1120• EXPOSICIÓN HIERROS ANTIGUOS ESPAÑOLES CATÁLOGO S O C I E D A D E S P A Ñ O L A D E A M I G O S D E L A R T E EXPOSICIÓN DE HIERROS ANTIGUOS ESPAÑOLES CATALOGO PEDRO MIGUEL DE ARTÍÑANO Y GALDÁCANO MADRID MCMXIX COMISIÓN ORGANIZADORA Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Excmo. Sr. Conde de Casal. Excmo. Sr. Moreno Carbonero. Sr. D. José María Florit. Sr. D. Pedro M. de Artiñano. pncargado por mis compañeros de Comisión del estudio de los ejemplares u de la redacción del presente Catálogo, no podía desconocer las dificul- tades que supone una exposición como la presente, si ha de responder al fin educativo y cultural con que fue iniciada, procurando reunir en lo posible los elementos que de un modo más característico pueden definir una época en la historia nacional del trabajo del hierro, siendo esta la razón de que se hayan incluido las armas de los tiempos prehistóricos, y lamentando que no figurasen en ella, a pesar de nuestros deseos y gestiones, piezas fundamen- tales, como por ejemplo, el tenebrario de la Catedral de Jaén. Inspirada la Comisión en este criterio y ante la imposibilidad de trans- portar obras fundamentales de nuestra industria patria, ha tomado el acuer- do de publicar un estudio de nuestras rejas, pulpitos, balcones y puertas que no pudieron figurar en nuestra exposición, pero cuyo conocimiento es indis- pensable para llegar a saber algo de lo que fue el arte del hierro entre nos- otros. Debe complementar este trabajo una parte documental, no sólo referente a los ejemplares que se reproduzcan, como pueden ser las cuentas de obras de rejería de catedrales, iglesias o palacios, sino las generales a la industria, como disposiciones en Cortes, ordenanzas gremiales, fueros y otros. Falta decir que si esta labor es debida en gran parte al apoyo desinte- resado de corporaciones y cabildos, como la Junta de Museos de Barcelona, museos provinciales, coleccionistas y aficionados cuyos nombres figuran en este Catálogo, para gloria de nuestra cultura patria, y que cooperaron a esta obra, han existido entidades y personas, que sin el carácter de expositores, contribuyeron generosamente con el caudal de sus conocimientos, con su tra- bajo y con su entusiasmo; es por tanto un grato deber, manifestar mi since- ro agradecimiento al Centro de Estudios Históricos, u muy especialmente en él a D. Manuel Gómez Moreno y a D. Juan Cabré, a la Sociedad Bilbaína y muy concretamente a su bibliotecario D. Alvaro de Gortázar, al director del Museo Diocesano de Vich, D. José Gudiol y a personalidades como don Fernando Molina, D. Carmelo Echegaray, D. Serapio Mágica y a tantos otros cuya relación haría interminables estos renglones. Pedro M. DE ARTÍÑANO INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DEL TRABAJO DEL HIERRO EN ESPAÑA A «SOCIEDAD ESPAÑOLA DE AMIGOS DEL ARTE», al organizar para este año de 1919 una Exposición de «Hierros Españoles antiguos», ha pretendido nada más que dar la sensación de lo mucho y maravilloso que supieron hacer nuestros ar- tífices en este ramo de las artes industriales. Los extraordinarios descubrimientos del Excelen- mo Sr. Marqués de Cerralbo muestran efectivamen- te el dominio que del hierro tuvieron los iberos en tiempos prehistóricos; y las rejas insuperables de Burgos, Toledo, Granada y Sevilla, realizadas en los principios de la Edad moderna, testifican el alto grado a que llegó entonces su manufactura en España, tal como no fue alcanzado jamás en parte alguna. En cambio, y a pesar de los Altos Hornos de Vizcaya, de las instalaciones de la Felguera, Mieres, Nueva Montaña, Vera, Moreda, Málaga, Araya, etc., y hasta las factorías hoy en construcción en Sagun- to, nuestro presente lastimoso demuestra, de un modo evidente, que, en los tres grandes períodos que la historia del hierro abarca, su manufactura y la categoría de su elaboración artística, ha sido constantemente una de las medidas de la cultura y poderío o de la decadencia de nuestra raza. Su elaboración industrial ha influido en la humanidad de un modo tan decisivo, que su aparición constituye el prólogo de la variación de los tiempos, y la técnica correspondiente da los orígenes de las épocas mis- mas, en forma que la aparición del hierro en los días de Hallstatt y la di- fusión de su manufactura en los de la Téne, determinan un grado que puede llamarse de cultura y civilización, y que por ello marca la separación entre tiempos históricos y prehistóricos. (1) Terminaba asimismo el siglo xiv, cuando grandes avances técnicos se realizaron en todo el norte de España (2), y la industria, al vulgarizarse poco después marchando por nuevos derroteros, proporcionó a los artífi- ces materiales adecuados para construir las rejerías monumentales de nues- tros templos, las armas de fuego de sus ejércitos y los usillos que acciona- ban en sus imprentas: empezaba la Edad moderna. Muchos años más tarde, cuando la máquina de vapor funcionaba ya en algunas fábricas y talleres, allá en el primer tercio del siglo xix, al na- cer la siderurgia contemporánea, todo se industrializa (3) y la humanidad se lanza a una desenfrenada carrera de evolución y de progreso caracte- rizando y definiendo la Edad contemporánea. Cada una de estas grandes épocas presenta un aspecto propio y que podría definirse diciendo, para la más antigua, que el hierro tiene en ella un carácter marcadamente utilitario; en la segunda al carácter utilitario (1) El hierro se trabajó al principio en hornos toscamente fabricados, donde coincidían un yacimiento de mineral purísimo y grandes bosques que proporcionasen el adecuado combustible; pero lo que define toda la época, por la li- mitación que impone a sus productos, es que alimentados estos hornos por tiro nttural, o todo lo más por fuelles em- brionarios, el lobo o bola que se obtiene es necesariamente pequeño y mezclado con abundante cantidad de escoria. (2) Los franceses y de ellos la Europa Central, lomaron este avance de los catalanes, y de aquí la preponderan- cia del nombre «forja catalana». Consiste en sustituir ol fuelle a mano o a pie, por instalaciones hidráulicas, por trom- pas, que producían una fuerte y continua corriente de aire, obteniéndose de este modo en el horno «na mayor tempe- ratura; el metal, mucho mes fluido, expulsa la escoria con mayor facilidad; la cantidad que se trata en una operación es incomparablemente más grande, y minerales que hasta entonces se consideraban infusibles son reducidos. (3) Los siderúrgicos entendieron que su potencia podría ser aplicada a máquinas soplantes, que venciendo la re- sistencia de los regeneradores de calor, inyectasen en un horno mucho más alto, una fortísima corriente de aire calien- te, adecuada para dar las más fuertes temperaturas; el funcionamiento del horno pudo hacerse continuo, el metal se ob- tiene carburado y líquido a un precio baratísimo; con ello la construcción de todo género de maquinaria se facilita extraordinariamente, provocándose el maquinismo, y se acometen las grandes construcciones en hierro, los puentes monumentales, los ferrocarriles, la construcción naval, que al cambiar la madera por el hierro hace posible esos tras- se suma el decorativo y es el período de mayor arte, y en la tercera, el conjunto se industrializa impregnándose de un tinte sociológico y vul- garista. Tres épocas distintas, pero siempre con un espíritu común, pues, a medida que transcurre el tiempo, las formas ornamentales podrán cambiar, pero las modalidades anteriores en rea'idad no desaparecen sino que se suman fundiéndose sobre las nuevas. Cuando deja el hierro de ser considerado como metal precioso y su manufactura se vulgariza entre los pueblos, resulta que es, en efecto, ca- racterística de toda aquella época prehistórica, de la romana y hasta de la visigoda, el que la industria del hierro presente ese aspecto principal y casi exclusivamente utilitario. Los pueblos que en tales tiempos supie- ron hacer de bronce los ejemplares artísticos más perfectos y admirables, no labraron en hierro más que armas, o piezas destinadas a uso domésti- co, unas y otras (con curiosas excepciones en algunas espadas prehistóri- cas), con la menor cantidad posible de decoración, y buscando tan sólo en ellas una recta aplicación a las necesidades de la guerra o de la vida. Las dificultades de una técnica rudimentaria y el aspecto del hierro, me- nos agradable y ostentoso que el bronce, surival,explican esta tendencia. Cuando en la segunda época la técnica permite el empleo de masas más considerables, resultando su forja y su trabajo mucho más cómodo, y se logra atenuar o combatir en absoluto, por la pintura, el dorado, el es- tañado, etc., los efectos del óxido, cuando la utilidad del hierro se impo- ne, se extiende su uso y se antepone en aprecio al bronce, se emprenden en hierro ejemplares que, sin prescindir de su carácter utilitario, tienen ya una ornamentación agradable. Los ejemplares trabajados en los últimos tiempos del arte gótico y en los años del Renacimiento que les siguieron inmediatamente después, cuando terminaba de vulgarizarse por toda Eu- ropa la técnica caracterizada por la llamada forja catalana, presentan unas proporciones armónicas y casi puede decirse que en ellos la finali- dad utilitaria del trabajo que se ejecuta es lo menos interesante, y que la decoración, el calado de la plancha o el repujado; y en una palabra todo lo que representa el aspecto artístico que encierra el ejemplar, es lo úni- co interesante; el artista se deleita en dominar con su maestría el tenaz metal, en hacerle expresar ideas y sentimientos y promover efectos que nadie sospechara pudieran brotar de la rudeza e insignificancia de la pri- mera materia, y así va desarrollando y fabricando toda esta labor artísti- ca, con la disculpa de establecer una reja, hacer un candelabro o fabricar una pieza cualquiera, cuya finalidad práctica apenas si interesa. En estos momentos casi no cabe hablar de arte industrial, es arte puro. Ya en la edad contemporánea, cuando la siderurgia dio a la industria del hierro las proporciones de nuestras gigantescas manufacturas actua- les, los trabajos en hierro toman un aspecto distinto, la decoración se in- dustrializa, se democratiza y reaparece el aspecto utilitario, pero disfraza- do, revestido con tipos de ornamentación amanerada, que no tenían los ejemplares siempre únicos, como los trabajados individualmente, durante la segunda época, impregnados del alma y expresión de la habilidad del artista, que los creaba con un objeto determinado no para un mercado. Las grandes construcciones en hierro de la época moderna, como los ejem- plares «artísticos» fabricados por series para su venta al detalle, unos y otros propios de nuestro tiempo, son trabajos donde el aspecto utilitario aparece velado por los más bellos diseños de la época del florecimien- to, pero ejecutados de una manera fría, sin espiritualidad, sin persona- lizarse el artífice, y por eso todas estas piezas transpiran su carácter in- dustrial y democrático, completamente opuesto al espíritu que anima los ejemplares que muchas veces imitan en su aspecto, y a los que siem- pre o casi siempre superan técnicamente. Este carácter popular y demo- crático de las piezas construidas para los bazares, de un arte que indus- trializa el valor decorativo de los ejemplares que moldea, y tan sólo co- tiza las dificultades técnicas para la ejecución de las piezas en serie, es lo que define esta última edad del hierro, que naturalmente coincide con la edad de los «Museos», y que suma, a las condiciones utilitarias y decora- tivas de las dos anteriores, la sociológica, democrática o popular, la mer- cantil de los tiempos contemporáneos. A pesar de sus pretensiones y for- ma artística, no son obras de arte; les falta el ser expresión de un senti- miento; son nada más que la explotación de un mercado. Conocido el hierro, según se desprende de las investigaciones ar- queológicas más dignas de fe, desde tiempos remotísimos, (1) quizás desde los días mismos en que se descubrió el cobre, su empleo no se vulgariza, utilizándose tan sólo en pequeños objetos domésticos o para usos agríco- las; y únicamente mucho más tarde, cuando ya las piezas de bronce ha- bían recorrido los pueblos, empiezan a fabricarse de hierro armas y uten- silios ferreros entrando de un modo definitivo en el ramo de manufac- tura fundamental socialmente considerada. (I) Afirma I.edebur en su «Metalurgia del Hierro», reconocida umversalmente como la obra fundamental de su gé- nero, que ningún hombre ni ningún pueblo puede atribuirse la gloria de haber descubierlo la siderurgia, encontrándo- se vtstigios indiscutibles de esta industria en parajes muy distanciados entre sí y habitados por pueblos que mutua- mente se ignoraban. En oposición a esta teoría, defienden con Dechelette (•) la casi totalidad de los arqueólogos, que parece es en Egipto donde por vez primera son tratados con éxito los minerales ferruginosos, encontrándose trozos de hierro en las juntas inleriores de la manipostería de la gran pirámide de Gizeh, en la del rey Ounas de la V. dinastía, en la de Moham- meria cerca de Esnech, y en los descubrimientos de Petrie cerca de Abydos. Pero el dato más antiguo que se conoce (•) corresponde al descubrimiento de una tumba pre-dinástica hallada en unos excavaciones próximas a El Gizeh por la Escuela Británica de Arqueología de Egipto, conteniendo entre otros objetos, un collar compuesto de cuentas de hierro, de oro, de ágata y de cornalina, habiéndose determinado mediante el análisis correspondiente que se trataba precisamente de hierro obtenido por manufactura. Pero de todos modos, cualquiera que fuese el instante en que apareció el hierro en Egipto, no puede en realidad hablarse de una civilización y una industria siderúrgica (**) hasta fechas poco distantes del siglo xv antes de Jesucris- to; y si el hierro en realidad fue conocido antes, su empleo fue limitadísimo y apenas aparecen vestigios que carecen de importancia relativa ante los copiosos y numerosos descubrimientos de objetos de cobre y bronce, cuyo tratamien- to y empleo es anterior al hierro. Esta posible escalonada sucesión de metalurgias, ha sido comprobada en la casi totalidad de las investigaciones arqueológicas metódicamente realizadas, sin que pueda ser aceptada la teoría inversa sostenida por Ledebur, y otros como Alsberg (*•*) citado como autoridad por el mismo Dechelette, quien, apoyándose en el hecho de que los pue- blos primitivos debieron emplear herramientas de acero para tallar la piedra, trabajar la madera, y cultivar la tierra de que fue su uso anterior al cobre y al bronce (metales que sustituyeron al hierro, hoy desaparecido por oxidación) por su color y brillo y principalmente por su facilidad de trabajo en estado liquido, es decir, por moldeo, procedimien- to que no ha sido aplicado al hierro, como se sabe, hasta época bien reciente. Tienen en realidad alguna fuerza estos argumentos, porque antes del siglo x de los tiempos antiguos, aparecen en efecto muchas de las piezas de uso doméstico, y más principalmente las destinadas al trabajo de la tierra, como de hierro y coetáneas a las armas de cobre y bronce, y así vemos que Aquiles ofrece como premio, en los funerales de Patroclo, una mesa de hierro que pueda proporcionar el necesario material para los instrumentos agrícolas durante cinco años, mientras que en los combates Hornero nos va determinando concretamente el metal de cada una de las atmas, siendo de notar que las citas de hierro que empiezan siendo rarísimas en la Diada, no aumentaron hasta -que fue redactada la Odisea. Sin necesidad úe recurrir a los tiempos heroicos podríamos encontrar ejemplos bien interesantes, como el que nos ofrecen las civilizaciones japonesas, donde aún hace medio siglo el bronce era el único material de uso corriente, y las piezas de hierro eran constantemente excepcionales. Pero la realidad de los hechos demuestra, como todos conocen, precisamente esta marcha cronológica, sin que (*) Manuel d'Archeologie prehistorique celtique et gallo-romaine, tomo II, páginas 541-551. (**) Die Anfadge der Eisenkultur. {***) Dechelette.—En su obra y capítulo ya citado. (****) Beck-Ges-chichte der Eisens. Tal es el criterio generalmente aceptado, aunque parezca muy raro el que una vez conocidas por el hombre las cualidades excepcionales del hierro para usos como los agrícolas, no lo aplicase para confeccionar sus armas; dificultades arqueológicas que para no pocos exigen serias demos- traciones, que, por otra parte, tampoco resultan demasiado evidentes. Las relaciones, documentadas hoy, de aquellos pueblos de Egipto con el Asia Menor, con Creta y hasta con la misma Grecia continental, son la justificación más completa de cómo a partir del siglo X y mucho antes V del X antes de Jesucristo se hallaba vulgarizado el conocimiento del hie- rro por todos países del Mediterráneo oriental. Y fue precisamente en este tiempo cuando, al desarrollarse la nave- gación y el comercio de los fenicios, sucediendo a los marinos del archi- piélago del mar Egeo, allá por el año 1100 antes de Jesucristo, atraviesan los colonizadores de Tiro las columnas de Hércules y fundan un poco más allá la estación de Gadir (Cádiz), centro de sus explotaciones mine- ras y de sus elementales, pero curiosas, instalaciones metalúrgicas. puedan tener otro valor que el de interpretaciones personales, la significación que ha querido darse a los hallazgos antes citados y otros análogos, como el realizado por Hill en el macizo de manipostería de la pirámide de Cheops en 1835. La sustitución del cobre y el bronce por el hierro, además de lógica, dadas las condiciones de resistencia del hierro, es por tanto científica y registrada; pero por si ello no fuera bastante, dos razones naturales, aparte de las ar- queológicas, apoyan el hecho de la prioridad del cobre como elemento de utilización; es una, que sus minerales, muy repartidos en la Naturaleza, presentan esos colores azules, verdes o dorados significativos y determinantes, en oposi- ción a los de hierro, siempre terrosos, rojizos o negruzcos; y es otra la facilidad de la reducción del mineral corres- pondiente. El papel que se ha pretendido dar al hierro meteórico tampoco es aceptable más que como una excepción singula- rísima, no tan sólo por tratarse de casos muy raros, sino también porque la generalidad de las veces este hierro con- tiene una parte de níquel que, dándole una dureza marcadísima, debió hacer imposible en aquellos días su trabajo, su L ESTUDIO METÓDICO DE LA NECRÓPOLIS de Hallstatt, descubierta en el año 1846 en el lugar de Salzkammergurt (Austria), rico en minas de sal ex- plotadas desde los tiempos más remotos, y próximo a una de las vías comerciales del ámbar que definie- ron los siglos neolíticos, dio nombre a esa época pre- histórica que tiene en Europa como característica de su cultura la aparición del hierro, y puede quedar fechada entre los años 1000 y 900 antes de J. C. El Sr. Marqués de Cerralbo, tan conocedor de aquellas civilizaciones que pasaron, ha buscado las necrópolis españolas de esta época de Halls- tatt en las márgenes de los grandes ríos, necesarias vías de comunicación de los pueblos primitivos, y precisamente donde existen o pudieron exis- tir arroyos, fuentes o pozos de aguas saladas; porque a los tiempos del cobre y del bronce, que marcaron sobre la tierra los caminos del ámbar, preciadísimo elemento de decoración, cuya trascendencia social debió ser muy superior a las que hoy corresponde a las pesquerías de perlas o a las minas de brillantes, sucedieron los siglos democráticos y mercantiles de hierro, caracterizados por las explotaciones de salinas en toda Europa y el establecimiento de las correspondientes vías comerciales, que prepara- ron las grandes emigraciones de los pueblos y concretamente la de los Celtas. Lo que España representaba en aquellos días y en los siguientes de la Téne, estación prehistórica en una de las extremidades del lago de Neufchatel, descubierta y estudiada desde el año 1856, y que ha servido para dar nombre a la civilización de la segunda época prehistórica del hierro, cuyos últimos períodos tocan en los albores de la historia, lo que entonces era España puede adivinarse recordando que en la estación clasificadora de Hallstatt, han sido reconocidas y estudiadas 993 sepultu- ras, en la célebre italiana de Vilanova, sumando las cercanas de Bolonia, no llegan a 2.000, las de Suiza se reducen a un millar y a unos centena- res las de Francia, mientras que solamente en la necrópolis española de Aguilar de Anguita, explorada por el Sr. Marqués de Cerralbo, se han podido estudiar más de 5.000 sepulturas. De todos modos, bien porque no hayan sido encontradas hasta el pre- sente necrópolis españolas de los primeros siglos del hierro, bien porque si se encontraron no han sido estudiadas con suficiente detenimiento, es el caso que los primeros ejemplares que se encuentran con importancia ya definida y en número suficiente para que se acuse una escuela con personalidad independiente, pertenecen a la última época de los tiempos de Hallstatt, a los días, por otra parte, en que los procedimientos de tra- bajo habían llegado a una perfección interesante, lo cual supone por ne- cesidad, y más en aquellos tiempos, una previa evolución de siglos. Pudo ser, y desde luego resulta como si así hubiera sido, que la llega- da de los celtas determinase en toda España la divulgación de los proce- dimientos siderúrgicos. (1) Ciertamente que algunas necrópolis exploradas por el Sr. Marqués de Cerralbo, como las de Aguilar de Anguita, tienen personalidad propia, sin que ello quiera decir que pueda hacerse indepen- diente por completo de estaciones celtas situadas al otro lado del Pirineo, (I) La obtención del metal se hizo por el pueblo celt criterios, evidenciados hoy, gra santes y curiosos descubrimientos. En un principio se disponía el taller con dos hornos de cle- m6Jor dicho, dos agujeros, apisonados de arcilla, tros; el primero con un diámetro de metro y medio y unos se- senta centímetros de profundidad, y el segundo con un metro treinta centímetros de diámetro y un metro, poco más o menos, de altura. luego ser cribado, y en estas condiciones se mezclaba con el com- bustible (siempre carbón de madera) y con el fundente o casfina y se cargaba el segundo horno, donde se sostenía viva la com- bustión por fuelles accionados a mano, cuyas bocas se prolonga- ban en trozos acoplados a tuberías de cerámica, de las que se han encontrado restos y que tenían un diámetro de unos cinco centímetros por once de longitud y uno de espesor aproximada- mente. Después de no poco tie una bola o lobo de hierro y escorias, que a fueza de repetidos (*) Operación de calentar coi se rompa y se desmenuce. como la de Avezac-Prat, quizás prolongación de las nuestras, y en las que hasta los más curiosos detalles, como las joyas de las mujeres, encuentran correspondencia con otras, como las de la necrópolis de Anfidena, en el Norte de Italia. La industria del hierro que por estos caminos, fenicios o celtas, queda así establecida en nuestros bosques, adquiere un desarrollo extraordina- rio poco después de la llegada del pueblo celta, por el Norte, y de las expediciones de los griegos instalados en Marsella, por el mar; que si para los unos era conocida y hasta vulgar su metalurgia, para los griegos debió ser bien productiva la explotación de nuestras minas iniciada en el mis- mo siglo V antes de J. C. Ello es, que en las necrópolis, desde esta época I en adelante, se aprecia el predominio progresivo del hierro sobre el co- bre y el bronce, hallándonos ante civilizaciones, como la de Aguilar de Anguita, que conocieron y trabajaron el hierro normalmente, para sus útiles de labranza, para los arreos de sus corceles, para las armas de sus guerreros y para las joyas de sus mujeres. Que la civilización de los pobladores de España, a partir por lo me- nos del siglo vi se hallaba relacionada con el resto de los países que do- minaban los celtas, se demuestra examinando los ejemplares encontrados martillazos y caldas iriase haciéndose susceptible de trabajo. (*) En este tipo de horno, que seguramente es el más pri- mitivo, se tienen que hacer las cargas, soplar el fuego y descargar el horno todo por la misma boca, y las escorias, que se encontraron en stts restos, con- tenían del 50 al 6 0 por 100 de hierro. El segundo tipo de horno celta, encontrado por vez primera en el Jura por M. Quiquerez, aparece siempre en terrenos montañosos, y las arcillas con que apisonan sus paredes fueron mucho más seleccionadas y las más refracta" rias de la cuenca minera donde el horno fue establecido. Estas curiosas instalaciones destinadas a fundir el hierro, estaban formadas por una cavidad cilíndj ica, cuyas paredes, cubiertas, como decimos, de tierra re- fractaria, se apoyaban sobre tierra apisonada que sostenía un muro de piedra. El mineral fragmentado se debió colocar por la boca en capas alternadas con carbón de leña. Uno abertura practicada en la base pudo servir lo mismo para la extracción del lobo o bola de hierro, después de reducido, que para la ven- tilación del horno, pues no es fácil, como pretende Quiquerez, que los celtas, galos y celtiberos trabajasen con el escaso tiro natural que supone esta instala- ción rudimentaria. La altura total del horno no debió ser muy distante de unos dos metros; el diámetro interior disponible, de unos 45 centímetros; el espesor de cada una de las paredes, de 30 centímetros y la capacidad disponible, muy escasamente de un décimo de metro cúbico. (**) (*) L. de Launay. (**) Quiquerez.—De l'áge du fer, Recherches sur les anciennes forjes du Jura cernois-—Societé Jurasienne d'Bmulation.-18Oe P L 1. en necrópolis, como la de Aguilar de Anguita y otras exploradas por el Sr. Marqués de Cerralbo principalmente, y varios después, entre los que se pueden citar el Sr. Morenas de Tejada, D.Juan Cabré, D. Federico Motos y otros; y comparando sus resultados con los hallazgos de la estación cla- sificadora de Hallstatt, los del Pirineo francés y en general con todos los de la época, porque la industria del hierro debió ser común o poco me- nos a aquellos pueblos. Así, por ejemplo, sus armas, elemento que inter- viene en la vida de los mismos de un modo absolutamente fundamental, coinciden, por completo, en los tipos, y encontramos en España la espa- da de antenas, definidora de aquella época, análoga en forma, dimensio- nes y decoración a las mismas de Hallstatt. Es interesante y da idea del desarrollo que la forja del hierro había adquirido en este tiempo, cono- cer el procedimiento seguido para confeccionarlas; dice Sandars (l) que forjaban la hoja y la espiga en una sola pieza; de otra parte, las antenas; constituyendo una tercera la empuñadura, en forma de tubo cortado «en cuadro» por uno de los extremos, y batida hasta formar la guarda de la hoja por el otro. Las tres se reunían luego, embutiendo primero el tubo en la espiga para después pasar la terminación de ésta por la abertura de la barra de unión de las antenas. Remachando a martillazos la punta de la es- piga que sobresalía,sobre la barra que contiene las antenas,reunían lastres piezas y formaban el puño completando el arma. Separadamente fabrica- ban las bolitas, que generalmente eran de hierro y algunas veces de bron- ce, o bronceadas, y las remachaban a su antojo en los extremos de las an- tenas. Dichas bolitas más bien servían de adorno que formaban parte in- tegral de la espada, si bien cabe en lo posible que fueran de utilidad para su equilibrio. No siempre remachaban el extremo de la espiga; muchas veces for- maban de él una bolita céntrica terminal de bronce, la cual posterior- mente desarrollándose llegó a adquirir la forma de testa humana que se encuentra en algunos tipos de espada corta. Es lo más curioso del caso que la misma técnica se ha seguido de un modo riguroso por los pueblos que habitaron las estaciones exploradas (1) The Weapons ofl/ie Iberians. en Austria y los que vivieron en las poblaciones descubiertas por el señor Marqués de Cerralbo. No puede dejarse de mencionar que, correspondiente a esta misma época de Hallstatt, han sido encontradas en las excavaciones de Turmiel y de Atance espadas de antenas, cuyo puño de acero presenta incrusta- ciones de plata siguiendo dibujos geométricos y rectilíneos, y es dato del mayor interés porque mucho tiempo después, en plena época visigoda, hemos de encontrar ejemplos similares. Por otra parte, si los descubrimientos del Sr. Marqués de Cerralbo dan una serie interesantísima, completa, de la evolución de la espada en los días de Hallstatt, los del Sr. Marqués de Comillas, en lo que fue nú- cleo de Cantabria, han dado tipos nuevos y por tanto completamente es- pañoles, cuya vaina también está ricamente incrustada y termina en una especie de cuadrilongo con grandes róeles, más que en los vértices, en las prolongaciones de los dos lados perpendiculares al eje de la espada. Como siempre ocurre, las espadas del Sr. Marqués de Comillas han sido reputadas por los arqueólogos extranjeros como una falsedad burda, hija de la imaginación de un anticuario ignorante, hasta que descubrimientos sucesivos, sin contar con el estudio hecho por el Sr. Cabré de la sepultu- ra de un guerrero en Miraveche (l), han demostrado la autenticidad del ti- po, repitiéndose una vez más la triste y gloriosa historia de nuestras cue- vas de Altamira. Pero la espada de antenas, como se sabe, no fue exclusiva entre los iberos, que además tomaron de los griegos la espada «macaira», y modi- ficándola dieron lugar al tipo español conocido por espada «falcata»; ar- ma, como la griega, destinada a herir por golpe, pero que los celtíberos afilaron en su lomo o recazo desde la mitad del largo y terminaron en punta, convirtiendo de este modo en arma punzante la que era sólo una especie de machete. Las fíbulas que representan, entre los elementos de decoración, una a modo de joya de las mujeres de aquellos días, suelen ofrecer distintas formas, y las más importantes son las que tienen vuelto hacia arriba el ex- (1) Trabajo publicado por lo Sociedad de los Amigos del Arte en su revista Arle Español, en 1916. tremo de la muesca, terminado en un botón cónico y provistas de un mue- lle de alambre, que forma igual número de espirales a cada lado del arco para luego prolongarse en forma de aguja. Este tipo se encuentra con fre- cuencia en el centro y norte de España y Portugal, y ejemplares análo- gos, hechos también únicamente de hierro, fueron hallados en el cemen- terio de Avesac-Prat, allende los Pirineos. El alambre empleado como muelle, la fabricación de sus armas, cuya superioridad indiscutible ha sido reconocida por los mismos historiadores romanos de la época, demuestran que la elaboración del acero y su tem- ple fue operación conocida y dominada por los celtíberos. Plutarco y Pli- nio refieren la manera como aquéllos hombres fabricaron sus aceros y los templaron, diciendo el primero que seleccionaban las piezas (seguramente después de carburadas), enterrándolas durante un período largo de años y dedicando únicamente a ser tratados como acero aquellos hierros que no habían sido o habían sido muy poco atacados por el óxido; curiosísimo sistema seguido hasta hace bien poco tiempo por los japoneses; y Sandars en su interesante obra, (I) nos dice que habiendo sido cortado un segmen- to del lomo de una espada, examinado y fotografiado, permitió compro- bar que la parte exterior contenía carbono, pero que éste disminuía pau- latinamente hasta desaparecer por completo antes de llegar al núcleo. Esto demuestra que las piezas aceradas habían sufrido un tratamiento de cementación, siempre difícil y mucho más en aquellos días, porque supo- ne un caudal de procedimientos técnicos extraordinarios. Falta para com- pletar la información, añadir que Plinio reconocía como sobresalientes los aceros tratados en Bílbilis, cuyas aguas, según los historiadores de aquellos días, tenían la virtud de dar un temple que fue célebre en todo el Imperio. Resulta de lo dicho, que antes y durante la época romana, nuestros celtíberos, después de obtener el hierro en sus hornos de carbón de ma- dera y tiro natural o sencillo, supieron cementarlo con carbono; los resul- tados indecisos de esta operación delicada se aquilataban exponiendo los tochos a una oxidación prolongada e intensa, y tan sólo aquellas piezas (1) Sandars. Obra mencionada. que resistían por estar realmente carburadas eran templadas, lo que ex- plica bien fácilmente la constante seguridad en el éxito. Uno de los detalles que más demuestran lo mucho que se había ex- tendido el uso del hierro en esta época de Hallstatt es el hallazgo singu- larísimo de nueve herraduras en Aguilar de Anguita, por el Sr. Marqués de Cerralbo, a profundidades que varían entre metro y medio y medio metro, y próximas a una espada de antenas que determina época. Como ejemplares de trabajo normal de forja pueden citarse los frenos de caballo que se encontraron en sepulturas de guerreros ibéricos, y que a la par que confirman la noticia proclamada por Estrabón y otros, des- cribiendo la maestría y habilidad con que los iberos dominaron el arte de la equitación y lo notablemente que educaron sus caballos para todos los lances de la guerra, demuestran lo perfecto que fue entre los mismos el arte de forjar, desde las épocas más remotas, pues algunos de los ejemplares, importados probablemente por los celtas desde el Oriente, representan tipos arcaicos, que serían sin el menor género de duda los primeros ejem- plares que en España se copiaron; tal es, por ejemplo, el de camas curvas que se ve repetido en las esculturas asirías del Museo Británico y del Louvre. Este freno curvo es ejemplar que no se encuentra sino en Etru- ria y en España; en aquellos países lo hallamos en representaciones tan es- pléndidas como el triunfo de Sardanápalo, y en España no tan sólo los vemos en los ejemplares encontrados por el Sr. Marqués de Cerralbo, sino en estatuillas ecuestres interesantes halladas en Despeñaperros en los cu- riosos descubrimientos de bronces ibéricos allí realizados. Vemos, pues, que en el instante en que termina la prehistoria, o sea en los años que precedieron a la dominación romana y aun a la cartagi- nesa, encontramos en nuestra Patria la industria del hierro, no tan sólo vulgarizada, sino habiendo llegado a un grado de esplendor técnico y ar- tístico por lo menos igual al de otros países, como demuestran los proce- dimientos de cementación y temple de sus armas, las decoraciones incrus- tadas de los puños y vainas de sus espadas, las fíbulas y los anillos que nos restan. ¿Se llegaría a la exportación, como posiblemente se llegó en la ce- rámica contemporánea, la llamada de Ciempozuelos, dadas las excelentes condiciones naturales, famosas ya en la antigüedad, de nuestras minas y minerales dulces de hierro, sin igual en los países europeos cercanos? La semejanza de nuestros tipos celtas con los extranjeros de la misma época, la importancia extraordinaria en cantidad y calidad de los descu- brimientos españoles hacen más que posible, probable esta teoría. |E la época romana en España apenas queda otra cosa que la docu- mentación histórica, la que nos ofrecen las lápidas y bien pocos ejemplares, como rejas de arado, llaves, etc., y ello es debido a que habiéndose repetido en este tiempo cuanto se había hecho en las muy avanzadas civilizaciones celtibéricas que la precedieron, hoy se confunden como de una misma época los objetos pertenecientes a los siglos celtibéricos con los romanos, anteriores o posteriores a Jesucristo, incluso los ejemplares producidos en pleno período de dominación, es decir, siendo España una provincia del Imperio romano. Sabemos que los conquistadores continuaron extrayendo el mineral y utilizando los proce- dimientos y prácticas indígenas para la elaboración y temple; y la impor- tancia que llegaron a adquirir sus manufacturas durante esta época romana nos lo demuestra cierto número de inscripciones relacionadas con el arte del hierro o su comercio. Entre las que ofrecen mayor interés se pueden recordar la 4.316 y la 4.498 de Hübner, refiriéndose las dos al Colegio de Ferreros, así como la 5.181, encontrada en términos de Portugal, en la que se dice que ciertos productos «se venden según la Ley de los Herrajes» (ex lege ferra- riarum). Hübner menciona otros: así, el núm. 1.199 corresponde a una lápida hallada en Sevilla, cuya inscripción funeraria está dedicada a F. Frutonio Broccio, negociante ferrario y habitante Romulense. Podría citar algunas otras interesantes, como la 2.211 del mismo Hübner, todo lo cual viene a demostrar que este ramo de la industria había llegado a adquirir en la época romana una intensa preponderancia. Es lo más interesante de cuanto pudiéramos mencionar en esta época, que en técnica y ornamentación no se hace otra cosa que seguir lo de periodos prehistóricos; aparte de ello, y como justificando el carácter uti- litario que habíamos asignado a este período, los ejemplares que se en- cuentran son en todos los casos artefactos caseros o herramientas de tra- bajo, principalmente agrícolas, incluso las fíbulas, que cuando son de hie- rro no suelen tener decoración, predominando las rejas de arado, las azadas, las hachas y picos, las sierras, que aparecen aquí por vez primera quizás, tenazas que pudieron tener un uso corriente, siendo los ejemplares más grandes las de forjador, y por fin una serie de cadenas de eslabones desproporcionadamente grandes, terminadas en anillas, que bien pudie- ron en la historia atestiguar la misión antipática de grilletes. No deja también de ser curioso, que ya desde el tiempo de los iberos vienen apareciendo tijeras, siempre del mismo tipo pero de dimensiones variadas, y que por ser de una pieza y estar basadas en la elasticidad del acero que se emplea, demuestran una seguridad y un dominio de la téc- nica siderúrgica que aun en los momentos actuales exigen poner en juego los procedimientos más adelantados que los conocimientos modernos fa- cilitan. Termina en España la época romana sin que pueda decirse que el tra- bajo del hierro saliera de su característica condición utilitaria. En la me- trópoli, en los últimos siglos que fueron de refinamiento y suntuosidad, se forjaron y hasta se cincelaron algunos pequeños ejemplares destinados a los usos corrientes de la vida, como, por ejemplo, llaves, que por estar así cinceladas se pueden considerar como manufacturas artísticas, pero en España, donde se construyeron estos mecanismos con la mayor valentía y precisión, no se decoraron los ejemplares o por lo menos así no se han encontrado. Y en efecto, en las excavaciones de Numancia primero y en otros varios descubrimientos después, fueron apareciendo arados, cade- nas, llaves y otros objetos que tienen un gran interés y curiosidad, no sólo por su diámetro, algunas veces considerable, sino por su disposición de conjunto y por la perfección que supone el correspondiente ejemplar o mecanismo, mas no por su decoración, pues de ella carecen en absoluto. La industria del hierro, como todas las artes industriales, sigue paso a paso la historia política de la nación, y por ello las primorosas labores que produce la civilización de los celtíberos; los trabajos, por ejemplo, de in- crustación en plata conque ornamentaron las armas de sus caudillos, des- aparecen en la época colonial, cartaginesa y romana, encontrando tan solo en estos tiempos los objetos utilitarios que suponen una fabricación vul- garista y rutinaria. 