I/S .'ft ■. I 7' -'^■^-fi, ' / , *. ■'"'ííÇ > ' ,- ' '' ^ A ',77 % :> x «"t », < ...y^ri.;:». i-.-o-... ,.; - VX'/» . •-■ ,,;1;f EL SELLO DEL CARDENAL DE VALENCIA DON RODRIGO DE BOlUA SALVO que el estilo ojival parece casar mucho mejor que ningún otro con la cera de los sellos, difícilmente se hallará en toda España uno que pueda compararse por su hermosura y por su importancia histórico- artística con el que reprodujimos (*). Es el sello que usó el después segundo Papa Borja, cuando visitó en 1472 la patria española, después de largos años de residencia en Boma, siendo Arzobispo de Valencia, Cardenal obispo del título de Alhano, Vicecanciller de la Santa Romana Iglesia y Legado á Mere ((en España» (1) con misión del Papa reinante, Sixto IV. El ejemplar que reprodujimos —y del cual se han hecho vaciados— pen¬ de de un documento del Archivo histórico nacional:conozco otro, roto, más pequeño, ,en el archivo de la Catedral de Valencia. El sello, resguar¬ dado en caja de hojalata, como se vé es de doble ojiva, en cera roja, rodea¬ do de un cerco de cera blanca, la letra siguiente: RÜDÜRICVS EPS. con ALBANENSIS II SCE RO. ECCE VICECANCELLARIV, y repite, con el timbre prelacial, el escudo partido con el buey (de gules) que es de Borja y las fajas (de sable, en campo de oro) que es de Doms: diferencia con el pri¬ mer Papa Borja (Calixto III) que usó solamente lo primero (2). El documento del cual pende el sello en el Archivo histórico nacional tie¬ ne la signatura: Scala Dei. A. 1473. E. y es una confirmación fechada en Valencia, dictada por el Legado en dicho año 1473, usando por cierto en su redacción de las fórmulas mismas de las Letras apostólicas (3). (•) [El texto dice «reproducimos»; se modifica por no haber podido publicarlo.] ílj Nótese aqui, como en tantos otros documentos, que se hablaba de «España» y no de «Castilla, .-dragón y Portugal», que ¡emn a la sazón las tres coronas ppininsu- lares, detentada la de Navarra en perjuicio «je su ¡hija por el Rey det .\ragón. (2) iDoña Sibila iDoms fué abuela paterna de Alejandro VI, es decir, suegra, de doña Isabel de Borja, madre suya y hermana de Calixto III! pues .Alejandro VI era Bonja por su padre y por su madre, pero era el Borja materno, el menos noble, el de su tio. (3) Al dorso. = «Coniirmacio feta per lo léguât del sant pare en la sententia donada per lo patriarcha de ,Alexandria archetoisbe de Tarragona sobre la questioi que aze entre lo Monestir de Sanctas Creus e lo Monestir de iScala Dei de cartoxa, per le Mo¬ nestir de Bonrepos ab les rendes e drets e bens de aquell donada a Valencia a xxvi de juliol any Mcccclxiij.» Ea Sentencia es también de 1473. Al fin: «Datum Valentie Annoa Nativitati domini Millesimo quadringetesimo septuagé¬ simo tertio die vicésima sexta Mensis julii Pontificatus sanctissimi in xpo·. patris et domini nostri domini Sixti diuina prouidencia pape i i i i Anno S'ecundus.» â4Ô Aparecen cuuiu en relablillo las imágenes que indican las lelras S. IIIK- RÜ, AvE MARIA y ,S. AGVST, arriba en buslo, y abajo, de cuerpo ente¬ ro, S. SEBAST, S. NICOLAVS y S. MICAEL, no acertando yo a sacar consecuencias de esas predilecciones devolas, pues no sé por qué razón conocida babí^ de tener devoción el Legado a San Nicolás, especialísi- ina, a San Sebastián y a San Miguel, en segundo lugai". El y su abuelo se llamaron Rodrigos, Alfonso ^sc llamaba sd tío el Papa, Jofres su padre y uno de sus hijos, Pedro Luis, J uan y César los otros. La devoción a San J erónimo y San Agustín había de ser general en todo Prelado de la Iglesia latina, y ni que decir tiene la naluraleza universal de la devoción a la Virgen María. Dígolo todo eslo para dejar en alto una duda: si el escudo íué encargo personal de don Rodrigo de Borja, pues pudo aprovechar la matriz abierta pai-a otro alto dignatario de la Iglesia, cambiando letra y escudo, ¡que de todo hay ejemplos en la picara Historia! (1). No parece esto verosímil, sin embargo, y creeré que el Prelado orante del baldaquimo que los escudos flanquean en lo más bajo del escudo es el mismísimo celebérrimo don Rodrigo; orondo, rnorenote, que ya de chico se distinguía por ,sus gruesos labias sensuales; marrahinet, moreni- 11o morrudtl era, según testigos, a los ocho años cuando ya cabalgaba por la huerta de Játiva caballero en su jaquita. La unidad del estilo y isobre todo la novedad del mismo, para ser del año 1472, demuestran, con toda probabilidad, que el ruinboso prelado ro¬ mano encargó le vaciaran notable matriz para su escudo como para lu¬ cirlo con el aparato y magnificencia i La apostilla está escrita, con ser tan breve, medio en castellano, medio en italiano, creo que no la escribiría Monseñor Bernini, ensuciando el ejemplar, sino alguien eii la embajada misma, al ofrecerse alli, ya inexacta la noticia del (primer) destino del crucifijo en El Escorial, porque la noticia había sido exacta de 1649 a 1659, y qués del Carpió, Duque de Montoro,, recordar medianamente la cosa. el Mar¬ El aludido Marqués del Carpió es el hijo del favorito de Felipe IV, cuya curiosí¬ sima nota biográfica recogí en el «Boletín de la Sociedad Española de XVII, XIX y XX. Excursiones», S59 párrafo siguiente: «El año de 1659, llegó a España la Imagen del Ghristo Crucificado de bronce, y dorado, que mandó hazer en Roma de orden del Rey el Duque de Terranova, para la Capilla Real del Pantheon, En¬ tierro de los Catholicos Monarchas de España. Fué su artífice un sobri¬ no de Julian Fineli (alievo, o Discipulo del Algardi) (1), que siendo mozo, mostró en esta Obra más de lo que se esperaba. Traxéronlo a Palacio por i el mes de Noviembre, y fué visto de su Magestad en la Pieza Ochava- Y' da, y luego mandó a Diego Velazquez diesse orden de llevarlo a San ' Lorenzo el Real, y que fuesse también allá, para ver la forma que se avia de tener en su colocación: hízolo como su Magestad lo mandaba». Palomino fué redactando su libro durante muchos años, publicándo¬ se la 2.^ y al parecer la 3.° parte (integrándose el tomo 11 con ellas) en 1724 (2), pero sabido es que aparte de haber llegado el pintor-escritor a Madrid en 1675, y ser pintor de la Real Casa desde 1686 (con Coello) y «del Rey» en 1688, y en algún modo ayudante de Lucas Jordán en las inmensas creaciones de las bóvedas de El Escorial, por los años de 1692 y siguientes, todavía merece más fe el testimonio suyo respecto a los úl¬ timos años de la vida de Velázquez, por ser la vida suya que escribió (la única larga y subdividida en muchos capítulos en su libro), un resumen concentrado de la biografía (hoy perdida) que de Velázquez escribió su personal discípulo Alfaro. Textos escurialenses del P. Santos A pesar otra cosa diga Ponz, no recogió la noticia del Cristo de que segundo historiador descriptor de El del sobrino de Finelli el P. Santos, el Escorial, sino el tercero, el P. Ximénez. En la primera edición del libro del P. Santos, en 1657 (aparte el Cristo de Leoni, claro está) se anotan otros dos, uno en el Panteón, ya inaugurado, y de cuya obra y de cuya inauguración particularísimo cronista el autor, y el otro en el altar es de la sacristía, construido por Felipe IV, y anterior al actual de la San- IS ta Forma. Con sólo hacer notar al lector que esta primera edición del libro del P. Santos es (de 1657) anterior a la fecha (1659) en que Veláz- quez puso el Cristo del sobrino de Finelli, ya tiene bastante para la ex¬ plicación s'guiente: ) Que el P. Santos, sin conocer nombre de los dos autores, conoció dos (1) Baldinucci, entre los discípulos, bastantes, de Bemini, .cuenta a «Gluliano Finelli celebre nella Scultura». Aun con la rivalidad del Algardi y el Bernini, pudo ser discípulo de ambos consecutivamente, p ¡haber ^error en Palomino. (2) Sobre la fecha de la tercera Parte del Palomino, numeración seguida a la segunda, ,de 1724, jpero ciertamente aplazada algnin tiempo su impresión, ya dije en una ocasión, acaso demasiado categóricamente, que se debió retrasar hasta 1733, fecha de la nujeva edición del Orlandi, que todavía,no lo aprovdtcha. Cristos de bronce; dorado, el uno, que ya dice que había estado en el Panteón, entonces en la sacristía [y que es el de Tacca]; y el otro, que entonces estaba en el Panteón [y que es el de Bernini], que después de 1659 había de pasar al Colegio. Es decir, que en pocos años hubo sucesivamente dos sustituciones en el altar del Panteón. El Cristb de Tacca, como traído a España interviniendo Crescenci, hubo de llegar antes del año 1635, en que en verdad murió Crescenci (no en 1660, como se creía, y que yo mismo he rectificado documenlalmenle en otro trabajo mío) (1); el Cristo de Bernini, como lo trajo la nueva Rei¬ na doña María Ana de Austria, en su viaje de bodas (?) y como regalo pontificio, tiene fecha segura de su arribo a España en 1649. Ya esas dos fechas, de antes de 1635 (para el de Tacca) y de después de 1649 (para él de Bernmi), y la de 1659 (para el del sobrino de Finelli), nos bastarían, en relación con los textos ya aducidos, para decir que el de Bernini sus¬ tituyó al de Tacca y el de Bernini vino a ser sustituido por el del sobrino de Finelli. Y, en efecto, el P. Santos conoce el Cristo (de Taoca) en la sacristía, diciendo: «Estuvo algún tiempo en el Panteón, y después tra¬ yendo otro, cuya medida se ajustaba más a la capilla de aquella Real Fábrica: determinó Su Majestad [Felipe IV, reinante] que éste se pu- siesse aqui [sacristía], y se le biziesse Retablo: autoriza grandemente esta pieza (fol. 44). A sus pies, en el nicho, colocóse la Perla, de Rafael, y allí estuvo hasta la transformación en retablo y camarín de la Santa F r- ma. La vecindad de maravilla pictórica tal, tan estimada además del Rey, pregona el aprecio que éste hizo del Cristo [de Tacca] al ofrecerlo en tal compañía. La ignorancia del nombre del autor por el P. Santos en el uno y otro Cristo, es disculpable, pues desconocería el libro de Baglioni, publicado en Italia ocho años antes y referente al Tacca, y no tenía por qué saber lo que referente al Bernini dijeron los biógrafos de futuras ediciones de la vida del escultor de los Papas. Documentación en El Escorial no ha¬ bía de haber, por ti'atarse de regalos del Rey, en relación los Monarcas con Papas y grandes duques de Toscana en esa obra de Bernini y en otras, al menos, de Tacca. Ni en el siglo XVII preocupaba de la obra do arte tanto el autor como el juicio objetivo de la excelencia de la creación: al menos ese era el criterio de frailes y de magnates.' Llegado el tercer Cristo, el del sobrino de Finelli, en 1659, trasladóse el segundo [el de Bernini] a la capilla del Colegio del propio Escorial, (I) Después de una rebusca complicada, véase la demostración documental y absoluta del fallecimiento del Marqués Cresoenci en 1635, en el § intitulado «Se com¬ prueba cierta la fecha del fallecimiento del iMarqués arquitecto protector de Pereda en 1635», en mi libro «Don Antonio de Pereda», Valladolid, y en el «iBoletín de la Sociedad Castellana de (Excursiones» (del que fué extracto en tirada aparte), p. 161 del tomo Vil, 1915-1916, l.