MANUEL GOMEZ MORENO HISTORIA Y ARTE EN EL PANTEON DE LAS HUELGAS DE BURGOS HISTORIA Y ARTE EN EL PANTEON DE LAS HUELGAS DE BURGOS Por MANUEL GOMEZ-MORENO (i) ) de los refugios monásticos más inaccesibles de antiguo fué éste de las Huelgas, y los errores y deficiencias de quie¬ nes escribieron sobre su edi¬ ficio se deben ello, alean a zando la prohibición de en¬ trada a los arquitectos Agapi- to Revilla y Lampérez, tan deseosos de reconocer sus interioridades monumentales. Todo lo publicado gráfico se redujo a una litografía de la capilla de Belén, dibujada poi Villaamil en 1842, y a media docena de fotografías obtenidas por Laurent, por favor inexplicable, en el decenio de 1870. Andando el tiempo tuve la suerte de salvar su clausura con autorización ponti¬ ficia, en 1913, para estudiar fotografiar y sus partes mudéjares. y (1) Esta relación se corresponde con un libro mío titulado El panteón real de las Huelgas de Burgos, que publicó el Instituto Diego Velázquez en el año último, ilustrado con 143 láminas; pero va tomada desde otro punto de vista, más narrativo en una parte y sintético en otra, resultando, por con. siguiente, diverso en absoluto, salvo los dos apartados finales, que se copian a la letra. — 398 — entonces descubrí la maravillosa puerta árabe de su sacristía inte¬ rior. Al fin se desveló el misterio, y hoy se franquean claustros, coro y capillas, excepto la del Salvador, con absoluta normalidad y a diario. Lo que no se podía reconocer era aquella serie de sarcófagos ali¬ neados en las naves de su iglesia, bajo unos cartelitos declaratorios de quienes eran los allí sepultados, comenzando por sus reales fun¬ dadores, Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, con hijos, nietos y co¬ laterales, que evocan páginas gloriosas de nuestra historia, intrigan¬ tes secretos familiares y presunción de reliquias artísticas en sus mortajas. Bien es verdad que constaba la violación y destrozo de to¬ das aquellas sepulturas cuando la francesada y aun después en va¬ rias ocasiones; pero la tentación de ver lo invisible quedaba flotan¬ do, más que por curiosidad, con alicientes de estudio e información histórica plausibles. Había especialmente un puntode mira prometedor, un sepulcro mmca abierto, pues su pintura decorativa asi lo denunciaba, y es porque delante, pegado a él, había otro, que hizo imposible la aper¬ tura del primero, y éste se adjudicaba nada menos que al emperador Alfonso VII de Castilla y León. Aliora bien, el sepulcro delantero, que se atribuía al tercer Sancho, rey de Castilla, había sido traslada¬ do, en 1932, al centro de la misma nave; quedaba así el otro al descubierto y la tentación sobrevino. Ignoro si mediaron más o menos formalidades burocráticas para satisfacerla; pero ello es que en cierto día de 1942 se procedió a la apertura del tal sepulcro, y una vez reconocido, determinóse dejar fuera e intacto su ataúd. Fué además registrado el de la infanta Be- renguela, hija de San Fernando, sacándose muestras del forro de su caja, y finalmente, por un ventanillo abierto en el sarcófago de .A.I- fonso VIII, se tocaron ricas telas, tras de apartar el acervo de memo¬ riales dirigidos al venerable fundador, a quien por este procedimien¬ to acudían en trance de apuro las monjas, y allí se iban almacenan¬ do. Por desgracia, cuando más adelante se procedió a la exploración del sepulcro, ya este curioso archivo había desaparecido. Abierto el ataúd del supuesto Alfonso VII, sin tocarle fué exa¬ minado y fotografiado el yacente, suscitándose problemas inespera- — m — dos sobre su identificación. Sólo después de largas vacilaciones vino a comprobarse que sin duda era el célebre infante Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X, y asimismo se indujo que el otro sarcófago adherido a él corresponde a su hijo Alfonso, pretendiente a la corona. Cierto documento hace constar que éste fué sepultado en las Huelgas, y los timbres heráldicos que uno y otro sepulcros osten¬ tan ratifican lo dicho. Entre tanto, alzóse gran revuelo sobre la licitud de lo hecho, con opiniones contradictorias respecto a lo que ulteriormente procedería llevar a cabo, dada la interinidad a que el ataúd del infante queda¬ ba expuesto. Hubo al fin acuerdo entre las autoridades competentes, gubernativas, locales y académicas, con autorización para la aper¬ tura, estudio y resoluciones consiguientes, extensiva a toda la ne- crópoli. Nombróse, al efecto, una comisión, presidida por el director ge¬ neral de Bellas Artes, señor marqués de Lozoya, con representacio¬ nes del Patrimonio Nacional y del Arzobispo de Burgos, más el ar¬ quitecto de zona señor Iñiguez y el que esto escribe, propuesto por la Academia de la Historia con misión de espectador estudioso sim¬ plemente. Luego, la fuerza de las circunstancias le movieron a inter¬ venir en la obtención e inventario de piezas artísticas; mas no en las decisiones respectivas a su destino, es decir, a si ellas habían de quedar o no fuera de las tumbas y desnudarse al infante de la Cerda. Pero téngase en cuenta que, aun habiéndose optado por esto último, se tomó nota exacta de la situación de cada prenda o fragmento, en tal forma que, en caso de ulterior decisión contraria, sería factible volverlo todo a su sitio. Por hoy, lo dispuesto es que ello se exponga en forma de museo dentro del monasterio mismo, accesible a su con¬ templación y estudio. Además, recuérdese que, si las momias de San Fernando, de San Pedro de Osma, San Bernardo Calvó y tantas otras, como también la de Cario Magno, fueron despojadas de sus arreos preciosos, no es para sorprenderse la exhibición de las Huelgas, que viene a enriquecer nuestra historia y arte con una página de las más brillantes. Por impaciencias bien justificadas, la exploración tenía que ha¬ cerse dentro de un solo día, el 15 de mayo de 1943, aunque ya en — 400 — el anterior, bajo la dirección del señor Iñiguez, se Habían abierto casi todos los sarcófagos de la iglesia y recogido algunas guarnicio¬ nes de sus ataúdes. Hubo, pues, de procederse con una celeridad ex¬ cesiva, y más arriesgada, tocante al estudio de lo que iba viéndose, por las sorpresas que lo desconocido suscitaba continuamente. Co¬ menzóse por la nave de la epístola, dedicada a San Juan Evangelis¬ ta, donde yacen las monjas señoras del monasterio ; luego, a la nave contraria, de Santa Catalina, destinada a los infantes, y por fin, a la central o coro, donde reposan los reyes fundadores entre otros yacen¬ tes selectos. Por remate, reconocióse la momia del infante de la Cer¬ da, que intacta en su ataúd, estaba desde el año anterior depositada en el archivo del monasterio. Al día siguiente celebróse misa de Requiem solemne, casi como en desagravio de lo hecho. Lo obtenido de cada tumba se colocó en cajas de cartón, inventa¬ riado cuidadosamente; después se adhirió a cada pieza un marbete con el número de la caja respectiva, se fotografió todo ello por don Vicente Moreno y se completó la limpieza y reparación de tanto es¬ trago como había sufrido, por el restaurador señor García Cernuda. Va en im principio habían sido fotografiados en conjunto ataúd y momia del de la Cerda, y en la segunda exploración solamente se retrató a la infanta monja Constanza, hermana de San Fernando, cuya tranquila fisonomía y conservación de pelo y tocas la hicieron destacarse entre todas las momias, cuyas desencajadas facciones las priva de acento personal, emparejadas en una común mueca des¬ agradable. Quedaron abrir entonces los seis sarcófagos del porche de por la iglesia, que suponía fuesen de caballeros actuantes en la batalla se de las Navas, y a ello se procedió, ya sin tantas formalidades, a prin¬ cipios de setiembre de 1944. Aprovechando esta ocasión volvieron a abrirse en la iglesia un pequeño sarcófago para fotografiar su tapa, el del rey Enrique para estudiar su trepanada calavera, cuyas foto¬ grafías obtuvo don José Luis Monteverde, delegado arzobispal, y el de la reina Leonor de Aragón, para tomar sus ropas, únicas de mu¬ jer conservadas, ya que se había modificado el criterio primitivo de no extraer sino muestras de cada tela. Se reconocieron además otros tres sepulcros de la iglesia, qùe habían sido reformados moder- — 401 — namente y donde se decía no haber nada valioso, resultando en ellos un acopio de tejidos y bordados extraordinario. Sólo quedan ya por registrar las tumbas de abadesas, cuyos sarcófagos, en parte a lo me¬ nos, fueron privados de sus tapas y estarán ocultos bajo el entarima¬ do moderno de la sala capitular. De dichas tapas existen fragmentos, boy expuestos en las Claustrillas, con escudos de armas y epitafios, cuyas fechas abarcan de 1238 a 1434. Seria plausible que el enta¬ rimado desapareciese, dejando al descubierto la solería primitiva con sus lápidas, y reponer dichos fragmentos en su sitio, a ser posible. Identificaciones. El registro de sepulcros en las Huelgas viene de larga fecha. Ya en tiempo de Felipe II cierto obispo tuvo la ocurrencia de quitar el anillo a la momia de Alfonso VIII para regalarlo al rey; pero éste condenó el hecho con tal dureza que es fama perdió la vida en pocos días el imprudente obispo. Cuando la invasión francesa, las monjas abandonaron el monasterio, donde se alojó un cuerpo de tropas na¬ poleónicas; es decir, afines de aquellos otros que, bajo la revolución, se divirtieron en el panteón real de St. Denis, profanando y queman¬ do sus yacentes, y compañeros también de quienes violaron las tum¬ bas de Poblet, de San Isidoro de León, de Sahagún y tantas otras. En las Huelgas no quedó por abrir entonces sino el sarcófago del