inîi'SîJ PSsi Ûi Si !HiL® 5:». ¡asi Í^í|;!Ípjli^ ülll ij i·li k ilíü üi Pii li lyíi r ltíiU lili ilili jumií 4M li i i ilí it!:; Huelgas/1946.Gom MiG/8.957 lif liiÉii i ii l iii EL PANTEON REAL DE LAS HUELGAS DE BURGOS CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS INSTITUTO DIEGO VELÁZQUEZ EL PANTEON REAL DE LAS HUELGAS DE BURGOS POR MANUEL GÓMEZ-MORENO MADRID Aldus, S. A. de Artes Gráficas.—Castelló, ieo.—Madrid. Fundaron este monasteri oiniciativa la reina Leonor de Inglaterra el de las Navas, por ldescargo y su esposo as HuelVIIIgdeas delosdeCastilla, de Santdea ellaMaría deAlfonso y en Burgos pecados del rey, según frase de rigor, por esta vez sincera, en su diploma de fun/ dación. Es de monjas del Cister; aparece y habitado en 1187, ya dotado y se incorporó a la Orden como abadía en 1199, con toda solemnidad y aprobación papal. Sus riquezas, privilegios, principado eclesiástico y civil y demás grandezas, casi inverosímiles, no son cosa de ponderar ahora. Baste añadir que el rey fundador dispuso que aquí mismo él y su familia recibiesen sepultura, y en consecuencia es donde yacen dichos reyes con sus hijos y nietos. Toledo guardaba ya los restos del abuelo, Alfonso VII, y del padre, Sancho III; obtuvo posteriormente los de Sancho IV y otros reyes, quedando reservados para Sevilla los de San Fernando y Alfonso el Sabio, todos ellos en ataúdes de madera al descubierto. Sepelios. Los primeros sepelios en las Huelgas serían para cuatro parvulillos, hijos de los fundadores: Sancho, que murió en 1181; Sancha, Leonor y Mafalda. Otro hijo, Fernando, fallecido en 1211, fué el primer adulto; le siguieron los reyes Alfonso y Leonor, en 1214, y Enrique, su hijo y sucesor, en 1217. De las bijas, Constanza, monja, calificada de santa, alcanzó al 1243; Leonor, reina de Aragón, al 1244, y la primogénita Berenguela, esposa de Alfonso IX de León y luego reina de Castilla, al 1246. Después se sucedieron nietos, infantes y monjas, y basta des/ cendientes remotos que llegan al siglo xvi, perdiendo interés progresi/ vamente sus memorias. Todo esto presenta llano y claro; las complicaciones sobrevienen se al compulsar los datos fidedignos con otros posteriores contradictorios, y con lo que arrojan los sepulcros. Por de pronto valga eliminar lo noto/ riamente erróneo, empezando por supuestas yacijas de Alfonso VII y Sancho III, que con certidumbre fueron sepultados en la catedral de Toledo y allí permanecen; además, como los sarcófagos que se les atri/ huyen en las Huelgas están decorados, puede comprobarse el error. Lo mismo respecto de Alfonso X, sepultado en Sevilla, y fué un descono/ cido quien mereció el sarcófago que se le adjudica en las Huelgas. Algo incierto queda lo tocante a Sancho, hijo de San Fernando y arzobispo de Toledo; a un Fernando, hijo de Sancho el Sabio, rey de Navarra, y de Sancha, hija de Alfonso VII; a Alfonso, hijo de Jaime I y de Leonor, hija de los fundadores, y mucho más lo de Urraca, la reina de Portugal, hermana suya. Sobre ello y otros problemas, ya iremos viendo. Edificio. El edificio bajo Alfonso VIII distaba mucho de la magnificencia y amplitud del actual. Su gran iglesia, claustro, sala capitular, refectorio y otras dependencias surgieron en tiempo de San Fernando, y aun sus preciosas yeserías moriscas se fecharon en 1275. Lo primitivo son las Claustrillas, con su capilla aneja, y otras dos de carácter mudejar también. Allí hubieron de ser depositados todos los susodichos difuntos, no en suelo consagrado, pues esto iba contra la regla cisterciense, sino quedando sus ataúdes insepultos, sobre soportes de piedra, tallados como delanteras de león generalmente. DESCRIPCION DEL CEMENTERIO: SEPULCROS Su organización actual data, al parecer, de 1251, ya acabada la igle^ sia. Los cuerpos de los fundadores y de la reina Berenguela se colocaron en la central, reservada para coro de las monjas (lámina I); los de nave infantas, señoras del monasterio, en la colateral del lado de la epístola o nave de San Juan Evangelista, y en la contraria, de Santa Catalina (lámina II), los cuerpos de reyes e infantes, dentro todos ellos de cajas lisas de piedra, arrimadas al muro sobre los soportes dichos, con tapa a dos vertientes y cubiertas de pinturas. Solamente para los fundadores hubo rico sepulcro en medio del coro, y otro se erigió a los pocos años, con decoración mural ostentosa, para el infante heredero Fernando, el de la Cerda. Terminado ya el monasterio, en 1279 se consagraron altares, a ruego de la infanta Berenguela, señora del mismo, consignándose los tres cementerios susodichos. Aparte hay otro en el portal de la iglesia, con cinco sarcófagos decorados y uno liso, que arrancan de hacia 1210 y quedaron anónimos. Estos cinco, sumados a otros tres dentro del monasterio, constitu.' yen una primera categoría, desconcertante por su riqueza tanto como por sus epitafios y lo misterioso de los personajes a que corresponden. Hemos, pues, de comenzar por ellos, desembarazando problemas su^ cesivos. Sarcófagos: naves laterales. El primero está en la nave de Santa Catalina (n. ° v del plano) y se ad/' judica a unaLeonor, hija de Alfonso VIII (láms. III a V). Dentro hay un ataúd de 0,72 m. de largo, conteniendo restos infantiles muy deshechos. El sarcófago mide i,io m. de largo: corresponde, pues, a un párvulo y, sin embargo, sus relieves e inscripción sólo cuadran para un adulto. Su fecha, II94Î su estilo, el románico tardío castellano, representado aquí en Burgos por las susodichas Claustrillas; pero con riqueza escultórica mayor e imaginería en este sepulcro. Deteriorado y sucio como está, mal se le disfruta. La caja desarrolla una arquería sobre columnillas, albergando la escena de las exequias: el lecho fúnebre con el difunto, que es varón; dos dolientes se inclinan a sus lados, y encima dos ángeles vuelan llevándose el alma sobre un lienzo; en torno, obispos y abades. En la cabecera, el duelo, representado por un caballero barbudo, una dama y dos varones jóvenes. En el frente de los pies, el Cordero de Dios con la cruz, en un medallón de hojas y entre ramaje. La tapa repite en una de sus vertientes la escena de la llevada al cielo del alma, recibida por Jesucristo en Majestad con su nimbo cmcu fero; a la izquierda, San Martín a caballo dando su capa al pobre, y a la derecha un corpulento grifo; en la otra vertiente, roleos de follaje, arpías entremedias y en dos líneas este dístico: QVIS QVIS ADES QVI MORTE CADES NRA PLEGE PLORA SVM QVOD ERIS QVOD ES TRE FVI PRO ME PRECOR ORA E M CC XXX II P M F. Sólo es dudoso el "noxíra", escrito anómalamente; sigue "perlege" abreviado, asimismo el "tempore". Las siglas finales quizá den el nom^- y bre del difunto: un "Petms Martini fw/", por ejemplo, 'y aun lo de Martín puede acreditarse con la representación del santo aquí efigiada. Su traducción viene a ser: "Quienquiera que vengas, tú que caerás en la muerte, atiende y deplora la nuestra. Soy lo que serás; lo que eres en el tiempo fui: ora por mí, te ruego. Era 1232." El segundo sepulcro (n.°xxxiii) está en la nave de San Juan (lám. VI). Es un sarcófago liso, muy grande y hecho de mármol blanco; segura^ mente romano: mide 2,25 m. de largo y 0,67 de alto. La tapa es de piedra caliza; su ancho, de 0,78 a 0,62 m., y por resultar demasiado grande se le recortó hacia los pies y por un costado. Su decoración hermana con la del sepulcro anterior, según corresponde a su fecha, 1196, y desarrolla a un lado la consabida escena de la difunta en su lecho y dos ángeles llevándose el alma; a los lados, en arquillos sobre columnas de retorcido fuste, cuatro obispos con mitra y báculo, y hasta siete personajes, al pare/· cer laicos; debajo, una serie de perros tras de arpías y dragones mordiém dolos. En la vertiente opuesta, roleos vegetales bien trazados. En la espina, entre rosetas separando palabras, este epitafio a todo lo largo: TERCIO X KL lANVARII OBIIT FAMVLA DEI MARIA D ALMENARA E MCCXXXIIII. Queda mutilado por rotura de la piedra algo del "dei maria"; pero todo se afirma mediante una referencia marginal del Calendario, pre^ cioso códice del siglo xiii conservado allí mismo, que dice: "Obiit dona maria de almenar x m k ianuari". De esta señora nada sabemos; pero se quiso hacer abadesa, de 1456 al 73, en una lista de ellas forjada a la capricho modernamente. La cartela moderna adjudica el sepulcro a Leo^ nor, hija de Fernando IV y reina de Aragón, matada por el rey Pedro de Castilla en 1359. Su contenido actual, cinco calaveras, huesos, tablas de ataúd y trozos de la badana de sus forros. El tercer sepulcro, en la nave de Santa Catalina (n.° xvi), se atribuye a Alfonso el Sabio (láms. VII, VIII a). Dentro, huesos de persona adulta con su calavera hacia el testero de la iglesia, dando a entender que era clé^ rigo: se insistirá sobre ello. Mide 2,32 por 0,81 m. Lo decoran ocho arquillos redondos en serie, sobre columnas y bajo chapiteles aventanados, llenando el frente; otros tantos encima en la tapa, pero de forma trilobulada y entre cruces éstos. Al otro lado de la misma, una gran cruz procesional lisada entre roleos de follaje. En los lados cortos, cruces también, pero de brazos iguales, en arquillos trilobulados y sobre fondo de hojas como de trébol el de la cabecera; otros desarrollos vegetales en la tapa, y a lo largo de ella un ondulado tallo, como de trébol también, sobre fila de aspas. Pero la novedad de este sepulcro, a más de las cruces, consiste en repetir dentro de sus arcos un mismo escudo de líneas algo convergentes hacia abajo, pendiente de una correa y asomando algo como contera; en su campo, ocho barras, irradiando en cruz y aspa en torno de una broca o umbo cuadrado, y con orla de aspas. Ello se reputa como trasunto fiel del pavés o escudo de combate, con sus refuerzos barreados y clavillos en torno, según lo representan monumentos franceses, así como entre nosotros el sello de un conde Pedro, impreso en 1179 en Calata^ yud, y los capiteles de la catedral de Tudela en sus naves, poco poste^- riores; además, un bordado leonés lleva el mismo escudo, partido de rojo y azul, y como de oro sus barras, alternando con leones rampantes. El estilo de este sepulcro resulta avanzado respecto de los anteriores y más pobre en sus desarrollos vegetales, pero augurando algo en sentido naturalista. Posa sobre dos traveses recortados en forma de águilas, y en la cabecera léese esto, algo mutilado por roturas de la piedra; ERA M CC XLVII O DOMNVS NVNIVS X DIES kal augusti EN LEONI FERIA V La "o" es inicial de "ohiit"; el "Nunius" resulta seguro; el "feria", muy probable, asegurando el mes. Tenemos, así, un don Ñuño fallecido en León en 1209, del que nada sabemos, y choca verlo sepultado aquí entre reyes e infantes, con tantas cruces y tanto escudo; pero enlaza con los siguien^ tes sepulcros, dando a sospechar si se trasladaría desde el portal de la iglesia, donde permanecen los otros, para utilizarlo de nuevo. Pórtico. El primero de éstos del pórtico encierra los restos de un varón, al parecer, cuya alcurnia se induce por lo espléndido de sus vestiduras, que rivalizan con las de reyes (lám. IX). Su composición es la misma del sepulcro anterior, pero con nueve arquillos, que dejan lugar en medio para una cruz procesional lisada; los otros albergan escudos como los referidos, pero de tres tipos: águila explayada, león rampante y las susodL chas barras, todos con orla de escaques en fila única, que guarnecen también las barras; además, entremedias de éstas campean un águila y un león, sumándose así en uno los tres blasones; pero queda siempre in-' cierta su significación heráldica. Desde luego no pueden corresponder al infante Juan, el de Tarifa, que dentro de la familia de San Fernando acuarteló en águilas y leones, según atestigua su sello, porque este sepuL ero es mucho más antiguo, y así tampoco al infante Fadrique, como se ha supuesto sin fundamento. La tapa ostenta una larga columnilla en su espina, apeando arcos gemelos y altos chapiteles, que cobijan una cruz procesional y roleos de hojas con racimos; al borde, un tallo ondulado, como de vid, y listón con cabujones; en cabeza y pies, otros follajes más estilizados, exactamente iguales a los del sepulcro de don Ñuño, acre^ ditando fecha, si bien posterior, muy cercana y con avance hacia lo gótico en sus vides (lám. VIII h). El segundo sepulcro (lám. X) varía en que sus arcos son trilobulados y el de en medio con la Majestad sedente; a la cabecera, Santa María con Jesús en brazos, sin otro adorno; los arcos de la tapa son apuntados y llevan más erguidos chapiteles; los escudos, idénticos, y sus correas, tala^ dradas; por soportes, leones amenazadores. Dentro, un osario. Otros dos sepulcros en el mismo pórtico, al lado contrario (lámv nas XI, XII), muestran un desarrollo pujante, dentro de la misma serie, y ellos hermanan entre sí con presentar a la Majestad, entre símbolos de los evangelistas, y los apóstoles cobijados por arquillos pendientes, ya de tres ya apuntados y con los gabletes y chapiteles de costumbre. lóbulos, En sus respectivamente, un varón barbudo y una dama con tocas, testeros, en sus lechos y llevadas por angelillos sus almas; sobre la dama repítese cuatro veces el mismo escudo con barras, entre rosas, dos palomas y un basilisco. La tapa del varón lleva una gran cruz procesional sostenida por cuatro ángeles, entre follajes de vid bien al natural. La otra tapa re^ pite esto mismo y al borde una arquería con el Cordero, angelillos arro^ dillados, aves y más figuras irreconocibles. Encima surge una especie de tabernáculo o baldaquino sostenido por seis columnas, a las que se adhieren figuras de los santos Pedro y Pablo y ángeles teniendo canden leros (lám. XIII); los capiteles son puramente góticos; las bovedillas, con nervios cruzados y chapiteles sobre sus arcos delanteros. El arte de estos sepulcros, en cuanto a su escultura, se parece a lo primitbo de la catedral burgalesa; fecbable, por consiguiente, en el tercer decenio del siglo XIII, que es cuando se empezaría también la iglesia. A los dosprimeros sepulcros del portal hacen compañía otros dos: el uno, liso; el segundo, con medallones de a cuatro lóbulos enteramente y cruces Usadas dentro. Sus ataúdes, a juzgar por el tamaño, guardaban cuerpos de mujer, cuyo atavío era riquísimo. Resultan así tres parejas de difuntos, dificultando asentir a la tradición de que todos eran caba^ lleros relacionados con la batalla de las Navas. El de don Ñuño, cabe^ za de esta serie, lo complica más. Claustrillas. Segregado lo anterior, propiamente ajeno al cementerio real, puede llegarse al estudio de éste con más holgura. En primer término un des/ cubrimiento reciente: explorando la capilla de las Claustrillas, que ahora llaman de la Asunción, apareció, pared por medio y de cara a la nave septentrional del claustro, un lucillo sepulcral del mismo arte que éste, viniendo a caer entre las dos series de sepulcros adornados del pórtico, o sea hacia el segundo decenio del siglo xiii (lám. XIV). Es problema nuevo e inesperado; mas procede resolverlo sin necesidad de argumen/ raciones y conversación. Sin duda se hizo para guardar el cuerpo de Fer/ nando, el hijo de Alfonso VIII fallecido en 1211 y primer adulto sepul/ — 14 — tado aquí, según ya sabemos: el hueco del lucillo, que mide 1,90 m., coincide en largura exactamente con el ataúd del infante, y ello basta para identificarlo. Quizá junto a él se depositarían luego los otros cuerpos reales y de infantes, mientras se edificaba la iglesia, y así lo atestigua la tradición de que San Fernando trasladó a ella el cuerpo de Alfonso VIII desde la capilla de Nuestra Señora de las Claustrillas. Forman dicho lucillo dos arcos gemelos de a cuatro lóbulos en re/ dondo, sobre ménsulas y cortas columnas, inscritos en otro arco esca/ zano, como simple guarnición, quedando hueco entre ellos para dos arpías de relieve. Lo demás son temas ornamentales con foliólas conve/ xas, florones y puntas de diamante menudas, como los capiteles de las Claustrillas todo. Coro. Muy distanciado en arte se nos ofrece el doble sepulcro de los reyes fundadores, erigido en medio del coro (n.® ix y x) a fines del reinado de San Fernando (láms. XV, XVI). En realidad son dos cajas juntas con tapas de albardilla, cuya principal decoración la constituyen arcos góti/ eos conteniendo escudos con el blasón de Castilla, excepto dos que lie/ van los leopardos coronados de los Plantagenet, como hija del rey de Inglaterra que era ella. En los frontispicios, a la parte del rey se efigió a éste, dando a las monjas el diploma de fundación, y una cruz tenida por ángeles; a la parte de la reina, el Calvario y la misma reina elevada por dos ángeles. Soportes en forma de leones amenazadores, como de cos/ tumbre. Poco después se colocó a un lado del coro mismo (n.° xviii) otro sarcó/ fago, destinado a Berenguela, hija de San Fernando, monja y señora de las Huelgas, que finó en 1279 (láms. XVII, XIX a). En él se representan con preferencia la Adoración de los Magos y matanza de los Inocentes; en la tapa, otras seis escenas evangélicas, desde la Anunciación a la huida a Egipto; en la cabecera, la coronación de Santa María; a los pies, el alma llevada al cielo por ángeles, entre un obispo y un abad que recitan las preces; en la otra vertiente de la tapa se alinean escudos con leones, cas/ tillos y águilas explayadas, blasón éste de Suabia, propio de la infanta por su madre Beatriz. Dentro de lo normal en el tiempo a que corres/ ponde esta obra, es muy apreciable y encaja entre las portadas de la cate/ dral burgalesa. Enfrente (n.° xxi) surge otro sepulcro de igual forma, pero gran/ dísimo y lleno todo de estrellas entrelazadas en bajorrelieve, donde alter/ nan las armas de Castilla, León y Portugal (láms. XVIII, XIX b, XLVI). Contiene los de otra infanta, monja también y señora del monas/ restos terio, ensalzada por "columna de los menesterosos y sostén de toda la orden cisterciense". Era Blanca, hija del rey Alfonso III de Portugal y de Beatriz, hija natural de Alfonso el Sabio, que fué incitada a profesar aquí por su tío Sancho IV en 1295 y falleció en 1321. Nave de Santa Catalina. Quedan por reseñar otros dos sepulcros que están en la nave de Santa Catalina. El uno (n.° i) encaja en magnífico lucillo de arcos esca/ lonados, bajo muy picudo gablete con adorno de hojas góticas y los bla/ sones de Castilla y León acuartelados, sin corona, pues la que se ve pin/ tada es moderna; en medio, el Calvario (láms. XX, XXI). La caja sepul/ eral es lisa, pero conserva su pintura, diseñando en la cabecera a la Santí/ sima Virgen con en brazos, entre ángeles con candeleras; todo lo Jesús demás son octógonos entrelazados, con castillos y leones alternando y las barras de Aragón en los huecos. La tradición del monasterio otorgaba este sepulcro al emperador Alfonso VII, contra todo lo razonable. Lo seguro es que corresponde al infante Fernando de la Cerda, hijo de Al/ fonso X y heredero de la corona, cuya muerte fué en 1275: a éste cua/ draba exclusivamente llevar las armas de Aragón, por su madre Yolanda, hija de Jaime I, juntamente con las reales de Castilla como primogénito. Delante del anterior sepulcro, y tan arrimado que para ello se cer/ cenaron los leones de sustentación del mismo, hubo otro sarcófago, tra/ dicionalmente atribuido al hijo de quien yacía detrás y, por consecuen/ cía, a Sancho III el Deseado (lám. XXII). Conforme a la realidad pro/ bada, corresponde a Alfonso, primogénito de Fernando déla Cerda, que alcanzó en vida al año 1333. y fué su madre una Blanca, hija de San Luis. Así lo justifican el testimonio de una hija suya y, en el sepulcro, las lises de Francia entre castillos y leones, que lo llenan todo en labor de octógonos entrelazados, de relieve. Los frontispicios se reservan para representaciones de Santa María con el Niño, entre ángeles con candeleras, y Cristo mos/ trando las llagas, entre Santa María y San Juan orantes, en evocación del Juicio final. Posa sobre leones enteros, y resulta atrasado para la fecha en que se haría. Hoy está exento en medio de la susodicha nave desde ha pocos años (n.° xxii). Los restantes sepulcros medievales, en número de veinte, son cajas de piedra caliza con tapa a dos vertientes, o sea de albardilla, y entera/ — 16 — mente lisos, aunque en lo antiguo estuvieron pintados, a juzgar por restos que conservan dos o tres de ellos, especialmente el que atribuímos a la infanta María, en cuya cabecera repítese la imagen de Nuestra Señora y ángeles bajo arquería gótica. Excepto el de don Ñuño, todos los demás sepulcros tienen su cabecera hacia los pies de la iglesia, conforme al rito que preceptúa sepultar a los laicos de cara al altar, o sea con los pies hacia el Oriente. En síntesis, obsérvese la falta de estatuas yacentes, general en lo espa^ ñol hasta bien entrado el siglo xiii, salvo raras excepciones, comenzando la evolución definitiva en el cementerio real de Galicia, en Santiago. Usual antes, la doble representactón de las exequias y del alma recibida por Cristo, decorando el sarcófago, trasunto, a su vez, del ataúd con su tapa de albar^ dilla, y sobre leones amenazadores, símbolos del enemigo vencido. Esto era lo normal, y se acredita en el primitivo grupo funerario de las Hueh gas; pero a su vez, la dinastía real castellana mantuvo insepultos sus muer-' tos y a la vista el ataúd, de algo definitivo que no se ah como en espera canza. Este rito se observó en Toledo y Sevilla y aun en el último ce^ menterio real, el de Granada, en condiciones de poderse certificar en cada momento el contenido de las cajas. Así, el conservar sus difuntos momi^ ficados y con el indumento propio, casi como en sociedad con los vivos, representa el espíritu cristiano de supervivencia, a través de la muerte, y de solidaridad en los sufragios. Es interesante recordar que Alfonso X en su testamento ordenaba que no se enterrase su cuerpo hasta que sus deudas fuesen quitas y pagadas, alegando que él fué, entre los reyes de su linaje, quien primero quitó las almas de sus familiares y vasallos cuando murie/- ron. Y añade: «ca non es derecho que el cuerpo.fuelgue fasta que sean cunplidas aquellas cosas por que podría aver trabajo en el alma». EXPLORACION DEL CEMENTERIO Va reseñado lo externo y visible del cementerio real, con más lo del pórtico,sea cual fuere su correlación con el de adentro. Ahora cumple examinar el contenido, sepulcro por sepulcro, ya en lo que respecta al personaje sepultado, ya a lo suntuario. Esto último, es decir, el estudio de sus preseas artísticas, constituye lo más importante y aun trascenden.' tal en esta exploración; mas, antes de proceder analítica y metódicamente a ello, valga una reseña global, que oriente a restablecer las agrupaciones o lotes de piezas obtenidas en cada yacija, con los demás datos aclara^ torios desde el punto de vista histórico. Y en cuanto a orden, daremos la delantera al único sepulcro que se mantenía intacto, y capaz, por com siguiente, de darnos idea de como estarían todos, salvo los de las monjas, cuya simplicidad de atavío y pobreza los libró del saqueo generalmente. En todo el cementerio no hay más epitafios que los tres arriba copia/- dos, ajenos a la dinastía real; ni siquiera contamos con dato intrínseco aE guno que declare a quién corresponde cada sepulcro; solamente hay unos cartelillos sueltos colgados sobre ellos, modernísimos y sin garantía de exactitud. Relación que parezca completa y fidedigna sobre sus atribuí ciones tampoco, ni en libro ni en la documentación conocida del mo^ nasterio; sólo indicaciones fragmentarias, a propósito de los aniversarios, exactas según lo tradicional, mas no siempre comprobables. Ya se irán presentando argumentos en cada caso. Constan noticias de exploraciones en las tumbas reales desde el siglo xvi; especialmente la de cierto obispo cuya vida abrevió Felipe II al repeler la oferta del anillo de Alfonso VIII que aquél había quitado a su cadáver. Pero el desastre ocurrió bajo la invasión napoleónica, cuando, huidas las monjas y alojadas aquí tropas francesas, se divirtieron abriendo sepulcros, echando fuera sus ataúdes, llevándose cuanto quisieron, des/ — i8 — trozando y esparciéndolo todo. Al tratarse luego de remediar el estrago, no habría medio de identificar siempre lo propio de cada tumba, y así el trasiego y la confusión de restos dió lugar a que boy aparezca todo en el desorden más espantoso. Aun después bubo profanaciones bajo la primera República, en 1871; dícese que en 1884 fueron abiertos todos los sepulcros; todavía tres de ellos, en 1908 y 1909, por orden del cardenal Aguirre, y son los que antes eran de tablas y yeso. Aparte robos y des^ trozo, se han visto muchas telas cercenadas a tijera, y un fragmento pasó al Museo Arqueológico de Burgos: parece, pues, que hubo una explo^- ración con miras de coleccionismo, quizá la aludida de 1884; mas nada, que sepamos, hubo de trascender al comercio de antigüedades. Ahora, los dos años últimos, vueltos a abrir todos los sepulcros, en han quedado fuera las piezas de interés artístico, con objeto de constituir una instalación, a modo de museo, en el monasterio mismo, y a que todo pueda ser estudiado y reproducido convenientemente. Pero si se qub siese algún día restablecer las cosas como estaban antes, sería hacedero, puesto que cada pieza y fragmento lleva su marbete de procedencia, y aun se toma nota del sitio preciso. La humedad y los fenómenos de des/- composición tenían ya en peligro los poquísimos objetos metálicos que subsisten, y en condiciones más que deplorables las telas. Su obtención, limpieza y arreglo han costado muy desagradables faenas y delicada labor restauradora, que sería interesante, mas no de provecho, puntualizar. Baste saber que todo se hizo con autorización y asistencia de las autoridades competentes y cooperación eficacísima de la comunidad religiosa. Análisis de los yacimientos. En junto, los sepulcros medievales explorados suman treinta y cinco; dos de ellos, simples osarios, y uno sólo intacto, como va dicho. Es nota^ ble que entre todos sus yacentes no aparecieran en esqueleto sino tres varones adultos y tres parvulillos, más dos mujeres y un hombre en el pórtico; los demás están momificados, aunque sin señales de operación para ello. Se los sepultó con su propio traje, los brazos doblados sobre el pecho, puesta la espada bajo su diestra los caballeros, y algunos con anillo y guantes; bajo la cabeza y aun bajo los pies, almohadas o cojines, basta cinco a veces, y yaciendo algunos, especialmente las monjas, sobre un lecho de briznas de heno y concretamente algún fleo; una dama se adornaba con flores. Aparecieron cuerpos cubiertos con una sábana; y los de los fundadores, con una manta acolchada. Los ataúdes siempre son de madera de pino muy limpia y sin apolillar; sus tablas, simple/ 19 — — mente clavadas o bien enlazadas cola de milano; su base es a trapecial, y algo más alta la cabecera; de las