" EL SEGUNDO TERC/O DEL SIGLO (1834-1868) ROMANTICISMO DE VARIA ESPECIE A) LA ARQU[TECTURA EL CLAS[C[SMO ROMANTICO. - Bajo este ape[ativo pudiera quedar etiquetada la etapa joven y primera del pericdc que ahora se abre y en cuya medulcclon intervinieron muchos importantes factores. EI mas decisive de los de orden hlstorico fue la primera guerra carlista y - sobre todo - su final. Aquella contrenda entre un prfnclpe poco inteligente y una nina mil veces calificada de inocente, quizd no se hubiese produddo con tan espantable vio­ lencia si los carlistas hubiesen conoddo de cerca a su rey de Estella y si los liberales hubieran obtenido de algun augur datos sobre las posteriores inocencias de dona Isabel H, con el tiempo tan escasamente diferente de su tfo. No ocurrlo ni una cosa ni otra, y una crudelfsima guerra de seis cfios mantuvo a Espana en sltucclon de espera. Se esperaba una victoria que no lleqo, sustituida por un compromiso que no hada sino aplazar la cuestlon, Pero sf es derto que el abrazo de Vergara susclto en la opinion nacional un ancho respiro de optimismo y una con­ vlcclon de que el pafs se preparaba a un efectivo resurgimiento en todos los ordenes. Y fue entonces cuando dieron comienzo las grandes construcciones de ccrdcter oficial, con preten­ siones y aspiraciones de monumentalidad, no soficdcs desde [a buena era de Carlos Ill. Madrid iba a cambiar de plel, empleando en el ernpefio todos los recursos posibles. Desventuradamente, las circunstancias no eran las mismas que durante el reinado del bisabuelo ni del abuelo de Iscbel H. agotado, lIegaba a sus ultlmcs consecuencias. Demasiadas columnatas E[ neoclasicismo, de y excesivos frontones habfan proHferado en el perfodo anterior para que en el presente, mayor crnblclon urqultectonlcc, lograran la pureza elemental mente debida. Sin duda, todavia esperaba a tales ingredientes un epflogo de cierta grandeza, pero ya mixtificado mediante ornatos y adherencias de otra estirpe, decididamente opuesta a la neta rnotlvcclon cldslcc. Y el primer gran romantizador del clasicismo fue Martin Lopez Aguado. MARTfN L6PEZ AGUADO. - Hl]o de don Antonio, Martin Lopez Aguado (1796-1866) debe ser tenido como muy superior a su padre, con el que a buen seguro colaborarfa en 135 mas de una ocosion. Arquitecto muy personal, a el se debe la reversion mas radical del neo­ clasicismo aprendido hacia formas rnucho mas graciosas, flufdas y valga la palabra­ - barrocas. Naturalmente, fue alumno de la Academia de San Fernando, y en 182� paso a [tulle, no pension ado como no fuera nominalmente -, sino - por sus propios medios, parece que aprovechando bien su tiempo. Dibujante excepcional, sus preciosos proyectos suelen ofrecer siempre, en cada alzado, dos soluciones oslmetrlcos, mostrando la riqueza de ideas con que contaba; ideas que no siempre fueron del todo originales, por 10 que Ie valieron la acu­ scclon de plagiario y una- efectiva enemistad de los primates de la Academia. No se Ie con­ fiaron -a 10 que se sepa - encargos oficiales; pero un ilustre nrlstocrcto, don Pedro Alcan­ tara y Tellez Giron, undeclrno duque de Osuna, se nprovecho de su talento, haciendo que rejuveneciera la grata finca de sus mayores, la Alameda de Osuna, inmediata a Barajas. Por feliz casualidad, se conservan las edificaciones de la Alameda, los proyectos del cons­ tructor por cuyo modelo se alzaron y aun otros dibujos describiendo muy al pormenor otras construcciones nunca iniciadas, sin duda porque el costo del total osusto hasta al poderosfsimo Duque. Lo realizado fue la fachada principal del palacio (fig. 133), con esbeltlsima colum­ nata, galerfa de huecos cdlntelodos con medallones superiores, y, sobre el friso de la colum­ nata, balaustrada con hitos de escultura. Item, mas el templete, de un clasicismo saturado de total gracia (fig. 134), y el abejero, que acaso no hubiera desdeficdo firmar Villanueva. Lozoya aduce como precedentes construcciones inglesas de Campbell Burlington House­ - t y de James, 10 que demostrarfa en Martin Lopez Aguado un recto conocimiento de la arqui­ tectura europea. Fue ldstlrnc que el teatrito y las galerfas de pintura, objeto de algunos de los 1· mejores dibujos del arquitecto, no se Ilevasen a efecto. Parece que est as construcciones se alzaron de 1834 a 1844, fechas claves para la aper­ tura de este capftulo transitivo. Otros colegas seguirfan el ernpefio con parecida fluidez; pero la fusion de neoclasicismo y romanticismo visible en la obra de Martin Lopez Aguado signi­ fico el mas digno epflogo de la escuela de arquitectura rncdrilefic protagonizada por Vi­ llanueva. Es sorprendente que Martin Lopez Aguado no fuera mas utilizado a 10 largo de esta reversion desde el purismo neocldsico hasta la gUirnalda romdntlcc: aunque bien sea verdad que durante la primera etapa, la marcada por tan grandes realizaciones como el Teatro Real y el Palacio del Congreso de los Diputados, el estilo programado serfa de talante mas ofidal e inflexible. • EL TEATRO REAL. - Ya se lndlcoalgo acerca de la larga gestacion del primer teatro de Espana, proyectado por Antonio Lopez Aguado y sucedido este en la dlreccion de las obras por Custodio tuvo tiempo de aburrirse de dilaciones y regateos de presupuesto Moreno, quien en grade tal como para obcndoncr la empresa. En 1831 se habfan reanudcdo los trabajos, casi inmediatamente suspendidos. EI ccseron inacabado slrvlo de polvorln, de salon de baile, de cuartel de guardias y de Camara de diputados. En 1837, nuevo impulso a la construcclon y nueva suspension. Fue en 1841 cuando el aparejador Francisco Cabezuelo se hizo cargo de la dlrecclon de los trabajos, subltcmente avivados por una orden de 7 de mayo de 1850, en la que el ministro de Goberncclon, Conde de San Luis, conminaba a la conclusion. La orden se cumpllo a la letra y et19 de noviembre del mismo cfio se lncuqurcba el teatro. Fue noche memorable, elegida como pieza inaugural' "La Favorita", de Donizetti, interpretada por 136 Giorgio Ronconi y Marieta .Albont. Con ello se abrfa 10 gran historia de 10 6pera en Espana, vinculada oeste edlflclo sin interrupci6n hasta el 9 de junio de 1925, fecha de 10 ultima repre­ sentaci6n. EI 6 de noviembre del mismo cfio se ordenaba 10 evacuaci6n del edlflclo, rulnoso por asentamiento sobre una via de agua subterrdnec, su Esos setenta y cinco nfios de actividad Ifrica habfan sido posibles gracias 01 trio L6pez Aguado-Custodio Moreno-Francisco Cabezuelo, este recompensado por 10 hczcfic de 10 con­ clusi6n con el tftulo de arquitecto. Era 10 menos que se deblc a este hombre benemerlto, capaz de lIevar a buen terrnlno tan prolongados trabajos. Desde aquel dlc de 1850, el Teatro Real no era lujo y prestancia que el de San Carlos, de Napoles, 0 que 10 Scala, de menor en Milan, en tanto que 10 Opera de Paris no se inaugurarfa hasta 1875. Pero, aparte 10 funci6n del edificlo y su parentesco con otros similares, hay que asegurar que justificaba casi todo optimismo. Sus fachadas principales, 10 de 10 plaza de Oriente (fig. 135) Y 10 de 10 plaza de Isabel II, fueron vituperadas yo en el pasado siglo: estc, por 10 gravedad de su aspecto, ema­ nada de 10 robusta columnata d6rica; cquellc, por 10 excesiva ornamentaci6n de los cuerpos altos, contrastando con 10 sequedad del p6rtico, en sillerfa almohadillada. Consecuencias todas de 10 prolongadisima historia de 10 construcci6n y su final apresurado. La escultura decorativa de estos exteriores obra de Manuel Moreno, Nicolas Fernandez Oliva y Sil­ era vestre L6pez. En cuanto 01 interior del teatro (fig. 136), su ostentosisima traza pecaba de 10 que pecaron todos los teatros reales: de excesiva riqueza y de harto relumbr6n, sustituyendo 10 ponderada belleza. EI tel6n de boca era obra del frances Philastre, y el techo hcblo sido pintado por Eugenio Lucas. En mil detalles del lujoso ornato, los motives renacentistas se mez­ claban yo con otros declaradamente g6ticos. Mas, con todo 10 negativo 0 limitado que pu­ dieran contener el edificio y su decoraci6n, no hay duda de que era 10 primera gran construe­ ci6n publica alzada en Madrid y salvadas todas las mil distancias desde que se conclu­ - - yera el Museo del Prado. I NARCISO PASCUAL Y COLOMER Y EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS. - Ese mismo cfio 1850,que se inaugur6 el Teatro Real, y pocos dies antes, el 31 de octubre, la camarilla en Ncrvdez-Snrtorlus-Brcvo Murillo reunia 01 Parlamento de d6ciles diputados que se conoci6 con el remoquete de Congreso de familia, Parlamento totalmente prefabricado, en el nuevo Palacio de las Cortes. Era este edificio otro testimonio yo - en esas fechas tardio del. optl­ - mismo renovador a que diera lugar el abrazo de Vergara. Tan s610 dos nfios despues de esfe pacto, la representaci6n templo del Espfritu Santo, que mejor 0 peor, nacional abandon6 el y con postizos neocldslcos, habra albergado a los diputados, y se traslad6 al inacabado Teatro Real. Hubo ernpefio por parte de Espartero de que el nuevo palaciO se asentase en el mismo lugar del Espfritu Santo, y en ese solar, una vez demolido el templo, se alzarfa el palacio parlamentario, las bases de cuyo concurso fueron publicadas por 10 Academia de San Fernan­ do el16 de junio de 1842. De los catorce proyectos presentados, fue elegido el de don Narciso Pascual y Colomer, nacido en Valencia en 1801, alumno de su Academia de San Carlos y cccdernlco de rnerlto de la de San Fernando desde poco despues de comenzar las obras del La Reina habra colocado la primera piedra el 10 de octubre de 1843, y proyecto premiado. siete cfios bcstc ron para la conclusi6n. Alcanzada estc, fue undnlrne la satisfacci6n mcdrllefic ante el porte y la majestad del edificio legislativo, sin tener cuenta de que el propio crqul­ tecto se habfa lamentado de las escasas dimensiones del solar. Elias Ie obligaron a estrechar 137 la fachada la que, no queriendo, y con raz6n, prescindir del gran p6r­ principal (fig. 137), en tico cldslco, inevitable, sus otros dos lados resultaban mezquinos y modestfsimos, tampoco compensada esta pequefiez por la altura. Aunque tales defectos se hcycn hecho mas visibles en nuestros dlcs, cuando una indiscreta elevaci6n de los ediflcios inmediatos ha convertido al Con­ casi nada mas que el hecho greso en garita, una que siempre fueron patentes, igual que la es demasiada sencillez de las fachadas secundarias. Sin embargo, es necesario alabar el bonfsimo dlbu]o del p6rtico, con seis columnas corintias de la mejor traza posible, sosteniendo el front6n; en elias, tallados los coplteles por Jose Pagniucci y Francisco Elias, mientras el front6n alberga una composici6n de Ponciano Ponzano. En el interior, el sal6n de sesiones (fig. 138) desarrolla seis graderfos semicirculares para los diputados y una galerfa alta, de columnas corintias, para espectadores, prensa y cuerpo diplomdtico, todo ello en ambiente mas bien modesto, a 10 que no contribuyeron poco las decoraciones pict6ricas de Carlos Luis Ribera. Mas grata fue la decoraci6n de otros salones del templo parlamentario, como la del de conferencias, en declarado plateresco, por el citado Pagniucci. OTROS EDIFICIOS OFICIALES DE MADRID. - No acaba aquf lccctlvldcd de Pascual y Colomer, de mayor fortuna en otro estilo personallsimo, dejado para mas adelante, porque conviene pasar revista a otras construcciones del Madrid oficial e isabelino, en algunas de las cuales tam bien particip6 el ilustre arquitecto. Nos referimos a la Universidad Central, trafda de Alcala de Henares, y a la que se concedi6, en 1842, por Espartero, la iglesia y con­ vento del Noviciado, como sede. En este caso, no habrfa derribo y nueva construcci6n, sino parcial aprovechamiento de la estructura vle]c, sequn pianos de don Francisco Javier Maria­ tegui. Muerto este, hered6 las obras Pascual y Colomer, quien parece se ajust6 a los planes de su colega en 10 que respecta a la Universidad propiamente dlchc, 16brego caser6n de insulsez extrema en su largufsima fachada a la calle de San Bernardo (fig. 139). Des­ de curso 1844-1845 se el daban ya las closes en est a rnezclc de antiguo y moderno; pero la mayor novedad de la estructura, esto es, el Paraninfo, no se inaugur6 hasta-1852. No era sino, mas o menos modificada, la viejo iglesia del Noviciado, ahora convertida por Pascual y Colomer en una gran elipse (fig. 140), celebradfsima en la epocn, y no tanto por la crqultecturu, sino por la abigarrada y fatigosa decoraci6n en que colaboraron Espalter y Ponzano. Aun, otro gran edificio oficial, imprescindible en la renovaci6n isabelina, fue el del Senado. Con 10 que cambiamos de arquitecto, pues su trczc se debe al que era digno rival de Pascual y Colomer. Anfbal Alvarez Bouquel (1806-1870), hl]o del gran escultor Alvarez Cubero y dis­ cfpulo de Isidro Gonzalez Velazquez, hombre de gran finura proyectiva, recibi6 el encargo, no de alzar una estructura de nueva planta para Camara Alta, sino de modificar con ese fin el convento de dona Marfa de Arag6n, junto al palacio de Godoy (fig. 141). Es sabido que se trataba de una arquitectura de Jorge Manuel Teotoc6puli, parece que lIegada en suficiente buena conservaci6n cual para ahorrarse los dispendios de construcci6n nueva. Alvarez Bou­ quel respet6 la iglesia, debida al hi]o del Greco; aprovech6 su planta ovalada y aun su b6veda, la redecor6 en estilo j6nico con verdadera discreci6n, y logr6 un sal6n de seslones mas original, bien que mas frlo, que el del Congreso (fig. 143). En cfios subsiguientes se enriquecieron las otras dependencias del estamento, y sus exteriores (fig. 142), en fechas muy avanzadas del siglo, fueron remodelados, en trist6n estilo, por Jer6nimo de la Gandara. 138 Figs. 133 Y 134.-MADRID: FACHADA DEL PALACIO Y TEMPLETE DE LA ALAMEDA DE OSUNA, POR MARTfN LOPEZ AGUADO. 139 Figs. 135 Y 136.-MADRID: EXTERIOR (ANTES DE LA RUINA Y REFORMAS) E INTERIOR DE LA SALA DEL TEATRO REAL. • 140 Figs. 137 Y 138.-MADRID: EXTERIOR E INTERIOR DEL PALACIO DE LAS CORTES. POR NARCISO PASCUAL Y COLOMER: 141 Figs. 139 y 140.-MADRID: EXTERIOR DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL. POR NARCISO PASCUAL Y COLOMER. Y PARANINFO DE LA MISMA. DECORADO POR ESPALTER Y PONZANO. 142 Fig. 141.-MADRID: EXTERIOR -DEL SENADO, PO� ALVAREZ BOUQUEL, ANTES DE LAS REFORMAS. 143 FigS. 142 Y 143.-MADRID: EXTERIOR DEL SENADO, DESPUES DE LAS REFORMAS, Y SALA DE SESIONES, POR ALVAREZ BOUQUEL. 144 - - - --------- -- EL CLASfClSMO DE ALVAREZ BOUQUEL. Fue ldstimo que - Alvarez Bouquel no hu­ biese podido disponer de un solar para erigir el edlflclo del Senado, en el que fdcllmente hu­ biera superado el modesto Congreso. Y ello va dicho porque en sus construcciones privadas de Madrid revelo serel ultimo cldslco de que pudlern jactarse el reinado isabelino. Su palacio de Gaviria, en la calle del Arenal, todavla puede pasar como un modele de buena y concien­ zuda construcclon, en piedra y ladrillo, a la usanza tradicional. EI palacio de Veragua (figu­ rc 154), en la calle de San Mateo, un poco macizo en su expreslon facial, reducido su porte neocldsico a la pequefin columnata del dtlco, no deja de tener grandeza. Y su palacio de Abrantes, en la calle Mayor, y sus casas en la plaza de las Descalzas y en la Carrera de San Jeronimo esta derribada -, ensefinn como su flexibilidad de buen arquitecto supo acomo­ - darse a las exigencias del cambio de estilo, que bcrrlc su amado clasicismo, digna herencia paterna. CATALUNA Y LEVANTE. - Un ultimo destello de dasicismo luce enla Barcelona que no se decide a abandonar formas muy queridas cun en los arquitectos nacidos despues de 1800. EI decano es el vicense Francisco Daniel Molina, autor de la fachada del Teatro Principal, pro­ yectista de la urbnnlzcclon de la plaza de Palacio y de fa de MedinaceH (fig. 146), con la columna en memoria del almirante Gnlcerdn Marquet. Proyecto tcrnblen los monumentos al general Ccstofios y a los concejales muertos de fiebre amarilla en 1821, ninguno de los dos realizado. La gran obra de Daniel Molina es la plaza Real (fig. 144), sin duda uno de los rincones mas bellos de Barcelona. Su grata ordencclon, que cutomdtlcornente recuerda urbanizaciones parisinas como la del Palais Royal, las pilastras corintias y las arcadas bcjos de slllerlc almoha­ dillada, sustancian todo un nclerto, cun de Indole cldslcc. EI noble conjunto, del que forman parte el pasaje Bcccrdl, en cornuniccclon con la Rambla, y el de Madoz, conectando la calle de Fernando, fue de larga gestacion, ya que, proyectado en 1848, no conoclo termlno sino en 1859. Su cuter, Daniel Molina, rnurio en 1866. De sus colegas barceloneses, Miguel Garriga Roca (1804-1888) merece mas menclon como urbanista que como efectivo constructor. Antonio Rovira Trias (1816-1889) fue, ante todo, ilustre planificador urbano; pero como arquitecto de depurado gusto merece rnenclon por la columnata que agrego al palacio Moya, en la Rambla, "loggia" corintia impecable­ en 1856 mente dibujada (fig. 145), aunque ya en su orqcnlzcclon complementaria apunta el rorncntl­ cismo naciente. Mas renombre que los anteriores clccnzo Jose Oriol Mestres Esplugas, nacido en Barcelona en 1815. Era hi]o del maestro de obras Jose Mestres Gramatxes y se habra formado en el estudio de Celles Azcona y en la Academia de San Fernando. Acudlo, con exlto, al con­ curso de proyectos para la plaza Real, plcneo los Campos Ellseos del Paseo de Grada y se ocupo de obras en varias iglesias barcelonesas; entre elias, el poco afortunado plan de conclusion de la fachada principal de la Catedral. No debe su fama Oriol Mestres a este pastiche, Ilevado a terrnlno despues de su muerte, sino al gran Teatro del Liceo, digno competidor del Real, de Madrid. Y, en realidad, no a su version de 1847, destruida por un incendio en 1861, sino a la reconstrucclon de un cfio mas tarde, que supero lamagnificencia quemada. La fachada a la Rambla, testimonio del edificio siniestrado, es modesta e impersonal (fig. 147), en compro- • mise evidente entre 10 neocldslco y 10 romdntico ; pero la enorme sala, de extraordinaria grandeza, pertenece ya de Ilene al eclecticismo isabelino de lu]o un tanto recargado, con abun­ dantes motivaciones renacentistas y hasta barrocas, consecuencia en la que colaboraron 145 muchfsimos artistas catalanes (fig. 148). Oriol Mestres falleci6 en 1895, unido su nombre al del Liceo, teatro que, mejor fortuna que el Real, continua su glorioso oficio. con Naturalmente, las provincias no quedaron inmunes de las resoluciones de la arquitectura oficial al hcbllltcr antiguos edificios religiosos para nuevos fines, sequn se hiciera en la Uni­ versidad y en el Senado, en Madrid. Por parecidas fechas, la Capitanfa General de Barcelona I 1 \ utilizaba el viejo convento de la Merced, y otro tanto se hacfa en Valencia, para Identico orga­ nismo, con el monasterio de Santo Domingo. Poca mas arquitectura noble se alz6 en Valencia durante esta etapa, apenas citables sino el Seminario Conciliar, obra de Timoteo Calvo, y, en 1854, la hermosa fachada del Teatro Principal, adosada por Jose Zacarfas Ccrncfic al edi­ flclo ya citado en la etapa anterior. Es una solemne y gigantesca columnata d6rica, ejemplo de cudn fuertes del Teatro de la Princesa, eran todavfa regi6n en la los dictados cldslcos, EI mismo Cam ana fue autor Valencia, inaugurado en 1853, y de los de Sagunto, Segorbe, en I Jdtivc y Requena, asf como de las plazas de toros de Yecla y Requena. Y, una vez que ha I I, sido mencionado este tan lberico lugar de esparcimiento, procederd referirse a la Plaza de Toros de Valencia, la primera que en Espana conoci6 una monumentalidad y una seriedad de construcci6n totalmente lneditos hasta entonces (fig. 149). Fue su arquitecto don Sebastian Monle6n (1815-1878), que vic sus pianos aprobados por la Academia de San Carlos en 1850 e inaugurarse el circo taurino en junio de 1859. Cost6 cerca de tres millones de reales y con­ tenfa posibilidad para casi 17.000 espectadores. Y, en fin, antes de que una terca costumbre diese en el t6pico de que una plaza de toros habfa de ser forzoscmente de estilo rnudejcr, la valenciana era de toda dignidad cldslcc, en discrete recuerdo del Coliseo de Roma y del anfi­ teatro de Nimes. No deja de ser cosa notable que uno de los postreros ecos de nuestro neo­ clasicismo se encarnara en este considerable edificlo. De los arquitectos murdanos del mismo perfodo, el mas notable habra de ser Juan Jose Belmonte (1809-1875), autor del gran p6rtico cldsico del Ayuntamiento de Murcia (fig. 150), Y de su escalera, cquel comenzado por Lorenzo Alonso. Otros de la misma regi6n fueron Jose , Soro '(181 0-1843)"Jose Ram6n Berenguer (1816-1884), Jose Martin Baldo (1826-1891), Carlos { Mancha (1827-1888), que actu6 sobre todo en Cartagena, y Diego Manuel Molina, autor del Teatro Nuevo, de Murcia. , J No es necesario otro para agrupar la arquitectura de otras regiones, dado subcapftulo b que los ,aciertos de algun rango fueron excepcionales. Suficiente empresa serfa que conser­ I vasen 10 que tuvieran, sin propasarse a nuevas construcclones. Obra importcnte fue, en f' Pamplona, retrasada respecto del viejo brfo neocldstco vascongado, la construcci6n 'del Palacio de la Diputaci6n Foral (fig. 151), concluido en 1847 por Jose de Ncquslo ; es obra notable, que sigue de lejos los modelos habituales de Silvestre Perez, pero esta vez con gran holgura de medios y proporcionando, con su columnctc y front6n, una imagen de 10 que deberlc haber sido el estilo oficial en toda Espana. Lejos de ser osl, los edlflclos conternpordneos de alguna ambici6n, en provincias, pecan de insustandales. La Universi­ dad de Zaragoza, de 1849, por Pascual yCclomer, 0 la Diputaci6n de la misma ciudad, de 1857, por Pedro Martinez Sangros, [cmds sobrepasan la mediocridad. Mas que las casas corporativas, suelen hacerse muy notables teatros, y, a la cabeza de los provincianos, tras los citados de Barcelona, Valencia y Murcia, merece especial alabanza el Calder6n, de Va­ Iladolid, alzado en 1864 por Jer6nimo de la Gandara, el autor de la fachada del Senado. Fue estructura de muy estimable entidad para su tiempo, y, sequn era ya acostumbrado, 146 I { Figs. 144 Y 146.-BARCELONA: PLAZA REAL Y PLAZA DE MEDINACELI, POR DANIEL MOLINA. Fig. 145.-BARCELONA: COLUMNATA EN EL PALACIO MOYA, POR ANTONIO ROVIRA. 147 -I 147 Y 148.-BARCElONA: EXTERIOR Y SAlA DEL GRAN TEATRO DEL lICEO, POR JOSE ORIOl MESTRES. FigS. 148 , \ Fig. 149.-VALENCIA: PLAZA DE TOROS, POR SEBASTIAN MONLEON. Fig. 150.-MURCIA: FACHADA DEL AYUNTAMIENTO, POR JUAN JOSE BELMONTE. 149 I if It Fig. 151.-PAMPLOt'lA: DIPUTACION, POR JOS� DE NAG USIA. Fig. 152.-MADRID: PALACIO DEL MARQU�S DE SALAMANCA, POR PASCU�L Y COLOMER. 150 oponfa a su exterior de vago clasicismo un gran salon decorado con motivos estrictamente renacentistas. , EL PLENO ROMANTICfSMO: PASCUAL Y COLOMER Y CUBAS. De nuevo es preciso 1 - I traer a nuestra ntenclon la aCtividad del gran arquitecto Narciso Pascual y Colomer, y no en � arte como el Congreso de los Diputados, sino obras tan limitadamente exponentes de su en otras mas fntimas y Ilbres, mejor reveladoras del hombre y de su tiempo. Es evidente que la conclusion del Congreso Ie proporclono fama, y que a ella acudirfan los personajes mas relevcntes epocc, Ninguno tan representativo de poderlo, finanzas y lu]o, como don de la Jose de Salamanca, Marques de Salamanca, fabuloso banquero, prototipo de 10 que se llama hombre de negocios, enriquecido y arruinado en su continuada y entusiasta dedicacion a las mas diversas actividades; gran coleccionista de arte antiguo y mecenas del moderno. 'I' , No podfa Salamanca sino seleccionar a Pascual y Colomer como arquitecto cuando necesit6 construir un gran palacio, despues de 1854, en que las masas revolucionarias mndrllefics habfan incendiado el que pose fa en la calle de Cedaceros, nomas que el ccseron que fuera I de los Marqueses de Santiago. EI solar destinado al nuevo palacio se hallaba en el entonces il desierto paseo de Recoletos, lugar 10 sufidentemente estrnteqlco como para que de all] en partiera la urbcnlzcclon a la que presto su nombre y su capital el opulento financiero. Y ell] reallzo Pascual y Colomer su tranquila obra maestra, 0 por mejor decir, uno de las I dos ligadas a Salamanca (fig. 152). Es una construcclon de tan solo dos plantas, con 10 que [ predomina una grata horizontalidad de sugerente lnvitccion a cualquier perspectiva. Muysen­ cilia la rnoldurcclon de las ventanas bajas, los balcones, dispuestos entre pilastras corintias, quedan mas ornados en delicadfsimo Renccirnlento italiano, todo ello con una contenclon y un nuevo canon medldfslmos, todavla a miles de leguas del descarado pastiche. Interiormente, I' subsiste este buen orden en el patio dorlco el plso bajo y [onlco el superior y en la bella - - i' escalera con nichos para albergar bustos cldslcos, EI selecto conjunto ha sido emparentado I Lorente ello buenas con la Villa Forneslnc, de Bal­ \ por Junquerc, aportadas para razones, if dassare Peruzzi, en Roma. Sin duda es ello cierto; pero el encantador palacio de Salamanca tiene algo de mas femenino y gracioso, significando, con e! edificio de que se trata a conti­ I �. nucclon, el momento magistral de nuestra arquitectura rorndntlcc. Vendido por su arruinado I propietario al Banco Hipotecario, continua siendo sede de esta entidad bancaria. Para el mismo don Jose de Salamanca construy6 Pascual y Colomer otro alarde de fresca lnvenclon, que, inconcebiblemente, no hito de la arquitectura decimo­ ha sido valorado como nonlcc. Es el caso que el Madrid rorndntlco de clase noble y adinerada habra tenido la ocu­ rrencia de convertir en residencia placentera los dos Carabancheles, el Alto y el Bc]o, idea que hoy, cuando la orlentcclon geografica de tales mansiones es muy otra, no puede parecer­ nos sino singular. En los Carabancheles se enclcivaban las lujosas fincas del Marques de Remisa, de don Jose Gargollo, del Conde de Yumuri, de Nieva, de Mateu, de Ceriola, de Barcenas, de .Gonzdlez Bravo. Y tantas otros, merecedoras de un estudio detallado acerca de este Ver­ la quinto de Miranda, de la :) salles carabanchelero. Mas importantes que las mencionadas eran Condesa de Montijo, y la de Vista Alegre, de la reina Marfa Cristina, la que parece haber I establecido pueblos esos como asientos de ricas residencias. Pero Marfa Cristina, huyendo de Espartero progresistas, vendio la poseslon de Vista Alegre a Salamanca, y este enccrqo y de sus . la construccion del nuevo palacio a su ilustre arquitecto. Lo que cqul plcneo y erigio Pascual 151 y Colomer fue otra pequefio maravilla (fig. 153), mas complicada que el palacio de Recoletos. Con tan s610 una planta, perc de cinco cuerpos de diferente altura en 10 extenso fachada prin­ cipal, el cuerpo central avanza mediante un p6rtico tetrdstllo, de columnas d6ricas portentosa­ mente dellnecdns. A uno y otro lado alternan series de ventanas con muy cuidada moldura­ ci6n renacentista con otras de medio punto, tam bien muy delicadas. Quedan perfectamente .,' resueltas las balaustradas, y las esquinas de los pabellones extremos se refuerzan con pilastras de un corintio muy libre y gracioso. En fin, el palacete es grato como pocas otras construccio­ nes del siglo, con mayor fluidez que, por ejernplo, las debidas a Duc 0 a Duban, en el Paris contem pordneo, Tcrnblen se supone haber dlseficdo Pascual y Colomer el palacio de Bejar, en 10 calle del Barquillo. Y de otras dedicaciones del gran arquitecto las neog6ticas nos ocupare­ - - rnos en otro momento. Don Narciso Pascual yColomer, verdadero gran artista en una de las eras mas crfticas de nuestro arquitectura, myri6 en Madrid, el 9 de junio de 1870. Pudo haber mostrado mejor su tclento si 10 Corona, .10 aristocracia y el capital de su tiempo hubieran evidenciado mayor generosidad y menos avaricia. EI unlco colega ccpoz de rivalizar con Pascual y Colomer en este despliegue .de fertllfslmc facilidad para interpretaci6n de motivos cldslcos y renacentistas injertados en 10 arquitectura civil como elementos vivos y no extrafdos de muertos repertories, fue don Francisco de Cubas, en tanto dur6 su primera epocn profesional. Prlmern epocc, porque dado que es posterior 01 anteriormente enjuiciado en mas ofios que los que componen una generaci6n, cont6 con largo tiempo para extraviarse en las locuras del.ultimo tercio.del siglo, con 10 que s610 sera presen­ tado en su rnejor dlsefinr y obrar. Habra nacido don Francisco de Cubas el cfio 1826 y estu­ diado no pocos en Roma, aleanzando en los ultlrnos nfios isabelinos el favor de buena parte de 10 aristocracia modrllefio, que Ie confi6 10 erecci6n de sus palacetes. Su primera obra, de gra­ cia muy cercana 01 palacio de Salamanca, fue 10 mansi6n realizada en 1865 para el Marques de Alccfilces, en el lade opuesto del paseo de Recoletos (fig. 155). Es de dos plantas y dtlco ; 10 inferior, de sillerfa listada; 10 superior, notable, sobre todo, por el triple bale6n central, que adapta en su molduraci6n motivos y bolofieses trcldos con total oportunldcd veroneses y sin refilr con otras exquisitas motivaciones de absoluto clasicismo. EI inmediato palacete (figura 156), para 10 familia L6pez D6riga, menos refinado en sus detalles, aunque los posea excelentfsimos, mayor validez como prototipo d.e normal arquitectura urbana, y, en tiene efecto, sirvi6 para ello, dando lugar a mucha descendencia mayor 0 menormente decla­ rada en el nuevo caserfo rncdrtlefio. En fin, otro palacete. mas de Recoletos, el del Marques de San Nicolas de Nora, contenfa en su patio exterior -Iamentablemente destruido - un aire tan meditadamente bolofies y cuatrocentista, y 01 mismo tiempo tan justamente representa­ tivo del Madrid isabelino como cupiera desear. Todavfa herd Cubas obras tan importantes como las casas de 10 Carrera de San Jer6nimo, de 10 calle de Villalar y el Hotel Arenzana (fig. 157) -hoy Embajada de Francia, en 10 calle de OI6zaga-; pero el resto de su evoluci6n pertenece a 10 era, harto menos grata, de 10 arquitectura de reconstrucci6n hist6rica. NEOARABE Y NEOGOTICO. - Esta era de reconstrucci6n hist6rica, vinculada prefe­ rentemente 01 g6tico, habfa de cousar verdaderos estragos en nuestro arquitectura. estilo Y si preponderancia es posterior a 10 comentado en estos momentos, se cdvertlrd que fue su en ellos cuando principi6 el pastiche, siempre, siempre, por pesimc afici6n real 0 de los mas 152 Figs. 153, 154 Y 155.