T ^é ~' -^ l ' riii 5 INDUSTRIAS ARTÍSTICAS JOYERÍA, ARMAS . c S u II is loria y Dcscr ip c ió n CARTAS A UNA SEÑORITA ]). FRANCISCO MIGUEL Y BAD1A !¡.\ UCEiA)NA CARTA PRIMERA. Queridísima Teresa : Dejóme de retóricas y derechito voy á cumplirte U palabra empeñada i en la última carta de la segunda serie de las que te estoy escribiendo, sobre el continente y el contenido de ÍM Habitación en las épocas capitales de la Historia. Para ios nuevos viajes i|uc hemos de hacer no se necesitan baúles ni maletas; nos bastará con la imaginación, que tiene poder para ir de polo á polo sin caminos de hierro ni buques de vapor, y sin que le cueste un céntimo al bolsillo. Con su ayuda y con la de Dios, confio poderte espHcar en forma muy breve cuanto les importa saber á una se- ñora y á una señorita acerca de la cerámica y la vidriería, los objetos de bronce y plata, las — 2 — ¡oyas y las armas , tarca algo larga, que cuidare de reducir al menor espacio posible , á fin de que no decaiga en tí el entusiasmo con que, por afición á la materia y por cariño al autor, em- pezaste la lectura de estas cartas. Y empezando , como es de razón , por la Ce- rámica en la antigüedad , dígote, Teresa, que daria de buena gana el mejor de mis cachiva- ches por tener á mano, como quien dice, el Museo de Ñapóles, llamado antes Borbónico y ahora Nacional, en donde los vasos etruscos y griegos están metidos en sus salas como cirue- las en banasta. Y dígote que realizaría con gus- to el tal sacrificio, porque se me haria mucho más fácil, y para tí más sabrosa y entretenida, la tarea de darte á conocer los ejemplares más famosos que en la antigüedad produjo el arte cerámico. Mas, ya que esto no sea posible, aquí de los borrones y mamotretos , que suplirán la falta de los modelos corpóreos, y vamos a! grano, porque lo demás es andarse por las ramas. Bien pudiera, antes de meternos de rondón por Grecia y Roma, hablarte de los fragmen- tos y de los objetos de cerámica asiría y egip- cia que se han encontrado gracias á las recientes escavaciones, y con sólo acudir al inagotable Museo Británico, hallaría datos, no- ticias y tipos que presentarte para formar con- 3 ccpto vastante ajustado d la verdad de los pun- toS que en semejante materia calzaron aquellas civilizaciones. Pero, amiga mia, ¿a qué engol- farte en disquisiciones arqueológicas? ;A que marearte con apuntes sobre cacharros y tejole- tas de escasísimo ó ningún interés para tí y para cuantos no pretenden investigar los co- mienzos de las artes suntuarias? ; Qué deseas tú , y qué me propuse yo hacer al dirigirte estas cartas ? Darte á conocer lo más grande en todas las épocas y en todos los estilos; lo verdadera- mente artístico ; lo que tiene valor hoy , lo tuvo ayer y lo tendrá mañana; lo que ha sido, es y será modelo del que han sacado y sacarán fruc- tífera enseñanza todas las generaciones; lo que ha proporcionado y proporcionará con su sola vista goces sin cuento á todas las gentes me- dianamente dotadas de instintos y de senti- mientos artísticos. Dejémonos , pues, en el tin- tero á los hebreos, á los asirios, á los egipcios (; tul/i quanli^ y vayámonos á Grecia, en donde, como no ignoras, fue el arte en pasados siglos el gran maestro y el gran soberano de todos los pueblos. Hablan poquísimo los autores griegos del arte cerámico , y á duras penas se encuentran en sus obras vagas indicaciones sobre el destino que daban á los vasos. Gózanse, con todo, en hacer remontar la invención de la alfarería,— ] que así se llama este arte en castellano puro, —á tiempos antiquísimos, atribuyéndola, si.no á dioses, por lo menos á personajes heroicos, y siendo para muchos de los aludidos autores el prototipo y el protector del alfarero, Ceramo, hijo de Baco y de Ariana, de donde se llamó Cerámica á un cuartel, barrio ó sección de Atenas, ocupada por los fabricantes de vasos en tierra cocida. De aquí también se apellidó Cerámica el arte de construir vasos, jarrones y objetos de todas formas, valiéndose de una ma- teria blanda, que se endurecía después por la acción del fuego. No des, sin embargo,.á esta etimología mayor importancia que la que ha de concederse á una leyenda ó tradición legenda- ria, puesto que en la misma Grecia no faltaron autores que atribuyeron respectivamente la in- vención, ó el desarrollo porlo menos, del arte en cuestión , al ateniense Conebus, al corintio Hipcrbius ó al cretense Talos, sobrino de Dé- dalo. Es un hecho que en los tiempos de Hornero hubo de estar ya adelantada la alfarería ó cerá- mica, como quieras llamarla , porque el poeta, al describir la danza de Ariana, compara la ve- locidad de los mozos y de las doncellas girando á la rapidez del movimiento que imprime el alfarero á la rueda del torno. Una obrilla atri- buida al inmortal autor de La ¡liada, describe — b — admirablemente los accidentes que pueden so- brevenir en la cochura de los vasos. Como la ¡uzgo curiosa, te la traduzco á continuación. Se ha titulado El horno , y dice así: »¡Oh, vosotros, que labráis la arcilla y que «me ofrecéis una recompensa, oid mi canto! "Minerva, yo te invoco : preséntate en este »sitio y presta tu hábil mano para el trabajo del »horno. Que los vasos que de él saldrán, sobre »tndo los destinados á las ceremonias religio- »sas, se ennegrezcan á tiempo; que se cuezan «todos con el grado de fuego conveniente, y »que, tasados caros, se vendan en gran número »en los mercados y calles de nuestras ciudades; »y, por fin, que sean para vosotros manantial «abundante de provecho, y para mí ocasión de "nuevos cantos. »Mas si queréis engañarme con impudencia, "invoco en contra de vuestro horno los azotes »más temibles, á Sintrips y á Smaragos, á As- "bestos y Abactos, y sobre todo á Omodamos »{i)que, más aún que los otros, es el destruc- t o r del arte que profesáis. "Devoren las llamas el edificio , mézclese y "Confúndase cuanto encierra el horno , y ticin- »ble el alfarero de horror ante el espectáculo. "Que el horno deje sentir ruido idéntico al de r — 6— »las quijadas de endurecido cabul , y que to- »dos los vasos rotos ¡ nviertan en un montón »de escombros.» Ya fuera Hornero el autor de este himno, ya deba atribuirse á Hesíodo, como lo pretenden algunos críticos, de todos modos prueba con elocuencia que los procedimientos técnicos de la cerámica se remontan á tiempos muy lejanos. Con lo cual hétenos otra vez metidos entre las nebulosidades de los sabios, quienes se han ocupado con admirable constancia en clasificar los vasos griegos y etruscos, fijando su deno- minación, su edad, su procedencia, destino, autor, etc., etc., y desplegando en la materia una erudición espantable. A pesar de tantas in- vestigaciones y de tanta sabiduría , la luz no se ha hecho en lo que toca á la clasificación y exacta procedencia de aquellas preciosas obras de la cerámica, y bien puede afirmarse, sin riesgo de pecar de aventurado , que en tal asunto cada maestrillo tiene su librillo. Dcje- ' mos, pues, al barón de Witte y á sus colegas para los que quieran profundizar estos conoci- mientos, y contentémonos nosotros con saber loque sabe la generalidad de las personas ins- truidas. Los vasos griegos, y en especial los de la Qimpania, presentan en sus fondos tres colo- res, i saber: el rujo , entonación del ladrillo, que es el color mismo de la pasta, ya avivado por un sencillo pulimento obtenido por el al- farero sobre la pieza en crudo , ya por medio de un delgado barniz, incoloro, que esfuerza la entonación del barro, ó por el mismo barniz suavemente colorido de un rojo de laca; el ne- gra, puesto encima de la pasta, brillante sin crudeza y tan perfectamente estendido , que bien puede creerse que es de arcilla negra el vaso, revestido de esta tinta interior y exte- riormentc ; y, por fin, el moreno castaño, color que resulta de un barniz negro delgadísimo, detrás del que se transparente el tono rojizo del vaso. Para hacer resaltar el dibujo y la ri- queza de los vasos emplearon además los grie- gos algunos colores, raras veces vidriados, y que han de considerarse como superposiciones arcillosas sobre la masa del jarrón, copa, etc. Estos cotores son el rojo algo pronunciado, el rojo violáceo, el amarillo y el blanco, sobre los cuales en algunos casos se aplicaban además di- hujos en rojo encendido, verde, azul y amari- llo, nunca vidriados, género de decoración tan rara como elegante y preciosa. Parece fuera de duda que un cierto número de vasos griegos y etruscos serviría para usos domésticos, juzgándose, á mi humilde entender muy atinadamente, que tuvieron semejante destino las ánforas, cráteres y pateras de sim- pie barro cocido como nuestros pucheros y cacharrería ordinaria. Ten en cuenta, sin em- bargo, Teresa mia, que al hacer esta compa- ración me refiero sólo á la calidad de la mate- ria empleada en estos útiles y á su labrado en general, y no en manera alguna á la bondad técnica del barro empleado entonces y ahora, ni á las formas de unos y otros objetos, pues en el particular hay entre ellos una distancia que no permite comparación de ninguna clase. Una patera común de Grecia, un cachivache cualquiera de barro saguntino ó émeritano, de Sagunto y Mérida en España, son hoy, al lado de nuestras ollas, platos y cántaros, modelos de mano de obra y modelo de gusto artístico en su dibujo y en la pureza irreprochable de todas las líneas. Aún cuando se halla, á mi ver, fuera de duda que, conforme acabo de afirmarte, muchos de los vasos antiguos sirvieron* para las necesidades de la vida doméstica, todavía me parece más cierto y más incontrovertible que la generalidad debió servir para decorar templos y moradas particulares , porque no consienten suponer que fuesen empleados en viles oficios obras suntuarias de tal riqueza, elegancia, pro- porciones admirables y ornamentación bellísima en grado superlativo. Las dimensiones que tie- nen ciertos vasos griegos corroboran mi aserto, que no es mió sino de los muchos eruditos es- — 9 - crúores que han tratado de esta materia. Algu- nos ejemplares son de un tamaño que revela que debieron permanecer siempre en un mismo sitio, otros están agujereados de arriba abajo, y por lo tanto hubieron de servir para un des- tino meramente decorativo, y á mayor abunda- miento , se sabe que se fabricaron urnas en tierra cocida para guardar las cenizas de los muertos. De fijo que si vieses en el Louvrc, en el Museo Británico , y sobre todo en el Museo de Ñapóles alguna de aquellas magníficas ánfo- ras panatenáicas (figura i}, verdaderos monu- mentos de la cerámica antigua, convendrías en U verdad de lo que llevo dicho, sin necesidad i de apoyarlo en textos ni autoridades históricas, sino valiéndote de tu sola despejada inteligencia y del sentido común, que con llamarse tal es el menos común de todos los sentidos, como decia un malogrado catedrático mío, cuyo re- cuerdo no se borrará jamás de mi memoria. Algunas indicaciones no serán inoportunas para dejar mejor probado que muchos vasos anti- guos no sirvieron para un fin determinadamente útil, si bien, como me parece haberte dicho al- guna vez en el curso de estas cartas, estimo que útil puede llamarse cuanto deleita el ánimo ó regocija la vista, ó dígase que en un sentido elevado ha de afirmarse que todos los objetos bellos son útiles ;il género humano, porque le mejoran influyendo en su espíritu y sublimando sus sentimientos. Ya comprendes, no obstante, en qué acepción restringida tomo ahora el cali- ficativo de útil. Y en esta acepción repito de nuevo la afirmación que antes he sentado. No era un vaso que produjese utilidad material la ánfora panalenáica que te he nombrado, en cu- yo cuerpo se lee la inscripción que recuerda ha- ber sido dedicada al vencedor en los juegos celebrados en Atenas, llena de aceite extraído de los olivos consagrados á Minerva. Tampoco se empleaban en ningún menester bajo las co- pas , regalo de boda, ricamente decoradas y cu- biertas de inscripciones alusivas, ni tampoco aquella numerosa clase de vasos que era costum- bre ofrecer en prenda de amistad ó de amor, de mayor ó menor riqueza, según lo fuese la de los compradores , y en los cuales, como se hizo después por igual modo en las mayólicas del Re'nacimÍento% se leía la hermosa Calipe , la bella doncella y otras leyendas á estas pare- cidas. Te lie diclio anteriormente que eran dignas de admiración y estudio en los barros antiguos la limpieza y pulcritud asombrosa de la pasta y sus formas, ^opiadas é imitadas por todos los siglos y por todas las civilizaciones. Acerca de lo primero me bastará con sólo enunciártelo, recomendándote que si por azar llegare á tus manos un fragmento de barro griego ó del lla- mado saguntino, lo examines por breves minu- tos, después de lo cual quedarás firmemente convencida de la excelencia sin par de aquella mezcla arcillosa. Lo segundo bien se merece párrafo aparte, si no capítulo entero, que esto — \^ — no lo permite la brevedad y la índole de las epístolas que te escribo. Pálido seria ante la realidad cuanto te dijera sobre la belleza de forma de los vasos griegos y ctrus~os. Repasa los dibujos que te incluyo, y por ellos tendrás idea aproximada de su do- nosura, de su elegancia, de su severidad, del encanto que en las personas de buen gusto ha de producir necesariamente su vista. No parece sino que el vaso salió del torno del alfarero Co- mo la planta brota de la tierra y la ñor de la planta. En aquellas líneas tan bien halladas, tan admirablemente proporcionadas , no seno- tan vacilaciones, ni defectos, ni .vicios, ni im- perfección de ninguna especie. El alfarero daba mayor ó menor curva al cuerpo de un jarrón, mayor ó menor esbeltez á su collarino , mayor ó menor anchura á la boca, mayor ó menor elegancia á las asas , según el destino que al vaso debiera darse , según las escenas en el mismo representadas. Merced á esta habilidad y talento artístico, ciertos vasos se distinguen, como te he apuntado antes, por su aspecto se- vero, al paso que otros, por su elegancia, como el lecytus , ó frasco, que te incluyo con esta carta (Figura 2). La belleza de la forma general de los vasos griegos y etrus- cos se acrecentaba con la decoración, en la cual desplegaron su Ingénito buen gusto y ese ex- — i3 — quisito sentimiento artístico que i stituye el carácter distintivo del arte helénico. Desde su origen la ornamentación en la cerámi- ca griega tomó un estilo con vcncional; el naturalismo desnudo no se avenia con aquellas inteligencias q u e buscaban en todo un sello superior al de la vulgar rea lidad. Despreciaban la copi servil de los objetos, y si en los frisos de sus vasos, como en los muros de sus edifi- | cios, querían recordar un pájaro , el acanto , la flor del mirto, una sarta de perlas, sin falsear sus líneas típica les imprimían un aire deco rativo , un aspecto arquitéc tónico , que produce en la vista y en el ánimo singular embeleso. Por igual modo trataron la figura, como puedes notarlo en los vasos jjjg. 2._;PC>iAu« griego, de hermoso estilo que aquí te copio (Figura 3), si bien no has de olvidar que, según las épocas y según las proceden- cias j se advierte más ó menos en la imaginería — i4 — griega la rigidez de actitudes y esta'especie de envaramiento que se ve asimismo en todas las representaciones figuradas de todas las épocas primitivas del arte. Mas, sea cual fuere el tema que el pintor hubiese querido desarrollar en el vaso, sea cual fuere la escuela á que pertene- ciese, n ya condujese al espectador al Olimpo, »ya á las sombrías mansiones de los muertos, n—como dice un renombrado arqueólogo,—ora »pintasc un asunto regocijado, como las bodas »de Tctis, ora un doloroso asunto, como la lu- »cha de los Titanes ú Orfco destrozado por las "Furias, siempre sus personajes conservan una «dignidad severa, una belleza tranquila (Figu- - i5 - »ra 4), que imponen y que dan al cuadro la "grandiosidad, el superior atractivo que hace »Je los griegos el pueblo artista por excelencia.» La denominación de los vasos griegos ha ocupado también no poco á los sabios. En los dialectos griegos habia para un mismo objeto — Io — nombres distintos, y los poetas á veces los in- ventaban por el sólo gusto de apartarse de las denominaciones vulgares. Este estudio resulta, por lo mismo, harto fatigoso, y dado nuestro objeto, no servirían más que para aturdirte las explicaciones de Panoflta, Rochette, Lenor- mant, el barón de Wittc y otros muchos que se han quemado las cejas aclarando en mayor ó menor grado esta complicada y em- brollada materia. Te bastará con saber que te- nían los griegos el ánfora, de formas muy va- riadas, y que servia para usos muy opuestos, como el de guardar vino, y el de servir para premio en las Fiestas Panaténeas; la hidria, de ador, que significa agua, por ser el líquido que contenía habitualmente; el cráter, vaso grande y ancho, para mezclar el agua y el vino en las comidas y en los sacrificios; el enochoe, algo como botella para escanciar el vino; el lindísi- mo lecythus ateniense, para guardar perfumes, por cuya razón se le vé representado con fre- . cuencia en manos de los dioses y de las damas ocupadas en los cuidados del tocador ; el phiah ó patera latina, suerte de escudilla; el stam- íins, uno délos más elegantes vasos griegos, de forma ovoidal , por lo genera! ricamente deco- rado, y que se empleaba para el vino en los banquetes opíparos (Figura 5); y algunos otros más que suprimo por menos importantes, para — i7 - no hacer la enumeración fatigosa, y porque, en último resultado, tampoco los conservarías ni un dia siquiera en la memoria. Y de Roma Jqué he de decirte, amiga Tere- sa ? Grecia , sus colonos y sus artistas nómadas proporcionaron durante luengos años á la ciu- dad inmortal y á las demás ciudades latinas preciosas obras cerámicas, lo propio que esta- tuas y trabajos artísticos de toda especie. Sabes bien, si no has puesto en olvido mis apuntes, que el arte romano fue hijo del arte helénico, minos puro y menos distinguido que este, más utilitario y ostentoso. La afición á ios vasos griegos y etruscos adquirió tal fuerza en Roma, que en ciertas épocas fue señal de gran lujo y de hallarse sus dueños al corriente de la moda. Pásmate, Teresa; un vaso en tierra cocida, decorado, llegó á ser un medio de corrupción — i8 — electoral, de manera que consta el hecho de haber sido multado un ciudadano, de nombre Quinto Aponio , por soborno, á causa de ha- ber regalado una ánfora de barro á un elector cuyo voto quería comprar. Los de ahora, dirás tú, y digo yo así mismo, no se contentan con estas baratijas, porque «están por lo positivo,» como diria Cecilia, de la lindísima comedia de Tatnayo. Los romanos, más prácticos que artistas, die- ron á sus obras de alfarería un carácter más robusto que elegante, un sello de comodidad marcada, tomando , sin embargo , las formas elementales de la cerámica griega. Hasta nos- otros han llegado , á través de los siglos , las jarras , jarritas y tinajas para poner vino, aceite y agua, iguales casi á las que servirían para idénticos menesteres en los tiempos de Mario y Sila y anteriores. Las mozas de cántaro de ciertas comarcas de España, Francia é Italia, que andan hoy con la jarra en equilibrio sobre su cabeza, allá se van coi^ las esclavas de Ático ó de Cicerón, ocupadas én los mismos oficios. Etruría fue la provincia.latina en donde los al- fareros adquirieron mayor y más merecido re- nombre. Aparte de los vasos lisos, con imagi- nería pintada, rivales de los griegos, y á los que en otros párrafos he hecho referencia, va- sos que se fabricaron en las poblaciones de — 19 — aquella parte del Lacio, allí nacieron y allí ad- quirieron un grado de perfección extraordina- ria los vasos en tierra roja con relieves de un dibujo deücadísimo, dignos de compararse y de parangonarse con las más celebradas produc- ciones cerámicas de Grecia. Juzga por tí mis- ma, á la vista de los ejemplares cuya fotografía te incluyo, encontrados en el inagotable empo- rio de Pompeya ó Pompei, como en ei dia la llaman los arqueólogos al uso (Figura 6). La plástica romana, con todo, se encuentra en su mayor apogeo artístico en los bajos relieves, frisos, festones, etc., modelados en barro coci- do para decorar el interior de las habitaciones. Escultores modernos de gran fama se tendrian por dichosos con haber concebido y ejecutado algunos bajos relieves de esta clase, admirables obras de arte,- llenas de movimiento y de es- presion, y de un estilo decorativo merecedor del más entusiasta encomio. No todas estas — 20 — obras se llevaban á cabo en Roma ni en ti La- cio; algunas procedían de Atenas ó de otras ciudades de Grecia, y muchas fueron mode- ladas en las villas, donde se han encontrado, por los artistas helénicos que, según te dije eu la primera serie de estas cartas , sacaron el oro y el moro de los opulentos patricios y caballe- ros de los tiempos de la República y de los tiempos del Imperio. Kstos mismos ricachos pagaban centenares de sestercios por una de aquellas estatuitas griegas en tierra epeida, modelos de delicadeza y de buen gusto , que se guardan como maravillas del arte en el Mu- seo del Louvre y en otras colecciones públicas y privadas. Pescar un ejemplar auténtico es empresa mag- na , y , por lo tanto , entre sus cacharros sólo puede tener alguna imitación tu amigo afectí- simo que se despide de tí hasta otro dia y bes¿i tus pies. — F. CARTA SEGUNDA. i Kdad M e d i a . - 1 . no, Gubbio, Cafí»R¡ Queridísima Teresa: Cógete á mi capa de Diablo Cojudo, y como el bueno de D. Clco- fás corria por los tejados de la villa, sigúeme á través(de la Edad Media para no detenernos hasta alcanzar los años de 1400, en que gober- naba en Florencia la ilustre familia de los Mé- dicis. Con lo cual quiero decir, hablando en plata, que de la cerámica griega es asunto de pasará la cerámica italiana, si deseo cumplir puntualmente el objeto que me propuse lograr enn estas mis cartas. Poquísimo te interesarían algunas noticias arqueológicas que podria darte sobre los siglos medios , durante los cuales las — 22 — habilidades mayores de la cerámica se cifran en las baldosas decoradas , de que se conservan bellísimos ejemplares. La tierra ordinaria ser- víales á los alfareros para fabricar la baldosa cuadrada ; en crudo , por medio de la presión, grababan en ella un hueco , según el dibujo que de antemano habian escogido, rellenaban el hueco con tierra de otro color, y á veces de distintos colores , y cocían en el horno la bal- dosa , que formaba un todo de mucha consis- tencia y de excelente aspecto. Lindísimos frag- mentos de esta clase se han encontrado en di- ferentes puntos de Europa, y se guardan cuida- dosamente en los museos. Pero como, según te he dicho en repetidas ocasiones , no hemos de ver nosotros más que lo granado en la historia del arte, nos entrare- mos de rondón por el Renacimiento ó por sus inmediaciones para ocuparnos en el examen de la cerámica italiana. Al tratar de hacerlo, un nombre se me viene á la memoria , que proba- blemente habré de citar otras muchas veces. Refiérome á Lucas della Robbia, al simpático escultor florentino, gloria de la Atenas de Ita- lia, cada día más estudiado, cada dia más re- verenciado, cada dia más admirado. Lúeas della Robbia es el escultor naturalista en la buena acepción de la palabra ; observa con ojo atento la naturaleza, la sorprende en sus momentos - 23 — de expresión , en aquellos instantes en que la vida del hombre se presenta vigorosa y atrac- tiva, ve sus rasgos capitales, sus líneas caracte- rísticas, y las traslada al barro ó al mármol con una firmeza, con una verdad, y sobre todo con una ingenuidad que dejan tamañitos á los más pretenciosos escultores de hogaño. Te recomien- do, amiga Teresa, que si algún dia vas á Florencia, pongas atención en la serie de bajos relieves de niños cantando y danzando, escul- pidos en mármol por Lúeas della Robbia, y que hoy existen en el Musco Nafúmale. Es imposi- ble imaginar nada más vivo, más seductor, más animado. «Allí se vé,—escribe el Vasari,—el movimiento de los labios en los que cantan, la agitación de las manos en los que marcan el compás por encima de los hombros de los pe- queñines, y toda suerte de juegos, cantos, danzas y regocijados pasatiempos que lleva tras sí el placer de la música.» Allí tienes á un es- cultor naturalista , que traduce la naturaleza con fidelidad asombrosa, y que, sin embargo, ni él ni sus compañeros Jacobo della Quercia, Donatello y Ghiberti descienden nunca hasta el inmundo realismo, hasta el afán de copiar ser- vilmente las fealdades y los groseros espectácu- los que por mal de nuestros pecados hemos de presenciar necesariamente todos los días y á todas horas. — 24 — Perdóname esta casi larga digresión que , á mi parecer, viene á cuento, porque, conforme reza el refrán , la verdad ha de andar sobre la mentira, como el aceite sobre el agua, y bueno es hacerlo notar siempre que á mano venga: aunque fuere agarrando la ocasión por los ca- bellos. Y dígote , siguiendo el hilo principal de esta carta, que el tal Lúeas della Robbia, además de sus méritos de escultor famosísimo, tiene otros por donde colocarle en lugar cons- picuo en la historia de las artes suntuarias. El mismo autor Vasuri, antes citado , afirma que este artista inventó el esmalte ó vidriado blan- co que aplicó sobre el barro , á la manera de las mayólicas ya conocidas en Italia,. y que go- zaban de masque mediano predicamento. Ma- yólica he dicho, porque así se ha llamado é la cerámica italiana, á la que los franceses han nombrado fayence, y que entre nosotros, ha- blando en castellano limpio, debería apellidarse lo\a vidriada. Díjose mayólica de nuestra isla de Mallorca, de donde en los últimos tiempos de la Edad Media y en los albores del Rena- cimiento se enviaban á Italia deliciosos platos y vasos de loza con reflejos metálicos, de los llama- dos hispano moriscos,—no fabricados en aquella isla según parece—de los cuales me ocuparé más adelante , porque merecen carta separada. Este origen dan á la palabra Fabio Ferrari en su - 25 — obra sobre el idioma italiano, y Escaligero con algunos otros, siendo cosa averiguada que los viejos escritores toscanos escribieron Maiolica para indicar la isla de Mallorca, y así dice Dante: Fra Visóla di Cipri e Maiolica. Fayence la llamaron los franceses de Faenza, ciudad de la Toscana, uno de los centros más renombra- dos en la historia de la cerámica italiana, y por lo^a vidriada deberíamos designarla nosotros, en razón del componente principal , que es la lo/.a (pisa en catalán , de la ciudad de P i s a ) , pasta formada con una tierra blanquecina, y del esmalte vidriado de diversos colores, con el cual se da más consistencia y duración al producto y se le enriquece. Con todas estas de- nominaciones es conocida en el comercio y en el mundo de las artes la Cerámica italiana, y sin entretenernos en averiguar el mayor ó me- nor fundamento de alguna de las etimologías que te dejo consignadas, vuélvome á Lúeas de- lia Robbia, de quien me he distraído y te he distraído por algunos momentos, por venírseme rodada la digresión sobre nomenclatura, indis- pensable para la cabal inteligencia de esta carta y de h s venideras. Acerca de quién descubrió el esmalte, barniz, ó vidriado que se empleaba en las mayólicas, anda en opiniones, sin que hasta hoyi á mi en- tender, se haya puesto definitivamente en claro. Más adelante verás que en España se fabricaron objetos de loza vidriada, con reflejos metálicos en años muy anteriores al 1400, y de Persia se tienen datos para creer que sus alfareros cono- cían esta clase de esmaltes desde tiempos re- motísimos. Sea de esto lo que fuere, es un he- cho averiguado que Lúeas della Robbia empleó con felicísimo éxito !os barnices blanco, azul, verde y amarillo en los bajos relieves que mo- deló en tierra cocida, y que aumentó entonces la afición que por la mayólica se sentía en toda la tierra de Italia. Causa un efecto delicadísimo la combinación del blanco en las figuras y del fondo azul sobre que aparecen, único color que el citado artista solia usar en los fondos de sus medallones, en aquellas Vírgenes con el Niño Jesús , de un candor y de una gracia superio- res á todo encarecimiento. Contempla la térra cotta vidriada, cuya copia te incluyo , y por ella imagina lo que ha de ser la realidad. { Fi- gura 7.) Este procedimiento ofrece grandes ventajas para la decoración exterior de los edi- ficios. Más barato que el mármol, y de ejecu- ción más rápida para el escultor, tiene una con- sistencia semejante á la de aquella piedra, puesto que ni el agua, n¡ el aire, ni las inclemencias todas del tiempo alteran poco ni mucho su su- perficie. En Italia se encuentran magníficos ejemplos de decoración polícroma de esta clase, siendo de admirar en ellos, además de la inven- tiva de los escultores, de su garbo en el mode- lar, de su gusto en el componer, de su delica- deza en el colorir, el juego de la luz y sus cambiantes, de una esplendidez y riqueza su- perlativas. Entre otras muchas obras de esta clase diseminadas por la península italiana, merece singular mención el friso del Hospital del Ceppo en Pistoya , de i m . 