábanse los zapateros, tenían además lesnas y agujas, el cuchillo encorvado que úsase todavía gene- ralmente y otros instrumentos llanos en forma de paleta. Para doblar y ablandar el cuero, servíanse parte de palos de madera ó de metal de varia forma y diferente tamaño, parte de aparatos de madera de tres ó cuatro pies, redondeados en la parte superior. Los picapedreros y los escultores usaban martillos, cinceles, plomadas y piedras amoladeras, los fabricadores de ladrillos á su vez, formas selladas oblongas, en las cuales amasaban el barro del Nilo con paja y luego le dejaban secar al sol ó en el fuego. Los olleros en barro, que parece hayan ya florecido en el antiguo reino, se servian de discos bajos y redondos, que giraban con la mano izquierda mientras la derecha daba la forma á la vasija. Luego colocá- banse las ollas sobre hornos elevados y oblongos para endurecerlas por medio del fuego. Los vidrieros usaban largas cañas á manera de fuelles. 5H GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Entre los principales aparatos de los trabajadores en metal—plate- ros, joyeros, fundidores y herreros—habia, además de los varios marti- llos, ganchos y tenazas, crisoles grandes y pequeños, formas, etc., mil varias clases de hornillos y balanzas. Aquellos, según su objeto, eran hornillos para soldar ó para calentar, ó verdaderas estufas de fuelles; estas consistían en odres de cuero cosidos, de los cuales desembocaban unos cañutos en el fuego. Pisábanse y levantábanse por turno, por me- dio de cuerdas, y así salia lo que no podia caber en ellos llevando el compás con el oficial que estaba encima de ellos. Las balanzas sin duda se desarrollaron de las primitivas, sencillas angarillas: eran necesarias para determinar el peso del metal. En el tiempo más antiguo tenían la sencilla forma de un travesano de dos piezas; más tarde hacíanse á veces movibles por medio de un anillo sujeto á un gancho; el gancho tenia comunmente la forma del mono sagrado (Kynoscephalus) símbolo de la igualdad del peso. Otra mejora de balanzas mayores consistió des- pués en añadirles una especie de péndola dirigida hacia abajo. Los tejedores, hiladeros y bordadores, que se ocupaban de la fa- bricación de las telas para trajes, estaban provistos con útiles corres- pondientes á sus objetos. Los primeros trabajaban, mientras duró el antiguo reino, hasta en su tiempo más floreciente, con telares cuadra- dos sumamente sencillos. Eran bajos, y por eso el oficio del tejedor sa- lia sumamente pesado. Con el principio del nuevo reino el telar llegó á ser más complicado y cómodo para el trabajador. Estaba colocado per- pendicularmente, y como se ve en el dibujo de las grutas sepulcrales de Eleithyia, poníase en movimiento más á manera de máquina. El trabajo de bordar y trenzar se hizo durante todas las épocas con telares cuadrados; hilábase con husos más ó menos elegantes. Muchos se en- contraron elegantemente formados con cañas trenzadas, en las tumbas egipcias. El trabajo del cáñamo y del algodón necesitaba muchos útiles; los principales eran peines de madera y recipientes para ablandar la mate- ria ruda, útiles en forma de tenedor, á través de los cuales pasaba el hilo, piedras puntiagudas sobre las cuales pasaba para igualarse, etc. Á tiem- po de Erodoto todavía ejercían especialmente los varones el oficio de tejedores y trabajaban sentados; antes, como lo prueban bastantemente algunas imágenes, el número mayor de tales obreros eran mujeres. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 50 Arrollábanse y limpiábanse las telas estregándolas y golpeándolas: para arrollarlas extendíanse en telares colocados perpendicularmente; la segunda operación hacíase por medio de una piedra llana sobre otra diagonal, ó por medio de un ancho y pesado instrumento de madera. Finalmente es digno de mención el oficio de cordelero: para facilitar el trabajo tenia un instrumento especial hecho á manera de cañas y provisto de un volante (ó péndola) muy pesado. El cordelero le tenia sujeto al cuerpo por medio de una cintura. Los cabos destinados á formar la cuerda, atados á la punta del aparato, durante su rápido movimiento giratorio, recogíanse por otro obrero, que los reunía, orde- naba y tiraba tiesamente. Los útiles relacionados al logro de los productos de la naturaleza, los instrumentos de labranza, los que se relacionan á la cria del gana- do, á la caza y á la pesca, conservaron, durante todas las épocas del reino, su antigua, sencilla forma. Ya en los primitivos tiempos habíase encontrado la forma correspondiente á su objeto. Nada tenia que ver el lujo en tales ocupaciones. Esencialmente los instrumentos de labranza, como están representados en los monumentos del antiguo y del nuevo reino, consistían en un azadón de madera, un arado y una guadaña. El primero servia á romper la tierra, y tenia una hoja en forma de pa- leta. El arado era una especie de azadón de tamaño grande, provisto de una estaca. Valíanse de él cuando el cieno del Nilo estaba demasiado endurecido y secado para trabajarle con el azadón. Á veces le arrastra- ban hombres, á veces toros. Estos últimos los sujetaban por medio de un yugo frontal atado á un timón prolongado por este objeto. Además de la guadaña, que sin duda debia ser de metal, para cortar los tallos, se servían, para recogerlos, de palos que acababan en forma de tene- dor, y aún de verdaderas escobas. Unas pequeñas horteras de madera servían después como trullas para separar los granos pisados por los toros de los zurrones. Los útiles para sacar y preparar el vino, el zumo de la cebada y el aceite se limitaban sencillamente á aparatos de prensa. Su perfecciona- miento perteneció sin embargo al tiempo más lujoso del nuevo reino. Las prensas para el vino de la antigua época, según las imágenes de las tumbas de Beni-Hassan, consistían en unos grandes odres de tejido 60 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO uniformes. Colgaban horizontal mente entre dos palos perpendiculares unidos en la parte superior por medio de una viga. Un odre estaba su- jeto á uno de los palos por medio de un lazo y atravesaba el otro á ma- nera de molinete movible. Servia á destacar el aparato del cual derra- mábase el líquido en unos recipientes oportunamente colocados. La prensa que usóse desde la décima octava dinastía para preparar el vino, formaba muchas veces una pequeña, elegante construcción. Elevábase á manera de dosel llano sobre cuatro pequeñas columnas angulares; debajo estaba un grande recipiente cúbico. Allí echábase la uva, y un cierto número de hombres la pisoteaban. Desde el dosel llano colgaban cuerdas que servían de sostenes á los trabajadores ocupados en pisotear la uva. Para sacar el aceite que contienen ciertas semillas había grandes morteros. Los útiles relacionados con la cria de las reses tenían principalmen- te por objeto el cuidado de la salud de los animales. La especial incli- nación y estimación que tenia el egipcio hacia ellos, aumentadas y conservadas por el culto, formaban del cuidado para la buena salud de las reses una especie de deber religioso. Trataban con mil atenciones tanto los cuadrúpedos como las aves. Los primeros herrábanse con el hierro del dueño para impedir que se cambiasen con otros. Los anima- les que casualmente nacian en el pasto ó que allá caian enfermos, los llevaban, encerrados en grandes canastas, detrás del ganado. Los pas- tores estaban provistos de palos y látigos; el pastor de las ocas llevaba el largo palo que acaba en gancho, el cual úsase todavía en todas partes. La caza tenia por objeto la presa y para los ricos era una mera di- versión, á la cual estaban muy aficionados. Tanto con un objeto como con otro hacíase en las mayores proporciones. Los instrumentos que á ella servían variaban según el género de la caza; sin embargo el arma más común para cazar era el grande arco egipcio, cuyas flechas eran parte puntiagudas, parte embotadas: las últimas servían para aturdir al animal. La caza de los llamados caballos del Nilo y la de los cocodri- los tenian aparatos especiales: entre ellos harpones de varias formas, fuertes maromas con anzuelos, varas de metal, etc. La caza de los pá- jaros era una diversión favorita: cogíanse con palos encorvados y con redes de vario tamaño y de forma especial, provistas de cebo. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 61 La pesca tenia también dos objetos, según las personas que se ocu- paban en ella: el provecho y el placer; llegó á ser, especialmente du- rante el nuevo reino, la diversión preferida de los grandes; se perfeccionó particularmente en la forma más elegante de sus aparatos. Mientras los útiles de los verdaderos pescadores eran sumamente sencillos y faltos de artificio, los útiles de los ricos eran primorosamente trabajados y casi siempre pintados con adornos de varios colores. El instrumento más importante de la pesca era un largo palo de hierro, el cual acababa con una punta encorvada ó con dos. A veces juntábanse tales palos por medio de cuerdas, que permitían ensanchar ó estrechar, según conve- nia, el intervalo que pasaba entre los dos y lanzarlos juntos. Además de esta arma y de harpones menores, servíanse de anzuelos hechos á manera de vara con una ó más cuerdas. Finalmente habia un grande número de redes de varia forma y de vario tamaño: eran tejidos de biblus, de palmera ó de otras plantas, provistas, según su objeto especial, de zoquetillos de nado ó de piedras ó plomadas. Los muebles y utensilios de los grandes y de los ricos (pues sola- mente estas clases disfrutaban las comodidades domésticas) desde el tiempo más floreciente del antiguo reino, en el cual la industria habíase muy animado, habían llegado á un grado extraordinario de variedad. El adorno casi sobradamente rico de los monumentos erigidos después de la restauración del dominio de los Faraones, representa todavía el caudal de tales objetos en una muestra admirable. La exactitud y el es- mero con que están representados también los útiles domésticos, prue- ban el interés con el cual se miraban semejantes cosas: considerábase digno de memoria lo que parece más insignificante: todo pintábase con igual cuidado, los sencillos utensilios de la cocina como los más lujosos vasos, los más pomposos muebles con los cuales los ricos adornaban sus habitaciones y los Faraones sus templos-palacios. Los carniceros, los panaderos y los cocineros con todos los útiles relacionados á su ofi- cio como los artistas que se ocupan en el estudio de lo bello, están re- presentados fielmente para la posteridad. Los útiles de cocina destinados á guisar los manjares, como se ven en las tumbas del tiempo más antiguo, estaban en su origen limitados 62 GALERÍA DEÍ, ARTE DECORATIVO á un corto número de objetos. Sobre reducidos hornillos guisábase en cacerolas de forma especial, pero correspondiente á su objeto, que debían ser probablemente de metal. Otros recipientes había de mayor tamaño, en forma de tazón, y estos eran acaso de barro. Asaban las aves con un asador, también en aquella época antigua, debajo de una especie de grande apagador. Las mesas eran pequeñas, bajas y tenían un solo pié; sobre ellas, sin más plato, llevábanse los manjares: un ancho cuchillo servia para partir la carne. Después de las más íntimas relaciones de Egipto con el Asia, el aparato de cocina, como se ve en un cuadro que adorna la pared en la tumba de Ramsés III, (i 200 antes de Cristo), hizo un notable progreso en el tamaño y en la forma. En lugar de los citados antiguos y sencillos útiles de cocina, hubo un grande número de varias cacerolas y ollas con mango, que descansa- ban, según era necesario más ó menos calor, sobre pies altos ó bajos. Estos útiles como una multitud de recipientes ventrudos, provistos de mangos, de morteros de madera ó de piedra, de cestas llanas y redon- das, de aparatos para filtrar, de forma cónica, de odres de prensa, de escudillas, de hornillos especiales y formas para pasteles, hacen conjetu- rar un refinamiento acaso asiático en la cocina egipcia. Aumentándose y perfeccionándose el conjunto del aparato gastronómico, este mismo aparato fue adornado con mayor elegancia. Los recipientes tuvieron una forma más bonita y se engrandecieron las mesitas destinadas á llevar los manjares, y estas eran muchas veces de ébano precioso. Cuidábase muchísimo el ornamento de los platos y de las mesas que cubríanse de flores en las fiestas; los mismos manjares tenían formas elegantes y artísticas. Los recipientes destinados á un uso frecuente eran por lo común de barro; algunos de color gris secados al sol, otros al fuego y barniza- dos. Empleábanse, para formar recipientes mayores, además del barro, materias vegetales y animales, especialmente pieles: las plantas servían para hacer varias clases de canastas, las pieles para odres de agua. El vidrio mismo servia, como se desprende de objetos encontrados en las tumbas, á usos comunes. Finalmente las piedras semi-preciosas, los metales nobles é inferiores proporcionaban un rico material para los recipientes artísticos y lujosos inventados por el capricho y la vanidad. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 63 La forma más generalmente adoptada para recipientes verdadera- mente egipcios (pues muchos objetos de esta clase procedían de países estranjeros) era la de un huevo de avestruz: sin duda habia servido en los tiempos primitivos como recipiente, y por eso mismo su forma sir- vió de modelo. Solamente en la décima octava dinastía se generaliza- ron también otras formas: el tipo general es la calabaza redonda y par- tida, lo que indica su origen asiático. El mayor número de los recipientes sacados de las tumbas más antiguas, conservan la forma característica del huevo. Con el creciente lujo y el refinamiento en las necesidades de la vida, se relacionó naturalmente el número y la variedad de los recipientes; sus formas, su materia y sus adornos correspondían por un lado al objeto para el cual estaban destinados, por el otro á la riqueza de los grandes y á la habilidad de los obreros. Para conservar, y especialmente para transportar los líquidos, ser- víanse los egipcios de los citados odres de piel, de cántaros de barro ó de una especie de cubos con mango; eran de tierra endurecida al fuego, de madera y de metal. Para la evaporación del agua del Nilo con el objeto de conservarla fresca y potable, parece que los egipcios empleasen, desde los más antiguos tiempos, los cántaros de barro del Nilo que sir- ven generalmente para el mismo uso aún en nuestros días. Colocábanse, para dejar libre el paso al aire por todos lados, sobre estantes especiales. Los recipientes menores de vidrio, que tenian forma de botellas, esta- ban á veces guardados por una capa de juncos entrelazados. Además de tales recipientes destinados á los usos comunes, entre los cuales van contados las vasijas de barro para el vino en forma de huevo y varios recipientes ventrudos con mangos, la vajilla de la mesa representaba una parte importante y á veces preciosa de las alhajas ca- seras en Egipto. Á tiempos de Erodoto, y sin duda antes de su llegada en aquel país, allí bebian en tazas de bronce, que limpiábanse cuidado- samente cada día. Por lo demás, había vasos grandes y pequeños de vidrio ó de metal, tazas, copas de las mismas materias. Los recipientes mayores servían para poner en la mesa grandes cantidades de líquido, los menores para beber. Un lujo especial se desarrolló en estos últimos: estaban formados muchas veces á manera de flores abiertas, con base 64 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO redonda, que necesitaba un sostén especial de madera. Habia también elegantísimas copas de oro con mango y vasos que acababan en una ca- beza de animal; estos hacíanse de barro ó de metales nobles. Sin embar- go todos estos objetos eran trabajos asiáticos; especialmente las tazas que distinguíanse por los sencillos pero elegantes ornamentos lineales. Los egipcios esplotaron muchísimo los productos asiáticos en lo que se refiere á los recipientes de barro y de metal. A ellos debieron, además de las citadas copas, las formas más elegantes y artísticas de jarros y recipientes de toda clase para refrescar. Los tributos de los cuales hemos hecho tantas veces mención, ofrecidos á los Faraones por los Kefa y los Retennu de Chypre, y procedentes de la Tierra Santa, proporcionaban los verdaderos recipientes de lujo de su tesoro. Eran tazas y jarros de oro de grande tamaño; estaban adornados con cabezas de animales, figu- ras humanas y arabescos de flores; muchos tenían el ornamento de una preciosa pintura de esmalte en varios colores. Los recipientes proceden- tes de los Retennu distinguíanse por la fiel imitación de los más varios objetos naturales, pero su estilo era pesado. No cabe duda que muchos entre tales objetos no fuesen destinados á contener el vino en ciertas solemnidades regias. Otros utensilios para gozar de las bebidas consistían parte en largos vasos de bronce ó de madera, parte en cucharas pequeñas de muy va- riadas formas, copitas dobles y graciosas salseras. Entre todos estos objetos distinguíanse las cucharas y las salseras por su delicado trabajo: sus mangos tenían casi siempre forma de hombres ó animales, á veces representaban completamente un ave nadando. En este último caso el cuerpo era el mismo vaso, la cabeza y el cuello el mango. Estos utensi- lios, de los cuales se pueden ver muchos bien conservados en cualquier grande museo, parecen pertenecer al tiempo menos antiguo, es decir, á la época griega y romana. Finalmente á la vajilla de mesa pertenecían grandes soperas y escu- dillas con tapas cónicas. Como se desprende de varias imágenes monu- mentales, estaban cubiertas con un tejido de varios colores, de cañas ó de juncos. Es probable que en ellas se pusiesen también los manjares sólidos; pero comunmente, también en el tiempo en el cual el lujo y el refinamiento se habian generalizado, parece que estos últimos fuesen co- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 6á locados, sobre largas bandejas ó grandes platos. No habia ni tenedores ni cuchillos: todos los manjares estaban convenientemente partidos y se llevaban á la boca con la mano derecha. Los muebles tienen la misma relación industrial con el Asia anterior que los recipientes: los más lujosos, los más artísticos procedían de allí. Esto está probado, aún sin testimonio escrito, por la correspondencia de su estilo con el de los citados recipientes asiáticos. Las materias principales que servian para hacer muebles eran la madera y el metal. Los dos servian especialmente para lo que se llama armazón: para adornarlos empleábanse, además de los palos preciosos y raros de varios colores, el marfil, y los plateros y pintores en esmalte contribuían á hacerlos ricos y elegantes. Telas de bonitos dibujos, cuero prensado, pieles de animales utili- zábanse para mantas y fundas; los tejidos de cañas ó juncos servían principalmente para llenar sillas y colchones. Los asientos en su más antigua y sencilla forma, consistian gene- ralmente en esteras de juncos ó en banquillos bajos, á manera de col- chones, y macizos sostenes cúbicos, á veces compuestos de varillas de caña. Los asientos especialmente, desde el ensanchamiento del reino egipcio hacia el Asia, llegaron á adquirir más pompa y comodidad. Además de los antiguos, se generalizaron pequeñas sillas, probable- mente de metal; otras luego muy varias, á veces adornadas con pies de animales, provistas de cojines. Desde aquel tiempo usáronse también sillas de tijeras con cojin ó asiento de cuero movible. La natural incli- nación á la comodidad, propia de todos los orientales y también de los egipcios, hizo dar la preferencia á los sillones provistos de cojines. Eran una parte principal del moviliario de los grandes y ríeos. Habia tales sillones con dos asientos, como para el esposo y la esposa, grandes y cómodos como un sofá. Así como las moradas de los Faraones distinguíanse en todo por la excesiva riqueza y la pompa exterior, durante el nuevo reino, lo mismo puédese decir de sus muebles. Sus sillones ostentaban ricos trabajos de cinceladura y cojines magníficamente bordados en varios colores. Algu- nas sillas, aunque sencillas en la forma, estaban cubiertas con una lámina de oro esmaltada primorosamente en varios colores. Los sillones 66 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO ó tronos, que procedían del Asia con otros tributos, (en los cuales los pueblos sometidos, como también en algunos recipientes, se represen- taban á sí mismos como prisioneros, sea que tal fuese su costumbre, sea que fuesen obligados á eílo) dejaban atrás cualquier otra cosa por su riqueza y su pompa. Los escabeles para los pies, que los acompa- ñaban, llevaban análogas imágenes y no eran menos lujosos que los sillones. Correspondían á los asientos las mesas, de uno, dos, tres ó cuatro pies, en el desarrollo de la riqueza y del precioso trabajo. Desde las macizas mesas en forma de templos, de madera ó de piedra, habia las lijerísimas de metal de todo tamaño. Las mesas más antiguas consis- tían en una tabla redonda ó cuadrada, que descansaba sobre un pié bajo y redondo. Elevándose las sillas, eleváronse también las mesas. Muchas veces semejantes muebles iban decorados de pequeñas placas de marfil y de ébano. Las camas y sofás de los grandes eran muy cómodos y en parte cubiertos de ricos almohadones. Habia algunos con espaldar, otros sin él, tenían sostenes especiales para la cabeza, como se usan todavía entre los indígenas del África oriental y occidental, cuando se acuestan para dormir. Tales sostenes, más ó menos ricos, eran de madera ó de piedra, algunos de ellos provistos de un cojín de cuero ó de otra materia más blanda, otros sin él. Subíase á la cama, que comunmente era alta, por medio de peldaños de madera. Antes de acostarse, cubrían la cama con mosquiteras para ampararse contra los insectos. Los armarios y las arcas parece ocupasen el puesto menos impor- tante en las casas. Allí encerrábanse los trajes de telas delgadas, que ocupaban poco lugar, y sobre todo las alhajas preciosas. Los adornos de tales armarios, especialmente de los destinados á encerrar joyas, no eran menos y á veces eran más ricos que los de los citados muebles. En ellos también habia ornamentos de preciosos palos de varios colo- res, de marfil, de placas y botones de metal para cerrar; hasta había algunos de oro, en forma de cestitas con mangos. Un gran número de pequeños armarios de palo servían especialmente para encerrar objetos de tocado. Habia en ellos comunmente varios compartimientos, y osten- taban preciosas esculturas. Muchos se pueden ver hoy día en los museos ENCICLOPEDIA UNIVERSAL (17 de Berlín, Londres, Turín y Leída. En estos mismos museos consérvase también una multitud de objetos partenecientes al antiguo tocado egip- cio, que prueban, como los dibujos monumentales, el sumo cuidado que tenían los egipcios del aseo del cuerpo. Lo más importante para este cuidado eran preciosas bañeras y bacías de piedra ó de metal (los Faraones las tenían de oro); luego aparatos completos de afeites, peines de palo ó de hueso esculpidos, espejos y navajas. Las cajitas que contenían el afeite oscuro para los ojos y la sonda correspondiente, tenían variadísimas formas. Á veces eran dimi- nutos templos, figuras humanas escogidas, cilindros adornados, etcé- tera. Igual lujo reinaba en los tarros de bálsamos y más en los espejos. Los primeros estaban formados de las más raras y duras piedras, los segundos, de metal, muchas veces de metales nobles, tenían un mango cincelado, pintado de varios colores. Los espejos guardábanse en un estuche de cuero para que no se empañase su luz brillante y perfecta- mente pulida, que tenia la forma de una agigantada lanteja. Escritores hay de la antigüedad, los cuales refieren que los egipcios no cuidaban solamente el lujo que adorna el cuerpo, sino también y esencialmente lo que se relaciona á su salud y conservación. Esto está probado por un sin número de aparatos médicos y quirúrgicos, y por algunos manuscritos de ciencia médica que fueron encontrados en el curso del tiempo. En el museo de Berlín, además de otros semejantes objetos, guárdase una entera farmacia doméstica, que pertenecía á uno de los Faraones del nuevo reino. Lo que se refiere al alumbrado se limitó probablemente hasta el tiempo de la dominación griega, á lámparas en forma de tazas y can- delabros. Sin embargo, como se desprende de un cuadro de pared, usábanse también unos pequeños faroles ó linternas colgantes. Desde la toma de los Griegos, acaso desde Psamético I (663-609 antes de Cristo) se generalizaron, como otros utensilios de Grecia, las lámparas encerradas de barro y de bronce usadas en ese país, que tenían las for- mas más variadas. Los escritos y las imágenes monumentales más hacen conjeturar de lo que prueben claramente, la influencia de la anti- gua cultura asiática en el desarrollo y refinamiento de los placeres de la vida entre los egipcios. Parece sin embargo sea cierto que tales pía- 68 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO ceres quedaron más físicos que espirituales. Adviértese en eso también una creciente relación en su desarrollo hasta el completo aniquilamiento de la nacionalidad egipcia. Los cuadros sepulcrales de Beni-Hassan que caracterizan, para decirlo así, el sistema de vida durante la época más floreciente del anti- guo reino (en oposición á las imágenes de las pirámides, que conservan el recuerdo de las más antiguas, sencillas costumbres), representan á Egipto entregado á la alegría y á los goces materiales. Allí están repre- sentados, además de la actividad industrial, las más variadas diversio- nes y placeres públicos y domésticos del pueblo. Charlatanes, saltim- banquis, bailarines, músicos, bufones y hasta el enano como personaje cómico divertían á los espectadores con sus habilidades. Es cierto que muchos de esos artistas masculinos y femeninos, que sin duda traba- jaban para ganarse la vida, corresponden muy poco al verdadero tipo nacional egipcio. Parecen más bien estranjeros, especialmente proce- dentes del Asia. Es pues probable que ellos hayan hecho conocer á los egipcios muchísimos aparatos de juegos, entre los cuales un crecido número de instrumentos musicales variadísimos. Diodoro asegura que medianamente estimábase la música en Egipto en aquella época, mien- tras es muy probable tuviese este arte, en tiempo mucho más antiguo, un desarrollo, acaso enteramente nacional, favorecido y dirigido espe- cialmente por los sacerdotes, y cuyo objeto era el culto religioso. Como se reconoce por las imágenes monumentales, desde fines del antiguo reino, conocíanse ya en Egipto casi todos los instrumentos, que todavía allí se usan, de toque, de viento y de cuerdas. Los primeros exís- tian desde el tiempo más remoto; el verdadero perfeccionamiento de los últimos pertenece á la citada época, y principalmente al nuevo reino. A los más antiguos instrumentos en general pertenecían sin duda ciertos maderos destinados á llevar el compás. Originariamente de for- ma muy sencilla, llegaron á ser una pareja esculpida con elegancia. Ni menos antiguo era probablemente el uso de los tambores. Parte los tocaban, como todavía los que llámanse Darabukkeh, con la mano, parte con varitas que acaban en forma de ganchos. Los tambores mayores, de forma redonda, ancha ó prolongada, eran una especie de cajones rodeados de cuerdas tiesas con pieles tiradas exactamente ENCICLOPEDIA UNIVERSAL (19 en los dos lados. Las bailarinas además usaban bacías de metal ó cím- balos, y sobre todo tamboriles redondos y cuadrados. Un instrumento consagrado principalmente al culto religioso, era el sistro. Durante el nuevo reino llegó á ser más rico y más adornado. Comunmente era de bronce, decorado con la cabeza ó la figura del dios Tifón, á veces también con la imagen de Hathor, la Venus egipcia. Los instrumentos de viento se limitaron en todos los tiempos á flautas largas ó cortas, dobles ó sencillas, silbatos pequeños y trompetas. Las flautas, como lo demuestran algunas existentes y bien conservadas, eran de palo, las trompetas, como se lee en el cuarto libro de Moisés, de lámina metálica. Los instrumentos de cuerdas al contrarió desarrolláronse con el curso del tiempo, en una extraordinaria variedad de formas y adornos. Contemporáneamente formáronse conciertos de flauta, lira, arpa y gui- tarra, cuyo compás llevaban los ya citados maderos ó el palmoteo de algunas mujeres. Por las imágenes de las pirámides, parece haya sido el arpa el más antiguo instrumento de cuerdas egipcio. Su forma comunmente era