1OBREVIENE EN TALES CONDICIONES LA IN- vasión de los pueblos del Norte, desaparece momen- táneamente todo lo que fue arte y por tanto los indi- cios y comienzos de éste en el hierro, pero se con- serva la manufactura como tal industria, y cuando la monarquía visigoda, ya estable y poderosa, inicia un lujo que copia de la Corte bizantina, mezclando a los elementos decorativos romanos, traducidos con toda la rudeza del pueblo godo los propios de su raza y los de la indíge- na, hace todo lo que requiere decoración y lujo en metales, siempre más dúctiles y maleables que el hierro, en bronce, en plata o en oro, según la riqueza que se pretende. Tan sólo cuando la primera materia viene impuesta por condiciones de resistencia por una parte, y por otro lado por su intrínseca categoría, es indispensable que la pieza sea rica, se adopta una solución intermedia que es fabricar el ejemplar en hierro con sus proporciones, perímetros y superficies lisas, respondiendo escuetamente o poco menos a su carácter utilitario, y luego con oro y plata que se incrusta en las superficies primi- tivas se avaloran con una decoración y una riqueza, que no se había sos- pechado en aquellos días que se pudiera lograr simplemente obrando so- bre el hierro por la forja con el martillo, o con el cincel. Y tal procedimiento, continuación de la técnica decorativa de los ibe- ros que incrustaron las empuñaduras de las espadas de antenas que guar- dan las colecciones de los Sres. Marqueses de Cerralbo y Comillas, pare- ce como que lo resucitan o continúan los visigodos en aquellos casos ex- tremos en que no era posible, como decíamos antes, elegir otra materia prima que el hierro. Es de una curiosidad extraordinaria y resulta una especie de demos- tración de lo dicho, el que entre las escasísimas piezas que con alguna segundad se pueden atribuir a los tiempos visigodos figuran tres bocados de caballo casi exactamente del mismo tipo y los tres, decorados con arreglo a un criterio único, que se ajusta exactamente a lo que venimos diciendo. Era conocido hasta ahora tan sólo el ejemplar que desde el año 1656 figura en la Real Armería y ejemplar que indudablemente es godo, no tan sólo por los monogramas, (l) sino también por toda la ornamentación de un carácter francamente bizantino. Y uno de los restantes, con curiosas incrustaciones en oro y plata, ejemplar que por vez primera se presenta al examen de los estudiosos, parece confirmar definitivamente nuestra teoría, porque de su disposición se deduce que no estaba dispuesto para que a él se unieran las riendas, que el caballero no debía llevar; pero sí, unos cordones que arrancando de dos anillas que no pueden tener otra finalidad, pudieron estar destina- dos a dos pajes encargados de la conducción del caballo. Es decir: que nos encontramos delante de una pieza de ceremonia. Los árabes que se desparramaron por la península al comenzar el si- glo VIH, no aportaron a su llegada ni un sólo elemento decorativo; las pie- zas incrustadas en oro y plata que nacieron en un período de esplendor en la corte visigoda, desaparecen completamente, adquiriendo la indus- tria del hierro un carácter aún más francamente utilitario, y mientras nues- tros más viejos manuscritos cristianos, los de ese tiempo, hablan de trabajos en hierro, como por ejemplo, el códice de Sahagún de 1059, otro de León de 1090, uno más de Vich de 1100, en cambio en las excavaciones de Me- dina-Azzahra, de Alamiriya y de Elvira, se demuestra bien claramente que entre los árabes, aun en los días de cultura, adelanto y esplendor del Ca- lifato, en plenos siglos X y XI, no fue el arte del hierro la ocupación pre- (1) Efectivamente, cuando las monedas de esta época solo contenían el nombre del rey, éste figuraba en uno de las caras y en la otra el de la ceca o población en que se verificaba la acuñación; pero cuando al final de la domina- ción visigoda se inició la costumbre de poner en las monedas también el nombre del príncipe heredero como asociado al gobierno del reino, se puso el nombre de cada uno de los personajes en cada una de las caras, y fue preciso poner el nombre de la población en un monograma, generalmente en forma de cruz con las letras en los extremos de sus bra- zos y hasta en el centro. El freno o bocado de la Real Armería presenta un monograma exactamente en esta forma y donde pueden leerse las letras W, T, 1, A, y esto unido como decíamos a su decoración bizantina y a la forma característica del bocado parece que demuestran la razón de la atribución antes dicha. dilecta de sus artistas y, no obstante, en el Museo Arqueológico de Gra- nada, se conservan los herrajes completos de una puerta, que procede de Elvira, y que por las circunstancias que rodearon el hallazgo, debi- do al Sr. Gómez Moreno, parece que puede fecharse entre los siglos X al XI, es decir, precisamente en esos mismos días de Medina-Azzahra, y pre- sentan estos objetos la rara e importante curiosidad de ser los primeros ejemplares decorados en plancha recortada; cierto es que en la época ro- mana, aparecen algunos cofres con trabajos en hierro, cuyos ángulos y cantoneras, y cuyas alguazas y visagras se ornamentaron en plancha, pero ésta fue siempre de cobre, como puede comprobarse en los ejempla- res conservados en el Museo de Saint-Germain y otros, mientras que los de Granada no solamente tienen de hierro sus abrazaderas o visagras sino que se hallan bifurcadas en su terminación y recortadas según un contorno floral agradable que encaja dentro del gusto seudo-clásico de la época. Otra interesante particularidad presenta esta puerta, y es la apa- rición en ella de los grandes clavos o chatones que más adelante han de evolucionar decorando las puertas medievales y perdurando en y des- pués del Renacimiento. fK'v^ i. poco o ningún esplendor de una corte guerrera cuya única pre- •£-"-• ocupación era ganar terreno a los árabes, dio como resultado la sola fabricación de objetos de hierro dentro del carácter popular y la escasa o tal vez nula de ejemplares decorados o excepcionales; y conse- cuencia de ello es que por su escasísimo valor decorativo, ni los contempo- ráneos ni sus sucesores trataron de conservarlos y han desaparecido o poco menos. Pero si por casualidad llegó alguno hasta nosotros, seguramente que no ha sido clasificado en su edad verdadera, porque esas piezas de carác- ter francamente utilitario perpetuaron sus formas, sus dimensiones y su ru- dimentaria decoración durante siglos y más siglos, y la mayor parte de los arqueólogos tienden a definirlos como de la época en que se inicia su construcción y su uso; el arado romano, por ejemplo, ha llegado hasta épo- ca bien reciente <•', de manera que piezas análogas o quizá las mismas que aquí figuran como de los años últimos del Imperio Romano, es posible sean tal vez visigodas o medievales, no siendo fácil atribuirlas a su verdadera época cuando en ellas la persistencia de una técnica siderúrgica venga unida a la carencia de ornamentación, que es la que hubiera podido en cada caso fijar la época. Dicen algunos autores(2) que en España para el trabajo del hierro no había estilo fijo hasta que el románico fue introducido de Francia por los Monjes de la Orden del Cluny, que venían en las complejas comitivas de aquellas damas francesas con las que nuestros reyes españoles acostum- braban a casarse (¡!); ciertamente que la observación tiene bastante peso, sobre todo si comparamos nuestra arquitectura románica con la francesa; pero de todos modos, en lo que al arte del hierro se refiere, es necesario tener en cuenta tres puntos: es el primero, que España, con mucha más importancia que Francia y que los demás países, ha sido siempre país pro- ductor de hierro; es el segundo, que las formas clásicas de las construc- ciones románicas, como tales formas decorativas, no son importadas, sino que son también para nosotros la continuación tradicional de las usadas en España constantemente desde los tiempos prehistóricos; así, por ejemplo, las volutas en hilo de cobre con que se adornaron las mujeres españolas de los siglos vil al ni, antes de J. C, y que muchas de las exca- vaciones ya citadas del Sr. Marqués de Cerralbo, tales como la de Agui- lar de Anguita y otras, han puesto de manifiesto, son, con toda eviden- cia, un antecedente histórico que pudo determinar la construcción de nues- tras rejas de San Isidoro y del Mercado, en León; las de Zamora, Palen- cia y hasta las catalanas. Por fin es preciso recordar, y es el tercer punto que la decoración por espirales se acomoda sin la menor violencia a la técnica de aquellos días, que arrollaba cómodamente sobre el extremo del yunque la barra caldeada al rojo. El forjador en el corazón de la Edad Media trabaja aún con elemen- (1) No conociéndose intento de modificación hasta el año 1572 y no realizándose ésta formalmente hasta des- pués de 1774, en que Arbuthnot expuso la primera teoría del volteo de [a tierra. (2) A. Byne M. Stapley y otros. tos pequeños y sólo por excepción construye un barrote recto y cuadra- do que forma el marco o armazón de la reja; pero los tiempos y la técni- ca habían adelantado bastante para que se considerase como necesario el decorar con volutas esos espacios intermedios formados por los barrotes rectos, aunque su poca separación garantizase quizás siempre la seguridad que se pretendía con la reja. Además de todo lo dicho, debe hacerse constar y es observación de mucho peso, que contra lo que hasta hoy se entendía, este tipo de rejas es dentro de la rareza que supone su fecha, muy abundante en España, principalmente en la meseta castellana, Asturias y más tarde en Cataluña y Navarra, llegando hasta las Vascongadas, (1) pero con la particularidad de que propuesto el modelo común, quizás en la segunda mitad del si- glo xi, cuando ya olvidadas las incursiones de Almanzor, las constantes ampliaciones de dominio en los reyes castellanos, dieron a sus pueblos la sensación de estabilidad que no habían logrado antes, se desarrolla el tipo primitivo que vemos, por ejemplo, en la provincia de Zamora, en Catalu- ña y en Castilla de modo diferente, tendiendo en los ejemplares de los reinos de León y Castilla a macizar la superficie, mientras que los nava- rros y catalanes dan antes a los conjuntos mayor variedad y transparen- cia y en los modelos más tardíos llegan a ejes simétricos oblicuos, como queriendo trazar estilizaciones florales geometrizadas y acomodándose antes que los castellanos a las siluetas del nuevo estilo gótico, hasta el ex- tremo, de que la persona que sin previo estudio contemplase la reja de la Capilla de Santa Cruz en Pamplona o la puerta de la iglesia de San Juan de las Abadesas en la provincia de Gerona, más las juzgaría trazadas do- minando ya el arte gótico que en pleno florecimiento del románico. Este concepto decorativo que ahora se inicia con pujanza, se debió imponer lentamente a todos los órdenes de trabajo, y los candeleros que se conservan de aquellos días, los característicos del siglo xin, se inspiran en las proporciones de la arquitectura vigente, se forman en ese ambien- te y son los primeros elementos después de las rejas en que se inicia una decoración, estando constituidos por un pie de tres patas curvas, de sec- (1) La puerta de Santa María de Galdácano, en Vizcaya, tiene alternados unos interesantísimos herrajes que en su primitiva aplicación indudablemente formaron parte de una reja. ción que más que elíptica es circular deformada, terminando en su apoyo por un ensanchamiento a manera de pata de ave; el vastago del candele- ro suele ser también de sección circular más o menos exacta y presenta, generalmente, como decoración dos o tres anillos o ensanchamientos tronco-cónicos y dobles, unidos en aristas por su sección más grande que puede tener en su parte más ancha un diámetro doble del vastago. Toda la pieza rara vez excede de unos 40 centímetros de altura; el pie puede representar una cuarta parte del conjunto y el largo del eje cilindrico suele variar de once a diez y seis veces su diámetro; falta decir que estos ejemplares terminaban en pincho, sobre el cual se clavaba el hachón que iluminaba en aquellos templos. Algunos hechos de excepcional importancia completan la historia de la época; uno es que en el año 1250, son llamados los rejeros catalanes /Blay y Suñol, para ejecutar las rejas de Nuestra Señora de París; otros, el V Lj ' tv-^ que cita Campany en sus Memorias, resultando que en este tiempo, los herreros de Barcelona formaba un gremio muy importante, y así debía de U "* ,^u • ser, porque ya en 1200 Pedro II cita la corporación de Ferrers en las ffA-1"^ Constituciones Catalanas; el que en un pergamino del Consulado del Mar, conste que en este tiempo los Ferrers de Barcelona tenían derecho a construir todos los herrajes y piezas necesarias para la marina sin pagar derechos; y por fin, el hecho de que no debía ocurrir mucho menos en el resto de la España cristiana, en cuanto a importancia de su organización gremial, por cuanto Don Alfonso X en los «ordenamientos de posturas» en las Cortes de León y Castilla habidas en el Ayuntamiento de Jerez el año 1268, tasa las obras de hierro muy detalladamente, especificando la pro- cedencia, la localidad donde se vende y hasta si el transporte fue por mar o por tierra. La preponderancia que en esta época medioeval llegó a adquirir el gremio de herreros, lo demuestra el hecho de que en el Consejo de Cien- to de la ciudad de Barcelona, poco después de comenzar el año de 1316, ya tuvieron asiento varios herreros, como tales representantes del gre- mio, '" y el caso de tenerse que derogar la prohibición que imperaba en (1) Compony.—Memorias hislóricas sobre Ja marina, comercio y artes de la aiuigun ciudad de Barcelona.— P. III 3 , pág. 135 y Uñe y Sarthou. Las Asociaciones obreras en España, pág. 178. Valencia desde 1298 para el funcionamiento de la cofradía correspon- diente, autorizándola nuevamente el Rey Don Alfonso II, en las memora- bles Cortes de 1329; siendo todo ello más de notar, cuanto que los herre- ros en el resto de Europa tenían en estos momentos organizaciones defi- cientes, y así vemos que en París no llegan a constituirse como tal gremio hasta el año 1411. Durante el transcurso de este siglo xiv puede decirse que dichas cor- poraciones organizaron su funcionamiento en toda España de un modo definitivo, desarrollándose y adquiriendo preponderancia social y política muy a pesar, incluso del poder real, que poderosamente trata de combatir- las, como por ejemplo en los famosos «Ordenamientos y posturas otor- gadas a las ciudades, villas y lugares...» en las Cortes de Valladolid ha- bidas en 1351 por el rey Don Pedro, donde se tasan detalladamente, se- ries de objetos fabricados, teniendo en cuenta los distintos lugares para donde se legisla y declarando libre su fabricación (l) después de haber disuelto todas las cofradías; porque Don Pedro encabeza aquellas Cortes por esta medida radical contra las de todos los oficios y entre ellas las de los herreros, análogamente a como medio siglo antes había hecho el Mo- narca aragonés, atacando valientemente a un sindicalismo medioeval que tiene por finalidad «por ffazer poca lavor: e que porque lo vendan más caro,» el oficio se declara libre taxativamente... «más que libremente puedan mostrar los dicho officios los quellos sopieren e aprenderlos los quelos quisieren aprender...» y como los objetos fabricados se deben ven- der a precio de tasa, los intereses del consumidor quedan a cubierto. Claro está que era bien difícil garantizar de igual manera la calidad de la mer- cancía y precisamente a este detalle habían de acogerse las cofradías o, mejor dicho, los gremios, para lograr su reconstitución y su vida, cada momento más pujante. Véase como también en aquellos días los problemas sociales marcha- ban por derroteros poco distintos de los nuestros. No dieron un resultado tan grande como la Corona se prometía aque- (1) Nuestra Sociedad Española de Amigos del Arte, se propone publicar, unido al estudio de la evolución de la rejería, un complemento extenso de nuestro catálogo, donde sean tratados con mayor detenimiento estas cuestiones documentales que revisten un interés emocionante. líos «ordenamientos de posturas» que prácticamente se anulan cuando en las Cortes de Burgos de 1373 se acuerda, visiblemente retrocediendo, que sean de nuevo los Consejos los que tasen los jornales y precios «porque los Consejos e ornes bonos, cada uno en su comarca sabrán ordenar en rrazón... según los prezios de las viandas que valieren...» Pero mucho antes de que la determinación fuese de Cortes, ya Con- cejos de cierta categoría se habían lanzado por ese camino, y sirva de ejem- plo lo hecho por el de Toledo el año de 1355 (incorporado después a las or- denanzas de 1455), cuando a los señores que componían su Concejo les pa- reció demasiado remunerativo el precio a como se vendían los objetos ya fabricados y resolvieron verlo y palparlo por sí mismos «labrando un quin- tal de fierro que solía valer en Toledo cincuenta maravedises»; (1) y de este modo, sumando hasta los más pequeños gastos, llegaron a saber cuan- to valía una gruesa de azadas o azadones, etc., de ferraduras e clavos, et- cétera, y a los trabajos de la primera categoría les fijaron un precio de once dineros la libra, y de doce a los segundos, mientras la primera ma- teria no cambiase de precio. Continuaron durante todo el siglo las alternativas de preponderancia o abatimiento de aquellas cofradías que, cubiertas tras una disciplina re- ligiosa, educaban a sus miembros en el criterio corporativo más intransi- gente, resolviéndose el problema en favor de los gremios, cuyas ordena- (1) Ordenanzas del Almotacén de Toledo de 1455. -Biblioteca Nacional, Manuscritos.-13.035. .TÍTULO DEL FIERRO.—Otro, si porque solía valer en Toledo el quintal del (ierro cincuenta mrs. con el peso e corredor, Toledo mandó labrar un quintal espidióse en labra cinco saxos de carbón que vale dos mrs. e medio é el que suena los pelle- jos a cada arrova catorze dineros en que moran el quintal cinco mrs. é seis dineros y de Agua de cada arrova tres di- neros que monta el quintal, doce dineros [a tienda cada uno cuatro dineros en quatro días son dies e seis dineros al maestro tres mrs. al Arrova que monta el quintal que labran en cuatro días doce mrs. tirar de un quintal a quatro ma- ravedises o el arrova que monta dies e seis mrs. suma de la corta noventa e nueve mrs. dieron a el maestro en cada quintal honze mrs. de ganancia e recado a honze dineros la libra e otro si en tomar el fierro para ferraduras e clavos e otras obras menudas menoscaba en cada arrova cinco mrs. e porque esta obra menuda la labran dos Maestros en la fragua no es prenden tanto carbón e porque se vende mucho esta labor menuda e porque fue siempre acostumbrado de dar en Toledo un dinero más en la lavor menuda que a la gruesa a la libra por ende ordenaron é mandaron que los ferreros vendan é den el fierro labrado o bien fecho de lavor gruesa así como azadas e azadones e rejas e palancos e toda la otra lavor gruesa a honze dineros la libra e de !a lavor menuda así como ferraduras e clavos e plegos para ple- gar a cualquier otra ferra mienta menuda que la den a doce dineros la libra- As mientra el quintal del fierro valiere cinquenta mrs. y si subiere el quintal cinco mrs. que suba un dinero la libra y quando el quintal descendiere cinco mrs. que dixa un dinero en cada libra e así por este quento para siempre esto fue fecho ábenentia de Toledo. Con los ferreros que están labrando de lavor e qualquier que no la labrare en su tienda corno esta acostumbrado e vendiere la libra del ferro a mayor confia desta quedhaes que peche por cada vez setenta e dos mrs. e que a donde en la cibdad de fierro labrado fallándolo a comprar en la manera que dicha es sola dha pena cestas penas sean dos tercias partes para los Almotacenes y la otra tercia parte para el Acusador.» ciones se consolidan de un modo definitivo, como ocurre, por ejemplo, en Barcelona cuando Don Pedro IV, el Ceremonioso, el 10 de Mayo de 1380, otorga el decreto de constitutión de la Corporación de Maestros Cerrajeros, documento que confirman el rey Don Martín y después el Emperador Don Carlos, y que al igual que la Entidad, ha llegado hasta nuestros días, (1) como ejemplo viviente que demuestra lo que fueron en otros tiempos. La constante intervención de los herreros desde entonces en el Con- cejo de Ciento es la más demostrativa explicación de la preponderancia política de tales corporaciones. Mientras esto pasa en Castilla, la fabricación, principalmente en las Vascongadas, adquiere cada momento más importancia y estabilidad, con- solidándose los derechos y privilegios que garantizan el funcionamiento y régimen de las terrerías en el fuero concedido a los ferrones de Oyarzun y de Irún en Burgos a 15 de Mayo de 1366 por Don Alfonso XI, docu- mento de excepcional importancia (2) porque demuestra que en aquel mo- mento las ferrerias vascongadas aplicaban la fuerza hidráulica para la ob- tención del metal, trabajando los minerales como un par de siglos des- pués pudieran hacerlo en las más perfeccionadas instalaciones de Europa. ios principios del siglo xiv son una consecuencia directa del estado anterior y de las nuevas modas que se implantan definitivamente en nuestra patria, con la vulgarización del gótico. Es de advertir, no obstante, que el arte del hierro, quizás por las condiciones del trabajo, tal vez por amaneramiento de sus artífices, ha seguido la evolución de los gustos y los estilos con un retraso muy evidente, puede ser que de medio siglo y no debe extrañarnos, por tanto, encontrar ejemplares fabricados 0 ) Hoy existente en el Archivo riel Ayuntamiento municipal de Barcelona, encomendado a la justodia del archi- vero Sr. Duran, a quien debemos estos y otros interesantes datos donde se ha recogido a! modificar su organización e! gremio que hasta hace muy poco subsistía con casa propia, en la calle del Consejo de Ciento, núm. 292. (2) Cuyo texto literal debo a la mucha amabilidad de mis respetados amigos D. Serapio de Múgica y D. Carmelo Bchegaray. De él se dará noticia exactamente en la obra que preparan los Amigos del Arte, mencionada ante- riormente. en pleno siglo xiv, inspirados en las volutas o espirales que definieron el románico, como, por ejemplo, los braseros portátiles de algunas catedra- les o los herrajes de puertas principales, como la de la iglesia de Castell- bó en la provincia de Lérida, en la Seo de Urgel. Otro ejemplo de la persistencia del románico, son los candelabros, que en la primera mitad del siglo xiv guardan fielmente la tradición, inspirán- dose en la arquitectura; el eje o vastago, ya no suele ser necesariamente cilindrico y con mucha más frecuencia es poligonal, de seis, ocho y hasta de mayor número de lados. Cuando aún es en toda su longitud cilindrico y tosco (las proporciones dadas para el románico) el número de anillos se multiplica, la separación entre ellos se acorta y cuando como ocurre con más frecuencia, es el eje poligonal, la superficie de sus caras se de- cora, siguiendo la técnica árabe, por líneas incisas que dibujan un motivo geométrico, con trazos monótonos y apretados que repiten el asunto co- mo si fuera una persistencia del románico, o con grecas entrecruzadas que hacen pensar en los motivos de lacerías árabes. Los anillos, en este caso, no son tronco-cónicos, y con mucha más frecuencia son un cubo, cuyos vértices se achaflanaron en ángulo, decorando los rombos a que quedaron reducidas sus caras, por aspas o por puntos, siempre incisos. Aparece en este momento entre el pie y el vastago de los candela- bros, una bandeja de planchas formada por una hoja casi siempre rectan- gular, sobre todo en los ejemplares arcaicos, muchos más tarde redonda, doblada la cuadrada en sus ángulos y con los vértices en pico, o levanta- da a martillo y festoneada cuando es circular. Es curioso, muy curioso, que muchos ejemplares de este tipo, claro es que los más antiguos, pre- senten bajo la plancha de la bandeja rectangular ia sustentación en tres patas, declarando de esta manera el como a un candelero del tipo anterior ya descrito, se le añadió más tarde la bandeja, para recoger la cera que antes manchaba el pavimento. Pero aquellos herreros cuyos maestros se inspiraron en los gustos del románico fueron desapareciendo, y una generación nueva, educada en la imitación del natural, en la ejecución de la flora que decoraba los capite- les de las nuevas catedrales, impuso unas proporciones y un arte nuevo, apoyándose en los elementos mismos del tradicional. Es la primera modificación que impone el gótico a los tipos en uso, la de variar fundamentalmente sus proporciones; los candelabros por ejemplo, afinan los trípodes de sustentación para que arranque de ellos un vastago que podrá tener sesenta y más diámetros de altura, adornado to- davía con múltiples anillos, espaciados sensiblemente a la misma distancia que en los ejemplares románicos; pero mucho más interesante es la ten- dencia manifiesta de inspirarse en la flora, dando al conjunto, más que el aspecto de un útil que llena una prevista necesidad, el de una flor, el de una planta, y dentro de ellas, las que por su significación poética y por su facilidad de ejecución fuesen posibles. De esta manera, soldando al últi- mo nudo de los vastagos del candelabro láminas lanciformes que se do- blaban caprichosamente para dejar lucir el pincho propio del candelabro, que hacia en el conjunto ornamental el oficio de los estambres de la flor, nacieron en este tiempo los «candelabros de lirio», de unas formas y pro- porciones delicadas y puras, todo armonía y poesía, como producto de unos gremios que buscaron su fuerza en las novísimas arquitecturas de nuestras catedrales góticas. La exagerada desproporción entre el vastago y su diámetro, justifica- da por la resistencia del material, no debió de satisfacer a los artífices que aún tenían ante los ojos los tipos del románico y tal vez por esto, los ejemplares que se conservan de aquellos días, principios o mediados del siglo xiv, no suelen presentar el vastago con desnudez; unas veces del trí- pode mismo salen otros tres vastagos menores, haciendo el oficio de re- toños que acompañan al principal hasta la mitad de la altura; otra, de los nudos medios salen hojas o brotes; lo que siempre ocurre es que al vas- tago recto y limpio de largas dimensiones, respetando la sección peque- ña que su material necesita, se le refuerza espiritualmente y se da al con- junto una disposición tal, que el perímetro, que la envolvente de todas las decoraciones del ejemplar, resulte como trazada a base de un eje fran- camente robusto. En este tiempo dominan los herreros el trabajo de los dos elementos fundamentales para su labor, la barilla y la plancha; la primera desarro- llándose como se ha dicho al tratar de los ejes de los candelabros podría decirse que al apurar en el siglo xv los motivos del arte gótico, inicia un principio de barroquismo porque decoradas, como se recordará, con nu- dos escalonados, empiezan a trabajarse en sección cuadrada y retorcida, tan exageradamente retorcida, que en no pocos casos, más que una de- coración, da la sensación del fileteado moderno de un tornillo, muy de- fectuosamente hecho, aunque en realidad lo que se trataba de imitar de- bió de ser el arrollado de una cuerda. Las patas de apoyo adquieren también una mayor importancia en las proporciones del conjunto, y no pocas veces suelen jser rectas y entonces de varilla retorcida, en mayor número de tres y como trazando las gene- ratrices de un cono unidas cerca del suelo, esto es, en el punto de apoyo por rectas o por arcos. Corresponde lo dicho a ese momento antes recordado, en que los ar- tífices impresionados por las proporciones exageradamente alargadas de los conjuntos, cuando en ellos se utilizaba toda la potencia resistente del material, dibujan composiciones compuestas que simulan perímetros más resistentes. El segundo elemento fundamental en las decoraciones góticas, es la plancha, trabajada como veremos en varios grados, dentro de los diferen- tes órdenes de decoración. Es característico del empleo de la plancha como elemento constructi- vo el dar a los conjuntos un valor corpóreo y arquitectural de que care- cía casi en absoluto en los primeros tiempos del gótico; la plancha puede ser utilizada como complemento de un sistema y entonces el conjunto, aunque más corpóreo y más arquitectural, lo es mucho menos que cuan- do esta misma plancha entra a formar parte integrante de la construcción del ejemplar. Las arandelas de los candelabros románicos de tres pies son un ejemplo de lo primero; la plancha recortada de las obras posteriores lo son del resto. En el trabajo de la plancha como en toda evolución del arte indus- trial, se comienza por el empleo de los conjuntos, dando de un modo pro- gresivo mayor importancia a los detalles, hasta llegar en los últimos tiem- pos de su empleo a la minuciosidad y perfección en los mismos, que en nuestro caso crearon los tan labrados y curiosos ejemplares de los días de los reyes Católicos. Así vemos que en los ejemplares más arcaicos, la plancha es una su- perficie lisa, plana o curvilínea, recortada en perímetros ya decorados sen- cillos, generalmente repetidos, por ejemplo un coronamiento almenado en una barandilla de arandela de candelabro. Pero muy pronto esos conjuntos se debieron examinar de cerca y en- tonces aparecen encargados de quitar a la superficie lisa la correspon- diente monotonía, dos modas o sistemas; son estos el realzado de la plan- cha y las siluetas perforadas. Es el primero en realidad un repujado, elemental si se quiere, pero repujado. Apenas si el relieve alcanza un par de milímetros sobre el plano general de la plancha; pero lo más propio de la escuela, es que los mo- tivos que se tratan son elementalísimos, repetidos y casi pudiéramos de- cir que más antiguos cuanto más pequeños y geométricos sean, no pu- diendo entrar en la clasificación el punteado, por ser detalle repetido constantemente o poco menos en todos los ejemplares de este tipo. La línea, la cruz, los radios, diminutos rosetones, etc., son motivos que se re- piten y entrelazan decorando las superficies. Debemos recordar que este sistema de ornamentación llega rápida- mente a un apogeo, cuando mediaba el siglo XV, estacionándose des- pués por largo tiempo para desaparecer en el xvi o si se quiere evolu- cionar a los tipos industrializados de los últimos años del Emperador. La plancha recortada en perímetros adecuados se realza de esta manera y luego plana o graciosamente curvada en ejemplares más recientes integra los conjuntos; pero el relieve de repujado en ella no progresa y el que merece este nombre en los días del renacimiento, llega por un camino di- ferente. Falta decir que la plancha recortada, unas veces realzada con diminu- tos motivos geométricos, las más de las veces lisas, en pequeños roseto- nes lobulados que se enlazan entre sí por una barilla que se les une por soldadura, forma los aros, que suponen, más que dan, seguridad y robus- tez a los arcones, cofres o cajas que forradas en cuero con mucha frecuen- cia decorado, son el inmediato precedente de los llamados de cuatro con- chas, con decoración en plancha calada y usados con predilección espe- cial en los días de los reyes Católicos. Paralelamente a lo dicho, y durante todo el siglo xv, la plancha se tra- baja por recortes o calados que empiezan por dejar como fondo o hueco espacios, con frecuencia repetidos, de poca superficie, pero que desde los primeros días presentan su cierta complicación; arquerías de más de me- dio punto, son motivo ornamental muy socorrido. Estos huecos son cada vez más importantes y pronto la decoración no es consecuencia de su perí- metro sino todo lo contrario, de la faja de plancha que resulta separando dos huecos; entonces aparecen las decoraciones góticas en rosetones que se inspiran en la arquitectura flamígera, pero como en aquéllas los nervios arqueados que se destacan sobre el fondo de la vidriera, tienen una sec- ción compleja, en la que se quiebra la luz en múltiples líneas de ilumi- nación y de sombra, el herrero buscó en sus trabajos un efecto parecido, que logra con las composiciones de doble plancha. Consiste esta técnica de doble plancha, empleada de un modo corrien- te desde mediados del siglo xv, en superponer dos y hasta tres planchas caladas, que dando el mismo trazado y a igual escala, se realiza en ca- da una con anchos progresivamente menores, de modo que al superpo- ner las dos o tres planchas coincidan los motivos o parte de éstos, de tal manera, que una lámina sirva de fondo exactamente centrado a la siguien- te, dando al conjunto un aspecto escultural o de relieve y desarrollándose el dibujo no por un siluetado monótono, sino por líneas múltiples, casi en su totalidad paralelas, no trazadas sino realizadas por las aristas mismas, produciendo los efectos obligados de luz y sombra. Esta tendencia a componer ejemplares esculturales, y cuando se trata de piezas que se completan en sí mismas a darlas un sentido marcadamen- te arquitectónico, dentro de los límites de la técnica, sin imitaciones ni servilismos, es quizás la nota dominante que ha de presidir al arte gótico del hierro durante el siglo xv. Si en los herrajes de muchos de nuestros viejos arcones no aparecie- ran sobre la cenefa de hierro, minuciosamente calada, las torres de Cas- tilla y sobre los cuatro ángulos de las cerraduras las conchas del Apóstol, tal vez, si en España muchos de los trabajos en doble plancha no presen- tasen una tan marcada influencia árabe, seguramente que a estas horas, dada nuestra propensión nacional a considerar invariablemente como ex- DIO DEL TRABAJO DEL 1 tranjero todo lo bueno, hubieran sido clasificados como extranjeros la to- talidad de los herrajes del siglo xv. Definen este género de trabajos en doble plancha tres características curiosas e independientes. Es siempre labor complementaria, rica, minu- ciosa, precisa y pequeña; aparece invariablemente en ella una gran ten- dencia, al relieve, al modelado arquitectónico y escultural; sus motivos se desarrollan sobre conjuntos sobre parcelas geométricamente sencillísi- mas, rectángulos o círculos. Como se ha dicho, es labor más que propia, aislada o fundamental, complementaria de un conjunto que se pretende enriquecer; es la cerra- dura de un arcón forrado de terciopelo, es el marco de un aldabón de la puerta principal de un palacio; es una pequeña cenefa rectangular que li- mita los barrotes de una rejería; y cuando por excepción el ejemplar va todo él trabajado en esta forma, como por ejemplo, las pequeñas cajas rectangulares de joyas o dinero, todas ellas en plancha calada, tampoco el trabajo forma un conjunto, y cada una de las superficies rectangulares está formada por un cierto número de cenefas, como independientes en- tre sí, siendo los pestillos de la cerradura, también rectangular, barras es- culpidas siempre con pináculos góticos. Paralelamente al empleo de la plancha calada, en su último grado de desarrollo, se inicia un curioso procedimiento que pudiéramos llamar in- dustrial. Consiste el sistema en hacer el trazado con plancha recortada que se desarrolla en forma de cinta, en sinusoide, recordando casi siem- pre un tallo, del que arrancan otros secundarios cuya terminación queda libre. Todo ello se curva ligeramente, y repetidas veces, completándose el decorado por dos o tres líneas incisas que siguen todo el motivo y que tienen por finalidad distraer la superficie lisa de la cinta que desarrolla la decoración. El efecto es bueno, el relieve admirable y delicado, el con- junto agradable y el trabajo y la dificultad relativamente pequeños. No es posible confundir el curvado de la plancha, es decir sus alter- nativos y variables desplazamientos sobre el plano general de la obra, con el repujado propiamente dicho, porque este, es un relieve que tiene por finalidad trazar un asunto, realzando el perímetro de un motivo, que se produce de esta manera, y además con profundidades distintas que co- rresponden a las modulaciones del asunto que desarrolla, mientras que en la técnica que nos ocupa, el motivo está producido por la plancha re- cortada y únicamente se trata de dar al conjunto, que es tan sólo una si- lueta, un efecto de luz y sombra, una sensación de relieve, que por la do- ble plancha se obtenía de un modo más penoso. Este procedimiento se extiende rápidamente y durante toda la segun- da mitad del siglo xv, alterna en la decoración con el de doble plancha, utilizándose en todas aquellas producciones que se necesitaban contemplar a distancia. Es mucho más, en los últimos tiempos del gótico, y cuando se emprenden obras arquitecturales de gigantescas proporciones o de esqui- sita composición, sobre frisos de plancha realzada tal como se viene des- cribiendo, se colocan en intervalos definidos, motivos esculturales de plancha calada, torres, medallones, pináculos, etc., que completan el dibu- jo y dan una extraordinaria vida al conjunto de la obra. Complementarias a estas dos técnicas fundamentales, la varilla y la plancha, se desarrollan otras dos de menor importancia, pero tal vez no menos interesantes; el trabajo de figuras macizas hechas a martillo, y el de las decoraciones lineales incisas geométricas y repetidas, hechas a cincel. Con lo dicho, es suficiente para definir el origen de cada una de es- tas técnicas complementarias; cristiana una, la de figuras corpóreas, y ára- be o morisca la otra, la de trazados en cenefas de composiciones yusta- puestas. La costumbre de decorar las cruces y en general los distintos ejem- plares, con figuras también de hierro, empieza en los finales del románico y se desarrolla durante todo el siglo xiv, invadiendo buena parte del XV, hasta llegar a una especie de barroquismo, cuando multiplica las repre- sentaciones y los atributos, sólo con la finalidad de hacer un ejemplar más vistoso. Las cruces que el Museo de Barcelona y D. Santiago Rusiñol pre- sentan en esta Exposición, son quizás los más bellos y característicos ejemplares de esta manera de hacer; las figuras suelen ser generalmente pequeñas, en algunos casos trazadas con ingenio y gracia, utilizando un recorte de plancha, nunca precisos y detallados, hasta el punto de que más suponen un boceto de figura que un trabajo definitivo. Por otra par- te, las proporciones de las figuras se apartan de las usadas en el románi- co, aunque los detalles y los conjuntos no siempre disuenen de aquella época. Resulta de lo dicho que con no poca frecuencia existe dificultad para armonizar figuras, detalles y conjuntos, así, por ejemplo, la posición relativa de la Virgen y el Niño, no guarda casi nunca relación cronológi- ca con la forma del sudario del Cristo, con las aplicaciones en plancha recortada, etc., y unos y otros con la cartela del INRI y con el tipo de las letras, o con la forma de la cruz. ¿Es que fueron restaurados estos ejem- plares a través de los siglos medioevales o en épocas posteriores? Lo que no tiene género de duda, es que en la evolución del gusto y de la técnica fueron estos trabajos los precursores de las delicadas y ad- mirables piezas de forja, que con el carácter de decoración secundaria aparecen en los candelabros y llamadores y en general en todas las obras de mediados o finales del siglo xv. Y que la evolución se desarrolla si- guiendo las leyes universales del arte, lo vemos en el hecho, de que em- pezando los trabajos de forja por la reproducción de la figura humana, cuando esa técnica llega a un cierto grado de perfeccionamiento, repro- duce con mucha mayor predilección la fauna o la flora y sus labores más perfectas son esas cabezas de dragón, esos pájaros y reptiles, concebidos con delicadas proporciones, desarrollando su cuerpo en líneas armoniosas y fáciles, de un modo tanto menos ostensible cuanto más perfecto y deli- cado es el detalle y más hermoso es el conjunto. Este trabajo de forja debió generalizarse muchísimo durante el siglo xv, hasta el punto de que con mucha frecuencia se trabajen de esta manera detalles que pudieron permanecer sin decoración; por ejemplo, la gruesa barra cilindrica de los grandes cerrojos, que casi siempre es poligonal, y algunas veces cilindrica, muy rara vez deja de terminar en una cabeza de perro o de dragón, abocetada quizás, con sólo cuatro martillazos, cuando aun la barra se conservaba caliente, puede ser que nada más que como satisfacción interna al considerar su obra terminada, o como firma del he- rrero que, a fuego y sobre el yunque, fue dando al ejemplar su sección uniforme a fuerza de trabajo y de paciencia; ¡cosa bien diferente a como se producen hoy las barras calibradas de los más distintos gruesos en los trenes de laminación de las grandes empresas siderúrgicas! No es esta la ocasión de discutir los orígenes de la decoración geo- métrica de los árabes, ni sus prescripciones religiosas sobre la reproduc- ción de la figura humana y la de seres animados; ello es, como ya se dejó dicho, que sus trabajos de forja son en la actualidad desconocidos, o poco menos, y trabajaron en hierro como pudieron hacerlo en cobre y bronce, es decir, a lima. Tan verdad es lo dicho, que cuando producen un ejem- plar que por su finalidad excepcional merezca ser decorado, aparte de las labores de cerrajería, suelen enriquecer la pieza por incrustaciones en azófar y en cobre, anillos, sobre todo los primeros, que muy fácilmente producen la impresión del oro. Pero cuando las superficies son grandes o muy sencillas, se impone otro sistema de decoración que sea además menos entretenido que la incrustación: el dibujo geométrico lineal hecho a cincel. Se encuentra, en efecto, en ejemplares indiscutiblemente árabes o de gusto árabe, este sistema de decoración, que en el hierro no ha tenido jamás una importancia decisiva, pero que se desborda por los reinos cris- tianos y aparece con frecuencia en trabajos casi siempre curiosos. Dos criterios generales se siguen en este procedimiento: uno cuando se trata de superficies grandes y en general proporcionadas, otro cuando son éstas menores o muy desproporcionadas, es decir, predominando mu- cho una de las dimensiones sobre las demás, a manera de cenefa. En el primer caso la superficie no se rellena con decoración, en el segundo sí. No quiere ello decir que las superficies de la primera categoría, círcu- los, casquetes esféricos, cuadrados o lo que sea, se ornamentan siempre de la misma manera; en el arte árabe puro se trazan cenefas más o me- nos anchas, desarrollando en ellas motivos clásicos del estilo, casi siempre grecas de trazos rectos, con frecuencia inspiradas en la tan conocida de «acicate»; luego en el fondo de la superficie se distribuyen uno o varios rosetones estampados a troquel sobre el plano o la plancha caliente; en el arte cristiano se soluciona el problema subdividiendo la superficie por dobles líneas simétricamente repartidas, dejando el fondo liso, los casque- tes esféricos de muchos clavos llamados de «cazoleta» pueden atestiguar el sistema. Cuando la superficie es pequeña y a modo de cenefa, entonces se re- llena por completo, admitiendo una siempre elementalísima composición a base de rectas, simétricas alternadas y un punteado; con mucha menos frecuencia se encuentran trazados curvilíneos. No procede terminar esta relación de técnicas medioevales sin dedi- car unos recuerdos a las tan curiosas producciones de un aspecto más que artístico, militar, las comentadas rejas enigmáticas, siempre curiosas y mu- cho más en nuestro tiempo, cuando la fantasía popular coloca una leyen- da o un sucedido en cada uno de los nudos de sus barrotes. Que fue pre- dilección de magnates o de artífices del siglo X colocarlas en sus casti- V llos, lo demuestra el número, relativamente grande, que de ellas hoy se conoce. Es su aspecto el de una reja sencilla, con frecuencia reforzada y en algunos casos con sus nudos prolongados en pirámides de caras cur- vilíneas a manera de pinchos, dando el conjunto un aspecto amenazador y sombrío. Una considerable parte de los ejemplares conocidos tienen su disposi- ción invertida según los cuatro cuadrantes en que se puede considerar divi- dido el conjunto. Estriba, como se sabe, la dificultad del sistema, en que cada barrote tiene alternada su misión de caja y de núcleo; es decir, que así como en las rejas ordinarias existe una serie de barrotes que tienen labradas las cajas por las que atraviesan los complementarios, y éstos son macizos en toda su longitud, en las enigmáticas cada barrote es en unas partes cajas y en otras núcleo. Cuando el servicio es uniforme en cada mitad del elemento, el montaje de la reja es posible haciendo inde- pendientemente e! acoplamiento de los barrotes que integran cada uno de los dos cuadrantes opuestos del ejemplar, y una vez esto hecho, en cu- ya operación intervienen todo los barrotes de la reja, se desplazan las dos mitades según la dirección de los núcleos que restan libres de enlace. De esta manera pudieron montarse rejas del tipo de la del Palacio de Ocaña de los Reyes de Castilla; pero cuando la función de caja y núcleo varía en cada nudo, como ocurre en el Palacio de Tordesillas, la dificultad es realmente insuperable, resultando su construcción consecuencia de un forjado sobre el ejemplar en montaje. La reunión de los distintos procedimientos de trabajo que dejamos enumerados y su entrelazamiento y combinación en muy frecuentes oca- siones, dan la más justa medida del cómo entendieron la elaboración del hierro nuestros artífices medioevales; así vemos composiciones geométri- cas, como lo son, por ejemplo, los llamadores de anillo, cuyos trazados, personalísimos de España, tienen un sabor árabe indiscutible; el llamador propiamente tal, es en estos modelos una pieza circular de sección poli- gonal, cuyas caras planas anulares se cubren de una labor incisa, geomé- trica, repetida; el clavo que lo sustenta descansa sobre un disco, que pue- de ser en plancha lisa recortada en perímetros almenados o festoneados, que otras veces aparece en lámina repujada en labor menuda, con fre- cuencia en plancha perforada y en ejemplares de gran lujo en dos órde- nes de calados góticos; complementa algunas piezas excepcionales una figura, cuello y cabeza de dragón, maciza y esbelta, que arrancando de la argolla del anillo, se desarrolla graciosamente, perpendicular al plano de la puerta; y en este caso, coexisten sobre el mismo ejemplar, el trazado árabe geométrico del anillo, su labor incisa, el trabajo de doble plancha sobre composición gótica y las obras macizas de forja en figuras quimé- ricas. Los candelabros terminados en complejas disposiciones donde se com- binan la forja, la plancha recortada y la varilla, son igualmente un ejem- plo del alto grado a que llegó la composición y la fantasía de aquellos artífices, cuyos nombres se han perdido quizás definitivamente y cuyas obras con toda seguridad han de continuar siendo la admiración de los pueblos que nos sucedan. Pero quizás los ejemplares más interesantes lo constituyen las cerra- duras, que dentro de unos marcos constantemente rectangulares, vienen sobrepuestas a las puertas o a los muebles, unas veces colocadas sobre planchas caladas y otras decoradas con ellas en su propio cuerpo. El ori- ficio para la llave suele quedar oculto por una maciza figura bíblica de animal fantástico, movible, forjada y cincelada, y el conjunto es un com- pleto mecanismo, encerrado en una caja rectangular de una sola pieza, repujada en el centro a golpes de martillo y con los lados a bisel, conte- niendo en no pocos casos más de un centenar de piezas y recortes, fun- cionando algunas veces los unos independientes de los restantes. Masca- rones, ángeles o blasones, también en relieve, como las columnillas góti- cas de sección cuadrada que limitan lateralmente muchísimos ejemplares, dan no tan sólo la sensación escultural intrínseca de cada elemento, sino una variedad de planos y profundidades en el conjunto, que lo hace mu- cho más curioso e interesante. Los cerrojos que todavía se conservan en algunas puertas y en mu- chísimas rejerías, están formados, como ya se ha dicho, por una barra