in¬ fante de la Cerda, como va dicho ; los restantes fueron saqueados a mansalva, todo revuelto y tirado, no dejando sino los trapos más o menos en pedazos, y casi siempre desnudas las momias. Asi basta que años después se remedió el desastre, volviéndose a reponer, antes mal que bien, lo destrozado. Y no quedó en esto, pues bajo la pri¬ mera república, en 1871, despoblado nuevamente el monasterio, se repitió la profanación, y en un ataúd quedaron escritos con lápiz, bajo dicha fecha, cinco nombres personales encabezados por el del «maestro Gregorio Ortega». Aun dejó escrito en su historia del mo¬ nasterio don Amancio Rodríguez, que en 1884 se abrieron todos los sepulcros, y consta que, por orden del cardenal Aguirre, en 1908, se renovaron aquellos tres, vueltos a abrir últimamente, porque uno de — 402 — ellos estaba roto de antiguo y los otros dos eran de tablas y yeso, con ocasión de haberse deshecho uno de éstos al caerle encima aque¬ lla interesantísima tabla de la Virgen del Socorro con retratos de los Reyes Católicos, que allí se conserva. Tan lamentables vicisitudes no solamente pérdida acarrearon la de todo lo que eran alhajas, demás arreos y el destrozo de armas y las ropas, sino el trasiego y dispersión de sus fragmentos, haciendo difícil y a veces imposible descubrir la tumba a que correspondieron. Aun alcanzó a las momias el desconcierto, pues alguna^ aparecen despedazadas e incompletas, dos juntas en un sepulcro, otros conver¬ tidos en osario, y así más y más problemas de reajuste comprometi¬ dos. Añádanse falsas atribuciones de antiguo, cuales son las de Al¬ fonso VII y Sancho III, que consta yacen en Toledo indudablemente; la de Alfonso X, sepultado en Sevilla con sus padres, y la de Urraca, reina de Portugal, que se da por seguro lo fué en Alcobaça. Agrava el problema la absoluta falta de epitafios. Sólo hay un cartelito modernísimo colgado junto a cada sepulcro, escrito a plu¬ ma con el nombre del yacente respectivo, documento de facilísimo trueque ; y sin embargo, generalmente, por rnedios indirectos se logra comprobar su exactitud, salvo tocante a los arriba indicados y a algún otro. Sirven de garantía, en primer término, las figuras heráldicas estampadas en los sarcófagos de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, de los dos infantes de la Cerda, de las monjas Berenguela, hija de San Fernando, y Blanca, nieta de Alfonso X, y en el ataúd de la reina María de Aragón, hija de Jaime II. La trepanación de su crᬠneo fué prueba segura para la identificación de Enrique I, y el estar con la cabeza hacia el altar sirvió de indicio respecto del arzobispo Sancho, hijo de San Fernando. Otro vehículo comprobatorio se ha obtenido con el cuaderno de guía para la monja organista en los aniversarios, donde se marca el punto donde había de cantarse cada responso. Entresacamos de él lo siguiente: «Día de Todos Santos: nave de Santa Catalina, res¬ ponso, y en medio de la nave en que está la sepultura del señor obis¬ po ( Sancho) se canta responso ; al llegar al sepulcro de doña Ana de Austria, otro responso.—Infanta doña Constanza: su sepulcro es el primero del lado de San Juan Evangelista.—Doña Leonor de Aragón, — 403 — segundo de la misma nave; doña Constanza, tercero de la misma.— Doña Blanca (la de Portugal), primero del lado de Nuestra Señora de los Santos (coro).—En el de la infanta doña Constanza y en el de doña Isabel de Molina, que son los sepulcros que se siguen a el de doña Blanca (la hija del infante Pedro).—Rey don Enrique, prime¬ ro del lado de Santa Catalina ; infante don Pedro, noveno del mismo ; infante don Fernando, segundo del mismo.» Seguramente se copió todo ello de un libro de aniversarios, que hoy no aparece. En cambio existe, y es precioso, un calendario de hacia la mitad del siglo xm, con capitales iluminadas, en cuyos márgenes se fueron anotando los ta¬ les aniversarios con la fecha de óbitos, pero no el lugar de sepultura, incluidos varios personajes que no la tienen en las Huelgas y consig¬ nándose excepcionalmente que el Emperador, Sancho IV y Alfon¬ so XI yacían en la catedral de Toledo. 0 Sarcófagos. Va dicho que el cementerio real abarca las tres naves de la gran iglesia, hecha bajo San Fernando y no terminada quizá hasta 1279. Pero como el monasterio, fundado por Alfonso VIII y su esposa, da¬ taba dé 1187, hubieron de irse depositando sus hijos muertos en el edificio primitivo, llamado las Claustrillas, con su patio, casi romᬠnico aún, y una capilla, la ya citada de Belén, obra de albañilería morisca toledana, con bóveda de nervios cruzados y ornamentación de yesería, según arte almohade suntuoso. Efectivamente, entre di¬ chos claustro y capilla se ha descubierto ahora un lucillo sepulcral de estilo idéntico al de aquél, destinado seguramente al primer hijo de los reyes fundadores que llegó a adulto, un Fernando fallecido en 1211, y es probable que allí mismo se irían depositando ataúdes de madera al descubierto, según costumbre de aquel siglo para Ja familia real, mantenida en Toledo y Sevilla y aun después en Gra¬ nada. Una frase del Rey Sabio explica la exigencia de dilatar el se¬ pelio hasta ser cumplidas las disposiciones testamentarias del difun¬ to, «ca non es derecho que el cuerpo fuelgue fasta que sean cumpli¬ das aquellas cosas por que podría aver trabajo en el alma». — 404 — Ya en iglesia nueva, todos los ataúdes fueron encerrados en la sarcófagos de piedra; así lo estarían ya en 1251, fecha que se asig¬ na a su traslado; y, desde luego, al consagrarse los altares en 1279, se alude a los tres cementerios de sus naves respectivas. Los sarcó¬ fagos, excepto unos pocos que se describirán luego, son simples ca¬ jas con tapa a dos vertientes y puestas sobre zoquetes tallados, gene¬ ralmente en forma de delanteras de león, para aislar del suelo con sagrado las tumbas, según rito cisterciense. Algunas, aparte lo de temas heráldicos, conservan restos de pintura con representaciones de imaginería, y quizá serían así todas las primitivas no esculpidas. Posteriormente hubo tumbas hechas con tablas y yeso; así la que provisionalmente se dispuso en la capilla mayor de la iglesia para el infante Pedro en 1319, y aun lo es la más moderna de todas, co¬ rrespondiente a Margarita de Saboya, tía de Felipe IV. Constituyen excepción en esfa necrópoli los sepulcros escultóri¬ cos. Monumental hay sólo uno: el destinado al infante de la Cerda, primogénito de Alfonso X, fallecido en 1275, que desarrolla forma de arco, ricamente exornadas sus arquivoltas y cabalgando agudísi¬ mo gablete encima con las armas reales—corona pintada, moder¬ na—y en el fondo Cristo crucificado entre María y Juan, todo ello exactamente como lo del claustro de la catedral burgalesa. Anterior será el doble sarcófago de los reyes fundadores, con pequeños relie¬ ves sus frontispicios y campeando en lo demás castillos heráldicos, por el rey, y los leopardos coronados de los Plantagenet, por la reina. Aun algo posterior es el sarcófago de la infanta monja Berenguela, hija de San Fernando, fallecida en 1279 (lám. 1), cubierto de bajorre¬ lieves de buen arte, representando asuntos evangélicos bajo arquería, y al dorso los castillos y leones de la estirpe paterna, y águilas explaya¬ das, por su madre, Beatriz de Suabia. Ello garantiza la atribución del sepulcro; pero se le publicó en el «Museo Español de Antigüeda¬ des» como propio de la rjeina Berenguela ; de suerte que lo único estu¬ diado antes de ahora lo fué erróneamente. Sigue en antigüedad el sarcófago del segundo infante de la Cerda, Alfonso, fallecido en 1333 o poco después, y que ahora está en medio de la nave de Santa Catalina : posa sobre leones enteros, lleva en sus frontispicios re¬ presentaciones del Juicio final, condensado en las figuras de Cristo — 405 — mostrando sus llagas entre María y Juan orantes, y de ella con Jesús en brazos y ángeles arrodillados teniendo candeleros ; en lo demás cam¬ pea una decoración de octógonos con castillos y leones y entremedias lises, alusivas a su madre, Blanca, hija de San Luis. Ultimo sarcófa¬ go, el de aquella otra Blanca, hija de Alfonso III de Portugal y nieta de Alfonso el Sabio, que fué señora de las Huelgas y falleció en 1325 : es muy grande y ostenta decoración de poco relieve con las anuas de Castilla y Portugal dentro de medallones estrellados. Lo más desconcertante este de en examen sarcófagos es encon¬ trarnos con otros tres, entre los de laiglesia, que parecen aprovecha¬ dos, y son, desde luego, los más antiguos. El primero es pequeño ; no pasa de 1,10 m. su largo y está lleno de relieves, sucios y maltrechos ya, pero de buen arte, conforme al estilo románico en evolución, co¬ rrespondiente a su fecha, 1194, y encierra los restos de una Leonor, hija de los fundadores, fallecida muy niña (lám. II). Sus relieves en tran en el ciclo de la escultura funeraria, con la escena de un difunto en su lecho, ángeles llevándose el alma y, a los lados, el cortejo de obispos, clero y dolientes, bajo arquería de medio pimto coronada por cas¬ tilletes; en la tapa se repite la escena central misma, con San Mar¬ tín cortando su capa para darla al pobre y un grifo amenazador ; al lado contrario y en los tímpanos, roleos de follaje entre arpías, y a los pies el Cordero de Dios ante la cruz, en disco de hojas bellamente compuesto. Es pieza escultórica de primer orden; inadecuado su ta¬ maño a las representaciones, propias de un adulto, y aumenta el des- Concierto su epitafio, que, traducido del latín, viene a decir: «Quien¬ quiera que vengas, tú, que caerás en la muerte, atiende y deplora la nuestra. Soy lo que serás ; lo que eres en el tiempo fui. Ora por mí, te ruego. Era 1232. P. M. F.» Resulta, pues, seguro que el sarcófago contuvo los restos de un varón reducidos a poco volumen. El segundo sarcófago se compone de una gran caja lisa de már¬ mol blanco, probablemente romana, y tapa de caliza con relieves de estilo exactamente igual que el sepulcro anterior, componiendo la misma escena funeral, roleos de follaje y una serie de animalillos, qüe son perros i>ersiguiendo y mordiendo a dragones y arpías, quizá símbolos de la lucha entre el bien y el mal; en medio, el epitafio, que traducido dice: «Décimo tercio de las calendas de enero, murió — 406 — la sierva de Dios Max'ía de Almenara, era 1234», o sea nuestro año 1196. Es señora desconocida, aniversario consta en el libro pero su aludido antes, donde todos los demás corresponden a reyes, infantes y abadesas, probando un grado de preeminencia, intrigante para nosotros. El tercero último sarcófago de esta serie corresponderá ai y arzobispo de Toledo Sancho, hijo de San Fernando ; pero el epi¬ tafio grabado en su testero, aunque ya fragmentario, puede comple¬ tarse así : «En la era 1247 murió D. Nunio, a diez días de las calen¬ das de agosto en León, feria quinta.» Tampoco es conocido; pero el sarcófago entra en serie con otros dos del porche, representando la evolución de un mismo tipo, que arranca de 1209 con este ejemplar, y sé caracteriza por una serie de escudos de combate dentro de ar¬ querías, provistos de aquellas barras con guarnición de clavos, que han venido a constituir el blasón heráldico de Navarra, con prece¬ dentes notorios, ya aquí, ya en Francia. Ello se complica en los otros dos sarcófagos, por añadir leoncillos rampantes y águilas explaya¬ das entre süs barras, o bien contener solas estas figuras, cuyo valor heráldico es incierto, no resultando admisible, en razón de su mucha posterioridad, el asignarlas al infante Fadrique, hijo de San Fer¬ nando, ni al Juan, el de Tarifa, que así las llevaron. Además, carac teriza estos sepulcros la repetición de cruces con carácter procesio¬ nal, muy destacadas, dejando sitio para desarrollos ornamentales de tipo vegetal con algo de carácter naturalista, augurando goticismo. Un último grado en la evolución del tipo susodicho corresponde a otros dos sepulcros del porche, más ricos en escultura, pero repi¬ tiendo las cruces procesionales, y uno de ellos, además, el escudo de las barras, aunque de tamaño muy reducido, y es sepulcro de mujer indudablemente. En ellos lo principal son sus relieves, figurando a Cristo en Majestad entre lós apóstoles y símbolos de los evangelistas, el Cordero, entre otras figurillas, y la escena del difunto en su lecho y el alma llevada por ángeles. Además, el de la dama está cobijado por una especie de baldaquino sostenido por seis columnas, de las que sobresalen figuras adheridas de los santos Pedro y Pablo y án¬ geles con candeleros. Su arte ya es gótico y análogo al de las par¬ tes primitivas de la catedral de Burgos, acreditando que datan del Lám. III.—Tapa del ataúd del infante Fernancio de la Cerda, hijo de Alfonso el Sabio. _ 407 — decenio de 1220, y su imaginería pierde mucho en elegancia res¬ pecto de lo románico, sin alcanzar el dominio de naturalismo que exalta el período sucesivo. Sepelios. Es fenómeno interesante la proporción de momias en las Huel¬ gas, que alcanza a veinticuatro, frente a sólo ocho esqueletos de adul¬ tos y tres de niños. Ello no responde a indicio alguno de embal¬ samamiento, ni los documentos consignan dato alguno en que basar su existencia, no pudiéndose aplicar aquí aquello de cocer los cadᬠveres; y en cuanto a las monjas, todas momificadas, no es verosímil que se las sometiese a operación alguna, salvo lo que pudo haber de sustancias apropiadas a la resecación del cadáver. Es problema que dejamos sin solución. Los ataúdes todos son de madera de pino, con base trapecial, mayor alto y ancho por la cabecera, y sus tapas, llanas en unos, de tres paños en otros y de dos en uno solo, se sujetan con visagras de correa o de hierro e iban clavadas. Su forro exterior ya es de cor¬ dobán liso, ya de ricas telas, casi nunca negras, con guarnición de galones primorosos, muy claveteados y destacando una cruz en me¬ dio de la tapa. Excepcionalmente, el ataúd de Fernando de la Cerda ostenta guarnición y cruz hechos con cintas de plata impresas a tro¬ quel con las armas de Castilla y León dentro de medallones (lám. III). Muchos ataúdes carecen de forro interior o bien es de tafetán liso o lis¬ tado, sobresaliendo mucho en esto el del infante de la Cerda, que es un brocado árabe suntuoso y también a listas. Hay casos de forros su¬ perpuestos, porque, estando los ataúdes al descubierto muchos años, se imponía tal renovación para adecentarlos. Estos forros exteriores de tela son árabes en su totalidad y ge¬ neralmente llevan oro matizando espléndidas, en que suelen trazas campear ruedas ocupadas por parejas de animales, supervivencia de tipos más antiguos, cuyos modelos sasaníes mantuvieron los famo sos pallia rotata del siglo xii, que por ser labrados en Bagdad re¬ cibían el nombre de baldaquíes. Pero tales diseños, siempre de gran — 408 — amplitud, fueron luego sustituidos por otros de área muy restrin gida en campo abierto, cuadriculado o a listas, de policromía menos abundosa y con letreros árabes cursivos o simples rasgos caligrᬠficos inspirados en la escritura cúfica. Una tela va jaquelada con castillos y águilas heráldicos ; otras, blancas o rojas, llevan listas finas policromas ; lo blanco predomina en ataúdes de mujer, y de- paño liso, rojo o negro, se cuentan dos ejemplares tan sólo. En el ataúd del rey Enrique I la cruz de su tapa está cortada de un bro¬ cado árabe riquísimo, en vez de las tiras de orfrés o galón ordinarias ; y hay también cruces acusadas solamente por dobles filas de cintillas muy claveteadas y con remates en forma de lis. Los cadáveres se disponían con los brazos cruzados, sobre un lecho de yerbas a veces, como heno, y cubiertos con una sábana, con un tafetán morado o con una colcedra, o sea edredón, de colores azul y verde sus haces: esto para los reyes fundadores. Cabeza y pies descansaban en almohadas o cojines, cuyo número alcanza hasta cinco, a veces, ya de lienzo bordado, ya de tafetán liso, ya de riquí¬ simas telas o con labor de aguja, de punto de media o de tapicería, constituyendo piezas del más subido valor industrial, que acreditan excelencias nuestras apenas sospechadas antes; y aquí también se descubre la mano de artífices arabizados en lo más selecto, según acreditan su estilo ornamental, letreros árabes y hasta la firma de un Husain. Son generalmente cuadrados, llevan guarnición de cor¬ doncillos en torno y borlitas en las esquinas, y se rellenan con plu¬ món o lana. El número de piezas ricas alcanza a veinte, y entre las de bordados sencillos se superponen hasta cuatro en algún caso, lo que prueba un largo uso anterior. Ropas y preseas. Eran depositados los yacentes con su vestidura pròpia. Las mon¬ jas conservan confrecuencia sus hábitos, blanco y negro, de tejido muy fino, algo de toi:as y la suela y cerco de los zapatos, pequeños y ajustados a la forma del pie. Como lodo esto no era cosa de valor, quedó libre de profanaciones y sin más pérdidas que la natural des- LÁM. ÎV.—Brocculü árabe del traje de la reina Leonor, hija de Al- íoní-o VIIÎ y esposa de Jaime I. — 409 — trucción de lo corruptible, comprendido lo de lana con frecuencia. En cambio, las mortajas de damas seculares y de los varones todos, excepto la del infante de la Cerda, como va dicho, sufrieron el des¬ pojo y destrozo más abominables; de alhajas y piezas sueltas nada quedó, en absoluto; de las ropas, pocas enteras, aunque rasgadas; lo demás, todo fragmentario y casi siempre fuera de su lugar. Excepcionalmente, la que creemos fué Leonor, hija de los fun¬ dadores y esposa de Jaime I de Aragón, conservaba puesta su camisa, bajo una túnica abierta por el costado izquierdo y tan larga que caía medio metro por bajo de los pies, de suerte que había de alzarse con las manos para andar; sobre ella, otra prenda ampliamente abierta a los costados y muy volosa por abajo, que sería el pellote, con forro de pieles rubias, cortadas a cuadros y cosidas primorosa¬ mente; por último, la capa, que no llega al semicírculo y quedaba algo corta: todas tres prendas son de un brocado árabe riquísimo y no llevan guarnición ni adorno alguno (lám. IV). De sus tocas, sólo fragmentos ; pero, correspondiente a su madre, la reina fundadora, que¬ da una porción de tiras de muselina blanca, larguísimas, con bordes fruncidos, listas de ox'o y sedas y bandas de galón prendidas al aire, que se arrollaban a la cabeza sobre una armazón cilindrica, según ostentan las representaciones mujeriles del siglo xiii ; por ejemplo, la estatua de la reina Beatriz, mujer de San Fernando, en el claustro de la catedral de Burgos. A su vez, la momia de la infanta María conservaba un guante de lino, labrado a punto de media en primo¬ rosa composición de rombos calados, con más complicaciones que lo usual ahora. También queda algo de los zapatos, con fina suela puntiaguda y forro de cáñamo labrado a raspas, pero nada subsiste de su haz exterior, que sería de paño. Por casualidad se conservan algunos alfileres, con los que se prendían las tocas, y son como los viejos nuestros, o con cabeza de plomo fundido remedando un ojo redondo y un pajarito (fig. 1, a tamaño doble). La momia del infante Fernando de la Cerda mantuvo íntegra su indumentaria, por el motivo antedicho. El traje se componía de un ceñidor de