la de un arco con un reducido número de cuerdas. No es improbable que indique su origen primitivo, el arco que resuena armado de la cuerda. Su verdadero desarrollo limitóse á la añadidura de un puentecillo. En las tumbas de Bení-Hassan apercíbese un decidido progreso en la construcción de ese instrumento. Consistia esencialmente en el em= pleo de la resonancia cavada y además en la forma más conveniente á su objeto de las vértebras: todo el conjunto finalmente era más cómo- do, y los adornos habían llegado á mayor elegancia. A pesar de tales mejoras, de la mudanza en la forma de las arpas, que tuvieron lugar á fines del antiguo reino, conservaban una cierta pesadez disforme: sola- mente á principios del nuevo reino empezóse á usar una construcción más lijera, á disminuir su peso, sin duda ensanchando conveniente- mente una verdadera resonancia. Desde entonces ocuparon el lugar de esos antiguos, pesados instrumentos, arpas menores de varios tamaños. Donde se conservaban aquellas formas, se las acompañaba sin embargo con una resonancia más oportuna. En la misma época uníase el ruido de los grandes tambores de metal con el sonido de la cuerda de crines, 70 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO y componíanse verdaderas arpas-tambores. Como ya lo hemos obser- vado, durante esta nueva época tuvo lugar una grande mudanza en las formas de las arpas. Se inventaron arpas triangulares en variadísimos tamaños, y de distintas formas no menos varios fueron los siste- mas para la colocación y el número de las cuerdas. De seis llegaron á ser veinte y dos. Los últimos tiempos fueron fecundos en formas origi- nales. Había grandes arpas á manera de liras, habia pequeñas de forma arqueada, sostenidas por una especie de facistol, que se debían tocar estando de pié. Las arpas en forma de lira están representadas en algu- nos cuadros en unos templos de Denderah. Muy varios naturalmente eran los adornos artísticos de esos instru- mentos, los cuales hacíanse comunmente de palo, á veces cubiertos con cuero aprensado, pintado en varios colores. Las arpas más lujosas y más esmeradamente trabajadas eran aquellas que se destinaban al ser- vicio de los templos y de las capillas reales. Llevaban, como los demás muebles del regio alcázar, riquísimas doraduras, pinturas de varios colo- res y adornos simbólicos en relieve. Pero también estas grandes, pre- ciosísimas arpas, como en general todas las arpas egipcias, á pesar de su riqueza, echaban de menos el afinador, falta que no permite suponer hubiese armonía en el conjunto de su música. Desde la duodésima dinastía se empezó á generalizar la lira. Los comerciantes asiáticos representados en las tumbas de Beni-Hassan, los cuales eran de la tribu de Aamu, llevan la lira. Su desarrollo en mayor tamaño con doble resonancia y mudanza de cuerdas, pertenece al nuevo reino. Se han conservado algunas de estas liras, cuidadosa- mente trabajadas en madera; especialmente el musco de Berlín posee una que es perfectamente conservada. Las liras y otros instrumentos semejantes á guitarras ó laudes, que pertenecen á la misma época, algu- nos de los cuales se encontraron en las tumbas egipcias, tocábanse con un plectro. Los aparatos de juegos relacionados con la vida social no sufrieron menos variedad que los instrumentos musicales. Había bolas, aros y otros juegos semejantes de toda clase. En los círculos más elevados, también en la corte de los Faraones, entreteníanse preferentemente con un juego muy parecido á nuestro ejedrez. Jugábase sobre una tabla, que ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 11 estaba repartida en cuadrados, por medio de unas piedrecítas' de varios colores ó con figuritas cónicas de palo, y los jugadores no podían ser más que dos. También se encontraron dados muy semejantes á los que úsanse todavía y cuyo uso no puede ser dudoso. Finalmente unos pequeños juguetes que fueron encontrados con momias de niños, demuestran que los egipcios se cuidaban hasta de las diversiones infantiles. Tales objetos consisten antes de todo en muñecas con miembros movibles y no movibles, luego figuritas de palo que representan animales, bolas de cuero y de piedra, arcos, conos, etc. Plutarco dice que los niños podían entregarse á sus juegos en los patios anteriores de los templos. Los muebles más íntimamente relacionados con la vida del Estado, tenían generalmente un sentido simbólico, que determinaba en lo más esencial su forma y sus adornos. El trono real, el mueble más noble, símbolo de la dominación, con- servó en el antiguo Egipto su sencilla forma del asiento cúbico: los adornos que le decoraban, tanto por la riqueza como por la variedad de colores, soprepujaba en pompa á todos los demás muebles. El asien- to, cubierto con una lámina de oro cargada de espléndidas pinturas esmaltadas, llevaba además una preciosa almohada y elevábase sobre una ancha base de varios escalones, la cual ostentaba no menos lujosos ornamentos esmeradamente trabajados; los más importantes eran unos gerogííficos que se relacionaban á la persona del soberano y á su sobre- natural dignidad. Un dosel sostenido por cuatro pequeñas columnas angulares con capiteles que formaban la flor del loto, cubria entera- mente el conjunto con un cielo raso llano, pero lijeramente inclinado hacia fuera, acababa con pompa análoga el simbólico mueble que repre- sentaba el poder ilimitado del Faraón que debía ocuparle. Un sentido igual, casi una imagen sensible del dominio y especial- mente de la sagrada persona del monarca, eran los tronos-sillones de los reyes, que podían llevarse de un sitio á otro. En las procesiones solemnes y en los triunfos mostrábase el Faraón en esos pomposos sillones, llevado por los principales grandes del reino. El buitre sagrado con el disco solar, como símbolo de la grandeza y de la sabiduría, la esfinge de pié con doble corona, que significaba el soberano de los dos 72 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO mundos, el león, como emblema del valor y de la fuerza, luego series de serpientes formaban el principal adorno de este mueble comun- mente trabajado en oro ó á lo menos dorado. En lugar del dosel, cubría- le una clase de sombrilla llana, que amparaba al monarca y á veces también á su real esposa. También las sillas portátiles ó palanquines de los grandes de la corte, de los cuales ya se servían á fines del antiguo reíno como de cómodo medio de transporte, estaban, según correspondían al rango de su dueño, adornados con ornamentos simbólicos. Un abrigo á manera de escudo, relativamente elevado, podia sujetarse sobre tales sillones para amparar al dueño del sol, y un criado le tenia preparado para ese objeto. El carro, que probablemente fue introducido bajo la décima octava dinastía, y era procedente del Asia, entonces fue el medio de transporte más comunmente usado, y llegó á su mayor desarrollo aumentando en los Faraones la afición al lujo y á la pompa, afición propia también de los grandes. El carro de guerra especialmente, como estandarte, para decirlo así, de una división del ejército más favorecida, llegó á ser para ella el objeto más lujoso de su armadura. El real carro de guerra ostentaba naturalmente la mayor riqueza tanto en su conjunto como en sus diferentes partes. El fondo de oro con pinturas simbólicas de varios colores, armas preciosísimas, y espe- cialmente el riquísimo aparejo de los caballos, distinguian el carro regio de aquellos de los generales. En él había cuatro ó más cajones ó arma- rios donde colocábanse las flechas, las javelinas, las clavas, etc.; tales cajones ó estuches colgaban simétricamente á los dos lados del carro. La construcción de todos esos carros, dejando á parte el exagerado lujo de sus adornos, era esencialmente muy sencilla. Consistía en la unión de la caja que descansaba sobre un eje, con el timón. La mayor posible lijereza era en tales carros la principal condición. Pues formábase la armazón del carro, como lo prueban claramente algunos antiguos carros egipcios muy bien conservados, con fuerte madera ó metal y cubríase con. cuero, finas láminas de metal y cosas semejantes. Las ruedas, fuer- temente sujetas á las distintas partes, tenían á veces cuatro, más fre- cuentemente seis rayos. Estaban unidas al eje por medio de un clavo. liNCICLOI'EDlA UNIVERSAL •;:! Los caballos, comunmente una sola pareja, enganchábanse al timón por medio de un yugo que llevaban á espaldas. Atábase el yugo al timón por medio de correas sujetándolas á un gancho del mismo timón ó uníase á él por medio de un largo y fuerte clavo de metal. Las bri- das, cuyo manejo era lo más importante en un aparejo tan lijero y libre, guiábanse por medio de anillos sujetos á las correas que atravesaban el pecho de los caballos, para mayor seguridad. Por lo demás, el freno era bastante largo para que el guerrero pudiese con él ceñirse el cuerpo durante la pelea, lo que en efecto hacia. La caja del carro era mediana- mente grande: no cabian más que dos personas, el guerrero y el cochero. Este, para animar los caballos llevaba un látigo de uno ó dos cabos, ó bien un azote elegantemente pintado; este último comunmente colgaba de la muñeca derecha. Más tarde hiciéronse, además de los carros de dos ruedas, otros de cuatro groseramente construidos. Por lo común, servían á transportar cargas pesadas ó armas y utensilios de guerra. Parece no fuesen esos carros de un uso muy general; construíanse sin duda siempre allí donde hacían menester. Luego las armas que servian para sitiar las plazas ó castillos, aún en la época más belicosa, eran asaz sencillas. Consistían principalmente en una especie de techos formados á manera de escudos, sostenidos por un sólo palo, unas pequeñas cabanas de palos cubiertas probablemente con esteras ó pieles de animales, grandes y pesados espadones y largas escalas de madera con altos peldaños. El aparato religioso, aunque tan sencillo originariamente, tomó sin embargo con el creciente lujo el carácter de la más rica y espléndida pompa. El culto, fundado, á no dudarlo, en la contemplación más bien material que espiritual de la naturaleza y de la fuerza productora del país del Nilo, era ciertamente desde los tiempos más remotos una mani- festación más bien física que moral. Favoreció á los sacerdotes la riqueza, el lujo que rápidamente fue creciendo desde la restauración del dominio de los Faraones. Derrocharon tesoros inmensos para proveer los templos de todos los objetos relacionados al culto. Sus grandes procesiones públicas, los sacrificios y las fiestas llegaron á ser grandio- sas esposiciones de sus riquezas. El efecto que producían era el embo- bamiento de los sentidos, la admiración y el respeto más profundos. "74 GALERÍA D E L ARTE DECORATIVO Parece que hasta el misterioso culto que celebrábase en el interior de los templos, desde la décima octava dinastía, no haya carecido de la pompa más deslumbrante. Una riqueza especial desarrollóse luego en las estatuas portátiles de los dioses: llevaban trajes sumamente preciosos. Había camareros espe- ciales (Hierostoles ó Estolistas) que servían aquellas imágenes como si fuesen unos seres vivientes. Los medios de transporte destinadosáesas estatuas no eran menos lujosos y ricos. Eran una especie de nichos ó relicarios en forma de pequeños templos, trabajados á manera de mosai- co y adornados con pinturas de varios colores. Las estacas que servían para sostenerlos en las procesiones, estaban doradas. En los templos colocábanse sobre bases de madera ricamente adornadas. Entre los más grandes é importantes relicarios de esta clase había unos en forma de botes. Uno de tales botes, destinado al oráculo, adornaba, cual agigan- tada ofrenda de Ramsés II, el templo grande de Amon en Tébas. Dio- doro refiere que tenían 280 varas de largo: el bote, enteramente cons- truido con la preciosa madera del cedro, estaba plateado interiormente y dorado al exterior; le rodeaban adornos de plata colgantes, y la esta- tua del dios que llevaba era casi enteramente cubierta de piedras pre- ciosas. Botes semejantes, no menos ricamente adornados, servían para las procesiones en el agua; en uno de estos llevábase siempre el nuevo buey Apis, con espléndido séquito, á su morada en Ménfis. Los' objetos que servían para los sacrificios ofrecían bastante ocasión de pompa: la grande variedad de las ofrendas y de las ceremonias rela- cionadas á ellas producía también grande variedad en los mismos útiles. Primero adornábanse ricamente los altares y las mesas de sacrificios: algunos eran macizos, otros á manera de estantes; los primeros eran ó de piedra ó de madera, los segundos de madera ó de cañas. Los altares de piedra servían para ofrecer víctimas que debían quemarse ó dego- llarse, los de madera para las demás ofrendas sin derramamiento de sangre. Los de piedra estaban adornados en relieve con imágenes de víctimas y ofrendas, los de madera con cuadros geroglíficos, sentencias, plegarias, etc. Los demás útiles para los sacrificios, cuchillos, tazas para recoger la sangre y para las libaciones, eran comunmente de oro ó de plata. Las ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ","> formas de las tazas variaban muchísimo según los líquidos que debían contener: algunas eran dobles, otras pequeñas, ventrudas y cubiertas con una tapa llana. Para transportar el agua sagrada del Nilo, que nun- ca debia faltar en un sacrificio, usaban pequeños cubos de bronce deco- rados con representaciones simbólicas; para ofrecer los perfumes habia bacías de oro en las cuales el sacerdote lanzaba con mucha destreza las bolitas de perfume que guardábanse en un tarro ó cajita. Instrumentos musicales ríquísimamente adornados, de los cuales ya hemos hecho mención, acababan el inventario del templo, sin contar un gran número de objetos simbólicos que servían para los misterios. Su sentido originario piérdese en la antigüedad, ni se puede descubrir acertadamente por medio de las imágenes monumentales. Un mueble de grande tamaño, que tenia un sentido simbólico, rela- cionábase al culto de los difuntos. La operación de embalsamar los cuerpos, ya por sí de un crecido precio, y que tenia tres grados en el gasto, necesitaba un aparato especial. Este aparato llevaba como el mismo oficio, del cual ocupábanse los sacerdotes inferiores, el carácter de la santidad. La antiquísima forma de un instrumento cortante habíase conservado, sin duda tradicionalmente, en la piedra etiópica, hecha á manera de cincel, con la cual únicamente era lícito abrir un cadáver, y duró hasta en los últimos tiempos. El precio de la embalsamacion y del vendaje, el cual, como refieren Diodoro y Erodoto, variaba de 1921 á 5764 pesetas (según la moneda moderna), no era más que el principio de los extraordinarios gastos de los funerales. Una segunda expensa no menos notable causaban los sacrificios, el acompañamiento, etc. Cuanto más lujoso este último, con más gloria se figuraban que el muerto se separase de la vida y con más satisfacción pudiese quedarse en la eterna morada. Después que el cadá- ver habia sido convenientemente llorado en la casa por las mujeres y consagrado por los sacerdotes de los muertos, que llevaban la careta del perro Anubis, colocábase en el ataúd comunmente pintado con primor y metido sobre una especie de carro arrastrado por toros sagra- dos, llevábase, acompañado de un largo séquito de sacerdotes, amigos y conocidos, hasta el Nilo. Allí atravesaba él rio para llegar al cemen- terio colocado á occidente. Allí entregábase al eterno descanso, con 16 GAUCHÍA DFX AKTE DECORATIVO especiales ceremonias, después que el tribunal de los muertos, compuesto de sacerdotes, habia fallado la sentencia sobre la conducta del muerto durante su mortal carrera. Apreciábase muchísimo que el ataúd estuviese sólidamente cerrado y decorado con el mayor lujo. Este cuidado no limitábase al sólo cadá- ver, sino extendíase á las entrañas igualmente momificadas. Sin embargo, la mayor pompa ostentábase en el sarcófago. En todas las épocas del reino hiciéronse de tierra quemada ó de madera. Bajo el reino antiguo tenian principalmente la forma de diminutos templos ó de armarios oblongos, cubiertos diagonalmente con pinturas laterales de varios colo- res, en forma de latas. Más tarde usóse también la forma de cofres de madera con adornos clavados, luego grandes sarcófagos de granito con tapa dónde estaba esculpida una momia. Los sarcófagos de piedra, como los más preciosos, debían encerrar únicamente los despojos de los reyes y de los grandes. Algunas veces esculpíanse en su derredor grandes geroglíficos, que se relacionaban á la defunción del muerto ó á cosas análogas. Los grandes no se contentaban con encerrar la momia en una especie de estuche de lienzo acartonado y pintado, que imitaba su figura, ni con un sólo sarcófago; á veces escogían hasta tres ó cuatro de la última clase más preciosa. Una gran parte de los objetos empleados en la fúnebre solemnidad, entre ellos especialmente algunas cosas á las cuales estaba aficionado el difunto, luego emblemas de su pasada actividad, cuatro ollas de kanobus de forma ventruda con tapas simbólicas, llenas de agua del Nüo, y los restos del sacrificio fúnebre colocábanse en rede- dor del sarcófago. El egipcio creyente habia alcanzado el objeto de sus deseos dejando la vida: verdad es que el huésped ya no le animaba á estar alegre en un círculo de amigos enseñándole la fingida momia de Osiris, pero habia entrado con la hermosa esperanza y la fé en la casa eterna dónde la muerte le habia dado la semejanza del mismo numen. CAPITULO JI etíopes. OBSERVACIONES PRELIMINARES e N Sycne, dónde las peñas opuestas forman un estrecho paso, separábase Egipto de la Etiopía, llamada Kusch en la Biblia. Comprendía con fronteras dudosas en el sur, la Nubia, el Kordovan y las tierras de Habesch: varias poblaciones habitaban desde tiempos muy remotos ese vasto territorio. Una parte de ellas recorrían las arenosas llanuras que extendíanse á los pies de las sierras, otras vivían, como Trogloditos, en los valles y en los barrancos. Sin embargo, las fértiles orillas del Nilo proporcionaron más tarde un sitio oportuno para esta- blecer moradas fijas. Desde antiguo las armas egipcias pelearon contra las etiópicas durante la época más floreciente del antiguo reino de los Faraones (2000 años antes de Cristo). Sesurtesen luchó victoriosamente contra los etíopes. Como se desprende de las ruinas del templo de Semne, pri- me. ensanchó las fronteras del reino egipcio hasta las cascadas de :ro 78 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Wadei-Halfa. La entrada de los Hik-schasus en el valle inferior del Nilo y su dominación en él causaron una alianza más íntima de los Faraones con los pueblos de Etiopía. Los reyes egipcios, rechazados del Egipto central hasta Tébas, empezaron á entrar en relaciones de parentesco con sus vecinos del sur; casáronse con princesas etíopes. En lugar de las mujeres blancas, casi exclusivamente representadas en los monumentos egipcios hasta la décima octava dinastía, empezaron á pare- cer mujeres de color rojo-oscuro, es decir, etíopes. El título de hijo del rey de Kusch llegó á ser muy honroso para los príncipes egipcios. Egipto, que por estas relaciones habia llegado á ser el conducto de la cultura de los países meridionales, más aún lo fue bajo el gobierno de los gloriosos soberanos de la décima octava y décima novena dinastía. Euthmés III (1600 años antes de Cristo), y más especialmente Ratn- sés II penetraron hasta en el centro de la Nubia. Ruinas todavía exis- tentes de templos egipcios en Kalabscheh, Dakkeh, Ibsambul, Sai, etcé- tera, casi hasta la frontera de Dongola, en Soleb, erigidos por esos soberanos, hacen testimonio certero de la actividad con la cual trataban de hacer egipcias, para decirlo así, aquellas tierras estranjeras. Más lejos todavía en el sur desarrollóse sobre los cimientos de la cultura egipcia una, como parece, especial dimanación de ella. Tuvo su centro en el punto más meridional de la Nubia, en Napata, la más anti- gua residencia de los reyes etíopes. Más tarde dirigiéronse todavía más lejos en el sur, fundando un Estado sacerdotal en la isla Meroe, rodeada por los dos brazos del Nilo Astaboras y Astapus. En 700 años antes de Cristo el poder de los etíopes llegó á tanto, que tampoco el reino egipcio pudo resistirle. Tres reyes etíopes ocuparon sucesivamente el trono de los Faraones durante casi medio siglo: ellos formaron la vigésima quinta dinastía egipcia; el último fue Tahraka, el cual combatió también victoriosamente como sus gloriosos antecesores egipcios, el poderío del reino asírio. Bajo el gobierno de este príncipe tuvo Etiopía su época más flore- ciente. Unas ruinas todavía existentes de un grandioso templo al pié del sagrado monte Barkal y otros restos de construcciones en Medinet- Habu, que llevan todavía adornos de pintura, pertenecen á esa época: en ella aumentó, favorecida por las victorias del Asia anterior, esa ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 1Q afición para la pompa exterior, que demuestran las esculturas de relieve en Naga. Desde la vigésima sexta dinastía, especialmente desde el reinado de Psamético I, (663-609), la nacionalidad del antiguo Egipto fue siempre más retirándose hacia el sur, cediendo el terreno á las innova- ciones extranjeras. Bajo el gobierno de Psamético las emigraciones iban creciendo tanto que, según refieren Erodoto y Diodoro, toda la casta guerrera, 200,000-240,000 hombres, dejó su tierra natal para trasladarse en el territorio etíope. Acaso una mezcla de elementos etíopes y egipcios habia formado y desarrollado el riquísimo Estado de Meroe, que Cambyses deseó y tentó en vano conquistar. Llegaron de él noticias casi meramente tradicionales á los pueblos del norte. El rey Ergamenes logró llegar allí y aniquilar la casta sacerdotal. Bajo el reinado de Augusto, el Estado de Meroe volvió á recobrar su indepen- dencia. Los romanos, guiados por Petronio, penetraron devastando y apoderándose del reino de Napata. Es probable, sin embargo, que en el cuarto siglo de nuestra era existiese otra vez un reino de Meroe, á tiempos de Eusebio. Allí reinaban mujeres que todas llevaban el nom- bre de Kandake. Los monumentos de Naga, en los cuales es visible la influencia de la arquitectura romana y también los de Meroe confirman con sus bajo-relieves figurados, que representan reinas armadas, las noticias históricas del gobierno de las mujeres en Etiopía. También el Nuevo Testamento habla de una reina Kandake. Las imágenes esculturales de los monumentos etíopes parecen esencialmente una imitación del arte egipcio. Lo dicho relacionado á la manera de representar los trajes, vale exactamente también para ellas. Tales monumentos no remontan más allá del tiempo de Tahraka. Las ruinas de Naga, como queda dicho, pertenecen á la época más moderna: algo existente sobre edificios egipcios del nuevo reino completa estas noticias. Esos monumentos nos hacen averiguar los trajes usados en épocas muy distintas. EL TRAJE El traje comunmente usado todavía en África por la mayor parte de su población indígena, compuesto de una especie de delantal de lana RO GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO ó formado con correas, y de un abrigo de lana que cubre los hombros, era el traje más antiguo de las razas etiópicas. Los dos sexos llevaban la misma vestidura, que en las clases inferiores estuvo siempre igual en todas las épocas. Penetrando los elementos de la escultura egipcia, acaso desde las guerras de Sesurtesen I, empezó también en Etiopía una notable mu- danza en el traje. Las personas principales adoptaron probablemente con las costumbres egipcias la vestidura de aquel país, en lo que más correspondía á su inclinación. El traje-delantal egipcio bien arreglado pronto reemplazó el grosero delantal etiópico, y para las mujeres, la vestidura egipcia que llegaba desde el pecho hasta los tobillos. Durante la décima octava y la décima novena dinastía, en las cuales llegaron á ser egipcias las costumbres etiópicas, á lo menos en la misma Nubia, donde está demostrado por los monumentos, usóse preferente- mente al etiópico, el más rico traje egipcio. Desde allí extendióse insensiblemente á los países más meridionales, y en la misma Nubia iba acompañándose con algunas singularidades del traje etiópico más desarrollado. Esto parece haber tenido lugar sobre todo en el traje masculino, mientras la vestidura de las mujeres acercábase siempre más á la del nuevo reino egipcio. Lo único parecido al traje egipcio en la vestidura masculina de los etíopes en la citada época era el delantal cuidadosamente plegado y la falta de todo indumento en las piernas. Por lo demás, componíase de un abrigo, á veces en forma de chaqueta, el cual cubria la parte supe- rior del cuerpo, y de una faja muy ancha, ricamente adornada en varios colores, la cual rodeaba el pecho y los ijares; esta faja no tenía nada común con el traje egipcio de esa época; los etíopes llevaban un tocado de cabeza puntiagudo con plumas y grandes pendientes en forma de anillos. También las capas de pieles de animales siguieron á usarse en estos países hasta en los tiempos más modernos: la llevaban los etíopes que servian en el ejército de Jerges. La grande riqueza del África meridional en oro, pieles de animales raros, plumas de avestruz, marfil y otros semejantes productos natu- rales, acaso también antiguas relaciones comerciales de Arabia é India con los etíopes, contribuyeron á aumentar la afición al lujo: muchos ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 81 relatos habia cerca de la riqueza de los soberanos etíopes, que estaban obligados á entregar preciosos tributos á sus vencedores, los Faraones. La cultura egipcia, que, para decirlo así, recibian en cambio de esos tributos, se estableció firmemente también en los verdaderos países etiópicos, en los reinos de Napata y Meroc. La dinastía de los tres reyes etíopes en Egipto nada mudó en las costumbres del país. Aquellos soberanos ya eran casi egipcios: como Tahraka llevaba el traje y las armas de los Faraones, así también los grandes que le rodeaban debian llevar el traje egipcio. Desde esta brillante época quedó en Etiopía la vestidura egipcia como base de otras mudanzas. Los bajo-relieves de los monumentos relativamente modernos de Meroc, Naga, etc., prueban cuantos cambios tuvieron lugar en el traje en el curso de varios siglos. La vestidura de los grandes, como está representada especialmente en los monumentos de Asur (Meroe) y de Naga, lleva más bien el sello de la pompa del Asia occidental que el del rico traje egipcio durante la época del nuevo reino: en algunas partes recuerda antiguos adornos asirios. Solamente el delantal, los simbólicos tocados de cabeza y los distintivos del soberano de Egipto, indican su íntima relación con el traje de este país. Según las imágenes esculturales, los varones llevaban un traje de tela muy fina ó un delantal que se adhería al cuerpo. El traje tenia la forma de una larga camisa con mangas estrechas, ó era una pieza ancha y larga que poníase según el capricho del individuo. Comunmente partía de la espalda, pasaba debajo del brazo derecho y le dejaba des- cubierto como también el lado derecho del pecho: abrochado ó atado sobre el pecho, formaba elegantes y amplios pliegues, que ocasionaron el modo especial de representar los pliegues en el arte egipcio. Los primeros grandes del reino, especialmente los reyes, llevaban sobre ese traje una faja ancha que atravesaba diagonalmente el pecho y la espalda. Esta tira, sin duda riquísimamente adornada, en un todo parecida á la del traje de corte asirio, como se ve repetidas veces en los monumentos de Nínive, acaso procedió del Asia central á Etiopía, durante su época más floreciente. El delantal ampliado, á veces unido con una rica vestidura del pecho, y los citados trajes, parece hayan más bien pertenecido á la ves- 83 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO tidura de ceremonia de los grandes que á su traje habitual. Los lleva- ban los reyes y especialmente los sacerdotes, en las solemnidades, con riquísimo adorno. La pompa mayor lucia en estos últimos, los cuales, además de una preciosa vestidura de pecho, llevaban un delantal doble cuya elegantísima forma recuerda el dibujo griego y romano. El traje más usado por las mujeres, principales todavía en esa época más moderna, limitábase á la estrecha vestidura egipcia, que cubría el cuerpo desde el pecho hasta los tobillos, y sujetábase por medio de cintas que pasaban sobre los hombros; adornada simbólicamente y con mucha esplendidez, era el traje de ceremonia de las