circular de unos treinta a setenta centímetros de longitud por dos a cinco de diámetro, que pasa por las correspondientes argollas, adecuadamente distanciadas; una barra maciza unida a la primera en ángulo recto da al conjunto la forma de T, sirviendo para correr a mano el cerrojo, y sus extremos es lo que se fija o aprisiona en el cuerpo de la cerradura. Paralelamente a estos elementos se desarrollan en el siglo xv los lla- madores de puerta de encuadramiento rectangular; las dimensiones del en- cuadramiento se alargan con relación a las de las cerraduras; el aldabón, que divide el conjunto en dos partes simétricas, es siempre o casi siem- pre una figura más o menos hábilmente forjada, que en los últimos tiem- pos suele ser trabajada a cincel, como ocurría en las cerraduras, y con más razón, pues ahora tenemos una figura muy principal, el aldabón, sobre el encuadramiento calado. Es frecuente encontrar en los aldabones españoles una especie de dosel o coronamiento, de plancha recortada a modo de cornisa en arco sobre el encuadramiento, que puede tener a su vez la terminación o copete correspondiente. Por fin, la decoración de las puertas se completa en el siglo xv por los clavos que durante toda la Edad Media continúa desarrollándose. Dada la misión del clavo, principalmente en nuestras puertas de quincionera, era necesaria una gran superficie de apoyo en la cabeza; consecuencia de ello fue un aumento progresivo en las dimensiones del casquete esférico, en que se les hizo terminar como solución la más sen- cilla y que seguramente produjo no pocas dificultades, tanto para su cons- trucción como para su fijación en la puerta. Parece ser que hasta mediados del siglo XV el clavo que fue aumentando I hasta entonces de tamaño de un modo progresivo, excepto en los ejemplares árabes, no se hizo independiente de la cabeza con decoración, y esta eran unas rayas dobles, circunferencias máximas que pasan por el eje. Más tar- de y sobre la cabeza ya independiente, las rayas dobles se transforman en nervaduras sencillas o dentelladas, que se trabajaron profusamente en los días de Enrique IV (I). De este modo se construían en el siglo X las V nervaduras que se cortan entre sí por otros de dibujos oblicuos, dando sobre la superficie esférica una a modo de lacena, hasta que ya en el rei- nado de los Reyes Católicos las dimensiones y los trazados llegan a su máximum, introduciéndose como motivo ornamental entre otros el casca- bel que caracteriza el reinado (2). Aparte de la rejería, que como queda dicho ha de constituir motivo de un estudio independiente (3\ tal era el estado de la industria del hie- rro en nuestra España al iniciarse el reinado de los Reyes Católicos, que habían de traer con el renacimiento la más profunda modificación de los gustos y de las técnicas. En esta época, muy alejadas ya por el tiempo las tradiciones románi- cas, en pleno desarrollo del gótico que copia del natural la flora y la fauna, pujantes los gremios como no lo fueron nunca ni habían de serlo después, reconocidos constantemente sus derechos durante todo el siglo como lo hace la reina Doña María el 4 de Agosto de 1448, como después confirma en 1454 Alfonso y así sucesivamente; coincide la educación pro- fesional dentro de los mismos, con el desarrollo y perfeccionamiento de las ferrerías vascongadas, protegiendo mediante una adecuada legislación la explotación del mineral, organizándose también en gremios los ferro- nes, como por ejemplo, los de Mondragón, centro en estos momentos de la más esmerada producción de hierro y acero, al igual que los de Duran- go y Elorrio, las ferrerías de los valles de Orozco y Oquendo, y los que trabajan utilizando saltos de agua en las rías de Guipúzcoa y alguno más en Álava y Navarra. (1) Notas inéditas sobre «Clavos de Puerta» de I). Adolfo Herrera. (2) Notas ya dichas de D. Adolfo Herrera. (3) !.a Sociedad Española de Amigos del Arte tiene acordado como se ha dicho, la inmediata publicación de un estudio sobre la documentación de hierros en España y la evolución de la rejería. ESDE LOS DÍAS EN QUE COMIENZA EL reinado de los Reyes Católicos, se encuentran en España trabajos inspirados en las composiciones «a lo romano», si bien los procedimientos y hasta el gusto mismo del Renacimiento había de tardar en aclimatarse entre nosotros, quizás mucho más en el trabajo del hierro que en el resto de las artes industriales y hasta que en la misma arquitectura, a la que tan ligada siempre estuvo en sus progresos y evolución, y más que nunca desde ahora. Lógicamente se comprende que en este largo período de mucho más de medio siglo, desde que las nuevas formas aparecen hasta que las gó- ticas se destierran de un modo definitivo, los trabajos son por rara excep- ción ejemplares concebidos exclusivamente en uno u otro sistema, siendo siempre combinaciones de las dos tendencias. Los conjuntos es lo primero que se toma del arte nuevo, para relle- narlos y enriquecerlos con una profusa decoración gótica, en España qui- zás mucho más intensa, minuciosa y compleja que en otros países donde también se continuaba trabajando este estilo; con toda seguridad, debido a la influencia árabe que necesariamente pesaba sobre nuestros artífices, con la repetición de sus trazados lineales y combinaciones de lacerías. Estos conjuntos tienen una radical diferencia si los comparamos a los góticos, porque si bien unos y otros coinciden en pretender una indepen- dencia arquitectónica intrínseca, es decir, en formar un todo completo en sí mismos y no un complemento del edificio, del mueble o del conjunto que se pretende armar o construir, los góticos buscaron esa personalidad en la vida y en la naturaleza más o menos idealizada; sus candelabros recuerdan lirios, y más tarde castillos o torres almenadas, mientras que los conjuntos del renacimiento son arquitectónicos, no tan sólo en el sen- tido de ejemplar corpóreo, sino en el frío y matemático que resulta de una consecuencia del sistema; no recuerdan sus líneas la vida ni la natu- raleza, son superficies geométricas que constructivamente se superponen, suavizando sus intersecciones por cornisas escocias o elementos en defi- nitiva, tan fríos o más que los fundamentales y siempre resueltos, como si se tratara de un edificio. No se necesita decir que pretendiendo en cada caso finalidades muy distintas, estos principios que se sostienen durante todo el período del renacimiento dan lugar a ejemplares de una silueta o perímetro muy diferentes, adecuados en cada pieza al empleo para que fue labrada. Es frecuente encontrar en esos conjuntos, claro está que considerados como tales, evidentes reminiscencias de las disposiciones góticas que pa- saron; es un ejemplo bien curioso, los pies y hasta en muchos casos, el tronco principal de los candelabros de la primera época, donde el sopor- te es en tres apoyos y el vastago muchas veces triangular, siendo en cam- bio cuadrada la caja del cirial, es decir, que en ejemplares donde la dis- posición utilitaria exige una sección cuadrada, se desarrolla parte o toda la pieza en disposiciones triangulares como en los ejemplares góticos. Claro está que mucho más tarde, van desapareciendo los detalles y rellenos góticos siendo sustituidos progresivamente en los conjuntos ar- quitectónicos de la decoración de las superficies por motivos del renacimien- to, también tomados de la naturaleza, pero en un sentido más realista y bien distinto del anterior; porque es una manera de entender naturalista y simbólica, no precisamente idealizada, sino todo lo contrario, realista, que copia constantemente la figura humana y que toma como argumento para sus composiciones quiméricas, las cariátides y los grutescos del renacimien- to, mientras la flora es tratada también con una verdad intensa, sin estiliza- ciones decorativas, copiadas directamente del natural y unos y otros mo- tivos cubren las superficies arquitectónicas de los ejemplares, usándose como elementos complementarios de ornamentación. Supone lo que precede la posibilidad de hacerlo, y las técnicas del tiempo de los Reyes Católicos no eran las más indicadas para trabajos inspirados en el natural. En efecto, la doble plancha calada, la realzada, los ejemplares macizos trabajados a forja, van cayendo lentamente en des- uso y siendo sustituidos por las obras ejecutadas en plancha repujada. Dos consideraciones procede hacer al llegar a este punto: la primera, que la evolución del trabajo del hierro, desarrollándose paralelamente a la historia política de la nación, ha cambiado en este momento las pro- porciones del escenario; se trabaja para las corporaciones, para los gran- des conquistadores que dominaron continentes, para los templos que am- plían sus dimensiones para contener muchedumbres, y en estas condicio- nes, aquellos minuciosos trabajos en doble plancha, los detalles de una cabeza de dragón de unos pocos centímetros, desaparecerían perdidos en la inmensidad del espacio, por eso se imponía la modificación de la téc- nica, y sobre planchas cosidas y siluetadas, que se unen por un elemen- tal roblonados al armazón de varilla cilindrica, se trabaja en grandes di- mensiones por repujado los asuntos más complejos o más quiméricos, policromando las composiciones unas veces, dorando el motivo principal otras y en último término buscando una labor de conjunto y un efecto que no pierda con la distancia. Es la segunda el que quizás como consecuencia de la demanda, tal vez por evolución propia, puede ser que completando sus procedimientos con los que pudieron observar en el resto del continente, al ponerse España en contacto con toda Europa durante aquel principio del siglo XVI, ello es, que las Vascongadas producen hierro en cantidades suficientes, y los martillos ya sin excepción movidos por ruedas hidráulicas, permiten la ma- nipulación y labra de tochos de gran peso, facilitándose con ello el tra- bajo de las construcciones más grandes. No deja de ser curiosa la evolución, mediante la cual nuestros herre- ros llegaron a los trabajos más perfectos del repujado en plancha. Decía- mos que en un principio y como industrialización de los trabajos en cala- do doble, se hicieron numerosas labores en lámina siluetada y realzada, bien entendido que este realce era una ondulación repetida y alternada, independiente del asunto desarrollado en ella; algo más tarde y en cene- fas o frisos donde los motivos eran sencillos y se repetían monótonamen- te, dando a distancia la sensación de un encaje, para que el dibujo fuera acusado con más energía, se dio a la plancha una curvatura, pero no a lo largo del conjunto, sino en el elemento mismo que integra el asunto; es decir, cada tallo, cada hoja, se curva o realza, presentando al espectador una superficie convexa; un poco más y los motivos florares que se entre- lazan y repiten, se sustituyen por composiciones del renacimiento, donde aparecen grutescos y figuras, formando una composición sencilla aun, re- cortada como lo fueron los motivos florares de elementos convexos antes mencionados y donde por vez primera las figuras, destinadas a ser vistas a muchos metros (frisos de rejas, por ejemplo), y de pequeñas dimensio- nes todavía (las mayores no pasan de unos veinte centímetros de altura), se realzan en dos o tres niveles distintos, para avivar las distintas partes del cuerpo o los elementos distintos de la composición. Iniciada la mar- cha, nada de particular tiene que esos grutescos se desarrollen en las ce- nefas posteriores, recortando sobre la plancha composiciones asimétricas, graciosamente variadas, en las que aparecen como elementos fundamen- tales los medallones encerrando un busto, que se modula ya en múltiples planos y superficies, según la más refinada técnica del repujado, que muy poco más tarde no recorta la plancha y obtiene sus composiciones, des- tacándolas del fondo por realzado, repujando, policromando los motivos y dando un color al fondo de la plancha, para que la composición desta- que con mayor energía y también para evitar la oxidación, principalmen- te de las partes trabajadas, en las que la plancha queda necesariamente debilitada. Consecuencia de la tendencia detallista y menuda que domina en los días de los Reyes Católicos, se crea una escuela de repujado donde las superficies se rellenan con decoraciones del renacimiento desarrolladas en proporciones reducidas, multiplicando los asuntos, que se ejecutan con un detalle y un primor desproporcionados al valor y a las condiciones materiales del hierro. Es labor siempre realizada sobre plancha llena, con relieve, que siendo grande con relación a las proporciones del motivo que trata, es pequeño en valor absoluto, resultado como decíamos de la ten- dencia detallista que le precede en el gusto de las gentes, y mucho más quizás de los sistemas arquitectónicos de ornamentación por entonces en moda, si bien una y otra cosa pueden ser consideradas como una causa única. Tal es el estilo que ha recibido la denominación de plateresco, en las obras de hierro con mucha mayor razón que en otra alguna, pues mu- chos de los ejemplares trabajados de esta manera lo fueron por artífices plateros, que labran en hierros piezas de una delicadeza de composición y de ejecución admirables, concebidas y ejecutadas de igual manera que si la primera materia fuese oro y plata. Por esta evolución, en este grado de perfeccionamiento y en este tipo de trabajo, llegaron nuestros artífices a los días en que se implanta en España de lleno el renacimiento; y la industria del hierro, desarrollándo- se paralelamente a la historia política de la nación, porque las gentes vi- vieron en la grandiosidad de su tiempo, cuando la España de ahora era pequeña para quienes dominaban Europa mientras civilizaban América. Y el repujado del plateresco aumenta las dimensiones de sus figuras, que con cierta frecuencia, en relieves cada vez más fuertes, sobresalen de los marcos italianizados de laurel o de flores que pretendieron limitarlas, y sobre grandes superficies que pudieran ser contempladas a distancia, se trazan y se desarrollan esas bellas composiciones del renacimiento español, todo vigor y grandiosidad, dentro de una sencillez aparente trata- da con rasgos de energía y de vida sin amaneramientos ni desmayos. Seguramente que es este el momento más grandioso de nuestro tra- bajo del hierro, cuando se labran desde los más hermosos clavos y los más bellos candelabros a las más imponentes rejerías. Puede decirse que abraza más o menos todo el reinado del Emperador, pues nacido como un engrandecimiento del plateresco, mucho antes de terminar el primer tercio del siglo xvi, dura hasta que, al doblar la mitad del siglo, se marcan las tendencias geometrizantes que iniciaron la decadencia. Es preciso tener en cuenta que durante este período las técnicas an- teriores no desaparecen radicalmente sustituidas por el repujado alto; se modifican y evolucionan, buscando un efecto más decorativo aunque fuese a costa de la calidad del trabajo; y al mediar el siglo, muchas obras en hierro son consecuencia de un conjunto de procedimientos, repujadoi plancha calada, varillas siluetadas, torneado, etc., algunos de ellos nuevos y otros, como decíamos, modificados. La plancha calada, entre otros, ad- quiere una modalidad muy característica; en realidad es plancha siluetada y repujada; se recorta siguiendo el perímetro, por ejemplo, de una hoja. la curvatura natural de su superficie y en general todos los accidentes de la misma, se modulan por repujado; bien entendido, que, como en el na- tural, esos detalles son apenas perceptibles, en la plancha repujada, con un trabajo muy sencillo, resultan exageradísimos y, por lo tanto, percep- tibles a gran distancia. No es eso solo, con esos motivos en plancha silue- tada y repujada, después de dorarlos o policromarlos, unas veces se re- cubren superficies, de las que destacan y hasta se desprenden estos ele- mentos produciendo el efecto de un repujado intenso habilidosamente realizado, y otras curvándose graciosamente sin una superficie de fondo, alrededor de un eje central macizo casi invisible, dan por el recorte ca- lado de su perímetro una sensación de semitransparencia, que produce en el ánimo el efecto de una labor dificilísima y agradable, y que práctica- mente fue ejecutada con esfuerzo bien reducido. Pero no es únicamente de este modo como se aplica la plancha re- cortada en el segundo tercio del siglo xvi, llegándose a composiciones es- culturales completas como las grandes águilas que sirven de atril en mu- chos de nuestros templos. Repujada la cabeza y cuello, el cuerpo se tra- baja en tiras o zonas de plancha siluetada, siguiendo el perímetro de una faja de plumas, y muy ligeramente realzada, se superponen en parte a sus piezas análogas, montadas todas ellas sobre un núcleo macizo, dando la más agradable impresión como trabajo de conjunto, mucho más cuanto que la mayor parte de los ejemplares suelen estar por completo dorados a fuego. Piezas análogas, quizás anteriores (en los ejemplares que hemos visto el águila tiene el limbo de San Juan, y por ello pudieran considerarse como obras aun del tiempo de los Reyes Católicos), suelen ser en plan- cha unida o completa repujada ligeramente, marcando el dibujo de las plumas, y luego la plancha de relativas grandes dimensiones, se curva y cose dándole la forma del ave. Es inútil decir que estos ejemplares, pre- cursores quizás de los antes mencionados, no tienen ni la gracia ni el in- terés de aquéllos. Otro nuevo elemento interviene desde ahora en la decoración, y aun- que de pocos centímetros de altura en los ejemplares primitivos, crece rápidamente y llega a una importancia decisiva antes de la terminación del siglo; es el trabajo de las varillas en el torno. La tendencia francamente arquitectural de esta época, sobre todo en aquellas piezas que podían interpretarse en un sentido corpóreo comple- tándose en sí mismas, como, por ejemplo, los grandes candelabros y te- nebrarios, dividió su cuerpo principal en pisos o secciones, donde no fal- ta nunca una pequeña o grande galería de columnas que aparentemente sostiene una parte considerable de la obra; estas pequeñas columnitas trabajadas con perfiles geométricos más o menos accidentados, y que en un principio se forjaron, más tarde fueron labradas a torno, modificación bien interesante, que anuncia ya nuestros años de técnica contemporánea. Pero no es esto solo, en los finales del siglo xv se establece en Nava- rra, con carácter francamente industrial, la primera fábrica de balas o bombas fundidas; en los principios del siglo xvi la industria se extiende a las provincias Vascongadas y Santander, y en días de Doña Juana prime- ro y del Emperador después, se obtienen para Granada, en hierro fundi- do, las primeras piezas ornamentables que son fondos de chimenea, tra- bajadas por moldeo del hierro líquido, por fusión. Es verdad que el procedimiento no se generaliza para fines artísticos propiamente tales, hasta que muy entrado el siglo XX y cuando los hor- I nos altos modifican por completo las condiciones de la industria, pero no es menos cierto que el sistema se perpetúa desde aquella fecha, perfec- cionándose los hornos de segunda fusión o cubilotes, lográndose especial- mente piezas de artillería con las más bellas decoraciones. Aquella tendencia constructiva iniciada en los principios del siglo, ad- quiere de día en día una mayor preponderancia, los trabajos en hierro se reservan para aquellas grandes piezas que deben ser contempladas a dis- tancia, y con ello, como es lógico, aumentando en importancia la silueta arquitectónica del ejemplar, pierde el interés de las decoraciones repuja- das, los trabajos se van haciendo cada vez más monumentales y sobrios, los motivos de la naturaleza que traducía el renacimiento, desaparecen lentamente y los ejemplares faltos de la vida que ellos les dieron, apare- cen de día en día más esquemáticos y fríos. Si pudo influir en los trabajos de los herreros el carácter vulgarmen- te considerado como seco y adusto del sucesor de Carlos V, es problema no tratado hasta el presente, pero desde luego puede decirse que las cir- cunstancias económicas y políticas porque atravesaba el país, se unieron a las consideraciones de orden estético más restringido, en una escuela que buscaba toda la belleza en la ponderación de las proporciones de la totalidad y en la distribución adecuada de las masas. Es la obra de las personas que aprendieron a dominar los conjuntos y prescinden de la or- namentación de detalle que no siempre es visible a distancias consi- derables. Esta última razón por una parte, haciendo poco menos que inútil el trabajo del repujado cuyos relieves se confunden y pierden cuando, co- mo decíamos, no pueden ser apreciados a la distancia conveniente, la ten- dencia arquitectónica ya mencionada, que muy poco después había de labrar El Escorial, y muy bien puede ser que una razón económica tanto más atendida cuanto menos confesada, determinaron en los trabajos de aquella segunda mitad del siglo xvi una tendencia francamente geometri- zante que no decora las superficies, que distribuye armoniosamente las masas y que edifica por siluetas y por contrastes, porque edifica, porque sus obras son eminentemente corpóreas y arquitectónicas. Se comprende, después de lo dicho, que aparezcan en esta escuela nuevos elementos constructivos, tal vez ya conocidos pero que ahora to- man una personalidad característica, son ellos, en primer término, la vari- lla y la plancha, pero no la varilla y la plancha tal como se entendieron en la edad media, sino estos mismos elementos, pero como creadores de siluetas; por eso, ni la varilla es más que una línea en el espacio ni la plancha otra cosa que una superficie llena; y por eso también ni la vari- lla ni la plancha admiten decoración intrínseca, y tan sólo la primera in- terrumpe algunas veces su sección uniforme por aumentos progresivos de diámetro, que bruscamente se reducen para dar un mayor contraste a un disco colocado a la mitad de su trayectoria, nuevo aspecto de los peque- ños barrotes torneados, aunque éstos sean de forja, todo ello, siempre im- presionado por su silueta, silueta geométrica y fría, con mucha frecuen- cia, en composiciones adoradas con monótona simetría. Los trabajos realizados en este último tercio del siglo xvi constituyen, por lo dicho, un rudo contraste con los ejemplares que les precedieron; ¡as cruces procesionales que fueron antes hechas en plancha repujada y policromada, siguiendo quizás los gustos italianos, pero de todos modos llenas de ornamentación de follaje y de grutescos, se trazan ahora por dos barras paralelas de sección rectangular colocadas de canto; el espe- sor, es el espacio que las separa, la decoración cuando existe es una pirá- mide de base cuadrada que termina en esfera; de vez en cuando cuatro varillas cilindricas que se adelgazan progresivamente, se apartan del cen- tro de la cruz en suaves ondulaciones, llenando los espacios vacíos de los cuadrantes; todo es elemental, esquemático y frío; ciertamente que tiene su encanto y desde luego su dificultad y mérito de composición, las ma- sas que el ejemplar no tiene, pues son los espacios comprendidos entre las varillas paralelas, pero que dan la sensación de existencia, la ornamen- tación sencilla y armoniosa, el conjunto mismo, da la impresión de sereni- dad, de paz y de reposo tan opuesta a los trabajos que precedieron; cons- tantemente para los remates se toman como elementos decorativos figu- ras geométricas sencillas, y cuando por las proporciones del conjunto és- tas adquieren dimensiones algo considerables, en vez de hacerlas llenas o macizas, únicamente se traza su silueta en el espacio que se deja vacío- Tal era la industria del hierro en los días del Rey Nuestro Señor que fue Felipe II. :NTRE los múltiples aspectos que presentan los trabajos realizados - en esta época, es muy curioso hacer notar que como lógica con- LJI'*¿..'' secuencia de las relaciones de España con el resto de Europa, aparecen entre nosotros y se encuentran en aquellos pueblos, destellos más o menos intensos de los gustos, de las modas y de las técnicas que recíprocamente predominaron en cada suelo. Las cerraduras y llamadores que se fabricaron en los principios del siglo xvi en Cataluña y en Francia apenas pueden diferenciarse, por haber seguido los dos pueblos técnicas casi iguales en un período en que la or- namentación gótica llega a su último grado de complicación y amanera- miento. En cambio, poco después, al aclimatarse entre nosotros procedi- mientos de trabajo indiscutiblemente alemanes, éstos se modifican y ad- quieren personalidad propia y carácter francamente español. En efecto, quizás en aquel primer viaje de D. Felipe I, pero desde lue- go no mucho más tarde de la consolidación de Carlos V, después de la batalla de Villalar, llegan a España artífices y obras alemanas, unos que trabajaban en hierro en varias de nuestras catedrales como la de Burgos, y otras como la conocida papelera o escritorio de Carlos V, firmada en Nuremberg, y que hoy se conserva en las habitaciones que pertenecieron a Felipe II en El Escorial. No se conocen en España obras ejecutadas al «agua fuerte» hechas con anterioridad a este tiempo; los motivos ornamentales trabajados en línea por superficies de hierro, fueron una labor realizada siempre a cin- cel, en trazo grueso, preferentemente recto o por lo menos muy sencillo, como se ha dicho en su lugar, de tradición morisca, que adaptó al hierro la manera de ornamentar el bronce; pero al terminar el primer tercio del siglo xvi, aparecen unas pesadas cajas de caudales, todas ellas en hierro, con cerradura de pestillo múltiple que agarra sobre un reborde seguido que presentan las caras verticales de la caja, cerradura accionada por una sola llave central que comunica su movimiento por complicadas palancas, mecanismos y resortes a los numerosos pestillos dispuestos para apoyarse sobre los rebordes; tienen de particular estas cajas, el hecho de que toda la complicación que supone la compleja cerradura descrita, viene oculta por una plancha recortada, con frecuencia en tres fajas que recorren el largo total del arca, la central más distanciada del fondo. Las superficies planas de estas fajas, representan complicados asuntos del renacimiento, donde lo ampuloso de las figuras y los motivos, superponiéndose frecuen- temente, apenas dan lugar a que se descubra el fondo que es la parte de plancha recortada o eliminada del conjunto. Las composiciones se dibu- jan en parte, como decimos, por el siluetado que se hace cuando la figu- ra o motivo se desarrolla sobre fondo y en parte por líneas, finas y es- quemáticas que sobre la plancha pulida completan la silueta, reforzadas por los muy pocos trazos que se consideran como indispensables para que la composición resulte bien definida. Seguramente que no sería preciso el añadir que este dibujo fue grabado por un ácido (seguramente el nítrico, agua fuerte) que atacó las partes del metal que dejó libre o descubierto el estilete del operario al arrastrarse sobre la plancha, previamente cu- bierta con una tenue capa protectora de cera. El procedimiento, como decíamos, hizo fortuna en España, y las cajas de caudales que desde entonces se fabrican, continúan ocultando sus me- canismos por planchas recortadas y decoradas al «agua fuerte», exten- diéndose el procedimiento a otras múltiples aplicaciones, donde no pocas veces se trata de perpetuar tradiciones de las guerras de la reconquista o escenas de la vida militar y politica de aquel entonces. Nada tiene de particular, por otra parte, que el caso se repita a la in- versa, y así vemos una serie de cerraduras muy curiosas, clasificadas por todos los tratadistas como italianas, pero de procedencia alemana, que en realidad tienen una composición española. Están constituidas por una ca- ja recta de sección rectangular, casi cuadrada, en plancha realzada, con- teniendo la totalidad de los mecanismos, y ello sería por completo corrien- te, si el cerrojo no presentase en todos los tipos, calados, que resultan ser góticos, aunque recordando las arquerías peraltadas de los árabes; pero lo más original es que de los cuatro ángulos, parten radios que terminan en discos de plancha realzada con labor menuda y repetida, trabajadas exac- tamente, fuera del tamaño del motivo que es menor, igual que los frisos y cenefas de plancha realzada que compitieron con los ejemplares de dos y tres órdenes de plancha calada. La disposición del conjunto es comple- tamente española, siendo tan sólo una variante de las tan conocidas ce- rraduras de cuatro conchas, sólo que los alemanes primero y después los italianos, que no tenían por qué rendir culto al Apóstol, transformaron las cuatro conchas de sección circular en cuatro discos; la técnica es también española, la de plancha realzada, sólo que la labor es mucho más menuda; por fin, la cerradura es tipo francamente nuestro y hasta es pre- ciso fijarse bien en los detalles del cerrojo para poder apreciar que se trata no de una arquería musulmana sino realmente gótica. De esta manera las recíprocas influencias recorrieron Europa, trayen- do y llevando nuestro arte, que a partir de esta fecha inicia una rápida . decadencia que apenas en la actualidad si puede considerarse como de- tenida. DIO DEL TRABAJO DEL H1KRR0 KN |os comienzos del siglo xvn marcan en la historia del hierro una visible reacción sobre los procedimientos exageradamente geo- metrizantes que vimos dominaron en los días de Felipe II; se vuelve al recuerdo de la naturaleza, pero no con aquella verdad y gusto que fue la característica de los buenos tiempos del renacimiento. Como toda reacción, es francamente exagerada, y así como en los principios del siglo X I la reproducción floral es un motivo de decoración que rellena y V adorna las superficies que resultan de una concepción arquitectónica, cu- yas líneas generales fueron trazadas sin tener en cuenta los detalles con que luego se enriquece y ornamenta; ya en estos principios del siglo xvn y mucho más luego, durante toda la decadencia, el detalle adquiere la im- portancia que sólo debió tener el conjunto, y la obra presenta unas líneas generales que son únicamente la envolvente, la consecuencia de una or- namentación desproporcionada y abusiva; en el hierro puede decirse que también como en la arquitectura se desarrolla el barroquismo, si por tal se entiende la exageración y multiplicidad del detalle, hasta el punto de oscurecer la finalidad y la concepción del conjunto. Las obras realmente geniales desaparecen y en este momento se mar- can con toda claridad dos tendencias, dos formas curiosas de decadencia, muy en armonía con la España de entonces; los trabajos ampulosamente artificiales de plancha recortada y curvada y las obras de labor menuda, apretada y detallista, que dentro de un trabajo pacientísimo, falto de ori- ginalidad casi tanto como sobrado de labor, encierran quizás una tan gran- de vanidad como ostentación los primeros; claro está que unos y otros son tan sólo consecuencias de la aplicación de las técnicas ya conocidas, con la sola excepción de las grandes obras de repujado que son progre- sivamente más raras. Corresponden a la categoría primera, una cantidad muy considerable de trabajos que no tienen silueta propia; un eje de varilla de hierro cum- ple una finalidad utilitaria, y luego sobre ese eje, se amontonan florones y volutas, sencillamente justapuestas, es decir colocadas las unas al lado de las otras y hasta con frecuencia simétricamente distribuidas. No corres- ponden las decoraciones florales a un conjunto inspirado en la naturaleza, no es un tallo del que nace un capullo o una flor; es un eje de sección circular o cuadrada donde se remacha un florón compuesto de cuatro o más hojas de plancha recortada, muy ligeramente realzada y ampulosa- mente curvada, para dar la sensación de una flor, que aparece en el con- junto sin justificación adecuada. La mayor parte de las veces, viene después y sin solución de conti- nuidad, una decoración compleja de volutas, reminiscencia y reacción, to- do unido, de aquellas estilizaciones geométricas que vimos dominaron el gusto de las gentes en el último tercio del siglo xvi. Por fin, la obra suele tener casi siempre un eje de simetría, y las decoraciones de volutas geo- métricas, como los ampulosos florones de plancha recortada, se repiten simétricamente con una fidelidad que ni fue guardada en los trabajos del renacimiento, ni había de perdurar un siglo después, cuando los modelos franceses llamados de los Luises, fueran el ideal de nuestros artífices herreros. Corresponden a la segunda categoría las interesantes cerraduras de triángulo curvilíneo, verdaderas obras de estudio y de paciencia, compen- dio, por otra parte, de múltiples tradiciones y técnicas. Suelen estar for- madas por la caja de la cerradura y el cerrojo: como recuerdo de los tiem- pos medioevales, el cerrojo que fue, como ya sabemos, una gruesa barra en T, tiene un eje superior, cuyos extremos giran sobre dos pequeñas ar- gollas, prolongándose dicho eje, que se dobla en ángulo recto, para ter- minar en un curioso detalle cincelado, por ejemplo, unas conchas, que evitan el movimiento lateral, permitiendo el de giro. Parten desde las ar- gollas (aunque en el mayor número de casos, separadas de ella hasta unos dos a cuatro centímetros), y arrancando de todo el eje, una fuerte plan- cha que limitan lateralmente dos arcos, dando al conjunto esta forma triangular, con uno de los lados recto, el del eje, y curvilíneos y simétri- cos los laterales. Es la cerradura casi siempre una caja de sección cuadra- da, realzada fuertemente, y prolongada en ancha cenefa recortada y ca- lada que sirve para fijarla sobre la tapa del mueble que debía de cerrar- La superficie triangular antes descrita, la cuadrada de la cerradura que no debe quedar oculta por el cerrojo, y la cenefa que apoya sobre la ta- bla, todo ello viene cubierto por labor minuciosa y repetida. En la mayor parte de los ejemplares una cenefa monótona y sencilla, trabajada a cin- cel, recuerdo de las que ornamentaron las alguazas árabes o los anillos de los llamadores moriscos, ocupa una parte considerable de la superfi- cie, y la central del triángulo se rellena por un florón geométrico, regu- lar, también inciso a cincel, como en ya dichos espacios centrales de las alguazas árabes, sólo que ahora mucho mayores, hasta el punto de cubrir o poco menos la superficie, dejando solamente como fondo sin labrar los espacios irregulares que resultan de las figuras geométricas que se han trazado. Dos variantes pueden presentar estos ejemplares, es una contener fi- guras forjadas sustituyendo como decoración al florón central del cerro- jo; es otra, presentar esta superficie central, así como la de la caja de la cerradura, ornamentada por dibujos producidos al agua fuerte; una y otra, como vemos, recuerdo de técnicas ya pasadas. Lo clásico, lo sensacional en ellas, es producir la impresión de riqueza, de trabajo extraordinario, de complejidad y amontonamiento de labor; los artistas que las produje- ron en cantidad relativamente considerable, no se preocuparon en modi- ficar las líneas del conjunto, en producir una sensación agradable, tan só- lo se cuidaron de cubrir minuciosamente unas superficies, que en parte no están justificadas más que como tablero, sobre el que poder hacer de- mostración de un genio y una riqueza que fueron patrimonio tan sólo del siglo que les había precedido. Ciertamente que es una de las características de la época, la desapa- rición del repujado propiamente dicho; pero no debe tomarse esta afir- mación de un modo radicalmente absoluto, pues, por una parte, las deco- raciones florales en plancha recortada lo son asimismo ligeramente repu- jadas; y hasta como excepción, claro que nada más que como excepción, se encuentran trabajos repujados en grandes superficies, no como decora- ción auxiliar, sino siendo este último el procedimiento de ornamentación. Lo que naturalmente desaparece, es el alto concepto decorativo con que fue trabajado el repujado durante los buenos días del renacimiento del siglo xvi, y ahora marchando los tipos ornamentales paralelamente a las soluciones arquitectónicas más en boga, lo que impera es un barroquismo de temas complejos y recargado de detalles, tan propio de su tiempo. Los muy pocos ejemplares repujados que se conservan, hechos en la segunda mitad del siglo xvn, son realmente curiosos e interesantes; porque en ellos, y como ya se ha dicho, ha sustituido a la concepción del conjun- to, la pulcritud en la ejecución de un motivo, que se repite, o poco me- nos, en toda la superficie disponible, resultando como consecuencia, no una pieza decorada, sino una yustaposición de decoraciones que da como resultado de su amontonamiento un conjunto. Los frontales de altar que se labraron en este tiempo son una demostración de lo dicho. Por ejem- plo, florones de un ampuloso desarrollo, llenando un espacio rectangular, se colocan los unos al lado de los otros hasta completar y cubrir la super- ficie disponible; eso sí, cada uno de ellos está repujado con un detalle y minuciosidad interesante, falto de gracia es verdad, pero no falto de la- bor y de habilidad. Tal fue en la España del xvn la decadencia del repu- jado que produjo durante el siglo xvi las obras más grandiosas y más ge- niales que se conocen en el mundo. Falta decir ahora, que también durante el siglo xvn continuaron y hasta se mejoraron procedimientos de construcción que nacieron en el precedente, porque son una fiel continuación de aquellos procedimientos, la curiosa labor de los barrotes de balcón que se fabrican invariablemen- te durante todo este tiempo, los trabajos en plancha calada que decoran los bargueños y los arcones, fallebas de ventana y tantos otros: los unos admirablemente labrados y cincelados, son ejemplares como hijos del si- glo xvn, que recuerdan el geometrismo de que proceden, pero con una decoración floral, siendo más que un capitel labrado, con un motivo orna- mental frío pero agradable, que es con frecuencia doble y simétrico en los barrotes de huso, hecho realzando algo el metal para lograr un principio de relieve, y cincelando sobre el realce una hoja que se repite, dibuján- dose delicadamente hasta perderse en la superficie cilindrica del barrote. No pocas de las casonas que presentan sus viejas fachadas de piedra a las carreteras de las provincias vascongadas, conservan sus balcones principales con barrotes labrados de esta manera durante el siglo xvn en las terrerías de Elorrio, de Mondragón y de Durango. Es curioso ver en ellas, la mezcla de un geometrismo que lucha con la decoración naturalis- ta y el barroquismo de la época; la mayor parte de estos balcones suelen presentar un imponente medio punto que arrancando del piso, es tangen- te al pasamanos; barrotes radiales llenan toda su superficie, unos rectos, otros ondulados, rellenándose los espacios irregulares intermedios y el centro del medio punto, con barrotes incompletos y por labores forjadas o en plancha calada, que frecuentemente recuerdan los blasones del due- ño de la casa. Cada barrote tiene su labor cincelada, los angulares son con frecuencia de sección cuadrada en su mitad primera, y el conjunto suele tener un principio de pesadez por lo recargado del tema, que no existe en cada uno de los elementos que lo componen. Ocurre algo parecido en guardas, cantoneras y cerraduras de los típi- cos bargueños; en primer lugar, es en ellos donde únicamente se conser- van los modelos de cerraduras de doble cerrojo, que se vulgarizaron en aquellas cajas rectangulares de doble plancha calada, del tiempo de los Reyes Católicos y que durante el resto del siglo xvi apenas si se reprodu- cen; pero lo clásico de estos herrajes, es que su labor es constantemente en simple plancha calada, trazando complejas composiciones estilizadas, mucho más geométricas que florales. Con frecuencia y para mayor luci- miento de la labor, fueron estos trabajos colocados en las tapas de los bargueños y los arcones sobre terciopelo rojo, dando con ello, como es lógico, un mayor contraste al dibujo, que se complica y se extiende en no pocos ejemplares, sin otra finalidad que la decorativa. Fue durante la segunda mitad del siglo xvn cuando comienza la moda de las miniaturas, que al igual que los relicarios, exigieron marcos donde la menuda labor ejecutada, aun dentro de las dimensiones reducidas del modelo, guardase una cierta relación con la importancia que tenía el ejemplar a que se destinaba. Primero en plata y esmaltes, algunas veces en talla y con frecuencia relativa en hierro, empezaron a labrarse marcos de una labor calada compleja y diminuta, que más recuerdan una cenefa de encaje que el armazón defensivo del objeto que se custodia. Estos cu- riosos trabajos, de sección poligonal la mayor parte de las veces, elíptica otras, y cuadrada o rectangular muy pocas, suelen ser casi siempre ejem- plares dobles, es decir trabajados por sus dos caras, y en casi la totalidad de los casos con piezas terminadas a cincel, esculturando los motivos or- namentales, que son casi siempre florales, dentro de un espesor que po- cas veces es mayor de un milímetro. Lanzados por este camino, se cons- truyeron de un modo parecido una porción de pequeños objetos destina- dos la mayor parte de las veces a manos femeninas. Pero lo curioso del caso es que tales labores sufrieron dentro del mismo siglo xvíi una amplia- ción de escala, y como el trabajo de cincelado no era posible realizar- lo con éxito al multiplicar las proporciones, para las superficies que aho- ra se trata de cubrir, se aplica la plancha calada otra vez, no doble sino única, y trazando en ella motivos florales complejos y entrelazados que apenas eliminan unos recortes de plancha, y dibujando la composición por un repujado y punteado elemental, que más que relieve, da la línea o la traza de la composición correspondiente. De esta manera comenzaron a ser aplicadas esas planchas perforadas que componen el fondo de los fa- roles de la época y hasta la totalidad de los mismos cuando su finalidad era puramente simbólica como en los ejemplares destinados a la conduc- ción del Viático. o deja de tener un interés muy particular en la historia del hierro las vicisitudes políticas de la nación, que obligaron a nuestros ar- 1 N tifices a prescindir o poco menos de todo lo que se hacía fuera de España, siendo quizás el ejemplo más elocuente, lo que ocurre con la cerrajería española, en la que tan sólo muy lentamente se va apreciando la influencia del arte francés, que en estos tiempos trabaja las llaves más perfectas y complicadas, dando modelos que se copian en todo el mundo y que son modernamente cada día más apreciados. (1* Fueron los tipos iniciales de esa época las famosas llaves que dicen daban entrada a los departamentos privados de Enrique 1 1 (de Francia), caracterizadas, por- 1 que en sus asas o anillo se prodiga el trabajo a cincel, componiéndolo con quimeras aladas, con esfinges con mascarones y grutescos de un gusto y (1| La llave llamada de Strozzi fue vendida hace varios unos en 1.200 Libras (unas 30.000 ptas.) una ejecución que realmente son extraordinarios. El anillo se unía al tallo por una especie de capitel de gusto clásico, o siempre, por lo menos, de forma arquitectónica trabajado igualmente a cincel como la decoración del asa. En una llave francesa de este tipo (1) entre el capitel corintio que une el tallo al anillo y las asas mismas, se abre un espacio minúsculo a manera de templete, dentro del cual se conserva una figurilla microscópi- ca. Los ejemplares más definidos, suelen tener en la parte superior del asa, bien de una manera ostensible, bien como uno de los elementos de- corativos, un pequeño anillo central, que servía para colgar la llave sin que ocultara la cinta, nada de la labor