-MAORID: PALACIO DE VISTA ALEGRE, POR PASCUAL Y COLOMER; PALACIO DE VERAGUA, POR ALVAREZ BOUQUEL, Y PALACIO DE ALCANICES, POR FRANCISCO DE CUBAS. 153 \ r � .�I ., 1 'f. I Figs. 154 156 Y 157.-MADRID: PALACIOS DE CELONA: PALACIO DE L6PEZ D6RIGA Y LOS' VIRREYES. DE ARENZANA, POR FRANCISCO DE CUBAS. Fig. 158.-BAR­ J proximos 10 realeza. Los arquitectos del reinado isabelino estaban dando muestras de su a mejor senslbilldnd 01 virar sin brusquedades desde el heredado neoclasicismo hcclc un reper­ torio de formas jugosas lnterpretcdos con entera personclldcd. Pero muy otro era el criterio \ oflclcl, empeficdo en una pueril retrospecclon y en explotnclon patriotera de pasadas una I Oficial fue el primer gusto por el mobiliario glorias. regularmente gotico, en verdad que rara­ ,� mente admitido por la burguesfa. Oficial 10 idea de los salones drcbes, pues no se adereza uno en el palacio de Vista Alegre (fig. 160) sino cuando 10 Reina encorqo el primero, en 1848, a don Rafael Contreras, en el Palacio de Aranjuez, luego de haber pensado seriamente en injerirlo en el Real de Madrid. De extrnfilslmo y ultrapintoresco goticismo fue el disfraz que en 1846 cubrlo la fachada del Porxo de Forment 0 Palacio de los Virreyes (fig. 158), de Bar­ celona, de ignorado autor, y bien asf 10 condennclon limite a ser son­ J es sea se que para que risa, ya que el supuesto goticismo no era sino pura pacotilla. Bastante mas grave fue que el rey consorte, don Francisco de Asls, encargara a don Narciso Pascual y Colomer 10 refncclcn del exterior de San Jeronimo el Real (fig: 159), encargo por dernds Inconqruente con los talen­ tos del ilustre arquitecto. Sencillamente, las absurdas torres, los plndculos, la rnoldurcclon, ,�1 hasta el aparejo, nada tenfan que ver con la estructura asf rebozada, y, para conclulr el 'des­ proposito, se requirlo a Ponzano con el fin de que trazase su peor obra en el tlmpcno de 10 portada. Se cita este coso como clave por no tratarse realmente de restcurcclcn, sino de in­ venclon de una iglesio totalmente nueva. Pero con el mismo desenfado epoco, se Ilevaron en la 'prodiga en derrlbos y malos tratos de monumentos insignes, otras restauraciones caprichosf­ 'slrnos 'en arquitecturas tan unlccs como la Alhambra. De esta tendencia real, oficial y guber­ namental quedaba un testamento para el ultimo tercio del siglo, enunciable a modo de senten­ cia sin cpelcclon: la de que el estilo gotico era el mas deseable para todo 10 llturqlco, y que 10 drcbe, 0 vagamente drabe 0 morisco, debfa dejarse para arquitecturas de ccrdcter frfvolo. LA ESCUELA SU�ERIOR DE ARQUITECTURA. Estos - malos presagios para el futuro de 10 arquitectura espanola, y aun otros peores, tomaron cuerpo en la dlsposlclon que el 25 de septiembre de 1844 creaba la Escuela de Arquitectura, arrancando sus enseficnzos de la Academia de San Fernando y llevdndolos al ccseron de la calle de los Estudios .. Este Real decreto no ignorababuen deseo que toda la arquitectura europea sufrfa una crisis de en su total renovcclon racionalista, que en esos momentos estaba ya Labrouste alzando su Blbllo­ teca de Santa Genoveva, en Paris, mediante estructuras rnetdlicos, que los nuevos materiales exiqicn tcrnblen nuevos aprendizajes. Todo ello era cierto inapelable; pero e no 10 era menos que de este modo se truncaba lnvle]c trcdicton de los arquitectos, que, antes que toda otra cosa, se ten fan y debfan ser considercdos como artistas. Desde que se introdudan nuevas oslqnnturos, como estereotimia, mecdnlco mineralogfa, era obvio que el deseo aplicada y oflcial no serfa sino el de reforzar en el futuro constructor su prepcrccion tecnlcc, 10 que no ocu­ rrio sin detrimento de su personalidad estetlcc. Y como quiera que este no fue fenomeno espa­ fiol, slendolo europeo, cabe deduclr que las consecuencias resultaron tan negativas para todos los parses, comenzando una largo era de prosaismo, que no cesarfa hasta muy entrado nuestro slqlo. Unasimple mirada a las fechas de nacimiento y ccclon de los arquitectos haste aquf enjuiciados csequrnrd que pertenedan todavfa a 10 vieja escuela cccdernlcc, y que en ellos no couso nlnqun dnfio el nuevo procedimiento de prepcroclon. Mas cun: ellos fueron los pro- 155. fesores de las primeras hornadas de arquitectos, pues la dlrecclon de la Escuela fue confiada a Pascual y Colomer, mientras otras cdtedros se adjudicaban a Anfbal Alvarez y a Peyronet, del que pronto nos ocuparemos. EI primer curso fue el correspondiente a 1845-1846, cuando el plan de estudios comprendfa cuatro nfios. Pero duro poco, y examinados los resultados de las primeras experiencias, un real decreto de 2'4 de enero de 1855 leqlslo la durcclon de seis cursos para la carrera de arquitecto, ahora introduciendo en el plan materias como "Me­ cdnlcc racional, con la de teorfas especulativa y experimentalmente a los ele­ cpllccclon sus , mentos empleados en-las construcciones", "Mecdnlcc aplicada a la parte industrial del arte i de edificar", "Estereotimia de la piedra, madera, hierro y trabajos graficos de est a cslqnc­ tura",o "Nociones de ccustlcc, optlcc e higiene aplicadas a la arquitectura". En total, dlez y ocho disciplinas, con abundante acopio de mcterndtlccs, dibu]o, leqlslncion, problemas de pura ingenierfa. En 1857, el titulo exacto de la lnstltuclon docente fue el de Escuela Superior de Arquitectura, el que he conservado, aunque, naturalmente, hayan variado mucho los planes de estudio. De los primeros arquitectos salidos del sistema cabe recordar a Sainz de la Lastra, Hernandez Callejo y Juan Segundo de Lema. _ r No sera preciso nfiudlr cuantfsimo se ufanaron los declrnoncnlcos de este claro indicio de I . progreso, por la upcricion de nuevos materiales y novfsimas tecnlccs. Pero el cro­ obligado nista tiene tcmbien el deber de consignar que toda la larga historia posterior, de prosaismo, de desconcierto estilfstico y de torneo de fealdades, debe sus fuentes a los criterios predo­ minantemente tecnlcos de la Escuela Superior de Arquitectura. Que debfa renovarse la ense­ ficnzc de est a es cuestlon que ni siquiera ha de discutirse. Que habfa pasado la edad del pala­ do y de la catedral, que una arquitectura mas tocada de la imperativa suma de necesidades sociales exigible, tam poco. Era ciertfsimo que en adelante el arte de construir debfa ser era racional, espacioso, hiqienlco, preocupado ante to do de los propositos demandados por cada estructura que se alzase. Lo malo fue que, restada la belleza como ingrediente absolutamente precise, tam poco se ccerto, durante el resto del siglo, a obtener la eficacia soficdc, Y la con­ secuenda serlcIc erecclon de una arquitectura presuntuosa, pero raramente eficiente en sus mas elementales obligaciones. Se habfa negado a Villanueva y a Herrera, no ofrecida en compenscclon sino una teorfa malamente lIevada a la prdctlcc. Si algun consuela puede l caber, no sera otro que el de la total extension europea del dofio. Y, en todo caso, lqs consecuencias no pertenecen al perfodo que ahora el habfa sldo introducida la dlscordlc, De los primeros e innegables bienes, se uno comenta. Mas fue el de - en en l total congruencia con el tiempo - viajar profesores y alumnos por toda Espana, estudiar I nuestra vie]c monumentalidad, dibujar pianos, alzados y detalles, y publicarlos. La real orden de 19 de octubre de 1859 daba origen a la enorme publlccclon titulada "Monumentos , crqultectonlcos Villaamil, pero la de la que, con el criterio inicial de las obras de Parcerisa y Perez frialdad con Espana", del tecnlco en que se habfa trocado el arquitecto, nos propor­ cionarfa buena coleccion, siempre incompleta y relativamente fidedlqnc, de muchos edlfl­ I cios Sin calor, sin gracia, con el marchamo burocrdtlco, a modo de informe eva­ antiguos. cuado, de toda empresa oficial. De este y otros repertorios extraerfan los nuevos arquitectos sus mezcolanzas e hlbrldos entre 10 documental y 10 soficdo ; esto es, las formulas abortadas de 10 que se Ilamarfa el eclecticismo. En fin, concluyamos esta requisitoria judicial con un buen recuerdo de la denostada arqui­ tectura cccdemlcc. Fue considerada como una opresora dictadura, y posiblemente era exacta 156 I , 1 Fig. 159.-MADRID: IGLESIA DE LOS JER6NIMOS, RESTAURADA POR PASCUAL Y COLOMER. 157 t I l,- - e r- i­ � , �igs. 160 Y 161.-MADRID: SAL6N ARABE DEL PALACIO DE VISTA ALEGRE, Y PUERTA DEL-SOL. 158 . - - �-- la ccuscclon. Mas, conclusa la opreslon, cada arquitecto se entenderfa libre de crear su propio estilo, con los resultados que no tardarfan en ser vistos y que, de momento, conviene no anti­ cipar, al menos en su ccllflccclon. PLANrFrCAcrONES Y ENSANCHES DE CrUDADES. - Una de las razones mas justas y mejor intencionadas que aconsejaron pleno en romanticismo la descccdernlzcclon de la arqui­ tectura y su dtrecclon predominantemente tecnlcc erala necesidad de construir mucho y urgentemente, fin de rehacer, por una parte, a de ampliar, por otra, de preyer el futuro, por una tercera, la fisonomfa urbana de Espana. 0, por 10 menos, de sus principales ciudades. Las mas de elias continuaban presentando un talante medieval, de calles lobreqns, imposibles para la creciente clrculnclon rodada, repletas de caserfo pobre, triste y desnudo de cual­ quier condlclon hlqlenlcn. Pero mas que sustituir 10 que permaneciera, empresa que debra confiarse a acciones futuras, importaba planear barrios nuevos, ya imprescindibles en elude­ ;. . ( des cuya demograffa iba creciendo mediante Indices alarmantes en tanto no se pusiera un . 1 remedio oficial a una expansion que, confiada a criterios particulares, podfa degenerar en verdadera catcistrofe urbana. Naturalmente, las dudades mas necesitadas de tales cuidados i serfan Madrid y Barcelona. Se reanudarfa ahora la pretension de Carlos HI: la de convertir Madrid en ciudad limpia, { amplia en su orqcnfzcclon viaria, habitable, y, si ello era poslble, bella tam bien. Propositos 1 coincidentes con el vago plan no dejaron de existir, mas 0 menos fragmentarios, durante los reinados del Rey Intruso y del Rey Felon; pero ahora se convertirfan en realidad oflclcl. Se lnlclo la ccclon en el reinado de fsabel Il, con tanteos tan deblles y puramente ornamenta­ les como el de la coloccclon de estatuas dieciochescas de monarcas en la plaza de Oriente, el cfio 1844. Poco mas tarde, Gobierno y Ayuntamiento advierten que la poblcclon de la capi­ tal crece de suerte incoercible, y que ha de continuar creciendo, sin que el viejo casco pueda contener ni discretamente este aumento de poblcclon. De momento, y antes de afrontar el procurcrd la dlqnlficcclon del centro de Madrid, esto es, de la Puerta del Sol. problema, se Un mcdrilefio neto quednrd cerca de la creencia de que la Puerta del Sol ncclo tal y como la la iluslon por la historia de plaza, tan abundante en hechos hoy ve, ayudado en vle]c esa nacionales, y cun mas durante la primera mitad del siglo xrx. La verdad es que hasta en­ tonces era una plazuela fefsima y mezquina, irregular en su area y en lctrozc de las casu­ chas que rodeaban al Principal, esto es, la Casa de Correos, luego Ministerio de la Goberna­ cion y hoy Dlrecclon General de Seguridad. Pcreclo que cualquier reforma urbana de la capital de Espana debfa comenzar por el adecentamiento y ensanche de este corozon de Ma­ drid, y, al efecto, dio los consiguientes pianos, en 1857, don Juan Bautista Peyronet, el que pese a su apellido, no era frances, sino mcdrllefio, arquitecto mas ocupado de investigaciones que dedicado a construir. Pianos que fueron aprobados, y que parece llevo Peyronet a efecto en colcborcclon con don Lucio del Valle, ingeniero que dirigfa la trafda de aguas del em­ balse del otra de las empresas mcdrtlefios, estc conclusa 1858. EI plan Lozoya, grandes en conslstlo en el derribo de muchas casuchas y callejuelas infames, ampliando considerable­ mente el solar de la plaza y tomando como eje del semidrculo resultante el edlflcio de la Casa de Correos. Durarfan los trabajos hasta 1861, en que la nueva Puerta del Sol ofreclo suaspecto actual (fig, 161). Planta semicircular, con dldrnetro en el que las manzanas queda­ ban a eje con el unlco edificio importante conservado, y, en sentido de la curva, seis manzanas 159 mas de identicas fachadas, a base de bo]o, entresuelo, tres pisos, el primero de balcones en nrco, un dtlco y bolcustrcdc terminal. No se sabrfa determinar aquf la subida impor­ tancia que est a gran reforma urbana significaba para el cochambroso Madrid. isabelino; pero, en honor a la verdad, precisa asegurar que los mcdrllefios del entonces no con­ cedieron la empresa toda la trascendencia debida. Desde los nfios dichos, la Puerta del a Sol ha seguido cumpliendo su gran oflclo de agora y mentidero publico, y, pese al normal desplazamiento del centro geografico de la capital mas hecla al Este, conserva todo su viejo prestigio ciudadano. Si era normal que el remozamiento de la primer ciudad de Espana comenzase por la Puerta del Sol, no se olvidaba el grave problema creado por el desbordamiento de la pobla­ d6n, cada dfa mas ca6tica sequn se extendfa por los nuevos arrabales. Por otra parte, la trafda de aguas del Lozoya permitfa la ordenaci6n de una nueva ciudad decentemente servida en sus necesidades mas urgentes. Luego de tanteos y prop6sitos de soluci6n parcial, un real decreto de 8 de abril de 1857 autorizaba al Ministerio de Fomento para, una vez ofdos el Ayun­ tamiento y la Diputaci6n de Madrid, plan de ensanche de la ciudad. Asf hizo, presentar un se dan do el encargo del proyecto al ingeniero don Carlos Marfa de Castro, qulen pudo entregar el plan en mayo de 1859, vlendolo aprobado el19 de julio de 1860. Se trataba de un proyecto muy bien orientado y detallado, previendo, entre otros aciertos, la creaci6n de numerosos espacios verdes, la vertebrcclon del Paseo de la Castellana, las dimensiones del barrio de Sa­ lamanca y la presencia de otros barrios obreros y rurales. La parte nueva de la ciudad se articularfa mediante vfas de quince y treinta metros de anchura, y se adoptaba como tema principal la urbanizaci6n en cuadrfcula, no debiendo exceder las manzanas de casas de tres plantas. Se vulner6 pronto esta previsi6n, como la que afectaba a los espacios verdes; pero, . en general, el excelente plan de Castro fue seguido en la mayor parte del articulado. Y es de justicia consignar que si se pudo IIevar a la prdctico debi6se, sobre todo, a la valentfa espe­ culativa de don Jose de Salamanca, que adquiri6 nada menos que doce millones de pies cua­ drados de terreno tierras de pan IIevar en el que surgirfa el barrio de su nombre. Muy cu­ - - riosamente, esta operaci6n result6 catastr6fica para el banquero, ya que los solares hubieron de venderse a la mitad del precio que el habra pagado. Ni para el Estado ni para el Muni­ cipio fue gravosa la operaci6n, en tanto que la nueva Puerta del Sol habra costado sesenta y dos . millones de reales. Mayor ruido ocasionarfa el plan de ensanche de Barcelona. La gran ciudad medlterrd­ constante proceso de nea, en expansi6n, pugnaba por un ensanche, reiteradamente solidtado en 1844, 1847 1854. Este ultimo cfio se procedi6 al derribo de las vlejns murallas, y, al si­ Y guiente, don Iidefonso Cerda levantaba los pianos de los terrenos a que cfectcrfc el en­ sanche, siendo autorizado por el Gobierno Central para proponer el plan del mismo. Parale­ lamente, el Ayuntamiento de Barcelona convoccbc concurso para el mismo fin el 15 de. abril de 1858, acabando el plazo el 31 de julio. Sin embargo, el 7 de junio era aprobado el proyecto de Cerda. EI Ayuntamiento bcrcelones el prefiri6 presentado por Antonio Ro­ vira Trfas, y Ie concedi6 el premio. Se sigui6 una polemlcc entre los partidarios de Cerda y los de Rovira; pero, en definitIva, triunfarfan los primeros, respaldados por el total apoyo gubernativo. Hace pocas pciginas se elogi6 a Rovira Trias como arquitecto, y se mantiene el elogio. Perc es bien necesario reconocer que su plan de enscnche bcrcelones (fig. 162), a base de 160 un semipollgono desplegado en torno del viejo de la ciudad, caso de haberse Ilevado a casco efecto, hubiera creado en nuestros dies espantosos problemas de clrculcclon. Con todo, muchos barceloneses entendieron e, increlblemente, contlnucn hcclendolo que este proyecto - - superaba mucho al de Cerda, el que no tiene mas defecto que el de haber sido con impuesto por la fuerza de un plumazo. Don Iidefonso Cerda Sufier, nacido el ana 1816 en Mas Cerda (Barcelona), estudiante en Vlch y la capital, graduado de ingeniero y arquitecto en Ma· en drid, en 1841, se dedlco de modo especializado a los problemas de urbcnlzcclon, y escrlblo un largo tratado sobre el tema. Morida en Caldas de Besaya (Santander), el ana 1876. Que su plan de ensanche fuera mas acertado que el de Rovira es cuestlon fuera de 10 discutible, sequn ha probado la experiencia (fig. 163). EI cuadriculado urbano se compenetra mejor con el casco viejo, no es tan cerrado que no admita la presencia de dos diagonales cruzadas en la plaza de las Glorias - donde una tercera gran via las encuentra desde su trazado Oeste-Este -, y, en fin, of red a el beneficio de una ilimitada cmpllcclon, Que la realidad haya prescindido despues mil de las previsiones del ilustre Cerda es otra cuestlon, no relacionada con la veces verdad de que el plano del gran arquitecto fue el mas amplio y mejor orientado del siglo, bastante mas que el de Madrid. La tercera ciudad favorecida por ensanche bien meditado fue la de San Sebastian, que un vic aprobado .proyecto su en 1864, sequn el firmado por don Antonio Cortcizar. Observamos de nuevo el trazado en cuadrkula, con un mayor prestigio concedido ados vies principales, la Avenida y el Bulevar, y a una gran plaza, la de Gulpuzcoo, que construyo aquel mismo ana don Jose Eleuterio de Escoriaza. Muy posteriores sedan los ensanches de Bilbao, Zero­ goza, Valencia y Pamplona. Se cornprenderd bien la rczon de que hayamos concedido un considerable espacio a la cronlcc de una preocupocion declrnononlcc eminentemente municipal social, y en principio mas carne de ingenieda que de arte propiamente dicho. Era necesario hacerlo osl, porque la nueva conflqurcclon de las ciudades en los ultlrnos nfios del largo reinado isabelino deterrnl­ naba un tanto cudl habra de el porte de la arquitectura posterior; Esta, forzosamente in· ser cluida en la rigidez una de cuadrkula, muy diffcilmente atinarfa a salirse de ella, y, las mas de las veces, procurada suplir con teatralidades externas y superficiales su ausencia de monu­ mentabilidad. Y que la era es de las monumentalidades habra terminado. Se replegaba el palacio en tanto avanzaba la vivienda burguesa 0 pequefioburqueso, la gran clase triunfa­ dora en el siglo. Era obvio que se conociera, congruentemente, otro repliegue, el de las gran­ des ambiciones orqultectonlcos, a las que, sin embargo, continuadan suministrando tema las ampulosas construcciones de ccrdcter oficial. En resumen, una nueva voccclon ha termi­ nado presidiendo la arquitectura isabelina, iniciada con la lncuquroclon de un Teatro de 6pera y una Camara de Diputados: la de proporcionar una red viaria discreta y una hcbltcclon confortable a la clase media espanola. No era pequefic conquista que, tras ello, quedara pendiente, de modo inmediato, la resoluclon del mismo problema para otras clases sociales. LA ARQUITECTURA VERDE. LOS JARDfNES. - Se omltlo meditadamente este subccpl­ tulo al tratar de la arquitectura neocldslcc, porque se deseaba concertar y condensar todo 10 pertinente a [ardlnerlc en el ultimo momento que la slntlo y procure organizarla con un ancho criterio de belleza. Y ello, antes de que se consumara el total divorcio entre la cons- 161 trucci6n de materiales y la de verdores 0 se municipalizase el [crdln de la suerte mas raqui­ tica posible, la que todos conocemos demasiado. La primada [crdlnerlc decimon6nica hcblc correspondido, sequn .erc entera­ de la buena mente nuestras regiones medlterrdnecs, y concretamente a Barcelona. Ya en los 16gico, a primeros cfios del siglo y aparte del menos interesante Jardin del General el arquitecto -, - italiano Domenico Bagutti y el botcinico cotcldn Juan Antonio Desvalls hcblcn planeado en Horta, en las afueras de Barcelona, un gran complejo de [crdlnerlc, que recibi6 el nombre de Laberinto de Horta (fig. 164). Hay alii, efectivamente, un laberinto de clpres que ha dado su nombre al conjunto, pero distando de ser 10 mas interesante, tftulo que, por el contrario, corresponde a la varia estructura de parterres de bo], calles y plazas, arquitectura adyacente y, sobre todo, a la profusi6n de agua en movimiento, trasladada desde una alberca superior. En estc, un gracioso templete j6nico parece presldlr el belllslmo conjunto, y otros templetes, balaustradas, escalinatas y dernds elementos arquitect6nicos se asocian en el bello y noble visual. En puridad, el lIamado Laberinto de Horta es un modele de [nrdln neo­ prop6sito cldslco, muy bastante para honrar la memoria de su creador, el Marques de Alfcrrds, Siempre I en Horta, la denominada Granja Vle]c y el [crdln de Coso Gloria constituyen otros primo­ rosos conjuntos los queen un mayor avance del siglo otorg6 mayor preponderancia a la [ cierto modo libre. escultura mezclada con los verdores y al arbolado en Triunfa absolutamente el concepto de [crdln rorndntlco mediante el de Monforte, en l Valencia (fig. 165). EI conjunto se debe a la iniciativa de don Juan Bautista Romero, Marques f de San Juan, nacido 1808 y muerto en 1872. La entrada monumental, custodiada por dos en leones de piedra, ya anuncia la bondad del interior, profuso en mirtos, bojes, cipreses, rosales, jazmines y muchas mas especies botdnlcos destinadas a un total goce. Pero la distribuci6n de macizos y calles ofrece ya gran diferencia con el Laberinto de Horta, pues se concede mayor beligerancia la escultura, generosamente a distribuida. Dafnis y Cloe, Flora y Apolo, bustos L de sabios y flI6sofos cldslcos, de las cuales obras son unas piezas ciertamente romanas y otras t - reproducciones ::valencianas, distraen la atenci6n del paseante, en suerte que no todo sean colores y aromas. La arquitectura juega tam bien un cometido discrete y oportuno, siempre en funci6n realzadora de 10 plantado, y la totalidad de los jardines de Monforte constituye uno de los mayores descansosimaginables, en afortunadfsima colaboraci6n de cclldcdes, Muchos otros jardines piibllcos hubo en Valencia, pero ya van quedando pocos de prestigio hist6rico; es de citar la Glorieta, creada por Suchet, completada por el general Ello y enri­ quecida con esculturas de Ponzanelli. Bastante menor fortuna alcanz6 Madrid en est as lides. Ya bastaba que se conservasen con los jardines vlejos de los Reales Sitlos sin mayor novedad que la introducci6n de conlferos - en los de EI Escorial -, dado que conjunto tan inicial y potencial mente preparado para ser 6ptimo [crdln de la Corona, esto es, el del Campo del Moro, al norte del Palacio Real, no de derribo de la vle]c sirvi6 laque nos ocupa sino como escombrera de los materiales . en era Puerta del Sol. En el Parque del Retiro, que pasada a ser propiedad municipal en 1868, la parte mas cuidada fue siempre la Rosaleda, y se tuvo muy poco en cuenta la deseada cola­ boraci6n entre arquitectura y verdura. Excepci6n fue el maravilloso complejo de la Alameda de Osuna, donde, aparte los ediflcios anteriormente comentados, se adecuaron el lago y la rlo con graciosas adherencias, como la Cas a del Campesino. De esta modalidad plenamente romdntlco datan, en el aludido Retiro, la Casa del Pobre y la Casa del Rico. Aun pudieran 162 , I -- _--"'- '. - '"-'1-'- '\._j J -, ... __ ,' ,-: .. w c-r. t , \ f 1 j jI, I' Figs. 162 Y 163.-PLANOS DEL ENSANCHE DE BARCELONA, POR ANTONIO ROVIRA TRIAS E ILDEFONSO CERDA. RESPEC· TIVAMENTE. 163 f Fig. 164.-BARCELONA: JARDINES DEL LABERINTO DE HORTA. Fig. 165.-VALENCIA: JARDINES DE MONFORTE. 164 ser mencionados conjuntos [ordlneros de otras regiones singularmente de Galicia - -; pero 10 indicado basta para situar una especialidad crqultectcnlcc que hubiera debido merecer mayores cuidados del siglo XIX. B) LA ESCULTURA LA PUGNA ENTRE DOS TENDENCIAS. - Del que los arquitectos del mismo modo perlodo se avinieron mal a prescindir de los porticos columnados y de sus inseparables fron­ tones, e incluso dejaron tales elementos en el repertorio mas Intlrno a fin de continuar su utlllzncicn en casos relativamente solemnes, los escultores de ldentlcn generacion 10 pensaron mucho antes de decidir la [ubllcclon de la asamblea olfmpica. No olvidemos que estos dioses, con toda laamplitud del repertorio de formas y talantes anejos, hablan acabado por cons­ tituir una muy concreta trcdlclon estctucrlc, y que la metamorfosis del pensamiento literario y plctorlco dejaba entrever pocas soluciones nuevas y conformes con los nuevos cufios que pudieran utilizadas por los escultores. Por consiguiente, cun dentro de una cronologla ser declaradamente rorndntlcc, seguiremos hallando muchos artistas de total entrega a una ideo­ log Ic, un programa estetico y un temario que prolongaban el clclo de Alvarez Cubero y de Campeny. La de la escultura es normalmente una tecnlcc de dlffcll espontaneidad, con largo proceso entre concepcion y ejecuclon, rnuy al reyes queIc pintura, y este solo indicio 10 es tam bien de una tendencia conservadora, ccrlfiosc de cuclquler trcdlclon. Y, sin embargo, la violencia romdnticc en pintura, en literatura y en pensamiento obllqo a rectificaciones, a ambigUedades y a duplicidades de estilo aun a los mas convencidos de los postreros neo­ cldsicos, A la forma de lim pia geometrfa estdticc sucederfa un mas cdlido arrebato. Las cld­ rnldes y peplos se verfan sustituidas por levitas y uniformes. Los retratos dejarfan de pre­ tender asemejarse a bustos romanos, procurando sorprender la contemporaneidad del per­ sonaje posante. Sin duda, estas variantes no programa de escultura bastan para integrar un rorndntlcc, que como tal cicio no exlstlo en Espana y casi tampoco en Francia. Pero, a falta de programa activo, no fcltcrdn escultores en los que se manifieste una clara pugna entre 10 f legado por la trcdlclcn y las exigendas de la actualidad. Pero cuando triunfaron estas exigencias de modo total era ya tarde y un prurito de rea­ lismo dominaba a significativos. Y, como quiera que los mas de los mas de los escultores mas los insertables en este perfodo alcanzaron los benefidos de la longevidad, la era rorndntlcc resulto ser muy breve, comprimida entre los principios neocldslcos y el exagerado detallismo del tercer tercio del siglo. Todo 10 cual va dicho en stipllcc de indulgencia para con la dlscu­ tible unidad estilfstica de los escultores ahora presentados, hombres todos nacidos entre los cfios 1800 y 1830. Es verdcd que no andamos buscando lealtades ni servidumbres a una de­ terrnlncdc puridad, sino artistas, y ciertamente los hubo, por variamente que acertaran a interpretar su tiempo. Y, si en cuanto a convicciones quedaban tan cerca del neoclasicismo, en el actuar y obrar estcin mas prcxlmos a cfios ulteriores. Como en estes, no habra, prdc­ )_ ticamente, sino dos talleres genericos, los de Madrid y Barcelona, y, a menudo, entremezcla­ das las tareas de ambas ciudades claves, puede ser que mas identificadas en 10 pertinente a es­ cultura que en literatura 0 pintura. Lo cual se comprende bien; en este periodo comienza y crece en proqreslon casi geometrica la moda municipal de levantar monumentos a grandes 165 hombres supuestos 0 efectiyos. Y sea cual fuere la ciudad que los encargue, Madrid y Bcr­ celona serdn quienes suministren las colecciones de heroes y patricios, colecciones que se hnrdn abusivamente multitudinarias en el perfodo siguiente. Mas dejemos de anticipar constontes y observemos este periodo crftico de la escultura espanola mediante sus representantes mayor­ mente conspicuos. PEREZ VALLE Y MEDINA. Es normal que, tras haber dado un to]o exclusivamente - cronoloqlco al clclo anterior, hallemos aquf escultores muy relccioncbles con otros comentados pdqinos ctrds y colaborando en los mismos conjuntos. Este es el caso de Francisco Perez Valle, nacido en el lugar asturiano de Bones, el 29 de diciembre de 1804; de clara vocccion desde su nlfiez, vino a Madrid en 1826 para cursar estudios en la Academia de San Fernando, conclusos en 1832 y prernicdos con una pension. Sels cfios mas tarde nombrado cccdernlco y pre­ era sentaba como prenda una medalla relatarido EI suplicio de Prometeo, mientras, a la vista de los circunstantes, reullzo un grupo de Apolo y Dafne. En 1858 es nombrado segundo escultor de cd­ hasta 1866, en que se suprime esta categorfa y se Ie concede jubila­ mara, cargo desempen�do cion. Y muere en Madrid el 9 de abril de 1884, luego de haber presenciado prdctlccmente la biograffa de todo el siglo. En esa cclldcd de testigo y actuante, a nadie mejor que a el convie­ nen las premisas de indecision antes apuntadas y previstas. Los Prometeo, Apolo y Dafne referi­ dos, la Ninfa y el Ayax Telcrnon que no han lIegado hasta nosotros, el Cupido que presento en la Exposiclon de 1856, incluso la noble enccrncclon del Patriotismo (fig. 168), en el monumento al Dos de Mayo, tan superior al Valor, de Jose Tomas (fig. 166), son obras caracterfsticas de su forrnccion cldsicc. Lo es tam bien su colcborcclon con Jose Pagniucci en la labra de los ccpl­ teles del portico del Congreso de los Diputados. Pero temas como el de Carlos V visitando a Francisco [ en la Torre de los Lujanes, 0 San Fernando, nos hablan de tendencia opuesta, fdcll­ mente comprensible, dados los muchos cfios vividos por el escultor asturiano. En realidad, fue sobre todo un rorndntlco templado, muy inserto en esta corriente por sus dotes de bonfslrno retratista, de las �ue son testimonio los muchos bustos conservados, varios de ellos =-Norvdez, TorrIjos, Moria, Casteldosrfus, etc. - en el Museo del Ejercito, piezas prosaicas a la vez que rigurosas. Mucho mejor es el dignfsimo busto en rndrrnol de [sabel ll, a sus diez y siete cfios de edad; esto es, mucho antes de convertirse en la voluminosa dama que todos retrataron; qulzd el retrato mas noble de reina, y que se conserva en el Palacio Real de Madrid. aquella Con todo, el ernpefio mas considerado de Perez Valle es su estatua mcrrnorec, de cuerpo en­ tero, del rey consorte don Francisco de Asfs, pcre]c de la de [sabel Il, por Piquer, y ambas en el zcqudn de la Biblioteca NacionaL Encargada en 1849 Y en ese nfio firmada-, parece - que no se concluyo hasta 1851. Aparece don Francisco (fig. 170) con manto de la Orden de Carlos HI, el sombrero en la diestra, y pese a 10 teatral de la actitud, tan desproporcionada con la endeblez de aquel pobredllo, pese tnmblen al enfosls y al ccrdcter dulico de la pieza, no duda de que se trata de una hay buena escultura, en todo caso superior a los merecimien­ tos del modelo, y demostrativa de la excelente preporuclon de Perez Valle. EI rnodrllefio Sabino de Medina, naddo el 20 de diciembre de 18M, tam bien vivirfa sufi­ cientes cfios para muchos cambios de orientccion y participar en los mismos. contemplar Discfpulo de Valeriano Salvatierra, obtuvo en 1832 el premio de la Academia por su compo­ slcion "Apoderados los vecinos de AVila de la persona del rey nino don Alfonso XI, que con­ fiaron al Obispo don Sancho para que Ie conservase en su santa Iglesia, 10 entrega este en la 166 j t, FigS. 166, 167, 168 Y 169.