3o de altura por 3o de longitud, obra debida á la familia de los dclia Robbia, que decora toda la fachada, di- vidido en bajos relieves, en los cuales se en- cuentran representadas las obras de Miseri- cordia. Conviene la generalidad , si no todos los au- tores italianos,—afirma Julio Labarlc, —que en el taller de Lucas della Robbia, se estudió y mejoró la aplicación del esmalte blanco con base de óxido de plomo, y que de allí se ex- tendió á varias fábricas de la Romanía, marca de Ancona y Umbría, las que empezaron por aplicarlo alas baldosas de los pavimentos, á los vasos decorativos y á la vajilla. Y como también viene ahora á cuento hablarte de] pro- cedimientoque se empleaba en esta fabricación, me tomo la libertad de hacer otro paréntesis, á fin de exponértelo con la mayor concisión posible. Recogían los alfareros el limo ó barro que dejan algunos rios y torrentes de la Toscana, lo limpiaban cuidadosamente de materias ex- trañas , y lo amasaban para imprimirle luego la forma conveniente , valiéndose del torno, de un molde ó del simple modelado á mano. He- cho esto, colocaban la pieza en el horno y le daban una primera cochura, que se llamó bis- tugio. Aplicaban luego en la pieza el esmalte ó barniz blanco, que se obtenía con el óxido de estaño y un fundente, y sobre esta capa los ar- n'fices pintaban con barniz vidriado de colores cuanto se les antojaba, enviando de nuevo ai horno el plato , fuente , jarrón, ó lo que fuese, para una última cochura, No te hablaré de las mezclas que hacían para obtener los colores, porque esta materia seria pertinente en un tra- tado técnico de cerámica bajo el punto de vista industrial, y holgaría en unas cartas Como es- tas, en las cuales mi objetivo y tus deseos se cifran únicamente en precisar los méritos por los que han alcanzado los productos de aquel arte tan singular estimación entre los artistas y los aficionados á las bellas artes. Una vez esto sentado, me tocaría entrar en la historia y clasificación de la cerámica ó ma- yólica de Italia, engolfándome en el examen de las vicisitudes por que pasaron los diversos centros en donde se fabricó, y cuyos nombres se han conservado siempre y se conservarán en la historia del arte .suntuario. Faenza, Pesaro, Gubbio, Urbino, Caffagiolo, Gaste! Durante y otras fábricas, si no de tanto renombre, de mé. rito y signiflcacion nada despreciables, deberían ser sujeto de largas y múltiples epístolas, por- que, amiga mía, la historia y las mudanzas de estas alfarerías son más que medianamente en- revesadas , y de ellas se puede decir lo que de ciertas parentelas, que por mucho que las es- cudriñe no hay sumista que las declare. ¿ Te parece cosa fácil clasificar los productos de la cerámica italiana del Renacimiento E Pues nada de eso, hija mia; antes, por lo contrario, hom- bres que han encanecido estudiando los platos, jarrones y toda suerte de mayólicas del Louvre, Gluny y South-Kensington, declaran abierta- mente que es aventuradísimo afirmar que un objeto sea de esta ó de la otra fábrica de Italia, si no se lee en el mismo una marca reconocida que asegure su filiación cierta. Cipriano Piccol- passo , que publicó en 1548 su Libro del alfa- rero, dice á este propósito: «Ya que hemos "hablado de los colores de que se sirven en »Castel Durante, trataremos ahora de los que »se usan en Urbino, aun cuando ofrezcan esca- »sas diferencias, porque un gran número de «maestros que trabajan en Urbino, son de Cas- »tel Durante.» Así, pues, en esta materia, co- mo en otras muchas, el coleccionista, aficionado ó rebuscador de antiguallas, no tiene á mano una pauta fija que le sirva de guia infalible, sino que ha de acudir al caudal de conocimientos que da la experiencia, y á esc olfato artístico que adivina el origen y la antigüedad de un ob- jeto sin que pueda señalar con fijeza los signos que le han servido para encontrarlo, así como un inteligente en armas conoce pronto una buena hoja de Toledo, y un cajero del diauna moneda falsa al aire, sin que uno ni otro pue- dan dar cuenta clara de los fundamentos de su ciencia. Es cosa más hacedera fijar la época de una mayólica italiana. En tres períodos dividen al. gunos tratadistas la historia de esta parte de la cerámica, en sus buenos tiempos, ó, como si dijéramos, en su siglo de oro. La primera épo- ca comprende desde la introducción del esmalte plúmbeo, á principios del siglo xvi; la segunda de aquí al advenimiento de Guidobaldo II al ducado de Urbino, y la tercera abarca los años de gobierno de (iuidobaldo y de su hijo Francisco María II. Parece cierto que Faence fue; una de las primeras ciudades que se distin- guieron en la cerámica, á lo cual se debió que, conforme antes te he dicho, llamaran los fran- ceses fayence á todos los productos de loza vi- driada que les venian de Italia, y acaso también de otros pueblos. Urbino, sin embargo, se llevó la primacía entre todas las ciudades que culti- varon el arte de la cerámica, no tal vez por la superioridad de los ejemplares que fabricó, sino por la fama misma que le dieron sus protecto- res, y por la variedad y abundancia de objetos salidos de sus talleres. Todas las fábricas italia- nas rivalizaron por llevarse la palma del ven- cimiento , y si Faenza, Urbino y Gubbio mode- laron y pintaron lindísimos aguamaniles, fuen- tes soberbias y elegantes vasos de diversísimas — 32 — formas, Caflagiolo, menos conocida de los que no están iniciados en los secretos de la arqueo- logía y de las antigüedades, y Ferrara', que en identicü situación se encuentra, compusieron y labraron con .singular gusto y con rara perfec- ción platos y jarros tan preciosos como los que te incluyo por copia fotográfica. (Figuras « >' 9-) En las tres épocas que te he apuntado venian á confundirse , pues, las obras de los distintos - 33 - talleres italianos , cuyos maestros , para evitar esta confusión, ponían en ellas frecuentemente monogramas, cifras ó marcas que fijasen la procedencia de la mercancía. En la primera época, ó sea en los principios del siglo xvi, los artistas ó artífices indicaban el dibujo por me- dio de una línea violeta, y azul más tarde, mo- delaban apenas los motivos que venían fijados por medias tintas, y aplicaban manchas mono- cromas en las vestiduras, rostros, etc., si bien su paleta comenzaba ya á ser rica y disponía de regular número de colores. Durante la segunda - 34 - época , ó sea desde comienzos del siglo deci- mosexto, hasta 1538, en que Guidobaldo II fue proclamado Duque de Urbíno, los asuntos históricos y mitológicos sirvieron de tema de decoración en platos y vasos, y se copiaron con mayor ó menor exactitud los grabados de Andrés Mantegna, los dibujos de Timoteo della Vite, las estampas de Marco Antonio y de Marcos de Rávena, y las pinturas de Rafael Sanzio. Por fin, en los tiempos de Guidobaldo y de Fran- cisco María II se abandonaron los colores bri- llantes y los reflejos metálicos, y con el empleo de tintas y tonos suaves y armoniosos, se dejó la brusca franqueza primitiva y se buscó en la pintura cerámica los efectos primorosos de la pintura al óleo miniada. A partir de i5ño, los arabescos y grotescos se multiplicaron en las mayólicas, con especial fortuna en muchos ejemplares, v.gr.,el que te incluyo {Figura 10), con la particularidad de que en esta época no se pintaba como antaño, el arabesco claro sobre fondo colorido, sino al revés, l^s arabescos co- loridos en fondo claro ó blanco. ' Recordarás que al hablarte de los paños de Ras ó tapices en la anterior serie de cartas, te dije que no eran, por lo general , recomenda- bles aquellos en los cuales se veía deliberado propósito de copiar fielmente los efectos de los ,|i cuadros al óleo, y que composición y figuras - 35 — debían tratarse de muy distinto modo en los cuadros que en los paños. Aplica la advertencia ;i las fuentes, platos y jarrones de loza vidria- da , porque encaja también aquí perfectamente. Los temas desarrollados en el fondo de un plato <'> de un vaso, no han de parecerse á las mi- niaturas á la aguada ó al óleo, porque su fac- tura ha de ser más holgada, y para hablar en fegla, más decorativa. En este concepto eran acertadísimos los procedimientos primitivos de — 36 — la cerámica italiana : pocas tintas bien escogi- das, bien puestas, y acusando por manchas los accidentes del contorno y del dintorno de los cuerpos , sin que fuese disparate, ni mucho me- nos, señalar las líneas de ambos por una raya oscura violeta ó azul. Enhorabuena que al pin- tar una obra de esta clase haga alarde el artista de ciencia en el dibujo, de elegancia en las ac- titudes de los personajes , de gracia y fantasía en el colorido, pero sin olvidar nunca que uno es la obra suntuaria decorada polícromamente, y otro el lienzo al óleo de historia ó de género pintado por maestro perito en el arte. Los ejem- plares mejores de la cerámica italiana brillan por las excelencias indicadas. En unos domina una entonación amarillosa que no se encuentra en la verdad real , en otros sobresalen las tin- tas azuladas; no pocos tienen tendencia á las entonaciones grises, avivadas por toques de luz enérgicos , y en todos se halla una suerte de ejecución grandiosa, que huye de la nimiedad y que busca una impresión de reposo y de ri- queza. A estas cualidades se debe el subido precio que hoy alcanzan en el mercado de las curiosi- dades , y que obtuvieron también en pasados siglos, las obras de Gubbio y de Urbino, lo pro- pio que las mejores de otras fábricas italianas del Renacimiento. Siguiendo dicho camino, - 37 - (liorgio Andreoli en Gubbio, y Ora/Jo Fontana en Urbino, ejecutaron aquellas preciosas ma- yólicas, de las cuales, dirigiéndose al duque Francisco María II, y refiriéndose al segundo de los citados artistas,- que tal calificativo me- recen,—escribía Bernardino Baldi en su Enco- mio delta patria; «En las artes menos nobles liemos tenido á Orazio Fontana, que se hizo célebre en el arte de fabricar los vasos de tierra cocida y porcelana. Este artista trabajaba con tal primor en tiempos de Guidobaldo , padre de V. A., que las credenzas ejecutadas por él eran enviadas por dicho príncipe á los grandes señores, al rey de España y al emperador, co- mo obras rarísimas.» La fama de Orazio Fon- tana se estendió por las naciones más cultas, y en realidad bien lo merecía el insigne maestro de Urbino. A su ingenio en pintar una compo- sición, con elegante estilo y con pureza en el dibujo, unia el talento de saber modelar con singular pericie los vasos que fabricaba, enri- queciendo sus partes con molduras en relieve de exquisita galanura, con asas que figuraban serpientes, endriagos y quimeras, con mascaro- nes que colocaba en los puntos salientes de las compoteras y de otras piezas de vajilla, como sirviendo de refuerzo y medio de apoyo. De este arte, en el que, además del citado Orazio Fontana, sobresalieron muchos otros escultores italianos, que tuvieron á honra, ocuparse en tra- bajos de alfarería, es trasunto exacto, hasta ilonde lo permite la simplicidad del dibujo, el que te envío de un jarrón, de soberbio ustilo y de un carácter decorativo, que de fijo pondrás sobre tu cabeza, enseñándolo con entusiasmo. (Figura 11.) Teníanse, pues, las mayólicas por delicados — 'Í(J - presenten, como lo afirma Baldi, sucediendo con ellas lo mismo que pasaba con los vasos griegos, que se daban como premio en las fies' tas públicas. Regalábanse, por lo mismo, lindas copas y platos de mayólica para festejar á una doncella con motivo de sus bodas, para demos- trar amistad ó cariño, para dar un galán prueba Je amor á la dama de sus pensamientos , y para ofrecer testimonios de gentileza siempre que la ocasión se venia rodada. En tales casos la copa ó plato se decoraba con inscripciones y figuras alusivas , debiendo á esta costumbre su origen los platos en los cuales un amante pro- clamaba la belleza de su amada poniendo en ellos su retrato y la leyenda Faustina bella, Julia bella, y así por el estilo (Figura 12); y aquellos en los cuales se leian divisas y galan- tes inscripciones , de cuya invención se gloria- ban las fábricas de Pesaro, maestras también en el manejo de los reflejos metálicos, imitados de las lozas hispano-moríscas. Asi, próximas á una figura alegórica, ó á un retrato, más ó me- nos fiel, encontrábanse las leyendas Chi semina i'irtú, fama recogHe , quien siembra virtud, fama recoge ; Sola esperanza íl mió cor tiene, queda en mi corazón sola la esperanza; S' el dono épicólo édi poco valore, basta lafeda, il popero non si vede , si el don es pequeño y de ningún valor, basta el intento , y lo pobre des- — 4" — aparece. Cappa amatoria se llamaban las que te he descrito, así como se designaban por ba- ílale otras semejantes que asimismo se fabrica- ban en Pesaro , y que, llenas de grageas y con- fituras, regalaban los mancebos á sus parejas en las danzas. Estas costumbres te acabarán de pintar el carácter de los habitantes de Florencia, de Urbino, de Pesaro en pleno siglo xvi , ca- rácter que tan magistralmente ha pintado Bal- tasar de Castiglione en sus coloquios de El Cortesano. Cultos en grado superlativo, idóla- tras de la forma, cristianos en la práctica y se- mi-paganos en sus aficiones, buscaban en la vida cuanto pudiese darle atractivo, pompa y belleza. De ahí las costumbres galantes en las que el arte tomaba parte principalísima, como las que te he apuntado, y contra las cuales lanzó tre- mendas imprecaciones un escritor de la época, por los vicios y crímenes de que eran origen. «Mira,—dice,—como el arte de la galantería aparece y se estiende bajo formas infinitas! So- metidos á los encantos del amor los hombres sencillos, no reparan en la astucia y la maligni- dad que pone en juego para seducirles. ;Por qué imaginas tú que se adoptan los nombres de Ginebra, Virginia, Isabela, Olimpia, Elena, Diana, Lidia, Victoria, Laura, Domicia, Lavi- nia, Lucrecia, Estela y Flora, sino para cauti- var con su gracia jóvenes corazones que, loca- mente, inscriben en letras de oro estos nombres armoniosos, y se gozan en cantar sus alabanzas por medio de sonetos y madrigales?» Xo creas, sin embargo, que el destino pri- mordial de las mayólicas italianas fuera el de servir para galantes atenciones. Ya te he indi- cado que llenaban un fin práctico, puesto quo además de emplearse en la decoración de cuadras y aposentos, de loza vidriada se fabricaban va- jillas de muy variados precios, riquísimas al- gunas, v. gr., la que se construyó en Ferrara para el duque Alfonso II), obra de un arte ex- quisito; botes de droguero y de boticario, como los que hizo Orazio Fontana para la farmacia - 4- ~ ducal de Urbino, en los que desplegó su buen gusto y su inventiva; y por igual estilo fuentes, platos, salseras, compoteras, aguamaniles y va- sijas de toda suerte, que, como te he dicho más de una vez, se pagan hoy á peso de oro, y son envidiado ornamento de museos, salones y ca- marines. Pasado el siglo de oro de \a fa/ence ó loza vidriada de Italia, vino para ella un periodo de decadencia, llegando en breve término á un estado de postración lamentable, que se hacia más sensible al compararlo con su esplendoroso pasado. Para sacarla de esta situación, hizo el marqués Ginori en la anterior centuria algunos esfuerzos que han dado brillante resujtado. La alfarería que en Doccia , cerca de Florencia, estableció el referido marqués, es conocida hoy de todos los artistas y aficionados por la rara habilidad con que en ella se imitan los delicio- sos ejemplares del siglo decimosexto. No poco ha hecho también en idéntico sentido la casa inglesa de Minton, y alguna otra que han con- tribuido poderosamente á poner de nuevo á la moda la mayólica ófayence, como por lo regu- lar se la llama , suportando la tiranía de la len- gua francesa. En esta moda han hallado un buen filón los mercaderes de antiguallas, cachi- vaches rotos y fruslerías viejas. Nadie les aven- taja en el arte de hacer viejos los objetos. Cuando atrapan un plato, jarrón ó lo que fuere, -43 - de fábrica muJerna, copiado de ejemplar anti- guo, buscan en primer lugar que no lleve marca alguna por donde averiguar su fecha de naci- miento y su procedencia. Así que lo tienen, lo sujetan á varias operaciones, tales como el baño con ácidos, el enterramiento más ó menos pro- longado, la inmersión en grasas , el golpecito con maña para sacar algún desconchado, et- cétera, etcétera, merced á lo cual consiguen re- bajar las tintas y dar al objeto un aire sucio y venerable que acredite su antigüedad para ojos que no sean muy linces en descubrir esta nueva casta de embustes. De esta manera compran muchos gato por liebre , pagando carísimo un jarrón que imaginan ser del año i5oo y obra de Fontana ó Andreoli, cuando en realidad acaba de salir de los iiornos del marqués Gínori, de Cantagalli ó de cualquiera de los ceramistas que en Italia, Francia e Inglaterra sobresalen ahora en la industria artística que ha sido tema de esta carta, á la cual da fin, repitiéndote que es tu amigo de veras. — F. CARTA TERCERA. Queridísima Teresa: Bernardo Palissy es la figura culminante en la historia de la cerámica francesa. Los franceses , que se pintan solos en esto de ensalzar ios hombres y las cosas de su tierra,—defecto, mérito ó lo que fuere que deberíamos imitar los españoles,—los franceses, digo , tienen á Bernardo Palissy y á las obras que ejecutó por iguales á los maestros italianos y á las mayólicas justamente famosas de Ur- bino, (jubbio y Caffaggiolo. Lejos de mi ánimo quitarle al célebre alfarero francés ni un ápice de la gloria que adquirió , ni entra tampoco en mis propósitos poner á los pies de los caballos, como suele decirse , la loza vidriada que ela- boro después de infinitos afanes , sudores y con- tratiempos. Era Palissy uno de esos locos su- blimes que andan por el mundo persiguiendo una idea, y siendo objeto de la rechifla de sus contemporáneos. De imaginación exaltada, con- forme lo son de ordinario los hombres de grande inventiva, no ponia freno en sus juicios ni va- llas á su pensamieuto, con lo cual, en medio de no pequeños aciertos, desbarraba también con muchísima frecuencia. Sintió simpatías, y más que simpatías por la religión reformada, y en Le recepte veritable , uno de los varios li- bros que compuso, amontonó exageraciones, hipérboles y disparates por haberse metido en honduras filosóficas que entendía poquísimo. La cualidad principal de Bernardo Palissy se cifraba en su carácter y en una voluntad enér- gica. Con esa elocuencia vigorosa, peculiar á quien escribe sus propias desventuras, escribió él mismo la historia de las vicisitudes por que hubo de pasar antes de obtener los platos, aguamaniles y vasos que le han hecho célebre en el mundo de las artes. Todo conspiró en contra suya. Sin caudal para montar la alfare- ría cual lo exige una industria que requiere muchos miramientos, vio destruida varias ve- ces la labor de muchísimos dias, gracias á una cochura imperfecta , resultado de la imperfec- ción misma del horno en donde hubo de hacer- la. En otra ocasión en que la cochura le iba saliendo á maravilla, se levantó de súbito fuerte tormenta que arremolinó el humo y echó á perder vasijas, horno y cobertizo en donde se albergaba para sus trabajos el desdichado Pa- lissy. En esto perseguíanle los acreedores con sus reclamaciones; los vecinos de Saintes, en donde habitaba, con sus cuchufletas, y, lo que es peor todavía, su propia familia con recrimi- naciones é insultos. «Muchas veces me he encontrado—dice liei wnardo Palissy,—con que habiéndome quitado — 47 — »todo abrigo, y sin tener prenda de ropa seca «sobre mi cuerpo , por causa de la lluvia que »habia caido, iba á acostarme á media noche ó »al alba, sucio como un hombre que se hubiera ^arrastrado por todos los estercoleros de la vi- »lla, y al retirarme de este modo iba sin lum- »bre, bamboleando, yendo de aquí para allá, «como hombre ebrio del vino, lleno de inmensa "tristeza , puesto que veía mi obra perdida des- »pues de haber rudamente trabajado. Pues »bien , al retirarme así , sucio y calado hasta »los huesos, hallaba en mi cuarto una segunda «persecución , peor que la primera, y por la «cual me maravillo ahora que no acabase mi »vida consumido de tristeza.» Después de una lucha de quince á diez y seis años triunfó al fin Bernardo Palissy. Los es- maltes ó barnices vidriados le salieron perfec- tamente, y las rústicas figuritas que labraba le proporcionaron dinero y protección de elevadas personas, á las cuales debió el librarse de los castigos en que hubiera incurrido por ser uno de tos más celosos promovedores de la reforma religiosa en Saintonge. En una de las acciones que libraron los dos partidos, la casa de Palissy fue asaltada y preso este, que corrió luego gravu riesgo por haber estado á punto de ser-juzgado como hereje. Libróle de la prisión el condesta- ble de Montmorency, quien obtuvo del rey ór- _ 4 8 - den de que se le pusiera en libertad, haciéndole dar además por Catalina de Médicis el título de inventeur des rustiques jigulines du Roy et de h üe/ne mere, que le sustraía á la jurisdicción ordinaria. Para evitar los compromisos en que le hubiera puesto de continuo la permanencia en Saintes, marchó á París, en cuya ciudad dio conferencias, teniendo por oyentes á los hombres más ilustres de su época, médicos y artistas, Ambrosio Paré y Bartolomé Prieur, por ejemplo, y en donde alcanzó sus mayores y más legítimos triunfos. Sucedía esto por los años i5yfi y siguientes. ¿Qué edad contaría en- tonces Bernardo Palissyf Sesenta y cinco años, si ha de creerse á Pierre de TEstoile, que lija su nacimiento en i 5 i o ; mas sobre esto, como sobre el lugar donde vio la luz del dia , reina aun la oscuridad que no han podido desvane- cer sus más diligentes biógrafos. Veamos ahora qué fisonomía particufcr tie- nen las obras de este maestro. Bernardo Palissy fue un escultor realista. Buscó con afán lo que sus compatriotas llaman le trompe Vwil, y trató de «imitar la naturaleza hasta copiar los peli- llos de la barba y de las cejas. » Con funda- mento dice , pues, el crítico francés Felipe Burty,»que, más que un artista descoso de interpretar la forma , fue Palissy -un prácti- co ingenioso,» «El largo trabajo que empleó — 49 — en la rebusca de los esmaltes tuvo por objeto, además de hallar el esmalte blanco, que tanta impresión le había causado, procurarse los me- dios de copiar todas las coloraciones naturales En sus libros y en sus obras no se transparenta otro deseo ; en una de las páginas que escribió cita con gran complacencia la figura de un per- ro, á cuya vista se ponían á ladrar los demás canes.» Por consecuencia de sus aficiones rea- listas, sus mayores triunfos, al sentir de sus más esclarecidos contemporáneos y de las generacio- nes posteriores, consistieron en los jarrones, platos y fuentes que llenó de conchas, serpien- tes, anguilas, peces de todas clases, lagartos, ho- jas naturales, mariposas, etc., {Figura 14) des- plegando en el modelado y en la pintura de estas cosas un lujo de verdad sorprendente, y que n > < deja de ofrecer cierto aspecto grato á la vista. Ten en cuenta, sin embargo, que no todas las obras de Bernardo Palissy salieron igualmente acabadas, puesto que algunas de ellas, ó por descuido del artífice , ó por precipitación en la labor, salieron más que medianamente garrapa- teadas. Tampoco has de imaginar, querida Te- resa, por lo que llevo dicho, que el citado maes- tro no poseyese el buen gusto y el sentimiento decorativo necesarios para modelar jarrones y platos de sentido dibujo y de elegantes de- talles. Ponia un mascaron ó una quimera con sumo arte, y trazaba un plato con una sobriedad de dibujo, una cabal combinación de líneas y un colorido tan armonioso en el con- junto que bastaban para diputarle por"hombrc de raro ingenio y merecedor del aplauso que lo- gró en su tiempo y en los siglos venideros. Echa una mirada al frutero que te dibujo en esta carilla y verás que no hay exageración en cuanto llevo afirmado (Figura i5), Bernardo Palissy fue, pues, sin disputa un maestro alfarero, ar- tífice, y artista si quieres, digno de figurar entre los famosos de su época; pero en atención al género ó estilo que cultivó no puede, á mi en- - tender, igualarse con los alfareros de Grecia é Italia, artistas de veras, maestros en el arte de- corativo, ni con los que en nuestra España la- braron las preciosas mayólicas hispano-moris" cas de que te hablaré en otra carta con la de- tención que el asunto reclama. A haber seguido rigurosamente el urden cro- nológico , debia haberte hablado de la loza francesa de Oiron antes que de las mayólicas de Palissy. He alterado el orden porque las obras del alfarero de Saintes tienen un sello • especial, conforme has visto ya, que las separa de todas las demás que ha producido la cerá- mica decorativa. La loza de Oíron no se aparta fundamentalmente del camino seguido por lr>s italianos y por la generalidad de los maestros alfareros del Renacimiento y años próximos an- teriores á esta época de la historia. Las vasijas de Oiron son de una pasta fina, trabajada á mano, sobre la cual el alfarero extendía una capa más fina todavía , en la que grababa en hueco los motivos de decoración con que que- ria revestir las paredes. Hecho esto, llenaba los huecos con una arcilla colorida, de lo cual resulta que esta clase de loza está decorada por incrustación y no por el sistema de pintura, co- mo las mayólicas que conoces. ; Recuerdas lo que te referí sobre las baldosas al apuntarte algunas indicaciones generales acerca de loque en punto á cerámica se hizo en la Edad Mediní Pues bien, el procedimiento empleado en aque- llas baldosas es el mismo que siguieron los al- fareros de Oiron , y que sin duda copiaron ó imitaron de sus antecesores. Los autores de esta clase de loza, que vivie- ron en tiempo de Enrique II, habían permane- cido en la oscuridad más completa hasta hace muy poco tiempo, en que los descubrió el sabio arqueólogo Mr. Benjamin Fillon, probando que fueron Francisco Charpentier, alfarero al ser- — 53 — vicio de Elena de Hangest, señora de Boissy, y Juan Bernart, secretario y bibliotecario de la misma dama. En la pequeña aldea de Oiron st; ejecutaron los productos cerámicos de que te estoy hablando, que han llamado en grado superlativo la atención de los artistas y anticua- rios , y por uno de cuyos ejemplares llegó á pagar el Museo de South-Kensighton )a frio- lera de 27,500 francos. ¿ Porqué Elena de Hangest tomó parte activa en esta industria? Aunque no sea posible contestar á esta pre- gunta por piezas menudas, existen datos para imaginar que al entregarse á sus aficiones ar- tísticas, y al proteger, y hasta dirigir los ensa- yos cerámicos, que dieron origen á la fayence fine d'Oiron, llevó por objeto aquella noble da- nía buscar distracción á su viudez y ocuparse en quehaceres en los que pudiera utilizar su in- genio y natural buen gusto. Las piezas que en Oiron se fabricaron llevan los escudos de las familias de Bressuire, Gilíes, Laval y de la Tre mouille , hiriéronse para regalos , no se ven • dieron como producto de una industria arran- cada y abierta, y por ahí se explica bien la rareza de sus ejemplares. «Bernart,—dice un autor francés,—puso en ellos su talento de ar- tista decorador; Gharpentier su habilidad en modelar la tierra ; Elena su delicado gusto, un poco minucioso quizás, y con aire de tris- - 5 4 - teza.n Los mejores objetos salidos de Oiron pertenecen al primer período, ó sea á la época en que vivió Elena de Hangest. (Figura ií>.) Al arte oriental, del que habia visto en Fontaine- blcau algún raro ejemplar, copió las formas y el aspecto: así á una copa de estilo persa le im- primió un carácter pintoresco, revistiéndola de arabescos, de aguiluchos heráldicos, de ele- gantes entrelazos de un color castaño oscuro, que semejan imitados de las ricas encuader- naciones de principios del siglo xvi. en que — 55 — vivieron Bernart, Charpcntier y la señora de Boíssy. En las épocas siguientes predomina sobre la delicadeza la exageración: hay en to- dos los objetos de Oiron más fausto que ri- queza, y les falta el sello artístico que con un gusto exquisito supo imprimir Elena á los que se fabricaron durante su vida. No obstante, á pesar de que estos sean bonitos ejemplares de la cerámica decorativa, es preciso consignar que ha habido exageración grandísima en el entusiasmo que recientemente han despertado entre los coleccionistas y los arqueólogos , y que ha de tenerse por precio disparatado el que el Museo de South-Kensighton pagó por un jarro, cuando, por añadidura, tenia ya en sus galerías algunos otros productos de la misma industria francesa. Estas compras , amiga Te- resa, han de catalogarse entre las locuras que de diez años acá se han hecho en Europa tra- tándose de antigüedades, antiguallas, cacharros, cachivaches, cuadros viejos y obras de arte de todas clases. Dos palabras sobre las lozas de Roucn y de Moustiers, y habré acabado esta carta y cuanto me interesa decirte y Te conviene á tí saber sobre la cerámica francesa. Menos cacareada la primera que los barros vidriados y figulincs rustiques de Palissy, les aventaja, con todo, en buen estilo, en brillantez de color y en riqueza de dibujo. No puede igualarse con los produc- tos de Oriente, ni mucho menos, pero no hace mala figura á su lado , lo cual no es decir poco. Medía docena de flores y de lazos diestramente trazados, algunas saliendo de un cuerno de la abundancia, coloridas de azul, negro y rojo sobre fondo blanco, constituyen todo el apa- rato decorativo de la loza de Rouen (Figura i y), y son causa del aire oriental de sus vajillas, jarrones, aguamaniles, etc., y del embeleso que causan á todas las personas de gusto delicado. Moustiers, aldea del mediodía de Francia, es digna, asimismo, de llamar la atención junto á las fábricas de Roucn, por el acierto con que - 57 - manejó el blanco y el azul, ejecutando dibujos coquetones que se avenían muy bien con las remilgadas costumbresy los acaramelados cua- dros de los tiempos de Watteau y de sus se- cuaces. En la carta siguiente te hablaré de la ma- yólica hispano-morisca , que honra á nuestra casa por su mérito artístico. En el ínterin, y como siempre, te repite que es muv tu amigo — F. CARTA CUARTA. l.o mnyAlicg liispano-meirisca.—itíe dónde vino & Rapo fin?—; Qué i de la Peninniila se lleva la primacía ?-El último alfarero de Me —F.\ Jarrón de la Atliambra.—Loa tren periodos de éfcta índus Lof.azule|o!i.