correa, pespunteado con seda y provisto de hebilla y oje¬ tes,al que iban prendidas las bragas de lienzo y unos cordones para sujetar las calzas, que eran de bayeta oscura con refuerzos de cuero. — 410 — Encima de la camisa, una aljuba o túnica forrada de tafetán car¬ mesí, con mangas estrechas, abierta por el costado izquierdo, lo que consentía meterla por la cabeza, y se apretaban sus bordes mediante un cordón en ziszás; su halda lleva nesgas plegadas en abanico para disimular su vuelo, y va rasgada por delante y por detrás. So¬ bre ella, el pellote, prenda castellana típica de aquel siglo, escotada por ambos costados desde los hombros hasta más abajo de la cin¬ tura y anchísima por abajo; su forro, de pieles entre pardas y Fig. 1 blanquecinas, recortadas a cuadritos para dar flexibilidad a la prenda, e igual forro lleva la capa o manto, que se prendía con dobles cintas de galón, y era costumbre de aquellos señores el posar la mano izquierda metiendo un dedo por ellas. Todas tres prendas son de un mismo brocado lleno de escudos con leones y castillos so¬ bre fondo de oro, armas reales que cumplían al infante como here¬ dero de la corona, pero con la particularidad de ir el león en los cuarteles primero y cuarto del escudo, lo que, por repetirse en la cruz del féretro del mismo infante, quizá denuncie una variación deliberada respecto del blasón real efectivo. Cubría la cabeza del infante un gorro cilindrico, algo más cum¬ plido por detrás que por delante, hecho de lienzo grueso con forro de tafetán carmesí, reforzado mediante una cercha de madera de haya y guarnecido al exterior con una decoración bordada, forman¬ do cuadrícula con castillos y leones. Aquéllos son chapas de plata delgadísimas, en las que se clavan abalorios azules, diseñando puer- Lím. V.—Birrete de Fernando de la Cerda. — 411 — tas y ventanas en campo tupido de granos de coral; los leones se bordan al pasado con hilos de plata, fingidos los ojos con granos de coral sobre blanco, y el fondo es de aljófar menudo; por arriba y abajo lo ciñen dos cintas de oro con puntitos repujados, discos a troquel con las armas reales, esmaltados de rojo sus castillos, y entre¬ medias chatones con zafiros y granates muy pequeños (lám. V). El anillo es de oro ovalado con granate un ocho gra¬ convexo y nos de berilo montados alrededor. La espada tiene su hoja oxida- dísima y deshecha ; es como de combate, sencilla, con pomo de bronce, empuñadura provista de hilos de cáñamo, sobre los que van bordadas unas rayas en blanco y negro, que rematan en un borlón por arriba, y la vaina es de madera, cubierta de badana negra con refuerzos de cuero blanco y contera de hierro (lám. VI). Los acicates van enchapados de plata dorada con cinceladuras de tipo morisco, y sujetos por cadenillas primorosas de alambre de plata, pro¬ vistas de hebillitas, charnelas y conteras, timbradas con castillos, leones y algo de ataurique morisco. Pero la pieza más espléndida es el cinto o talabarte, prendido a la cintura mediante curiosa charnela, cayendo por delante casi hasta los pies y con una asa de tres lóbulos para colgar la espada (lᬠmina VII). Estas piezas complementarias son de plata dorada con per- litas, zafiros, alguna cornalina y nueve escuditos miniados bajo cris¬ tal, con blasones heráldicos, entre los que destacan las armas de Inglaterra, Navarra y Francia: ellas y la forma casi triangular de los escudos acreditan de extranjera esta obra, quizá regalo de cuan¬ do el infante casó con una hija de San Luis. El cuerpo de este cinto lo componen dos galones, cosidos juntos a lo largo: el que hace de forro es de tipo normal, formando rombos con labor geométrica verde y oro, pero sin la finura de los nuestros. Igual técnica desarrolla el galón delantero, con predominio de esvásticas aun en su fondo, la¬ bor que se desvanece ante lo sobrepuesto, bordado con abalorios azu¬ les y aljófar menudo, ya reforzando los dibujos del galón mismo, ya componiendo escudos de armas, aun más variados que los de la guarnición, pero del mismo tipo, y además unas palomas, pajaritos, florones y esvásticas por parejas. Las demás mortajas varoniles quedan harto fragmentarias: de — 412 — Alfonso VIII sólo había la parte superior de la camisa y de la tú¬ nica, hecha ésta de un tafetán azul con listas de tapicería y oro, co¬ rridas a lo ancho de la prenda, como siempre, y con forro de pieles muy raídas; además, trozos de capa de la misma tela. De su hijo Fernando subsiste otro cinturón de correa, bordado con castillos y lises, cosidas a él las bragas y con tiras de cuero, como ligas, de las que pendía un trozo de las calzas de bayeta roja ; suya además era un cofia, hecha con tejido de tapicería árabe, formando con oro y sedas diversas labores e inscripción de tipo almohade. Otra cofia se sacó del sepulcro de Enrique I, tejida con calderos heráldicos pardos en campo blanco ; asimismo, un pellote de tafetán carmesí con listas de oro y plata, ajironado por abajo y guarnecido con tiras de cabritilla dorada. Otra tumba conservaba una capa carmesí listada, y la parte inferior de una túnica blanquecina, a paños radiales com.o cuchillos, con listas de tapicería, oro y sedas, guarnición de vitela dorada y forro de pieles. Correspondientes a un niño, dos pellotes; el uno, con labor de rombos blancos y pardos; el otro, de sedería a listas con letreros árabes de oro y azul sobre blanco; ambos llevan ribetes de vitela y cinta verde, y forro de pieles. Preciosa es una capa de niño, hecha con brocado árabe, verde y oro, diseñando pa¬ rejas de grifos, y con forro de piel rubia, quizá de marta. Una momia conservaba sus guantes de cabritilla blanca, pespunteados con seda verde y amarilla, y un zapato de becerro negro. Estas prendas de indumentaria cortesana van perfectamente de acuerdo con las representaciones artísticas del siglo xiii, y en espe¬ cial con las del libro de los Juegos compuesto por el Rey Sabio; mas ahora estos originales, de que antes carecíamos en absoluto, su¬ ministran datos valiosísimos, que podrán traducirse en confeccionar ropas de aquéllas con su estructura propia, a la par que sus telas y arreos hacen revivir efectos de colorido y brillantez insospechados suyos. De esto y del porte elegantísimo con que tales ropas eran llevadas, nos damos buena cuenta: basta contemplar aquellas imᬠgenes de caballeros que rodean las torres y el claustro de la cate dral burgalesa. Quizá nunca, desde la Grecia clásica, el vestido im¬ puso tal aire de sobria elegancia, tan adecuada envoltura para el magnífico desnudo humano, tal desprecio de barroquismos a la moda, — 413 — como entoiices. Así tenían que vestirse un San Fernando y un Al¬ fonso el Sabio; pero con modalidad particular: la impregna¬ una ción de andalucismo, de arabismo, en telas y atavíos, que sutilizó la vida corriente, no como vasallaje, sino como presea de conquistas. En efecto, lo que era castellano, el corte de prendas, la sastre¬ ría, resulta pobrísima en su técnica, sin primor alguno de costura, sin exornos, sin complementos decorativos ; en cambio, la confección de ropas interiores, de cojines, de velos, donde la mujer actuaba : talabartería y bordados y, sobre todo, el tejido doméstico de orfre- ses, pasamanería y encajes, así como el más noble de la tapicería, todo eso, en manos de mudéjares o enseñado por ellos, desarrolla exquisiteces que resultan ahora un descubrimiento. Y cuando pasa¬ mos a la industria textil en grande, el valor artístico desborda, ofre¬ ciéndonos una serie tan sorprendente de brocados y sederías, que todo lo demás antes conocido de aquel siglo queda muy por bajo del acervo descubierto en la necrópoli burgalesa. Esta exaltación industrial y artística bien merece recapitularse en su evolución histórica, puesto que fija un período transitorio, desde la exclusiva oriental de los baldaquíes a ruedas con animales, de estructura complicadísima, hasta la implantación de tejidos grana¬ dinos, por una parte, y de los italianos por otra, viniendo a impo¬ nerse sobre lo de Castilla en el siglo xiv, y ya ello no tiene represen¬ tación en Burgos. Tejidos artísticos. El arte de tejer, al de la cacharrería, fueron las dos habi¬ par lidades mujeriles de más definitivo éxito, inaugurando la fase seden¬ taria de las sociedades humanas por todo el mundo. Vestigios de tejidos de lino se conservan pertenecientes a la primera época pre¬ histórica con metales, y adjunto va el arte de la cestería, que es otra forma de tejido hecho con juncos o varetas flexibles. Pero, una vez logrado el fin útil que tiende a satisfacer las necesidades hu¬ manas, entra el sentido estético persiguiendo un recreo de la vista, en armonía con la impresión que las realidades naturales ofrecen. — 414 — Y este sobre el simple tejer, la inmensa ostentación ideal constituye, de lujo que, empezando por la tapicería y el bordado, llega a las maravillas textiles, desde China y Persia a través de lo clásico, hasta lo moderno sin solución de continuidad. Su medio expresivo, el co¬ lorido, la policromía; por adehala, el brillo, que presta un nuevo efecto de color y provocó el triunfo de la seda china sobre las lanas occidentales; una y otras, vehículos coloríferos los más adecuados. Obtener una tela es fácil, cruzando hilos en dos series: unos, enfilados a lo largo de la tela, son la urdimbre; los otros, de través, pásando cada uno de aquéllos alternativamente por delante y por Fig. 2 Fig. 3 detrás, constituyen la trama. Su resultado, el lienzo, que es tafetán cuando se hilos de seda, material exclusivo en la Edad opera con Media para las ropas exteriores de lujo. Mientras el tejido