árn. XXX.—Pieti'O Tacca : Críalo del Aliar de la Santa Forma. (El Escorial.) 36Ï sector parte del gran monumento en cuyas dependencia subsiste en el o siglo XX. Las sucesivas ediciones del libro del P. Sanios dan de ello la prueba, con ser las tales tan meras repetidoras, en general, de la pri¬ mera, sin modificaciones notables. En efecto, en dicha capilla del Colegio y su altar, en la l.'* edición había (fo. 77, v.°) un «Retablo en que está un Quadro grande de mano de Peregrino [Tibaldi], cosa maravillosa. Represéntase en él Christo Señor nuestro en la Cruz [descríbese] (1). Dióle a esta Casa el Rey Phi- lipo Quarto». Y, en cambio, en las últimas ediciones —desconozco la segun¬ da de 1G07—, la tercera de 1G81 y la cuarta de 1698, ya cambia el texto del P. Santos para decir «... una imagen de Cristo Señor nuestro cru¬ cificado. de preciosísima hechura. Es de bronce, y estuvo antes en In capilla del Panteón, y por ser pequeño para allí, aunque tiene cinco pies de alio, mandó el Católico Rey Felipe Quarto se pusiera aqui [capilla del Colegio, para rezar maitines y salves] y se le hidesse este Retablo, para que estuviese con toda decencia». Advierto que en esas últimas edi¬ ciones .sigúese diciendo, a la vez, lo del otro traslado do otro Cristo del Panteón a la sacristía, copiándose, aquí cxactísimamente, las palabras de la primera edición en todas (2). Todas, pues, las ediciones del libro del P. Santos, dicen en el retablo de la sacristía; «Hazcse en él, una Caxa, cuyo medio ocupa un Crucifixo de Bronce dorado, admirable; su tamaño es poco menos del natural, su echura de estremado primor», si¬ guiendo las palabras ya copiadas; «Estuvo algún tiempo en el Pan¬ teón...», etcétera (3). También hallo disculpable el olvido del sobrino de Finelli en todas las ediciones del siglo XVH, del libro del P. Santos, ya que la primera de Palomino no se publicó hasta 1724, o después, y ya que permaneció inédita hasta que hubo de perderse la Biografía de Velázquez de mano de Alfaro, en que se contendrían esa y tantísimas otras noticias. (1)«Christo, Señor nuestro en la iCruz, dos vezes mayor que el natural, y aun no sé, si mas. Oscurecido el Sol, y la ¡Luna, y vaiiedad de Xubes, que enlutan el Cielo, por la muerte de su Criador. Abaxo unos Edificios de hermosa .XrchiVectura.; las distancias de mucho arte; y todo de extraordinaria inventiva.» (2) Incluso, aunque parezca absurdo e inexplicable descuido, en la de 1638, que con posterior al nuevo altar de la 'Santa Forma y isus pregoneras cosas barrocas, ser y posterior al maravilloso lienzo de Claudio Coello, no cita ni lienzo, ni barroquis¬ mos, ni camarín, copiando al pie de la letra de las ediciones anteriores. Pero ei Cristo no había cambiado al esconderse tras del cuadro, teniendo ya a sus pies la riquísima hoy perdida custodia, y no ya la Perla de Rafael, aunque se repita y se diga todo lo de esta tabla. lEl P. 'Santos no sólo vivía en el año de esa edición, isino que era Prior, fallecido, como sabemos que murió en 1G09I (fol. 43, v.» en la primera edición, 50 en las iguales: de 1698). (3) Sobre su tamaño y ei que llegue a creer error del P. Mayorga, véase luego. 362 Textos esourialenses del P. Ximénezj Vino a recoger la noticia el tercero de los El Escorial, o sea el P. Ximénez. historiadores-descriptores de Voy a copiar todos los textos del P. Ximénez. En el Panteón (p. 344): tiCrucifixo del Panteón: «Es este Crucifixo de Bronce dorado, de cinco pies de alto, j de excelente hechura: hízose en Roma de orden del Señor Felipe Quarto. Fué su Artífice un sobrino de Julián Fineli, Discípulo del âlgardi; y vino a colocarlo Don Diego Vclázquez. La cruz es de mármol negro de Vizcaya: el Título de Bronce dorado, expresado en las tres Len¬ guas en que se puso en la muerte de Ghristo; y todo tan ajustado, grave, y devoto, que está moviendo al culto rendimiento de todos cuantos en¬ tran allí.» Como observará el lector, el párrafo anterior está escrito sobre el tex¬ to de Palomino. El mismo P. Ximénez (p. 297) (en el altar de la Santa Forma): «Sobre la Custodia, en el mismo cóncaho de la Capilla Trasparente, en lo que res¬ ta de la altura, hay una prodigiosa Efigie de Christo nuestro Bien en la Cruz, casi del natural, de famosa hechura: es de bronce dorado a fuego, y se mira como en el ayre, sostenida de dos Angeles del mismo dorado metal, con gyrosa posición. Dan estas preciosas Joyas un magestuoso realce a la noble Arquitectura del Retablo, y todo se mira graciosísimo, como se demuestra en la Lámina que antecede.» Estesegundo texto del P. Ximénez, como puede comparar el lector, es independiente también del texto del P. Santos a quien no le toma ni los adjetivos laudatorios siquiera. Tampoco le reproduce la noticia del tras¬ lado. Es que el fraile más moderno, ante el retablo de Santa Forma, había de evitar el original del fraile predecesor por redactado antes de la crea¬ ción barroca de Carlos 11. «Capilla del Colegio. Altar y Retablo de la Capilla del Colegio. El mis¬ mo P. Ximénez, por último, (p. 155): «En otro testero de enfrente [del de la silla del Rector] hay un Altar v sobre él se levanta un Retablo de cinco varas y media de alto, con su Zócalo, Colunas. Arquitrabe, Friso y Coronación de mucha curiosidad: y en el Frontispicio un Florón de grande bizarría, todo dorado: con Mol¬ duras, Filetes, Hojas, y otros ornamentos de vistosa composición. Fór¬ mase en medio de este Retablo un Nicho o Capilla quadrada, en que está colocada una imagen de Christo Señor nuestro Crucificado, de preciosí¬ sima hechura. Es de bronce, y estuvo .antes en la Capilla del Panteón, y por ser pequeña para allí, aunque tiene cinco pies de alto, mandó el Rey Felipe Quarto se pusiese aquí, y se le hiciese este Retablo, para que es¬ tuviese con toda decencia.» 363 En este tercer párrafo del P. Ximénez, ,sí que se copia al pie de la letra (como tantas veces en su libro) el texto anterior del P. Santos, de¬ mostrándose que no tenía noticia de nuevo cambio en el Cristo. El resumen de Ponz y su error El libro del P. Ximénez se redactó, como se ve, si con noticia del tex¬ to de Palommo, referenle al sobrino de Finelli, sin lenerla de las refe¬ rencias del Baglioni a Tacca y de los biógrafos italianos al Bernini. Xo era el P. Ximénez quién para mostrar tales perfiles de erudición artística extranjera. Su libro escurialense de 1764, precede al «Viaje» de Ponz. es decir, al libro de «Viaje» de Ponz, que antes de escribir en el tomo II lo de El Escorial (1.® redacción en fin de 1765 y año 1766). en El Escorial había residido, con el encargo de pintar retratos de varones ilustres para decorar la Biblioteca. Ponz había de saberlo todo, pues en Italia había vivido mucho, y lo ^upo: es decir, la noticia del sobrino de Finelli, por Palomino; la del Tacca, por Baglioni, y la del Bernini, por Baldinucci. Su libro era además como réplica o dúplica del viaje del P. Caimo. ita¬ liano, «El Vago italiano», que ya recordó bien que mal lo del sobrino de Finelli (1). Pero de Ponz, al proponerse por primera vez el problema de la adjudica¬ ción de los Cristos a escultores conocidos, arranca el error que hoy veni¬ mos a deshacer.Porque a él le sonaba mucho y conocía obras de Tacca, y ni que decir tiene que le era conocidísimo el Bernini, y como, en cambio, eso del sobrino de Finelli, y aun Finelli mismo, le era medianamente ima¬ ginable, se decidió a una hipótesis (sin estudio de la más fácil cronolo¬ gía), causa que ha sido de los errores o pretericiones corrientes. El texto no dice del ^Cristo de la sacristía (carta 3.X núm. 54, tomo II), sino «de cuyo autor no se tiene noticia»; de los otros dos dice lo que aho¬ ra vamos a eopiar, porque al fin es el único crítico que se ocupó de ellos directamente: En la capilla del Colegio «hay un excelente Crucifixo ,de bronce algo menor el natural, y éste ha de ser el que Felipe Baldinucci, en el Ca¬ que tálogo de las obras del gran profesor Lorenzo Bernini, dice que hizo (1) He hecho la lectura esta vez fen la Bibliotieca Nacional de Madrid) sobre la edición francesa «Voyage d'Espagne», de 171^, falta de la otra; a pero es lo mismo. «Sur l'autel {del Panteón) est un Crucifix de bronze doré, dont Ja croix est de marbre noir de Biscaye. Il a été fait a Rome par le célèbre Einelli 'siq, todavía, como la errata de la edición italiana que Ponz no perdonó notar], et placé, comme on le voit, par Diego Velasques.» El propio Caimo, que describió el retablo y camarín de la Santa Forma, el lienzo relieve del frontal, custodia, sus riquezas y viril, no citó el Cristo. El del Colegio, tampoco; pero no habiendo mentado su Sacristía en su breve libro, tiene esto más excusa. para la real papilla 'del Señor Felipe IV. en donde expresa el tamaño, y la materia de la figura, y se colige también por su artificio, y por la cir¬ cunstancia de haber estado antes en la capilla del Panteón, que natural¬ mente será la que quiere expresar Baldinucci». (Carta 5.