-[.ajalfareríaídeTalaveradelfl Reina y Alcor: Queridísima Teresa: Vente conmigo al en- cantado alcázar de la Alhambra , al palacio de hadas que edificó Mohamed-ben-Alhamar, y atravesando el risueño patio de la Alberca, y el suntuoso patio de los Leones, lleguemos al punto en donde se custodia el jarrón famosísi- mo que nos envidian todos los museos del mundo , y que es , sin disputa , uno de los más brillantes, más típicos y más embelesadores ejemplares de la mayólica hispano-morisca. A! vuelo te he dicho algo acerca del uprecio en que eran tenidos estos productos de la cerámica de nuestra tierra, indicándote también que á su _ 5g - mérito real dcbian el predicamento deque go- zaban entre los amateurs y los artistas. Los al- fareros de España, moros ó cristianos, porque unos y otros trabajaron en esta industria, no contentos con fabricar los lindos azulejos de vigorosas tintas que decoran los alisares de la Alhambra, del Generalife , de la mezquita de Córdoba, del alcázar de Sevilla, de la casa de Pilatos y de otros edificios de traza morisca ó mudejar, se ocuparon en labrar aquellos mag- níficos platos, aljofainas y jarrones que fascinan la vista y alegran el corazón con sus capricho- sos dibujos de fisonomía oriental, y sobretodo con los reflejos metálicos de sus adornos de oro, de una delicadeza, de una elegancia supe- riores á todo encarecimiento. Son una verda- dera fiesta para los ojos las mayólicas hispa- no-moriscas , y su airé de riqueza es tan sorprendente, en medio de lo baladí de la ma- teria, que no hacen mala figura a! lado de los más primorosos bordados de la India, de los fascinadores tapices persas y de las soberbias alcatifas del Asia menor y de la Turquía euro- pea. Por estas razones las personas de buen gusto adquieren hoy á precios muy altos los hermosos ejemplares de la cerámica hispano- morisca, y enriquecen con ellos las cuadras y camarines de sus casas y palacios, colocándolos junto á las aristocráticas pinturas de Meisonnier, — 6o — de Fortuny,, de Alma Tadema, de Hass Makart y de otros insignes artistas de nuestro siglo. Pero volvamos al vaso de la Alhambra, que con tal denominación es conocido en el mundo artístico, y para no mezclar berzas con capa- chos, comenzaré por apuntarte algunos datos y noticias relativas al origen y progresos de la industria que, andando el tiempo, compuso obra tan celebrada en el universo mundo. La primera pregunta que hacen los arqueólo- gos al hablar de la loza hispano-morisca es la de si fue ó nó importada de Persia. D. Juan Facundo Riaño, diligentísimo historiador y cri- tico de nuestras artes suntuarias, en su exce- lente manual Spanish Arts, impreso por el South Kensigíon Museum, hace notar que en la antigua Iliberis se han encontrado fragmen- tos de loza decorados en verde y negro sobre un fondo blanquizco , que ofrecen decidido ca- rácter persa. Dice luego el Sr. Riaño que es casi imposible averiguar si aquellos cacharros fueron hechos en España ó traídos del Oriente, si bien se inclina á la opinión de que fueron labrados en nuestra casa, por ser argumento en pro la igualdad del barro ó pasta de que están formados, y de su barniz con los que en pro- ductos de la misma clase emplearon las alfare- rías de Granada. No quisiera, Teresa mia, me- —fil— terme en camisa de once varas hablando de lo que no entiendo bastante, pero allá va mi opinión en el asunto , y valga por lo que va- liere. Entiendo yo que los alfareros moriscos continuaron la tradición que habían encontrado en la Península en lo tocante á la fabricación técnica de la loza, y que en su decorado los artífices y artistas del califato de Córdoba si- guieron el estilo de la ornamentación persa, no tal vez con fidelidad escrupulosa, sino modifi- cándolo según su gusto y sus aficiones, y dán- dole un carácter más movido y más gracioso. ;No parecen traídos de Persia los bellísimos moeáicos del Mihrab de Córdoba; ;No se ven, acaso, reminiscencias persas en los motivos con que están adornados los platos y aljofainas con reflejos metálicos del primer período de esta interesante industriar ;Qué probaria estoí Que por un lado ú otro conocieron los árabes espa- ñoles el arte persa, que ejerció poderoso influjo en su inteligencia, y que lo aplicaron en sus obras arquitectónicas y en sus productos sun- tuarios en los comienzos del arte hispano-mo- risco. Advierte, sin embargo, amiga mia, que en los fragmentos á que he hecho referencia co- piando al Sr. D. Juan Facundo Riaño, no se ven aún los reflejos metálicos que tanta fama dieron luego á las mayólicas españolas. La ma- - 62 - yólica,—palabra cuya etimología ya conoces,— se fabricó en España adornándola con los lla- mados reflejos metálicos poco después de la caída del califato. Málaga y Galatayud se han disputado la primacía en la aplicación del in- vento, y al fin el pleito ha de fallarse en pro de la segunda. Ahora verás la razón y juzga por tí misma. Edrissi, geógrafo árabe de la Edad Me- dia, al describir á Calatayud dice: «Se fabrica aquí la lo?,a colorida y dorada que se exporta á todas las naciones.» Edrissi nació en i 100, y acabó de escribir la obra de donde procede c! texto copiado en 1154: er 1120 Calatayud fue Conquistada por los cristianos. Apoyado en este texto, dice el autor de Spanish Arts que es imposible afirmar que en Málaga hubiesen existido las más antiguas fábricas de loza liis- pano-morisca con reflejos metálicos. Sostúvose esta última opinión fundándola en un texto de Iben-ben-Batutuh, célebre viajante que fue de Tánger á Granada de i34y á 135 1 , y al pasar por Málaga escribió : « En Málaga se hace la fina loza dorada que se exporta á países extran- jeros.» Esta cita la copifi en el opúsculo Fayen- ces hispano-mor isques el ilustrado crítico francés Barón Carlos Davillier, benemérito de España por lo mucho que ha trabajado en realzar nues- tras cosas, desplegando en ello mucha impar- cialidad, mucha erudición y mayor talento. El — 63 - texto de Edrissi L|UC lia descrito el Sr. Riafio habrá sido causa probablemente de que el liaron Davillíer modificase su parecer acerca del punto dilucidado en estos párrafos. Otra de las famosas fábricas de loza vidriad;! con reflejos metálicos ha sido la de Maniscs, en el reino de Valencia , de la cual Eximeno, en su Rcgiment de la cosa pública, dado á luz en i4ij(), al hablar de las cosas excelentes que se hacían en el citado reino, dice : «Algunos ob- «jetos artificiales se labran aquí que dan gran »renombrc á la comarca, porque son excelentes »y bellos y sobre todo, es hermosa la loza «dorada, pintada tan expléndidamcnte enMani- »ses, que enamora á cuantos la ven; de manera »quc el Papa, y los cardenales, y los príncipes "del mundo la obtienen por especial favor y «quedan atónitos al considerar que con barro «puedan hacerse obras tan excelentes y nobles;» elogios parecidos á los que Bernardino Baldi hacia de las mayólicas de Urbino modeladas por Ora/.io Fontana. ¿Qué queda de esta pasada glo- ria? preguntarás acaso. como dice el autor de la elegía A las ru tic Itálica. «Después de haber caminado una hora, «—escribe el barón Davillier,—por la fértil «huerta, descubrí por entre el verdor de plantas »y árboles la cúpula de la iglesia de Manises, »cuyas tejas de reflejos cobrizos brillaban á los »rayos de un sol ardiente. Poco tiempo después "encontrábame en la casa del fabricante de «loza "dorada,» según se la llama en Valencia, simple «posadero, de nombre Jaime Caseus, que tra- iibaja de alfarero en los momentos perdidos »cuando no tiene huéspedes en su modesto al- »bergue. Su mujer es la especialmente encar- ngada de la decoración de las piezas, que en su »mayoría consisten en tazas, platos y algunos «vasos de fantasía. Véndense por pocos cuartos, »á excepción de las tazas que han salido más «perfectas en punto á los reflejos metálicos, las "Cuales se emplean para catar los vinos, porque, «según la mayor ó menor limpidez del líquido, «aparecen más ó menos vivos los cambiantes »del fondo.» Hasta aquí lo escrito por Mr. Du- villicr sobre este extremo, á lo cual he de aña- dirte que, según noticias verídicas, el mismo posadero Caseus , ó algún otro alfarero que ha seguido sus pasos, continúa labrando hoy en el reino de Valencia loza dorada, y que de su alfarería salen ejemplares muy apreciablcs, co- mo platos, compoteras , jarrones , etc., de una entonación cobriza algo pronunciada, como los productos de este género fabricados en los si- glos XVII y xvm. Con estos ejemplares, Teresa, se hace un comercio idéntico al que italianos y franceses han hecho y hacen con las mayólicas — 65 — del marqués Ginori; cachivaches de loza d£ra • da, por los que se pagaría un real ó media pe- seta, se venden por dos, tres y cinco duros, amen de alguno que otro aficionado incauto, que paga una onza de peluca por una compotera ó un jarrito que el mercader de antiguallas le vende por ejemplar viejísimo de la cerámica hispano-morisca. Ahí va el dibujo de uno de esos jarritos (Figura 18), y grábaJo en tu memo- «ft. - 6 6 - rispara que el día menos pensado no te encajen también gato por liebre. Kn cuanto te llevo dicho hasta ahora no ha aparecido para nada la isla de Mallorca ni nin- guna de las Baleares. Habíase creído que en la primera de aquellas islas se habia labrado loza hispano-morisca de reflejos metálicos, y así lo han afirmado autores discretos y eruditos; pero- D. Alvaro Campaner y Fuertes, distinguido an- ticuario y numismático, que reside en Palma, ha negado el aserto con algunos pertinentes datos , asegurando no ser cierto que en Ma- llorca se fabricase la loza dorada, y que de allí se exportara á todas las partes del mundo. En Mallorca, en Menorca y en Ibiza se estableció fabricación y tráfico de tierra Cocida, muy fina y muy bien labrada, que por añadidura se su- puso ser eficaz amuleto contra envenenamien- tos, debiéndose á este comercio, conforme te he referido en carta anterior, el nombre de maiolica que se dio en Italia á la loza vi- driada. La aplicación de los reilcios metálicos en la loza ; fue invento de los artífices arábi- gos, ó Jo copiaron estos de algún país del Oriente ? Recuerda lo que te expuse acerca del carácter decorativo de los más-antiguos monu- mentos suntuarios de esta clase; recuerda las citas de Rjnfio sobre los objetos hallados en - 67 _ Ilibcris, y aplicando á la pregunta presente la conclusión que allí te di, tendrás formulada la respuesta. Los árabes españoles, dije en aque- llos párrafos , copiaron ó imitaron de los per- sas el estilo decorativo, y de la misma Persia, maestra en todo cuanto atañe á la decoración y á las artes suntuarias, copiaron ó imitaron á su vez los barnices con reflejos dorados. Entre los objetos descubiertos por Sir Enrique La- yard en Níníve, y en unas recientes excavacio- nes hechas en Efeso y en el Asia Menor, figu- ran fragmentos de loza con barnices metálicos, dato que importa tener presente en apoyo de ki afirmación que dejo hecha. La confirma asi- mismo la circunstancia de haber notado viaje- ros que fueron á aquel Imperio similitud entre los objetos usados en España y en Persia: Ruy González de Clavijo. que viajó por aquellas co- marcas de 1403 á 1406 como embajador del rey de Castilla, pone en su Historia del gran Ta- merlan una interesante descripción del modo como los alarifes persas empleaban los azulejos, igual por completo al modo como se emplea- ban en España en el decorado de palacios y A los siglos xiv y xv pertenecen los más pre- ciosos ejemplares de la cerámica hispano-mo- risca. Aunque la clasificación sea algo difícil, y en no pocas ocasiones aventurada , creemos - 68 — con el Sr. Riaño que pertenecen al siglo xiv el admirable ¡arron de la Alhambra (Figura 19), el que posee el Museo Arqueológico Nacio- nal, el que perteneció á Fortuny y fue adqui- rido á su muerte por 3o,000 francos por el príncipe Basilcwsky, y u n o s platos, fuentes y iljofainas, con tetón ó sin él, existentes en el citado Museo Arqueoló- gico, y en los de Ctuny y Soutn Kensíngton. Y hete ahí que por vez tercera volvemos al va- so ó jarrón de la Alham- bra, sobre el que te he fig. Ig.-Jarron hispano-morisco dicho algunas palabras ta, arrastrado por la fascinación que aquella magnífica obra suntuaria ejerce en cuantos la han visto y admirado. La elegancia de las líneas de su cuerpo, cuello y asas daría pié á uno de los poetas moriscos, gloria del Califato y de la dinastía nazrita, para comparar el vaso con una de aquellas soñadas mujeres de sin par belleza que celebraban en sus canciones ama- — 6o — torias, llamándola palma erguida, para señalar la imponderable esbeltez de su talle. A la dono- sura de la forma general corresponde la gracia y el encanto de los dos antílopes, que constitu- yen el núcleo del dibujo, y de los arabescos, entrelazos é inscripciones que se encuentran en todas ias partes del jarro. Todas estas exce- lencias se acrecientan con la delicadeza, y bri- llantez al propio tiempo, de los colores castaño y azul en un fondo amarillento, y de un barniz metálico, suave por todo extremo, de una apa- riencia y cambiantes iguales á los de la madre perla. En caracteres africanos lleva repetidas estas leyendas: Felicidad y fortuna : Prosperi- dad permanente. A propósito de este jarrón te harás cargo del punto á que pueden llegar la ignorancia y la incuria de los hombres. Tres vasos de esta importancia se conservaban cuan- do el doctor Echevarría escribió sus Paseos por (¡ranada ; dos existian aún en i-jHb al publicar Lozano sus Antigüedades árabes, y en 1820, poco más ó menos, desapareció una de estas maravillosas obras , quedando el único efemplar que nos envidian todas las naciones cultas, por- que no forma pareja con ninguno de los otros conocidos, inferiores todos al de la Alhambra en muchos conceptos. Abundan más que los jarrones decorativos los platos, fuentes y jarritas hispano-morisc&s — 7o — con reHcjos metálicos, y de ellos se encuentran ejemplares lindísimos por su dibujo y por su armoniosa entonación , por ejemplo, el plato y la jarrica que puedes ver apuntado en medio de mis garrapatos. {Figuras 20 y 21.) Tienen mayor mérito por sus cualidades artísticas en absoluto, y por su valor arqueológico aquellos cuyo barniz metálico es de un dorado pálido, subiendo de punto su importancia si los ador- nos dorados se combinan con palmas, hojas ó entrelazos azules. Mister Robinson, anticuario inglés de mucha perspicacia, afirma, á mi juicio con sólido criterio, que las piezas hispano-mo- riscas pintadas de oro pálido, con motivos de decoración, escudos de armas, etc., en manga- neso y azul, pertenecen al primer período de esta industria; que las que tienen la ornamen- tación de un dorado pálido, sin otro color al- guno, corresponden á una época inmediata, lo propio que las de entonación cobriza con escu- dos de armas; y que son de la última epoca aquellas cuyo barniz metálico tiene un color rojo de cobre muy encendido, que en vez de ser grato á los ojos, causa en ellos impresión penosísima. 7 Al hablar de la cerámica española sería d e - lito no dedicar algunos párrafos á los azulejos. Ya sabes por la primera serie de mis cartas el partido que de ellos saca y puede sacar la ar- quitectura. , y de fijo no se te habrá borrado de la memoria las entusiastas descripciones que dedique á la Alhambra, al Alcázar y á la Casa de Pilatos en Sevilla , en donde abundan los revestimientos de azulejos. La primera men- ción de esta suerte de baldosas se halla en una carta de D." Juana de Mendoza, mujer del al- mirante de Castilla, enviada á la abadesa del convento de Santo Domingo en Toledo, que se supone escrita en uno de los años que media- ron desde el de 1420 al de 1431, en que habían ya fallecido el almirante y su esposa. En la carta pide D." Juana que se le envié una buena partida de azulejos de distintos colores, negro, blanco, amarillo y verde, y dice que está espe- rando á un maestro alfarero de Sevilla para hacerlos colocar en su sitio, lo cual prueba ser peculiar á Andalucía el arte de cortarlos en secciones geométricas, formando con ellos pa- ramentos en mosaico. En la primera época de los azulejos cada color constituía una lozeta, como se ve en los alicatados de la Alhambra, del Generalife y de otros edificios (Figura 22), resultando un verdadero mosaico de mucha belleza. Hiciéronse después de una sola pieza, - 73 - y en el siglo xvi se decoraron con motivos sa- cados del estilo del Renacimiento : de esta cla- se de azulejos se ven preciosos ejemplares en el cuarto real de Santo Domingo (Granada), Tor- re de la Cautiva (Alhambraj y Casa de Pilatos (Sevilla). Notábase ya entonces escaso empleo de los reflejos metálicos, que más tarde que- daron del todo olvidados. En el dibujo y en el color siguieron los azulejos las fases que tuvo el gusto arquitectónico, llegando en el siglo pa- sado á una deplorable decadencia, que aparecía en lo cliapucero del dibujo y en la crudeza de las tintas. Los ingleses, en particular Maw y — 74 — Minton , trabajan hoy con empeño por restau- rar esta especialidad de la industria cerámica, y entre las imitaciones que han llevado á cabo se encuentra mucho que alabar, si bien las me- jores están muy lejos de poderse parangonar, cuanto menos igualarse, con los ejemplares de Granada y Sevilla á que acabo de referirme. En los azulejos ingleses se advierte una perfección técnica y matemática, por decirlo así, que sor- prende , pero les falta el sello artístico, la gran- diosidad , el carácter decorativo de tos azulejos moriscos y mudejares. Entre unos y qtros pue- de afirmarse que existe la diferencia que va de una aguada original de Fortuny 6 de Morelli á una acabada, inmejorable reproducción cromo- litográfica de la misma obra. Para redondear la historia de la cerámica es- pañola en la parte relativa á la loza vidriada,— ya que de la porcelana hablaré en carta espe- cial ,—he de decirte algo de la loza pintada sin reflejos metálicos , en cuyo género han alcan- zado envidiable renombre las alfarerías de Ta- lavcra de la Reina y de Alcora. Al introducirse en España las formas italianas á principios del siglo xvi, se dividió la cerámica artística en dos grupos ó escuelas : una que guardó los dibujos tradicionales y fuertes tonos de color, y otra que usó medias tintas, y más particularmente la amarilla y azul, imitando á veces la mayó- lica italiana, y siguiendo siempre la decoración característica del Renacimiento. Entre otros ejemplos que podrían aducirse , te citaré , en apoyo del aserto de la influencia italiana, el in- teresantísimo retablo en azulejos de la capilla del Alcázar de Sevilla, la puerta del convento de Santa Paula en la propia ciudad, y el sepul- cro, con azulejos también, de la iglesia de Santa Ana en el barrio de Triana. Los azulejos del Alcázar representan una pintura de la escuela de Pedro Perugino, y constituyen un trabajo admirable por su dibujo y por su color. La puerta del convento de Santa Paula recuerda las térras cotias florentinas, y muy especial- mente aquellas obras decorativas de Lúeas della Robbia, que, como la fuente de la sacristía de Santa María Novella, son objeto de estudio pa- ra el artista, por su mérito escultórico y por su carácter arquitectónico. Todas ellas están fir- madas por una misjria persona, leyéndose dis- tintamente en el sepulcro de la iglesia de Santa Ana : Nicuioso Francesco italiano me fe- cit,en el agtto del mil ccccciii. Por primera vez,—dice Riaño en su Spanish Arts,—se encuentra mencionada la loza de Ta- lavera en un manuscrito de iMio, en el cual se refiere que se fabricaba en aquella ciudad la , loza blanca, verde, azul y de otros colores. Se la cita asimismo en el inventario de los obje- _ 7 6 - tos pertenecientes á la infanta D." Juana, her- mana del rey Felipe II, hecho en 1573, y en un informe dirigido ai citado monarca, fechado en 157(1, so halla que en Talavera se hacian azule- jos de tierra blanca vidriada y otros objetos de alfarería que se vendían en el reino, en Portu- gal y en las Indias. Por fin , Fray Andrés de Torrejon, que profesó en i568, escribe que en Talavera se fabricaban con grandísima perfec- ción vasos, copas, búcaros y brinquiños de di- ferentes clases, platos, centros de mesa c imi- taciones de caracoles, lechuzas, perri.tos y toda suerte de frutas, olivas y almendras. Añade el padre historiador de Talavera que el barniz empleado para la loza blanca se sacaba de una mezcla de estaño y arena , y que era aquella más estimada que la loza de colores, prefiriendo casas muy principales las vajillas de Talavera á las vajillas de plata. Recomendación merece también,—dice el mismo Fray Andrés de Tor- rejon,—el barro rojo de Talavera, del que se hace variedad de objetos, y entre ellos pequeños brinquiños ó alhajitas de labor tan diminuta y delicada, que ¡o.s usan como adorno las damas, á las cuales les es grato un cierto perfume que tiene aquella tierra, perfume que excita su apetito y las inclina á comerlo, siendo este vicio causa de grande inquietud para sus confesores, quienes se ven en apuros para corregírselo. — 77 — Ocho hornos de alfarería llegó á contar Tala- vera de la Reina, pero en 1730 quedaban redu- cidos á cuatro, ocupados sólo en la fabricación de loza de superior clase. «Si bien por las citas «sacadas de autores contemporáneos,—escribe »el autor de Spanish Aris,—hallamos que en »Talavera se fabricó loza de todas clases, los "ejemplares que más comunmente se encuen- t r a n pueden dividirse en dos grupos, esto es, »loza con fondo blanco siempre, pintada ya en »azul sólo, ya en colores varios á la manera de »l;i mayólica italiana. Los ejemplares más im- npnrtantes que han llegado hasta nosotros con- iisisten en tazas y tazones, platos, tinajas, pilas nde agua bendita, jarrones, potes para medí- »camentos y objetos para decorar las paredes. "Imitóse en grande escala la loza azul de Chi- una, con gran fortuna en el color, pero con «dibujos que eran copia del estilo barroco de ¡fia época, siguiéndose en las figuras, paisajes »y ornamentación el mal gusto general en E s - "paña durante la décima octava centuria. Son «acertadas también las imitaciones de la mayó- nuca italiana : los colores más comunmente "usados fueron c! manganeso, anaranjado, azul • y verde.» > Fabricóse loza vidriada, á semejanza de la de Talavera, en Toledo,—que contaba de diez á doce hornos en el siglo xvu,—en Puente del - 7 8 - Arzobispo, cerca de Toledo, y en Zamora. En Cataluña también se hacían obras de esta clase, siendo de ello prueba fehaciente el hecho de haber ganado Francisco Cavalli , alfarero de Riudoms, premio en Tarragona, año de 17^9, por sus cabales imitaciones de loza de Genova, pardusca y blanca. Carlos III fomentó los tra- bajos que los industriales españoles estaban ejecutando para copiar las obras cerámicas ex- tranjeras , y á su despejada inteligencia y aficio- nes artísticas se debió la fundación de la fábrica de porcelana del líuen Retiro, de que te daré noticia en la carta correspondiente. En San Isidro el Real, por iniciativa del propio monar- ca, y bajo los auspicios del conde de Florida Blanca, se llevaron á cabo diversos ensayos para obtener la loza con reflejos metálicos de Manises, con propósito de establecerla más adelante en mayor escala. Fama singular alcanzó en el siglo xvm la loza de Alcora, como también las porcelanas de igual procedencia, cuya fábrica te he mentado al referirme á la boga que obtuvieron los pro- ductos de Talavera de la Reina. Dejando aparte para ocasión oportuna las porcelanas de Alco- ra, te escribiré ahora breves párrafos sobre las lozas que en aquella población se fabricaron. Fundó la manufactura de Alcora el señor conde de Aranda el año de 1726, gastando en ella du- — 79 — mntc el citado año la cantidad de cincuenta mil duros próximamente. En Mayo de 1727 aparecieron las primeras muestras de Alcora, consistentes en objetos cerámicos hechos á modo de los de China, Holanda y otras locali- dades. Trabajaron allí artífices franceses, cata- lanes y valencianos, bajo la superintendencia de Ü. Joaquín Joséf de Sayas y de Josef Ollery, francés este último. Los hornos de Alcora lle- garon á producir 3oo,000 piezas anualmente de diferentes clases. Entre las obras notables que en Alcora se ejecutaron merecen citarse una lujosa vajilla para una corporación española, y las lozas ó azulejos para el convento de las Des- calzas Reales de Madrid, en las que se hallaba pintada la Divina Pastora; obras que se fabrica- ron por los años de 1743, en cuya época contaba la fábrica con Miguel Soliva, Cristóbal Cros, Francisco Grangel, Miguel Vilar, Cristóbal Ro- calort, Vicente Serranía y Josef Pastor, inteli- gentes pintores todos ellos. No te referiré las vicisitudes por que pasó la manufactura de Al- cora en el siglo xvm y principios del xix, du- rante los años del conde de Aranda y de su su- cesor el duque de Híjar, ya que con ello no aciararias ni estenderias el concepto que con lo dicho hasta ahora habrás podido formar de aquel centro de producción cerámica. Para completar lo que te he apuntado, añadiré sólo - 8o - que en Alcora se hicieron vajillas pintadas do diversas maneras, juegos de thé de estilo chino y holandés, escudillas, barquillos ó salseras, también de carácter chino, botellas de la misma clase, etc., etc. Son muy buscados hoy por los arqueólogos los medallones decorativos proce- dentes de Alcora, que figuran un marco de re- lieve con una pintura en e] centro, siendo de alabar en los mejores ejemplares el movimiento del modelado , la firmeza del dibujo y una cierta elegancia del colorido, en el cual predominaban las entonaciones amarillentas y azuladas. (Fi- gura 23.) A lo que parece, han sido clasificados como ejemplares de las alfarerías de Mousñers y de algún otro punto de Francia, objetos que son indudablemente de Alcora, y en algunos de los cuales se leen los nombres de Clrangel, uros, Soliva y Vilar, que trabajaron allí en el siglo pasado, como te lo he dicho en anteriores párrafos. A mediados de este siglo los hornos de Alcora dejaron de fabricar la loza artística y se limitaron á trabajar para las necesidades vul- gares del consumo. Lo propio que en otras in- dustrias de nuestra casa, se nota hoy en la de que te hablo una tendencia progresiva que puede tomarse como indicio, ó esperanza cuando me- nos, de que se saldrá en la fabricación de la loza vidriada y de la cerámica del decaimiento y tlol mal gusto que en España habia reinado en ambas, por espacio de largos anos. ¿No seria cosa también de que entraran en este renaci- miento los alfareros que se dedican á la fabri- cación de las llamadas alcarranas para enfriar el agua, industria de pura ra/.a española ? ¿No te causa pena, amiga Teresa, ver esos productos, modelados en un barro perfectamente amasado, de excelente pasta, algo semejante al barro saguntino, y observar que en ellos la bondad de la materia corre parejas con lo chapucero de la forma y con lo feo de los arrequives que los adornan? Si el arte llegase á penetrar en las alfarerías de Murcia, de Valencia, de Málaga y de otros pueblos de España, otro gallo nos cantara, amiga mia, y acaso, acaso^ sin que se pasasen muchos años, nos hallaríamos en situa- ción de habérnoslas con los Minton , Ginori, Maw, Deck y tantos otros que en Inglaterra, Italia y Francia han hecho revivir la cerámica artística, con feliz resultado para sus bolsillos y para el gusto general del público. Haciendo votos para que esto se realice, se despide de tí hasta otro dia tu amigo de veras y devoto criado—F. CARTA QUINTA. • en Eurupa.-Sajoi Queridísima Teresa: SÍ Mahoma no va al otero, vaya el otero á Mahoma , dice Cervantes en su Entremés de los refranes, y por lo mis- mo, ya que China, el Japón y Persia no han de venirse á nuestras casas , vayamos nosotros allá —con la imaginación, se entiende, que para tan largos viajes no tengo borrica,—y ocupémonos en examinar las maravillas que en el arte cerá- mico han producido aquellas naciones del Oriente. Dejo la Persia á un lado por el mo- mento , que á tiempo y sazón ya volveré por ella. Si ante una persona de medianas aficiones artísticas pronuncias las palabras China y _ 8 4 - Japon , de fijo que á los pocos instantes os en- contráis departiendo sobre las porcelanas , pre- ciosas sobre toda comparación , que de ambos países se importan en Europa. ¡ Qué talento, amiga de mi alma, tienen aquellas gentes para modelar y decorar los platos, vasos, jarrones y cachivaches de toda especie ! Así cómo al azar, y á escape, te indiqué algo de esto en carta an- terior mía , y te ruego que hagas memoria para que se te avivo el entusiasmo, tras de la lectura de estos parrafillos, y que me perdones á la ve/, si repito conceptos que te son ya conocidos por la razón antedicha. De una cosa buena pueden hacerse elogios á cada triquitraque , sin que nunca semejen exajerados ni fuera de cuento, y en Dios y en mi ánima que lo que digo en caja de un modo cabal al tratarse de los pro- ductos cerámicos del Japón y de la China. Es opinión muy admitida, hasta entre personasque no carecen de instrucción, la de que chinos y japoneses son artífices hábiles en grado super- lativo para fabricar la pasta de porcelana , y para pintarla luego de un modo caprichoso, fantástico, originalísimo y un si es no es cho- cante. También chinos y japoneses entienden, Teresa, muy bien el arte de dibujar sus vasos, de componer sus líneas generales, por donde resulta que, colocado el espectador á regular distancia, cuando por razón de ella se borran — 85 — y confunden ios antemas decorativos, tomando el ¡arron una tinta monocroma ligeramente jas- peada, todavía este objeto suntuario es regocijo de la inteligencia y fascinación de la vista, por- que su forma total es elegante , esbelta, bella en una palabra, naciendo de sus solas líneas el encanto de que acabo de hablarte. Líbreme Dios de comparar las líneas de los jarrones y poliches de la China y del Japón con los deli- ciosos vasos griegos y etruscos, porque tal com- paración seria una herejía digna de excomu- nión mayor en la república de las artes. Pero sin atreverme á tanto, sin cometer pecado tan garrafal, bien puedo afirmar que no pocos va- sos de la expresada procedencia tienen una forma de excelente carácter decorativo que ha de aplaudirse sin arribaje. En este particular los japoneses se adelantan á los chinos: sus vasos son más simples, hay más holgura en la composición y menos garambainas y proli- jidades en el decorado. Amantes unos y otros de la naturaleza, han tomado de ella cuantos elementos les han pa- recido propios para hacer más grata y entre- tenida la existencia. Bajo este concepto compi- len con los sibaritas de la antigüedad. Sus ha- bitaciones, abiertas por todos lados, se hallan impregnadas del ambiente perfumado de los jardines inmediatos; en la mayor parte de ] i l s — 86 — estancias, plantas ornamentales delicadísimas y cultivadas con exquisito esmero forman uno de los principales embelesos de su decorado; las flores de más fino aroma se dan en los arriates y en los jardines del Japón y de la China, fa- vorecidas por el clima y protegidas además por la mano cariñosa de los que cuidan de su desarrollo y crecimiento. No ignoras que de aquellas latitudes del Oriente nos han venido variadas plantas que hoy figuran en nuestros salones y en nuestros invernáculos junto á los bronces de ilustres escultores, á las pinturas más aristocráticas, al terciopelo de Genova y á las estofas más ricas y lujosas del universo mundo. A los chinos se deben, como recorda • ras sin duda, los jardines pintorescos que los ingleses pusieron de moda en el siglo décimo octavo y que sostienen hoy la boga que enton- ces alcanzaron. En la naturaleza, y no en las combinaciones hechas en el laboratorio, han encontrado los espléndidos temas con que han enriquecido los vasos de porcelana en los me- jores tiempos de la cerámica en el Oriente. — «Ellos tienen—dice Mr. Felipe Burty,— el «color violeta de berengena, el rojo de judía, «el blanco puro, el blanco de leche y el blanco «espeso tupido del petalo de la camelia, el ver- «de de esmeralda y el lapis-lázuli con venillas «de oro. El «azul de cielo después de ¡a llu- «via», este tinte inimitable del azul del firma - «mentó velado por los últimos vapores de agua «no desvanecidos, fue indicado á aquellos artí- «fices por uno de sus emperadores, y con tul «perfección lo obtuvieron que á su vista nucs- «tro insigne paisajista Corot se sentia desco- «razonado. Vasos de porcelana existen que to- «mariais por vasos de bronce y otros que «imaginaríais ser obra de orfebrería. Atentos «siempre á sacar partido de cualquier acciden- «te de su arte, de los mismos percances de fa- «bricacion sacaron extraordinarios efectos. El «craqttelé ó reticulado que en la superficie de «algunas piezas se presenta ancho como las «mallas de una red de pescar, apretado ó es- Ktrecho en otros como las rayas de la trucha, «regular en no pocas como las celdillas de un «panal de miel, debió de ser producido induda- blemente por la falta de homogeneidad entre «el cuerpo del vaso y la cubierta que revestía «los llamados Celedones.» Las porcelanas de color violeta, azul turque- sa y verde se atribuyen á la fabricación anti- gua y son muy buscadas por los coleccionistas. Atribuíase una antigüedad fabulosa á la inven- ción de la porcelana en China, puesto que se afirmaba haberse descubierto en aquel imperio los primeros secretos de la cerámica por los años aíigS á 2699 antes de Ntro. Sr. Jesucristo. durante el reinado del emperador Hoang-ti, de quien la tradición china cuenta sucesos mara- villosos. Refiere, entre otras leyendas, que un dia el Emperador se encontraba rodeado de sus primeros ministros, pensando en las cosas que había realizado, cuando de improviso, cá- tate que un dragón colosal bajado de las nubes vino á caer á sus reales pies. El monarca y cuantos le habían secundado en sus trabajos colocáronse en'los lomos del animal sagrado, que emprendió otra vez el vuelo hacia el em- píreo. Algunos ambiciosos cortesanos, proba- ron de asociarse é esta gloriosa apoteosis, para lo cual se cogieron de las barbas del dragón, mas estos apéndices se desprendieron viniendo al suelo los que en