sacerdotisas y de las reinas. Por lo demás, el traje de estas últimas era poco diferente del de los reyes. El reinado de las mujeres tuvo acaso en ello una decidida influencia. Solamente un especial tocado de cabeza, colocado sobre una estrecha gorra, y un cetro diferente con el Ureo á veces doble, eran los signos característicos de la soberanía. El tocado de la cabeza, tanto para los hombres como para las muje- res, era poco diferente del que usábase en Egipto. Casi la misma forma tenian la estrecha gorra varonil, el saquillo que contenia el cabello de la mujer ó la cofia mujeril egipcia ricamente adornada. El calzado al contrario, si compárase al egipcio, adquirió variedad y lujo. Estaban los etíopes especialmente aficionados á adornarle con ricas y fuertes cintas provistas de ganchitos, con flecos ricamente traba- jados y preciosas tiras y ganchos de oro. El adorno de los grandes de los dos sexos en la época á la cual se relacionan las citadas imágenes, demuestra en su pesada y punto menos que elegante forma, una extraordinaria riqueza de metales nobles en aquellas regiones durante la época citada. Todos los objetos con que solían adornarse los egipcios, usáronse también en Etiopía, pero no como aquellos esmeradamente trabajados y graciosos en la forma; eran pesados, macizos, casi bárbaros; pero en ellos se reconoce la afición al fausto y á la riqueza, que fue siempre propia de los pueblos del Asia central. Exceptuando los collares, poco diferentes de los egipcios, y el regio tocado de cabeza, adornado con Ureos de oro, las alhajas etiópicas llevaban un sello especial, nada semejante al estilo egipcio. Los braza- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL &3 letes de brazo y para la muñeca, se parecían, los primeros especial- mente, á anchas piezas de armadura. Consistían, como lo prueba uno de esos adornos, que fue encontrado en Meroe, en aros de oro ador- nados con pinturas esmaltadas de varios colores. Los brazaletes que debían adornar la parte superior del brazo, igualmente hechos de metales nobles, estaban muchas veces adornados con figuras en relieve de sen- tido simbólico. Extraña sobre todo era la moda de los gruesos anillos. La placa colocada en el medio de una de tales sortijas era tan grande que, puesta en el dedo del corazón, cubria la mitad de la mano. En el museo de Berlín existen muchos semejantes anillos, casi todos con barniz azul. Los príncipes, además de las citadas alhajas, llevaban collares de gruesas perlas ensartadas; semejantes cordones formaban también un adorno del pecho; los trajes llevaban una guarnición espe- cial de varios colores, compuesta de cordones y flecos. Es probable dominase también en Etiopía la costumbre de rasurarse el cabello, no menos que la de teñir las pestañas de negro y las manos y los pies de amarillo ó naranjado. El uso que reinaba entre las mujeres principales de este país, de dejar crecer las uñas hasta una pulgada de largo, para mostrar su noble origen, continuó en la época de la cual ahora hacemos mención. Las armas que úsanse todavía en la Nubia y en la Etiopía les eran especiales desde los tiempos antiguos. Consisten en un espadón que mide como unos cinco pies de largo, un cuchillo á manera de puñal, un grande y estrecho escudo oblongo hecho con la piel del llamado caballo del Nilo. Ya el profeta Jeremías habla de esos escudos de los etíopes; los cita aún Diodoro. Según sus narraciones y según las de Erodoto, llevaban, además de las referidas armas, unos largos arcos de palo de palmera y flechas de caña con puntas de piedra, y fuertes clavas, forta- lecidas con metal. Lo propio que acaeció en el traje de estos pueblos, tuvo lugar en sus armas. Conservaron su primitiva, originaria sencillez, en las clases inferiores. La armadura de los monarcas llegó á imitar la egipcia cuando hubieron adoptado el traje egipcio. El dominio etíope en el Egipto, las guerras en la Siria, más especialmente la emigración de la casta guer- rera á los países etiópicos, tuvieron sin duda una notable influencia. fti GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Además, el hecho que las mismas reinas llevaban riquísimas armaduras debia favorecer muchísimo el lujo y la pompa. Por los escasos restos de escultura en los monumentos etiópicos despréndese con seguridad que las citadas circunstancias ejercitaron la misma influencia sobre las armas como sobre el traje. El Asia central ocupa también en esto el primer lugar como civilizadora del África. La rica armadura, preciosamente adornada y hecha á manera de escamas, que llevaban los Faraones egipcios de la décima octava dinastía, pro- cedía del Asía central como tributo, y fue en lo sucesivo el traje de guerra de los monarcas etíopes. Su afición al lujo le habia hecho añadir adornos especiales. Las mangas cortas alargáronse hasta la muñeca y el tejido de escamas fue interrumpido por tiras preciosamente bordadas. El antiguo escudo primitivo, que no sufrió ninguna mudanza para los soldados comunes, fue reemplazado por el escudo redondo del Asia central, como está probado por un fragmento de escultura. Las armas ofensivas, también para los guerreros principales, que- daron las mismas por todos los tiempos. Los reyes y las reinas, á pesar de su afición para el lujo, llevaban la pesada clava, el espadón, el grande arco y el cuchillo-puñal. Este último metíase en una vaina ricamente adornada, colgando de la cintura por medio de cordones. La espada solamente habíase imitado de la armadura del nuevo reino y cambiado la empuñadura en un ancho disco. LOS EDIFICIOS La historia monumental carece de noticias relacionadas á una arqui- tectura desarrollada é independiente de la Nubia ó de la Etiopia. Las ruinas colosales de los países de la Nubia Baja no son más que restos de templos egipcios; eran construcciones de los reyes victoriosos de la décima octava y décima novena dinastía. También lo que allí se encuentra, templos de los Tolomeos y de los romanos, se ha recono- cido no ser otra cosa que restauraciones de antiguos edificios erigidos por los Faraones. La actividad constructora de Ramsés II se extendió hasta el monte Barkal. Etiopía no posee más edificios propios que restos de templos y tumbas regias piramidales, que demuestran en su cons- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 85 truccion y en los adornos de sus detalles las mismas influencias extran- jeras del tiempo más moderno, cuyas huellas se reconocen también en el traje etiópico. Los edificios particulares de estos países adquirieron sin duda tam- bién carácter egipcio. En un vasto espacio de terreno cerca de Kerman existen ruinas y montones de escombros de ladrillos del Nilo, al norte de la isla Argos, donde se reconocen huellas de una grande coloni- zación egipcia, cuyo principio remonta acaso, según ciertas esculturas egipcias, á la época de la dominación de los Hiksos. La palmera y los ladrillos de barro eran los principales materiales que se empleaban para edificar casas, así como en Egipto también en Etiopía. Igualmente como en Egipto empleábase, para los públicos edificios, piedras arenosas. Las fortificaciones militares de estos pueblos meridionales tenían mucho parecido, hasta en la época romana, con las del antiguo Egipto. Allí, bajo Sesurtesen III y, á principios del nuevo reino, bajo Thut- més III, rodeábanse los templos que habían edificado en Semneh y Kummeh con fortificaciones, las cuales consistian, como en Etiopía, en tiempos más modernos, (algunos restos de estas últimas en el de- sierto de Naga,) en fuertes murallas de circunvalación y en algunas torres. Una antigua fortaleza romana en la Baja Nubia corresponde á una construcción de esta clase, que en la escritura geroglífica figura la palabra castillo. Encierra un espacio oblongo que mide de 175 por 125 pasos con un cerco de fuertes murallas, las cuales sostienen regular- mente cuatro torres angulares y cuatro intermedias. La coordinación de los templos parece otra imitación de la arqui- tectura egipcia, á lo menos en lo esencial. Los más antiguos edificios etiópicos consagrados al culto encuéntranse cerca de Napata, á poca distancia del monte Barkal. La religión egipcia, que ya desde antiguo había pasado á Etiopía, (de lo cual es una prueba la alianza de los sacerdotes de Meroe y de Tebas, que juntos fundaron el templo de Amon en el oasis Sivah en Libia), determinó la coordinación de los edificios etiópicos consagrados al culto. Una mezcla de cultos extran- jeros, como se descubre en los monumentos erigidos más tarde, en los cuales están representados dioses de otros países, hace conjeturar tam- bién en este sentido influencias de otros pueblos no egipcios. 86 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Generalmente los pequeños templos de Barkal consisten en una serie de cuartitos, cuya entrada dá á una galería de columnas cerrada. Á veces, delante de este cerco, elévase una construcción exterior de estilo egipcio. El crecido número de estos pequeños templos parece indicar que estaban consagrados á diferentes objetos especiales relacio- nados al culto. Un sólo edificio de mayores dimensiones, del tiempo de Tharaka, que ensánchase á corta distancia del grande templo egipcio de Ramsés II, parece haber tenido un objeto más completo. Se parece, por las decoraciones, á los llamados Tiíonios de los egipcios. Delante del portal de entrada, el cual descansa entre dos alas, existen todavía los restos de una columnata libre. La puerta abre el paso á un zaguán cuadrado sostenido parte por columnas, parte por pilastras; de allí éntrase en otro recinto más estrecho, sostenido por columnas, del cual pásase á una sala más vasta. En este cabe una celda encerrada, que era proba- blemente el santuario. Las dos últimas estancias están cavadas en la misma peña, á la cual apóyase todo el edificio. Las columnas del inte- rior, en lugar de capiteles, llevan un adorno de caras de Venus egipcia, sobre las que descansa otro en forma de diminutos templos; las pilastras de la antesala ostentan figuras de tifones en relieve. Tales figuras que llevan en la cabeza una especie de abanico, el cual está junto á las vigas, parecen verdaderas cariátides que sostengan el techo, lo que nunca se ve en semejante coordinación de pilastras en los templos egipcios. Por lo demás, las paredes interiores, como en los templos egipcios, llevan esculturas figuradas. Cerca de Ben-Naga existen unas ruinas que parece hayan sido de un monumento de esta clase, pero más rico todavía por las pilastras-tifones. Más indican la influencia extranjera unas ruinas de templos en Mesaurát é Sofra y en Naga. Entre las de Naga distingüese un templo de grandes dimensiones, casi enteramente conservado. El estilo de la arquitectura egipcia se reconoce en el portal decorado y en la gatería de columnas, pero en la mezquindad de las partes y en la ornamentación demuestra la menguada actividad religiosa y artística en sus dudosos fundadores. A corta distancia de este edificio bastante bien conservado, hay un peristilo cerrado, en la parte superior, entre las columnas; en el muro de encierro ábrense ventanas; en el empleo par- cial del arco redondo sobre las ventanas, en la construcción y en los ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 87 ornamentos demuestra la influencia de la forma griega y romana. Una semejante influencia reconócese en el mayor templo etiópico en Mesau- rát é Sofra. Es un conjunto de ocho edificios construidos sobre terrados y que comunican entre ellos por medio de galerías, escaleras y salas. El plan mismo, tanto en el conjunto como en las diferentes partes, es más bien griego que egipcio. Algunos detalles en las columnas de la que ha sido una galería lujosamente decorada del santuario, dejan con- jeturar una influencia asiática. El citado fragmento de agricultura, que representa unos nubios armados con el escudo redondo asiático, fue encontrado entre los escombros de aquella galería; era la parte inferior de una columna. Otras ruinas, al norte de Napata, dejan reconocer una semejante mezcla de estilos. Tampoco de ellas es preciso sacar noticias sobre los diferentes objetos religiosos á los cuales estaban consagradas. Pero todos esos monumentos son testimonios de la extensión y de la impor- tancia del poder etiópico en el tiempo de la caida del reino egipcio, dividido y acobardado. Igual testimonio del ensanchamiento del señorío etiópico encuéntrase en los cementerios á manera de pirámide (algunos son muy vastos) que casi siempre acompañan topográficamente esas construcciones religiosas. Los más vastos recintos de esta clase encuéntranse en el país de Napata y en la isla Meroe, cerca de la moderna Beg'erauie. Otros grupos de pirámides están en Tongassi, Nuri y Zuma. El objeto primitivo de tales construcciones, que están coordinadas á inter- valos, hasta en número de ochenta monumentos, está claramente expli- cado por las inscripciones y las imágenes de las que van decorados algunos de ellos. Son las tumbas de los reyes de Etiopía después de Tahraka. Aunque en su plan descubran claramente su origen egipcio, sin embargo, son esencialmente diferentes de las agigantadas tumbas piramidales de los Faraones del antiguo reino. Verdad es que en parte están construidas con ladrillos del Nilo, como por ejemplo, las de Ton- gassi, parte con losas cuadradas de piedra arenosa, pero la más alta entre ellas no mide más que 8o pies. Pocas hay que encierren un cuarto abovedado. El mayor número es macizo y no tiene en sí otro hueco que un nicho debajo de la punta. Todas tienen una línea muy 88 GALERÍA DEt, ARTE DECORATIVO rápida desde abajo arriba, los ángulos están adornados casi siempre con prismas de piedra; muchas van acompañadas por una construcción an- terior hecha á manera de pequeño templo. Estas últimas, á pesar de que las pirámides no estén siempre orientadas, colocábanse hacia Orien- te. Tales construcciones servían sin duda, como probablemente los tem- plos de las pirámides egipcias, al ejercicio del culto fúnebre. La diferen- cia entre las tumbas piramidales de los reyes etíopes y las de los antiguos soberanos de Egipto, parece indicar la diferente relación que tenían con el pueblo y el culto. Mientras honrábase en los reyes egipcios la mayor divinidad, y á consecuencia de tal idea se les erigían enormes, eternos monumentos, parece que los soberanos de Etiopía no hayan representado más que el mayor poder terrenal. Á ellos relacionábase el respeto debido á los hombres ilustres y celebrados. Para un rey, considerado bajo este punto de vista, bastaba un monumento, el cual, sin desplegar un gasto inmenso de fuerzas físicas, estuviese sin embargo muy diferente de las tumbas de los particulares. Hasta en el tiempo presente, entre los Dongolari, reina la costumbre de erigir sobre la tumba de algún hombre principal un cono de barro, que mide de 40 á 50 pies de alto. LOS UTENSILIOS Como en Etiopía no se desarrolló ninguna arquitectura esencial- mente nacional, tampoco hubo una especial y popular industria artística. En eso también les ayudaron los egipcios y sus aliados. Los tributos que ofrecían á los Faraones victoriosos del nuevo reino, consistían generalmente en preciosos pero groseros productos naturales. De Egipto, ó por medio de obreros egipcios, proveyéronse de los necesarios útiles menos primitivos, más artificiosamente trabajados. Ya en el tiempo de la décima novena dinastía egipcia estaban en su poder esos objetos, y luego las comodidades domésticas de los reyes etíopes y de su corte estuvieron casi al nivel de las egipcias. Los unos y los otros servíanse en la citada época de los ricos carros procedentes del Asia anterior, con todas las armas que los acompañaban. Solamente el ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 89 uso del caballo como bestia de tiro, parece haya penetrado en Etiopía mucho más tarde. Enganchaban bueyes, y para montar, como se puede conjeturar por esculturas de los últimos tiempos, servíanse de elefantes amansados. Si Plinio refiere que en Meroe había 400,000 obreros, esto quiere decir solamente, aún dejando desapercibida la exageración en el número, que muchos industriosos y laboriosos egipcios habian poco á poco emigrado en el Sur. Las pocas imágenes esculturales que representan utensilios etiópicos dejan reconocer claramente la industria egipcia. Parecen fabulosos algunos relatos sobre las ceremonias del entierro entre ciertas tribus particulares etiópicas. Erodoto y más tarde Dio- doro refieren que los Macrobios hacen secar el cuerpo del difunto, que luego le cubren con una capa de yeso y le pintan y en fin le colocan en un encierro transparente, en la misma casa. Pero está probado que los etíopes no procedían para con los muertos como los egipcios, por la falta completa de momias etiópicas. La influencia de Egipto en el traje del Sur-este africano no exten- dióse tan sólo á los etíopes, sino á muchos pueblos más ó menos capaces de cultura. Los antiguos tenían muchas noticias cerca de los Ichthyófagos, Chelonófagos, Troglódytas, Cynomólogos y otras razas sumamente atrasadas. La misma Abisinia no les era desconocida. Las expediciones armadas de los Faraones hacia el Sur, los pusie- ron en relación con todos estos pueblos. En el pedestal del coloso Amenofí, que se encuentra en el museo de París, se leen los nombres de 23 pueblos africanos vencidos; también en los cuadros figurados é ilustrados con inscripciones, que representan las victorias de Ramsés II, se leen los nombres de 12 pueblos negros sometidos, y en las tumbas de Biban el Moluk se hace mención de ellos bajo el nombre Nahes como de un grupo especial de pueblos. Como tales se distinguen de los etíopes, en estas y en otras representaciones egipcias, á veces por el tipo negro muy caracterizado, á veces por el color negro del cutis y un traje especial. Este traje, en su diversa originalidad, demuestra el mayor ó menor grado de cultura de aquellos varios pueblos. Algunos entre ellos corresponden exactamente á las descripciones que dejaron los antiguos sobre los etíopes salvajes, otros al contrario demuestran en las 0(1 GALERÍA D E L AKTE DECORATIVO varias partes de su vestidura cierta semejanza con la cultura exterior de sus contemporáneos etíopes. Los varones de aquellas tribus salvajes iban casi desnudos, como están representados en las imágenes monumentales. No llevaban más que un delantal muy corto, de piel de tigre ó de leopardo, sujeto por medio de una cintura, y una estrecha gorra tejida con juncos, ador- nada á veces con plumas. Las alhajas de aquellas tribus limitábanse á pendientes y brazaletes groseramente trabajados. Tales adornos llevaban también las mujeres, cuyo traje no tenia más diferencia del de los varo- nes que el delantal más amplio, á manera de faldas, enroscado por debajo del vientre. El traje de las tribus negras más civilizadas, á lo menos el de los embajadores á los Faraones de la décima octava y décima novena dinastía, llevaba el sello de la pompa y lucia en varios colores. Distin- guíase por un abultamiento de diferentes tejidos de varios tintes, proce- dentes sin duda de los egipcios y de los etíopes. Llevaban, como estos últimos, la citada faja etiópica, que cubría el pecho y los hijares. Muchas ruinas esparcidas en las cercanías de la antigua ciudad de Axum en Abisinia, las cuales remontan á muy distintas épocas, son todavía un testimonio de la civilización más adelantada, aún en aquellos remotos tiempos, de esos habitantes de los países más meridionales del Nilo. Tales ruinas han ocasionado la suposición que la casta de los guerreros emigrados de Egipto bajo Psamético se haya establecido en aquel país. Los monumentos dejan reconocer influencias más tardías de aquellas bajo las cuales desarrolláronse esas construcciones de Meroc. La mayoría consiste en obeliscos, columnas de granito monólitas, que miden de 20 á 80 pies de alto. Su ornamento arquitectónico es un gro- sero conjunto de piezas horizontales, que cargan las unas sobre las otras, por turno llanas y trabajadas á manera de ventanas. Otros monu- mentos ostentan inscripciones griegas. Indican una alianza más íntima, en tiempos menos remotos, entre los axumitas y todos los pueblos del África del Sur, y también de los homeritas (Jemen) en la costa de Ara- bia.. Todavía á fines del sexto siglo de nuestra era florecia el Estado de Axum bajo el gobierno de reyes cristianos indígenas. Mantenían una corte sumamente cxpléndida, cuya pompa especial recuerda las costum- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 91 bres de India. El traje del rey Archetas, como lo describieron los emba- jadores enviados por Justino II, consistía en una especie de delantal á manera de faldas, cargado de preciosas perlas y una faja entretejida de oro. Llevaba pulseras y anillos de oro, y del cuello le colgaba una cadena del mismo metal. Cubríale la cabeza una gorra muy alta, bor- dada con perlas. El palanquín, sobre el cual mostrábase en público, armado del escudo redondo y de dos lanzas de oro, estaba cubierto con una lámina del mismo metal, y descansaba sobre cuatro elefantes mag- níficamente adornados. OBSERVACIONES RETROSPECTIVAS La serie cronológica y topográfica de los monumentos nos informan que la cultura en los países del Nilo empezó al Norte, se avanzó y ensanchó poco á poco hacia el Sur; su camino desde el Asia central pasó el istmo de Suez, lo que está probado por la tradición y por pesquisas etnográficas. El desarrollo del traje estuvo en íntima relación con esa marcha de la cultura africana. Los monumentos proporcionan noticias bastantes para determinar las siguientes épocas. La primera comprende el tiempo que pasó hasta la duodécima dinastía egipcia, cerca 3000 años antes de Cristo. A ella pertenecen las pirámides, la esfinge y las tumbas de Menfis, decoradas con las imáge- nes que representan las más sencillas relaciones de la vida. Habíanse ya cultivado las tierras inferiores del Nilo, lo que había necesitado el empleo de grandes fuerzas físicas; el sentido del orden y de la regula- ridad habíase despertado. El traje, sin embargo, los muebles y los uten- silios quedaban todavía limitados á lo necesario. En estas condiciones más debia valer el sentido de lo colosal y de lo macizo que la afición á lo bello. Fabricábanse agigantadas pirámides y grandes, pero sencillas tumbas, en las peñas. El sentido estético de la forma despertóse por la imitación plástica de los objetos naturales. Encadenado por las condi- ciones locales, no pudo elevarse más que á un sistema fijo y sumamente limitado. La segunda época está caracterizada por las grutas sepulcrales de Beni-Hassan. Su duración, incluso el tiempo de los Iliksos, que carece 92 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO de monumentos, comprende el espacio de tiempo que pasó desde el segundo milenio hasta el siglo xvn antes de Jesucristo. Con el cultivo del suelo, que iba progresando hacia el Sur, habíanse ensanchado tam- bién las relaciones exteriores de la vida. A las primitivas ocupaciones generales de la agricultura y de la cria del ganado, añadíase poco á poco la actividad industrial independiente. Favorecida por la sed de los pla- ceres y el deseo de la comodidad, la industria se multiplicó con las necesidades ficticias. La vida del Estado y la vida de los particulares ensanchó su círculo interior y exterior. Las relaciones comerciales luego procedentes del Asia central, llevaron nuevas necesidades: el traje y los muebles llegaron á ser más ricos y elegantes. La arquitectura, que ya no miraba únicamente á lo colosal, ganó en lijereza. Habíase apren- dido á emplear las pilastras y las columnas para sostener y separar las diferentes localidades. El continuo progreso hacia el Sur condujo á luchas armadas con los indígenas de los países meridionales, y esas peleas aumentaron las fuerzas guerreras. Las victorias sobre los veci- nos le aseguraron el territorio y la gloria. Se perfeccionaron las armas. Las razas del Asia anterior y central oyeron hablar de la prosperidad del pais, y atraídos por tales relatos, emprendieron y alcanzaron la conquista de aquella tierra dichosa; así cayó el antiguo reino de los Faraones. La tercera época empieza con la restauración del reino y de los nuevos monarcas egipcios. En ella desarrollóse el poder político: el nuevo reino fue fundado sobre elementos de cultura asiáticos. La con- secuencia fueron guerras no interrumpidas con los pueblos del Asia anterior y del Asia central. Entonces empezó el largo período del lujo y de la pompa. Los intereses políticos hicieron descuidar los inte- reses generales y particulares- Los monumentos, en lugar de escenas familiares, representaron asuntos históricos; para eternizar los hechos y las hazañas más notables, fabricábanse templos con anchas paredes' donde se esculpían ó se pintaban. Allí la columna llegó á ser un sosten ricamente adornado, y por su medio fuó vencida la afición á lo macizo. Surgieron vastas salas oreadas en un sencillo conjunto con la antigua arquitectura de las grutas sepulcrales menfíticas. Esta época del lujo, aumentándose el número de mil necesidades ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 93 ficticias, continuó hasta el tiempo de los Psaméticos. Con la pompa, por medio de más estrechas relaciones con los griegos-yónicos, entró en el Bajo Egipto un elemento de cultura estranjero que se alió al ele- mento asiático; esta mudanza determina el principio de la cuarta época del desarrollo en el traje egipcio. Esta época, sin embargo, empezó verdaderamente, como lo demues- tran los monumentos, bajo la soberanía de los Tolomeos. Desde aquel tiempo mezcláronse elementos de cultura griegos y romanos con los egipcios, y llegaron á dominarlos. Muy notable fue su influencia en el traje, en los muebles y en los utensilios: un comercio muy animado se despertó entre los colonos griegos y los indígenas del Bajo Egipto. Desde la época de Psamético, á mediados del siglo décimo séptimo antes de Cristo, la verdadera antigua rica nacionalidad egipcia fue siempre más retirándose hacia el Sur, que no careciendo tampoco de influencias estranjeras, llegó á ser el conducto de la cultura en los países meridionales. Las emigraciones pasaron mucho más lejos que las fronteras del reino egipcio, y habiéndose establecido fijamente, los egipcios trataron de reanudar el lazo interrumpido de su desarrollo nacio- nal. Su fuerza estaba sin embargo debilitada; el tiempo moderno los habia sometido: arrancados de su tierra, lejos de los monumentos de sus antepasados, ya no podían crear sino empleando fuerzas nuevas. La antigua nacionalidad egipcia celebró una pálida renovación de su antigua grandeza en los monumentos etiópicos: en ellos se reconoce la influencia del norte en la forma del traje, sumamente varia, desco- nocida al antiguo Egipto. Aquí se puede determinar la frontera de la quinta y última época del desarrollo en el traje del África oriental, es decir, de Egipto. En los Estados abisínios se perdieron sus últimas huellas en una mezcla de relaciones estranjeras. El comercio con los países del norte, donde desde mucho tiempo habían penetrado costumbres griegas, luego con la Arabía y la India, habia traído á estos países meridionales una mudanza en el traje de la nación indígena. SECCIÓN SEGUNDA 1ÍL TRAJE DE LOS ANTIGUOS PUEBLOS DEL ASIA CAPÍTULO PRIMERO Lo* árabes. OBSERVACIONES PRELIMINARES ¥ * AS noticias sobre la población de Arabia, hasta donde alcanzan, * • *l la suponen un ramo semítico de aquella numerosa raza, cuya residencia principal está cerca de los manantiales del Oxos y del Jaxar- tes, en la tierra dichosa de Sogdiana. De allí sus emigraciones llegaron pronto á los fértiles pastos en la orilla opuesta del Eufrates y hacia el Sur-oeste sobre el mar de Persia. Casi todas las tradiciones entre los árabes de nuestros días sobre su origen, la hacen remontar á los patriarcas del Antiguo Testamento. Los habitantes de la Arabia del Norte y de la Arabia central consideran á sí mismos como descendien- tes de Abran y de su hijo Ismael, y los himjaritas del Sur, como origi- narios directos de Heber, el biznieto de Noé y de su hijo Kahtan. Las condiciones naturales de la península de Arabía no eran bastante favo- rables para animar á los emigrados á establecerse fijamente en ella. Aquel pais con sus vastísimos desiertos y relativamente sus limitados 96 GALERÍA DEI, ARTE DECORATIVO oasis, su falta de grandes rios, y á consecuencia de ello, su vegetación sometida á los cambios atmosféricos para el riego necesario, los hizo seguir en su antigua vida de pastores nómades. Solamente algunos entre ellos llegaron á fundar un Estado fijo. Sus peregrinaciones