^ núm. 24, del tomo II). A este texto no bay reparo ninguno que oponer. El párrafo del error de Ponz es,,el referente al Panteón (carta S.'', nú¬ mero 07, tomo II): «Un crucifixo de bronce dorado, con quatro clavos; y las noticias que basta ahora se han tenido aquí [el «aquí» es referente a España en general, sin duda, por lo de Palomino] acerca de esta ima¬ gen son de que la hizo un sobrino de Julián Fineli (el P. Caimo dice Ti- nelli), discípulo del Algardi, y que fué colocada por D. Diego Veláz- quez; pero según lo (]ue escribió Juan Baglioni en la vida del Marqués Cresconci, el autor de este Crucifixo fué Pedro Taca, de Carrara, y es muy de creer, por las señas que da de los quatro clavos, y por el trato que este escritor tuvo con el mismo Crescenci, a quien naturalmente se le oiría. Puede muy bien ser ,Pedro Taca el sobrino de Julián Fineli o Tinelli, que era también de Carrara ». En nota alude el propio Ponz (2." edición del tomo II), a su lomo yi, en que hace más estudio de Tacca, diciéndole discípulo, que sí lo fué, de Juan Bolonia, pero no más estu¬ dio de la imagen del Crucifixo ciertamente (núm. ,10 del Buen Retiro y y núm. 8 de la Real Casa de Campo). Pero en la segunda cita /la del Felipe ,111 de la Casa de Campo, hoy en la Plaza Mayor de Madrid, obra de Juan Bolonia y Pielro Tacca cola¬ borando) no está la clave del error de Ponz, por la circunstancia de que él no supo el nombre y apellido del verdadero sobrino de Finelli. Este cabo suelto pide pensar en que fuera Ponz llevado al error por texto del P. Calmo, con ser su tema contradecir al «Vago Italiano», aunque éste tampoco dijo nada de clavos. La primera advertencia y reparo al problema Después de Ponz es inútil ir enumerando libróte y guías, en todos los cuales a base del opinar de Ponz (sin mentarlo nadie), se deja anónimo el Crucifixo de la sacristía y se atribuye en redondo a Tacca el del pan¬ teón; además se deja de mencionar'siquiera el de la capilla del Colegio, y no se sabe citar la pequeña sacristía del mismo. No creo que el problema de los tres Crucifixos se haya vuelto a plan¬ tear hasta 1910, en que yo lo fui tratando incidentalmente, en el «Boletín de la .Sociedad Etepañola de Excursiones» (págs. 121 y 122 del tomo XVIII), en estos términos, después de hablar (y por primera vez en Es¬ paña, creo), de obras de Giuliano Finelli en nuestra Península, como son 365 los leones del salón del trono del Palacio Real de Madrid y las estatuas orantes ^de los Condes de Monterrey, en las Agustinas de Salanranca. Dije: «Un sobrino de Giuliano Finelli, cuyo nombre no se conservó por el P. Santos [debí decir «por Palomino», aunque a éste lo cité en nota, pero sin haber debido citar al P. Santos], y por Ponz al conservar la no¬ ticia, expresan que fué el autor del crucifijo del Panteón de los Reyes de El Escorial, que dicen que puso allí el mismo Velázquez en persona. Noticia por cierto en contradicción [la creía yo, ligeramente; ahora se ve que era contradicción aparente] con la que el mismo Ponz admite del Ba- glioni de que el tal crucifijo ts de Tacca y que lo dispuso allí el arqui¬ tecto Crescenci, que dirigió la fábrica de la solemne fúnebre pieza» [Sigue en nota lo que después copiaré, sobre el problema de la identificación del ((Sobrino de Finelli», en Ponz y según mi opinión]'. ((Sin entrar a discutir el punto —siendo lo probable (fui añadiendo) que ambos crucifijos estén en El Escorial y que sea uno el del Panteón y otro el del Camarín de la Santa Forma: bronce dorado también—, estamos en el caso de decir cómo se llamaba este artist^, conocido entre nosotros por sola su condic'ón de sobrino de Finelli: como ya se ha dicho, era su nom¬ ine Doménico Guidi.» ((El crucifijo de la Santa Forma es anónimo hasta ahora, y va acom¬ pañado de dos ángeles (1). No lo he visto nunca bien, es decir, abierto el altar, bajado el incomparable lienzo de Claudio Coello; pero me parece demasiado clásico para ser del reinado de Carlos II.» Mis observaciones, en realidad mis alisbos, coincidenles con la ver¬ dad que ahora queda absolutamenle conocida y demostrada, no fueron conocidos ni por tanto aprovechados o desechados por el P. agustino Ri¬ cardo Mayorga, que en 1913, y en el tomo 93 (págs. 17G a 189) de la revista agusliniana La Cinflad de Dios, publicó un estudio intitulado ((Los Crucifijos del Real Monasterio de El Escorial», con ocasión (de actualidad retrospect'va), del centenario de Constantino y la Paz de la Iglesia y de las Exposiciones católicas de la Cruz y el Crucifijo, que se celebraban en Madrid, en Barcelona y en oirás partes. El P. Mayorga estudia: el marmóreo de Cellini (págs. 17G-180); el de Leoni (págs. 181-183); el de Bernini, sin citar autoridad alguna y cali¬ ficándolo de mediano; y el del panteón, ((de Tacca», pero sin citar autori¬ dades para la atribución, y para añadir (aunque es verdad) que Velázquez para, poner el actual del Panteón quitó el de Bernini, añadiendo, ¡nove- (1)Estos dos ángeles, noblemente concebidos, bellamiente lanzados en el aire, no creeréprobable en modo alguno que sean del tiempo de (Carlos 11, ipero ¡no serán tampoco obra de,Tacca, el autor del Crucifijo, al que'acompafian. Habrán de ser de la serie de esculturas en bronce, de decoración más bien, que Crescenci encargó a Francucci; es decir, acaso compañeros de encargo de los ángeles que llevan lucer- narias en el Panteón mismo. Conste, sin embargo, que no he podido hacer estudio crítico camparativo. 366 dudí, la cantidad del valor, 33.000 reales. Habla además del anónimo de laSanta Forma, diciendo (también sin citar autoridades, ni explicar la por tanto inexplicable (1) cronología) que estuvo primero en el Panteón y se sacó de allí para poner el de Bernini, al trasladarse al altar de la sacristía: y habla, además, todavía, de uno de innoble cartón «de Gra¬ cia» «Buena muerte»; del de marfil en el reclinatorio del oratorio de ma¬ o deras finas del «Palacio»; del de marfil hoyen las habitaciones del arre¬ glo Florit de las sabias de las hijas de Felipe II, y, finalmente, de uno de bronce dorado con Magdalena en el oratorio «del obispo». Todavía hace mención, en el camarín «de Sta. Teresa», de uno malo de plomo barnizado, curioso por decirse ser de las primeras obras de arte de los filipinos al hacerse cristianos. Del «del obispo», que es chico, nos da las medidas. Nos interesa re¬ petir aquí, en cambio, las que da de los otros Crucifixos, alguna inexacta, que rectificaremos. Según el P. Mayorga, son las siguientes: (El de Cellini 1,80 m. mármol.) El de Leoni 2,50 m. El de Bernini 1,40 m. El del Panteón 1,25 m. El de la sacristía 1,90 m. (¡parecería más pequeño!) (El de Gracia 2,00 m.) Quedan, después de la exposición de todos los antecedentes esenciales (sin dejar uno), los problemas siguientes: 1." Lo del «sobrino de Finelli», que (contra lo que creía Ponz) no puede Tacca, ser en manera alguna, y que es, con toda probabilidad, To- maso Guidi; 2." La explicación, meramente hipotética, del doble trasiego de Cris¬ tos del Panteón por Felipe IV, asunto en relación con las medidas de los tres Crucifixos de bronce dorado, y 3.° La dificultad única (para lui tesis), basada (por Ponz) en la no¬ ticia de los cuatro clavos que se decía tener el Cristo de Tacca. £1 sobrino de Finelli no es Tacca, sino Guidi Lo del «sobrino de Finelli», planteado e hipotéticamente resuello por Ponz en el texto ya puntualmente copiado, lo rectifiqué yo en la nota antes anunciada, en que dije así: «Ponz se salía de la contradicción (de dos Cristos, uno de Tacca y otro (1) «Inexplicable», por ser la fecha de lo de la Santa .Forma de Carlos IT tan tardía; explicable, al declarar que ya Felipe IV habla hecho altar para el .Cristo #11 el mismo lugar. > 567 del sobrino de Finelli), colocados en el altar del Panteón, admitiendo corno mera hipótesis que Tacca fuera el anónimo sobrino de Finelli, siendo am¬ bos carrareses. Y es fuerte cosa (airadla yo) que al dar (yo) con el verda¬ dero nombre del sobrino, Doménico Guidi, nombre que ignoraba Ponz, resulte el caso inesperado de saber que otro Guidi, Antonio, ingeniero del Gran Duque de Toscana y cuñado de Tacca, vino a Madid en 1616 a co¬ locar el caballo y el Felipe III, hoy en la Plaza Mayor. De todas mane¬ ras, Tacca no sería sobrino de nadie de los aludidos, por ser de una ge¬ neración anterior. Advierto, al explicar este punto, sólo aparentemente confuso, que preci¬ samente Ponz habla de este Antonio Guidi, ingeniero (1616), cuñado de Tacca, pero no tiene Ponz ni idea del Doménico Guidi, nombre del sobri¬ no de Finelli. El error de Ponz, aun ante los datos que Ponz conocía, es evidente, pues si Tacca ya intervino, en colaboración con su maestro Juan Bolonia, en la estatua ecuestre de Felipe III, años antes de que en 1616 su cuña¬ do el ingeniero Antonio Guidi la colocara en la Real Casa de Campo de Madrid —y sí antes (como he visto en Papini, obra citada, pág. 118), ya en 1589 adquiría cuadros de Pierin del Vaga y Sogliano—, no podía por varias razones ser el que Palomino, referente a obra de poco antes de 1659, determina con estas ya copiadas palabras; ,«E1 año de 1659 llegó a Espa¬ ña la imagen... que mandó hazer en Roma de orden del Rey el Duque de Terranova... Fué su artífice un sobrino de Julián Fineli (alievo o discí¬ pulo del Algardi) que siendo mozo, mostró en esta obra más de lo que se esperaba.» Los más de óuarenta años transcurridos entre 1616 y 1659, entre obras ya muy serms de Tacca y la del mozo por 1659, ofrecen la mayor contradicción a la solución de