ellos se habian agarrado. Hoang-ti movido á lástima se inclinó para so- correrles y dejó caer su arco, trofeo que se ha conservado cuidadosamente en un templo y que es objeto de veneración en determinados días del año. En tres grupos, variedades 6 familias, que asi se llaman también, divide el crítico francés Mr. Jacquemart las porcelanas procedentes de la China. Estas familias son: la familia crysan - tkemo-pennica, familia verde y familia rosa. Señálase la primera por sus fondos llenos de crysantemas y peonías, (Figura 24) por los me- dallones en que se ven iguales plantas, pues- tos los primeros sobre un campo de variados motivos ornamentales, y por los relieves, á ve- ces, que figuran la corola de las peonías. La fantasía de los artistas chinos se despliega aquí á su gusto en caprichosas combinaciones y su sentimiento del color, en la "prodigiosa armo- nía del conjunto y en la ponderación de las masas de igual valor y de opuestas tintas. Los chinos, lo propio que los japoneses y los per- sas en sus tapices y alcatifas, puede decirse que manejan el color como los músicos las notas de la escala y las combinaciones 'del contra- punto. En medio de los ritmos al parecer más discordantes, por entre los contrastes de tona- lidad más rudos ó más atrevidos, saben hallar siempre—en los bue,ios ejemplares se entien- de—el efecto armónico, la fascinación de los sentidos para avivar los conceptos en la inte- ligencia, hs. familia verde (^Figura _-3) no he de decir- te á qué debe su nombre, porque él lo maní- fiesta claramente en sí mismo. En las piezas de esta agrupación domina un delicioso verde de cobre, que apaga todos los demás colores. La dinastía de los Ming, señores de la China de 1368 á if)i5 adoptó el verde para la librea de su casa y por lo tanto no es aventurado pen- sar que al elegir los alfareros chinos aquella tinta para un gran número de vasos, llevaron — 91 — una intención religiosa ó política. La decora- ción de los ejemplares de esta familia cerámica confirma esta suposición. Casi todas las esce- nas representadas en ellos ofrecen un carácter liierático ó histórico, siendo también simbóli- cas las plantas pintadas en los jarrones, como verbigracia el nehimbo búdico, las gramíneas y las margaritas, á .cuyo alrededor revolotean mari- posas é insectosá su vez igualmente simbólicos. También de su aspecto físico saca el nom- bre la familia rosa: tiene por base un rojo carminoso apagado basta el rosa pálido y que se obtiene del oro, por donde en Europa se le — 92 — llama rojo de Casstits ó rojo de oro. La mayor pane de los vasos de esta familia sirven para usos meramente decorativos y por lo mismo los artistas y artífices chinos hacen gala al la- brarlos de su inventiva y de su fantasía com- binando las representaciones de figuras , con arabescos, flores, pájaros, etc., etc. De 14SS ¡i i5oí>, en los tiempos de Houng-tchy se fabri- caron, al decir de los más eruditos historiado- res de la Cerámica, 'copas y vasos de esta fa- milia, de pasta admirable sobre todo encareci- miento y de un decorado delicadísimo. Sin embargo, los mejores tipos antiguas de porce- lana rosa proceden del Japón, cuyas porcelanas, como te lo haré notar en breve, se adelantan en algunos conceptos á las del Celeste Imperio. Y ya que la ocasión se viene rodada, no quie- ro dilatar por más tiempo señalarte las dife- rencias que existen entre los productos de la China y del Japón. Empieza dando por sentado que muchos, muchísimos de ellos se confun- den de tal modo entre sí que es difícil, sino im- posible, hasta á los más expertos ceramistas cla- sificarlos con mediana certeza., De la Corea aprendieron los japoneses el arte de fabricar la porcelana y por las relaciones existentes entre ellos y los chinos, por la semejanza de gustos, por la manera de sentir el arte y de interpretar la naturale/.a casi idéntica ó pnco menos, nece- - 93 — sanamente hubo de seguirse una scmejan¿a ó casi identidad entre las porcelanas de la China y del Japón y entre otros diversos productos de ambos Imperios. Kn las obras ejecutadas por los chinos hay más movimiento, más derro- che, algo más zaragatero que en ios trabajos del Japón. Los chinos comparados con los' ja- poneses son como los andaluces comparados con los castellanos viejos (Figura 2ó). En las obras japonesas reina una economía admirable; allí no hay despilfarro de relieves, de antemas decorativos, de figuras de toda suerte como en los jarrones ^htnos, en sus biombos y en sus mesas y bufetillos maqueados. Atiende el japo- nés principlainente á las líneas del objeto en las que busca mayor simplicidad que el artífice chino; pocas hojas bien puestas y alguna flor le sirven para decorar con admirable buen gus- to y con sumo arte un jarrón, una mampara, una caja de laca, etc., etc. Si cogen un vaso de •porcelana blanco lo enriquecen con grupos de hojas acuáticas azules, con variedad de tonos, pocas flores ligeramente coloridas y alguna que otra brizna de oro que hace el efecto del metal en las sinfonías bien instrumentadas. Para me- jor comprender, Teresa, las diferencias en el modo de sentir el arte en ambos pueblos quisiera poderte enviar alguno de esos albums en papel de paja de arroz que tanto llaman la atención de — 94 — los artistas europeos. El dibujo en los albums chinos es pesado, algo fatigoso y de una ejecu- ción que legitima la fama de pacienzudos de que gozan aquellos naturales: los croquis japo- neses, impresos en color con franqueza y atre- vimiento, se distinguen por la variedad, por la firmeza y por un sentimiento naturalista de buena ley y muy pronunciado. En sus páginas se ven diestramente apuntadas mujeres largui- — Q5 - ruchas, teñido el rostro de blanco y de carmín los labios, con la cabellera llena de alfileres de laca; desembarcos de tropas, tempestades, com- bates é incendios; paisajes iluminados por e! sol poniente; apariciones de divinidades por entre las nubes ó los vapores de un lago; mo- delos de historia natural; escenas de familia; ejercicios de bastón y de sable; todo ello eje- cutado con un garbo, un desenfado, una ener- gía y con frecuencia un aire humorístico, que te dejarían embobada y serian causa de que se te pasasen las horas muertas hojeando esos exóticos al par que instructivos dibujos. Aplica á la cerámica del Japón lo que acabo de decirte y acabarás de hacerte cargo de las diferencias que sobre la de China puede encontrar en ella un ojo muy experto. Kn ambos Imperios los vasos de porcelana desempeñan un gran papel, al cual debe atri- buirse la importancia que legítimamente se les ha concedido y se les concede. Los mandari- nes, los altos dignatarios é ilustres personajes poseen juegos de jarrones que colocan en c) salón de la casa en donde reciben á los hués- pedes egregios, escogiendo el juego según la calidad y profesión de estos. Adornan y autori- zan el salón lujosos anaqueles con jarrones llenos de flores y en las paredes sedas y perga- minos cubiertos de sentencias en caracteres de - 9 6 - oro ó preciadas pinturas. Es señal de buen gusto elegir los temas de los vasos y las sen- tencias y pinturas de los muros, de manera que lisonjeen las aficiones del huésped, y así para el guerrero se adoptan escenas de lucha, tor- neos y combates y para el letrado ó poeta la imagen de Pan-hoei-pan, poetisa é historiadora famosísima ó la singular figura de Li-tai-pe, borrachon á quien la fábula levantó al rango de los Dioses y que fue arrebatado al cielo so- bre el dorso de un pez colosal. Otro destino superior tienen todavía los vasos en los Impe- rios de la China y del Japón. Empléanse en las ceremonias religiosas y en los sacrificios. Enfrente de un cuadro de asunto religioso se coloca una larga mesa en la cual por orden se encuentran: pebeteros de porcelana, vasijas que contienen "palitos de bronce para atizar el fue- go, copas para guardar el vino de las ofrendas, otras copas de forma especial para las libacio- nes y por fin ¡arroncitos y potiches adornados con ramilletes de flores. El número de vasos en los sacrificios no es arbitrario sino regulado por la rúbrica: nueve emplea el Emperador, siete los nobles, los ministros de Estado cinco y tres los letrados. En tiempos antiquísimos las copas eran de oro para el Emperador, de cobre para los ministros y de bronce para los letrados, pero después el mérito de la porce- a consiguió elevar esta p s ricos metales. Las modernas porcel de la China Japón son inferiores á las antiguas, como ya te he indicado anteriormente. A pesar de seguir- se en aquellos países la tradición de un modo liudísimo se ha perdido el secreto de obtener ahora las pastas irreprochables que se sacaban en pasados siglos y sobre todo de alcanzar aque- llas tintas azules y amarillas, de una transpa- rencia, delicadeza y encanto que no puede com- prender en toda su realidad quien no las haya contemplado y admirado en alguno de los vie- jos ejemplares. Aquel azul de cielo después de la lluvia pedido á uno de los alfareros chinos no se hace hogaño con la perfección de antaño, pero á pesar de los pesares las porcelanas mo- dernas de la China y del Japón llevan gran ven- taja á las similares de Europa en bondad de pasta, en viveza y pureza de colores y en sen- timiento decorativo. Por otro lado los chinos les dan quince y raya á los europeos en punto ¡i saber falsificar las lozas y las porcelanas (Fi- gura 27.) Su habilidad es digna de la leyenda. Hé aquí lo que se cuenta de Tcheou-tan-tsio- ucu, nombre enrevesado si los hay, uno de los célebres artistas alfareros. Hallábase el tal de paso en Pi-ling y se fue á visitar á Thang, presi- dente de los sacrificios, pidiéndole autorización pode en por celana de Ting que adornaba su gabinete. Con- cedióle este permiso y Tcheou-tan-tsioucu lomó con l;i mano la exacta medida del trípode y sacó un calco de sus venas por medio de un papel que apretó fuertemente contra la manga de su traje. Seis meses después visitó de nuevo á Thang y sacó del bolsillo un trípode, dicién- dolé: «Vuestra Excelencia posee un trípode en porcelana blanca de Ting y yo soy dueño de otro semejante.» Lleno de asombro Tliang lo comparó con el que guardaba cuidadosamente v no halló entre los dos un pelo de diferencia. Aplicó al que acababan de traerle cli zócalo y la tapa del suyo y vio que se le adaptaban con admirable precisión, después de lo cual Tclieou le confesó y explicó el embuste que había lle- vado á cabo. Persia ha sido y es rival de la China y más especialmente del Japón el arte cerámico. Sabes, amiga mía, que el pueblo persa es un pueblo artista por excelencia y que en el arte oriental tiene una fisonomía propia, característica, que se separa de la que en sus obras presentan los otros dos Imperios mencionados. El arte persa tiene semejanzas marcadas con el arte turco, porque este último imitó y en muchos casos copió ciegamente al primero. Recuerda á este propósito lo que te escribí sobre los árabes es- pañoles y sobre las reminiscencias del estilo y de la decoración persas que se notaban en los edificios moriscos. Esta nación, desde antiquí- TOO — simos tiempos ó sea desde años anteriores á la era musulmana, CYII de N. S. Jesucristo, reve- laba en sus productos el sentimiento decora- tivo, la riqueza de invención y el arte exquisito Fifi, if .-Ploto persi que han dado fama imperecedera á sus objetos suntuarios. No habrás olvidado con que frases de encarecimiento te celebre los tapices persas-, de sus armas y bronces te haré elogios igual- mente calurosos á su tiempo y sazón, y de sus productos cerámicos quiero que juzgues por vista de ojos fijándolos atentamente en los di- bujos adjuntos (Figuras 28 y 20,) aunque des- provisto del color que en tanto.grado acrecienta su bel.leza. Los persas han labrado admirable- mente la lo/a y se han ocupado poquísimo en Fig. 39.—Copa persa de loza. la porcelana, aunque se habla vulgarmente en- tre nosotros de porcelanas persas. Y al decirte que han labrado admirablemente la loza, no me he expresado con la debida claridad, por- que los artífices de Persia cuidan poco de la bondad y perfección de !a pasta, bastándoles sólo que les permita aplicar sobre su superficie los barnices vidriados y dibujos en los cuales — IO2 — han sido, son y serán maestros dignos de ser estudiados. Atienden al exterior con preferen- cia, á la corteza como si dijéramos, de modo que materias viles las labran, pulen y enrique- cen de modo que oculten su bajo valor y apa- rezcan como productos de gran magnificencia. En este particular nadie les aventaja en habili- dad y buen gusto, y aun cuando la cerámica persa ha decaído también mucho en los tiem- pos presentes, todavía conserva excelencias que son muy estimadas en los mercados europeos. En Persia se hallan muy difundidos la habili- dad y el sentimiento artístico, de tal manera que, según lo afirma el Mayor R. Murdoch Smith "las infinitas variadas formas de orna- »mentacion en los tejidos, metales y otras ma- »nufacturas son dibujadas no por un corto nú- omero de artistas dedicados especialmente á «estos trabajos, sino por los mismos artífices, »con frecuencia aldeanos modestos que ejecu- »tan la obra con sus propias manos.» Larga se va haciendo esta carta, amiga mia, y preciso es que abandonemos el Oriente ó sino la cosa será el cuento de nunca acabar. Va- monos al Occidente porque deseo darte cuenta en breves párrafos de las porcelanas de Sajo- nia, de Sevres y del Buen Retiro; de las pri- meras por la marcada fama que han alcanzado en el mundo del lujo y del arte y de las últi- - io3 - mas por ser de España y por reunir cualidades que permiten parangonarlas con las salidas de aquellas celebérrimas fábricas. Creíase hasta bá muy poco tiempo que en Sajonia se habia encontrado por vez primera en Europa el secreto de la composición y fabri- cación de la porcelana. Juan Federico Bottger y Juan Schnoor gozaban de esta gloria, mas los rebuscadores de archivos y pergaminos que no dejan á nadie hueso sano ban probado á lo mejor que, sin necesidad de quitarles á Bott- ger y Schnoor pizca de su mérito, erajusto dar al Cesarlo que es del César, concediendo á Francisco de Médicis, hijo de Cosme I, la glo- ria de haber hallado el procedimiento para ha- cer la porcelana de Indias. Es también, empe- ro, deber de justicia consignar que la porcela- na de los Médicis, de la cual se conservan algunos fragmentos, no era la verdadera pasta de kaolin empleada por chinos y japoneses, sino una tierra arcillosa blanca. El descubri- miento mondo y lirondo corresponde á Sch- noor indirectamente y á Bottger por más di- recta manera. Y vade historia aunque el hecho parece cuento. Recorría á caballo en 1711 los alrededores de Ane, en el reino de Sajonia, un maestro her- rero llamado Schnoor, cuando advirtió que el polvo que levantaba su cabalgadura era de un hermoso blanco é imaginó que podía reempla- zar ventajosamente á la harina con que empol- vaba su peluca. Recogió algunos puñados en su pañuelo, hizo la prueba en casa, salióle bien y acabó en breve por enviar esta clase de polvo á todas las ciudades del Reino. Su uso llegó á la peluca de Bottger quien en cierta ocasión se admiró del peso relativamente enorme que te- nia; sacudióla entonces, examinó el polvillo blanco que se desprendía del cabello, hizo que le trajeran el resto del paquete y como al azar lo amasó cual si fuera arcilla plástica y advir- tió loco de contento que habia descubierto la preciosa materia primera de la porcelana ó sea el kaolin. El rey de Sajorna, elector y rey de Polonia Federico Augusto se aseguró de la rea- lidad del descubrimiento y celoso de invención tan peregrina y provechosa, dictó órdenes para establecer en el Albrechtsburg de Mcissen la manufactura oficial de porcelana, de que Bottger fue el primer director. Para que el secreto no traspirase al exterior de la casa se adoptaron inauditas precauciones que convirtieron la fá- brica en una suerte de fortaleza inexpugnable, con puente levadizo alzado á todas horas; lo cual no fue poderoso á impedir que el opera- rio Kozel llevase á Viena el misterioso arcano antes de la muerte del mismo Bottger. Viena, pues, fabricó, también la porcelana como la ma- — io5 — nufactura de Meisen. Eclipsó esta sin embargo á su rival é hizo maravillas. Kl «vicux saxe» como se la llama á la francesa, imitó primero los productos de la China y del Japón, con tal arte que en el examen salían chasqueados los peritos de ojo más avizor y de mayor experien- cia. Por los años de i7(!o un escultor de ape- llido Kandler modeló la mayoría de los grupos de figuritas en que se ha fundado principalmente la celebridad de la porcelana de Sajorna y que han copiado muy bien Sevres y Chclsea. De allí salieron entonces Los Cinco sentidos, Kl Matrimonio á la moda, El Sastre del conde de lirtihl y su mujer, caballero él en un macho ca- brío y ella en una cabra; amorcillos, jardine- ros, monos músicos, soldados, arlequines, blan- co y rosado todo, ligero, vivo, apropiado al 'gusto perfumado de la época, en armonía con L'1 estilo coqueton que entonces privaba, reme- do en fin de ¡as pastoriles pinturas de Bou- dicr, Watteau, Vamloo y demás artistas fa- voritos de la sociedad cortesana en el último tercio del siglo décimo octavo (Figura 3o). Más renombrada todavía que la porcelana sajona de Meissen ó de Dresde ha sido y es la porcelana de Sevres, en las cercanías de París, como no ignoras. No voy á referirte tos co- mienzos de esta manufactura ni sus vicisitudes hasta 1760 en que el rey de Francia quedó Kstado ó la Nación, y en cuya época Madama — io 7 — de Pompadour protegió calurosamente la nue- va seductora industria. Hasta aquella fecha Sevres habia producido sólo la porcelana lla- mada tierna, pero entonces quisieron sus di- rectores imitar la porcelana de las Indias, déla China y de! Japón. Por una casualidad parecida á la que te he contado al hablarte de la manu- factura de Meissen se descubrió en Francia un criadero de kaolín de una riqueza incalculable, con lo que se tuvo la materia primera para la fabricación de aquella clase de porcelana. Ma- dame Darnier que en 17(18 dio con el kaolín lo juzgó materia propia para reemplazar al ja- bón. Sevres tomó el patrón de la Sajonia, mas en breve se adelantó á esta fábrica, logrando que triunfase en Europa el gusto francés del siglo décimo octavo, pulido, gracioso, afemi- nado con frecuencia y aristocrático casi siem- pre, gusto adrede inventado para la decora- ción de los ricos salones y pulcros boitdoirs de los tiempos de Luis XV y Luis XVI. Es in- cuestionable que en las obras de la manufactura de Sevres, aparte de suma perfección en el tra- bajo, se ven las cualidades de elegancia y deli- cadeza que te he indicado y á las que deben sin duda el predicamento de que gozan boy entre las gentes opulentas y fashionablcs. Jar- rones lindamente decorados, péndulos, cande- labros, tinteros (el que ofreció Luis XV á Ma- — 108 — legada á Francia) jarrones de Fig. 3i.—Jarrón llamado de Fonteiioy, de porcelana de Sevrea. todos los tamaños (Figura 3i), mesas, consolas, jardineras, medallones, cajas de rapé, todos es- 9 tos objetos y algunos otros más que no recuerdo ahora ni es de necesidad que los recuerde, se labraron en Sevres, decorándolos con miniatu- ras copia de Bouchcr ó con estatuítas de bis- citit cuyos modelos proporcionaron Falconnet y Qodion. El estilo de estas obras entra de lleno en el arte del siglo décimo octavo, achi- cado empero, afeminado conforme te he dicho antes, porque á mi entender este calificativo sintetiza exactamente la fisonomía de esta clase de porcelana. La fama de que disfruta en el dia es asombrosa y los amateurs se disputan los ejemplares no á peso de oro sino al peso de billetes de Banco, que es precio muchísimo más caro todavía. Sesenta mil francos se pa- garon en 1864 ó iHCib por tres jarrones azules con esmaltes pintados: la aristocracia inglesa en particular tiene verdadera manía por la por- celana de Sevres, existiendo en el Reino Unido dos magníficas colecciones, propiedad respecti- vamente del marques de Hertford y de S. M. la Reina Victoria, esta última en Buckingham House. A pesar de los precios exagerados á que se venden las porcelanas de Sevres del si- glo pasado en las ventas de ahora, no creas, amiga Teresa, que igualen en mérito las obras cerámicas de igual clase de procedencia orien- tal. No hay en ellas la grandiosidad ni la hol- gura que, se ven en las de China y del Japón; IIO —- no se encuentra en los ejemplares de Sevres, como no existe tampoco en los de Sajorna, la riqueza y armonía de color de la cerámica de Oriente, ni la composición decorativa desem- barazada, fácil, agena á la raquítica simetría de las porcelanas europeas. El azul de Sevres no brilla y aparece pobre al lado de un jarrón de China, y el rosa que ha sido bautizado con el nombre de rosa Dubarry^ aunque agradable á la vista, se halla muy lejos de la trasparencia embelesadora de la porcelana rosa del Japón. Con todo, no imagines que pongo á los pies de los caballos á la porcelana de Sevres: nadie le puede negar un aire fino y aristocrático y la delicadeza y primor de la ejecución, por cuyo motivo sus productos harán siempre hermosa figura en un salón ó camarín tapizado de blan- co y oro, con muebles, rinconeras y espejos dorados también y primorosamente esculpidos. También en España se ha fabricado porce- lana que adquirió merecida reputación. Pres- cindo de la que se hizo en Alcora, aun cuando no sea despreciable ni mucho menos, para de- dicar breves párrafos en esta ya larguísima carta, á la celebrada fábrica del Buen Retiro. Cuando en 1759 vino de Ñapóles á España S. M. el Señor Rey Don Carlos III quiso es- tablecer en Madrid una fábrica de porcelana á imitación de la fundada en Capodimonte, en la capital de las Dos Sicilias. Bonicelli y Gricci, artistas procedentes de Italia, fueron los prime- ros que dieron impulso á la naciente manu- factura, trabajando después allí artífices y ar- tistas de diversos paises. Labróse en el Buen Retiro porcelana de todas clases, de pasta dura y suave, imitación de China y del jaspe azul de Wedgwood—una fábrica inglesa—grupos de figuritas en blanco y coloridas á la manera sa- jona, baldosas y planchas pintadas, etc., etc. Los ejemplares mejores que se conocen perte- necen al estilo napolitano de Capodimonte, debiendo citarse como tipo en este genero las piezas de los palacios de Madrid y Aranjuez, cuyas paredes están completamente revestidas de porcelana del Buen Retiro, clase de deco- ración más caprichosa que reposada y severa. Por los años de i8o3, después de haber estado en Paris el Director D. Bartolomé Sureda, co- pió la fábrica de! Buen Retiro la pasta y la rica decoración de los productos de Sevrcs, ejecutando entre otrosobjetos, un reloj y cuatro preciosos vasos, de dos metros de altura, que existen en uno de los salones de Estado del Palacio Real de Madrid. Los ejemplares de este estilo van montados muchas veces en bronce dorado. Escritores extranjeros han tributado elogios á nuestra fábrica del Buen Retiro, que sufrió grandes quiebras durante la invasión francesa, debiéndose á esto en parte principal su decadencia y ruina. Sevres ha sabido con- servar mejor su nombre, gracias á la decidida protección que ha alcanzado de todos los go- biernos, mas á pesar de este apoyo y de la subvención cuantiosa que tiene asignada en el presupuesto de Francia, los objetos que hoy fabrica no obtienen el aprecio que se concedió y se sigue concediendo á los ejemplares anti- guos. Si de los que te he mencionado un esta cai- ta pudiese enviarte algunos para adorno de tu boudoir, lo haría gustosísimo, porque de este modo se conservarían mejoren tu memoria las enseñanzas y advertencias que acaba de darte tu compañero de aficiones y amigo afectísimo i]ue besa tus pies.—K. CARTA SEXTA. Queridísima Teresa: Parece que en el mundo Je la imaginación haya de presidir al arte de la vidriería ó cristalería una de aquellas hadas que en los cuentos populares montan garganti- llas con gotas de rocío ó tejen vestidos del tul finísimo de los vapores acuosos. Manos de ha- das debieron de tener en los siglos xvi y xvn los artífices vidrieros que en Italia y en Espa- ña'fabricaron los objetos primorosos sobre to- da ponderación, conocidos de ordinario con el nombre de vidrios de Venccia. Pero no quiero anticiparte conceptos que liabria de repetir lue- i;o, si lie di; guardar en estas cartas algún or- den. Al decir vidrio, entiendo por tal el compues- to transparente, sólido y quebradizo que resul- ta de la fusión de las arenas silíceas mezcladas previamente con diferentes sales y óxidos me- tálicos. Plinio refiere una leyenda á propósito de la invención del vidrio que tengo por men- tirosa. El azar, según él, hizo que unos mer- caderes fenicios armaran con trozos de salitri: un fogón en sitio arenoso para condimentar lu comida. Con el fuego, la arena y el salitre se fundieron resultando la pasta transparente que después se llamó vidrio. Es un hecho averi- guado que los fenicios conocieron esta indus- tria y entre los vidrios antiguos, unos se han clasificado como procedentes de la fenicia y otros como vidrios romanos. La historíanos ha conservado los nombres de algunos vidrieros romanos, tales Como Cayo Pomponio Apolo- nio y Venustus speclarius ó vidriero de la casa del Emperador Claudio. Obra suya ó de com- pañeros suyos en el oficio hubieron de ser las anforitas lindísimas que hoy buscan con afán los anticuarios, el guitas y gutturnium, sin otro adorno en todos ellos más que sus formas de- liciosas y sus excelentes proporciones. El tiem- po ha puesto en estos objetos una patina em- belesadora, merced á la cual el vidrio presenta cambiantes de la madre perla y la superficie de las pequeñas ánforas semeja cubierta de esca- mas sutiles cual las alas casi impalpables de la mariposa. Ni el oro mejor pulido, ni los brillantes y piedras preciosas de toda suerte pueden competir en riqueza y delicadeza con estos frágiles productos de la vidriería antigua, á propósito para adornar el tocador de una ru- salka^ náyade, ondina y demás seres fantásti- cos habitantes de los mares, ríos y fuentes. No se limitaron á la fabricación de estos sen- cillos vidrios ios artífices romanos, sino que también labraron en sus hornos vasos suntua- rios de superior magnificencia. Tales son el famoso vaso Portland del Musco Británico y el que existe en el inagotable Museo Nacional, antes Museo Borbónico de Ñapóles, ambos de fondo azul con camafeos blancos maravillosa- mente, dibujados y de exquisito sentimiento decorativo. Los egipcios conocieron también el arte de fundir el vidrio, de colorarlo y de aplicar- lo incrustándolo en una superficie de cristal ó de piedra; los griegos también hicieron algo en esta especialidad, particularmente medallones modelados con la habilidad escultórica pecu- liar al pueblo helénico; mas los romanos les eclipsan á todos en la historia del arte suntua- rio por el desarrollo que dieron á la vidriería, conforme habrás comprendido perfectamente por lo que llevo escrito en esta carta. Mencionaré de paso los vidrios del Bajo Im- perio, encontrados en su mayoría en las cata- cumbas de Roma, en los cuales entre dos dis- cos de vidrio se ve una lámina de oro con ios emblemas venerados por los cristianos ó las efi- gies de los emperadores de Bizancio. No puedo emplear igual rapidez al hablarte de los crista- les ó vidrios de Persia y de la Arabia, por la importancia que ofrecen como obras artísticas y porque es muy probable que del Oriente barruntaron algo ó aprendieron mucho los re- nombrados vidrieros de Venecia. «Las lámpa- «ras árabes,—dice Mr. Lavoix,—cuelgan por «centenares de las bóvedas en las mezquitas del «Cairo y de Damasco, suspendidas por medio «de cordones de seda; sujetas á unas ligeras «asas prominentes sobre el cuerpo de la lám- «para, estos cordones se juntan en un punto «común, como las aristas de un poliedro. F.n ueste vértice va suspendido un huevo de aves- «truz del que cuelga una lamparita que baja «hasta el interior del vaso, ó lámpara grande. «La luz pasa al través d$ vidrio claro y brilla «proyectando alternativamente los caracteres de «la leyenda ó el fondo en que van inscritos en «esmalte de color.» No falta por lo regular en ellos el nombre del Sultán ó del Emir que las costearon para decorar el templo de Alá, leyén- dose también en las inscripciones esta ó pa- recida sentencia: Honor á nuestro diií'ño el Sul- i i 7 tan i'icltirioso: Que Alá eternice su reinado! La mayoría de las lámparas árabes que ha vis- to y estudiado el referido Mr. Lavoix perte- necen á la dinastía de los príncipes mamelucos y sobre todo al reinado de Mahomed.-El.