los habían conducido á los países de costa más meridionales y favorecidos por la naturaleza. Los productos generalmente riquísimos de aquellas fértiles montañas les hicieron emprender un comercio cada vez más animado, parte con sus propios productos, parte con los de India y Etiopía. Algunas tribus nómades tomaron parte en este comercio, llevando las mercancías por medio de transporte de caravanas. Estas llegaban desde el tiempo antiguo hasta la Siria y el Bajo Egipto. Favo- recido por tales circunstancias, surgió en la Arabía llamada feliz el glo- rioso pueblo de los Sábeos, tan celebrado por su reina Balkis y por sus tesoros, y luego, cerca de la costa Sur-oeste, el reino de los Yoktanidas. La población que habia quedado en la Arabia pedrosa y en la Arabia desierta siguió recorriendo esas áridas comarcas con sus ganados. Lla- mábanse á sí mismos gente del desierto, beduinos, y le consideraban como su patria. Los beduinos, en el tiempo de Moisés, atravesaron el pais de Havila hasta Sur, y hoy dia llegan hasta las orillas del Eufrates y el istmo africano, donde desde remotísimos tiempos se mezclaron la lengua y las costumbres árabes con la lengua y las costumbres indí- genas. Parece que solamente en el noveno siglo de nuestra era hayase empezado á recoger y escribir las tradiciones. Todas las noticias histó- ricas sobre los árabes y especialmente sobre los beduinos, relacionadas al tiempo anterior á Mahoma, dejan suponer que el modo de vivir de estos últimos no haya variado esencialmente, que aquellas tribus no hayan sido nunca vencidas por naciones estranjeras, y que las mayores potencias, como sucede también en nuestros días, estuviesen obligadas á pagarles un tributo si querían atravesar sin obstáculo el desierto. Principales representantes de antiquísimas costumbres parecen pues por un lado las tribus de pastores errantes, bajo el gobierno de los padres de familia, en la Siria y en el norte de Arabia; por el otro, las hordas guerreras de salteadores que recorren el interior del pais. A los primeros pertenece la numerosa tribu de los Aneizeh: en ella se ven con- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL ÍVJ servadas casi enteramente las costumbres patriarcales de los Abramitas, como se ven descritas en el Antiguo Testamento. El modo de vivir libre y desenvuelto de las tribus del interior, que carecen de influencias extranjeras, corresponde al contrario á las descripciones bíblicas de los temibles Ismaelitas. Los árabes establecidos del tiempo presente no ofrecen una imagen tan fiel de las costumbres que reinaban en los antiguos reinos árabes del Sur. Pocas huellas quedan del esplendor y de la riqueza de estos Estados: su recuerdo existe todavía en las exageradas relaciones de los marinos y de las caravanas. Lo más cierto es que por medio de la cul- tura oriental estos reinos abandonaron la vida nómade y echaron los cimientos de una vida social; que gobernados más tarde, á veces por varones, á veces por mujeres, emprendieron desde tiempos muy remo- tos, no tan sólo con los pueblos vecinos sino también en el Ultramar, un comercio animado, que amontonaron riquezas, que vivian en medio del lujo y de la molicie, olvidando enteramente la vida libre y errante en los desiertos de sus antepasados. EL. TRAJE Como Arabia carece de grandes masas de productos vegetales, que sea posible utilizar para la fabricación de los vestidos, la grande mayo- ría de la población quedó casi enteramente limitada al uso de las mate- rias animales más oportunas. Sus ganados ofrecieron á las tribus de los pastores una materia excelente. En los más remotos tiempos de sus peregrinaciones, limitados al empleo de los más groseros materiales ani- males, aprendieron poco á poco á curtir las pieles y á tejer los crines: la lana de las ovejas, de los camellos y de las cabras, son las principa- les materias de las que se fabrican sus trajes los árabes errantes. Sólo favoreciendo el comercio de las caravanas ó cambiando con vecinos pue- blos industriales sus propias mercancías, logran al presente poseer otros objetos para vestidos, adornos de metal y armas. Su vida errante y guerrera no los dejó ejercitar ningún oficio. Los beduinos consideran el ejercicio de una industria como algo que rebaja su dignidad. «La rueca para las mujeres, las armas para los hombres» es el refrán de los valien- OS GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO tes árabes de las tribus de Ornan. Los productos del país, en los cuales descansaba el comercio de los árabes establecidos en el Sur, eran de una naturaleza más bien preciosa que útil. Consistían principalmente en incienso, mirra, bálsamo, acíbar (extracto de la planta llamada aloe), dátiles y la canela que procedía de las Indias. A orillas del golfo árabe y pérsico existían grandes y pequeños emporios de mercancías del Áfri- ca del Sur y de la India. Se cambiaban con los productos del país, y así los árabes llegaron á poseer varias materias primitivas, metales nobles y otros, piedras preciosas, etc., objetos artísticos y de lujo, tra- jes de algodón bordados en varios colores, trajes de lienzo también bor- dados y de diferentes tintes. Contemporáneamente á la creciente riqueza y á la pompa en estos Estados meridionales, es cierto que allí empezó á formarse una clase de industria. El algodón, planta indígena de Jemen y Ornan, y entre las plantas colorantes especialmente el añil, también la tan ensalzada riqueza en metales de la Arabia del Sur, habrán causado y favorecido probablemente el trabajo de semejantes productos y su explotación para prendas de vestir. El traje de las tribus czadoras, que recorren el desierto El-Hammad, llamadas tribus de Ahl-el-Schemahl, consiste todavía en groseras pieles de gacela; los nómades que moran hacia Jemen, trabajan muy bien el cuero, del que hacen delantales más ó menos elegantes y anchas cintu- ras. Los habitantes del país del Ornan y otros grupos que viven en la costa quedaron hasta en nuestros dias limitados á una reducida prenda que basta sólo á ocultar las partes vergonzosas. Dejando á parte estas tribus, que quedaron relativamente en un estado de cultura muy inferior, y no pudieron soltarse de las trabas de las desfavorables condiciones de la localidad, el traje de la población nómade más favorecida por la naturaleza, ganó en la amplitud y en la forma por medio de su más decididamente desarrollado sentido de la modestia y de la necesidad de amparo contra los cambios climatéricos muy frecuentes en la Arabia. Ya en el tiempo de la restauración del reino egipcio, el traje de los varones, como está probado por imágenes egipcias contemporáneas, que representan algunas tribus árabes errantes de los Hik-scham, en un traje muy largo, cuya amplitud bastaba á envolver todo el cuerpo (desde ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 99 los brazos hasta las rodillas), y en un pañuelo que cubría la cabeza á manera de cofia. A esta prenda más amplia, que recogían también á manera de delantal para dejar más libres los movimienlos, añadióse más tarde, como se desprende de antiguas imágenes monumentales de Per- sia, una especie de capa más ó menos larga. El progreso en el traje de esas más ricas tribus, parece haberse parado con el empleo de aquellas pocas prendas. Noticias del tiempo más moderno refieren sobre los Nabateos, célebres por su comercio, que, careciendo de ropas menores, no llevan más que delantales-faldas y san- dalias; Amiano Marcelino afirma que este sencillo modo de vestir usá- base todavía en la última mitad del cuarto siglo de nuestra era entre los árabes; á esto corresponde exactamente su descripción de las tribus guerreras de los Escenitas ó sea habitantes de las tiendas. Parece relacionarse íntimamente con este antiguo traje varonil tan sencillo, que llevaban los pastores árabes nómades, una ley especial sobre la forma del traje de los peregrinos. Dice que cualquier peregrino que va al templo de la Meca, mientras se encuentre en el sagrado recin- to de la ciudad, debe dejar todas sus prendas de vestir y llevar el Ihram, el cual es una sencilla repetición del citado antiguo traje, el delantal- falda y la amplia capa. Para completar el traje varonil, usan una camisa más ó menos larga de lana, una pesada y amplia capa (abas) y muchos pañuelos; la mayor parte de la población árabe usa al presente este traje. Las últimas cita- das prendas procedieron probablemente en el principio de las naciones vecinas. Más antigua que la pesada capa debe ser la camisa. La usaban ya los antiguos egipcios, y entre los pueblos septentrionales, especialmente entre los caldeos y los antiguos asirios, era en tiempos muy remotos el verdadero traje nacional. Con la camisa relacionábase íntimamente la ancha cintura de cuero ó de una tela tejida. La camisa árabe, que úsase al presente, no está comunmente cosida; los pobres la llevan de una gruesa tela de algodón ó de crines de camello. Las personas más aco- modadas la llevan á veces de lienzo no blanqueado. Está habitual mente cerrada delante del pecho, es más ó menos larga, más ó menos ancha, provista á veces de mangas cortas y estrechas ó largas y anchas. Las ICO GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO camisas más gruesas de algodón son casi siempre teñidas: comunmente en azul, algunas veces rayadas de color pardo y blanco ó azul y blanco. Los habitantes nómades del África septentrional, los númidas errantes, llevaban, como refiere Estrabon, unos trajes amplios sin cintura: esta prenda corresponde sin duda á las amplias camisas que allí llevan las tribus de los kábilas. Capas de pelos de cabras y prendas de gruesas telas están descritas varias veces en la Biblia como traje de los profetas y apóstoles. Puede ser hayan tenido mucho parecido con las citadas capas árabes; sin embargo, no se encuentran representadas en ningún monumento anti- guo de Asiría ni de Persia. Las groseras capas que llevan hoy dia. los beduinos se parecen á un grande sobretodo sin mangas, que tiene poco más ó menos la forma de un grande saco con una abertura para la cabe- za, dos para los brazos, y está cortado de arriba abajo en la parte delan- tera. Como las camisas, están tejidas comunmente de lana ó de crines de camello, teñidas de un color solo ó rayadas. Generalmente llegan á los pies y no tienen mangas; raras veces llegan á la rodilla. Los abas de los beduinos que moran en la Mesopotamia, están casi sin excepción rayados verticalmente de negro y de blanco; los árabes egipcios los llevan enteramente negros ó de color pardo oscuro. Los beduinos de la tribu de los Beni-Harb se distinguen por las capas rayadas de pardo y blanco, los Scheiks de Ahl-el-Schemahl llevan abas negros y á veces entretejidos con oro. Las capas de lana, especialmente en los países del Norte, son blancas ó rayadas de pardo y blanco, ó de blanco y azul. En el Egipto están rayadas vertical- mente y horizontalmente de color pardo, amarillo, negro, azul y encar- nado. En la Arabia oriental, en la costa de los Piratas y en Ornan, se dis- tinguen los mejores abas por un borde de distinto color ó por rayas negras y pardas. Tal variedad en el color de esta prenda no cabe duda sea tan antigua como la prenda misma; igualmente antiguo es su uso para distinguir las diferentes tribus. La cintura, que á veces pónese también sobre la capa, parte consiste sencillamente en una ancha cor- rea, parte en un fuerte cordón ó en una pieza de cualquier tejido. Las tribus del interior meridional, cuyo traje es casi enteramente de cuero, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 101 se distinguen de las demás por la larguísima cintura que dá doce y más vueltas en rededor del cuerpo. Al lado de la forma más antigua del tocado de la cabeza, como está representado en las paredes de los monumentos egipcios, conocido acaso por Plinio, llegaron á usarse para amparo contra el sol, amplias man- tas. Se usan todavía en nuestros días y se arreglan en el modo más sencillo, tomando un enorme pañuelo cuadrado, doblándole á manera de triángulo y sujetándole á la cabeza con una cuerda. El color de tales pañuelos y el tejido de que están formados, fueron sometidos á las mis- mas mudanzas de las demás prendas. Aunque los fuertes hijos del desierto puedan fácilmente echar de menos el calzado, sin embargo saben apreciar su uso. Ñiebuhr refiere que, mientras viajaba con una caravana, se murió un burro, y sus pro- pietarios le sacaron luego la piel, la cortaron en pedazos y la vendieron á sus compañeros. Ellos mismos se hicieron en aquel dia unos zapatos de las piezas que habian quedado, agujereando los bordes y haciendo pasar unas cintillas en los agujeros, las cuales servían para sujetar al pié este primitivo calzado. Tales zapatos groseros, que corresponden exactamente al ya descrito calzado de los hotentotes, pertenece sin duda, entre los árabes, á los tiempos más remotos. No menos antiguo es entre ellos el uso que rige todavía de las suelas ó sandalias, que corresponden en parte, especialmente en el sistema de sus lazos, al más antiguo cal- zado egipcio. Es cierto que en los tiempos más antiguos poca diferen- cia había entre el traje varonil y el de las mujeres: todavía consiste una tal diferencia esencialmente en la mayor amplitud de las capas, que ocul- tan las formas de las mujeres. En la ley relacionada á los peregrinos de la Meca, está escrito que el Ihram de las mujeres debe cubrir ente- ramente el cuerpo. Faltan del todo noticias para juzgar del desarrollo que tuvo lugar en el traje de las mujeres. Al presente consiste, especialmente en Siria y Arabia, en prendas hechas á manera de camisas, semejantes á las de los hombres, y en amplios abrigos á manera de capas. Una especial modestia, propia de aquella nación, les manda cubrirse la cara con un velo más ó menos espeso. En Egipto, y más especialmente en el Sur de la costa africana sep- 102 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO tentrional, dónde desde tiempos sumamente remotos algunas tribus encontraron una segunda patria en los antiguos Estados de Numidia y Mauritania, se conservó probablemente el antiguo traje de las mujeres más largo tiempo que en las tribus árabes errantes, más sometidas á las influencias comerciales. En aquellos países encuéntrase, además de la grande camisa azul, cuya amplitud basta á cubrir enteramente el cuer- po, especialmente entre las mujeres de los kábílas, una prenda muy grande, semejante á enormes pañuelos de lana, abrigo que oculta muy bien las formas. Tiene mucho parecido con el abrigo griego de las muje- res del tiempo clásico. En su forma más sencilla, que debe ser también la más antigua, consiste en dos mantones de diferente anchura y lar- gura. Sujétanse en los hombros por medio de ganchitos de hierro y al cuerpo por medio de una cintura. Una prenda semejante, pero cerrada en un lado ó en ambos, llevan las mujeres de los beduinos que recorren los países inferiores del Nilo. Las capas de las mujeres de los beduinos, usadas en toda la Ara- bia, la Nubia y la Abisinia, son abrigos de lana que miden cerca de nueve pies de ancho y cinco de largo: comunmente son blancas con cuadraditos azules y ángulos blancos, amarillos y encarnados; algunas hay enteramente negras; también hay enteramente azules, y sirven al mismo tiempo para cubrir la cabeza. Además de ese abrigo, llevan las mujeres pañuelos especiales para la cabeza; las solteras los llevan comunmente de color encarnado, negro las casadas. Se ponen á veces en la parte superior de la cabeza, á veces en rededor de las mejillas. La citada costumbre de cubrir la cara, que sigue entre todas las mujeres orientales, se puede explicar acaso por el progreso de la cultu- ra y á consecuencia de ello por un sentido más delicado de modestia; además, se encuentra su explicación en la costumbre especial de aquella nación de llevar la vida doméstica más retirada. Su desarrollo se rela- ciona ciertamente con las costumbres de las ciudades; de allí pasó á las tribus árabes errantes, que tenían relación con ellas. En el interior del país, entre los nómades independientes, no domina una tal costumbre, y hasta en el tiempo presente hay más libre comercio entre los dos sexos que el que úsase entre los beduinos de la Arabia del Norte y de la Siria. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 103 La esposa de Abran, Sara, entró en Egipto con la cara descubierta, y Rebeca cubrióse solamente cuando vio acercársele Isaac. En las casas, cuando están ocupadas en los quehaceres domésticos, ya no usan ningún velo las mujeres del tiempo presente. El calzado femenino mucho se parece al de los varones: las mujeres también pueden andar descalzas en el invierno sin grande inconveniente, pues llevan solamente de vez en cuando las citadas sandalias ó chinelas mejor trabajadas, que proceden de las ciudades. El adorno, por lo que se refiere á los varones, limítase entre los nómades, desde los tiempos más remotos, especialmente al cuidado del cabello. El empleo de bálsamos y óleos para frotar el cuerpo y el uso de los perfumes, les sirve más que de adorno, de amparo contra los insectos molestos y los desagradables olores. La coloración amarillo- encarnada con el Henneh y el tatuage de algunas partes del cuerpo, no existe más que en pocos individuos de ciertas tribus del país de Binuen. Al contrario, los beduinos aprecian muchísimo una hermosa cabellera: consideran la falta de cabello como un fatal castigo. Las diferentes tribus arreglan de distinto modo la cabellera, y esto mismo las hace distinguir entre ellas. Los Aeneze nunca se cortan el cabello, que llevan trenzado y colgando; en esto son diferentes de todos los demás beduinos de Siria. Otras tribus lo arreglan en rizos, como algunas en el reino de Yemen, ó lo llevan cubierto con un pañuelo, etc. Tal diferencia en la manera de arreglar el cabello no cabe duda sea muy antigua, y cuando Erodoto refiere que los árabes, por motivos religio- sos, se rasuraban el cabello á manera de corona, esto probablemente se relaciona á los bartecos, que se lo rasuraban detrás de las orejas, ó á una población especial establecida. Los beduinos consideran el pelo de las barbas como un objeto vene- rable; lo mismo estiman todos los pueblos asiáticos: para ellos es el más importante ornamento del hombre y cualquier desperfecto en él lo miran como una grave ofensa. En las más antiguas historias se hace mención del aprecio en que los árabes tienen las barbas: en la Biblia están indicados como pueblos que se cortan la punta de los cabellos. Como al presente hay en las diferentes tribus distintas maneras de llevar las barbas, lo mismo suce- 101 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO dia en el tiempo de Plinio: este historiador refiere que una parte de los árabes llevaban barbas enteras, la otra solamente bigotes. Los árabes del desierto llevan pocos adornos, si se exceptúa una cintura con amuletos, cintas y planchitas de metal. Todo lo demás lo dejan á las mujeres, y sacian su amor para el lujo viéndolas riquísima- mente adornadas. Los adornos de las mujeres pues son de varias clases, y más ó menos preciosos, según la posición de su dueño. La costumbre de los antiguos Egipcios de teñir las cejas y las pestañas con un cosmético negro, y las manos y los pies con el zumo del Henneh, domina al pre- sente en todos los países orientales y también entre la mayor parte de las mujeres de los Beduinos: estas últimas se entretienen también con un tatuage azulado en la frente, en los labios y en las manos, en los brazos y en los pies. Sus largas y hermosas cabelleras les dio ocasión para arreglarlas en varios modos elegantes. Ahora las llevan, según las diferentes tribus, trenzadas, ó recogidas en un copo de rizos sobre la frente, ó en bucles cortos ó largos. Al cabello usan mezclar peda- citos de coral, medallitas y cosas semejantes. Este sencillo adorno usá- base también en los tiempos más remotos entre los pueblos árabes errantes; no menos antiguo es el uso de artísticos adornos, de los cua- les se sirven al presente las mujeres de los Beduinos. Principales son los aros de metal para los brazos y las piernas y los pendientes estrechos ó anchos para la nariz. Ofreciendo un tal adorno de oro, Isaac pidió la mano de Rebeca. También desde tiempo muy antiguo apreciábanse los pendientes para las orejas: tales pendientes, que tenían casi siempre la forma de los pendientes para la nariz, llevaban además un número de dijes de varia forma de lámina de oro, piedrecitas, coral ó vidrio. Tam- poco faltaron los collares en aquellos antiguos tiempos. Todavía con- sisten en un hilo de metal ó en varios juntos, ó bien en corales, perlas, piedrecitas ensartadas, y muchas veces cuelga del collar una alhaja preciosa. Completaba el adorno femenino una cintura de cuero ó de lana más ó menos ricamente adornada. La sencillez en las relaciones enteramente patriarcales de los árabes errantes, nunca dejó penetrar entre ellos el lujo del traje. La igualdad de los individuos, sus ideas de libertad é independencia sin límites tam- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 105 poco permitió hubiese entre ellos notable diferencia en la hacienda. El más rico Scheik no vive más regaladamente que el más pobre de su tribu, y muy pocos hay que muestren su riqueza exteriormente. Tal igual- dad es cierto que observábase mucho más rigurosamente en tiempo antiguo. Los reyes del rico pueblo de los Nabateos distinguíanse de los demás individuos de su tribu por el color purpúreo del delantal. El único contraste entre la vida de los nómades y los usos patriar- cales fue en todas épocas su inquebrantable afición á la guerra. Todo Beduino nace guerrero; astuto en el proyecto de sus empresas, diestro y esforzado en la ejecución, está siempre preparado á la pelea y á la defensa. Las armas de algunas de esas tribus eran, en los tiempos más remo- tos, el citado espadón que media de 5 á 6 pies de largo, y un bastón ligeramente encorvado, que podia servir también para arma arrojadiza. A estas pronto añadióse un fuerte arco con flechas puntiagudas, y varias clases de armas de punta y de golpe, largas y cortas. Estas armas en un principio eran de hierro. Los árabes del sur se distinguieron más tarde especialmente porque entre ellos se generalizó el uso de las hon- das y de las hachas de dos cortes. Solamente en la era cristiana, algu- nos individuos entre las tribus errantes tuvieron verdaderas armas defensivas. Probablemente aprendieron de los nubios á usar el escudo. Lo mismo como el Beduino poco aprecia los adornos en el traje, aprecia al contrario muchísimo sus armas. Siempre estuvieron los ricos Sheiks aficionados á cuchillos y puñales preciosamente adornados. Las armas de los más pobres conservaron hasta en nuestros dias su primitiva sencillez y completa falta de ornamentos. La lanza, á veces larga de 8 á 15 pies, es todavía entre los bedui- nos el arma más generalmente usada. El palo es de bambú con muchos nudos: la hoja, ricamente adornada, es de acero, y lo es también la parte de la lanza que está al extremo opuesto. Su adorno más esencial con- siste en dos copos de plumas de avestruz, de forma redonda y colocados á alguna distancia el uno del otro, ó en una especie de pañuelo de varios colores que la envuelve, ó en un adorno de alambre. Los arcos, que ahora no se usan más que excepcionalmente, eran originalmente, con la lanza, las armas principales. Ismael era arquero; 10 ENCICLOPEDIA UNIVERSAL LAS EXCAVACIONES Los escombros de las gigantescas ciudades á orillas del Eufrates inferior y del Tigris superior, además de los citados históricos docu- mentos, ofrecen un rico material figurado. Consiste, comoenlos monu- mentos de Egipto, en esculturas de relieve, adorno esencial de las pare- des en los palacios asírios. Encontráronse tablas de alabastro, que miden de ocho á diez pies de alto, y de cuatro á seis de ancho, las cua- les formábanse con el conjunto de varias largas tiras, y llevaban figu- rados y escritos los lances más importantes de la vida del Estado y de la vida religiosa. Estas tablas de alabastro proporcionan claras y ciertas noticias de las costumbres y de la cultura de la antigua Asiría. A ellas débese el conocimiento detallado de la pompa y de las como- didades de la vida, que ya dominaban en el Asia central en aquellos antiguos tiempos, detalles que el Antiguo Testamento indica somera- mente. Esas tablas, ricamente adornadas de figuras, según la posición cronológica de los monumentos á los cuales pertenecen, muestran el cambio que tuvo lugar en algunas partes relacionadas al traje y á los muebles; en ellas encuéntranse datos mas seguros para juzgar su des- arrollo general. Estos se reconocen colocando los más antiguos y los más molernos restos monumentales, los unos al lado de los otros, es decir, las ruinas del llamado palacio noroeste de Nemrod (900 antes de Cristo), y las de Kuijundschik; sin embargo, también las imágenes de las paredes que pertenecen á las épocas intermedias (las de Khorsabad, Karamles, etc.) tienen alguna relación con las primeras. Las últimas excavaciones en el Hillah, el territorio de la antigua y de la nueva Babi- lonia, han ofrecido finalmente unos restos especiales de los últimos tiempos del dominio del Asia central. EL TRAJE El arte asirio es diferente del egipcio en la manera de representar las imágenes. Aunque dominase también en aquel un sistema general para representar las figuras, sin embargo no estaba sujeto á reglas 138 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO fijas que impidiesen cualquier libre manifestación del artista, el cual podia, sin apartarse de la naturaleza, imitarla en el modo que le parecía más acertado. Con todo, el arte asirio nunca se elevó á una verdadera libertad: para ello faltaba la pura inteligencia espiritual de la materia, sin la cual no hay arte en el verdadero sentido de la palabra. La actividad artística de los asirios quedó siempre como la de los egipcios, un adorno de la arquitectura. Destinada á decorar las paredes de los regios palacios y á eternizar las hazañas de los soberanos, nunca le fue concedido elevarse á más espiritual altura y traspasar los límites de la técnica habilidad. Habiendo encontrado los tipos necesarios para su objeto, debió contentarse de reproducirlos en un modo sencillamente formal. Mientras el arte egipcio quedó, para decirlo así, petrificado bajo el dominio de unas reglas invariables, el arte asirio no pasó de una cierta imitación nacional producida por las circunstancias. El cere- monial tieso y totalmente falto de gracia de la corte asiría, la separa- ción de las clases según el rango y la dignidad, la diferencia conven- cional en las costumbres y en el modo de vivir, la inclinación á la pompa exterior, eran las bases esenciales en las que descansaba el arte asirio, imitando fielmente un modelo tan poco artístico. Sólo en repre- sentar las partes desnudas del cuerpo humano tenia algo más de liber- tad; pero debia volver en las citadas circunstancias á la manera afectada y exagerada de los más antiguos monumentos asirios. Como queda dicho, la tarea más importante para los artistas asirios como para los egipcios, era expresar con la mayor puntualidad los objetos que representaban, y dirigieron sus esfuerzos á la fiel reproduc- ción de las señales exteriores. Esto produjo una manera especial de tra- tar el traje y particularmente los pliegues. Para reproducir en toda su anchura los distintivos quizás sagrados de los altos funcionarios, deja- ban aparte totalmente el cuidado de indicarlos. Este sistema, que des- terraba el difícil estudio de imitarlos con naturalidad, hizo que todas sus figuras, y en todas las épocas, llevasen el carácter de una tiesa inmo- vilidad. Esto hace más dificultoso reconocer en el traje asirio la materia y la forma. Especialmente difícil es juzgar el traje de las personas de rango más elevado, representado de mil maneras diferentes y con espe- cial magnificencia. Sin embargo, es falsa la suposición que aquellos tra- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 139 jes fuesen de materia tiesa, parecida al cuero. La comparación entre el arte de los diferentes países en aquellas épocas remotas, sujeto á un sistema fijo, y más que todo la circunstancia que los asirios, como pue- blo dominador en el Asia occidental, disfrutaban la industria de los pueblos sometidos, y tenían entre sus manos el comercio fenicio-babiló- nico, contradicen terminantemente tal suposición. El traje de la población del país central, y eFpecialmente el de los ninivitas, que habitaban el nordeste, más expuestos que los babilonios á los cambios de temperatura, abrigaba mucho