esculturada de las asas. Tal importancia adquieren estos trabajos en la nación vecina, que durante el primer tercio del siglo xvn, y aun antes, se publican numerosos tratados para el uso de cerrajeros, con dibujos de llaves que, más o menos modificados, sirven de modelo a todos los cerrajeros de Europa, siendo tan sólo los nuestros los que tal vez por desconocer estos tratados, quizás conociéndolos, aceptan muy lentamente los motivos franceses. <2) Están conformes los autores de la nación vecina, y lo citamos, porque adoptado el sistema, poco más tar- de por nuestros gremios, produjo aquí también excelentes resultados, que la causa más eficaz en su progresivo perfeccionamiento estaba, en la dis- posición gremial que exigía del aprendiz para que pudiera pasar a maes- tro, la presentación de una «obra de prueba» en la que ajuicio del tribu- nal del oficio, hubiera sido preciso invertir por lo menos dos años de tra- bajo. A facilitar esta labor estaba destinada, entre otras, la obra publica- da por Jousse, quien dio los principios fundamentales de las cerraduras de doce y de siete vueltas, publicando una serie de dibujos de anillos o asas, generalizados más tarde en toda Europa, como queda dicho. Los modelos españoles de esta época, se diferencian esencialmente de los franceses en que sus asas o anillos no se inspiran en composiciones es- culturales de quimeras esfinges o grutescos. El lujo cortesano de la llave (1) Llave que pertenecía a Mr. Currie. (2) Estos tratados fueron principalmente: el de Jaime Tronet de Cerceau, que murió en 1585, que se considera como el primer tratado qne publicó dibujo de llaves para uso de cerrajeros; el de Pompeiu, publicado en 1612; a con- tinuación aparecieron varios de Antonio Jaime de Poitiers, que se consideran como los más interesantes, así como el tratado de Jousse, que en 1625 publica cuarenta ejemplos de arcos de llaves; y el de Didiei Tormer, que por aquellos )DUCCIÓN Al ESTUDIO I nace en nosotros realmente en la misma época que en Francia, es decir en los finales del siglo xvi, pero con la diferencia de que así como ellos adoptaron todos los elementos esculturales que les ofrecía Italia, nuestros cerrajeros tuvieron que acomodarse a aquella escuela geometrizante y es- tilizada que vimos dominar en los días de Felipe II, y por ello nuestras llaves de Corte tienen su anillo o asas siluetadas, y tan sólo algo más tar- de, en los principios del barroco, la parte de unión del anillo elíptico in- vierte su curvatura para unirse al tallo. Es muy curioso en este tiempo el hecho de que la superficie que limita el asa o anillo, se rellene con deco- ración, que tiene un parentesco indiscutible con aquellos ejemplares his- pano-árabes que se hicieron en los finales del siglo xiv o principios del xv, decoraciones geométricas, que sin serlo recuerdan el arte gótico, y que imprimen al trabajo de nuestros cerrajeros una particularidad muy en ar- monía con el resto de las labores españolas en hierro, la de buscar el efecto decorativo, exclusivamente por la silueta perforada, hasta el punto de que el anillo está terminado con mucha frecuencia por dos superficies planas, es decir sin un solo motivo esculturado y como consecuencia sin que el trabajo a cincel interviniese para nada. Dos particularidades dignas de mención separan nuestra cerrajería de la francesa, y otras dos fueron copiadas de sus modelos. De las dos pri- meras, es una, que nunca el tallo se une al anillo por capitel arquitectónico clásico; una moldura, con mucha frecuencia demasiado compleja, suele llenar esta misión, pero ni tiene ni pretende la categoría de capitel; cosa bien natural y lógica si recordamos que nuestras llaves, como se ha dicho, salvo casos muy excepcionales, no fueron trabajadas a cincel: es la segun- da, el que con extraordinaria frecuencia suele venir el tallo decorado, en superficies de revolución, recordando tipos de husos, más o menos com- plejos, de los entonces tan en moda en los trabajos de rejería. Pero, en cambio, en muchos de nuestros ejemplares, incluso en los más típicos es- pañoles, aparece como en las francesas, sobre las asas, unas veces fran- camente, otras encubierto por la decoración general, el pequeño anillo destinado a colgar la llave, inteipretado en todos los casos, exactamente a como lo hubiera colocado un cerrajero francés; pero si este detalle pudiera ser considerado como la consecuencia natural de una necesidad o una moda, produciendo en los dos países idénticas soluciones, no pue- de decirse lo mismo de otro motivo curioso; porque aparece en un núme- ro considerable de ejemplares, encima de la moldura que sirve para la unión del tallo al anillo, un pequeño espacio vacío, una a modo de dimi- nuta capillita, que unas veces vacía y otras guardando un símbolo o una efigie de proporciones microscópicas, es la más evidente demostración de que aquellos cerrajeros de nuestro siglo xvn, copiaron de los tipos fran- ceses un detalle de ejecución, tan en armonía con esa preocupación de multiplicidad de labor y de detalle que siempre caracteriza las decadencias Falta decir que en España, como en Francia, los ministros y los nobles que ejercieron cargo en Palacio, ostentaban una llave, que fue siempre necesariamente ejemplar de categoría, y parece ser que en España la cos- tumbre se fue extendiendo a las grandes casas y corporaciones, pudiendo ser esta la razón de que aparezcan con relativa frecuencia, ejemplares que llenan la superficie de su anillo, con los emblemas de las órdenes militares, los institutos religiosos o los cuarteles de armas de familias bien conoci- das. Se dice (1) que reinando Carlos II, todos los caballeros de la servi- dumbre del rey llevaban constantemente llaves maestras, que permitían la entrada en todos los cuartos de todos los palacios (?) con el anillo o asa exageradamente grande, llevando los criados la misma llave, con la dife- rencia de que la de los señores era dorada y la suya no. Si una llave se perdía, el culpable tenía la obligación de dar cuenta de ello al jefe de Pa- lacio, quien inmediatamente ordenaba el cambio de todas las cerraduras, lo que importaba una fortuna, que tenía que pagar quien perdió la llave. Para terminar, nuestros gremios exigieron de los aprendices para otor- garles la categoría de maestros, llaves que demostrasen una perfecta eje- cución y un completo dominio de la materia, y esos trabajos con el tallo de sección poligonal, hueco, en que este, es el estuche de complicadas disposiciones, demuestran bien claramente que si nuestros cerrajeros no labraron a cincel las composiciones esculturales que tomaron los france- ses del renacimiento italiano, no por eso, ni mucho menos, desconocieron en aquellos días su oficio. (I) Ironwork.—Part. II, piíg. 9 9 y siguientes.—V. Starkie Gardner-South Künsington Museunt- Art llandbook. " UEDÓ A SU TIEMPO CONSIGNADO (PAG. LI) que antes de mediar el siglo xvi las ferrerías vas- congadas modificaron sus procedimientos de fabri- cación, y hasta el año 1540 en que se establecieron, según el P. Henao, (1) con rueda mayor y martine- te a la genovesa, duraba <2) «el artificio de Otibio, que inventó una nueva y segunda manera de fundir la mena y de labrar el fierro, diferencián- dose del primer modelo». (3) 4 El poema de Luis de Borbón < «Arte de las forjas en 1523» parece > ser la obra más antigua que tenga relación con nuestro asunto, pero está en ella tratado el problema de un modo tan superficial, que no es posible lograr deducir ningún dato preciso. Muy poco más tarde, en 1530 y en 1540, se publican en Basilea y en Venecia dos obras extraordinariamente notables, que en poco tiempo alcanzan un número crecido de ediciones, y que en pleno siglo xvn son consideradas aún como los textos fundamentales en la materia, editándo- se, la segunda al menos, nuevamente traducida. Son éstas, el libro De re metálica, publicado en latín por Gregorio Agrícola, médico que ejercía su profesión en Joachimzchal primero y en Chemnitz después, y la obra ita- liana de Vanoccio Biringuccio, no citada por el Sr. Zuaznavar y otros, y cuya noticia yo debo a mi erudito y sabio amigo el Sr. Pérez Bueno. Del libro titulado De re metálica, deduce el Sr. Zuaznavar (5) que «se (1) Averiguaciones de lis Anti s üedades de Cantabria.—Cap. XXXIX,-!'. Henao. (2) Monografía acerca de las Ferrerías Vascongadas, por D. Mariano Zuaznavar. (3) Historia de Vizcaya, por D. Juan Ramón de tarriza. ., (4) Zuaznavar. Monografía ya citada, escrita y publicada con ocasión de Las Fiestas de la lraoicion del Pueblo Vasco. (5) Monografía ya citada. trataban dos clases distintas de menas, la pura y la impura, fundiéndose la primera en hornos de forma cuadrada de 1,48 metros de lado y 1,03 metros de altura, con crisol central de 0,30 metros a 0,45 metros de pro- fundidad, y otros de 0,45 de diámetro, alimentados de aire por fuelles de cuero». (I) Coincide con ella la obra de Vanoccio Biringuccio en estable- cer dos clases de hornos, con la curiosa particularidad de que el segundo de los tipos, concreta ser una disposición «muy parecida (¿igual?) a las de Bizcaya», (2) especificando dimensiones y dando una relación detalla- da del procedimiento, que, sin llegar a lo dicho por Agrícola, permite se- guir la marcha de la operación. Es, por otra parte, de trascendencia ex- traordinaria, la coincidencia relativa de los dos textos, en mucho de lo que tienen de fundamental, escritos por extranjeros uno y otro, sin mani- festar la localidad Agrícola y concretamente citándola Biringuccio. Esto, y el hecho de que la obra de Biringuccio sea muy poco posterior a la pri- mera edición de Agrícola, demuestran de una manera suficiente, que lo descrito en su obra De re metálica, era la técnica seguida normalmente en (1) Añade, como curiosidad, el Sr. Zuaznavar, tomándolo de Mon, , que los fuelles de inventados por el Obispo de Ramberg en Bohemia, hasta el año 1020. (2) DE LA PIRO | TECHNIA. | LIBRI. X. DOVE AMPIA- MKN | se si tratta non solo di ogni sorte & di | oersita di Mi- fw.£í--4,&ln Turnad! qudlade Idba ve'ho recita alfcl.HORA Di niere, ma an chora quan j to si ricerca intorno a la prat- q, AíiS T A aírrafortenwkofimlk a qudb di Blfchala,* di Brcfdana * di Burfvmcdlro quinto necomprcíi.Et primamente prefuppoUft lica di [ quelle cose di quel che si appartiene | a l'arte chclbabblatetrouatahmlniíra&cauaronecopia& rlcotta & (celta & de la fusione over gitt de me | talli come d'ogni alhra benlflimo rlfceb & laiutahídi nc:csfita d! hauer vno o pin foml¿he cosa simile a | questa. Composti per il S. Vanoc | cío cotí (i cfitamano terte minkfic Rrüdl di grácil simia tcnuta di carbonc Biringuccio Sennere. Tattoznaú vacuofiinilealafiguraclic vi molbiroquldefigtun DEL * 0 : r \ R 0 Con Prinilegio Apostólico & de la | Cesárea Miiesta & del Illustriss. Sena [ to Véneto. MDXL El texto italiano, dice textualmente: Ahora de esta otra clase mu semejante a la de Bizca- ya & de Breniana & de Buti enediío cuanto re com" Existe una traducción francesa de .laegues Vincent, impresa en Roven en 1627. Contiene 230 hojas nume- Et pp elT aqueftunt, anparuüini* a £ la ( I i ur_ déla radas, los grabados son malas copias de la edición ita" tn.inldia aoulfa dun gran paro dale dieper aliezza cotnuncniccc forí liana. dalcfei ailcútiobracclajlqüali moiG da vna faldaruota de sequa ft a Í¡IKU:» adaican fanno vno grandtsrnuo apoto petft""confio, t t colicollorporenie&crandlífimofiíro mclTolnraf niwilfhaqiiaJial El texto reproducido dice: fdbl5olplcdaíadlcatbonrr[fafondc Pero de la del Elba ya os he hablado bastante. Ahora h íw fllípolla a huon ferro da poter daré alia fudna,pc os diré que hay extendidas otras suertes semejantes a !a tn.T'llo.Et conmtfoquertolienfpefliiadulcni clu1 perq de Bizcaya, de Eresciana y de Buti. nuestras provincias vascongadas durante aquel primer tercio del si- glo xvi, (1) técnica que más tarde, en el siglo xvn, parece ser que se modi- fica adoptando el hogar bajo y abierto, bien diferente de estos tipos. Las vicisitudes que luego siguió la industria, nos las describe en el año (1) La vena de hierro de mejor calidad debe cocerse en un horno semejante al segundo: pues el fuego ha de al- " " '-" s P' e S Y m e d ¡ o de altura, y cinco pies de ancho y de largo; en medio de él ha de haber una cavidad de un pie de alti sis de anchura, aunque puede ser más alta o más estrecho, según la mayor o menor cantidad de hie- rro que se extraiga de la vena. Al maestro debe dársele la medida exacta de la vena de hierro, mucho o poco el hierro que pueda fundir la misma vena. El encargado de la tarea debe echar primeramente carbones en la cavidad, y sobre ellos tanta cantidad de vena de hie- rro desmenuzada y mezclada con castina aun no apoyada, cuanta quepa en la pala de hierro. Seguidamente, eche de nuevo varias veces carbones, y sobre ellos derrame de vena de hierro; y así hasta que se vaya formando poco a poco el montón, el cual final- mente, una vez encendidos los carbones, será cocido al fuego, avi- vado por el soplo de los fuelles artificiosamente colocados en el vientre del horno: torea que puede llevarse a cobo en ocho o diez o doce horas. A fin de que el ardor del fuego no le queme el rostro, cubrirá su cabeza con un gorro que tendrá algunos agujeros por los cuales pueda ver y respirar. Junto al horno debe haber uno barra larga, con la cual siempre que el caso lo exije, y lo exije cuando los fuelles avivan demasiado el fuego, al agregar el resto del mi- neral y los carbones o ol apartar los escorias, pueda detener o ha- cer girar la compuerta del canal por la cual las aguas caen sobre las ruedas y mueven el eje que comprimen los fuelles. De este modo, el hierro va fluyendo, y puedo reunirse una masa que pese dos- cientos o trecientas libras, según fuere la riqueza de la vena. Des- pués, el maestro, sirviéndose de un gancho dará salida a los esco- rias; y cuando todas estas hayan fluido, dejará enfriarse la masa de hierro. A continuación el mismo maestro y sus ayudantes echarán al suelo la masa de hierro, sacándola del horno, y la golpearán con pequeños masos cuyos mangos sean delgados, pero de cinco pies de longitud, a fin de que al mismo tiempo que sacuden las es corlas que aún se hallen adheridas a la masa, vayan amontonando }y dilatando ésta. Pues si puesta en seguida a la forja, fuese gol- peada con un gran martillo de hierro éste se rompería al ser levan- tado por los dientes del eje que la rueda hoce girar; sin embargo, no mucho después, cogida la masa con las tenozas y sometida al martillo se cortará con un hiero agudo, en cuatro, cinco o seis por- tes, según fuere grande O pequeña; de las cuales partes, vueltas a Sedad fríriuti cocer y puestas de nuevo a la forja, los herreros forman masas cua- ««per» ikiinorcigrinobitopu* ti i: •:•••• drongulares, orados, aros para ruedas de vehículos, pero sobre todo barras, cuatro, seis u ocho de las cuales pesan la quinto parte de Fin.1. cien libras; a su vez de éstas suelen fabricarse instrumentos varios. A cada golpe de martillo un joven vierte agua, con una concha, sobre el hierro candente que moldeen los herreros; y este es el motivo de que los golpes produzcan tan gran ruido que suele ser oido desde lejos del taller. La masa que del horno en que se cuece el filón, vierte a la cavidad, suele permanecer como hierro duro, y que con dificultad se trabaja; del cual pueden fabricarse las cabezas de hierro délas lanzas y los trabojosmás duros. Georgii Agricolae. De re metallica libri XII, pág. 337-338. (Basileae 1561). Paro la vena de hierro que, o está mezclada con cobre, o una vez cocida se liquida con dificultad, es necesario mayor trabajo y un fuego más vivo pues no sólo es preciso separar las partes del mismo que contienen metal de las 1736 D. Pedro Bernardo de Villa-Real, cuando dice: «En lo antiguo avía dos géneros de Herrerías, unas llamadas mayores, y otras menores: las mayores tenían las barquineras en otra forma, porque necefitaban de ayre más violento: fundían mafas, a que llaman AGOA de doce, y diez y feis arrobas, y con cada una hacían quatro tochos, que eran unas barras demás que no lo contienen, y quebrantarlas con manos de mortero secas, sino también quemarlas, para que arrojen fuera de sf los demás metales y los jugos nocivos; y asimismo es preciso lavarlas para separar de ella los cuerpos extraños. Deberán ser cocidos, sin embargo, en un horno semejante al primero, pero mucho más ancho y más alio, a fin de que pueda contener gran cantidad tanto de vena de hierro como de carbón; pues deberá llenarse parte con fragmentos de vena que no sean mayores que una nuez parte con carbones; todo lo cual verterán los encordados de Rriiquorú jmf mctíNnru ucnzw fam¿ciKr¡6c:icoqu£[, y quarto fe labrará con igual diámetro, y grueffo fin diminución. lo que más aceptación tenía en el país, como lo demuestra el hecho de que el mismo Villa-Real no les dedica en su libro la atención que parece merecerían, ni se deduce esa preferencia, de las diferentes investigaciones Luego fe tirará una linea por medio de cada quadro de punta é punte, de tal formo, que tirando en las dos cabezas de linea á linea, hagan dos diámetros, haciendo cruz en ángulos rectos en el centro del gnteffo de cada cabeza. Luego fe partirá en diez partes cada lado, ó en cinco cada mitad: y porque el quadro, dado al principio, no con- viene, fea perfecto, porque fe gaftaria la madera: con dos reglas pueftas en las lados, fe í'abré el grueffo, que fe ha de repartir en diez partes, afsi á un lado del parage de los mazuqueros, como el otro; en la cabeza de acia la Herrería fe hará la mifma repartición; y en la de la eftolda, repartiendo en todos los quatro parages dichos en diez partes el gruef- Defpues fe abrirá el compás en el tamaño, y abertura de dos partes de las diez dichas, y fe marcarán puntos, po. niendo el un pie del compás en la linea hecha en la mitad de los quadros: advirtiendo, que dichas dos partes en los la- dos de los mazuqueros ferán del grueffo de aquel parage, y en las dos cabezas de! grueffo que tuvieren. Tiradas las lineas de punto á punto defde los mazuqueros acia una, y otra cabeza, fe labraré entre hilo, y hilo, y quedará formado un octógono, u octavo perfecto. Defpues cada poligón, ó lado del ochavo, fe dividirá en fiete partes, y dos de ellas fe marcarán, poniendo el un pie del compás en el ángulo del ochavo, y con el otro pie fe harán 'en uno, y otro lado marcas en todos los ocho lados: y de marca a marca, tirado el hilo, fe labrarán los ángulos, y quedará con diez y feis lados, cafi redondos, que no tendrá, fino quitar los vivos de los diez y feis ángulos con azuelas; y fe ad- vierte, que en los últimos Kilos, que forman los diez y feis lados, al labrar fe han de dexar las lineas, fin llegar á ellas, porque no fe entre en el vivo del redondo; y para fu govierno fe han de hacer defde el centro dos circuios del diáme- tro correfpondiente en las dos cabezas, que eftarén cortadas en buena efquadria con mucho cuidado. Los ahugeros para los mazuqueros fe abrirán en el ufo en la forma que representa la figura 2. en dicha plancha con fu pitipié proprio: los quatro ahugeros han de tener 8. onzas de ancho, y 8. de profundo, y de largo 14, ó 15. on- zas, y fe han de guarnecer con gímelas de hierro de canto, que tengan onzas y media de grueffo, 6. u 7. de ancho, y 4 i/; pies de largo, y han de tener fu lomo, ó la figura, y grúa, que tiene el ufo en el barril, para que en todo el largo vengan iguales con el redondo de ufo; y fe ha de abrir en el ufo un hueco muy ajuftado para cada gimela, las cuales han de hacer frente de cada lado del ahuguero; y contra ellas fe han de poner otras ocho planchas de ancho, que tengan una onza, donde hacen la junta con las de canto, y acia los dos eftremos han de ir adelgazando: fu ancho ferá cinco o feis onzas, y fu largo cinco pies, y en cada punta un ahugero, pora que fe claven con clavos, y no fe muevan al echar los fellos, como fucede, fin embargo que fe embuten en la madera: lo que fe executará, ajuftandola con mu- cho cuidado, y la junta entre planchas de canto, y de plano, fe hará de muy ajuftatia unión, componiendo los hierros á martillo, y aun á lima, feria mejor: y con el largo dicho cogerán á dichas ginelas á lo menos tres fellos por cade lado, y á las de plano quatro. Todo fe demueftra en dicha figura 2. en perfil. En las cruces fe herrará el ufo en la mifma forma y con el mifmo cuidado, y fe fellará defpues con fellos no muy anchos, ni grueffos, y furriamente ajuftados, teniendofe en todo grande prolixidad, porque en herrarfe bien, eftá toda la feguridaddel ufo. La madera para el ufo, debe cortarfe en la menguante de Enero, ó Febrero: y cortada, dexar la con fu corteza hafta Junio, y entonces desbaftarla, y conducirla á la Herrería, donde fe ha de labrar, y redondear luego, y convendrá mu- cho darla dos, ó tres, ó mas manos de alqui'rán, conforme le vaya bebiendo, como fe execura con los moftes de Na- vios: lo cual importará mucho, y evitará el que fe abra la madera, y haga grietas: y defpues por Septiembre, ú Octubre fellar el ufo con gran cuidado: para lo qual ayuda también el alquitrán; porque como los fellos fe ponen calientes, derriten algo de alquitrán, y como es oleofo, corren mejor los fellos, los quales fe han de unir, y apretar a pura fuer- za, fin reparar en que falten algunos. Los ufos de buen tamaño, y pueftos en la forma explicada, duran cinquenta, y mas años, como no aya defcuido, viendo floxOS algunos fellos, ó hierros, y al cabo de algunos años de averfe metido el ufo, fi le quitan todos los fellos, y hierros, y fe labra con azuela hafta quitarle toda la coftra, y goftado de la madera con la continuación del agua, y fe buelve á herrar con el mifmo cuidado, quedaré mejor que nuevo, como lo tengo experimentado; pero esto fe lia de executar en tiempo de Verano, estando feco el ufo, y (i fuere facandole de fu fitio fuera, ferá mejor. Sobre meter los pujones con ariete, que ¡laman drao, no ay que advertir, porque es cofa fabida. F. y, J. fig. 1. la guzur-afea, que aunque debe fer de madera entera, en que fe abre la canal del ancho y circunfe- rencia de la rueda, en la figura folo fe pone el perfil de lo interior. 7. garganta eftrecha, ó furtidero del agua, donde encuentra con las palas de la rueda, en donde como fe ha dicho realizadas por la Sociedad Vascongada de Amigos del País, de que nos ocuparemos más tarde. «El martinete, aparato que se empleaba en el forjado del hierro, con- tinúa el Sr. Zuaznavar, se movía siempre por medio de una rueda hidráu- en la fupoficion 4. tiene 154. onzas quadradas de cañón, 14. acia lo largo de las palas, y 11. acia lo ancho, que mul- tiplicadas uno por oiro, hacen dichas 1 54. onzas, y en efte tamaño de ruedas, y falto, debe tener la guzur-afca tres on- zas mas á un lado, que al otro, y en ruedas menores, y de mayor falto dos onzas á poca diferencia. El ahugero, ó ca- ñón de dicha guzur-afca en J. debe tener, poco mas, O menos, tanto, y tercio, como en el furtidero, que añadido a los 154 Va hacen 205 Vj . onzas y fe hará de 15. onzas á un lado, y 14. al otro á poca diferencia, procurando, que qua- drando, haga las 205 '/a . onzas, 5. ú 6. mas ó menos: y aunque Ozanam en el lugar citado arriba, y, es de la mifma opinión Pafchal, dice, que el tener el cañón mayor la entrada, no aumenta la fuerza, y que es lo mifmo fea todo el lar- go del cañón igual: tengo experimentado, que en cañones cortos fe debe aumentar la arca de la boca fuperior, á lo menos una quarta parte mas que el arca de furtidero, y en cañones largos una tercia parte: y el que efto no ofende, también es conforme dichos Autores. Conviene mucho, que el furtidero Y. no fea mayor, ni menor que lo neceffario; porque fi es mayor, baxa floxa la agua, y no hace el debido efecto; y fi menor que lo neceffario, no tiene baftante fuerza. En la boca J. en el falto fu- puefto no conviene tenga mas que lo dicho, ni menos; porque fi tiene mas, anda á borbollones el agua, como quando hierbe en un caldero, y no ay fuerza que detenga el chimbo L. y la agua que cae por la guzur-afca, pierde fu celeri- dad, y hace menor efecto: y fi es menor que lo dicho, y que no llega á tener á lo menos la quarta parte mas que en Y no tendrá fuerza baftante, por no entrar el ag o competente: y efta medida de la boca J. fe entiende fin el chaflán, que fe hace en el remate de la guzur afea en forma de embudo quadrado, para que encaje mejor el chimbo, el qual dá baftante trabajo en algunas Herrerías, por no poner con las debidas medidas la guzur-afca, además del def- perdicio del agua: el cañón de dicha guzur-afca ha de ponerfe muy Ufo azuelado, y aun cepillado, porque cualquier encuentro hace perder la celeridad del agua. B. las cruces, cuyo ancho es de catorce onzas, porque fiendo la garganta Y. de once onzas de ancho, deben tener !as cruces tres onzas mas, y de grueffo feis onzas: fe hacen de roble limpio fin nudos, afferrando tablones de fíete onzas de grueffo, y dexandolo fecar: y la referva de grueffo mayor, es, para que quando fe labren y pongan en regla no fean efeafas. D. palas, cuyo largo, que fale de la cinta ó maco, debe fer del tamaño de la diagonal del quadrado de la garganta Y. de la guzur-afca, que como fe ha dicho, acia el largo de las palas es de catorce onzas: las quales quadradas hacen 196. onzas: y añadidas otras tantas por el otro lado, fon 302. cuya raíz quadrada fon cafi 20. con que otras tantas onzas tendrán de largo las palas, y fu cuenta fe facerá por la raíz quadrada, ó por Geometría, formando el triangulo que vá aqui: El grueffo de dichas patas ferá de quatro onzas, y acia la parte contraria, de donde pega el agua, fe labrarán las efquinas, cogiendo dos onzas por el canto, y otras dos por el embés de la pala, porque todo fu an- cho conviene para recibir el Ímpetu del agua, y la buelta tomará menos ayre en la parte del circulo, 20 / que voltea fuera del agua: y en la onda-afea O. E. cortará mejor el agua. Las diftancias de las palas / ferán iguales, y porque las quatro de las cruces fon mas gruelas, el cuadrante entre cruz, y cruz, / 14 fe reparte en cinco, ó mas palas, como demueftra dicha fig. 1. Sabido el diámetro de la rueda, y cañón de la guzur-afca, el numero de palas fe regulará, for- 14 mando una linea orizontal, que reprefente el femidiametro de la rueda, y perpendicular á dicha linea: cerca de fu extremo fe delineará el canon de la guzur-afca, y deferibiendo un quarto circulo, abierto al compás en la cantidad del femidia metro,Je dividirá dicho quorto circulo en los pnntos de las palas que correfponden: de fuer- te, que la pala tercera, contando defde la orizontál, entre una onza á poca diferencia en el cañón, como fe vé en la rueda de la fig. 1. en que la pala Y. fe acerca al cañón: y efta demoftracion fe hace mejor en punto grande. C Tnaco, o cinta, cuyo ¿incoo tera de catorce onzas, como Jas palas, y cruces: el gruetto diez onzas es prooorcio nado, y mas delgado no conviene, porque el pefo grande trae firme el movimiento del mazo, y las efpigas de las palas queden bien affeguradas en efte grueffo. E. G. la onda-afea, que es la canal, que unida con la guzur-afca está orizontal, formandofe en ella el circulo de la rueda hafta fu perpendicular, y defpues corre orizontal, para que defpida el agua, como mueftra dicha figura: entre el circulo que forma la rueda, y la que forman la guzur-afca, y onda-afea, ha de aver una onza de diferencia en el fe- midiametro, para que la rueda tenga efta holgura, y efpacio: y en lo ancho tendrán dichas canales de onda-afea, y gu- lica de 2,50 a 3,50 metros de diámetro, verificando el agua su efecto más bien por el choque, que por su peso. En el eje de dicha rueda de madera recubierto por un cilindro hueco de fundición y atravesado por cuatro agujeros practicados a tal fin, se fijaban las levas de hierro forjado que ponían en movimiento el martinete, que era una pieza de fundición de hierro de la forma de un martillo de mano, sin orejas, y de 600 a 700 ki- logramos de peso, cuyo mango por decirlo así, que era una viga de haya de 0,35 de escuadría y 4,30 metros de largo, reforzada con zunchos de hierro, pasaba por el centro del martinete. zu-afca también una onza por cada lado: esto es, que teniendo, como fe ha dicho, las palas de la rueda catorce onzas de ancho, deben tener dichas canales diez y feis de ancho, y de profundo pie y medio, ó más: y además con unos ta- blones bien ajuftados fe aumenta !o profundo de dichas canales, efpecialmente en el ángulo que forman onda-afea, y guzur-afca, poniendo tablones diagonalmente. M. G. altura de la onda-afea á la antepara, que fon 13 1/3 . pies, poco mas que el diámetro de la rueda. H. M. altura del agua en la anteparo, que es de 7 '/j . pies, como fe vé en dicha fig. 1. y hace todo 21. pies de falto, ó altura perpendicular de la Herreria de la fupoficion 6. No importa, que la onda-afea E. G. efté metida en agua un pie, y aun dos, porque no impide para la velocidad de la rueda. En Bengolea ay al fin de la eftolda un Molino con Prefa baxa de piedra en la qual ay unos pies derechos de piedra, que fe levantan quatro pies con fus canales, para levantar la Prefa, ó fu agua coa tablas en Verano, quaudo no andan las Herrerías: dicha Frefa de piedra eftá alguna onza mas baxa, que lo concabo de la onda-afea G. y tiene puef- tas falcas, ó tablones de diez y feis onzas de alto; y fe ha experimentado con ampolleta, que con ellas, y fin ellos es igual la velocidad de la rueda, que ande un mazo folo, ó que anden los de las dos Herrerías á un tiempo; en vifta de lo cual, aun quando trabajan las Herrerías, eftá puefta dicha falca de 16. onzas de alto, y defpues de Julio, paradas las Herrerías, fe ponen las demás falcas, ó tablones mas altos; fe vé en las Herrerías quando las crecidas de los Rios- que aun cuando llega el agua al ufo, anda la rueda, aunque con menos velocidad, pero lo baftante para andar la He, rreria, como pueda andar la rueda de los barquines, que como la agua que necefsita es menos, y el Ímpetu también fufre menos la repompa, y afsi fe pone la onda-afea de la rueda de la barquinera un pie, dos, ó tres mas alta, que la onda-afea de la rueda del mazo, fegun la difpoficion de las Herrerías, y caudalofo del Rio, y falto: y en Bengolea eftá dos pies mas alta, que la de la rueda del mazo. 7 para que fe tengan prefentes, y promptas las proporciones, y medidas de la rueda del ufo mayor, fig. 1. fe pone la tabla figuiente. Rueda de! ufo mayor, fu guzur-afca en ¡a garganta, ó en lo mas eftrecho, donde encuentro el agutí con las pulas 77. onzas á un lado, y 74, al otro, y en el chimbo 74. onzas ú un lado, y 16. al otro. Las cruces: largo, 13..00. ancho, 01..02. grueffo, 0 0 . . 0 6 . Las palas 24. incluías los crufes: largo, OÍ..08. ancho, OÍ..02. grueffo, 00..04. Cintas: largo, 00..OO. ancho, 01.,02, grueffo, 00..10. La rueda de la barquinera, fig. 3. fe conftruirá con las mifmas proporciones, y reglas, que fe han dado para la rueda del mazo, governandofe para el tamaño de las pulas por el grandor del furtidero de la guzur-afca, como también para la regulación del numero de polos en la forma demoftrada. Las reglas dadas para eftas dos ruedas fervirán de govierno para todas las otras ruedas de mayor, y menor diáme- tro. Pónete también aqui la tabla de las medidas, y proporciones de dicha rueda de barquines, cuya guzur-afca en lo mas eftrecho, donde encuentra el agua con las palas, tiene 4. onzas á un lado, y 6. al olro; y arriba en el chimbo, fin hacer quenta del chaflán, 5. onzas á un lado, y 6 Vi . al otro. Rueda de barquinos. Las cruces: largo, 11..00. ancho, 00..07, grueffo, 00..05. Palas, inclufas cruffes 32.: largo, 00..09. ancho, 00..07. grueffo, 0O..O3. La viga se llamaba en Guipúzcoa gabia, según Larramendi, y se halla- ba provista en el centro de otro cincho con dos pivotes, que apoyándose en unas muñoneras, le permitían tomar movimiento circular alternativo al- rededor de los citados pivotes. Cuando un martinete marchaba bien, debia dar de 100 a 125 golpes por minuto. Los dentellones o mazuqueros, se decían en vascuence guipuzcoano máisucariac (maisuca-aridiranac) o sea, los que andan y se mueven magis- tralmente, según el citado P. Larramendi, quien dice también que se lla- maba quezurasca y ond-asca las salidas de agua agregando con admira- ción «tan a nivel la primera; tan alta con hueco tan liso y tan medido a la »cantidad de agua que se precipita sobre la rueda, y tan estrecha y ceñida »la ond-asca por sus lados, y que sin embargo, deja tan libre el movimiento »de la rueda, que no puede discurrirse mayor proporción.» (1) El yunque era de hierro, y tenía 0,70 metros de longitud, siendo algo más ancho por el centro (0,25 metros) que por los extremos (0,22 metros), empotrándose en un trozo de fundición, que a su vez descansaba en el hueco hecho en una gran piedra. El personal de una ferrería en las Provincias Vascongadas, se compo- nía de cuatro individuos llamados ferrones, los cuales acudían al trabajo encamisados o cubiertos con obreras, que así se llamaban a los camisones que les cubrían desde el cuello a los pies. El uno preparaba la vena ya calcinada en la arragua y la desmenuza- ba con un martillo pequeño; a éste se le llamaba mealtea o mealle, es de- cir, preparador de la vena. Bft. ruÍd» teXb.flante'ron fels onsas de ancho en pulas, y cinta; pero aunque no llevan las palas lino un. efpiga; en fels una» avri. poco par» la efpigs, y los msciíos de los dos collados; y Heinpre que lo rueda nene batíante ancho, fe t=r^i^r^rj^H:rdepB™^t;,zrír^;:ece^.Tdob,d..8ua,por mover dos pares de barquines, que firven á un tiempo é dos laBares, y la tabla de fus medidas fe pone aquí. Rueda de la mayor de Bengokt, fu guzur-afca en la garganta, donde encuentra con los palas, 6. onzas, á un lado' y B. al otro, y arriba en el chimbo 8 >/- onzas a un lado, y 7 ,„ s e h a c e e l t o c h o y s e , e d a t ¡ e m p 0 p a r 0 dormtr, no s.ete Erdu" eugaTor,; oetoquija.. oia icus.era. Eztozu ¡cu- s, tiene que despachurrar el mineral y cuidar del puche- sico ez uarcaric, ez etzun-toqui jaso t » ^ " " " - ¿ V ™ ] '\¡™ ^ ^ o L ^ a ' v e , el dormitorio y I. cama ren g.Mai, lastamarraga ba, est.lqu, z.nt.rr.g.z, ^ _^g ^ ^ ^ ^^ ^^ ^ ^ y ^ co ez obla. ¡Cer denchul ^ ^ ^ ^ u Hen.a ^ . ^ ^ ^ cubieItlls s u c i a s y no mejor almohada. ¿Qué le parece a usted? M I Dacustanaz capuchino ta cartujo batee baño M. J. Por lo que veo, vida más dura sufren (lit. ven) M. .J. uacustanaz, OUIJ estos que un capuchino y cartujo, vicitz. gogorragua dacusee » ^ ^ ^ h^_ ? ^ e n v e r d a d . y c o n , o d o e s o n o s é ,„ ^ , , e n e r r « ch»«° el iallonrbaren eregu ?. oBui bigun. bafio. selva, 1. necesidad de buscar el sustento con trabajo, .1 eche-chacur cattai lonmaren B « ^ ^y al p a n blando d e | perro casero atado con ca- dena. .. . „ . , IA Pm ,in leiie emengogabiots, aus- M. J. Pero ¿cómo pueden dormir con el ruido del M. J Baña ce . „ l o ^ 8 » » - ^ « ™ 8 f nos¡an maz0 c o n ,. m(l8lca flinebre d e l fuelle y puen ,lle a sonu ta ™t»re^arg na_ ^ ^ ^ Je| ¡ d a y d e v e z e nc u a n d o a p a . ^^r^n g ^ B l ^ d e^n^Uo , , - « suejedes- P M a i s u b , , ^ daquizu guizona gu.tira eguiten dala! " p U ' 0 M,isu: ¡no sabe usted que el hombre se hace a P d errotariiari ez deutsala lúa galerazoten todo? ¿No ha oído usted que al mohnero no le impide el errota soñu iarraitubac t» iratzartuten dala sonuba gue- dormir la música monótona (lit. seguida) de I. rueda, y ratuten bada? Gabijaren ots, ormaac icara iminten ditu- que se despierta si la música cesa! El rutdo del mazo, I VVV1M — Ai-ni-nrn.T - ^ A A A VI INrRUlíllLLKJ^JAI. HSTUDIO DHL TRAIBAJO Jí EL IIIHRRO EN HSPANA Por fin, siguiendo a D. Luis Barinaga, describe Zuaznavar la marcha de la operación de la siguiente manera: «La operación o calda de una banac, ez deutsa guillíric eguiten olaguizon lotan dago- que pone temblando las paredes, no les hace cosquillas zanen belarrijai. Eta eurac iratzartuten dirá ao chistu- a las orejas de los ferrones que están durmiendo; y ellos baz, soñuba joten dabenian biarrian daguanac. se despiertan con un silbido de la boca cuando produ- cen un sonido (lit. cuando pegan la música) los que es- tán en el trabajo. M. J. Eta ¿ce jaten dabee? M. J. ¿y qué comen? P. Icatzguiñac baño lapico obia. Beteten dabee sabe- I1. Mejor puchero que los carboneros. Llenan la tri- la ogui beratu ta ondo coipetuz, otuten jaqueenian, ta pa con pan remojado y bien untado de grasa cuando se ezdozu zuc ¡ños jan gauzo gozuagoric. Escu atz ta ezpa- les ocurre, y nunca ha comido usted cosa mes sabrosa, nac bere miazcauco cenduquez gozuaren gozoz. Nun Se relamería usted los dedos y los labios de puro gusto, ¡liten da oleetan baño sesinguei, edo idi guicendubago- ¿En dónde se matan los bueyes mejor cebados sino en ric? Andiquijac eurac datoz nos bait olara beste cere- las ferrerias? Los mismos señores vienen algunas veces guin baga, oneen lapicuan oguíja berotu ta coipetuta ja- a la ferrería, sin más quehacer, a remojar el pan en el rracaz Iapicua eguinarren, esin dabeela ain gauza gozo- de hacer el puchero en sus casas con hermosa cecina y ric jan;~ta neuregango dator au, suteguico icatz ondo tocino, no pueden comer cosa tan sabrosa; y esto viene, erriaz gar baga iraquiten dabelaco emengo lapicuac a lo que yo entiendo, porque hierven el puchero de aquí gueldi gueldi gañecic eguin baga. Guizateguijan dau- con carbón bien quemado de la fragua, sin llamas, poco quee mai ¡minerraza. Saldia artuten dá'catillubaz, ara- a poco, sin rebasar. En el comedor (salón) tienen mesa guija chiquindu ta aoratutaten dá atzamar Jangoicuac fécil de ponerse. Se toma el caldo (con) en taza, la car- emonicuacai; ura edaten da galletiaz, ta au da lau vici ne se parte y se lleva a la boca con los dedos dados por izatia ta asmo baga. Dios; el agua se bebe con el acetre y esto es vivir muy llanamente y sin pretensiones. M. J. ¿Eta Perú, jangocenduque orreecazmai baten? M. .1. ¿Y Perú comería usted con esos en una mesa? P. Bai, ta igüin baga: ez neuque cocadaric eguingo, P. Sí y sin asco: no tendría empacho, ni mostraría ez errebesau guraric eracutsico oneen obrera baltz ta ganas de vomitar, a pesar de ver los camisones negros escu cetacatubac icusi arren; eta dericKat euren jangu- y manchadas manos de éstos; y me parece que su ape- riacgueituco leuquiala neuria. tito acrecentaría el mío. M. J. Eta ¿eztabee ardaoric edaten? M. J. >Y no beben vino? P. Ezegunorota guichiago bere. Asteazquenian dau- P. No diariamente, ni aún menos. El miércoles tie- qee edanaldi bat ola jaunaren lepora, ta nos edo nos zu nen ocasión de beber a costa del dueño de la fábrica y ta n¡ orain leguez, ¡torrita cerbait emoten deutseenian alguna vez cuando, viniendo (algunos) como ahora us- enren icenian edateco. ted y yo, les dan algo para que beban en su nombre. M. J. Ori "niri esatia, da, ichi biar dogula cerbait M. J. Eso es decirme que debemos"'dejar algo para edan daijen. que beban. P. Bai, gura ezpadogu esan daijen atzeti biotz cimel, P- Sí, si no queremos que por detrás digan que tene- edo chimurtubac daucaguzala, ta dollorraren icenic ez- mos corazones enjutos o arrugados; y un hombre noble tau enzun gura guizon prestu batee. no quiere oir el nombre de ruin. M. J. ¿Ceimbat emongo deutsegu?, M. J. ¿Cuánto les daremos? P. Guíchienez amasei laucoco baña, edo errialbico P. Cuando menos cada uno una (moneda) de diez y bat bijoen artian, ta au emon ezquero/eguindu eguijezu seis cuartos o entre los dos una de dos reales (1), y en gura dozun guztija. dándoles esto ordéneles usted todo lo que usted quiera. M. J. Emon eguijezu bada bijoc gaiti, ta güero alear M. J. Déles usted, pues, por los dos y luego nos en- P. Ordu onian. Ijelia, eutsi au gure icenian sabel P- Enhorabuena. Laminador: Tome usted esto en liortu orreec busti daizubezan. nuestro nombre, para que mojen ustedes esos secos es- tómagos (lit. vientres). IJEL. Esquerric asco; urte escotan eguin dai zube- Lamin. Muchas gracias: que hagan ustedes otro tan- la beste onembeste. Aguindu guri gura dozuben guz- to en muchos años. Ordénenos ustedes cuanto desean, tija. forja podía dividirse en cinco períodos; se empezaba por pesar una carga de 487 kilogramos de mineral, que se quebrantaba bajo el mis- P. Ñire lagun onec gura leuque agoia atera, apaindu P. Este mi compañero quisiera ver sacar, aderezar y ta ¡ruten ¡cusi. ¿Nos prest egongo da? laminar la masa de hierro. ¿Cuándo estaré dispuesta? IJEL. Bere beriala; urreratu dedilla ciarzulora. Nua Lamin. Inmediatamente. Que se acerque al agujero vidia edeguitera urten bier daben cepa-guejari. del través. Voy a abrir camino a la materia de )a esco- rio que debe salir. M. J. Jesús, ¿a« cer da? Emendi dua burdiño urtu M. J. ¡Jesús! ¿Qué es esto? De aquí va todo el hierro guztía. P. Ez Maisu Juan: au da miaren errauts ta loiquerija. P. No, Maisu Juan: esta es la escoria y suciedad del Onelan garbitaten da burdiñia. Au astunago dan leguez mineral. Así se limpia el hierro. Como éste es más pe- gueratuten da ora bat eguinda suteguijan, ta urten dau sado, queda en el crisol hecho una masa y ha salido la gañeztujacon loiquerijac cein gueratuco dan cepatuta. suciedad que le ha rebasado, la cual quedará endure- cida y escoriada. M. J. ¡Oneec dirá icustecuacl Aimbeste urte Bizcai- M. J. ¡Cosas de verse son éstas! Habiendo pasado jan eguin ta ¿oneec icusi baga egongo nintzan? (lit. hecho) tantos años en Bizcaya ¿hubiera estado sin ver estas cosas? P. Auspuac guelditu ditube; orainche icusico dituzu P. Han detenido los fuelles: ahora veré usted una bein banaan, nic len adierazo deutsudazan gauza guzti- por una todas los cosas que le he manifestado. No es lo jac. Ez da bardin enzutia ta icustia. Begui ichi edegui mismo ver que oír. Para aprender es más el ver de un bateco icustia gueijago da icasteco, verba luceen jardu- abrir y cerrar de ojos que el discurso e insistencia de na ta equina baño. palabras largas. M. J. Asteguin ta arreta andi bategaz jarraituco M. J. Con un gran placer y atención seguiré con mis deutseet biar guintza miragarri oneei neure beguijacaz, ojos (a) estos admirables trabajos. jAy cuitados y po- I Ai guízon gaisso ta errucarrijacl Igues eguiten dot nic bres hombres! Yo huyo a lo lejos sin poder aguantar la urrinera iraun ecinic agoetzar aren chipristina ta berota- chispa y e! calor de aquella gran masa. Mirad como an- dan luchando con la enorme masa sin pod^r enderezar- ecinic, ta bere albo albuan... Oneec dirá otsac: lurra la, y junto a ella... ¡Qué ruidos estos! Aún la tierra se bere badabi! colpe bacochiari... Perú, eguin eguiña: zuc esan ceunstana, ta icusi dodana. Badaruat cer esan. ¡O dijo y lo que he visto. Ya llevo que decir. ¡Oh dia bien egun ederto igarua! Esaiozu orain ijeliari eracutsi dai- transcurrido! Diga usted ahora al laminador que nos guzala eche baltz onelaco toqui, erremienta ta ¡cusqui- muestre los lugares, herramientas y todas las cosas zun guztijac. que haya que ver en (lit. de) esta casa negra. P. Ijelia; eracutsi eijozuz guizon oni emengo zurculu; P. Laminador: muestre usted a este hombre los es- tresna, erremienta ta icusquizunac, ta esan eijozuz guel" condrijos, los trebejos, herramientas y objetos visibles diró ta banaan euren icen guztijac. de aquí; y dígale usted luego poco a poco y uno por uno El tirador muestro a Maisu Juan todos los instrumen- El tirador muestra a Maisu Juan todos los instrumen- tos, máquinas, etc. tos, méquinas, etc., etc. M. J. Guizon o n a , esaidazuz opicialen icenac, ta M. J. Buen hombre: dígame usted los nombres de alan beste gauza guztijenac, bada gura ditut eruan pape- los oficiales y asi de todas las demás cosas, pues quiero llevarlos escritos en el papel. Lmi.. Ona bada gueutati así ta beste guztijac. Lamin. Pues he aquí, empezando de nosotros, todos los demás: Olia. La fábrica. Biarguinnc lau. Oficiales cuatro. Chimbua. Chimbo, émbolo. Ijelia. El tirador. Ujaíquija, edo uaguia. Bomba. Urtzalla bi. Fundidores dos. Cañuba edo