tapas, unas son llanas; las menos a.ntL· guas, a tres paños, y una sola a dos, prendidas con visagras de correa o goznes; su forro es de badana gruesa cosida a pedazos, o de ricas telas, nunca negras, y blancas generalmente para las mujeres y jóvenes; encima se distribuían galones claveteados, por guarnición y formando cruz en la tapa, corrida de largo a ancho en las más antiguas, y con remates como flor de lis otras. Mortajas. En las cuanto a mortajas, el despojo de objetos metálicos y decora^" tivos fué absoluto, quedando trapos únicamente. Obsérvase que las pren^ das de vestir son todas de telas finas, a veces tafetanes sutiles, y que el abrigo se confiaba a las pieles con que solían forrarse capas y pellotes. Estas pieles iban en pedacitos rectangulares o cuadrados, cosidos entre sí primorosamente, que miden de tres a dieciocho centímetros y suelen llevar cortes en sí, pespunteados también, quizá para aumentar la flexil bilidad del forro. De ordinario han perdido el pelo, quedando en simple cabritilla; pero en algunos casos se mantiene muy suave, de color entre rubiasco y ceniciento, y a veces forma una especie de cuadrícula de blam quecino a pardo: serán de aquellas pelles aljmec, de marta o comadreja, que citan los documentos, o de las conellinas y leporinas. Alguna prenda juvenil se adorna con guarniciones de cabritilla dorada; por lo demás, nada de primores en la confección de ropas; bastaba generalmente un refuerzo de cinta por los bordes interiores, recrecido a veces con tirillas de vitela; los ataderos eran de cinta o cordoncillo, sin nada de presillas ni botones, y el cierre de las túnicas, dispuesto en el costado izquierdo, consistía en una cinta tubular pasada de un lado a otro y prendiendo en ojetes pespunteados o en bandas de cinta adheridas a los bordes. Al contrario, la ropa blanca y los cojines se cosían primorosamente; las cos^ turas, a dobladillo cerrado o bien formando trenza al aire con sedas y oro,y los bordes iban guarnecidos de cordoncillos rematando en borlas poco desarrolladas. Es problema difícil asegurarse del tiempo a que corresponden las pie^ zas suntuarias descubiertas, si bien dentro de cortos límites, porque las ah mohadas, que constituyen lote bien nutrido y valiosísimo, no sólo ser ya viejas podían cuando se las dejó en los ataúdes, sino que la superposición de fundas en algunas acredita bien largo uso; el mismo fenómeno tocante a los forros de los ataúdes, pues mientras estuvieron al descubierto, su bue-' — 20 — na presentación exigiría renovar las telas cuando ya se viesen deterioradas, y este proceso arroja datos seguros de cronología relativa que deberán te^ nerse en cuenta. Destrozos. En general, las ropas aparecieron quitadas, rotas e incompletísimas, como si los violadores las hubiesen arrancado destrozándolas, en busca de cosas valiosas. Algunos ataúdes quedaron volcados y abiertos por su solero; hay dos momias juntas en uno; otras, descabezadas; otras, hechas pedazos, o a su lado alguna calavera suelta, y las hay amontonadas entre huesos y tablas rotas en dos sarcófagos, sin saberse de donde provienen. Resulta de todo ello una irremediable confusión entre el contenido de unos sepulcros; esparcido en varios lo que hubo y otros de estar junto, y a la inversa: imposible o punto menos asegurarse de lo que a cada tumba corresponde, salvo, y no siempre, los ataúdes y las almohadas, a que gene/ raímente no se tocó. Además, como las mortajas de las monjas no pro/ metían hallazgos valiosos, ellas sufrieron poco trastorno y aun quizá nin/ guno. Pero a salvo por completo solamente quedó el sepulcro del infante Fernando de la Cerda, gracias al otro que se le arrimó delante, y por él nos formaremos idea de la riqueza perdida en tantos otros. ESTUDIO DE CONJUNTO I: Fernando de la Cerda. (Numeración conforme ala del plano adjunto.) Una vez abierto este sepulcro, apareció el ataúd del infante perfec.' tamente conservado y limpio (lám. XXIII); su tablazón, enlazada a cola de milano y clavada; su tapa, llana, mide 2,17 m. de largo; de 0,60 a 0,36, su ancho, y 0,39el alto. Cubre la tapa un forro de brocado con faldón volante, todo de una pieza, que mide 3,10 por 1,20 m. (láminas LXXXIV, LXXXV); se fija mediante clavillos de plata con cabeza semiesférica, y ellos sobre cintas también de plata, formando cerco y una cruz de cabos Usados en medio, guarnecida con las armas de Castilla impresas a troquel (láms. XXIV, LXXXIV, LXXXV, CXLI). El cuerpo del ataúd se forra con otro paño de brocado, similar al de la tapa (láms. LXXXII, LXXXIII). Por dentro, otro forro de brocado árabe a listas, que en la cabecera de la tapa desarrolla amplia zona de labor más rica (láms. XXIII, LXVI, LXVII), no quedando al descubierto las tablas sino en su canto, donde iba clavada la tapa sin engoznar. Ocultaba la cabeza del infante un trozo del mismo brocado del ataúd, quedando al lado derecho un pequeño cojín de tafetán morado, de 0,28 m. en cuadro (láms. XXV, XXVI). Bajo la cabeza, otros tres cojines; del de encima sólo quedaba su labor de hilos metálicos formando red (lám. CXXXI) bordada sobre lienzo, que pereció consumido; mide 0,34 m. en cuadro y lleva borlitas en las esquinas. Bajo él, otro cojín, relleno de plumón, como de ordinario, y es un bordado a raspillas con hilos de seda policromos (láms. CXXIII, CXXIV), componiendo ya una serie de reyes en cuadrícula, ya leones y Uses, más un alfabeto en letra gótica se^- guido de cierto nombre árabe, al parecer, que sería el del bordador. Todavía — 22 — debajo, un cuarto cojín perfectamente conservado (láms. XXVII, CXXI), de punto de media a tres colores, en ordenación de octógonos y cuadra/ dos, donde campean castillos, lises y águilas principalmente, y alrededor una palabra en escritura árabe, acreditando aquí también que era mudé/ jar su artífice. Miden ambos cojines 0,36 m. en cuadro; borlitas en las esquinas. Las ropas del infante son tres prendas, cortadas de un mismo bro/ cado con labor de castillos y leones acuartelados (láms. XXVIII, XXIX, LXXVIII): manto con forro de pieles, a cuadros entre pardas y blan/ quecinas que miden 0,14 a 0,12 m., y cintas de galón dobles para pren/ derlo (lám. CVIII); pellote— si así llamaban a la sobretúnica abierta por los costados ampliamente, típica de lo español en el siglo xiii—; pellote, digo, con forro también de pieles, y túnica o aljuba abierta al costado izquierdo y forrada de tafetán carmesí: es importante saber que, contra el uso normal, acreditado por las representaciones artísticas de entonces, iba puesto el pellote debajo de la aljuba. La confección de estas prendas nada tiene de primorosa, y podría creerse que se hicieron deliberadamente para mortaja si los forros de pieles no lo desmintiesen. Debajo, restos de la camisa de lienzo y de unas bragas, sujetas a un cinturón de correa, del que penden sendos cordones para sujetar las calzas (lám. XXX a). De éstas, que eran de lana oscura con zonas de cuero, poco se conserva pegado a las piernas, y nada de zapatos. Cubría la cabeza del infante un gorro cilindrico (láms. CXXXVII, CXXXVIII), cuya armazón es de lienzo y madera, y la haz se enriquece con cintas de oro y pedrería fina, entre bordados de muy complicada técnica, figurando castillos y leones; mucho más rico, pero similar al del infante Fe/ lipe, procedente de Villasirga. Igualmente espléndido es otro cinturón (lámi/ nas CXI d, CXXXV, CXXXVI) con larga caída por delante, cuyos cabo, hebilla y enganche para la espada son de plata dorada, con pedrería también y escudos variadísimos de tipo extranjero, que además se distribuyen bordados a lo largo del cinturón, acreditando un influjo nórdico, si bien la base del mismo sea un ancho galón de estilo morisco. La espada es de com/ bate, sencilla (lám. CXXXIX), con vaina de cuero sobre madera, empu/ ñadura con cuerdas entretejidas y pomo de bronce; su hoja, casi deshecha por la humedad. El brazo izquierdo de la momia se dobla sobre el pecho, y la otra mano, puesta como empuñando la espada, lleva en su dedo anular una sortija de oro con piedras no de gran valor (lám. CXLI h, c). Aun rotos y oxidados los acicates, son piezas también de excepcional mérito (lám. CXL); conservan su enchapado de plata con atauriques moriscos, y cadenillas asimismo de plata timbradas con castillos y leones. En con/ junto, he aquí al natural una muestra de aquellos atavíos, tan graciosos 23 — — y atrayentes, con que las esculturas e iluminaciones del siglo xiii repre^ sentaban a los grandes señores castellanos, indumentaria y alhajas que constituyen por su singularidad un verdadero tesoro. II: Leonor, reina de Aragón. La única mujer adulta sepultada en la nave de Santa Catalina cree^ mos que fué la reina de Aragón Leonor, esposa divorciada de Jaime I e hija de Alfonso VIII, que vuelta a Castilla, murió en 1244, según nota del calendario referido. Es fecha conveniente al ajuar de esta sepultura, y no en modo alguno para adjudicarla, siguiendo la tradición del mo/ nasterio, a la infanta María de Aragón, esposa de Pedro, hijo de Sam cho IV, pudiéndose creer que su común aragonesismo, aunque por dis^ tinto concepto, diese pie para confundirlas, y ya veremos con prueba directa la confirmación de esta hipótesis. Aquí el estrago no fué grande, pero sí la dispersión de cosas que le pertenecieron, según indicios, halladas en los sepulcros próximos, cuyos cadáveres deshechos no estaban en condiciones para conservar lo propio suyo. Y hacemos presentación de este ajuar junto al del infante de la Cerda, por ser buen complemento femenino de los datos que éste nos propor^ ciona. El ataúd, simplemente clavado, carecía de tapa, pero quedaba un trozo de su forro exterior, al que se adhieren restos de cruz lisada, hecha con galón de oro claveteado. El tal forro es un brocado formando ruedas con leones (láms. LXXX, LXXXI), que hermana con los del ataúd del Fernando arriba aludidos, y su Interior se revestía de paño rojo liso. Hubo dentro hasta cinco almohadas, una a los pies y las otras por cabezal. Aquélla es de tejido morisco a listas celestes y blancas, dejando lugar en medio para un paño de tapicería árabe hecho con sedas y oro, casi igual a otros de distinta procedencia ya conocidos; mide este cojín 0,45 por 0,34 m. (láms. XXXI, LXII, CXIV). El segundo cojín es de tafetán morado liso, de tamaño casi como el anterior y conservaba restos de cabellera adheridos. Otros dos son iguales, hechos con la misma tela listada del primero, sobre forro de lienzo, y miden 0,38 m. en cuadro; pero a todos aventaja uno de tejido árabe con espléndido colorido y rica composición (lám. LIX), que mide de lado 0,38 m. Carecen de borlas y estaban henchidos de plumón, que llamaban flojel. Conservaba la momia su traje, aunque parte de él se obtuvo en las dos tumbas colindantes: era mujer gruesa y corpulenta, alcanzando a 1,60 m. su talla; dobla sobre el pecho los brazos y el izquierdo más en alto, y de sus tocas quedaba un trozo de muselina con oro y seda. Vestía 24 — — camisa de lienzo, cosida a dobladillo doble, y tres prendas de un mismo brocado árabe riquísimo, similar al del infante Felipe en Villasirga, y de corte como las de Fernando (láms. XXXII, XXXIII, LVII); o sea, capa que no llega al semicírculo, pues mide 1,30 por 3.06 m., sin forro; pellote muy voloso por abajo y hasta de 1.60 m. su alto, con forro de piel rubia, cortada en pedacitos de 0,16 m. en cuadro, y túnica sin mangas, abierta por el costado izquierdo y con cinta atravesada en zigzag para ajustaría (lám. XXXIV a), cuyo largo alcanza a 1,90 m., lo que repre^ senta una cola de medio metro en redondo, explicándose así las repre^ sentaciones femeninas de aquel siglo, que traen su ropaje tan plegado a ras del suelo. La buena conservación de estas prendas, en cuanto a su es^ tructura, así como las de Fernando, suministran modelos preciosos de indumentaria, quizá únicos. III: Mafalda. IV: Sancha. V: Leonor. Siguiendo desde ahora cierto orden cronológico,. procede comenzar por las tumbas de párvulos, hijos de los reyes fundadores. Tres eran hem^ bras: Mafalda, Sancha y Leonor. De la primera cita su nombre la Cró^ nica general, simplemente; de las otras ni aun eso, quedando reducidos sus cuerpos a pocos huesos, y con dos pares de muelas el cráneo de San^ cha. El ataúd de Mafalda tiene dos forros superpuestos, el uno de badana y el otro de paño rojo con primorosos galones (lám. CX a, h). El de Leonor mide 0,75 m. de largo; conserva parte de la cruz lisada su tapa, con galón liso y clavillos dorados sobre forro de bayeta roja; otro interior de tafetán blanco: está en el primer sarcófago con esculturas, arriba descrito. VI: Sancho. Más importancia tuvo el hijo varón, Sancho, nacido en 1180 y jura^ do heredero del reino, mas falleció antes de los quince meses. Yace su mo^ mia sobre un lecho de yerbas, desnuda y con los brazos cruzados; su alto, 0,67 m. Largo del ataúd, 0,88 m.; tiene bisagras de correa y lo cubre un forro de brocado árabe (lám. L· a, b) con cruz sobrepuesta de la misma tela, que ostentaba letras cúficas, pero sólo quedan fragmentos, y ella se extendía de largo a ancho de la tapa, sobresaliendo en faldón su forro; guarnécenlo galoncitos con oro lisos y clavillos dorados pequeños. ■ir VII: Fernando. Sigue fecha la tumba del infante que le sucedió como heredero en de la corona también malogrado, Fernando, que murió de veintidós y años en 1211. Su ataúd mide 1,90 m. de largo; tiene forro de badana por dentro, y al exterior otro de tafetán blanco, prolongado en faldón y guarnecido con galones lisos, que rodean la tapa y forman su cruz, con remate inferior redondeado (lám. XXXV a). La momia está muy incom/ pleta, y a más de su propia calavera, hay otra de adulto. De ropas sólo quedaba una pieza rectangular de seda negra, que mide 1,95 por 0,99 m., con dobles listas más densas al borde, doblada por medio y fruncida, lo mismo que su forro blanco de lino, pareciendo difícilmente explicable su uso. Además, un cinturón de correa pespunteado, al que se cortó la hebilla, con adorno de castillos y lises bordados, y metidas por él unas bragas de lienzo; a sus extremos prenden dobles tiras de cuero con ras/ pillas de seda a tres colores, como ligas para las calzas (láms. XXX h, CXXXV flj; y en efecto, queda anudado un trozo suyo de bayeta roja con ribete de cuero pespunteado de azul. Pero lo más notable y rico es una cofia, hecha sin primor con un paño de tapicería finísima, labrada de oro y sedas, componiendo adornos variados a listas y una inscripción cursiva de tipo almobade (láms. XXXVI a, CXII, CXIII); está henchida de lana y tiene forro de lienzo; tiras de cabritilla dorada para refuerzo; ri/ bete de lienzo azul y barbuquejo de tafetán blanco. VIII: Enrique I. Junto al sepulcro de este Fernando está el de su hermano Enrique, primer rey castellano de su nombre, que sucedió al padre en 1214, des/ posó en el año siguiente a la portuguesa Mafalda, con anulación inme/ diata por razón de parentesco, y murió de trece años en 1217. La causa de su muerte se refiere así, por testimonio el más fidedigno: "El rey don Enric trevellaba con sus mozos e firiolo un mozo con una piedra en la cabeza non por su grado e murió ende VI dias de junio en dia de martes era MCCLV" (Anales toledanos primeros). Según el arzobispo don Ro/ drigo, fué una teja lo que le ocasionó la muerte; pero no son incompa/ tibies ambas versiones, si la pedrada hizo caer la teja sobre la cabeza del rey. El ataúd que le corresponde mide 1.65 m. de largo; sus tablas van cía/ vadas y su forro es de tafetán blanco, listado de'oro y colores y con faldón la tapa (láms. XXXVII, LVI, XCVII b). A. ésta se sobrepone una cruz — 26 — de brocado árabe precioso, sujeto con clavillos dorados, que se prolong ga por abajo con tres tiras de galón labrado estrecho; otro azul y aun más fino alrededor (lám. CXI b). Abierto ya de antiguo por el solero este ataúd, apareció todo revuelto su contenido; la momia, algo incompleta y reducida a calavera su cabeza, que nos trae una prueba segura de autenth cidad, al verla trepanada, seguramente con intención de conjurar la hemorragia cerebral que hubo de sobrevenir con la pedrada. El cráneo es de muy escaso grosor y la trepanación hizo medio de su bóveda, se en en la fontanela, a cuchillo y últimamente pinzas, formando rectàn/· con guio de 39 por 34 milímetros, y sin rastro de cicatrización, dado que la crisis hubo de durar pocos días (lám. XXXVIII): resulta dato de ciru/ gía importantísimo. De almohadas sólo había parte de una de lienzo, con orla bordada de lazo sencillo morisco (lám. CXXVIII b). De ropas, parte de camisa o tú'· nica pardusca con arranque de una manga, y bragas con pliegues y nudos; también, un pellote de tafetán carmesí con dobles listas de oro y plata, ajironado por abajo y guarnecido con tiras de cabritilla dorada (lámi^ na XXXIX); su largo, 1,17 m., y además un pedazo suelto de la misma tela, que correspondería a otra prenda. Mas lo principal es una cofia hecha con tela de seda en que campean calderos heráldicos pardos (láms. XXXVI b, LXXI b), y cuyos bordes van recrecidos con un calado a punto de aguja e intradós de oro y pardo formando lazo: forro de lienzo, pespunteado finamente y arranque de barbuquejo de lo mismo. Por varias razones, a saber: tamaño escaso, limpieza y heráldica, no parece verosímil que pertene^ ciese al malaventurado rey esta cofia; quizá mejor a un Fernando, cuya sepultura cae próxima, nacido de Alfonso el Sabio en sus mocedades, según dicen; y si fué su madre la María Guillén de Guzmán conocida, bien pueden corresponder a este apellido los susodichos calderos. IX: Alfonso VIII. Entre las muertes de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, su esposa, no mediaron sino veintiséis dias, corriendo el mes de octubre de 1214. El ataúd del rey está simplemente forrado de badana con bisagras de correa. Sucadáver, momificado, excepto la cabeza, y hecho pedazos, cubríase conun medio edredón o colcedra, rellena de algodón y basteada a rombos; su tela es de lana verde por un lado y de lino azul por el otro, midiendo en total 2,50 por 1,74 m.; pieza quizá única y muy bien com servada, salvo sus Quedaba una almohada de seda pajiza con cortes. listas rojas, que mide 0,58 m. en cuadro. De ropas, la camisa con man/- 27 — — gas estrechas bordadas a crucetas de oro, blanco y rojo; así tam/ y costuras bien un paño rectangular con atadero de cordoncillo, tal vez como bragas. La túnica es muy amplia, de tafetán azul oscuro con estrecha franja de tapicería y listas pareadas de oro corriendo a lo ancho de la prenda; sólo queda la parte alta y su forro de pieles a cuadros, de o,i6 por 0,14 m., todo raído. Hay, además, trozos de capa de la misma tela, uno de ellos sacado de otra tumba vecina. En pedazos sueltos, un brocado verde saE picado de escudetes con castillos de oro (lám. LXXI a), y un tafetán ama-- rillento grueso, de más de un metro en cuadro. X: Reina Leonor de Inglaterra. El ataúd de la reina Leonor mide de largo, tiene clavos por 2,02 m. ligazón y bisagras de hierro: su forro interior, de tafetán blanco, y tres por fuera, blancos también, superpuestos: uno de lienzo, otro de seda con sencilla franja de oro (lám. LXX a), y un tercero encima, de W estrellas y bor árabe en cuadrícula, salpicada de botones de oro, precioso (lám. LUI a, b); galón ancho, labrado con oro también, formando la cruz de su tapa (lám. CV), y otros angostos alrededor, correspondientes a los dos forros ricos. Dentro, dos pedazos de la misma colcedra, que aun no llegan a constituir su totalidad; una almohada de seda azul con listas de oro y en medio otra de tapicería, puesta a los pies; a la cabecera, un cojín de ta.- fetán carmesí con listas de oro y plata y tapicería, que mantiene debajo hasta otros tres forros: el primero, de lienzo fino con castillos bordados de rojo y negro (láms. CXXVI, CXXVII); el segundo, de tafetán car^ mesí confranjitas negras labradas, y el inferior de lienzo grueso; estaba relleno de plumón y mide 0,58 por 0,38 m. A otra almohada hubo de corresponder un pedazo de lienzo con bordado sencillo (lám. CXXVIII d), sobrepuesto a una tela de lana azul con listas amarillas, tejida toda a ras/ pas (lám. XCIX c). La momia de la reina se conserva bien, mas sin nada de ropas; en cambio, la rodeaba una cantidad extraordinaria de tiras de muselina blanca con bordes fruncidos, que componían el tocado (cf. láms. CI a CIII), aquellos tremontorios con barbuquejo que las representaciones del siglo XIII copian. Adviértense a trechos partes quemadas, al contacto de la cabeza por detrás, y aun queda un trozo de ellas con forro de piel. El largo íT de una de estas tiras es de 6,60 m., por un ancho de 0,11, y el de otra alcanza a 0,20; tienen listas de oro y colores atravesadas a trechos, sobre todo hacia sus extremidades y, además de sus bordes fruncidos, algunas añaden una banda de galón de oro o de cinta roja prendida al aire; gene/ — 28 — raímente se colocaban dobladas por sumitad a lo largo, y queda tal cual alfiler de los que servirían para sujetarlas. Añádese un almaizar o ^ toca, que aun incompleto alcanza a 4,15 m. de largo por un ancho de 0,33, con listas marginales rojas y profusión de otras de través com^ binadas, anchas de oro y estrechas negras con bordes rojos. Se conser-' van trozos de los zapatos, puntiagudos, con algo de forro como de cáñamo labrado a raspas; y adviértese que, como del calzado femenil, que llaman ban xervillas, en árabe, nunca hay sino la suela y el cerco para coserlo, puede inferirse que era de paño. XI: María de Almenar? De las hijas adultas de los fundadores, la primera en morir, y bien joven, fué Urraca, reina de Portugal, en 1220. Aquí en las Huelgas se le adjudica un sepulcro en la nave de San Juan; pero como en Alcdbaza tiene otro de bien garantizada autenticidad, hemos de rechazar la atri/ bución. Buscando resolver el conflicto sobre los datos locales, sólo cabría suponer trasladado a dicho sepulcro de las Huelgas el ataúd que hubiera en el sepulcro frontero, ya fuese de Leonor, la hija de Fernando IV, como reza su cartelito, o de aquella doña María de Almenar a que corres/ ponde el epitafio, ya transcrito, y de la que consta referencia en el calen/ dario del siglo xiii, entre personajes de estirpe real y abadesas del monas/ terio exc usivamente. Respecto de esta segunda Leonor, reina de Aragón, el carácter del ajuar funerario del sepulcro en cuestión se aviene muy mal con la fecha de su muerte, 1359; aün parece verosímil que, para darle sepultura en las condiciones de apremio y secreto que su asesinato exigía, se la depositase en el sarcófago de la Almenar, y para ésta se dispusiese enfrente otra tum/ ha, hecha pobremente. Por consecuencia, como puede ser suya la momia que contiene, aludiremos bajo su nombre a los despojos hallados en este sepulcro, para entendernos. Como él era de tablas y yeso, rehízose de piedra en 1908 copiando los antiguos. Dentro apareció el ataúd, sustituida su tapa por otra de tamaño algo menor y forrada de paño negro, con farpas cuadradas en torno y guarnición de cintas blancas, formando cruz lisada con clavillos de cobre (lám. XLIX aj: ya se dirá a quien creemos que corresponde. El tal ataúd tiene enlazadas y clavadas sus tablas; mide hoy 1,78 m. de largo, pero fué algo recortado cuando se renovó el sepulcro. Su forro exterior lo constituye una magnífica tela árabe de brocado, formando grandes ruedas con parejas de leones y letreros cúficos, cuya parte corres/ 29 — — pendiente al solero se conserva muy bien y desde luego ofrece completo el dibujo (láms. XL, LXXV a LXXVII). A este forro se añadieron por los testeros partes de otra tela con estrellas sobre fondo celeste y ancha zona atravesada de oro (lám. LXXIV), probablemente de fabricación castellana y quizá muy posterior. Todo el ataúd se guarnecía con galo/ nes, uno ancho a mitad de su altura, y otro al borde, ambos de confec/ ción poco primorosa (lám. CXI a). Dentro, todo estaba revuelto; pero bien conservada la momia, que muestra haber sido de mujer corpulenta y tetuda. De almohadas, dos de lienzo blanco y otra de sarga carmesí y azul, que mide 0,42 por 0,33 m., con sus borlas. De ropas, trozos de túnica amarilla de tafetán labrado (lám. LXI a), con el atadero de cinta negra que lo ajustaría (lám. XXXIV b); un trozo de velo listado (lá/ mina XCIX d), y un lío de tiras de muselina, rubias y blancas, con fruncidos y listas atravesadas de oro y colores, como las de la reina Leonor (láms. CI a CIII), alguna de ellas anudada a cinta blanca redonda y otras prendidas con alfileres de hierro, cuyas cabezas, de plomo fundido, semejan algo así como un ojo con niña blanca, y un ave (lám. CXLI /). Gran cantidad de lana suelta hubo de servir para el relleno de almo/ hadas, quizá deshechas modernamente, y también quedaban grupos de flores de saxifraga longifolia, llamada vulgarmente corona de rey, con que adornarían a la difunta. Aunque sacado de otro sepulcro con algo de lo anterior, bien pudo corresponder a éste un paño de brocado árabe precioso, compuesto de tres tiras cosidas, que miden juntas 0,68 por 0,37 m. y sería almohada, pero estaba suelto (láms. XLI y LII); además, trozos de tafetán finísimo color crema, cuyo ancho es de 1,00 m., con listas rojas y negras perfila/ das a más colores, y otro de muselina amarilla con borde rizado y listas de oro y colores; su ancho 0,13 m. XII: Constanza I, la Santa. En la misma nave de San Juan, a la cabecera, está el sepulcro de Constanza, hija de Alfonso VIII, que fué monja de las Huelgas y se la califica de santa; murió en 1243. Su ataúd tiene tablas empalmadas con clavos a lanceta, y su forro es de badana con cruz de ancho y riquí/ simo galón morisco (lám. CVI), sobre clavazón de hierro. La corpulenta momia se conserva bien, con su camisa de lino y hábito de lana negra muy fina; de los zapatos, la suela, con forma y delgada. XIII: Constanza II, monja, de Alfonso IX, Antes que la anterior, en 1242, falleció otra infanta monja Constanza, hija de la reina Berenguela y de Alfonso IX de León, también sepuL· tada en la nave de San Juan. Una sábana de lienzo grueso se extiende sobre el ataúd, cuyo forro es de badana con dos remiendos de brocado precioso (lám. LXXIX a^h); su tapa va engoznada y tuvo guarnición de galones (láms. CVIII, CIX) con clavillos plateados. La momia con-' serva expresión de tranquilidad notable, con su pelo y aun las tocas de gasa, a más del hábito blanco y negro y los zapatos. El cojín en que apoyaba la cabeza es de lienzo bordado en negro y rojo (láms. CXXIX, CXXX); mide 0,31 m. en cuadro; cordoncillo en torno y cuatro borli/ tas negras. Este sepulcro ba sido trasladado, desde el intercolumnio siguiente, para dejar sitio a un altar. XIV: Berenguela, reina. A un lado del doble sepulcro de sus padres, fundadores del mo.' nasterio, está el de su primogénita Berenguela, esposa de Alfonso IX de León y madre de San Fernando, en quien abdicó la herencia real de Castilla que