Ponz, objeción afianzada por los demás en¬ cargos de esculturas por el propio Duque de Terranova, y precisamente a Giuliano Fmelli, tío del «mozo», y por orden de Felipe IV también, como los ya citados leones hoy del trono de nuestros Monarcas (cuatro) y de las mesas del Museo del Prado (ocho). Como conocemos el período de esas gestiones del Duque de Terranova, nunca Virrey de Vápoles -—como le llama el escritor coetáneo Passeri, pero sí napolitano, de nacimiento y de Estados, y sí Virrey, pero de Cerdeña y además Embajador de España a Roma—, vemos que se acomoda con toda exactitud a la fecha que ex¬ plica lo del crucifijo de El Escorial, o sea la fecha de la muerte de Finelli. En efecto, Giuliano Finelli falleció en Roma en 1657, dos años antes de la llegada a España del Crucifixo «del sobrino de Finelli», y falleció en Roma poco después de su tercer viaje y estancia en Nápoles, y fué precisamente en esta ocasión cuando por Felipe IV le encargó Terrano¬ va el modelo de nuestros famosos leones, que precisamente en Madrid 368 habían de ser fundidos después, lieinpo de Velázqucz» (y j^ior lardo, den antes de la muerte de éste, en 1660) por el escultor Domingo de la Rioja y su discípulo Manuel de Contreras (todo sabido por noticias de Palo¬ mino, a base seguramente del libro perdido de Alfaro; «Vida de Yelázquez»), A la luz de todas estas noticias, relacionándolas, resulta que murió b'inelli en 1657, que no él, ni en Italia, sino otros y en Madrid fundieron sus leones, antes de 1660, y que si antes de 1659 vino fundido un intere¬ sante crucifijo, del que fué su artífice sobrino suyo... que siendo mozo «un mostró en esta obra más de lo que se esperaba», hecho por encargo de Pelipe IV, interviniendo Terranova, se cae de su peso la enorme probabi¬ lidad de la explicación de que el tal Crucifixo estaría ya encargado por Terranova y para Felipe IV directamente a Finelli, cual otras obras de encargo del Rey y por mano del propio magnate, y que ante la desgra¬ cia del artista, un «mozo», sobrino suyo, seguramente que colaborador suyo, y seguramente también en el mismo taller, se prestó y se afanó en ejecutar el regio honrosísimo encargo, logrando un gran éxito, puesto que se aceptó y que se recordó ya por los artistas españoles, aunque ol¬ vidando el nombre del sobrino. No es preciso recordar los centenares de ejemplos, de colaboradores y regentes de taller acreditado; bástenos mencionar a Pintorricchio y a Rafael, en uno y otro taller de Perugino, o ,a Alonso Cano en el taller de Montañés, y decir cuántas veces el que llamaría yo «discípulo en Jete» es el verdadero autor de obras que acaso cobró como suyas el «maes¬ tro», viejo o enfermo. Por eso, lo que para esclarecimiento del crucifijo de El Escorial tal¬ laba saber precisamente el nombre y biografía de todos los sobri¬ no era nos que llegara a tener Giuliano Findii, sino si era sobrino suyo el que siguió en sucesión profesional y artística el taller del maestro. Y eso nos lo da hecho el ya aludido lihro de Passeri, entre las 36 bio¬ grafías que contiene de escultores que «han trabajado en Roma, muer¬ tos entre 1641 y 1673», que al ofrecernos la de Giuliano Finelli, dice que fué de Carrara, nacido en 1602, que fué educado en Nápoles como escul¬ tor, al lado de Michael Angelo Nacherino —del que tantas ohras le he po¬ dido demostrar en España—, en los ocho años últimos que fué escultor favorito de nuestro famoso Virrey de Nápoles, Conde de Monterrey (dos veces primo hermano y dos veces cuñado de Olivares), por 1637; que fué rival y enemigo mortal del arquitecto Cósimo Fanzaga, y que fué quien hizo (aquí lo interesante) las grandes estatuas en bronce de los apóstoles para la insigne capilla del Tesoro o San Genaro, en la Catedral de Nᬠpoles. Y es lo más interesante, poique para ayudarle en el trabajo y la fundición llevó de Roma a varios fundidores-escultores, de los cuales se sabe (por Passeri todo) el nombre de sólo dos: el viejísimo Gregorio de S69 Hossie, que apenas pudo ya hacer nada, y el muy joven sobrino carnal del Finelli, Doménico Guidi, del que dice que fué después arlisla muy eslimado en Roma. Esta es la noticia que se basa mi convicción, con visos de certeza, en de que ese Doménico Guidi, sobrino carnal de Finelli, es el autor de uno de los tres crucifijos en bronce dorado del siglo XVII existentes en El Escorial. El cual sería o sería hijo del arquitecto Antonio Guidi, el cuñado no de Pietro Tacca que Madrid en 1616, y si lo era, sería sobrino, estuvo en como de Finelli, o sobrino segundo quizás (¿por qué no?) .del propio Tacca, porque no conozco si en Italia se han ofrecido a estas fechas más datos de esas personalidades y de esas familias de artistas. Pero si es posible que Tacca fuese tío de Tomaso Guidi, sobrino carnal de Finelli, lo que era imposible es lo contrario, que Tacca, nacido en lo77, escultor ya muy conocido por 1610, y muerto por 1650, sea el sobrino de Giuliano Finelli, nacido en 1602 y fallecido en 1657. Lo que basta para dejar sin valor nin¬ guno la hipótesis de Ponz, en que se basó el error corriente sobre los Cristos de El Escorial (1). Explicación del trasiego de los Cristos La explicación del doble trasiego de Cristos del Panteón por Feli¬ pe IV ofrece un interés de curiosidad, mas no una conclusión de absolu¬ ta certeza. Ya tiempo 'de Felipe II, en El Escorial hay tres trasiegos de lien¬ en zos y mal interpretados (en mi concepto) por todos los críticos, particu¬ larmente el del lienzo del Greco. Aludo, naturalmente, al San Mauricio, que se le pagó y que no se puso en el altar de su destino natural, sino otro lienzo después encargado a Cincinato, infinitamente menos digno de honor. Los entusiastas del Greco acaso acierten cargando a mal gusto del Rey el trueque; pero yo tengo que advertir que nada más evidente que el gusto del Rey por las creaciones de Veronés y de Tintoretto, y el disgusto de Felipe II por las de Zúccaro, y sin embargo, los dos esplén¬ didos lienzos que encargara a Tintoretto y Veronés para los lados bajos del altar mayor no los quiso colocar en él, y mandó pintara para allí otros Zúccaro, que fueron los que se pusieron. Dió, pues, a Greco el trato de los últimos, evidentemente por honrarles más y por que se vieran mejor sus lienzos inmortales a buena distancia y mejor luz: acaso lo mismo que lo del Greco, ¿quién sabe? (1) Sobre el trabajo de Doménico Guidi en otra obra escultórica para España —que se perdió en un naufragio, de que hay acaso reducción en Aranjuez, véase mi citado trabajo en el «Boletín de la Sociedad Espafiola de Excursiones», lug. cit. 24 370 Y de una semejante cabe pensar que el Cristo [de GuidiJ en manera el Panteón dejado definitivamente por Felipe IV, interviniendo Veláz- quez, no fué el preferido, en comparación con el del Colegio [de Ber¬ nini], y el de la sacristía [de Tacca], sino todo lo contrario; que al fm, bóveda subterránea y no abierta para tantas visitas como hogaño era el Panteón, y lugares de más público y más culto y ordinaria visita eran entonces la sacristía y el Colegio. Las causas o excusas del doble trasiego, según los más primitivos textos (del P. Santos y sus ediciones repetidoras), se refieren en cierto modo al tamaño o escala. Al mérito (y al gusto y juicio variable de las gentes) pudo también atribuirse una y otra sustitución, pero no a la silue¬ ta general, igual en los tres, pues algo más (Bernini) o algo menos (Tacca) estirado o enderezado el cuerpo, con menos (Bernini) o más (Tacca) «ban- chement», o quiebro por la cintura, con más (Guidi) o con menos (Ber¬ nini) flexión en las rodillas, las líneas generales son muy parecidas, y el ángulo de los dos brazos tirantes igualmente obtuso, como de 130°-140", y con la cabeza, vencida en los tres al lado diestro, como a poco más de la altura de la articulación de los codos. También en la significación del instante coinciden, pues son tres representaciones de Cristo ya muerto, antes (creeré de dos, recordar) o después (Bernini) de la lanzada, recién expirado. En lo de las medidas, sí, bay alusión a ellas en los textos más anti¬ guos, que ya dejamos copiados. Del primer Cristo sustituido (el de la sa¬ cristía) dijo el P. Santos: «poco menos del natural»... «y depués trayen¬ do otro, cuya medida se ajustaba más» (el de Bernini, de 1,40, que es también poco menos del natural)... etc., y del del Colegio [de Bernini], dijeron las últimas ediciones del mismo P. Santos: «y por ser pequeño (1) para allí (para el Panteón), aunque tiene cinco pies de alto»... ¡Que es" la medida que esas ediciones suponen en el definitivamente colocado en el Panteón!... Cemprobadas ahora las medidas del agustino P. Alayorga, siempre la sustitución (una y otra vez) hubiese supuesto disminución de medida, pues según las tales, el primero [Tacca] es de 1,90 m.; el se¬ gundo [Bernini], 1,40 m., y el tercero [Guidi], 1,25 m. Desde luego, la segunda y última disminución es exacta, y se hace evidente comparando la fotografía del altar y retablo del Panteón con el grabado abierto para la primera edición del P. Santos (también aprovechado en las sucesivas); en éste el Cristo [Bernini] roza casi con los dedos el intradós de los arran¬ ques de medio punto, que hoy quedan a buena distancia [Guidi], y los pies quedan muy altos también y más lejos del suelo (2). El grabado lle- (1) lEl P. Santos trastrocó la idiea; en realidad debió 'decir: por ser "grande" para lallí». S^as medidas prueban el trastrueque en su frase. 