se hizo de un solo color, las variaciones fue¬ ron muy limitadas, pero decisivas: ya la trama va ligando hilo a hilo con la urdimbre, en orden contrapuesto de pasada a pasada para obtener enlace—lienzo, tafetán, punto de tapiz (fig. 2)—; ya prende la trama un hilo de urdimbre y se deja detrás otros nueve para enganchar en el décimo y así sucesivamente, promediando los enganches de pasada a pasada-—tafetán largo (fig. 3)—; ya se pren¬ den los hilos de urdimbre de dos en dos—sarga a raspas (fig. 4)—o bien prende la trama un solo hilo y deja atrás los tres siguientes—sar ga de a cuatro (fig. 5)—-, o ya, por último, son dos los que quedan tra¬ seros—sarga terciada (fig. 6)—. Estos dos últimos sistemas presen¬ tan diferente aspecto por el envés de la tela ; y entre todos ellos sólo el segundo y el último—tafetán largo, sarga terciada—son adecua¬ dos para adaptarse a la policromía. — 415 — La urdimbre siempre organiza con hilos retorcidos, que daa se firmeza y rigidez a la tela ; pero la trama se dejaba sin torcer, de modo que se esponja, resultando apenas visible la urdimbre, y ade más brilla tanto más cuanto son largas las pasadas, buena razón para gozarse en dichos dos sistemas, a más de sus aptitudes para ligar, tramas múltiples, empleando más de un hilo suyo en cada pasada para obtener policromía. Procedíase con hacer visible por la haz Fig. 5 Envés Haz Envés un solo hilo, el útil de momento, mientras pasan por detrás el otro u otrosinútiles, y así cambiando conforme al patrón, de modo que resulta una tela con dobles ligamentos, y contrapuesto el dibujo por el envés, si son dos los colores de trama empleados, o bien todo bo¬ rroso si excede su número. Añádase otro que es el raso, en el que la urdimbre, sin sistema, torcer y prendida largos trechos por hilos de trama torcidos, da a un efecto superior de brillantez; pero éste no alcanza a las manu¬ facturas de las Huelgas, sino rudimentariamente en obras orientales, mientras tuvo gran auge en lo nazarí granadino. Aun las opulentas coloraciones de la seda y su brillo eran poco para saciar el ansia de riqueza que el Oriente bizantino sentía, y se — 416 — incorporó el oro a sus tejidos, filamentos arrollados a un hilo, ya en ya para atenuar costo y peso, con su equivalente de película dora¬ da finísima, mientras que en China se aplicó esto mismo en cintas es¬ tiradas, y siempre entre tramas de seda : oro de Chipre u oropel es como se nombra esta manufactura. Tocante a la plata, su aplicación fue muy escasa, porque la oxidación inevitable invalidaba su blancura. Color, brillo, refulgencia metálica eran medios para lograr telas de maravilloso efecto, composiciones decorativas exquisitas con ele¬ mentos geométricos y florales, representaciones de hombres y bes- Fib.7 tias, caligrafía,y todo ello dentro de medallones enlazados: asi, en el Oriente musulmán; y como todavía ni tafetanes ni sargas bas¬ taban por sí solos, se ideó combinar todas sus variantes para obtener efectos de brillo y mate, colores basta cuatro o cinco juntos,, y el oro destacando sobre ellos. El procedimiento cumbre en este derro¬ che de habilidad textil fué adaptar un tafetán largo sobre otro cor¬ to: éste, por fondo mate; aquél, brillante y policromo, constituyendo la decoración (fig. 7), y así se obtuvieron los famosos brocados de Bagdad, cuyo auge mayor fué en el siglo xii. Apenas los alcanzamos en las Huelgas y, desde luego, falta enteramente su paralelo persa, que consistía en combinar una sarga terciada con el tafetán corto de fondo y sin oro generalmente. Después, aquí en España prevaleció una tendencia a simplificar Il ^ ^ 4V * ^ "••jt- jt 4t -it LÁM. Vni.—Brocado árabe del traje de la reina Berenguela, madre de San Fernando. 1 I.ÁM. IX.—Brocado áraibe que sirvió de forro a un ataúd en las Huelgas. I CldAfoefaoaeqrrntusúl. XI.—oBrireoncatadl LÁm. — 417 — procedimientos y policromía, llegándose a solos dos colores y aun a uno, con acusar por diversidad de ligamentos en su com¬ el dibujo posición. De tafetanes mixtos hay ejemplares preciosos aquí en las Huelgas, pero solamente decorados en blanco y oro, azul y oro sobre blanco, y oro sobre verde, en temas de roleos, discos y medallones con parejas de grifos. Luego, se suprime el tafetán corto, ganando policromía, y resultan ejemplares los más vistosos, ya con predo¬ minio de oro, ya sin él y dando cabida a letreros árabes de tipo cúfico, que proclaman un verosímil origen andaluz (lám. IV). En cam¬ bio, parecen mudéjares, y toledanas acaso, las telas de otra serie, ca¬ racterizada por fondos monocromos o bicromos de labor geométrica finísima a base de rombos, entre franjas con escritura árabe cursiva o campos de lazo estrellado (lám. VIII); y luego, simplificaciones basta limitarse a una red de rombos, sobre la que destacan estrellas sueltas, escudetes, parejas de aves, lises y discos, ya sin arabismo perceptible. Otro rumbo llevan las sargas, a partir de un ejemplar magnífico en que campean parejas de leones, sobre verde claro o celeste, dentro de aros guarnecidos con inscripción cúfica en campo rojo, y orlas geométricas, a más de otro gran letrero cúfico en oro sobre azul, tela que hermana con los pallia rotata bizantinos y sasaníes, aunque probablemente hecha en España (lám. IX). Le sigue una se¬ rie muy uniforme a ruedas también, con parejas de animales, general¬ mente en oro pálido sobre tonos morado, castaña, ocre o blanco, y alguno desarrolla ondulaciones con los mismos animales en campos blanco y celeste (lám. III). Todos ellos representan un influjo gótico naturalista sobre los modelos orientales, y se acusa su mudejarismo en listas intercaladas con rasgos como cúficos apenas legibles. El virtuosismo de nuestros talleres, así andaluces como los cas¬ tellanos servidos por moros, no cortó el paso a la introducción de piezas traídas del remoto Oriente, China o Mongolia, pues nuestros inventarios hablan de panni tartárici, y los tenemos singularísimos aquí en las Huelgas. Dos de ellos ostentan aves como papagayos y águilas, entre follajes muy esquemáticos, todo oro con perfiles rojos o blancos (lám. X), y el tercero alinea zonas alternadas con adornos e inscripción árabe cursiva, ya blanco sobre oro, ya oro sobre celeste, pálido todo ello y el oro en cintillas de membrana sutiles (lám. XI). instituto amatller de artc hispánico — 418 — Quedan último término los tejidos de tafetán a listas entre en zonas blancas carmesíes; los cendales, también listados y rizados; o velos de lino delicadísimos, lienzos y tejidos de lana, matizados a listas o en cuadrícula o bien a rombos. Constituyen otra serie los tejidos a mano, para formar cintas y galones u orfreses: las cintas no traen grandes complicaciones, aunque no siempre se explique su mecanismo de tejido a cadenetas falsas, sobre todo en las cintas ce¬ rradas o tubulares, que servían para apretar la túnica. En cambio, los orfreses, de técnica extraordinariamente delicada y compleja, son muy dignos de estudio y parecen originarios del Oriente. Su estruc¬ tura se basa en un tejido a cadenetas falsas, sobre el que se inter¬ cala una labor de oro y sedas formando dibujos a base de rombos y esvásticas. Su primera fase, la más exquisita, tiene sabor oriental; la segunda, más efectista y dando cabida a temas de heráldica cas¬ tellana, saldría de un taller palatino en el que la reina Leonor, esposa de Alfonso VIII, se acreditó de maestra firmando las dos estolas de San Isidoro de León. Tapicería y bordados. Si el tejer obedeció a la necesidad de vestirse, sustituyendo a las pieles desde edades prehistóricas, el bordar responde al instinto femenino para el embellecimiento de sus obras, y hubo de surgir cuando ya las urgencias sociales iban de vencida y libremente po¬ día el arte mirar hacia satisfacciones no útiles. Respecto de ello, los tejidos artísticos representan una adaptación industrial remedando al bordado, y le seguiría a larga distancia en el tiempo; sin em¬ bargo, parece incierto averiguar los primeros pasos de ambas artes, y sólo se nos alcanza que bajo la dinastia XVIII en Egipto se prac¬ ticaban incrustaciones de tapicería en los tejidos, tal como se man¬ tuvo en lo árabe. Pues nótese que esto de las labores textiles a mano constituye uno de los puntos inamovibles del ingenio humano, ex¬ presión permanente de la actividad femenil siempre conservadora, si bien acomodándose en cada momento a las evoluciones sociales como reflejo suyo. Lám. XIII.