le correspondía, una vez fallecido su hermano Enrique, y vivió basta 1246. El ataúd tiene forro interior de lienzo blanco, y otro exterior de badana con restos de galón rico y clavillos de bronce, ya con-' vexas, como siempre, sus cabezas, ya en forma de venera o de escudete con león rampante (lám. CXLI d, e). La momia que debe corresponder a la reina se mantiene bien; pero debajo hay otra sin cabeza, testimonio de los trasiegos arriba deplorados. Le corresponden tres cojines: uno de color blanquecino labrado a rombos, con listas azules y tira de tapicería morisca en medio (láminas LXVI a, LXIX a, CXVI b), que mide 0,36 m. en cuadro; otro, de tafetán verdoso labrado, morisco también, sobre el que se bordaron en cada haz cinco golpes de adorno con hilos de plata entrelazados, y mide 0,45 por 0,32 m. (láms. XLII, LXI b, CXXXII); el tercero es pieza extraordinaria, de seda carmesí con franjas y medallones de tapicería árabe con oro y sedas, incrustados en la tela misma; mide 0,86 por 0,50 m. y lleva seis borlitas amarillas en los lados menores (láms. XLIII, CXV); dentro de él quedaban restos de otra funda de lienzo con sencillo bor^ dado (lám. CXXVIII c). De telas, dos trozos de brocado árabe, el uno de 1,52 por 0,73 y el otro de 0,73' por 0,59 m., a listas policromas con predominio de color verde (lám. LXIV): quizá serían del traje, y co/ rresponde a la misma serie que el forro interior del ataúd de Fernando de la Cerda. Hay otro pequeño trozo amarillo, con labra del mismo estilo que la del segundo cojín referido, y más fragmentos de tafetán liso, verde y morado, entre los lienzos usuales. XV: Fernando de Navarra. Quedó atrás, con respecto a fecha, el sepulcro de un primo del rey fundador, hijo de Sancho el Sabio, rey de Navarra, y de una Sancha, hija de Alfonso VII; se llamaba Fernando y falleció en 1208. Dícese que fué sepultado en la catedral de Pamplona; mas la tradición del mo.' nasterio y la estructura del ataúd, bien diverso de losdemás que vamos viendo, acreditan acaso lo contrario. Dicho ataúd mide 1,98 m. de largo; sus tablas van enlazadas a cola de milano y engoznada la tapa, que es a dos paños; el forro interior, de lienzo encerado muy grueso; el exte.' rior, de bayeta roja, y cruzan la tapa en toda su extensión anchos galo/- nes claveteados, de labor geométrica con oro, como de ordinario (\imu nas XLIV, CIV). Estaba el ataúd abierto por el solero, que faltaba, y dentro apareció la momia desnuda con dentadura completa; de su ah mohada, no más que trozos de lienzo con castillos bordados en rojo y negro (lám. CXXVIII a). XVI: Sancho, arzobispo. De nombre Sancho e hijo de San Fernando es el que fué arzobispo de Toledo hasta 1261, y se da por sepultado en su catedral. Ateniéndonos, sin embargo, a la tradición de las Huelgas, parece verosímil asignarle el sepulcro de los escudos, que antes se describió, hecho para un Ñuño y atribuido a Alfonso el Sabio. Consta por memorias fidedignas que allí yacía un obispo y, en efecto, la disposición del esqueleto con su ca-' beza hacia el altar, como va dicho, acredita que perteneció a varón com sagrado, y el tener poco desarrolladas las muelas del juicio va bien con la edad temprana a que murió Sancho. Su ataúd tenía forro de badana, al parecer, y de las dos tapas que allí había pudo corresponderle la del forro de tafetán carmesí con dobles listas de oro, muy deshecho. Dentro, el esqueleto sólo y no removido. XVII: Manuel. Otro hijo de San Fernando, el menor que tuvo con la reina Beatriz, Manuel, fué sepultado, según tradición, junto al Fernando, hijo de Alfom so VIII: es forzoso, por consecuencia, asignarle la tumba mal rotulada como de Pedro, hijo de Sancho IV. Fué la muerte de Manuel en 1283. El ataúd, hecho pedazos, estaba forrado de badana y quizá también de una tela de seda, labrada a rombos en azul y pajizo y listada de oro y rojo (lám. LXVIII c), cuyos fragmentos aparecieron dispersos. La momia es de adulto con dentadura completa, los brazos sobre el pecho y quizá tuvo asido con su diestra el pomo de la espada. Capa de tafetán carmesí con listas agrupadas blancas y de oro (lám. XCVII a), en dos paños cosidos horizontalmente; su alto, 1,43 m.; su tela, 0,86 de ancho. La parte baja de una túnica blanquecina, a paños radiales, cuatro por lado, como cu^ chillos, los del delantero y espalda, desarrollando todos a lo ancho entre listas de oro y carmesí, más otra de tapicería (lám. CXVI h); lleva guar.- nición de vitela dorada y forro de pieles. Trozo de lino finísimo con ca^ lados dé cordoncillo de plata trenzado y bordes rojos. Otro, de brocado, pequeño (lám. LXXIX c). XVIII: Berengucla, monja. La hermana de estos dos infantes, Berenguela, abadesa y señora de las Huelgas desde hasta su muerte en 1279, yace en el sarcófago 1241 historiado del coro, que arriba se describió, cerca del de la abuela homó^ nima. Su cuerpo está momificado y perdió sus ropas. El ataúd se forró con un brocado precioso, diseñando águilas y grifos pareados con fram jas interpuestas (láms. LXXXVI a LXXXVIII), al que se sobreponen anchos galones de dos tipos, por cruz y cerco de su tapa (lám. CVII). XIX: Fernando, de Alfonso X. Sigue la serie de bisnietos de los fundadores, entre los que sobre-' sale Fernando el de la Cerda, cuyo sepulcro se registró arriba. Hermano suyo, pero habido fuera de matrimonio y en su juventud por Alfonso X, según se dice, fué otro Fernando, al que cuadra la atribución de un sepuL ero en la nave de Santa Catalina. Mide su ataúd 1,08 m., con forro blanco de lino, y encima otro de bayeta roja con clavillos dorados. A la momia le falta la cabeza. De almohada sería un trozo de tafetán verdoso. que mide 0,49 por 0,35 m. De vestiduras, dos pellotes, el rombos uno a menudos de blanco, forrado de pieles, con cinta verde oro y tira de vitela y guarneciéndolo por dentro y otra blanca para atadero al cuello; mas no queda sino su parte superior (láms. XLV a, LUI c, à). El otro mide 0,73 m. de largo; es de tela árabe labrada a listas en blanco y azul forrada de pie^ les y con los mismos ribete interior y cinta; nesgas de dos en dos a los lados para darle vuelo (láms. XLV h, LXIII). Dado que éste es el único niño que pudo conservar sus vestiduras en esta serie, procede adjudicarle dos prendas obtenidas en sepulcros vecinos: la cofia de los calderos, antes descrita (láms. XXXVI, LXXI b), cuyos timbres heráldicos correspon/ den al apellido Guzmán, que pudo ser el de la madre, y una preciosa capa de brocado verde árabe (lám. LIV) con forro de piel rubia, quizá de marta, cuyo alto es de 0,75 m. Juntamente, un cojín tejido a punto de media, policromo, con lises, leones, flores y estrellas (láms. CXIX, CXX), que mide 0,28 m. en cuadro, forrado de tafetán carmesí; tam/ bién, una gasa amarilla con listas finas en cuadrícula, de oro y azul, cuyo ancho alcanza a 0,70 m. XX; Isabel de Molina, monja. Cierra esta serie de sepulcros, correspondientes al siglo xiii, el de una Isabel, señora de las Huelgas, nieta del infante Alfonso de Molina y bisnieta de Berenguela y Alfonso IX, fallecida en 1292. Está bien defi/ nido en la nave de San Juan; pero se renovó su caja de piedra, por estar rota, en 1908. El ataúd tiene forros interior y exterior de tela de lana ama/ rillenta labrada a rombos (lám. LXIX a,h), y guarnecen su tapa galones con oro y plata (lám. CIX), el uno estrecho alrededor y otro apareado a costura formando la cruz. Dos cojines a la cabecera: el uno, de sarga grue/ sa con listas alternadas de carmesí y azul, cordoncillo y borlas azules, mide 0,43 por 0,33 m.; el otro, de tafetán carmesí, al que se sobrepone un en/ caje finísimo de seda blanca a manera de red (lám. CXXXIV), cor/ doncillo rojo en torno y borlas, mide 0,54 m. en cuadro: es pieza no/ tabilísima, pero deshecha. Aunque bien conservada la momia, que es delgadita, no se reconocen de su vestidura sino lienzos de distintas cali/ dades, un trozo amarillento de lana con franja roja al borde, y también bandas de lino rizadas para toca. XXI: Blanca de Portugal, monja. Otra señora de las Huelgas obtuvo puesto de honor y sarcófago sun/ tuoso, ya descrito, en el fué Blanca de Portugal, hija de Alfonso III, coro, y 34 — — que vino a Castilla con su madre, Beatriz de Guzmán, hija natural de Alfonso el Sabio, y murió en 1325. Su ataúd tiene tapa a tres paños con forro espléndido, de un brocado oriental blanco perfilado de oro (lámi/ na XCIII), guarnición de cintillas blancas muy claveteadas; vuela y en faldón corto su tapa y lleva cruz lisada, becba con las mis^ el forro de mas cintillas (lám. XLVI), Almohada de seda y cáñamo, componiendo animalillos de colores contrapuestos blanco y azul (láms. LXXXIX, XC), y con franja de oro, que mide 1,02 por 0,35 m. La momia está envuelta en lienzos muy arrugados, y toda ella, así como el ataúd, se recu^ brían con una película de materia orgánica, blanca y densa que, vista al microscopio, resulta ser papel continuo, reblandecido por la humedad, y se pondría en tiempo relativamente muy moderno. XXII: Alfonso de la Cerda. Como sarcófago del segundo de la Cerda, Alfonso, ya quedó des^ crito el que ahora surge en medio de la nave de Santa Catalina. La fecha de su óbito no es conocida, pero sería hacia 1333, año en que deja de citársele. Su ataúd, con tapa de tres paños y tablas enlazadas a cola de milano, mide 2,08 m. en largura y se forró con un brocado árabe orien·' tal a listas inscripciones cursivas (láms. XCIV, XCV), cuyo envés con lleva impresos los marchamos del mercado; se revuelve hacia el interior de la caja, y vuela en faldón el de su tapa ampliamente. Un cojín a la ca^ becera, puesto casi de canto y relleno de lana, ostenta un bordado policromo de estilo naturalista gótico por ambas haces (láms. CXVII, CXVIII), formando animales y plantas en cuadrícula; otro cojín menor, de lienzo blanco, puesto a un lado. La momia tiene bigote y barba poco crecidos, y una cuerda entrelazada ciñe una de sus pantorrillas. Dé la cofia no sub.' siste sino el forro de pergamino; del traje, una especie de túnica parda de lana, muy picada y rota (lám. C), con ribete de bayeta carmesí por dentro de su abertura para el cuello. Una caja, estuche para cruz des-- aparecida, se repartía mitad aquí y la otra en el sepulcro de la reina Bereiv guela (láms. CXLII, CXLIII). XXIII: Pedro, de Sancho IV. El sepulcroadjudicaba a Fernando de la Cerda, al extremo de que se t'' la misma nave, documento de la casa, que corresponde al consta, por infante Pedro, hijo de Sancho IV, muerto peleando contra los moros en la vega de Granada, en 1319. Se consigna que era el noveno sepulcro — 35 — de aquella tanda, y si hoy ocupa el octavo ha de ser porque tras de él se llevó el de Mafalda, estorboso para dotar de escalerilla el órgano mo^ derno. Las vicisitudes que corrió el cadáver hasta ser depositado pro^- visionalmente en la capilla mayor del monasterio, explican su estado en esqueleto y que nada quedase de ropas. Las que allí aparecieron ahora provendrían del sepulcro inmediato de la reina Leonor, como va dicho, excepto una capa carmesí a listas; pero aun el ataúd se deshizo, cayendo su tapa en el supuesto sarcófago de Alfonso el Sabio y dispersos los frag^ mentos de su espléndido forro, que es un brocado chino (láms. XCI, XCII), semejante al que se utilizó en el de Blanca, pero de color rojo; su tapa, que forma tres paños, ostenta cruz lisada, hecha con galoncitos y clavillos (láms. XXXV bj CXI c), casi igual también al de Blanca, XXIV: Felipe, de Sancho IV? Menos seguridad alcanza al sepulcro cercano, junto al que atribuí^ mos ala reina Leonor, esposa de Jaime I, en la nave de Santa Catalina. Va rotulado como de un Sancho, nieto del fundador, que es el arzobispo ya localizado enfrente; quizá corresponde al infante Felipe, hermano pero menor del susodicho Pedro, que murió en 1327, y figura sepultado aquí, sin lugar expreso; pues, aunque en Santa Clara de Allariz hubo una tumba de madera, que se le adjudicaba, pudo ser simple cenotafio. Es sepulcro grandísimo, sobre soportes lisos; dentro el destrozo era completo: tablas sueltas del ataúd, trozos de forros que no parecen suyos, huesos dispersos y pedazos de telas, especialmente restos de camisa y de ropa negra, parte de una capa azul con dobles listas de oro, como la de AL fonso VIII; otra más rica, que atribuímos a Leonor; un pellote de tafe^ tán pardo muy fino, con cintas para atarlo al cuello; bayeta blanca y un gran pañuelo de lino sutil, cuadriculado de azul rojo y blanco, que se deshace al tocarlo (lám. XCIX a). XXV: María de Aragón. La infanta María de Aragón, hija de Jaime II y esposa del suso^ dicho Pedro, le sobrevivía en 1331, retirada aquí, como señora, en las Huelgas, adonde también vino su hija. El sepulcro que se le atribuye lo asig^ namos ala reina Leonor de Aragón. En cambio, el que a ésta se adjudica en la nave de San Juan ha de pertenecer a la susodicha María, puesto que son datos fehacientes el yacer allí, entre las señoras del monasterio, y ver blasones de castillos y águilas en el forro del ataúd, que precisamente son los del infante Pedro. La tapa del mismo estaba prendida con goznes, y primero se cubrió todo él, por ambas haces, con un forro de bayeta carmesí, al que se sobrepuso en la tapa el de seda con castillos y águilas en cuadrícula (lám. LX), volado como faldón alrededor y con cruz lisa'- da de galones (lám. CIX). La momia, bien conservada y hasta con su pelo, sobre un lecho de heno, envuelta en un paño de tafetán mo/ yace rado, y bajo la cabeza un cojín de otro carmesí, que mide 0,49 por 0,39 ni.; en su mano izquierda, un guante blanco de punto muy labrado (lámi^ nas XLVII a, CXXII), y quedaban, además, restos de un tejido de lana blanca grueso, y dos fajas de muselina con los consabidos frunces y listas. XXVI: Blanca, monja. monja con categoría de señora de las Huelgas fué Blanca, La postrer hija de los sobredichas, que falleció en 1375 Y hene su sepulcro frente al de la madre. El ataúd se forró con una tela de lana verdosa, labrada a rombos (lám. LXIX c), sobre la que se distribuyen anchos y ricos galo^ nes (lám. CVII a), formando cruz de lado a lado y cerco en la tapa. Pero después hubo de recubrirse todo ello con otra tela, verde también, pero lisa, y cintas negras (lám. XLVIII). Dentro, un cojín de tafetán carmesí, de 0,40 m. en cuadro, y otro a los pies, de lienzo azul, cuadrado y mal hecho. La momia es corpulenta y gruesa, conservando su hábito blanco y negro muy picado. XXVII: Sancho, de Alfonso XL El último sepulcro en la nave de Santa Catalina se rotula como de otro Sancho, nieto del fundador, identificable con un hijo bastardo de Alfonso XI, que nació en 1332 y hubo de morir hacia 1343. Este sepuh ero era de tablas y yeso, y habiéndose deshecho se le acomodó el de Isabel de Molina, una vez restaurado, en 1909, y entonces también se renovó el ataúd. Acaso correspondió al antiguo la tapa que estaba en el sepulcro de la Almenar, puesto que entre ambos hubo trasiego seguro en dicho año (lám. XLIX a). El cadáver aparece momificado, sin muelas del juicio y de miembros finos; a su lado, otra calavera pequeña. Tenía guantes de cabritilla blanca, pespunteados de verde y amarillo (lám. XLVII h)\ un zapato pequeño de becerro negro, con forro de lienzo, ribete de fieltro azul y talonera interior de cuero; mechón de pelo rizado corto, adherido a un lienzo muy fino, como almohada, con zalea al dorso. Este lienzo lleva dos franjas, bordadas con sedas a punto de cadeneta, componiendo anima-- lejos dentro de estrellas enfiladas (lám. CXXV), según técnica y arte mo^ riscos, conocidos por ejemplares más modernos; hubo de medir 0,72 por 0,42 m., y lo rodea una orla de cordoncillo carmesí con borlas. De^ bajo aparecieron dos cojines iguales de malla verde, bordada con seda roja y oro (lám. CXXXIII) sobre lienzo cuadriculado blanco y azul (lám. XCIX h); orla de tafetán carmesí y borlitas verdes. Aún otro cojín de tafetán carmesí muy grueso, que medía 0,56 m. en cuadro, y un velo finísimo listado (lám. XCVIII). Pórtico. Volviendo al portal de la iglesia y a sus sepulcros, puede inferirse la descollante alcurnia de los allí depositados, por la magnificencia de las telas que tres de ellos ostentan, rivalizando con las mejores del cemen/ terio real; pero su estado de conservación es sumamente deplorable, hechas yesca y oscurecidas, de suerte que ni aun tocarlas es posible sin que se deshagan algunas de las más ricas. XXVIIL El primer sepulcro, entre los decorados arriba descritos, a mano izquierda del porche y tocando con la iglesia, es el más lujoso, pero todo una ruina: el ataúd, hecho pedazos; entre ellos un esqueleto y los con-- sabidos lienzos. La caja medía 2,00 m. de largo por 0,45 m. en su mayor ancho; su forro eran dos brocados árabes preciosos, abundantes en oro y con inscripciones cúficas (láms. LI, LV); por guarnición, unas cintas estrechitas formando cruz de largo a ancho de la tapa, sujeta con goznes de hierro. La tela de la almohada es asimismo árabe, quizá amarilla y con listas de oro; hay otra en pedacitos, casi igual a la del ataúd del niño Sancho (lám. L cj; sobre la calavera, algo de muselina deshecho y un enredo de galoncitos de oro cruzados, como guarnición de cofia; restos de camisa y el atadero de cintas correspondiente a una túnica. XXIX. Elsepulcro contiguo, con cruces dentro de medallones, debió de co^ rresponder a una dama, pues su ataúd, todo podrido, sólo medía 1,72 m. de largo; sus tablas estaban clavadas y tenía goznes la tapa; por forro, una tela de seda, labrada a rombos, cruzados por zonas lisas (lám. LXVIII h), y sobrepuestas las cintas y clavillos de siempre. Entre los huesos, un cojín de otra tela primorosa con avecillas pareadas y rosetas (lám. LXXIII), toda deshecha, pero medía 0,42 m. en cuadro. XXX. XXXI. Enfrente del primer sepulcro hay otro enteramente liso. De su ataúd, aunque en pedazos, casi se completa la tapa, cuya doble cruz lisada está hecha con galones primorosos y cintas sobre paño grueso rojo (láminas XLIX b, ex c, d), y hay otro forro con estrellas (lám. LXX b), casi como el del ataúd de la reina Leonor, de Inglaterra; medía 1,77 m. de largo por 0,48 m. en su ancho mayor, y las tablas estuvieron simple-' mente clavadas (lám. XLIX b). Dentro, huesos y calaveras, revueltos con trozos de vestidura salpicados de lises entre zonas anchas con oro (lám. LXXII), menos resecos y quebradizos que los del otro lado, y res-' tos de gasa rubia; sería mujer la difunta. Del sepulcro contiguo, muy decorado y semejante al del n.° xxviii, ya se dijo que sólo contiene un montón de huesos. XXXII. XXXIII, Al otro lado del porche están los dos sepulcros con imaginería. El de varón contiene un ataúd sin tapa ni forro, de 2,05 m. de largo; su momia dobla sobre el pecho los brazos, como siempre; bragas de lienzo grosero con algo de cinturón; más trapos junto a la cabeza. El sepulcro vecino, que erade mujer, tiene ataúd clavado, sin forro, de 1,72 m. de largo; esqueleto falto de una mano; hierbas apretadas formando cabezal; sobre la calavera, una tela gruesa cubriéndola; bragas de lienzo fino. Varios: XXXIV a XXXVIII. Aparte el sepulcro que fué de María de Almenar (n.° xxxiv), redu/ cido a osario, queda fuera de este examen el sepulcro de una tercera monja Constanza, hija natural de Alfonso el Sabio, fallecida a 23 de julio de 1280. Está en la nave de San Juan (n.° xxxv) y contiene un ataúd forrado de pana negra con galoncillos lisos muy claveteados, que forman cruz lisada en la tapa; la momia está envuelta en un lienzo grueso ence-' rado; conserva restos de corona de flores contrahechas con armazón de alambre; un cojín a los pies y otro bajo la cabeza, de seda labrada a listas, que mide 0,55 por 0,45 m.: la modernidad del ataúd y de la corona no obliga a rebatir la atribución del sepulcro, pudiéndose pensar en un arre-' glo ulterior. Allí mismo (n.° xxxvi) fué sepultada otra monja, pero agustina, bija natural de Fernando el Católico, llamada María de Aragón, que fué abadesa, de 1540 a 1543. De ella sólo quedan huesos, un mechón de pelo y trapos. En el coro está el sepulcro de una Margarita de Austria, du/ quesa de Mantua, según su cartelito, que ha de ser la Margarita de Saboya, regente de Portugal bajo Felipe IV; su tumba (n.° xxxvii) es de tablas recubiertas de yeso; ataúd con forro verde y herrajes del siglo xvii; esque·' leto con su cráneo aserrado, indicio de embalsamamiento. Al extremo de la nave de Sta. Catalina, sin sepulcro aparente (n.° xxxviii) yace la aba-- desa Ana de Austria, bija del primer don Juan de Austria, desterrada de su convento de Madrigal por Felipe II. Consta, finalmente, que en la capilla del Capítulo estaban sepultadas tres abadesas del monasterio y quizá otras más; pero con el entarimado moderno nada queda visible. De allí es probable que fuesen arrancadas cuatro tapas de sepulcros a dos vertientes, que rotas e incompletas, se han llevado a las Claustrillas y corresponden a aquéllas. Son doña María de Guzmán, fallecida en 1238, y doña Berengaria Lupi, en 1295, ambas juntas; doña Urraca Diez de Horozco, que será la que dicen falleció en 1403; otra doña María de Guzmán, en 1409, y doña María de San/ doval, en 1434. A más de los epitafios, dichas tapas llevan esculpidos báculos con el Cordero en su croza, y los respectivos escudos heráldicos. ESTUDIO METODICO: LOS TEJIDOS La reseña anterior, global respecto de cada sepulcro, depara la agru-' pación de las piezas artísticas en ellos contenidas, que hemos de presentar ahora en series homogéneas, de suerte que ambas ordenaciones se com^ plementen desde los puntos de vista cronológico y técnico. Para la cro^ nología relativa quedan declarados los argumentos en que nos apoyan mos, con reservas limitadísimas, por fortuna, y la afianzan analogías en orden al carárter artístico de cada ajuar fúnebre. A esto responde el aná^ lisis singular, pieza por pieza, que ahora emprenderemos, ya mirando al aspecto artístico, ya al fabril. También ayudan a lo mismo otros ajua^ res fúnebres coetáneos y de antes conocidos, que corresponden princi/- pálmente al arzobispo de Compostela Bernardo (+ 1240), el toledano Rodrigo Jiménez de Rada (+ 1247), el infante Felipe (+ 1274) Y su esy posa, en Villasirga; el obispo de Urgel Pedro de Urg (+ 1293) y algún otro. Entre todos se constituye un tesoro de productos industriales del siglo xiii con algo de sus inmediatos, sin rival y que levanta la product ción española por encima de todo lo occidental en ciertos ramos, acaso. Hay novedades sorprendentes; pero, además, valga el prestarse atem ción ahora al examen técnico de tejidos y bordados, constituyendo un avance sobre los métodos ordinarios de estudio, que se ciñen casi excluí sivamente al aspecto artístico, dibujo y color, cuando lo básico para inda^ gar procedencia y talleres ha de ser su elaboración, dado que el telar es cosa fija, mientras los modelos trascienden y se copian libremente. Por desgracia, este punto de vista no se obtiene con los libros modernos, lujosamente informadores de estas materias, ni el reconocimiento preciso de los focos industriales se alcanza sobre los datos de geógrafos e his^ toriadores antiguos. Así es indispensable tomar el arranque de nuestras 42 — — observaciones a distancia, para llegar a lo específico de esta colección, tínica para su tiempo, comenzando por lo más genérico y abundante, los tejidos. El tejer. El tejer primitivísimo, de edades prehistóricas, y ya desde es arte entonces destacan los dos tipos fundamentales, se lienzo y sarga, en que se sintetizan todos los procedimientos ulteriores.Tejer es formar cuer/- pos flexibles, mediante el entrelazado de fibras dispuestas en sentido per^ pendicular unas respecto de otras, constituyendo el largo y ancho de la tela: los hilos a lo largo componen la urdimbre; los que determinan el ancho, la trama. Si ésta, al pasar a través de la urdimbre, liga con ella repitiendo el orden de pasadas alternativamente, se obtiene el lienzo; si la repetición no se da sino de tres en tres o más pasadas, prodúcese la sarga. En otros términos: el lienzo, llamamos punto de tapiz, si es a que hecho a mano, y tafetán cuando se elabora en telar con sedas, ofrece, de una pasada a otra consecutivas, un orden distinto de enganches con la urdimbre, repitiéndose de la prime-' ra a la tercera, promediando sus dis-- rancias, y así sucesivamente. Puede ser uno solo el hilo de urdimbre de^ jado,ya por delante ya por detrás de cada hilo de trama, o son en mayor Tafetán corto o lienzo Tafetán largo uumero los que resultan detras: en-" roncesobtendremos un tafetán largo, en que predomina grandemente la visualidad de la trama y su efecto artístico, a lo que contribuye formarse ella con hilos sin torcer, que se esponjan, quedando apenas visible la urdimbre, siempre de hilos retorch dos, e intercalábanse cuatro, entre cada dos de los que prendían la trama, utilizables para acortar ésta, cuando lo exigía el dibujo, a más de reforzar el tejido. Ya, desde luego, hablamos de tafetanes, porque los tejidos de seda son casi los únicos que tienen valor artístico y en que la evolución es ostensible. Estos tafetanes largos se aplicaron para obtener policromía, empleando tramas de distintos colores, juntas en cada pasada, pero cada una dentro de lanzadera especial. Procedíase en forma de no dejar visible sino uno de estos hilos por la haz de la tela, mientras jugase tal color, pasando al envés el otro u otros que eran inútiles de momento, y sus enganches con 43 — — la urdimbre habían de no aquellos otros que el diseño exi^ comprometer gía para la trama delantera, resultando un juego de hilos más o menos complicado. Aun hubo de combinarse este tafetán largo con otro corto para obtener más riqueza de policromía y efectos lumínicos, destacando las pasadas largas de trama, brillantes, que componían el dibujo, sobre un fondo mate de tafetán corto, cuyos hilos de urdimbre, ocho entre cada dos de los del tafetán largo, van prendidos a pares por su respectiva tra^- ma, muy fina y del mismo color. Así es la manufactura de Bagdad, los famosos baldaquíes, que tuve la suerte de identificar al encontrarme con dos ejemplares, en León y el Burgo de Osma, que declaran en árabe su lu/ gar de origen. Tal procedimiento se resuelve en ' un tejido doble, con urdimbre en dos series alternadas, en función de ligar respectivamente con los hilos de tra^ < ma del tafetán largo y los del corto: para éste, un hilo torcido de trama en cada pasada; para el largo, uno o más hasta cinco juntos y alternando Tafetán mixto: baldaquí. con la otra trama. El tafetán corto queda visible mientras el dibujo pide fondo, y entonces pasa por detrás de él toda la trama del tafetán largo; o bien aquel queda oculto entre el hilo delantero de la trama, que acusa el diseño en pasadas largas, y los otros sobrantes, relegados al envés de la tela; así nunca es visible por detrás el tafetán corto. A tales complicaciones de estructura, con una tenuidad asombrosa de materiales, se