más que el traje egipcio; las materias sin embargo de .que eran formados, no estaban sin duda tan tiesas que se resistiesen á la formación de pliegues. El algodón, cultivado en el país, especialmente en Siria, desde tiempo muy antiguo, y traido en parte de las Indias, pronto había llegado en el Asia occidental á ser utilizado para la fabricación de varios tejidos. Los asirios y los babilonios especialmente llevaban trajes de algodón. Luego, como entre los egipcios, empleábase sin duda en Asiria el lino para tejidos de lienzo, y además es probable que, durante á lo menos la época más floreciente del reino, llegase allí la seda de China por medio del comercio. Se puede suponer en fin que los asirios se sirviesen de la lana para los trajes más preciosos, considerando la industria y el comercio del Asia occidental tan desarrollados en los tiempos más remotos. Es probable que para este objeto empleasen principalmente la lana de las cabras del Himalaya y la de las ovejas de Cachemir, tan celebradas también hoy dia por su suavidad. Los ganados del país ofre- cían bastante material en lana para trajes y abrigos más ordinarios, y cuero trabajado de diferentes maneras. Las noticias que merecen más confianza sobre la perfección técnica que la industria del occidente asiá- tico habia alcanzado bajo la soberanía de los monarcas asirios, encuén- transe en los mismos monumentos. Los trajes en ellos representados, por sus riquísimos adornos, hacen conjeturar una suma habilidad en el arte de tejer en varios colores y en el de bordar, habilidad muy justa- mente admirada. Esto sea dicho con relación á los trajes de las perso- nas principales, y especialmente á la vestidura de los más antiguos reyes. Estaban tales trajes ricamente adornados con arabescos, con represen- taciones figuradas y enriquecidos por pesados flecos y franjas. No iba 140 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO en zaga al arte de bordar tan desarrollado desde los más remotos tiem- pos, en los que gozaba de mucha fama, que se conservó hasta los más modernos, el arte de teñir en varios colores. Los colores amarillo, encarnado, azul y negro, que usaron sin duda sin mezclarlos los primi-^ tivos teñidores asirlos, llegaron después á formar un número de tintes varios. El color purpúreo oscuro azulado fue siempre probablemente preferido entre los asirios, y comunmente entre todos los pueblos del Asia occidental. Trajes de este color, otros lujosos vestidos y pañuelos azules bordados muy apreciados en el comercio, estiban reservados á las personas principales, príncipes y gobernadores. La camisa, que en las imágenes de los monumentos egipcios parece el traje más generalmente adoptado por los pueblos del Asia occidental, vestidura casi exclusiva de muchos árabes en el tiempo presente, per- maneció en todas las épocas en oposición al delantal nacional de los egipcios, esencialmente el traje nacional de los asirios y de los babilo- nios. El delantal era una excepción, un distintivo de ciertas graduacio- nes militares acaso asirías. Entre esos pueblos, parece no haya sido concedido á nadie ir completamente desnudo, sino en el ejercicio de ciertos oficios especiales que lo requerían absolutamente. El traje de ambos sexos en las clases inferiores, consistía única- mente en una vestidura hecha á manera de camisa. Las mujeres la llevaban más larga, más corta los varones, y muchas veces sujeta á la cintura por medio de una cuerda. Los criados de los más principales asirios parece no hayan nunca recibido de sus amos, tampoco en la época de mayor lujo, otros trajes que camisas de mangas cortas, que no pasaban de la rodilla y estaban sujetas á la cintura. Las camisas en las clases acomodadas y elevadas, con pocas excepciones relacionadas al culto, llegaban hasta los pies. Los reyes y sacerdotes solos llevaban otro traje sobre la camisa. Hacía la mitad del siglo v antes de Cristo, á consecuencia de la separación del reino asirio-babilónico , la rigurosa diferencia entre el modo de vestir de los varios Estados, ya no se observaba con tanta puntualidad. A lo menos Erodoto encontró entre los habitantes más ricos de la Mesopotania del sur, como traje común nacional, la camisa de lienzo que llegaba á los pies, encima de ella otros vestidos de lana, zapatos y fajas para cubrir la cabeza. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 141 La situación en que estaban las mujeres ejerció acaso una impor- tante influencia, hasta en los últimos tiempos, sobre la forma del anti- guo traje de Asiría. La falta completa de imágenes femeninas verda- deramente asirías en los monumentos de Níníve, mientras hay muchas de mujeres del país en los de Egipto, hace conjeturar una diferencia muy notable en las relaciones de los dos sexos entre ambos países. En Egipto, hasta en los últimos tiempos, participaba la mujer del rango más elevado; en Etiopía ocupaba preferentemente el trono. En Asiría (Asia occidental) parece haya siempre ocupado la posición dependiente en que está todavía colocada en el Este. Como en Egipto ha sido acaso el bello sexo quien ha introducido, especialmente en el principio del nuevo reino, la vestidura de los hombres, que se parece mucho al mujeril y se usó desde entonces, así en Asiría probablemente el sexo masculino determinó la forma y lo esencial del traje. La tradición relatada por Diodoro y Justino, que Semíramis llevaba en un principio, en lugar del traje mujeril, un traje de joven, bajo el cual no se podia juzgar el sexo de la persona que le llevaba, que este traje fue después muy usado entre los medas y los persas, deja conjeturar un notable parecido entre el traje de los dos sexos, también en los países del Asia occidental. Las imágenes en los monumentos asirios, por lo que se conoce hasta ahora, ostentan algunos puntos notables de la vida del Estado y de la corte, de guerras y actos religiosos relacionados á los monarcas. Focos datos hay de sü vida privada, y menos todavía sobre la de las cla- ses inferiores. Lo que representan pues con mucha puntualidad son principalmente las condiciones del traje ceremonial en los individuos más íntimamente relacionados con la corte de los soberanos asirios, altos funcionarios, sacerdotes y guerreros. Cerno en la corte de los faraones, dominaba también en la de los monarcas asirios una ley ceremonial, en las cosas mayores como en las menores. Habiendo llegado, á consecuencia de la molicie en las costumbres que se habia introducido desde los primeros tiempos, á un lujo excesivo, la representación exterior era una neceidad, cuyas mani- festaciones, bajando de los que inmediatamente rodeaban al soberano, llegaban á los últimos empleados de una manera muy pomposa.— «Príncipes y gobernadores, vestidos de púrpura azulada, todos jóvenes 142 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO y hermosos,» rodeaban las gradas del trono; solamente los principales de la nobleza y los sacerdotes podían servir al rey. Eran al propio tiempo guerreros é iban siempre armados Después de estos, como hoy dia en las cortes de los monarcas orientales, y acaso más íntimamente relacio- cionados al soberano que aquellos, habiaun crecido número de eunucos. A pesar de su cara desprovista de pelo y de su traza mujeril, llevaban ricas armas, y á veces peleaban como generales en las batallas. El distintivo de todos los altos empleados, además de los adornos de la camisa, que les llegaba á los pies, adornos más ó menos precio- sos probablemente según su rango, era una faja guarnecida con franjas, que la sujetaba. Su anchura, que aumentó notablemente en los últimos tiempos, pues cubría casi enteramente la parte superior del cuerpo hasta las rodillas, la manera de llevarla como abrigo de los hombros, sencilla ó cruzada, dependía probablemente del rango y de la dignidad de los empleados. Una faja muy ancha, que atravesaba diagonalmente el pecho, era en la corte de Salmanasar el distintivo del visir, ó bea ministro de Estado; la faja cruzada parece haya pertenecido al mayor- domo de la real casa, ó maestro de ceremonias Q). Mucho más estre- chas eran las fajas de la servidumbre del rey, como la del copero, del escudero, etc., mientras que el empleado que llevaba el quitasol, el que llevaba el abanico, etc., no se honraban con más distintivos que la pre- ciosa guarnición del traje, y el mismo IUJOÍO objeto que llevaban; final- mente, los regios escribanos distinguíanse solamente por una camisa larga, guarnecida con franjas. Aquella faja, que en su mayor amplitud fue el origen de una aiáloga vestidura ceremonial en la corte de Etio- pía, pertenecía también, á lo menos en los primeros tiempos del domi- nio asirio, al traje regio y al traje ceremonial de los sacerdotes. El especial distintivo de estos dignatarios mayores, consistía en los emble- mas correspondientes á su poder despótico y en abrigos á manera de capas, adornados con mucho primor y riqueza. El traje de Estado y el traje ceremonial de los reyes, especialmente de los que pertenecieron á la brillante antigua época (900 antes de Cristo), representado en los más antiguos monumentos de Nemrod, ostentaba, por decirlo así, orgullosamente todos los atributos de .los países sometidos. La camisa de mangas cortas, que llegaba hasta los ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 143 pies, usada también por el rey por debajo de sus demás vestiduras, estaba ricamente bordada, parte con figuras simbólicas, parte con ele- gantísimos arabescos, y guarnecido en el borde inferior con los flecos purpúreos característicos del traje de corte, pero muy preciosamente trabajados. Una cintura de cordones adornada con flecos análogos, cuyos cabos llegaban á los pies, sujetaba la camisa. La forma de este traje, habiendo sido reconocida conveniente, mantúvose en tojas las épocas para el traje ceremonial del rey; no hubo mudanza sino en la forma de sus adornos, es decir, que más tarde los símbolos mitológi- cos fueron reemplazados por rayas ó series de rosas en forma de estre- llas, ó dibujos á cuadratines. La forma y el ornamento de los abrigos á manera de capas sufrie- ron, al contrario, muchos cambios notables. La más primitiva, tal como la encontraron los egipcios en el Asia occidental, consistía sin duda también para los soberanos asirios de la antigua época, en un traje más ó menos amplio que cubría el cuerpo y, pasando por debajo de un brazo, sujetábase al hombro del lado opuesto por medio de una presilla. De éste, desarrollóse después una capa sujetada sobre ambos hombros con una abertura para un brazo, y otra más conveniente para la libertad de los movimientos, abierta solamente por un lado y recogida por el otro; esta última forma parece sea la más cierta. Con tal abrigo, que se usaba en tiempo de Salmanasar, parecía su sucesor Sanherib en las fies- tas solemnes. El adorno simbólico, casi demasiado rico, de esos trajes purpúreos, y también el de los vestidos más interiores, cedió poco á poco el lugar á un ornamento más sencillo, que consistía en estrellas de oro ú otra cosa semejante. Las mudanzas en las condiciones del Estado, especial- mente en las relacionadas al culto, fueron las causas probable? de estos cambios en el traje. A esto parece relacionarse la falta completa de la faja en el regio traje de ceremonia del tiempo más moderno, faja que los antiguos soberanos llevaban encima de todas sus demás vestiduras. Además de sus lujosos vestidos, los reyes de Asiría llevaban casi siempre un tocado de cabeza más ó menos alto. Este también cambió, como parte esencial del traje de ceremonia, como cambiaron las demás vestiduras, en la forma y en los adornos. Estos tocados, que en su pri- 141 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO mitiva forma eran probablemente unas gorras cónicas muy altas, con su mitad superior puntiaguda, doblada una ó dos veces sobre la inferior, de manera que sobre esta última no quedaba visible más que la punta, llegaron á ser más tarde unas coronas tiesas y llanas. El principal adorno de la antigua gorra consistía en una diadema de oro con largas cintas colgando. Después estos ornamentos de la diadema fueron entretejidos en la misma gorra á manera de rayas ó bordados en ella, y más tarde aun la gorra, ya tiesa, fue rodeada con a^os de lámina de oro rica- mente trabajados. Las cintas, originariamente destinadas á sujetar la diadema, fueron conservadas como especial adorno. Probablemente la materia de la que se hacían estas gorras era lienzo ó acaso lana entre- tejida; puede ser que su color era sencillamente blanco, el de las cintas encarnado ó purpúreo oscuro. El cetro, finalmente, era un esencial distintivo de la regia dignidad. Era una vara de oro ó cubierta con plancha del mismo metal, y medía de cuatro á cinco pies de longitud. Solamente después de la caida del del reino de Asiría y la elevación de Babilonia parece hayase generali- zado la costumbre de usar una vara ó bastón. Erodoto, testigo ocular, cuenta que cualquier personaje principal de Babilonia llevaba un bastón con pomo elegantemente esculpido. En algunas partes era esencialmente diferente el traje de los sacer- dotes del de los reyes. Consistía acaso como en Egipto, en oposición al traje seglar, que estaba hecho de espesos y pesados tejidos, en vesti- duras de telas delgadas blancas y (encarnadas?) ó en otros preciosos tejidos. Como está averiguado por las antiguas imágenes, también el rey de Asiría tenia la dignidad de sumo pontífice. Su persona era sagrada, y gozaba de honores casi iguales á la idolatría. La natural disposición de los pueblos orientales, al dejarse arrastrar principalmente por los sentidos, había llevado á los asírios, ya en los más antiguos tiempos, á simbolizar sus deidades con la pompa más excesiva. Siendo la adora- ción de los astros la base de su religión, manifestábase simbolizando las principales estrellas y los planetas con figuras de animales ó con otras figuras á manera de estrellas. Tales imágenes eran el adorno característico del traje sacerdotal. La materia y la forma, aunque variase ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 145 según el estado y el rango de los sacerdotes y según las ceremonias, parece sin embargo en lo general haber quedado fiel durante todas las épocas á una regla fundada sobre una tradición sumamente antigua. Consistía, alejándose de la forma común de la camisa y de la capa, en un traje hecho á manera de caracol, como el que se habia usado entre los hábiles retennu en el segundo milenio antes de Cristo. En ciertas ceremonias, en las que el rey ejercía su empleo sacer- dotal, aparecía cubierto con uno de esos trajes, que le ocultaba todo el cuerpo y hasta los brazos. Del mismo modo vestía el gran sacerdote, pero el traje era menos precioso y monos ancho. Dos especiales distin- tivos del monarca, de los que casi nunca se privaba en las ceremonias religiosas, eran un collar de oro adornado con figuras simbólicas, y un cetro en forma de clava, que llevaba una estrella. También el gran sacerdote llevaba un cetro semejante y otro en forma de cayado. Ador- nábase también con una preciosa placa en el pecho, en la que habia una inscripción, y con un rico tocado de cabeza de varia forma, según las diferentes ceremonias. La más antigua era la de una gorra más ó menos alta, provista de cuernos, etc.; más tarde, y en los últimos tiempos, tenia, como la mitra de los reyes, la figura de un sombrero elevado, esparcido de estrellas. Por lo demás, el traje ceremonial en las fiestas religiosas como el del gran sacerdote, quedaron sometidos al citado cambio causado por el mismo culto. Con todo, parece se hayan diferenciado poco del verdadero traje de corte y Estado del monarca, más á menudo, aún eran más sencillos. A veces consistía en una larga camisa sin mangas y sin ningún adorno, la cual llegaba á los pies, la mitra real baja, y el grande cetro. Otro traje sacerdotal consistía en dos trajes, uno encima del otro, y la citada faja con largas franjas. La forma que parece hayan usado para el traje inferior, cuyo borde estaba siempre ricamente adornado con flecos, etc., es la de una faja muy ancha para envolver el cuerpo. Es probable que esa faja haya rodeado dos veces la parte inferior del cuerpo, dejando entre sí un ancho espacio intermedio, cubriéndole pri- mero de los tobillos á las rodillas, pero dejando una parte de las piernas descubierta, y luego enteramente de las rodillas á los hijares, donde sujetábase por medio de una cintura, cuyos cabos, provistos de flecos, 116 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO llegaban casi al suelo. El rico y precioso traje superior, parece haya correspondido á la citada antigua forma, pero es probable que algunos se hayan parecido á unas anchas capas. En este último caso, arreglá- base cuidadosamente en rededor del cuerpo, echando un extremo- sobre el hombro derecho ó izquierdo, ensanchándole sobre la espalda y haciéndole pasar por debajo del brazo opuesto, y finalmente echándole sobre el hombro, haciéndole recaer por detrás. Parece que la faja no se haya usado sino con esa capa, que aprieta el cuerpo como una venda de gran tamaño. El traje superior dejó de usarse por algunos sacer- dotes, ó en ocasión de ciertas ceremonias especiales. Entonces el orna- mento limitábase á una camisa más ó menos larga, pero siempre rica- mente adornada con franjas, ó también á un sencillo delantal, adornado más ó menos preciosamente. Como algunas deidades asirías imaginá- banse y representábanse simbólicamente en forma de animales, es más que probable se cubriesen el rostro los sacerdotes asirios, como los egipcios, con máscaras correspondientes, en ciertas solemnidades de aparato. Esto es tanto más cierto cuanto se encuentran representadas máscaras de animales aún sin figurar alguna fiesta ó ceremonia reli- giosa. El tocado de cabeza correspondiente al traje común de corte, con el cual adornábanse algunos sacerdotes, y á veces los mismos reyes, era una diadema más ó menos rica y preciosa. Es probable haya correspondido en la forma y en los adornos al rango y estado de las personas. Un particular ornamento de la diadema, pero reservado al rey y al visir, eran las largas cintas, esenciales en la mitra, colgando por detrás. Más generales que las diademas, reservadas á los primeros personajes, pero, sin embargo, tocado de personas distinguidas, aparecieron en Babilonia unas vendas semejantes á turbantes, que continuaron á usarse allí hasta en los últimos tiempos como parte del traje nacional. Lo que por el tocado de cabeza asirio aconteció también por el cal- zado. Este último objeto de lujo, en un principio, que no llevaban más que los empleados de corte, llegó más tarde á generalizarse en Babi- lonia. Entre los asirios consistía el calzado en sandalias de un solo color ó rayadas, con fuertes correas para sujetarlas. Atábanse al pié, como en Egipto, por debajo de la planta, haciendo pasar la cinta de cuero ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 147 entre el dedo mayor y los menores; algunas habia sujetas á la correa superior por medio de anillos, anudando las cintas sobre el pié. Solamente muy tarde usóse cubrir las piernas. En un principio eran los guerreros armados que las vestian. Las imágenes monumentales de Kajundschik, demuestran con probabilidad que en el tiempo de Sanhe- rib habia llegado á usarse una suerte de medias también entre clases menos elevadas, y se llevaban con las camisas cortas, que no bajaban de la rodilla. Con estas medias se usaban botines, que llegaban á la mitad de la pierna ó eran mucho más bajos; luego habia también una suerte de calzas, las cuales la cubrían completamente. Es probable fuesen de cuero, y, para pelear, fortalecidas con planchitas de metal. Parece que solamente en los últimos tiempos haya llegado á ser de un uso general la cintura de cuero muy ancha y fuerte, la cual en tiempo anti- guo pertenecía esencialmente á la armadura de los guerreros. La riqueza siempre creciente de la población de Nínive favoreció en los últimos tiempos su afición á la pompa exterior, y poco á poco las clases que no pertenecían á la corte, pudieron adornarse, á lo menos en manera pare- cida, á la de las personas más principales, es decir, ostentar un lujo que primero no se permitía más que á la nobleza favorecida por- los sobe- ranos. El arreglo de los cabellos fue en todos los tiempos objeto de cui- dados especiales. Su origen debe haber sido sin duda la abundancia y la fuerza de las cabelleras y de las barbas, propias de aquella población. Comunmente formábase en medio de la cabeza una suerte de morro y luego peinábase el cabello en los dos lados sobre las orejas ó detrás de ellas, liso ó á manera de ondas hasta el cogote; últimamente se orde- naba con mucha simetría en pequeños rizos. Algunas veces trenzábase, pero sin renunciar al adorno de los rizos. En casos muy raros parece que algunos individuos se contentasen con peinar llanamente su larga cabellera, sujetándola con una doble cinta. Dejábanse crecer las barbas completamente; rizábanse con cuidado el bigote y las patillas; debajo de la barba cortábanse simétricamente el pelo, y luego trenzábansey rizá- banse por turno en toda su longitud. Las clases inferiores, los guerreros del último rango y los jornaleros llevaban barbas más cortas, sin rizar- las ni trenzarlas, 148 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Considerando el esmerado cuidado del cabello, cuyas pruebas se encuentran en las imágenes monumentales, no es desacertado suponer que los individuos á los cuales la naturaleza habia negado la abun- dancia de un tal adorno, tratasen de reemplazarle con trenzas artificiales ó con pelucas. Su uso es atestiguado por escritores de la antigüedad entre otras razas asiáticas. Tampoco carece de verosimilitud que en algunos casos hayase teñido el cabello y las barbas, pues esto mismo úsase entre los persas y los árabes. Los adornos y los afeites (cosméticos) ya estaban en tiempo antiguo muy desarrollados entre los asirios. Las tradiciones que se hallan del traje mujeril y sumamente lujoso de Sardanápalo y otras descripciones de autores griegos sobre la afeminación y el amor excesivo al lujo exte- rior en los grandes de Asiria del último tiempo, hacen conjeturar una desmedida corrupción en este sentido. Además de raros y preciosos bál- samos y óleos, de los cuales sin duda servíanse para perfumarse el cuerpo y los vestidos, usaban, como está probado por unos restos de colores, que han quedado en las imágenes monumentales, no solamente el color negro egipcio para teñir las cejas y las pestañas, sino también el color blanco y el encarnado para realce de la hermosura de la tez. Llevaban colgando del cuerpo los más varios adornos, que, para decirlo así, completaban el traje ya de sí riquísimo y preciosamente adornado. La materia principal de que se fabricaban tales objetos debia ser sin duda el oro. Las fuentes de donde llegaba á Asiria con más abundancia deben haber siempre sido el monte Altai (en lenguaje chino, monte de oro) y la pendiente oriental del Bolor; luego en general el Asia del Norte. Por largo camino, pasando por las manos de los Isedunes, Ari- maspes y Masagetas errantes, y de aquellas hordas guerreras que los mitos habían trasformado en grifos custodes del oro, llegaba á los paises del Asia anterior. De la misma manera es probable haya llegado también la plata; de India y de los paises de la costa meridional, á más de los metales nobles, llegaban especialmente las piedras preciosas, y sobre todo las perlas, tan estimadas en los tiempos más remotos. Siendo en la población tan grande el deseo de hermosear el cuerpo por medio de ricos adornos, el arte del platero y el del joyero muy pronto se desar- rollaron. Los objetos de este género representados en los más antiguos ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 140 monumentos, demuestran una delicadeza en el trabajo de los ornamen- tos, que no fue tampoco mejorada en tiempos mucho más modernos. Los principales dibujos de adorno eran, como en los tejidos, diminutas estrellas, rosetas, y solamente en algunos casos, si el objeto correspon- día á ello, sencillos nudos de cintas, figuras de animales enteras ó par- tes de su cuerpo. La mayoría de los objetos así trabajados eran fundidos y después acabados. Además de los adornos especiales de la cabeza que usaban los gran- des del reino (diademas), llevaban también éstos, brazaletes para los bra- zos y las muñecas, más ó menos ricamente trabajados. En tiempo anti- guo, consistían casi todos en aros juntos, terminando en cabezas de animal; más tarde hiciéronse de mil maneras diferentes, pero la más común era una cinta cerrada. Análogo adorno para los tobillos, como usaban, por ejemplo, los egipcios, parece no haya sido usado entre los asirios, lo que tenia su causa en la longitud de sus trajes, pues seme- jantes ornamentos hubieran quedado ocultos. Tanto mayor cuidado teníase para adornar las orejas con peodíentes en forma de cruz y de gotas elegantemente perfiladas, lo que era completamente contrario al uso egipcio. También en estos adornos tuvieron lugar mudanzas en la forma, pasando de la sencilla de una cinta esparcida de piedras precio- sas á la de la cruz. El adorno del cuello, cubriendo los trajes de los grandes general- mente el pecho, quedó más bien un ornamento del traje que un verda- dero collar. Algunos dignatarios únicamente, y también unos sacerdo- tes, adornábanse con cordones de gruesas perlas. Estos cordones probablemente relacionábanse como símbolo á los personajes que los llevaban, como la cadena del rey cuando celebraba alguna función reli- giosa; así debían ser símbolos los collares adornados con estrellas. Es de suponer que habiendo llegado al exceso el lujo de los babilonios en los últimos tiempos, las sortijas de oro y las piedras preciosas grabadas que las adornaban, se hayan usado también entre los asirios; lo mismo se puede decir del uso casi general de pequeños rollos adornados con inscripciones y figuras, cuyo uso se ignora, y que llevaban colgando del cuello. No se puede dudar que todos los citados adornos no hayan sido 150 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO llevados por las mujeres como por los varones, y para éstas, es pro- bable hayan sido más preciosos y acaso algo diferentes en la forma, pues es cierto que el sexo femenino no era menos adicto á adornarse que el masculino. Además, los hombres cuidaban ellos mismos de ador- nar á sus esposas con el mayor lujo. La semejanza que existía entre el traje de los dos sexos hace conjeturar que, si habia diferencia, consistía comunmente en la materia y muy poco en la forma. Algunos escritores de la parte menos remota de la antigüedad, observaron que se emplea- ban principalmente para el traje mujeril los tejidos más ligeros y del- gados. Así, hablando, por ejemplo, del culto del dios Sandan (Moloch; Baal-Moloch), en el cual adorábase el principio generador femenino, relatan que la imagen del ídolo estaba vestida de velo encarnado, y que no solamente sus sacerdotisas (Herodulas), sino también, en las fiestas solemnes, sus adoradores del sexo masculino iban vestidos de la misma manera. Como se desprende de algunas imágenes monumentales, que representan, si no mujeres asirías, á lo menos mujeres del Asia anterior, los trajes mujeriles consistían comunmente en camisas más ó menos lar- gas y más ó menos ricas de pliegues, que se adherían al cuerpo por medio de una cintura muchas veces ricamente adornada, y en anchos abri- gos. Las camisas, que eran la única vestidura en el interior de la casa, tenían mangas más ó menos cortas, estaban adornadas en los ángulos y á veces enteramente cubiertas con un primoroso dibujo de cuadratines estrellados. Las mujeres principales anadian á este traje un velo, suje- tando sobre la frente un grande pañuelo de finísimo tejido, el cual, reca- yendo sobre los hombros y la espalda, ocultaba todo el cuerpo. La cir- cunstancia de que los asirios, como otros pueblos asiáticos, de los que hablaremos largamente, tenían á sus mujeres apartadas del común trato en habitaciones especiales (harems), y que por consiguiente su vida transcurría en el interior de las casas, debe haber tenido notable influen- cia sobre la costumbre que consagraba al bello sexo los tejidos delgados, dejando los espesos á los varones. EL ARTE MILITAR El arte de la guerra, en la serie de victoriosas batallas que tuvieron con los Estados vecinos del país central, habíase desarrollado cierta- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 151 mente con mucha rapidez. Así está probado por las imágenes de los más antiguos monumentos, en lo cual están representadas