-Na- ser que reinó por largo tiempo en Egipto y Si- ria durante el siglo décimo tercio. Efecto tan hermoso como las lámparas ¡ira- lies producen las botellas persas antiguas. En la Exposición arqueológica celebrada en Viena el año i8(>o, figuraban dos antiguos vasos per- sas en vidrio dorado y esmaltado, procedentes de la iglesia de S. Esteban en la capital de Austria. En un inventario de! tesoro de la di- cha iglesia, año i3y3, vienen designadas due ampliare ex Damasco, de modo que en el siglo xiv se las consideraba como objetos dignos de conservarse al igual que las joyas y el oro y la plata labrados. Estos interesantes ejempla- res de la vidriería oriental, que han llegado intactos hasta nosotros, están decorados uno de ellos con fajas ó zonas de entrelazos de oro ribeteado de rojo y esmalte azul y el otro con un friso de pequeños personajes, cuatro me- dallones aislados y el ciprés que para Zoroas- tro y sus discípulos era símbolo del alma encaminándose al cielo. Los persas, sobre todo después de su conversión al islamismo repro- dujeron con frecuencia en el cuerpo de estas • — n8 — botellas, de formas esbeltas y caprichosas, es- trofas báquicas escritas en caracteres cursivos que por sí solos constituyen ya un bonito or- namento. Los Schaes de Persia han autorizado muchas veces oficialmente el uso del vino y el viajero Chardin al describir el lugar que en el palacio de Ispahan se apellidaba la «Casa del vino» dice que este licor iba contenido en fras- cos de quince ó diez y seis pintas ó en botellas de largo cuello de dos á tres pintas, añadiendo que estas botellas son de cristal de Venecia. Al revés te lo digo para que lo entiendas, po- dia decírsele á Chardin, puesto que según an- tes he sentado, tomando la especie de eruditos historiógrafos, los venecianos copiaron ó imi- taron los vidrios de los persas y no estos los que se labraron en Venecia. Una botella persa es asimismo objeto muy codiciado de los mu- seos y coleccionistas, uno de los cuales mon- sieur Gustavo de Rotschüd pagó por un ejem- plar subastado en la venta Soltykofl'y acaso de procedencia bizantina, la respetable cantidad de 5,5oo francos, que probaWt mente se dobla • ria hoy sí en el Hotel Üruot ó en otro lugar idéntico se pusiese de nuevo á la venta. La verdad es que las botellas persas son de un carácter decorativo y de una elegancia impon- derables. Y hétenos llegados á Italia , ó por mejor de- c¡r á Venecia y Murano, en donde se fabrica- ron tantos y tan variados primorosos objetos, c]ue han sido y serán siempre el embeleso de las personas de buen gusto y de aficiones ar- tísticas. El vidrio, en mano de los artífices ve- necianos, llega á ser delgado como una pompa de jabón, desapareciendo el peso por t;il ma- nera, que al coger el objeto se sorprende el ánimo por su ligereza, aun cuando hubiera imaginado que habia de ser extraordinario. Con esta finura, primor y delgadeza de fabricación se enlaza la riqueza, variedad y fantasía de los dibujos, que semejan inventados para figurar en los cuentos de las Muy una noches, ó en alguna de las narraciones de hadas, de gnomos y de brujas , á que me he referido en los primeros apartados de esta carta. ¿ Es de admirar, por lo tanto , que sean buscados con afán por los ama- /eitrs y por las personas de gusto delicado, y que en el dia los imiten, por cierto con rarísi- ma perfección , el Doctor Salviati y la compañia de Venecia Murano, cobrando por cada uno pre- cios muy subidos f ¿ No es cosa natural que los cristales de Venecia, antiguos y modernos, sean lindísimo y preciado ornamento de los talleres de artista y de aristocráticos salones y camari- nes ? «Supérfluo fuera,—dice Alberto Jacque- »mart, — insistir sobre el papel reservado á los «cristales de Venecia en un interior suntuoso: «las copas en cristal blanco ó colorido (Figuras »32 y 33), enriquecidas con ramajes de oro, ani- »madas con perlas de esmalte, son apropiadas »para adornar, alternándolas con los bronces, »la parte superior de los muebles y anaqueles. "Lo mismo acontece con las copas y botellitas, «esbeltas, de boca trilobada, con el asa encor- »vada graciosamente en forma de S , pues ya se •>li;il!en coloridos estos cristales de un hermoso '»azul celeste , ó de un potente rojo de púrpura, »y avivados por festones esmaltados, ya sean "de vidrio incoloro, dividido por medio de las »clegantes colunas del latticinio(rayas blancas) »á ritorti ó reticelli, presentan siempre una «distinción que los coloca en primera línea en- »tre los objetos de buen gusto.» Ya ves como la imaginación de los artistas vidrieros de Vcne- cia y Murano se entretuvo en dar al cristal to- das las formas imaginables. Sólo viendo alguno — I 22 — de esos objetos puede formarse clara idea de hi fantasía de aquellos artífices: animales quimé- ricos lindamente modelados sirven de asas ó puntos de apoyo á jarroncitos ó copas de es- belto dibujo : rayas blancas sobre el cristal in- coloro producen un juego de líneas animadísi- mo, á lo cual llaman latticinio , según antes queda dicho; otras veces sacan los vidrieros de Murano hermosos cambiantes , espolvoreando la copa con polvo de oro, efecto de notable ri- queza ; y por fin, en casi todos los productos salidos de aquellos celebrados hornos, los colo- res tienen una transparencia, una luz. y una ele- gancia dignas del color encendido y arrebatador de Palma el Viejo, el Giorgione y el Ticíano. La historia nos ha transmitido los nombres de los artistas—que así deben llamarse—que en Venecia y Murano supieron crear obras tan ga- llardas y suntuosas. Menciona el libro de oro de Murano en los siglos xm y xiv á los Bero- vicri y al Ballarino , á Cristóforo Briani, Gaz- zabin, Mote y otros; en el xv á. Angelo Borro- meo, que pensó de trasplantará Florencia el arte de la vidriería ; en el xvi á Andrea Vidaora, que perfeccionó la fabricación de las perlas, á Vicenzo Roder, que hizo los primeros espe- jos, y á Libérale Motte, que los mejoró, asegu- rando su boga por toda Europa. La leyenda ha contribuido también á perpetuar algunos de — 123 — estos nombres. Refiere la tradición que los va- sas y cristales de Angelo Bcroviero, establecido en Murano durante los primeros años del siglo xiv, bajo la enseña del Auge!, eran celebrados por su gracia y su brillantez. Angelo Beroviero, discípulo del hábil químico Paolo Godi di Per- gola, se habia adelantado al maestro y sabia pintar el vidrio con los colores que pudiera imaginar la más acalorada fantasía. Para todo ello tenia recetas, que guardaba ocultas en un libro, en donde las apuntaba, y que se propo- nia legar á sus sucesores para afirmar su bien- estar y la fama de la casa que habia fundado. No contaba Beroviero con la huéspeda, y esta huéspeda fueron una hija suya, hermosa y harto sensible , y un mancebo oficial , de nombre Jorje , apodado el Ballarino, sin duda por su carácter, cojo por añadidura, y que enamoraba á la doncella. Una mañana, á lo mejor, se en- cuentra el maestro vidriero con que han desapa- recido su hija Maríetta, el amante y el libro de los secretos, que este último llevó consigo , y que amenazó con divulgar si no se le concedía por el padre la mano de su adorada. Entre dar la hija al atrevido raptor ó perder sus secre- tos, no titubeó Beroviero un instante : -entregó á Marietta por esposa al Ballarino con un buen dote además, el Ballarino devolvió el libro de los siete sellos, puso un horno por cuenta suya — I !¿4 — y del matrimonio nació una generación de maestros vidrieros conocidos por los Baliarini. No se debe, Teresa, á la moderna afición á las antiguallas y cachivaches la boga de los cris- tales de Venecia. De antiguo viene, y para de- jártelo probado, te citaré un sólo hecho, que hablará elocuentemente en favor de estos obje- tos suntuosos. Cuando en if>56 se formalizó en Amsterdam un inventario de cuanto poseía Rcmbrandt, arruinado por intereses de familia, se incluyeron algunos «raros vasitos y cristales de Venecia,» en medio de una magnífica colec- ción de cuadros de maestros y estátoas, armas y trajes de salvajes, bustos antiguos, conchas y minerales, grabados, dibujos y vaciados, y por- celanas de la China y del Japón. No se limitó á Venecia 1¿ fabricación del cris- tal en los años del Renacimiento y siguientes. Francia tuvo hornos que ejecutaron algunos objetos con envidiable perfección.; en España los hubo en gran número, que alcanzaron fama merecidísima, como te lo contaré luego con la detención que el asunto merece, y en Alemania se fabricaron cristales, que tienen su especial fisonomía, por donde se distinguen claramente de los venecianos, sin que pueda confundirlos quien se haya fijado un instante en su decora- ción y estructura. Conócense genéricamente los vidrios de Alemania por vidrios ó cristales de — 125 — Bohemia; no busques en ellos las formas ligerasi esbeltas, caprichosas de los cristales de Murano, ni las elegantes líneas de las botellas persas; son más pesados en el conjunto, más sólidos en su aspecto, notándose entre anos y otros diferencias iguales á las que separan los graves y (lemáticos alemanes de IOÜ ardorosos italianos y los soñadores pueblos del Oriente. La misma pesadez de formas de que te he hablado, dá á los cristales de Alemania un carácter de severi- dad y de bonlwmie al propio tiempo, que em- belesa. Parecen objetos conservados al través de los tiempos para servir á muchas generacio- nes, y á darles este aspecto contribuyen en gra- do extraordinario los escudos heráldicos, las frases salutatorias y divisas, el águila imperial de dos cabezas que se destaca en el cuerpo do un jarro para cerveza, y de un ancho wtdercomu destinado á Contener el vino del Rliin, escudos y motes, esmaltados todos en variados colores sobre el vidrio incoloro, ó de una tinta neutra, ;i/ulada ó verdosa. {Figura ¿4.) He afirmado há poco que en España los hor- nos de vidrio lograron fama merecidísima, y voy á probártelo, tomando los datos que incluiré en esta carta del excelente manual Spanish Aris, de O. Juan Facundo Riaño , que te he men- cionado ya otras veces. Y va de citas. Gerónimo Paulo, que escribió en 1491 una descripción — (2(3 — en latín de las cosas más notables de Barcelo- na, dice que envían también á Roma y á otras ciudades vasos de vidrio de distintas formas y clases, que pueden competir muy bien con los de fenecía. Marineo Siculo, que escribió en el si- fílo xvi, afirma que en Barcelona se fabrica el mejor crista! de España, y G-aspar Barreiros, en su Chorographia, C o i m b r a , i5(3y, dice q u e en Barcelona se hace un cristal excelente, casi igual al de Venecia. Tan justificada debió ser la fama del cristal de España, que en el Viaje del (Cardenal Infante, por Aedo, impreso en M¡3Í>, se lee que cuando el Infante Cardenal iué á Barcelona en i(>Í2, hizo una excursión con sus galeras á Mataró, cuatro leguas distante de aquella ciudad, para ver el vidrio que allí se liada, y que se enviaba con abundancia á todas las naciones. Por fin el traductor español de La Pia^a universale di tutte le profesión i (Madrid, IGIÍI), añade el nombre de Barcelona á la mención que hace el autor italiano de los objetos de cristal que se fabricaban en Venecia, puniendo que esta industria había alcanzado tal grado de perfección en Murano y Barcelona, que nada podia compararse con ella. Como puedes deducir de las anteriores citas, Cataluña se lleva la palma en nuestra patria en la fabri- cación del vidrio, si bien es de justicia añadir que han existido hornos muy renombrados en Pinar de la Vidriera, á catorce millas de la Puebla de D. Fadriquc , en Castril de la - !28 — Peña, en Royo Molino, provincia de Jaén, y en Maria, provincia de Almería , y en Ca- dalso, en Castilla, llamado por ende «Ca- dalso de los Vidrios,» de cuyos productos ilus- tres escritores han hecho elogios similares á los tributados á los vidrios de Cataluña, entre ellos Méndez Silva, quien en su «Población general de España» (Madrid, i G4.5,) dice que se fabrica alli en tres hornos fino cristal de her- mosos colores y formas, que puede competir cotí el de Venecla. «La comparación constante que hallamos— »dice el ilustrado Sr. Riaño en su obra citada »—entre los vidrios de Barcelona y de Murano unos sugieren dos ideas, á saber: que e! vidrio «español debió de ser de una clase superior, y »que sus formas hubieron de ser semejantes á n!as de los objetos h'echos en Venecia. Es muy «probable que gran número de las ejemplares de •¡cristal clasificados como italianos en varias ¡¡colecciones, procedan en realidad de España, "si bien es dificilísimo precisar las diferencias «que existen entre unos y otros. En este, lo "propio.que en otros ramos de la industria, se »ha llevado demasiado lejos la manía de la cla- rificación , siendo necesario que se hagan es- tudios comparativos de un orden muy concre- »to. Mientras estos trabajos no se hayan real i- »zado, importa mucho recomendar que al pro- — 120, - «cederse á la clasificación de objetos de cristal »ó vidrio, se los compare con los ejemplares de «manufactura similar que hasta fecha muy re- ciente se han labrado en Cataluña, y de los «cuales existe en el Museo de South-Kensing- »ton una interesante colección , procedente de «Barcelona, Mataró y Cervelló.» Todavía se fabrican en Cataluña los arruixa- dós ó borrachas , especie de cantaritas con va- rios pitones, que se llenan de aguas olorosas y se quiebran en los bailes de plaza en los dias de la fiesta mayor; aun puedes hallar en Mataró y Vilafranca pilas de agua bendita de vidrio incoloro, decoradas con las rayitas blancas ó latticinio de los venecianos , así como también el típico porrón de nuestra tierra y las canta- ritas adornadas con iguales dibujos; y no se lia perdido aun entre los vidrieros catalanes e! secreto para hacer vidrio de diferentes colores, con el cual adornan los cántaros y las borra- chas cuando quieren realizar una obra de re- gular lucimiento. Por desgracia la tradición del buen gusto y del sentimiento artístico ha ido degenerando de dia en día, y los forns de iñdre de hoy no se cuidan poco ni mucho de fabricar objetos que puedan luchar con los de Venecia, sino que los hacen del modo más desmanado posible, groseramente, y al sólo intento de llenar las necesidades del consumo ordinario - i3o - en los mercados más baratos. SÍ en Cataluña apareciese un Doctor Salviati ó alguno de los jefes déla compañía Venecia-Murano, de fijo podríamos hacer aquí, en los años de 1880, lo mismo, mismísimo, que ejecutan los artífices venecianos , realzando de nuevo una industria abatida por los productos mecánicos, rigurosa- mente matemáticos de las cristalerías de Fran- cia y Bélgica; industria que en Italia han reani- mado los establecimientos referidos, y que en punto á carácter artístico se iguala con las de- más industrias suntuarias sino se'adelanta á muchas de ellas, conforme habrás podido adivi- nar por los datos y noticias contenidas en esta carta. Hasta ahora he empleado indistintamente las palabras crista! y vidrio, y se hace preciso ya que establezca la diferencia que existe entre ambos productos. No se sabe fijamente por quien fue descubierto el cristal ó Jlint glass si bien se cree que el descubrimiento se reali- zó en Inglaterra á mediados del siglo xvn. En la fabricación del cristal, al sílice, base común de todos los vidrios, se añade en vez de sosa y cal, la potasa y sobre todo un elemento parti- cular que es el minio ú óxido, de plomo, que no entraba en los vidrios de Venecia y de Bo- hemia. Al principio no salía el cristal tan diá- fano como en la actualidad, antes por lo con- trario presentaba una tinta negruzca que se corrigió cambiando el combustible de hulla en leña de abeto ú otra parecida. Inglaterra, Fran- cia y Bélgica han llevado la fabricación del cristal á un extremo de perfección asombrosa. Ks imposible imaginar una materia más trans- parente, más igual, más pura, formas más correctas no desprovistas de cierta elegancia, mayor pulcritud en las superficies, en los bor- des, en las líneas rectas y circulares, en las cuales no encuentra falta alguna la escuadra ó el compás dc¡ matemático más escrupuloso, y por fin mayor lujo en los grabados y adornos ejecutados por medio del ácido fluorhídrico, sistema de decoración del cristal que habían empleado también con feliz éxito, con mayor desembarazo y con mayor sentimiento decora- tivo, los venecianos, franceses y alemanes du- rante el florecimiento del arte de la Vidriería. Los cristales ingleses de hogaño lo propio que los cristales franceses de S. Luis y de Baccarat son obras suntuarias irreprochables en los indi- cados conceptos y es indudable que causan efecto de magnificencia y de pulcritud en una mesa bien puesta y bien servida. Todo se eje- cuta en Baccarat, todo puede copiarse con há- bi! mano; todo sale con una perfección deses- peradora, y digo desesperadora por que ni con lentes de aumento hay modo de encontrar en un frasco, en una copa, en una pieza cualquie- ra la falta ó lunar más insignificante. «Esta «implacable pureza,-dice un autor francés,-trac «á la memoria el hielo de los lagos de Norue- «ga. i) «Seria preferible—añade—que rompiese «esta diafanidad una punta de amarillo que es «lo que dá una entonación caliente y armoniosa «á los cristales de Venecia y de Bohemia.» Juzgo haberte enterado de lo más capital en punto á Cerámica, comprendiendo en esta sec- ción los barros cocidos, las lozas y porcelanas, y los vidrios y cristales. Dios mediante, pues, en la venidera carta cambiará de materia, ha- blándote de los bronces, tu amigo de veras.-F. CARTA SÉPTIMA. io di Rortncia y la puerta del Ghiberti.-Benvenuto Cellini.-Las rro y \tn catedral^ de Barcelona, Granada y Burdos. Queridísima Teresa: dedicaré hoy el dia y la carta A hablarte de los bronces, metal que ha sido uno de los más poderosos auxiliares del Arte en todas las épocas. Las estatuítas y obje- tos suntuarios de bronce han figurado siempre en los salones bien decorados, desde las exed?~/v romanas con sus trípodes, lampadarios, bus- tos y estatuas, á los salones de los reinados de Luis XV y Carlos III, con sus candelabros, jarrones, péndulos y muebles enriquecidos con planchas de aquel metal dorado. Pocos objetos artísticos dan más tono y mayor autoridad á una sala ó boudoir— camarin, si así te place - , 3 4 - llamarle á la española—como unos esbeltos can- delabros de bronce, una estatuíta de lo mismo de buena mano, ó cualquiera de las variadas obritas que en la propia materia han fundido y cincelado los artífices y artistas de la Anti- güedad, del Renacimiento y de los tiempos mo- dernos. Al ocuparme en este asunto voy ¡i dejar en el tintero extremos que sólo interesan á arqueó- logos y eruditos, para fijarme únicamente en los que podríamos llamar grandes jalones ó mojones de esta importantísima sección de la Metalistería. Formarán estos mojones los bron- ces de Pompei, los bronces del Renacimiento, los de la China y del Japón, y las monedas y medallas de Grecia, Roma y Florencia. Algu- nas noticias y datos secundarios servirán para llenar los blancos resultantes entre uno y otro, así como por vía de apéndice te apuntaré algo y quizás algos sobre las obras de los maestros cerrajeros y rejeros en la Edad Media y en los siglos xvi y xvii. Daríanme ocasión los bronces de Pompei para escribir sobre cada uno de ellos sendas páginas que llenaría de entusiastas elogios. Ha/, memoria en este momento de lo que te escribí en. la primera serie de estas cartas acerca del instinto artístico de los habitantes de aquella ciudad romana, y recuerda que el buen gusto de que se hallaban dotados les movia á buscar en los chismes más comunes y de usos más gro- seros, líneas bellas y belleza en todos sus deta- lles y pormenores. Un útil de cocina ofrecía coyuntura á un fundidor pompeyano para cin- celar en el mango ó en los ángulos una pata de león diestramente modelada ó un mascaron trazado con no menor habilidad escultórica. Quienes desplegaban tanto arte en esos vulga- res objetos, figúrate que debieron hacer en obras de mayor cuantía. Acude de nuevo á lo que te dije al hablarte de la casa de Pompci, porque viene ahora como de perilla, ya que entonces te encarecí muchísimo la elegancia de líneas y el primor de cincelado en los muebles de bronce, ' lampadarios, trípodes y otros trabajos suntua- rios que se han encontrado en las escavaciones allí practicadas, y que en el Museo de Ñapóles dejan asombrado y casi turulato al viajero me- dianamente instruido que fije en ellos la aten- ción siquiera por un instante. ¡Qué abundancia de preciosos ejemplares existe en aquel riquísi- mo Museolj Cómo abundan allí las trípodes lin- dísimos, las aras de severa forma en plata ma- ciza á veces (Fig. 35), los jarrones de bronce de admirables proporciones y de sin par dono- sura y otros varios objetos de uso común qui- zás en los dias del Imperio romano y cuyas reproducciones hechas por el jinteligente bron- — 136 — císta Miguel Amodio de Ñapóles, sirven hoy para decorar lujosos bufetillos y anaqueles primorosamente ta- llados en madera de nogal ó de roble! Y á todos estos ejempla- res, con ser tan be- llos, superan en arte y en belleza las varias estatuas y bustos de diferentes tamaños vaciados en bronce, • encontrados en Pom- ^ pei, Herculanum y Stabies y que pue- blan dos salas no pequeñas del Museo referido. En ninguna épo- ca ha producido e! arte escultórico una figura que se adelante en gallardía y perfección de modelado al Narciso, ni una estatua más ex- presiva que la del Fauno borracho, ni estatui- tas más movidas y animadas que los dos Fau- nos descubiertos en las dos distintas casas que de ellas han tomado nombre. No tiene la escultura pompeyana en estas obras la gran- diosidad del arte helénico, á la que tampoco aspiraba, preséntase más humana, si as! puedo expresarme, algo más terrena, pero dentro de - i37 - este carácter, simpática sobre todo encareci- miento y lindísimo. El segundo de los Faunos hallado en Pompei fue descubierto en el implu- pium de una casa, cuya excavación se practicó ¡ celebrarse en 1879 el aniversario de la des- U trucción de la ciudad por las lavas del Vesubio. Del odre que sostiene con uno de los brazos manaba el agua que caia en el surtidor ó es- tanque y la actitud y expresión del personaje es —como puedes juzgar por este dibujo {Fig. 36) -—la de quien se regocija al ver saltar por el caño el encendido licor predilecto de Baco. El torso y piernas de la estatuita que te he des- crito, que hoy ofrece mayor novedad que las otras por la fecha reciente de su descubrimiento, están modelados con sumo garbo y tal vez con mayor holgura que las demás que te he citado, si bien no con la delicadeza del Narciso, de la Venus y de alguno de los bustos existen- tes erl el Museo napolitano. Al embeleso que estas esculturas producen en las personas do- tadas de aficiones artísticas , contribuye de un modo muy eficaz la patina que les han dado el tiempo y el haber permanecido enterradas durante muchos siglos. Esta patina es de un negro pronunciado con toques verdosos en los bronces de Herculanum y Stabies y de un ver- de claro, casi ceniciento en algunos trozos y con toques de un azul decidido en los objetos — i38 — de Pompci, como por ejemplo Fauno de que te he enviado un Durante la Edad Mediase ejecutaron también obras en bronce dignas de admiración por su estilo y por su buena fundición. Una de las más notables y más interesantes es la veneran- da imagen del apóstol San Pedro, figura que se encuentra en la Basílica Vaticana y cuyo pié - )3y — acuden á besar devotamente todos los fieles ca- tólicos que visitan la Ciudad Eterna. El Santo Apóstol se halla sentado en actitud de dar la bendición al pueblo, y por el conjunto, presenta la imagen marcada semejanza con las estatuas ¡cónicas senatoriales de la dominación romana. Hay en ella dignidad y tiene fragmentos en el ropaje hábilmente modelados y que acusan la destreza del escultor, bizantino probablemente, que la ejecutó por orden del Papa León I (Fi- gura 37). En el Museo cristiano vaticano se guar- dan también dos medallones en bronce, con las efigies de San Pedro y de San Pablo que se creen retratos auténticos. La obra, pues, debió ser hecha en los primeros siglos del cris- tianismo : fue hallada en las catacumbas de San Calixto. Es preciso llegar á los siglos x,xi y xii para encontrar nuevas obras en bronce que merezcan llamar poderosamente la atención del arqueólogo y de! artista. En los siglos in- termedios realizáronse algunos trabajos de la misma clase, pero de escaso valor al lado de los que se llevaron á cabo del año IOOO en adelante. Estas obras consistieron en las puer- tas de entrada de basílicas, iglesias y monaste- rios. Puertas en bronce, con bajos relieves há- bilmente fundidos y cincelados con acierto ma- yor del que puede imaginarse en razón al estado de inmovilidad del arte escultórico en aquellas de Pompci, como por ejemplo el Fauno de que te be enviado un trasunto. Durante la Edad Media se ejecutaron también obras en bronce dignas de admiración por su estilo y por su buena fundición. Una de las más notables y más interesantes es la veneran- da imagen del apóstol San Pedro, figura que se encuentra en la Basílica Vaticana y cuyo pié - i3t, - acuden á besar devotamente todos los fieles ca- tólicos que visitan la Ciudad Eterna. El Santo Apóstol se halla sentado en actitud de dar la bendición al pueblo, y por el conjunta presenta la imagen marcada semejanza con las estatuas ícónicas senatoriales de la dominación romana. Hay en ella dignidad y tiene fragmentos en el ropaje hábilmente modelados y que acusan la destreza del escultor, bizantino probablemente, que la ejecutó por orden del Papa León I (Fi- gura 37). En el Museo cristiano vaticano se guar- dan también dos medallones en bronce, con las efigies de San Pedro y de San Pablo que se creen retratos auténticos. La obra, pues, debió ser hecha en los primeros siglos del cris- tianismo : fue hallada en las catacumbas de San Calixto. Es preciso llegar á los siglos x, xi y xn para encontrar nuevas obras en bronce que merezcan llamar poderosamente la atención del arqueólogo y del artista. En los siglos in- termedios realizáronse algunos trabajos de la misma clase, pero de escaso valor al lado de los que se llevaron á cabo del ano rooo en adelante. Estas obras consistieron en las puer- tas de entrada de basílicas, iglesias y monaste- rios. Puertas en bronce, con bajos relieves há- bilmente fundidos y cincelados con acierto ma- yor del que puede imaginarse en razón al estado de inmovilidad del arte escultórico en aquellas - 14o - épocas, se encuentran en varías iglesias de Ita- lia y de Alemania, como por ejemplo las de San Pedro Vaticano, de San Marcos de Vene- cía, de San Zenon de Verona y otras muchas que podria citarte y que hallarás mencionadas en los libros que tratan menudamente de este asunto ó que reseñan las curiosidades más señaladas de las principales poblaciones del mundo. De aquel período quedan en España magní- ficos trabajos en bronce, obra de artífices mo- ros, y algunos de ellos de estilo mudejar. Te pondré en primera línea las soberbias puertas de las catedrales de Córdoba y de Toledo, de- coradas con entrelazos é inscripciones arábigas y con leyendas en letras góticas. Las de Toledo tienen la siguiente inscripción : Estas puertas fueron acabadas en el mes de Mar\o, era de mil ecc setenta e cinco años: las de la catedral de Córdoba, llamadas del Perdón, de una severi- dad y delicadeza al par que no exageraré nunca por mucho que las pondere, son de madera re- cubierta con planchas de bronce, viéndose en ellas la palabra Deus en caracteres góticos y ará- bigos, y la sentencia: £7 imperio pertenece á Dios y todo es suyo. Al rededor de esta puerta, al- ternando con las armas de Castilla y de León se lee: Dia dos del mes de mar\o de la era del César de 141S años. Reinante el muy alto et poderoso D. Enrique, rey de Castilla. Ejemplar interesantísimo del.arte hispano arábigo es, asi- mismo, una lámpara que figura en el Museo Arqueológico Nacional como una de las más preciosas joyas de la colección. Juzga tú misma, 43 por el dibujo que te incluyo, (Fig. 'ÍH) de su simplicidad en las líneas fundamentales, de la elegante combinación de la forma piramidal con las formas circulares, y de la riqueza y ga- lanura de los calados que enriquecen lodos los cuerpos de la lámpara. Si en vez de ser España la nación dueña de este admirable objeto sun- tuario, fuesen sus poseedores Francia, Ingla- terra ó Italia, lo verías ya reproducido por la industria moderna y vendiéndose las copias á muy subido precio. Nosotros lo tenernos en el Museo, sin que nadie se cuide de popularizar- lo. Esta lámpara fue hallada en Córdoba, ha- biendo sido ejecutada durante el reinado de Mahomed III de Granada. A su lado deben colocarse varios otros objetos, también de pro- cedencia morisca, menos artísticos pero no me- nos importantes para el estudio de la arqueolo- gía española. Merecen citarse entre ellos un ciervo en bronce existente ahora en el Museo provincial de Córdoba y un león en la misma materia, parecido á los de la fuente del patio de los Leones de la Alhambra y encontrado cerca de Monzón, de donde fue á parar, trasde algunas vicisitudes, al taller del malogrado For- tuny y después á la colección de Mr. E. Piot, al ser vendidas las antigüedades y obras de arte que nuestro celebrado paisano poseía y que había ido recogiendo con singular perspi- cacia y talento. — 144 — Lleguemos al Renacimiento, á esta época fecundísima en la historia del Arte. Aquí, ami- ga mia, me encuentro poco menos que dans I' embarras du chotx, como dicen nuestros ve- cinos transpirenaicos, porque las obras admira- bles, fundidas y cinceladas en bronce abundan en Italia, en España, Francia y Alemania. Aquellos celebérrimos artistas florentinos de que en otra ocasión te he hablado, modelaron también estatuas y bajo relieves en cera que se fundieron luego á molde perdido en bronce, de manera que en este vaciado se conservaron to- das las delicadezas que en su trabajo puso el escultor, la impresión misma de la yema de sus dedos al modelarlo. La concisión que estos apuntes epistolares demandan, me obliga á sin- tetizar en tres nombres la historia de la escul- tura en bronce en la Toscana, durante los años del Renacimiento. Estos tres nombres, que casi se sabe de coro todo el mundo, son los de Lorenzo Ghiberti, Leopardo Verrochio y Ben- venuto CelHni. Lorenzo Ghiberti se hizo famoso con las puer- tas en bronce del Batisterio de San Juan de Florencia (Fig. 3g). En 1401 cesó la peste que había afligido á la capital de la Toscana y en acción de gracias los priores de la cofradía del Santo Patrono de la ciudad acordaron la cons- trucción de unas magníficas puertas de bronce - i46 - paraelBatisterio. Abrióse un concurso, señalán- dose por tema-á los concurrentes el Sacrificio de Abraham, que ejecutaron el mencionado Ghi- berti, mozo todavía á la sazón, Brunelleschi, Donatello, Jacobo de la Quercia, Nicolás de Arezzo, Francisco de Vandanbrina y Simón án Colle, la flor y nata de los escultores de aquel tiempo. Fuéle muy difícil al Jurado pronunciar su fallo, porque en todas las obras encontró mé- ritos sobresalientes: al fin, tras de prolongadas discusiones, señaló como superiores las de Do- natello, Brunelleschi y Ghiberti, con lo cual se hizo aun más arduo llegar á una resolución definitiva. Por fortuna Donatello y Brunelles- chi dieron una prueba de su nobleza de ánimo y de su imparcial juicio al declararse vencidos por el (ihibcrti en la fecundidad de ingenio y soltura de ejecución. En ¡4a3 dejó este termi- nadas las dos hojas de la puerta que uno de los más insignes maestros florentinos juzgó digna de cerrar la entrada del Paraíso. Vénse en ellas tratados con gran valentía veinte asuntos del Antiguo y Nuevo Testamento en diez cua- dros, hornacinas con lindísimas estatuitas y fes- tones de flores y frutas, ejecutado todo con habilidad artística imponderable. Bajo este punto de vista la crítica no halla medio de poner re- paro alguno á la obra del Ghiberti. En punto á la concepción y composición de los bajns relie- ves no puedo decirte otro tanto. Ghiberri trató el bajo-relieve del mismo modo que hubiera tratado una pintura mura! ó un cuadro al óleo y puso en ello varios planos, imitando con la diversidad del relieve los efectos de la perspec- tiva lineal y aérea. Conseguir esto es imposible de todo punto, y bien lo entendieron así los artistas griegos y sobre todo el insigne Fidias cuando evitaron cuidadosamente los efectos de aquella clase. Ghiberti hizo un tour de forcé, se propuso alcanzar un imposible; no lo logró, como no podia lograrlo, pero tanto talento des- plegó en su obra, tan altas cualidades de es cultor puso en ella, que la crítica se siente desarmada ante la pasmosa impresión que produce la puerta del Batisterio de Florencia, deja á un lado las censuras, y aplaude con entusiasmo ensalzando sus innumerables be- llezas. A Leopardo Verrochio le ha asegurado un nombre inmortal su estatua ecuestre de Barto- lomé Collcone que se levanta en una de las plazoletas de Venecia y de cuya gentil apostura y grandiosidad puedes juzgar por el dibujo que vá pegado en esta carilla (Fig. 40). Ben- venuto CelHni figura en la historia del Arte, en lugar conspicuo como escultor, por el Perseo en bronce que se vé en la incomparable Loggia dei Lan^i de Florencia y como platero y joyero - i48 - por las obras que cinceló con singular primor y con delicado sentimiento artístico. La vida de lienvenuto Cellini es de lo más accidentado que puedes imaginar, y se parece á uno de esos cuentos italianos en que hay puñaladas y muer- tes til revolver de cada esquina. En este concepto poco se recomienda el insigne artista florentino, verdadero perdona vidas en Florencia, en Ro- ma y