llegó en Mesopotamia bajo la dh nastía abasí con auge máximo en el siglo xii, implantándose hacia em tonces también por acá, en Almería probablemente. En Burgos sólo apreciaremos su fase postrera con las simplificaciones sucesivas, que dan lugar a nuevas series y a la aparición de sargas. En efecto, como la fabricación del tafetán corto resultaba fatigosa por la densidad de sus ligamentos, hubo de ocurrirse aliviarla, o bien, por camino distinto, buscar otra solución esencialmente diversa. Ello fué saltando dos hilos de urdimbre al enganchar la trama; entonces no era posible la alternación binaria del tafetán sin desordenar su traban zón, sino que la reincidencia había de caer a la tercera o cuarta pasada, resultando así una sarga. En ella se dan dos variantes iniciales, según sean dos hilos de urdimbre los dejados atrás y uno prendiendo la trama, o dos también prendiendo, en cuyo caso resulta labor de raspas a dos 44 — — haces; pero ambos métodos no son susceptibles de policromía artística. Para obtenerla, los ligamentos de trama delantera ban de saltar no dos sino cinco hilos de urdimbre, cuando menos, a fin de que tres de ellos, inter/ Sarga a cuatro. Sarga a raspas. calados, y en parejas a veces, puedan enganchar las tramas sobrantes, que pasan al envés de la tela, y la proporción de largo entre pasadas consecu/ tivas, medida verticalmente, se ajusta al tercio de su totalidad: sarga ter/ ciada la llamaremos. Este método, originario de China probablemente, aparece en sederías copras y absorbió las manufacturas bizantinas y sa/ sanidas, manteniéndose invariable, y lo bailaremos aquí suntuosamente representado. Materiales. En cuanto a materiales, lino, cáñamo y lana eran demasiado pobres para telas ostentosas, poco duraderos difíciles de teñir. Se prefirió, como y va dicho, la seda, que no se corrompe ni destiñe; aunque por baratura aquellas otras fibras en/ ^[11 |j) trasen para la urdirñbre, apenas visible, en algu/ nos talleres. Además, otro material daba aparien/ cias de oro y plata: eran filamentos sutilísimos de piel, dorados o plateados, Haz Envés que en espiral se arrolla/ Sarga terciada. ban a un hilo de seda sin torcer: su nombre, oropel quizá, de Chipre entre los tratadistas modernos. En el Extremo u oro Oriente tal película se aplicaba en cinta, según veremos, y otra solución occidental fué emplear cintillas metálicas, también arrolladas a un hilo o sueltas. En lo moderno se sustituyeron por simples alambres. TEJIDOS RICOS I SERIE CLASICA ARABE Todas las telas del cementerio de las Huelgas se agrupan fácilmente por su contextura, que antes bieri denuncia talleres que evolución en el tiempo, dado el margen de antigüedad relativamente escaso a que corres/ ponden. Lo que abunda en relicarios de otras iglesias, los brocados del siglo XII, sus pallia rotata, sus baldaquíes magníficos, testimonio de impor/ taciones orientales los más de ellos, aquí faltan. Mirando hacia adelante, las sederías granadinas bajo los nazaríes, que tanto abundan aplicadas a vestiduras cristianas, sorprende no hallarlas aquí. En cambio, hay pié/ tora de ejemplares marcando la evolución entre unos y otras, precisa/ mente lo que menos conocíamos, de aquí el interés capitalísimo de esta y colección. Ella pone de manifiesto las iniciativas artísticas y técnicas que la España de los Alfonsos VIII al X dieron de sí, y luego la caída en el siglo XIV, con un asomo de extranjerismos peregrinos. Así viénese a des/ cubrir, que el xiii nuestro vivió de su propia sustancia, sin comercio exferior acaso y sin penetraciones, a lo menos en esta rama de las artes suntuarias, lográndose cierto equilibrio entre los dos elementos de la sociedad castellana, o sea entre moros y cristianos, puestos en contacto merced a la convivencia que determinó el mudejarismo. El tipo de enlace con las manufacturas de Bagdad viene represen/ tado en la necrópoli real burgalesa por ejemplares exquisitos, de arte original su dibujo, tradicional su técnica, en tafetanes largo y corto com/ binados y con localizaciones de oro, como los baldaquíes. Pero si estos desarrollan composiciones de gran tamaño, a base de círculos general/ mente y llenos de representaciones animadas, los nuestros se limitan a campos muy reducidos y a temas sencillos. 46 — — Números 1, 2, 3. (Numeración acusada en las láminas.) Primeramente, un grupo de tres ejemplares, a los que ha de aña-' dirse otro en la mortaja del arzobispo Jiménez de Eada. De los burga-' leses, uno corresponde al ataúd del infantito Sancho, fallecido en ii8i, y dos al primer sepulcro del pórtico, anónimo y sin fecha, pero ajustada al segundo decenio del siglo xiii por la decoración del sarcófago. En los dos primeros su base ornamental son unos cogollitos en roleos ali-" neados simétricos y floroncillos o estrellitas entremedias, todo monocromo, pero de oro los últimos. El tercer ejemplar se desarrolla más en grande con los mismos elementos, destacando discos, estrellas y rosetas de oro. Este ejemplar y el primero se atraviesan de trecho en trecho por dobles listas, ya de oro ya de otro color, y el primero añadía zonas más anchas policro.- mas con letrero cúfico. Su estructura arroja siete o nueve hilos de urdim/ bre tras cada pasada de trama para el tafetán largo, y recogidos de uno a uno para el corto de fondo; todo a dos haces, aunque trocado el color en la zona de los cúficos, donde se compenetran blanco y oro. Esto de atravesar el campo decorado de la tela, interrumpiéndolo con zonas ajenas a él, es una característica de nuestros tejidos, que veremos irse repitiendo. El ejemplar de Sanchito es primoroso y el más correcto (lám. L· a, b). Su color, un gris tórtola; sus listas de oro equidistan o,o66 m.; cada una mide o,oo8 y su entrecalle va labrada siguiendo el ritmo del fondo. La zona atravesada se compone de filetes alternados rojos y amarillos, dos más anchos salpicados de botones de oro, y campo medial con letrero cúfico blanco en campo de oro, del que sólo poseemos los ápices; su ancho total pasaría de 0,036 m. y toda ella es de tafetán largo. El segundo ejemplar es mucho menos delicado (lám. L· c)\ sólo varía por destacar estrellitas en los huecos de sus espirales, y en cuanto al color no puede reconocerse, ennegrecido y descompuesto como se halla. Igualmente el tercer ejemplar, sacado del mismo sepulcro (lám. LI), cuyos roleos de follaje en simetría algo rombal, destacan discos y rosetas en los vértices y estrellita en medio. Los dos primeros ejemplares hermanan con el fondo de la túnica del arzobispo Rada, todo blanco al parecer, según las foto.- grafías del Marqués de Cerralbo, al que no alcanzan las muestras sacadas de este sepulcro en Santa María de Huerta. Núms. 4, 5. Sigúese paño, que tal vez fué almohada en el sepulcro de la AL un menar, sacó del de Sancho, hijo de Alfonso XI. Lo forman tres pero se piezas cosidas a lo largo; iguales entre sí las de los lados, y ocultándose 47 — — en dobladillos los márgenes de la pieza medial (láms. XLI, LII). Aqué^ lias entran en familia con los ejemplares anteriores, y se componen de discos lisos y otros enlazados, entre segmentos con estrellas; de oro los re^ dondeles, lo demás azul sobre blanco. Su técnica varía, por prenderse pareados los hilos de urdimbre para formar el tafetán corto de fondo, y cogerse nueve pares de los mismos por banda del tafetán largo, resuL· tando un tejido más fino que los del grupo anterior; su oro, que es oropel sobre hilos de seda pajiza, se prende a medias pasadas en columna, sin asomar por el envés de la tela ni salir de su propio campo, lo mismo que en las dos telas anteriores, lo que acusa estar aplicado a mano con espo^ lín y no con lanzadera. Una zona de la túnica del arzobispo Rada, cuya muestra se conserva en la colección Cerralbo, y otra de las ropas del Bernardo compostelano, que publicó Villaamil y Castro, repiten exac-- tamente la técnica de las susodichas piezas y son similares en cuanto al dibujo. La pieza medial del mismo paño (lám. LII), si no estuvo incor^ potada a las laterales formando una sola tela, desde luego es de manu/· factura igual, pero evolucionando y con cierto predominio de rojo y amarillo. Destácase en ella una zona, de 0,12 m. de ancho, con rasgos como cúficos sin producir letras, entre follajería árabe; su labor, ama^ tilla, perfiles blancos, fondo azul. A cada lado, otras tres zonas estrechas, entre líneas amarillas y rojas, con grupos de besantes y follajes árabes o ataurique de sobre rojo y azul; todo ello en tafetán largo. Al borde oro subsisten arranques de otra composición con discos y hojas, de rojo y oro sobre fondo blanco, cuya técnica y estilo coinciden con los de las piezas laterales, en tafetán mixto. Así se elaboró también, evolucionando de éste al tafetán largo solo, una zona intermedia de la susodicha túnica del arzobispo Rada, cuyas muestras posee la colección Cerralbo. Núm. 6. El forro superior del ataúd de la reina Leonor de Inglaterra ofrece otra modalidad análoga (lám. LUI a, h). Es todo blanco, salvo botones de oro centrados en cuadrícula entre estrellas entrelazadas y follajes. Su téc^ nica, tafetán mixto, pero sin parearse la urdimbre para formar el corto de fondo; todo exactamente como la capa del arzobispo Rada, en cuanto Y a técnica, según muestra de la colección que fué de don Román Vicente en Zaragoza. Y esta última tela resulta idéntica a una zona de las ropas del infante Felipe repartida entre varios museos, si bien ésta es policroma y aquélla toda blanca. Núm. 7. La sepultura del pequeño Fernando, hijo del rey Sabio, contiene un pellote de labor muy sencilla, pero dentro de la misma serie (lámi^ nas XLV a, LUI c, à): composición de rombos, alternados en blanco y oro con perfiles pardos; largo de cada uno, 0,014 m. El oro va en tafetán largo, cogiendo los mismos nueve hilos de urdimbre por pasada; lo blanco es tafetán corto sin parear hilos. Por el envés resultan prendidas las tra/ mas de seda de tres en tres hilos bajo el oro de la haz, en tafetán largo, como se solía en lo de Bagdad. Es muy curiosa variante que arguye otro taller. Núm. 8. Suponemos que correspondió a la misma sepultura la primorosa capa aparecida en el ataúd de la niña Mafalda (lám. LIV). Su deco^ ración es toda de oro en tafetán largo sobre otro corto celeste, y desarrolla una composición de estrellas y medallones alternados, y con parejas de grifos los segundos: de eje a eje, 0,071 m.; el ancho de la tela, 0,84 m. Las pasadas de trama larga saltan sobre seis hilos de urdimbre solamente, pues no van alternadas sino en columna, prendidas de dos en dos por un hilo de urdimbre interpuesto, y cogiendo a su vez la trama del tafetán corto: es el mismo ligamento de las localizaciones de oro a que antes se hizo referencia. En el grupo anterior de tejidos hemos visto irse retrayendo el tafetán mixto, para dar paso exclusivamente al tafetán largo, con simplificación de técnica considerable, al eliminarse toda la trama que venía compon niendo, en tafetán corto, el fondo del dibujo. Esto llevaba consigo facL litar un incremento en la policromía, merced al libre uso que se hace de la urdimbre para ajustar el largo de las pasadas de trama a las líneas del dibujo, y ligar por el dorso de la tela las tramas sobrantes. Pierde cla/· ridad y holgura la composición; se gana en riquefa, ya por abundancia de oro, ya de los colores. Núm. 9. El primer ejemplar de esta segunda serie se da en el sepulcro primero delpórtico, donde ya registramos otros, y éste apareció adherido en frag-' mentos a las tablas del ataúd (lám. LV). Lo que de él subsiste vivo es — 49 — el las sedas quedan pardas, quemadas. Su organización es a zonas: oro; un campo de medallones, entrelazados graciosamente y conteniendo en letra cúfica una frase árabe que significa "Las gracias a Dios"; el fondo, quizá rojo; ancho, o,io m. Luego, otra zona compleja, que abarca listas lisas promediadas azul, alternando con otras en zigzag, de oro sobre en azul, y besantes; medio, una zona algo más ancha, de 0,016 m., con ins/- en cripción cúfica, que se interpreta "La bendición", escrita al derecho y al revés alternativamente, como de costumbre, por conveniencia en la organización del telar. No conocemos pieza alguna que se le parezca, y rivaliza con las más bellas, en cuanto su deterioro permite gozarla. Núm. 10. No así la faja de brocado que forma cruz en el ataúd del rey Enri^ que, conservada perfectamente (láms. XXXVII, LVI, LVIII a). Su ancho es de 0,083 m., sin las fajitas extremas a listas amarillas, rojas, blancas y azules, entre otra con besantes de oro sobre azul, que se dejaron dobladas y ocultas alrededor. El campo de la cenefa se organiza en com-' posición de círculos entrelazados, cuatro a cuatro, e interpuestos cuadra-- dos y estrellas, todo con líneas blancas y de oro perfiladas de rojo, y fon/ ditos de oro, azul y verde, con arte exquisito. Su aspecto es como el de la capa del temo de Roda, hoy en el museo de Barcelona, salvo que en ésta hay localizaciones de tafetán corto. Núm. 11. Las ropas que creemos pertenecieron a la reina de Aragón Leonor (láms. XXXII, XXXIII, LVII, LVIII h, c), entran en serie con las del infante Felipe en Villasirga, hoy dispersas. Su fondo obedece al tipo árabe de sebka, puesto de moda bajo los almohades, formando rombos a colores verde, pajizo, blanco y mucho oro; entremedias, franja de 0,36 m., abarcando una zona medial con óvalos punteados de oro entre perfiles pajizos y contornos azules; su ancho, 0,07 m.; dos a los lados, con series de cúficos grandes en cuatro posturas, que dicen "Bendición", en blanco, perfiles rojizos y campo de oro; su ancho, 0,08 m.; casi exactamente igua/ les a otras cenefas de la capa del Felipe susodicho. Bordeando estas zonas, otras de 0,033 m. compartidas en listas blancas, amarillas, azules y besan/ tes en campo de oro. Adviértese predominio de gama fría en esta tela, quedando atenuados sus hilos carmesíes, muy sutiles, por mezcla con otros blancos, y en general resulta de tonalidad apagada. 4 50 — — Núm. 12. En el mismo sepulcro se obtuvo un cojín (lám. LIX), árabe también, de muy fuerte policromía y sin oro, que distribuye su decoración en zonas, ya horizontales ya a lo largo de la tela, entre filas de besantes en campo azul, perfiladas de blanco, amarillo, azul y rojo. La zona principal, con ancho de 0,173 m., ostenta los mismos cúficos de la tela anterior, va^ riando su dibujo, en azul con perfiles blancos y rojos y tallos entremet dias, de rojo y blanco perfilados de azul, y todo ello en campo amarillo; a continuación, amplio desarrollo de líneas en zigzag, carmesíes y verdes alternando. La zona atravesada se llena con menuda labor geométrica a base de octógonos, de los mismos colores, entre otras con besantes verdes sobre rojo y listas también verdes. Núm. 13. Aprovechadas para el barbuquejo del magnífico gorro de Fernando de la Cerda (lám. LXX c), hay dos tiras de brocado en tafetán largo, cuyo ancho no pasa de 0,03 m., y están cosidas a pespunte en redondo. Son meros fragmentos, cuyo desarrollo ornamental logramos completar a tanteo, resultando una composi^ "IT ción geométrica con trazos rectilíneos de color carmen sí, perfilados y punteados de negro, en campo de oro. Todo lo anterior, en las dos series analizadas, es árabe, seguramente anda^ luz, si bien no sepamos localizar con fijeza dónde radicarían sus talleres, ya ( que nada en ellos preludia lo nazarí granadino. Ade^ más, la ausencia absoluta de temas cristianos no ayuda a suponerlos ek/- horados en Castilla, donde ya veremos que florecieron otras manufac.' turas coetáneas en absoluto dispares, si bien de abolengo moruno. Núm. 14. Constituye excepción respecto de lo anterior, la tela del ataúd que suponemos de la infanta María, esposa del Pedro tan conocido (lám. LX). Su técnica es de tafetán largo, muy flojo, con los mismos nueve hilos de urdimbre por banda de trama, e intercaladas en ella las de oropel, con espolines, como localizado que está su empleo a los castillos con perfiles negros y fondo carmesí, que en cuadrícula alternan con águilas negras explayadas sobre amarillo, que esto constituye íntegramente su decoración. Mide cada cuadro 0,065 por 0,055 m. Si esta pieza fué tejida en terri^ torio musulmán, nada ni aun el diseño de sus águilas y castillos lo de^ nuncia; desde luego, su técnica encaja dentro de la anterior serie, aunque respecto de ella medie, al parecer, un retraso considerable. II SERIE MUDEJAR Frente la persistencia de los talleres clásicos de tradición oriental, a se nos presentan desviaciones con cierto sentido progresivo, bajo dos fases: la una, morisca; la otra, cristiana, emparentadas ambas por su técnica, dispares en cuanto a su arte, revelando claramente los respectivos gustos de ambos pueblos. Pero desgraciadamente ni sabemos dónde funcionaban sus talleres ni trascienden fuera del área peninsular; antes bien lo nazarí granadino se aparta en absoluto de ellas. Su razón común está en buscar soluciones de labor monocroma, o bien a dos colores y con oro. Su téc/ nica, untafetán corto combinado con otro largo, ya jugando con unos mismos hilos, ya en pasadas de trama, tan largas cuanto el diseño pide, por la haz, y sin prender en modo alguno por el envés, sea cual fuere su amplitud; es decir, tal como se procede en el bordado de aguja. Y hay cierta evolución, según iremos notando, de pieza a pieza, con descuido progresivo en su técnica. Empezaremos por las obras de taller morisco, si bien aparecen con retrasorespecto de las puramente cristianas de esta misma serie, cuya presencia coincide con la de los ejemplares de tipo árabe arriba descritos. Núms. 15, 16. Marcan rumbo dos tafetanes gemelos y de uniforme traza: el uno, en cierta prenda de la Almenar(lám. LXI a)\ el otro, en un cojín de la reina Berenguela (láms. XLII, LXI h). Aquél es amarillo; éste, verde ceniciento; en ambos, urdimbre y trama de un mismo color. Su deco'- ración es geométrica de un tipo especialísimo, constante en estos ejemplares y nunca visto fuera de ellos, a no ser acaso en arquitecturas árabes oriem tales. Se desarrolla a base de rombos, y sobre patrón alargado, por conse/ cuencia, formando una especie de lazo de cuatro sin estrellas; todo a trazos muy finos, como simples perfiles. Su técnica se reduce a saltar la trama tres hilos de urdimbre para acusar el adorno, entre las pasadas del tafetán corto, que sólo saltan uno, y obteniéndose cierta visualidad, gracias al bulto y brillo de las pasadas largas. Por el envés acúsase mal el diseño, con bandas de urdimbre que generalmente abarcan tres pasadas de trama; y nótese que la oblicuidad de todo el trazado obedece a la dirección de los ligamentos del tafetán corto, apreciados en serie escalonada. Núm. 17. Siguen tres cojines de una misma tela, correspondientes al sepulcro de la reina Leonor de Aragón. Forman listas alternadas azules y blam cas (láms. XXXI, LXII, LXV a): las primeras, con un arabesco del tipo susodicho, destacado en azul celeste de trama, sobre fondo piqueteado de blanco, que es el color de la urdimbre, muy visible en tafetán corto: hay también zonas así en una tela del infante Felipe. Las listas blancas diseñan, como de relieve, un letrero árabe cursivo, que dice: "La felich dad y el poder". Entre unas y otras median espiguillas matizadas con oro. El ancho de lo azul es de 0,035 tela, 0,70 m. Aparte, el paño de tapicería intercalado en el mayor de estos cojines. Núm. 18. Otro juboncito de Fernando, el hijo del rey Sabio (láms. XLV b, LXV b), repite la misma ordenación algo más sencilla, alternando una zona blanca, con el mismo arabesco muy fino, y otra de inscripción azul sobre oro, que dice: "La alabanza a Dios". Mide la primera zona 0,025 m. Núm. 19. Laprincipal tela de esta serie son dos grandes trozos, probablemente del vestido de la reina Berenguela (láms. LXIV, LXV r, d), en que entran cuatro series de zonas: la más ancha, de 0,037 "t-. con arabescos de color verde hoja, salpicados de estrellitas blancas; otra zona desarrolla roseto^ 54 — — ! nés de lazo y estrellas de ocho puntas, en oro y algo de color crema en campo verde; las otras dos, un letrero árabe cursivo, presentado del revés, que significa "La felicidad y la calma", ya en celeste con perfiles crema sobre oro, ya oro y crema sobre azul. Es notable que aparezcan invertidos estos letreros, como si quien ordenó el telar no entendiese de escritura árabe. También se observa que el arabesco todo verde, urdimbre y trama, está organizado como si hubiera de matizarse a dos colores, resultando por el envés una labor contrapuesta en tafetán corto sobre fondo de trama a bandas. Aquí volvemos al predominio de la gama fría, sin rojos ni ama^- rillos. Ancho de toda esta composición, 0,25 m.; el de la tela, 0,735 m. Núm. 20. Un último ejemplar constituye el forro interior del ataúd del im fante de la Cerda (láms. XXIII h, LXVI, LXVII). El ancho de la tela, 0,80 m.; sucomposición, a listas alternadas: blanca la una, con ara-- besco muy parecido al de los cojines de la reina de Aragón, y la otra con inscripción de oro en campo rojo, que repite "La alabanza a Dios". Pero este listado se interrumpe hacia la cabecera de la tapa, dando lugar a una serie espléndida de otras listas, sirnétricamente ordenadas: en medio la más ancha, de 0,065 rn-> con labor de oro, formando lazo de ocho sobre campo rosa con estrellitas blancas y celestes; a cada lado, una zona con el mismo letrero de oro sobre azul, entre otras en zigzag, de oro y verde la una; de oro, rojo y azul la otra, y todavía se intercalan Estillas, tam^ bién de oro, azul y rojo. Muy semejante a esta tela se sacó otra de los sepulcros de Villasirga, concertando ambas en fecha, pues el infante Fe/- lipe murió un año tan sólo antes que nuestro Fernando. Ill SERIE CRISTIANA La escuela cristiana de tejidos venía apareciendo con ejemplares muy afines entre alejados de lo árabe y de lo europeo cono^ sí, tanto como cido; mas a fondo, si bien quede aún ignorado ahora puede estudiarse en dónde y desde cuándo trabajaba. Sus características, en cuanto a fabri-' cación, son las mismas de la serie anterior; tocante a dibujo, es una labor de rombos menuditos con punto en medio llenándolo todo. Pero hay distinción, entre dibujos que destacan otros temas ornamentales, y los que ofrecen simplemente rombos en red y más desarrollados. Es causa de esta persistencia la oblicuidad de líneas del rombo, coincidente con la de los arabescos de la serie anterior. Núm. 21. Sutipo más selecto lo ofrece un cojín, en el sepulcro de la reina Berenguela (lám. LXVIII a), de color blanco de crema, cuyo fondo son rombos triples y con punto en medio, que se interrumpen a largos trechos por listas dobles azules y otra, más ancha, de tapicería. Prescindiendo de éstas, el fondo organiza sus líneas con pasadas de trama relativamente lar/ gas, entre las que se intercalan otras cortas, prendidas muy visiblemente por hilos de urdimbre, resultando a dos haces contrapuestas el dibujo: ancho de la tela, 0,71 m. Casi exactamente igual, aun con sus deformaciones, pero carmesí, es el forro de la casulla del arzobispo Rada, cuya muestra hubo en la colección zaragozana susodicha. Núms. 22, 23, 24. De repeticiones suyas, hechas con lana, conocemos tres ejemplares en lasHuelgas (lám. LXIX): uno, amarillento, forra el ataúd de Isabel de Molina; otro, verdoso, el de Blanca: ambos, primorosamente elabora-- dos, dejan poco visible su labor en el envés, por la finura de sus hilos; el tercero, en el ataúd de Mafalda, es amoratado, con trama gruesa, y resulta muy peludo. Núm. 25. En el sepulcro segundo del porche, forraba su ataúd un tafetán de la misma serie (lám. LXVIII b), que sería a dos colores, boy perdidos, puesto que lleva dos tramas intercaladas, una de ellas muy fina; a trechos, dobles listas azules: su estado actual llega al máximo de reseco y quebra-- dizo. Núm. 26. Otro ejemplar, forro de ataúd también, suple al anterior para darnos idea de aspecto antiguo (lám. LVIII c). Apareció a trozos entre varios su sepulcros, procedente acaso del supuesto de Felipe, y es un tafetán labran do en red de rombos dobles azules, tocados de pajizo sus centros y cuya urdimbre blanca hace resaltar el dibujo; listas dobles de oro en campo rojo se le intercalan a trechos; ancho de la tela, 1,50 m. El segundo grupo de esta serie, con temas ornamentales destacados, simplifica y disminuye sus rombos en red con punto medial y monocrom mos, que no pasan de 0,03 m. En cambio, la mayor amplitud superficial de su ornamentación sobrepuesta impuso ciertas complicaciones de téc-- nica, resueltas con rayar oblicuamente el dibujo, evitando pasadas largas de trama y fortaleciendo a la par el tejido. Así resulta una especie de sarga, pero ordenados sus ligamentos con estricta sujeción a las líneas del dibujo, a rayas diagonales sus macizos e integrándolos dos tramas, generalmente, y a veces otra más fina, ligada con la urdimbre en tafetán corto. La finura y consistencia de estas telas fué disminuyendo conforme avanzaba el siglo xiii, y a lo último la policromía se contrae a blanco, pajizos y celeste; el tejido resulta muy ralo y monótona la decoración. Nú m, 27. El ejemplar más vistoso de esta subserie se obtuvo en el sepulcro de Alfonso VIII (lám. LXXI a), y es un brocado verde, sobre el que se destacan escudetes picudos carmesíes con castillos de oro, cuyo arco de herradura delata mudejarismo. El ser verde la urdimbre presta limpieza al fondo; el oro se localiza, manejado con espolín, y una tercera trama, verde también y fina, aprieta los lineamentos del fondo. Núm. 28. Igual técnica, el primer forro del ataúd de la reina Leonor, cofun.' en dadora del monasterio (lám. LXX a). Es blanco, salpicado de estrellas de oro con perfiles pardos de trama, la que se extiende por todo el envés de la tela, dejando oculto el tafetán corto blanco, base del tejido. A largos trechos crúzase una franja, de 0,045 m. de ancho, en composición de exágonos de oro y carmesí, entre perfiles de este mismo color y amarillo; aquí el oro corre a todo el ancho de la tela; mas no fuera del campo de las estrellas, según lo arriba dicho. Núm. 29. Otro ejemplar (lám. LXX h), sacado del tercer sepulcro del porche, ofrece también florones estrellados de oro con perfiles blancos en campo azul; el tejido resulta más flojo, por faltar la tercera trama de los ante^ riores. También lo atraviesan listas de oro pareadas, entre otras de color indefinible. Núm. 30. A una almohada del mismo sepulcro (lám. LXXII) corresponde una tela azul sembrada de ñores de lis de oro con perfiles rojos, y cor-' tándolas de través, ya dobles listas de oro y blanco, ya zonas anchas, llenas de rombos, mayores que los del fondo, y son de oro con puntitos rojos entre listas quizá blancas: su ancho, 0,063 m. Núm. 31. La cofia que estaba en el sepulcro de Enrique (láms. XXXVI, LXXI h), es de un tejido sin oro, cruzado por listas pajizas a dos tonos. 