escenas de toda clase de peleas y batallas. Demuestran que había un ejército bien orde- nado, cuya fuerza descansaba en una regular repartición de la masa de las tropas en divisiones particulares, y en la igualdad de estas mismas divisiones. Además, el número de las fuerzas militares asirías era extraordinario. Dejando aparte los fabulosos relatos de Diodoro, según historiadores fidedignos, como Jenofonte y la Escritura en el libro de Judith, era sin embargo casi infinito. A este correspondía el de los guer- reros principales, de los generales superiores é inferiores de las divisio- nes, etc. Todos estos jefes pertenecían á la íntima corte del monarca, lo que tenia por consecuencia un pomposo, riquísimo aparato también en las peleas, así de los primeros empleados militares, como en grado des- cendiente de todo ei ejército. . Las armas de los dignatarios y especialmente ¡as del rey, eran de los más nobles metales y estaban adornadas con piedras preciosas, etc. Eran probablemente objeto particular de esmerado trabajo páralos plateros y joyeros. Los armeros, curtidores y trabajadores de marfil contribuían todos más ó menos á su fabricación. La materia principal deque se ser- vian los armeros, era el bronce y el hierro, tanto para armas defen- sivas como para ofensivas, lo que hace conjeturar que estuvieron ellos ya antiguamente familiarizados con la fabricación del acero y de lo que se llama trabajo de Damasco. Otros oficiales trabajaban los trajes defen- sivos de fuerte fieltro de lana y lienzo acartonado, y las antiguas rela- ciones comerciales entre los países del Asia anterior con la India, había llevado ya en tiempo muy remoto armas indianas á los asirios, especialmente espadas. Cuando el profeta Jeremías clama al ejército de Nabucodonosor: * I Armaos con los grandes y los menores escudos! ¡preparaos á la guerral jGinetes, aparejad los corceles y montad á caballo! ¡coged los yelmos, aguzad los espadones y armaos con la coraza!» indica casi todas las armas defensivas que usaban también los guerreros asirios en los más antiguos tiempos. La forma dominante del escudo menor con asa quedó por todas las épocas del reino asirio-babilónico la que se usaba en toda el Asia occi- 152 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO dental, es decir, la redonda. Aveces usábase también la forma oblonga, pero era una mera excepción. Los escudos redondos, como los que al presente llevan los pueblos curdos, eran probablemente de cuero fuerte, cavados y fortalecidos con chapas de metal, que al propio tiempo ser- vian de adorno, á veces aun enteramente de bronce. Los pequeños escu- dos redondos de esta suerte estaban á menudo provistos de un cono puntiagudo. Así podían servir, en la refriega, también de armas ofensi- vas. Los escudos menores oblongos al contrario, eran comunmente de palo, cubiertos con una capa de cuero ó de fuertes cañas entrelazadas. Semejantes á estos, pero trabajados más sólidamente, eran los grandes escudos, que usaban como defensa únicamente los arqueros. Además de esas formas comunmente usadas desde el tiempo más remoto, en el Asia occidental, se adoptaron más tarde en el ejército asirio grandes escudos encorvados, largos ó redondos, los cuales median cerca de cua- tro pies de longitud. Como está probado por las imágenes monumenta- les de Kujundschik, aun durante el guerrero reinado de Sanherib, los llevaban solamente algunos soldados de armadura especial. El arma defensiva de la cabeza que, según las antiguas esculturas, no usaban en los remotos tiempos más que los guerreros de pesada armadura y los generales, pronto se desarrolló de su primitiva forma, generalmente usada entre las poblaciones orientales, que era sencilla- mente la de una gorra, hasta ser un yelmo verdadero, probablemente de cuero en el principio, fortalecido con aros de metal y provisto de amparos móviles para las orejas. A éste sucedió el yelmo cónico de bronce ó de hierro, que está representado en los monumentos de Khor- sabad, y que se encontró real y verdaderamente por medio de las exca- vaciones. Al mismo tiempo que se usaban esos yelmos, que más tarde llegaron á ser parte de la armadura de las tropas de Siria, parece haya empezado también á generalizarse la costumbre de adornar los yelmos con ornamentos especiales. Amparábase el pecho y la espalda con aquellas preciosas corazas de fuertes tejidos ó de piezas de metal ordenadas á manera de escamas, de las que fue hecha mención, como de la más antigua arma defensiva asiria, hablando de la armadura de los Egipcios y de los Etíopes. Las corazas de fieltro espeso y de lienzo acartonado, las cuales, más tarde, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL lf)Ü como relata Herodoto, pertenecieron á la armadura de los sirios, ú tenian la forma de chaquetas sin mangas, que adherían al cuerpo, ó consistían, especialmente en el tiempo de Sanherib, en anchas fajas ó vendas ador- nadas, con las cuales cubríase el cuerpo hasta las extremidades. Las corazas trabajadas á manera de escamas, al contrario, cubrían á veces todo el cuerpo, dejando desnudos los brazos; á veces llegaban solamente á las rodillas. En lugar de tales pesadas, antiguas vestiduras, adoptá- ronse más tarde, principalmente para armadura de los guerreros prin- cipales, chaquetas de cuero ó de fuertes tejidos con chapas de metal. Estas y las corazas á manera de escamas, como han probado las exca- vaciones, eran comunmente de hierro con elegantes adornos de cobre. Sobre todo, para sujetar esas largas vestiduras, usaban las ya citadas anchas cinturas, que formaban, siendo fortalecidas con hojas de metal, otro seguro amparo de las partes del cuerpo más blandas y delicadas. Sin contar todas estas ya perfeccionadas defensas, á las cuales añadíase una para el pecho, que consistia en una fuerte chapa conjunta con la espada, encontró más tarde aceptación en el ejército asirio, un amparo de los muslos y de las piernas, calzas de armadura y botas. Difícil es decir si la causa de ello fue la aumentada molicie del pueblo ó los cambios que poco á poco se introdujeron en el arte militar. No seria, sin embargo, desacertado suponer que hayanse imitado tales vestiduras de otros pueblos, acaso asiático-orientales, después de haber tenido con ellos más íntimas relaciones. En todas las épocas de las guerras asirías quedaron desnudos los brazos. Por un lado los amparaba el escudo, por el otro evitábase cualquier cosa que pudiese estorbar la libertad de sus movimientos. En eso formaban los arqueros una excep- ción, pues, como los arqueros egipcios, amparaban el brazo con una manga contra el choque de la cuerda. El arco ocupaba siempre el primer lugar entre las armas ofensivas de los asirios, aunque las demás, muy parecidas en la forma primitiva á las de los pueblos del Asia occidental, se hubiesen notablemente desarrollado con mucha variedad. La antigua forma del arco, la más conveniente para su objeto, no sufrió esencial mudanza entre las manos de los asíríos. Como los pueblos del Asia occidental en las épocas remotas y como los egipcios, usaban los asirios preferentemente 1ÍÍ4 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO grandes arcos, que median de tres á cuatro pies de longitud, con los extremos esculpidos, de manera que eran muy cómodos para sujetar la cuerda. También usaban estuches para guardar el arma; el perfecciona- miento de las flechas acaso se limitó á adornarlas más elegantemente con plumas y á dar una forma más conveniente á las puntas. Pero el carcaj llegó á ser adornado ricamente y con mucho primor. El origen de tales ornamentos fueron probablemente las tiras de metal con que se fortalecian los ángulos y la superficie. Algunas de esas tiras eran sencillísimas, otras cubiertas con elegantes adornos de estrellitas. Los carcajes de los primeros dignatarios llevaban, además de este ornamento, una rica pintura azul simbólica de arabescos y figuras. Luego el carcaj llevaba colgando un espléndido adorno de cordones y flecos de varios colores.—La fama de los arqueros asirios se conservó hasta en los últimos tiempos. Los profetas hablan de ellos en tono de amenaza y pintan su destreza de una manera aterradora. «Ninguno de ellos está cansado, su paso es siempre firme, ninguno está dormitando, ninguno tiene sueño, sus cinturas están apretadas, las correas de sus zapatos son intactas. Aguzadas están sus flechas; preparados, tiesos los arcos;—su carcaj es una tumba abierta.» Parece no hayan sido los guerreros asirios menos diestros en el manejo de la javelina que en el del arco. Aun en los últimos tiempos una numerosa división del ejército la usaba como única arma. El palo, comunmente liso, medía de cuatro á cinco píes, y más aún, de largo. Para poder clavarla en el suelo, á veces en los dos extremos estaba provista de puntas. Un perfeccionamiento de esta arma consistió en fortalecer el extremo opuesto á la hoja; su adorno esencial eran cintas ó flecos de varios colores. En el ejército asirio la honda ocupaba un puesto inferior; sin embargo, parece que se hayan servido de ella, especialmente en los tiempos más modernos, con grande habilidad, y esto cuando llegaban á las manos las masas de los combatientes. Mientras las pesadas armas defensivas y las citadas armas arroja- dizas usábanse especialmente en la guerra, las armas de punta, sobre todo la espada y el puñal, eran fieles compañeras de los asirios de rango principal, como distintivos de su noble origen; objetos indispen- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 155 sables, cuyo precioso ornamento mucho les importaba. La empuñadura y el forro de las espadas llevaban un rico adorno de marfil, ébano y metales nobles, parte en arabescos, parte en figuras de animales simbó- licos. Los forros estaban elegantemente adornados con chapas de metal, y la punta representaba un doble caracol ó la imagen en relieve, á veces de un león, á veces de un toro. Con pocas excepciones, como se reco- noce en las esculturas monumentales, llevábase la espada á la izquierda. A1H estaba cerca del puñal sujeta á la cintura, ó colgando de un sosten especial cruzado ó sencillo, ricamente adornado. Los ornamentos de los puñales y cuchillos que los asirios llevaban en número de tres ó más, no era menos rico que el de las espadas; las empuñaduras y los forros ostentaban iguales preciosos trabajos; las empuñaduras especialmente, tenían la forma de una cabeza de animal primorosamente acabada. Entre las armas ofensivas, reservadas más especialmente para la armadura completa de guerra, habia puñales pequeños sumamente sencillos, pesadas clavas, ya usadas entre los antiguos egipcios, y hachas de guerra. Las primeras de estas armas, de las cuales Herodoto hace mención como de un objeto de uso universal entre los asirios, bajo el reinado de Jerjes, parecen haber sido, en las épocas más antiguas, dis- tintivos especiales de los dignatarios de rango más elevado; lo prueba el rico ornamento de la empuñadura y de la hoja. Al contrario, las gua- dañas y las hachas quedaron, como arma de los soldados de rango inferior, desprovistas de cualquier adorno. Servían también como útiles á los guerreros en sus varios trabajos; para este objeto tenian hojas sencillas ó dobles de varia forma. Los monumentos demuestran que los asirios, como los egipcios, usaban la trompeta, para dirigir los movimientos de las tropas, á lo menos en los últimos tiempos. Así tenian estandartes especiales ó ban- deras, que se sujetaban á los carros de guerra. ARMADURA DE LAS DIFERENTES DIVISIONES DEL EJÉRCITO La experiencia en el arte de la guerra enseñó muy pronto á repartir las armas entre las diferentes divisiones. El conjunto de la masa de los 15(Í GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO guerreros asirios estaba compuesto de soldados de á pié, soldados de á caballo y combatientes en los carros. Estos últimos, á lo menos en los tiempos más remotos, eran escogidos entre lo mejor de la nación, y formaban la parte más distinguida y al propio tiempo más lujosa del ejército. Después de estos guerreros, casi siempre pesadamente armados, parece que la caballería haya formado la fuerza más importante: repar- tíase en divisiones ligeras y pesadamente armadas; así también los soldados de á pié, cuyas armas especiales eran el escudo, la lanza, el arco, la honda y más tarde las javelinas. Así estaba compuesto el ejér- cito con el cual Iiolofernes acometió los países occidentales: «Reunió á todos los príncipes, generales y caudillos del ejército asirio, y contó, como le había mandado su señor, cerca de ciento veinte mil hombres escogidos, y doce mil arqueros á caballo; los ordenó como es costumbre disponer un ejército para la guerra; tomó un gran número de camellos, borricos y mulos para el equipaje, é innumerables ovejas, bueyes y cabras para preparar la comida; también otros comestibles en grande abundancia; en fin, mucho oro y mucha plata de la casa del rey. Partió con todo su ejército y cubrió la superficie del suelo con sus carros, sus ginetes y sus peones. El número de aquellos guerreros era tan grande, que podían compararse á la arena.» Los soldados de á pié llevaban sencillamente el traje común hecho á manera de camisa, una fuerte cintura de cuero y sandalias; muchas veces únicamente la camisa. Algunos guerreros no llevaban más que un corto delantal. Es probable que las tropas así vestidas perteneciesen á los pueblos extranjeros auxiliares. En el tiempo de Sanherib, en el cual cubríanse los muslos y las piernas de los guerreros asirios con calzas y botas, los extranjeros todavía conservaban su traje nacional (el delantal). Anadian solamente una ancha faja, que habia llegado á ser parte esencial del traje militar, á su sencilla vestidura, acaso como signo exterior de su servidumbre. La armadura de las diferentes divisiones consistía, parte en el escudo redondo, el espadón y el yelmo, parte en el arco y la espada, parte únicamente en la honda. El corazón de las tropas de soldados de á pié pesadamente armados, estaba formado de las divisiones que primero atacaban al enemigo en los asaltos y derribos de las fortalezas. Llevaban la coraza larga, hecha ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 15*7 á manera de escamas, que cubría todo el cuerpo, la ancha cintura de metal y el yelmo; luego, según era oportuno, estacas, hachas, largos espadones, etc. Las masas, más especialmente destinadas á pelear en el campo de batalla, llevaban el yelmo, y sobre las camisas más ó menos largas, corazas ó, especialmente en los últimos tiempos, en lugar de la armadura metálica, que amparaba el pecho, corazas de lienzo ó las vendas que se les parecían. Repartíanse en arqueros y soldados arma- dos de espadones. Estos llevaban especialmente escudos redondos y espadas; aquellos, cada uno á cada pareja, iban acompañados por un soldado armado sencillamente, el cual llevaba el escudo. La misma diferencia que habia entre los guerreros de á pié entre armadura ligera y pesada, dominaba también en la caballería. En ella era notable el aparejo de los caballos. En los tiempos más remotos no llevaban sillas ni mantas, en el período más moderno y afeminado, habíase introducido su uso. Por lo demás, no era menos lujosamente enjaezado el mismo corcel. El freno y la silla, primorosamente cortados, de cuero teñido, estaban adornados con los mismos flecos que llevaban los grandes en sus trajes; la cabeza ostentaba botoncitos de metal y rosetas. El freno, que tenia primitivamente la forma de una doble cola de golondrina, tuvo después la de una palanca triangular. Peinábanse, trenzábanse ó cortábanse los crines; así la cola, que además, sobre todo en tiempo antiguo, adornábase con cintas de varios colores. Los combatientes en los carros, los cuales en los primeros tiempos eran casi todos pesadamente armados, provistos de camisas-corazas, hechas á manera de escamas, yelmos, escudos y casi todas las armas ofensivas, quedaron, aunque más tarde adoptasen también la más ligera armadura, en todas las épocas, los guerreros más lujosa y preciosamente armados. Siempre se esmeraron en distinguirse entre todas las demás tropas por los adornos militares, no tan sólo en el lujo personal, sino también, y más aún, en los ornamentos de los carros, de los caballos, y en la pompa de sus numerosos acompañantes. Los distintivos de los caudillos limitábanse probablemente, por lo común, á una más rica armadura, sin que fuesen caracterizados por objetos especiales. Ostentaban las dádivas del monarca, que consistían en armas y vestiduras de honor. Es verosímil perteneciesen todos á la 158 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO tropa de combatientes en los carros, llevando consigo las banderas y los estandartes sujetos á los mismos carros. El látigo y el azote les servia á menudo para despertar y castigar á los perezosos y cobardes. Como los faraones egipcios, también los soberanos asirios eran los jefes supremos del ejército. Les seguia el gran visir, luego los generales y sus ayudantes. El gran visir tenia el título de Tartán, y ocupaba también el empleo de embajador. Todos los oficiales superiores forma- ban el consejo de guerra del monarca, Además, pertenecían á su séquito los citados empleados de corte y un gran número de sacerdotes, escri- banos y criados inferiores, No es inverosímil que los reyes y los pri- meros personajes del reino hayan llevado consigo á sus esposas en carros especiales. Los soberanos tomaban parte en el combate, armados de arco y flechas, á veces en los carros, á veces á pié. Entonces llevaban siempre una pesada armadura, y casi siempre una fuerte y espesa camisa-coraza, que les cubria enteramente el cuerpo, á excepción de los brazos. El mismo traje llevaban á la caza, la cual, por sus muchos peligros, consi- deraban como una imagen de la guerra. Los prisioneros, aunque fuesen reyes, tratábanse con crueldad y cargábanse de oprobios. Después de haberlos atado, les ponian el pié sobre el pescuezo para mostrar que eran esclavos. Aquellos que eran condenados á muerte colocábanse sobre palos puntiagudos, como se ponen los pollos en el asador, ó destrozábanse vivos; otros sufrían penas menos crueles, como, por ejemplo, la de hacerlos eunucos. LOS EDIFICIOS La actividad constructora de los antiguos asirios relacionábase probablemente á la de la primitiva población de Babilonia, dirigida á lo colosal, cuyo principio remonta á la torre de Babel, «pues de aquel país salió Assur y fabricó Nínive, Reholoth-Ir, Kalah y Resen, entre Nínive y Kalah.» Sin embargo, las ruinas que se encontraron hasta ahora de los antiguos monumentos asirios, no pertenecen á ese tiempo remoto: su origen es de una época algo más moderna. Los restos ya indicados, según su serie cronológica, que se encuen- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL lf>9 tran en las cercanías de Mosul, en la llanura de Nemrod, Khorsabad, Kujundschik, Nabi, Junes y Karamles, y allí se ensanchan á manera de colinas, se consideran ruinas de la antigua Nínive. Cada una encierra los escombros de un palacio; todas juntas presentan el plan de un cuadrado, cuya extensión corresponde á la indicada por el profeta Jonás cuando habla de Nínive á tiempos de Salmanasar. Tales ruinas presen- tan el cuadro de los principios y del engrandecimiento periódico de aquella capital del mundo. Por más que se alejen las noticias sobre el plan de Nínive del terreno histórico, afirman, sin embargo, que los soberanos asirios estuvieron siempre empeñados en hacer de esta ciudad el más espléndido punto céntrico de su reino. La tradición relata que Niño tenia el proyecto de adornar á tal punto esta residencia suya, que llegase á sobrepujar á todas las capitales del mundo por la extensión y la pompa. Como se desprende de testigos oculares y de algunas observaciones de más antiguos cronistas, el plan de la ciudad era un cuadrado pro- longado, rodeado con una sólida muralla de circunvalación. Cada uno de sus lados más largos media 150 estadios, 90 los más cortos; su altura era 100 pies y el espesor bastante para que cupiesen en la plata- forma tres carros de guerra asirios en la misma línea. Además, estaba fortificada por 1,500 torres, las cuales median 200 pies de alto. Entre los extensos palacios y suntuosos edificios que se habían elevado en aquel recinto transcurriendo el tiempo, encontrábase una agigantada fábrica piramidal, que la posteridad indicó como fundación de Semira- mis, destinada á encerrar las cenizas de Niño, su esposo. Todavía existen ruinas de un edificio de este género, todo de ladrillos, en el ángulo noroeste de la masa general. Jenofonte, atravesando con su ejército la. llanura de Nínive, cubierta de escombros, apercibió allí una pirámide de ladrillos, cuya base media solamente 100 pies cuadrados, y era alta 200 pies. Las demás ruinas allí existentes que le llamaron la atención se limitaban (400 años antes de J. C.) á varios restos colosa- les, pero aislados, de la antigua muralla de circunvalación. Arruinada Nínive por las fuerzas reunidas de los medos y babilo- nios, la independencia que por fin alcanzaron aquellos pueblos, hizo encontrar en Babilonia otro punto céntrico de la actividad edificadora ICO GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO del país del Nilo. Además de los antiguos colosales monumentos, la ciudad en las dos orillas del Eufrates fue renovada y ensanchada en la manera más brillante. Los más antiguos edificios, que estaban en la orilla occidental del rio, entre otros, el templo de Belo y el alcázar de los antiguos reyes babilonios, fueron restaurados sin escasear fuerzas ni riquezas. Frente de este barrio, la verdadera ciudad antigua, elevóse en derredor de la nueva residencia ó alcázar, un número de suntuosos edi- ficios, hasta que fue estimado necesario hacer un conjunto de las dos partes. Nebukadnezar, grande favorecedor de tales empresas, no tardó en cercarlas exteriormente con una muralla. Media no menos que 360 estadios, ó sea nueve millas. El espacio encerrado por la muralla no estaba enteramente cubierto de edificios; estos empezaban á 240 pies de longitud y 120 de ancho lejos de la muralla. Fue utilizado el espacio intermedio para sembrados de trigo, con el fin de ampararse contra el hambre en el caso de un sitio prolongado. La muralla media más de 80 pies de alto, 32 de ancho, y, como la muralla de Nínive, estaba pro- vista de un ancho anden y de muchas torres. Rodeábala además un profundo foso, que recíbia las aguas del Eufrates. Cíen puertas cubiertas con una capa de bronce daban entrada al interior de la ciudad, cuyas dos partes, separadas por el rio, estaban reunidas por un puente muy sólido. Baluartes construidos á lo largo de las orillas, defendían la ciudad contra las inundaciones. Esos mismos baluartes tenian puertas de bronce, que llevaban por anchas escaleras al Eufrates. Es extraño que de tan colosales edificios, en cuya construcción nada habia sido descuidado para que fuesen sólidos y duraderos, hayan que- dado tan mezquinos restos; la causa de ello debe ser el material ofre- cido por la localidad y empleado en su fabricación. Las llanuras de Mesopotamia y de Siria producen principalmente masas de arena y de barro, en ninguna parte piedras de talla, propias para losas cuadradas. Los bosques de palmeras, especialmente en las llanuras de Babilonia, son escasos y producen muy poca madera útil para construcciones. Así quedó la población de estos países privada de piedra y argamasa, á las que estuvo obligada á sustituir ladrillos y pez terrestre. Las cavas de betún en la vecindad de Babilonia, y entre ellas especialmente las de Is cerca del Eufrates, proporcionaban esta última en grande abundancia. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL, 161 Los asirios, como los egipcios, fabricando los ladrillos, amasaban en ellos, para que fuesen más sólidos, juncos y cañas, los secaban al sol ó en el fuego y grababan en ellos el nombre del soberano que entonces ocupaba el trono. También los edificios de más agigantadas proporcio- nes fabricábanse casi enteramente con estos materiales. A lo más tratá- base de fortalecer las murallas juntando los ladrillos, no solamente con pez terrestre, sino también con una argamasa especial, y colocando en los intervalos tejidos de esteras. A pesar de que los arquitectos de los palacios de Nínive tenian más cerca que los babilonios piedras de talla por los montes de Arme- nia, usaban sin embargo comunmente—acaso por la fuerza de la anti- gua costumbre—ladrillos amasados, y más raras veces, endurecidos en el fuego. En los cimientos solamente una clase de piedra calcárea, como la. que se encuentra en las montañas curdas. Esta piedra era útil tam- bién á los escultores para obras de grande tamaño, especialmente para gigantescas figuras de animales, con las que acostumbraban adornar las puertas. Trabajábase por grandes masas un alabastro grosero, que se encontraba en mucha abundancia en las llanuras de Mesopotamia. Uti- lizábase sobre todo para decorar el interior de los palacios, es decir, para fabricar esas extensas chapas oblongas ricamente esculpidas que ador- naban sus paredes. El mármol y el basalto, más difíciles de trabajar, ser- vían para algunas obras de menor tamaño. Restos de grandes vigas medio carbonizadas, que fueron encontra- dos bajo los escombros, hacen conjeturar que empleasen el palo del moral para madera de construcción. Es probable sirviesen para el mismo objeto que la palmera, el cedro y el ciprés. Uníanse las grandes losas de piedra con las chapas de alabastro escul- pidas, por medio de quicios de hierro, de cobre, etc., que tenian la forma de una doble cola de golondrina, y colocábanse entre las losas. Herodoto, después otros escritores de la antigüedad, relatan que se unieron las losas cuadradas, en el gran puente del Eufrates en Babilonia, por medio de quicios de hierro y de una capa de plomo derretido. En la descripción de Babilonia hemos indicado cómo empleaban los metales, y especial- mente el bronce, en la construcción y en el ornamento de algunas par- tes de los edificios. 