1(2) A juzgar por el relieve de «El Entierro de Cristo» en el frontal, en el tal grabado de Pedro cíe Villafranca, todo el dibujo estará trastrocado, de derecha a 371 va la fecha de 1654, cinco años antes de la llegada del tercer Crucifijo [Guidi] (1). En cuanto a la primera sustitución, habiéndome comprobado los Padres de El Escor-al exacta la medida del Cristo de la Santa Forma dada por el P. Mayorga, se saca en conclusión que pareció demasiado grande para lugar tan reducido el retablo del Panteón, y de rebaja en rebaja como es de medidas, se pasó de la idea de figura algo mayor que el tamaño na¬ tural a una cada vez menor; y así en vez de un «Santo Cristo» en la cruz, se derivó a la idea de una cruz con un Cristo, «un crucifijo», es decir, a los oj/os del vulgo, en vez de una imagen de devoción directa, una de las piezas, aunque la más significativa del mobiliario o adorno de los altares. El detalle erróaeo de los cuatro clavos El argumento de fuerza en Ponz, o sea, por tanto, el reparo único sub¬ sistente a mis rectificaciones razonadas en este trabajo, es el referente a los cuatro clavos, o sea a los dos clavos para cada uno de los dos pies, según la tesis de la porfía doctrinal de Pacheco, el pintor-escritor, suegro de Velázquez, por el propio Velázquez mantenida en su famoso crucifijo, pintado maravillosa y definitivamente, pero sobre el modelo de uno del propio Pacheco (2). Tres solos clavos tiene el Cristo del Colegio [Ber¬ nini] y cuatro el del Panteón [Guidi], bastando para explicar el gusto que en este puntico de la erudición artística pudiera tener Velázquez al intervenir en la sustitución. Pero no es ese, sino otro de más enjundia, el argumento de Ponz: dice terminantemente que Baglione, hablando del Cristo de Tacca, señala el detalle de los cuatro clavos. Es inexplicable todavía para mí la frase de Ponz, tan terminante. Si no aludiera tan concretamente Baglione: a a Baglione, que era amigo de Tacca, y precisamente a Baglione en su biografía del Marqués Crescencii (el arquitecto del Panteón de El Escorial), yo no podría tan fácilmente rechazar su aseveración. Pero, con todos esos detalles, basta con decir que en el texto de Baglione citado —y creeré (en absoluto) que es el único suyo consagrado al asunto— no hay palabra referente a cuatro clavos, ni izquierda, por haberse .dibujado sin la inversión precisa para el trabajo de los grabadores. Deshecho el trastrueque, resulta algo más exacto el paño de pureza, en relación con el original de Bernini, pero no la inclinación de la cabeza; sobre la que no cabe ninguna duda, sin embargo, por ser en eso todos iguales: len dejarla caer al lado diestro (o sea, izquierda del que mira). Según el pitipié o escala del grabado, la estatura del Cristo [Bernini] seria no de cinco, sino de cerca de seis pies. (1) Pudo ser causa en Felipe IV de no dejar en .el Panteón el Cristo de Bernini, la circunstancia de ser de la propiedad de la Beina, y caber en lo posible una reclamación al sobrevivirle. En el Colegio quedaba más como en depósito. (2) Véase «Bol. de la iSoc. Española de Excursiones», 1916, XXIV, 177. Gómez Mo¬ reno. «El Cristo de San Plácido.» in a clavos de ninguna especie, en la edición princeps. Ignoro si hay otra, y si en ella habría alguna nota, o apostilla o interpolación, caso en el cual sería probable hacerle decir al Baglione lo que dijo de los cuatro clavos, que sí que los tiene (y no tres), el Cristo atribuido equivocadamente al Tacca, o sea el [Guidi] del Panteón de El Escorial, allí desde 1659. Ponz padeció, pues, una equivocación, una alucinación al decir: «Por las se¬ ñas que da (Baglione en la vida del Marqués Crescenci) de los quatro cla¬ vos», y no hay más que hablar del argumento. Bepilo el texto de Ba¬ glione: «Un Grociíisso di getto di Pietro Tacca da Carrara », ni más ni menos. El juicio estético» o crítica Van escritos prolijamente lodos los párrafos anteriores en aprecia¬ ción del valor de unos y de otros textos, como prescindiendo del juicio artístico, de los valores estéticos, o de crítica. Los be redactado casi como jurisconsulto, procurando hacerlo no como abogado, que yo fui, sino como juez, es decir, con empeño de imparcialidad y de justeza, resumiendo escrupulosamente la resultancia y ponderando objetivamente el valor de las pruebas testimoniales, «documentales» aducidas. Vamosa la crítica. Sólo al Ponz, en lo de aceptar (y estoy de acuerdo) que el Cristo de Bernini es el del Colegio, se le adjudica por mí valor de prueba pericial, pues si no fué perito en el conocimiento del estilo de Tacca y de otros escultores menos populares entre los italianos del siglo XVII, conocido le era, en cambio, como a todos en el siglo XVIII, y ahora en el siglo XX (no tanto en el XIX, por cierto), el estilo de Bernini. El problema de este aparte y fácilmenle, restaba dilucidar el de la alternativa Tacca o Guidi, o Cristo de la sacristía y Cristo del Panteón. En mis copiados textos de 1910, yo no la resolvía, sino observando que, a mi juicio (y comienzo a actuar como perito, discutible, y no como juez), el del Panteón era demasiado clásico para ser del reinado de Carlos 11, pensando yo ("rror) en el retablo de la Santa Forma por Carlos II, cuan¬ do el Cristo era en el mismo lugar más antiguo, desde luego del tiempo de Felipe IV. Pero sí planteaba, y se confirma ahora bien, lo que es seguro, «lo probable (me atrevía a decir entonces) es que ambos cruci¬ fijos [Guidi y Tacca] estén en El Escorial y que sea uno el del Pan¬ teón y otro el del camarín de la Santa Forma». Un día, vino a ser posible la discriminación definitiva entre los do». Diré cómo. Siguiendo la idea de España, pero adelantándose al complemento edi¬ torial de ella, Italia hizo el Inventario de la riqueza monumental; y el 378 primer tomo publicado que llegó a mis manos fué el de la ciudad de Pisa. En él se publicaba, y se inventariaba y catalogaba xm crucifijo, ¡otro crucifijo!, de Tacca. Inmediatamente leí la prueba absoluta de que era auténtico de Tacca, por testimonio del siglo XVII, coetáneo, es decir, que no se debía la atribución a idea de este o el otro critico, más o me¬ nos aceptable. Logrado, sobre el fundamento demostrativo de la atribu¬ ción, primero el dato gráfico del fotograbado, y después el mejor de una fotografía directa, inmediatamente fué posible la comparación con todos los de El Escorial, y es tan evidente, parlera y definitiva la distinción ra¬ dical del Cristo de Pisa con los del Panteón y Colegio, como la definiti¬ va, parlera y evidente identidad e.stilística y de factura y hasta de repe¬ tición, del Cristo de la sacristía con el Cristo que, a mayor abundamiento, hemos estudiado el señor Sánchez Cantón y yo en la propia Catedral de Pisa, en mayo último, al caso del estudio que ahora redacto. La prueba en nuestros fotograbados será deficiente, por ser dicilísima la fotogra¬ fía en El Escorial, Santa Forma, tan en alto, y sin fondo. Pero viéndolo personalmente, llevando la buena fotografía italiana (fácil allí, bajo, a buena luz), hasta los menos acostumbrados a estas comparaciones han de proclamar a una la identidad aquí, y la absolutísima disconformidad, en cambio, al trasladarse al Panteón o a la sacristía del Colegio. Importa, pues, registrar, aunque textos modernos (pero anotando los antiguo), la papeleta catalogal del Cristo de Tacca en Pisa, que además ofrecemos reproducido. Las notas al pie las tomo del propio libro, inti¬ tulado «Catalogo delle Cose d'Arte e di Antichita d'Italia; Pisa. A cura di Roberto Papini.—Roma.—Ministerio dellTstruzione.—1912». Habla de la Catedral (pág. 93, fotograbado en la pág. 92) y se refiere a monumento al mgreso principal, entrando a derecha, puesto contra el paramento del propio imafrontis. "Sculture in Bronzo, n." 61. Crocefisso in bronzo. Cristo é col corpo reclinato fortemente sul lato destro ed il corpo e contorso nell'abbandono; una corona di spine é sul capo.—Ubicaz (ione). Fa parte del Monumento Rinuccini.—Stato. Buono. Not(izie) stor(icbe) art(istiche). Il Grassi (Des- criz'one ecc(etera) 11. p. 47.) (l).seguéndo in ció il Da Morrona (2) afferma che il Crocefisso é certamente del Tacca. La noticia deriva certamente del manoscr(itto) del Tronci (3) (Le Chiese di Pisa) in cui é detto —e la affer- mázione ha valore di documento essendo il manoscr(itto) datato del 1643, st(ile) pis(ano) [o sea en 1644, de la manera de contar hoy universal o «florentina», sin año cero, después de Cristo]— che «nel quadretto sopea (é) un Crocefisso di bronzo di mano di Pietro Tacca». (1) Grassi Ranleri, «Descrlzionie storica e artistlca di Pisa». Pisa, 1836-38. (2) Da Morrona, Alassandro: «Pisa illustrata nelle Arti del disegno». Divomo, Ma- renigíh, 1798. (3) Tronci: «Le Chiese di Pisa» .(1643). Mss. in Arühivio Capitodare di Pisa. 374 í^esulta, pues, que antes de 1635(fecha de la muerte de Crescenci), aun posiblemente antes de 1621 (fecha de la muerte de Felipe 111), ha¬ bía en El Escorial un crucifijo de Tacca en el Panteón, o para el Pan¬ teón, trasladado por Felipe IV después de 1649 al retablo de la sacris¬ tía, y que idéntico al actual de la sacristía, pero en pequeño, y menos bello (añadiré), hay desde antes de 1644 otro (cdocumentalmenle» suyo en la Catedral de Pisa. Queda con ello absolutamente demostrada nuestra tesis. Y queda con ello adjudicado a Doménico Guidi, el sobrino de Fi- nelli, el otro en cuestión, y no menos absolutamente de acuerdo con los textos, o sea el del Panteón, el de factura más apelmazada y menos per¬ sonal ni genial. Historia de! Cristo de Bernini Y ya, para finalizar con las citas, reproduciremos ahora los tex¬ tos modernos italianos referentes al crucifijo que ellos dan por perdi¬ do, de Bernini. Dice el moderno biógrafo Stanislao Fraschelti, en su espléndida mo¬ nografía, «II Bernini, la sua vita, la sua opera, il suo tempo, con pre- fazione di Adolfo Venturi, opera contenente 270 riproduzioni delle opere del maestro.—Milano.