-MADRID: ESTATUAS EN EL MONUMENTO AL DOS DE MAYO: EL VALOR, POR JOSE TOMAs; LA CONSTANCIA, POR EliAS VALLEJO; EL PATRIOTISMO, POR PEREZ VALLE, Y LA VIRTUD, POR SABINO DE MEDINA. 167 Fig. 170.-FRANCISCO PE'REZ VALLE: DON FRANCISCO DE ASrS (BIBLIOTECA NACIONAL, MADRID). 168 puerta de la misma al Infante don Pedro y la Reina, madre, que debfa gobernar el Reino a su durante su mayor edad". Fue el ultimo concurso cccdernlco en que se impusieron temas de esta especie y de tan largufsima tltulcclon, tan nada adecuada para conseguir algo efectiva­ mente escultorlco. La consecuencia es que tan mediano era el relieve de Sabino de Medina como el de Ponzano, que obtuvo el segundo premio. Nuestro artista pasa aRoma, y en 1834 es premiado por la Academia de San Lucas. De 1836 data su Ninfa Eurfdice mordida por un dspld (fig. 173), mdrrnol precioso, medidfsimo en el suave modelado del desnudo femenino muchachil. Tal obra se hizo famosa en Europa, y es posible que su autor hubiera continuado explotando este tardfo clasicismo si el Gobierno espofiol no hubiera suspendido los haberes a los pensionados de Roma. Sabino regresa a Madrid, y en 1838 es nombrado cccdemlco de San Fernando, obteniendo tcrnblen, en 1866, el extrnfio cargo de Escultor de la Villa de Madrid. Ello quiere decir que sus afaries se habfan reducido y municipalizado no poco. Todavfa cola­ bore en la gestacion del monumento al Dos de Mayo, mediante su estatua de la Virtud (figu­ ra 169), y una, coloscl, personificcndo al rlo Lozoya, tcllo para el Deposito de Aguas del antiguo Campo de Guardias. Son de Sabino Medina, tcmblen, ciertas estatuas cleqorlcos - Ciencias, Comercio, Marina y Agricultura -, en el salon de sesiones del Congreso; otras en el cementerio de San Nicolas; los bustos de ArgUelles, Gil y Zarate, y Pascual y Colo­ mer, y las dos replicas del monumento a Murillo, Sevilla y Madrid. Harto mas airosa, la en estatuilla de Diego de Leon (fig. 172), en el Museo Rorndntlco. Medina, desde un comienzo cldslco, se habfa adentrado insensiblemente en la factura del monumento realista. Ello se explica por los cfios de su vida, conclusos el10 de mayo de 1879. Sus polos opuestos, Eurfdice y Murillo; el punto medio y templado, Diego de Leon. JOSE PIQUER. - EI primer escultor espcfiol decididamente rorndntlco, y no tan solo en rczon de su obra _ como por la ecloslon de un temperamento exultante, febril, inquieto, arre­ batado y extremadamente generoso, es Piquer. Jose Piquer y Duart ncclo en Valencia el19 de de 1806, hi]o de hornonimo, escultor modesto tam bien 10 fue el abuelo agosto y de Ma­ - - nuela Duerr. Deblo muy bien enseficdo ser profeslon por los cuidados paternos, de suerte en su que ya en 1829 fue autor de cinco figuras cleqorlcos Fe, Esperanza, Templanza, Modestia - y Paciencia - insertas en el catafalco que la Real Maestranza de Valencia erigio a propo­ sito de los funerales de la reina Marfa Josefa Amalia de Sajonia. Debio pasar poco despues a Madrid, ocupdndose en obras menores, como seis estctucs de fieras para el parque del Re­ tiro y varios modelos de tcberndculo para EI Escorial. EI 3 de cbrll de 1832 firma una ins­ tancia dirigida a lcAccdemlc de San Fernando, en solicitud de que se Ie fije un tema y se Ie someta a la prueba consiguiente para alcanzar el nombramiento de nccdemico de merito. Se Ie impuso como tema EI sacrificio de la hija de Jefte, relieve conservado en la Academia, y, a no dudar, digna pcre]c del de Campeny, y superiores ambos a todas las numerosas pruebas de examen de semejante aire. Es obra notabiHsima por el dlbu]o seguro, firme y concienzudo, por la exquisifez del modelado y por la serenidad de actitudes, tan solo movidas en el grupo central y principal. Con toda seguridad, Plquer se habra estudiado muy bien a Flaxman y a otros pontffices del neoclasicismo, pero interpretandolos con mano propia y prodigiosa­ mente hdbll. Apenas es necesario concluir que la Academia concedlo a Piquer el honor deseado. AI cfio siguiente, el valenciano realiza vcrtos figuras para el cenotafio de Fernando VII elevado en la iglesia de San Isidro. Aun hay que citar otras dos obras de esta su primera etapa madri- 169 lena. Los relieves el del monumento Cervantes, de Sola, fueron conflcdos al en p�destal a va­ lenciano: uno de ellos, La Diosa de la Locura gUiando a Don Quljote y Sancho, es una curiosa mezcolanza de viejas convicciones clasicistas con otras declaradamente rorndntlcos. EI otro relieve, alusivo a la aventura de los leones, no contiene sino la descrlpclcn cnecdotlcc del tema. Tres cfios despues -1836 marcha Mejico, no se sabe bien si por razones polftlcos 0 -, a si por puro cfdn aventurero. Por compcfiero de vlo]e lIeva a un su amigo, de .profeslon medico. Amigo relativo, porque cbcndono a Piquer luego de haberle despojado de todo su dinero: tres mil duros. AI verse en tierra extrofio y sin un real, .el escultor intenta suicidarse, injiriendo opio. l.oqro salvarse, se dedico trabajar, reullzo en la capital mejicana algun a busto - el del senor Mobrefic y un cruclfljo, y pinto lus mujeres fuertes de la Blbllc en la - iglesia de Santa Clara. Paso despues a Estados Unidos; pero se ignora si trcbcjo en esta Re­ publica. En mayo de 1840 regresa a Europa y, de momento, se queda en Paris. Es allf donde modela en breves dfas una obra de capital importancia para el vlrc]e de nuestra esculturc . declrnononlcn: EI San Jeronimo escuchando las trompetas del Juicio Final (fig. 174). Grupo dspero, de robusto y apretado realismo, a muchas leguas ya del relieve de la hl]c de Jette. Ese andano recostcdo sobre y teniendo a su lado el leon ernblerndflco, vella como una roca programa inicial de una renovcclon de los ideales hasta entonces vigentes. Consta: que el grupo, expuesto en Perfs, fue objeto de numerosos elogios, entre ellos el muy valioso de David d'An-. gers, el que, como Rude, no dejcrlc de influir sobre el valenciano. � , . Este regresa en 1841 a Madrid, donde herd fundir el San Jeronimo en 1845. Un cfio antes I ha y recibido el nombramiento de Escultor de Camara honorario, asf como de Direc- pedido I tor de la Academia. Pero fracasa en 1848 al no ser aceptado su proyecto ....,....·firmado en cola­ borcclon con Perez Valle - para fronton del Congreso de los Diputcidos, preferido el de 1 Ponzano. En cornpenscclon, fsabel ll habfa prometido que al escultor no triunfante Ie serlc encargada una estatua de de don Francisco de Asls y su real persona, y asf se curnpllo, debiendo tallar Perez Valle la Piquer la de la Reina. Esta (fig. 171) no estuvo conclusa hasta 1855, I I y, aparte dos versiones en rndrrnol, se hizo otra, en bronce, para la plaza de fsabel Il, ante t el Teatro Real. Preferimos de todas elias la mcrmoreo que se conserva en el vestfbulo de la Biblioteca Nacional, erguida figura, serena y solernne, rndxlme si el espectador no se apro­ xima y se ve forzado a contemplar los encajes y recamados ya a tantos cfios de luz de los - � I desnudos y peplos cldsicos - del indumento regio. Anteriormente, en 1853, habfa heche fundir Piquer la estatua ecuestre de Fernando el Cotollco, con destino a Barcelona. Y de 1855 , data su sepulcro del general don Francisco Espoz y Mina, en el claustro de la Catedral de Pam­ plona (fig. 175), representando un subito y aislado retorno al neoclasicismo. En efecto, y como dernostro Pardo Canalis, este con junto no es sino descaradfsimo plagio del monumento funerario de Victor Alfieri, por Canova, erigido en Santa Cruz, de Florencia,_ nada menos que cuarenta y cinco cfios antes; la urna, con la guirnalda y la efigie en medcllon del sepul­ tado, asf como el duelo y la figura de la rnujer acongojada, son pruebas del plagio, por otra � parte, afortunado en el conjunto, La noticia de, que desde 1850 fueran constantes sus visitas .1 anuales aRoma y Florencia justifican est a elecclon de modelo. Otra gran crecclon fue la esta­ t tua de Cristobal Colon, con destino a la ciudad de Cardenas (Cuba), donde fue inaugurada en1862. La de Jaime I, para Valencia, no paso de la sltuaclon de proyecto, como una fuente monumental para Barcelona. Desde 1858 era Piquer Primer Escultor de Camara, con cordcter efectivo y no honorario. 170 I I , � I .1 \ Fig. 171.-JOSE PIQUER: ISABEL II (BIBLIOTECA NACIONAL, MADRID). 171 f l j I L Fig. 172.-SABINO DE MEDINA: EL GENERAL DIEGO DE LEON (MUSEO ROMANTICO, MADRID). 172 l I I t �I J J Fig. 173.-SABINO DE MEDINA: LA NINFA EURIDICE (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Fig. 174.-JOSE PIQUER: SAN JERONIMO (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). 173 T I � I Fig. 17S.-JOSE PIQUER: SEPULCRO DEL GENERAL ESPOZ Y MINA (CATEDRAL DE PAMPLONA). 174 Poco tiempo Ie durarfa el cargo, suprimido de modo deflnltlvo el 21 de noviembre de 1866, de modo que fue el ultimo en poseerlo. Siguio desempefidndolo voluntariamente con ccrdc­ ter gratuito y honorffico hasta su muerte, ocurrida Madrid el 26 de agosto de 1871. en No han sido enumeradas todas, ni siquiera las principales obras de Piquer, debiendo agregarse a las consignadas numerosos y excelentes bustos, unos en rndrmol, como los que retratan a la Regente dona Marfa Cristina (fig. 1_]6) (Palacio Real), al Conde de Toreno (Conqreso} 0 a don Vicente Lopez (fig. 17Z) Museo de Arte Morderno, y otros en bronce, como la cumplida serie conservada en el Museo del Ejercito, en variada i.conograffa de Es­ partero, Espoz y Mina, Costcfios, San Miguel, Ros de Olano y otros generales del perfodo isabelino. Muy aparte de estos encargos, muchos de los cuales parecen realizados de manera un tanto rnecdnlcc, importa seficlnr otro genero de Piquer, muy elocuente y expresivo. Habfase dado de modo esporddlco a la .esculturc religiosa, y en sus ultlrnos ofios se lntereso particularmente por nuestra vle]n imaginerfa policromada. Pose fa una talla de la Magdalena - no obra de Alonso Cano, cual el crelc, sino replica de una de las de Pedro de Mena-, ylc restcuro de modo impecable, dondndoln luego a la iglesia de la Concepcion, del barrio de Salamanca. Se pondero mucho tal restcurcclon: pero 10 mas que de ella nos interesa es el retorno de gran escultor rorndntlco a las tradiciones seculares. un Sl tal rasgo es muy decldor de los avances de Plquer en la cambiante estetlcc de su tiempo, otros varios, merecedores de ser consignados, concluyen de configurar su ccrdcter rorndnflco. Este hombre, buen conocedor de poetas, recitador, cuando [oven, de los versos de don Juan Ni­ casio Gallego, un tiempo admirador de los antiguos y de Houdon, enamoradfsimo del arte de la declcmnclon, Ilego a montar en su casa de la calle de Leganitos un grato teatrillo, el lIamado Liceo Plquer, donde, con otros amigos aficionados, gustaba de representar obras drcrndticcs. Alguna intencionada copla de Manuel del Palacio alude con poco respeto a este violin de Ingres o vlolon de Plquer, en todo caso tan inofensivo como simpatico. No 10 eran tanto sus dotes dlddctlccs, a juzgar por la crftica de uno de sus dlsclpulos, Ceferino Araujo, quien lamentarfa los raros y esterlles procedimientos de enseficnzc del gran escultor. Y, en fin, otro rasgo totalmente desacostumbrado entre artistas, el de su testamento. Casado en 1847 con dona Emilia Llul y Mitjavila, el matrimonio no tuvo hijos; 10 que motive que Piquer, al consignar sus ultlmcs voluntades, dejase el usufrueto de los bienes a la viuda, pero legando rentcsu las. Academias y de San Fernando: la primera, para premiar una comedia anual 0 para Espanola socorrer a escritores necesitados; la segunda, para pensionar por cinco ofios a un plntor y un escultor menores de treinta cfios: pensiones que todavfa se convocan anualmente. Basten estos dctos, los proporcionados por sus esculturas, y el retrato en que don Vicente Lopez retrcto gallardamente a Plquer, para entender toda la varia dimension del ilustre estatuario. PONZANO. - No menos curioso fue el talante personal de otro escultor de la misma generacion, hombre que dejo impronta en todos cuantos Ie conocieron, en virtud de su afa­ bilfslmo trato y de su nuncn desmentida bondad. Ponciano Ponzano y Gascon habfa nccldo en Zaragoza, el19 de enero de 1813, fecha en la que es fdcll imaginar a aquella ciudad como una escombrerc con olor a polvorc, Item mas, con la circunstancia de que en la cenizas y a casa natal del que habfa de ser se alojaba un militar frances, Este y otros muchos ilustre escultor detalles curiosos proceden de !a desollficdc autobiograffa de Ponzano, la que por desgracia concluye bruscamente en 1840. Mediante ese capital documento sabemos mucho pormenor de 175 su infancia y juventud. Primeramente, que padre era conserje de la Academia de Bellas su Artes de San Luis, y que- con tal motive, la prdctlcc de las mismas atrajo al nino mucho mas que otro estudio cualquiera. Era liberal su familia, y el trienio constitucional I� proporclono dos gratfsimos recuerdos: uno, el del radical cambio en los vlejos sistemas escolcres: otro, el de haber franqueado a don Rafael de Riego la entrada a las salas del museo zaragozano, por 10 que el general Ie gratifko con una peseta. Ya por entonces habra lefdo Ponzano muchos cld­ sicos latinos y copiado antiguedades de Herculcno, y. estcrnpcsde Piranesi. EI gran impulso hacia el mundo del arte 10 reciblo de la Ilegada de Alvarez Cubero a Zaragoza en 1826, momenta en que el gran escultor excite todas las justas ambiciones del muchacho. Y aunque don Jose fclleclo al cfio siguiente, no se Interrurnplo la relnclon de Ponzano con la familia, pues ya vimos que a el se deben los principales datos conocidos acerca de Jose Alvarez Bouquel. Fue, valido de esa poderosa amistad, como Ponzano, favorecido tcrnblen por una pen­ sion de la Academia de Zaragoza, paso a Madrid, estudio en la de San Fernando, gano el se­ gundo premio del concurso de 1832 - el sabido asunto. referido a Alfonso XI-, y, obtenldo la pension para Roma, a esta ciudad lIego en octubre de tal cfio. Se scclo de ver monumentos, se rnotrlculo en cuanfas enseficnzns pudo, entre elias las 'de Thorwaldsen, en la Universidad della Sapienza, y cun Ie queda tiempo para cslstlr a las reuniones en casa de Antonio Sola, ' qulen no desdeficbc mencionar como autoridades de lo historia del arte a Palomino y a Cedn Bermudez. AI mismo tiempo que afirmaba sus tontactos con Thorwaldsen, trababa amistad 'con' muchos otros penslonndos extranjeros, como los franceses Horacio Vernet y el que habra de ser famoso arquitecto, Lefuel. En 1835, el Gobierno espofiol suprime las pensio­ nes; pero' Ponzano consigue salir adelante mediante la protecclon del Conde de Toreno y de la Reina Gobernadora. Por entonces ha concluido notable grupo, todavfa acentuadamente un cldslco, el de Ullses reconocido por Euriclea, para cuya termlnncion fue decisiva la ayuda de su profesor Tenerani. Este grupo, enviado a Madrid como trabajo de pensionado, Ie valio en 1839 el nombramiento de Accdernlco de rnerlto de la de San Fernando. Por desdicha, no conocemos la plezc sino por el grabado en madera que publico el "Semanario Pintoresco " Espofiol (fig. 178); remitida esta obra en 1862 a la Exposlclon de Londres, tuvo la mala for­ tuna de romperse, y nuestros lnsensotos representantes dlplorndtlcos no hallaron mejor solu­ cion que arrojar los fragmentos al Tdrnesls, circunstancia que no sonroja poco tener que con­ signar. Otra producclon de la etapa romana de Ponzano es el gran grupo del Diluvio, 0, por mejor decir, un presunto episodio del mismo, el de una madre salvando a su hijo de las aguas. Fue elogiadfsimo y muy reproducido, pasando a la escalera de la leqcclon de Espana en Roma. Desistlo Ponzano de un proyectado viaje a Egipto, tanto mas cuando, convocado el con­ curso para Ironton del nuevo Congreso de los Diputados, concurrlc a el, otorqdndosele el premio el 29 de octubre de 1848. Varios nfios de duro trabajo en Roma precise el artista para su conclusion, y al cabo de ellos quedo dispuesta para su colocccion la numerosa serie de figuras que 10 integran y que componen el mayor esfuerzo escultorlco del siglo. Es notorio y evidente que la obligada dlsposlclon de un fronton cldslco debe albergar una cornposlclon del mismo signo, so pena de romper la unidad del portico de Pascual y Colomer. Y no fal­ taba a Ponzano educnclon clasicista despues de su larga estancia romana. Sin embargo, los nfios medios del siglo resultaban un tanto tardfos para este genero grandilocuente, ideado y tallado en pie no auge rorndntlco. EI un poco buscado slmbollsmo, ahito de figuras Ilenando un espacio demasiado pequefio, diflcil de ser recogido por el espectador de la fachada del Con- 176 FigS. 176 y 177.-JOSE PIQUER: BUSTOS DE LA REINA GOBERNADORA DONA MARIA CRISTINA (PALACIO REAL, MADRID) Y DE DON VICENTE LOPEZ (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Figs. 178 y 179.-PONCIANO PONZANO: ULiSES RECONOCIDO POR EURICLEA (OBRA DESTRUIDA) Y DETALLE CENTRAL DEL FRONTON DEL PALACIO DE LAS CORTES. 1n t I, I I I -I Fig. 180.-PONCIANO PONZANO: FRONT6N DEL PALACIO DE LAS CORTES. Figs 181 y 182.-JOSE GRAGERA: BUSTO DE VILLANUEVA (MUSEO DEL PRADO) Y ESTATUA DE JOVELLANOS (ANTIGUO SENADO. MADRID). 178 greso, muestra en el centro a Espana abrazando la Constltuclon a (fig. 179), que, logicamente sera la de 1845, una de las menos sirnpdtlcos del siglo. A su derecha, personificaciones de la Justicia, el Valor, las Ciencias, la Paz, la Abundancia, la Ncveqcclon y la Industria; a su lz­ qulerdc, las de la Fuerza, las Bellas Artes, la Armonla, el Comercio, la Agricultura, el Ebro y el Tc]o, bien entendido que estes dos ulttmcs figuras constaban en el proyecto inicial, luego variado. Todo ello (fig. 180), indudablemente correcto, estd realizado con harta frialdad, y I aunque el conjunto sea notablemente mejor que otro semejante y posterior, el de la Biblioteca I , Nacional, no cqrcdo nunca demasiado. EI hecho de que en la conceslon del premio a Pon­ zane mediara un claro favoritismo f por parte de la Reina y del Conde de Toreno, favoritismo t que Ilego al extremo de alargar indebidamente el plazo de cdmlslon de I, I proyectos para que pudlern intervenir Ponzano, susclto comentarios poco favorables entre los artistas. En cuanto a los crltlcos, la verdad es veces han enjuiciado este importante conjunto de escul­ que pocas tura cldsicn retardada. Es muy derta la protecclon oficial obtenida por Ponzono, pues a el fueron confiadas las mas importantes obras de ccrdcter real y estatal. Los mas de los bustos que tal10 fueron de personajes tan significados como la Reina Isabel, la Reina Gobernadora, el Rey consorte, el Rey difunto, la Infanta Luisa Fernanda, los Condes de Quinto, Martfnez de la Rosa, etc. Cuando el discutible exlto de O'Donnell en la guerra de Africa, Ponzano fue quien modele los dos leones de la fachada del fundidos Congreso, en bronce con los canones tomados a los moros. Suya, tam bien, la parte de escultura en-el abigarrado Paraninfo de la Universidad Central. Suya, la decorcclon del tfmpano _de la iglesia de San Jeronimo el Real. Obra estc particularmente infortunada, dado que el artista ni se otrevto a hacer puro realismo ni estaba capacitado para una interpretacion mas tradicional, bien entendido que cqul estaban ex­ cluidas de antemano sus posibilidades neocldslccs, Aun reciblrlo Ponzanoun encargo regio mas ambicioso: el del Pcnteon de Infantes eli la gran iglesia mondstlcc de EI Escorial. La ocurrencia data de 1862, cuando Isabel, queriendo emular nada menos que a Felipe IV en munificencia y amor a las artes, enccrqo a un arqui­ tectodullco, don Jose Segundo de Lema, la idea de un gran cementerio de reinas sin descen­ dencia y de intantes, al lade del severo Ponteon de Reyes. Un verdadero alarde de dispendio en rndrmoles costoslslrnos, de desventuradlsima estetlcc, porque para peor suerte, los tra­ pero bojos, interrumpidos en 1868 a consecuencia de la revoluclon, se recnudcrlcn cun en peor J. epocc, en 1877, terrnindndose en 1888. A la primera etapa corresponde la cctucclon de Pon­ zano, quien ccoqlo el encargo con verdadero entusiasmo. "Podia con gusto aseguraba:_- nacer un hombre, seguir la ccrrerc de escultura y trabajar de balde algunos nfios solo por tener la gloria de ocuparse en enriquecer las tumbas que hablan de contener los restos de don Juan de Austria - cqul enumera otros infantes y de tantos personajes ilustres." -, Ese era el verbo exacto: enriquecer. Los ocho heraldos, la decorcclon general del pcnteon y las tumbcis modele obras de que son ricas, pero nlngrin modo bellas. De su numen precede, sobre todo, la estatua yacente de don Juan de Austria, mala, desproporcionada y rechoncha, trasladada a mdrrnol por Giuseppe Galleotti, la orante, en bronce dorado, de la Infante y Luisa Carlota, acaso mejor que la anterior, pero menos conocida. Ponzcno sobrevivi6 su tiempo, no solo por cfios de vida, sino por su pcrtlclpcclon en est a equlvocadlsima obra. EI mas mimado escultor del siglo falleda en Madrid el 15 de septiem­ bre de 1877. Dejaba fama de clqo mas importante que su estatuaria; de bonlsima y exce- 179 lente persona, calidad comprobable tanto en el dlbu]o en que 10 retratara Federico de Ma­ drazo como en las paginas de su interesante y un poco ingenua autobiograffa, prueba cierta de curiosidad y proposlto de conslqncclon de datos. Y, en fin, no debe olvidnrse que un esfuerzo cual el que supone el fronton del Congreso no era normal en la Espana de su tiempo. Ello, con todas las poslbllldcdes de acierto 0 de error que pueda contener. GRAGERA. Bastante mas artista que Ponzano serlc otro hombre que, con solo una - diferencio de cinco a-nos de nacimiento, ccerto a interpretar con toda exaCtitud la flsonornlc, el eire, el esencial de la misma conocida por el zaragozano. En realidad, la I aroma Espana personalidad cumbre de la escultura romdntlcc espanola puede identificarse con Jose Gra­ gera y Herboso, nacido (Santander), el 24 de agosto de 1818, hl]o de un sargento en Laredo del regimiento provincial de aquella ciudad. En su nlfiez estudlo en Oviedo, tanto en la Unl­ versidad como en la Sociedad Econornico de Amigos del Pels, donde en 1839 reclblo premio por una escultura modelada en burro. Pasa entonces a Madrid e ingresa en las clases de la Academia, las que concurrird por espacio de siete ofios, siendo sus principales profesores a Jose Tomas, Elias Vallejo y Jose Piquer. Parece que cyudo a Tomas en el modelado de la estatua del Valor, en el tantas veces citado monumento al Dos de Mayo; pero, por 10 dernds, no hay datos ace rca del artista en el decenio 1840-1850. Claro es que por los tales cfios no habfa penslones, de modo que el santanderino se vic privado de muchas enseficnzos que bene­ ficiaron a los mayores que el en edad. Sfsabe que concurrlo con tres figuritas a la exposlclon organizada en 1850 por la se Academia, y que desde el nfio siguiente, por 10 menos, trabajaba como restaurador y con­ servador de esculturas en el Museo del Prado y modelaba piezas puramente ornamental'es con destino a los [ardlnes de La Granja. EI puesto del Museo se convertlrlo en nombramiento efectivo de restaurador, a partir de 1857, con el haber de doce mil reales, en virtud, sobre todo, del optlmo informe que sobre Gragera habra emitido Juan Antonio Ribera. Pero escs fechas, en y tras un fracasado intento de obtener pension al extrcnjero, Jose Gragera habfa realizado ya su obra maestra, la gestacion de la cual merece algunos prellrnl­ nares. EI 3 de noviembre de 1853 habra fallecido en Madrid don Juan Alvarez Mendizabal, hombre, politico y hacendista de tan excepcionales dimensiones cual para haber sustanciado todo un capital momento de la Historia de Espana. Fue solemnisimo el entierro, y lIegada la comitiva alviejo cementerio de San Nicolas, don Pascual Madoz lcnzo la idea de erigir un gran pcnteon en reposarlan los restos del finado juntamente con los de don Jose Marra el que Calatrava y don Agustin ArgUelles, y, aisladamente, una estatua 01 estadista que acababa de fallecer. Marcharon rdpldos los preparativos, y se cbrlo el concurso para la estatua, 01 que, inexplicablemente, no concurrieron sino dos escultores. Puede muy bien haber ocurrido que, como opina Pardo Canalis, bloqrofo de Gragera, pesara en otros posibles concurrentes el acusado relieve politico de la persona destinada a ser inmortalizada, eludiendo su llqczcn con un muy claro y determinado ldecrlo. No habra, por consiguiente, dudas ace rca de quien hcbrlc de ser el elegido, y aun es posible asegurar que, de haber sido varios 0 muchos los opositores, el triunfo habrfa seguido siendo para Gragera. Porque se trata 0, rnejor dlcho, - se trataba, pues es forzoso hablar en preterite de uno de los aciertos - mas terminantes y absolutos de nuestra demasiadamente nurneroso estatuaria publica. EI primer proyecto de Gragera habra imaginado al politico de la Descrnortlzcclon a cuerpo, esto es, vistiendo no mas ( 180 que levita, pcntclon y chaleco; la mane izquierda apoyada en la abertura de este. Quizd hubo de escuchar el escultor algunas objeciones 0 se crreplntlo, procediendo en la obra definitiva a envolver a don Juan en una amplia capa de pesados pliegues (fig. 183). Con ello Ilegaba bastante mas lejos de la conquista iniciada por Sola en su Dcolz y Velarde, pues est a era la primera vez en nuestra escultura publica que 'se representaba a un persono]e en su atuendo normal. Por 10 dernds, el retrato perfecto, la actitud serena y rncyestdtlcc, cual cumple a un est a­ dista, 10 ornislon de esos luego se harlan tan irritantes, la efectiva menudos detallismos que grandeza de la postura, son otros tantos ingredientes de este total exlto, entendemos que el culminante de toda 10 escultura romdntico espanola. Incluso la sabida eleganda con que el personaje habfa cuidado siempre su vestimenta, es aquf visible. Recordemos el Episodio Nacio­ nal de Perez Gcldos titulado con el nombre del politico, en que 10 describe con "rostro grave de correctfsimas facciones, el rlzcdo cabello, las patillas tan bien encajadas como los cuellos blancos, yestos en el lioso tcfetdn de 10 negra corbata reluciente, las altas solapas de 10 levita ... , el pcntclon, de corte perfecto, como de sostrerln londinense." Y, no obstante, este grandfsimo acierto estaba destinado a largo calvario. EI modelo habfa sido fundido en bronce, en Paris, la ereccion de 10 por Eck y Durand, en los ofios 1856 y 1857. Todo estaba preparado para estatua en 10 mcdrtlefic plaza del Progreso; pero los escrupulos de 10 Reina, los titubeos de Is­ turlz y 10 declarada animadversion de 10 politico a la sczon dominante aplazaron ese rno­ mento hasta el triunfo de 10 revoluclon de 1868, teniendo lugar 10 lncuqurcclon el 6 de junio de 1869. Poca vida constqulo, pues a los setenta nfios 10 estatua fue apeada y ello es mas - lamentable fundida para aprovechar su bronce. No menores vicisitudes, seguidas de muerte, - tuvo una de las mejores esculturas espofiolos del siglo XIX. Hubiera podido bastar 10 estatua de Mendizabal para rubricar 10 fama de su autor, pero casi 10 igualarla mediante otra rmportcnte estatua, la erigida