1(52 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Los medios mecánicos de los cuales se valían los asirios en la construcción de las fábricas, parece hayan sido tan sencillos como prác- ticos, y además los mismos que empleaban los antiguos egipcios eri- giendo sus monumentos. Así hay varias esculturas y pinturas figuradas asirías del tiempo más remoto que representan, por ejemplo, el acarreo de un coloso en la misma manera como en las paredes de los monu- mentos egipcios. Llevábase, pues, sobre fuertes andas de madera; sobre ellas sujetábase la carga con un aparato de estacas y unas fuertes maromas. La conducción efectuábase por un cierto número, siempre relativamente crecido, de hombres colocados en líneas, que arrastraban las andas cargadas, y hacíanse trabajar llevándoles el compás. Mientras así se adelantaba el conjunto, otros hombres, que llevaban estacas, sos- tenian el mismo coloso en los dos lados, trabajando por turno. Seguían las andas así cargadas y acarreadas, además de los hombres necesarios para relevar á los que las arrastraban, un gran número de obreros, provistos de azadones, palas y otros útiles; en fin, muchos carros de dos ó cuatro ruedas, llenos de toda clase de objetos de reserva. A lo largo del camino que se debía recorrer, probablemente cubierto de tablas ó acaso enlosado, estaban preparados pozos provisionales, de los que sacábase el agua para regar los rollos colocados debajo de las andas, etc. La conducción por agua efectuábase de la misma manera que se usa todavía, es decir, con grandes balsas de tablas colocadas y atadas sobre odres llenos de aire. Finalmente, otro medio esencial para el acarreo á las alturas, que parece hayan conocido los asirios desde tiempo muy antiguo, consistía en lo que se llama arrastre de botellas. Está represen- tado este sistema en un bajo-relieve del palacio noroeste de Nemrod: es una suerte de garrocha de pozo, en la cual la cuerda pasa sobre un rollo, que descansa entre dos vigas, y da vueltas en rededor de su propio eje. Faltando enteramente restos de antiguas moradas asirías y babiló- nicas, siendo escasas y mezquinas las indicaciones figuradas ó escritas sobre su plan y su coordinación, imposible es determinar en cuál rela- ción á los palacios se ha desarrollado la edificación de las casas entre los nínivitas. Pero como no es inverosímil que, especialmente entre los asirios, todas las personas que pertenecían á la corte, los grandes del ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 1C3 reino, habitasen en el cerco del real alcázar, la fabricación de las mora- das particulares habrá quedado en los límites de casas para las clases medias é inferiores. Esto explica de una manera satisfactoria el continuo ensanchamiento de los regios palacios por los varios monarcas asirios, y la extensión casi ilimitada del espacio ocupado por sus ruinas. Toda la artística actividad constructora parece cifrada en la fabricación de aquellos edificios. Probablemente cada individuo particular edificaba su casa como mejor te parecía, y empleábanse arquitectos y albañiles solamente para fabricar moradas mayores que, como en tiempos menos antiguos en Babilonia, tenían varios pisos. Las moradas de escasa extensión, que están representadas en algu- nas esculturas, estaban compuestas como las pequeñas casas egipcias, de un patio descubierto, encerrado por todos lados, rodeado por las habitaciones, y de una galería superior, cubierta parte con un techo sólido, parte á manera de tienda. Las habitaciones interiores repartíanse sin duda con un sistema muy sencillo. Probablemente la diferencia entre ellas y las casas egipcias, consistía en lo que la más determinada división entre los dos sexos hacia que las moradas asirías tuvieran habi- taciones especiales donde no vivían más que mujeres. Sin embargo, debían tener cierta relación entre ellas las casas asirias y las egipcias, pues las condiciones climatéricas de ambos países permitía á los indí- genas pasar la mayor parte del dia fuera de su morada, y además el material de construcción era el mismo, es decir, ladrillos secados al sol y madera. La mayoría de la población más pobre de las ciudades asirias, como también hoy dia en el Oriente, vivían en tiendas más ó menos anchas. Probablemente tales tiendas estaban erigidas en el interior del cerco, limitado por la muralla de circunvalación, ó cerca de las casas ó, como en Babilonia, en el espacio intermedio entre las casas y la muralla; algunas habia esparcidas en la campiña, según el capricho de su dueño. Las monumentales imágenes de aquellas oreadas viviendas demuestran que desde antiguo siempre se parecieron á las tiendas árabes, que toda- vía se usan en Siria; estas sin embargo son más pequeñas, y casi todas compuestas de mantas negras de pelo de cabras. Las casas de la ciudad más espaciosas, como las representan los 104 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO plásticos monumentos, tienen también una decidida semejanza con las moradas mayores de Egipto. Iguales son en la coordinación de las murallas exteriores, en las galerías abiertas, en los techos llanos, cubier- tos de plantas, en fin, en los sencillos ornamentos exteriores. Una esen- cial diferencia entre las casas asirías y las egipcias antiguas más vastas, .parece consistiera, por un lado, en la forma de los adornos, por el otro en la añadidura de pisos superiores. Mientras en el Egipto tales ador- nos imitaban las plantas del país, los de Asiría se relacionaban á las armas, siendo los asirios un pueblo muy belicoso. Entre estas formas, descuella esencialmente la de la voluta doblemente enrollada. Presenta la imagen de un arco oriental plegado, como todavía se hacen, corta- dos en fuertes músculos de animales, y simboliza la idea de lo fuerte y de lo elástico. Esta doble forma de voluta preséntase primero entre los asirios, como ornamento de armas, utensilios, etc., y también en los sostenes, como parte intermedia entre la carga y el sosten mismo. Este adorno decoraba las galerías de los .techos. Tenian la forma de senci- llas columnas apoyadas sobre pequeños zócalos redondos, y eran comunmente, como en general los pisos superiores, de madera. Los demás ornamentos de las casas, cuyas habitaciones recibían, como parece, esencialmente la luz por aquellas adornadas aberturas, forma- ban á veces el marco del sencillo techo horizontal, que pasaba á veces arqueado entre una suerte de pilastras. Este y las pilastras tenian más el carácter de sostenes que el de verdaderos adornos. Lo mismo se pue- de decir del coronamiento de tales fábricas; en algunas estaba hecho á manera de cubos, en otras era una almena triangularlo subia como gradas. La coordinación de los pisos superiores correspondía á la de los inferiores. En las casas egipcias eran aquellos pisos una no interrumpida continuación de la construcción inferior; en las asirías elevábanse sepa- radamente los unos encima de los otros. En las casas más espaciosas, que en Nínive como en Babilonia estaban flanqueadas por un jardín, este también cercábase con un muro de bastante elevación. Daba paso al interior por dos ó. más puertas de dos hojas. El jardín, que podía en tal caso reemplazar el patio descubierto comunmente usado, aumentaba con su muralla de cerco el aspecto de fortaleza que tenian esencialmente todos aquellos edificios. ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 165 Todos los citados elementos arquitectónicos de la decoración exte- rior probablemente se habrán empleado, y en muy mayores proporcio- nes, en los vastos palacios de los monarcas asírios. De estos monumen- tos no quedaron más que las fundaciones y una parte relativamente baja de los pisos inferiores, adornados con las citadas chapas de alabastro. Estos restos, con algunos otros escombros que ocupan un espacio más reducido, y las representaciones figuradas de edificios, proporcionan no más que una ¡dea general del primitivo plan y de la coordinación de los regios alcázares. Las excavaciones han dado seguros testimonios de la manera con que se ponían los cimientos de aquellas agigantadas fábricas. Como para erigir los templos-palacios de Egipto, formábase una plataforma de ladrillos secados al sol-, la cual media de 30 á 40 pies de alto. Cada palacio aislado tenia una base de esta suerte; si estaban ordenados varios en un espacio común, surgían á manera de terrados al lado ó superiormente los unos de los otros. Necesariamente habia escaleras de comunicación. Estas, muy anchas, llevaban (acaso flanqueadas por esta- tuas) á las alturas provistas de parapetos y á los edificios que sobre ellas descansaban y que tenían uno ó más pisos. El ornamento esterior de sus murallas de ladrillos, cuyo espesor variaba de 5 á 15 pies, parece haya correspondido en lo esencial á las ya citadas decoraciones, á manera de pilastras, á las galerías del techo abiertas y al coronamiento de alme- nas. Puede ser hayase añadido a estos adornos otro figurado, esculpido en chapas de mármol como basamento de las paredes. En tiempo menos remoto descansaban sobre zócalos de piedra muy sencillos. La fachada estaba interrumpida por tres grandes puertas, colocadas á convenientes intervalos. Formábanse con dos ó cuatro gigantescas figuras de piedra, que representaban animales, los cuales median de 10 á 17 pies de alto. Lo más frecuentemente, tenían la forma de un león alado ó de un toro con cabeza humana y tocado régio-sacerdotal; mas raras veces, como en el pequeño templo de Nemrod, la de un león sín alas, derecho y en el acto de rugir, sin ninguna añadidura simbólica. Estas figuras, como custodios, acaso símbolos de fuerza y templanza, guardaban las entra- das é infundían un fantástico terror con su formidable aspecto. En tiempo más antiguo, colocábanse esas figuras á lo largo del inte- 166 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO rior de la entrada, la una frente de la otra, y á veces erigíanse á su lado unos pequeños altares, y esto en las puertas de los templos. Más tarde, como en las entradas del templo de Khorsabad, añadíanse otras dos figu- ras más pequeñas á las mayores. Según el objeto que tenian, especial- mente aquellos artistas, de alcanzar la mayor claridad en sus obras, esculpian las citadas figuras de cara, con dos piernas, y con cuatro, vis- tas de perfil, de manera, que cada una tenia cinco. Los intervalos de las paredes que quedaban vacíos, iban cubiertos de chapas decoradas con bajo-relieves, los cuales representaban hombres luchando con leones y otras figuras simbólicas. Las entradas cerrábanse probablemente, ó con puertas de dos hojas, de madera ó de metal, ricamente adornadas, ó acaso con cadenas que atravesaban las entradas mismas. La coordinación del interior de tales edificios - parece, en todas las épocas, haber tenido, en todo lo posible, por único objeto las necesida- des de los que allí debian vivir, sin conformarse á algún plan determi- nado. Permitían cualquier engrandecimiento y ensanchamiento del con- junto, sin menoscabo del plan fundamental. Este plan (como en el pala- cio noroeste de Nemrod y esencialmente en todos los demás) empezaba por un patio más ó menos vasto, encerrado y rectangular. En su rede- dor erigíanse habitaciones y más habitaciones, de manera que el mismo patio formaba el centro de todo el edificio. Estas habitaciones, que á veces encerraban varios patios, comunicaban con ellos y entre sí por medio de puertas. La extensión de las salas nunca igualaba su amplitud. Mucho más largas que anchas, su longitud, relacionada á la anchura, correspondía á la del mayor salón en Nemrod, que tenia 150 pies de largo y 33 de ancho, y á otro en Kujundschik, largo 160 y ancho 45. Este plan de las localidades tenia su causa acaso en la circunstancia que no se usaban como sostenes, ni columnas ni arcos, y en la previ- sión del modo especial con el que se hacia el techo. Es verosímil estu- viera formado con vigas; tales vigas eran palmeras ó troncos de pal- mera, y determinaban acaso la anchura de las estancias. La decoración interior de las salas y estancias era, sin duda, sobre- manera magnífica. En las entradas veíase repetido el plástico ornamento de las puertas mayores; unas ricas puertas de dos hojas ó lujosos tape- tes colgando formaban el encierro. Todos los suelos estaban enlosados, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 16T parte con chapas de alabastro, parte con ladrillos quemados. Las pri- meras descansaban sobre una capa de betún, los últimos, en dobles series, sobre otra de arena. Una tabla con una inscripción era el primer objeto que se ofrecia á la vista del que entraba, siendo colocada sobre la puerta. Regábanse y limpiábanse los cuartos por medio de canales, cuya cañería desembocaba contra sus suelos, y el agua discurría por el mismo sistema. Las ya citadas grandes chapas esculpidas en relieve eran el principal ornamento de las paredes. Cubrían enteramente el basamento hasta una altura de 12 pies. En el tiempo más antiguo repartíanse en dos secciones por medio de una inscripción explicativa, más tarde (así es el caso en Kujundschik) cubríanse las paredes de cada estancia co.n una serie de cuadros relacionados entre ellos. Las inscripciones (algunas llegaban á ocupar parte de los suelos) • estaban grabadas en la piedra y llenábanse á veces con cobre. La parte superior de las paredes cubríase con una suerte de estuco. Consistía en polvo de yeso amasado con agua. Primero cubrían con una capa del- gada de este estuco el muro grosero de ladrillos, y después le frotaban hasta que llegara á ser reluciente. En fin, adornábasele con pinturas, ó sencillas, como dibujos de rosetas y estrellas, ó sea con adornos de plantas y figuras de animales. Las rosetas y las estrellas estaban comunmente dispuestas simétricamente en forma de cuadrados y habrán tenido, como los tejidos para trajes, un marco que separaba los unos de los otros. Es cierto que otro importante adorno con- sistía en preciosas alfombras. Acaso servian para dividir en varias estancias las largas salas. Para este objeto debían colgar de ricos cor- dones por medio de anillos movibles; los cordones, ó llegaban de una pared á la otra, ó abarcaban solamente un espacio intermedio entre columnas y pilastras de madera. Hay representaciones figuradas que atestiguan el uso de estas últimas, y más hanse encontrado en Kujundschik algunos restos de zócalos redondos de columna de forma especial. Las aberturas para dejar paso á la luz y al aire se encontraban en las estancias cerradas, sin duda en el techo ó, como más arriba hemos indicado, á manera de galerías debajo de él. La decoración del cielo- raso correspondia naturalmente á la pompa de lo demás; estaba forma- 168 GALERÍA DEL ARTE DECORATrvü do de madera entallada, adornado con trabajos de marfil, de metal, y decorado con arabescos de varios colores. Parece dudoso que aquellos vastos y preciosos edificios estuviesen destinados solamente para moradas de los monarcas. Es más probable que, como los templos-palacios de los Faraones, reunieran en sí los dos caracteres, de templo, es decir, y de alcázar. Como en aquellos, sus murallas representaban, parte la historia del Estado, parte las cere- monias del culto. Así es de suponer que tales monumentos fuesen los puntos céntricos desde donde se dirigían los negocios del Estado y los de la Religión. Lo mismo se puede suponer de los templos-palacios de los reyes babilonios. Como se desprende de algunos relatos de viejos escritores, diferian muy poco de los alcázares de Nínive. El más antiguo palacio regio, que se elevaba en la orilla occidental del Eufrates, ocupaba una superficie de 20 estadios de circunferencia. Estaba rodeado por tres murallas; la más exterior tenia 60 estadios (una milla y media) de cir- cunferencia, y cada una de las siguientes, 40 estadios con 300 pies de alto. Todas las paredes de estas murallas y las del mismo edificio lleva- ban un adorno parecido al de los palacios asírios. También consistía en bajo-relieves de colores y figuras de animales, que tenían una altura de cuatro varas. La nueva residencia en la orilla oriental, fundada por Nabopolasar y ensanchada por Nabucodonosor, parece haya sido esen- cialmente una repetición militar aumentada de aquel antiguo edificio. Media 40 estadios de circunferencia. El adorno de las paredes de los muros de ladrillos, ricamente fortalecidos por muchas torres, consistía también en chapas esculpidas. Habia jardines sembrados y surtidores en los espacios intermedios que quedaban entre las murallas y el edi- ficio, cuyas habitaciones estaban adornadas con grandes estatuas de bronce. Nabucodonosor, como relata Diodoro, hizo elevar una parte de este parque á manera de terrados para proporcionar á su esposa, una princesa de la Media, la impresión de su tierra montañosa. Este fue el origen de los jardines suspendidos, tan celebrados por los autores de la antigüedad, como una maravilla, y que atribuían, como muchas otras obras más modernas, á una semi-mítica Semiramis. Tales jardines ocupaban una superficie de 400 pies cuadrados, y sobre- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL lf>9 pujaban á las torres, las cuales median 130 pies de alto. Las platafor- mas, sostenidas por pilastras de 22 pies de espesor, con un intervalo de 10 pies entre ellas, colocadas las unas encima de las otras á manera de gradas, estaban unidas con sumo artificio. Su enlosado de ladrillos (probablemente el corazón del edificio era de ladrillos) para evitar la humedad, estaba cubierto con grandes tablas de piedra, luego con espesas capas de fieltro, de asfalto y de yeso, y en fin, con fuertes cha- pas de plomo. Encima de ellas descansaba la tierra vegetal, que llegaba á tal altura, que allí arraigaban muy elevadas plantas. Había en el inte- rior del edificio un aparato de bombas que sacaban el agua del Eufrates, y por medio de cañerías la llevaban hasta el más alto punto de los terrados. Relacionadas á las descripciones de la pompa y agigantadas pro- porciones en todos los monumentos erigidos por Nabucodonosor, están las noticias sobre la restauración del más antiguo santuario nacional (la torre de Babilonia), dirigido por el mismo monarca. Esta torre lla- mábase también el templo de Baal. Este edificio es además un seguro testimonio del plan que tenían las obras consagradas especialmente al culto. El templo de Baal restaurado elevábase en medio de un recinto, cer- cado por murallas interrumpidas por grandes puertas de bronce; tenia la muralla 1,200 pies cuadrados de extensión y 600 de alto. El mismo tem- plo ocupaba una superficie de 600 pies de largo y 400 de ancho. Ele- vábase en ocho pisos á manera de torres, y su forma era piramidal; los varios pisos comunicaban entre ellos, por medio de escaleras circulares. En el piso más bajo estaba el santuario, ó sea el verdadero templo: allí encerrábase su simulacro; una estatua de oro, sentada sobre un trono del mismo metal. Delante del ídolo estaba una mesa igualmente de oro, cuyo valor estimó Herodoto subiría á 800 talentos. Fuera del templo, probablemente en los dos.lados de la puerta principal, elevábanse dos altares; el uno, también de oro, estaba destinado á recibir los animales cuyo único alimento había sido la leche maternal, el otro servía para sacrificar las bestias menores. A la mitad de la altura de la torre, es decir, al cuarto piso, había un descanso provisto de bancos; el piso más elevado sostenía un templo consagrado al culto místico del 110 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO numen, y los objetos necesarios para ello: una mesa de oro y un blando lecho. A pesar de que las ruinas de tamaño edificio, en cuya cumbre existia acaso un observatorio para estudios astronómicos, se parezcan al presente más bien á una disforme colina que á una fábrica arquitec- tónica; un examen más detenido lia hecho descubrir aquel antiguo plan. La fábrica inferior está arruinada. El segundo piso, al contrario, elévase hasta 140 pies, y una sola pilastra angular del tercer piso, bien conservada, á 3$ pies, y así la altitud del conjunto de las ruinas llega á cerca de 235 pies. La forma fundamental de la más antigua arquitectura babilónico- asiria de los edificios consagrados al culto, es decir, la de una pirámide que se eleva á manera de escalinata, fue repetida tal vez en los monu- mentos fúnebres. TUMBAS DE LOS GRANDES Y REYES ASIRIOS La tumba, por ejemplo, que, según la tradición, fue erigida por Semiramis á su esposo Nino cerca del palacio de este monarca, era una enorme colina, que media 9 estadios de alto y 10 de ancho; así la tumba de Sardanápalo. Hoy dia la pirámide de ladrillos descubierta cerca del palacio noroeste de Nemrod, se indica como la ruina de esa última, que se supone representada en las monedas del reino de Anquiale, y que acaso se debería identificar con las citadas noticias del monumento de Nino. No es inverosímil se fabricasen cerca de esos monumentos fúnebres, donde lo permitía la localidad, unas verdaderas tumbas-escollos. Tales se encuentran indicadas con bajo-relieves, en las escarpadas paredes de las peñas, en las cercanías de la aldea de Barían, en Malthaia, en Wan, etc. Las últimas citadas consisten en localidades oblongas con cuartos laterales, nichos, etc., y muchas veces encierran un pozo que lleva á la profundidad. Todas estas tumbas parecen, sin embargo, per- tenecer á una época mucho menos antigua de la de que estamos hablando. Lo mismo vale también para todas las demás tumbas y sarcófagos descubiertos entre las ruinas de Nínive y Babilonia, pues ENCICLOPEDIA UNIVERSAL V71 hasta ahora ninguno fue encontrado que se pueda atribuir con certi- dumbre á los antiguos babilonios y asirios. Como se desprende de un relato de Herodoto sobre la manera de sepultar usada por los primeros, se sabe que colocaban los cadáveres en recipientes llenos de cera ó miel, sin duda para preservarlos de la pudredumbre. Excaváronse en Khorsabad muchas urnas funerarias colocadas en nichos. E L PLANO DE ALGUNOS EDIFICIOS ESPECIALES, CONSAGRADOS Á LA VIDA PÚBLICA Y D E L ESTADO Este plano variaba según las condiciones locales y según la relación de Asiría con los países vecinos. Como el Eufrates y el Tigris, que atraviesan y bañan el reino, inundan, como el Nilo, periódicamente el territorio; sus habitantes, como los de Egipto, se encontraron obligados á construir diques y canales de desagüe que los protegiesen contra las inundaciones. Parece hayan porfiado los monarcas asirios con los egip- cios en su fabricación. También los restos de esas construcciones babi- lónicas demuestran su antigua amplitud y el alto grado de técnica habi- lidad de sus fabricadores. Son testimonio á la vez que los asirios y los babilonios conocían ya en tiempo antiguo la utilidad del arco y de la bóveda, y que empleaban para construirlos ladrillos quemados ó piedras de talla. Aquellas obras consistían comunmente en conductos murados y canales de desagüe; sin embargo, había también, para el desahogo del rio, unos grandes lagos, que comunicaban con aparatos de bombas y mangas, como en Egipto bajo él reinado de Amenemhe III. Todavía, mientras reinaba Nabucodonosor, emprendióse una obra semejante de agigantadas proporciones. Otras grandiosas construcciones, cuyo objeto era especialmente secar algunos distritos pantanosos, estaban esparcidas en la llanura, al oeste de Babilonia. Con ellas comunicaban menores aparatos de riego, como pozos, ruedas, fosos, goteras, etc. Servían estos últimos más especialmente para regar los sembrados, los jardines y parques (algunos muy extensos), en los cuales los reyes y los grandes hacían cultivar flores, plantas y frutas, y que también servían para la caza y los combates de anímales. Bajo el reinado de los monarcas 172 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO menos antiguos, parece haya aumentado notablemente la extensión de los parques (ó sea paraísos), tanto, que era posible hacer en ellos ejer- cicios militares. LOS PUENTES La construcción de los puentes, á lo menos entre los babilonios, fue de muchísima importancia. Su capital, dividida en dos partes, estaba reunida por un puente, cuyo plano algunos antiguos escritores atribuyen á Nitocri; otros más modernos á Semiramis. Sin embargo, es verosímil que fuera una obra de Nabucodonosor restaurada. Este puente tenia una longitud de cinco estadios; descansaba sobre pilastras de piedra, abovedadas y colocadas á intervalos de doce pies: las pilastras tenian tres ángulos contra la corriente, y estaban cerradas por anclas de hierro y una capa de plomo derretido. El puente media treinta pies de ancho. Las invasiones armadas de los pueblos del Nordeste, que tuvieron lugar desde los tiempos más antiguos en los territorios del Asia occi- dental, menos amparados por fronteras naturales, ó sea montañas, que el país del Nilo, luego las continuas reyertas entre las varias poblacio- nes de aquella misma tierra, produjeron muy pronto la arquitectura militar. En el segundo milenio antes de Cristo, los Faraones egipcios ya conocían las fortificaciones del Asia occidental, que en aquella época eran fuertes castillos con gruesas murallas. Las noticias sobre los baluartes de sus ciudades y las fortalezas representadas en sus monu- mentos, son seguro testimonio del extraordinario desarrollo al cual habían llegado los edificios de este género entre los asirios y babilonios. Las citadas ruinas de las murallas de Nínive, de las que habla Jenofonte, eran de ladrillos, y descansaban sobre una base de piedra, que media veinte pies de alto; tenian una altura de cien pies, y una anchura de veinte y cinco hasta cincuenta pies. A pesar de que tenian tan grandes dimensiones, no pareció bastante una, sino que edificaron dos y más, fortaleciéndolas con numerosas torres. Nabucodonosor, para defender su capital hacia Nordeste, fabricó entre el Eufrates y el Tigris una agigantada muralla de comunicación, ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 113 la cu.il media cien pies de alto y veinte de espesor, y en Babilonia, á la embocadura del Eufrates, así como en la parte opuesta, á los dos lados de la ciudad, colosales fortificaciones exteriores. Las fronteras y algunos puntos más expuestos del reino estaban defendidos por medio de castillos. Parecíanse probablemente á las fortalezas enemigas repre- sentadas en los monumentos asirios, construidos como aquellas, de ladrillos, erigidos, parte en la llanura sobre plataformas artificiales, parte sobre naturales elevaciones del suelo. Las construcciones relacionadas á los sitios y ataques de los casti- llos, etc., eran de esta manera: parte socavábanse las murallas, parte amontonábanse baluartes de escombros, ó vaciábanse los fosos por medio de conductos; en fin, construíanse puentes móviles de vigas. El plan del campamento variaba según las localidades, y acaso, como hoy dia entre los persas, estaba rodeado de murallas y fosos. Allí las tropas recogíanse en cabanas y tiendas; y las que habitaban los principales guerreros, no carecian del lujo usado en tiempo de paz. Cuando anun- ciaron al general del ejército asirio-babilónico la llegada de Judith, «descansaba (en su tienda) en su lecho adornado con una cortina de púrpura, oro, esmeraldas y piedras preciosas—salió á la tienda ante- rior, y llevaban delante de él lámparas de plata—y la hizo entrar donde estaba la vajilla de plata, y mandó la hiciesen allí comer de sus man- jares y beber de su vino.» Parece que un perfecto sistema de guardas y centinelas impidiese los ataques imprevistos; en las alturas ardían fue- gos que servían de señales nocturnos. Entregábase comunmente la ciudad conquistada al saqueo y luego á las llamas. Los vencedores perpetuaban la memoria de su hazaña por medio de una pilastra con inscripción ó, si el carácter montañoso del país lo permitía, con esculturas é inscripciones grabadas en la peña. Parece no hayan tenido los asirios verdaderos combates marí- timos. Exigiendo las circunstancias, como en las luchas contra los tirios, que estuvieran obligados á recorrer el mar, muy verosímil es usaran los buques de los pueblos de costa sometidos. Ellos solos desde tiempo muy antiguo hacían el comercio de ultramar, y puede ser fuesen los únicos que poseían navios. 