—Paño de tapicería árabe, deuna almohada de la reina Leonor de Aragón. hija de Alfonso VIII. — 419 — El más noble de estos tejidos artísticos la a mano es tapicería, con su urdimbre de hilos estirados, que se prenden uno a uno con la trama policroma, llevada a mano en cadejos sueltos, resultando labor de lienzo, pero cortada la trama cuando se cambia de color en líneas verticales, lo que sólo se remediaba a puntadas de aguja. En las Huelgas aparecen tres fases de tapicería : la una, incrustada en tafetán carmesí, produjo el almohadón sin par de la reina Be- renguela, con su medallón en que se retratan dos damas, quizá mú¬ sicas, cuatro estrellas de ocho puntas enlazadas y dos fajas con una frase árabe que significa «la bendición perfecta» en letra cúfica, más otro letrero en cursiva con la fórmula unitaria islámica «No hay más divinidad que Dios», rodeando el medallón. Probablemente se¬ ría prenda de botín andaluz consei-vada por la gran reina (lám. XII). De más sencilla estructura son las angostas fajas con besantes y remedos vegetales, que enriquecen las telas listadas sobredichas, y serían obra toledana mudejar. Al mismo taller corresponde la tapi¬ cería con que se formó la cofia del infante Fernando, hijo de Al¬ fonso VIII, repitiendo los adornos susodichos, entre otros de com¬ posición geométrica y letrero árabe cursivo. Pero la obra maestra es el paño medial del almohadón más rico de la reina Leonor, hija de Alfonso VIII, hermanando con otros de distintas procedencias; por ejemplo, los que enriquecen el llamado temo de San Valero, que guardó la catedral de Roda. En primor nada hay que les alcance, y diseñan composiciones geométricas y letreros cursivos árabes con oro y sedas de colores (lám. XIII). De tapicería también, pero netamente cristiano y algo posterior, es el cojín en que apoyaba su cabeza Alfonso de la Cerda, confec¬ cionado con lanas de colores hasta siete, en cuadricula sesgada donde alternan florones, ramas al natural con sus flores y capullos, sobre rojo, y unas aves fantásticas blanquecinas en campo azul. Sigue en valor artístico la serie de bordados sobre tela, cubrién¬ dola enteramente o reservada para fondo, y aquí se destacan también muy variados procedimientos. Pieza capital es un cojín de Fernando de la Cerda, todo a labor de cadenetas fingidas, quizá lo que lla¬ maban punto sesgo, cuyos hilos de seda de colores se prendían con agu¬ ja sobre una muselina finísima. Por una haz su adorno se desarrolla en — 420 — cuadrícula doble combinada, donde campean lises, leones rampan tes y águilas explayadas, más unos leoncillos y palomas repartidos en triángulos ; la otra haz, distribuida en rectángulos, repite hasta los treinta figuras de reyes con variados ropajes de aspecto heráldico, te¬ niendo flores de lis o el globo imperial en sus manos, y palomitas a los lados, sobre fondo amarillo o verde alternando: abajo, un alfabeto gótico mayúsculo seguido de VSEIM, que parece ser el Husain árabe, como nombre del bordador (lám. XIV). Nada conocemos que pueda equiparársele; pero su técnica repite, sutilizada, la de cintas y o:- freses coetáneos. cojín, que correspondió probablemente a un Sancho, hijo Otro de Alfonso XI, abre la serie andaluza de bordados a cadeneta sobre lienzo en reservas, con dos cenefas primorosas en que se alinean octógonos inscribiendo estrellas y dentro leoncillos o parejas como de ciervas, en sedas de colores, pero dejado el lienzo visible para lo blanco, y podrá ser lo que llaman punto de almorafán los inven¬ tarios antiguos. Esta misma técnica, pero formando trenzados, que solamente a trechos traban con el lienzo, se observa en otros cuatro cojines de muy rica composición. El uno, de ■ Constanza, la hermana monja de San Fernando, es todo a esvásticas rojas encuadrando meandros ne¬ gros con material de lana ; otro, de Fernando de la Cerda, traza una red sesgada con adherencias de tipo geométrico, hecha con hilos de seda roja y negra; otro, de la reina Berenguela, se conserva per¬ fectamente y es de seda verde labrada a lo morisco, en que pren¬ la den masas de cuadritos enlazados componiendo cinco golpes por cada haz, hechos con hilo de oropel. Anotemos un último ejemplar, no en Huelgas, sino en el relicario del Palacio las Real de Madrid, que fué almohada de San Fernando, bordado con sedas roja y ne¬ gra formando cruces medallones geométricos. recruzadas y En manos ya cadenetas cristianas, este mismo arte de bordar a sobre lienzo con simplificó sedas roja y negra, a golpes sueltos, se para otros cojines, que desarrollan castillos heráldicos, florones a crucetas, cenefas de tipo geométrico y raspillas. Así también, sobre cuero, son los castillos y lises del cinturón del primer infante Fer¬ nando ; finalmente, abalorios azules y aljófar, ensartados en hilo I ÁM XIV.- -Cojín firmado por un Husain, en la tumba del infante Femando de la Cerda. — 421 — y prendidos con aguja, enriquecen el bonete y el talabarte de Fer¬ nando de la Cerda. Variación de lo trenzado ofrecen dos cojines iguales, en la se¬ pultura de aquel Sancho, hijo de Alfonso XI, y consiste en una malla red de color verde, que es base o para una decoración de hilos de oro y seda roja combinados formando cuadros con ápices curvos y golpes macizos por centros, todo a crucetas, sin estilo defi¬ nido, según arte de inventiva femenil. Todavía más sorprendente, casi inverosímil y, desde luego, único es el cojín que, deshecho todo, se sacó del ataúd de Isabel de Mo- Fig. 8 lina, monja nieta de Alfonso el Sabio (fig. 8). Es un encaje maravillo- sámehte fino, hecho con seda blanca poco torcida, componiendo cua¬ dros tupidos de aritos sin anudar, entre campos de red hecha con hi¬ los retorcidos, labor que parece imposible se obtuviese de otra suerte que con bolillos y alfileres sobre patrón fijo. Valga ello contra la opinión corriente, que refiere a Italia en el siglo xvi este arte; pero tenemos un ejemplar del xv, con hilo de oro, por guarnición de la marlota de Boabdil, cogida en la batalla de Lucena, abriendo sospechas de un origen andaluz remoto. Bien desligado de todo lo anterior es el punto de media, con el que resultan elaborados otros dos preciosos cojines. El uno, per¬ fectamente conservado, sirvió para Fernando de la Cerda: hecha con — 422 — lanas blanca y rubia, desarrolla una cuadrícula sesgada con lises y águilas, por una liaz; por la otra, una red de octógonos con casti¬ llos, rosetas y esvásticas; en torno, repetida en letra cúfica la pala¬ bra árabe que significa «bendición», acreditando de mudejar esta obra (lám. XV). Del otro cojín no sabemos con certeza la proceden cia ; su material es lana de colores rojo y crema, gris verdoso y pardo rojizo, contrapuestos, en cuadrículas que albergan ya águilas, leones y lises entre crucecitas, ya rosetas, estrellas y palomas de cuatro en cuatro (lám. XVI). Probablemente ambos dimanan de un mismo ta¬ ller ; su técnica es como el punto liso moderno, pero complicado por el cromatismo. Más variedad ofrece el guante de la infanta María, que es de lino blanco formando labor calada de tipo rombal y zona elástica para el puño, todo ello muy primoroso. A la misma técnica obedece una que bordea la supuesta cofia de un hijo de Alfonso X, cresta enlazada con ramales de trenza de plata cogiendo en medio una cadeneta de seda morada: nuevo testimonio de esquisitez en nuestras labores domésticas, sobre las cuales este hallazgo de las Huelgas abas¬ tece tan en grande. Remembranzas. Se han abierto treinta y siete sepulcros: todos, menos uno. pro¬ fanados, despojados de antiguo ; dentro se han reconocido veinte y cua¬ tro momias y once esqueletos, aparte huesos sueltos. Se ha callado lo que hubo de tremendamente desagradable en esta exploración ; ahora se puede examinar sin repugnancia el caudal artístico obtenido, y disfrutar, siquiera sea con pesadumbre, la evocación de realidades históricas que van unidas a estos despojos. En cierto modo, pode¬ mos reavivar aspectos de aquella sociedad en la etapa de su reajuste unitario, cuando España se sintió ya solidarizada frente al enemigo común, y el cristianismo vencía los últimos arranques de la bar¬ barie africana. A la etapa de iiiindades egoístas del siglo xil, suce¬ den las victorias de San Fernando y el sabio eclecticismo de su hijo LÁm. XV.—Otro cojín mudejar, que estaba junto con el anterioi. Lám. XVI.—Cojín a punto He media que fué de un hijo de Alfonso el Sabio, probablemente. — 423 — Alfonso; pero a través de tan brillantes éxitos queda el amargor de las tragedias que les acompañaron. La primera responde a una de las magnas crisis históricas nues¬ tras: fué el alud invasor de los almohades sobre Castilla, con el desastre de Alarcos, repitiendo el hecho de Sagrajas bajo Alfon¬ so VI; pero si éste huyó ante la perdida batalla, su homónimo VIII se obstinaba en redimir con su muerte la afrenta de aquella segunda derrota. Fué castigo por las disensiones fratricidas entre cristianos, frente al fanatismo arrollador, todo fe ciega, de los invasores ; y fué necesario que el espíritu europeo reaccionase ante el peligro con otra cruzada, para que la batalla de Ubeda o de las Navas de Tolosa otorgase un desquite definitivo, abriendo puertas a la conquista, ya franca, de Andalucía. Castilla giraba entre dos polos entonces: Burgos representaba la atracción europea, con la inglesa Leonor como prenda, con la reforma del Cister por augurio del nuevo orden que había de trans¬ formar en el siglo xiii la sociedad, acabando con el predominio se¬ ñorial, en bien del pueblo apoyado por sus reyes. El otro polo era Toledo, colonia andaluza, receptora de la cultura oriental a cuenta de judíos y de moros; con arte e industrias propias que se sobre¬ ponen a lo europeo, y ya hemos visto cómo estas yacijas de las Huelgas se engalanan con presentaciones magníficas de tipo meri¬ dional, así como por obra de traductores latinos encarnó en el acerv^o cristiano su ciencia, su filosofía, su literatura. El norte traía ideas, espíritu ; el sur, elegancias, cultura, trabajo ; la conjunción de ambos focos decide nuestra personalidad, y las consabidas repeticiones históricas reavivan el caso de Abderrahman III y Alhaquem II con San Fernando y Alfonso el Sabio. Al margen de esta revolución, la tragedia íntima de sus reyes, la que en primer término afecta quizá al ser de nuestro monasterio, puesto que uno de los fines que se atribuían a su fundación era en desagravio por el gran pecado del rey Alfonso contra Dios y con¬ tra la reina Leonor, aquella casera y apacible inglesa. Fué tm cri¬ men pasional del rey, abusando de mocedades a poco de su des¬ posorio, contraído a los dieciocho años. Fueron otros siete, que pasó en Toledo con una judía, despendiendo mal su tiempo, dejada — 424 — la reina su mujer por ella, y aun