en el Jardin Botdnlco de Madrid a la memoria del ilustre naturalista don Simon de Rojas Clemente (1777-1827). De nuevo, una obra maestra; de nuevo, tcmblen, el hombre de cienda, ataviado con sus ropas normales, en la diestra un libro, 10 izquierda recogiendo la capa, y 10 mirada un poco perdido hacia las arboledas del Paseo del Prado (fig. 184). Seguramente era efigie mas Intima que 10 de Mendi­ ;< zdbcl, como sl el escultor hubiera bien la diferencia entre el estadista y procurado mercer el estudioso: hombre, uno, de declslones sobre la marcha; soficdor, el otro, de ernpresos mas lentos. En ambos, unci soberbia reposo que solo pueden conceder los grandes de 10 planta, un escultura. Pero tcmblen esta notabillsima figura, deteriorada en nuestro ultima contienda, ha mal que este sustituida por una copia. desaparecido, menos en caso Si estas dos creaciones 10 gentil capo espanola para ele­ uprovecho Gragera en grandes varia a los prestigios de toga cldslcc, no se ctrevlo a hacer otro tanto al tallar en mdrrnol la dignlsima estatua de Jovellanos (fig. 182), con destino 01 antiguo Senado, pues en este caso el gran polfgrafo lIeva puesta 10 toga de jurista. Es figura silenciosa, dlrlornos que drorndtlcc, cual si aflorasen a 10 superficie del rndrrnol las hondas preocupaciones por el destine de Espa­ na que movieron siempre 10 pluma y los desvelos del ,insigne asturiano. Y cun es autor Gra­ Jose Posada Herrera. Tomblen des­ gera de otra estatua de cuerpo entero, la del politico don truida por la guerra, se conserva una reducclon en la colecclon de los descendientes del hom­ bre publico, en la localidad asturiana de Llanes. EI resto de la producclon de Gragera se compone de bustos. En sus funciones de experto ( 181 y cuidador de escultura del Museo del Prado, hubo de modelar los de varios artistas, destinados a decorar una sala italoespaiiola. Eran los bustos de Rafael, Tiziano, Murillo, Goya, Velaz­ quez, Ribera, Leonardo, Juan Guas, Damian Forment y Juan de Villanueva. De ellos, tan solo el ultimo fue pasado a mdrrnol (fig. 181), Y sea por la belleza y buen acabci.do de la ma­ teria, 0 por la simpatla que merece su genial obra, este Villanueva, un tanto idealizado res­ peeto del retrato goyesco, se convierte en otro de los aciertos de Otros superiores Grcqerc, muchos bustos tcllo el santanderino; particularmente notables, el de Mendizabal, en el Palacio I de las Cortes, y el del Marques del Duero, en el antiguo Senado. i mayo L1ego de tam 1897, bien a tener rebasando en por modele mucho la a Alfonso XU, epoco que de ya que el escultor vlvlo hasta el 31 de modo tan afortunado habfa contribuido I aabrillantar. Fue el estatuario rorndntlco por antonomasia, gos de pese a que no conslqulo encar­ gran aparato oficial, ni ncdo en ninguna especie de abundancia. Nl slqulern obtuvo I' 10 que habfan gozado casi todos sus compaiieros: viajes y enseiianzas en el exterior. Segura­ mente, no estuvo en Pads sino 'con motivo de la fundlclon en bronce de su soberbio Men­ dlzdbcl. Pero por todas estas de calibra razones desamparo se mejor la virtualidad de su hermosa obra. I f OTROS ESCULTORES DE LA ESCUELA DE MADRrD. Son pocos en mirnero los que, - incursos en el segundo terclo del siglo, dejcron nombre y obra de suficiente cuantla como a estudio medianamente detenido. En para optar realidad, el cese de los concursos cccde­ micos y el traspaso de enseiianzas a la Escuela Superior de Bellas Artes hecho al - paralelo cambio de sistema dlddctlco de la Arquiteetura - determinaron, primero, un considerable bojen entre los aspirantes a escultores; segundo, el seguimiento de los nuevos cursos como los de una carrera mas. Pero los resultados se verdn mas bien el en perfodo siguiente, ultimo del siglo. Atendamos, en el presente, a algunos modestos escultores. • I Poco mas que un nombre, el madrileiio Fernando Cameron (1815-1844) fue autor de un I retrato de Quevedo. Jose Pagniucci, que parece italiano por su apellido, ncclo y murlo en Madrid (1821-f868), y de el se puede asegurar que era artista hdbll, pero limitado. Habfa tallado con primor los capiteles corintios de la columnata del Congreso, y en la Exposlclon Nacional de 1856 obtuvo primera medalla mdrrnol Ilevando el por su grupo en Penelope de Ulises amantes, obra que el Estado para la Universidad Central. EI otro arco a sus cdqulrlo escultorgalardonado en el mismo concurso fue AndresRodriquez, por un yeso titulado Licurgo presentando sus leyes, hoy de paradero ignorado. En la exposlclon de 1858 lograron premios Pedro Collado, por sus Otryades, y Vietoriano Salmon, Manuel Llove, Cayetano Capuz y Ramon del Fresno. En la de 1860 se dio a conocer Eugenio Duque por su efigie del Cardenal Cisneros, al mismo tiempo que Felipe Moratilla 10 hacfa con un Sacrificio de Isccc volveda - a ser premiado en 1862 por su Fauno y Eduardo Fernandez Pescador obtenfa tercera me­ - dalla por un busto de Iscbel II. Pero este repaso de triunfos effmeros no nos condudrfa muy lejos. A menudo, se trata de escultores de una sola obra, que se cansaron demasiado pronto o que no tenfan granque decir. Ademds, al iniciarse en 1856 un tipo de arte precisamente cosa pensado para producir senscclon momentcinea y tener alguna seguridad de recompensa, el nivel antes tenido por normal bajo de modo mas Por 10 que rdpldo, menos, si bien cansinos y artificiales, los concursos de la Academia dejaban adivinar en cada educando un anhelo de ernulcclon totalmente perdido en los dfas que a-ndamos comentando. 182 , I i 1 t 1 f I l 1 I .. • i I 1 Fig. 183.-JOS� GRAGERA: ESTATUA DE MENDIZAsAL (DESTRUIDA). , I 183 Fig. 184.-JOSE GRAGERA: ESTATUA DE ROJAS CLEMENTE (DESAPARECIDA). Fig. 185.-CAMILO TORREGGIANI: BUSTO DE ISABEL il �MUSEO MUNICIPAL, MADRID). Fig. 186.-RAM6N PADR6: BAJORRELIEVE (CASAS DE XIFRE, BARCELONA). 184 fNTERMEDIO ITALIANO. - Desde el inicio del siglo Espana XVIII habra sido nuestra tierra de promisi6n para muchos artistas italianos, de los que resultarfa ocioso recordar los dedicados a la pintura. Vinieron tnmbien no pocos escultores; de ellos, los mas notables Gae­ tano Merchi y Santiago Baglieto. Pero en el clclo medio que nos ocupa fue creciendo la n6mina Itdllcc, hasta el extremo de que no pueda ser perdonable eludir algunas referencias. La primera cpuntcrd a Carlos Canigia, plornontes, al que ya se pagaron en 1833 dos bustos de la real pcre]c, en rndrrnol de Carrara. Canigia, que habra tallado en Roma un busto del undeclmo Duque de Osuna, 10 que muestra sus buenas relaciones espcfiolos, fue nombrado en 1834 cccdernico de San Fernando; pero en 1840, al solicitar los honores de Escultor de Camara, no obtuvo respuesta afirmativa, ni en 1850, cuando pretendi6 el cargo efectivo. Sin embargo, todavfa en 1851 cobraba por esculturas palatinas. Mayor actividad desplegaron los tres hermanos Silici, componentes de una familia de marmolistas de Carrara. EI mayor, Hermenegildo Silici, parece que no con mayores dotes que las del trabajo en cera, muri6 en Madrid en 1816. Su hermano Angel servla a Carlos IV ya desde 1795, y sus funciones, mas que de escultor propiamente dicho, paredan ser las de tecnlco en mdrrnoles, con 10 que su vida fwe dlflcll, falleciendo sin posibles econ6micos, tcmblen en Madrid, en 1856. EI otro hermano - que por tal se tiene -, Jer6nimo Slllcl, natural de 0 Genova, debi6 trabajar como estuqulsto y marmolista en Palacio Real y en los de EI Esco­ rial y Arnnjuez. Lo mas de su trcbo]o fueron, para emplear su misma palabra, "frioleras". Tam poco, Ie hlcteron gran caso, y muri6 en Madrid en 1850. Mayor habilidad y, desde luego, bastante mejor fortuna, logr6 Camilo Torreggiani, al que en mayo de 1855 se pagaron 34.000 reales el habra pedido mas de 50.000 por un - - extrcfio busto de Isabel (I (fig. 185), hoy conservado en el Museo Municipal. Representa a la Reina cubierta por un delgado velo, plegado y arrugado con la suficiente astucia cual para permitir adivinar 10 oculto. Es un verdadero alarde de tecnicc virtuosista y refinada, que debi6 causar sensaci6n en su tiempo, en tanto que hoy no pasa de la categorfa de curiosidad. Bien cierto es que la conocida Reina queda rnejor con las facciones veladas que descubiertas. Todcvlc cabe mencionar a Santiago Baratta de Leopoldo, de Carrara, escu Itor y co­ merdante en rndrrnoles, quien, de 1862 a 1868, suniinistr6 crecidas remesas de este material para que se dilapidasen en el Pante6n de Infantes de EI Escorial. Y el mismo Baratta recibi6 y cumpli6 el encargo de teller en mdrrnol varias estatuas de heraldos y angeles con que poblar ese desagradable cementerio. Citemos, en fin, a Giuseppe Galleoti, el que traslad6 a rndrrnol las creadones de Ponzano con ese mismo destino. LA GRAN APORTACION CATALANA. - Damian Campeny no hubo mas que uno, y Cctclufic tardarfa muchos cfios en dar a luz un estatuario de semejantes dotes; mas, en esta espera, no escasearon los nombres estimables, y la aportaci6n de la escultura catalana, por gran dicha, historia continuada de trcbcjos y esfuerzos que complementan eficazmente es una el panorama mcdrllefio. Puede ser que, de momento, con individualidades menos poderosas, pero que acabarfan por imponer en el ultimo tercio del siglo su notable ernpu]e, enraizado en la capital. Para lIegar a tal resultado, no podrd olvidarse la conversi6n de la venerable Escuela de l.cn]c en Escuela - luego Superior - de Bellas Artes, ni la complexi6n de Barce­ lona, en definitiva gran eluded, ambientes crtfstlcos que, por no ofidales, mostraron mayor con vitalidad y espontaneidad que los mcdrilefios. Pero no nos interesa anticipar 10 que a su 185 tiempo sera expuesto. Por ahora, comencemos a enumerar los escultores catalanes nacidos despues de 1800; esto es, los plenamente decirnononlcos. EI primer nombre a consldernr es el de Ramon Padro y Pijoan, nacido alrededor de esa fecha clave y muerto San Feliu de en Llobregat, en 1876. Consta haber side disdpulo de Campeny, preferido acaso el del maestro, y del que conservaba la mayorfa de sus bocetos. Dedlco buena parte de sus afanes a la escultura religiosa, para Montserrat, para San Miguel del Puerto y para otras varias iglesias, dentro de una constante tradicional de imaginerfa mas viva en Barcelona que en Madrid. Pero los trozos que obligan a considerar su nombre con el mayor respeto son los medallones y rectdnqulos en tierra cocida con que decor6 las casas de Xtfre, en Barcelona. Los mejores presentan "putti" muy graciosos y rechonchitos (figura 186), pero desconectados del estilo lrnperonte en casi un siglo de retraso. Fellu Elias, que ante estos nifios piensa en Houdon 0 en Clodion, cree que tcmblen se deberdn a este escultor los grupos de nlfios sernejuntes, igualmente en tierra cocida, que adornan el Ateneo bnrcelones. Un balear, Pedro Juan Santandreu y Artigues, natural de Menorca (1808-1838), pudo, en su corta vida, modelar retratos varios de sus paisanos y dos esculturas de corte ckislco - Marte, y Apolo y Dafne -, genero al que habfa lIegado desde sus lnlclules de figuritas nacimiento mediante sus estudios en la academia mcdrllefic, En cuanto Domingo Talaro a y Ribot; bcrcelones (1812-1901), dlsclpulo de Campeny, a su vez maestro de Fortuny y de _ Querol y amigo y benefactor de muchos otros artistas catalanes, es personclldcd curiosa por su evoluclon un poco a la inversa. Sus comienzos, sequn cumple a quien habfa andado cerca del autor de la Lucrecia muerta, fueron neocldslcos, y tanto el arco de triunfo que decoro por encargo de la Junta de Comercio para festejnr la entrada de Fernando vrr en Barcelona (1829), como su bajorrelieve Muerte de Prfamo, de nueve cfios mas tarde, Is> calificaban de closlclsto, tendencia no desmentida por los ornatos de los su purtlclpcclon en porticos de Xifre, estes con efigies de navegantes. Aun, obra de acusado historicismo rorndnflco, el Atila, en el Museo una de Arte Moderno de Madrid. Sin embargo, la mayor parte de su larga vida la dedlco al bele­ nismo - recuerdcn los Nacimientos realizados para el Marques de Dos se Aguas, de Valencia, y para cierta entidad de Montevideo -, y, sobre todo, a la estatuaria religiosa, que Ilego a tener grandfsima fama, y no solo en Cctclufio, sino en tierras americanas, en Flllplncs, y hasta en Constantinopla y Jerusclen, donde se guardan obras suyas. Son muy conocidos sus cruclfljos, de pretensiones sexcentistas no logradas, y sus calvarios, uno de los cuales, y de los mejores conseguidos, se halla en EI Escorial. Su obra maestra parece haber sido el San Miguel, regalado a Leon XU! con motivo de sus bodas de oro, y que se conserva en el Museo Vaticano. Gusto Talarn de emplear maderas no comunes y uno de sus ultlrnos cruclfijos estd tallado en sicomoro. Naddo el mismo cfio que Talarn, Manuel Viler y Roca, bcrcelones, personalidad es mas interesante. Erahijo un ebanista, de 1 y seguramente se inlclo en el arte en el taller paterno. , Discfpulo de Campeny, 10 fue tcrnblen en Roma de Antonio Sola, gracias a una pension de la Junta de Comercio, aprovechando esa estancia para trabar amistad con los escultores Tenerani y Thorwaldsen. Hombre culto y sensible, amante de la rmislca y de las lecturas cldslcos, su ro­ manticismo fue de la especie overbeckiana, y con esta su orientcclon dejo Roma por Flo­ rencia. En 1845 es nombrado Director de Escultura de la Academia de San _ Carlos, de Mejico, y a esta ciudad Ilega al siguiente cfio con el pintor Pelegrfn Clave, despues de pasar por Parfs. 186 tI I 1 Fig. 187.-MANUEL VILAR Y ROCA: ESTATUA DE COL6N (M�XICO, D. F.). Fig. 188.-JUAN FIGUERAS VILA: MONUMENTO A CALDER6N DE LA BARCA (MADRID). Fig. 189.-JOS� BELLVER: MATATfAS (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Fig. 190.-VENANCIO VALLMITJANA: BOCETO PARA ESTATUA DE ISABEL II (COL. CASAS ABARCA, BARCELONA). 187 I I i I ! j I 1 Fig. 191.-VENANCIO VALLMITJANA: FIGARO (MUSEO DE ARTE MODERNO, BARCELONA). Figs. 192 y 193.�AGAPITO VALL­ MITJANA: SAN JUAN DE DIOS (ASILO DE SAN JUAN DE DIOS, BARCELONA) Y CRISTO YACENTE (MUSEO DE ARTE MODER NO, MADRID), 188 Considerable fue la labor de Viler y Roca en la Academia mejicana. Su antecesor, Francisco Terrazas, no pasaba de la imaginerfa religiosa policromada, mas bien popular; pero Vilar impuso el estudio de la anatomfa con modele vivo, el dlbu]o del antiguo y las clases de mo­ delado, vaciado y talla en mdrrnol, haciendo, odernds, adquirir copias en rndrmol de las estatuas mas famosas del Museo Vaticano. Era iluslon Ilevar termlno su a una gran estatua en bronce de don que Ie habfa sido encargada, y que, finalmente, por razones Agustin lnirbide, polftlccs, siguio no adelante. Y aunque descorazonado por este fracaso, lntento Vilar el re­ greso a Espana, era demasiado valiosa su cooperuclon para que no se Ie retuviera. Le pidie­ ron otras varias estatuas, como las de la Malinche, de Moctezuma y del guerrero tlascalteca Tlahuicole. Y, en 1853, la de Cristobal Colon, desde 1892 en la plaza de Buenavista de la capital azteca (fig. 187). Es obra reposada, sinlos ademanes teatrales y brazos extendidos que se hicieron normales en las iconograffas escultoriccs del navegante. Vilar y Roca murlo en Mejico, en 1860, luego de haber formado un nutrido plantel de alumnos y de haber raciona­ lizado en aquellas tierras la enseficnzc de la escultura. Luis Vermeil Busquets, de San Cugat del Valles (1814-1868), apodado "el Peregrino" en rczon de haberlo sido por tierras de Espana, Portugal e rtalia, hombre de y fantasticas raras ideas, cctuo tanto de escultor como de pintor, pero usando de ambas habilidades en la escala mas mfnima, la de la miniatura. Por ejemplo, la reducclon en marfil del Molses de Miguel Angel que tollo para la Reina Gobernadora, quien Ie recompense con ciento ochenta duros. Obras mas importantes fueron la imagen de la Virgen Peregrina, para su santunrlo de Pon­ tevedra, y la restcurcclon de la de Rocaprevera, con cabeza nueva. EI tortosino Jose Aniceto Santigosa Vestraten (1823-1895), medico a la vez que escultor, premiado por su Safo en la Exposlclon Nacional de 1858, se dedico preferentemente a la tee­ nica de la tierra codda e incluso a su explotccion industrial, como director de las Alfarerfas Fita y Torres, de Barcelona. De aquf que sean de su mano innumerables elementos orna­ mentales de iglesias, centres, parques y casas de Cctclufic. De est a producclon un tanto masiva sobresalen la estatua del Genio Catalan que culmina la fuente de la plaza de Palacio y las partes decorativas del monumento a Gnrcerdn Marquet, en la de Medinaceli. Otrosl, tlmpanos, frontones, jarrones, medallones y capiteles, que fueron sustituyendo, por su gran baratura, la digna decorcclon en 'piedra 0 mdrrnol. Ramon Subirat y Codornfu, natural de Mora de Ebro (1828), fue discfpulo de Campeny en Bcrcelonc, y de Francisco Elias, en Madrid. En 1858 se ccornodo definitivamente en est a ciudad, sin duda por su cargo de preparador de escultura cnctcm!cc del Hospital de San Carlos, y estala rczon de que la mayor parte de su obra guarde estrecha relncion con la es Medicina y los medicos. Asl, tnllo las estatuas de i1ustres pntoloqos para el patio de la insti­ tuclon citada, la de Valles para el Museo Antropoloqlco, y el busto del doctor Benavente, en el Retiro mcdrllefio. Suyos tam bien los bustos de don Adelardo Lopez de Ayala, en el Con­ greso, y otro de Lope de Vega. En la catedral del Pilar, de Zaragoza, tallo el poco interesante sepulcro del Arzobispo Caballero, sequn proyecto del arquitecto Manuel Incldn Valdes. I .t -Se ignora el cfio de falledmiento de Subirat, que deblo ser hombre concienzudo y. bien for- mado, pero demasiado Iimitado en sus aspiraciones. Pablo Riera, de Barcelona (1829-1871), apenas es otra cosa que un nombre; se sabe que se estcbleclo en Madrid - allf rnurlc - y que se dedlco a modelar figuritas de toros y toreros. Mas ctenclon merece Juan Figueras Vila, nacido en Gerona el cfio 1829, discfpulo primera- 189 mente del carmel ita exclaustrado Baldomero Palou, despues de Jose Piquer, en Madrid. En 1858 obtuvo una pension en Roma, adonde volvi6 en 1873, luego de ser nombrado cotedrd­ tico de modelado antiguo y ropojes en la Escuela de San Fernando. Hlzo varias esculturas para Cataluiia y para Madrid, slendo la mas notable la de don Pedro Calderon de la Barca, en el inonumento que se Ie erigi6 en la plaza de Santa Ana, en Madrid, en 1874 (fig. 188). En esta ciudad muri6 el escultor en 1881. OTRAS REGIONES. - Mucho mas desmedrada es la escultura conternpordneo de otras tierras espaiiolas con harto prestigio secular en la especialidad. Si atendemos a Valencia, bien cierto es que de allf sali6 Jose Plquer : pero su carrera, vida y exltos son madrileiios. Sin embargo, determinados artistas mantuvieron alguna especie de fuego sagrado, entre ellos, los hermanos Bellver, hljos a su vez de un Francisco Bellver y 1I0p, imaginero que vlvlo entre los siglos xvrrr y xrx. Sus hijos fueron tres, a saber: Francisco, Mariano y Jose. EI mayor en aiios, Francisco Bellver (1812-1890), formado en las Academias de San Carlos de su ciudad natal y de San Fernando, de Madrid, apenas tiene en su haber sino dos obras no religiosas: la Leda, de 1836, y el rapto de Proserpina, de 1843, que Ie valio el nombra­ miento de ccademico en Madrid. Colcboro tcrnbien en motivos ornamentales para obras de Toledo y Segovia; mas casi toda su producclcn consistlo en imaginerfa religiosa para muy varias localidades espaiiolas. Su hermano Mariano, este madrileiio (1817-1876), deblo traba­ jar siempre en obras menores. En cuanto al tercero, Jose, de AVila (1824-1869), obtuvo en la Exposlclcn Nacional de 1862 primera medalla por un Matatfas (fig. 189), muy cpnrotoso de gesto, pero no exento de garbo. EI escultor mas notable de la familia habfa de ser Ricardo Bellver, el hl]o de Francisco. Otros dos nombres va·lencianos. Uno fue Modesto Pastor y Julia, nacido en Albaida, en 1825, buen maestro de numerosos disdpulos y buen imaginero, cuya obra de ccrdcter religioso quedo reg ada por muchas iglesias de la region valenciana, y en otras de Tarragona, Salamanca y Ccrrion de los Condes. EI otro artista valenciano era Felipe Fcrlnos y Torto­ sa (1826-1888), tcmblen imaginero religioso, pero de mayor nmblclon y ernpu]e, por haber trabajado tam bien pasos procesionales. Es angustiosa la penuria de nombres en la escuela sevillana. EI mas relevante de este pe­ I JI. rfodo, Vicente Hernandez Cuquet, nl siquiera es andaluz, sino que noclo en Valencia en 1807. AI ser nombrado, en -1854, profesor de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, no se movie de est a ciudad, donde morirfa en 1868. Dirigio la restcurcclon de la fachada del Ayuntamiento y tcllo algunos bustos, como el de Murillo, en la dicha Escuela, trabajando asimismo en ima­ ginerfa religiosa. LOS VALLMrTJANA. Ahora convendrd regresar a Catalu.iia, 0, mas exaetamente, a - Barcelona, para concluir este clclo de nuestra escultura en el segundo tercio del siglo con la consldercclon de dos hermanos de verdadera importancia en la renovcclon del estilo. Esta especie de hermanos Goncourt de la estatuaria catalana decimononlca eran Venancio y Aga­ pito Vallmitjana y Barbany, ambos barceloneses: el primero, nacido en 1828; el segundo, en 1830. Ambos rebasarfan ampliamente su slqlo, falleciendo, respectivamente, en 1919 y 1905, Y est a longevidad, por otra parte tan feliz, motive que vieran desfilar ante sus ojos demasiadas t6nicas; desde luego, las menos gratas de su tiempo. Los-,Yallmitjana, hljos de un 190 modesto tejedor, merecieron que los ensayos infantiles que realizaban con barro lIamasen 10 ctenclon de cierto jesuita exclaustrado, el Padre Galles, quien cconsejo 10 entrada de los mu­ chachos en 10 Escuela de l.on]c, donde sedan disdpulos de Damian comenzando Campeny, sus estudios hacia el cfio 1849. Acabados estes, continuaron los hermanos con sus figurillas en barro, de donde pasaron 10 gran imaginerfa mediante un encargo mas serio, el de cuatro a estatuas de evangelistas y otra de 10 Fe, para 10 iglesia de los Santos Justo y Pastor, encarga­ das en 1854. AI ofio siguiente modelaban otra de San Isldro para el Instltuto Agrkola, y en 1856 para el templo de San Francisco de Paula. En 1858 se les encarga 10 nueva decorcclon de 10 fachada del Refino, esto es, del edlflclo que albergaba la fundlclon de canones. Yo antes de est a fecha, vacante 10 cdted ra de modelado de la Escuela de Bellas Artes, oposlto 10 misma Venancio, cuyo Abel muerto, tema impuesto por el tribunal, era, sin disputa, a 10 rnejor prueba presentada por los opositores. Habra triunfado en 10 votccion el mediocre rgnacio Palmerola; pero una bien lIevada protesta del mundillo artlstico bcrcelones exiqio 10 nnulcclon del folio, bien que el favorecido resultara ser Andres Aleu, otro opositor. En rea­ lidad, fue este un triunfo para Venancio Vallmitjana, perfectamente rubricado cuando, en 1860, Ie enccrqo Iscbel If una figura de San Jorge. En la misma ocoslon, Agapito habra presentado a 10 Reina mas que excelente estatua en la que 10 Senora una aparecfa teniendo en sus brazos 01 nino Alfonso. Bastante mas bello, verdaderamente gracioso y fresco, con mucho de esta­ tuariO novecentista, era el boceto en barro (fig. 190) de 10 misma figura, cqul desnuda la Reina y dotada de un aire muchachil muy lejano de 10 recllzcclon definitiva. En relcclon con esta obra de cutentlcc belleza, ha prevalecido 10 especie de ser de mono de Vencnclo, pero, por razones de amor fraternal,dejcdo ser firmada por Agapito. Ciertamente, hasta entonces habfa sido hecho en colcborcclon cuanto salfa del taller de los hermanos, y conti­ nuarfa siendolo buena parte, como las estatuas de Averroes, Lulio, San lsldoro, Vives y en Alfonso el Scblo, talladas para. 10 Un iversidad barcelonesa; pero como nos conviene separar en cuanto sea personalidad de coda uno de los artistas, veamos de procurarlo. posible 10 Para ello no nos vle]c idea que conceptuaba a Venancio como mas imcqlnutlvo y a sirve 10 Agapito superior en reflexion. Uno y otro eran profesores de 10 Escuela de Bellas Artes, ambos gozaban de la mejor estirnncion publica, los dos triunfaban largamente en su Barcelona natal. tEs seguro que Agapito era inferior y que confiaba siempre en el "cop d'ull" de su hermano? Intentemos una discrlminnclon. Venancio grandilocuente y exagerado. Su Trcdlcion, premiada en 1890; sus era mas imdqenes religiesas, sus grandes estatuas para el Parque de 10 Ciudadela de Barcelona, son obras mejor 0 peor pensadas, pero frecuentemente frfas y evasivas dentro de su perfecto mo­ delado. Dos esculturas de Venancio nos parecen representor su culmlncclon : una, su Trinidad, de un miguelangelismo bien sentido y traducido; otra, su Nacimiento de Venus, en la cas­ coda del Parque de 10 Ciudadela, grupo esencialmente juvenil y optimista, predsamente encantador, porque la cabeza de 10 diosa, lejos de pretender una idecltzcclon, ret rata fiel­ mente a algtina guapa modelo, con 10 que la alegorfa continua slendo bien humana y cerca­ no. Con todo, no son est as esculturas de muy varia solemnidad las que acreditaron la fama de Venancio Vallmitjana, sino su exlto popular obtenido 01 concurrir con una estatuilla al con­ curso abierto 1873 por el diario parisi no "Le Figaro" para en premiar 10 mejor enccrncclon pldstlcc del heroe de Beaumarchais. La version de Venancio no fue premiada por defermi­ nado folio: el de haber representado a su Ffgaro con una bada de barbero (fig. 191); pero 191 sf Ie proporciono, cdernds de gran renombre, relaciones con Carpeaux, Laurens y los prin­ cipales escultores frcnceses del momento. En 10 sucesivo, este FIgaro serlc conocido y famoso, bien que no pase de la categorfa de gracioso bibelot, haciendo olvidar con frecuencia em­ presas mucho mas serias del llustre escultor cctcldn, En definitiva, no era sino la trcslcclon a escultura menor del repertorio que luego habfa de triunfar de modo abusivo en la pintura de casacones. Cuando conjuntamente la producclon de los hermanos Vallmitjana, Agapito se comenta suele aparecer oscurecido y capitidisminuido por su hermano, 10 que entendemos como muy seria injusticia. Sea 0 no de su mane la grata estatua de muchacha desnuda - tecrlcornente, lscbel H ya elogiada, -, otras obras que sin duda pertenecen a la exclusiva responsabllidad del hermano menor deben figurar entre 10 mas noble de la escultura del siglo. No serdn, por cierto, su estatua ecuestre de don Jaime el Conquistador, modelada con destino a Va­ lencia, ni las personificaciones de la Marina y la Agricultura, en el Parque de la Ciudadela, bien que resulten algo mas amables que las debidas a Venancio, sino un par de totales acier­ cj' I tos, precisamente en el terreno de la estatuaria religiosa, que pueden servir como puntos de arranque en el rericclmlento de est a terndtlcc, 0, mejor dicho, que pudieron servir y no sirvieron. Una de estas obras es el concentrado y nustero San Juan de Dlos, Ilevando en sus brazos un nino enfermo y vendado (fig. 192); escultura de perfecta sobriedad, en talla poll­ cromada, dotada de una contenclon y una serena firmeza poco habituales en su tiempo. EI otro acierto apuntado es el hermoso Cristo yacente (fig. 193), de 1872, conservado en el Museo de Arte Moderno de Madrid, obra de ejemplarfsima limpieza de dlcclon, menos ins­ pirado en las versiones del mismo tema por Gregorio Fernandez de 10 que se ha venido ere­ yendo. En suma, Agapito Vallmitjana debe ser entendido como mas flexible, mas variada­ mente dotado que su hermano, y, justamente por ello, harto menos famoso. Uno y otro obtuvieron recompensas en las exposiciones nacionales: Venancio, primera medalla; Agapito, solo dos segundas y una tercera; 10 que muestra bien como era mas escul­ tor de nuestraera que de la suya. Ambos, tcmbien, trabajaron mucho en la tecnlcc de la tierra cocida, enclteclendolc como pocos de los que a la sczon trataban de resucitarla. Y ambos, en fin, concedieron demasiada beligerancia a la mane de obra ajena, la de faller, que se deja ver un tanto abusivamente en determinados trozos sin vida de esculturas de uno y otro hermano. Sin desenrlo, pero siguiendo una logica de cronologfas, este capitulo se ha extendido hasta momentos novecentistas. A termino tan lejcno condujo la conslderuclon de unos dis­ dpulos de Damian Campeny, un setecentista en tantos aspectos de su vida y de su quehacer. Bien habra observado que el romanticismo de los Vallmitjana no existe, a no ser en muy se determinados fragmentos de Agapito. Y, sin embargo, no cabfa dar tajos cronoloqlcos en est a doble y larga dedlccclon, ya que sirve inmejorablemente como, proloqo a 10 mas cohesivo y caracterfstico de la escultura espanola en el clclo siguiente, al que en realidad pertenecen Agapito y Venancio Vallmitjana, aunque sus fechas de nacimiento declaren 10 contrario. Estos hermanos son como un sfmbolo de las tendencias que desde fecha temprana apetecfan el realismo -flncl del siglo. 192 Fig. 194.-JUAN RODRIGUEZ "EL PANADERO": EMBARQUE DEL MARQUES DE LA ROMANA Y SUS TROPAS (MUSEO RO­ MANTICO. MADRID). Figs. 195 y 196.-J. M. FERNANDEZ CRUZADO: AUTORRETRATO (MUSEO ROMANTICO. MA­ DRID) Y DETALLE DE LA MISA (MUSEO DE BILBAO). 193 � I I. .r- t· ( Fig. 197.-M. RODRiGUEZ DE GUZMAN: LA ROMERiA DE LA VIRGEN DEL PUERTO (MUSEO ROM.A.NTICO. MADRID). 198.­ Fig. MANU'EL CABRAL: LA PROCESION DEL CORPUS EN SEVILLA DE ARTE MODERNO. (MUSEO MADRID). 