58 - - entre el fondo blanco salpicado de calderos, que se riñen de pardo y pa^ jizo pálido: en su campo juegan tres tramas excepcionalmente. Núm. 32. También sin oro, primorosa, es la tela procedente del segundo sepuL· ero del porche (lám. LXXIII), cuyo color está perdido, pero se destacan bien unas parejas de avecillas y floroncitos estrellados. Le es similar otra, que reprodujo Villaamil, con parejas de animaluchos, sacada del se^ pulcro del arzobispo compostelano Bernardo, que falleció en 1240. Núm. 33. Finalmente, los trozos añadidos al forro del ataúd de la Almenar corresponden a una última etapa de esta manufactura (lám. LXXIV). Los decoran filas de estrellas entrelazadas dentro de aros, en blanco, y de oro su botón central, sobre el consabido fondo de rombos azules; y a trechos, zonas con otros de picados de un tono rosa, entre listas de oro, blanco, amarillo y rosa, color este último obtenido con hilos rojos y blancos mezclados: su ancho, 0,06 m. Es tela floja y descuidada; pero aun aventaja a otras varias, de distintas procedencias, que le serán pos^ teriores y quedan sin estudiar aún; sus temas son estrellas, flores, castillos, leones pareados, etc., y sus colores, pajizo, asalmonado, azul y blanco, destacánddse entre ellas la capa del obispo Urg, fallecido en 1293, que está en el museo de Barcelona. SERIE DE SARGAS Separación radical media entre las series anteriores, a base de tafetán, y esta otra en que ahora hemos de ocuparnos, donde se agrupan las sargas, ya "en ejemplar de puro arte árabe, ya imitaciones elaboradas en territorio cristiano impreciso, ya de importación del Extremo Oriente. Toa¬ dos ellos resueltos con la sencillez técnica propia de las sargas, pero desarro-' liando cierta monumentalidad en su composición artística, a gran escala y con viveza de colorido, adaptables al moblaje decorativo más que a indumentaria. Núm. 34. Abre serie el forro incomparable del ataúd de la Almenar (lámi^ nas XL, LXXV a LXXVII): tela gruesa, contrastes de color, gama caliente, con predominio de rojo y amarillo; lo de oro, muy reducido: ancho- de la tela, i,6o m. Desarrolla dos filas de círculos, de 0,66 m., en fondo rojo; a su cabecera, gran letrero cúfico de oro sobre azul; cenefa en torno, de composición geométrica entre filas de besantes, en blanco, amarillo, azul y rojo, y orla roja lisa. En los círculos, parejas de leones em.' pinados mirándose a través de un tallo florido; sus colores, amarillo y blanco; perfiles rojos, toques de azul y cabezas de oro; por fondo alter.' nan verde claro y celeste; aro, con la misma inscripción cúfica, algo defor.' mada para darle simetría, y que significa "La permanencia para Dios", en amarillo con perfiles rojos y fondo pardusco tirando a negro. Es, pues, uno de aquellos pallia rotata, citados en los inventarios antiguos, y trasun-- to magnífico de las sederías orientales, desde lo bizantino; pero sería hecho en España. Recuerda en especial, por su tonalidad, la tela de los elefantes. en el museo de Barcelona, procedente del Alto Aragón, y más aún, las franjas del alba de San Juan de Ortega, conservada en Quintanaortuño, Una tela que hay en Berlín, de procedencia española, repite el mismo le^ trero, y hasta deformado tal como aquí se presenta, Núm. 35. A larga distancia y sin más contacto con lo anterior que su técnica asargada, está la vestidura del infante Fernando de la Cerda (lámi^ nas XXVIII, XXIX, LXXVIII): tres prendas de una misma tela, con las armas reales en escudos acuartelados, por único adorno. Su fondo es de oro, como también los castillos, y azules los leones; pero todo muy requemado y oxidado el oro, por su excesiva liga de plata, sobre pel¬ licula, como siempre. Resulta un tejido flojo y sin trazas de arabismo. Núm. 36. Sólo una tirilla de otra tela similar apareció en la tumba del infant te Manuel, pero se reconoce su traza (lám. LXXIX c), que es un lazo de ocho sencillo, con estrellas sueltas inscritas; su policromía, insólita, plata y canela sobre blanco: es buena manufactura. Los anteriorestejidos son sederías puras; mas todo lo restante de sargas que iremos registrando, intercala fibras gruesas de lino o de cáñamo, que dan firmeza a la tela; pero resultan, con mucha frecuencia, comidas de insectos, quedando sin su firme esqueleto la tela. De dichas fibras, las de lino del oropel, eran soporte que resulta muy pálido por su liga de plata; el cáñamo se formaban hilos muy gruesos de urdimbre, inters con calados, de dos en dos, con otros hilos finos de seda, que ligan con la trama, sirviendo aquéllos tan sólo para dar rigidez a la tela y, cuando más, en tejidos finos, para ajustar al dibujo el largo de las pasadas de trama. Ejemplares de este mismo tipo ya eran conocidos, en Roda, León y Valladolid, a más de la capa del abad Arnaldo de Biura, que falleció en 1351, rechazada como extranjera sin razón, probablemente. En efecto, es sabido que hubo en el norte europeo una escuela textil que empleaba los mismos materiales; y aun valga observar por nuestra cuenta, que entre estas piezas nórdicas y las burgalesas hay, a más de la igualdad técnica, fuertes analogías en los temas del dibujo. Ahora bien, la capa del abad Biura complementa sus ruedas con una cenefa de escritura cúfica, lo que afianza un origen español, como asimismo la intromisión de zonas transversales en el campo del tejido, que parece típica nuestra; resultan además indudables, de una parte su detu vación de modelos orientales, y de otra la presencia de tejidos españoles hacia el norte, de que da buen testimonio el tesoro de la catedral de Sens. Desde otro punto de vista, las piezas que se reputan nórdicas o italianas de este tipo son pobres de composición y monótonas, como productos de segundo orden o imitaciones bárbaras tardías; en cambio, las bur^ sentido decorativo, como ire/ galesas descuellan por su variedad y fuerte mos viendo, de suerte que parece seguro atribuirles precedencia y ori/ ginalidad respecto de aquéllas. Añádase para los seis ejemplares que a continuación presentamos, por marca de singularidad, el ir en oro pálido exclusivamente su decoración, reservándose los colores ya por fondo ya para simples listas. Núms. 37, 38. Sus ejemplares más antiguos, puesto que aparecieron por re/ dos miendos del ataúd de Constanza, la hermana de San Fernando, fallecida en 1242, se reducen a fragmentos que dejan muy incompleta su traza (lámina LXXIX a, h). El uno ofrece grifos dentro de estrellas de ocho puntas; el otro, una composición más rica: leoncillos y rosetas dentro de círculos enlazados, circunscribiendo medallones de lóbulos cóncavos, donde campean parejas de aves a los lados de un tallo. Labor, en ambos fragmentos, de oro pálido en campo blanco; el primero, pulcramente elaborado; en el segundo, mal torcidos sus hilos de oro y deshecha la seda blanca, quedando al descubierto la urdimbre, que siendo blanca también no descompone el efecto de conjunto. Núm. 39. Sigue un grupo de tres ejemplares, hermanos en todo y de que po/ demos disfrutar ampliamente. El primero forraba el ataúd de la reina Leonor de Aragón (láms. LXXX, LXXXI). Su fondo es morado y lo atraviesan una zona muy ancha, de 0,20 m., con labor mal con/ servada y listas amarillas y verdes, y otra estrecha con listas de estos mis/ mos colores alternando con oro. El campo de la tela es morado, destacán/ dose en oro grandes aros con cogollitos de tradición bizantina; dentro. — 62 — parejas de leones rampantes opuestos, pero con la cabeza vuelta, y en los segmentos tangenciales una composición semivegetal, estilizada con buen arte; diámetro de los círculos, 0,33 m. Salvo uno o dos trozos, lo demás ha perdido casi del todo cuanto no era seda, quedando lo morado y las listas amarillas y verdes. Entre este ejemplar y el siguiente han de situarse los fragmentos de otra tela, procedentes de España según indicios, que conserva el de Artes decorativas de Bruselas, museo con perfectas ana/ logias respecto de la al dibujo. Este se impone por la nuestra, en cuanto firme sobriedad de sus trazos, en síntesis expresiva que riñe con los pre/ ciosismos orientales y andaluces, habiéndose de localizar su taller en terri/ torio cristiano y bajo inspiración románica, toda espíritu. Núm. 40. El ejemplar siguiente corresponde al forro del ataúd, sin su tapa, del infante de la Cerda (láms. XXIII, LXXXII, LXXXIII). Es tela enteramente similar de la anterior, en cuanto a su técnica y composición, formando círculos con hojas sueltas; dentro, parejas de grifos sobre elefantes minúsculos, y en los segmentos un adorno a base de círculos enlazados; también la atraviesa una zona con listas moradas y una seudoinscripción, como remedo de la palabra árabe que se traduce "La felicidad". El color del fondo es amarillento de ocre; la decoración, toda de oro como pálido, va dicho. Su conservación, perfecta, tejido y es grueso y duro. Núm. 41. La tela de la tapadel mismo ataúd (láms. XXIII, XXIV, LXXXIV, LXXXV) pieza de 1,20 m. de ancha, colgando en faldón aire/ es una dedor, y se conserva también perfectamente, luciendo su oro sobre fondo morado, en composición aun más rica que la de los ejemplares prece/ dentes. Combina círculos lisos grandes con otros pequeños y meda/ llones exagonales cóncavos: en los primeros, parejas de leones opuestos, como remedo sin gracia de aquéllos del ataúd de Leonor; en los según/ dos, parejas de aves alternando con rosetas; en los exágonos, otras de pavones bien trazados. También aquí corta el dibujo una zona atrave/ sada seudocúfica, de 0,135 i"- de ancho, con listas marginales de azul, ocre y blanco. Es notable observar que, si bien el diseño de estas dos ^ telas resulta perfectamente cristiano, sus respectivos traveses revelan ins/ piración morisca, como si, una vez recibida por el tejedor la traza, él añadiese a su gusto las tales franjas sin denunciar demasiado su arabismo. 1 Nú m. 42. Los temas de ruedas anteriores cesan, para dar lugar a otras compon siciones, base de animalejos igualmente. Así, la tela del ataúd de Be/ a rengúela, hija de San Fernando (láms. LXXXVI a LXXXVIII), que procederá del mismo taller, ostenta en oro sobre amarillo, ambos pálidos, sendas parejas de gavilanes y grifos, cobijados bajo las arqueadas ramas de un árbol, e interpuestas corren fajas verticales con tallos simétricos, de gusto árabe; además, las consabidas zonas de través a listas de ocre, mo/ rado y oro, y campos también de oro con trazos amarillos, fingiendo escritura cúfica; su ancho, 0,145 tela, 1,24 m.; su composi/ ción, de eje a eje, 0,38; de zona a zona, 0,43. Hoy resulta un tejido flojo y sutil, por pérdida casi absoluta de la urdimbre de cáñamo, salvándose, no obstante, el lino con oro de su trama. Núm. 43. Un último ejemplar corresponde a la almohada de Blanca de Por/ tugal, que murió en 1321 (láms. LXXXIX, XC). Esta tela reserva el oro para su franja de través, que hermana con las anteriores por sus trazos seudoárabes y listas amarillas, blancas y azules, con ancho de 0,15 m. La labor de fondo desarrolla campos ondulados, con pare/ jas de leones opuestos, pavones, gavilanes y grifos, alternando en azul sobre amarillo y lo contrario: también ha perdido en gran parte su ur/ dimbre de cáñamo. El diseño, valiente y genial, supera al de las telas anteriores, con sentido de viveza intensamente gótico; pero el carácter de su zona transversal no permite separarla de ellas. Probablemente era pieza ya vieja cuando se la utilizó en este sepulcro. SERIE ORIENTAL El ciclo industrial que representan los anteriores brocados, parecía asegurar cierta hegemonía para nuestros productos textiles, cuando sobre/ viene el síntoma, tan español, de retroceso con echarse encima lo extran/ jero inexplicablemente. Ello aparece en nuestra necrópoli con tres ejem/ piares importados del Extremo Oriente, que serán aquellos panni tartarici, consignados en los inventarios antiguos. Son también sargas, pero sin hilos sueltos de urdimbre y con doble trama, la una de seda blanca o carmesí, la otra de oro; y ésta, no en la forma usual de membrana dorada y revuelta a un hilo, sino en membrana también, pero dispuesta en cinta, de medio milímetro de ancha, simplemente. La trama gruesa de seda alterna con ésta de oro, dando consistencia a la tela; aquélla va ligada con hilos de urdimbre finos, en tanto que la cinta de oro se prende en sarga, o bien tafetán largo, con otros hilos blancos de urdimbre inter/ en calados con primeros, y todos ellos de seda torcida. Es muy notable, los además, que la primera serie de urdimbres, ya sean blancos sus hilos, ya carmesíes, ya blancos y azules, se dejan ver ampliamente por la haz, pren/ didos a la trama de seda en orden de sarga vertical, constituyendo perfiles o campos de labor coloreada, entre el oro que vale generalmente por fondo. Esta novedad de la urdimbre jugando papel como de trama, carac/ teriza asimismo las sederías nazaríes granadinas, de que no se alcanza modelo las Huelgas. en Los dos primeros ejemplares de esta serie son hermanos, en rojo el uno, en blanco el otro; pero repitiendo un mismo tema, y corresponden, respectivamente, a los ataúdes de Pedro, hijo de Sancho IV, y de Blanca de Portugal, fallecidos a dos años de distancia, en 1319 y 1321. 65 — — Núm. 44. La composición del primer brocado (láms. XXXV, XCI, XCII, XCVI h) es de papagayos en parejas, cruzadas sus largas colas, casi en a, cuadrícula, y sobre fondo de flores y follaje muy estilizados, de tipo más árabe que chino, como tradición de lo califal asiático. Su diseño se acusa en perfiles rojos, con cierta rigidez de líneas y confusión en el fondo. Núm. 45. La tela segunda (láms. XLVI, XCIII) describe perfiles blancos en fondo de oro; sus aves son como águilas con la cabeza vuelta, mirán^ dose, entre cogollos floridos, de aspecto más realista y normal todo ello; pero ambas telas sorprenden por su opulencia, exquisito arte y originali/ dad, no siendo conocidos otros ejemplares agrupables con ellos, aum que abundan los de su género en cuanto a técnica. Esta se considera como originaria de China, venciendo por su simplicidad a las nes de los brocados de complicado^ Bagdad y Persia; mas el dominio que tártaros y mongoles impusieron sobre toda la meseta central del Asia, prestó cierta unidad a la producción artística de aquel inmenso imperio. Núm. 46. Eltercer ejemplar, forro del ataúd de Alfonso de la Cerda (láminas XCIV, XCV, XCVI d), es más ostensiblemente arabizado, por su letrero cursivo, cuya traducción parece ser: «Para ti el honor excelso y la plenitud.» Destácase en perfiles blancos sobre celeste; su ancho, 0,075 i"- oro con A los lados, doble fila de signos, repetidos en número de doce, que serán escritura para mí desconocida, y en medio otra zona, perfilada de blanco sobre oro, con follajes a base de elementos geométricos. Entonación gene-' ral pálida, entre blanquecina y celeste, avivada débilmente por los brillos del oro; ancho de la tela, 0,95 m. Por el envés, a un extremo de ella vense impresos con tinta dos grupos de sellos poligonales y redondos, más nos signos algu/- menudos, que serán marchamos comerciales probablemente. Pasada ya ante nuestros ojos esta serie de telas ricas, es cosa de recapa^- citar sobre la impresión que nos dejara. Lo más sugestivo, su colorido: esplendor de sedas y oro; policromías opulentas, al principio; luego, una — 66 — progresiva atenuación hasta la bicromía, con alejamiento de lo natural, para darnos una sensación más concentrada, ya bajo gamas complement tarias, ya con nota única dominante: oro pálido sobre medias tintas en morado, castaño, celeste, crema; juego de blancos, verdes y azules; en el gran paño de los leones, redondeles de suave tonalidad y periferia robusta; masas de oro entre perfiles finos; blanco tachonado de oro; destacar elet mentos sueltos uniformes en campos piqueteados, nunca sobre liso, y sutilezas geométricas apenas visibles, con ese desprecio de efectismos propio de lo oriental. A través de todo ello, una reacción violenta: las composit clones decorativas a manta, cortadas en seco por listas atravesadas, tan de fuertes colores como pobres de contenido ornamental, que destruyen la armonía de conjunto como protestándola, como si el orden ilimitado em^- pachase. Subsisten las ruedas con parejas de animales; pero van deshaciéndose en campos menos cerrados, en poligonías estrelladas o medallones; luego, desaparición del elemento figurativo con desarrollo de otra organización a zonas paralelas, listas en serie, y con ellas un nuevo elemento expresivo, la caligrafía, desde luego, árabe; pues ocioso es repetir que todo este acervo textil brota de nuestra cultura orientalizada, de nuestros moros, ya libres en Andalucía, ya sometidos en Castilla. Pero esta intromisión apenas trae de suyo sino aportaciones heráldicas en seco, sin elaboración orna/ mental, como si hubiese antagonismo entre el lenguaje simbólico del señorío castellano y las fantasías desembarazadas y pintorescas del arte andaluz. Ahora bien, el sentido de emoción ante la realidad viva, que caracteriza la sociedad cristiana medieval, se trasluce en el vigor natura/ lista y a la par esquemático de los animaluchos que campean en nuestros tejidos, sin el embarazo detallista de los orientales. Desde otro punto de vista, j respondía la estructura de la indumentaria castellana a la excelencia y vistosidad de su elemento textil ; No mucho, al parecer: las ropas resultan mal hechas, sin primores, sin adorno; las de varón, casi todas son telas a listas, y siempre en sentido horizontal; los dos temos completos que poseemos salieron de una sola tela cada uno, y ella rica; mas, por desgracia, no podemos juzgar bien del atavío de las reinas Leonor de Inglaterra y Berenguela. Los castellanos valían poco en cuanto a la confección sastres atañe; pero en el cortar prendas, las efigies del siglo xiii acreditan elegancia y ori/ ginalidad, en medio de una sencillez verdaderamente clásica. Aquellos reyes del claustro burgalés, aquellos señores repartidos en las torres de su catedral, tan vivos, tan gallardos y al natural, no pueden compararse sino con las estelas griegas, y despiertan en nosotros la nostalgia de edades felices, en que los hombres, dueños de sí, revelaban en su atavío un equi/ 67 — — librio generador de belleza, con ropajes que no desvirtúan la incompara/ ble atracción del desnudo humano, sino como el crepúsculo envuelve al día. El vestir se completaba de tres golpes: una túnica que entra por la cabeza, se aprieta al busto por el costado izquierdo, y con nesgas de cim ¿ tura abajo, plegadas en abanico para disimular su vuelo; el pellote encima, ^ de abrigo, pero escotadísimo a los costados para desembarazar movimiem tos, y una capa con cintas para atadero, donde aquellos señores gustaban de enganchar los dedos, en postura favorita. Las damas, el mismo atavío; pero largo, largo, traspasando la talla, de modo que para andar tendrían que levantarse las faldas, con gracia de actitudes y juego de pliegues des/ conocidos ya para nosotros, pero que constituía entretenimiento de alivio para sus manos inactivas. La literatura descriptiva de aquel siglo no corresponde a la elocuen/ cia de su arte;sólo en la aridez de documentos burocráticos se descubre algo de la nomenclatura de ropas, y aun eso con vaguedad desesperante; así, sabemos a qué atenernos en cuanto a realidades, mas poco en cuanto a nombres. La túnica es brial, especialmente para las damas, con mangas angostas y su flanquera abierta y enlazada; es la gonela o la saya, o la aljuba, o la cota, sin alcanzarse a distinguirlas entre sí. Encima, la sobrecota o sobre/ gonela, que es vulgarmente el pellote y acaso la garnacha: forro de pieles, sangraduras o maneras a los costados, para sacar ampliamente los brazos; ya así en un capitel de la Cámara santa de Oviedo. Sobre ello, el manto o capa con sus fiadores o cintas y en penas también forrado; por sustituto del palio románico, prendido con fíbula al hombro, que viene a ser la clámide clásica. No podemos ahondar más, por hoy, en ello. Sí sabemos a qué atenernos respecto de la ropa interior: camisa o alean/ I dora, bragas, cinto o brácile con su fíbula, calzas; mas no precisamente lo que serían la almejía y la farja. En este orden de prendas ya no era el sastre, sino mujeres primorosas quienes actuaban, y salían de sus manos dobladillos cerrados, crucetas de oro y carmesí, a veces sobrepuestas a aquéllos; vivos de cordoncillos trenzados, entredoses con trenzas de oro prendidas al aire, etc. Primor análogo presidía en la confección de los cojines, cuyo uso doméstico revelan las iluminaciones del libro alfonsí de los Juegos, en ambiente andaluz, y para ellos eran las telas más visto/ sas. También alcanzaba el lujo a los ataúdes, sin sombra de luto, con sus paños de seda y oro, de recia contextura y decoración amplia, comple/ mentados con magníficos galones, según luego veremos. Pero antes mere/ h cen un examen ligero las otras series de productos textiles menos apara/ tosos. OTROS TEJIDOS VI TELAS LISTADAS Así, aquellas sederías listadas o varetadas y viadas, como solían IW marias, que se ofrecen con determinado orden, como hechas en un taller, y enriquecidas a veces con zonas de tapicería, casi iguales entre sí y de carácter árabe. Por su color, tres series; azul, carmesí y blanca; todas con listas estrechas de oro, que pocas veces alternan con plata; dispuestas siem/ pre a lo ancho y acompañadas de otras listas, aun más finas, que son blancas con lo azul, negras y blancas con lo rojo y rojas con lo blanco, variando su espaciado entre 0,055 Y 0,090 m. Van tejidas en sarga casi siem·' pre, aunque el fondo de la tela es un simple tafetán, a veces finísimo, cuyo ancho varía de 0,83 a 1,14 m. Nüm. 47. Con este material se confeccionaron las de Alfonso VIII y un ropas manto de Felipe, azules; otros, de Manuel (lám. XCVII a) y de Pedro, y el pellote de Enrique (lám. XXXIX), carmesíes, y la túnica blanca del mismo Manuel; asimismo, el forro carmesí del ataúd del arzobispo Sancho y el blanco del de Enrique (láms. XXXVII, XCVII h), pri-' moroso y muy bien conservado, cuyas listas de oro y carmesí se perfilan con blanco y celeste; también de carmesí con oro y plata en dobles líneas es el forro de un cojín de la reina Leonor de Inglaterra, que llevaba debajo otro carmesí, más oscuro y con listas de trama negra, destacando verdugón/ citos punteados. En la tumba de Alfonso VIII había un trozo pajizo con listas pareadas rojas, en sarga; en la del infante Felipe, otro pedazo. todo a listas de igual ancho, rojizas y celestes, y en la de Sancho, el hijo de Alfonso XI, fragmentos grandes de tafetán blanco sutil con zonas muy anchas rojas y negras, entre perfiles blancos, rojos y negros (lámi-' na XCVIII); ancho de la tela, un metro. Asocíaseles un velo blanco, a modo de almaizar, pero sin flecos, que mide más de cuatro metros de largo y 0,345 de ancho; su tejido es muy flojo y tenue, con franjas carmesíes a ios bordes y listas atravesadas de oro con perfiles blancos y negros, anchos y estrechos, alternativamente pareados, sobre todo a los extremos, y corres/ ponde al sepulcro de la reina Leonor de Inglaterra. Núm. 48. De lino hacíanse también primorosos tejidos a listas: en el ataúd del infante Felipe había uno grande, finísimo, con variedad de combinado/ nes a rayas y cuadrados en azul, carmesí y blanco, cuyo ritmo no acierto a definir, y tan frágil que apenas puede desdoblarse (lám. XCIX a). En el de Isabel, otro con urdimbre de seda roja y trama blanca de lino, que juntas producen un tono asalmonado, y lo atraviesan listas dobles azules. Otro tejido, todo blanco y muy áspero, con triples listas forma/ das con hilos gruesos de cáñamo, en el de Alfonso VIII. Un lienzo basto, a cuadros celestes y blancos (lám. XCIX h), en el de Sancho, hijo de Alfonso XI. De lana azul con dobles listas finas de seda amarilla y todo a raspas en sarga (lám. XCIX c), lo que fué cojín en el de la reina Leo/ nor, y así otras más. VII TELAS LISAS Núm. 49. De sargas, hay una de lino, finísima (lám. C a), correspondiente a Isa^ bel; franelas rubias, escasamente peludas, en sepulturas de monjas y en la de Almenar (lám. C b), y una estameña negruzca, que fué vestidura, quizá monacal, de Alfonso de la Cerda (lám. C c y d). Van tejidas con especial simetría en sus ligamentos, pasando cada banda de trama a través de dos hilos de urdimbre, por delante y por detrás, alternativamente, y en el mismo orden cada hilo de urdimbre respecto de la trama, de modo que resulta una labor de raspas, igual por ambas haces, proceso textil de que no recuerdo otras muestras antiguas, y arriba quedó enunciado. Núm. 50. Hay también bayetas, tejidas en sarga terciada, como los ejemplares primitivos de las ciudades lacustres y alguno español, pasando sólo dos hilos de urdimbre tras de cada banda de trama, y por el envés aparecen visibles parejas de urdimbre entre puntos de trama. Estas bayetas servían especialmente para forro de los ataúdes, gruesas y de color rojo las más, o bien amoratado; alguna negra, otras blanquecinas o verdosas. FinaL mente, un fieltro'pajizo forra cierto estuche de cruz, y otro azul era ribete de un zapato. Núm. 51. Los tejidos a punto de lienzo con hilos retorcidos abundan, ya blancos de lino, para ropa interior, sábanas, almohadas, etc., ya de lo más basto 71 — — y encerados, forros de ataúd; en cambio, el de la reina Leonor, por para dentro, y una almohada son lienzos finísimos, apenas torcidos sus hilos, como nuestra holanda, a más de almidonados y planchados, hermanando con otros ejemplares traídos de Tierra Santa envolviendo reliquias; y así es también el forro azul oscuro de la colcedra ya descrita. Otros lienzos se riñeron de celeste después de hechos. Abunda el bocací, tejido fino de lana negra para hábito de las monjas. Hay telas con trama de lana torcida, verde o rubia, y urdimbre sutil de lino; otra, con trama gruesa acanutada, como el moderno gro, por ejemplo, es la haz verde con tapicería de la colcedra (lám. Ce). Los tafetanes llevan sin torcer su trama, con frecuencia muy ancha y aplastada, casi como cinta; son blancos, rubios, pajizos, rosados, carmesíes, morados, azules y negros; y como ellos además suelen ostentar zonas de tapicería árabe incrustadas, ha de localizarse su confección en país meridional, equivalentes a sus zarzahanes. X VIII CENDALES Son de lino, como muselinas, que se diferencian de lienzos y tafeta/- nes por su extraordinaria finura y lo ralo del tejido, muy torcidos sus hilos y sin teñir, quedando blanquecinos o rubios siempre. Núm. 52. Como simples velos, hay estos ejemplares, fragmentarios como siem^ pre: uno en el sepulcro de la reina Leonor, formando listas de través con espesarse a trechos la trama simplemente; otro, en el de Mafalda, tiene listas en cuadrícula, ya rojas, ya de oro con rojo y amarillo, y de azul a los bordes; otro, en el de Almenar, lleva parejas de listas finas, de oro con rojo o azul, muy distanciadas, y a los bordes otras de pardo y