al cabo no reaccionó de su hechizo sino ante el cadáver de la amada, víctima propiciatoria de los hom¬ bres buenos de la corte. La benevolencia de historiadores celosos niega el hecho, contra los relatos de la Crónica general y del Libro de los castigos-, pero es bien explícito el dato de que, tras el naci¬ miento de dos hijos del rey, en 1171 y 1173, no aparece hasta 1180 el tercero, sucediéndose partos sin interrupción hasta 1204, ya casi cincuentona la reina. Queda pie la limpieza moral del buen rey Alfonso a través en de su caída; pero aquella tragedia familiar trae consigo lo que se estimó por castigo providencial a juicio de muchos. El segundo hijo, un Fernando, y el tercero, aquel Sanchito depositado en las Huel¬ gas, mueren niños en 1181, como asimismo un Enrique y otro Fer¬ nando. En 1189 nace un tercero del mismo nombre, que alcanza a los veintidós años: primer adulto sepultado en las Huelgas, en aquel suntuoso lucillo de las Claustrillas. Muere en vísperas del triunfo de las Navas, cuando todo el reino se ilusionaba con sus bellas pren¬ das; muere envenenado, según hablillas, por los judíos, a quienes perseguía, y trajeron su cuerpo con solemnidad extraordinaria la hermana Berenguela y el arzobispo toledano Jiménez de Rada, con turba de prelados y señores: fué golpe que hubo de .abatir a los padres, llevándolos a la sepultura, casi a un tiempo, tres años des¬ pués, en 1214. Todavía otro desenlace... j Desgraciado sucesor su Enrique, débil engendro de aquellos padres ya viejos! Caer en manos del ambi¬ cioso conde de Lara ; mal casado, a los once años, con una portu- guesita que le doblaba la edad, indispuesto con su hermana primo¬ génita Berenguela hasta sitiarla en Autillo, habiendo de acudir los leoneses a levantar el cerco; herido de pedrada en Falencia y fallecido a los once días, tras dé una operación quirúrgica, bien temeraria y sorprendente. Muerte ocultada días y días, dando tiempo a su hermana para arrancar al hijo Fernando del lado de Alfonso de León, su padre. ¡Tragedia de por sí todo ello! He aquí a Berenguela hecha árbitro en situación tan difícil. Recordemos a aquella Leonor, la inglesa casera y sosegada, borda¬ dora de las estolas de San Isidoro, tan apegada al esposo, que se — 425 — fué tras de él la otra vida. Ella hubo de formar a la madre de a San Fernando y a la madre de San Luis, sus hijas ; la que hubo de infundir en Berenguela su energía de carácter, su habilidad po¬ lítica, su dominio de las circunstancias, junto con moderación y rectitud que la hacen digna precursora de María de Molina y dé Isabel la Católica, todas tres gloria singular nuestra. Ya aquélla trajo paz entre castellanos y leoneses al casarse con el susodicho Alfonso, y contuvo las fierezas y veleidades suyas hasta el rompi¬ miento legal. Ahora, constituida en heredera de Castilla, resuelve, a despecho de todos, el conflicto que la separación de ambas coronas traía planteado. Hace al hijo Fernando rey de Castilla, contra la nobleza, representada por los Laras; contra el padre, que lo pre¬ fería todo a fraternizar con los castellanos. Por él es desheredado Fernando; pero sus dos viudas divorciadas, Teresa y Berenguela, resuelven en paz una guerra que parecía inevitable, y Fernando el Santo se encuentra rey de Castilla y León, siempre guiado por Be¬ renguela, y aun atendiendo ella al buen gobierno, tan por largo que sólo seis años le precedió al sepulcro. Pero quizá el mayor de sus triunfos lo obtuvo cuando, puesto en sus manos el condq de Lara, esperando merecido suplicio por sus rebeldías, la reina dió por sentencia un «Yo le haré merced, e más mesurado deviera de ser en levantarse contra mí», según la Crónica de la población de Avila. Al fin,1246 vino aquí a descansar su cuerpo, donde desde en cuatro antes yacía su hija Constanza, monja, y al año otra Constanza, hermana de aquélla, calificada de santa, como ya sabemos, por su pureza ejemplar; ambas, señoras del monasterio; mas no alcan¬ zamos particularidades de sus respectivas vidas. Todavía cupo a la vieja reina, en 1244, presenciar aquí el sepelio de su otra hermana Leonor, la que por bien de paz otorgara ella misma en matrimonio a Jaime I de Aragón en 1221, siendo muchacho aún y no obstante el parentesco, motivo para que a los ocho años se disolviese, vol¬ viendo ella al lado de Berenguela, Este mismo nombre impuso San Fernando a una hija suya, a la que trajo para tomar aquí el hábito en 1241, con honores de señora del monasterio hasta su fallecimiento, en 1279, y en este mismo año Alfonso el Sabio hizo trasladar a — 426 — Sevilla el cuerpo de su madre la reina Beatriz, que estaba deposi¬ tado en las Huelgas desde 1235. Otros dos hijos de Fernandoy Beatriz yacen aquí mismo. Del uno, Sancho, sólo valieron sus títulos: electo arzobispo de Toledo, primado de las Españas y chanciller del rey en 1256, consagrado en 1259 y fallecido en 1261. Del segundo, Manuel, sí hay abundantes referencias, a más del cargo de alférez mayor y mayordomo de su hermano el rey Alfonso, que le profesaba cariño como al que más de sus hijos, y cuya defección, al tomar partido por Sancho, le hirió en lo más vivo; y es triste que el móvil hubieran de ser ambiciones, reveladas por su exigencia de medros, en pago de haber sido quien decidió a favor de Sancho, en el consejo de Toledo y en las cortes de Valladolid, la herencia del reino. Foco le duró su disfrute, pues murió antes que el rey, en 1283, reavivada su memoria en el hijo, don Juan Manuel, cuyas altas prendas literarias obligan a hacerle perdonar su prepotencia. Las conmociones sociales de entonces, el asalto al poder de los señores con rebajamiento de la autoridad real, señalan un porvenir infausto tras del período brillantísimo de los Alfonso el Bueno, Fer¬ nando el Santo y Alfonso el Sabio. Las debilidades de este último se acusan en las Huelgas con haber llegado a sepultarse aquí, de pequeño, un presunto primogénito, Fernando, fruto de tempranos amoríos, y luego el primogénito legal, aquel Fernando de la Cerda, cuya muerte costó acaso el derrumbamiento de nuestras grandezas. Casado con Blanca, hija de San Luis, su padre le mantuvo en la frontera de Andalucía, en pactos con la nobleza rebelde, amenaza¬ dora desde Granada, ayudado en algún momento crítico por su ma¬ dre Yolanda y aconsejado por su padre en carta que merece calidad de programa político de altos vuelos, en que Alfonso revela su fuer¬ za de talento, digna de mejor éxito en hechos; pero la obsesión del imperio le traía desconcertado. Luego, al ausentarse, dejó a Fernan¬ do el gobierno del reino, con encargo de asaltar Navarra, lo que no consintió el rey aragonés; volvióse entonces a remediar el estrago que venía causando el rey moro de Marruecos desembarcado en Algeciras; pero sorprendióle la muerte en Ciudad Real antes de sus veinte años, en 1275, y fué traído su cuerpo a las Huelgas con — 427 — gran pompa. El pleito de sucesión sobrevino luego entre Sancho, el mayor de los hennanos vivos, y Alfonso, primogénito de Fer¬ nando, sepultado junto a su padre, según consta por testimonio de su hija Inés, al dejar en su testamento una manda «en las Uelgas de Burgos do yacen el infante don Fernando mío auelo y don Alfón mío padre». Sigue más progenie de Alfonso el Sabio sepultada aquí. Prime¬ ro, otra Constanza, monja también, fallecida en 1280, de la que no hablan las historias ni sabemos quién sería su madre. Luego, Isabel de Molina, nieta de dicho rey, como hija de Alfonso Fernández el Niño, nacido «de ganancia» quizá antes de su matrimonio. A ella quiso casarla su madre con Alfonso III de Aragón; pero el rey Sancho se opuso violentamente, según su natural, y al fin la casó a gusto suyo, en 1290, con Juan Núñez de Lara, muriendo sin su¬ cesión a los dos años: era nieta, por parte de madre, del infante Alfonso de Molina, hermano de San Fernando. Todavía otra nieta, y ésta de historia, vino a brillar en las Huelgas, como infanta se¬ ñora del monasterio, columna de los necesitados y gran protectora de la orden, que languideció a su muerte. Esto fué Blanca, hija del rey de Portugal Alfonso III y de Beatriz de Guzmán, hija del Rey Sahio, también «de ganancia». Madre e hija estaban en Sevilla en 1283, mal avenidas con el hijo y hermano Dionís, y acariciadas por Alfonso el Sabio, que dotó en grande a Blanca para su casamiento, ño celebrado, al parecer, hablándose sólo de que tuvo un hijo, con cierto Pero Núñez Carpentero, que se llamaba Juan Núñez y llegó a maestre de Calatrava. Había nacido ella en 1259; su tío el rey Sancho estaba empeñado meterla monja en las Huelgas, a lo que en se ella; pero en 1295 accedió, mandando el rey a las mon¬ resistía jas que la recibiesen a cambio de mercedes, y no salieron fallidos sus augurios, pues en esplendidez, cultura y caridad quedó por ejemplo, alcanzando su vida hasta 1321. Tres varones famosos de entonces fueron también aquí sepul¬ tados: los infantes Pedro y Felipe, hijos de Sancho IV, y aquel Al¬ fonso primogénito de Fernando de la Cerda. Todos tres, grandes fautores en Castilla, instrumentos de un sentir político que veia los pueblos como rediles, donde cada pastor con su honda y sus perros — 428 — mantenía el vivir colectivo, graduándolo según sus particulares con¬ veniencias. Alfonso fué desgraciado, quizá excesivamente sumiso a su un abuela y a su madre, que se lo llevaron a Aragón, juntamente con el hermano Fernando, en 1276, al sabei^ el designio del rey Sabio, favorable entonces a Sancho en la sucesión del reino, y fué para caer en manos de Pedro III, que los tuvo presos doce años en Játiva y Morella. Pobres, sin arraigo