aisevidia. Ventilador. Gatzamallia. El prestador. Toberia. Tobera. Suteguija. Fragua. Auspuac. Fuelles, barquines. Beelarrija. Mango de hierro. Auspo-ardatza. Eje de id. Aisa-arrija. Pared trasera del horno. mo martinete de la ferrería, y se reducía después a trozos, de cinco a seis centímetros, tamizándolos por una criba de tela metálica, cuyos agujeros tenían un centímetro, aproximadamente. Asa-arrija. Piedra en que se golpea el Urculia. Montón de mineral. hierro. Usteijac. Azada. Ciarzulua. Boca de trabas- Arrogo echia. La pieza mayor de la ferre- Estolda-aldia. Vertedero de residuos, al- tería: sirve de apoyo a cantarilla. todos las demás. Guzur-asquia. Pesebre falso. Arragoia. Tajadera. Onda-asquia. Pesebre cor. fondo. Achurro. La pala. Tiquinoia edo emieciia. Rodete, turbina. Epailla. Las tenazas. Auspo pujoia. Tirador del barquín. Durmiendia. El gato. Pujo-macurra. Tirador torcido. — — A rdatz-n au s ij a. Eje principal. Biarguinen errcmientac. Herramientas de los oficia- Tiquinoe-nausija. Turbina principa!. les. Zutoiac edo cepuac. Cuatro postes de madera Orricaac La criba. que sostienen el mazo. Chiriquiño. La porra. Cepo-amia Cuatro piezas de madera P a l a n q u i o edo burdin- q u e , alternativamente. agaac. Las palancas. Mallubac. palas de la turbina. Los cestos. Mazucarijac. Mazo, martillo pilón. Caicuba. El cuenco. Gabija. Sostén del mazo. Galbaia. El pañuelo ele la cabeza. Gabiguna. Pieza de hierro que sostie- Zaraac. El mineral. ne el gabigun. Paria. El cisco. Bognia. Puntales del boga. Burdingaija El depósito del mineral. Aldabarrac. Cuñas grandes que ajustan Icatza. El carbón. los aldabar. Idurija. El camisón. Burcuac. Yunque. Mia. Marmita. Jungudia. Apoyo del gabigun. — Dendala. Piedra bajo el dental. Jancija. El vestido. Dendal-arrija. Llantas de la rueda. Obrería. El salón donde comen. Chimela. Pieza grande de madera en Capelia. El sombrero. que se apoyan los postes Cápela zapija. El cobertor. del martillo pilón. — Macubac. Postes en que se apoya la Guizateguija. El departamento del mazo. rueda mayor. Issilluba. Asiento, escaño. Cateiac. Cadenas. — — Guiltzac. Llaves para a p r e t a r las Sucalde íresnaac. Enseres de cocina. llantas. Topiña. La fuente. Curutziac. Cruces. Topin-estalquija. El cucharón. Cepa-amia. Sinónimo de auspopuici. Catillubac. Las tazas. Cepotilluba. Escudo, pieza de piedra Erretilluba. La espumadera. que se coloca tras el fo- Burdun zalija. Bitsodera Fl citin del barauín efecto del fuego. Lláma- Galletia. El acetre. se también bergamaso. — — Nardaquia. Boca de salida del hierro. Toquijac. Los lugares. Bergamelluba. Cuñas. Icazguelaac. El almacén del carbón. Bandijua. Horquillas. Auspoteguija. La masa del hierro, tocho Chacurzulua. Arcos. o lobo. Cirijac. Tejavana de la fragua. Gabitcguija. El asidero de id. Dividida la mena en dos partes, la que pasaba por la criba se llama- ba grillada, y la que no pasaba era llamada mena resultando, si el mine- ral era bueno, próximamente del mismo peso. Hecha la carga de combustible y mineral, se daba viento con toda la presión posible para que se propagase bien la combustión; y apenas co- menzaba la corriente de aire, se manifestaban llamas azuladas de seis a diez centímetros de longitud. Poco tiempo después se disminuía el viento a 36 milímetros de presión y se tapaba con arcilla el sitio por donde ha- bían de salir las escorias. A medida que se consumía el combustible se rebajaba la altura de la carga y se añadía carbón húmedo y grillada, estratificándose por capas sucesivas, con intervalo de ocho minutos de carga a carga, continuando así durante hora y cuarto próximamente. El segundo período era de sesenta y nueve minutos, y se aumentaba la presión del viento a 45 milímetros, haciéndose nueva carga rociándola bien con agua, a fin de impedir un consumo inútil de combustible. Siete Miateguija. Pieza de madera con que Belaíquija. BelaícI " * Cuatro pinzas con que se se carga el ciirbón al parte el agoe, lobo. cesto. Burut ia. La barra de hierro. — Chata rrae Hierro viejo. Agoii La mitad del agoe provista Tochiiba. Tocho {trozo de hierro). del mango. Galdabatt Asidero. Átala ed o agoeq Los residuos de hi erro. Burditi-ba Palanqueta. Berta.agí: Mitad del agoe sin el man- M. J. Noc a te cituban aimbeste icen, ta M. J. ¿Quién habrá inventado tantos nombres y tra- tresna? bajos? p P. Biarrac, tademporiac. - L a necesidad y el tiempo. M. J. Emengua icusita dago, ta guazan, Perú gura M. J. Está visto lo de aquí y vayamos, Perú, si usted badozu ceure echera. quiere, a su casa. P. Ondo dinozu, bada eztago urr¡r\ egubardija; baña P. Dice usted bien, pues no está lejos el mediodía; esquerrac emonaz, eguin daijegun agur gozo baña gui- pero, dando las gracias, hagamos a estos hombres los zon onei. correspondientes saludos... M. J. Bai, esan eztaguijen dongaro acijac gariala. M. J. Sí, para que no digan que somos mal criados. Aurra bada esan daijuegun aldabatera... Agur guizonac Ea, pues; digámosles a un tiempo... Adiós, hombres, esquerric asco eguin deuscuzuben arrera ona gaiti, muchas gracias por la buena acogida que nos han he- aguindu guri aldaigun edocein gauzatan. cho ustedes: mándennos en cualquier cosa que po- damos. Los OFICIATES. Zeubei esquerrac emon deuscuzun di- Los oficiales. A ustedes las gracias por el dinero ruba gaiti. Ondo ibilli, osteraco artian. que nos han dado. Anden ustedes bien, hasta otra vez. P. Asco do goiseraco cer iguinic: guazan echera P. Basta de quehacer para la mañana: vayamos a ecertan gueratu baga, ta jan ostian urtengo dogu deste casa sin detenernos en nada y después de comer sal- gauza batzuc ícustera. dremos a ver otras cosas. cuartos de hora después de empezada la operación, se cargaba en vez de grillada cierta cantidad de las escorias que se separaban de la última za- marra o agoa, y al cabo de dos horas se habría por primera vez el aguje- ro para salida de escorias, que resultaban espesas; y rociadas con agua, se volvían a la forja recubriéndolas de carbón por ser ricas en hierro me- tálico. El tercer período duraba cuarenta y dos minutos. A las dos horas y veintidós minutos de la carga inicial, se aumentaba más la presión del viento hasta 63 milímetros y se rebajaba un poco la altura del mineral, introduciendo entre su masa y las piezas que forman la chapa de la vena un espetón, y sirviéndose de él para llevar hacia la tobera la parte infe- rior de la carga; entonces se agregaba mena, y se continuaba añadiendo carbón, grillada y agua, hasta que poco antes de pasar las tres horas, se hacían correr de nuevo las escorias, dejando abierto el agujero de salida, hasta que la llama que salía por éste se hacía blanca y brillante, como la producida por la comdustión del hierro en el oxígeno, en cuyo momento se volvía a tapar. Cuarenta y cinco minutos duraba el cuarto período, aumentando la presión del viento hasta 72 milímetros a las tres horas, repitiéndose las mismas operaciones que en el anterior, volviendo de nuevo al horno las escorias demasiado espesas; durante este período, especialmente al termi- nar, se recubría el carbón incandescente, de una ceniza amarilla, semejan- te en su aspecto exterior al azufre. El quinto y último período era de ciento treinta y tres minutos, y ha- ciendo tomar al viento toda la presión posible, se cargaban alternativa- mente carbón y mena; el mineral había desaparecido por completo bajo la capa de carbón, y éste ardía en toda la superficie del hogar con una llama algún tanto azulada; poco después se daba salida a las escorias y se proyectaba por el agujero de escorias la llama, con un ruido semejante al de un trueno lejano. A las cuatro horas y diez y nueve minutos se car- gaba bien de carbón, se hacían correr las escorias, que ya eran bastante fluidas, y se volvía a introducir mineral por la chapa de la parte de la vena. A las cinco horas y media se redondeaban las aristas que la masa de hierro formada tenía en la parte del ciarzulo, y se introducía en la forja un espetón, con el cual se buscaban los trozos de hierro que estaban di- seminados en la masa de las escorias y se unían al trozo principal. Formada la zamarra o agoa, del mejor modo posible, se arrimaban bien los trocitos de hierro adheridos a las caras del crisol. A las cinco horas y cuarenta y tres minutos la llama se hacía blanca y brillante, lo que indicaba que se quemaba algo de hierro. Se separaba el carbón que recubría la zamarra o agoa, reuniéndole o apagándole en la banqueta, y con una gruesa palanca la hacían desprender los operarios del fondo del hogar. Cuando se sacaba del fuego se encontrada al rojo blanco, se dejaba enfriar un poco, y se llevaba al martinete, para darle compacidad con los golpes, dividiéndola después en tres segmentos. El aspecto de las escorias indicaba la marcha de la operación; si ésta iba bien, debían ser de un negro azulado y bastante fluidas; las primeras escorias eran muy ricas en hierro y por esto volvían a las cargas. El hierro producido era nervioso, duro, muy maleable y muy tenaz; pero poco homogéneo, porque contenía en su masa muchos granos de acero, y porque las escorias no se separaban perfectamente de la zama- rra, y le hacían algo poroso. Podían producir dos clases de hierro; el dulce y el acero natural. El consumo de carbón en las ferrerias era enorme, lo cual recargaba extraordinariamente el coste de su fabricación. Se consumían en las terrerías vascongadas siete cargas de carbón que pesaban próximamente 560 kilogramos; y teniendo en cuenta el peso de la zamarra obtenido y la merma al convertirlo en hierro del comercio, se deduce, que el consumo total de carbón para obtener 100 kilogramos de hierro llegaba a 463 kilogramos. MM. Petigand y Bonna, en una nota de la traducción francesa de la obra del Dr. Percy, (1) consignan como consumo de carbón para las te- rrerías: En Francia más de 3 de carbón por 1 de hierro. En España 4,5 y 5,5 (1) Tomo II, pég. 491. En Calabria 4,25 de carbón y 6 de hierro. En Córcega 8 D. Carmelo Echegaray, mi respetado y erudito amigo, ha podido con- signar el dato interesante de que en aquellos tiempos como ahora, cuan- do los Reyes de España caminaban en compleja comitiva hacia la fronte- ra de Francia, detenían su peregrinación un momento, para contemplar en las ferrerías de Beasain establecidas junto a la carretera, la manera de hacer el hierro. Y de este modo, lo mismo que en 1615 Felipe III, más tar- de y en 1660 Felipe IV, cuando para dar cumplimiento a la Paz de los Pirineos, recientemente firmada en la Isla de los Faisanes, caminaba acom- pañando a su hija María Teresa de Austria, que marchaba a ser la esposa de Luis XIV, sentaban un precedente de lo que centurias después había de hacer en pleno siglo xx nuestro Monarca. L TERMINAR EL SIGLO XVII, APARECE PRIME- ro en Extremadura y más adelante en toda la zona de Salamanca y Zamora por el N. y Andalucía has- ta el Guadalquivir por el S., un curioso estilo de ornamentación, recuerdo tal vez de modelos primiti- vos, pero más fácilmente quizás, producto espontá- neo de una técnica sencilla y personal, nacido sin grandes pretensiones, decorando los útiles más case- ros, y encerrando precisamente en ello, en haber nacido humilde y no haber salido apenas de entre la gente del pueblo, una parte muy grande del secreto que guarda su espiritualidad y su gracia. Son las características del estilo, una, el decorar por volutas repetidas y superpuestas, con frecuencia en sólo una circunferencia incompleta, ra- rísima vez por múltiples circunferencias concéntricas como en los ejem- plares románicos; otra, el empleo de la figura como elemento de decora- ción, pero no modulada, sino únicamente siluetada en plancha llena; como en las volutas, el motivo se repite a lo largo de una trayectoria sencilla, pero el ejemplar es variado; un caballo, un león, un toro, y así varios ani- males colocados en fila, recortados gallardamente, en la plenitud de su movimiento y de su vida, forman una a modo de cenefa, de friso o de co- ronamiento, a una superficie geométrica sencilla, por ejemplo un rectán- gulo, macizado todo él por series de volutas que se repiten paralelas. Falta decir para completar la determinación de esta escuela, que tra- baja siempre sobre una superficie; plana o curva, parece como si todo el ejemplar hubiera sido perforado por una moderna prensa de estampar, sin que el detalle de una figura, ni el extremo libre de una voluta, se hu- bieran separado de la superficie de la plancha de que procede; y es ello tanto más curioso cuanto que el procedimiento de fabricación ha sido muy otro, obteniéndose el conjunto por trabajo de forja, que modula uno a uno cada elemento de la ornamentación del conjunto. No podía ser extraña la escuela que describimos, al ambiente general de su época. La yustaposición de elementos decorativos sin un plan mar- cado y preciso, vimos que fue característica del siglo xvn en sus modali- dades barrocas; del mismo modo se conservaron los motivos geométricos, haciéndolos ampulosos y repetidos; consecuencia de todo ello fue que desapareciese casi por completo el elemento utilitario del ejemplar, ocul- to tras un macizo de ornamentación floral y geométrica; esta escuela ex- tremeña, por ser popular y modesta, simplificó la ornamentación, pero con- servó su esencia, las superficies aparecen como macizos de decoración yustapuesta hasta el punto de que apenas se puede precisar la finalidad utilitaria de algunos de sus ejemplares como terminamos de decir que su- cedía en las piezas de arte barroco y que presenta con ellos la diferencia, de que la extremeña, dá la sensación de trasparencia y la barroca no; pero seguramente este último detalle que llena de gracia los ejempla- res extremeños, fue consecuencia de una imposición económica, que se produjo quizás con verdadero pesar de los artífices que los labraron. Son las dos obras más importantes de esta época y de este modo de de hacer, y las que marcan por otra parte de una manera más definida, tanto la escuela extremeña como su aclimatación en el Sur de España y más concretamente en Sevilla, el torna-puntas o brazo de lámpara exis- tente en la Catedral de Coria, y la Cruz de la Cerrajería hecha en Sevi- lla en los finales del siglo xvn por Sebastián Conde. Esta última, muy principalmente, marca una nueva orientación en el arte de la cerrajería, porque combinándose con las orientaciones francesas que llegan a Espa- ña, dan la norma para una parte considerable de nuestras obras deca- dentes del siglo XVIII. En ellas trabajando por silueta con una interpreta- ción geometrizante parecida a la que se hizo en tiempos de Felipe II, pero sin el espíritu de aquellas obras, dan por una parte la impresión de ampulosidad por medio de curvas y contracurvas de gusto rococó, importadas de Francia, y por otra la pobreza de una fabricación que trabaja por línea en barra de sección rectangular, no colocada en arista y sin la valentía que supone la forja de trozos macizos, apareciendo como un dibujo recargado y complejo hecho con trazo grueso, sin la vida que daba a las composiciones anteriores el juego de luz, que resultaba de los macizos, de los repujados y de la colocación de sus barras cua- dradas, siempre en aristas. SURANTE este tiempo, también, y en contraposición a lo que ocurre con las grandes producciones de un carácter francamente arqui- tectónico, la cerrajería y el trabajo minucioso de detalle adquie- re una preponderancia y un interés extraordinario. Es digno de notar que, precisamente cuando nuestros rejeros del siglo xvi terminaban de hacer sus obras más geniales, la cerrajería y el trabajo a cincel, es decir, todo lo que es labor minuciosa y detallista se encuentra en España en una mani- fiesta decadencia, que empieza a recobrar categoría poco a poco, y va adquiriendo valor y mérito a medida que el arte de la forja va perdiendo progresivamente en importancia; y cuando en los finales del siglo xvn y todo el XVIII, puede decirse que nuestros trabajos de forja apenas tienen otro interés que el de imitaciones vulgarísimas de las obras francesas, los cinceladores llegan al apogeo de sus obras, trabajándose ejemplares de una maravillosa perfección y gusto. Es decir, que las grandes concepciones de nuestros rejeros y el trabajo detallista de los cinceladores y cerrajeros, se han desarrollado en España siguiendo dos evoluciones rigurosamente inversas. Es una demostración de esa marcha progresiva del arte de la cerra- jería en nuestro suelo desde el siglo Xvi al xvm, en primer lugar, la docu- mentación publicada por el Sr. Rico Sinobas, referente a los cinceladores españoles de finales del siglo xvi, en la que comenta la comunicación diri- gida al rey Felipe II, manifestándole, que, para enseñar el arte del cince- lar a la española, el artífice Bartolomé Somarriba era muy poca cosa; que el cincel de Alonso de Vallejo, para galanterías y follajes en metales duros era mal acondicionado y muy escabroso; que Diego de Nalda y Pedro de la Puente, estaban impedidos, el uno por falta de vista y el otro por estar casi tullido de las dos piernas, por lo cual se había suplicado muchas ve- ces a Su Majestad se trajesen de fuera de estos Reinos, algunos artí- fices fundidores y cinceladores en bronce y hierro, pues de otro modo no habría medios para remediar tan importante falta; no dando al olvido lo que manifestó el Consejo de Guerra a Su Majestad con fecha 22 de Sep- tiembre de 1590, llamando la atención sobre los grandes inconvenientes de que en la España ferrera, a fines del siglo xvi, no había ya quien su- piera hacer un arnés completo, por lo cual convendría traer de Milán un par de buenos maestros. Es muy curiosa la serie de vicisitudes que ocasionó la determinación del Rey, trayendo, en efecto, a la fábrica de Eguí, en Navarra, artífices extranjeros, de los cuales los navarros y vascongados, se negaron o poco menos a aprender, mientras aquéllos por su parte hacían todo lo posible por ocultar sus procedimientos de trabajo; tuvieron de todos modos estos esfuerzos oficiales un feliz resultado, y hallaron su complemento cuando a mediados del siglo xvn vemos al Cardenal Infante, que al retirarse a Madrid terminadas sus campañas de Flandes, protege a un núcleo de bue- nos cinceladores, que, a base de aquella protección en un principio, y a su valor intrínseco después, evolucionan, crean la llamada escuela de Madrid, de la que es maestro y genial inspirador Alonso Martínez, y al terminar el siglo, sus trabajos constituyen poco menos que la admiración de los artífices extranjeros, mientras el arte de la forja en general inicia su decadencia. La certeza de esto último lo demuestran diferentes documentos, en los que consta como los cerrajeros, cinceladores y armeros extranjeros traba- jan imitando las obras españolas, sin al parecer, conseguir igualarlas. El . caso es que en nuestros mercados de América se venden las obras espa- ñolas con un marcado sobreprecio respecto a las inglesas y francesas, ha.ta el extremo de que los de aquellos países para trabajar en América falsifican nuestras producciones y las imitan en todos sus detalles, mien- tras nosotros, que en la ejecución éramos los primeros, en la composición y en el dibujo, copiábamos sus tipos y sus modelos. Es notable el hecho citado por el Sr. Rico y Sinobas, de que precisamente ese contrabando que hacia el año 1800 llega al apogeo más escandaloso, es una de las (AJO 1>EL H1EURI causas de la decadencia de nuestro arte de cincelar que termina con la llamada escuela de Madrid y con la propia de las provincias vascongadas. El límite de la habilidad entre los cinceladores y cerrajeros tiene lu- gar, sin género de duda, en este tiempo de franca decadencia de las artes del hierro, quizás como consecuencia de la evolución de generaciones educadas en estos trabajos de minuciosidad y paciencia, y se cuenta de Antonio Gutiérrez, herrero relojero y arcabucero, que cierto día, le ense- ñó la Reina Amalia, esposa de Fernando VII, una aguja inglesa de coser, lamentándose de la imposibilidad de adquirirlas en España, lo que le obligaba, dada su afición al bordado, a tenerlas que mandar traer de In- glaterra; rogó el maestro a la Reina le dejase una aguja para examinarla, y transcurrido que fue un corto espacio de días, se la devolvió acom- pañada de la que él había hecho. Cuéntase que la Reina celebró la per- fección de la obra, y entonces el maestro Gutiérrez pudo decirle que la pieza que tenia en la mano no era la aguja sino el alfiletero que la en- cerraba. (1) De aquella escuela de Madrid de cinceladores y cerrajeros que vemos se organiza por la iniciativa del Cardenal Infante, y que después continúa dando ejemplares de una labor maravillosa, fue maestro a mediados del si- glo XVIII, un tal Pedro Pastrana, quien en 1738 labraba los artísticos herrajes de la puerta de la Catedral de Sigüenza. Poco después modifica este artí- fice las condiciones generales de trabajo en el gremio, introduciendo apli- caciones mecánicas y piezas fundidas, que hasta dicha época apenas se ha- bían empleado para otra cosa que para la confección de cañones, y que son la primera manifestación de una evolución en el sentido industrializa- do que caracteriza la cerrajería moderna; porque si bien en tiempo de Pe- dro Pastrana, mediante la adición de elementos fundidos adquiere la obra un mayor realce y suntuosidad, pierde el mérito especial y la espirituali- dad característica que les comunicaba el obrero al ser todas aquellas, por necesidad, forjadas a mano. (I) Ordufia.—Rejeros españoles. . trabajo del hierro en el norte de España durante los siglos xvil y XVIII, tiene curiosas alternativas, que, como es natural, depen- 1 ¿S '] de de las circunstancias económicas porque atraviesa el país. La decadencia del arte del hierro llegó a su fecha más culminante a me- diados del siglo xvill, como puede comprobarse por la relación de las fe- rrerías que trabajaban en Vizcaya, pues nos encontramos con que de las trescientas que, en mayor o menor escala, elaboraban el hierro en los úl- timos años del reinado de Felipe II apenas si la mitad trabajaban al me- diar el reinado de Felipe V. Esta general decadencia fue quizá menos profunda en toda la región de Cataluña, donde al finalizar el siglo xvil, continuaba el gremio con un número considerable de asociados, a los que representaba en el Consejo de Ciento, el Canciller maestro Miguel Dale, y poco tiempo después, cuando Cataluña se decide por la causa del archiduque y organiza sus tropas contra Felipe V, se crea exclusivamente con cerrajeros y agujeros la 4.° compañía titulada de la Santísima Trinidad mandada por el maes- tro Ignacio Sanahuja, batiéndose denodadamente en los años de 1713 y 1714, y más especialmente durante el sitio de la ciudad. Al terminar el siglo xvn, nos dice el P. Henao en sus «Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria», ''' «que por los años de 1658 las herre- rías del Señorío de Vizcaya eran 107 mayores, en que se labraba la pri- mera vez en barras grandes el hierro que llaman tocho, y 70 menores, en que se adelgaza y perfecciona el hierro que proporcionan las mayores. El hierro que labraban se calculaba en cien mil quintales, poco más o me- nos». Terminada la Guerra de Sucesión, e iniciada por Felipe V una re- construcción industrial del país, se da vida en Liérganes y en la Cavada, a ingenios donde se trabaja el hierro, haciéndose con la balería y otros per- trechos de artillería, la ayuda correspondiente para el servicio de los navios. (2) De esta misma fábrica escribía años más tarde el Marqués de la En- (1) Henao.—Antigüedades de Cantabria.-Salamanca, 1689.—Pég. 2 0 9 . (2) Jerónimo Gustáriz.—Theoría y práctica del comercio y de la marina.-1724. senada, Secretario del despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias, en exposición dirigida a Fernando VI en 1748, lo siguiente: «Las fábricas de fierro de la Cavada y Liérganes en la montaña su dueño el marqués de Villacastel, son las celebradas de toda Europa, porque la materia de las de Francia, Holanda, Inglaterra y Alemania es muy vidriosa». Y más tarde, el Intendente de Marina (1) D.Juan Antonio Enríquez (Ministro prin- cipal de Marina, como entonces se llamaba), en sus memorias dirigidas a Carlos III en 1787 sobre las fábricas de anclas de palanquetas de baterías de fierro, la fondería y otros establecimientos en la provincia de Guipúz- coa, al ensalzar la perfección a que habían llegado los vacongados en las fábricas de anclas y otras de efectos también de hierro, decía que «Su Ma- jestad, derramando el oro de Real Erario sobre los aplicados guipuzcoa- nos notariamente hábiles para todas las obras macizas, le corresponden éstos con útiles pertrechos para su Real Armada y el Ejército, verificando con más propiedad lo que se cuenta de Midas, que saben por sus laborio- sas tareas convertir el tosco fierro de sus minas en el fino oro que produ- cen las ambas Américas.» Según datos oficiales recogidos en el Señorío de Vizcaya, el número de ferrerias existentes en 1796 en esta provincia era de 154, dando una producción anual de 7.300 toneladas, y, poco más tarde, al publicarse el Diccionario de la Academia a principios del siglo xix, existían, según sus autores, 180 terrerías, extrayéndose anualmente 4.000 toneladas de vena de la comarca vasca denominada las Encartaciones, para con ella abaste- cer las 280 terrerías que existían en las provincias de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, inclusas las mismas Encartaciones, otras de Navarra y del valle de Mena, montañas de Santander y Principado de Asturias. La guerra de la Independencia hizo sentir sus efectos en la vida de las ferrerias, y se- gún datos oficiales, en 1816 la producción fue de 3.660 toneladas y en 1830 había nada más que 127 ferrerias en actividad. Por esta misma época, el año de 1832, funda el Sr. Heredia en Mar- bella el primer establecimiento siderúrgico industrial, con horno alto, y algunos años después, en 1849, se funda en los arrabales de Bilbao la fá- (1) D. Benito de Alzóla.—Estudio relativo a los recursos de que la industria nacional dispone para las construc- ciones navales. Págs. 18 y siguientes. brica de Santa Ana de Bolueta, siendo este, el golpe de gracia para la vi- da de las terrerías que ya estaba en plena decadencia. No obstante, tar- daron en aclimatarse en Vizcaya los altos hornos, el número de ferre- rías que existían en las provincias vascas fue disminuyendo paulatinamen- te, como no podía menos de suceder, mucho más desde que el año 1859 se estableció en Baracaldo la fábrica de Nuestra Señora del Carmen, ba- se de la manufactura actual, donde se establecen los primeros hornos pa- ra obtener el hierro dulce de la esponja metálica, por el procedimiento Chenot, los cuales en número de ocho funcionaron hasta el año 1871, en que ya se abandonan, pues si bien llevaban grandes ventajas a las forjas catalanas, eran casi tan costosos como los altos hornos al carbón vegetal, por cuyo sistema indirecto se obtenía a la sazón, en la misma fábrica, el hierro laminado en barras. (1) La época de florecimiento relativo que se desarrolla en las vascongadas poco después de mediar el siglo xvill, tiene una explicación lógica y natu- ral en la meritísima labor realizada por aquel entonces por un número de entusiastas del progreso y del adelanto de la nación, que reunidos primero en Azcoitia y después en Vergara, constituyen la Sociedad Bascongada de Amigos del País, y desde el año 1768 intervienen directamente en to- do lo que sea fomento y adelanto de la industria siderúrgica de la región. Un curioso estudio financiero redactado dentro de la Sociedad, por D. Tomás de Robles el año 1768, hace el cálculo detallado del coste de una libra de acero, del precio de un quintal de hierro reducido a clavos de herrar, cuchillos, tijeras, agujas y otros elementos fabricados con hierro y acero de la región, (2) constituye un prólogo extraordinariamente curio- so a aquella obra tan meritoria de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, origen, como es sabido, de todas las Sociedades Económicas de Amigos del País, que, repartidas por España, fueron el mayor elemento de progreso en los últimos años del siglo xvm. El año 1771 en la junta general celebrada en Vizcaya por esta Socie- (1) Alzóla.-Obra citada. (2) Extractos de las Memorias y juntas generales celebradas por la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País en distintas localidades. Facilitados por la Biblioteca de la Sociedad bilbaína, gracias a la cooperación de su cctual bibliotecario D. Alvaro de Gortázal. dad, se da cuenta de una Memoria sobre calcinamiento de venas, apara- tos soplantes o barquines y manufacturas de hierro, y buscando el modo de perfeccionar la fábrica de cuchillos en Vergara, enlazando su gestión con la de la Real Compañía General de Caracas, pretende hallar nuevos mercados para los talleres que trabajan en la región, interviniendo así del modo más eficaz en el progreso y desarrollo de la industria, pues no sólo se preocupa la Sociedad Bascongada de Amigos del País de lo que pu- diéramos llamar técnica de la fabricación, sino también de crear los co- rrespondientes mercados en España y fuera de España, para que las so- ciedades creadas como consecuencia de sus iniciativas, tengan una vida económica adecuada a sus necesidades. Desde esta fecha vemos constantemente que esta Sociedad interviene en la marcha de las terrerías en Vizcaya, y así vuelve, el año de 1772, a publicar una segunda Memoria sobre calcinamiento de venas, barquines y obras de agua en una fábrica de hierro, acompañando un curioso estu- dio sobre las terrerías de Suecia, y una comparación entre los distintos barquines de tabla, llegando a conclusiones en extremo curiosas é inte- resantes. Continúa su labor por todo lo que se refiere a la parte comercial de los diferentes establecimientos, y empieza a hacer el estudio crítico, pre- paratorio de los trabajos de implantación del entonces asombroso proce- dimiento de Reaumur sobre el arte de convertir el hierro en acero, que fue por aquellos días la última palabra de la siderurgia moderna fuera de España. De igual manera podíamos ir mencionando la labor de esta Sociedad en los años sucesivos, hasta llegar a su intervención social en las ferrerías, publicando Memorias, que no sólo tratan del establecimiento de nuevas fábricas creando las compañías de ferrones para perfeccionar la fundición y laboreo del hierro, sino también de las relaciones sociales entre los mis- mos ferrones y sus oficiales. Consecuencia de su labor fue que la guerra de la Independencia no anulase de un modo definitivo una industria esta- blecida sobre bases tan detalladamente estudiadas, siendo lástima que en los años que sucedieron a la guerra interviniese de un modo menos direc- to en la vida económica, moral y financiera de la región. ;STUDIO DEL TRJ De todos modos, que la industria del hierro continuaba siendo en Viz- caya la clásica y fundamental, lo demuestra en esta época el hecho no- table de que el Señorío obsequiase a los Reyes sus Señores, D. Fernan- do VII y Doña María Josefa Amalia en el viaje realizado a dicho Señorío el año 1828, presentando a SS. MM. un carro triunfal de hierro, obra del país, para que entrasen en él a la villa de Bilbao. (IÍ Después la evolución de la técnica, antes relatada, lleva la industria al estado en que todos la conocemos. ||AL es, en líneas generales, la historia de nuestros hierros españo- les a través de los tiempos, de las modas y de las técnicas. La Sociedad Española de Amigos del Arte, al reunir en esta Expo- sición los ejemplares más selectos y característicos que se fueron produ- ciendo a través de las épocas, quiso mostrar a los ojos de los eruditos (1) Esta nota la debemos a la amabilidad de nuestro particular amigo, el sabio arqueólogo D. Juan Allendesalazar, que graciosamente nos la ha procurado. Relación de los festejos con que han sido obsequiados los Reyes y Señores Don Fernando VII y Doña María Josefa Amalia en el M. N. Y. M. L. Señorío de Vizcaya, desde el día 14 de Junio de 1828, en que pisaron su suelo, hasta el 2G del mismo en que salieron para la ciudad de Vitoria.—Con licencia.—Bilbao, imprenta de Dorozábal. «A las nueve y media de este día ha sido el precioso momento del arribo de SS. MM. al punto llamado del Morro, sitio en la carretera de Castilla, en donde han sido recibidos por una Comisión de la Diputación, compuesta de los dos segundos Diputados y Rejidores y escoltada por veinte caballos, cuyos jinetes llevaban el traje de Moros Abencerra- jes. La Comisión ha presentado a SS. MM. un carro triunfal de hierro, obra del País, ejecutado en el corto espacio de treinta días, y se han dignado aceptar SS. MM. entrar en él para bajar a esta Villa, tirándole...» Bilbao y Junio 16 de 1828. (Parte oficial de este día redactado en Bilbao). «Este cortejo estaba destinado para recibir a SS. MM. en el punto llamado del Morro, que se había hermoseado por los cuidados del caballero corregidor a dos tiros de bala de la jurisdicción de esta Villa, y presentándole el bellí- simo carro de triunfo, construido en Durango, bajo la dirección de D. Manuel de Naveran, por D. Juan de Iparragui- rre. La figura es parecida a la de una bonita jaulo; en la proa tiene una chapa de bronce con las Armas Reales y las del Señorío en relieve. A los costados de los asientos dos leones de bronce que sirven de apoyo a los brazos; deba- jo de éstos, por un codo, los cuernos de la abundancia y por el Otro los jeroglíficos de la Religión: en el respaldo una lápida de chapa de hierro bruñida y pavonada, con una inscripción de bronce en relieve que dice: Hace Vizcaya gastosa A Fernando y a su esposa Sus legítimos Señores. A la derecha se ven los atributos del comercio y a la izquierda los de la agricultura. El asiento y la espalda están forrados de terciopelo encarnado, con galón y fleco de plata, y encima tiene una corona de hierro perfectamente bruñida, sostenida por medio de cuatro varillas y cubierta interiormente con t a tetan carmesí, el armazón, rueda, ejes y lanza son de hierro: los costados y parte safuera están cercados por una fresa seguida de hojas de bronce. Su Majestad se ha servido aceptar esta carroza y será sin duda un monumento que hará siempre honor a la industria de este país en que ha sido elaborado.» ESTUDIO DEL TR. como a la fina sensibilidad del estudioso, una página abierta de la historia de la cultura de nuestra patria, su grandeza no igualada por nación al- guna en aquellos reinados que supieron organizar un pueblo que tomaba Granada y vencía en Lepanto, como la dolorosa decadencia que más tarde sufre su industria, cuyas sensibles consecuencias aun se palpan en pleno siglo xx a pesar de los esfuerzos laudables y provechosos de aquella Sociedad Bascongada de Amigos del País. Y en estos momentos en que las civilizaciones pretenden buscar nue- vos caminos, y en que los hornos altos, base de las técnicas hasta hoy contemporáneas, parece como si amenazaran derrumbarse entre las gigan- tescas convulsiones de la guerra que acaba, y que en su fiebre de produc- ción el darles forma industrial vulgariza las instalaciones de hornos eléc- tricos para la obtención del hierro, a nosotros, dotados por la naturaleza de todos los elementos necesarios para ser grandes, era preciso que, como entonces, la Sociedad Bascongada de Amigos del Pais, al recordarnos la Sociedad de Amigos del Arte la historia del pasado, nos diese todo el valor y el entusiasmo necesario en la lucha que se prepara para el porvenir. PEDRO MIGUEL DE ART1ÑANO F^ábi'icfí {í&tííicltisinstulfldñ sin éxito en. la isla del León y reproducido roas tarde en el Norte de España por iniciativa de la Sociedad Bascongada de Amigos del País. CATÁLOGO CATALOGO La primera Edad del Hierro en España Los más antiguos documentos conocidos del uso del hierro en España Los números 1 al 25 proceden de las excavaciones en las necrópolis celtibéricas rea- lizadas por el Sr. Marqués de Cerralbo en las provincias de Soria, Guadalajara y Zaragoza. El método adoptado en la presente Exposición en cuanto al orden cronológico de las espadas y puñales de la colección del Sr. Marqués de Cerralbo, es el que siguió dicho ilustre arqueólogo en la Exposición del Congreso de la Asociación española para el Progreso de las Ciencias, verificado en Sevilla en Mayo de T9I7; y debemos a su amabilidad el exponer en este Catálogo las primicias de parte de la Memoria inédita que ante las sesiones del mis- mo Congreso leyó el citado Sr. Marqués. Se trata del intento de explicar el origen de la espada ibérica y su desenvolvimiento desde el puñal del siglo vm, antes de J. C. a las de antenas del v (números T al 7) y las que originaron el célebre Gladius Hispalensis hasta las de La Téne de los siglos iv y m, antes de Jesucristo, sirviendo como prólogo a esta serie un puñalito de antenas, de bronce, muy raro, procedente del campamento ibero-romano de Aguílar de Anguita (Guadalajara).—Longitud: 17 cm., que es el que pudiera ser del siglo vm. Todas las espadas de antenas que se catalogan a continuación corresponden al período denominado de Hallstatt, que en España se clasifica como de la primera Edad del Hierro, por que las más primitivas deducidas de la Edad del Bronce no se han encontrado aún en la Iberia. Núm. 1.—Espada de antenas con hoja de lanza y cuchillo metidos en los puentes de la vaina. Este lote es muy interesante y, como varios que después de él se han hallado en al- guna otra Necrópolis, demuestra que la lanza, como otros objetos, acostumbraron introdu- cirlos en las abrazaderas de la vaina de la espada des- pués de hecha la cremación del cadáver, para formar así un solo conjunto funerario que se depositó al lado de la urna cineraria. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en So- ria.—Longitud: 41 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 2. —Espada de antenas con su vaina que tal vez fuese de cuero, con los contornos o armadu- ras de hierro. Conserva la vaina sus dos puentes para guardar el puñal. Esta espada es un ejemplar de interés por hallar- se una de las caras de la hoja en tan buen estado de conservación que permite apreciar la serie de acana- laduras o estrías que la ornamentan, y así nos expli- can el adelanto metalúrgico de los celtíberos del Cen- tro de España en el siglo v, a. de J. C. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en So- ria.—Longitud: Espada sin vaina, 40 cm.; con ella, 51 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 3.—Espada de antenas con su vaina y pu- ñalito en ésta. Es de gran novedad por ser la prime- ra que se descubrió en España, con el detalle de lle- var en la vaina un puñalito; circunstancia de singular interés, porque también fue el primero (su descubri- dor, el Marqués de Cerralbo) en explicar un pasaje indeterminado de la ¡liada en su canto XIX. Procede de la Necrópolis de Higes (Guadalajara).—Longitud: 44 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 4.—Espada de antenas, procedente de la Necrópolis de Aguilar de Anguita (Gua- dalajara).—Longitud: 43 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerrafbo, su descubridor. Núm. 5.—Espada de antenas con su vaina de hierro de una sola pieza, muy singular por su terminación en forma rectangular. Procede de Ag-uilar de Anguita (Guadaiajara), en su Necrópolis.—Longitud: 65 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerra/bo, su descubridor. Núm. 6.—Espada de ante- nas, procedente de la Necrópolis de Aguilar de Anguita {Guadaia- jara).—Longitud: 41 cm. EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rra/bo, su descubri- dor. Núm. 7.—Espada de ante- nas. Esta espada tiene la empu- ñadura compuesta de tres lámi- nas separadas entre sí, para de- jar hueco a otra materia que completase y ornamentara el puño, que ha desaparecido. El hierro de dichas láminas, como el de toda la espada, tiene el as- pecto y condiciones de acero, lo que atestigua el tan renombrado adelanto metalúrgico de la re- gión bilbilitana, tan celebradisi- mo por su paisano Marcial, uno de los elogiadores del temple admirable de las aguas del Jalón para el alto valor de sus armas. Este ejemplar, tanto en la forma de la empuñadura como en la hoja, a dos vertientes sin estrías centrales, recuerda a la espada núm. G, y ambas a varias de la época del bronce en la Europa Central. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita.—Longitud: 48 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerra/bo, su descubridor. Núm. 8.—Espada de empuñadura plana con su vaina y puente para su cuchillo. Este ejemplar es una variante de la típica espada de Hallstatt de antenas, cuyo tipo más clásico en España son los de Aguilar de Anguila, caracteri- zados por sus vainas terminadas en una esfera, sien- do de hierro únicamente la parte que protege los dos cortes del arma, y, además, por las perfectas estrías y acanaladuras de la hoja de la misma espada. Lo que principalmente determina esta variante es la terminación de la parte superior de la empuñadura en forma de semicírculo, y otras particularidades cuyo estudio no es de este somero Catálogo, y por las que hacen a este ejemplar y a los dos siguientes como únicos hasta el presente en Europa. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en So- ria. —Longitud: 43 cm. EXPOSITOR : Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 9. — Espada de empuñadura plana, sin vaina, del mismo tipo que la anterior. Procede*de Illora (Granada).—Longitud: 54 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 10.—Espada de empuñadura plana con su vaina de doble puente para el cuchillo. Cuantos de- talles singulares se expusieron en la descripción de la espada núm. 1, pueden aplicarse, y con mayor fundamento a ésta en particular, pues además de la hoja de lanza tiene en la vaina el regatón, y el cuchillo está introducido en la vaina en el puente inferior y en sentido inverso; prueba evidente de que se introdujo después del acto de la cremación del guerrero a que perteneció. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 56 cm. EXPOSITOR : Excmo. señor Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 11.—Puñalito con su vai- na. Este puñal, por cierto rarísimo entre las armas de los prerromanos es- pañoles, es contemporáneo de la es- pada núm. 10, pues se encontró en la misma sepultura de la Necrópolis de Alpanseque. La hoja de este puñal es a dos vertientes y muy estrecha, y está pro- tegida por una vaina de dos rebatidas una a la otra en los bordes laterales, la cual termina en una contera muy ancha y desproporcionada con el resto de la misma, y generalmente sus cuatro esquinas terminan en una esfera, teniendo, además, casi todas estas conteras, así como el resto de la vaina, incrustaciones de plata, como las de Alar del Rey, Mirabeche, etc. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 26 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerraíbo, su descubridor. Núm. 12.—Espada de Antenas. A pesar de ser de antenas, la empuñadura es plana, re- cordando la de los núms. 6 a 10; pero en vez de verse en esta espada una o tres láminas separadas entre sí para retener las cachas, hay tres abrazaderas, unidas por sencillas aplicaciones de hierro. Por su tamaño, forma ondulada de la hoja y por haberse hallado en una necrópolis de transición de la época de Hallstatt a la de la Téne, y a pesar de sus estrías en la hoja, este ejemplar, indica el Sr. Mar- qués de Cerraíbo, que quizá sea uno de los precursores de la espada del tipo La Téne, en España. Procede de la Necrópolis de Atance, en Guadalajara.—Longitud: 67 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Mar- qués de Cerraíbo, su descu- bridor. Núm. 13.—Espada de La Téne, con parte de su vaina. Esta espada, por las acanaladuras, de su hoja, recuerda toda- vía las de la época anterior. Procede de la Necrópolis de Atance, en Guadalajara.—Longitud: 57 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerraíbo, su descubridor. m. 14.