rojo; su ancho, 0,43 metros (lámina XCIX d). En el de Constanza, la hija de Alfonso X, hay otro con listas pareadas, ya finas de seda rubia, ya anchas con labor formando raspillas en sarga. Pero lo más abundante y curioso lo constituyen elementos del tocado femenil, peculiar de nuestras damas en el siglo xiii, y al que llamaban caramiello, al parecer. Como precedente ilustrativo, es notorio y ha sido ya estudiado un grupo de esculturas, comenzando por las de mediados del siglo XII, que efigian mujeres con toca de poco desarrollo vertical y barbuquejo rizados: así, las primitivas estaciones del claustro de Silos, el sepulcro de la condesa Sancha, en Santa Cruz de la Serós, un tímpano en San Pedro el Viejo, de Huesca, la portada lateral de San Vicente, de Avila y el sepulcro de la emperatriz Berenguela, en Santiago, avanzando en fecha de unos a otros. Posteriores, el del obispo Martín, en León, falle/ cido en 1242, que prueba seguía siendo así el de las mujeres pobres; mas entre las linajudas tomó gran amplitud, según atestiguan las figuras del duelo los sarcófagos de Diego López de Haro, fallecido en 1214, en y de su esposa Toda, en Nájera, y otro en Vileña. Como decorativos, hay bustos y cabezas femeniles con el mismo tocado en el triforio y claustro de la catedral de Burgos; pero aquí es donde descuella ostentándolo la encantadora efigie que se supone de la reina Beatriz, en pareja con San Fernando; aun tenemos en Villasirga la imagen yacente de la esposa del infante Felipe, hijo de aquéllos, que murió en 1275, y además las ilumL naciones del códice de las Cantigas en El Escorial. Exageróse más y más, andando el tiempo, su desarrollo cilindrico, basta superar en altura al rostro; pero siempre aparece becbo con bandas rizadas en serie, barbuquejo de lo mismo, y a veces otra faja sujetándolo por encima y aun tapando la boca. Núm. 53. Ahora, merced a la necrópoli burgalesa, podemos saber más acerca de tan peregrino adorno, si bien, por desgracia, sólo un pequeño frag/ mento mantiene la cohesión de elementos que lo formaban. Su armazón era de pergamino forrado de lienzo, sobre el que se cosía la primera banda, doblada casi por su mitad a lo largo, dejando a la vista sus dos bordes, y de allí bacía arriba seguíase dando vueltas basta completar la altura. Son dos los acopios en grande recogidos de tales fajas, y corresponden a la reina Leonor de Inglaterra y a la supuesta María de Almenar; en la sepultura de la reina Berenguela nada se obtuvo; un pequeño trozo, en el de la infanta María, y dos en el de la reina Leonor de Aragón (lámb nas CI a CHI). Lo típico de estas bandas es su ancho, de unos 11 a 15 cm.; su tejido, ralo y duro, de muselina blanca o rubia, y una zona a los bordes tejida en tafetán con trama de seda blanca; van plegadas de través, sobre todo los bordes, y dobladas a lo largo, según va dicho. Su longitud sólo en una puede apreciarse, y alcanza a 6,60 m.; a trechos iguales se observan partes quemadas por la descomposición cadavérica, que corresponden a cada vuelta en torno del cráneo por abajo, y suelen adornarse, especialmente a los cabos, con listas atravesadas, ya sean de hilos gruesos en parejas, ya de breves bandas anilladas (labor que boy llaman de esponja), ya de sedas azul, amarilla y roja, combinadas y en agrupaciones equidistantes, que servían no sólo de adorno, sino para dar rigidez al tejido. Lléganse a prodigar listas de oro, a veces muy anchas, matizadas de seda roja, y fila-' mentos de plata dorada revueltos a un hilo. Además, sobre los bordes solían coserse ya un galoncito de oro formando ondas, ya una cinta de seda carmesí o blanca, plegada. IX CINTAS Núm. 54. Hay otro género de labores textiles que guarda analogía con lo ante^ rior por ser angostas, pero se hacían a mano: son las cintas y los galones u orfreses. La técnica de las cintas, en su grado más elemental, no varía de lo moderno: hilos lo largo, retorcidos siempre, que se mantenían tiram a tes y, al tejer, abrían alternativamente en dos grupos, mediante un lizo se movido a mano, y luego otro hilo pasaba de lado a lado entre aquéllos, determinando el ancho de la cinta, como en labor de lienzo. El material, ya es lino blanco o teñido, ya lana, ya filamentos de plata, dorada o no, envueltos en un hilo de seda amarilla y aplicados a lo largo de la cinta, o sea como urdimbre. El ataúd de Constanza, la monja, hija de Alfom so VIII, guarneció con cintillas de un centímetro de ancho, más com^- se plicadas, hechas de lino rubio y lana parda, formando escaques como a dos haces contrapuestas, y, por consiguiente, con trama doble. Ello altera el orden del tejido con pasar la trama recogiendo tres hilos de la urdim'· bre, técnica que más en basto repiten las cintas de que penden los sellos en documentos castellanos de la segunda mitad del siglo xiii. Núm. 55. Labor análoga produjo las cintas tubulares, o sea cerradas, que se apli/ caban para ajustar la túnica, como en nuestras cotillas (lám. XXXIV). Son de seda y de un solo color, blanco, rubio, verde o negro, con hilos retorcidos; mas ya no puede referirse esta obra a telar, aunque hecha a mano, porque los hilos que dan el largo de la cinta, ordinariamente se agrupan de tres en tres y se revuelven sobre sí mismos, prendiendo a cada vuelta el hilo, que gira en espiral transversalmente. Aquí lo esponjoso de la seda quita visualidad al orden de ligamentos; pero hay otras cintas policromas, de lino, entre aquéllas adheridas a los diplomas castellanos, que denuncian claramente la misma labor, formando enlaces a modo de cadeneta, porque los grupos de hilos girantes a lo largo proceden en sentido contrario de uno a otro, y al ser de varios colores, hasta cuatro, se acusa bien el proceso de la obra; veremos luego otra aplicación suya en grande. Adviértese en algunas cintas que a trechos se suspende lo retor·' cido, dando lugar a un tafetán o lienzo, como en las cintas ordinarias. Así también una tubular en diploma de 1257, excepcionalmente. Todo este orden de labores textiles parece que está sin estudiar. Ahora procuramos remedarlas, con éxito no despreciable; a más de que la com fección de cintas policromas y, por consiguiente, dobles, se mantiene en Lagartera burdamente, pero con su lizo adecuado, que llaman peine. Lo de revolver hilos ligando de través, obtiénese mediante bolillos, y éste pare^ ce ser el único procedimiento idóneo, en cuyo caso tendríamos aquí la fase inicial de los encajes, no vista sino entre nosotros desde fines del siglo xv, en la aljuba de Boabdil, tampoco estudiada. El hacer las cintas tubulares, tomando por base un hilo atravesado en espiral, que constituye su envob tura, arrollado a un cilindro, se asemeja a la confección de las borlas de pasamanería, arrancando de lo árabe, con su ejemplar príncipe en el Ins^ tituto de Valencia de Don Juan, maravillosamente ordenadas, y podrían manejarse con aguja sus elementos longitudinales, formando una especie de tapicería, ya se mantuviesen rectos o se revolviesen sus hilos. Pero si se partía de los hilos de labor, que aquí van a lo largo, sujetos por un extremo paramantenerlos tensos y con aptitud para revolverse, parece obligado el usode bolillos, y ciertos ensayos garantizan su posibilidad, en cintas como aquellas que podríamos llamar sigilares, a cadeneta falsa. Igual técnica descubre cierta flocadura o fleco, en las ínfulas de la mitra de Celanova conservada en Orense, cuyo pie se desarrolla como trenzado a lo largo, dejando hilos sueltos de urdimbre al través para fleco. ORFRESES O GALONES Ellos son obra maestra, hasta un último límite en primor y complia caciones, bajo normasde perfección absoluta. Se emplearon como guar/ nición en piezas de indumentaria eclesiástica; pero aquí, en nuestro cemen/ terio, su aplicación fué enriquecer los ataúdes formando el cerco y cruz de sus tapas, y se nota cierta evolución en sentido regresivo: máximo primor en los más antiguos; luego, simplificaciones y desmaña, que arguyen otros focos productores; o sea, una presunta iniciativa en ambiente arabizado, y reacciones cristianas, más expresivas en sus temas decorativos, menos esclavizadas la técnica, efectistas. a Carecemos de datos para afianzar la indagación del origen de esta ma/ nufactura. Todo hace creer que proviene de Oriente y sería recogida en España, como tantas otras de carácter suntuario. Tenemos aquí ejempla/ res de lo más fino en la ya citada mitra de Celanova, que se atribuye a San Rosendo, y en la capa de San Ramón, obispo de Roda (f 1126), conservada en Lérida; similares, entre otras extranjeras, en la casulla y mitra de Santo Tomás de Cantorbery (f 1170) y la estola de San Edmundo (f 1240), todas tres en Sens, si bien no pueda certificarse la autenticidad de tales atribuciones. Resultan perfectamente análogos en las Huelgas los galones de los ataúdes de Fernando de Navarra ("j" 1209) y Leonor de Inglaterra (f 1214), con otros secundarios y posteriores. Todos ellos destacan labor de rombos con inclusión de elementos de esvástica o algo como meandros en oro, fileteado con seda pajiza o rosada y destacando a trechos localizaciones policromas: el orientalismo de su estilo es evidente. Pero, basada en la anterior, sobreviene una adaptación cristiana, de la que son muestra insigne las dos estolas que la susodicha reina Leonor 77 — — ofreció a San Isidoro de León, con su dedicatoria y fechas de 1197 y 1198. Élla era hija de Enrique II de Inglaterra; mas puede ser que aquí, bajo sugestiones de mudejarismo, implantase un taller palatino, exaltando ini-' dativas de dibujo al aminoraban dificultades. Son ahora las paso que se armas reales el tema así se continúa en serie homogénea a lo preferente, y largo del siglo xiii y parte del siguiente. Luego, todo se extingue, al parecer. Esta labor de nuestros ha sido estudiada, que sepamos, orfreses no y ofrece un cúmulo de dificultades, que si en teoría son analizables, su práctica envuelve procedimientos sólo por conjetura asequibles, una vez perdida la tradición originaria; ninguna otra industria textil exigiría tanta pericia manual como ésta. Dos labores conjuntas la informan. Su base es el mismo tejido a mano de las cintas a cadeneta falsa, antes aludidas como hechas con bolillos, al parecer. Así se desarrolla todo el envés de los orfreses; pero su haz varía: los de aspecto oriental, que serán obra mudéjar o andaluza, ocultan del todo su pie mediante otro tejido ligado a él, que diseña una composición de aspas y elementos geométricos sesgados, a base de rombos, hecha con trama de oro, cuyos ligamentos son puntos de seda de colores, que marcan los perfiles del dibujo y van matizados con una segunda trama de seda, a veces. La otra fase, la cristiana presidida por las estolas de la reina Leo^ nor, circunscribe el tejido delantero a los campos decorativos, destacando sobre la labor básica, que así aparece visible por la haz como fondo suyo. Aparte ello, todos coinciden, salvo los más modernos, en recorrer hacia los bordes unas listitas con labor de fondo muy apretada, generalmente roja o parda. La labor básica ya se explicó a propósito de las cintas: procedíase a lo largo conhilos torcidos de seda, fijos por un extremo, como la urdim/- bre, y tirantes merced a los bolillos en que su otra extremidad se arrolla^ ría. Distribuidos los hilos en grupos de a tres o cuatro, se revolvían sobre sí, en sentido contrario de uno a otro grupo consecutivos, formando así un trenzado falso, como cadeneta o espiguilla. A cada revuelta, estos hilos prendían con otro atravesado, a modo de trama, que en llegando a cada borde del orfrés retrocedía, una vez fijo con alfileres, probablemente, su remate. Así quedaba asegurado el ancho del galón; luego, las presillas del borde eran envueltas con puntadas al sesgo primorosamente. A la par que se iba tejiendo el fondo, ciertos hilos verticales, de uno o dos colores, prendían de trecho en trecho hacia la haz una segunda trama transversal, cuyos ligamentos aparecen alineados en direcciones oblicuas, o sea al sesgo, como en las manufacturas rómbicas de telar arri/- ba presentadas. Esta trama delantera se constituye con hilos de seda ama^ rilla sin torcer, a los que se revuelve en espiral un filamento de plata dorada. á 78 — — Semanejarían con espolines, pasando de un lado a otro del galón sin llegar a sus bordes, y afianzados sus cabos mediante aquellas listas de labor de fondo que asoman por la delantera, como va dicho. La tercera labor, no constante y muy localizada, se constituía con trama de seda muy gruesa y poco torcida, que se intercalaba con la otra de oro, manejada con espolines también, sujeta con muy pocos ligamem tos, a fin de que brillase, y pasando al envés de la tela sin ligazón alguna por allí. Esta trama, o bien se interrumpía y cortaba en los trechos donde la segunda labor, la de oro, campeaba única, o bien corría libre a lo largo por el envés, como en la tapicería, lo que sólo se da en galones estrechos. Esta tercera labor fué progresivamente ganando terreno; pero siempre loca/ lizada y sin pasar generalmente de dos colores. El efecto de cromatismo evolucionó por otro camino, haciendo más y más visible la labor básica por la haz entre el oro, una vez sustituida su seda pálida por otra roja, azul o verde, que constituye fondo: es la carac/ terística principal de las manufacturas cristianas, en las que el oro y la plata llegan a calar el tejido, resultando labor contrapuesta por ambas haces. Parece verosímil que enla práctica, para puntualizar la decoración del orfrés, se procediese labrando sobre un patrón, como en la tapicería de bajo lizo y en el encaje de bolillos; así podrían irse escogiendo bien aquellos hilos d'e urdimbre que ligaban con el oro en los puntos exac/ tos, y asimismo intercalar la seda, siempre mediante espolines para las tramas y con bolillos estirada la urdimbre, en condiciones de irse retor/ ciendo metódicamente sus hilos para formar las consabidas raspillas. Quede para los técnicos aclarar en práctica todo esto. Procedamos a un examen analítico, pieza por pieza. Recordemos antes la mitra de Celanova, que es de lo más perfecto, y se puntea de pajizo y carmesí, absteniéndose de localizaciones de seda; mas la capa de Roda las lleva a tres colores, muy espaciadas. Núm. 56. En las Huelgas, tres ejemplares de máxima categoría abren serie, mar/ cando cierta progresión. El del ataúd de Fernando de Navarra (láms. XLIV y CIV), que mide 63 mm. de ancho, destaca sólo puntos pajizos de -^r seda, entre el oro, y listas marginales negras; su labor, toda repetida, se ^ reduce a elementos de meandro a base rómbica. El de la reina Leonor (lámina CV) mide 58 mm. de ancho;, sus ligamentos, de seda pajiza y 79 — — rosada, se alinean entre el oro; bordes, de pardo y rosado; su labor, esvastL· cas dentro de rombos, simplemente. El de Constanza, la Santa (lám. CVI), alcanza a 84 mm.; su urdimbre, color de paja, hecha con seda cruda; bordes, pardos; labor de fondo a rombos menudos, que se interrumpen a trechos por campos de rombos grandes muy destacados, inscribiendo elementos de meandro, y se matizan con puntos de seda de colores rubio, morado, azul y verde. Núm. 57. Tras de ejemplares, el del ataúd de la monja Blanca, fallecida estos en 1375 (látn. XLVIII), descubre, dentro de la misma técnica y arte, mucho menos primor y consistencia; su ancho, 65 mm.; su labor, en cua^ drícula con crucetas; a trechos, exágonos con elementos de meandros y esvásticas, matizados con seda amarilla, verde y azul; los hilos de oro van prendidos de tres en tres, e igualmente la trama de colores. Descuidados también, pero más firmes, son los dos orfreses del ataúd de Berenguela, la monja hija de San Fernando (lám. CVII); el más ancho, 53 mm., ofrece a trechos rectángulos y rombos, cuya labor, del tipo usual y matizada de rojo y azul, destaca cruces; el menor, 40 mm., lleva escudos de Cas^ tilla y León, acuartelados y sobre fondo carmesí los castillos, acusando ya un taller palatino. Esto mismo, las dobles cintas de la capa de Fer^ nando de la Cerda (lám. GVIII), en que alternan castillos y leones matizados de rojo, azul y amarillo; su ancho, 25 mm.; pero aquí resulta labor a dos haces, contrapuestas en cuanto al color y quedando a la vista el tejido básico de espiguillas de color rojo, como en las estolas leonesas. Otro orfrés (lám. CVIII c) más ancho, 50 mm., lleva castillos del mismo aspecto; al parecer corresponde al ataúd de la otra Constanza, fallecida en 1242, y juntamente se recogieron otros dos orfreses, el uno de labor geométrica en oro y plata sobre rojo a dos haces, con ancho de 48 mm., y el otro con cruces a mitad de ancho y de labor igual (lám. CIX). Es lo cierto que ejemplares idénticos a estos últimos guarnecían los ataúdes de Isabel de Molina y de María de Aragón, no obstante su gran distancia de fechas. Por último, en el ataúd de María de Almenar (lám. CXI a), otro galón más basto, de tipo geométrico, punteado de negro entre la plata y con fondo rojo, pero no a dos haces; su ancho, 31 mm. -V Núm. 58. / Más abundan los orfreses angostos, que generalmente quedan por bajo de 18 mm., y recorren exactamente el mismo rumbo técnico de los anchos. aunque sólo desarrollando labor geométrica. Los hay primorosos, ya con oro solo, cual es el del ataúd de Fernando, hijo de Alfonso el Sabio (lá^ mina CX a, b); ya con golpes de sedas, descollando uno del porche (lá^ mina CX c, d);yz también con fondo de espiguillas, a colores rojo, verde o azul, este último en el de Enrique (lám. CXI, b). El del ataúd del infante Pedro (lám. CXI c) varía por llevar su oro en cintillas metálicas sueltas, como influido por la tela china del ataúd mismo. Núm. 59. Atención por separado el riquísimo cinturón de Fernando de merece la Cerda, hecho con dos galones, cosidos juntos y presentando sólo vish ble su haz. La delantera está toda bordada, como adelante veremos; mas la cara opuesta (lám. CXI d) deja al descubierto su labor, de oro y seda verde, formando rombos, sobre tejido de espiguillas, resultando así empa^ rentada con la serie anterior; pero su técnica tiene poco de primorosa. Luego veremos que hay motivo para creer que se trata de obra septentrion nal, quizá inglesa. LOS BORDADOS Llegamos a otra manifestación artística, la más personal, la perma^ nente en orden altejer, que es el bordado: raíz de todas las sucesivas com^ binaciones más o menos mecánicas a base de telar; mientras el bordado se mantiene inmutable, como expresión del ingenio humano, presente a cada movimiento del hilo, y guiado por el espíritu creador suyo. Aquí no hay la repetición en serie del telar; aquí cada obra es circuito cerrado, es única; el bordador es absorbido de lleno por el medio social a que sirve, y lo refleja. Los bordados medievales de carácter doméstico escasean muchísimo, y eran contados los nuestros: almohadas del arzobispo Jiménez de Rada y de San Fernando, el gorro del infante Felipe, blasonado con castillos y águilas; además un nutrido acervo de obras árabes y mudéjares, a cuyo frente descuella, por su antigüedad y carácter, el forro del arca de las reli/ quias de San Isidoro, en León. Todo ello bien poco ante la serie que la necrópoli de las Huelgas ha revelado ahora, síntesis magnífica de lo que fué este arte en la corte castellana a lo largo del siglo xiii. Y entremos en su examen por categorías, a partir de la más destacada y noble, el punto de tapiz, anticipándose aquí también la iniciativa moruna con un orden de riqueza y preeminencias técnicas que superan a todo lo cristiano europeo. Núm. 60. Quizá la pieza más antigua bordada sea la cofia del infante Fernando, hijo de Alfonso VIII. Formóse recortando un paño de tapicería con oro y sedas blanca y azul, a más de crema, celeste, verde claro y pardo en sus perfiles. Procede a zonas de muy varia amplitud y composición, predo^ minando temas geométricos de lazo de ocho, hasta cuatro combinaciones. 6 alineadas en una zona medial entre fajitas con espirales dobles; a cada lado, otra zona con hojas largas, sencillas, y trenzas de dos ramales, de oro sobre blanco; por fin, una inscripción árabe cursiva, de tipo almohade, oro y blanco sobre azul, en ancho de 26 mm. Su traducción parece arrojar esta frase: "El Señor es el renovador del consuelo (o de la alegría)." Ancho total de la composición, 235 mm. (láms. XXXVI a, CXII, CXIII). La cofia está henchida de lana; la guarnecen tiras de cordobán dorado y una cinta de lienzo azul al borde, que remata en barbuquejo de tafetán crudo, cosido en redondo y con lana dentro; su forro, de lienzo. En su mayor parte resulta muy quemado por efecto de la descomposición cadavé·' rica; además le falta un trozo por la parte superior, cercenado a tijera. Es pieza singular, muy artísticamente realizada, desde luego a punto de tapiz; su oro, en película enrollada a un hilo, y sus sedas sin torcer ni cortar bandas por el dorso. Núm. 61. Más amplitud, dentro del mismo arte, desarrolla el paño medial de una almohada, correspondiente a la supuesta tumba de la reina de Aragón, Leonor, cuyas partes laterales son de aquel tejido blanco yceleste a listas, arriba descrito (láms. XXXI, LXII, CXIV). Lo de tapicería mide en total 0,70 por 0,17 m., y son dos composiciones gemelas, cuyo centro y orla mayor se cubren de lazos de ocho, aunque disimulan sus estrellas incluyendo medallones lobulados, y son de color blanco entre hojitas de rojo y azul y sobre fondo de oro; entremedias, una zona con inscrip^- ción árabe cursiva, azul sobre oro, que repite, traducida: "La dicha y la prosperidad", y bordéanla trenzados sencillos de oro sobre rojo. Casi iguales son los centros del temo más rico de la catedral de Roda, hoy en el museode Barcelona; también es así una tuniquita que se conserva en el de Valladolid, y sería del infante Alfonso, hijo de Sancho IV, fallecido en 1291, de cinco años; además, unos fragmentos en el Instituto de Valem cia de Don Juan, procedentes de una colección asturiana. Núm. 62. principal de esta serie es la gran almohada de la reina Pieza Berem guela (láms. XLIII, CXV), que mide 0,86 por 0,50 m., tejidahuecos seda carmesí en tafetán; pero reservando dos zonas laterales y cinco con para incrustar tapicería, comprobándose que todo fué hecho de una vez y ligados tejido y tapiz hábilmente. El medallón central mide 0,20 m. de diámetro; en su campo se representaron, sentadas frente a frente y con un arbolito en medio, dos damas de muy adornados trajes con acampanadas mangas, cofia la una, diadema sobre su pelo negro la otra, descalzas y teniendo, respectivamente, un disco y una pieza cuadrada, que no acierto a definir, pero quizá sean instrumentos músicos. En torno, un aro en que se repite, de letra árabe cursiva y mal hecha, el consabido "No más divinidad que Dios": fondos de hay oro; lo demás, sedas de colores, pre^ dominando el azul. Este medallón se parece a los que llenan una tela que fué de la colección Miquel y Badía; pero más aún a otros, tes de un procedem sepulcro de la catedral de Barcelona y hoy en propiedad particu' lar. Ambas series ostentan parejas de bebedores sentados, y la segunda repite en torno el susodicho letrero, pero es de labor menoS primorosa y está descolorida. Resulta interesante observar que la primera serie se copió en Granada con su técnica de telar propia, acreditando el favor de que gozaron estas representaciones: fragmentos suyos en el Instituto de Valencia de Don Juan. Hacia los ángulos de la almohada burgalesa, acompañan al susodicho medallón cuatro estrellas de ocho puntas, dobles y entrelazadas; además, por arriba y abajo corren a todo lo ancho de la almohada dos cenefas con listas de trenzas y besantes, entre las que se repite, al derecho y al revés, en letra cúfica "La bendición perfecta", en azul sobre fondo de oro, resultan^ do casi como un adorno: su ancho total, 0,072 m. La otra cara del cojín es del tafetán rojo, y lleva seis borlitas del mismo color. Núm. 63. Otro cojín acompañaba al anterior en el ataúd de Berenguela (lámi^ na exVI a). Este es de sedería de color crema, labrada a rombos y con tiras azules, según va dicho, llevando en medio una con mucho oro matizado de franja de tapicería, blanco, celeste y negro; su ancho, 0,37 m. Sus temas son hojas largas, estrellitas y trenzas de dos ramales, precisamente similares a otros ya vistos en la cofia del infante Fernando. Núm. 64. Esto mismo observa ciertas se en franjas más sencillas, con espirales que parecen besantes dobles, a veces alargados, entre filas de trenza de dos ramales también; su ancho, de 0,32 a 0,22 m. Corresponden a telas listadas, según arriba se indicó, en el ataúd del rey Enrique, túnica del im fante Manuel; su manto y otro semejante, en el sepulcro de Pedro; ropas de Alfonso VIH y una almohada de su esposa (láms. XCVII, CXVI h). Sus oros destacan sobre blanco y se perfilan de crema, celeste y negro. Núm. 65. También de tapicería es una cenefita en azul y negro y sin oro, íou mando sencillo vastago ondulado, cuyo ancho no pasa de 0,015 Y intercala en el tejido de lana verde, que forra la colcedra o edredón puesto sobre los ataúdes de Alfonso VIII y su esposa (lám. Cj e). Núm. 66, Arte absolutamente diverso, pero sobresaliente a su modo, como obra cristiana de carácter gótico y menos antigua, ostenta el cojín de Alfonso de la Cerda, supliendo las exquisiteces moriscas con fuertes tonalidades y exuberancia naturalista (láms. CXVII, CXVIII). Su tamaño, 0,56 metros, en cuadro; sus materiales, hilos de lino para urdimbre y otros de lana, también torcidos y ligados en parejas, constituyendo la trama a punto de tapiz, o sea como lienzo, a dos haces y con decoración casi igual por ambas caras del cojín, que estaba relleno de lana. Sus colores son rojo, azul, amarillo, verde, blanco, celeste y rosado; la composición es una cuadrícula blanca sesgada, rehuyendo siempre las líneas verticales, y dispuestos en cada hueco, ya temas florales estiliza/ dos, de varios colores, o bien amarillos sobre azul, ya vástagos al natural, verdes, con sus flores y capullos blancos en campo rojo, ya unos animales fantásticos, aves blancas matizadas de rosa con arqueado cuello, pico largo amarillo, como de cigüeña, patas rojas y cola puntiaguda, o bien con cabeza perruna, y siempre en campo azul. A los ángulos del cojín iban prendidas borlitas de azul y verde. segunda categoría, difícil de rastrear en sus orígenes, es el punto Una de media, hecho con agujas, sin base alguna que recuerde el tejido, pero logrando efectos de dibujo y color admirables, probablemente en manos andaluzas. Núm. 67. Este punto de media, el corriente, si bien con gran desarrollo y poli/ cromía, sirvió para confeccionar dos cojines. El primero estaba en el sepul/ - 85 - ero de Mafalda, procedente quizá del de Fernando, hijo de Alfonso X, y acaso primogénito suyo fuera de matrimonio, que hubo de morir a la mitad del siglo xni. Este cojín (láms. CXIX, CXX) mide 0,28 m. en cuadro; tiene un segundo forro interior de tafetán morado, y