—Hoepli-iOOO». Dice, primero, en la pág. 216 y si¬ guiente: «Condusse il Maestro in questo lempo, similmente in bronzo, un Croci- fisso per allogazione del Papa [Inocencio X], che lo regaló, richiuso in una richissima cassa, insieme con altri doni, a Maria Anna d'Austria, figliuola dell'imperatore Ferdinando, Sposa di Filippo IV di Spagna (una llama¬ da a nota). Il prezioso lavoro si conservava in Spagna, nella cappella dei Sepolcri dei re. I biografi non riportano in codesto modo la notizia dell'opera, ma affermano che essa fu richiesta direttamente all'artista da Filippo IV, il quale lo regaló di una collana d'oro. [Sigue:] Un altro Crocifisso rcorda il Baldiucci che il nostro artefice conduss» per il cardinal Pallavicini ma questo lavoro non vi é traccia alcuna.» La llamada a nota es para la siguiente: «CIGLI, Diario, anno 1649, carte 374.—«Papa Innocentio mandó il Cardinale Ludovisio suo parente, legato de latere a Milano a fari i com¬ plimenti con Maria Anna d'Austria figlia di Ferdinando Imperatore, nova sposa di Filippo 4, Re di Spagna che era giunta in Milano, et a di 4 agos¬ to il d° Cardinale fece l'offitio, et donó alla Regina da parte del Papa un Corpo Santo dentro una richissima cassa, et quattro bauli, doi pieni di medaglie d'oro e d'argento et doi pieni di Agnus dei, et la Rosa d'oro benedetta.» Pero antes había dicho Fraschelti (págs. 41 y 42): 3T5 «II primo lavoro chi égli fece nel ponlificato di Urbano [VIII. su gran amigo] non parla alcuno. E questo un Crocifisso di bronzo il quale gli fu allogato con decreto della Congregazione della Fabbrica di San Pietro, m data 14. maggio 1624 (1). Questo «Gesú Cristo íisso in croce da íon- dersi in métallo» di cui parla il documento da me rinvenuto, era desti- nato alia capella «da dedicarsi al medesino Salvatore vicino alia Porta Santa». In una delle due cappelline laterali, eseguita col disegno del Ber¬ nini medes-mo, che dette pure quello della porticina di métallo dorato; esiste infatti un altro Crocifisso, collocato su un fantástico fondo di vetrl policromi, ma non é quello del nostro Scultore e non é di bronzo, si bene é di legno ed é ritenuto opera del Cavallini, antico scultore.» (2). «Ho trovato notizia di altri due crocifissi in bronzo eseguiti dal Maes¬ tro. L'uno condotto per Filippo IV. di Spagna e I'altro per cardinal Pa- ilavicini. Potrebbe ben darsi che uno di questi fosse l'opera allegata per la cappella basilicale della porta Santa, detta oggi della Pietá del gruppo sublime di Michelangelo.» Las noCcias documentales de la basílica Vaticana, tan nuevas, serán inexplicables olvido, si no llegamos a la conclusión mía en este en su asunto, distinta de la de Fraschetti; era demasiado pública y en su propia vida demasiado famosa y comentada en Roma y en el mundo (urbi et orbe), la actividad artística de Bernini, para que se le biógrafos como escapara a su am'go y admirador Baldinucci y el propio hijo del escultor, Doménico Bernini, un Crucifixo de bronce de gran tamaño. Y como nadie ha visto nunca otro que el de El Escorial, ni citaban otro crucifijo suyo, ni siquiera en mármol, yo doy en conjetura mi opinión de que el encargado para el Vaticano por el Papa Barberino Urbano VIII, al comienzo de su ponti¬ ficado de gran Mecenas (sobre todo gran Mecenas del Bernini), y allí nunca citado, es el mismo que su sucesor y antagonista e hispanófilo el Papa Panphili-Doria, Inocencio X (el Papa de Velázquez), destinó para la nueva Reina de España, segunda esposa de su muy favorecedor amigo Felipe IV. Por eso, por la ((distracción» de destino de la obra, se daría acaso a correr la noticia medianamente inexacta del encargo del propio Felipe IV. El Papa hacía regalo, barato y de sonora esplendidez, nada menos que (¡un Crucifijo de tamaño natural de Lorenzo Bernini, en bron¬ ce dorado», y de paso mataba (cual tuvo frecuente empeño) otro de los recuerdos del Papa Barberino. Y todavía más, pues hay que decirlo todo, regalaba un Bernini que probablemente había gustado poco en Roma, aun a los admiradores del Bemini más ciegos e incondicionales. Si en el encargo también había intervenido el Cardenal Pallavicino, ya es más (1) Archivio della Fabbrica di San Pietro, arm. ;II, vol. 5.», pág. 78... (Nota de Fraschetti.) ;2} FRANCESCO CANOBLLilERI: La Sagrestia .Vaticana eretta da Fio V. Roma, MD. .COL XXXIIII. (Nota de Fraschietti.) difícil de saber, ysi, en suma, no ha habido nunca más que un solo cru¬ cifijo grande en bronce del Bernini, que es el de El Escorial. También el del Cardenal Pallavicino debió de ser una repetición en bronce, en chi¬ co, del pr'mer modelo, y como éste se ha perdido, en definitiva no hay otro crucifijo del Bernini que el tan olvidado y oculto del Colegio de E! Escorial (1). Méritos respectivos de los Cristos Las apuntadas consideraciones sobre el aprecio pudo lograr en que Boma, para quienes la vieran, la obra de Bernini, nos lleva, al fin, a de¬ cir unas pocas palabras de impresión y crítica sobre los tres Crucifijos seiscentistas de El Escorial. Quiero reducirlas a bien sucinto juicio, pues tan extensamente se. ha tenido que desarrollar este trabajo compulsato- rio y demostrativo, en lo redactado a base de los textos. Para ello fuimos juntos a El Escorial una mañana don Ricardo de Orueta y yo, él provisto de la máquina fotográfica, con la que tuvo que repe¬ tir viaje. Mi opiirón es ésta: El Cristo del Panteón (Guidi) es el menos intere¬ sante y menos significativo; obra de un excelente trabajador de escultu¬ ras, no de un verdadero artista. El del Colegio (Bernini) es, desde luego, inconfundiblemente de Bernini, ya gran artista y cúspide del romano, es decir, algo clásico barroquismo: no me entusiasma la maestría, la faci¬ lidad de la concepción, la dignidad y aun la relativa novedad del tipo de ta cabeza, dotes todas que reconozco. Porque prefiero, con todo amor, a la turgencia de las bellas rotundidades .de aquel modelado, cuya positi¬ va sabiduría anatómica se hace estudio de dejar envuelta en gracia de mo¬ dulación creadora, las muy otras características del Cristo de la sacris¬ tía (Tacca). Hemos vuelto al entusiasmo, digno de. ser loco, por los gran¬ des Berninis (Trasverberación de Santa Teresa, Dafne y Apolo, David al acometer a Goliat, .Virtudes del sepulcro del Papa Barberini o del Papa Chigi), y eso cuando no sabíamos ya ver redondeces y toda la es- (1) Baldinucfii cuenta lo del Crucifijo del Cardenal Pallaviclni por el deseo de dar una anécdota y cuando trata de dar muestras .de ingenio en las charlas del escultor. Copiaré esta nota, íntegro el semicopiado párrafo, por nedundar en alabanza de un Crucifijo igual del todo, por lo visto .(salvo el tamaño, que sería pequeño), del Crucifijo del Colegio de El Escorial. (Dioe. asi, en la joág. 74; ".\ve.va il. Cavaliere (Bernino) fatto per la-Maestá del Be di Spagna il Crociflsso - di bronzo, di che altra volta abbiam parlato ed altro simile ne aueva condoto per se medesimo, e mentre ei si trovaua in Erancia, ordino' a suoi, che lo donassero al Cardinal Pallavicino; Occorse poi che lo stesso Cardinate parlando col Bemino, pon finiua di lodare la bellezza del Crociflsso; al che rispóse il Cavalière; né diro a V. E. quel ch'io dissi in Franoia alla Maestá delia Regina, mentre ella altamente mi lodaua il Ritratto del Re suo marito, V. M. loda tanto la copia perohé ella é innamo- rata deU'originale.» 377 cultura contemporánea orientábase a la mayor excelenc a del modelado por planos. Pero Bernini en trágico, y más ante la Majestad del Redentor muerto, era y es algo inidóneo, fuera el asunto, de su predilección y de su inspiración. Prefiero, digo, de mucho, el Crñsto de la sacristía (Tacca), maravi¬ lla de gracia en el modelado, cual no la alcanzó igual el rococó un siglo -.-■después, figura alargada, tendida de miembros, melódicas prolongadas líneas de contorno, con dulzura suprema de respetuosa concepción, admi¬ rable singularmente por la tersa morbidez de aquel divino cuerpo muerto, delicadamente viril, blando, virgíneo, inocente hostia de sacrificio in¬ maculado, corderico de Dios que quitó los pecados del mundo. Hablo de los sendos desnudos cuerpos; en las cabezas, es más nuestro, más el Jesús español, el de la sacristía (Tacca): además el de inspiración más devota, ya que el del Colegio (Bernini) no estaría del todo fuera del tipo, si lo viéramos en representación (en vez de Jesús) del apóstol crucificado San Andrés, salvo el recorte de la barba. En los paños de pureza, en los plegados del lienzo superfemoral, hay estudio delicadísimo en el de la sacristía (Tacca), clasicismo, finura y demasiado anudamiento, preocu¬ pado de hacerlo a la vez chico y cumplido, quiero decir, lleno de belle¬ zas y sin ocultar apenas nada, ' sino lo preciso, de las delicadísimas be¬ llezas del modelado; hay en cambio en el Cristo del Colegio (Bernini) nota feliz de desembarazo magistral y valiente espontaneidad. Algo de eso, sin éxHo, quiso ponerse en el del Panteón (Guidi). Y ¿qué diremos ahora del Cristo de los Leoni? Mi entusiasmo por el invisible Cristo de la Santa Forma —sólo posi¬ ble de ver en El Escorial en los dos días de Exposición del Santísimo Sacramento en la propia sacristía (1)— no es obstáculo a proclamar que el del altar mayor, el de Leoni, del que apenas hemos hablado, culmina en lodo, cual en altura y en proporciones, en excepcional importancia artística. Aquel de Tacca, repetiré, es hostia inmaculada, víctima de sa¬ crificio purificador, nuevo Isaac —sin ángel que detuviera el holocaus¬ to—. Este, el del altar mayor, tiene dentro de las normas clásicas, den¬ tro de la grandiosidad miguel-angelesca (aunque en formas, muy otra cosa que Buonarrotti), tiene la majestad divina, la sublimidad del Redentor, Dios, que ha de resucitar, y vencedor de la muerte, y tras de su ascen¬ sión habrá de volver, en día tremendo de juicio, lleno de majestad, a la vindicación de la virtud y condenación del pecado total de la humana in- gral'tud; p-eiiso con las palabras de fray Tomás de Celano, en el Dies irae «Rex tremendae majestatis, qui salvando salvas gratis, sálvame!...». Sa- (1) ISolamente se puede ver el Cristo de Tacca los dias 29 de septiembre y p8 de octubre, y en tales ocasiones, de suma díevoción, con luz tamizada y muy escasa y exponiéndose el curioso a ser tachado de indiscreto e .irrevei'ente por los devotos. 