—Espada típica de La Téne. cede de la Necrópolis de Atance, en Guadalajara.—Longitud: 81 EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerraíbo, su descubridor. Núm. 15.—Espada de La Teñe. Dada la forma ondulada de su hoja y a pesar de ser ésta de dos vertientes, dicho ejemplar recuerda otras espadas de la misma localidad del tipo de antenas que tienen nervaturas en la hoja. Procede de la Necrópolis de Atance, en Guadalajara.—Longitud: G7 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 16.—Espada de La Téne que ofrece la curiosidad de manifestarse doblada cuatro veces, como arrollada quizá en homena- je a su dueño y para que así no pudiera servir a nadie más. Procede de la Necrópolis de Arcóbri- ga.—Monreal de Ariza (Zaragoza). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Mar- qués de Cerralbo, su descu- bridor. Núm. 17.—Espada incompleta de an- tenas con incrustaciones de plata y cobre en su empuñadura. Esta espada de ante- nas, así como la de los núms. 18 a 20, enriquecidas por adamasquinados, de se- guir un orden cronológico en las armas celtíberas deberían colocarse a continua- ción de las que terminan con el núm. 7, pero atendiendo a la singularidad de la alta estimación que lograrían en su tiempo y a las que les concede hoy la Arqueolo- gía, las reunió el Sr. Marqués de Cerral- bo para formar una sección exclusiva de riqueza ornamental. Procede de Turmiel (Guadalajara).— Longitud: 22 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Mar- qués de Cerralbo, su descu- bridor. Núm. 18.—Empuñadura de una es- pada de antenas avalorada por incrusta- ciones de plata y cobre como la prece- Nüms. 17,18, 20, 19, 21 y 24. , dente. Procede de Atance, en Guadalajara.—Longitud: 16 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 19.—Espada de antenas. Ejemplar rarísimo que a pesar de coincidir en forma, ta- maño y labores de la hoja con los de la época del bronce, es, sin embargo, de principios de la época de La Téne, pues sus antenas se reducen a expresión mínima y las incrustaciones de cobre y plata de su empuñadura son determinantes y típicas de La Téne I. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, en Monreal de Ariza (Zaragoza).—Longitud: 57 cm, EXPOSITOR: Exorno. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 20.—Espada doblada de antenas con incrustacio- nes de cobre y plata en su empuñadura. Es del mismo estilo y época de las tres anteriores. Procede de la Necrópolis de Atance (Guadalajara).—Lon- gitud: 50 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Margues de Cerralbo, su descubridor. Núm. 21.—Espada de antenas. Este tipo de espada, teniendo en cuenta la forma corta y ancha de su hoja, ligeramente ondulada, su empuñadura muy plana, y las antenas muy pequeñas y estrechas, pertenece a las postrimerías de la época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Atance, en Guadalajara.—Longitud: 34 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 22.—1Espada de antenas. Del mismo tipo y época de la anterior y de la misma necrópolis. Tiene varias fajas de incrusta- ciones de cobre en su empuñadura. — Lon- gitud: 46 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 23.— Espada tipo Falcata, de gran excepción en la Celtiberia y coetánea de La Téne II. Procede de la Necrópolis de Caravias {Guadalajara).—Longitud: 47 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 24.—Puñal con su vaina y de empuñadura doble globular. Es el arma tí- pica de los celtíberos en los tiempos de la destrucción de Numancia y es el puñal de las célebres estatuas de guerreros de Por- tugal y de muchos bronces del Santuario de Despeñaperros {Jaén).—Longitud: 35 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 25.—Puñalito del mismo tipo del anterior. Procede del campamento ibero-romano de Aguilar de Anguita (Guadalajara).—Longi- tud: 17,5 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 26 y 27—Dos camas de bocado de la época de Hallstatt II, de gran rareza. Ese tipo de bocado es copia exacta de otros de bronce, cuyo modelo se expone a su lado y que procede de la misma Necrópolis de Aguilar de Anguita, el cual recuerda a la vez, al más primitivo de los conocidos de los protohistóricos y de los hallados en los palafitos de Robenhausen. Procede de la Necrópolis de AguÜar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 9 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralho, su descubridor. Núms. 28 y 29.—Dos fragmentos de bocado de bronce a los que faltan las ca- mas. Época de Hallstatt II. Muy raros. Proceden de la Necrópolis de Atance (Guadalajara).—Longitud: 22 y T9 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 30.—Filete de caballo. Ejemplar notabilísimo por tener una de sus camas mo- vibles como algunas de la Edad del bronce. Época de Hallstatt II. De mucha rareza. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 26 centímetros. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 31.—Filete de caballo, del mis- mo tipo que el anterior, pero sin cama mo- vible. Tiene adherido a él una de las piezas que servían para el embrace del escudo del guerrero a quien perteneció el caballo. Épo- ca de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis del Valdenovillos, Alcolea de las Peñas {Guadalajara). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubtidor. Núm. 32.—Filete de caballo, de igual tipo que el anterior. Época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Anchura: 35 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 3 3 y 34.—Filete de caballo del mismo tipo que los anteriores, pero sus camas tienden a evolucionar de la forma de media luna celta a la cuadrilátera, y fíbula de bronces con su aguja de hierro, que ..______ se halló junto con el boca- do. La fíbula es clásica de la época de Hallstatt II, Procede de la Necró- polis del Tesoro, Caravias (Guadalajara). —Miden: bo- cado, 30 cm.; fíbula, 9,5 centímetros. EXPOSITOR: Exce- lentísimo señor Marqués de Ce- rralbo, su des- cubridor. Núm. 3 5 . — Filete de caballo, de camas cuadrilá- Ni.ms 34 33 30 teras. Época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Atance (Guadalajara).—Longitud: 2 0 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 36. Filete de caballo de castigo y camas cuadriláteras. Época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Atance (Guadalajara). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 3 7 . — Filete de caballo de castigo y camas de forma liriforme. Época de Hallstatt. Procede de la Necrópo- lis de Higes(Guadalajara).— Longitud: 2(3 cm. EXPOSITOR: Exce- lentísimo señor Marqués de Ce~ rralbo, su des- cubridor. Núm. 38. — Filete de caballo de camas de forma liriforme. Ejemplar notable por la serie de anillas para el arranque de correas de la brida, que parten de ambas camas. Época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis del Tesoro, Caravias (Guadalajara).—Longitud: 23 cm. EXPOSITOR: Exctno. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 39.—Filete de caballo, de forma parecida al anterior, aunque más incompleto. Época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita (Guadalajara). —Longitud: 32 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 40.—Filete de caballo, de la mis- ma forma que los dos anteriores, pero que tiene además la novedad de la pieza comple- mentaria de la barbada. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita (Guadalajara). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 41 y 42.—Pieza de filete de ca- ballo de gran castigo, del mismo modelo que los anteriores, con sus piezas comple- mentarias para cadenilla de barbada o en- tronque y fíbula de bronce, clásica de Halls- tatt II, como la del núm. 34. Procede de la Necrópolis de Alpanse- que (Soria).—Longitud: 40 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. _ _ ^ _ _ _ _ ^ _ Núm. 43.—Filete de caballo, de ca- m a s en NÚ™ 36 35 4o forma de media luna. Época Halls- tatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 2 6 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 44.—Bocado de camas completamente rectas. Época de la Téne I, siendo un gran adelanto para el mando, con respecto a los anteriores filetes. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 26 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 45.—Bocado de caballo, de camas rectas. Época de la Teñe I; ofrece la singu- laridad de tener unidas las camas por una planchuela de hierro en la parte inferior. HIEHRO EN ESPJ Procede de la Necrópolis de Caravias (Guadalajara).—Longitud: 41 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 46.—Fragmento de bocado con una pieza singular que pudo dar origen a la ca- denilla de barbada celtibérica. Recuerda la pieza análoga delfiletenúm. 40. Época de Hallst- tat II. Procede de Aguilar de Anguila, en Guadalajara.—Longitud: 13 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 47.—Filete de caballo; idéntico r a los actuales, perteneciendo éste al siglo iv, antes de J. C. ! Procede de la Necrópolis del Tesoro de j Caravias.—Longitud: 20 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 48.—Filete de caballo, exacta- mente como los actuales, aunque éste debe datar del siglo iv antes de J. C. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara. — Longitud: 26 centímetros. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 49.— Filete de caballo, iguala | los modernos usados en las carreras de ca- I ballos, correspondiendo éste al siglo iv an- | tes de J. C. Época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de i Anguita, en Guadalajara. — Longitud: 35 Núu.s. 38,41,42 y 4S. centímetros. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 50.—Cabezón de doma de caballo. Hallstatt II. Objeto de gran rareza y de tal época, inédito en Arqueología. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 31 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 51.—Cabezón de doma de caballo. Época de Hallstatt II. De igual rareza y nove- dad que el anterior y los que le siguen. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara. — Longitud: 30 centímetros. EXPOSITOR: Excelen- tísimo Sr. Mar- qués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 52.— Cabezón de doma de caballo. Época de Hallstatt II. Notable y único hasta el presente por tener cinco piezas, de las que arran- caban las correas de la brida. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara. — Longitud: 28 centímetros. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, svi descubridor. Núm, 53.—Cabezón de doma de caballo. Época de Hallstatt II, o sea de los siglos v y iv antes de Jesucristo. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 27 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 54.—Cabezón de doma de caballo. Notable por sus charnelas. Época de Halls- tatt II. Procede de la Necrópolis del Tesoro, en Caravias (Gua- dalajara).—Longitud: 22 cen- tímetros. EXPOSITOR: Excelen- tísimo Sr. Mar- qués de Cerra Iho, su descubridor. Núm. 55—Cabezón de doma de caballo. Época de La Téne I. Núm». 54, 53 y 52. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, en Monreal de Ariza (Zaragoza). —Longi- tud: 20 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Exposición de diversos tipos de lanzas que indican el desarrollo y transformación desde la época de tiailstatt a la de La Teñe I y II. Núm. 56.—Soliferrium de la Necrópolis de Aguilar de Anguita. Época de Hallstatt: arma arrojadiza muy celtibérica y rara.—Longitud: 1,92 m. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 57.—Parte inferior de un soliferrium. Procede de la Necrópolis de Aguijar de Anguita. Época de Hallstatt.—Longitud: 26 cm.; es singular su remate en bronce. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 58.—Muy larga y singular lanza, que indica el Sr. Marqués de Cerralbo, su des- cubridor, que pudiera haber dado origen al pilum romano. Época'de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Valdenovillos.-Longitud: 77 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 59.—Lanza con su regatón, a la que se clasifica como la anterior. Época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 67 cm. y 25 id. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 60.—Lanza y su regatón, semejante a la anterior. Época de Hallstatt. Procede de Aguilar de Anguita (Guadalajara).—Longitud: 46 cm. y el regatón 11 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 61.—Lanza de la época de Hallstatt. Procedente de Valdenovillos.—Longitud: 67 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 62.—Lanza y su regatón con su espiga (que es una rareza) para asegurarla al mástil. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara, Hallstatt II.—Longi- tud: 53 cm. la lanza y 18 cm. el regatón. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 63.—Lanza y regatón. Época Hallstatt. Ambos ejemplares son muy interesantes, porque además de estar retorcidos para inutilizarlos, son éstos prueba de tal propósito, al mostrarse cortadas exprofeso cada pieza de las dos en que enchufaba el mástil. Procede de la Necrópolis de Clares (Guadalajara).—Longitud: 48 cm. la lanza y G2 cen- tímetros el regatón. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralho, su descubridor. Núm. 64.—Lanza de la época de Hallstatt. Procedente de Aguilar de An- guita, en Guadalajara.—Longitud: 43 cm. EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 65.—Lanza de I3 épo- ca de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 27 cm. EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 66.—Lanza de la épo- ca de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 33 cm. EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rralho, su descubridor. Num. 67. — Lanza de la ulti- nums. /ti, uy, /1,0a, o/, 05, 06,64,62,01,00, 59, 5», 00 y Oí. . , J ,. I_I 11 ma tase de la época de nallstatt. Procede de la Necrópolis de Alpanseque, en Soria.—Longitud: 26 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 68.—Lanza de la última época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguila, en Guadalajara.—Longitud: 27 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Morques de Cerralbo, su descubridor. Núm. 69.—Lanza de la época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Aguílar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 1(3 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 70. — Lanza y regatón de la época de Hallstatt. Procedente de Valdenovillos. —Longitud: 11 centímetros la lanza y O el regatón. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Morques de Ce- rra/bo, su descubridor. Núm. 71.— Lanza típica de la época de La Té- ne, en bierro acerado. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, Mon- real de Ariza (Zaragoza).-—Longitud: 26 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 72. -Lanza de la época de La Téne del poblado Ibérico de Castejón, Luzaga (Guadalaja- ra).—Longitud: 32 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 73. —Gran cuchillo afalcatado. Época Núms. 77, 70, 79, 70, 75, 74, 73,143 y 144. de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguila.—Longitud: 38 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 74.—Gran cuchillo curvo afalcatado, de la época de Hallstatt. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita.—Longitud: 23 cm. EXPOSITOR: Excmo, Sr. Marqués de Cerraibo, su descubridor. Núm. 75.—Cuchillo corvo con enchufe en el mango. Época de la Téne. Procedente del campamento ibero-romano de Aguilar de Anguita, en Guadalajara; muy singular.—Longitud: 19 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 76.—Cuchillo incompleto, corvo, conservando la forma de los de la época del Bronce; perteneciente al siglo v, antes de J. C. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita.—Longitud: 18 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 77.—Hoja de cuchillo. Época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 15 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 78.—Hoja de cuchillo con un fragmento de las cachas de hueso del mango. Epo- i de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara.—Longitud: 14 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 79.—Cuchillito de la época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita.—Longitud: 16 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núms. 80, 81 y 82.—Tres omphalos o cen- ros de escudo redondo, de guerrero de la época de Hallsttat II; piezas de gran novedad y rareza en Arqueología. Procede de la Necrópolis de Aguilar de An- guita, en Guadalajara. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núms. 83 y 84.—Dos piezas de escudo de alta novedad y rareza en Arqueología: cada una de ellas se compone de dos planchuelas de hierro cor- tadas en forma de S y asociadas por clavillos que las sostienen unidas y separadas, y así el espacio intermedio determina el espesor del escudo, pues tales piezas sirvieron para que, en las anillas que tienen y pendían al interior, se enganchasen las correas para embrazar el escudo. Proceden do la Necrópolis de Aguilar de An- guita y corresponden al siglo v, antes J. .C EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- Niims. 1)1. «4, 80,1(5,1)2, 03, (15, S7,11 y Bf>. rralbo, su descubridor. Núm. 85.— Regatón (?) de la época de Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Clares. —Longitud: 10 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. LA PRIMERA EDA) Núm. 86.—Porta-enseña'(?) de la época de la Téne. Raro. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, en Monreal de Ariza.—Longitud: II cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Margues de Cerralbo, su descubridor. Núm. 87. —Rarísi- mas medias tijeras de la época de Hallsttat. Procede de la Ne- crópolis de Aguilar de Anguila, en Guadalaja- ra. -Longitud: 9 cm. EXPOSITOR : Ex- celentísimo Sr. Marqués de Cerralbo, su descubri- dor. Núm. 88.—Dos herraduras de caballo de la época de Hallstatt II. Pieza-s de extrema rareza y las primeras que se encontraron en Europa, del siglo v, antes de J. C. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita.— Longitud: 14 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 89. Herradura de caballo de la épo- ca de la Téne (siglo i, antes de J. C.) Procede de la Necrópolis de Luzón (Guada- lajara). Longitud: 11 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 9 0 . - Rarísima pieza, la primera ha- llada en España, y que, según Artemidoro, la usaban las damas iberas para sostener el man- to que cubría la cabeza y que, según el Mar- qués de Cerralbo, habré dado origen a la peine- ta y mantilla españolas. Artefacto que describe minuciosamente Artemidoro, llamándole moda ^ ^^ bárbara de las damas ibéricas, aunque el manto así colocado realzaba la belleza de las damas prerromanas del interior de la Península Ibéri- ca. La época de iniciación pudo ser el siglo v antes de J. C. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara. Longitud: 57 cm.; faltan, por rotas, las varillas de la parte superior. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. i PRIMERA EDAD DEL HIERRO KN I Núms. 100,102, 94, Núm. 91.—Pieza análoga a la anterior. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, Monreal de Ariza, en Zaragoza; están rotas y faltas las puntas extremas superiores.—Longitud: 52 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 92.—Sepultura completa de un guerrero ibérico en el mismo estado que se encontró, cuyas piezas, formando un haz, son las siguientes: dos lanzas con sus regatones, cuchillo, broche de cinturón de los llamados grecohispanos por Déchélétte, pero que el Mar- qués de Cerralbo sostiene son de invención celtíbera, una gran fíbula hispánica, etc. Época de Hallstatt II. Esta sepultura se expone para dar idea de cómo eran las tumbas celtibéricas, siempre por incineración, y de las cualas ha descubierto millares en sus exploraciones arqueológicas de sus diez y siete Necrópolis ya excavadas el Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, expositor de esta sepultura del siglo iv antes de J. C. Procede de la Necrópolis de Valdenovillos. —Longitud: 43 cm. Núm. 93.—Sepultura de un personaje ibero, completa, que se compone de una espada de antenas (46 cm.), dos lanzas (31 y 25 cm.), fragmentos de un soliferium, un bocado de l.A PRIMERA ntlAD DEL HIF.RRO EN RSPAÑA 21 caballo (27 cm.) y tres cuchillitos (15, 17 y 11). Época de Hallstatt II. Siglos v a iv antes de Jesucristo. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita, en Guadalajara. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 94 a 106. —Conjunto notabilísimo de armas ibéricas procedentes de una Necró- polis de Illora (Granada). Época de Hallstatt II y III. 94.—Espada falcata con extremo de vaina primorosamente trabajada.—Lon- gitud: 65 cm. 95.— Espada falcata con restos de incrustaciones de plata en la empuñadura. Longitud: 62 cm. 96. —Fragmento de una empuñadura de falcata con una cabeza de león e incrustaciones de plata.—Longitud: 7 cm. 97.—Espada de antenas.—Longitud: 50 cm. 98. — Puñal corto de hoja ancha. —Longitud: 24 cm. Q9.—Puñal de antenas con restos de vaina y de otra superpuesta a la anterior y más pequeña para el cuchillo. Longitud: 39 cm. 100.—Soliferium. — Longitud: 140 cm. 101.—Gran lanza con su regatón. —Longitud: 73 y 87 cm. respectivamente. 102.-Lanza y su regatón.—Longitud: 42 y 23 cm. 103. —Lanza pequeña.^Longi- tud: 16 cm. 104.—Fíbula hispánica de bron- ce.—Longitud: 4,5 cm. 105.—ídem id. id. — Longitud: 3,5 cm. 106. — Medio broche de cintu- rón.— Longitud: 7,5 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo. Núm. 107.- Sepultura de un labrador de la época de La Téne I, que se compone de la urna cineraria, reja de arado (36 cm.), ani- llas del timón (diámetro 11 y 10 cm.), dos azuelas (23 y 16 cm.) y otra pieza indetermi- nada (23 cm.). Procedente de la Necrópolis de Turmiel, en Guadalajara. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 108 a 115. Objetos domésticos encontrados en el campamento ibero-romano de Aguilar de Anguita. Época de la Téne. 108. — Tenazas de hogar (73 cm.). 109.—Una llave (10 centímetros). 110.—Unahachuela (14 cm.). 111. —Fragmento de sierra (20 cm.). 112. — Un eslabón (10 cm.). 113.-Un hocino (TI centímetros). 114.—Doble escoplo (12 cm.). 115.—Una hachuela (13 cm.). EXPOSITOR : Excelentí- simo Sr. Marqués de Cerralbo, su des- a. 115.112,109,108, US, 110,111,114 y 9 cubridor. Núms. 116 a 122.—Conjunto de objetos industriales procedentes del Perical. Acrópolis celtibérica de Valdenovillos, Alcolea de las Peñas, en Guadalajara. 11G.—Hacha de for- ma arcaica co- mo las de la primera época del bronce (14 centímetros). 117. —Hachuela (12 centímetros.). 118. - Hachuela (11 centímetros). 119.—Reja de arado (24 cm.). 120. —Anilla del ti- món (11 cm.). 121. —Otra anilla (7 centímetros). 122. — Pieza de uso desconocido (10 X 15 cm.). Núms. 132.117,130.119,118,116 y 121. EXPOSITOR: Excelen- tísimo Sr. Mar- qués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 123 a 131.— Di- versos objetos procedentes de Castejón. Acrópolis celtíbera de la Necrópolis de Luzaga. Bpoca de La Téne II. 123 y 124.—Hachas de forma arcai- ca (13 y IT cm.)- 125 y 126.—Re- jas de arado (49 y 42 cm.). 127.—Hachuela para mango de en- chufe; adherida a ella se ven res- .134,;i35, 25,132 y 133. tos de tejidos de la época (19 cm.). 128. Cuchillo de dos fi- los (38 cm.). 129. Objeto cortante de tres filos (17 cm.). 130. --- Anilla de forma trapezoidal (12 cm.). 131.— Puente de cerradu- ra (30 X 10 cm.). EXPOSITOR: Excmo. señor Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 132. Tenazas del cam- pamento de Aguilar de An- guita. Época de La Téne II. Longitud: 28 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 133. -Dos escoplos del campamento de Aguilar de Anguita. Longitud: 13 cm. y 15 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núms. 134 y 135.— Dos marcas de ganado. Proceden de Termes, en Soria. — Longitud: 30 y 27 centímetros. EXPOSITOR: Exce- lentísimo señor Marqués de Ce- rralbo, su des- cubridor. Núms. 136 a 138. - Objetos procedentes del poblado de los Castillejos. Acrópolis celtíbera de Atan- ce (Guadalajara). I3Ó.—Hoja de es- pada de antenas (31 cm.). EDAD DEL HLBRRO F 137.- Hoja de hoz <33 centímetros). 138.—Doble hachuela (17 cm.). EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rralbo, su descubri- dor. Núm. 139.—Hoja de lanza triangular. Procedente del poblado de Turmiel, en Guadalajara.—Lon- gitud: 20 cm. EXPOSITOR: Excmo. se- ñor Marqués de Ce- rralbo, su descubri- dor. Núm. 140.—Hoja de lanza triangular con su regatón. Procede de la Necrópolis de Cuevas Labradas (Guadalajara). Longitud: 10 cm. la lan- za y 8 el regatón. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 141.—Llave procedente de Beltejar (Soria).—Longitud: 52 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 142.—Cuchillo procedente de Beltejas, sn Soria.—Longitud: 13 cm. EXXPOSITOR:Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 143.—Doble hoz visigótica. Procedente de Renales, en Guadalajara.—Lon- gitud: 31 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce rralbo, su descubridor. Núm. 144.—Espuela visigótica. Procedente de Renales, en Guadalajara. — Longitud: 10 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Ce- rralbo, su descubridor. Núm. 145.—Sepultura de guerrero celtíbero de la Necrópolis de Arcóbriga, en Monreal de Ariza (Zaragoza). Época de La Téne I. Consta de su urna cineraria con su tierra natural y sin abrir; espada de La Téne I (70 cm.); lanza y regatón (15 y 7 cm.); hoja de rasurar (9 cen tímetros); fíbula de forma de torito y su fusaiola de barro. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 146.—Sepultura completa de un guerrero ibérico, que consta de su estela de piedra labrada toscamente y en la que se grabó una figura de caballo y otra humana de una manera muy esquemática; la urna cineraria; espada de antenas; dos lanzas con sus regato- nes; cuchillos y anillas del escudo; filetes del caballo y un juego de grandes discos de bron- ce. Esta sepultura se expone en la misma forma que se halló en la Necrópolis. Época Hallstatt II. Procede de la Necrópolis de Aguilar de Anguita. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, su descubridor. Núm. 147.—Sepultura completa de una dama ibérica, tal como se encontró en su Ne- crópolis. Consta de la estela de piedra, urna cineraria, fíbuln de bronce, brazaletes y espira- les de bronce, y la pinza que describe Artemidoro conque las domas ibéricas sostenían el manto que cubría su cabeza y que dio origen a la peineta española. Época La Téne I. Procede de la Necrópolis de Arcóbriga, Monreal de Ariza (Zarayoza). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cerraibo, su descubridor. Núm. 107. — Sepultura de un labrador, con su estela (véase el lugar correspondiente). Núm. 148. — Sepultura de un sacerdote con cuchillo de sacrificio y su vaina, compues- ta, además, de dos lanzas, broche greco- his- pano, una fíbula con cabeza de cisne, de La Téne I, sus pinzas, espirales en bronce y ani- llos. Época de La Téne I. Procede de la Necrópolis de Quintanar de Gormaz. EXPOSITOR: D. Ricardo Morenas de Tejada, su descubridor. Núm. 149. — Sepultura de guerrero con puñal de antenas de bronce, y su vaina, tres lanzas y un regatón. Una fíbula de hierro de La Téne I. Procede de la Necrópolis de Quintanar de Gormaz. EXPOSITOR : D. Ricardo Morenas de Tejada, su descubridor. Núm. 150. — Sepultura de un guerrero, 1 compuesta de un gran omphalo de escudo, tres lanzas, dos fíbulas hispánicas y una fu- saiola. Procede de la Necrópolis de Quintanar de Gormaz. EXPOSITOR: D. Ricardo Morenas de Tejada, su descubridor. Núm. 151.—Sepultura de guerrero con lanza de La Téne I, espada doblada y vaina se- paradas, en muy buen estado de conservación, fíbula de bronce con cuchillo y anilla de so- porte del escudo. T Procede de la Necrópolis de Quintanar de Gormaz. EXPOSITOR: D. Ricardo Morenas de Tejada, su descubridor. Núm. 152.—Sepultura de guerrero, compuesta de tres lanzas y un cuchillo, dos anillos de escudo y un filete de caba- llo, fíbula hispánica incomple- ta, broche de cinturón incom- pleto y una fusaiola de barro. Época de La Teñe I. Procede de la Necrópolis de Quintanar de Gormaz. EXPOSITOR: D. Ricar- do Morenas de Tejada, su descu- bridor. N ú m . 153.—Puñal con su vaina, verdadera obra de arte de incrustación prerromano. Este ejemplar, por la profusión Núm 151 de sus dibujos en plata y cobre y por la variedad y composición de los mismos, es, sin duda alguna, el mejor modelo hoy día conocido en la orfebrería ibérica. Tiene, a d e m á s , su pieza de hierro, que servía para sus- penderlo del cinturón del guerrero. É p o c a Halstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Mide el puñal 3 6 cm. y la pieza complementaria 2 0 cm, EXPOSITOR: Excino. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 154.—Puñal con su vaina, primoro- samente incrustada en cobre. Este puñal, por sus cadenillas al dorso, por su pieza complemen- taria también grabada, por la serie de gemelos en la parte superior de la vaina y por la original y muy nueva forma de su empuñadura, se con- sidera, así como el anterior ejemplar, como las piezas más interesantes en su género en la Península ibérica, teniendo que hacer presen- te además, que semejantes a ambasno se han hallado fuera de España. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Mide 35 cm. y la pieza del cintu- rón 23 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 155.—Puñal con su vaina muy cin- celada y cuyas labores tal vez se incrustaron en cobre. Tiene la pieza complementaria de su suspensión al cinturón. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey r Núms. 754,151 y Ti >. (Burgos).—Longitud: 28 cm. EXPOSITOR : Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 156.—Puñal con su vaina muy cince- lada y cuyas labores tal vez se incrustaron en co- bre. Tiene su pieza complementaria de suspen- sión al cinturón. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 38 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Cornil!as. Núm. 157.—Puñal con su vaina muy cince- lada y cuyas labores en plata y cobre también fueron incrustadas. Tiene su pieza complementa- ria de suspensión al cinturón. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 36 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núms. 158,159 y 60. LA PRIMERA RDAD DEL HIERRO EN ESPAÑA 31 Núm. 158.—Puñal con su vaina cincelada, pero en mal estado de conservación. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 39 cm. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 159.—Puñal con su vai- na cincelada, pero en mal estado de conservación. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 28 cm. EXPOSITOR: Excmo. señor Marqués de Comillas. Núm. 160.—Puñal con su vai- na de la misma forma de los sie- te anteriores. Época Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 32 cm. EXPOSITOR: Excmo. señor Marqués de Comillas. Núm. 161.—Puñal con su vai- na. Este ejemplar y los dos si- guientes es contemporáneo a to- dos los anteriores descriptos del Monte Bernorio, aunque la conte- ra de la vaina difiere esencialmente de estas últimas y recuerda a la de algunos puñales y espadas con- temporáneas del resto de España. Época de Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 34 cm. 154,157 y 156. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 162.—Puñal con su vaina. Las dos piezas separadas una de otra miden respecti- vamente 25 y 3T cm. Época de Hallstatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 163.—Puñal con su vaina. Época Halistatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud 29 cm. EXPOSITOR: Exctno. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 164.—Cuatro omphalos o centros de escudos redondos de guerreros prerroma- nos. Por su forma cónica truncada son ejemplares todos ellos muy diferentes de los conoci- dos hasta la fecha en la Península Ibérica. Época Halistatt II. - Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos).—Longitud: 12 y 11 cm. EXPOSITOR: Exemo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 165.—Diez y seis lanzas y cuatro re- gatones de lanza de varios tamaños, las cuales oscilan entre 34 y II y 13 y 6 cm. respectiva- mente. A juzgar por la forma especial de la ma- yoría de las lanzas, muy anchas en el arranque de la hoja y estrechas en el centro, por la delga- dez de las hojas y por su nervio central muy pronunciado, así como por la serie simétrica de estrías que ornamentan ambas caras de la hoja, pueden considerarse estos ejemplares como pro- ducto de una industria muy primitiva, pues re- cuerdan a ciertos modelos de la época anterior del bronce. Época de Halistatt II. Procede de Monte Bernorio, Alar del Rey (Burgos). EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 166.—Cinco fragmentos de piezas complementarias de puñales, dos fusayolas de barro y serie de objetos de bronce y oro que se exponen como documentos de clasifica- ción de todos los anteriores puñales y lanzas del Monte Bernorio, por encontrarse unos y otros objetos conjuntamente. Entre los objetos de cobre, son muy determinativos de la época Halistatt II las cinco fíbulas, cuyo tipo se encuentra por toda España y Europa: a la vez son muy clasificadores los dos fragmentos de broche de cinturón, de un modelo que sólo es pe- culiar de la región de Burgos y limítrofes, así como las cuatro fíbulas hispánicas, entre las cuales una de ellas es muy singular, por tener el muelle de la aguja a medias simulado, lo cual moderniza bastante este tipo de imperdibles, y por lo tanto, los objetos que con ellos se encontraron. Entre los restantes objetos de cobre llaman la atención los tres fragmentos de fíbula de forma de caballo y una esquemática cabeza de toro con su enchufe, que por su tamaño tal vez tenga carácter sagrado, un informe fragmento, que por su forma recuerda, en cierto modo, a una especie de cetro que descubrió el Sr. Cabré en el Valle Bureba, en Miraveche, y por último varias terminaciones de vainas, de puñales o espadas, una de ellas muy curiosa por sus esmaltes. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Comillas. Núm. 167.—Una espada de antenas de 30 cm. de longitud y análoga a las descritas del Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo. Época de Hallstatt. EXPOSITOR: D. José María Florít. Núm. 168.—Hoja de lanza de 20 cm. de longitud, perteneciente a la época de Hallstat, análoga a las descritas. EXPOSITOR: D. José María Florít. Núm. 169.—Puñal de hierro ibérico de la época de La Téne I y de 24 cm. de longitud, análogo a los descritos del Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo. EXPOSITOR: D. José María Florít, 168, 167 7 16Q. El trabajo del hierro en los tiempos históricos La época romana Núm. 170.—Cinco tenazas de 29 a 47 cm. de longitud. Procede la más pequeña de una mina de Plasenzuela (Cáceres) y las otras de Purullena (Granada), siendo la primera do- nación de los Sres. Garay al Museo Arqueológico Nacional y las cuatro últimas correspon- den a la colección Góngora, en el mismo Museo. Época ibérica o romana. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 171.— Tres llaves de la época romana, de 24, 22 y 16 cm. de longitud; la prime- ra, que procede de Espejo, fue donada al Museo Arqueológico por el Ministerio de la Gue- rra, y las dos últimas pertenecieron a la colección del Gabinete de Ciencias Naturales, figu- rando en la actualidad en la colección del Museo. Constituyen tipos absolu- tamente clásicos dentro de la tecnología de la época. EXPOSITOR: Museo Ar- queológico Nacional. Núm. 172.—Dos hojas de sierra de 71 y 64 cm. Proceden de Espejo, en la provincia de Córdoba, y fueron donación del Ministerio de i Guerra. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm, 173.—Pieza de uso desconocido, compuesta por dos eslabones articulados, en EL TRABAJO DEL HIERRO I cuyos extremos hay dos grandes anillas. Su aspecto es el de un gran bocado, pero su tama- ño hace más bien pensar que pudo utilizarse como grillete. Núms.l73yl74. Procedencia desconocida.—Longitud total: 58 cm. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. iBAJO DEL HIERRO EN LOS 1 Núm. 174. — Gruesa cadena formada por tres eslabones alarga- dos, unidos por uno circular y ter- minada por dos anillos abiertos que se cierran o pueden cerrarse por un perno. Su longitud es de 9 8 cm. v Se encontró en una mina de cobre de la provincia de Huelva, junto a un esqueleto humano, y la disposición de los anillos extremos, análoga a la de la pieza anterior, hace pensar que fuera utilizada co- mo grillete. EXPOSITOR: Museo Arqueo- lógico Nacional. Núm. 175.—Ocho rejas de arado, marcando la evolución desde los tipos ibéricos hasta el final de la época romana. Procedencias diversas. Miden 27 a 57 cm. de longitud. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 176,—Hacha y pico. Cuatro ejemplares de 22 a 27 cm. Época romana. Procedentes de la colección Miró. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 177.—Cinco azadas proce- r~~ denles de Lancia, en León; de Espejo, en Córdoba, y de la mina Plasenzuela, en Cáceres. Constituyen los distintos tipos usados durante la época romana. EXPOSITOR : Museo Arqueoló- gico Nacional. Núm. 178.—Figura de pez en hierro dulce de 16,7 cm. por 2,5, usado como amu- leto romano-cristiano para llevarlo suspendido de la perforación que tiene en su centro. Siglos iv al v. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Nums. 179 a 181.—Material para la fabricación de monedas en la época romana. EXPOSITOR: D. Faustino Díaz de Rada, >EL HIERRO EN LOS TIEMPOS HISTÓRICOS Época visigoda Núms. 143 y 144.—Doble hoz y espuela visigótica (véase en el lugar correspondiente y la figura de la página T7). Núm. 182.—Freno o bocado labrado toscamente en hierro dulce, asemejándose al fre- no romano, con dos cañones movibles en la embocadura y largas camas en vez de argollas; todo él trabajado en hierro con incrustaciones de plata, siguiendo el mismo gusto de los ob- ietos escandinavos de los siglos vi al viir. Los monogramas cruciformes que aparecen en el citado freno han dado lugar a interpretaciones según las cuales pudo haber pertenecido el freno al caballo de Witiza. Desde los años 570 a 711, y cuando en las monedas, además del nombre del monarca reinante, se colocó en el reverso el nombre del príncipe heredero, la ceca o localidad donde la acuñación se verificaba solía indicarse por monogramas dispuestos en igual forma a como aparecen en este ejemplar. Según opinión de algunos arqueólogos, esta pieza debe pertenecer a los finales del si- glo xn o principios del xm. Esta opinión resulta mucho menos documentada que la prece- dentemente expuesta. Dimensiones entre ejes de camas, 13 cm.; altura de las mismas, 23; piezas laterales sol- dadas a ellas perpendicularmente, 9; piezas adicionales, 8 cm. EXPOSITOR: Real Armería. Núm. 183.—Bocado visigodo. Disposición idéntica a la anterior. Estado de conserva- ción menos perfecto, impidiendo apreciar exactamente los motivos ornamentales formados por las incrustaciones que, como en el ejemplar anterior, decoran la totalidad de su superficie- Época igual que el ejemplar anterior; seguramente visigodo. EXPOSITOR: D. Félix Rodríguez Rojas. Núm. 184.—Bocado de hierro con incrustaciones de plata y oro. Tipo distinto a los pre- cedentes, formado por dos camas unidas a sus 4 5 de la altura por un travesano soldado, originariamente rectangular y con dos anillas soldadas a él y promediadas. La separación de las camas varía entre 10,3 y 13,5 cm. Las piezas accesorias laterales presentan una extraor- dinaria semejanza a las del ejemplar anterior. Ocurre lo propio con el extremo de fas camas. Las incrustaciones, a lo largo de éstas, estén formadas por una doble greca, que puede con- siderarse como círculos tangentes, alguno de los cuales representa caras. Pertenece, segu- ramente, como los anteriores, a la época visigoda. Es ejemplar rarísimo por su forma, que al parecer no tenía riendas, atando el caballo por dos cintas que arrancaban de las anillas y conducidas por pajes, todo lo cual hace suponer que se trata de una pieza de ceremonia. Dimensiones: longitud de las camas, 26,5 cm.; piezas accesorias laterales, 8 cm. EXPOSITOR: D. Rafael García Patencia. Núm. 185.—Bocado de tipo análogo a los números 180 y 181, pero mucho más ele- mental y sin que en él puedan apreciarse, ni es fácil que hayan existido, trabajos de incrus- tación. Altura de las camas, 13 cm. Separación, 12. Piezas adicionales, 7,5 cm. Puede considerarse como ejemplar corriente o popular de la época visigoda. EXPOSITOR: D. Manuel López Ayala. La segunda Edad del Hierro desde los tiempos medioevales hasta el comienzo de la industria contemporánea Edad Media Núm. 186.—Cruz de hierro de brazos divergentes con incrustaciones circulares en co- bre y azófar, un calado en cada uno de los brazos, lanceolado y terminado en dos lóbulos; el brazo superior mutilado. Ejemplar exageradamente interesante. Siglo xi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de ¡a Torrecilla. Núm. 187.—Figura de pájaro con el cuerpo alargado en arco formando la cofa. Tra- bajo de plancha soldada por forja, que puede ser atribuido a los finales del siglo xn. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Na- ciona!. Núm. 188.—León de hierro forjado en piezas distintas soldadas por forja. Ejemplar hallado en un Monasterio en Cataluña. Puede ser un trabajo del siglo xm.— Longitud: TI cm. y 12 de altura. EXPOSITOR: Sr. Tachart, de Barcelona. Núm. 189.—Cuadro conteniendo T6 llaves me- dioevales desde tipos inmediatos a la época romana hasta mediados del siglo xiv. Las guardas se encuen- tran en el mismo plano que el eje, diferenciándose en ello los tipos más arcaicos de los romanos. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Duque de Santa Lucía. Núm. 190.—Dos llaves de 24 y 26 cm. Eje cóni- co; las guardas colocadas a Ve y Vs de la longitud total. Siglo xiv. EXPOSITOR: D. Enrique Montero. Núm. 191.—Llave árabe con incrustaciones anulares de azófar. Según documentación que arranca del tiempo de los Reyes Católicos; esta llave perteneció a la puerta principal del alcázar de la Alhambra y fue entregada por los Reyes Católicos a los antecesores de su actual poseedor, Sr. Conde de los Infantes, Siglo xiv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Conde de ¡os Infantes. Núm. 192.—Llave de 7 cm. de longitud; eje cilindrico; las guardas colocadas al extre- mo del eje y el anillo superior muy cerrado. Finales del siglo xiv. EXPOSITOR: D. Frutos Barbero y Delgado. Núm. 193. -Cuadro conteniendo seis llaves y dos cabezas de llave con vastago de sec- ción lobulada o poligonal, cónico en una y cilindrico en tres. Corresponde de los finales del siglo xv a principios del xvi. EXPOSITOK: Exorno. Sr. Duque de Santa Lucía. Núm. 194.—Cuatro llaves de hierro de eje cónico y las guardas colocadas a V'ey Vs de la longitud. En una de ellas el trabajo de las guardas traza una inscripción cúfica; un motivo del laberinto se repite en otra y las restantes presentan un trazado vanado. EXPOSITOR: Museo Provincial de Bella» Artes de Segovia. Núm. 195.—Freno de varilla retorcida dando una dimensión máxima de 24 cm. de abertura y total del ejemplar de 49 crn. Seguramente corresponde a un tipo popular del siglo xiv. EXPOSITOR: D. José María Florít. Núm. 196.—Dos llaves de 7 y 8 crn. de longitud, eje cónico, las guardas en el extremo del eje y en su mismo plano. Principios del siglo xv. EXPOSITOR: Museo Provincial de Bellas Artes de Segovia. Núm. 197.