194 C) LA PINTURA PERFILES GENERALES. Ni la arquitectura, relativamente imbuida del espfritu - de la epoco, ni la escultura, que pas6 casi sin transici6n de la mitologfa desnuda al realismo comi­ nero, serfan capaces de el Romanticismo interpretar en la medida en que 10 hlzo el arte, lnfi­ nitamente mas flexible y rico de posibilidades, del color. Es en estos treinta ofios de pintura rorndntlcc - tcrnblen ha sido lIamada, isabelina 0, como donde aquella efusividad cdlldo - yalta de voz, alternando el optimismo con el duelo afectado, la proeza con la fechorfa vulgar, barajando heroes y sernlheroes con bandidos, logra los mismos pronunciados acentos, graves y agudos, que la historia 0 la literatura del mismo largo momento. y, al estudiarla, mas que con elevadas jerarqufas individuales, daremos con otra [ercrqulc media y muy repartida entre numerosos artistes, consistente en la lograda voluntad de expresar, hasta donde fuera posible, infinitas modulaciones espofiolos buscadas en el hombre, en el pueblo, en la Historia. EI prop6sito de hacerse veraz es mayor de 10 'que hubiera podido ser en ningun otro momento anterior, y, como pocas otras veces, se opera un descubrimiento de Espana, posible por la desaparici6n de vlejos estrechos moldes que antes habfan oprimido al pintor. Hayen la pin­ tura rorndntlcc espanola alga asf como un audible susplro de gratitud por esta libertad que hasta la fecha s610 habfan conquistado criaturas con la categorfa y energfa de Goyci. Y es seguro que hasta sus mas modestos herederos de este tiempo supieron de su lecci6n y de su ejernplo, venerando tdcitn y prdctlccmente al verdadero fundador del romanticismo pict6- rico espcfiol, De cqul la considerable evidencia de Jibertad, de veracidad, de heterogeneidad, . advertibles en los mejores como en los peores . . ' Perfodo nacionalista sin J aparte del grupo nazareno, vinculado pretender serlo, a muy serdn muy determinado las sugerencias del exterior, escasas internacionalismo. Porque si en Espronceda hay mucho Byron, en Arolas bastante Chateaubriand y en Gil y Zarate 0 en Garda Gutierrez no poco Victor Hugo, serfa dificil hallar en nuestros de la misma pintores era semejantes ecos de Daumier 0 Delacroix, aunque sf notables paralelismos proporcionados por la coetaneidad. Y, en puede suma, afirmarse que la pintura rorndntlcc espanola obedece a una vena mas casera y castiza que la anterior 0 posterior del mismo siglo. La notoria modestia de sus fines, la autolimitaci6n de prop6sitos, el nlnqun engolamiento, la ausencia de obligaciones oficiales, se convierten en otras tantas garantfas de la posibilidad del dldloqo que el espectador es permanentemente invitado a entablar con est a pintura de intimidades. Con 10 que se acaba de pronunciar la palabra verdaderamente definidora; ni grandiosidad efectiva 0 fingida, ni falseamientos posltlvos 0 neqntlvos, sino una sensaci6n de cercanfa en todo ambiente y en cada como si los maestros hubieran sido personc]e, caso imposible, - por totalmente desconocidos a la saz6n los grandes intimistas holandeses del siglo XVII. - Por esta misma contenci6n inicial, muchas especialidades de temario resultaron c_on­ vincentes, y, ya se tratara de retratos, de ambientes populares, de otros mas ex6ticos los - africanos cun simplemente la faz monumental de -, Espana primer contacto- con un paisa­ jismo "sui generis" esa -, pintura ccntendrd infinitos grados de seducci6n, emanados los mas de la proqrcmdtlcc sencillez. Gran suerte fue el apartamiento de las clienteles seculares para volver al hallazgo de 10 cotidiano, y bend ita mil veces la desafecci6n palatina para con esta 195 pintura. Isabelina serfa �or la epocc, y no porque debiera ninguna de sus calidades a aque­ Iia mujer vulgar que se lIam6 Isabel fl. En cuanto a sus focos principales, residieron en An­ dalucia, Madrid y Barcelona, siendo obligado comenzar la historia por el lado andaluz, el decano de los tres . en la tarea de configurar la espontaneidad y la sencillez. LOS GADrTANOS TODAVfA SETECENTfSTAS. - La Academia Gaditana de Nobles Artes, funciones desde 1787 y mantenida mas por el fervor de sus componentes que por en nlnqun apoyo oflclcl, salud6 bravamente al siglo XIX mediante la gesti6n de dos artistas, jerezanos ambos y los dos nacidos en cfios muy adentrados en el XVHL Era uno Juan Rodri­ guez y Jimenez, alias "el Panadero", cuyas fechas vitales -1765-1830 parece que debe­ - rfan insertarlo en la estetlco dieciochesca, idea que desmiente su obra. Qulzd por haber puscdo bastantes nfios trabajando en alguna tahona, de donde Ie vendrfa el apodo, y por rio haberse trasladado a Cadiz hasta 1804, lIeg6 tardfamente a la pintura; pero, una vez Ilegado, se dedic6 plenamente al arte y decor6 Sevilla el presbiterio de la iglesia de San Agustfn (1819), en y Usboa y en 0porto, respectivamente, en la iglesia de la Encarnaci6n y el tel6n de boca del teatro. Sinembargo, est actividades as son posteriores al encargo que Ie hiciera la Acade­ mia gaditana de pintar un cuadro en el que se relatase la hczcfic del Marques de la Romana sacando sus tropas de Fionia y trcyendolcs a las files patriotas. En princlplo, el pensamiento de la Academia de Cadiz de abrir era un concurso con este tema; pero los ccndemlcos de Madrid pusieron muchas objeciones y se prefiri6 confiar el cuadro al "Panadero". Reolizolo este (fig. 194) con bastante buen aire, el que habra que descontar algunas en ingenuidades, y 10 firm6 muy orgulloso en 1809, fecha importante por partir de ella una nueva matizaci6n de est a narrativahonorffica, centrada en 10 popular. Mas dentro del mismo tono, escenitas de majos, bailadores y feriantes, algunas de las cuales ccornpcficn en el Museo Rorndntlco la gesta de don Pedro Caro, qulen tcrnblen fue objeto de algun retrato mas por "el Panadero". Y en est a atenci6n para con el costumbrismo sin disfraz, consultado sino el estd el no pueblo, arranque de capital y perseverante enfoque romdntico. un Jerezano igualmente, pero mas joven, nacido en 1781, era Joaqufn Manuel Fernandez Cruzado, otro bravo prologuista del mismo movimiento. Estudi6 en la Academia de Cadiz y estuvo propuesto para pensi6n en Roma, que se troc6 por otra en Sevilla, donde copiarfa a Murillo y Zurbcrdn. Pasa a ornpllcr estudios en Madrid, con Gregorio Ferro; clli Ie sorprende el 2 de mayo de 1808, dfa en que se bate bravamente. Sigue toda la guerra de la Independen­ cia y la concluye con el grado de capitcin. Despues de dos estancias en America, vuelve ci luchar en 1823 contra los Cien Mil Hljos de San Luis, cayendo prisionero. En 1846 fue profesor de la Academia de Cadiz, y su director en 1850, fclleclendo en 1856. De formaci6n rnucho mas rigurosa que la del "Panadero", Fernandez Cruzado era todo un verdadero pintor de muy varia teclc, admirable en los retratos son excelentes la efigie - del propio artista, en el Museo Rorndntlco (fig. 195), Y las de Celestino Mutis, Moreno de Mora, los generales F'reire y Aymerich, en Cadiz - y en los temas populares, cuales las escenas tau­ rinas realizadas con desenfadadfsimo garbo. Un cuadro costumbrista de subida belleza, figu­ rando el Interior de una iglesia (fig. 196), en el Museo de Bilbao, es una obrita maestra rica en agudas observaciones. Y, en fin, cabe a Fernandez Cruzado el curiosa rnerito de haber sido el primero en cultivar la pintura de historia mucho antes de que se pusiera de mod a, pues sus dos muestras de este genero, Gonzalo de C6rdoba y Hernan Cortes y Guatimozin, 196 datan, respectivamente, de 1808 y de 1841; la segunda, por 10 menos, es obra mucho rnejor construida y compuesta que la mayor parte de las teatralidades expuestas cuarenta cfios despues. Y aSI los primeros rorndntlcos conscientes, como de Jerez de la Frontera, es procedentes inician un apasionante capitulo de nuestra pintura. LA ESCUELA DE SEVILLA. - Semejante cdopto 10 mas granado del grupo orientoclon de pintores sevillanos, numerosos e ilustres en contra de las pequefios posibilidades que el Betis of red a a la escultura. En realidad, el decano de la pintura andaluza, Jose Elbo, no era sevi­ llano, sino que ncclo en Ubedc (Juen), en 1802, marchando pronto a Madrid, donde morirla en 1845. Pero ni sus estudios bc]o Jose Aparicio, ni su estrecha conexion con los artistas ma­ drllefios, ni su concurrencia a las exposlclones de la Academia permiten confundirle con un castellano. Sera un lnterprete fldelisirno de las corridas de toros, de los encierros y de las vacadas y toradas, con 10 que alguna critica mnlevolo bien reversible pero en positiva­ - lIego a asegurar que los toros pintados por Elbo disfrutaban de entldcd propia, como las personas. No solo se dedico el artista a esta tendencia popular, sino que determinados retra­ tos, como el de la familia de don Cayetano Fuentes (fig. 200), de 1837, en el Museo Romdntlco, pertenecen, por su sensible dlstinclon, a la rnejor antologla de la epocc. Refirlendonos ahora concretamente a Sevilla, y exceptuando la alta personalidad de Esquivel, con derecho a. capitulo propio, dos de los decanos del costumbrismo hispalense son Jose Roldan Martinez y (1808-1871), no precisamente el mas caracterfstico, ya que forjc su pequefic fama tardlamente, en las exposiciones nacionales, y Manuel Barron y Carri­ llo (1814-1884), mas nutentlco por algunos buenos cuddros de costumbres, como el exce­ lente de Los contrabandistas, en el museo sevillano. En el Palacio Real se guarda su bonlsima Vista de Sevilla, la que, al datar de 1862, no es documento para la epocc en que estamos interesados. Mayor fue la efectividad, fundador de escuela, de Jose como. Dominguez Becquer, nacido en Sevilla en 1805, muerto solo cuarenta ofios mas tarde. En realidad, se deberlc haber lIamado Jose Dominguez Inscustl, porque el apellido Becquer habla perdido en se abuela paterna. Sin embargo, el su compuesto Dominguez Becquer sera el que usen el, su hermano Joaquin y sus hijos Gustavo Adolfo y Valeriano. Jose, el menos dotado de todos, fue retratista muy tradicional y pintor de muchlsimo cuadrito con escenillas andalu­ zas, tipos populares y dernds folklorismo que ya empezaba a interesar al incipiente tu­ rismo extranjero de entonces. La mayor importancia de este plntor no reside en su modes­ ta obra, sino en la circunstancia de haber sido maestro de varios muchachos que alcanzaron mayor renombre. Lo tuvo tam bien mas alto y justificado su hermano Joaquin Dominguez Becquer, igual­ mente sevillano, nacido en 1817 y cuya vida, superando las de sus ilustres sobrinos Gustavo Adolfo y Valeriano, se prolonqo hasta 1879. de la Joaquin Dominguez Becquer, profesor Escuela de Bellas Artes de Sevilla y con abundante actividad en la vida artlstica de la ciudad, fue un pintor muy completo, y si comenzo ayudando a su hermano en la producclon casi industrial de cuadritos de barato populismo, pronto supero esta factura; no se sclto del tema, puesto que seguirfa cultivando las escenas de bailes y [crones andaluzas; pero otras pinturas de mejor complexion, como su Feria de Sevilla, su Interior de la Catedral de Sevilla, su Car- 197 naval en Sevilla, certifican de su buen hacer. Es ejernplnr su Autorretrato en trc]e de cazador, de la Colecclon lbcrrc, de Sevilla, llenzo solo posible en un verdadero maestro, y en cuyos rasgos flsonornlcos parece identificarse el pintor carlista retratado por su sobrino Valeriano. Otro gra� cuadro, Entrevista entre O'Donnell y Muley Abbas, en el Ayuntamiento de Sevilla, pintura que docurnento directamente en Marruecos, es bastante mas artificiosa. Aunque Valeriano Domfnguez Becquer, ultimo retofio de la dinastfa, muriera antes que su tlo, sera rczon segregarlo de est a relcclon, dado que la mayor parte de su obra no es sevillana, mientras sf 10 es del modo mas Ilamativo la de otros representantes de la escuela hispalense. Uno de ellos, Andres Cortes y Aguilar, que nacerfa hacia 1815, es conocido sobre todo por su gran lienzo, firmado en 1852, La feria de Sevilla, en el Museo de Bilbao, pintura divertida y graciosa, pero demasiado popular. En esa misma tonica, pero con mucho mayor rnirnero de recursos, con hartfsima superioridad de donaire y de brfo, destaca la figura de Manuel Rodrfguez de Guzman, tcrnblen sevlllcno (1818-1867) y profesor de la Escuela de Belles Artes de esta eluded, asf como miembro de la Sociedad Protectora de Belles Artes, fun­ dada por Esquivel. Por disdpulo de Jose Dominguez Becquer, su temdtlcc casi serfa obligada I la de bailes y flestcs populcres: pero cornpllco el genero al imaginar nada menos que una gran serie de romerias y fiestas tfpicas, en las que hada intervenir a numerosos figurantes, en alarde de cornposlclon, movimiento y alegre colorido. La del Roclo, La feria de proceslon Sevilla, La feria de Santi ponce, EI entierro de la sardina, La romerfa de la Virgen del Puer­ to (fig. 197), obras todas pintadas entre 1853 y. 1856, son otras tantas demostraciones de las dotes de esta especie de Teniers andaluz de optimismo contagioso al espectador. Mucho menos interesantes son sus cuadros de la serie de los sacramentos Bautismo, Comunlon, etc.-, en - los que no podfa dar la misma nota. Como retratista, cctuo ante las Duquesas de Alba y Me­ dinaceli. De pcre]c gracia, otro sevillano, Jose Rodriguez de Losada, que luego derive hacia la pintura de historia, flrmo en 1843 el salado retrato suyo y de su esposito, vestidos de rncjos (figura 199). I " La dinastfa Cabral da comienzo con un tal Antonio, del que nada cabe importante conslq­ !, pero el hl]o, Manuel I nar; Cabral y Aguado Bejarano (1827-1891). mas disdpulo de Jose Domfnguez Becquer que de su padre, se da como autor de los bonfsimos retratos de Teodora Lamadrid y de Julian Romea, en sus papeles de Adrlcnc Lecouvreur ,y Sullivan, respective­ mente. Sin embargo, mas atractivas que estas las dos pinturas son perspectivas de las celebre­ ciones sevillanas de La del proceslon Corpus (fig. 198) Y de La del Viernes Santo, en el Museo de Arte Moderno y en el Palacio Real, cada una con centenares de figuritas y con un decidido proposlto documental de amena conternplcclon. Aun, un notable retratista sevillano, Jose Marfa Romero Lopez. autor de dos retratos de la familia Scntclo el Museo de Arte Moderno y del muy en grato del guardiamarina Rodriguez de la Borbolla, en el Rorndntlco. Romero, para no ser excepclon en su ciudad, pinto tcrnblen escenillas populares tan saladas como las de sus compcfieros, LA GRAN ESCUELA MADRfLEJ\lA. LEONARDO ALENZA. - La otenclon merecida por los andaluces ha lIevado hasta nos cfiosrnuy tardfos, que ahora es preciso remontar ante la consldercclon del romanticismo mcdrllefio y de su fundador, el gloriOSO, dotadfsimo y_ malo­ grado Alenza. Un creador de primerlsima categorfa, coartada en sus posibilidades mejores por la pequeiiez que en todos los sentidos rodeo y cerco a nuestro hombre. 198 " I- '. r I' I [ Fig. 199.-J. RODRIGU.EZ DE LOSADA: AUTORRETRATO CON SU ESPOSA (MUSEO DE CADIZ). Fig. 200.-JOSE ELBO: LA FA­ MILIA DE FUENTES (MUSEO ROMANTICO, MADRID). Figs. 201 y 202.-LEONARDO ALENZA: AUTORRETRATO (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID); DAVID Y GOLIATH (ACADEMIA DE SAN FERNANDO, MADRID). 199 1 r 203.-LEONARDO ALENZA: ESCENA SINIESTRA (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Fig. 200 j Figs. 204, 205 Y 206.-LEONARDO ALENZA: PAREJA DE PINTURAS SATIRIZANDO EL ROMANTICISMO (MUSEO ROMANTICO. MADRID); EL SACAMUELAS (MUSEO DE ARTE MODERNO. MADRID). 201 r '. " i I -�" -It: v r. ..:3;;e.;�'""l".t"� ,� . FigS. 207 Y 208.-LEONARDO ALENZA: DIBUJOS (BIBLIOTECA NACIONAL, MADRID). Leonardo Alenza y Nieto ncclo en Maddd, el 6 de noviembre de 1807, siendo bautizado en la iglesia de San Andres. Fueron sus padres don Valentin Alenza y dona Marfa Nieto, y prontamente fallecida esta, el padre volvlo a casar con una tal dona Micaela, harpia certi­ ficada. Habra que decir que don Valentin Alenza era poetastro rcrnplon y servil, adulador rastrero de Fernando vrr, y que la madrastra Micaela mantuvo hasta el fin de su larguisima vida, extinta a mas de los noventa ofios, toda una colecclon de perros, gatos y cucarachas, consecuencia est a de la general suciedad de la casa. Se comprende bien que con tales padre y madrastra, Alenza, ya de suyo enfermizo y delicado, hiciera concentrado y no pensnse i se mas que en su declarada cflclon a la pintura. Estudlo en la Academia de San Fernando bn]o la ferula de Madrazo, Aparicio y Ribera; pero todo 10 que se pueda decir de semejantes ensefinnzcs es que las aficiones, la terndtlcc y el quehacer del artista resultaron 10 mas con­ trapuesto las mismas en que pudiera soficrse. Tan solo a aprovecharia cuanto tocase derecha­ mente al estricto oflcio y de la prdctlco pintura. Puede que si se hubieran conservadoser dos cucdros de circunstancias -Las Ciencias y las Artes llorcndo la muerte de Fernando VII y Jura de la Reina Gobernadora, ambos de 1833 suplercmos algo de la etapa relativamente - cccdemlcc de Leonardo Alenza. Otro cuad ro suyo de ccrdcter mas 0 menos oflclcl, el de la Muerte de Daoiz, de 1835. Que ninguna de estas incursiones fuera de la temdtlcc que verdaderamente Ie atraia mereciera gran las altas esferas parece cosa comprobada. Y si cficdlrnos un ctenclon en modo de ser un poco hurcfio y nada amigo de trepar, se obtendrd, en consecuencia, que las gentes retratadas por Alenza fueran, aparte de don Agustin ArgUelles, de condlclon modeste, De sus efigies, es valiosa ninguna otra el prodigioso Autorretrato (fig. 201) del Museo como de Arte Moderno, pieza de superior factura, rica de pasta, perfecta de encuadre. Sus otros per­ soncjes: la prima Manolita Alenza; Alejandro de la Pen a, conserje del Museo del Prado; el comerciante Sainz, la esposa del conserje del Museo, etc., tipifican una mesocracia mcdrllefic que de diflcll modo pudiera entenderse conternpordneo de los fantasmones en uniforme de don Vicente Lopez. Son criaturas sencillas, extraidas de la masa del pueblo y compartiendo todas sus penas y alegrias, sin que se alejen de esta vida Passuti, administrador del Duque aquel de Osuna, 0 la bailarina Dlez, retrato muy ponderado, pero que si se conserva sera en algun lugar de America. Retratos, en fin, poco numerosos por desgracia, pero mucho mas parleros y decidores de la sociedad rorndnticc que los del citado Lopez, incluso que los de Esquivel 0 Madrazo. Pero sl la actividad de Alenza retratista fue limitada, de la vida como sus escenas popular, humilde, muchas suburbial y barriobajera de Madrid, son numerosas. Un certero ins­ veces tinto de cronista Ie hace dirigirse a los arrabales, a las tabernas, a los antros frecuentados por tristes gentezuelas, a los descampados donde los barberos afeitan cara al sol, los ciegos recitan sus coplas, los desharrapados se despiojan. Leonardo es duefio de un prodigioso poderfo captador de tipos, mucho mas indicadores de la vida nutentlco y desnuda que esos espanola los acomodados. Mientras en Andaluda el tipismo plctorlco se ha convertido en alegrfa dema­ siado espectacular para ser clertc, las criaturas sorprendidas por Alenza no son rientes ni llorosos, sino de una precision de abrumadora dosis de fidelidad (fig. 206). Las capas y los refajos, los tufos y las pelambres, el desorden y la dejcdez en que anidan las holganzas, la destartalada vida de los desposefdos, nada de esto puede ser motivo de un folklorismo opti­ mista. Mas de una vez croniza la violencia rufa de la ncvc]c desenvainada en plena mcje- 203 za (fig. 203), Y es entonces cuando las soiiadas interconexiones entre pintura y cptimcs letras aparecen con el recuerdo de Espronceda en su "Diablo Mundo": "Si mojas a alguno, cuida de endiiiarie al corczon ... No se olvida una lntencion y un beneficio se olvida." Conse]o de quien era "De chata y abultada catadura; de entrecana y revuelta espesa ceja; ojos saltones y mirada dura; blanca trechos y bermeja; patilla a la frente estrecha y de color oscu ra; " ro]o el pelo, como dspero guedeja ... De estas gentes de tronfo hay cumplidfsima las muestra en dibujos de Alenza, pinturas y aunque est a claro que el artista [cmds leerlc el poema de Espronceda, trabajado por 1840-1841. Era solo el lnteres hacia 10 popular, su traza y su lenguaje, 10 que paralelizaba los esfuerzos de ambos genios: uno de ellos, conscientemente romdntico ; el otro, siendolo sin saberlo. A cuyo propcslto sera bueno ya salir al paso de la falsfsima creencia de que Alenza fuera imitador de Goya, desproposlto de exlto tradicional por la misma rczon de ser inadmisible. Poco 0 nlnqun goyismo es visible en esta comedia humana arrabalera de Leonardo Alenza, abordada de suerte conscientemente grafica, nunca circunstancial, nunca tampoco tomada para pretexto de saciedad colorista, ni 'blen 0 mal humorada, nl crftica, ni sdrcdstlcc. Sencilla­ mente, y no es poco, cronlcc flel. Sobre si Alenza se daba 0 no cuenta de andar crean do una pintura acorde con los sentimientos de su tiempo, bcstcrdn los dos cuadritos (figs. 204 y 205) en que satiriza al Romanticismo: sulcldos, ahorcados, panteones, filtros envenenados, amor ridlculo imposible. e La verdad es que el sospechaba que la unlcc esencia del Romanticismo vigente fuera la literaria, la mas exagerada y gesticulante, parece que sin comprender que el mismo colcborobc en su complexion con otra faceta popular, muy cara en su desenfado al mismo movimiento. Sl Alenza no era plntor cortesano, ni cccdernlco ni demasiado bien visto, tenida cuenta de su independencia, en las esferas rectoras de nuestro arte, su concurrencia a exposiciones acon­ sejo hacerlo nccdernlco de San Fernando. La pieza a este proposlto presentada el 6 de novlern­ bre de 1842 David y Goliath (fig. 202) - era la mas extraiia en hombre de su - especiali­ dad temdtlcc, y claro estd que impuesta. No es excelente ni detestable, sino su cflrrnccion de poder abordar cualquier genero, ni mas ni menos que otros pintores. Le duro poco la condi­ cion cccdernlcc, ya que murio el 30 de [unlo de 1845. Y no se Ie enterro en la fosa cornun del cementerio de la Puerta de Fuencarral porque, muy a ultima hora, una colecta procure se­ pultura individual para el gran artista madrileiio. Hartzenbusch escriblo entonces el soneto dedicado a Alenza y publicado luego en "EI Artiste", cuyo primer terceto comenzaba asf: " "Genio en ti, Alenza, con virtud se unfa ... 204 II.-LEONARDO ALENZA: EL GALLEGO DE LOS CURRITOS (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). , I 1 . I Pero esa virtud se. reconoclo tarde, y nunca sabremos cucintas estrecheces y desprecios sufrirfa nuestro hombre, metido en su casa de la plazuela de San Iidefonso, solo, dibujnndo constantemente. Encargos importantes no tuvo, y el aire especializado, voluntariamente rno­ noqrdflco, de su producclon, parecfa rehuirlos. Es posible, y aun seguro, que sus cuadritos costumbristas se �endieran bien; pero claro est a que a precios que de ningun modo podlcn ser elevados. Temas como EI ajusticiado, Bandidos orando ante la cabeza de cornpcfiero, un Frailes repartiendo la sopa boba, La rlfio en el meson, Vle]o azotando a un muchacho, EI avaro despldlendose de sus tesoros, EI gallego de los curritos de gUinol (lam. II), EI carnaval, La loteria, Asesinato e informacion judicial, etc., obligaban a un tcrncfio muy reducido, como reducida habria de ser la ganancia. Son estos cuadritos muy brillantes de color, sin que falten tinieblas diestramente contrastadas, y la bravura de la lnsplrcclon, nunca perdida en el proceso in­ termedio hasta quedar el oleo concluso, arguye una gran rapidez de ejecuclon, que no seria premeditada y con vistas a la venta fdcil e inmediata, sino consecuencia del mismo brio creacional. Que los doctos y graves no aprobaban la dedlcccion dicha puede com­ varones ,j probarse en un lamento del cccdernlco don Jose Caveda, otras veces citado: [Ldstlrnc, por cierto, que haya perdido el Arte este profesor en los rnejores dies de suvida, cuando sus felices disposiciones, mas largo tiempo cultivadas, habricn contribuido, sin duda, a procurarle ma­ la fcbrlcccion I yo res adelantos!" Palabras impresas en 1867, cuando el "adelanto" consistfa en , v de cuadros enormes, pintados sin Una sola chispa de la gracia y del nervio en que tan rnlllo­ nario mostraba ser nuestro Alenza. que est a su dedlcccion intima estuvo muy Iejos de granjearle simpatfas, Lo indudable es habiendo testimonio de su despego hacia Villaamil, y por cierto que tam poco el las prodiqo, del que, en realidad, estaba tan poco distanciado en proqrorndticc ideal. La consecuencia es que Leonardo.Alenza no se movie de Madrid, ni pudo sonar en nlnqun vlc]e al extranjero, ni encontro premios, ni obtuvo benevolencia de la crltica, a la sczon en pericles. Ello ccenruo su consciente misantropfa y redondeo su soledad, cportdndole de tertulias y corrlllos. Con 10 fue la muestra del Cafe que el rnejor contrato logrado, de mayores vuelos y mas categorfa, de Levante, solo conocida por los dibujos preliminares (fig. 210). Serle deliciosa, y algo asf como la obra cumbre del costumbrismo mcdrilefio rorndntlco. Quien mas ayud6 a Leonardo " fue Mesonero Romanos, requiriendo su colcborcclon para el "Semanario Pintoresco Espofiol " y las "Escenas matritenses". Habia dibujado tcrnblen para "EI Refle]o y "EI Renadmiento", y estas actividades representan solo una minima parte de su labor dibujistica. No menos de 1.750 madrastra, y los fue vendiendo poco a poco, como los libros del dlbujos posefa su la Biblioteca Nacional, los que poetastro don Valentfn. En 1877 cornpro mas de cuatrocientos fueron estudiados por don Angel Barcia. Y, Ilegados aqui, no se sabria ponderar suficiente­ mente la infinita maestria de Alenza como dibujcnte (figs. 207, 208 Y 209). Rasgueaba siempre con pluma de ave, y con una desenvoltura, una precision y un garbo, un desparpajo y una i asombran. Habrfa que retroceder al siglo xvn y a Antonio del Castillo para T seguridad que hallar semejantes fluidez y facilidad. Como tendriamos que venir a nuestro tiempo para esta­ blecer nuestros mas desenfadados dibujantes. No pudo ser verdad este tesoro un cote]o con de observccion popular sino mediante los vagares y correteos de Alenza que sf cons­ aguda - tan - entre las buenas gentes humildes de su Madrid. Fue tcrnblen el artista mas 0 menos grabador. En madera, desde luego, para las ilustra­ ciones editoriales dichas, en 10 que Ie enccrnlno y animo Mesonero Romanos; pero tcrnblen 206 I 1 1" ; ';;{.�D -��- = $& ..... " 'Y' - i}l, , . . . . i T Figs. 209 Y 210.-LEONARDO ALENZA: DIBUJO (BIBLIOTECA NACIONAL. MADRID); DIBUJO PARA LA MUESTRA DEL CAF� DE LEVANTE (MUSEO MUNICfPAL. MADRID). 207 :.- I j �. ! Fig. 211.-ANTONIO ESQUIVEL: DAVID (COL. MARQUtS DE VILLABR�GIMA. MADRID). 