378 es que el arte bizantino, cuando escapa al fin de la turbonada ico¬ bido noclasta y el arte románico occidental, bizantinizanle, no imaginaron Cris¬ to de dolor. Cristo de sufrimiento, sino aun en la Cruz, Cristos «de Ma¬ jestad». El de Leoni en El Escorial, es (para mí) Cristo de majestad, uno de los más admirables de la Historia del Arte, de los sublimes; con no tener horizontales los brazos, ni sustentantes las piernas (los pies sobre escabel), ni enhiesta la cabeza, ni llevar corona de rey, ni (en vez de paño de pureza) túnicas y estolas, colobio y gonela, de la vestimenta imperial conslantinoi)olilana. ¡Que sin externas características, la majestad, aun la divina, cábele al gran arte saberla decir y expresar adecuadamente, cuan¬ do Dios quiere! Para admirar hasta la maravilla el Cristo, como el Sun Pedro y el Sun Pablo, y aun la Dolorosa y el Evangelista Juan, del altísimo ático del inmenso conjunto del retablo mayor escurialense, bastarían los gemelos de teatro (que veo que usan tan pocos turistas), bastarían quizás las fo¬ tografías de la vieja casa Laurent, que dieron (no sé si para el libro de Plon sobre los Leonis) una adecuada información (1); pero, subiendo, andando por las cornisas, amplias como para no tener miedo al vértigo, o (algo menos bien) desde los tránsitos de la propia altura o de sus pre¬ tiles, se siente una emoción ante tales creaciones de los Leonis, absolu¬ tamente comparable a la que se siente ante las más geniales creacones de Miguel Angel. El Escorial, que además de Panteón de Reyes es pan¬ teón de malas pinturas de los italianos más famosos que pudo allegar Felipe II con desconsoladores desengaños, sólo tiene del arte de aquel tiempo (aparte el Greco y los venecianos) esas obras, esas gigantescas broncíneas estatuas doradas, tales y tan excepcionalmente hermosas, que a poseer una de ellas cualquiera de los mejores Museos (particularmente el Cristo, el San Pablo o el San Pedro), merecería puesto de honor en el mismo. Que es un dolor la distancia y la inadvertencia consiguiente de los visitantes, lo puede demostrar la anécdota a que ya aludí en el texto de la revista «Por el Arte» (trabajo mío ♦Cruces y Crucifijos», p. 6, núm. 4)t (*)'. Don .4ngel Barcia Pabón, tan fino conocedoi' y enamorado de las belle¬ zas del Arte italiano, mostraba en la Sección de Bellas .Artes de la Bi¬ blioteca Xacional, a los mejoi^es conocedores de estas cosas, un vaciado de la cara y pai'te de la cabeza de un desconocido Cristo muerto, que él (Ij No obstante, en el libro, lámina XXV, la fotografía que es la Laurent (núme¬ ro 2.537), del conjunto del Calvario; esto es, Crucifijo, Dolorosa y Evangelista en el cuerpo arquitectónico del ático, no va reproducida directamente, como otra de las idel retablo, sino por bellos aguafuertes de Le tapoco ninguna IRat. El conocidísimo ttibro, de lujo, se intitula (¿Les mâilres italiens au service de la maison d'Autriche: Leone Leoni, sculpteur de Charles-Ouint, et Pompeo Leoni, sculpteur de Philippe II par Eugène Pion». Paris-Pion, 1887. (*) En este volumen, reeditado, págs. 345-353. 37f admiraba, aun con lo ingrato que es el tamaño mayor que el natural para una mascarilla. Y nunca había logrado rastrear cuál fuera el ori¬ ginal del portento, hasta que un día don Manuel Gómez-Moreno Martínez dió en su recuerdo vivo la idea de que sería el de El Escorial, de lo alto del retablo mayor, como así se vino a comprobar (1). El más hermoso de los crucifijos de la Península, quiérese atribuir tan sólo a Pompeo Leoni. Vivía León Leoni, su padre, ya viejo, cuando se fundieron en 1590 las dos últimas estatuas del colosal retablo (Plon, p. 223, documenta la cosa); siendo cierto que Pompeo firma, sólo él, la del Após¬ tol San Pablo, inmediata, en 1588. Gomo de otras firmas y sus fechas de los Leonis, hay contradicción en los datos documentales, y como no la fun¬ dición, sino a veces el repaso daba tales firmas, y la necesidad de asentar la herencia del padre en el hijo, de los cargos y encargos regios, era tan evidente, creeré imposible dejar demostrado que el crucifijo no sea crea¬ ción de Leone Leoni, y sí ejecutada seguramente por su hijo, casi segu¬ ramente por boceto, por modelo y quién sabe si, por definitivo, modela¬ do del más genial de los tres sucesivos Leonis, escultores de nuestros Re¬ yes (2). No puede finalizarse este estudio sin haber de lamentar de nuevo que no puedan gozarse nunca, o poco menos que nunca, los dos crucifijos de soberana belleza de El Escorial, no pudiéndose bajar el lienzo de Claudio Coello, que cubre el de Tacca, más que raras veces, sin peligro para ta pintura insigne, y no pudiéndose dar paso al turista para escalar las cornisas del templo para ver el de Leoni. El de Bernini, la única obra suya en España a mi ver —aunque de España en Boma, inamoviblemente en Roma, hay otras, en la Embajada histórica y en la iglesia nacional de Montserrat (3)—, sí que es de desear y de esperar que salga de su escon¬ drijo, para poderse gozar, para poderse ver, por ejemplo, en las piezas capitulares, el Museo de El Escorial. (l! Como las estatuas colosales, y colosalmente hermosas, del conjunlo aquél no han podido tener a mano desda que se colocaron sino cuando .las guerras napo¬ se leónicas y las órdenes del rGoblerno intruso, que ejecutó Quilliet. bajándolas y aun frayéndolas a Madrid, y verosímilmente para em-iquecer con ellas el Louvra de Na- poleón I, la mascarilla, todavía conservada con las rebabas en nuestra Biblioteca Na¬ cional, no ha podido sacarse directamente del dorado bronce sino entonces. {?.) El tercer Leoni, .llamado Michael lieoni. debió de ser excelente escultor, pue.s lo fué de cámara con haberle de antes tenido que perdonar el rey alguna ouq otra fechoría, cometida todavía en vida de Pompevo. Véase «Boletin de la Soc, Española de Excursiones». 1909, XVII, p. ,292 y 1910: KVIST, p. ll y sigs, Í3) En la Embajada española del Vaticano. lo« dos bustos de la .ánima beata v la .ánima damnata; en Montserrat, el sepulcro de iMontoya; el del cardenal Pimeníel, en Santa María sopra Minerva; el de Fonseca, en San Lorenzo in Lucina: el Felipe IV, en Santa iMaría la Mayor, por último. [Puilicado en ARCHIVO ESPAÑOL DE ARTE Y ARQUEOLOGIA./í>25. pá^i. 117-145] EL BROTE DEL RENACIMIENTO EN LOS MONUMENTOS ESPAÑOLES Y LOS MENDOZAS DEL SIGLO XV con algunos reparos a mi maestro don Vicente Lampérez Es don Vicente Lampérez incansable para los estudios de Historia del Arte arquitectónico español, y son sus investigaciones tan seriales (además de ser tan serias), tan integrales en el empeño, tan abarcadoras de todo el vasto campo que se ofrece a la visla, que no puede sorpren¬ der que, después de su magistralísima Historia de la Arquitectura ecle¬ siástica medieval de la Península, sin detenerse un punto en el descanso, ganado tan justamente, extendiera luego su noble ambición al propó¬ sito de darnos, como pronto nos dará, la Historia de nuestra Arquitec¬ tura civil, aun de nuestra Arquitectura popular, no solamente de la Edad Media cristiana (su fuerte), sino del Renacimiento, de la Edad Moderna y del período contemporáneo. Yo siento que, por haberse adelantado Otto Schubert a estudiar nuestra Arquitectura eclesiástica o sagrada de esas centurias del siglo XVI, XVII y XVIII, no se crea el señor Lampérez en la obligación de hacer trabajo tan complementario y redondeador de la magna labor a que ha consagrado lo mejor de su vida (que aún puede ser muy larga) (*). En la Arquitectura de los palacios, las universidades y los hospita¬ les, en la civil, mucho antes que en la sagrada (la de Catedrales, conven¬ tos y capillas) se comenzó a aceptar y logró sus primeros triunfos en Es¬ paña el Renacimiento. En los templos mismos, antes triunfó lo italiano, a lo grecorromano, en la escultura y en lo decorativo y arquitectónico te los sepulcros, que en los retablos mismos. En sepulcros y en retablos no ha puesto el señor Lampérez empeño particular de estudio hasta ahora, pero en palacios, colegios, hospitales y C) [Desgraciadamente, no lo fué: murió de sesenta y cuatro años, el 18 de enero de 1923.] 384 casas, sí, y muy sixigulai- ja, llevándole, en consecuencia, a plantearse como otros, y a plantear anle lodos, conferencias en o monografías, el interesantísimo problema del brote del idenacimienio en los monumen^ tos españoles. De este tema particular me ocupaba yo en mi clase uni¬ versitaria de Historia del Arte, cuando ofreció el señor Lampérez una primera síntesis. Hace dos años que deseaba yo, y creía deber bacer, lo que ahora va a consentir que haga el lector benévolo; aplaudir mereci- dísimamente la labor del señor Lampérez y ofrecer unos cortos reparos a la consideración de los lectores y, desde luego, a la del señor Lam¬ pérez, mi queridísimo maestro, pues así me honro en llamarle desde que asistí un curso, con gran provecho, a su clase de Teoría de Arte arqui¬ tectónico en la Escuela del Cuerpo. Los lectores de la Revista conocen en ella una parte de los trabajos del maestro, referentes al tema de boy: 1.° Monografía acerca de «El castillo de la Calahorra», con plantas, alzados, muchísimas fototipias y detalles, en las páginas 1 a 28 del to¬ mo XXII, año 1914, del BOLETIN, con la biografía del primer Marqués del Cenete, don Rodrigo de Mendoza; y 2.