—Fragmen- to de reja de 46 crn. de al- tura por 42 de ancho. Está formada por un nervio cen- tral al que vienen unidos, por medio de grapas, ele- mentos siempre iguales, for- mados por volutas doble- mente simétricas, adosadas, rellenando los espacios in- termedios por pequeños hierros de igual ancho y mucho menor espesor, curvados en sen- tido inverso o doblados sobre sí mismos * para dar mayor cuerpo al núcleo central que abraza un hierro en arista. Mediados o finales del siglo XII. EXPOSITOR: D- Rafael García Patencia. Núm. 198.—Fragmento de reja ro- 4 mánica de 53 cm. de altura por 0 0 de ancho. Su composición y trazado es exactamente igual al ejemplar que precede, pero presenta la particularidad de que los dos barrotes centra- les se resuelven en volutas en forma análoga al motivo gene- ral de la reja. Puede pertenecer al último tercio del sig'lo xn. EXPOSITOR: D. Domin- go Guerrero, de San Sebastián. Núm. 199.—Trozo de reja románica de 70 cm. de altura por 28 de ancho. Está formada por dos ejes o barras laterales, sobre las cuales se unen, por me- dio de grapas, elementos forma- dos por volutas dobles y simétri- cas con núcleo central, en todo análogo a los tipos que prece- den, pero trabajadas en hierro más delgado formando un con- junto más diáfano, uniéndose, además, cada dos elementos en- tre sí, y suprimiendo por conse- cuencia, el eje central de los ti- pos que preceden. En la termi- nación de la voluta arranca un hierro que sale de la reja perpen- dicularmente a su plano, en unos 5 a 6 cm. de altura y que termi- na en un disco o en una lámina lanceolada, pretendiendo recor- dar estambres o pétalos de flores. Principios del siglo XIIE. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 200.—Reja románica de 1,50 m. de longitud por 30 cm. de ancho. La forman un eje central y dos laterales, todos de sección cuadrada, rellenando el espacio hierros que forman volutas encontradas, tangentes y simétricas, análogas a los ejemplares anteriores y unidas entre sí y a los ejes por grapas, como en el caso anterior, presentando la diferencia de no existir el núcleo central ni hierrecillos que rellenen los espacios romboidales, arrolla- dos en sentido inverso, siendo además el hierro de menor sección y el conjunto mucho menos ornamen- tal y mucho más diáfano. Siglo xm. EXPOSITOR: Museo Provincial de Bellos Artes, de Segovía. Núm. 201.—Reja románica de 68 cm. de an- cho por 87 de alto, formada por ejes de sección cua- drada, sobre los cuales se reúnen por grapas volutas dobles simétricas con núcleo central y hierros relle- nando los espacios romboidales, aquí por excepción arrollados en el mismo sentido. Las dimensiones de cada elemento decorativo son mayores; la varilla de hierro delgada; la separación de los ejes, más gran- des; todo lo cual da una mayor transparencia al con- junto. Procede de una iglesia románica de Cuenca. Finales del siglo xm. EXPOSITOR: D. Juan Jiménez Aguiiar, de Cuenca. Núm. 202.— Reja románica de 1,04 m. de altura por 95 cm. de ancho, muy parecida a la anterior, pero la se- paración de los ejes es más grande. El conjunto mucho más transparente; el núcleo central resulta más alargado y los hierros que en la otra cubrieron los espacios romboidales, son ahora de igual sección que los que forman las volutas, prolongándose los horizontales hasta los ejes o vastagos. Finales del siglo xm o principios del xiv. EXPOSITOR: Convento de Car- melitas Descalzas de Se- govia. Núm. 203.—Reja románica de 40 centímetros de alto por 36 de ancho, formada por volutas simétricas enlaza- das entre sí por grapas, siguiendo la tradición anterior. Las que ocupan el lugar que en los ejemplares preceden- tes fomaban el núcleo, presentan una sección en arista que recuerdan aquellos tipos. Han desaparecido los ejes o barrotes verticales que constituían el armazón de la reja. Los ele- mentos son pequeños y de sección reducida, y el conjunto resulta de suficiente transparencia. Siglo xiv. EXPOSITOR : Excmo. Sr. Duque de Santa Lucia. Núm. 204.—Reja románica de 40 centí- metros de alto por 50 de ancho, análoga por completo al ejemplar que precede, y, como él, acusando una influencia italiana, o quizá un elementó precursor de las rejas italianas del siglo xv. Siglo xiv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 205.—Brasero románico de 54 por 56 cm., lormado por cuatro varillas coloca- das en los ángulos, con ruedas en los extre1 mos inferiores y anillos en la parte superior. N,, m . 2oa. El frente está formado por dos barras rectan- gulares, sobre las que se unen por remache ele- mentos en volutas simétricas y dobles, análogos a los constitutivos de las rejas románicas, pero cuyo eje termina en disposición doble lanceolada. Finales del siglo xm a principios del xiv. EXPOSITOR: Seminario Conciliar de Lérida. Núm. 206.—Brasero románico análogo al anterior, de 36 cm. en cuadro, pero con las varillas de los ángulos mucho más prolongadas, dando una mayor elevación a la caja del brasero. Finales del siglo xm y princi- pios del xiv. EXPOSITOR: Cabildo de la Cá- tedra! de Tarragona. Núm. 207. —Brasero románico de 58 por 48 cm.; análogo en un todo al ejemplar precedente de la Catedral de Lérida, pero con las volutas mucho más elementales. Estilo de finales del siglo xm a principios del xiv. Procedencia Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Ru~ sino!. Núm. 208. —Molde para hacer barquillos, con motivo ornamental estilizado y una le- yenda que dice: QUI DAQUE STE S NEULS COMPRARA AL GOy DE PARÁIS SRA (quien de estos barquillos comprara, a! gozo del Paraíso será). Siglo xiv. Existen en España ejemplares análogos al descrito, en el Museo Diocesano de Vich y parecidos pero todos ellos posteriores en diferentes Museos extranjeros, habiendo dado origen a interesantes monogra- fías publicadas recientemente por la Sociedad de Anticuarios de Londres. El estado de conservación es excelente en todos los ejempla- res, siendo ello curioso por ser piezas que fueron sometidas al fuego; se supone que tal estado es debido a una película de gra- sa producida durante el uso y que recubre la superficie. El estudio del tipo de letra y de la decoración no deja lugar a duda sobre la fecha que les asignamos, tanto a este ejemplar como al que le sigue. Trabajo a cincel muy interesante. EXPOSITOR: D. Domin- go Torrent y Garrí- ga, de Manlleu. Núrn. 209.—Molde de hacer barquillos, con la repre- sentación de un caballero ar- mado y una inscripción que dice: IO SON DEN BER- NAT CUGOT (yo soy de Bernardo Cugot). Siglo xiv. EXPOSITOR: D. Do- mingo Torrent y Garriga, de Man- lleu. Núm. 210.—Molde para hacer hostias, análogo a los precedentes, pero doble y con decoración tan sólo por una cara. Siglo xv. EXPOSITOR: Cabildo de Iá Cá- tedra/ de Tarragona. Núm. 211.—Cruz de hierro forja- do. El Cristo con tres clavos y los pies separados. Procede de San Marín de i ... Sarroca, en el Panadés. Núm. 212.—Cruz Época, siglo xni. Di- formada por dos plan- mensiones: 27 centíme- chas de hierro recorta- tros por 205 mm. das, roblonadas en su Es ejemplar en el que centro. Perímetro lobu- aparece por vez prime- lado, recordando el ti- ra una figura de hierro po precedente. Tiene trabajada toscamente a 29,5 cm. de alto por martillo, constituyendo 27 centímetros de an- el precedente de las cho. composiciones com- Siglo xiv. plejas que en el siglo EXPOSITOR: xiv y xv decoran las cruces procesionales y Cabildo de de término. ¡a Catedral de Tarra- EXPO SITO H: gona. Junta de Museos de Núm. 213. —Cruz Barcelona. de linde con el Cristo en el anverso y la Virgen con Niño en el reverso. La posición del Niño en la figura de la Virgen hace suponer una época anterior a la correspondiente a detalles, como el sudario del Cristo y la plancha sobre la cual, en letras romanas, aparece el I. N. R. I. Ejemplar muy interesante, cuyo conjunto puede corresponder a fines del siglo xiv. Procede del Caut Ferrat. Altura, 52 cm. por 42 de ancho. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 214.—Cruz de linde con el Cristo en el anverso, la Virgen y el Niño en el rever- so, figuras y atributos. El tipo de la Cruz principal es más arcaico que el precedente, pero el conjunto de la obra no puede ser clasificado como anterior a los finales del siglo xiv. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol, Núm. 215.— Cruz de linde flordelisada con el Cristo en el anverso, la Virgen en el re- verso y figuras y atributos, forjados y complementados con plancha recortada. Ejemplar análogo al precedente, pero más complejo y decorado.—Mide 84 cm. de alto por 50 de ancho. Finales del siglo xiv o principios del xv. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. LA SEGUNDA EDAD DEL KIERRC Núm. 216.—Cruz de cuatro brazos sensiblemente iguales, unidos sus extremos por una varilla cuadrada retorcida que a su vez se decora con rombos terminados en flores, cruces o figuras. Los brazos de la cruz se decoran por figuras y multitud de atributos que rellenan por completo toda la superficie. Algunos de los detalles de las figuras pudieran ha- cer pensar en trabajos del siglo xm, peroja varilla retorcida, la terminación de la Cruz en hojas de lámina recortada, da la impresión de una obra del siglo xv ya muy avanzado. Procede del Caut Ferrat. EXPOSITOR: D. Sanffdífo f?usiñol. Núm. 217.—Cruz de hierro forjado con el Cristo bajo el doselete gótico, remate flor delisado, escudo catalán y espiga de hierro retorcido. Procede del Pueblo de San Miguel, colindante a la Cerdeña francesa y española.—Mide 2,25 m. por 52 cm. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 218.—Dos candeleros románicos de 21 cm. de altura, formados por una espiga terminada en punta y tres pies. Ejemplares interesantes por constituir el punto de partida de los candelabros góticos. Proceden de la Catedral de Lérida. Época indeterminada, desde principios del siglo xi a mediados del xnr. EXPOSITOR: Cabildo de ¡a Catedral de Lérida. Núm. 219.—Dos candeleros de espiga cuadrada terminada en punía, tres píes sobre los cuales descansa un platillo circular de plancha con el borde festoneado; sobre el vastago cuadrado se aprecian sencillas labores geométricas incisas. Proceden de la Catedral de Lérida. Pueden pertenecer a la primera mitad del siglo xin. EXPOSITOR: Cabildo de la Catedral de Lérida. Núm. 220. —Candelero románico de 44 cm. de alto y 30 por 20 cm. en el plato. Vas- tago de sección poligonal con el nudo central característico con sus vértices achaflanados; el plato, de plancha y rectangular con los bordes doblados y los ángulos en pico. Es interesante y determinativo el apoyo sobpe tres pies. Época de transición del románico al gótico. Finales del si- glo xin a principios del xiv. EXPOSITOR: Junta de Museos de Bar- celona, Núm. 221.—Candelero de plato circular. Al- tura 40 cm. El vastago de varilla retorcida ter- minado en punta; nudo central cúbico con los vértices achaflanados; apoyo sobre tres pies. Procedencia desconocida. Finales del siglo xiv. EXPOSITOR: D. Juan Lafora. Núm. 222.—Candelero de plato circular de 53 cm. de altura, varilla retorcida terminando en pincho; apoyo sobre tres pies: una corona de plancha calada con adornos también de plancha, pende de la terminación del vasta- go por medio de tres arcos; una pequeña arandela o pla- tillo en la mitad de la longi- tud del vastago y puramen- te ornamental viene soste- nido por tres ejes auxilia- res que parten del plato principal decorados con plancha recortada y va- rilla retorcida. Ejemplar de un interés excepcio- nal y del siglo xv. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 223. —Candelera gótico de 35 cm. de altura; de varilla retorcida, terminado en pincho y apoyado en trípode de varilla cuadrada colocada en arista, arriostra- das en su base por arcos y rectas. Procedencia descono- cida. Principios del siglo xv. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. 224.—Candeleros de 54 y 43 cm. de altura, de varilla cuadrada retorcida con adornos en voluta for- madas en cada nudo por dos planchas cortadas y torcidas. Pie triangular trilobulado, ter- minación en tubo. Proceden de la provincia de Toledo. Principios del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Conde de CediHo. Núm. 225.—Candelabro gótico de 1,77 m. de altura, formado por una varilla circular con seis nudos, terminado en pincho; pie de tres varillas en arco, acusándose muy débil- mente el nudo central; de la base y correspondiendo a los espacios del soporte arrancan tres vastagos de unos 65 cm., casi paralelos al principal y terminados en pincho, naciendo, unidas por forja en el nudo, cuatro hojas que completan una flor; análogamente, en el vas- tago principal parten del último nudo cuatro hojas, entre las cuales caen en arco cuatro va- rillas que sostienen un capullo. Ejemplar del siglo xiv y de un interés extraordinario. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 226.—Candelabro gótico de 1,57 m. de alto, terminado en pincho; formado por un vastago principal a que vienen unidas por soldadura cuatro varillas accesorias. En la base, terminación y centro, aparecen unos casquetes esféricos, haciendo el oficio de aran- délas, por debajo del cual se desarrollan para continuar verticales en toda la longitud del tramo las cuatro varillas complementarias, que se decoran con plancha recortada forman- do lirios. Procede de la Iglesia de Urg, en la Cerdeña. Siglo xiv. EXPOSITOR: junta de Museos de Barcelona. Núm. 227. Candelero gótico de 1,17 m. de altura; formado por un vastago terminado en pincho, sostenido por tres pies en arco con nudo central; el vastago con dos nudos, arandela de casquete esférico y sobre ella una segunda arandela en anillo festoneado, soste- nido por tres brazos recortados en plancha y doblados en pirámide invertida. El anillo, a su vez, sostiene el tubo formado por tres generatrices y dos aros. Siglo xiv. EXPOSITOR: D. Alberto Salzedo. Núm. 228.—Pequeño candil árabe, sostenido por una palomilla, también de hierro. Siglo xiv. EXPOSITOR; Museo del instituto, de Huelva. Núm. 229.—Llar de chimenea, para colgar calderos u otros utensilios sobre las lla- mas del hogar. Rectángulo de vértices redondeados, decorado exteriormente por volutas e interiormente por sinusoides. Altura 43 cm., ancho Tó cen- tímetros. Finales del siglo xiv. EXPOSITOR: D. Juan La- fora. Núm. 230.—Llar de chime- nea con flameros en los vértices superiores y barras de sección cua- drada terminadas en cabeza de dragón. Siglo xv. EXPOSITOR: D. Juan La- fora. Núm. 231. Pequeño cepillo de carpintero, todo él en hierro. Época indeterminada, seguramente medioeval. En los descubrimientos de Sierra Elvira (Granada) se ha encontra- do un ejemplar que difiere muy poco del presente. EXPOSITOR: D. Benito Mur. Núm. 232.—Cerrojo de ba- rras cilindricas con sus anillos y llaves. Decoración rectilínea inci- sa. Siglo xiv. EXPOSITORA: Excelentí- sima Sra. Marquesa Viuda de Medina. Núm. 233.—Alguaza ára- be, formada de dos piezas de gruesa plancha con cenefa inci- sa. Las extremidades en períme- ! tro lanceolado recordando las composiciones persas. Ejemplar •^""•¿™- del siglo xiv. EXPOSITOR: D. Antonio Vives. Núm. 234.- Alguaza árabe casi igual a la precedente, pero con la abrazadera rectifi- cada. Siglo xiv. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 235.—Dos grapones de puerta del siglo xv. Estilo mudejar. Trabajo en forja muy elemental, y decoración incisa característica del tipo. El conjunto recuerda perfecta- mente las alguazas árabes de los números anteriores. Proceden de la provincia de Seg'ovia. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 236.—Candelabro de 1,60 m. de alto; formado por un vastago sobre pie en tres varillas arqueadas. Sostiene un aro que soporta tres pinchos que recuerdan una flor. Sobre las tres varillas que lo unen al vastago, se halla una pirámide también con pinchos, remata- da en un pájaro. Siglo xiv. EXPOSITOR: D. Rafael García Palencia. t SEGUNDA EDAD DEL HIBRR< Núm. 237.—Candelabro gótico, de 1,44 m. de alto, formado por un vastago fino que termina en tres varillas retorcidas y arqueadas, sosteniendo los tubos. El pie, que es lo más interesante del ejemplar, está formado por tres elementos en pirámide, que en su base vie- nen arriostrados en arco. Cada una de estas líneas o ejes está formada por dos finas varillas retorcidas, entre las cuales se desarrolla en sinusoide una tercera. El pie y el vastago per- tenecen a los finales del siglo xiv. EXPOSITOK: D.Juan La fora. Núm. 238. -Candelabro de 1,20 m. de altura; arandela circular plana, que sostiene el tubo de tres generatrices y dos aros; pie en pirámide triangular de varilla retorcida, arrios- trada en su base por rectas y arcos, presentando en su interior otra pirámide triangular aná- loga. Vastago de sección rectangular. Dos varillas en arco, a modo de colgadores, en la base del vastago. Estilo de finales del siglo xiv. Procede de Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Sdnf/ago Rusiñol. LA SEGUNDA EDAD DEL HIERRO EN ESPAÑA Procede de Cau Ferrat. EXPOSITOR : D. Santiago Rusiño!. Núm. 240. — Candelabro de 1,78 m. de alto y tipo análogo al anterior; el vástag-o central es de varilla cuadrada con nudos y tiene su terminación ligeramente retor- cida como las varillas que sostie- nen el primer anillo festoneado. Finales de! siglo xiv. KXPOSITOR: D. Alberto Sdlzedo. L / \ A Núm. 241. — Candelabro de 1,80 m. de alto, formado por un vastago de sección cuadrada, con nudo central decorado por plancha retorcida. Apoyo por tres pies en arco, y el vastago que termina en pincho sostiene una arandela circular con otros cua- tro. Un anillo de 45 cm. de diá- metro sostiene por remache unas a, planchas cortadas en tres partes, siendo la central en pincho y re- Núm. 239.—Candelabro de 1,24 m. de alto; pie có- volviendo en volutas las latera- nico, de generatrices en va- \ les, completando una flor de lis. rilla retorcida arriostradas La corona de luces pertenece a en recto y en arco; vastago los finales del siglo xiv. de sección poligonal. Tipo EXPOSITORA: Excma. Se- análogo al anterior. Tipo y ñora Marquesa de Ber- escuelas análogos al ante- mejülo del Rey. rior. Núm. 242.—Candelabro para corona de luz. Altura 1,73 m. Vastago de varilla cuadra- da intermitentemente retorcida. Corona de luz de 70 cm. de diámetro. Escuela idéntica al anterior. EXPOSITORA: Excma. 3ra. Marquesa de Bermejillo del Rey. Núm. 243.—Dos candelabros iguales, de 1,74 m. alto. Vastago poligonal, con anillo en el centro; debieron terminar en pincho. Tres varillas retorcidas sostienen la arandela en casquete esférico, sobre la que se apoya el tubo. Apoyo sobre tres varillas poligonales en arco. El vastago y el apoyo pertenecen al primer tercio del siglo xiv. EXPOSITORA: Excma. Sra. Duquesa de Pareent. Núm. 244. —Candelabro de 1,50 m, de alto. Vastago poligonal con nudo central. Apo- yo sobre tres pies cuadrados. Debió terminar en pincho correspondiendo esta parte al si- glo xiv. Posteriormente en el siglo xv se le añade una doble arandela almenada de hierro festoneado, unida al vastago por tres hierros dobles soldados en pincho. Siglos xiv y xv. EXPOSITOR: Seminario Conciliar de Lérida. Núm. 245. — Candelabros de T,85 m. de alto, formados por vasta- go poligonal con nudo y pie triangu- lar. Debieron pertenecer a candela- bros del siglo xiv. Posteriormente en el siglo xvi se les añade una doble arandela, formada la mayor por pla- tos de bronce agallonados y la supe- rior decorada por una corona inver- tida de plancha recortada. Siglos xiv y xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Con- de de Cediüo. Núm. 246.—Romana pequeña de barra cuadrangular, anillo deco- rado por incisiones y el extremo de la varilla terminado en disco, trabajado con motivos góticos, en igual forma que las llaves de finales del siglo xiv a principios del xv. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 247.—Chapa de fondo de chimenea con crestería de lirios. Tiene 76 cm. de longitud por 9 0 cm. de anchura. Escuela castellana. Siglo xv. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 248.—Dos candiles góticos. Son de plancha perforada, con decoración de pi- náculos góticos y varilla retorcida. El conjunto es un cilindro vertical incompleto, abierto por una generatriz como una puerta de dos hojas. Sobre una plancha colocada casi en el fondo aparece el candil. Proceden de la Catedral de Zamo- ra.—Longitud 47 cm. EXPOSITOR: Sr. Fahríchno. Núm. 249.— Llamador gótico de anillo, de 16 cm. de diámetro máximo sobre plancha toscamente recortada, con dos vértices achaflanados, sujeto con anillo de plancha. Puede pertene- cer a la segunda mitad del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr, Mar- qués de la Torrecilla. INDA EDAD DEL HIERRO RN ESPAÑA Núm. 250.—Llamador gótico de anillo de T3 cen- tímetros de diámetro. La argolla sobre gruesa plancha festoneada y realzada en casquete esférico recordando los clavos de la época. Todo el ejemplar, con labor incisa rectilínea y punteada. Siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la To- rrecilla. Núm. 251.—Llamador gótico de anillo sobre plan- cha circular festoneada, punzonada y realzada en cas- quete esférico. El anillo con labor incisa, rectilínea y punteada. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la To- rrecilla. Núm. 252.—Llamador gótico de anillo sobre plan- cha cuadrada, recortada, con la parte superior almena- da; en el centro un sencillo calado gótico, y el anillo de- corado con incisiones rectilíneas. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 253.—Llamador gótico de anillo. La argolla sobre plancha circular festoneada y decorada en sectores punteados. Finales del siglo xv. Diámetro del anillo: 13 cm. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 254.—Llamador gó- tico de anillo, con la argolla y el clavo (que falta) sobre plan- cha circular realzada y festo- neada. Finales del siglo xv. Diámetro del anillo: 12 cm. EXPOSITOR: D. Juan ¡iménez Aguilar, de Cuenca. Núm. 255.—Dos llamado- res góticos de anillo. La ar- golla sobre plancha realzada en casquete esférico, todo él con labor incisa rectilínea, formando cuadrados. Finales del siglo xv. Proceden de la provincia de Granada.—Diámetro máximo 17 cm. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 256.—Llamador gótico de anillo plano con los ángulos achaflanados. La argolla acanalada sobre plancha realzada en su centro en casquete esférico y calada en corona cir- cular, según motivos góticos. El clavo representa un yunque. Siglo sv. Diámetro 12 cm. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 257.- Llamador delas sin casquete esférico gótico de anillo de 18 cen- realzado y todas ellas en tímetros de diámetro, aná- plancha calada de moti- logo al anterior. Siglos xv vos góticos. Ejemplares al xvi. clásicos de la costa medi- terránea (Barcelona, Ta- EXPOSITOR: Junta rragona, Valencia). Siglo de Museos de xv al xvi. Barcelona. EXPOSITOR: D. -Do- Núm, 258.—Llamado- mingo Guerre- res góticos de anillo, de ro, de San Se- 17 cm. de diámetro, con bastián. la argolla prolongada en cabeza de dragón y el cla- Núm. 259. Dos alda- vo representando asimis- bones góticos de anillo de mo una cabeza de dragón 13,5 cms. de diámetro, que se coloca sobre una con la arandela de doble segunda arandela de me- plancha calada en motivos nor diámetro. Las aran- góticos,flamígerosde una complicación y delicadeza verdaderamente admirables. Siglo xv al xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Valverde de la Sierra. Núm. 260.—Pequeño llamador gótico de anillo de 59 cms. de diámetro con argolla de bronce calada en motivos góticos. Siglo xv al xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 261.—Llamador gótico de anillo sobre plancha calada en motivos góticos, crestería con plancha recortada y realzada en repujado incipiente. EXPOSITOR: O. Isidoro de Urzéiz. Núm. 262.—Llamador gótico de doble varilla gruesa y cuadrada, terminada en grandes volutas cerradas sobre el eje; la argolla y el clavo sobre plancha circular, festoneada y realzada en casquete esférico. Mediados del siglo xv. — Longitud del llamador, 22 cm.; ancho máximo, 10. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 263. —Llamador de barra cuya argolla y clavo descansan sobre planchas circulares caladas y festoneadas. El llamador con labor rectilínea incisa y terminado en cabe- za de dragón. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 264.—Llamador gótico análogo al que precede, terminando la argolla en una ca- beza de dragón; labor incisa de rectas y círculos. Longitud máxima 17 cm., anchura 14,5. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Id Torrecilla. Núm. 265.—Doble llamador gótico en disposición análoga a los que preceden. Varilla retorcida y la argolla termina en un segundo llamador que golpea sobre la soldadura de las volutas. Estilo del principio del reinado de los Reyes _ __ Católicos. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Duque de Santa Lucia. ^ Núm. 266.—Llamador gótico formado por doble gruesa barra rectangular terminada en dos arcos que se sueldan formando una cabeza quimérica. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Conde de Cedillo. Núm. 267.—Llamador en barra arqueada sobre un elemento de plancha calada, limita- da por dos varillas estriadas que contienen los orificios sobre que gira el martillo. Finales del siglo xv y principios del xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Id Torrecilla. Núm. 268.—Llamador gótico de plancha recortada. Lleva en la chapa sujeta con gra- pas, una figura que debió tener lanza o espada como símbolo de guarda o defensa y un agui- lucho en el martillo. Siglo xv. Mide 37 cm. de alto por ocho de ancho. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 269.—Llamador gótico sobre cuadro rectangular de doble plancha calada en motivos góticos que forman dos zonas desiguales, limitadas por columnillas góticas macizas y un coronamiento de hojas recortadas y realzadas. El llamador representa una figura de San Pedro en su hornacina o capilla gótica con su pináculo correspondiente. El conjunto es de una labor esmerada y compleja. Guarda estrecha relación con el que fue llamado de la Cartuja de Miraflores, transformado actualmente en mirilla por conservarse únicamente la placa rectangular. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 270. -Llamador gótico, del tipo de los que preceden, de múltiple y compleja la- bor; con la argolla sujeta a una plancha rectangular, fijada por cuatro clavos ornamentados de plancha con un doble doselete de coronas en plancha recortada y realzada la exterior sobre el llamador, dos dragones quiméricos y una concha. Guarda estrecha relación con la época en que fueron trabajados los clavos de la Universidad de Salamanca. Segundo dece- nio del siglo xvi. EXPOSITOR: D. ¡osé Lázaro. Núm. 271.- Llamador gótico, de hierro cincelado, representando dos figuras quiméri- cas superpuestas. El eje de giro sobre plancha rectangular cuyos dos tercios exteriores son calados y realzados. Procede de la meseta castellana. Principios del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. 1 • Núm. 272.—Alda- bón de martillo ar- queado con una figu- 1 ra de diablo cincela- da. El eje sobre plancha rectangular calada y almenada. Se conservan vesti- gios de un doselete en arco. Principios del siglo xvi. Proce- de de Cau Ferrat. EXPOSITOR: Don Santiago Ru- siñoi. Núm. 273 - Ce- rradura sobre marco rectangular en plan- cha calada y doble plancha con motivos góticos. — Siglo xv. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñoi. Núm 27O N ú m . 274.—Placa de cerradura en plancha calada terminada por dos pináculos retor- cidos. Trabajo español de finales del siglo xv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San S e - bastián. N ú m . 275.—Cerradura g-ótica rectangular de plancha c a - lada y realzada en dos órdenes de planchas; los cuatro vérti- ces están ocupados por cuatro cabezas haciendo el oficio de clavos. Trabajo español siguiendo la Escuela francesa de fina- les del siglo xv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San S e - bastián. N ú m . 276.— Cerradura gótica análoga a la precedente con cuatro ángeles en los vértices y una figura, al parecer, Santiago, en el cerrojo. Estilo del tiempo de los Reyes Católi- cos. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñoi. Núm. 277. -Cerradu- ra inspirada en el estilo gótico, cuadrada con es- cudos heráldicos, bordura de plancha recortada y realzada; cuatro cabezas como clavos de sujeción en los ángulos. Influencia marcadamente francesa y trabajo poco español, qui- zás provenzal. Procede del Cau Pe- rra t. HXI'OSITOR : D. Sd/i- tiago Qusiño!. Núm. 278.— Cerradura gótica cuadrada en dos órdenes de plancha cala- da en motivos góticos con pináculos macizos laterales; una figura de santo con dosel gótico. Estilo del tiempo de los MSMM HEaHHB P i r i ! 79 Reyes Católicos. Procede de Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santia- go Rus/ño!. Núm. 279. - Cerradura gótica rectangular de dos órdenes de planchas caladas y con el cerrojo en la faja central. Estilo del tiempo de los Reyes Cató- licos. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Pus/ño/. Núm. 2 SO —Cerradura gótica rectangu- lar con el cerrojo centrado, de doble plancha calada, dos figuras con dosel simétricamente colocadas. Estilo del tiempo de los Reyes Ca- tólicos. EXPOSITOR: D. Santiago Qusiñol. Núm. 281. —Cerradura en plancha rec- tangular con los cuatro ángulos en arco. Épo- ca de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D, Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 282. —Cerradura gótica, cuadrada, relativamente sencilla, de doble plancha cala- da con clavos en los cuadros de los ángulos. Estilo del tiempo de los Reyes Católicos. Pro- cede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 283.—Cerradura gótica en marco rectangular con recuadro y centro de plancha calada. El cerrojo representa un dragón alado. Finales del siglo vx o principios del vxi: EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. B|V " ¡•-'•'••" ' ' r.iL¿¿flNiBHMj 1 i-.. i Núm. 284.—Cerrojo sobre cerradura en caja realzada. El vastago de cierre con deco- ración de pináculos g-óticos. Época de los Reyes Católicos. La cerradura de época pos- terior. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 285.—Colección de clavos españoles de todas las épocas, empezando por los ejemplares de cazoleta correspondientes a los principios del siglo xv, los ejemplares agallo- nados, sem i esféricos, inspirados en los tipos granadinos de finales del siglo xiv, los de den- tellones que llegaron hasta el tiempo de los Reyes Católicos y continuando por los de plan- cha recortada y realzada de los principios del Renacimiento que se emplean también algo después y los ejemplares de varias planchas recortadas superpuestas, para terminar en los tipos decadentes de finales del siglo xvn y xvm. Finales del siglo xiv al xvm. Forman la colección 221 clavos. EXPOSITOR: D. Adolfo Herrera. Núm. 286.—Tres cuadros conteniendo veinticinco clavos de puerta que comprenden desde los tipos góticos de Cazoleta hasta los usados a finales del siglo xvi; son interesan- tes, entre ellos, el de Cazoleta y dentellones de la iglesia de Santo Tomás de Avila y •••••c •••••• •Ri ••4 «Xt* *•*#•• # AI |ftf vi e a • • « «X* Ai mmu a * •4 el de la puerta de la Universidad de Salamanca. EXPOSITOR: D. /osé Lázaro. Núm. 287. — Tres clavos de Cazoleta de con- cha lobulados ti- pos ya descritos. EXPOSITOR: Sr. Gre- diana. Núm, 288.—Tres clavos góticos de Cazoleta correspondiendo a los tipos anterior- mente descritos. EXPOSITOR: D. Anastasio Páramo. Núm. 289.—Once clavos de los tipos ya descritos. EXPOSITOR: D. Otto Duh. Núm. 290.—Dos clavos de cazoleta, análogos a los descritos anteriormente. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. 291.—Dos clavos de plancha recortada en dos órdenes de distinto diámetro. EXPOSITOR: Cabildo de la Catedral de Tarragona, Núm. 292. — Dos clavos cuadrang-ularcs de plancha re- cortada y realzada; ejemplares muy interesantes de la época y escuela de los de la Universidad de Salamanca. EXPOSITOR : D. Hafael García Palenda. Núm. 293.—Arcón forrado de cuero, de 1,44 m. de longitud por 54 cm. de profundidad y 58 cm. de altura. Todo él con aplicaciones de hierro, de plan- cha recortada en discos lobulados que recuerdan flores. Los bordes estuvieron defendidos por plancha festoneada, cuya superficie es un ajedrezado de cuadrados lisos y punteados. Anterior a los Reyes Católicos. HXI'OSITOK: D. José Lá- zaro. NIIIII 2H7 - - Núm. 294. — Arquita gótica, en cuero decorado, de 42 cm. de longitud por 15 cm. de profundidad y altura poco menos. Reforzada toda ella por varillas de hierro con discos intercalados. El decorado del cuero recuerda las ornamentaciones de los azulejos valencianos del último tercio del siglo xv. EXPOSITOR: D. José Lázaro, Núm. 295.—Arquita de madera, de 55 cm. de longitud por 15 cm. de ancho y 15 cen- tímetros de altura; armada de varillas y discos como el ejemplar anteriormente descripto. EXI'OSITOK: D. losé Lázaro. Núm. 296.—Caja de cuero negro con herrajes de varillas y discos pentalobulados, re- presentando flores. Siglo xv. Largo 19 cm., ancho 16 cm. y alto 7 cm. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 297. Arqueta de cuero rojo, recubierta de plancha formando cruces o flores pentaiobuladas, de 37 cm. de larga, 24 de profundidad y 20 de alta. Finales del siglo xv. KXI'OSITOR: D. José Lézáro. Núm. 298.—Arqueta de 44 cm. de longitud por 22 cm. de profundidad y 25 cm. de altura, de terciopelo rojo, cubierto por plancha repujada, formando un aje- drezado en losange y refor- zados los ángulos y bordes con ancha ceneía, también de plancha. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D.José Lázaro. Núm. 299.— Arquita rectangular, de 23 cm. de ancha, por 32 de profundi- dad y 13 de altura. Toda ella de terciopelo rojo, cu- bierta de plancha perforada; cerradura doble de pinácu- los góticos. El motivo gene- rol es gótico y los del frente acusan la influencia del Re- nacimiento. Este tipo de ca- jas es el que figuraba en el inventario de Margarita de Borgoña en 1524, como fa- bricados a la «maniere d'Es- pagne». Principios del si- glo XVI. EXPOSITOR : Excelen- tísimo Sr. Conde de Ouenduloin. Núm 300.—Arqueta de cuero negra, cubierta de plancha perforada, de 18 cm. de larga por 26 de pro- fundidad y 13 de altura. Análoga en un todo a la que precede. Principios del siglo xvi. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Na- cional. Núm. 301.—Arqueta de cuero ne- gro de 18 cm. de largo por 26 cm. de profundidad y más de 12 cm. de altura. Ejemplar idéntico a los precedentes. Principios del siglo xvi. EXPOSITORA: Excma. Sra. Mar- quesa de Ber/ne/ilfode! f?ey. Núm. 302.—Arqueta de cuero ne- gro decorado, de 51 cm. de ancho por 26 cm. de ancho y 28 cm. de alto. Tapa de sección poligonal. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITORA: Dono Beotriz Lo faro. Núm. 303.—Arqueta gótica con candado de bola, toda ella trabajada en dos y tres órde- nes de planchas caladas, con inscripción en una de las caras. Decoración gótica minuciosa, pi- náculos en los ángulos, toda ella trabajada den- tro del gusto gótico del tiempo de los Reyes Católicos. Mide 17 cm. de larga por 15 de ancha y por 11 de alta. EXPOSITOHA: Sra. de Lázaro. Núm. 304.—Arcón de piel con aplicaciones de hierro de 1,19 de lon- gitud por 48 cm. de profundidad y 52 de altura. Dos cerraduras góticas de conchas y candado en medio. Coro- nación de doble chapa calada. Fina- les del siglo xv. EXPOSITOR: Juntó de Mu- N.im. 301. seos de Barcelona. Núm. 505.—Arcón de pie! con aplicaciones de hierro y cerraduras góticas, 94 cm. de largo, 49 de profundidad y 55 de altura máxima. Tapa semicilíndrica. El motivo ornamen- tal que decora el borde de la tapa está trabajado en doble plancha calada. Cerradura con conchas. Época de los Reyes Católicos. EXPÓSITO»: D. Juan Lafora, Núm. 306.—Arcón gótico de 87 cm. de longitud por 46 de profundidad y 54 de altu- ra. Análogo en un todo al que precede, diferenciándose de él en tener dos cerraduras en lu- gar de una. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOK: D. José A. Weissberger. Núm. 307. — Arcón gótico de 1,09 m. de lon- gitud por 45 de profundi- dad y 55 de altura. Tapa de sección poligonal, forra- do todo él de terciopelo ro- jo. Dos cerraduras y un can- dado central. Estilo de la época de los Reyes Católicos. EXI'OSITORA: Exce- lentísima Seño- ra Duquesa de Parcent. Núm. 308. — Arcón gótico, de 65 cm. de lon- gitud por 58 cm. de pro- íundidad y 33 cm. de altura, en cuero labrado, con he- rrajes, dos cerraduras góti- cas de conchas y candado central. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: Exema. Di- putación Provine id I de Segó vid. Núm. 309. —Arquillo de cuero decorado, de 43 centímetros de longitud por 28 de ancha y 24 cm. de alta. Una cerradura de con- chas y dos laterales para candados, con pináculos gó- ticos. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITORA: Excelentí- sima Sra. Duquesa de Pareent. Núm. 310.—Cerradura'de cuatro conchas, decorada por pináculos góticos de plancha calada, terminados por conos. Ejemplar del tiempo de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: Excmo. Si: Marqués.de Bay. Núm. 311. -Candado de bola. Ejemplares usados en el tiempo de losfcíeyesCatólicos. EXPOSITORA: Excma. Sra. Marquesa de Berme/ii/o del Rey. Núm, 312. - Candado de bolíi análogo al precedente. HXI'OSITOJÍ: D. L'uírci;/\) Gi- meno f?ef¡nicr, Núm. o13. - Candelabro de corona, decorado con dos gri- fos y escudos, ostentando una campana. Decoración en plan- cha recortada y repujada, vas- tago central circular con anillo. Ejemplar extraordinaria- mente interesante del tiem- po de los Reyes Cató- licos. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barce- lona, Núm. 311.— Candela- bro de corona de luz, de 1,70 m. de alto, con cuatro gritos que sostienen cande- leros en pincho sobre la co- rona, y escudos en los es- pacios intermedios. Vasta- go poligonal con nudos, candelera en tubo, por ge- neratrices que terminan en grifos. Restos de haber sido dorado. Ejemplar interesantísimo y de la época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona, Núm. 315.—Veleta de hierro forjado, formada de lirios y flores, con un gallo por remate añadido al darle la aplicación dicha. ] Procede del pueblo de San Miguel, colindante a la Cerdeña Española y Fran- cesa.—Mide 1.79 m. de al- tura. Siglos xv y xvi. EXPOSITOK: Junta de Museos de Barce- lona. Núm. 316.— Reja de 2 rn. de longitud por 1,50 metros de ancho formada por barrotes de sección cua- drada colocados en arista y curvados en sus extremos paro empotrarla en la pared, dejando un saliente de unos 30 cm. Presenta la particu- laridad, que caracteriza este tipo de rejas, de que los ba- rrotes son en una primera mitad hembras y en el resto machos, dando el conjunto un tipo de construcción de- nominado enigmático. Pro- cede de Ocaña, del Palacio de los Reyes de Castilla. Mediados del siglo xv. EXPOSITOR: D.José de Goicoechea y Calderón. Núm. 317.—Reja de 84 cm. de altura por 43 cm. de ancho y de construcción análoga i la precedente. Siglo xv. EXPOSITOR: Exento. Sr. Margues de la Torrecilla. Núm. 318.—Reja de 1,68 m. por 1,35 m., de barras verticales cuadradas, parcial- mente retorcidos con un rombo en los tres cuartos de su longitud. La colocación alterna- da de barrotes inverti- dos da mayor armonía al conjunto. Las barras verticales en arista. Fi- nales del siglo xv. EXPOSITOR : D. Jo- sé Lázaro. Núm. 319. —Reja de 1,10 m. de alta por 1,10 m. de ancha, for- mada por barrote ver- ticales retorcidos alter- nando con barrotes que se resuelven en su par- te central por corazones invertidos. Los barrotes de empotramiento terminan en cabezas de dragones. Finales del siglo xv. EXPOSITOR: D. Fer- nando Márquez, de ¡a Plata y ÍZchenique. Núm. 320.—Reja de 42 cm. de larga por 32 cm. de ancha, formada por listones pla- nos cruzados, y sujetos en su intersección por clavos de cabeza redonda adornados con chapas recortadas pentalobuladas. Procede de la provincia de Burgos. Siglo xv. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 321. --Reja de 1,25 m. en cuadro, formada por elementos curvados sobre sí mis- mos, unidos en la voluta por grapas conteniendo un eje de doble cuña. El conjunto forma cuadrados lobulados que se unen análogamente por grapas con dobles cuñas. El tipo recuerda exactamente las rejas venecianas y en general del Norle de Italia fa- bricadas a principios del siglo xvi. Procede de un convento de Salamanca. EXPOSITOR: D. Félix Rodríguez. Rojas, Núm. 322.—Una llave gótica con las guardas exa- geradamente complicadas recordando los trabajos ára- bes. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D.José A. Weissberger. Núm. 323. -Dos ha- cheros de pared de plato circular de 33 cm. de diá- metro; en el plato centra' soportes para tres gruesos hachones, más otro central. El plato circular tiene una cenefa o barandilla de ocho centímetros de altura en do- ble plancha calada con mo- tivos góticos flamígeros del gusto más depurado. Primer tercio del siglo xvi. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 324.—Hachero de pared de sección exa- gonal, cuyos vértices ocu- pan pináculos góticos y cu- yas superficies se decoran por plancho calada con mo- tivos ornamentales de la pri- N,,,,,. 3H. A • mera época del Renací- [¿k^.^-^'~°~'J miento. Segundo decenio del siglo xvi. Fue construido para la Catedral de Burgos, de donde procede. Altura 37 cm. EXPOSITOR: Cabildo de ¡a Catedral de Burgos. Núm. 325. Hachero de pared análogo al precedente; las superficies poligonales están decoradas en plancha con motivos góticos. Segundo decenio del siglo xvi. Construido también para la Catedral de Burgos de donde procede. EXPOSITOR: Cabildo de Id Catedral de Burgos. Núm. 326.—Dos hache- ros múltiples rectangulares, de 1,60 m. de largo por 2ó cen- tímetros de ancho, apoyados en cuatro pies de gruesa ba- rra poligonal terminada en ga- rras. El cuerpo'principal cons- ta de dos frentes mayores, di- vididos por columnillas góticas macizas, y otros dos peque- ños laterales. Los frentes prin- cipales están formados por una decoración gótica en dos órdenes de planchas/caladas sobre un fondo, también de plancha, que remata en un co- ronamiento de almenas escalo- nadas. Principios del siglo xvi. EXPOSITOR : Seminaría Conciliar de Lérida. Núm. 327.—-Corona de plancha re- corrada y realzada, tallos que se cruzan en ángulo con una crestería de flores. i Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D. Juan Lafora. Núm. 328.—Alguazas de puerta, for- madas por una barra recta, central, termi- nada en una concha, sobre la que se apoya otra en semicircunferencia, termi- nada también en con- chas. Siglo xvi. Procede de Olmedo < < - * - (Valladolid). - EXPOSITOR : D. Domin- go Guerre- ro, de San Sebastián. . Núm 322 de reja de 1,05 m. por 13 cm. Decoración gótica en doble plancha calada. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR D. José Lázaro. Núm. 330.—Friso de reja, de 1,37 m. de longitud por 17 cm. de anchura. Decoración gótica en doble plancha calada. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR; O. Domingo Guerrero, de San Sebas- tián. Núm. 331.— Fragmento de friso de verja, de 82 cm. por 16. Decora- ción de hojas de cardo sobre un tallo desarrollado en sinusoide. Corona- miento en plancha almenada. Finales del siglo xv y principios del xvi. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebas- tián. 1El 1 tí' Núm. 332.—Friso de reja de 77 cm. por 22. Hn plancha recortada y realzada. Un tallo en sinusoide, ramificado en hojas de cardo con líneas incisas por decoración. Un dragón en uno de los extremos y una figura de pájaro en el centro. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: Sr. Rodríguez Rojas. Núm. 333.- Un friso de reja, de 2,40 m. de longitud, de plancha real- zada. Decoración en forma de tallo en sinusoide con hojas de cardo, decoradas por lí- neas indecisas. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOK: D. José A. Weiss- ,\\hn.327. berger. Núm. 334.—Friso de reja, de 85 cm. por 14. Decoración de plancha realzada en ho jas de cardo con líneas incisas. Coronamiento almenado. Basamento festoneado. Época de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D. Anastasio Páramo. ;RHO RN BSPAÑA Núm. 335.—Cerradura gótica cuadrada de cuyos vértices arrancan cuatro círculos en plancha calada con decoración floral. Trabajo tal vez italiano, pero de origen español, pues este molde fue adoptado en el Norte de Italia tomándolo de los alemanes, que se inspiraron en nuestras cerraduras de cuatro conchas. La labor de los círculos es de plancha calada y realzada y en el cerrojo aparece una arquería gótica que re- cuerda las nuestras árabes. Principios del siglo xvi. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago RusiñoL Núm. 3 3 6 . - Dos candelabros góticos de varilla retorci- da, pie triangular, con detalles góticos, arandela circular con una barandilla de plancha recortada y realzada, decorada con incisión lineal. Época de los Reyes Católicos. Mide: 1,38 de altura. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 337.—Gran candelabro en hierro dulce. Estilo de transición del gótico al Rena- cimiento. Época de los Reyes Católicos. Procede de la Catedral de León y son donación del Cabildo Catedral.—Mide: T,4O me- tro de altura. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 338.—Fragmento de plancha de fondo de chimenea, con las armas y la corona usadas por Doña Juana la Loca. Principios del siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. D. José Moreno Carbonero. Edad Moderna Núm. 339.—Una placa de chimenea, de hierro fundido, reproducción antigua de un ejemplar existente en el Patio de los Leones de la Alhambra de Granada. Procede de Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 340.—Plancha de chimenea, idéntica al ejemplar que precede. EXPOSITOR: D. fosé Lázaro. Núm. 341.—Candelabro de tallo, cilin- drico, repujado y pie triangular. Trabajo per- fectísimo en plancha repujada, que puede ser considerado como el más adecuado ejemplar que en el trabajo deshierro define el estilo plateresco. Siglo xvi. Procede de la Catedral de León. Mide 1,43 m. de alto. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. LA SEGUNDA EDAD DEL I Núm. 342.—Crestería y friso de verja, de plancha recor- tada y realzada. Tallo en sinusoide con hojas de cardo. Ce- nefa superior de tallos y flores de lis combinadas, de motivo constantemente repetido. Dos escudos con castillo, en pían- cha repujada. Principios del siglo xvi. Mide T,5O por 20 cm. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 343.—Friso de verja re- pujado formando hojas y ramos es- tilizados. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Se- bastián. Núm. 344.—Friso de verja de plancha calada, repujada y dorada, con motivos vegetales y ángeles adorantes. Siglo xvi. EXPOSITOR : D. Domingo Guerrero, de Sp.n Se- bastián. Núm. 345. Friso de verja re- pujado y calado con medallones con figuras y otros elementos fantásticos. Siglo XV!. EXPOSITOR : D. Domingo Guerrero, de San Se- bastián. Núm. 346.—Crestería y friso de verja con un escudo representando a un cazador y su escudero, y en lo restante del friso motivos y grifos u otros animales quiméricos. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Domin- go Guerrero, de San Sebastián. Núm. 347. Dos frisos de reja en hierro repujado de 1 m. de longitud por 18 cen- tímetros de altura, con gru- tescos del Renacimiento. Fi- nales del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 348. Plancha repujada de 44 cm. de lar- go por 13 de alto, figurando una cabeza en un medallón y dos grutescos laterales. Estilo del siglo xvi. EXPOSITOR : D. José Lázaro. Núm. 349. — Plancha de hierro repujado de 62 centímetros de largo por 14 de alto. Representa un ja- rrón con dos grutescos a los lados. Siglo xvi. Procede de la Catedral de León. EXPOSITORA: Exce- lentísima Señora D," Águeda, viuda de Lázaro. Núm. .'S50. — Dos pilas- tras de 1,02 m. de altura por 16 cm. de ancho, en hierro repujado con grutes- eos y cabezas poücronadas. Mediados del si- glo XVI. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 351.—Friso de reja policromada en hierro repujado con grutescos y cabezas de 1,10 m. de longitud por 22 cm. de alto. Media- dos del siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 352.—Dos tiras de friso de verja en plancha de hierro repujado, con dos cabezas en los centros y a los lados figuras y animales quiméricos. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 353.—Dos tiras repujadas de pilastra de ver- ja, constituidas por jarro- nes, de los que parte un tallo que se resuelve en estilizaciones vegetales, con cabezas intercaladas. Son de planche de hierro repujada. Fines del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerre- ro, de San Se- bastián. Núm. 354.— Dos tiras de friso de reja de hierro repujado y dorado, con gru- tescos y figuras. Proceden de Cáceres. Miden 92 cm. por 14. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerre- ro, de San Se- bastián. Núm. 355.—Cuatro ha- cheros de tres huecos y 1,51 m. de alto por 86 cen- tímetros de ancho. El vas- tago corresponde a mode- los del Renacimiento. La decoración superior es góti- ca. Apoyan sobre cuatro pies, en varilla cuadrada, en arista y lobulada. Perte- necieron a la colección Miró. Primer tercio del si- glo XV!. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 356.—Adorno o elemento decorativo de una verja, constituido por un escudo con el castillo sos- tenido por dos ángeles. Todo ello de plancha de hierro recortada, repujada y pintada. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 557-—Elemento decorativo de una verja, constituido por un escudo sostenido por dos ángeles. Hs de plancha recortada, repujada y policromada. Si- glo XVI. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 358. - Elemento decorativo de una verja constituido por dos quimeras y un escudo en plancha recortada y repujada. Procede de la Catedral de Cuen- ca. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Donjingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 359 —Copete de reja con grutescos y'decoraciones del_Renacimiento. Escudo heráldico de cartela polilobu- lada. Primera mitad de! siglo xvi. EXPOSITOR: D. Juan ¿afora. ' Núm. 360.— Copete de reja, procedente de la Magis- tral de Alcalá de Hena- res. Primera mitad del si- glo xvi. EXPOSITOR: Iglesia Magistral de Alcalá. Núm. 361. — Figura de santo con orantes en varias planchas remacha- das y repujadas formando un conjunto. Debió cons- tituir el coronamiento de una reja. Mediados del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Jo- sé Lázaro. Núm. 362.—Dos sopor- tes de flameros de reja, en hierro torneado de 17 cen- tímetros de altura por T5 de diámetro, decorado con clavos curvados según sus generatrices. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 363. -Dos círcu- los de 15 y 16 cm. de diá- metro, representando cabe- zas policromadas. Sirvieron de decoración en trabajos de rejería. Siglo xvi. EXPOSITORA: Exce- lentísima Señora Marquesa de Ber- mejillo del Rey. Núm. 364. — Dos me- dallones policromados de plancha repujada de 19 centímetros de diámetro, re- presentando dos bustos cer- cados por una corona de laurel. Debieron servir de decoración en rejas. Siglo xvi. EXPOSITOR A: Exce- lentísima Señora Marquesa de Ber- mejilla de i Rey. Núm. 365.—Tres ele- mentos decorativos de re- jería, constituidos por escu- dos heráldicos cercados por elementos decorativos del Renacimiento. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Juan Lafora. Núm. 366.—Dos flame- ros de plancha repujada, si- métricos, que debieron constituir de las dos caras un solo candelabro de cres- tería de reja. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Se- ñor Marqués de ¡a Torrecilla. Núm. 367.—Una figura de guerrero en plancha re- pujada. Tamaño: dos ter- cios del natural. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. 368.—Cabeza de apóstol en plancha repujada. Debió servir de or- namentación en ios buenos trabajos de rejería del siglo xvi. EXPOSITOR : D. José Lázaro. Núm. 369.—Cuatro grandes meda- llones con bustos en plancha repujada, que estuvieron colocados en las lámpa- ras ante el apóstol en la Capilla Mayor de la Catedral de Santiago. Obra de los maestros cerrajeros Guillen o Baltasar Ruiz, de 1557 a 1560. EXPOSITOR: D. T. Blanco Cicerón, de Santiago. Núm. 370-—Pelícano con sus pequeñuelos. Trabajo en plancha de hierro repujada para decoración de un copete de reja. Principios del siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de Bay. Núm. 371.—Atril de pie. Águila sobre esfera completa, hecha en plancha repujada cosida. Presenta la particularidad de tener nimbo en la cabeza, lo cual haría suponer que pertenece a la época de los Reyes Católicos. Estilo de los Reyes Católicos. EXPOSITOR: D. José Lázaro, Núm. 572.—Atril de pie. Águila de plancha recortada con las alas explayadas apoyada sobre media esfera. Trabajo en varios órdenes de planchas festoneadas, superpuestas. El pie no corresponde a la época del ejemplar. El águila es obra del siglo xvi. EXPOSITOR : D. José Lázaro. Núm. 373.—Atril de pie. Águila de plancha recortada con decoración incisa en hoja superpuestas simulando cada unidad una pluma. Sobre cada una de las patas una esfera, apoyan- do sobre una varilla cir- cular. El pie fue hecho con posterioridad. Siglo xvi. IÍXPOSITORA: Exce- lentísima Seño- ra Marquesa de Bermejiüo del Rey. Núm. 574.—Figura do pájaro con las alas reco- LA SEGUNDA EDAD DEL HIERBO EN ESPAÑA gidas de plancha recortada y repujada, de unos 25 cm, de dimensión máxima. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Benito Mur. Núm. 375.—Atril, cuyo plano de apoyo está formado por barras torneadas, recor- dando los balaustres de la época. Mediados del siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 376.—Atril, cuya superficie de apoyo la forman cuatro medias varillas (una sus- tituída), siguiendo el perfil de diminutos balaustres, y un círculo en el centro formando una cruz. Siglo xvi. EXPOSITOR: Cabildo de Id Catedral de Lérida. Núm. Í577.—Atril cuya superficie de apoyo está formada por una cruz de varilla cua- drada y cuyo frente y costados son de plancha calada siguiendo motivos del Renacimiento. Siglo xvi. EXPOSITORA: Exenta. Sra. Marquesa de BermejUlo del Rey. Núm. 378-—Atril, cuyo plano de apoyo está cubierto por una cruz de plancha recortada, siluetada siguiendo el perfil de gruesos balaustres, y cuya intersección ocupa un do- ble círculo con un corazón atravesado por dos flechas, escudo de la Orden de San Agustín. El frente, de plancha recortada, y el apoyo o tornapuntas también en plancha recortada. Siglo xvi. EXI'OSITOKA: Excma. Sra. Duquesa de Parcent. Núm. 379.—Atril en hierro y bronce, cuyo plano de apoyo está constituido por un medallón en bronce que sostienen y circun- dan motivos del Renacimiento en plancha calada; dos columnas en bronce fueron aña- didas con posterioridad. Una pequeña cor- nisa completa la superficie del apoyo. Balaustrada en el frente y costados y finos balaustres como tornapuntas. Cornisa con imágenes de bronce en la faja de apoyo. Procede de la Catedral de Burgo de Osma. Siglo xvi. EXPOSITOR: Cabildo de ¡a Catedral de Burgo de Osma. Núm. 380. — Un punzón de señales para misal, con cadena de eslabo- nes alargados. Siylo xvi. EXPOSITOR: Ex- celentísimo Sr. Duque de Sania Lu- cia. Núm.381.—Una pequeña reja for- mando caja o jaula rectangular. La componen peque- ños balaustres aná- logos a los emplea- dos para la compo- sición de atriles, un pequeño copete en plancha recorta- da. Debió estar, to~ da ella, cubierta, por elemento repetido, de plancha recortada, de los que aun se conserva un ejemplar. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Benito Mur. Núm. 382.- Columna de candelabro de plancha repujada con figuras y motivos del Renacimiento. Apoya sobre basamento cuadrado que se une ala columna por cuatro torna- puntas de varilla terminada en volutas. Siglo xvi. Mide 80 cm. de alto. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. ^83. Candelabro de tallo cilíndrico-cónico, sobre basamento cuadrado y con decoración, de plancha superpuesta, recortada y ligeramente repujada. Siglo xvi. Procede de la Catedral de León.—Mide 1,31 m. de alto. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 384.—Candelabro de tipo similar al precedente. Siglo xv Procede de la Catedral de León. Mide 1,46 m. de altura. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 385.—Magnífico candelabro de! cirio pascual, de 1,56 m. de altura, de tallo ci- lindrico, basamento cuadrado en plancha repujada su parte cilindrica inferior recortada y ligeramente repujada la superficie, con una galería de balaustres y tornapuntas en volutas invertidas en su parte central. Siglo xvi. EXPOSITOR: Cabildo de ¡d Catedral de León. Núm. 386.—Pie de facistol de sección exagonal y múltiples órdenes de pisos y cornisas, todo él de plancha repujada, ostentando, cerca de la terminación, los doce apóstoles. Obra de Hernando de Arenas. Primer tercio del siglo xvr. Pertenece a la Catedral de Cuenca. EXPOSITOR: Cabildo de ia Catedral de Cuenca. Núm. 387.—Gran candelabro de 2 m. de altura. Basamento triangular en dos pisos, vastago circular en distintos diámetros, las superficies del basamento ligeramente cóncavas, presentan un busto de frente, en plancha repujada sobre una corona circular de laurel. Cua- tro clavos en dos tamaños decorados en doble orden de plancha recortada y repujada for- mando cada una tres hojas, completan la decoración simulando la fijación de una cartela. Los ángulos, en plancha superpuesta y recortada, representan una especie de monstruo que por un lado se prolonga en garra y por la parte superior en voluta. Una múltiple cornisa se- para los dos pisos triangulares donde las superficies vienen decoradas por cabezas de após- toles colocadas de perfil. El cuerpo superior, todo él ornamentado con motivos del Renaci- miento, presenta en su centro tres óvalos, uno de ellos con las armas imperiales de España, un jarrón con azucenas, símbolo de la Anunciación, y las armas de un Mendoza, en cuya época fue trabajado el ejemplar. Sobre el reverso de la arandela un letrero que dice: OPERA FABRICE ECCLESIE. El fondo pla- teado y las decoraciones en realce doradas. La opinión general es que fue trabajado en tiempos de D. Francisco de Mendoza y Bobadilla, Obispo que fue de Coria, nombra- do Cardenal en 4 de Diciembre de 1545, modificando su título {de S. Maria in Ara Coeli, a S. Juan ante Portan Latinan) ri- giendo ya el Arzo- bispado de Burgos en 1550. No obstante el es- tilo y la técnica pa- recen muy anterio- res, quizá de la épo- ca de Andino, y ha- cen pensar en Don Iñigo López de Men- doza y Zúñiga, que „. rigió el Obispado de M _. Burgos desde el 2 de Marzo de 1529 al 15 de Enero de 1537. Una consideración puede ser que, poco fundada, apoya esta hipótesis; en el caso de ser hecho en el tiempo del segundo Mendoza, éste hubiera mandado acuartelar su segundo apellido Boba- dilla para diferenciarse de su predecesor. EXPOSITOR: Cabildo de la Catedral de Burgos. Núm. 388.—Cruz procesional de hierro de brazos iguales en doble plancha repujada; en el centro un cuadrado de cuyos vértices arrancan, como bisectrices, motivos ornamen- tales en volutas invertidas. Cada uno de los brazos es una ornamentación floral de la que arranca una columna cónica estriada. Medallones en los extremos. El soporte lo constituye un cilindro decorado con cabezas de ángeles unido al eje por tornapuntas curvilíneos for- mando pisos. Altura: 1 m. Siglo xvi. EXPOSITOR: Museo Arqueológico Nacional. Núm. 589.—Cruz procesional, análoga en un todo a la precedente, y policromada con la figura de Cristo también en plancha repujada. Altura: 57 cm. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Platón Páramo. Núm. 590.—Cruz procesional de plancha ligeramente repujada, figurando cada brazo una doble cenefa que se abre en los cuatro extremos, dejando en hueco rombos y arro- llando en volutas los extremos de la cenefa. Una fina cruz de línea en plancha recortada llena los espacios romboidales. Como soporte de la cruz, un pie cilindrico en plancha repujada con una galería de plancha calada. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 391. — Cruz de gruesa plancha de hierro de brazos simétricos lobulados, un círculo central con el monograma JHS, toda ella dorada y cubierta con una ligera decora- ción incisa cruzada. Cuatro pequeñas varillas cuadradas con copete como bisectrices de los ángulos. Siglo xvi EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 392.—Reja de hierro, de 1,80 m. de alto por 9 0 cm, de ancho, dorada, con dos órdenes de balaustres; el superior, con una figura que representa la Resurrección del * Señor; dos frisos externos en grutescos, y uno central, que dice: SACERDOS ET HOSTIA. J^BL Copete con las ar- D. Bernardo San- • doval de Rojas. Parece ser que, Núm.392. en su tiempo, y en un escudo sobre círculo de laurel, que existe en la parte infe- rior, tuvo las armas del Cardenal Silíceo, hoy sustituidas, por otras acuarteladas, apenas visibles. Fue construida por el rejero Juan López, para la capilla del Santísimo Sacramento, el año 1554, y la tasaron los maes- tros Domingo y Villalpando en 2 8 0 ducados que le fueron pagados el año 1555. EXPOSITOR: Cabildo de Id Catedral de Toledo. Núm. 393.—Reja de 1,Q5 de alto por 1,90 de ancho, formada por barras verticales torneadas, formando anillo cen- tral en cada uno de los motivos que constituyen la decoración. Viene ésta formada por una primera serie de circunferencias, de barra cuadrada, colocada en arista, tangentes entre sí y paralelas, cortadas por una segunda serie, desplazada, lateral y verticalmente a la distan- cia de un radio. Los puntos de tangencia de la primera serie se decoran por rosetones de plancha recortada. Primera mitad del siglo xvi. Procede de una iglesia de Cuenca. Existen ejemplares idénticos en capillas de la Catedral. EXPOSITOR: D. Juan Jiménez Aguílar, de Cuenca. Núm. 394.—Candelabro múltiple, de 1,52 m. de alto por 1,08 de ancho, de pie trian- gular: en su parte superior tiene una inscripción en plancha que dice: DHUS CHARITAS EST. La construcción es de líneas arquitecturales, sin decoración en las superficies. Segunda mitad del siglo xvi. EXPOSITOR: Hermandad de Id Candad de Toledo. Núm. 395.—Candelabro de 1,19 m. de alto, de pie torneado, con un doble escudo, os- tentando el monograma de María y la Cruz de Jerusalén. Triple pie de barra lobulada. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo. Núm. 3 9 6 . - Candelabro de 1,33 m. de altu- ra, de vastago ligeramente có- nico con orna- mentación floral en su pie, recor- dando los ba- laustres de la re- jería de su tiem- po. Pie de varilla cuadrada lobu- lada. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 397.—Candelabro múlti- ple, tenebrario de 2,35 m, de alto por 1,78 de ancho, decorado por varilla y plancha recortada en tor- ñapuntas de volutas invertidas. Clasico tipo del estilo geo- metrizante y siluetado que dominó en tiempos de Felipe 11. Finales del siglo xvi. EXPOSITOR: Cabildo de la Catedral de León. Núm. 398.— Un brasero de pie de 9 0 cm. de altura y 75 cm. de diámetro; formado por un eje torneado sos- teniendo una balaustrada de planta poligonal y que cada dos barrotes sustituye el tercero por dos pirámides simé- tricas terminadas en bola; cuatro tornapuntas dobles de volutas invertidas en varilla ligeramente cónica forman el apoyo y el pie, descansando sobre un basamento circular con cuatro radios y ocho apoyos de barra rectangular, curvada en medio punto y pro- longada. (Ejemplar de una extraordinaria belleza dentro del estilo geometrizante de los días de Felipe II, del que puede conside- rarse como el modelo más perfecto. Siglo xvi. Pertenece a la Catedral de León. EXPOSITOR: Cabildo de la Cate- dral de León. Núm. 399.—Escudo de España en plancha de hierro calada y dorada, con do- selete en forma de corona, también de plan- cha calada en líneas horizontales. Ejemplar clásico del estilo que decora por silueta en tiempos de Felipe II. Finales del siglo xvi. EXPOSITORA : Excma. Sra. Mar- quesa de BermejiUo del Rey- Núm. 400.—Brasero análogo al ante- rior, de 68 cm. de diámetro, con las láminas doblemente curvadas que sostienen el bra- sero, caladas en anchas estrías y un círculo superior con una cruz. Estilo del siglo xvi. EXPOSITOU: D. José Lázaro. Núm. 401. — Brasero de anillo de 0 6 cm. de diámetro con soporte de sección poligonal sobre planchas de doble curvatura, decorado todo él con pequeñas pirámides terminadas en bola. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Juan Lafom. Núm. 402.—Veleta en forma de flecha y banderola, con un pájaro en plancha recortada. El eje de varilla re- torcida. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Juan Jiménez Aguijar, de Cuenca. EDAD DEL HIERRO EN ESP/ Núm. 403.—Una veleta, constituida por una cruz, debajo de la cual puede girar, equilibrada, la veleta, sobre la que, en plancha calada, aparecen los cuarteles de Cisneros, Mendoza, Sabater y Zúñiga. Siglo xvi. Procede de la Casa de Cisneros. EXPOSITOR: Excmo. Ayuntamiento de Madrid. Núm. 404. — Veleta terminada en cruz, análoga a las confeccionadas en la mitad del siglo xvi, de influen- cia italiana. La disposición giratoria, seguramente in- completa (falta la flecha), parece representar el cuartel de la Casa de Velasco. Mediados del siglo xvi. EXPOSITOR: SI; D. Pascual Fabriciano. Núm. 405.—Falleba circular, con cerrojo y pestillo; estos y las argollas sobre plancha calada. La que sus- tenta el cerrojo figura la doble águila con corona impe- rial, prolongada en la parte inferior por el escudo de Madrid. Mediados del siglo xvi. Procede de la Casa de la Panadería. EXPOSITOR: Excmo. Ayuntamiento de Ma- drid. Núm. 406. —Cerradu- ra representando un patio del Renacimiento clásico fechada en 1558. Procede del Monasterio de El Escorial. EXPOSITOR: SU Ma- jestadelRey. Núm. 407 —Cinco ce- rraduras múltiples deco- radas con planchas recor- tadas y grabadas. Ejem- plares de un interés extra- ordinario, tanto desde ei punto de vista cinemático corno por su trabajo de ajuste y de ornamenta- ción. Segundo tercio del siglo xvi. Proceden del Monaste- rio de El Escorial. EXPOSITOR: SuMa- jestadelRey. Núm. 408.—Soporte de polea de pozo en barra de sección cuadrada, estriada, deco- rado en la parte superior con pinchos en forma de pirámides. Segunda mftad del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Rafael Garda Patencia. Núm. 409. Cruz de plancha gruesa recortada, simulando los brazos dos manos y el superior un sol o disco. Trabajo popular de época indeterminada. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 410.—Sobre una esfera hueca de hierro con un anillo central calado, una cruz procesional de doble plancha con medallones en los extremos de los brazos y pirámides con bolas por remate; rayos ondulados en las bisectrices. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 411.—Cruz procesional en varilla cilindrica de brazos terminados en lises y un doble medallón circular central. Apoya por cuatro tornapuntas de varilla rectangular en vo- lutas invertidas. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 412.- -Pequeña cruz de 14 cm. de alta por 13 cm. de ancha, formada por cuatro varillas cónicas, sobre un anillo circular en su centro. Escuela idéntica a la que precede. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm- 413.—Dos arcones de planchas de hierros reforzadas con anchas fajas de plan- cha formando cuadrícula. Cerradura múltiple de la escuela de las que preceden- Segundo tercio del siglo xvi. Donación de la Duquesa de Vistahermosa al Museo Arqueológico Na- cional. EXI-OSITOK : Museo Arqueológico Nacional. Núm. 414.— Arca análoga a la precedente, con cerradura múltiple, del mismo tipo an- terior. Segundo tercio del siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 415.—Cofre de hierro de 24 cm. de largo por 14 cm. de ancho y por 13 cm. de alto, decorado por cinchos también de hierro con clavos simulados de cabeza cuadrada. Fabricación española inspirada en las obras francesas de su tiempo. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 416.—Arca de hierro policroma- da, tipo análogo al que precede, con las asas y cerrojos do- rados; cerradura múl- tiple del mismo tipo de las precedentes del Monasterio de El Escorial. Decoración en la cerradura de pájaros, flores y figu- ras. Segundo tercio del siglo xvi. EXPOSITOU: Ex- celentísimo Sr. Marqués de ¡a Torre- cilla. Núm. 417. — Arca de hierro policroma- do, tipo análogo al anterior; cerradura múltiple, del mismo tipo de las del Monas- terio de El Escorial. Segundo tercio del si- glo XVI. EXPOSITOR: Escuela de Artes y Oficios de Córdoba. Núm. 418.— Caja de hierro rectan- gular de 26 cm. por 17 y 17 de alture, decorada en línea con columna en les ángulos y en la cara centra!. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 419.—Arca de cuero negro, de sección trapezoidal y de 55 cm. de profundidad. Gran- des herrajes en los ángulos. Siglo xvi. EXPOSITORA: Ex- celentísima Sra. Duquesa de Pareenf. Núm. 420. - Dos figuras representan- do forjadores, que abandonadas en el interior de una mina, donde sufrieron la acción de aguas, con- teniendo sales cúpri- cas, quedaron reves- tidas de una película de cobre que en par- te ha sustituido al hierro. Los ejemplares primitivos parecen del siglo XVI. EXPOSITOR : Excelen- tísimo Sr- Duque de Santa Lucía. Núm. 421. -Un perro de hierro forjado que pertene- ció a un llamador. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger- Núm. 422.—Llamador de barra lanceolada, colocado sobre plancha rectangular repujada, con motivo del Renacimiento. El martillo golpea sobre una figura de chapa repujada. Siglo xvi. EXPOSITOR: D. Domingo Gue- rrero, de San Sebastián. Núm. 423. —Llamador en forma de paloma con las alas explayadas y labor incisa curvilínea. Trabajo del siglo xvi. EXPOSITOR : Excino- Sr- Mar- qués de ¡a Torrecilla. Núm. 424.—Llamador figurando una paloma o ave con las alas reco- gidas, decorada por trabajo lineal in- ciso. Siglo xvi- EXPOSITORA: Excnw. 3ra- Du- quesd de Parcent- r___ r "Í^Núm, 425.—Llamador figurando un águila o pájaro de frente conjas alas explayadas; el eje y clavo sobre plancha recortada y dos barras festoneadas. El águila con labor incisa punteada- Siglo xvi. EXPOSITOR : D. Rafael Garcfcj Patencia. Núm. 426. - - Llamador formado por un dragón sos- teniendo un escudo que oculta el martillo. Labor del siglo xvi- EXPOSITOR : D. José' Lázaro- Núm. 427. — Llamador formado por una figura tos- camente labrada, colocada sobre una plancha rectan- guiar con fina labor incisa. Esta última es trabajo del siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Du- que de Santa Lucía. Núm. 428.—Llamador en forma de perro sosteniendo una bola. Si- glo xvi EXPOSITOR: Excmo. Sr. Du- que de Sd/ifa Lucía. Núm. 429.—Llamador análogo al que precede, pero sin alas ex- playadas. Siglo xvi. EXPOSITOR: D- José Lázaro. Núm. 430.—Llamador de barra cilindrica que recuerda los balaus- tres de su tiempo; en ángulo recto, una cabeza toscamente trabajada, Núm m forma el martillo, terminando por el otro extremo en voluta ensanchada. Clavo y argolla sobre plancha calada. Trabajo del siglo xvii- EXPOSITOR: D- Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 431. — Aldabón de barra cua- drada curvada golpeando sobre una pequeña figura de paloma, La barra aparece decorada por molduras inci- pientes y punteado. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Mar- qués de la Torrecilla. Núm' 4 3 2 . — Llamador de cabeza de dragón toscamente trabajado. La prolongación de la mandíbula interior constituye el martillo en ángulo recto- Siglo xvn. EXPOSITOR : Museo de Artes industriales- Núm. 433.—Aldabón sobre barra poli- gonal análogo al precedente. Decoración en círculos. El clavo sobre un elemento de visagra de época anterior. Siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 434. -Aldabón de varilla sensiblemente cónica, terminada en lámina que inicia una voluta. Argolla y clavo sobre p l a n c h a recortada. Principios de! siglo xvn. EXPOSITOR : Exce- lentísimo Señor Marqués de la Torrecilla, Núm. 435.—Alda- bón de gruesa barra li- geramente cónica, con ligero trabajo de cince- lado, representando ho- jas que recuerdan las labores de los balaus- tres de su tiempo. Mi- tad del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Jo- sé Lázaro. Núm. 436.—Llamador-tirador de puerta. La argolla y el clavo sobre tres órdenes de planchas pentalobuladas y realzadas for- mando rosetones. Trabajo del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Domingo Guerre- ro, de San Sebastián. Núm. 437.—Aldabón de barra cilindri- ca curvada terminada en cabeza de dragón, sobre plancha calada. Principios del XVH siglo. EXPOSITOR: D. Rafael García Pa- tencia. Núm. 438. - Llamador iormado, en su mitad principal, por una barra cilindrica que se prolonga en cono arrollado en espiral y termina en labor que figura una cabeza y con dos alas simétricas explayadas en el centro. Labor del siglo xvi. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 439.—Llamador de barra cuadrada colocada |en arista y los dos extremos ensanchados en hojas formando volutas encontradas, so- bre plancha recortada. Principios del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Rafael García Patencia. Núm. 440.— Animal fantástico de hierro forjado de factura grosera. Tiene 30 centímetros de longitud. Siglo xvi. EXPOSITOR: Junto de Museos de Barce- lona. Núm. 441.—Llamador en forma de asa, recordando los tipos de doble voluta del siglo xv. Trabajo de fines del siglo xvi y principios del xvn. EXPOSITOR: Izxcwo. Se- ñor Marqués de ¡a Torrecilla. Núm. 442. - Llamador de barra cuadrada prolon- gada y^ doblada sobre sí misma en forma de cabeza de dragón. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. 443.— Un pequeño tirador, recordando las dispo- siciones de los llamadores góticos en doble voluta. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. José A. Weissberger. Núm. 444.-- Llamador en forma de pierna, colocado so- bre un clavo de la época. Finales del siglo xvi al xvn. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de la Torrecilla. Núm. 4 4 5 . — Llamador de barra cuadrada termina- do en la parte del martillo por cabeza de pez; y la barra, en su terminación superior, ha sido ensanchada y adel- gazada para do- blarla en volutas sobre si misma. Finales del siglo xvi al xvn. EXPOSITOR: Ex- celentísimo Sr. Marqués de Id Torre- cilla. Núm. 446.—Llamador de barra cua- drada, martillo en ángulo recto sin volu- tas pero con tres hojas en su eje. Trabajo inciso tosco. Ejemplar del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Benito Mur. Núm. 447.—Llamador de barra cilin- drica, martillo en ángulo recto y voluta con la barra ensanchada. Tipo análogo al precedente. Siglo xvn. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Marqués de ¡a Torrecilla. Núm. 448. — Llamador, en ángulo recto, decorado en la parte superior por una concha. La plancha que sostiene el eje y el clavo, sensiblemente rectangular, de perímetro lobulado, está decorada por zonas, con motivos de arte popular de la época, leones, caballeros, pájaros, etc. En las espadas de cazoleta de la época se encuentran hoy, aunque no con mucha frecuencia, motivos ornamentales parecidos. Procederá del Norte de España. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 449.—Candelabro arquitectural con decoración de plan- cha recortada y realzada. Siglo xvn. EXPOSITOR: Cabildo de ¡a Catedral de Toledo. Núm. 450.—Una sencilla crestería de reja, formada por un óvalo con escudo partido de águila y cinco flores de lis, y dos torna- puntas simétricas en doble voluta y de plancha rectangular, comple- tan la decoración y sirvieron en su tiempo para colocar planchas re- cortadas que completasen el conjunto. Finales del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Virgilio Martín. Núm. 451.—Copete de brocal de pozo decorado con volutas. EXPOSITOR: D. Daniel Zuloaga. Núm. 452.—Reja de balaustres iguales y simétricos, sensible- mente cónicos, con anillos y decoración floral. Finales del siglo xvi a mediados del siglo xvn. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 453.—Chafeta o braseri- llo de uso litúrgico. Alto 0,20, diá- metro 0,195. Siglo XVII. EXPOSITOR : Junta de Museos de Barcelona. Núm. 454.—Figura de ángel de plancha de hierro repujada y dorada; tamaño natural. D. Agustín Duran y Sampere, Director de la sección his- tórica del Archivo Municipal de Barcelona, ha podido hallar, referente a este ejemplar, la documentación siguiente: Registre de Deliberacions, 1618, f.-l 25 i se refiere al día 1 4 de agosto del mismo año: «ítem, los magnifichs concellers tots sinch ajustats, etc. delliberaren que han pagades a Phelip Ros, argenter, dos centes sinquanta llinres, les quals se 1¡ paguen per lo pren, mana y bestretas y manufacturas de la figura del ángel ha fet y fabncat per la águila o pirámida de la plassa del Blat vella en honor de la gloriosa santa Eulalia, compres lo tnodello y totas altres s fet a; y per^o, etc CCL. llin La traza de la pirámide era debida al maestro albañil Rafael Plansó (1616). Son dos los plateros de nombre Feli- pe Ros que encontramos citados por esos años; uno de ellos ingresó de maestro en el gremio en 1567 y el otro en 1507, se- gún el Llibred Passant'is, que se conser- va en la Biblioteca del Museo del Parque. A un Felipe Ros se le atribuye en los papeles inéditos de Ramóm N. Comas (f en 1918), guardados en este Archivo,el relica- rio de San Jorge de la Genvalida, obra de 1626, y el relicario de San Fabián y San Sebastián que se labró por encargo munici- pal en 1611. Este, fabricado por Ros indis- cutiblemente, puede verse en la obra de Gon- zález Sugrañes Contrihució a ¡a historia deis antichs gremis deis Árts y O/ices de la ciutatde Barcelona. V. I (T9I5), p. 188. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 455.—Cerradura sobre plancha circular calada y decorada por línea. El ce- rrojo se dobla dos veces en ángulo recto so- bre su mismo plano, que es el de la cerradu- ra. Todo él análogamente decorado. Ejem- plar que guarda estrecha relación con los precedentes, aunque el hecho de no estar la ce- rradura sobre caja cuadrada realzada, sino a la inversa, embutida sobre el espesor de la modera, da un aspecto distinto al ejemplar. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 456.—Cerradura en caja cuadrada realzada; el cerrojo formando un triángulo de dos lados simétricos curvilíneos, girando sobre la base del triángulo, formado poruña varita doblada en ángulo recto, sujeta en sus extremos por dos argollas. La parte prolongada del cerrojo se dobla dos veces en ángulo recto para ajustarse a la caja de la cerradura. Es ca- racterística de este tipo la decoración incisa de línea y un rosetón o figura, colocado sobre la superficie del triángulo del cerrojo, bajo el eje de la base. Fueron usados para muebles durante el siglo xvn. EXPOSITOR : D. Do- mingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 457.—Cerradu- ra análoga a la preceden- te, con un águila bicéfala sobre la superficie del triángulo, sustituyendo al rosetón, y un lagarto so- bre la terminación del ce- rrojo. Siglo XVII. EXPOSITOR : D. ¡osé Lázaro. Núm. 458.—Cerradu- ra análoga a las prece- dentes, con rosetón en el cerrojo. La de asiento de la cerradura no es en plancha calada. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. ¡uan La fora. Núm. 459 —Ejemplar análogo a los que prece- den, rosetón en múltiple plancha cortada y curva- da. Siglo XVII. EXPOSITOR: D. ¡ose Lázaro. Núm. 460. — Ejem- plar análogo a los prece- dentes, rosetón en plan- cha calada, sujeto como el cerrojo por clavos cincelados repre- sentando un capullo. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 461.—Ejemplar análogo a los que preceden, el cerrojo en plancha calada, los clavos son grandes capullos cincelados. Estilo de los ejemplares an- teriores. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 462.—Cerradura análoga a las precedentes, con el cerrojo en plarf1- cha calada simulando una lacería ára- be. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. Juan Lafora. Núm, 463.—Cerradura cuadrada sobre plancha recortada, terminada en triángulos, con cerrojo en doble ángulo N.mi ^ recto. La plancha presenta una inscrip- ción que dice «Bosmedano» y debajo «Artiaga». Obra de Bosmediano. Siglo EXPOSITOR: D. Manuel de Cossfo y Gómez-Acebo. Núm. 464. — Cerradura en plancha calada y deco- rada , perímetro lobulado. Trabajo del siglo XVII. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. San- tiago Rusiñol. Núm. 465.—Un tirador de asa, de cajón, sobre plancha circular recortada, con una pequeña paloma que termina en cruz, decorada por líneas incisas, sirviendo para apoyar el pulgar. Siglo xvi al xvn. EXPOSITOR: Excmo. Sr. Duque de Santa Lucía. Núm. 466.—Collar de perro formado por tres series de eslabones macizos unidos por plancha recortada y do- blada en forma de pinchos. Finales del siglo xvn. Procede de Capdella, provincia de Lérida, y se usaba para defensa de los perros de ganado contra los ataques del lobo. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 467.— Visagras de plancha de hierro recortada, de 23 cm- de alto por 35 cm. de ancho; se desarrollan verticalmente según hojas simétricas terminadas en voluta de sección decre- ciente. Finales del siglo xvii. EXPOSITOR: D. Domingo Gue- rrero, de San Sebastián. Núm. 468.—Dos escudos de plancha repujada, representando emblemas he- ráldicos, con corona ducal. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. Platón Pá- ramo. Núm. 469.—Escudo de armas par- tido en plancha recortada y repujada, de 42 cen- tímetros de alto por 31 de ancho. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. Domingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 470.—Escudo de armas acuartelado en plan- cha repujada y policroma- da de 35 cm. de alto por 27 de ancho. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 471.—Escudo de armas de 35 cm. de alto por 25 de ancho, en plan- cha recortada sobre otra plancha de hierro. Proce- de de la provincia de Sa- lamanca. Siglo xvii. EXPOSITOR: D. Do- mingo Guerrero, de San Sebastián. Núm. 472. — Escudo acuartelado con figuras de cisne recortadas y superpuestas y varillas limitando las barras. Trabajo del siglo xvn. EXPOSITOR: D.José A. Weissberger. Núm. 473. — Balcón con barrotes simétricos, ligeramente cónicos, de- corados por un anillo cen- tral y motivos florales, ba- samento en plancha recor- tada e n escalonamiento. Un doble medio punto en plancha igualmente recor- tada, se decora por flechas y rayos ondulados. El tipo pertenece a la arquitectura vascongada del siglo xvn, y se repite constantemente como decoración del bal- con principal en las casas solariegas de aquella región durante la mencionada época. Siglo XVII. Procede del pueblo de Salvatierra, en Álava. EXPOSITOR: D. Daniel Zuloaga. Núm. 474.—Un frontal de altar en plancha de hierro repujada, con un óvalo en el centro, friso y varillas en bronce. El conjunto queda dividido en casetones, decorados por un gran rosetón central y cuatro en los ángulos, llenando por com- pleto toda la superficie. Trabajo muy interesante de la segunda mitad del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Mauricio López Roberts. Núm. 475.—Dos faroles de plancha |_^ perforada, de sección cuadrada, de 25 centímetros de lado y 57 de altura. Fue- ron utilizados para servicios eclesiásticos. Ejemplares muy interesantes de la segunda mitad del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Manuel Puiz Balaguer. Núm. 476.—Pequeña plancha de cocina, con el asa decorada por líneas incisas. Época indeterminada. EXPOSITOR: Exctno. Sr. Marqués de Bay. Núm. 477.—Sencillo coronamiento de reja de mediados del siglo xvn. EXPOSITOR: Museo Provincial de Bellas Artes de Avila. Núm. 478.—Pequeña cruz de hierro, de varilla cuadrada en arista, adornada por cubos con caras paralelas al eje de la cruz. Finales del siglo xvi. EXPOSITOR: D. Frutos Barbero y Delgado. Núm. 479.—Escudo de armas de 30 cm. de alto por 25 de ancho, proce- dente de la provincia de Salamanca. Es de plancha de hierro recortada, bordea- da y dividida por una varilla con ador- nos de plancha recortada. Siglo xvn. EXPOSITOR : D. Domingo Gue- rrero, de San Sebastián. Núm. 480.—Tirador de puerta en forma de columna, con incrustaciones de bronce. Una concha para el pestillo. Todo ello sobre plancha recortada y si- luetada, representando la doble águila, sobre la que dos leones soportan la co- rona real. Siglo xvn. EXPOSITOR: Sr. Rodríguez Rojas. Núm. 481.-—Cruz de barra rectan- gular con una figura en su pie y dos ba- rras curvadas como basamento. Si- glo XVII. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 482.— Gran palomilla de grueso balaustre terminado en volutas. Siglo xvn. EXPOSITOR: Hospital de ¡a Caridad de ///escás, Núm. 483.— Cruz de barra de sección rectan- gular con decoración de plancha en volutas siguien- do la escuela extremeña y plancha recortada. En su base lleva una doble estrella de ocho puntas en plancha recortada y ligeramente repujada. Finales del siglo XVII. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 484. Cadena de chime- nea para suspender de ella mar- mitas, etc., que solía colocarse en el cañón de la chimenea. Siglo XVII. EXPOSITOR : Junta de Mu- seos de Barcelona. Núm. 485.— Dos candelabros de madera dorada y policromada, arandela circular de plancha perforada, representando leo- nes y castillos. Tubo en plan- cha ligeramente repujada, for- mando las aristas columnas salomónicas. Siglo xvu. EXPOSITOR : D. Rafael García Patencia. Núm. 486.—Hachero con eje de madera y corona- miento en plancha dorada recortada. Trabajo del siglo xvn. EXPOSITOR: D. Juan Lafora. Núm. 487.—Caja de hie- rro rectangular con tapa en forma de pirámide truncada y decoraciones en los ángu- los y en el centro; es de plancha calada siluetada. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 4 8 8 . — D o s morri- llos de barra vertical cónica Ni[]ii ] 7 i con p l a n c h a s intermedias soldadas, terminadas en ca- bezas quiméricas. Ejemplares del arte popular del siglo xvn. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiño!. Núm. 489.—Ejemplar del mismo tipo que los anteriores. Siglo XVII. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 490.—Morillo en barra de sección cua- drada, festoneada. El eje horizontal, formado por cuatro varillas retorcidas. Estilo del siglo xvn. Procede del Cau Ferrat. EXPOSITOR: D. Santiago Rusiñol. Núm. 491.—Dos arrimadores de olla. Siglo xvn. EXPOSITOR: D. José Albelda, de Huelva. Núm. 492.—Dos grandes morillos'de chi- menea formados por varras verticales tor- neadas, terminadas en bola, conchas para la colocación de las herramientas. Siglo xvn. EXPOSITOR: Junta de Museos de Barcelona. Núm. 493.—Tres caballitos para sostener hierros de cocina, en gruesa plancha recortada con decoración en varilla retorcida. Arte popu- lar del siglo XVII. EXPOSITOR: D. José Albelda, de Huelva. Núm. 494.—Morillos formados por barra vertical de sección cuadrada, terminada por un ensanchamiento figurando cabezas, dos plan- chas soldadas simulando trazos. Arte popular del siglo xvn. EXPOSITORA: Excma. Sra, Marquesa de Bermejillo del Rey. Núm. 495. Balanza ricamente decorada con delfines en los extremos de la barra de la cruz y castillete sobre el punto del fiel. Trabajo muy interesante del siglo XVII. EXPOSITOR: D. José Lázaro. Núm. 496. —Gran balanza de hierro forjado Niim*. 4HH