208 al aguafuerte, ocho pruebos de cuya dedlccclon, unas fracasadas y otras perfectas, se guar­ dan en la Biblioteca Nacional. Pero los dibujos que compusieron una serie de' "Caprichos", por la insistente idea de considerar a Alenza epfgono e imitador de Goya, fueron grabados al aguafuerte por don Cristobal Ferriz y don Isidoro Rosell, hacia 1875. Ni son tales capri­ chos ni tienen que ver con Goya. Las modestas gallardfas y la fiera independencia de Leo­ nardo Alenza son estrictamente suyas y de su tiempo; castizas y tradicionales, sin especie de duda, pero sin mayores debitos a cuanto no fuera escucha y consulta de un popularismo nada disfrazado de falsas y toplcos alegrfas, sino el veraz, el cutentlco, el sufrido. LOS SEVILLANOS EN MADRID. ESQUrVEL. - La fusion de la escuela andaluza y la mcdrilefic, de memorable provecho para estc,opera gracias a se la presencia en la capital de dos insignes sevillanos: Antonio Jose Esquivel y Gutierrez de la Vega, extraordinarios pintores ambos y cada uno merecedor de infinita ctencion por sus logros y calidades. Y, a la cabeza, Esquivel, en quien veremos 10 mas sustantivo y central del Romanticismo. Se lIamaba Antonio MarfaEsquivel y Suarez de Urbina, y vio la luz en Sevilla el 8 de marzo de 1806. Era su madre dona Lucrecia Suarez de Urbina, unlcc valedora del futuro pintor, ya que el padre, don Francisco oficial de caballerfa, habra muerto Esquivel, 1808, en en la gran batalla de Bollen. Pese las a consiguientes estrecheces econornlcos, Antonio Es­ qulvel recibe primera forrncclon en el su Colegio de Santo Tomas, y es enviado luego a la Academia sevillana de Bellas Artes, bien dirigido por l!n oscuro pintor hispalense Ilamado Francisco Gutierrez. Otro protector sera el dorador Francisco de Ojeda, primer estudio del que sera consumado retratista. Tal es la vida del muchacho hasta que en 1823 tiene lugar la indignante invasion de los Cien Mil Hljos de San Luis. Esquivel no titubea; se agrega a las filas liberales, primero en laSeptima Compcfilc, luego la de Granaderos, y defiende la en plaza de Cadiz. Parece no haber sido luego objeto de represalias por parte del absolutismo. Reanuda su vida de ahora protegido por un empleado Ilamado Guillermo pintor provinciano, Estrochdn, y en 1827 dona Antonia de Rivas. Por entonces casa con ganaba su vida pintando cuadritos sin duda, los obligados de temas andaluces tfpicos - -, pronta y baratamente vendidos. EI vlc]e Madrid, desde hace mucho tiempo ambicionado, tiene efecto en 1831, merced a a dineros facilitados por el consul ingles en Sevilla, Mr. Williams. Llega Esquivel a la Corte precedido de algun renombre y Se se prepara [ustlficcrlo. a presenta al concurso de 1832, de la Academia de San Fernando, y es recompensado con el titulo de Accdernlco de Merito. Se defiende pintando las habituales escenitas sevillanas y cuadros religiosos mas 0 menos murillescos, a la par que se introduce en las files de la ardiente juventud rorndnticc madri­ lena. Acude a las exposiciones de 1835, 1837 Y 1838, Y en el segundo de dichos cfios es uno de J 'i. los mas entusiastas contribuyentes la fundccion del Liceo, la gran entidad cultural del Madrid a f de la regencia de Marfa Cristina. En el otofio de 1838 vuelve a Sevilla y coopera tcrnbien a la I orqonlzcclon del Liceo Sevillano, sin dejnr de pintar, ahora ya con el prestigio ganado en Madrid. Pero, en medio de este exlto obtenido a pulso, un cfio mas tarde sufre la gran prueba de quedar ciego. Desgracia fundamental para cualquiera, es doble en un pintor. Se comprende que rei­ teradamente intentara suicidarse, imposibilitada por la ceguera dedlccclon, su a la vez, medio de vida. Pero la estrecha solidaridad de todo el mundillo artfstico y literario de Madrid 209 y Sevilla corrlo en, su ayuda. La composlclcn poetlca "EI pintor ciego ", de don Juan del Peral, Inlclo un vasto movimiento de ayuda, encauzado por 10 suscripclon que en su favor abriera Jenaro Perez Villaamil, por lcdoncclon de obras por parte de varios pintores y. por 10 funclon de Madrid, con 10 colcborcclon de Breton que un dia de abril de 1840 tuvo efecto en el Liceo de los Herreros, Hartzenbusch, Campoamor, Romero Larranaga, Zorrilla y Espronceda. Se reccudo con todo ello el dinero suficiente para que el ilustre dego marchase 01 extranjero, consultase con afamados oftclmoloqos y, en definitiva, recuperase 10 vision. En 10 primavera I de 1841, yo curado, estd de nuevo en Madrid, y, 01 ofio de 10 funclon benefice, presenta en el t mismo Liceo un gran cuadro votivo, cuyo tema de ccclon de gracias era el de La ccldc de Luzbel. Desde entonces todo sera mas fdcll en Esquivel. EI 19 de diciembre 10 vida de Antonio de 1843 es nombrado Pinter de Camara y en 1847 obtiene el grade de uccdernlco de mirnero de 10 de San Fernando. Repnrtird su actividad entre 10 pintura, 10 critica de arte e incluso 10 redccclon de textos diddctlcos, como el "Tratado de Anatomia Plctorlcc ". Aun concurrlrd , a 10 primera Exposlclon porque fallece en su Nacional de Bellas Artes, 10 de 1856. Y coso de 10 plaza del Cordon el 9 de abril de no sigue 1857, adelante a su actividad los solos cincuenta l �- y un ofios de edad. Eralegitimo que Esquivel se esforzara en ser pintor completo y que procurase abordar todos los generos poslbles, cual efectivamente hizo, bien que los propios hechos Ie fueran confirmando en, 10 opinion que hoy todos compartimos: 10 de haber sido, antes que toda otra coso, un consurncdo retratista. Pero sus comienzos de plntor de genero y los encargos nor­ males en una ciudad tan tradicional como Sevilla Ie hicieron proceder de modo muy dlverso. Su Trcnsflgurcclcn, de 1837; los Apostoles, del mismo cfio, pintados para 10 Catedral de Se­ villa; sus Santos Justa y Rufina, de 1842; 10 Virgen del Carmen, del cfio siguiente, hasta el Cristo de Qultapescres, de 1857, encargado por 10 Reina Gobernadora en devocion 01 lugar en que se prometlc a Munoz, son, con otras varias obras intermedias, hitos de una pintura religiosa de corte castizamente sexcentista, con notorios ecos de Murillo y de otros maestros sevillanos, pero de no muy sobrada personalidad, sustituida por una cfectccion como de coso no sentida. Otras pinturas de tema biblico Addn y Eva, La Casta Susana, Jose y 10 mujer - 1 de Putifar, todas en el Museo de Sevilla son de cornposlcion forzada, artificiosa y declo­ t - motoria. En realidad, su cuadro religioso mas relevante, sin duda porque virtualmente es un retrato, creemos sea el gallardo y seguro David triunfante (fig. 211), en 10 Colecclon Villa­ atavismos de 10 brdqlrnc, de Madrid, pintado en 1846. Es en el donde se observan los mejores colorista. pintura religiosa andaJuza del pasado, unidos a las dotes de perfecto dibujante y Tcrnbien cbordo Esquivel el tema historlco, con pretendidas resurrecciones de Sancho IV, Dona Blanca de Borbon, Colon en La Rdbldo Y La Campana de Huesca, seqrin comenzaba a pedir 10 modo desde sugestiones emitidas en las alturas; pero sera bueno abstenerse de su glosa, sus raras salidas 01 campo de 10 mitologfa dieron que poco favor haria 01 artista. Y, en cambio, no conocida, el suavfsimo y pre­ por resultado, aparte de una Psiquis y Cupido citada, pero cioso cuadro, pintado en 1842, Venus con cuatro ndyndes (fig. 212). Tema mas bien con­ nada semejante gruente con el pasado neoclasicismo, nunca, durante su vigencia, se produjo en delicada y recatada .bellezc, en fiel cornprenslon de 10 diosa del amor. Luego de ser alabada esta obra y el firme David, podrd deducirse que Esquivel fuera, ante todo, artista cuadros de composlclon, 10 que es cierto, aunque 10 reunion para figuras aisladas y no para 210 Fig. 212.-ANTONIO ESQUIVEL: VENUS (COL. ANDREU, BARCELONA). 211 Fig. 213.-ANTONIO ESQUIVEL: EL GENERAL PRIM (MUSEO ROMANTICO. MADRID). 212 Figs. 214, 215 Y 216.-ANTONIO ESQUIVEL: AUTORRETRATO, EL NINO FLORES CALDERON (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID); REUNION DE ARTISTAS TEATRALES (MUSEO ROMANTICO, MADRID). 213 I. I Fig. 217.-ANTONIO ESQUIVEL: REUNION DE L1TERATOS EN EL ESTUDIO DEL ARTISTA. DETA�LE (MUSEO DE ARTE MO­ DERNO. MADRID). 214 - diferente de la integraci6n de actitudes que se significa como composici6n - haya sido motivo en Esquivel de una obra verdaderamente maestra. De donde derechamente pasamos considerar la cutenticn gran dedicaci6n esquive­ a liana, la de retratista. Siendo 16gico que tanto personc]e de su tiempo anhelase la perpetuidad f1sica como corolario destinado a eternidad de proezas nutentlccs 0 sinceras, fue legi6n de criaturas la que pos6 ante sus pinceles, gustaba de autorretratarse (fig. 214), y el mismo exhibiendo su cabello bronco, su cefio, su poblado bigote y su perilla. Y son abundantes estos autorretratos, en los que Esquivel soltarfa su mano y se ejercltnrlc antes de enfrentarse con sus clientes. Fueron estes numerosfsimos, comenzando por Isabel rr y por Luisa Fernanda; siguiendo jerdrqulcarnente con Espartero, visto en toda su gala y gloria en la versi6n del Museo de Cadiz; con [oven y a muchas leguas de la cclle del Turco, montando don Juan Prim, todavia caballo blanco en una ccmpcfic mas supuesta que real (fig. 213); con muchos polltlcos y mi­ nistros Mendfzdbcl, Joaqufn Marfa L6pez, lsnirlz, Plo Pita Pizarro, Alonso Martinez, Cor­ - tina, etc. -, y con casi incontable cantidad de burgueses, altos empleados, militares, arist6- f. cratas, intelectuales, etc. Siendo tales retratos de los Indlvlduos, 10 son mayormente de una epoco, narrada con un rigor documental de primer orden, ennoblecida por la proqrcmdtlcc agudeza normal en Esquivel. Naturalmente, son los mas gratos los semblantes de los menos i conspicuos, los de las mujeres, los de los nlfios: de toda la copiosa galerfa esquiveliana, siempre destcccrdn personalidades tan gratas e inicialmente amigas como don Santiago Miranda, 0 los nlfios Manuel (fig. 215)Y Rafaela Flores Calder6n, 0 damas desconocidas, pero .cuyas be­ lIezas y hnsta virtudes persisten por obra y gracia del retratista sevillano. Toda una galerfa lconoqrdficn de la clase media yalta del Madrid rorndntlco. Y hay, sin embargo, una superaci6n de tono, una elevaci6n de miras, en los dos cuadros colectivos de Esquivel, el de los acto res y el de .los literatos, impagable cr6nica del tiempo. EI primero, inacabado, nos muestra a Ventura de la Vega, en el escenario del Teatro del Prlnclpe, leyendo el original de alguna comedia a la cornpcfilo titular (fig. 216). Fecha po­ sible, la de 1845, y personajes lnsertos, cdernds del escrltor, Julian Romea, Matilde Dfez y Teo­ dora Lamadrid; mas diffcilmente identificables, otros, hasta untotal de cincuenta y tres. Se con­ serva este cuadro en el Museo Rorndntlco y parece una preparad6n para empresa de mas qullctes, la consagraci6n tiempo, est a en el Museo de Arte Moderno. de los Iiteratos del Aquf, no s610 la obra maestra de Esquivel, sino el rnejor documento lconoqrdflco de la mas ilustre sel.ecci6n de escritores del siglo (figs. 27, 217 Y 218). En el estudio de Esqulvel.ique I. la pintura de un cuadro religioso, se congregan cuarenta y un por un momento suspende literatos, y se ofinden los retratos de dos ya entonces difuntos, el duque de Rivas y Jose de Es­ pronceda. Zorrilla, al centro izquierdo de la composici6n, lee unas poeslos, escuchadas por los mas relevantes de sus colegas. Sentados, Juan Nicasio Gallego, Gil y Zarate, Bret6n de los a un lado; en el Herreros, Antonio Ros de Olano, Javier de Burgos y Martinez de la Rosa, opuesto, Mesonero Romanos, el Duque de Frfas y Agustin Duran. En pie, de izquierda a dere­ cha, Ferrer del Rio, Hartzenbusch, Rodrfguez Rubl, Gil y Baus, Cayetano Rosell, Antonio Flores, Patricio de la Escosura, el Conde de Toreno, Joaqufn Pacheco, Mariano Roca de Togores, el Conde de Cheste, Gabino Tejndo, Jose Amador de los Rfos, Luis Valladares, Carlos Doncel, Guell y Rente, Jose Fernandez de la Vega, Ventura de la Vega, Luis Olona, Julian Romea, Jose QUintana, Jose Marfa Dloz, Ram6n de Campoamor, Manuel Ccfiete, Pedro de Madrazo, 215 Aureliano Fernandez Guerra, Candido Nocedal, Gregorio Romero Larraiiaga, Eusebio As­ querino y Manuel Juan Diana. Estaban todos, los mas y los menos insignes; pero Martinez Villergas, no incluido en la glorificacion, no escctirno sus pullas contra el cuadro que lIamaba de "Ia pandilla". [Glorioso pandilla, aunque 10 hubiera sido! Este es el cucdro mas entra­ ficble, mas trascendental e insustituible de todo el siglo XIX espcfiol, prenda de un momento de perfecta coordinncion entre artes y letras, cuadro casi sin precedentes ni consecuentes, unlco y fundamentalfsimo en la historia de nuestra cultura. Y, al firmarlo Esquivel en 1846, estableda bien, preciscmente al mediar la centuria, el momento mas caliente, seductor y rico en figuras ilustres, de nuestro Romanticismo. Es tcrnbien imprescindible consignar que se trata del primer cuadro con una reunion de intelectuales en el estudio de un artista. Courbet no plntnrd su celebre "Atelier" hasta 1855, crenndo una trcdlclon que sequirdn, entre otros, Fantin Latour y Maurice Denis. Otra rozon mas para que tributemos verdadera devoclon a la obra maestra de Esquivel, al cuadro de la gloriosa "pandilla" de autores de nuestras mejores letras. . Antonio Esquivel no creo escuela. De sus hljos, Carlos y Vicente, el primero (1830-1867) logro algunos modestos exltos por sus envlos de cuadros de genero y de historia a las expo­ siciones nacionales. LOS SEVrLLANOS EN MADRrD. GUTIERREZ DE LA VEGA. - Un daro paralelo con Esquivel es el ofrecido por Jose Gutierrez de la Vega, menor en fama, pero de runqun modo en meritos, aunque no tenga en su haber pintura tan trascendente como la acabada de glosar. Gutierrez de la Vega nccio en Sevilla, parece que hacia 1805, hl]o del grabador Jose Gutierrez de la y de dona Isnbel de Carrizo, ambos de ascendencia santanderina. Estudia en la Vega Escuela de Bellas Artes de Sevilla y aparece en Madrid en 1832, cuando Esquivel. Lo mismo . que este, se presenta al concurso de la Academia de San Fernando, y su cuadro La corona­ cion de San Fernando Ie vale el nombramiento de cccdernlco de merIto. Concurre a varias exposiclones y es otro de los entusiastas fundadores del Liceo. Fue, sucesivamente, director de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y profesor de estudios previos de la Academia de San Fernando. Pldio reiteradamente el puesto de Pinter de Camara, que se cree no lIego a con­ seguir. Y fclleclo en Madrid en diciembre de 1865. La somera bio.graffa informa poco de los valores de este sevillano, optlmo conocedor de la pintura de su tierra y por su mano reactualizada. Pocos cual el supieron analizar la obra de Murillo, aprender su tecnlcc y sus alardes de pincel, sus veladuras, sus vaporosidades, sus delicadezas. Este consciente aprendizaje pudo haber quedodo en no otra cosa que en maes­ trlo para imitar y contrahacer la pintura murillesca, precisamente superestimada aquel en tiempo, y es verdad que algunos cuadros religiosos de Gutierrez de la Vega se acercan mucho, como la Santa Agueda presentada en 1855 a la exposlclon de Pads, al ilustre prototipo. Pero, en general, est a destreza tecnica fue usada por nuestro hombre para hacer increlble­ mente deleitosos sus retrctosfernenlnos, especialidad, fibra y clave de la pintura del sevillano. Pues, realmente, estamos hablando de un gran retratista de mujeres, Entenddrnosnos. Gutierrez de la Vega, que nbordo tombien el paisaje, cual testiinonian los de Sevilla y Alcala de Guadaira, retrcto a no pocos personcjes masculines; entre ellos, Arriaza, Breton de los Herreros, Bravo Murillo, y los generales Rodil, Quesada y Linaje; pero con todo y lograr de estos modelos efigies excelentes, no pueden ser comparados con 216 I i f Fig. 218.-ANTONIO ESQUIVEL: REUNION DE LITERATOS EN EL ESTUDIO DEL ARTISTA. DETALLE (MUSEO DE ART!: MO­ DERNO, MADRID). 217 FigS. 219, 220, 221 Y 222.-JOSE GUTIERREZ DE LA VEGA: RETRATOS DE LA ESPOSA E HIJAS DEL CONSUL BRACKENBURY (COL.DELGADO BRACKENBURY, MADRID), DE ISABEL II Y DE DAMA DESCONOCIDA (MUSEO ROMA.NTICO, MADRID). 218 la grada - a veces un tanto sensual- y la seducci6n mostrada en sus retratos femeninos. EI de dona Catherine Brackenbury, esposa del C6nsul de Inglaterra Cadiz, firmado en 1830, en es de una dignidad y firmeza poco comunes (fig. 219), Y el de las hijas de la misma dama (figu­ ra 220), de un enccnto fuera de serie. Agreguemos el de la Duquesa de Frfas, vestida de undo­ luzc, obrc de 1835, 0 el de la Condesa de Berberana y su hija Emilia, 0 el de la Marquesa de Valdeterrazo, de 1850, 0 el de Id dama desconodda que figura en el.Museo Romdntlco (figu­ ra 222). En el mismo, el gran r�trato de Isabel rr (fig. 221>", firmado en 1845 y que consta haber sido propiedad de Narvaez, no s610 nos da la imagen mas slmpdticc de la Reina, sino que su prodigiosa tecnlcc pict6rica resulta ser de una suculencia, de un disfrutar el pintor con la materia, mas bien excepcional en los cfios que andamos historiando. Empastes y veladu­ ras aparecen, no ya como una reminiscencia murlllescc, sino superdndolc, Y es por est a raz6n por la que Gutierrez de la Vega habfa de ser pintor de fernlncs y no de varones. Se pro­ duce el caso inverso a Antonio Esquivel, cornplementdndose a maravilla ambos artistas, cada ' , uno en su especialidad. Pintor mas estudioso el que, nos ocupa, tuvo una epocc de ace rca- mlento a Goya, con 10, que, supero su primer y absorbente murillismo, una vez fundidas ambas seducciones. , Parece que dos de sus hljos, Joaqufn y Francisco, fueron pintores tornblen, y del ultimo se conserve algun retrato mcscullno. Ello aparte, consta la existencia de un hornonlrno sevl­ llano de Gutierrez de la Vega, sin ninguna relcclon con este ab�oll,Jto maestro. , PEREZ VILLAAMIL Y EL PAISAJE ROMANTICO. - Cuando va a virar bruscamente esta historia en generos y procedencias geograficas de artistas, pasando del retrato y del cos­ tumbrismo andaluz y rncdrilefio al nuevo concepto del paisaje y al insigne gallego que fue su introductor e inventor, no sobrcrd tratar de rastrear precedentes a ambas novedades. Pero serdn escasos. Sl atendemos al paisaje, uno de los primeros nornbres casi el unico­ - corresponderd a aquel Antonio Brugada, mcdrllefio, que deblo nacer por el cfio 1800, que fue disdpulo de la Academia de San Fernando de 1818 a 1821, que mantuvo amistad con Goyo y I� vio morir en Burdeos, que sigui6su aprendizaje en Parfs, y que luego de haber obtenido los.honores de Pinter de Camara, falleci6 en 1863. Tan s610 esc condici6n de amigo de Goya - que no disdpulo ha conservado su nombre delolvldo en que Ie hublern sumido su cbu­ - rrida obra, totclrnente integrada por marinas y com bates ncvnles con que afligi6 a no pocas exposiciones. Era genero desprovisto de lnteres y sin posibilidad de superar al capi�an s�x­ centista Juan de Toledo. Pero si el genero lnedlto, 10 estaban los artistas paisajismo era no menos gallego� despues de la gesti6n Gregorio Ferro, �penas sucedido sino por dos compostelcnos, el retratista de Placido Fernandez Erosa, que 10 fue, entre otros personnjes, de Fernando VII, y, el rnlnlatu­ rlstn Juan Jose Cancela del Rfo. De que resulte mayormente imprevista la aparici6n de aquf esa figura inefable, honor, gloria y verbo del romanticismo espcfiol, que fue Jenar.o Perez Villaamil.' Criatura tan representativa y valiosa que sera dlflcll pasar a considerarla frencndo el entuslcsmo que suscitan el y su obra, con todas las dernds circ;unstancias cccesorlcs.: Hable nccldo en EI Ferrol el 3 de febrero de 1807, hl]o de Manuel Perez Villaamil y de , . Ma:rfa Dughet. EI padre' era profesor de dlbu]o, topograffa y fortificaci6n en el colegio rnl­ litar de Santiago de Compostela, y en este centro comenz6 sus estudios Jenaro, pasando bruscamente, a sus solos ocho ofios de edad, de estudiante a profesor ayudante de dibujo; 219 puede ser que por desc;:arado nepotismo, puede ser que por brillar ya en el sus asombrosas facultades. Sigue la carreramllltcr, y en calidad de oficial de Estado Mayor se bate en 1823 contra las tropas del Duque de Angulema, cayendo herido y prisionero en Sunluccr la Mayor. Marcha luego a Cadiz a reponerse de sus heridas, y resldird en esta eluded varios cfios hasta que su desofecclon para con el absolutismo y su ofdn de aventura Ie dirigen hacia las Antillas. Trabaja en Jamaica Y» sobre todo, en San Juan de Puerto Rico, donde decora, consta que con maravilloso acierto, el Teatro Municipal. En 1832 da por terminada su estancia ame­ ricana y regresa a-Espana en el bergantfn "Amistad", tocando tierra portuguese el 27 de abril. En ese cfio y en el siguiente pasa 10 mas de su tiempo en Madrid, excepto una estancia en Sevilla, durante la feria de 1833, ocasi6n en que es extremadamente probable que trabe conocimiento con David Roberts (1796-1864), el sensibilfsimo pintor escoces, con el que 10 sucesivo tendrd tantas concomitancias. En 1835 ingresa en la Academia de San Fer­ en nando, y en 1838 obtiene el grade de Caballero de la Orden de fsabel la Cat6lica. En ese mismo cfio expone por primera vez en Londres, 10 que repetird en 1840. Ignoramos cudndo ha casado con Terese Ruiz Perel16, su guapa y dulce esposa, cuyo retrato pudo verse en la exposici6n retrospectiva de 1954. tQue proscripcion, que incompatibilidad polltica arroj6 al artista nuevamente de Espana? Una u otra ha comenzado 1842; esto es, durante la regencia de Espartero, a la que Villaamil, en de ardientes convicciones liberales, deberlc haber sido afecto. Lo cierto es que desde Pads y Rouen marcha a Bruselas. Llega el 17 de diciembre, y entre Belqlca y Holanda permanece hasta el 3 de febrero de 1844, en que Ilega a Madrid. EI 2 de febrero de 1845 es nombrado . Director de la Academia. Y muere en Madrid el 5 de junio de 1854. . Pero los anteriores datos distan mucho de ser completos, y la biograffa de Villaamil cun ha de investigar muchas lagunas. Este enardecido romdntlco, este artista singular, este celta rubio y de ojos azules, gustaba de mostrarse misterioso. Jcmds alude en su inestimable diario comenzado en 1844 a las razones de su exilio, y tam poco hizo sino sugerir haber estado en Grecia, 10 que parece ser verdad, aunque ignoremos cudndo, Y su temperamento un poco retrafdo, sin duda enfermizo de antiguo, como prueba su temprana muerte a los cuarenta y siete ofios, sera el responsable de la escasez de noticias bloqrdflccs. Desde luego, escasez com­ pensada por la abundancia de su obra. Es est a de sorprendente novedad y de exquisita prestancia. Su primer concepto del pel­ sc]e, aparte las obras juveniles, el del pintoresquismo arqueol6gico, con el que coopera del modo mas activo a la revivificaci6n romdntlcc de 10 medieval. Interiores y exteriores de y monasterios (figs. 229 y 230) son delineados con exquisitez y respeto, con probidad iglesias documental y con pleno conocimiento de cada estilo; pero no sedan piezas testificales del romdntico por excelencia si no cficdierc al testimonio un aditamento humane de infinita can­ tidad de arrieros, soldados y frailes contempordneos garbo. Tratantes, 0, con menos for­ - tuna, gentes vestidas sequn modelos hist6ricos se agrupan, charlan y holgazanean - en derredor de la arqueologfa constatada. Ello todo, con un equilibrio y contrapeso constantes, suficientes para que la obra no se contente con ser retrato de un edificio de este 0 de aquel siglo, sino estampa totalmente vivida y calentada por la colaboraci6n humana (lam. 1fI). Respeto a la presencia del monumento, pero fantasfa en su inmediaci6n. La consecuencia es que Jenaro Perez Villaamil, aun sin proponerselo, incluso comenzando por un impulso de pre­ medltcdo rigor, lIega a hacer mas bello el monumento copiado, y de ello pueden ser testi- 220 Lam. III.-JENARO P�REZ VILLAAMIL: INTERIOR DE LA CATEDRAL DE TOLEDO (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). - -�-- -- - - � - - monio acuarelas tan insignes como las que refieren al de Bruselas se Ayuntamiento (fig. 228) o a San Pablo de Valladolid (fig. 224). Que David Roberts tuvo buena parte de responsabilidad en la dedicaci6n es cosa pro­ bada, aunque s610 sea en alguna copia que Villaamil por ejemplo, en el ccso de la Giral­- da - hizo del escoces, En todo caso, era motivaci6n demandada por el ambiente general, y que se condensaria en el belllslrno monumento conocido blblloqrdflco como "Espana Artis­ tica y Monumental ", al que se aludi6 en la introducci6n con amor y devoci6n. Costeaba la edici6n el Marques de Remisa, suministraba el texto de regular valia Patricio de la Es­ - - cosura y se debian a Villaamil los originales de las laminas, litografiadas en Paris. EI primer volumen apareci6 en 1842 y el segundo en 1844. Otra edici6n en tres tomos IIeva la fecha de 1865 y se hizo en Madrid. Realmente no se trata de antologia de la monumentalidad espanola, porque los edi­ una flclos de Toledo y Burgos priman sobre otras ciudades y regiones. No todos los originales previos son de Villaamil, ya que este aprovech6 otros de Jose Dominguez Becquer, de Valen­ tinCarderera y de Cecilio Pizarro, pero bien se advierten las diferencias. Los dlbujos y acuarelas del ferrolano son de una pulcritud de dlbu]o, de una lineal, de una frescura gracia I de trazo sin precedentes (fig. 227). Ello aderezado notitas que al recuerdo, espe­ J. con ayuden cificando colores, matices 0 materias, 10 que estos con dibujos yesfus acuarelas (fig. 223) componen algo asi la mas preciosa flor del ccrifio como romdnfico para co� la vle]o Espana. Evldenternente, los lit6grafos parisienses traicionaron y ccmblcron, interpretaron capricho­ samente la maravilla bosquejada por el artista; aun siendo osl, la aventura mecenlcc del Marques de Remisa merecerd gratitud eterna de los amantes del arte. Una empresa semejante con la que soficbn Villaamil en el destierro, "Belqlcc artlstica y monumental ", no IIeg6 a convertirse en realidad. Cifras notoriamente exageradas aseguran que Villaamil no pint6 menos de ocho mil cuadros, cficde que dej6 dlez y ocho mil estudios. como se Seguramente, est a lmposlble leyenda no tiene otra bose que sus probadas rapidez y fecundidad; la primera, certificada por el tor­ neo entcblcdo Jenaro con su cufiodo Lucas por para ver qulen pintaba antes EI castillo ro­ quero (fig. 231), del que se conservan en el Museo Lazaro Galdiano las dos versiones, realiza­ das en el corto plazo de una horn. Pero este alarde no seria sino excepcional, y otros 61eos del artista, como ese Castillo esplendldo de Gaudn (fig. 225), ahora en el Museo de Granada, dorado, fastuoso de luz y de contrastes, paisaje desatadamente rorndntlco, juntando roquedal, fortaleza, tumba de muerte violenta y sujetos con porte de bandidos, no ha podido ser reali­ zado a menos se crea en milagros sino en varias horns de atenta dedicaci6n. Otro tanto - - se dird del Paisaje oriental, mostrando un templo ckislco en ruinas, del Museo Romdntico. Un dlc record6 Jenaro Perez Villaamil su lugar de nacimiento, y march6 a Galicia. En agosto y septiembre de 1849 estdn fechados algunos de los mas delicados y portentosos dibujos del gran pintor, unas veces retratando edlflcios de Betanzos, Mugardos, Cambre, Marin, Pontevedra, etc.; otras, lnteresdndose por los campesinos, la arquitectura popular 0 , la naturale_za propiamente dicha. Siempre con una seguridad de trazo que enamora. Y si pudiera sorprender la escasa beligerancia que Jenaro concedi6 a ese pclsc]e natural (fig. 232), 1 s610 se deberd a que su considerable afecci6n al tiempo que vivi6 Ie ordenaba preferir 10 rela­ tivo al hombre; sin duda, existen, aparte los dibujos dlchos, muchos otros 61eos de puro pctsc]e, naturalmente, menos caracterfsticos que los cornentcdos. Y otro curiosa tipo de paisaje es el 222 I � FigS. 223 Y 224.-PtREZ VILLAAMIL: VISTA DE SEVILLA (COL. PARTICULAR, MADRID); SAN PABLO DE VALLADOLID (MUSEO ROMANTICO, MADRID). 223 Figs. 225 Y 226.-PEREZ VILLAAMIL: EL CASTILLO DE GAUC[N (MUSEO DE BELLAS ARTES. GRANADA); INAUGURACION • . DEL FERROCARRIL DE GIJON (MIt'JISTERIO DE OBRASPUBLICAS. MADRID). 224 - ... � .i '_r' , t ./ I I ' . -, ,;/ r I I Fig, 227.-PEREZ VILLAAMIL: LA SINAGOGA DEL TRANSITO, DE TOLEDO. DIBUJO (COL. VICTORINO SIMON, MADRID). 225 i 229 230 Y 231.-PEREZ VlllAAMlL: AYU TAMIENTO DE BRUSE LAS (COL. PARTICULAR. MADRID); I TERIOR DE Figs. 228. LA CATEDRAL DE BURGOS (COL. PARTICULAR. MADRID); INTERIOR DE SA JUA DE LOS REYES. DE TOLEDO (COl. ZULUETA E ISASI. MADRID); El CASTILLO ROQUERO (MUSEO LAZARO. MADRID). 226 que dos cfios antes de su muerte realiz6 con occsion de la inauguraci6n del ferrocarril de Gij6n (fig 226J; paisaje, sf, .. y menudas multitudes, y el sfmbolo del progreso, a cuya causa se habfa dedicado; todo en uncuadro de inmenso lnteres documental. Por exagerada que sea la cifra de diez y ocho mil borrones y dlbujos, siempre sera ele­ vada la nutentlco, asf como certificada por el metodo de enseficnzc que practicaba en la Aca­ demia; comenzar con un borr6n de tinta, ayudarlo con otras mas claras y perseguir el resul­ tado. Procedimiento muy censurado, pero acorde con las enseficnzcs que, derivadas de Ale­ jandro Cozens, eran muy usuales en el tiempo. Es verdad que para tener exlto en este proceso convenfa poseer las dotes poco comunes de nuestro artista. Del cual, el mas conocido en Europa despues de Goya, el elogiado por Baudelaire, el emigrado rorndntlco, nos despedlmos con har­ ta pen a, para tratar de otros de sus colegas. EI primero en proximidad a Jenaro fue su hermano, Juan Perez Villaamil, quien trat6 de rehulr un tanto el estilo fraterno, en procuraci6n de un estilo de paisaje propio, no con­ seguido. Dlscipulo bastante mas efectivo del gran rorndntico serfa Antonio Rotondo y Rabasco, mcdrllefio (1808-1879), pues que estudi6 al lade de Perez Villaamil y asimil6 no poco de su manera, sequn puede inferirse del paisaje fantaseado de nuestra colecci6n (fig. 233). Ossorio y Bernard se refiere a la fecundidad inimaginable de este artista, asegurando que en s610 el verano de 1868 Ie habra visto pintar ciento catorce cuadros, haciendo ascender la suma de los que firmara a dos mil. Por 10 menos, era Rotondo un talento pollfccetlco, ya que;- aparte de pintor y dentista de Isabel II, suscribi6 varias obras literarias e hist6ricas, como la "His­ toria descriptiva, artfstica y pintoresca del Real Monasterio de EI Escorial". Su esposa, dona ... Teresa Nicolau y Parody (1817-1895), discfpula de Vicente L6pez, fue tcmblen discrete pintora. Otro, mas que discfpulo, imitador, era Francisco de Paula Van Halen, natural de Vich (1820-1872), discfpulo de y de la Academia de San Fernando. Pinter muy menor Aparicio y dado a varios generos, acab6 ddndose por completo al de historia, y si se Ie trae a este lugar es por raz6n de su lItograffas "Espana pintoresca y artfstica" (Madrid, 1847), donde serie de coleccion6 vistas de monumentos sin posible comparaci6n con Villaamil - y de tlpos popu­ - lares sin gracia. Pint6 algun cuadro de paisaje monumental; pero su obra mas slrnpdtlco es '. el Husar de la Princesa, que guarda el Museo Rorndntlco. }, Sin que proceda hablcir de discipulado, sino de concordancia de estfmulos, surge cqul la figura extraordinariamente simpdtico de Francisco Javier Parcerisa y Boada, barcelo­ nes (1803-1876). Nacido en el sene de una familia modesta y debiendo ganar su vida, una irresistible atracci6n Ie Ilev6, primero, a dibujar los monumentos de Barcelona, y, concreta­ mente, la Catedral; despues, a ser uno de los que primeramente practicaron en Espana la litograffa y el daguerrotipo. Hace un vic]e a Granada para ver sus edificios, crece en entu­ siasmo y ambiciones, y, asociado con Pablo Piferrer, comienza a publicar en 1839 los "Re­ cuerdos y bellezas de Espana", con texto del literato dicho, y, fallecido este, con otros de Pi y Margall, Pedro de Madrazo y Jose Marla Quadrado. Esta obra, capital monumento de la his­ toriograffa rorndnticc de nuestro arte, se ilustraba con quinientas ochenta y ocho litograffas de Parcerisa, en general mas fieles que las de la obra gemela de Yillaamil, aunque no tan deli­ cedes, y, claro estd que con textos mas responsables que los de Patricio de la Escosura. Posterior­ mente, Parcerisa, converlido en perfecto pintor al 6leo, no se dirigi6 a otra terndticc que la de los monumentos que habra lifografiado, pintando excelentes cuadros, rig,urosos y gratfsimos, de las catedrales de Burgos, Tarragona, Le6n, Vich y otros insignes monumentos {figs. 235 227 Y 236). Muri6 Parcerisa repentinamente, en su casa de Gracia, cuando estaba empezando a perder la vista. Siempre de la misma generaci6n, Jose Marfa Avrial y Flores, rncdrllefio (1807-1891), disdpulo de Jose de Madrazo y de Fernando Brambila, principi6 como plntor de antiguos ornatos, dedicaci6n que habfa de servirle para decorar los teatros de Gij6n, Le6n, Oviedo y Zamora, obteniendo tcrnblen buena reputaci6n de escen6grafo. Pero desde que fue lIamado a dirigir la Escuela de Bellas Artes de Segovia, se interes6 por los monumentos de esta ciudad, sobre todo por el Alcazar, y reprodujo minuciosamente sus interiores, documentaci6n que habfa de resultar preciosa tras el incendio de este palacio en 1862. Otro pintor de monumentos, tan flel como Avrial, pero ofiudlendo mas emoci6n y gracia a la arqueologfa, fue el zara­ gozano Pablo Gozalvo (1827-1896), laureado con primeras medallas en las exposiciones, de 1860,' 1862 Y 1864, por sus aspectos de la Catedral de Toledo. Su cuadro mas bello es el expuesto en la de 1871, que reproduce la Torre Nueva de Zaragoza (fig. 237), lueqo criminal­ mente derribada. EI toledano Cecilio Pizarro, uno de IdS colaboradores de Jenaro Perez Villaamil, en 1864 nombrado conservador del Museo de la Trinidad y, mas tarde, restaurador del deL Prado, pint6 muy sentidamente monumentos de su ciudad, como el cloustro de San Juan de los Reyes, destrozado, lienzo que, firmado en 1846, se conserva en el Museo Romdntlco. Pizarro muri6 en 1886, luego de haber ganado modestas recompensas en las exposiciones nacionales. r 1 Aon mas nombres de esta misma dedicaci6n. Uno, el de don Vicente Poler6 y Toledo, erudito, restaurador, arqueoloqo y pintor, nacido en Cadiz en 1824, autor de cuadros de historia y de otros, lnqrcciosos, reproduclendo monumentos. En fin, don Pedro bastante Kuntz, romano, cuficdo y disdpulo de don Jose de Madrazo, formado tam bien en la Acade­ mia de San Lucas de Roma, nos dio el aspecto de varios edificios de dicha ciudad, como la basflica de San Pedro. En la vertiente catalana, aparte Parcerisa, dos personalidades de gran relieve: Fernando Ferrant y Luis Rigalt. Fernando Ferrant y Llcusds, nacido en Palma de Mallorca, en 1810 pese a haber sucedido a Villaamil en paisaje de la Academia de San Fernando, la cdtedrn de no es su seguidor, sino muy relativamente, prefiriendo en sus pinturas efectismos y nocturnos que Ie emparentan mas bien con los paisajistas alemanes, como Caspar David Friedrich. EI artista, bien situ ado en los medios cortesanos, falleci6 en EI Escorial, en 1856. En cuanto a LuisRigalt Farriols, de Barcelona (1814-1894), hl]o del Pablo Rigalt ya comentado en el de Lonja, de la que lIegarfa capftulo neocldslco, sucedi6 a este en el profesorado de la Escuela a director. Dado que conoci6 ser a Villaamil, se interes6 por su tendencia y reprodujo buen mirnero de monumentos catalanes; en el comienza ya a ser una realidad el paisaje de pura naturaleza, contribuyendo de modo capital su gesti6n al auge de esta modalidad en la pos­ terior pintura catalana. EL MAs ENCENDIDO ROMANTICrSMO. EUGENIO LUCAS. - Por usual que sea apro­ ximar los nombres de Leonardo Alenza y Eugenio Lucas, se ha preferido aquf separarlos, pues que bien 10 estuvieron al diferir en toda una generaci6n. Contaba ya Alenza diez y siete ofios cuando un dlc no concretado de septiembre de 1824 nace en Alcala de Henares el tre­ mendo torbellino de color que se lIam6 Eugenio Lucas y Padilla, hl]o de un cierto Francisco Lucas, mcdrtlefio, y de Marfa Padilla, complutense. La familia se traslad6 a la capital segu- 228 f 1 Fig. 232.