174 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO La construcción naval de los asirios y babilonios parece haberse limitado á la fabricación de botes más ó menos grandes, propios para transporte en los ríos. Los dos rios mayores del país eran el más opor- tuno camino para favorecer el comercio; además habia muchísimos cana- les hacia el Este y el Oeste. En todas las épocas fue sumamente sencilla la construcción de aquellos botes de transporte. Determinada enteramente por la fuerza de las corrientes, quedó siempre igual hasta en el tiempo más moderno su sencillísima forma. Herodoto dice: *Las embarcaciones que iban á Babilonia siguiendo la corriente del rio, tenian todas forma redonda, á manera de escudos (lo que está representado también en los monumentos). Construíanse con un fuerte tejido de cañas trenzadas, enteramente cubierto de pieles; dos hombres los conducian por medio de remos. Aunque fuesen tan ligeramente fabricados los botes de esta clase, del mayor tamaño podían llevar una carga de 12,000 talentos.» Además, habia también desde tiempo muy remoto, las citadas grandes balsas sostenidas por odres llenos de aire, y se usaban con mucha frecuencia; también habia, como ahora en Mesopotatnia, nada- dores que se servían de tales odres, sujetándolos al pecho ó debajo de los brazos. LOS MUEBLES Y UTENSILIOS Los asirios eran deudores del lujo que ostentaban en sus muebles á aquella misma desarrollada industria del Asia interior, con cuyos productos los Faraones pudieron enriquecer sus tesoros desde el segundo milenio antes de Cristo. La Siria, con sus industriosos pueblos de la costa, llegó á ser más tarde una especial fuente de productos. Los tributos que sacaban los victoriosos monarcas asirios de aquellos paises, consistían en gran parte en objetos preciosos de mil varias suertes, primoroso y artísticamente trabajados. La costumbre que parece haya sido común en los antiguos soberanos de trasladar á sus propias ciudades los pueblos sometidos, debe haber contribuido á echar los cimientos de una verdadera actividad nacional. Quitando á la población ENCICLOPEDIA UNIVERSAL Y¡b de los países conquistados las mejores fuerzas industriales, reuniéndolas en las capitales del reino, lográbase formar una clase obrera para los más varios oficios, obligada al trabajo. Esta alianza violenta de elemen- tos de varios países, debia producir una cierta fusión general; fusión que debía extenderse á las artes relacionadas con el dibujo, especialmente en los objetos de reducido tamaño. Ni los objetos representados en las esculturas asirias, ni los reales y verdaderos que se descubrieron en los escombros de los palacios, son esencialmente diferentes en la forma y la materia de los demás productos de la antigua industria oriental. Solamente relacionados con los más antiguos trabajos de los obreros del Asia occidental, como están representados en los monumentos de Egipto, dejan reconocer ciertas mudanzas en la forma, causadas acaso por aquel sistema de traslación. Los recipientes, por lo que se puede juzgar examinando los que existen todavía, parece hayan sido menos sometidos que cualquier otro objeto á cambios de materia y forma. Verdad es que los monumentos asirios no ostentan imágenes de utensilios lujosos como los que se ven representados en los egipcios, pero las excavaciones han hecho descu- brir bastantes restos de semejantes objetos, los cuales atestiguan que tampoco los ninivitas carecían de ellos. Según lo que se desprende de los descubrimientos, se empleaba especialmente el cobre puro ó mez- clado con estaño para la fabricación de recipientes. En una localidad del palacio noroeste en Nemrod, se encontraron nada menos que 150 recipientes de bronce (cobre y estaño). Es cierto que muchos servian para guisar y poner los manjares; mucho menos es esto dudoso, pues parece correspondan perfectamente á los utensilios de cocina, represen- tados en las paredes de los monumentos egipcios. Con estos se puede contar el gran número de cacerolas de cobre y de bronce, de escudillas, copas y tazas masó menos profundas, que fueron sacadas allí y en otras localidades de las ruinas de los palacios asirios entre los escombros. El extraordinario tamaño de algunos de estos objetos, especialmente de las cacerolas y de las tazas, cuyo diámetro es de 1 á 6 pies, no debe sorprender, teniendo en cuenta la multitud de personas que alimentaba diariamente la cocina real, y comparándola con las citadas tazas de cocina egipcias. liti GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO La forma que dominaba en tales utensilios es la circular; sus ador- nos eran muy variados. Algunos tenían mangos fijos, otros movibles, otros tenían un solo mango y hasta carecían de él. Ó son lisos ó ador- nados; en el último caso, la superficie exterior está á veces grabada ó taraceada con un sencillo dibujo de rosetas y un lazo ornamental de dibujos fantásticos con figuras de hombres y animales, que eran comun- mente leopardos, tigres, leones y gacelas. Es probable que aquellas cacerolas, tazas, etc., descansaran sobre trébedes más ó menos grandes, pues al lado de los citados recipientes encontráronse muchos pies de león y de toro, que debían ser parte de ellos. Se puede considerar como imitación de un utensilio semejante un altar de tres pies, que encontra- ron en las excavaciones de Nemrod. Sin contar los recipientes que están representados en los monu- mentos asidos, los cuales tenían objetos vulgares, ni la observación de Ilerodoto sobre los útiles de cocina de los más pobres habitantes de Babilonia, las excavaciones proporcionaron una cantidad bastante de otros objetos, que dan una clara idea de la industria ollera asiria. En el mismo ya citado cuarto del palacio Noroeste se encontraron también botes ú ollas de bronce, y un embudo de bronce primorosamente traba- jado; también copas y pequeños recipientes de vidrio y de alabastro. Estos últimos, como parece, son torneados; llevan el nombre del rey Sargon, y corresponden bastante exactamente á la forma ovada de algunas diminutas vasijas egipcias. Entre las vasijas de metal descubiertas especialmente entre los escombros de Kujundschik, encontróse una sencilla taza de lámpara y un elegantísimo sosten de lámpara ó vasija, cuya forma era la de una columna sobre un trébedes. Las mismas excavaciones proporcionaron también un interesante caudal de objetos de loza y de vidrio. Hay entre ellos copas más ó menos profundas, provistas á veces de un adorno circular, vasijas llanas ú ovadas, de distinto tamaño y variadamente adornadas; luego pequeñas botellas de forma ventruda, con un sencillo adorno acanalado, y una profunda copa igualmente adornada. Si á esto se añaden las vasijas de vidrio encontradas en Khorsabad, Arban, etc., de formas sumamente esbeltas, las varias ollas y garrafas de loza, á veces adornadas con figuritas, luego los restos de preciosas vasijas, y ENCICLOPEDIA UNIVERSAL V,1 se comparan con las poco numerosas imágenes de tales objetos, escul- pidos en algunos bajo-relieves asirios, reconócese con certidumbre que la industria ollera del Asia anterior y del Asia central, fue desde anti- guo superior á la egipcia, no menos en la ejecución técnica que en la variedad. La riqueza de los reyes y grandes asirios, en objetos precio- sos de esta clase, era extraordinaria. Nahum, en su profética descripción de la ruina de Ninive, esclamó: «Tomad la plata, tomad el oro, el tesoro no puede acabar; es una multitud de preciosas y bellas vasijas, y de toda clase de ricos objetos.» Parece que los monarcas asirios como los faraones de Egipto, fue- ron muy aficionados á una rica vajilla de mesa. Su misma preciosi- dad debe ser la causa principal de que muy escasos restos quedaran de ella. Consisten casi enteramente en vasos de bronce y de loza, en forma de copas abiertas y tazas más ó menos profundas. Estas últimas corres- ponden solamente en parte á los objetos de esta suerte, figurados en los monumentos. Las más pequeñas tazas, allí muchas veces se ven provistas de un mango corto, que acaba en forma de cabeza de animal. Las copas al contrario, comunmente tienen esa forma especial, ensanchada en cabeza de animal, que tenían tales objetos cuando pasa- ron, ya en tiempo antiguo, á Egipto como tributos. Copas de forma semejante, pero provistas de un mango, se usaban para sacar el agua ú otra bebida de unas enormes vasijas, que median de 3 á 4 pies de alto, y echarla en los vasos. Un gran número de objetos descubiertos atestiguan la variedad de la vajilla y útiles de mesa entre los antiguos asirios; entre ellos hay especialmente cucharas de"cobre, garrafas gran- des y pequeñas de piedra y metal, casi todas provistas de mango, copas y platos barnizados á manera de porcelana. Ni los egipcios del tiempo antiguo ni los asirios usaban cuchillos ni tenedores durante las comidas. Cogíanse los manjares sólidos sencillamente con los dedos, á la manera oriental, costumbre que continúa en nuestros dias; los líquidos se tomaban probablemente con las cucharas ó con las tazas ya citadas. Sin embargo, los asirios se sentaban junto á la mesa sobre asientos tan altos que casi llegaban al nivel de la misma. Los muebles, como están representados en los bajo-relieves, mues- tran más que las vasijas las citadas mudanzas en la forma que tuvieron 178 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO lugar en el curso del tiempo. Llevan un carácter relativamente á los más antiguos productos de este género que ofreció el Asia anterior, mucho más sólido y arquitectónico. Mientras en aquellos dominaba la línea encorvada,- blanda y atrevida, reinaba en estos la línea recta y tiesa. Casi todos los muebles asiríos estaban compuestos de sostenes perpendiculares y partes intermedias reunidas á ángulo recto. Relacionado á esta forma tan radicalmente cambiada, el ornamento tenia un carácter correspondiente. En lugar de las imitaciones anterior- mente usadas de muslos enteros de animales, que servian de pies á los muebles, habían entrado los sostenes arquitectónicos perpendiculares. Cuando se guardaba algo de la forma de los animales, no era más que en el pié, el cual imitaba una garra. El empleo de los muslos parece haya sido una mera excepción. La falta de elegancia en estos muebles se trataba de suplir con los ricos adornos. Puede ser que la afición á la pompa maciza haya causado el cambio en la forma. Las mesas-altares, sillas, etc., de oro, citadas por Herodoto, que estaban en el templo de Belo, luego las noticias sobre la enorme riqueza de los monarcas asirios en lechos, mesas, etc., de oro, demuestra claramente que tampoco en los muebles escaseaban los ricos adornos. Entre los escombros se encontraron muchos semejantes ornamentos, pero por lo común de bronce; también objetos de nácar primorosamente trabajados y esculturitas de marfil, que probablemente, á lo menos en parte, no eran más que adornos de muebles. El descubrimiento de un trono regio en un cuar,to del palacio Noroeste, prueba claramente que aquellas cosas servian para ornamento, aunque no haya sido posible sacarlo sino por piezas. Este trono, el cual tenia exactamente la forma de los tronos y sillones representados en los monumentos, era de palo; los pies eran de marfil esculpido, y el mismo trono estaba cargado de adornos de bronce. Estos y las citadas garras de león eran, por lo común, fundidos sobre una forma de hierro. Los artífices asirios habían conservado las figuras antiguamente usadas á manera de sostenes, como ornamentos intermedios de las partes hori- zontales en las mesas y en las sillas; también el empleo de cabezas de animales como adornos angulares, especialmente en las sillas, habían desarrollado aún más tales adornos. La extraordinaria elevación de estas, que se aumentaba con sencillas bases, habia producido la necesi- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL l~fl dad de los banquillos. También había uno delante del citado trono. Los reales asientos y los que carecían de respaldo, así como otros asientos para dos personas, estaban parte adornados con preciosas alfombras, acaso de color de púrpura, parte con elegantes almohadones guarnecidos de flecos. Los que usaban las clases media é inferior, eran parte bancos groseramente fabricados y banquillos, parte sillas de tijeras, que, más ricamente adornadas, usaban ya los antiguos egipcios. Las mesas esta- ban adornadas en manera semejante á las sillas, pero menos ricamente; esto acaso porque se cubrían con tapetes que habrían ocultado el orna- mento: en las imágenes monumentales hay representadas mesas muy sencillamente adornadas. También se usaban para estas últimas una especie de bases usadas asimismo entre las clases inferiores, pues eran muy bajas. Los asirios estaban aficionados á tal género de sostenes para colocar diferentes muebles; según el objeto que tenían, amontonaban muchas veces tres ó más, los unos encima de los otros, á manera de estantes. Sus camas se parecían á las egipcias del tiempo antiguo. Eran sin duda de palo, como los demás muebles, con adornos de metal, marfil, nácar, etc.; las almohadas estaban cubiertas con alfombras asirio-babi- lónicas de varios colores. Para guardar y encerrar objetos preciosos, trajes y cosas por el estilo, usaban probablemente, como los egipcios, armarios, semejantes en la forma á grandes arcas. Un número de cha- pas de marfil grabadas con figuras, que se encontraron por medio de excavaciones, parecen haber pertenecido principalmente á esas arcas y á diminutos cofrecitos: es cierto que muchos, entre estos últimos, habrán servido para encerrar objetos de tocador, de los cuales no carecían los asirios aficionados al lujo; tenían un sinnúmero de cajitas para afei- tes, bálsamos y perfumes, peines, etc., y sobre todo espejos de metal en forma de discos. No se puede determinar con certidumbre cuando entró en Asiría el dinero para reemplazar todos los demás medios de cambio. Casi todas las monedas de Siria hasta ahora encontradas, sin exceptuar las que se descubrieron cerca de Babilonia, parece hayan pertenecido á las ciuda- des de la costa del Asia anterior, ni hayan sido acuñadas antes del dominio de los persas. La mayor parte de ellas son probablemente de 180 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO origen fenicio. Antes de la introducción de la moneda en el Asia occi • dental, como en Egipto, usaban varas ó anillos de oro, que tenían un peso fijo. Esos objetos llevaban acaso una indicación de su valor. Para transportarlos más cómodamente, usaban unos pequeños sacos. Los pagos se efectuaban, como todavía sucede muchas veces en Oriente, pesando los valores sobre sencillas balanzas, que acaso poca diferencia tenían de las egipcias. Se han considerado como pesos asirios un número de leones de cobre de varios tamaños, desde un pié hasta una pulgada de largo, con anillos en el lomo, que fueron descubiertos en las excavaciones. La base del peso babilónico era una determinada cantidad de agua. Un cubo, que corresponde á más de 92 libras, era el talento babiló- nico: este se repartía en 60 minas. Según este peso, punto de partida del sistema de las medidas y monedas de la antigüedad, se acuñaron 700 años antes de Cristo, en Egina, siclos y dracmas. El peso del talento determinaba también la medida de la longitud; cada lado del cubo daba la medida de la vara babilónica, y sus dos terceras partes la del pié del mismo país. Un cálculo astronómico del tiempo, fundado en la observación de los astros y en aquella medida, habia enseñado muy pronto á los babi- lonios el uso de instrumentos para medir el tiempo. Herodoto dice que los griegos aprendieron de los asirios el uso de los indicadores de las horas, Estos eran relojes solares y clésidras de vario tamaño. Los pri- meros consistían probablemente en una sección de globo repartida en su superficie, ó en un aparato en forma de escalera con una vara de som- bra en el medio. La longitud de los escalones era calculada de manera que la sombra echada en ellos por la vara indicase la hora. Las clési- dras que se ufaban, faltando la luz del sol, estaban probablemente arre- gladas, de modo que una cantidad de agua cuidadosamente pesada, descorría de un recipiente transparente, repartido en partes iguales cor- respondientes á una hora. JUEGOS É INSTRUMENTOS MUSICALES El mayor número de los aparatos de juegos y de instrumentos musi- cales de origen asiático, representados en las paredes de los monumen- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 181 tos egipcios, que llevan en mucho la ventaja sobre los que se ven en las esculturas asirías, parece justificar la suposición arriba expresada. Se puede explicar esta escasez en las imágenes, pues que representaban más bien la vida del Estado* (relacionada á la guerra, y al culto) del monarca que la vida particular. Puede ser también que los belicosos asi- rios fuesen menos adictos á la música que sus vecinos del Asia anterior occidental. Sin embargo, también en el Asia central habia un sinnú- mero de varios instrumentos musicales, como refiere el mismo Daniel hablando de los babilonios en tiempo de Nabucodonosor, «oyeron el ruido del cuerno, de la flauta, de la arpa, de la sambuca, del salterio, de la sinfonía y de toda clase de instrumentos de cuerda.» Todos los instrumentos aquí citados se encuentran en las esculturas asirias, á lo menos indicados, especialmente en Kujundschik. Allí se ve el tambor pequeño, la trompeta, cuya forma es parecida al embudo, la flauta sen- cilla y doble, la lira, la guitarra ó sea laúd, y varias clases de arpas triangulares, que se tocaban, parte colocadas perpendicular, parte hori- zontalmente, ahora con las manos, ahora con un estilo. Algunas cam- panas de bronce, que se encontraron debajo de los escombros, la mayor de las cuales tiene tres pulgadas y un cuarto de altitud, y dos y medio de diámetro, parecen haber servido á la música, pues están compuestas de una mezcla de metales, que determina el tono. Es cierto que los asirios, como los antiguos egipcios, tenían, además de los citados instrumentos musicales, aparatos de juegos para pasar agradablemente el tiempo en las alegres reuniones. Se descubrieron en el palacio Noroeste algunos dados de bronce con ojos de oro. Pero la diversión á la cual estaban muy aficionados los grandes, era la caza, que ejercitaban en compañías de varios centenares de personas, en los par- ques ó paraísos arriba indicados. Cazaban las fieras (leones, tigres, leo- pardos, toros silvestres, etc.), parte en los carros, parte á pié, ó con lanza, ó con arco y flechas. Eran estos últimos, por lo común, las armas preferidas para la caza. Además del arco, cada cazador llevaba general- mente dos venablos. Los criados que seguian, especialmente los del rey, iban á pié, pero casi siempre armados de espada y escudo, y algu- nos también de cortas destrales (segures pequeñas). Usábase también, desde los más antiguos tiempos, el bastón de la honda, conocido por 182 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO o s egipcios y hoy día aún en uso entre los australianos y otros pueblos salvajes, para cazar pájaros, etc. Tenia la forma de una esbelta maza, que acaso media un pié de largo, provista de un mango elegantemente esculpido. En los tiempos más modernos estaban también los asirios sumamente aficionados á la caza con halcones. Los útiles relacionados á la guerra entre los asirios, pronto debieron haberse desarrollado y haber llegado al punto en que se ven represen- tados en las imágenes monumentales. Muestran que era muy generali- zado el carro de guerra, objeto propio de todos los pueblos asiáticos; luego, y más antiguo aún, era usado entre ellos un artificial aparato de sitio. La variedad y los muchos recursos de este sistema prueba que muy sólida debia ser la arquitectura de las fortalezas, especialmente en el Asia anterior; demuestra además que los asirios poseían un notable genio militar práctico, que se reconoce en sus armas y fortificaciones. Por lo que se relaciona á los carros de guerra asirios, en ellos, como en los demás útiles y muebles, habia entrado la línea recta y tiesa en lugar de la antigua forma occidental asiática más elegantemente encorvada. Los carros de guerra asirios parecen más fuertes, más sólidamente fabri- cados, más pesados y menos ricamente adornados, pero no menos fuer- temente armados que los más antiguos carros que los egipcios sacaban del Asia. Los carros asirios, especialmente los más antiguos, eran muy bajos. El toldo, redondeado solamente en algunos casos en la parte superior, descansaba, como en los carros de guerra egipcios, sobre el eje, mien- tras las ruedas, sujetas por medio de cubos de metal, llegaban apenas á la mitad de su altura. Eran fuertes y pesadas; comunmente tenian seis rayos, y sus pinas estaban compuestas de cuatro hasta seis partes. El timón, que se extendía desde el punto céntrico del eje y del toldo, llevaba por medio de una claveta, el yugo de madera, que estaba hecho, sin excepción, para dos caballos. El aparato tenia unas anchas correas que servían para enganchar. Una ancha tira de cuero, ó de otra materia, for- maba el enlace entre el toldo y el extremo del timón; su objeto práctico es desconocido; pero como estaba generalmente adornado con las imá- genes del sol, de la luna, de las siete estrellas mayores, acaso no era más que un adorno simbólico. Los demás ornamentos, se limitaban a ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 183 una tira de metal en los bordes exteriores del toldo y un adorno de rose- tas de metal en sus superficies. En los lados del mismo toldo habia un aparato simétrico, á veces preciosamente trabajado para colocar las flechas y el hacha; luego en el borde posterior estaba la lanza que se llamaba el zapato, y en fin el escudo redondo asirio. El cambio que en el curso del tiempo tuvo lugar en los carros, parece se extendiera á la construcción de las ruedas. Como se desprende de las esculturas de Khorsabad y de Kujundschik, llegaron á mucho mayor tamaño, y por consiguiente! á una formación mas pesada y sólida; tenían ocho rayos, sus pinas estaban repartidas en un mayor número de sec- ciones. El toldo era mucho más alto, y la tira de enlace que se usaba en tiempo más antiguo, estaba reemplazada por una fuerte vara de metal. El timón era más sencillo y no habia más que un carcaj sujeto perpendicularmente al borde anterior. Mas cuidadosamente estaba ador- nado el aparato mismo. Muy caprichosamente ricos eran los carros menores que servían á los monarcas para objetos particulares. Eran una especie de tronos con figuras esculpidas en el timón con yugo, y proba- ' blemente con cuerdas purpúreas. El tiro de los carros de guerra del tiempo antiguo, limitábase, como queda dicho, á dos caballos. A estos añadíase á veces un caballo de reserva. Más tarde parece se hayan usado tiros de cuatro y hasta de ocho caballos. El aparejo de los caballos fue magnífico en todas las épocas, con poca diferencia del de los caballos de tiro egipcio. Distinguíanse espe- cialmente los caballos asirios de la época mas moderna por preciosos adornos en la cabeza, por los correones cubiertos con metal noble, ade- más por los ornamentos de perlas, las borlas de varios colores, las man- tas y el freno mejores que los que llevaban los caballos de montar. En estos, como en aquellos, trataban de aumentar la natural hermosura por medio del arte, á veces cortando los crines, á veces peinándolos ó tren- zándolos; por medio de cintas de varios colores atábase la cola á manera de lazo ó nudo. El carro, cuando completo, cabia el guerrero y una ó dos personas más. Eran ó el criado que llevaba el escudo ó este y el cochero. Par-i 184 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO los reyes, en lugar del criado que llevaba el escudo, subia al carro el eunuco encargado del quitasol. El cochero, que guiaba cada caballo con dos bridas, llevaba comunmente un corto látigo, en cuyo mango muchas veces estaba grabada una cabeza de animal. Los carros de los jefes de las diferentes divisiones, iban adornados con su estandarte sujeto á un palo muy alto, elevándose sobre el borde anterior del toldo, á manera de imagen simbólica de forma redonda ú ovada, adornada con bor- las, etc. Además de estos carros, destinados á un solo guerrero, habia desde el tiempo de Sanherib, un número de sencillos coches para transportar pronto y cómodamente varios combatientes, Eran carros de dos ruedas sin toldo; las ruedas, muy altas; tenian doce rayos. Cabían cuatro hom- bres, un cochero, y los arrastraban dos caballos. Otros carros, de dos ó cuatro ruedas, groseramente fabricados y más ó menos grandes, servían especialmente para el transporte de mer- cancías y pertrechos menores de sitio de toda clase. Tales pertrechos parece hayan sido sobre todo escalas, picas de hierro, palas, hachas, palancas, sierras y otros útiles de carpintero. Las máquinas mayores, relacionadas á las fortalezas, que por primera vez se encuentran representadas en los monumentos asirios, que por esto mismo créese sean sus inventores aquellos pueblos, tenian la forma de grandes torres móviles y de arietes hechos á manera de carros. Los llevaban delante de las murallas de las ciudades enemigas y según la localidad, ó por caminos allanados con ese objeto ó sobre calzadas expre- samente construidas, casi siempre al sesgo. Los arietes, compuestos de vigas de madera, eran probablemente provistos de colgaduras de cuero guarnecidas con metal, que ampa- raban los conductores; las torres parece estuviesen cubiertas con juncos trenzados. Su altura correspondía sin duda á la de las murallas que se debian conquistar, y por consiguiente debió haber sido á menudo muy considerable. Unas escalas conducían de uno á otro piso; muchas veces al más bajo cabia un ariete, que tenia la forma de una gigantesca clava, colgando entre dos alas hechas á manera de arcos, y parece servia más desplomándose que por la fuerza de la percusión. Los medios que empleaban los sitiados para oponerse al efecto de ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 185 esas máquinas, tenían especialmente el objeto de menguar su violencia. Trataban lograrlo, parte echando pesadas vigas encima de los arietes, parte reforzándose en cogerlos y sacarlos de sus quicios por medio de cadenas y tenazas. Sobre todo buscaban medio de pegar fuego á las máquinas, echándolas encima hachones encendidos ú otras cosas seme- jantes. Las consecuencias de tales sitios eran espantosas para los ven- cidos. Ezequiel las describió con colores aterradores. «Pues el señor Jehová dice: ¡Mira! yo traigo contra Tiro el rey de Babel, Nabucodo- nosor, del norte traigo el rey de los reyes con corceles, carros, ginetes, con un grande ejército y una inmensa multitud de pueblo. Él degollará con su espada á tus hijas en el país, levantará rampartes en tu derredor y te rodeará con un foso, elevará su escudo contra tí. Colocará sus arietes contra tus murallas, derribará tus torres con sus pertrechos de guerra. Pisoteará con los cascos de su caballo todas tus calles, matará á tu población con su espada, y destruirá tus fuertes columnas. Roba- rán tus tesoros, saquearán tus mercancías, arruinarán tus murallas y tus soberbios edificios, y echarán al agua tus piedras, tu madera, tu mismo polvo. Yo enmudeceré el sonido de tus canciones, y nunca más se oirá la melodía de tu arpa. Quiero hacer de tí una peña árida, un sitio desde el cual se arrojarán al mar las redes para pescar. Nunca vol- verás á tu antiguo ser, pues yo, Jehová, lo he dicho así, dice el Señor.» Pertenecían á los sagrados utensilios, de los cuales se servían los sacerdotes ejercitando su ministerio, como objetos de especial impor- tancia, una fruta que tenia la forma de una pina, y un recipiente cua- drado provisto de mango. Este último, sin duda de un metal noble, parte estaba preciosamente adornado, parte estaba hecho á manera de cesta esmeradamente trabajada. Desconocido es el objeto de tales uten- silios; pero de las imágenes que representan su empleo ceremonial, se desprende acaso que la fruta servia para echar agua consagrada, y el recipiente para contenerla. En las procesiones y funciones religiosas públicas se necesitaba un aparato especial para ostentar los ídolos y emblemas sagrados. Parece haya consistido, como en Egipto, principalmente en medios de trans- porte, relicarios ricamente adornados, andas para llevar cómodamente los sagrados objetos sobre los hombros, sean estatuas, sean ofrendas, etc. •¿o 183 GALERÍA DEL ARTE DECORATIVO Los utensilios para sacrificios se limitaban también entre los asirios A cuchillos, tazas de varios tamaños para recoger y echar la sangre, jar- ros, luego recipientes de metal parecidos á calderas, cucharas de sacri- ficio, de bronce y de oro, incensarios y los altares destinados al sacrificio; todos estos objetos debían tener sin duda un sello simbólico, á lo menos en sus ornamentos, correspondiente á sus varios objetos. Ya hemos hablado de las grandes mesas de oro, en el templo de Baal, en Babilo- nia. Sobre ellas colocábanse las copas y los incensarios de oro y de plata. Algunos altares asirios se parecían á mesas cuadradas de cuatro pies, cavadas en el centro á manera de tazas, y descansaban sobre un apoyo, otros, probablemente los destinados á quemar las víctimas, tenian la forma ó de un macizo tajo triangular, cuyos ángulos, como sostenes de la superficie redonda, estaban allanados á manera de pilas- tras y acababan en pies de animal, ó tenian la de una pilastra cuadrada, que descansaba sobre un plinto hecho como unas gradas; la pilastra misma llevaba una superficie para quemar, hecha amanera de almenas. Delante de estos altares se colocaban imágenes especiales, que simboli- zaban el verdadero objeto del culto, en forma de serpientes, discos solares ó lunares, etc.; luego también aún tazas en las que se mantenía siempre encendido el fuego. Principales instrumentos de música en las funciones religiosas eran el cuerno y la trompeta. Por medio de ellos se llamaban los fieles á las públicas solemnidades del culto. Herodoto describe los ídolos en el templo de Belo, en Babilonia, como estatuas sumamente preciosas de oro, que median 12 varas de alto. Repetidas veces se habla en el Antiguo Testamento de los ídolos asiríos y babilónicos de metal y otras preciosas materias, como palo de cedro, marfil, etc. Jeremías exclama contra el delirio de la idolatría: «Las imá- genes de los paganos son nada; palo de los árboles cortados en el bos- que, trabajo hecho con la segur por el artista; las adorna con plata y oro; las sujeta con clavos y martillo para que no vacilen. Allí están tiesas como palmeras y no hablan; no se mueven si no las transportan, pues no pueden andar por sí mismas. No las temáis; ni pueden dañar ni hacer bien. 3 — cTraen de Tarsis anchas chapas de plata, oro de Ufas; son obra de artista y trabajo de platero; los cubren con trajes azules y purpúreos, todo en ellos y ellos mismos son trabajos de hábiles artís- ENCICLOPEDIA UNIVERSAL 1UT tas.»—También Jesaía dice: «Vosotros sois los que despilfarráis el oro de vuestros bolsillos; que pesáis la plata en las balanzas; pagáis al platero para que de aquellos metales os haga un Dios; sois los que os echáis luego al suelo para adorarle; que lo colocáis sobre los hombros y lo lleváis A su sitio. Allí está y no puede moverse más.» Semejantes á estas debían ser las imágenes con las cuales Nabuco- donosor adornó su nueva residencia. Ni aquellas ni la colosal estatua, que media 6o varas de alto y 6 de ancho, que hizo erigir en la llanura de Dura y la cual el profeta Daniel rehusó adorar, han podido amparar el reino de su final caida.