en todos los puntos en donde habitó hasta después de la fusión del Perseo, en que cambió de carácter y de costumbres, como si en él se hubiese realizado una trasmutación completa. - - 140 — Btínvenuto nació el año de i5oo en Florencia, (fig. 41) habiendo sido sus abuelos unos modes- tos señores que seguian la carrera de las armas y moraban en uno délos valles de Italia. Gra- cias á su talento y á su habilidad prodigiosa en la orfebrería alcanzó la protección de los magnates y potentados de su época y de los Sumos Pontífices Clemente VII y Paulo III para quienes llevó á cabo trabajos de grande importancia y entre ellos monedas y medallas. Cinceló Benvenuto Celüni vajillas completas, — i5o — • copas, jarrones, joyas lindísimas sobre todo en- carecimiento, haciendo gala en ellas de su ta- lento escultórico y de su destreza de artífice. Atónito deja la perfección con que están apun- tadas y cinceladas figuritas microscópicas, mas- carones, festones de frutas y flores, etc , etc., y tal fama dejó en el mundo este artista floren- tino, que se hizo de uso atribuirle todos los objetos de platería y joyería de estilo del Re- nacimiento italiano, en los cuales se encontra- ban superiores méritos artísticos. Cellini escribió la narración de las peripecias porque hubo de pasar el vaciado en bronce de su Perseo, narración animada, llena de fuego y que en muchos trozos recuerda la de Her- nardo Palissy de que te di noticia en la carta sobre la cerámica en Francia. Juzga de ella por los siguientes párrafos con que termina: «Re- uparé— dice—que el metal no fluía con la rapi- «dez habitual, y juzgué que la lentitud debia «atribuirse á que la violencia del fuego habia «consumido ya toda la liga. Entonces mandé «coger mis fuentes, platos y escudillas de está- uno, en número próximamente de doscientas, é «hice arrojar una parte en las canales y otra «en el horno. Al ver mis trabajadores que el «bronce se habia puesto del todo líquido y que «el molde iba llenándose, me obedecían con «tanto afán como alegría. Mientras les recomen- »daba ya una cusa, ya otra, les decia « Bendito «seas, Dios mió, que por tu omnipotencia re- "sucitaste de entre los muertos y subiste glo- riosamente al cielo». Al instante se llenó el «molde y yo caí de rodillas y di gracias al Sc- «ñor con toda mi alma Vi luego un plato «de ensalada que estaba allí sobre un mal banco «y comí de él con mucho apetito, bebiendo con "todos mis hombres. En seguida, como fuesen «las dos de la madrugada, me fuí alegre y ya "Confortado, á acostarme en la cama, en donde «reposé tranquilamente y como si nunca me "hubiese sentido indispuesto». Enamorados los artistas italianos del Rena- cimiento del arte griego y romano trataron de seguir las huellas de los escultores en hueco i]ue en ia Antigüedad ejecutaron á maravilla las medallas y monedas que hoy se custodian en las colecciones numismáticas como joyas de subido mérito artístico. No me refiero ahora á las monedas griegas y romanas notables por su rareza, sino á aquellas, algunas de las cua- les hasta comunes, en las que tiene que apren- der el escultor por el nervio de las testas y fi- guras, la firmeza de su modelado, que acusan planos perfectamente colocados y por la seve- ridad y magestad del conjunto. Algunas mo- nedas griegas y los llamados grandes bronces romanos de distintos emperadores son tipos in- 152 superables de esta clase de trabajos y por lo mismo son buscados con afán por los numis- matas y por los aficionados á los objetos bellos. Inspirándose en estos preciosos ejemplares re- produjeron los escultores florentinos y romanos, lo propio que los franceses, los retratos de los personajes contemporáneos más conspicuos, mo- delándolos en cera primero, fundiéndolos luego en bronce y retocándolos á veces en el buril, con tanto sentimiento naturalista y tal primor de estilo que dejan embelesado á la persona de buen gusto que con mediana detención con- temple una de las medallas de esta época á que me refiero con estas líneas (Figura 42). Larga seria la lista de escultores que habria de po- nerte á querer darte siquiera los nombres de los más sonados. Comienza en Víctor Pisano dé Verona, que murió en 14.S1 y firmaba P i - sa;» pictorts opus, es decir, obra de pintor, á quien seguían en Italia solamente Mateo Pas- ti y Julio della Torre, ambos también verone- ses, Gentil Bellini de Venecia, Andrés Riccio y el Francia, de Padua el primero y de Bolonia el segundo, Caradosso de Parm.ii y otros varios que harian buena la afirmación que acabo de hacerte. Las estatuas y trabajos escultóricos en bron- ce que se llevaron á cabo en España desde el período del Renacimiento se debieron en parte no pequeña á artistas italianos. Tal acontece con los espléndidos grupos de la familia real colocados i entrambos lados de! presbiterio cu la iglesia del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, obra magestuosísíma debida á Pom- peyo Leoni, la estatua ecuestre de Felipe IV por Pedro Tacen y otros trabajos similares. Fueron sin embargo españoles Bartolomé Mo- rel'que hizo la estatua de la Giralda en la torre de este nombre en la Catedral de Sevilla y el Tenebrario, candelabro prolijamente cin- celado existente en la misma Metropolitana; V'illalpando á quien se debe en la Catedral de Toledo la reja de k Capilla Mayor, dos pulpi- tos de bronce dorado, los bajos relieves de la puerta de los Leones (15G4) y otras obras de sin par riqueza y que denotan en su autor po- tente ingenio para la escultura; y por fin Juati - 154 - Bautista Celma, aragonés, cuyos son los pul- pitos de la Catedral de Santiago, delicadamente ornamentados con bustos en los intercolum- nios, bajo relieves con pasajes de las vidas de los santos y festones de flores y frutas. Con Churiguerra se propagó el mal gusto desde la arquitectura á las demás artes mayores y me- nores, conforme tienes bien sabido, y de esta enfermedad no había de escapar la escultura que en Italia habían ya llevado al estremo de la exageración los imitadores del caballero Ber- nini. Ejemplo elocuente de los extravíos en que cayó la escultura española en el siglo xvm, es el altar de la Catedral de Toledo apellidado el 77 ansparente, obra en todas sus partes, como arquitectura, pintura, estatuaria y talla en mar- mol, jaspe y bronce, de Narciso Thomé con- forme se dejó consignado en la inscripción que se puso en este retablo á su terminación en •7'H- Demos ahora con la imaginación algunos de los brincos á que te tengo acostumbrada y vente conmigo al Oriente. Chinos, japoneses y per- sas han sido y siguen siendo artistas de inge- nio y hábiles artífices en la ejecución de obje- tos en bronce de todas clases. Así los bronces de la China como los del Japón son de una aleación excelente y por lo común vaciados á molde perdido con una destreza que pueden en- — i55 ~ vidiar los artífices europeos más peritos en el oficio. Los bronces japoneses se distinguen de los bronces chinos por una ligereza específica mucho mayor: al cogerlos imaginando que ha Je ser considerable su peso se encuentra quien los levanta como que tomara en sus manos un objeto de cristal ó de finísimo barro. El cince- lado y modelado corren parejas con la bondad intrínseca de los jarros, aguamaniles, fuentes y pebeteros de la China y del Japón. En los me- jores ejemplares encontrarías verdaderos pro- digios de ejecución; dragones alados retorcidos alrededor de un jarrón, de un movimiento ele- gante con los más minuciosos detalles en todo su cuerpo; hojas de conifera y flores de las plantas indígenas de aquellas regiones, cince- ladas á maravilla unas y otras; entrelazos y meandros según el gusto particular de aque- llos pueblos, tratados con un sentimiento de- corativo portentoso y labrados con una exacti- tud que deja atónito al platero ó broncista más nimio y escrupuloso, constituyen otras tantas bellezas de las obras en bronce realizadas por los artífices chinos y japoneses de mayor inge- nio. Su fantasía se explaya de un modo singular en los pebeteros, á los cuales imprimen mil formas distintas, complaciéndose con frecuen- cia en convertir en un trasto de aquella clase un bicho cualquiera, cuyas líneas generales to- — 156 — man del natural y en cuyos pormenores dan rienda suelta á la imaginación, con lo cual re- sultan las obras más caprichosas que pueda concebir la mente acalorada de los poetas del Oriente. El humo del incienso saliendo por las fauces de uno de esos animales Quiméricos, en una habitación decorada con las telas de bri- llantes colores, bordadas en oro y plata, del gusto de los habitantes de ambos imperios, produce un efecto decorativo de singular en - canto, por cuyo motivo ha tentado en diversas ocasiones el pincel de los más diestros pintores europeos. Para terminar esta carta y á fin de no dejarla manca te incluiré algunas apuntaciones sobre los trabajos en hierro. En todas las naciones de Europa encontrarás obras preciosas de esta clase y muy especialmente rejas, en las cuales aquel metal se ve manejado con el garbo y fa- cilidad más extremados. Amberes tiene el fa- moso pozo llamado de Quintín Matsys; en Ale- mania existen obras iguales, palomillas, ense- ñas y rejas que acreditan la pericia de los herreros tudescos; en Italia existen lindísimos ejemplares como verbigracia la cancela de la escalera en el sin par Palacio del Podestá de Flo- rencia, y la reja, del sepulcro de los Scala en Verona; y en España seria cosa de llenar tomos describiendo los magníficos trabajos de nues- tros maestros herreros y rejeros, y poniendo en las nubes su buen gusto artístico y su des- treza en la forja. En Barcelona mismo, sin que debamos ir más lejos, tienes de cuanto te digo una prueba elocuente y que no me dejará men- tiroso. En el claustro de nuestra Catedral,—de este templo admirable, apenas conocido, — y en el interior también de la iglesia se conservan rejas délos siglos xiv y xv,que son acabados modelos en su genero. El hierro en su corona- miento se halla trabajado cual si fuera flexible palma, con un donaire y al propio tiempo, con una severidad que merecen incondicionales elo- gios. Nadie, que sepamos, ha cuidado de trans- mitir á la posteridad los modestos nombres de estos maestros rejeros, como tampoco se ha conservado el del autor de la reja colocada al pié de la escalera del pulpito en la propia Ba- sílica, hermosa filigrana—permítame la hipér- bole—ejecutada en un metal tan duro como el hierro. Más .suntuosas todavía que las rejas del claustro en la Catedral de Barcelona, é igua- les á ellas en carácter artístico y hábil ejecución son indudablemente la explcndida reja píate resca que divide la nave en la Capilla de los Kcyes de Granada, debida al maestro Bartolo- mé y construida de i5-2o á ¡53o ; las de la Ca- pilla Mayor y Coro de la catedral de Toledo, por Francisco Víllalpando, de quien ya tienes noticias por sus obras en bronce (1548); la de la Capilla del Condestable en la catedral de Bur- gos, hecha por Cristóbal Andino en i523, y uno de los más delicados ejemplares en s u d a s e ; la que circuye el sepulcro del Arzobispo D. Diego de Anaya, en la Capilla de San Bartolomé del claustro de la catedrai de Salamanca ; y por fin las innumerables rejas fabricadas para palacios de la nobleza y casas de la burguesía, destrui- das algunas, existentes otras todavía, en Avila, Zamora, Salamanca, Sevilla,(Fig. 43) etc., etc., bello y apropiadísimo ornamento de los edifi- cios civiles levantados en España en los si ^los xv, xvi y xvn. Con lo cual me parece haber probado que nuestra España no ha de taparse la cara al tratarse de obras artísticas en bronce y en hie- rro, cosa que ignora el común de los españoles, gracias á nuestra infeliz manía de menospre- ciar cuanto procede de nuestra casa. Si con mis cartas logro que te conviertas en defensora de las artes suntuarias de España en pasados si- glos, no habrá perdido el tiempo ni gastado en balde el jugo de su inteligencia tu amigo que se te encomienda y tus pies besa.—F. CARTA OCTAVA. •oro de Hildesheim - L a s preciosidades de Roma y de Biíando.-I.os nhlosdt piala y joro |.as Tablas Al/ominas.— La mil» del Rey Don i r l i n . - U platería tn E«pañn en el Renacimiento.-Don Juan de Queridísima dmiga: Déla Orfebrería tu ha- blaré en la carta de hoy. Bien sabes tú qué suntuoso papel hacen en una casa bien puesta los objetos de plata y oro, de hermosa traza y de ejecución irreprochable. Omito, pues, exten- derme en consideraciones que alargarían la epístola, nos robarían espacio y tiempo y nada te dirían que ya no supieras. Vóime al grano en consecuencia, Teresa de mi alma, entrando seguidamente en materia. Se entiende hoy por Orfebrería el arte de la- brar el oro y la plata. Los plateros modernos tendrían é mengua trabajar metales menos pre- ciosos que los dos citados, pero en la Edad Medía y en el Renacimiento los artífices en esta industria así labraban el cobre y el bronce, como la plata y el oro. Comprenderé por lo tanto en la Orfebrería no sólo las estatuitas, bajos relieves, vasos y joyas de oro y plata si- no también las urnas, arquetas y relicarios de cobre cincelado y dorado, enriquecidos con pie- dras y esmaltes. La claridad en la exposición me obliga, sin embargo, á dividir esta materia en dos grupos, uno que abarcará la Orfebrería propiamente tal, á la que en tierra de España se llama Platería y otra que dedicaré á la sec- ción no menos importante, que de su objeto lle- va el nombre de Joyería. El monumento escrito más antiguo en donde encontramos trabajos de platería citados y des- critos minuciosamente es el capítulo xxv del Éxodo en el Antiguo Testamento. Hé ahí lo que dicen algunos desús versículos, que con- tienen las advertencias dadas por el Señor á Moisés para la construcción del Arca de la Alianza: «18. Harás asimismo dos querubines de oro «trabajados á martillo, de la una y de la otra uparte del oráculo.» «iy. Un querubín esté al un lado, y otro al «otro.» ii «20. Cubran los dos lados del propiciatorio, "extendiendo las alas y cubriendo el oráculo, y "¡úntense el uno al otro con los rostros vueltos »hácia el propiciatorio, con que se ha de cu- «brirel arca.» «29. Formarás también del oro máspuro es- cudillas y tazas, incensarios y copas, en que »sc han de ofrecer las libaciones.» «3 1. Harás también de oro el más puro un «candelabro trabajado á martillo, sus astil y «brazos, sus vasos y globitos y lirios que sai- narán del misino.» En el reinado de Salomón llegó en el pue- blo hebreo á su período de explendor el arte de la platería. Salomón, nos dice el Libro de los Reyes, bebía siempre en tazas de' oro puro y de oro puro también era la vajilla de su casa del Monte Líbano, de la cual te dije algo al tratar del lujo inaudito desplegado por aquel sabio monarca en sus moradas. Pero todas estas magnificencias quedaban oscurecidas ante las del templo de Jerusalen que construyó según las indicaciones del Rey David su padre. Plan- chas de oro servían de revestimiento á los mu- ros; en oro estaban fabricados dos grandes que- rubines cuyas alas extendidas cogían una ex- tensión de veinte codos; el mismo precioso — i65 — metal se empicó—conforme lo refiere menuda- mente el libro II de los Paralipómenos—en los vasos del templo, en los candelabros, lámpa- ras, copas, incensarios y en fin en las puertas exteriores de! sagrado edificio cubiertas asi- mismo de planchas de oro. Para labrar todos estos objetos no tuvo Israel artífices bastante hábiles y por ello Salomón hizo venir de Tiro, según se halla también en las Sagradas Escri- turas, á Hiram, hombre de superior talento y que así labraba el oro y la plata como cince- laba el bronce, esculpía el mármol, forjaba el hierro, tallaba la madera y entendía en el arte de teñir de todos colores las estofas más raras y delicadas. Tantos tesoros fueron objeto de )a codicia de todo el mundo y cuando sobre la ciudad deicida cayó la terrible sentencia, de que fueron ejecutores los soldados del Emperador Tito, estos llevaron á Roma, como opimos des- pojos de la guerra y trofeos de la victoria, la mesa de proposición y el famoso candelabro de los siete brazos, de cuyos objetos tenemos hoy el recuerdo y el dibujo merced á los bajo relieves existentes en el arco de triunfo que se mantiene en pié en la augusta capital del Orbe católico (Figura 44). Tambienflos egipcios trabajaron con no es- caso primor la plata y el oro. Dígalo sino la barca de la reina Aah-hotep, mujer del últi- - 1fifi - mo rey de la décima sexta dinastía, barca cons- truida en oro macizo, con los remeros de plata, todo muy bien cincelado, según el estilo pecu- liar al arte egipcio, así como los cinco hermosos vasos en plata, encontrados en Tell-el-Tmai, con decoración de hojas de loto, que se conservan actualmente en el Museo del Cairo y cuya fe- cha ha de remontarse á las más antiguas di- nastías. Desde remotos tiempos contarían los griegos con orífices dotados de grandejiabilidad á juzgar por la descripcion^que hace Hornero del escu- do de Aquiles, en el canto xvm de la ¡liada* y por la que Hesiodo nos ha dejado de la arma- dura de Hércules. Sea cual fuere la parte que se conceda en estas descripciones á la imagi- nación de los poetas, siempre quedará en ellas un fondo real que indica el desarrollo de la me- talisteria en ¡a edad heroica de la Grecia. En la suntuosidad del Asia y del Egipto hallaron los antiguos poetas helénicos una fuente de inspi- ración, y de ambas regiones tomaron sin duda los primitivos habitantes de Grecia el uso de objetos de plata y oro y de riquísimas estofas. Confirma este aserto la Odisea, en donde se re- fiere que Helena recibió de la reina de Tebas un huso de oro y una canastilla de plata de la- bor magnífica. Muchísimos fueron los artífices famosos que trabajaron con admirable destreza la plata y el oro, y entre ellos sobresalen Ros- cus, Telecles hijo suyo y Teodoro su nieto, que llenó con su nombre el continente de Grecia, las islas y el Asia menor y que cinceló la vid de oro, con los racimos de piedras preciosas, hallada por Ciro en el tesoro de Sardes. Este Teodoro, que vivió 700 años antes de J. G. fue, según parece, e] orífice favorito de Creso, el rey de Lidia, célebre por sus riquezas legendarias y para quien ejecutó diversos vasos de oro y plata destinados al templo de Delfos. Entre las obras de platería que mayor ruido metieron en Grecia deben citarse las estatuas de marfil y oro llamadas crisetefantinas, de Jú- piter y Minerva, debidas al celebérrimo Fidias, autor de los bajos relieves del Partenon. He" aquí la descripción que Emeric-David 'da de la segunda de las mencionadas estatuas, sacándola de los textos más auténticos de los antiguos escritores: «La altura de la estatua era de vein- »te y seis codos (cerca de doce metros). Estaba »dc pié, cubierta con la égida y vestida con •iuna túnica talar que le llegaba a los talo""- única talar que llegaba los talons, »Con la mano izquierda sostenía la lanza y en a »la derecha tenia una Victoria de una altura «próximamente de cuatro codos. Su casco se "hallaba surmontado por una esfinge emblema »de la inteligencia celeste, con dos grifos á los »lados de igual significación que la esfinge, y — 168 — »por sobre la visera ocho caballos de frente lan- zados al galope, imagen al parecer de la rapi- »dez con que obra la mente divina. Los ropa- )>¡es eran de oro, las partes desnudas de marfil, »á excepción de los ojos formados con pie- »dras preciosas. En la cara exterior del cs- »cudo puesto á los pies de la Diosa, se veía "representado el combate de los Atenienses y «de las Amazonas, y en la cara interior el de >>los gigantes y de los dioses, así como en el «calzado de la batalla de los Lapitas y de los nOntauros: En el pedestal se hallaba escul- »pido el nacimiento de Pandora y otros varios «asuntos.» Hazte cargo, Teresa mia,-de la gran- diosa impresión que dejaria en el ánimo una estatua de esta naturaleza, y considera, asi- mismo,'las innúmeras bellezas que debió con- tener cuando tanto la elogiaron y en tan su- bido lugar la pusieron los escritores de la An- tigüedad griega y latina. ; Qué te diré del lujo de Roma en materia de Orfebrería f i Qué de los tesoros llevados ¡i la ciudad reina del mundo por los triunfadores Lucio Escipion, Paulo Emilio y Lúculo f ¿Qué de las vajillas de oro y plata con piedras pre- ciosas con que en la mesa se hac.ia servir los manjares el citado Lúculo, que ha dejado nom- bre impere ;edero por su lujo y por su sensua- lidad ? Pompeyo en los tiempos en que gober- naba la Judea reunió en un fcstin á mil convi- dados, cada uno de los cuales tenia una copa de oro para su servicio. La disipación y la lo- cura se llevaron á tal punto que hasta los uten- silios de cocina fueron de plata. La forma de los vasos hechos en algún metal rico variaba de manera prodigiosa, dándoseles nombres según los caprichos de la moda, como los vasos Clo- diana, los Fumiana, los Gratiana, etc., etc. En todas estas obras, así en las que se fabricaron en el período republicano como en las que- se hi- cieron durante la época imperial, se nota siem- pre, en medio de tradiciones más ó menos al- teradas, el genio de Grecia y la mano de los artífices hijos de aquella tierra. Entre otros ejemplos que podría aducirte en apoyo de esta afirmación, tales como las pequeñas aras de plata del Musco de Ñapóles, la hace verdadera en to- das sus partes el llamado tesoro de fíildesheim, magnífica colección de objetos suntuarios ro- manos de plata, descubiertos hace pocos años en el lugar de dicho nombre en el Hannover. Compónese este tesoro, cuyas piezas capitales ha reproducido la galvanoplastia, de más de setenta objetos consistentes en vasos decora- tivos, vasos para la bebida, vajilla, utensilios de cocina, trípodes, candelabros, .etc., todo ello de un estilo tan puro que los arqueólogos no han titubeado en fijar el siglo i de nuestra era como época de su fabricación. Echa una mirada á ¡a deliciosa palera que te remito (Figura 45) y dime si este vaso embelesador no semeja aca- bada reproducción de una obra de los mejores Fig.45- tiempos del arte griego. En la figura que ocu- pa el centro parece verse á Minerva caracteri- zada por sus ordinarios atributos, mas los ar- queólogos alemanes se han empeñado en decir que es la personificación de la divinidad pro- tectora de la ciudad de Róinulo y Remo, ape- llidada Dea Roma. El lujo qus en los años de la república había ya tomado tanto vuelo, se acrecentó aun más durante los reinados de los emperadores. Lri t| tic acerca de este particular se encuentra en los historiadores y poetas latinos parece co- sa de fábula ó cuento de las Muy una noches. De oro tenia revestidas las paredes la famosa Dontus Áurea de Nerón, cuyos baños eran de plata maciza; Popea la mujer de este empera- dor se hacia llevar en un carro de plata, cuyos caballos tenian puestas herraduras de oro; He- liogábalo, al decir de Plutarco, mandaba servir sus comidas en una mesa de plata con sitiales de lo mismo, cincelados hábilmente y decora- dos con adornos de oro; y por fin las damas de la aristocracia romana dormían en lechos incrustados de oro y plata, y tenían de los pro- pios metales todos los muebles de su uso y chismes de tocador. Buscábase entonces la pla- ta vieja, como se buscan en el dia los objetos antiguos de toda clase, pagándose á precios subidísimos las vajillas de cuya geneología, por decirlo así, se sabia algo con mediana exactitud. Este aprecio ó manía, como quieras llamarle, era causa de embustes y mentiras de bulto por parte de los coleccionistas y mercaderes de an- tiguallas quienes no se apuraban, cuando la ocasión se venia rodada, de hacer remontar el origen de una patera, de un candelabro ó de otro cualquier objeto, á los.tiempos de Néstor, Aquiles y de la reina Dido. En esta carta, amiga mia, he de hablarte - I72 - continuamente de magnificencias de toda clase. Tras del período imperial de Roma, tras de la conmoción que en Europa produjo la irrupción de los bárbaros, levantáronse dos sedes que protegieron con empeño la Orfebrería y á los artífices en este arte. Fue la una la silla impe- rial de Bizancio, y fue la otra la augusta sede de los Romanos Pontífices, del Vicario de Nues- tro Señor Jesucristo en la tierra. Constanti- no hace á las iglesias de Roma presentes de gran valor; el papa Celestino en el siglo v, ofrece á la basílica de San Julio un rico mobi- liario de Orfebrería; su sucesor San Sixto man- da representar en un bajo relieve de oro á Jesucristo y los doce apóstoles; más tarde San Hilario y San Simmaco enriquecen sus iglesias con regalos de plata y oro, cuyo recuerdo nos ha conservado el Líber pontifical¿s. Otro tanto sucedía en Bizancio cuyo templo de Santa So- fía guardaba en los objetos litúrgicos un tesoro de incalculable precio. AI siglo ix ó x deben atribuirse los retablos ejecutados en oro ó pla- ta para algunas insignes catedrales. El más fa- moso es quizás la llamada Palla a" oro de San Marcos de Venecia, al que sigue el Palliotto de San Ambrosio de Milán (Figura 4b), obras am- bas de estilo románico muy pronunciado y de una labor tosca, propia de la época, pero dotada en cambio de una severidad y de una - i73 - energía que no se encuentran en los trabajos de platería llevados á cabo en siglos posteriores. Auna época más adelantada, siglo xiv, pertene- ce un retablo de esta clase que existe en nues- tra patria, en el altar mayor de la catedral de Gerona. Por él se puede formar idea de lo que son la Palla de Venecia y el Palliotto de Mi- lán. El retablo de Gerona es de madera recu- bierta por completo de planchas de plata y di- vidido verticalmente en tres series de nichos y - i y4 — doseletcs. Cadanicho ó cuadro comprende un bajo relieve con asuntos distintos que versan sobre la vida de Nuestro Señor Jesucristo ó de su Santísima Madre, ó representan figuras de Santos, entre los que se halla San Narciso pa- trón de Gerona. Los bajo relieves tienen ade- más toques de esmalte, en cantidad algo regu- lar, lo cual ayuda en gran modo á la suntuo- sidad de este retablo, cuya riqueza habrás adi- vinado por la sola descripción que acabo de hacerte. Seria cuento de nunca acabar si hubiera de detenerme en la descripción ó siquiera enume- ración de las obras más famosas de- Orfebrería que se construyeron durante los siglos de la Kdad Media. Todas las principales catedrales de Europa tienen los llamados Tesoros en los que se guardan joyas de valor incalculable, la- bradas en las épocas románica y gótica, no sien- do las iglesias españolas las que se hallan más desprovistas de estos preciosísimos objetos. Dejándome pues en el tintero las ricas coleccio- nes de algunas catedrales francesas como la de San Dionisio, para la que labró San Eloy cruces, urnas y relicarios de plata y oro, la de la cate- dral de Monza en Italia, cuyas coronas compi- ten por su antigüedad y estilo con las de Guarrazar, la iglesia metropolitana de Colonia en donde pueden estudiarse las vicisitudes porque I7 - \~ pasó la Orfebrería en la Edad Media; pasando, pues, por aíto estos y otros no menos venerados templos, me detendré sólo en indicarte algunos de los objetos litúrgicos de subido valor artís- tico y arqueológico que existen en las sedes ca- pitulares de Oviedo, Sevilla y Barcelona. En el tesoro llamado la Cámara Santa en Oviedo, se hallan las dos cruces de oro llamadas Crit^ de ¡os Angeles y Cru% de la Victoria ó de Pe- la/o, ornamentadas con trabajos de filigrana é incrustación de piedras, ejecutadas respectiva- mente en los años del Señor de 808 y 828. Junto con estas cruces figuran en el mismo templo la espléndida Arca Santa, probablemente obra de artista italiano, y la arqueta de Don Fruela, de oro también con incrustación de piedra ágata y en la que se lee Operatitm est Era nccccxLvni. Guárdase en la catedral de Sevilla como joya de gran precio el interesante tríptico conocido por Tablas Alfonsinas, construido por orden del Rev £)• Alfonso el Sabio para custodiar reliquias de Santos. Son las Tablas de madera recubierta de planchas de plata y están divididas en quince compartimentos minuciosamente adornados, en- tre los cuales hay un gran número de cajitas ta- padas con cristal de roca que encierran reliquias y que llevan inscripciones en oro esmaltado cloisonné ó dígase tabicado. Se tija el siglo xm como fecha de las Tablas Alfonsinas ^ y el se- •— tjb — ñor Rios,discreto investigador contemporáneo, opina ser probable que el autor de esta obra de platería fuese el maestro Jorge citado por Don Alfonso en sus Cantigas. Por fin entre los ver- daderos tesoros del arte religioso español en los siglos medios he de poner el soberbio si- llón de plata del Rey D. Martin, (1410), existen- te en la catedral de Barcelona. Tú conoces bien esta deliciosa obra, lo propio que la custodia que se coloca encima de ella el dia de la procesión ge- neral del Corpus ; tú has visto la severidad y riqueza de su dibujo y la perfecta ejecución de su cincelado y por tú misma has podido juzgar del efecto imponente que, puesta debajo del pa- lio, entre flores y luces y al través de las nu- bes del incienso, produce esta obra magnífica, uno de los más dignos tronos que pueden ofre- cerse en la tierra al Señor Sacramentado. Como el tenerla á la vista aunque sea por simple di- bujo siempre es motivo de complacencia, te incluyo una fotografía de la silla del Rey Don Martin, que se dice sirvió de trono á este mo- narca y fue donada luego por él mismo á l:i Santa Iglesia de Barcelona (Figura 47). Prescindo también de hablarte de los cáli- ces, relicarios y arquetas de las épocas romá- nica y gótica, por no ser su examen asunto di- recto de estas cartas. En rigor tampoco hubie- ra debido serlo lo que hasta ahora te he refe- — '77 - rido acerca de la platería en la Edad Media, pero ;cómn podía pasarlo por alto ocupándome en lnhist d 1 O f bre mención de trabajos que dk on la pauta al ¡irte suntuario para la labra de objetos de uso profano y doméstico? Por esta razón me he de- tenido en apuntarte las breves y concisas no- ticias que van en esta carta, y para no alar- garla con exceso y no convertirla en .fatigosa, omitiré pormenores deque no tenga necesidad absoluta, para fijarme exclusivamente en las épo- cas y tipos capitales. Y hétenos llegados al Re- nacimiento que dio obras de platería magníficas en Francia, en Italia, en España y en todas partes. De Italia bastará con que te recuerde el nombre de Benvenuto Gcllini á cuyo cincel se deben jarrones, (Figura 48) platos y vajillas de una ejecución maravillosa por lo acabada y ar- tística. Objetos suntuarios, religiosos y profa- nos, de excelente dibujo y de gran riqueza se labraron asimismo en Francia y por lo que toca á nuestra patria se hicieron célebres por su maestría los plateros y joyeros del siglo xvi y xvn que tuvieron taller abierto en Toledo. Sevilla, Valladolid, Barcelona y en varias otras ciudades españolas. A su cabeza por la fama que se conquistó como platero y como autor de varios tratados, entre los que se cuenta el De varia conmensuración para la escultura y arquitectura impreso en Sevilla, se halla el ilustre orífice D. Juan de Arphe y Villafañe, natural de León, csatlptor de oro y plata y hombre de singular ingenio en letras y en ar- tes. Juan de Arphe trató de revestir