-PEREZ VILLAAMIL: PAISAJE FANTAsTICO (COL. PARTICULAR. MADRID). Fi9. 233.-ANTONIO ROTONDO: PAI­ SAJE FANTAsTICO (COL. GAYA NUNO, MADRID). 229 Fig. 234.-P�REZ VILLAAMIL: INTERIOR DE IGLESIA FANTASEADA (COL. ARREGUI·, MADRID). Figs. 235 y 236.-PARCERISA: LA CATEDRAL DE TARRAGONA (COL. PARTICULAR, MADRfD) Y LA CATEDRAL DE BURGOS (PALACIO REAL, MADRID). Fig. 237.-PABLO GOZALVO: LA TORRE NUEVA DE ZARAGOZA (COL. PARTICULAR, MADRID). 230 ramente despues que el muchacho, el que, gracias a la protecclon de un eclesldstlco, don Lean­ dro .Alvarez de Torrljos -cuyo retrato, pintado por Lucas en 1848, es de 10 mas impersonal del artista -, pudo seguir estudios en la Academia de San Fernando, bc]o la direcclon de Jose de Madrazo, Ccmcron y Tejeo. Pero todos los bloqrofos de Lucas estdn conformes en que 10 extraldo de tales ensefinnzcs no serln sino de orden tecnlco, ya que los verdaderos maestros - mudos - serfan los que dictaban enseficnzcs desde los marcos de sus cuadros en los dos museos existentes en Madrid: el del Prado y el de la Trinidad. De aquila primera entrega a el artista mas capaz de influir en un [oven temperamento ya de suyo enamorado del Goya, color y de la vehemencia. EI hecho de que ya en 1848 firme la Plaza partida, de la Colec­ cion Castillo Olivares, certifica cudn pronto ha comenzado est a dileccion. Se ntenucrd, sin embargo, cuando el recibe el encargo, oficial y es de suponer que codlclcdfslrno, complutense de decorar el techo de la gran sal a del Teatro Real. Esta pintura al temple se componla de cuatro paneles trapezoidales simbolizando a las artes, el baile, la poeslc y la rmislcc, separa­ dos entre sl por cuatro matronas sedentes de tcrnofio natural. Adernds, medallones con retra­ tos de MoraHn, Velazquez, Bellini, Calderon de la Barca y Fernando de Herrera, extrcfic se­ leccion, a decir verdad, y que no dejo de ser criticada en su momento. Solo conocemos ese te­ cho por una vieja litograffa, ya que el conjunto se renovo por Francisco Sans, pero bocetos para dos de los temas principales figuraron en la colecclon Lazaro. Puede ser que el joven Lu­ cas se sirviera mucho de la habilidad de Enrique Philastre,. autor del telon de boca, y que contaba experiencia en el genero por haber ya decorado los teatros de Lille, Douay, con Lyon y Dijon. Pero, ya solo, Lucas habla de pintar otros techos: el de la primera casa de don Jose de Salamanca, en la c�lIe de Cedaceros, y el de la de don Pedro Arenas,· en la calle de la Princesa. J Aparte golosos encargos, Lucas continua pintando cuadros castizos, con los que su tan prestigio sube rapidlsimamente. En 1852 hace un viaje a Paris, tan solo documentado por la noticia de que alii Ie hiciern un retrato el plntor frances Alexandre Marie Roche. Dos cfios mas tarde, y en union de otros pintores espcfioles Federico y Luis de Madrazo, Carlos - Luis Ribera, Valentin Carderera, Joaquin Dominguez Becquer, Rafael Tejeo, los Ferrant. Gutierrez de la Vega, etc.- concurre a lq.Exposlclon Internacional de Paris, mediante la citada Plaza Partida y La Revoluclon, que ,,0 consta sea el cuadro del mismo nombre en el Museo de Arte Moderno de Madrid (fig. 240); obras elogiadas y comentadas por Edmond About y Teophile Gautier. Hasta la ultima fecha citada, en que muere su cuficdo Perez Villaamil, mantiene gran amistad con este, provechosc por los desaffos y apuestas sobre hczofics picto­ rices, ya alguna aludida. En 1856 parece estar en inmejorables relaciones con Palacio, ya que dedica una acuarela al rey consorte don Francisco de Asls y un oleo al prfncipe Adalberto de Baviera. En ese mismo cfio viaja por Italia, sequn testimonian las fechas y firmas de dos acuarelas con temas venecianos. En 1859 estd en Marruecos; pero es posible que antes de la lnoportunc lnutil guerra que O'Donnell declare a ese pais, ya que no hay la menor noticia e de que anduviera con nuestras tropas; pero una serie mas bien numerosa de temas morunos asegura que la estancia fue aprovechada. En 1860 hace una excursion por los Plcos de Europa. En 1861 declara revoludonario y republicano mediante un curiosa cuadro se - La Repu ... blica dirigiendo a Espana por el camino del Progreso -, en el Museo Lazaro. En agosto de 1865 lIega a Madrid Manet, y es casi seguro que trabaran amistad, pues hey trndiclon de la existencia de un epistolario entre ambos grandes artistas, bien que nadie parezca hnberlo 231 visto. En 1868,vlc]e por Italia, y, al cfio siguiente, excursion al norte de Espana y a nuevo algunas localidades frcncesos, como San Juan de l.uz, Blcrrltz, Bayona y Pau. En fin, muere en Madrid Eugenio Lucas el 11 de septiembre de 1870. Sl en puficdo de datos vitales abundan las lagunas, las imprecisiones y los supuestos, este nadie ccntrlbuyc a ello tanto como el proplo pintor. Hrrno muchas obrcs, pero fecho bastan­ tes menos, 10 que, en una asombrosamente produccion tan copiosa como la suya, es rczon para despistar y conducir a mil equfvocos. De aquf que resulte diflcll auscultar el porte de esa multiple obra cfios, nl por por decenios, ni por ciclos, dado que las varias tendencias luque­ fics se entrecruzaron constantemente, aumentando las incognitas. Y si son inexplicables cir­ cunstancias como la de que fuera encargada decoruclon de tanta responsabilidad y tan apetecible como el techo del Teatro Real un joven pintor de a pueblo, 0 las trasmutaciones politicos de nuestro hombre, no oficdlrdn mayor luz sus muchas seducciones y programas en perenne mezcla. Para poner poco de orden un en el estudio de este desordenadfsimo y fabuloso artista, cornenzcrd por asegurar que fue se siempre el pintor mejor dotado, el colo­ rista mascsornbroso, pero, igualmente, el improvisador mas irresponsable. Conviene, cuanto antes, rechazar lei especie de que toda su fama se reduzca a una Imlfnclon de Goya, y menos 2 todavfa a un plagio del gran crcqones, Sin dude, Lucas habfa de ser fiel de por vida a este maestro que pudo conocer; bien cierto imlto pocas de no es que coplo e no sus pinturas. Pero mas verdad sera que eligiera esos rumbos -los mas espontdneos, populares y abocetados de Goya con el proposlto de continuar explotando vena de vida nacional - una que persistfa en Espana. Por 10 dernds, los innumerables cuadros de enclerros, corridas mas 0 capeas, menos serias, determinadas suertes tau rinas, palcos con rncjos y manolas (fig. 239), figuras aisladas de unas y otros, romerfas, aquelarres, procesiones, escenas de bandidaje y viol en­ cia, etc., no son en ningun modo copias ni plagios de ningun Goya, sino ocasiones temdtlccs incesantemente brindadas por la era romdntlcc a un fogosfsimo colorista. Eugenio Lucas no pinta 10 pasado, sino 10 presente, explotando un temario no habfa proqrcmdtlco que Goya hecho sino iniciar. Sera, lncluso, mas desenfrenado que el maestro, mas arrebatado, mas irre­ gular, mas violento. Esos cuadros, entre los que figuran mil obras maestras, no pueden ser nunca confundidos con los de Francisco de Goya, la delatan haber sido pues que a legua pinta­ dos en brevlslmo tiempo de lnsplrcclon, bien que el procedimiento y la fecundidad denuncien considerables errores de dlbu]o y ccmposlclon. Errores y chapucerfas bien venidas, porque sin elias ccrccertcmos de este asombroso de panorama garbo, de rncjezo, de constancia docu­ mental del mas caliente siglo XIX. No se mencloncrdn piezas sobresalientes, porque ello demandarfa muchas pdqlncs. No cabe sino asegurar que el complemento ideal de este tor­ bellino de gentes y masas cronizadas por Lucas (fig. 242) conoclo el mas feliz complemento en los temas marroqufes, realizados con una fogosidad mayor cun que los castellanos (fig. 241). Por demasiado hablar de Goya en relcclon con Lucas, suele olvidarse una seducclon no inferior, que la proporcionada por Velazquez. Se sabe bien del fervor sentido por Lucas es para con Diego, y como, por ejernplo, una copia suya de Las Hilanderas fue tenida por rigu­ rosamente velczquefic en Francia. Y si este dato no basta ni puede bcstor i--, pinturas del - aplomo y seguridad del Cazador (fig. 238) aseguran del consciente estudio dlcho, a 10 que pudlercrnos agregar las varias versiones de temas relacionados con la corte de Felipe IV, probando la obsesion del complutense para con la epocc, Sobra decir que nadie se dejcrlo confundir, y que estos Felipe, Mariana, Margarita y Velazquez de Lucas son inequfvocamente 232 am. IV.-EUGENIO LUCAS: LOS HIJOS DEL ARTISTA (COLECCI6N MARCH. PALMA DE MALLO RCA). rorndntlcos, ni mas ni menos que un torero 0 una manola. Y, no obstante, varios de estos cuadros velazquizantes (fig., 244) son superlorfsirnos de color y de lnvenclon, infinitamente mas nobles que cualquier pintura de historic y sin la mas mfnima relacion con este genero. Determinadas plezos, como los arreglos del Bobo de Coria 0 de Don Antonio el lnqles, se deben considerar como experiencias y estudios, investigaciones y metcrnorfosls en torno notables a, una etapa plctorlcc que el artista conocfa superiormente. No retrocedlo Eugenio Lucas ante ninqun genero ni ante ninguna novedad; pinto paisa­ [es, en general de modo personalfsimo y original; probe el retrato, dejdndonos su propia imagen, la de su madre, la del torero Montes, la de Isabel II; no se crredro en acometer la pintura de desnudos y semidesnudos femeninos, en harta libertad de posturas. En algun momento, este 0 aquel suceso Ie ha impresionado, y prodiga su iconograffa; es el caso de la trafda de aguas a Madrid, aconte.cimiento capital para la vida de la Villa, y cuyo brote en la calle de San Bernardo refle]o el ano 1858, por 10 menos en tres versiones, la rnejor de todas I- f la de la colecclon Carles (fig. 243), admirable de verdad - computable coli fotograffas de ! ese cfio y de cmblentcclon. Que este signo de progreso produjera senscclon 10 demuestran - tam bien otros dos cuadritos del desconocido pintor Nicolas Ccbofiero, mostrando detalles de la conducclon de agua por la sierra de Madrid. Serfa imperdonable abandonar al soberano pintor, duefio de una gama hicldc y vibrante, rica y sabrosa como ninguna de su tiempo, sin plantear y responder la pregunta de cudl fuera su flllaclon. Ya se ha visto que no nos conformamos con el dictado de mere seguidor 0 con­ tlnucdor de Goya 0 de Velazquez. La etiqueta de costumbrista es demasiado modesta para el, no concordando sino con un producclon, Con 10 que convendrfa aspecto terndtlco de su buscar sentencia un poco mas ennoblecedora. Esta puede ser la que Ie considere como un preimpresionista inconsciente de serlo. Resulta demasiado comedo adjudicar esa posicion a Goya y verterla a bocetismo en el caso de Lucas cuando este cctdc de modo tan lnslstente en sus sera sino policromfas esenciales. Por descontado que sl aceptamos ese preimpresionismo, no teniendo muy en cuenta la cndrqulcc ausencia de todo credo estetlco en el complutense. Y, sin embargo, alguna extraordinaria obra de Eugenio Lucaspuede ser comparada sin des­ doro al mejor Manet. Es el retrato de los hfjos del artista (lam. IV), antes en la colecclon La­ zaro, ahora en la March, de Palma de Mallorca. Este cuadro soberano y por desgracia to - por fortuna? - inconcluso, es de una fuerza contenida, de un rigor lineal y de un desparpajo colorista que obliga a pensar en el cifado Manet Obliga tcrnblen a discurrir sobre cudl hubiera podido ser la posferior evoluclon del hombre de Alcala de Henares de no haber muerto a sus cuarenfa y seis ofios. logico que el presfigio de Lucas, asf como su facilidad y su espectacularidad, Ie gran­ Era jeasen discfpulos e imifadores. Como fal, el militar sevillano Leonardo Santiago y Moreno, al concurrIr a la exposlclon parisina de 1855, se enorgullecfade serlo. EI granadino Paulino de Lalinde, que era alumno muy directo de Lucas, 10 lrnlto en algunas escenas de romerfas y verbenas, bien que derivase hacia la pintura de historia. Y se da tcrnblen como discfpulo a otro granadino, Jose Martfnez Victoria, cuya producclon cierta se conoce mal. De los dos 1 hijos del arfisfa, Julian y Eugenio, pintores ambos, el primero valfa muy poco; el segundo, I era artista de inmensa que firmaba Lucas Villaamil cuando deseaba distinguirse de su padre, habilidad, por 10 general nada bien empleada. Su producclon puede dividirse en fres grupos: uno, de descarada lmltcclon de pinturas de su padre, insisfiendo en la misma terndtlco ; otro, de 234 , I ., I Figs. 238, 239 Y 240.-EUGENIO LUCAS: EL CAZADOR, EL PALCO Y LA REVOLUCI6N (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). 235 1 J J 1 Figs. 241 Y 242.-EUGENIO LUCAS: MOROS CORRIENDO LA P6LYORA (MUSEO LAzARO, MADRID); EL SITIO DE ZARAGOZA . (ANTES, EN LA COL. LAZARO). 236 FigS. 243 Y 244.-E:.JGENIO LUCAS: INAUGURAC,C0l DE LA TRAfDA DE AGUAS A MADRtD (COL. DOMINGO CARLES, BARCE- . LONA); LA CORTE DE FELIPE IV (COL. ROIG, HUMACAO, PUERTO RICO). 237 -------- I .1 j I 1 Fig. 245.-FRANCISCO LAMEYER: MUJERES JUDIAS DE TANGER. 238 pinturas que tratan de ser goyescas, no por similitud de asuntos y de gama, sino con la clara pretension de pasar por obras del propio Goya, y un tercer grupo, el de lmoqlncclcn pro­ pia, que, naturalmente, esel menos interesante. Excepto en la primera de las indicadas tenden­ cias, en que con frecuencia se Ilega a confusion entre los dos Lucas, el que es Ilamado el Mozo se caracteriza por un canon mas esbelto y pincelada mas menuda. una Eugenio Lucas el Moze, cuya fecha de nacimiento se J:0r ignora, murlo en Madrid el 23 de enero de 1918. Fecha que ya dice algo sobre las infinitas facetas estilfsticas que hubo de presenciar, siguiendo muchas de elias. Decoro techos en el palacio de don Jose Lazaro Galdiano y vendlo a este buena cantidad de cuadros del Lucas padre, del grandfsimo plntor. Sin que puridad en fueran dlsclpulos de Eugenio Lucas, al menos el primero de los que nombraremos, sf quedan un tanto en su orbltc, por paralelismo de temario y tecnlcc, y tanto mas cuanto que Ie sobrevivieron largos cfios, dos pintores, cada uno desigual en su propia obra, y los dos poco afortunados; Perez Rubio y Angel Lizcano. Antonio Perez Rubio, nacido en Navalcarnero (Madrid) el 30 de noviembre de 1822, hl]o, sequn se cree, de un cirujano, estu­ dlo en la Academia de Sen Fernando, pero sin adelantar gran cosa en la correccion de su j dlbu]o, en tanto su excelente senti do colorista Ie obligaba a un bocetismo semejante en apa­ riencia al de Lucas, pero a mil cfios de luz del garbo y brio de este, Se especlnllzo en esce­ 1 nillas de ambiente dieciochesco, indudablemente graciosas, pero inconsistentes h y flojos (figu­ \I ra 249). De 1862 a 1887 expuso mucho en los certdmenes nacionales, sin pasar nunca de se­ r gunda medalla, porque, a decir verdad, sus cuadros de tema historlco no meredan mucho mas. Vivio pobre y bohemia existencia, poco compaginable con su altivez, y rnurlo, atro­ pellado por un omnibus, en diciembre de 1888. Angel Lizcano, nacido en Alcazar de San Juan (Ciudad Real), en 1846, excede, en cuanto a cronologfa, la etapa que nos interesa, tanto mas al haber vivido nada menos que hasta 1929. Pero su pintura de aire popular, rica en color, solldcrnente trabada, en algun caso magistral, recuerda muchas veces a Eugenio Lucas y hasta a Goya, con I quien ha sido confundido, obra de marchantes el por y gracia desaprensivos, en extranjero. Fue gran artista, superior 1 al flo]o tiempo del tercer tercio del siglo, y cccbo en la miseria, matdndose materialmente para poder vivlr, a cambio de pintar todo cuanto Ie pidieran. Hasta: cqul, el rastro de aquel cometa vertiginoso que se llama Eugenio Lucas y Padilla. LAMEYER. - Si algun rival de Eugenio Lucas en su investlqccton del do­ categorla tuvo naire popular y en la mas concreta de los escenarios mcrroqules, ese fue un hombre pesl­ rncrnente conocido, y al que los repertorios mas responsables despachan con unas cuantas frases formularias. Ese hombre, merecedor como pocos de una monograffa bien trabajada y enaltecedora de su hacer, era Francisco Lameyer y Berenguer. Hable nacido en el Puerto de Santa Marfa 1 (Cadiz), el 12 de noviembre de 1825, hijo de hornonlmo y de dona Marfa Belen Berenguer. No hay noticia de la lnstltuclon en que se formam, y si se puede presumir que en San Fernando, sera por [c constancia de que, siendo cun muy nino, su familia se troslcdo a Madrid. Lameyer lnqreso en el cuerpo administrativo de la Armada y por algun tiempo simultcneo los deberes de este cargo con la plnturu, Hombre acomodado, ni aceptaba encargos, ni vendfa cuadros, ni concurrfa a exposiciones, siendo estes las que han oscurecido . razones nombre, amen de un ccrdcter huraiio y poco cornu­ su nicativo, excepto con amigos muy de verdad, cuales eran los Madrazo. Desde muy joven * t �S'� \}�� Mt:� k 'PaNch �, e��j e� yCvL� Pl�r j 239 � dibujaba. Debuto como ilustrador en la edicion del "Buscon ", de Quevedo - entonces se Ie " daba el nombre inexacto de "EI Gran Tcccfio de 1841, Y continuo hcciendolo para otras - ediciones de cldslcos, para el "Semanario Pintoresco Espcfiol ", "EI Pintoresco" y "EI Siglo Semanario". Estas ilustraciones eran generalmente grabadas en madera por Vicente Castello y Amat. Otras mas importantes son las que avaloran la primera ediclon de las "Escenas an­ dcluzos", de don Seraffn Estebcnez Calderon, a quien conociera el artista en 1849, al inte­ grar ambos la expedlclon militar del general Fernandez de Cordoba en socorro de los estados En 1860 parece que estuvo en Parfs, y pontlflclos. en 1863 resldlo varios meses en Marruecos, haciendo multitud de apuntes, de los que salieron algunos de cuadros Dfcese sus principales. que viejo tam bien por China,Jcpcn y Filipinas; pero ignora cudndo y si de tales viajes se quedo testimonio pldstlco. Lameyer, que residfa en la calle de Amaniel y mantenfa un rico estudio en la del Espiritu Santo, fullecio Madrid el 3 de de 1877, cinco en junio meses despues que su madre. Hacfa tiempo que habfa abandonado su carrera para no dedicarse sino a la pintura. A la pintura, al dlbu]o y al grabado, pues era artista muy completo. Su confesado amor para con Goya no se resolvlo en imitaciones ni sugerencias, sino en perfectfsimas copias, la mas certera de todas una de Las Majas al baleen, que darfa lugar a muchos equfvocos. Bonfsimo retratista, demuestra serlo en el retrato de su madre. En alguno de sus viajes a Parfs queda impresionado por la fogosidad de Eugene Delacroix, y un reflejo de est a odrnlrcclon es un cuadro superior y, por otra parte, bien original: La barca de Caronte. En temas cas­ tizos, su Defen.sa de Zaragoza, del Museo de Arte Moderno de Lisboa, no es inferior a la escena del rnisrno tftulo por Lucas. Pero qulzd sea la serie mas caracterfstica de Lameyer, en 10 que se refiere a pintura, su colecclon de temas marroqufes, como Mendigo de Tanger, Mujeres judfas de Tanger (fig. 245), Fakir en una mezquita tangerina (fig. 246), Combate moro, etc. Son obras muy estudiadas, muy ricas de color, en nlnqun caso inferiores a las de los orientalistas franceses del mismo momento. Marcan todo el comienzo de un gran capf­ tulo de lnteres espcfiol hacia Africa y, cada dfa mas, reclaman un estudio. No son menos trascendentales los dibujos de Lameyer. Algunos, sencillos apuntes al car­ bon, muy rdpldos y escuetos (figs. 247 y 248). Otros, tcmblen a ldplz, pero matizados con toques de color, son admirables y preciosos. Estes suelen especular con tipos populares, bandi­ dos, gitanos, etc., y normalmente adoptan un tone levemente caricaturesco que obliga a acer­ car a Lameyer, en este aspecto, mas a Leonardo Alenza que a Eugenio Lucas. EI aprendizaje deducible de la literatura y de la converscclon del ingenioso Estebcnez Calderon deblo ser declslvo para nuestro hombre. En fin, Francisco Lameyer era destrfsimo grabador al agua­ fuerte, datando su primera plancha de 1846. Hacia 1850 publico una colecclon de veinte gra­ bados, siempre con escenas populares proclives a 10 grotesco, y en fecha posterior otra serie fue lcnzcdc en Parfs por el editor Cadart. Ambas son hoy extrerncdcmente raras, en verdad inencontrables. Valdrfa la pena reproducirlas como primer medio de devolver a Francisco Lameyer toda la fama que merece. >1" VALERIANO BECQUER Y EL COSTUMBRISMO. Volvemos busca de la dinastfa 1 - en Domfnguez Becquer, hace varias pdqlnos abandonada. 0, por mejor declr, en busca del ultimo vdstcqo de la familia, del hi]o de don Jose Domfnguez y de dona Joaquina Bastida y Vargas, que ncclo Sevilla el 19 de diciembre de 1834, y al en que se impuso el nombre de 240 >1' I Fig. 246.-FRANCISCO LAMEYER.: FAKIR EN UNA MEZQUITA TANGERINA. 241 I , 1 } Figs. 247 Y 248.-FRANCISCO LAMEYER: DIBUJOS (BIBLIOTECA NACIONAL, MADRID). Fig. 249.-PEREZ RUBIO; BAILE CAMPESTRE (COL. PARTICULAR, MADRID). 242 \ r '( 1 ,.. Fig. 250.-VALERIANO D. BECQUER: UN CONSP!RADOR CA.RLlSTA (MUSEO ROMANTICO, MADRID). 243 .� I Fig. 2S1.-VALERIANO D. BECQUER: RETRATO DE MUCHACHA (MUSEO LAzARO. MADRID).. 244 Valeriano. Catorce meses despues nacerfa su hermano Gustavo Adolfo, y muertos el padre en 1841 y la madre en 1845, ambos quedaron huerfcnos y escasos de posibles. Valeriano cprendlo dlbu]o y pintura en el estudio de su tlo Joaquin, luego de haber estudiado en el Colegio de San Diego. AI_ emanciparse, hacia los veinte ofios, cornenzo a ganarse la vida vendiendo tablitas costumbristas. Por 1856 0 1857, casa con Winnefried Cogham, hi]u de un marino lrlandes retirado el Puerto de Santa Marfa, y sus dos hijos, Alfredo y Julia, nacen, en respectivamente, en 1858 y 1860. En 1861, sin duda urgido por la necesidad de mayores in­ gresos, marcha a Madrid. Hasta esa fecha ha pintado cuadros tan importantes como EI cons­ pirador carlista (fig. 250), de 1856, y la curiosa Familia del plntor carlista (fig. 252), tres cfios posterior; la Nodriza en trc]e de pasiega; EI bardo, u hombre tocando el crpc, en el Museo de Buenos Aires, que se tiene por retrato de Gustavo Adolfo, y el encantador cuadro de La familia (fig. 253), en el Museo de Cadiz, que, al estar firmado en 1856, no puede retratar a su hermano ni a su cuficdo, puesto que est a pareja coso en 1861. Todo ello es pintura franca, caliente, totalmente rorndnticc. AI lIegar Valeriano a Madrid en 1861, parece que su matrimonio con la irlandesa es tan poco feliz como el de su hermano Gustavo Adolfo con Casta Esteban Navarro. Sera el quien ocupe de los nlfios, en cfios de negras penalidades, no resueltas per el encargo de se decorar el palacio del Marques de Remisa, bocetos de cuya decornclon se conservaban hace cfios en la colecclon Garda de los dos hermanos y pasan largas tempora­ Espinosa. Se unen das en el Monasterio de Veruela, desde donde Valeriano ccptcrd multitud de tipos y escenas 1: populares. En 1865, don Antonio Alcala Galiano Ie concede una pension de dos mil quinientas pesetas anuales para recorrer Espana, sin mayor obllqcclon que la de entregar dos cuadros anualmente al Museo. Comenzo entonces la etapa mas feliz en la vida del artista. Recorrio sucesivamente las tierras de Soria y las Vascongadas, concluyendo por Avila, y Zaragoza, de esas andanzas datan cuadros tan bellos como el Baile de campesinos sorianos (fig. 254), EI escuadro, Pastores de Villaciervos, La fuente de la ermita, etc., aSI como retratos tan exce­ lentes la muchachita que conserva el Museo Lazaro (fig. 251). Pero la pension guber­ como namental, con todo y ser modeste, ccncluyo en 1868, mediante la revolucion. Valeriano tuvo que contratarse como Espana", "EI Museo Univer­ ilustrador de las revistas "EI Arte en sal" y "La llustrcclon de Madrid ", ello luego temporada en Toledo. Las desdichas de una econornlccs, la ruptura cqn la esposa y una nfeccion hepatica van restando fuerzas a Vale­ riano Becquer, que fallece en Madrid el 23 de septiembre de 1870. Su obra, corta y hornoqenec, ya que apenas comprende sino retratos y escenas de cos­ tumbres, no rebasa la sesentena de oleos, suficientes para obtener idea de la valla del artista. Tanto en figuras aisladas como en los grupos, Valeriano era un maestro de la sencillez, logran­ do los mejores resultados con la mayor economic de medios. A la cabeza de su produccion, los dos cuadros familiares, el del plntor carlista y el del rnuseo gaditano; a conttnuoclon, los retratos, y, en fin, los gratos escenarios campesinos, vistos por primera vez con ctenclon verista y ojos de buscador de fiestas toplccs ni superficiales. En todos los casos, un no con consumado colorista, y, por doquiera, la senscclon de la bondad, de la humildad del gran pintor. Pero no quedarfa completo nuestro concepto de Valeriano Becquer si !lOS otuvlercmos exclusivamente a sus pinturas; la cuantiosa serie de ilustraciones mencionadas, con todo y haber sido forzosamente deformadas y desvirtuadas en sus IIneas por los grabadores, com­ ponen un repertorio de grafismo dirigido a 10 popular verdaderamente impagable. Y; cun 245 rnejor, se conservan bastantes originales del artista. Por ejemplo, la Columbia de University, Nueva York. posee desde 1893 un album de dlbujos y acuarelas de Valeriano. procedente de la venta que la esposa de este, Winnefried, recllzo nada mas morir el desventurado pintor; album consagrado a la expedlclon a Veruela, de diciembre de 1863 a julio de 1864. Sus di­ bujos al ldplz y sus acuarelas son de la sencillez y pureza de trazo que era de esperar luego de heber gustado la pintura de Valeriano Becquer. Sera dlflcll separar del genero predilecto de Becquer a otro plntor de parecidas metas, 1 menos sensible, pero mas afortunado en la vida; nos referimos al asturiano Dionisio Fierros (1827-1894), del que se sospecha haber intervenido en el mcccbro robo de la calavera de Goya, 1- turbando su descanso en el cementerio de la Cartuja, de Burdeos. Por 10 menos, retrcto el crdneo del genial artista, y consta que 10 poseyo y que paso a sus descendientes. Aparte tal atrocidad, Fierros, unlco pintor que fue descendiendo en las exposiciones nacionales, pasando de primera medalla en 1860 a tercera en 1867, se especlcllzo en la pintura de escenas campe­ sinas, sobre todo de Galicia, donde perrnoneclo de 1855 a 1858. Sus cuadros, frios y exentos de gracia, quedan muy por bc]o de los de Becquer, aun siendo similares los enfoques. Gran cuadro-costumbrista, salado y garboso como pocos otros del siglo, es el que figura el Patio de caballos de la Plaza de Madrid antes de una corrida (fig. 255), con retratos de los diestros mas famosos por 1853. fechc de la obra. Su autor era el mcdrllefio Manuel Castella­ no (1828-1880), luego dedicado a la pintura de historia, en la medianos triunfos. que loqro Es verdad que pintura de historia de historia taurina era este indudable acierto, el que, <: � - - pese a su estudiadfsima cornposlclon, no mas sencilla especulando con toreros que con heroes medievales, conserva toda la gallardfa del concepto inicial. ROMA - PARiS - MADRfD. FEDERICO DE MADRAZO. - Ni por su educaclon, ni por sus modales y preferencias, ni por sus idearios de cualquier indole, podia haber sido incor­ porado el pintor ahora comentado a ninguno de los capitulos cnterlores. La sola idea de que se divirtiera pintando gitanos, rncjos 0 malhechores, campesinos cutentlcos, bailes de farol o escenas de taberna, capeas 0 coros de mendigos, es tan incompatible con los senti res de Fe­ derico de Madrazo, con su mundo social y con su plano cristocrdtlco cual para convertirse en disparatada. Ni majezas ni confusiones, sino una inalterable fidelidad a 10 serenoy altivo, tan sin etiqueta nacional que podria su arte haber sido acogido por cualquier bandera, 10 que no cabe en colegas sus hasta ahora estudiados. Pero tcmblen esta buscada insularidad, tornblen est a postura insolidaria podfa contener y contuvo a un superlativo artista. - - Federico de Madrazo y Kuntz, del que casi sobra decir que fuera hl]o de don Jose de Ma­ drazo y de dona fsabel Kuntz Valentini, nada en Roma el 9 de febrero de 1815, durante la estancia del padre junto al Tlber. Y parece que este nacer romano no en Navalcarnero - ni en Alcala de Henares marcaba ya el sino del pintor, como la drcunstancia de haber - sido bautizado en Santa Marfa Maggiore, teniendo por padrino a nadie menos que al Prln­ cipe Federico de Sajonia, del que reclblo el nombre. Cuatro cfios despues es trafdo por su familla a Madrid, y recibe educcclon humanfstica de don Alberto Lista. Pasa en seguida a ser disdpulo de su padre y dernds colegas en San Fernando, y tan pronto como a los catorce cfios pinta ya cuadros de historia cldslcc. A los diecisiete, el entonces celebradfsimo en que apare­ da Marfa Cristina de Napoles cuidando amorosamente a Fernando Vir enfermo, obra famosa que conmovlo a miles de sensibles corazones espofioles. A esos cortos dlecisels cfios, Federico 246 Figs. 252 y 253.