en Castilla ni apoyo en aquel su tío, buscaron oti'o junto al rey de Francia, en razón del parentesco de su madre, ayuda que resultó pasiva siempre, y al fin hasta hubo de abandonarlos ella, retirada en París a un convento. Sólo tuvie¬ ron eficaz y continuo valedor en el papado, usando del arma de las censuras contra Sancho, como hijo no legitimado, que en esto y en la última voluntad del Rey Sabio reafirmaba sus pretensiones Al¬ fonso. El otro Alfonso III de Aragón apoyó, al fin, sus derechos con amagos de guerra contra Castilla, y se planeó un primer con¬ cierto en 1288. Una vez frustrado éste, Alfonso cayó en las redes del señor de Vizcaya, Diego López de Haro, justamente airado con¬ tra Sancho por matador de su padre, y fué aclamado rey de Castilla en Jaca, apoyándole con guerra aragoneses y granadinos durante años. Coronado luego en Sahagún, y puesta corte en Almazán, se sostuvo Alfonso con frecuentes idas a Francia, ayuda del infante Juan, su tío, y excitaciones del Papa para una avenencia, que al fin se obtuvo, por arbitraje de los reyes de Aragón y Portugal, en 1304. Alfonso renunciaba a sus derechos y dominios territoriales, a cam¬ bio de unos cuantos pueblos, dispersos desde Galicia hasta Anda¬ lucía; mas no se volvió a hablar de casarlo a su tiempo con Isabel, la hija de Sancho, a lo que se resistía su madre, ni darle el reino de Jaén, con que el aragonés le brindara. Cumplióse el pacto, aun¬ que no por completo, dando ocasión a que fuese despajado Alfonso de lo suyo, a pesar de que el Papa clamó contra la usurpación. Quizá siguiera la parcialidad del revoltoso infante don Juan, como fué un hecho en 1313, renovando sus pretensiones; pero, desenga¬ ñado ya entonces, hubo de irse a Francia. De aquí volvió para so¬ meterse a Alfonso XI, que le mantuvo a su lado con la honra que merecía y llevólo a la campaña de Andalucía en 1333 ; mas quedó \ — 429 — en Jerez, porque era muy viejo, y allí fenecen sus noticias. Toda su triste historia gira en de la reina María de Molina, que se le torno opuso para mantener en el trono a su marido, a su hijo y á su nieto, con malquerencia personal hacia el estorboso pretendiente, mien¬ tras acarició a su hermano Fernando, que vivía con la corte desde 1305 y obtuvo ser mayordomo mayor del rey. El infante Pedro valdría más que su hermano Fernando IV ; mantúvose apegado a la susodicha su madre, y obtuvo felices con¬ quistas de fortalezas contra la morisma ; pero se le interpuso el mal ángel de su tío, aquel infante Juan, el de Tarifa, de tan aciaga memoria, compartiendo la tutoría de Alfonso XI ; hasta que ambos fenecieron desastradamente, a la vuelta de una correría contra mo¬ ros, en un cerro próximo a Granada, que aun conserva nombre de los Infantes. Allí, acosados por la morisma, sin consentirles bajar al riachuelo que a su pie corre, abrasados de sed los cristianos, a otro día de San Juan de junio, año 1319, allí perecieron, insensibles a las voces de Pedro y enloquecido él basta morir de súbito. Su otro hermano Felipe le sustituyó como tutor del rey, sin dar que hablar mal tampoco, frente a la procacidad de sus compañeros ; casó con una hija de Alfonso de la Cerda, y sin sucesión murió en 1327, dejando dispuesto que se le enterrase en Santa Clara de Alia- riz, fundación de su abuela ; pero como allí no tiene sepulcro, es lícito creer que yace, conforme a la tradición, en las Huelgas. La viuda de Pedro, María de Aragón, hija de Jaime II, aunque se retrajo en Aragón, alejada de la política, regresó para meterse en las Huelgas, figurando como señora del monasterio en 1328 y 1331 ; mas no sabemos cuándo muriese. También vino a parar aquí su hija Blanca, única heredera de Pedro y riquísima, con la que pretendía casarse el infante Juan, el Tuerto, cuando lo hizo matar Alfonso Xí, en 1326. Por ella se interesaba mucho su abuela, la reina María de Molina, y el rey mismo, que estipuló casarla con Pedro, infante he¬ redero de Portugal, y se celebró el desposorio en 1329, siendo aún niño el novio; pero a los seis años, ante la expectativa de otro ma¬ trimonio y alegándose que Blanca era doliente de perlesía, se disol¬ vió este enlace, y fué a reunirse con su madre en las Huelgas, profe¬ sando de monja y sucediéndola en el señorío hasta su muerte, en 1375. — 430 — Queda por recordar Sancho, bastardo de Alfonso XI y de Leo¬ un nor de Guzmán. Tuvieron dos hijos del mismo nombre; el segundo fué conde de Alburquerque, y murió de treinta años, dato que no se aviene a las características de la momia sepultada en las Huelgas; ha de corresponder, pues, al primero, nacido en 1332, a la vez que el primogénito legítimo del rey. Resultó mudo y fatuo, o sea anor¬ mal, y no es extraño, ya que su gestación sufrió del berrinche de la madre, al ver disipadas sus esperanzas de reina con el inesperado fruto de la esposa legítima. A este Sancho se le asignó el señorío de Ledesma, que le fué retirado por su incapacidad, y murió antes que el padre. Finalmente, hay memoria en las Huelgas de la reina Leonor, primogénita de Fernando IV, casada con Alfonso IV de Aragón en 1329. Al enviudar, temerosa del hijastro Pedro, se vino a Castilla con su hijo Juan, y cayó asesinada por el otro Pedro, en Castrojeriz, año 1359, juntamente con su nuera, para que nada quedase tras de aquel hijo, víctima también suya y uno de los más odiosos crímenes que se le imputan. Transcurrieron más tiempos, sin faltar en las Huelgas la presen¬ cia de hijas de reyes, en obligada doncellez por su bastardía; sin historia, sin nombre casi. Pero la fuerza de la sangre atrepelló el secreto de una última prenda real, la hija de D. Juan de Austria, que, soliviantada por el famoso pastelero de Madrigal, fué testimonio de las duras justicias del Rey Prudente : él, inhumano ;. ella, dignificada por la desgracia. Triste historia la de estos yacentes de las Huelgas: todos arras¬ traron la tragedia de la vida por uno u otro camino, notorio en quie¬ nes hicieron hablar a las crónicas, callado para algunas de aquellas monjas, señoras del monasterio, que aquí se despojaron de sus gran¬ dezas hereditarias para encumbrarse con las preeminencias de su oficio claustral, tan extraordinarias ; y queda sólo asegurada paz para los malogrados, los infantitos niños, a salvo del naufragio que el mundo ofrece implacable a los señores suyos. Dedicación. Hemos recorrido en evocaciones campo de historia definitivo un para el español ; ascenso hacia una de las cumbres de la sociedad ser cristiana, purificada, en cuanto es dable; feliz, en cuanto un buen gobierno puede aliviar de miserias. Y miramos hacia el elemento social que más hondo labora los destinos humanos: la mujer. La inglesa Leonor, formando reyes santos; Berenguela, haciendo pa¬ tria; María de Molina, peleando ella sola, en malos tiempos, contra un mundo que se venía abajo revalidando barbarie. Y vimos aquí los despojos de aquellas vidas, atormentadas en su lucha contra el demonio de las seducciones; pero aun cobijados por las bóvedas del santuario, que huele a incienso como ha siete siglos, que resuena en plegarias, las mismas boy que entonces. Y vemos ambular por aquellos claustros, humillarse ante el Altísimo, vestir el hábito que significó un día la liberación del espíritu, a las monjas del Cister, firmes a través de los siglos, renovando de generación en generación el espíritu de San Bernardo, señorialmente humildes, afables, com¬ prensivas, traspirando bondad e indulgencia. Y contemplamos los blancos chapiteles de las Huelgas, surgiendo entre verdores, comó un oasis de paz, como talismán de conjuro contra los odios, nunca tan implacables como ahora, y nos hace levantar el grito pidiendo oraciones a aquellas monjas, a ver si tras del perdón, que exige reco¬ nocimiento de culpas, alcanzamos la era de paz, que aun no se pre¬ siente, por desgracia. — 433 — COLOCACION DE LOS SEPULCROS EN LA IGLESIA DE LAS HUELGAS (Numerados conforme al piano adjunto.) 1.—Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X. IL—Leonor, hija de Alfonso VIII y esposa de Jaime I. m.—Mafalda, hija del mismo. i (Antes, probablemente, en «órgano».) I IV.—Sancha, hija del mismo. • párvulos. V.—Leonor, hija del mismo. i VI.—Sancho, hijo del mismo. ! VIL—Fernando, hijo del mismo. VIH.—Enrique I, hijo del mismo, rey de Castilla. IX.—Alfonso VIII, rey de Castilla. X.—Leonor de Inglaterra, esposa 'de Alfonso VIII, XL—¿María de Almenara? XII.—Constanza, la santa, hija de Alfonso VIII, monja. XIII.—Constanza, hija de Alfonso IX, monja (antes en «altar»). XIV.—Berenguela, primogénita de Alfonso VIII y esposa de Alfonso IX. XV.—Femando, hijo de Sancho VI de Navarra y primo dé Alfonso VIH. XVI.—Sancho, hijo de San Fernando, arzobispo de Toledo. XVII.—Manuel, hijo del mismo. XVIII.—Berenguela, hija del mismo, monja. XIX.—Femando, hijo de Alfonso X, bastardo. XX.—Isabel de Molina, bisnieta de Alfonso IX, monja. XXL—Blanca, hija de Alfonso III de Portugal y nieta de Alfonso X, monja. XXII.—Alfonso de la Cerda, primogénito de Fernando y nieto de Al¬ fonso X. XXIII.—Pedro, hijo de Sancho IV. XXIV.—Felipe, hijo del mismo. XXV.—Maria, hija de Jaime II y esposa del infante Pedro. XXVI.—Blanca, monja, hija de los anteriores. XXVII.—Sancho, hijo de Alfonso XI, bastardo. (XXVIII a XXXIIL—Sepulcros anónimos, en el pórtico.) — 434 — XXXIV.—Leonor, hija de Fernando IV y esposa de Alfonso IV de Aragón. XXXV.—Constanza, hija de Alfonso X, monja. XXXVI.—^María de Aragón, hija de Femando el Católico, monja. XXXVII.—Margarita de Saboya o de Austria, duquesa de Mantua, tía de Felipe IV. XXXVIII.—Ana de Austria, hija de don Juan de Austria, abadesa.