sus cru- ces y custodias de mayor severidad que la que solia encontrarse en las de su tiempo, construi- das por artífices flamencos y franceses. Censu- rando á estos dice, que ha dejado «por vanas y »dc ningún momento las menudencias y resal- »tillos, estípites, mutuos y otras burlerías que «por verse en ios papeles y estampas flamencas »y francesas siguen los inconsiderados y atre- »vidos artífices, y nombrándolas invención «adornan, ó por mejor decir destruyen, sus "obras, sin quedar proporción ni significado.» Habla del estilo que según no ignoras se llamó plateresco de las obras de platería, y escribe: Cita plateros españoles célebres en la c'poi del Renacimiento: La lista de plateros españoles es extensísima y el curioso aficionado puede hallarla en Cean Hermudez y completada en la erudita obra Rechcrchcs sur l'orfrevrerie en lispagne por el liaron Davíllier, de quien te he hecho elogios en distintas ocasiones por la seriedad y ciencia con que ha tratado de las cosas españolas, do- tes que ha puesto de nuevo en evidencia en el volumen antedicho, cuya lectura es por todo extremo interesante. En los autores referidos y en otros que de la materia han escrito, encon- trarías los nombres de Alonso Becerril que hizo la custodia de Cuenca, de Juan Ruiz de Córdoba el primero que en España trabajó la plata al torno, de Diego de Vozmediano el más famoso platero de Sevilla en ibib, de Cristó- bal de Ordas platero de Carlos V -y de Pedro Hernández que lo fue de la reina viuda de Por- tugal, ambos toledanos, y de los maestros de Barcelona Juan Balagué, Perot Ximenis, Rafel Xímenis y Antonio de Valdes, de quienes se ven hermosos dibujos en la obra del Barón Davillier arriba mencionada, Estosdibujos, que forman la parte principal de aquella notable mo- nografía, los sacó el Barón Davillier de los Li- bros de pasantía del Colegio de San Eloy de Barcelona, propiedad hoy dia déla Excma. Di- putación de la Provincia. Nada más entretenido, niimás instructivo para el artífice platero que las páginas de aquellos libros, en los cuales se ven por manera gráfica las mudanzas del gusto desde el siglo xv hasta principios del xix, desde la espada y daga de Antonio de Valdes que no hubieran desdeñado Cellini y el Pollajuolo hasta los aguamaniles rococó y los aderezos estram- bóticos que se fabricaron en el primer tercio de nuestro siglo. Lo mismo que en las catedrales y conventos abundaba la plata labrada en las casas de los grandes y ricos mayorazgos de España durante los siglos xvi, XVII y XVIII. Sobre el particular podría llenar muchas carillas, mas para que te formes concepto de! lujo desplegado en nuestra patria en punto á objetos de platería, voy á traducirte loque escribe Mme. d' Aunoy en su Vo/ageen Espa^tie, publicado en Lyon en 1*14.3. «No se usa aquí dice la vajilla de estaño y única- »mente se emplean las de plata ó loza. Ha poco «tiempo, según se me ha dicho, murió el Du- »que de Alburquerque y para inventariar sus "vajillas de oro y plata se necesitaron seis se- umanas. Habia en su casa 1400 docenas de «platos, 5oo fuentes grandes y 700 más peque- »ñas, con las demás piezas en proporción, y 40 "escaleras de plata para encaramarse á lo alto »de su alacena dispuesta en gradería como rc- »tablo colocado en espaciosa sala.» En los inventarios de !os siglos á que me he referido se encuentran anotados en gran nú- mero los objetos de plata y oro, de todas las formas y para todos los usos, que existían en - i84 - vanagloria para los señores de ellas adelantar en cantidad de plata labrada á las demás familias de igual ó superior rango. El lujo en este punto no se limitaba á las vajillas, aguamaniles y jar- rones sino que se extendía también al mobilia- rio, en el cual se veian con frecuencia planchas de plata con escudos heráldicos ó temas sim- plemente decorativos. En el inventario que se sacó en 1574 de los bienes de la Princesa Doña Juana hermana de Felipe II, se pone una ba- laustrada de plata, de peso ciento veinte y una libras, para ser colocada al rededor de la cama. Y á la manera de los antiguos romanos eran también de plata la mayor parte de los utensi - lios de cocina en los palacios de la Familia Real ó de los grandes de España más opulen- tos. los objetos de plata, como en la cerámica y en todas las artes suntuarias, se fueron marcando las mudanzas del gusto al través de los siglos. Desde las custodias bien ordenadas y prolija- mente cinceladas de estilo plateresco y neo-clá- sico á las custodias churriguerescas y exageradas en grado superlativo, se recorrió una extensa es- cala, que se advierte de igual modo en las vajillas y objetos de uso doméstico. Por causa del valor intrínseco de la materia muchos de estos ejem- piares fueron fumüdos en épocas de penuria ó para satisfacer los caprichos de la moda, de lo cual ha resultado la relativa escasez que de ellos se nota actualmente. Cuesta un ojo de la cara la adquisición de uno de estos objeto.*, máxime si pertenece á las épocas de buen gusto de la Or- febrería. Dicho se está, por lo tanto, que no tiene ninguno entre sus baratijas tu servidor y amigo—que se despide de tí hasta la próxima carta que dedicará á la Joyería—y tus pies besa. - V. CARTA NOVENA. Queridísima amiga: Dice nuestro inmortal Cervantes que las mujeres han sido siempre aficionadas á esto de traerse bien y andar ga- lanas, de lo cual se sigue, digo yo, la natural inclinación que sienten por las joyas. Y como no, amiga Teresa, si conforme dijo otro poeta: l.o lindo, lo bello atraca lo que tiene iguak cualidades y por lo tanto lógico es que la mu - t8 7 - ¡cr se vaya tras de los brazaletes y pendientes, flores y plumas, como estos objetos se irían tras de la hermosa mitad del género humano si estuviesen dotados de vida y de inteli- gencia. Kl oro es el elemento capital de la joyería. En todos tiempos se ha labrado como materia preciosa, con mayor ó menor gusto artístico según fuere el dominante, y con frecuencia por manos humildísimas dotadas de ingénita habi- lidad para obrar con aquel metal toda suerte de prodigios. De humilde condición serian los joyeros que labraron las admirables joyas etrus- cas de las colecciones Campana y Casteüani y del Museo de Ñapóles, de que luego te hablaré, y poco empingorotados fueron asimismo los artífices de este arte que en Florencia, Toledo y Barcelona, ejecutaron en los siglos del Rc- nacimieento joyeles de singular elegancia y de artístico dibujo. Sólo padecen excepción en la materia algunos artistas toscanos de esta últi- ma citada época, como el Ghiberti, autor, con- forme no habrás olvidado, de las puertas del Batisterio de Florencia, Benvenuto Cellíni y otros coetáneos suyos, quienes ya manejaban el cincel para esculpir una estatua ó e! palillo pa- ra modelarla, ya con el martillo y la lima eje- cutaban vasos finamente cincelados y pendien- tes de labor no menos delicada. En algunas — i88 — pueblos los joyeros eran y son una especie de artesanos ambulantes. Léese en la Odisea de Ho- rnero que cuando Telémaco llegó á Pylos, qui- so Néstor ofrecer un sacrificio á Minerva para lo cual ordenó á uno de sus hijos que fuese al campo en busca de una becerra, y á otro que acudiese en busca de Laerceo para que dorara los cuernos de la bestia. «Y el artífice vino, trayendo los útiles de bronce, instrumentos de su arte, el yunque, el martillo y las tenazas fa- bricados cuidadosamente y con los cuales la- braba el oro.» El anciano Néstor entregó á Laerceo el oro que podía necesitar y el artífice lo trabajó y aplicó en los cuernos de la becer- ra, á fin de que el sacrificio fuese aceptado por la Diosa. Ya vés lo que pasaba en Grecia según el testimonio de Hornero. Pues bien, en la In- dia se siguen hoy todavía idénticas costumbres. Pobres joyeros que van de aldea en aldea y de casa en casa, levantan una mísera tienda en el punto donde mejor les parece y allí acude quien quiere utilizar sus servicios. Se les entre- ga un lingote de oro que se pesa cuidadosa- mente y ellos arman en seguida el yunque, tienden un mal tapiz en el suelo sobre el que se acurrucan y empiezan su obra, trabajando un número de dias mayor ó menor según lo que se les lia encargado. Una vez concluido devuelven el mismísimo peso en oro, convertido - i89- en brazaletes, aros y cadenillas tan ligeras que podrían servir á la reina Mab para enganchar las mariposas á su fantástico carro. Todos los pueblos de la Antigüedad se mos- traron aficionados á las joyas en igual ó mayor grado que los pueblos modernos. Reyes, mag- nates y sacerdotes se engalanaban entonces con diademas, brazaletes, cadenas, etc., de oro y piedras preciosas, compitiendo con las mujeres en lujoso atavío y acaso adelantándose á ellas. La cantidad de objetos de esta clase que po- seían los monarcas parece fabulosa. Senaquerib rey de Asiría legó en testamento á su hijo Esar- Haddon, llamado después Assur-ebil-mucin-pal, cadenas de oro, marfiles, una copa de oro, co- ronas y cadenas además de lo mismo, «todas las ricas cosas de que hay montones», cristal y otras preciosas piedras, etc. En los bajos relie- ves de Korsabad y Kouyunjík, de que tienes noticia por lo que te dije en la primera serie de estas cartas, se ven perfectamente los bra- zaletes del rey Assurnasirpal y de otros sobera- nos y potentados. En Egipto el uso de las joyas y de las obras de Orfebrería estuvo, asimismo, muy extendido y á juzgar por alguna de las que se han encontrado en las momias de aquel país, sus naturales llevaron este arte á un grado de perfección extraordinario. Abundan los cscarabeos, emblema de la eterna regenera- — 190 — cion de las fuerzas universales, construidos en oro, cincelados con pulcritud y cubiertos á ve- ces con esmalte. Las joyas de la reina Aa-Ho- tep se han hecho célebres y entre los magnífi- cos ejemplares de la joyería egipcia que se conservan todavía es digno de particular men- ción el hermoso brazalete dei Museo de Munich decorado con esmaltes cloisonnes ó pastas colo- ridas y en el cual se vé una figura de divinidad que extiende elegantemente sus cuatro alas co- mo si fuese un pájaro ó insecto divino (Figu- ra 49). En el Cuento del jardín de las pires narración egipcia del tiempo de la xix dinastía, el mensajero de amor le dice al amante: «Dale á tu amada un collar de lápiz-lázuli ó de lirios y tulipanes,» á lo cual el traductor inglés pone — igi — el .siguiente; comentario: «Probablemente un coliar de flores de loto en oro, incrustado de piedras preciosas ó esmaltado en cloisonné.» A joyas también haría referencia, aun cuando ;i la letra sólo habla de flores la siguiente carta egipcia de Pambese : «Las doncellas de Aa-nechtu visten galana- mente todos los días; «Oleo suave en sus cabezas con nuevos rizos: «Se están á !a puerta de sus casas, »Sus manos adornadas con ramilletes «Con ramilletes de Pa-Hathor, «Y guirnaldas del lago Palmira, «El día de la llegada de Ra-user-ma-sotep- eura.» Que este larguísimo nombre se daba a! Fa- raón Riimsés II. De carácter idéntico al del co- llar de flores de loto de que habla el Cuento del jardín de las flores, tiene el Museo Británico gargantillas egipcias de oro y piedras de, cor- nalina y lápiz-lázuü en que se ven pequeños la- gartos en una y pimpollos de granada en otra. En Grecia y en Roma la joyería debió alcan- zar un grado de perfección asombroso. Con- servanse los nombres de muchos artífices griegos y latinos que labraron á maravilla el oro y la plata y se sabe que Lisipo, como des- pués el (ihibcrti y Cellini en Italia, cinceló el metal antes de esculpir estatuas y que Alejan- - ig* - dro, hijo tercero de Perseo, rey de Maccdonia, • no desdeñó ocuparse en trabajos de orfebrería. Pueblo tan artista como el griego debió gustar también mucho de las ¡oyas, que juiciosamente empleadas son uno de los 'más graciosos ador- nos mujeriles. A cuanto se sabia hasta ahora acerca del particular han aportado nuevosc in- teresantísimos datos los descubrimientos he- chos en Micenas por el sabio arqueólogo ale- mán. Dr. Schliemann. Con instinto certero de anticuario, con afán paciente y empleando en ello sumas cuantiosas, el Dr. Schliemann que habia comenzado de aprendiz droguero y que ha llegado á ser un sabio de tomo y ¡orno, hizo extensas excavaciones en el territorio de Mice- nas, teniendo la fortuna de encontrar impor- tantes restos arqueológicos, pertenecientes mu- chos de ellos á la época homérica. Cree el ilustre Doctor alemán, de quien te estoy ha- blando, que ha encontrado las joyas de Helena, de aquella famosísima mujer, causa de la guer- ra de Troya, tan bellamente cantada por Ho- rnero en su Iliada (Figura 5o). Tienen las jo- yas en cuestión, en especia! una suerte de dia- dema semibonete, cierta semejanza con los ador- nos de oro y plata que emplean hoy todavía las mujeres de la Servia, de la Georgia y de algu- nas otras comarcas orientales. Figúrate, amiga mia, una faja de mallas de oro cuadradas, con - i93- grabados en cada una hechos por simple pre- sión á martillo, de cuya faja, que taparía la parte superior de la cabeza de la bella Helena, pendían otros pedazos ó láminas de oro de igual forma y de ornamentación parecida, cayendo — "94 — por la frente y por ambos lados de la cara, de una manera muy semejante también á los to- cados ó adornos de las mujeres de Egipto y del Asia menor en nuestros dias. A ser ciertas las conclusiones de Schliemann—en lo que no me entrometo porque no tengo datos y me falta autoridad para fallar sobre sus descubrimientos —hermosísima debió de estar Helena tocada por tal modo, no siendo de admirar que por ella armaran tanta bulla los héroes de la Iliada. Otros objetos se han hallado además en Mice•• ñas aparte del que te he descrito, como son fíbulas ó alfileres de oro, medallones, etc., la - brado todo con sentimiento artístico, aunque no con la perfección á que llegaron los joyeros etruscos. De ellos voy á hablarte ahora. ¿Qué diera yo por trasladarme contigo al Museo de Ñapóles, al Louvre de París ó á la casa del joyero Cas- tellani en la plaza de la Fontana de Trevi en Roma? Poco tendría que escribir entonces, ya que juzgarías por vista de ojos del primor in- comparable de las joyas etruscas, de su labrado sutil hasta un punto que semeja fabuloso, déla simplicidad y elegancia de sus dibujos, de la riqueza de cada uno sin boato, sin estrépito, aparentando menos de la realidad como los se- ñores de antiguas y opulentas casas nobiliarias. En las colecciones Campana y Castellani, lo - tt)5 - propio que en el Museo de Ñapóles encontrarías toda suerte de joyeles, de oro todos, con tra- bajos de filigrana y perlas ó corales en pequeña cantidad para dar valor á la obra primorosa del artífice (Figuras 51 y 52). En la mayor parte de estas lindísimas joyas no hay piedra preciosa alguna; con el oro solo, labrado con singular delicadeza ha conseguido el joyero hacer una admirable obra de arte. Allí verias pendientes con jarritos ó aves esculpidas magistralmente. fíbulas por igual estilo, sortijas de caprichosa invención y siempre de muy buen gusto, dia- demas formadas con centenares de florccillas ligeramente esmaltadas, brazaletes enriqueci- dos con dibujos afiligranados de una ejecu- ción que deja atónito al más hábil artífice del siglo xix y por fin, todas las joyas que dan Q idea del lujo femenil de la Roma antigua y del arte exquisito que en aquellos pequeños y fú- tiles objetos desplegaron los joyeros griegos y latinos de aquella época. Como tú Teresa no ignoras, las joyas etruscas han sido imitadas modernamente con felicísimo éxito, debiéndose esta restauración al citado joyero de Roma Castellani, quien á su pericia en este arte reúne conocimientos arqueológicos que le hacen dig- no de figurar al lado de los más ilustres anti- cuarios de nuestros tiempos. Guando Caste- llani vio los joyeles encontrados en diversos puntos de Italia, como Ccrvetri, Vulcú, Chiu • si y Toscanella, llevado de su instinto artístico, se propuso restaurar en su patria el arte de fabricar aquellas lindísimas obrilias, haciendo renacer en sus naturales una destreza igual ó parecida á la que tuvieron sus antepasados, «La rebusca—dice Augusto Castellani—de los "procedimientos empleados por los antiguos »fuc el objetivo de nuestros esfuerzos. Vimos »que todas las joyas antiguas, con excepción »de las destinadas á las ceremonias fúnebres, uhabian sido labradas por medio de piezas juxta- »puestas ó por superposición de partes, en vez »de acusar sus resaltos por medio del cincel y »del buril. Por este motivo las joyas antiguas «presentan un sello peculiar, que procede del «concepto expontáneo y de la inspiración del - '97 - "artista y no de la ejecución fria y regular del »obrero. Las mismas imperfecciones y los ol- ^vidos' voluntarios de algunas partes contribu- »yen á dar á las obras de la joyería antigua la «fisonomía artística, que en vano se busca en »la mayor parte de los trabajos modernos, los «cuales reproducidos con una uniformidad fa- tigosa por medio del punzón y del molde, ad- «quieren una apariencia vulgar que quita á "nuestro arte el carácter íntimo, cuyo embeleso «se nota constantemente en la joyería antigua.» Ahora bien; Castellani imbuido en estos prin- cipios formó artífices diestros en copiar las jo- yas llamadas etruscas, aplicando é ¡a filigrama los procedimientos que encontró en uso en San Angelo in Vado, como se conservan todavía en Córdoba y en otros puntos de nuestra Andalu- cía para labrar las cadenas afiligranadas, la- bor sin duda de procedencia arábiga. De la belleza de estas imitaciones has podido juzgar tú misma por vista de ojos y pruebas de buen frusto han dado las damas aristocráticas de Europa al restaurar en sus tocados los joyeles de oro etruscos, apropiado adorno para hacer valer las líneas de un rostro hermoso y para aumentar la nobleza de su traje de terciopelo ó de raso adamascado. Con todo y á pesar de la habilidad de los artífices modernos, existe una distancia enorme entre las joyas etruscas de ahora y las antiguas, cuya pulcritud y delica- deza de ejecución no han podido igualar los más diestros joyeros contemporáneos. Al trasladarse á Constantinopla la silla del Imperio la influencia oriental se dejó sentir inmediatamente, notándose en los edificios lo propio que en los objetos suntuarios. Todo cuanto ha llegado hasta nosotros de la época bizantina presenta este carácter que como es de suponer alcanzó también á la joyería y pla- tería. Planchas de oro toscamente trabajadas, unidas entre sí por los medios más primitivos é infantiles que puedas imaginar, enriquecidas á veces con antemas decorativos ó con imáge- nes obtenidas por medio del cuño ó del punzón y en ciertas ocasiones con piedras preciosas ó con piedras de imitación, constituían los ele- mentos fundamentales y casi únicos de las co- ronas ó diademas, brazales y brazaletes, pen- dientes, broches y cinturones, principales joyas en uso desde los siglos iv y v á los últimos años de la Edad Media. El lujo que desplega- ron los Emperadores de Oriente excede á toda ponderación y bien puede afirmarse que la lec- tura de las descripciones en que vienen conti- nuadas las maravillas de orfebrería existentes en el templo de Sta. Sofía y en otras iglesias de entonces, trae á la memoria los relatos fa- bulosos de los Libros de Caballería ó las estu- — '99 — pendas invenciones de los poetas orientales. Del estilo que tienen las joyas de aquella épo- ca te darán idea las llamadas coronas góticas de Guarrazar, parte de las cuales se conservan en Madrid y el resto en el Museo de las Ter- mas y del Hotel Cluny de París (Fig. 53 y 5 4 En otros museos y en algunos templos halla- ríamos también ejemplares románicos ó bizan- tinos dignos de presentarse como tipo, verbi- gracia los que se custodian en el rico tesoro de la Catedral de Monza en Italia, pero como las coronas góticas á que me he referido fueron encontradas en nuestra casa y es fácil exami- narlas en el Museo Arqueológico de Madrid, á ellas me atengo y de ellas voy á darte algunas someras indicaciones que con el dibujo servi- rán muy bien para nuestro objeto. Las coronas de que te hablo fueron halladas en 1858 en la aldea de Guarrazar cerca de To- ledo, en el lugar mismo en donde existió un santuario cristiano durante el periodo visigodo. Constituye sin disputa este tesoro la más im- portante colección de joyas visigóticas existente en el mundo, siendo lástima que por malos de nuestros pecados parte muy principal y quizás la más bella corona votiva, ó sea la del Rey Re- cesvinto, fuese á parar al Museo de Cluny. En- contráronse en Guarrazar nada menos que once coronas votivas, algunas de ellas según te he indicado de extraordinaria magnificencia, dos báculos con inscripciones y un número no pe- queño de fragmentos de todas clases, de oro con piedras preciosas. La barbarie hizo tam- bién de las suyas con este hallazgo, puesto que los trabajadores que dieron con los primeros objetos los vendieron á vil precio á joyeros to- ledanos, quienes los arrojaron al crisol destru- yendo así restos de grandísimo interés artístico y arqueológico. Afortunadamente tenemos en Madrid la corona de Suintila, de oro con pie- dras preciosas, como la de Recesvinto que hay en Cluny, otra corona similar de Teodosio Abad, la cruz de Lucrecio y distintos fragmen- tos de coronas y cruces. La corona de Reces- vinto y la cruz de Sonnica son los dos ejem- plares de mayor valor y mérito que existen en Paris procedentes del tesoro de Guarrazar. Constan las coronas votivas, de la corona pro- piamente tal en oro con piedras engarzadas, sostenida por unas cadenas formadas por plan- chas de oro ligeramente grabadas. De su parte inferior cuelgan otros pinjantes, en cada uno de los cuales va una letra que juntas forman "la dedicatoria. Así en la de Recesvinto se lee ) < RKCKSVINTHVS REX OFFERET y en la $ de Suintfla. SVINTHILANVS REX OFFK- KKT. Del centro de ambas pende una cadenita por iodo lo largo que lleva al extremo una cruz — 202 — masó menos historiada. En estas joyas la sen- cillez se alia con la magestad y su aspecto ré- glo sorprende y cautiva á quien por vez pri' mera las contempla, si está dotado siquiera de una chispa de sentimiento artístico. Sobre su destino y su procedencia se ha hablado y se ha discutido mucho, siendo variados y hasta opues- tos los pareceres emitidos. Según el mío que te doy, valga por lo que valiere, las coronas de Guarrazar fueron usadas por los Reyes visigo- dos sin los aditamentos superiores é inferiores que estos les mandaron poner al ofrecerlas como coronas votivas. Lo propio que el erudito y discreto Sr. Riaño opino también que serian labradas en España, pero que el estilo del di- bujo, la clase del trabajo y los procedimientos en el empleados procederían sin duda, en ma- yor ó menor grado, del Oriente, como de estas comarcas recibieron la norma y pauta, confor- me recordarás que te ¡o he escrito anteriormente, los joyeros de Italia, de Francia y de Alemania un los primeros siglos de la Edad Media. Y ya que de coronas estamos hablando, no quiero po'ner punto final á estos párrafos sobre la jo- yería en los siglos medios, sin añadirte algunas breves palabras sobre otro interesantísimo mo- mento, obra suya, que se conserva en el Tesoro imperial de Viena. Me refiero á la corona de Carlomagno, joya severa y riquísima digna de la grandeza del Emperador á quien la poesía típica ha inmortalizado como tipo augusto de reyes y de caballeros (Fig. 55). Carlomagno, che de oro; en la cabeza llevaba una diadema incrustada de esmeraldas, záfiros, piedra ágata y perlas, y en la mano, á modo de cetro, un bastón que remataba en una manzana de oro hermosamente cincelada. Otra etapa de la joyería nos ofrece el Rena- cimiento que puso en los productos de la or- febrería su sello artístico que no se confunde con el de ninguna otra época. Ghiberti, Potlai- nolo, Cellini y otros muchos famosos artistas del i5oo empezaron su carrera labrando pri- morosos joyeles y cincelando vasos de plata, y cuando hubieron llegado ya á la cumbre de la gloria tuviéronse por muy honrados ocupán- dose en la ejecución de aquellos preciosos obje- tos, que fueron ornamento de las damas de Flo- rencia y de Roma y que hoy se custodian en los museos como selectas obras de arte. Échate á fantasear cuanto pueda concebir una imagina- ción de artista y otro tanto verás realizado por los joyeros florentinos y por los que siguie- ron sus huellas con singular acierto en Fran- cia y en España. A Benvenuto Cellini se atri- buyen muchos de estos soberbios ejemplares, siendo así que acaso no pocos sean obra de ar- tífices modestos y poco menos que ignorados, si no del todo desconocidos. En las joyas que labraron los artífices del Renacimiento en los últimos años del si^lo xv, en iodo el siglo xvi y en la primera mitad del xvu, se combinan con igual habilidad el talento del joyero que sabe manejar felizmente las piedras y los me- tales con la pericia del escultor que cincela, con amor verdadero, mascarones, genios, follajes,, conchas, arabescos, entrelazos y los innúmeros temas decorativos que el arte del Renacimiento empleó para enriquecer los edificios y los pro- ductos de las artes suntuarias. En estos joyeles, tales como medallones, pendientes, colgan- tes, etc., etc., aparte del discreto uso de las piedras de variados colores y del oro cincelado, es motivo de mayor elegancia y de vivo embe- leso el esmalte de que algunas de sus partes aparecen cubiertas, esmalte puesto con un buen gusto de que es imposible formar idea cabal sin la vista de los originales y con una perfec- ción que no han superado los artífices moder- nos, apesar de los medios químicos y mecánicos de que disponen, merced á los modernos ade- lantos industriales. He afirmado poco ha que los joyeros españoles rivalizaron con Jos ita- lianos en gusto y destreza, y ahora viene á cuento que recuerdes cuanto te he dicho en la carta sobre la Platería respecto de los pla- teros de Toledo, Sevilla, Barcelona y otas ciu- dades de España, tomándolo de diversos au- tores, y entre ellos de la obra del Barón Da- villier Rechcrches sur I' orjcvreric en Espagney — 20f) — quien á su vez tomo gran caudal de datos y noticias, conforme no habrás olvidado, de los Libros de pasantía del Colegio de plateros de San Eloy en Barcelona. En las curiosas paginas de estos libros, al lado de los dibujos del ramo de platería, se encuentran también proyectos de joyas que revelan el gusto artístico de sus au- tores, como por ejemplo un lindísimo joyel de Mateo Mas (Fig. 56") un soberbio colgante ó medallón de Puig (Fig. 57) firmado en i56i y otras obras de igual clase originales de Pedro Masfcrrer y Narciso Avassa (157.S), á quienes puede aplicarse con justicia el elogio que de: su abuelo hacia Juan de Arphe y Villafañc; Durante el reinado de Luis XIII la joyería rompe abiertamente con las tradiciones y prác- ticas del Renacimiento y á los amorcillos cin- celados, á las quimeras esmaltadas, á los pri- mores de ejecución de CcMini y del francés Esteban Delaulne ( I 5 I 8 ) sustituye los diaman- tes y las perlas engarzadas, formando mu- chas veces un tope ó campo lleno por entero de piedras preciosas. Este sistema presenta también sus ventajas y sus bellezas peculiares. Con él desaparece el escultor en la joyería, pero en cambio desempeña brillante papel en sus obras la fantasía del artífice que sabe com- binar por afortunada manera los diamantes. las perlas, las esmeraldas, de modo que seduz- can con sus brillantes fuegos y con los cambian- tes de sus aguas y sean elocuente señal de la opulencia y boato de las damas y galanes que las llevan en su persona y en su traje. Tú sabe;-, perfectamente como se va el dinero en la com- pra de joyas de esta clase, por donde ahora como en los tiempos de Luis XIII, como en la época de los joyeros florentinos, es asunto de exclamar con nuestro ingenioso Quevedo: Vayas, Irá. áfiHkra». Kn todas las naciones de Europa se fabrica- ron joyas por el estilo indicado, que son modelo de invención y de riqueza. El barroquismo se dejó sentir también en la joyería, de lo cual nacieron losobjetos mazacotesque se ejecutaron en el siglo XVIII, conforme podrías ver en los dibujos de esta época que se encuentran en las páginas de los Libros de pasantía del Colegio de Plateros de Barcelona, si bien es justo ad- vertir que el arte, asunto de esta carta, por su índole especial no experimentó en tanto grado como la platería la influencia del gusto chur- rigueresco. En medio de las extravagancias y delirios de los indicados años, las joyas con • servaron por lo general un aire señoril y distin- guido que es motivo de que sean hoy buscadas por las damas elegantes y de aficiones aristo- cráticas. No igualaron, empero, á ías del si- glo xvn, en cuya época los joyeros franceses y — 20(j — españoles ejecutaron obras queguardabai carácter ornamental, según puedes verlo por el dibujo que te incluyo, sacado de un ejemplar e s p a ñ o l existente en el Museo de Soutli-Kensing- ton (Figura 58). La joyería moder- na ha s e g u i d o el procedimiento de las demás artes. Ha to- mado lo bueno don- de quiera que lo ha encontrado imitán- dolo con la mayor fidelidad posible: de ahí los brazaletes y pendientes etruscos, '", los medallones y jo- yeles del Renacimiento italiano, las diademas- y gargantillas de los siglos xvn y xvm, en cuyas especialidades se trabajan ejemplares retemo- nos, capaces de tentar á la mujer menos cas- quivana y menos amiga de galanterías de oro y perlas, según llamaban á las joyas los viejos autores castellanos. Son hoy día asimismo ob- jeto de especial atención por parte de los ar- — 21O — mías y arqueólogos, las joyas que llamare po- pulares, por ser las que viene usando el pueblo desde luengos años en determinadas comarcas, y cuyo uso se pierde de dia en día, gracias á la corriente cosmopolita que lo ¡guala todo y uni- forma. Así dentro de breves años no hallarás ya en ninguna platería española ni las cadenas, relicarios y patenas de Astorga, ni las gar- gantillas de oro y perlas enfiladas de Salaman- ca y las de plata dorada de Santiago, ni las fi- ligranas de Córdoba á que antes he hecho refe- rencia, ni los grandes pendientes ó arracadas de Cataluña, con esmeraldas y zafiros, intere- santes restos de otros tiempos y apropiado or- namento de las gallardas mujeres campesinas. ((Afuera lo viejo; sea todo nuevo»; se dice y se hace por un lado, mientras que por otro se busca y se copia lo antiguo, no por ser antiguo sino por ser bueno, según lo habrás compren- dido por el curso de estas cartas, cuya lectura pide á su patrón San Francisco que no te sen enojosa, tu amigo y tu criado.—F. CARTA DÉCIMA. 9.