-VALERIANO D. BECQUER: ESTUDIO DE UN PINTOR CARLISTA (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID); CADIZ). LA FAMILIA (MUSEO DE 247 Fig. 254.-VALERIANO D. BtCQUER: BAILE DE CAMPESINOS SORIANOS (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Fig. 255.­ MANUEL CASTELLANOS: EL PATIO DE CABALLOS EN LA PLAZA DE TOROS DE MADRID (MUSEO DE ARTE MODER- NO, MADRID). 248 de Madrazo es yo Accdemlco de Merito de 10 de San Fernando. A finales de 1832, marcha a Parfs, donde es acogido por Dominique Ingres como un hi]o, Por 10 menos, como el hl]o de un gran amigo; 01 cfio siguiente, el extraordinario retrato del maestro de La odalisca, por Federico, cun superior a los del Baron Taylor y de Agustin Medeck, podrd informar a Francia de 10 categoria del espofiol romano. Pero continua, de momento, su dedlcccion de retra­ no tista, sino que se enfrasca en un gran cuadro de historia consecuenclos de los contactos - con Paul Delaroche en que figura 01 Gran Capitan contemplando el cadaver del Duque - de Nemours; pintura frfa, quieta, sin alma en su indudable y excesiva correccion, EI cuadro fue expuesto en 1836 en 10 Academia de San Fernando y suscito un entusiasmo hoy incom­ prensible. AI nfio siguiente, Federico de Madrazo vuelve a Parfs, ahora como triunfador, y el rey Luis Felipe Ie encarga, para 10 galeria de enormisimos lienzos de Versalles, uno que repre­ sente a Godofredo de Bouillon en Jerusclen, tela a 10 que se pudiera aplicar el anterior dic­ tamen. VueUo a Madrid, prepara su vlo]e a Italia. Ha lIegado el 21 de octubre de 1840 a Flo­ rencia, y, de aqui, por Perusa y Espoleto, alcanza el 24 su ciudad natal. En su dinrlo de viaje consigna el nombre de est a en rncyusculos: ROMA. Y en esa Roma, con rnzon mcyusculc, en 10 que tantas seducciones eternas Ie aguardaban, escoqlo 10 mas circunstancial,· enfermiza y efimera, 10 del grupo nazareno, capitaneado por Overbeck y seguido por pintores de toda nnclon, 10 menos convencida, 10 italiana. Es fama que un cuadro de Federico totalmente in­ curso en 10 tendencia - Las Marfas ante el sepulcro -, obra de las mas flojas salidas de su mono, mereclo los elogios de Overbeck, 10 que significaba el mas apetecible espcldcrczo, En 1842 do por concluso 10 experiencia romano y vuelve a Madrid, donde se Ie reserva todo cargo y todo honor. Sera Primer Pinter de Camara, Director de 10 Academia de San Fer­ nando desde 1866, Director del Museo del Prado de 1860 1868 y de 1881 a 1894, y recibird a nadie sabe cudntcs distinciones, entre elias 10 de Caballero de 10 Legion de Honor. Ilustre y rico, convertido en gloria nacional, rnorird en Madrid el 10 de junio de 1894. En realidad, puede casi decirse que vlvlo y cctuo un siglo, dado que conocio a Fernando VII y a Alfonso XIII nino. Y tanto pudiera haber sido estudiado en el primero 0 en el tercer capitulo de este volu­ men, pues que en todos los ciclos cronoloqlcos queda algo suyo. Este hombre superafortunado, [cruds sabedor de luchas por 10 vida, estrecheces, competen­ cias y apuros, rector de los organismos estetlcos espcfioles durante tantos nfios, heredero de su padre en rigorismos y dictaduras condiciones todas que no exciton a 10 simpatia - supo - a 10 bonisima estrella corresponder que constantemente Ie guiara. Fue un gran artista y un insigne plntor, y con tales titulos se rnostro acreedor a su envidiable suerte. Cuando cbcndono las mascaradas hlstorlccs y las tristisimas y blanduchas composiciones nazarenas evldenclo ser 10 que habia comenzado demostrando; que era, antes que toda otra coso, un maravilloso retratista. Un retratista mas atractivo que, por ejernplo, Esquivel, por todo 10 que tenia de enal­ tecedor de los modelos, y no precisamente por deseo de halagarlos, sino p6rque les conta­ giaba una natural dosis de nobleza que a todos lIego en alguna proporclon. Y, dado que nuestro don Federico retrcto por espacio de mas de medio siglo, su perspicacia Ie obligaba a seguir las variaciones de gesto, de porte, de cderndn, clnro est a que de modas masculinas y femeninas, tan cambiantes a 10 largo de esos cincuenta cfios. Yaqui su destreza, aqui su magia. Ha palpado como ncdteIc aureola personal que el Romanticismo prendo en 10 co­ beza de sus protagonistas rnejores, y los retratos nobilfsimos del marino Sanchez, del Duqu e 249 de Osuna a caballo (fig. 256), de Ventura de la Vega, de don Pedro de Madrazo, purason esencia del tiempo, con un empaque distante propio del que suefio, Y no hay que referirse exclusivamente a oleos, porque los dibujos - excepcionallsimos, increfbles de perfecclon en - que capta figuras tan entroficbles como Mariano Jose de Larra (fig. 257) 0 su amigo el arro­ a judo Conde de Campo Alange (fig. 258), a literatos como Breton de los Herreros (fig. 259), a artistas como Ponzano (fig. 260), quizd los superen en excelencia. Pero pasan los cfios, y ahora es el anciano general don Evaristo San Miguel (fig. 261), proloqo a la revolucion pro­ gresista de 1854, el que va rebasando aquellos cfios de suefio, Y poscrdn otros, y el retratado sera don Nicolas Salmeron, figura ya de nuestro tiempo (fig. 11). De Fernando VII a don Nicolas Salmeron. Federico de Madrazo, pese a sus ideas polltlcos bien definidas, no altera su objetividad de enaltecimiento, de perfectibilidad innatas - sea - quien fuere el modelo. Incluso se rebelnrd contra las condiciones negativas de este, no ocul­ tando su disgusto ante las facciones de pepona gorda de Iscbel II, y no otro serfa el unlco caso en que los pinceles de don Federico mintieron, y min_tieron solo a medias. Con las dernds espcfiolcs, no hcblc miedo. Toda la innumerable cantidad de duquesas, marquesas, conde­ sas, esposas de mlnlstros y generales, damas particulares (fig. 263) que por centenares posaron ante e!, posefan en mayor 0 menor medida belleza, gracia 0 dlstlnclon, y de cualquiera de estas cualidades sacaba maximo partido don Federico.· Retratos como los de la Duquesa de Alba, la Condesa de Vilches, la Marquesa de Potestad, dona Leocadia Zamora 0 dona Caroli­ na Coronado (fig. 262) sorprenden por su aire de familia, de cornun y general seducclon, sin duda amable y cautivador, pero con algo y mucho de mundo distante y lejcno, que tanto podfa centrarse en Parfs como en Londres 0 en Viena. No en vano se han pronunciado juntos muchas veceslos nombres de Federico de Madrazo y de Franz Winterhalter, aunque nuestro artista quede a mil codos sobre el badense; este no hubiera sido capaz de firmer el retrato de Marfa Ag ustina Lorrcficqc de Zabaleta, la hermosa nodriza vasca de la Infanta Isabel. Un tercer grupo de retratos madrazinos, los de nifios, completa los dlcqnostlcos anteriores. Esas precloscs criaturas los proplos hijos del artista, la Condesita de Perfs, - Garda Angel Loygorri, Vicente Beltran de Lis, Federico Florez, etc. - constituyen un mundo menudo apar­ tado de la dlndmlcn infantil, como si se tratara de plantas de estufa, bellas, pero delicadas, necesitadas, de infinitos cuidados. Y pudiera resumirse el [uicio afirmando que en todos los I retratos-por Federico de Madrazo, trdtese de hombres, mujeres 0 nlfios, sobra destreza I y sabidurfa de pintor, mientras serfa deseable un poco mas de personalidad, fuera positiva , o negativa; es declr, la personalidad que extrajeron de la era isabelina otros pintores, y de modo torrencial. Sf, fue ninguno, tan caudaloso en mas que extraordinario artista, dotado como pocos, sabio cual un destrezas como en dinero y en honores. Pero, desde sus alturas, I I no podfa percibir el porcentaje de drama y de sainete que jugaban sus retratados. Y quienes t no pudieran serlo, no Ie interescbcn. CARLOS LUIS RIBERA. OTROS RETRATISTAS. - La coincidencia, respecto de Federico 1\ de Madrazo, de haber nacido tcrnblen en Roma y el mismo nfio 1815, deberfa haber hecho t de Carlos Luis Ribera, hl]o de don Juan Antonio Ribera, algo asf como un hermano gemelo 1, del artista acabado de biografiar; pero tanta fortuna no suele repetirse. Sf se repitieron las I fases juveniles de exltos tempranos y de vlcjes de estudios a Parfs y aRoma. Incluso la fac­ I tura de un complejo cuadro de historia Origen del apellido de los Girones -, mas movido - 250 I, Fig. 256.-FEDERICO DE MADRAZO: RETRATO ECUESTRE DEL DUQUE DE OSUNA (COL. ESCRIYA D� ROMANf, MADRID). 251 s (r c" I Figs. 257. 258. 259 Y 260.-FEDERICO DE MADRAZO: DIBUJOS RETRATANDO A MARIANO JOSE DE LARRA. CONDE DE CAM­ PO ALANGE. BRET6N DE LOS HERREROS Y PONCIANO PONZANO (MUSEO DE ARTE MODERNO. MADRID). 252 s FigS. 261, 26] 'j ?63.-FEDERICO DE MADRAZO: RETRATOS DEL GENERAL SAN MIGUEL, DE CAROLINA CORONADO Y DE DAMA DESCONOCIDA (MUSEO DE ARTE MODERNO, MADRID). Fig. 264.-CARLOS LUIS RIBERA: RE· TRATO DE LA DUQUESA DE OSUNA (COL. DE DONA ISABEL GORINA, MADRID). 253 1- Fig. 26S.-CARLOS LUIS RIBERA: RETRATO ECUESTRE DE DON GREGORIO L6PEZ MOLLINEDO (COL. DE D. DOMINGO DE' LAS BARCENAS, MADRID). 254 y airoso que el del Gran Capitan, de su colega, motive tnmbien mucho comentario elogioso. Despues, las rutas se separan, y Carlos Luis Ribera, favorecido con encargos de cordcter reli­ gioso, obtiene el de una obra que, a la sozon, se considerarfa envidiable. Era la decoraciOn I I del techo del salon de sesiones del Congreso, en el que trcbnjo de 1850 a 1854; obra de des­ I mayado slmbolisrno, de las que no sufren ser miradas si no es con una guia impresa en mano, para poder enterarse de todo 10 que qulso decir el pintor, tras de 10 cual convence menos que antes. Elloaparte, la vocnclon verdadera y las outentlcos dotes de Ribera se dirigian al retrato, dedlccclon de que son buena muestra la efigie de su amigo don Federico, la de la Duquesa de Osuna (fig. 264) 0 la ecuestre de don Gregorio Mollinedo, prototlpo de feliz burques (fig. 265). Otros retratos muy ciertos e Intirnos, como los de nlfios, acreditan la valle, todavia no bien aquilatada, de Carlos Luis, que vlvlo hasta 1891. Este sera el lugar propicio para asegurar que, tras de todo 10 narrado, estamos muy lejos de haber agotado las menciones de retratistas rorndntlcos. Si entre VicenteLopez, Esquivel y Federico de Madrazo quedo eternizado sobrecogedor nurnero de espcfioles deseosos de un supervivencia, muchos otros artistas menores completaron la empresa con varia fortuna, escclondndose en [ercrqulc los pocos conocidos, los que 10 fueron peor y los ononirnos. Hacia la mitad del siglo andaban en estas funciones Juan Alvarez, Luis Marfa Duran, Antonio Roca­ full, Francisco Prats, etc., poca cosa mas que nombres. De mayor categorfa, Luis Ferrant y L1ausas, de Barcelona (1806-1868), protegido del infante don Sebastian, autor de unos poco interesantes cuadros alusivos a las virtudes cardinales, pero buen retratista, como enseficn los semblantes de su hermano Francisco y de su cuficdc Natalia Boris, en el Museo Rorndntlco, o los de dos nlfios, de 1851, en la misma Instltuclon EI hermano de Federico de Ma- (fig. 266). . drazo, Luis (1825-1897), nada gradoso en otros generos, ccerto en los retratos, sequn con­ firman los de la Condesita de Roncali (fig. 267) Y del Cardenal Ceferino Gonzalez. San Sebas­ tian ve nacer a Luis Brocheton y Mugurua (1826-1863), autor de optimos retratos rorndnticos en los museos de Santander y de su ciudad natal. E Ignacio Suarez Llanos (1830-1881) nos dejcrd la Eulogio Florentino Sanzo EI ultimo retratista incluible en el tiempo y en la efigie de tendencia sera el scnluquefio Angel Marfa Cortellini (1840-1899). Hubo muchlslmcs damas pintoras, generalmente retratistas. De todas Antonia Marfa - Oviedo, Emilia Carmena de Prota, Soledad y Carmen Enriquez Ferrer, etc. -, creemos fuera la mas sensible Clara Trueba y Cosslo, autora de dos finas acuarelas retratando damas, en el Museo de Santander. Notable, tam bien, Ana Gertrudis Urrutia de Urmeneta, gaditana (1812-1850), a la que se atribuye un autorretrato en actitud de pintar a su padre. Qulzd guarde alguna relcclon coli un tal Javier Urrutia, firmante de un retrato del gastador Jose Robles, en pintora de Cadiz, Alejandrina Aurora Gessler, mas el Museo Rorndntlco. Otra cono­ cida como Madame Anselma (1831-1907), pertenece mas bien al periodo siguiente. CANO DE LA PENA, UN NOMBRE PUENTE. - De los artistas que partieron sus ideales entre el Romanticismo y el historicismo, ninguno tan caracterlstico como Eduardo Cano de la Pefic, nacido en Madrid el 22 de marzo de 1823, en Sevilla, desde poco despues, ell] discfpulo de Jose y Joaquin Dominguez Becquer. Alumno luego de San Fernando, pension ado en Paris y profesor de la escuela de Sevilla, cquf muere el 1 de abril de 1897. Fue el primer triunfador 'en la pintura de historia, ya que en la Exposlcion de 1856 es premiado su Colon en la Rdbidc, pintado en Paris, lienzo que no trata de convencer documentalmente, pero que, por 10 mismo 255 y por su buena cornposlclon, es pieza sumamente valiosa, superior al nivel medio de este genero (fig. 268; tam bien visible en la 19). Mas 10 notable de Cano es creiu que tales historias que no vetaran obligatoriamente partir posibilidades com de otras terndticos mas sencillas y espon­ tdneos, con 10 que pinta un cuadroen 1859 Regreso de la guerra de Afrk:a (fig. 269) con - - libertad plenamente rorndntlcc, que un bravo subraya y poderoso colorido. Por este no so­ meterse a un genero que el habla contribuido a prestigiar, slrnultonedndolo con el mejor intimismo isabelino, el nombre de Cano de la Pefic debe ser resaltado sfrnbolo y como puente de las fechas crlticas que el final de este marcan capitulo. CATALUNA: PURISTAS Y NAZARENOS. Bien que hayan aparecido nombres cata­ - lanes en la presentoclon del romanticismo isabelino, ellos no fueron sino esporddlccs y excep­ cionales aportaciones, no constitutivas de escuela. La normal corriente de avidez con los para temas populares Barcelona, y si Parcerisa es paralelo a Villaamil, nadie 10 no se produjo en sera a Alenza ni a Lucas. Un interesante pintor reusense, Ramon Vives Ayne (1815-1894), autor de cuadros de cacerla y de bodegones, notable en su Guardabosques dormido, podia haber contribuido a cimentar el popularismo, pero no enconrro eco. Por el contrario, los mas relevantes pintores catalanes de la epocc se dejcron pescar en las redes del nazarenismo. Federico de Madrazo se salvo a tiempo, y no del todo; los que vamos a comentar quedaron en el incursos de por vida. Veamos cudn sencillos fueronlos hechos. Pablo Mila y Fontanals, hermano del gran humanista Manuel, nacido en Villafranca del Pcnndes en 1810, alumno de la Escuela de Bellas Artes de Lonja, obtuvo en 1832 una beca para ampliar estudios en Roma. Nueve nfios per­ mcneclo clll, y se consagraron a una adhesion total y fanatica a los idearios de Overbeck y de sus nazarenos, doctrina consideraba Mila salvadora. EI cuya a otros cata­ guio [ovenes lanes Lorenzale, Espalter y Pelegrin Clave al cendculo de este cuido seudocpostol, y - - de su conversion al nuevo credo. Las convicciones de Mila y Fontanals eran tan acentuadas que prefirlo, una vez vuelto a Barcelona, abandonar la pintura y dedicar su vida a la pro­ paganda del nazarenismo. Lo hizo desde la cdtedrc, desde la tribuna del Ateneo, desde la ter­ tulia de cafe, en sus colaboraciones literarias y hasta esteticn los nifios y en una dirigida a redactada en pareados bastante chabacanos. Esta especie de Ruskin cctcldn fclleclo en 1883. Debla ser hombre de la mayor eficacia persuasiva, como sin duda 10 el era propio Over­ beck, quien en su estudio - y la visita a este era obligada pontificaba y - se mostraba como un cpostol. Relnclon de una de estas audiencias nos ha sido conservada en un escrito de Jose Arrau y Barba, bcrcelones (1802-1872), quien no Ilego a abrazar tan santa causa porque preferlc ser mas prdctlco pintando retratos (fig. 270), alguno muy bueno, e interiores de con­ ventos, a la que escrlblc y practicaba la restcurcclon de pinturas. EI profeto Overbeck vez se hada el modesto ante los visitantes jovenes: "Sois demasiado bueno, amigo rnio, al juzgar mis obras." Con 10 que los cctecumenos emocionaban abundantemente y se juraban "in pectore" fidelidad al rebuscadlsimo aleman, con gran contento de Mila. Y uno de los buenos artistas estropeados de tal guisa era Espalter. Joaquin Espalter y Rull ncclo en Sitges el 30 de noviembre de 1809. Estudia en Barcelona, pasa en 1828 aMarsella y sigue viaje, el nfio siguiente, a Paris, donde sera durante cuatro cfios disdpulo del Baron Gros. Aprendizaje muy beneficioso, porque en el se ejercitarla el suburense de paleta Ie hubiera sido comunicada riqueza por el endeble scnton en una no que 256 Fig. . 266.-LUIS FERRANT: RETRATO DE NINOS (MUSEO ROMANTICO. MADRID) .. Fig. 267.-LUIS DE MADRAZO: LA CONDE- SITADE RONCAU (MUSEO LAzARO. MADRID). Fig. 268.-EDUARDO CANO DE LA PENA: COL6N EN LA RABIDA (ANTIGUO SENADO. MADRID). 257 i t Fig. 269.-EDUARDO CANO DE LA PENA: REGRESO DE LA GUER�A DE AFRICA (MUSEO ROMANTICO. MADRID). 258 -- - ----- - - - � _- --- L r Fig. 2fo.-JOS� ARRAU:'AUTORRE'rRATO (MUSEO DE ARTE MODERNO, BARCELONA). Fig. 271.-PELEGRfN CLAVE: AUTO­ RRETRATO (MUSEO DE ARTE MODERNO, BARCELONA). Fig. 272.-JOAQufN ESPALTER: LA ERA .CRISTIANA (MUSEO PROVINCIAL, GERONA). 259 · Fig. 273 .,-CLAUDlO LORE . ZALE: EL I YIERNO (MUSEO DE ARTE OOER O. BARCELO A). 26 de Roma, ciudad a la que lIega en1833: En Ital i a permanecerfa hasta 1842. Aparece en Madrid muy poco despues, sin duda por amistad con Federico de Madrazo, y esa misma amistad Ie trcerd en 1843 el nombramiento de Accdernico de San Fernando y en 1846 el de Pinter de Camara. De por entonces puede datar un buen retrato de familia -Ia de don Jorge en el Museo Romdntlco -, Flaquer, que no sabemos si es una concesion a la estetlcn madri­ lena 0 version cutentlco de la del autor. En todo caso, sin la menor relcclon con una obra de harta responsabilidad, cual fue la decorncion plctorlcc del Paraninfo de la Universidad Central, conclusa en 1858. Es posible que hubiera placido a Overbeck y a su grupo; es sabido que motive toda una entusiasta y hojarascosfsima monograffa de don Emilio Costelcr ; tcrnblen es seguro que hoy nos parece de una frialdad y de un mal gusto rayanos en la delin­ cuencia, mas cun que el techo del Congreso, por Carlos Luis Ribera. Y, sin embargo, Espalter era todo un pintor, mas que estimable, no solo la ya indicada cali dad de retratista en Ilegada - a 10 admirable en el retrato de las nlfios de lu.fcrnllin Coronas 0 en el tema hlstorlco - EI - susplro del moro, de 1855, en Aranjuez -, sino incluso en pinturas tan tfpicamente overbec­ kianas Overbeck La de 1871, el Museo pero superiores a como era cristiana (fig. 272), - -- en de Gerona, una de las pocas de decirnononlco piezas pintura espanola transparentando cuten­ tica religiosidad. En fin, Espalter, al morir en Madrid el 3 de enero de 1880, nos planteaba una cnchcIncoqntto ; ignoramos cudl fue el verdadero norte estetlco de este hombre. Mas convenddo, pero mas moderado, fue Pelegrfn Clave y Roquer, bcrcelones nacido 1811. He aquf a otro de los pensionados aRoma por la Junta de Comercio, y de los . en destinados a afiliarse en el purismo nazareno. Muestra de ello serlcn cuadros como Parabola del Samaritano y Suefio de Elias, con otras acometidas a temas blbllcos, sequn mandaba el cpostol, Y, en tanto, sus retratos (fig. 271) solfcn serexcelentes y veristas, apartados de for­ mulas preconcebidas. En 1847 pasa a Mejico, contratado por la Academia de San Carlos de dicha ciudad para ordenar sus ensefionzos de pintura, como Viler haria con las de escultura. Y continuo la bivalencia dicha. Si los retratos de la Senora Almanza de Echevarria y de la Senorita Echevarria realistas, composiciones como La locura de dona Isabel son preclsos y de Portugal pudieron hacer muy poco bien al discipulado mejicano. En 1865 reqreso a Bar­ celona, donde vlvlrfc hasta 1880. Creemos fue otro buen crtlstc estropeado en Roma. Otro de los cctecumenos serfa Francisco Cerda, del que en capftulo anterior se cornento su obra de cordcter neocldstco, Fue de los menos perjudicados por la estancia romana, que complete con viajes a Alemania, Polonia y Turqufa, estcbleciendose luego en Madrid como retratista. EI benjamfn del grupo, que falta por enjuiciar, es acaso el mas interesante, el que mejor nos merecerfa un serio estudio, aunque solo fuera en nccion de gracias por todo 10 que lnfluyo en la generadon catalana siguiente. Con 10 que estamos presentando a Claudio Lorenzale y Sugraiies, nccldo en Barcelona el cfio 1816. Era de ascendencia italiana, y, despues de estu­ diar en 1a Escuela de Lon]c, donde en 1837 fue prernlcdo por SIJ cuadro Joel matando a Sfsara, mcrcho aRoma, donde Mila Ie puso en relcclon con Overbeck. En Ja ciudad pontificia esfuvo por espacio de ocho cfios, durante los cuales fue el mas decidido partidario del ideario naza­ reno, que cornpcrtto con el estudio de los maestros italianos. En 1844 vuelve a Barcelona y establece una academia particular, que reunirfa buen ruirnero de alumnos, a los que, ello es cierto, no trctc de imponer su esteticc particular. En 1851 fue nombrado profesor de la Escuela de Lon]c, y en 1858 su director, cargo desernpefiodo hasta 1885. Murio en Barcelona, en 1889, 261 teniendo en su haber el adiestramiento de dlsclpulos tan eminentes Caba y como Fortuny, Padr6. EI retorno Barcelona habfa amortiguado tanto el programa que Lorenzale a un purista adoptara en Roma, y si lIev6 sus esencias a las decoraciones de Santa Marfa del Mar, a cua­ drosreligiosos y a otros simb6licos, como el titulado Invlerno (fig. 273), mas propiamente pre­ rafaelista que nazareno, 10 rnejor de su numen 10 dedic6 a la 1 especialidad del retrato (fig. 274), en cuya sencilla frontalidad logr6 muchos exltos. Era Claudio Lorenzale un pintor mas que I discreto y excelente titulo este un profesor, con que ha pasado a la historia de la pintura catalana. \ No ligado directamente al grupo Espclter-Cerdd-Clcve-Lorenzule, pero sf de acuerdo con sus tendencias, el tarraconense Miguel Fluixench (hacia 1820-1866 6 1867) estuvo tam­ bien pension ado en Roma, y al regreso fue nombrado profesor de la Escuela de Lonja. Se_de­ dic6 a la pintura religiosa el titulo de uno de sus cuadros, La primera obllqcclon del cristia­ - no al levantarse es dar gracias aDios y al retrato, entre cuyosrnodelos se cont6 Iscbel ll. - Y hasta aquf la pintura catalana de este momento, que aguarda el posterior para decla­ rar su poderlo mediante el nombre de Martf Aisina. LA ILUSTRACION Y LA CARICATURA. - EI momento decimon6nico en que procede referirse a estos dos generos menores no es el del primer tercio del siglo, en que se inician, ni el tercero, en que presentcrdn caracterfsticas poco diversas de las novecentistas, sino el del Romanticismo, con su noble pasi6n por el diario, la revista y el libro, todos tres medios en progresivo auge. Si en la introducci6n se aludi6 a la trascendencia de hechos como la difusi6n de la litograffa, el. cometido vulgarizador del madera y la grabado en aparici6npubli­ de caciones perlodlccs justamente famosas como HEI Artista", si tan despues se concretaron las actividades ilustradoras de hombres de la categorfa de Alenza 0 Lameyer, convendrd ahora dar algunos nombres de profesionales mas modestos dedicados a la ilustraci6n. Uno de los I decanos es Pablo Alabern Moles (1804-1860), nieto de Pedro Pascual Moles, del que habra i heredado la tecnicc del mas noble grabado. Sus hljos, Camilo (1825-1876) y Ram6n Alabern Casas (nacido hacia 1830), siguieron la dinastfa, sin rebajar la calidad. Otros ilustradores catalanes serlcn Juan Amils, y, s?bre todo, Eusebio Planas y Franquesa (1833-1897), superior dibujante y lit6grafo, no inferior a los mejores franceses de la epocc, y al que se deben las laminas de muchas novelas nacidas en el Romanticismo, las mas de elias traducidas. De los rnejores ilustradores valencianos quedan la cabeza Vicente Castell6 a (1815-1872) y Teodoro Blasco, y de los castellanos, Eusebio Zarza, Carlos Mugica, Jose Vallejo y Calixto Ortega. De muy diversos merltos, todos coincidieron en la fidelidad al estilo, siendo normal que las portadas de libros se pergeiiasen en un fantastico estilo g6tico y que las laminas 0 grabados en el texto se ajustaran a cierto amaneramiento mucho mas convencional que el que pudiera ser hallado en la obra de nlnqun pintor coetdneo. Y, con todo, son ilustraciones del mas considerable encanto, indispensables para obtener un completo escenario de la so­ ciedad rorndntlcc. Esta sumarfsima relccionquedarfa muy incompleta si no se trajera a plaza un artista pollfccetlco y merecedor de alguna cantidad de gratitud en pago a 10 popular que hubo de ser en su epocc, Es Francisco Ortego Veredo, madrileiio nacido en 1833, consumado trabajador, emigrado a Francia para mejorar de suerte econ6mica y fallecido en Bois-Colombes en 1881. 262 1 I r , i Fig. 274.-CLAUDIO LORENZALE: RETRATO DE DAMA CON SUS HIJOS (MUSEO DE ARTE MODERNO, BARCELONA). 263 / Figs. 275 Y 276.-FRANCISCO . ORTEGO: CARICATURAS!DE FUNCIONARIOS PUBLICOS. Figs. 277 y 278.-LUIS PONZANO: CARICATURAS DEL ACTOR MIGUEL IBANEZ Y DE SU ESPOSA (BIBLIOTECA NACIONAL, MADRID). 264 / Si comoplntor era poca cosa y bien se obstin6 en superarse -, sus ilustraciones al "Diario - de un testigo de la guerra de Africa" y "De Madrid a Napoles", de Pedro Antonio de Alar­ c6n; de "Don Juan Tenorio", de Fernandez y Gonzalez, y de "Las tardes de La Granja", Ie conquistaron harta popularidad, sin embargo inferior a la lograda con sus caricaturas, publi­ cadas en varios peri6dicos. Eran estes, por 10 cornun, de sdtiro polltlcc, como "EI Fisg6n ", y las colaboraciones de Ortego se recomendaban por una gracia jnmds lesiva ni sangrienta, sino bien humorada y 275 y la deformaci6n, apenas mas retor­ sana (figs. 276), no Ilegando a cida que la que pudlercmos hallar los dibujos de Alenza 0 de en Lameyer. Hombre ingenioso y digno de mejor suerte, Ortego es el primer caricaturista no casual, sino con intenci6n de serlo, que hallamos en la cr6nica del arte e spcfiol. Por 10 dernds, esta dedlcnclon fue alcanzando progresivo auge durante el tiempo que nos ha ocupado, y los rebusca dlburnes una y cartapacios de artistas sumamente serios nos en traerfa la sorpresa de abundantes testimonios de momentos de humor y de solaz. De Luis Ponzano, nacido en Roma en 1844, muerto trdqicornente, por asfixia, en Madrid, en 1875 e hl]o del escultor Ponciano Ponzano, se conservan en la Blblloteco Nacional dos graciosas caricaturas, figurando al actorMiguel Ibanez y a su esposa (figs. 277 y 278), ya con un crl­ terio muy moderno de este genero. Y artista tan serio como don Claudio Lorenzale, no desdefio, . al igual que otros de su tiempo, intercalar algun gracioso dibujillo caricatural entre otros del l mas digno trazo. Todo ello son precedentes aislados siempre presididos por la gesti6n de - Ortego para - la extensa dedicaci6n a la caricatura que clccnzcrc su cumbre en el perfodo subsiguiente. Pero la historia de tal dedicaci6n en Espana, dificultada por el anonimato de muchas caricaturas pollf cas, principal tema de la caricatura desde la guerra de la Independencia, estci todavfa por hacer, y no es este el lugar mas apropiado para iniciar siquiera un bosque]o de genero tan curioso y apasionante. Basten estas IIneas y el augurio del exito que aguar­ dada a tal libro para excitar a alguien que las lea a que emprenda trabajo tan sugestivo e inaplazable. 265