se llenaba de lana. Su deco/ ración es una cuadrícula jaquelada menudamente y cenefitas con escaques mayores arriba y abajo; dentro de la cuadrícula campean, por un lado cuatro águilas explayadas, en medio; alrededor, flores de lis entre cruces, y más afuera otra zona de leones pasantes. Al otro lado, cuatro grupos de otras tantas palomas en medio, rodeados de octógonos incluyendo estrellas, y en torno otros con florones. Su material son hilos de lana poco torcidos; sus colores alternan a zonas horizontales, ya de rojo y crema, ya de gris verdoso y pardo rojizo, entrando alternativamente a su vez para labor y para fondo, contrapuestos de cuadro a cuadro, lo que determina contrastes felices. Quizá no deban tomarse por blasones heráldicos sus águilas, leones y lises, pues no cuadran a familia alguna en especial, aum que fuesen ordinarios todos ellos en la corte leonesa, y en cuanto a estilo y factura, su presunto mudejarismo se garantiza con la pieza siguiente. Núm. 68. Este es el cojín aludido, en el sepulcro de Fernando de la Cerda otro (lámina CXXI). Mide 0,36 m. y se conserva perfectamente, como nim guno de esta serie. Su labor es menuda; por un lado, cuadrícula sesgada en que alternan águilas explayadas y lises; por el otro, una red de octó./ gonos y cuadrados, alternando castillos y florones en los primeros, y con esvásticas los segundos; alrededor, una cenefa de escritura cúfica, que repite en árabe la palabra "Bendición", acreditando la paternidad de esta obra. Sus colores, ocre oscuro por fondo, amarillas las líneas de compo.' sición y blanco el adorno; el cúfico, pajizo en dos lados y blanco en los otros. Borlitas verdes pendientes de las esquinas. Núm. 69. Después se nos presenta un guante blanco, de la infanta María, al pare^ cer (láms. XLVII a, CXXII), hecho primorosamente, de lino, formando calados de tipo rombal punteados con cierta complicación, y al borde una zona elástica, todo ello algo diferente y más enredoso que como ahora se labra este punto. A la misma técnica corresponden las crestas caladas que bordean en dos mitades la cofia de los calderos (lám. CXXI h), atribuida al Fernam — 86 — do, hijo de Alfonso X. Van hechas con hilo blanco y estructura diferente respecto de lo anterior, y corren entre ellas, por ligazón, dos ramales trem zados de seda con plata, cogiendo en medio una cadeneta de seda morada. Aquel sepulcro de Fernando de la Cerda deparó otro cojín de más valía por su decoración y de técnica diferente. Con él se abre la serie de bordados con aguja, a base de un tejido que le sirve de sustentáculo, ya quede oculto, como se verifica en esta pieza, ya el bordado constituya un simple complemento destacado en el lienzo. Ntím. 70. El cojín susodicho (láms. CXXIII, CXXIV) es obra única entre las conocidas medievales, como hecha fingiendo cadenetas, quizá lo que llamaban punto sesgo, con hilos de seda sobre muselina, procediendo siempre en horizontales, de modo que no se altera la líneas verticales y regularidad del encadenado; sus colores son blanco, pajizo, verde, ocre y morado. La cuadrícula pajiza de la haz secundaria lleva inscrita otra com trapuesta, en cuyos cuadrados alternan leones rampantes blancos sobre ocre, águilas explayadas de los mismos colores, y lises pajizas, ya solas, ya de cuatro en cuatro, sobre morado; en los triángulos alternan leones y palo^ mas blancos sobre ocre y verde. La haz principal llena toda su cuadrícu^' la, pajiza también, con treinta figuras de reyes, en campo ocre y verde, alternados, variando el adorno, geométrico y caprichoso, de sus trajes, y teniendo con ambas manos lises o globos rematados en cruz; a sus pies, dos aves posadas. Abajo se alinea un alfabeto en caracteres góticos ma/ yúsculos, siguiendo este orden: abcdefghiklnmopq r s t v y ; z, a lo que sigue, con letra igual, v s e i m, donde parece expresarse transcrito el nombre personal árabe Husain, que hubo de ser el bordador. Y aquí volvemos a encontrarnos con leones, águilas y lises de carácter heráldico, pero quizá tampoco escogidos como blasón fijo. Su técnica parece recordar la del fondo de los orfreses, pero aauí es una mu/ selina finísima, simplemente bordada, que se deshace con facilidad por lo tenue del tejido, constituyendo su esqueleto. Núm. 71. Bordar también a cadenetas, pero sobre lienzo, es lo vulgar en tapetes árabes y moriscos de Andalucía, y a ellos se alude quizá en las citas de punto de almorafán consignadas en inventarios antiguos. Su primera y más selecta representación se da en un paño deterioradísimo de nuestro — 87 - cementerio, obtenido en la sepultura de Sancho, hijo de Alfonso XI (lámina CXXV). Su base es un lienzo prensado, muy fino, sobre el que se procedió con aguja, cruzando puntos en todas direcciones, para aco^ modarse al dibujo, si bien resulta con frecuencia desorganizada la cade^· neta, y va hecho con sedas de colores carmesí, azul, verde, pardo y ama-' rillo, quedando el lienzo en reserva, o sea descubierto, para lo blanco. Así, dos cenefas paralelas, de 0,052 m. de ancho, en que alternan, dentro de estrellas inscritas en octógonos enfilados, ya leones pasantes, ya parejas como de ciervas, encaradas a los lados de un árbol; su combinación de colores varía en cada uno de cinco octógonos seguidos, a lo menos, resuL· tando labor de lo más fino y primoroso que se produjo en su género, y de carácter morisco indiscutible. El largo de dichas cenefas es de 0,37 m.; de una a otra median 0,32 m., y el cojín resultante remata en cordoncillos a cadeneta y borlas carmesíes. Esta misma técnica, modificada en manos de bordadoras cristianas, sirvió para decorar pobremente otros cojines. Ya era conocido, aunque inédito, el que hubo en el sepulcro de San Fernando, conservado en el relicario del Palacio Real de Madrid. Presenta cinco golpes bordados con sedas roja y negra, trocadas en ambas haces y formando una cruz recru^ zada en medio y medallones angulosos con cuadrado central a las esquinas. Ahora se nos depara lo siguiente: Núm. 72. En la sepultura de la reina Leonor, la fundadora, su almohada de tafe/ tán carmesí a listas con oro y tapicería, conservaba debajo (láms. CXXVI, CXXVII) otro forro de lienzo blanco fino, provisto de bordados con seda, que por un lado, en medio, forman cinco cuadrados juntos en aspa, de color negro, y en las esquinas castillos rojos, lo que se repite, trocados sus colores, por la otra haz del cojín. El tema central va trenzado al aire y prendidos solamente sus bordes al lienzo, según se labró el cojín de San Fernando y luego veremos repetirse en el de la monja Constanza; pero los castillos se bordaron a cadeneta simplemente. Alrededor, raspillas bor-' dadas de oro y rojo, y cerrando el cojín se atravesaba en zigzag un cor^ doncillo carmesí, también con oro, a través de otros negros cosidos a bandas sobre los bordes. Núm. 73. Fragmentos de otra almohada se sacaron de la tumba del infante Fer/- nando de Navarra, fuese o no ella su lugar primitivo (lám. CXXVIII a). — 88 — Igualmente sobre lienzo ofrecen otros castillos bordados a cadeneta, alter/- nativamente rojos y negros, en dos filas y entre líneas como cadenas. Núms. 74, 75 y 76. Aun más deshechos quedan otros tres forros, enteramente similares. El primero, que estabalos restos del rey Enrique (lám. CXXVIII h), con diseña estrellas dobles de ocho puntas, compuestas de cuadraditos de color carmesí, en serie, y dobladillo con labor de aspas superpuesta al margen. El segundo fragmento apareció en la tumba de la reina Berem guela, dentro del cojín de tapicería rico (lám. CXXVIII c), formando cuadraditos en dos filas, alternativamente libres y con apéndices que constituyen algo como aspas inclusas, de color carmesí, a más del cierre en zigzag, como de costumbre. El tercero, en el sepulcro de la reina Leonor, se adhería a un trapo de lana azul con listas amarillas (lámv na CXXVIII d); forma cuadrícula sesgada, hecha con cuadraditos a punto trenzado, entre líneas a cadeneta, negro todo ello. Núm. 77. Técnica y dibujo más originales y complicados se emplearon en el cojín de la monja Constanza, hermana de San Fernando, fallecida en 1242 (láminas CXXIX, CXXX). Mide 0,31 m. en cuadro y desarrolla labor de esvásticas rojas enfiladas, pero sueltas, encuadrando meandros negros revueltos con cierta variedad. Su material es lana de dichos colox res destacando sobre lo blanco del lienzo; su labor forma una especie de trenzado al aire, en masas alineadas y con ensanches alternados a una parte y a otra, cuyos bordes se el lienzo atravesándolo. Una de sus prenden en caras ha conservado lo bastante para darnos plena idea del conjunto; no así la otra, cuyos colores van contrapuestos, aunque una hábil restaura^ ción viene a restituirla con cierta fijeza, si bien desentona la excesiva blam cura del nuevo fondo; mas otra fotografía adjunta, hecha antes, ofrece vish ble el envés de la primera haz en su mayor parte, y suelto entremedias lo que subsistía de la otra. Núm. 78. ; En el sepulcro de Fernando de la Cerda (lám. CXXXI) sólo quedaba de un segundo cojín su red de hilos de seda, trenzados, como en el ante^ rior, formando cuadrícula sesgada en negro, y dentro otros elementos en rojo por ambas haces; del lienzo a que se adhería quedan leves restos, y además su cerco de trencilla con borlas negras a los ángulos, cerrando tan bella y singular composición. Su tamaño, 0,34 m. en cuadro. Núm. 79. sorpresas con otro bordado de hilo de oro; es decir, fila^- Siguen las mentos película dorada revueltos en hilo de seda pajiza, según cos^ de tumbre. Así se adornó aquel almohadón de la reina Berenguela de tono verdoso con labor morisca geométrica, presentado antes (láms. XLII, CXXXII). Por ambas haces lleva incrustaciones bordadas a aguja con los hilos susodichos, retorcidos de cuatro en cuatro, formando un enlace de cuadriláteros enfilados al sesgo en composición de cuadrados, uno grande en medio y cuatro pequeños hacia las esquinas: sólo van prem didos por sus vértices al lienzo y entrelazado lo demás. Núm. 80. Nueva sorpresa es el bordado sobre malla o red que ofrecen dos cojh nes exactamente iguales, conservados con la momia de Sancho el hijo de Alfonso XI (lám. CXXXIII). Los cuadraditos de su malla apenas alcanzan 0,004 ni- lado; hecha con hilos gruesos teñidos de verde, retorcidos y anudados. En ella prenden otros hilos de oro, entrelazados, como en la pieza anterior, formando composición de cuadrados al sesgo, centrados y macizos, y otros por guarnición con dobles ápices curvos a los vértices. Sus elementos son crucetas ligadas entre sí, que en los mach zos se acompañan con otras de seda roja, por orla de su oro, dispuesto en forma de cruces recruzadas. Alrededor, una cinta ancha de seda car^ mesí, con borlitas verdes a las esquinas, y su forro era de lienzo cuadricu^ lado en celeste. Miden 0,37 por 0,28 m. Núm. 81. Con el cuerpo de la infanta monja Isabel de Molina, nieta de un her.' mano de San Fernando, apareció otro ejemplar de cojín, más peregrino aún, tan y deshecho a tirones por manos brutales, que llega a delicado nosotros en descomposición lamentable (lám. CXXXIV). Es una labor como de encaje, hecha con hilos de seda en su color natural, poco torcidos y juntos de tres en tres, formando red de rosetas de cuatro lóbulos entrelazados, que cada uno mide 0,004 m. En junto resulta una cua^ 90 — — --'a^ drícula sesgada, de0,021 m. sus cuadros, alternativamente rellenos o libres; mas estosúltimos reciben una labor complementaria en red sesgada, con los mismos hilos de dos en dos, atravesándose al juntarse, o bien anudados, que prenden en los lóbulos del contorno. Por orla, un trenzado de seda carmesí sin torcer, y borlitas, según costumbre; por fondo o viso, un tejido finísimo y ralo, de hilos rubios muy retorcidos, cuyo remate es un tafetán Reproducido a doble tamaño del natural. con trama gruesa y sin de seda: tamaño del cojín, 0,54 m. de lado. torcer, Su elaboración es difícil de adivinar, pudiendo vacilarse entre si se muy haría con aguja o con bolillos; esto último, casi temerario de admitir por su amplitud, respecto de nuestros encajes; pero labrarlo con aguja parece imposible, no estando ligado a la muselina de fondo que habría de sustem tarlo necesariamente. Quizá sea preferible un método de alfileres y cadejos, sobre trazado en plano para guía de la composición; en todo caso, la tenuP dad de esta obra es sorprendente y única. PRESEAS Aun fenecido aquí el examen de tejidos y bordados, la decoración de otros indumentos ricos suministra labores, ya ya orfreses, con de aguja, carácter complementario, amplían la información anterior. Pero aquí que es la estructura de las piezas mismas lo que atrae con preferencia, y ahora también es de lamentar más la pérdida de tantas obras similares como los saqueos de este cementerio acarrearon, quedando reducido lo que sigue, casi en absoluto, al ajuar del infante Fernando de la Cerda. Núm. 82. Cae fuera el cinto del infante Fernando, hijo de Alfonso VIII (lámP nas XXX a, CXXXV a). Es de cuero batanado, muy grueso y rebor.' deado conpespuntes azules; su ancho, 0,04 m. A un extremo lo taladran agujeros para clavar la púa de la fíbula, que ha sido cortada al otro extre^ mo, y entremedias corre una decoración alternada de castillos bordados a cadeneta en sobre rojo, y lises a puntadas largas en espi/ amarillo y azul guilla de color de paja destacando sobre el cuero. Prendidas del cinto cuelgan unas correíllas, cosidas en redondo a cadeneta con sedas de los mismos colores, cuyos cabos prendían en las calzas, que se revelan por restos de bayeta roja con ribetes de cuero pespunteados de azul; además, metidas a través del cinto, penden unas bragas de lienzo muy destrón zadas. Aquí se nos ofrecen con carácter heráldico castillos y lises, y aunque estas últimas no tengan explicación razonable, tratándose de la familia real castellana de fines del siglo xii, sin embargo, deberán tenerse en cuenta, dada la insistencia observada en otros ornamentos de esta serie. Num. 83. Análogo, pero más sencillo, es el cinto interior de Fernando de la Cerda (láms., XXX h, CXXXV), hecho también de cuero, rebatid dos hacia afuera sus bordes y adornado con cadenetas de seda azul, verde y amarilla a trechos; su largo cabo va provisto de ojetes pespunteados y un pasador de cuero, con trenzado rojo y amarillo; al otro extremo queda la hebilla, que es de bronce, lisa y toda deshecha por oxidación. Arram can del cinto dos grupos de a tres parejas de ataderos: dos de ellas, a uno y otro lado, se anudan entre sí a 15 cm. de su arranque, y son de seda roja y amarilla a trechos, formando cordón en torno de un alma de cuero; otra pareja de cada lado es así también, y se retuerce a los 50 cm.; la ter/- cera, que es de cuero cosido en redondo, sólo alcanza a 38 cm.: todos estos ataderos rematan en borlitas, y a ellos hubieron de prenderse las calzas. Quedan restos suyos de bayeta pegados a las piernas, así como unos refuer-' zos de cuero que llegan hasta los pies. De las bragas de lienzo, cosidas al cinto mismo, sólo quedan guiñapos. Núm. 84. A más del anterior,se sobreponía al traje de Fernando de la Cerda otro cinto que constituye prenda muy valiosa (láms. XXV, CXI d, CXXXV, CXXXVI). Su ancho es de 0,043 m., y su largo 1,94 m.; pues no solamente rodeaba la cintura, sino que caía por delante casi basta los pies, tal como se observa en las representaciones artísticas de aquel siglo. Fórmase con dos galones cosidos uno a otro con cadenetas por sus bordes, según va dicho (núm. 59); el que sirve de forro hermana, en cierto modo, con los orfreses arriba presentados, desarrollando una serie de rombos con trazas geométricas variadísimas a base de esvásticas; lo ciñen orlas como de tallo con cuadraditos brotando a sus lados, y llena los triángulos margi/· nales un entrelazado sencillo de abolengo morisco. Este último va hecho con seda verde, que asimismo constituye el fondo de la decoración principal, resaltada en oropel, muy oxidado ya. Su técnica también es como la de los orfreses, pero sin la finura y rigidez de éstos, y a los extremos queda visible su tejido básico a cadenetas falsas, de hilos de seda blancos. Lo demás se organiza con tramas atravesadas, verde y oro; la verde, en hilos retorcidos, y los del oro, apareados; quedan además muy visibles los puntos de ligazón con la urdimbre básica a lo largo, perfilando el diseño verde de fondo. El galón delantero es igual en cuanto a técnica, pero con sólo oropel y de diseño más sencillo: composición de esvásticas muy complicadas, en rombos distanciados unos de otros, y por fondo una labor menuda a 93 — — base de esvásticas sesgadas, como siempre. Pero todo esto queda ofuscado por otra espléndida decoración que se le sobrepone. Es unbordado con abalorios azules y aljófar menudo y múy parejo, reforzando los temas rombales con esvásticas del orfrés. Sigúese su trazado con el aljófar, matizado de azul; se puntean de blanco sus orlas y añá-' dense esvásticas sueltas de ambos colores en los triángulos de su periferia. Mas los trechos que el orfrés dejaba libres entre rombo y rombo, se cubrie^ ron con independientes que constituyen atractivo principal del cinto. temas Allí campean escudos heráldicos, todos diferentes, en número de diez, y a sus lados parejas de palomas blancas, de pajaritos azules y de rosetas. Los escudos son puntiagudos, casi triangulares, y sus blasones repiten cuatro de los que luego veremos en los cabos del cinto, o bien se compu-' sieron, a capricho quizá, sin atender a la heráldica nuestra, salvo un león rampante; el resto lo componen más leones, escaques, losanges, líneas que^ bradas y barras con veros. La guarnición metálica de este cinto encumbra más aún su riqueza. Es de plata fuertemente dorada, y la salpican perlas y menudos zafiros. Así es la serie de travesaños que lleva clavados para refuerzo, acusando los tramos en que se distribuye su decoración, y entre dos de ellos prende articulada una especie de asa de tres lóbulos, toda con zafiros y perlas, alternando, que servía para colgar la espada. Los cabos del cinto son dos largas y gruesas chapas, rematada una de ellas por la hebilla, que en lugar de púa mantiene una chapa acharnelada dispuesta para oprimir simplemente, sin necesidad de taladros, solución insólita e ingeniosa: largo de cada una, 0,15 m.; ancho, 0,034 Estas chapas, a más de los consabidos zafiros y perlas y de una corna-' lina centrada en el canto del pasador, se adornan con dos series de a cuatro escudos y otro en la chapita de enganche. Son de forma triangular, como los bordados, y en ellos se miniaron, bajo cristal, muy primorosamente, blasones heráldicos, con oro y colores blanco, rojo, azul y negro, que parecen esmaltes. Los tales blasones figuran: tres fieras pasantes, de oro sobre rojo, que pueden ser los leopardos de Inglaterra; varetas punteadas, que se recruzan y bordean, exactamente como en el escudo de Navarra, y son de oro sobre rojo; las tres flores de lis francesas, de oro sobre azul; un león rampante coronado, rojo, en campo blanco y bordura de besantes sobre negro; tres cabrias y filas de veros, unas y otros rojos, en campo de oro; finalmente, una doble banda con meandros, en blanco sobre negro. Tanto estas armas como la forma de los escudos son ajenas completamente a española del siglo xiii, dando a entender que la normalidad heráldica nos hallamos ante una obra extranjera, quizá regalo hecho al infante cuam do se desposó con Blanca, la hija de San Luis, en 1269. Num. 85. Rivaliza con la prenda anterior, ligado a ella en cierto grado, y aun le excede en magnificencia el bonete o gorro del mismo infante (\ímu nas CXXXVII, CXXXVIII). Es cilindrico y algo recortado por abajo en su delantera, coincidiendo con el de su hermano, el infante FelE pe, procedente de Villasirga y conservado en nuestro Museo Arqueoló/ gico, y con los de reyes representados en el libro de los Juegos, como evo/· cación de Alfonso el Sabio. Además de su coincidencia en cuanto a forma, todos llevan decoración heráldica, simplemente bordada con aguja en el del infante Felipe. Este de Fernando mide 0,19 m. de diámetro; su altura mayor, por detrás, es de 0,157 m., y por delante, 0,135 m. Su arma/ zón es de lienzo blanco, fino, forrado de tafetán carmesí, y lo refuerza una cercha suelta de madera de haya, cilindrico y montadas juna sobre otra sus extremidades. Pendiente, subsiste un barbuquejo, hecho de brocado árabe, cosido en redondo, del que arriba se hizo mérito (pág. 50). Por fuera, todo él desarrolla una decoración acuartelada figurando cas/ tillos y leones, o sea las armas reales a que el infante tenia derecho como heredero de la corona. Los castillos se acusan con chaiaas delgadísimas de plata dorada, en la que se clavan abalorios azules diseñando puerta y ventanas simplemente, en campo tupido de granos de coral. Los leones rampantes, de diseño muy expresivo, se bordan sobre lienzo, a puntadas largas, según la técnica cristiana usual; con hilos de plata se fingen los ojos con granos de coral sobre blanco, y todo ello en campo de aljófar menudo. Por arriba y abajo lo guarnecen dos cintas de oro, cuyo ancho es de 0,014 metros, con series de puntitos repujados a los bordes y ciñendo discos, donde se estampan de relieve, a troquel, las armas reales acuarteladas, cuyos castillos se esmaltan con barniz rojo, y entremedias se distribuyen chatones con zafiros y granates muy pequeños. Núm. 86. Muy otra, en cuanto a riqueza, es la espada que sujetaba con su diestra el susodicho infante, arma de combate, sin lujo alguno (lám. CXXXIX). Su hoja y el arriazquedaron deshechos por la humedad del sepul/ en cruz ero; subsiste el pomo por de bronce, oxidado en verde y azul, a través ser del que asoma la espiga de acero, y la empuñadura se constituye con chapas de madera ligadas por hilos gruesos de cáñamo, que las cubren por com/ pleto, y bordadas encima unas rayas negras a lo largo y unos zigzags blancos, dejando en lo alto un borlón de hilos retorcidos. La vaina es de madera. 95 — — quizá de roble, en dos chapas pegadas con tiras de lienzo fino y recubier^ tasde badana negra, cosida a lo largo y con rayas grabadas a los lados. Por arriba se refuerza con un cincho y crucetas de cuero blanco, doblen mente revuelta la segunda por su extremidad superior, y la inferior se prende por debajo del cincho, dejando sueltos y acabados en punta sus cabos. Remata el forro en un ribete finísimo de cuero y vitela roja, y la contera es de hierro muy oxidado. Largo de la vaina, 0,94 m.; su ancho, de 0,06 a 0,03 m.; el de la hoja, 0,05 m.; la empuñadura mide 0,16 me.' tros en ambas direcciones. Ntim. 87. Los acicates del infante (lám. CXL) eran un primor, y se revelan como obra morisca hecha expresamente, puesto que van timbrados con las armas reales; la humedad los deterioró en parte gravemente, pero una res.' tauración muy hábil los ha saneado. Su disposición varía de la ordinaria por lo disimétrico de la horquilla, en una de cuyas ramas prende el atade^ ro mediante charnela, y en el ojo de la otra em ganchan el ramal de la cadenilla misma, que pasaba por debajo del pie, y el otro que la ajustaba por encima con su hebilla corres^ pondiente. El material de estos acicates es hierro encha' pado de plata dorada. Su punta arranca de una esferita, cincelados ambos con labor de imbricaciones, y las ramas se adornan por su haz exterior con bellos atauriques grabados, de puro estilo árabe. Las cintas de su atadero son trenzas de alambre de plata finísimo, cuyo ancho es de 0,011 m., y rematan en chapitas dobles, tam.' bién de plata dorada, ya para la charnela, ya para las hebillas con su pasador adjunto, ya por los cabos, con anillas para en enganchar las ramas, todas ellas con estrellas caladas de ocho puntas, castillos y leones repujados y algo de ataurique e imbricaciones también, constituyendo pieza de metalurgia nuestra, singular y preciosa. — 96 — Ntirn. 88. En el dedo anular de la mano derecha llevaba el infante su anillo (Xi^ mina CXLI h y c), que es de oro cobrizo, con aro cilindrico, un gra^ nate ovalado y convexo en medio y ocho granos de berilo montados al aire en derredor. Núm. 89. Finalmente, la tapa de su ataúd (láms. XXIV, CXLI a), en vez de las ordinarias cruz y guarnición de galones, tiene cintas de plata, puntea.' das a lo largo de sus bordes y con profusión de clavillos de abultada cabe.- za; forman cruz lisada en medio, y se le sobreponen cinco medalloncitos lobulados, con las armas reales, a troquel y de buen arte; pero cuatro de ellos invierten el orden de sus cuarteles; miden 0,036 m.; las cintas, 0,043 m. Núms. 90 y 91. El robo en sepulcros de las Huelgas nos privó de toda otra los demás pieza metálica, salvo los clavillos de los ataúdes, con cabeza de medio limón, becbos de cobre y con frecuencia dorados. Por excepción, en el de la reina Berenguela se obtu/ vieron algunos de bronce fundi'· do en forma de venera, y uno sólo como escudete con león rampante en campo granulado, muy fino (lám. CXLI d, e). Además, entre los vestigios de tocado quedaron algunos alfile.' res, cuyo largo varía de tres a cinco centímetros, becbos de cobre, con cabeza de alambre Reproducidos a doble tamaño del natural. retorcido, exactamente como duraron basta el siglo pasado; pero alguno más largo, en la tumba de la Almenar, es de azófar, pris'· mático, soldada su cabeza y repasado a lima todo. También allí, pega^ dos a las tocas, se conservaron otros dos de hierro, con cabeza de plomo fundido, la una quizá remedando un pájaro y la otra es a modo de ojo con niña de una pasta blanquecina incrustada (lámina CXLI / y dibujo adjunto). 97 — — Num. 92. Aun queda por presentar unestuche de cruz (láms. CXLII, CXLIII), en dos mitades, que aparecieron la una en la tumba de la reina Berem guela y la otra en la de Alfonso de la Cerda. Miden 0,63 por 0,43 metros, y son de un tejido de rajas de mimbre, forrado por dentro con fieltro pajizo, y sobrepuestas al exterior dos chapas delgadas de madera de haya cubiertas de badana. Este forro va salpicado de clavillos de azó/· far, con guarnición de puntitos rehundidos a los bordes y ciñendo unos discos de azófar troquelados, que representan a San Miguel alanceando al dragón, San Jorge acometiendo a otro con su espada, y una flor de lis dentro de cuadrado, todo ello de arte gótico muy puro; su diámetro, 0,057 metros; faltan los más de ellos por una haz y todos los de la otra. Sobre el tejido de mimbres diséñase una crucecita, como si antes hubiese quedado a la vista sin las chapas de madera. 