-La tapicería de rJaytuí Queridísima amiga : Voy á hablarte de ar- mas en esta y la siguiente carta. ¿ De armas, dirás acaso, yo que de mío por el sexo y por los nervios soy de natural pacífico y hasta en el teatro me espanto al disparar de la maldita máquina, aunque sepa que todo vá de menti- rijillas? Sí, Teresa, de armas voy á hablarte por dos razones: primera, porque en tiempos pasados hicieron las armas gran papel y tu- vieron nobilísima representación en el decora- do de las casas, concediéndoseles tales honras que en los palacios y casas señoriales hubo ga- lerías y salas en donde se guardaban las más ricas y de mayor significación para la familia; — 212 — y segunda, porque en nuestra misma edad, prosaica y nada caballeresca, son las armas lu- joso ornamento de gabinetes y salones, en los cuales hacen oficios decorativos como los ta- pices, jarrones, cuadros y estatuas. No holga- rán pues, en tus estudios algunas someras noticias— ya que no revestirán otro carácter las que te dé en estas dos cartas—sobre la for- ma de las armas ofensivas y defensivas en la Antigüedad y en la Edad Media, aspecto que ofrecieron según las épocas y las costumbres, y cambio que en unas y otras introdujo el uso de la pólvora en los siglos posteriores á la cai- da del imperio en Constantinopla. No han de interesarte gran cosa las armas primitivas de piedra, célticas ó prehistóricas, hechas de sílice, de una forma rudísima y cuyo conocimiento de suma utilidad acaso para es- clarecer puntos históricos dudosos, cuadra per- fectamente al historiador y al arqueólogo pero no sirve para maldita de Dios la cosa á quien ha de mirar las armas bajo el punto de vista que acabo de indicarte. No me ocuparé, por lo tanto, en ellas y comenzaré estos mis apuntes por las armas asirías, griegas y romanas en los siglos que comprendí; la llamada historia an- Vénse las armas y armaduras asirías (Figu- ra 5y) reproducidas con fidelidad y minuciosi- dad escrupulosas en los bajos relieves de Nim- rud y Kouyunjik. De ellos te dije algo en las cartas relativas á l habitación en general, ponderando entonce la típica fisonomía de aquellos santes monumentos de la es- cultura en la Asiría. En ellos , pararías que Fig. 59.—Ari»« los guerreros cubren la cabeza con un morrión en forma de casquete, puntiagudo en ocasiones, protegen el cuerpo por medio de una sobre- vesta de planchas de metal á manera de esca- mas y llevan en las piernas unas como rodi- lleras de igual traza y al parecer de idéntica materia. Ofendían al contrario las tropas asi- rías con el arco, la espada, la maza de armas y la lanza corta ó dardo arrojadizo. Los jefes asirios y muy particularmente los monarcas combatían como los griegos de Hornero, mon- tados en carros de guerra, cuya forma se acc:r- ca también mucho á la del carro helénico. Te- nían máquinas de sitio para derribar puertas y murallas, viéndose reproducida una escena de esta clase, con una precisión que permite sacar todos los detalles, en uno de los bajos relieves á que he aludido y que según recor- darás se conservan en el Musco Británico de Londres. Al tratar de los griegos fuerza nos será es- tablecer una distinción entre las armas de los tiempos heroicos y las usadas en los tiempos apellidados históricos. Del primer pejíodo no tenemos monumentos gráficos por donde sacar el dibujo de las armas griegas, pero en cambio Hornero en su Iliada nos proporciona descrip- ciones de una claridad y precisión encantado- ras. Hé ahí un pasaje debido á aquel inspirado poeta, en el cual se encuentran citadas todas las partes del equipo griego. «Así habla, (Aquiles) y blandiendo su larga «jabalina, la arroja volando. El ilustre Héctor «queslo espiaba la evita inclinándose hacia el «suelo: la punta va á clavarse en ¡a arena. Mi »nerva que invisible preside el combate, la «arranca de la tierra y la devuelve á Aquiles. «Héctor á su vez blande la larga jabalina, que «vuela y sin desviarse va á dar en medio del «divino escudo—divino porque el Dios Vulcano — 215 — «lo fabricó—que Ui rechaza. Héctor saca entón- «ces la grande y tajante espada que lleva col- «gando á la cintura, se encoge debajo de su «armamento y se echa sobre Aquiles. Espéra- «le este blandiendo su jabalina, atisba por «donde herir á su rival, apesar del noble ar- «mamento de bronce que cubre por entero su «hermoso cuerpo, repara al fin en la descu- bierta garganta, dirige allí su jabalina y la «punta del arma penetra en el cuello delicado.» Como habrás notado por este pasaje las ar- mas ofensivas son la espada y la jabalina. Ho- rnero da á la espada los epitetos de grande, tajante y larga y esta arma servia indistinta- mente para cortar y pinchar. ¿Cómo la lleva- ban los guerreros? El siguiente pasaje sacado del mismo poema La litada lo espresa clara- mente: «Héctor dijo á Ayax: Cambiemos no- «bles presentes... y ofrece al hijo de Telamón «una espada adornada de clavos de oro con una «rica vaina y un elegante tahalí.» La más im- portante de las armas defensivas es el escudo, en el que los artífices griegos hicieron gala de su ingenio artístico y de su habilidad en el manejo del cincel. Por lo que cuentan los an- tiguos poetas griegos se realizaron verdaderos prodigios en este arte, empleando en los es'cu- ilos y rodelas el bronce antiguo cuyo color tomaba la apariencia del oro. Maravilloso se- ria el escudo de Aquiles cuya descripción mi- nuciosa hace Hornero en el citado poema, des- cripción que ha de tener un fondo de verdad sacado de ias armas de la época, aun cuando la hubiere sublimado y engrandecido la poten- te fantasía de aquel altísimo poeta. En aquel regio trabajo, obra de Vulcano, se veían re- presentadas variadas escenas con innumera- bles figuras y difíciles composiciones, lo cual dá fundamento á suponer que los escultores y cinceladores griegos en los tiempos de Horne- ro tenían talento y destreza para llevar á cabo objetos suntuarios que, á juzgar por la des- cripción del poeta, debieron ser dignos de com- pararse con las obras rrás acabadas de la mis- ma clase que produjo e! Renacimiento italiano. En los tiempos históricos usaron también los griegos el casco, la espada, las cnémides (Figura (lo) que protegían la pierna y la rodilla, el escudo y el thorax ó coraza, cuyo nombre indica su destino que era el de amparar el pe- cho. Tres tipos capitales presentaban los cas- cos á saber: el del casco cuya forma se reducía á una especie de morrión prolongado á fin de resguardar la nuca: el del casco alto y prolon - gado por detrás, con visera, nariz y ojos indi- cados, tal como se vé en las estatuas de Palas: y el tercero, llamado beodo, en el cual resul- tan también defendidos ambos lados de la cura. Entre los soldados que formaban el ejer- cito griego deben citarse los hoplitcs ó fuerzas pesadas, armadas de todas armas y los pellas- '•>, tes, tropas ligeras que usaban la espada y el dardo arrojadizo ó una pica más que media- namente larga. Era común á todos los solda- dos griegos el paj-a^onium, copiado después por los romanos, suerte de daga reducida con frecuencia á las proporciones de un puñal. Ofrecen caudal abundante para el estudio de las armas romanas (Figura Gi) las columnas Trujana y Antonina de Roma. En sus bajos relieves pueden estudiarse con minuciosidad pasmosa los diferentes trajes y armas que en los tiempos del Imperio usaron los guerre- ros romanos. Entrar en pormenores sobre este particular y sobre las diferencias que existían entre el armamento primitivo de aquel beli- coso pueblo y el que usó en épocas de molicie y relajamiento de costumbres seria tarea lar- guísima y por añadidura agena al carácter de estas cartas. Bastará con que te indique que en algunos puntos las armas ofensivas y de- fensivas de Roma se parecían á las de los tiempos históricos de Grecia, y que en otros había entre ellas marcadas diferencias. Los ni- — 22O — manos, sobre todo en la época del Imperio, resguardaban el pecho más que los griegos por medio de corazas en escama, de bronce, plata y oro, según la dignidad y la riqueza del personaje que la llevaba. (Figura Cvi) En los cascos desplegaron también gran magnificen- cia, lo propio que en los pomos de las espa- das y en las vainas, de oro á veces cince- ladas y con incrustaciones de piedras precio- sas. Las dos armas ofensivas predilectas de los romanos fueron la espada y cXpilum. La forma de la espada antes de los Escipiones , apenas es conocida. Después tomó la llamada ibérica ó de los españoles, espada corta que se coloca- ba al lado derecho. Sobre el piltim se ha escri- to mucho, notándose diversidad en los parece- res, pero en último resultado bien puede afir- marse que consistió en una pica corta ó en un dardo prolongado, del que se servian las tro- pas romanas á manera de lanza ó como arma arrojadiza según los casos. Son ejemplares cu- riosos de las armas de aparato romanas los cas- cos de los gladiadores (Figura 63) tales como existen en el tantas veces citado Museo de Ná- poles. Tienen grandes dimensiones, están al- gunos de ellos cincelados con primor, protegi- da la cara en todos por una desmesurada vise- ra enrejada, y con alas en ambos lados que guardan proporción con el resto del casco. Ya — 22T — en los tiempos de Roma gozaban de mucho renombre las espadas españolas, que se fabri- caban en distintos puntos de la Penín- sula y entre ellos Bilbilis, la moderna Calatayud, patria de Marcial, quien elo- giando la bondad de las aguas del rio Jalón para templar el acero, dice: Saloncqui ferrum gelat, ó sea en romance : el Jalón que hiela ó templa el hierro. Dice San Isidoro en sus Etimologías que las armas romanas fueron a d o p t a d a s como regla general en los primeros si- glos de la Edad Me- dia. Introdujíronse, sin embargo, muy en breve, importantes cambios así en la forma de las armas defensivas como en el número y traza de las ofensivas. Uno de los monumentos más antiguos de la Edad Media, más fiel sin duda — 22-1 — alguna y mas apropósito para hacerse cargo del traje y equipo de los hombres de guerra en el siglo XI , es la llamada tapicería de Bayeitx (Figura 64) de que te hable en la serie anterior de cartas y de la cual te envié el trasunto de un interesante fragmento. Representa dicha tapicería la conquista de Inglaterra por Gui- llermo con sus normandos, como consecuencia de la famosa batalla de Hastings , librada en 11166. Los soldados que en ella se ven figuran probablemente soldados' nobles, y visten casi iodos un casco cónico puntiagudo ó pirami- Jal, una camisa de mallas de hierro ó una es- trecha blusa que lleva cosidas planchas de hierro, cuadradas, redondas ó triangulares. Ajustábase al cuerpo, replegándose cada lado en el muslo y formando una especie de calza. Las piernas y pies se hallaban ceñidos con cor- reas ó gruesas cintas de lana. Llevan los guer- reros de la tapicería de Bayeux como arma de- fensiva un escudo ya completamente circular de forma apezonada ó redondo por lo alto y puntiagudo por el extremo inferior, y como armas ofensivas la lanza, la espada, la maza, el hacha y el arco, ninguna de las cuales me- rece descripción especial por ser muy común su forma, teniendo ¡a espada marcada seme- jan/a con la espada romana, lo cual confirma el dicho del ínclito arzobispo de Sevilla sobre la persistencia del empleo de las armas roma- nas durante la primera mitad de la Edad Media. En los siglos MI y XIII la caminí de mallas de la tapicería de Bayeux viene reemplazada por una túnica de mangas cortas que alcanza hasta la rodilla. Consistía á veces esta túnica en un tejido de placas de metal pero más ge- neralmente era una cota de malla, de tejido simple por lo común, doble en ocasiones y tri- ple muy raramente. Un cinturon Ho¡o la ajus- taba al talle formando el conjunto de esta — 224 — prenda la llamada loriga ú hauberl francés, en la cual habia además su capuchón, que se lle- vaba de ordinario caído á la espalda, con el que cubria el guerrero la cabeza durante la batalla y sobre el cual se colocaba el casco, morrión ó bonete de hierro, labrado con suma sencillez. Un tahalí formado de piezas de metal colgaba sobre la loriga y sostenía la espada que iba tomando ya grandes proporciones, según debieron tenerlas la Coleda y la Tirona que hizo célebres el invencible denuedo de nuestro Cid Campeador. Y ya que de este personaje hablo, fíjate, Teresa, en la siguiente descripción que de su vestido y armamento hace el Poema, con la ingenuidad peculiar á los poetas de aquellos remotos siglos. Dice asi: Sobre ellas unos zapitos que h gran huebra \i, :apotó (5|ton. viste Mió el Campead Puño, Muñeca. Veslido largo y re Andaba Mió Cid sobre ?u buen Almófar es nombre de origen arábigo y el objeto á que se refiere, de procedencia oriental según fundadas conjeturas, no es otro que el capuchón de cota de malla en la loriga que se llamó en España de aque! modo tomándolo sin duda de los árabes españoles. Durante los siglos xin y xiv los españoles usaron las mismas armas que las demás na- ciones del occidente de Europa, de donde se origina que la historia de las armas en nuestra patria se confunda con la de otros pueblos de igual época y que ejemplares de esta clase la- brados por artífices de nuestra casa se tomen por extranjeros y vicc-versa. Los árabes, des- pués de haber tomado posesión de España en los comienzos del siglo vin, importaron aquí sus artes y su industria, en especial la que toca á las armas y armaduras que en su mayoría sacaron de modelos persas. Objeto de particu- lar atención deben ser las espadas, yelmos y escudos moriscos, no tanto por sus líneas ge- nerales cuanto por su rica y característica orna- mentación. Dice el Sr. D. Juan Facundo Riu- ño—á quien ha de consultarse siempre tratán- dose de objetos suntuarios españoles—que El Camus autor arábigo afirma que los árabes te- nian la friolera de unos mil nombres para de- signar espadas ó armas parecidas. No existen ejemplares de espadas moriscas anteriores al siglo XV: el más interesante que se conserva de esta época lo constituyen la espada (Figu- ra 6b) daga y montante de Boabdil, el últimn Rey de Granada, que posee en Madrid el señor Marqués de Villaseca, junto con el auténtico traje que vistió aquel infortunado monarca, cuyas armas es de creer que fueron trabajadas en aquella ciudad, último centro de la civiliza- ción arábiga en España. El puño de la espada es de oro macizo, esmaltado de azul, blanco y rojo, y el eje de marfil esculturado con sumo primor y habilidad, formando un conjunto de singular riqueza y elegancia. En ambos lados hay dos octógonos con las siguientes inscrip- ciones en caracteres cúficos «logrando vuestro fin» «salvando su vida.» En otros escuditos se lee: «En el nombre de Dios; el poder le perte- nece; no hay otra divinidad más que El; la fe- licidad de Dios procede solamente.» «Los mi- lagros pertenecen á Dios, porque en verdad el ignorante no conoce á Dios porque su hábito es errar.» «El solo es Dios, Eterno Dios, que Fif{. 65.—Espada de Boal dos manos y en la daga, superior todavía á ]a espada en mérito artístico. Su puño es de hier- ro, ornamentado con marfil lleno de delicados — 228 ~ arabescos grabados : la hoja de acero damas- quinado en oro con leyendas por ambos lados en una de las cuales se halla «Fue hecha por Reduan.» Llevaron los moros yelmos muy parecidos en su aspecto general á los que usaron los cris- tianos. En la Armería Real de Madrid se en- cuentran lindísimos yelmos moriscos, decora- dos con oro afiligranado, con nielados y con motivos geométricos de estilo oriental muy pronunciado y de una labor finísima. Los que en aquella preciosa colección se atribuyen al Rey Boabdil pueden presentarse como exce- lentes tipos. Las adargas ó escudos, de los cuales hay también en la Armería Real una magnífica co- lección, mostraron variedad en los detalles y cierta unidad en el dibujo del todo, puesto que la forma circular, proeminente en el centro formando el pezón ú ombilictis, fue la general- mente adoptada por los moros y también por los cristianos. Aunque estas adargas se usaron de un modo particular en los últimos tiempos de la Edad Media, es de suponer que también las emplearían los guerreros españoles en siglos anteriores, conforme se deduce de las figuras contenidas en la arqueta de marfil de la cate- dral de Pamplona y en manuscritos miniatu- rados de la propia fecha. Existe en el Museo Británico uno de estos manuscritos que fue del Monasterio de Silos, en donde el pacien- zudo miniaturista empleó más de veinte años en pintarlo concluyéndolo en el A. D. itoq, y al copiar algunos fragmentos del mismo el autor ingles mister Shaw dice: «Las figuras «que hay en nuestra lámina representan guer- «reros españoles de fines del siglo xi y ofrecen «especial interés por su marcada semejan/a «con los soldados anglo-normandos de la tapi- cería de Baycux. Es probable que los trajes «militares de este período fueron tomados de «los sarracenos, suposición que corrobora el «hecho de encontrarse inscripciones arábigas «en caracteres cúficos en la ornamentación de «varias prendas de traje que se conservan aun, «pertenecientes á barones alemanes y franceses «de las centurias 10." y i i." Una peculiaridad ((de nuestros guerreros españoles consiste en «el escudo redondo con elegantes adornos en «el disco.» Ya te he dicho que las armas blancas de España tenían fama desde los tiempos más re- motos, La ciudad de Toledo vá á la cabeza de todos los centros que en nuestra patria se han hecho célebres por la habilidad de sus maestros espaderos y cuchilleros, de cuyos nombres v marcas que usaron, se han publicado extensí- simos catálogos. Una hermandad ó gremio de — 23o — armeros existia en Barcelona por los años de 1257 y. noticias curiosas sobre las manufactu- ras de armas de Toledo, Sevilla y Granada puede hallar el diligente investigador en las Ordenaciones ú Ordenanzas de las tres referi- das ciudades. Universal era á fines de la Edad Media y en los primeros siglos del Renaci- miento la fama "de las espadas españolas y en particular de las toledanas. Los que hayan leído á Shakespeare recordarán el bilbo de FalstatV, un florete fabricado en Bilbao; las espadas del perrillo—-así llamadas por la marca que de un modo rudo semeja un perro—fueron " sobre- manera estimadas durante los siglos xv y xvi y con palabras de alabanza habla de ellas Cer- vantes en Rinconete y Cortadillo y en Don Quijote. Fabricólas un moro de Granada, de quien se dijo haber sido espadero del Rey lioabdil, haciéndose después cristiano con nombre de Julián del Rey y apadrinándole el monarca D. Fernando el Católico. El mérito de las hojas toledanas, flexibles como la hoja de una palma, que se doblan y no se quiebran, consiste en el temple del ace- ro. D. Francisco de Santiago Palomares, que escribió sobre las fábricas de armas de Toledo en I7CK> , dá interesantes pormenores acerca del uso de la arena blanca del Tajo y de las aguas de este rio para lograr el finísimo tem- — 23 I — pie de las espadas y dagas de Toledo. Con suma diligencia ha dilucidado también puntos referentes á esta clase de fabricación el erudi- to arqueólogo D. Manuel Rico y Sinobas, á quien tomaré prestados algunos de los apun- tes que pondré á continuación como término de esta carta. Según parece los maestros tole- danos escogían para la operación de templar, la noche cerrada y la oscuridad completa, no porque fuesen misteriosas—como decia y creia el vulgo—sino porque los espaderos necesita- ban aquella oscuridad para distinguir con finu- ra los puntos fijos de calor marcados en el hierro sujeto á la acción directa del fuego, y para conocer bien los colores cerera madura, cerera rojo claro, y rosa antes de la inmersión de la hoja en el agua de templar. Aun cuando los artífices de Toledo no emplearon procedi- miento misterioso alguna en la operación del temple, se aprovecharon sin embargo del mis- terio para sacar partido de él, haciéndole base de su crédito, por lo cual ellos mismos esfor- zaban las hablillas del vulgo. Para medir el tiempo del sumergido, á falta de relojes, can- taban ó rezaban los antiguos cuchilleros ora- ciones, fórmulas y á veces invocaciones extra- vagantes y sin sentido. Cuando el temple exi- gia mayor duración que la de los pater noslet\ are martas, credos, etc., fijados de antemano, — ib-2. — lo ampliaban con jaculatorias como esta, verbi gracia: Sania Maria que le parió, San Juan que le bautizó. El hierro e«li caliente, E! agua muele, Además de las espadas y dagas labraron los maestros armeros de la Edad Media las ma\as de armas que tuvieron variadísimas formas, y las/sicas 'y 'alabardas ó partesanas(Fig. CiCy y 67), cuyo uso continuó hasta los siglos xvn y xvm, sirviendo en esta última centuria como armas meramente de aparato. Hubo partesanas lujo- samente decoradas, que hoy se guardan en los museos y se coloca'n en las panoplias de las casas montadas con lujo. En las langas ó picas se nota una diversidad asombrosa. Hé aquí al- gunas de las que cita el Sr. Rico y Sínobas: Lanza de armas con hierro de hoja de olivo: Lanza con hierro apuñalado: Lanza vaquera con hierro de cuatro esquinas: Lanza con hierro de ojo redondo: Lanza con dos cañones y llave de rastrillo (rarísima en el siglo xvn): Lanza con hierro ó moharra de figura de corazón: Lanza de torear: Lanzado punta de diamante: Lanza bote para torneos: Lanza alabe ó Hamí- gcra, moharra aplanada con los bordes de na- r ;ija: Medias lanzas: Lan/a corta — 235 — Pica-lanza de la infantería antigua: Bordón ó lanzon estriado, con hierro y roquete de tres puntas: Bordonasa, lanza de honor para los torneos: Bohordos, armas de mano para lanzar á tablado: Espontones ó medias picas: Venablos de guerra y caza, etc., etc. Se labraron armas de esta clase en las ciudades que te hé citado anteriormente, en Ripoll y Olot, ,Calig al am- paro de Peñiscola, Aspe en donde se proveían en la Edad Media los árabes de Murcia, Baeza, Jacn, Guadix y Ronda, á cuyos puntos iban á comprar hierros y moharras los árabes cordo- beses, sevillanos y granadinos, Tolosa, Mon- dragon, Soria, Cuenca, San Clemente, Molina de Aragón y Albacete, la cual ha sostenido el renombre que por sus cuchillos y navajas se conquistó ya en el tiempo de los moros. Y deseándote, á la usanza de estos, el cum- plimiento de las esperanzas, suspende por hoy esta materia para continuarla en la próxima carta, tu amigo afectísimo que tus pies besa—K. CARTA UNDÉCIMA. pistola,—Loa fuftilen modernos.—El canon.—Antaño y hogañn, scgün Amiga Teresa: Los siglos xv y xvr fueron p*ira las armas y armaduras un periodo de tran- sición, como lo fueron de cambio y renacimiento para las artes y las letras. Los pesados equipos de la Edad Media, aquellas cotas de malla y cascos que demandaban hombres de fuerza gi- gantea, las armaduras de hierro con que se cu- brian de pies á cabeza caballo y caballero, ali- geráronse sucesivamente para reducirse en el espacio de dos siglos á su menor expresión y quedar muy en breve suprimidas por entero. Las armas y armaduras en la Edad Media eran severas en su traza, simplemente decoradas por lo común, con la sola excepción de las ar- mas moriscas en las cuales brillaba por su gentileza la labor en cincelados, incrustaciones y damasquinados. La excepción de la Edad Medía se convirtió en regla general durante c\ período del Renacimiento. Díganlo sino la Ar- mería Real de Madrid y el Museo de los sobe- ranos de París, en donde las armas de los si- glos xv y xvi decoradas ricamente y con ,-%uperior elegancia y buen gusto artístico son el mejor, más preciado y más embelesador ornamento de ambas colecciones. Tomándolas indistintamente de una y otra podría citarte la lindísima arma- dura de Enrique II, la de Gonzalo de Córdoba, que no le cede en distinción, el escudo de la Medusa que perteneció al Emperador Carlos V, trabajo vigorosamente sentido y cincelado, la ro- dela y casco del cardenal Ximenez de Cisneros decorados con singular gracia, y por fin va- rias armaduras que fueron del Rey D. Felipe el Segundo, y entre estas piezas el peto con la representación de la batalla de San Quintín, obra maestra en el cincelado. La delicada labor de estas armas (Figs. 68,69, 7 o y 70 c ompetia con las vajillas de oro y-plata que los orífices floren- tinos fabricaron en la misma época y se iguala- ba con los objetos sagrados y profanos que por los mismos años ejecutaron los dos Arphc Figa. 68 y 6il""K los cañones fundidos en bronce , modernamente los cañones de acero, gracias á los cuales el fundidor Krupp se ha con- quistado gran renombre en todo el universo mundo. El retroceso de esta arma, que oca- sionaba frecuentes desgracias con el imperfecto montaje de los primitivos cañones, se corrigió de un modo marcadísimo con las cureñas, en las que se han introducido repetidas modifica- ciones y mecanismos, alguno de ellos suma- mente complicado. Ante los terribles efectos que causan volvería á exclamar con razón Mi- gue! de Cervantes Saavedra: «Bien hayan aque- «Ilo5 benditos siglos que carecieron de' la es- «pantable furia de aquestos endemoniados ins- trumentos de la artillería, á cuyo inventor «tengo para mí que en el infierno se le está "dando el premio de su diabólica invención, «con la cual dio causa que un infame y cobar- «de brazo quite la vida á un valeroso caballero, icy que sin saber como ó por donde, en la mitad «del coraje y brio que enciende y anima á los «valientes pechos, llega una desmandada bala, «disparada de quien quizá huyó y se espantó «del resplandor que hizo el fuego al disparar «de la maldita máquina, y corta y acaba en «un instante los pensamientos y vida de quien «la merecía gozar por luengos siglos». Concluiré esta carta y con ella la materia de las armas, añadiendo á lo dicho breves párrafos — 253 — sobre las armas del Oriente. De procedencia oriental fue el sable, por el cual mostraron es- pecial predilección turcos, polacos v húngaros: en Francia se introdujo con los húsares del mariscal de Luxemburgo, tropas vestidas según la manera teatral que estaba de moda en los tiempos de las granaderas, gorras de pelo, man- diles y porras de tambor mayor. Juzga si es verdad lo que te digo por la siguiente descrip- ción que de aquel cuerpo de caballería hace el autor francés M. Quichcrat y que te copio por lo curiosa: «Los primeros húsares—dice—ósea «los del mariscal de Luxemburgo, iban vesti- tídos á la turca. Caíanles los bigotazos sobre el «pecho, llevaban el pelo al rape con la excep- «cion de un copete ó tupé muy levantado, y "Cubrían su cabeza con una gorra de pieles «adornada de una pluma de gallo puntiaguda. »Su único vestido consistía en una túnica ajus- fada y unas calzas anch'as por arriba y estre- «chas por debajo, sobre las que iban puestas «las botas. Esta vestimenta la llevaban sobre «el cuerpo desnudo, puesto que les eran desco- «nocidas la camisa y las medias. Para resguar- «darse del frío y del aire en dias crudos usaban »una piel de tigre que sujetaban al rededor del «cuello colocándosela del lado de donde sopla- aba el viento. Eran malos tiradores, pero se «servían con gran destreza del sable corvo y - 254 - •nenian el arte de los ginctes orientales que «consiste en cortar una cabeza de un sablazo». Los orientales se han distinguido siempre por'el lujo de sus armas, llevándose los persas la palma así en los tiempos antiguos como en los modernos. Tendrás presente, amiga Te- resa, lo que te escribí en la carta anterior sobre las espadas, rodelas y adargas moris- cas, ejemplares admirables por su rico y ar- tístico decorado. Paréceme que te dije enton- ces, y sino te lo digo ahora, que de los persas aprendieron en parte principal los árabes espa fióles el arte de cincelar, grabar y damasquinar las armas, en lo cual fueron muy pronto maes- tros peritísimos. Las leyendas y los poemas persas, el famoso Libro de los Rej-es, por ejem- plo, habla de la asombrosa riqueza de las ar- mas que llevaban sus monarcas y magnates, describiendo las piedras preciosas de que algu- nas estaban incrustadas é indicando la primo- rosa labor de otras muchas. Hoy dia conservan aun los persas iguales aficiones é idéntica habi- lidad, y de ahí que los cascos (Fig. ;5), ro- delas y dagas fabricadas en Persia en pleno siglo decimonono, de hierro con elegantes in- crustaciones de plata ó de oro, adrede oxidadas por los mercaderes de antiguallas, pasan con frecuencia por armas antiguas, pagando por ellas los coleccionistas poco expertos precios triplicados y cuadrupli- cados sobre los que han costado en cualquier bazar del Oriente. Y ya que la ocasión se viene rodada, justo es que celebre con palabras de entusiasmo la pericia que en punto á la in- crustación de la plata y del oro en el hierro poseen los armeros de las Provincias Vascon- gadas y de Toledo, y al frente de todos el señor Zuloaga, artista en su arte como lo fueron los maestros más insignes de pasados tiempos. De las manos de estos ar- tífices salen obras lin- dísimas , ya que no se limitan al decorado de escopetas, espadas y dagas, sino que se ocu- pan también en hacer arquetas de diferentes estilos, relojes, alfilere; rin de dijes y monerías , medallones y un sin para usos archipacífi- — 256 — eos. Lujo idéntico al de los persas han des- plegado y despliegan todavía en las armas ofensivas y defensivas los chinos, japoneses y mongoles. En los trajes militares de la China y del Japón jucgiin importante papel la seda, la madera y el cobre, revestidos estos últimos de un barniz, de laca. De planchas de madera así preparadas constan la esclavina y la túnica, tan estrambóticas la una como la otra, que usan los soldados japoneses, quienes además y - con objeto tal vez de poner cara feroce al ene- migo, llevan una careta de cobre ennegrecido. Laus Dea, exclamo yo hora como nuestros piadosos antepasados. H icabado la tarea que me impuse y cumplido la palabra que te di, lo ejor que hé sabido hacerlo. Algo de provecho .Harás en estas cartas. re\ la :rdad con descuidos y errores. Saca partido de lo primero y olvida lo segundo, que bien lo me- rece la intención que me ha guiado. Quise, amiga mia, enterarte someramente de muchas cosas que hoy suenan de continuo en la con- versación, que se han puesto casi de moda y que por lo tanto no puede ignorar una persona medianamente ilustrada. Llevado de mi entu- siasmo por el. Arte y por los objetos artísticos, me propuse comunicártelo hasta donde me fue- se posible, moviéndote la afición que por indi- — 237 — nación natural sientes ya hacia todas las obras y producciones que revisten aquel carácter. Acaso algunos de las consejos que en las tres series de estas cartas te hé apuntado, te serán útiles para tomar acertadas decisiones en puntos referentes á la elección y disposición de la ca- sa, á su decorado en general y al adorno de salones y camarines por medio de pinturas, esculturas, lozas y porcelanas, y en una pala- bra, con los variados objetos que el lujo y el buen gusto han introducido en las modernas habitaciones. SÍ con mis noticias y con mis advertencias logro que no cometas un dislate adquiriendo una tela chillona y cursi, un jarrón de dibujo estrafalario ó un falso plato hispano - morisco de mala mano por añadidura, me ten- dré por muy bien pagado del trabajo, que por otra parte me ha sabido á gloria, de ordenar cstos apuntes, de ponerlos en prosa llana y de intercalar en ellos anccdotillas y cuentos para que te fuese menos pesada ia lectura. Y aquí hago punto final díciendote como Calderón de la Barca al concluir la comedia Los tres maya- res prodigios: ÍNDICE. CARTA PRIMERA. CARTA SEGUNDA. La cerámica cu Italia.-Do* palabras sobre la Ednd Medin.- Lúcas della Robbia y la* Ierra colla.—¿Qaí is la mayólica 7 ~ Facnza, Urbino. Giibbio, Caffjgioloy otras fábrica! de lulia.— Clasificación difícil de su» producto!.-Presento á los principe*. CARTA CUARTA. n-i<> Je Manías.—El jarrón de la Alliambra.-Los tres periudos .