7 REMEMBRANZAS Se han abierto treinta ysiete sepulcros: todos, menos uno, profanados, despojados de antiguo; dentro se han reconocido veintitrés momias y seis esqueletos, aparte huesos sueltos. Se ha callado lo que hubo de tremen^ damente desagradable en esta exploración; ahora se puede examinar sin repugnancia el caudal artístico obtenido, y disfrutar, siquiera sea con pesadumbre, la evocación de realidades históricas que van unidas a estos despojos. En cierto modo, podemos reavivar aspectos de aquella socie^ dad en la etapa de su reajuste unitario, cuando España se sintió ya solh darizada frente al enemigo común, y el cristianismo vencía los últimos arranques de la barbarie africana. A la etapa de ruindades egoístas del siglo XII, suceden las victorias de San Fernando y el sabio eclecticismo de su hijo Alfonso; pero a través de tan brillantes éxitos queda el amargor de las tragedias que les acompañaron. La primera responde a una de las magnas crisis históricas nuestras: fué el alud invasor de los almohades sobre Castilla, con el desastre de Alarcos, repitiendo el hecho de Sagrajas bajo Alfonso VI; pero si éste huyó ante la perdida batalla, su homónimo VIII se obstinaba en redimir con su muerte la afrenta de aquella segunda derrota. Fué castigo por las disensiones fratricidas entre cristianos, frente al fanatismo arrobador, todo fe ciega, de los invasores; y fué necesario que el espíritu europeo reacción nase ante el peligro con otra cruzada, para que la batalla de Ubeda o de las Navas de Tolosa otorgase un desquite definitivo, abriendo puertas a la conquista, ya franca, de Andalucía. Castilla giraba entre dos polos entonces: Burgos representaba la atrae/ ción europea, con la inglesa Leonor como prenda, con la reforma del Cister por augurio del nuevo orden que había de transformar en el siglo xiii la sociedad, acabando con el predominio señorial, en bien del pueblo — 100 — apoyado por sus reyes. El otro polo era Toledo, colonia andaluza, recep/- tora de la cultura oriental a cuenta de judíos y de moros; con arte eindus/- trias propias que se sobreponen a lo europeo, y ya hemos visto cómo estas yacijas de las Huelgas se engalanan con presentaciones magníficas de tipo meridional, así como por obra de traductores latinos encarnó en el acervo cristiano su ciencia, su filosofía, su literatura. El norte traía ideas, espíritu; el sur, elegancias, cultura, trabajo; la conjunción de ambos focos decide nuestra personalidad, y las consabidas repeticiones históricas reavivan el caso de Abderrahman III y Alhakam II con San Fernando y Alfonso el Sabio. Al margen de esta revolución, la tragedia íntima de sus reyes, la que en primer término afecta quizá al ser de nuestro monasterio, puesto que • uno de los fines que se atribuían a su fundación era en desagravio por el gran pecado del rey Alfonso contra Dios y contra la reina Leonor, aquella casera y apacible inglesa. Fué un crimen pasional del rey, abusando de mocedades a poco de su desposorio, contraído a los dieciocho años. Fue/ ron otros siete, que pasó en Toledo con una judía, despendiendo mal su tiempo, dejada la reina su mujer por ella, y aun al cabo no reaccionó de su hechizo sino ante el cadáver de la amada, víctima propiciatoria de los hombres buenos de la corte. La benevolencia de historiadores celo/ sos niega el hecho, contra los relatos de la Crónica general y del Lihro de los castigos; pero es bien explícito el dato de que, tras el nacimiento de dos hijos del rey, en 1171 y 1173, no aparece hasta 1180 el tercero, suce/ diéndose partos sin interrupción hasta 1204, ya casi cincuentona la reina. Queda en pie la limpieza moral del buen rey Alfonso a través de su caída; pero aquella tragedia familiar trae consigo lo que se estimó por castigo providencial a juicio de muchos. El segundo hijo, un Fernando, y el tercero, aquel Sanchito depositado en las Huelgas, mueren niños en 1181, como asimismo un Enrique y otro Fernando. En 1189 nace un tercero del mismo nombre, que alcanza a los veintidós años: primer adulto sepultado en las Huelgas, en aquel suntuoso lucillo de las Claus/ trillas. Muere en vísperas del triunfo de las Navas, cuando todo el reino se ilusionaba con sus bellas prendas; muere envenenado, según hablillas, por los judíos, a quienes perseguía, y trajeron su cuerpo con solemnidad extraordinaria la hermana Berenguela y el arzobispo toledano Jiménez de Rada, con turba de prelados y señores: fué golpe que hubo de abatir a los padres, llevándolos a la sepultura, casi a un tiempo, tres años des/ pués, en 1214. Todavía otro ¡Desgraciado sucesor su Enrique, débil desenlace... engendro de aquellos padres ya viejos! Caer en manos del ambicioso conde de Lara; mal casado, a los once años, con una portuguesita que le doblaba la edad, indispuesto con su hermana primogénita Berenguela hasta sitiarla en Autillo, habiendo de acudir los leoneses a levantar el cerco; herido de pedrada en Falencia y fallecido a los once días, tras de una operación quirúrgica, bien temeraria y sorprendente. Muerte ocultada días y días, dando tiempo a su hermana para arrancar al hijo Fernando del lado de Alfonso de León, su padre. ¡Tragedia de por sí todo ello! He aquí a Berenguela hecha arbitra en situación tan difícil. Recorder mos a aquella Leonor, la inglesa casera y sosegada, bordadora de las esto^ las de San Isidoro, tan apegada al esposo, que se fué tras de él a la otra vida. Ella hubo de formar a la madre de San Fernando y a la madre de San Luis, sus hijas; la que hubo de infundir en Berenguela su energía de carácter, su habilidad política, su dominio de las circunstancias, junto con moderación y rectitud que la hacen digna precursora de María de Molina y de Isabel la Católica, todas tres gloria singular nuestra. Ya aqué^ lia trajo paz entre castellanos y leoneses al casarse con el susodicho Alfon^' so, y contuvo las fierezas y veleidades suyas hasta el rompimiento legal. Ahora, constituida en heredera de Castilla, resuelve, a despecho de todos, el conflicto que la separación de ambas coronas traía planteado. Hace al hijo Fernando rey de Castilla, contra la nobleza, representada por los Laras; contra el padre, que lo prefería todo a fraternizar con los castellaa nos. Por él es desheredado Fernando; pero sus dos viudas divorciadas, Teresa y Berenguela, resuelven en paz una guerra que parecía inevitable, y Fernando el Santo se encuentra rey de Castilla y León, siempre guiado por Berenguela, y aun atendiendo ella al buen gobierno, tan por largo que sólo seis años le precedió al sepulcro. Pero quizá el mayor de sus triunfos lo obtuvo cuando, puesto en sus manos el conde de Lara, espe^ rando merecido suplicio por sus rebeldías, la reina dió por sentencia un "Yo le haré merced, e más mesurado deviera de ser en levantarse con^ tra mí", según la Crónica de Avila. Al fin, en 1246 vino aquí a descansar su cuerpo, donde desde cuatro antes yacía su hija Constanza, monja, y al año otra Constanza, hermana de aquélla, calificada de santa, como ya sabemos, por su pureza ejem-' piar; ambas, señoras del monasterio; mas no alcanzamos particularidades de sus respectivas vidas. Todavía cupo a la vieja reina, en 1244, presenciar aquí el sepelio de su otra hermana Leonor, la que por bien de paz otor^ gara ella misma en matrimonio a Jaime I de Aragón en 1221, siendo muchacho aún y no obstante el parentesco, motivo para que a los ocho años se disolviese, volviendo ella al lado de Berenguela. Este mismo nombre impuso San Fernando a una hija suya, a la que trajo para tomar aquí el hábito en 1241, con honores de señora del monasterio hasta su fallecimiento, en 1279, y en este mismo año Alfonso el Sabio hizo trasladar a Sevilla el cuerpo de su madre la reina Beatriz, que estaba depositado en las Huelgas desde 1235. Otros doshijos de Fernando y Beatriz yacen aquí mismo. Del uno, Sancho, sólo valieron sus títulos: electo arzobispo de Toledo, primado de las Españas y chanciller del rey en 1256, consagrado en 1259 y fallen cido en 1261. Del segundo, Manuel, sí hay abundantes referencias, a más del cargo de alférez mayor y mayordomo de su hermano el rey Alfonso, que le profesaba cariño como al que más de sus hijos, y cuya defección, al tomar partido por Sancho, le hirió en lo más vivo; y es triste que el móvil hubieran de ser ambiciones, reveladas por su exigencia de medros, en pago de haber sido quien decidió a favor de Sancho, en el consejo de Toledo y en las cortes de Valladolid, la herencia del reino. Poco le duró su disfrute, murió antes que el rey, en 1283, reavivada su memoria pues en el hijo, don Juan Manuel, cuyas altas prendas literarias obligan a hacerle perdonar su prepotencia. Las conmociones sociales de entonces, el asalto al poder de los señores con rebajamiento de la autoridad real, señalan un porvenir infausto tras del período brillantísimo de los Alfonso el Bueno, Fernando el Santo y Alfonso el Sabio. Las debilidades de este último se acusan en las Hueh gas con haber llegado a sepultarse aquí, de pequeño, un presunto primo/ génito, Fernando, fruto de tempranos amoríos, y luego el primogénito legal, aquel Fernando de la Cerda, cuya muerte costó acaso el derrumba/ miento de nuestras grandezas. Casado con Blanca, hija de San Luis, su padre le mantuvo en la frontera de Andalucía, en pactos con la nobleza rebelde, amenazadora desde Granada, ayudado en algún momento crítico por su madre Yolanda y aconsejado por su padre en carta que merece calidad de programa político de altos vuelos, en que Alfonso revela su fuerza de talento, digna de mejor éxito en hechos; pero la obsesión del imperio le traía desconcertado. Luego, al ausentarse, dejó a Fernando el gobierno del reino, con encargo de asaltar Navarra, lo que no consintió el rey aragonés; volvióse entonces a remediar el estrago que venía causando el rey moro de Marruecos desembarcado en Algeciras; pero sorprendióle la muerte en Ciudad Real antes de sus veinte años, en 1275, Y hué traído su cuerpo a las Huelgas con gran pompa. El pleito de sucesión sobrevino luego entre Sancho, el mayor de los hermanos vivos, y Alfonso, primogé/ nito de Fernando, sepultado junto a su padre, según consta por testimo/ nio de su hija Inés, al dejar una manda "en las Uelgas de Burgos do yacen el infante don Fernando mió auelo y don Alfón mío padre". Sigue más progenie de Alfonso el Sabio sepultada aquí. Primero, otra Constanza, monja también, fallecida en 1280, de la que no hablan las historias ni sabemos quién sería su madre. Luego, Isabel de Molina, 103 — — nieta de dicho rey, como hija de Alfonso Fernández el Niño, nacido "de ganancia" quizá antes de su matrimonio. A ella quiso casarla su madre con Alfonso III de Aragón; pero el rey Sancho se opuso violentad- mente,según su natural, y al fin la casó a gusto suyo, en 1290, con Juan Núñez de Lara, muriendo sin sucesión a los dos años: era nieta, por parte de madre, del infante Alfonso de Molina, hermano de San Fernando. Todavía otra nieta, y ésta de historia, vino a brillar en las Huelgas, como infanta, señora del monasterio, columna de los necesitados y gran prod- rectora de la orden, que languideció a su muerte. Esto fué Blanca, hija del rey de Portugal Alfonso III y de Beatriz de Guzmán, hija del rey Sabio, también "de ganancia". Madre e hija estaban en Sevilla en 1283, mal avenidas con el hijo y hermano Dionís, y acariciadas por Alfonso el Sabio, que dotó en grande a Blanca para su casamiento, no celebrado, al parecer, hablándose sólo de que tuvo un hijo, con cierto Pero Núñez Carpentero, que se llamaba Juan Núñez y llegó a maestre de Calatrava. Había nacido ella en 1259; su tío el rey Sancho estaba empeñado en me.' terla monja las Huelgas, a lo que se resistía ella; pero en 1295 accedió, en mandando el rey a las monjas que la recibiesen a cambio de mercedes, y no salieron fallidos sus augurios, pues en esplendidez, cultura y caridad quedó por ejemplo, alcanzando su vida hasta 1321. Tres varones famosos de entonces fueron también aquí sepultados: los infantes Pedro y Felipe, hijos de Sancho IV, y aquel Alfonso primogé' nito de Fernando de la Cerda. Todos tres, grandes fautores en Castilla, instrumentos de un sentir político que veía los pueblos como rediles, donde cada pastor con su honda y sus perros mantenía el vivir colectivo, graduándolo según sus particulares conveniencias. Alfonso fué un desgraciado, quizá excesivamente sumiso a su abuela y a su madre, que se lo llevaron a Aragón, juntamente con el hermano Fernando, en 1276, al saber el designio del rey Sabio, favorable entom ees a Sancho en la sucesión del reino, y fué para caer en manos de Pedro III, que los tuvo presos doce años en Játiva y Morella. Pobres, sin arraigo en Castilla ni apoyo en aquel su tío, buscaron otro junto al rey de Francia, en razón del parentesco de su madre, ayuda que resultó pasiva siempre, y al fin hasta hubo de abandonarlos ella, retirada en París a un convento. Sólo tuvieron eficaz y continuo valedor en el papado, usando del arma de las censuras contra Sancho, como hijo no legitimado, que en esto y en la última voluntad del rey Sabio reafirmaba sus pretensiones Alfonso. El otro Alfonso III de Aragón apoyó, al fin, sus derechos con amagos de guerra contra Castilla, y se planeó un primer concierto en 1288. Una vez frus' trado éste, Alfonso cayó en las redes del señor de Vizcaya, Diego López de Haro, justamente airado contra Sancho por matador de su padre, y 104 — — fué aclamado rey de Castilla en Jaca, apoyándole con guerra aragoneses y granadinos durante años. Coronado luego en Sahagún, y puesta corte en Almazán, se sostuvo Alfonso con frecuentes idas a Francia, ayuda del infante Juan, su tío, y excitaciones del Papa para una avenencia, que al fin se obtuvo, por arbitraje de los reyes de Aragón y Portugal, en 1304. Alfonso renunciaba a sus derechos y dominios territoriales, a cambio de unos cuantos pueblos, dispersos desde Galicia basta Andalucía; mas no se volvió a hablar de casarlo a su tiempo con Isabel, la bija de Sancho, a lo que se resistía su madre, ni darle el reino de Jaén, con que el aragonés le brindara. Cumplióse el pacto, aunque no por completo, dando ocasión a que fuese despojado Alfonso de lo suyo, a pesar de que el Papa clamó contra la usurpación. Quizá siguiera la parcialidad del revoltoso infante don Juan, como fué un hecho en 1313, renovando sus pretensiones; pero, desengañado ya entonces, hubo de irse a Francia. De aquí volvió para someterse a Alfonso XI, que le mantuvo a su lado con la honra que mC'· recia y llevólo a la campaña de Andalucía en 133 3; quedó en Jerez, porque era muy viejo, y allí fenecen sus noticias. Toda su triste historia gira en torno de la reina María de Molina, que se le opuso para mantener en el trono a su marido, a su hijo y a su nieto, con malquerencia personal hacia el estorboso pretendiente, mientras acarició a su hermano Fernando, que vivía con la corte desde 1305 y obtuvo ser mayordomo mayor del rey. El infante Pedro valdría más que su hermano Fernando IV; mantú-' vose apegado a la susodicha su madre, y obtuvo felices conquistas de fot/· talezas contra la morisma; pero se le interpuso el mal ángel de su tío, aquel infante Juan, el de Tarifa, de tan aciaga memoria, compartiendo la tutoría de Alfonso XI; hasta que ambos fenecieron desastradamente, a la vuelta de una correría contra moros, en un cerro próximo a Granada, que aun conserva nombre de los Infantes. Allí, acosados por la morisma, sin consentirles bajar al riachuelo que a su pie corre, abrasados de sed los cristianos, a otro día de San Juan de junio, año 1319, allí perecieron, insensibles a las voces de Pedro y enloquecido él hasta morir de súbito. Su otro hermano Felipe le sustituyó como tutor del rey, sin dar que hablar mal tampoco, frente a la procacidad de sus compañeros; casó con una hija de Alfonso de la Cerda, y sin sucesión murió en 1327, dejando dis^ puesto que se le enterrase en Santa Clara de Allariz, fundación de su abuela; pero como allí no tiene sepulcro, es lícito creer que yace, con^ forme a la tradición, en las Huelgas. La viuda de Pedro, María de Aragón, hija de Jaime II, aunque se retrajo en Aragón, alejada de la política, regresó para meterse en las Hueh gas, figurando como señora del monasterio en 1328 y 13 31; mas no sabe^ mos cuándo muriese. También vino a parar aquí su hija Blanca, única — 105 — heredera de Pedro y riquísima, con la que pretendía casarseel infante Juan, el Tuerto, cuando lo hizo matar Alfonso XI, en 1326. Por ella se interesaba mucho su abuela, la reina María de Molina, y el rey mismo, que estipuló casarla con Pedro, infante heredero de Portugal, y se celebró el desposorio en 1329, siendo aún niño el novio; pero a los seis años, ante la expectativa de otro matrimonio y alegándose que Blanca era doliente de perlesía, se disolvió este enlace, y fué a reunirse con su madre en las Huelgas, profesando de monja y sucediéndola en el señorío hasta su muer-' te, en 1375. Queda por recordar un Sancho, bastardo de Alfonso XI y de Leo/ nor de Guzman. Tuvieron dos hijos del mismo nombre; el segundo fué conde de Alburquerque, y murió de treinta años, dato que no se aviene a las características de la momia sepultada en las Huelgas; ha de corres/ ponder, pues, al primero, nacido en 1332, a la vez que el primogénito legítimo del rey. Resultó mudo y fatuo, o sea anormal, y no es extraño, ya que su gestación sufrió del berrinche de la madre, al ver disipadas sus esperanzas de reina con el inesperado fruto de la esposa legítima. A este Sancho se le asignó el señorío de Ledesma, que le fué retirado por su inca/ pacidad, y murió antes que el padre. Finalmente, hay memoria en las Huelgas de la reina Leonor, primogé/ nita de Fernando IV, casada con Alfonso IV de Aragón en 1329. Al enviudar, temerosa del hijastro Pedro, se vino a Castilla con su hijo Juan, y cayó asesinada por el otro Pedro,, en Castrojeriz, año 1359. juntamente con su nuera, para que nada quedase tras de aquel hijo, víctima también suya y uno de los más odiosos crímenes que se le imputan. Transcurrieron más tiempos, sin faltar en las Huelgas la presencia de hijas de reyes, en obligada doncellez por su bastardía; sin historia, sin nombre casi. Pero la fuerza de la sangre atropelló el secreto de una úl· tima prenda real, la hija de D. Juan de Austria que, soliviantada por el famoso pastelero de Madrigal, fué testimonio de las duras justicias del Rey Prudente: él, inhumano; ella, dignificada por la desgracia. Triste historia la de estos yacentes de las Huelgas: todos arrastraron la tragedia de la vida por uno u otro camino, notorio en quienes hicieron hablar a las crónicas, callado para algunas de aquellas monjas, señoras del monasterio, que aquí se despojaron de sus grandezas hereditarias para encumbrarse con las preeminencias de su oficio claustral, tan extraordi/ narias, y queda sólo asegurada paz para los malogrados, los infantitos niños, a salvo del naufragio que el mundo ofrece implacable a los señores suyos. DEDICACIÓN Hemos recorrido en evocaciones campo de historia definitivo para un el español; ser ascensohacia una de las cumbres de la sociedad cristiana, purificada, en cuanto es dable; feliz, en cuanto un buen gobierno puede aliviar de miserias. Y miramos hacia el elemento social que más hondo labora los destinos humanos: la mujer. La inglesa Leonor, formando reyes santos; Berenguela, haciendo patria; María de Molina, peleando ella sola, en malos tiempos, contra un mundo que se venía abajo revalidando barbarie. Y vimos aquí los despojos de aquellas vidas, atormentadas en su lucha contra el demonio de las seducciones; pero aun cobijados por las bóvedas del santuario, que huele a incienso como ha siete siglos, que resue^ na en plegarias, las mismas hoy que entonces. Y vemos ambular por aque-' líos claustros, humillarse ante el Altísimo, vestir el hábito que significó un día la liberación del espíritu, a las monjas del Cister, firmes a través de los siglos, renovando de generación en generación el espíritu de San Bernardo, señorialmente humildes, afables, comprensivas, traspirando bondad e indulgencia. Y contemplamos los blancos chapiteles de las Huelgas, surgiendo entre verdores, como un oasis de paz, como talismán de conjuro contra los odios, nunca tan implacables como ahora, y nos hace levantar el grito pidiendo oraciones a aquellas monjas, a ver si tras del perdón, que exige reconocimiento de culpas, alcanzamos la era de paz, que aun no se presiente, por desgracia. UBICACIÓN DE LOS SEPULCROS EN LA IGLESIA DE LAS HUELGAS (Numerados conforme al piano adjunto y al texto: pdgs. 21 a j8.) I.—Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X. II.—Leonor, hija de Alfonso VIII y esposa de Jaime I. III.—Mafalda, hija del mismo, j IV.—Sancha, hija del mismo, f> . , párvulos. V.—Leonor, hija del mismo, l VI.—Sancho, hijo del mismo. ] VII.—^Fernando, hijo del mismo. VIII.—Enrique I, hijo del mismo, rey de Castilla. IX.—Alfonso VIII, rey de Castilla. X.—Leonor de Inglaterra, esposa de Alfonso VIII. XI.—María de Almenar? XII.—Constanza, la santa, hija de Alfonso VIII, monja. XIII.—Constanza, hija de Alfonso IX, monja. XIV.—Berenguela, primogénita de Alfonso VIII y esposa de Alfonso IX. XV.—Fernando, hijo de Sancho VI de Navarra, y primo de Alfonso VIII. XVI.—Sancho, hijo de San Fernando, arzobispo de Toledo. XVII.—Manuel, hijo del mismo. XVIII.—Berenguela, hija del mismo, monja. XIX.—Fernando, hijo de Alfonso X, bastardo. XX.—Isabel de Molina, bisnieta de Alfonso IX, monja. XXI.—Blanca, hija de Alfonso III de Portugal y nieta de Alfonso X, monja. XXII.—Alfonso de la Cerda, primogénito de Fernando y nieto de Alfonso X. XXIII.—Pedro, hijo de Sancho IV. XXIV.—Felipe, hijo del mismo. XXV.—María, hija de Jaime II y esposa de Pedro. XXVI.—Blanca, hija del infante Pedro, monja. XXVII.—Sancho, hijo de Alfonso XI, bastardo. XXVIII a XXXIII.—Sepulcros anónimos, en el pórtico. XXXIV.—Leonor, hija de Fernando IV y esposa de Alfonso IV de Aragón. XXXV.—Constanza, hija de Alfonso X, monja. XXXVI.—María de Aragón, hija de Fernando el Católico, monja. XXXVII.—Margarita de Saboya o de Austria, duquesa de Mantua, tía de Felipe IV. XXXVIII.—^Ana de Austria, hija de don Juan de Austria, abadesa. NÓMINA DE PERSONAJES CITADOS Aliono VI, página 99. Constanza, hija de Alfonso VIII, mon¬ Alfonso VII, 7, 8, 15, 31. ja, páginas 7, 29, 74, 79, loi. Alfonso VIII, 7 a 9, 14, 17, 26, 57, Constanza, hija de Alfonso IX, monja, 68, 69, 84, 99, 100 y 102. 30, 61, 79, 87, 88, loi. Alfonso IX, 7, 30, loi. Constanza, hija de Alfonso X, monja, Alfonso X, 7, 8, II, 16, 26, 31, 32, 38, 72, 102. 35, 38, 94» loi a 103. Diego López de Haro, 73, 103. Alfonso XI, 36, 104, 105. Dionis, rey de Portugal, 103. Alfonso III de Aragón, 103. San Edmundo, 76. Alfonso IV de Aragón, 105. Enrique, hijo de Alfonso VIII, niño, Alfonso III de Portugal, 15, 33, 103. 100. Alfonso, hijo de Jaime I, 8. Enrique I, 7, 25, 30, 49, 57, 68, 80, Alfonso, hijo de Sancho IV, niño, 82. 83, 88, 100. Alfonso de la Cerda, 15, 34, 65, 70, 84, Enrique II de Inglaterra, 77. 97, 102 a 104. Fadrique, hijo de San Fernando, 12. Alfonso Fernández Niño, 103. Felipe II, 17, 39, 105. Alfonso de Molina, 34, 103. Felipe IV, 39. Alvaro Núñez de Lara, 100, loi. Felipe, hijo de San Fernando, 22, 24, Ana de Austria, monja, 39, 105. 41, 47, 49, 53, 54, 73, 81, 94. Arnaldo de Biura, 60, 61. Felipe, hijo de Sancho IV, 35, 56, 68, Beatriz de Suabia, reina, 14, 32, 73, 102. 69, 103, 104. Beatriz de Guzmán, reina de Portu¬ Fernando III, 7, 8, 14, 30, 31, 81, 87, gal, 15, 34, 103. 101, 102. Berenguela, emperatriz, 72. Fernando IV, 11, 28, 104, 105. Berenguela, reina, 7, 9, 30, 34, 52, 53, Fernando V, 39. 66, 73, 82, 83, 88, 89, 96, 97, 100, Fernando de Navarra, 8, 31, loi, 106. 76, 78, 87. Fernando, hijo de Alfonso VIII, niño, Berenguela, hija de San Fernando, 100. monja, 63, 79, loi, 9, 14, 32, Berenguela López, abadesa, 39. Fernando, hijo de Alfonso VIII, 7, 13, Bernardo de Compostela, 41, 47, 58. 25, 32, 81, 83, 91, ICO. Blanca, hija de San Luis, 15, 93, 102. Fernando, hijo de Alfonso X, niño, 26, Blanca de Portugal, monja, 15, 33, 35, 32, 48, 53, 80, 85, 102. 63, 64, 103. Fernando de la Cerda, 9, 15, 20 a 24, Blanca, hija- del infante Pedro, monja, 31, 34, 50, 54, 60, 62, 79, 80, 85, 36, 56, 79, 104, 105. 86, 88, 91 a 96, 102. Boabdil, 75. Fernando II de la Cerda, 103, 104. Inés, hija de Alfonso de la Cerda, pági¬ María Guillén de Guzmán, págin na I02. 33- Isabel I, loi. María de Guzmán, abadesa, 39. Isabel, hija de Sancho IV, 104. María de Molina, reina, loi, 104 a 106. Isabel de Molina, monja, 34, 36, 56, María de Sandoval, abadesa, 39. 69» 70, 79/ 89, 102. Martín, obispo de León, 72. Jaime I, 8, 15, 23, 35, loi. Nunio o Ñuño, 12, 13, 31. Jaime II, 35, 104, Pedro, hijo de Sancho IV, 23, 32, 34 Juan, hijo de Alfonso IV de Aragón, a 36, 50, 64, 68, 80, 84, 103 a 105. 105. Pedro I, II, 105. Juan de Austria, 39, 105. Pedro III de Aragón, 103. Juan el de Tarifa, 12, 104, Pedro IV de Aragón, 105. Juan el Tuerto, 104. Pedro I de Portugal, 105. Juan Manuel, 102. Pedro, conde, 11. Juan Núñez, 103. Petrus Martini ?, 10. Juan Núfiez de Lara, 103. Pedro Núñez Carpentero, 103. San Juan de Ortega, 60. Pedro de Urg, obispo de Urgel, 41, 58. Leonor de Inglaterra, reina, 7, 9, 14, San Ramón, obispo de Roda, 76, 78. 26, 27, 38, 47, 57, 68 a 73, 76 a 78, Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo, 84, 87, 88, 99, 100, ICI, 106. 25, 41, 46, 47, 55, 81, 100. Leonor, hija de Alfonso VIII, niña, 7, San Rosendo, 76, 78. 9, 24. Sancha, hija de Alfonso VII, 8, 31. Leonor, hija de Alfonso VIII, reina de Sancha, hija de Alfonso VIII, niña, 7, 24. Aragón, 7, 8, 23, 35, 49, 53, 54, 61, Sancha, condesa de Tolosa, 72. 62, 66, 68, 73, 82, loi. Sancho III, 7, 8, 15. Leonor, hija de Fernando IV, reina de Sancho IV, 7, 15, 32, 102, 103. Aragón, 11, 28, 105. Sancho VI de Navarra, 8, 31. Leonor de Guzmán, 105. Sancho, hijo de Alfonso VIII, niño, 7, Mafalda, hija de Alfonso VIII, niña, 7, 24, 37, 46, 100. 24, 35, 48, 56, 72, 85. Sancho, hijo de San Fernando, arzo¬ Mafalda de Portugal, 25, 100. bispo, 8, 31, 35, 68, 102. Manuel, hijo de San Fernando, 32, 60, Sancho, hijo de Alfonso XI, 36, 46, 69, 68, 84, 102. 87, 89, 105. Margarita de Saboya o de Austria, 39. Teresa de Portugal, reina de León, loi, María de Almenar, 11, 28, 36, 38, 46, Santo Tomás de Cantorbery, 76. 52, 58, 59, 70, 72, 73, 79, 96. Urraca, hija de Alfonso VIII, reina de María de Aragón, hija de Jaime II, 23, Portugal, 8, 28. 35/ 50, 73/ 79/ 85, 104. Urraca Diez de Horozco, abadesa, 39. María de Aragón, hija de Fernando V, Useim o Husain, 86. monja, 39. Yolanda, reina, 15, 102. ÍNDICE DEL TEXTO Fundación del monasterio, sepelios, edi¬ III. Serie cristiana, página 55. ficio, página 7. IV. Serie de sargas, 59. Descripción del cementerio: sepul¬ V. Serie oriental, 64. cros, 9. Los Otros tejidos: sarcófagos decorados, 9. Otros sepulcros, 15. VI. Telas listadas, 68. Exploración del cementerio: análisis de VIL Telas lisas, 70. los yacimientos, mortajas, destrozos, VIII. Cendales, 72. 17- IX. Cintas, 74. Estudio de conjunto: sepulcros i a X. Orfreses o galones, 76. XXXVIII, 21. Los bordados, 81. Estudio metódico: los tejidos, 41. Preseas, 91. Remembranzas, 99. Tejidos ricos: Dedicación, 107. I. Serie clásica árabe, 45. Plano del cementerio real, 108. II. Serie mudejar, 52. Nómina de personajes citados, i