°Síntesis del tema todo, partido por gala en dos conferencias (del Ateneo): «Una evolución y una revolución de la Arquitectura española (1480-1520)». Texto íntegro de la evolución (particularidad hispánica del gótico florido) en el tomo y año XXIV (1915), págs. 1 a 9, con muchas ilustraciones, y extracto (mío) de la revolución (la novedad renaciente), en el mismo tomo y número, pág. 73. El tercero de los trabajos, acaso el más importante de ellos, lo cons¬ tituye el magnífico discurso del ingreso del señor Lampérez en la prime¬ ra de las Reales Academias que le han llamado a su seno: la Real de la Historia. Pocas veces, en actos de recepción, se ha ofrecido un discurso de las condiciones del del señor Lampérez: ameno, documentado, analí¬ tico, en cuanto al monumento principalmente estudiado; analítico tam¬ bién en la mucha erudición acopiada y en los documentos inéditos aporta¬ dos, y a la vez sintético, en cuanto abarcaba, y muy bien, la expresión del gran significado de una familia en una época dada, en una época de la Historia monumental de España. La hermosa disertación se intituló «Los Mendozas del siglo XV y el castillo del Real de Manzanares», acompañán¬ dose al bello texto hasta diez muy bellas fototipias (Hauser y Menet), dos de retratos y ocho del castillo, con dos grabados dobles de la planta y sección longitudinal del mismo, levantados personalmente por el autor de tan completa monografía. Precedidos estos tres esludios por el interesantísimo del doctor Cart Justi, sobre don Pedro González de Mendoza en relación con la Historia monumental, cada vez el señor Lampérez ha ido dando mayor importan- 385 eia a la familia de los Mendozas en relación al problema del brote del Re- naicimiento España. Recuerdo que al dar en el Ateneo el maestro una en verdadera monografía sobre el palacio de Cogolludo (en puridad inédita todavía), dentro de su aludida conferencia «La revolución», bube de po¬ nerle el reparo: en los pasillos, al comentarla, de que no babía tenido presente que el La Cerda (Medinaceli) del palacio de Cogolludo era un La Cerda Mendoza, sobrino, y después de ser sobrino, consuegro del üran Cardenal de España, ignorando yo entonces (y ahora) si el yerno suyo, el hijo del Gran Cardenal, o sea el primer Marqués del Cenete, citado ya, fué en puridad a la vez creador de los dos primeros monu¬ mentos renacientes de España: el de Cogolludo, cuando era heredero de Medinaceli (por su primera mujer y niño), y el de la Calaliorra (cuando casado con la Fonseca). . El señorLampérez, olvidando la indicación (por ser mía, no valía nada) y la noticia que le acompañaba, de que en todo caso el primer Duque de Medinaceli, antes de ser consuegro del Gran Cardenal, le de¬ bió su educación (sobrino suyo, se educó como paje en casa de su .tío), ha vuelto espontáneamente al mismo punto de vista, y en su discurso ya se trata (incluso de él) de los Mendozas Mecenas del siglo XV, titulán¬ dolo «Los Mendozas del siglo XV», haciendo consideración extensa (con capítulo independiente) de. seis de ellos, a saber: el famosísim.o poeta, primer.Marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza (139811458); su primogénito, don Diego Hurtado de Mendoza, primer Duque del In¬ fantado (1411 11478); el más talentudo, prepotente y omnipotente de to¬ dos los hermanos, don Pedro González de Mendoza, Gran Cardenal de España (1428 t 14:95); la hermana, doña Mencía de Mendoza, Condestable- sa de Castilla (1421 1 1500); el nieto del poeta, (primogenitura absoluta) y constructor del palacio magno de Guadalajara, don Iñigo López de Men¬ doza, segundo Duque del Infantado (1438 11500), y el constructor del pa¬ lacio de Cogolludo, don Luis de la Cerda y Mendoza, primer duque de Medinaceli (¿ 11501). Todavía el señor Lampérez habla de «Otros Men¬ dozas del siglo XV» en párrafos cortísimos, aludiendo a la hermana del poeta, doña Aldonza; al tercer hijo del poeta y primer Conde de Tendi- 11a; al segundo Conde de la Coruña; al hermano de ellos, don Pedro (otro don Pedro), es decir, al Adelantado de Cazorla, y al don Antonio, hijo del primer Infantado. Pero, ¿y el Gran Tendilla?... ¿Y su hermano el segundo Cardenal Men¬ doza?... Y como estos nietos del poeta (por lo menos el segundo Tendilla, licr- mano mayor) dan la nota interesantísima, la nota clave, la nota nudo, para el problema del brote del Renacimiento en España —como yo en aquella olvidada conversación-comentario en los pasillos del Ateneo hube 25 3Ô6 de decírselo—, va a permitirme mi maestro, y va a consentir el benévolo lector, que dediquemos algún espacio a renovar tan injustamente olvi¬ dada memoria. He tenido la curiosidad de ver que en el «Diccionario En¬ ciclopédico» Montaner y Simón, ni por «Mendoza», ni por 'López de Men¬ doza», ni por «Hurtado de Mendoza», ni por «Tendida» (Conde), ni por «Mondéjar» (Marqués), hay artículo biográfico de don Iñigo López de Mendoza; acaso el mejor general de la guerra de Granada (aun entran¬ do en rivalidad el Gran Capitán), acaso el más glorioso embajador a Ita¬ lia del Rey Católico (desde luego el más famoso), acaso el mejor político organizador (primer Capitán general de Granada durante veintitrés años), y, sobre todo ello, el magnate español más humanista y más protector de humanistas, y el inspirador primero del Renacimiento entre nosotros, ¡que así somos de olvidadizos en España! § I.—El Gran Tendilla A los autores (ahora varios) deEnciclopedias y Diccionarios enciclo¬ pédicos, al aconsejarles que no mutilen la Historia de España (suprimien¬ do al Gran Tendilla), me permito indicarles un texto, ya hecho, de pape¬ leta biográfica autorizadísima. Dice así el ya clásico historiador moderno, don Miguel Lafuente Al¬ cántara, en el lugar oportuno de su bella Historia de Granada, donde tan¬ tas veces citara al personaje: MUERTE DEL CONDE DE TENDILLA A 1515 de J. C., julio «Continuandososegado y tranquilo el Reino de Granada, fueron des¬ apareciendo los célebres personajes que habían contribuido a su con¬ quista, y a quienes los Reyes encomendaron su administración. El ilustre don Iñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, falleció en la Alham- bra por julio de 1515. Sus funerales fueron graves y suntuosos; en la capilla mayor de San Francisco, de aquella fortaleza, se levantó su tú¬ mulo, y el cadáver, embalsamado y depositado en una gran habitación del palacio árabe, fué trasladado a aquel templo con gran procesión; pre¬ cedía la tropa con sus arcabuces a la funerala; los capitanes y alféreces vestían lobas y capirotes en señal de duelo, y llegaban sus banderas por el suelo; iban, además, 22 caballeros con otros tantos estandartes gana¬ dos en batallas contra los moros, y con tarjetones que declaraban sus hazañas; SEGUIA UN CAPITAN DE APELLIDO PERALTA, MÜS- l'RANDG UNA RICA ESPADA QUE EL PAPA INOCENCIO VIH HABIA REGALADO EN ROMA AL MISMO CONDE DURANTE SU EMBAJADA, y 12 alcaides traían el cuerpo tendido en un lecho de bro- cado, armado de todas piezas y con un crucifijo en las manos. Su pri¬ mogénito, el Marqués de Mondéjar, y sus demás hijos, y gran señorío de la ciudad seguían como dolientes. Puesto el cuerpo en el túmulo y reza¬ dos los oficios mortuorios, quedó el cadáver, bajo la custodia de 100 hombres de armas, por espacio de veinte días, en cuyo tiempo subía al¬ ternativamente, cada una de las Religiones de Granada, a rendirle los honores correspondientes. Al cabo de aquel tiempo fué depositado en la capilla del mismo convento de San Francisco, cuyo patronato concedió al mismo caballero, y a sus descendientes, la Reina doña Juana, por cé¬ dula firmada en Sevilla a 8 de diciembre de 1508. »Era don Iñigo hijo de otro don Iñigo, Conde primero de Tendilla, muerto en 17 de febrero de 1479... Don Iñ'go, Conde segundo de Tendilla (1), MERECIO LA PREZ de esclarecido guerrero, de político eminente y de ARDIENTE PROMOVE¬ DOR DE LAS ARTES Y DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS; fué embaja¬ dor en Roma, y entre otras bulas que alcanzó con sus discretas negocia¬ ciones, trajo la de 13 de julio de 1486, por la cual el Papa concedió a los Reyes el patronato de todas las iglesias erigidas o que se erigiesen en el Reino de Granada, disputado a la sazón; a su protección se debe la ve¬ nida de Pedro Mártir, clérigo milanès célebre por su erudición, por sus cartas, por su embajada al Oriente y por el esmero con que difundió el buen gusto literario entre la nobleza española del siglo XV y XVI, y especialmente en Granada, de cuya Catedral fué Prior, en la cual falle¬ ció en 1526. "Hombre deprudencia en negocios graves, de ánimo firme, asegura¬ do luenga experiencia de reencuentros y batallas ganadas, lugares con defendidos contra los moros en la misma guerra», le escribe acertada¬ mente su mismo hijo, don Diego Hurtado de Mendoza [el famosísimo his¬ toriador] . "Murió en este mismo año el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, superior en fama, pero no en mérito, al de Ten tilla...» (2). (1) Dicen que murió de ochenta años, lo que lleva al 1435 para fecha de su naci¬ miento. (2) Lafuente Alcántara: «Historia de Granada, comprendiendo las de sus cuatro provincias, (Almería, Jaén, Granada y Málaga, desde remotos tiempos hasta nuestros días.»—Granada.—Sanz, 1846. Tomo IV, páginas 175-177. Desde muy joven había comenzdo don Iñigo su brillante carrera, pues Enrique IV le nombró ya, en tres ocasiones distintas, para capitán general contra los moros de Granada. Uno de sus biógrafos dice de él: «Fué gobernador de Aibama, cuyo empleo ejerció asimismo en Alcalá la Real. Adelantado mayor de' la frontera, ocho Veces Capitán general. Embajador a Roma y a Granada, Teniente general del Rey Católico en ¡a guerra y conquista de aquel reino y ciudad, primer Alcaide de su real Albam- bra, de Bibataubín y Mauror, Daralvid y IPuerta Elvira [partes qsenciales del recinto de la ciudad]. Virrey y primer veinticuatro de Granada, Capitán general de Anda¬ lucía y de una Compañía de lanzas jinetas, del Consejo de los( Reyes Católicos, ds doña Juana y Carlos V». 38S Este último juicio del elegante y sesudo autor de la Historia critica de los ¡alsos cronicones, es digno de toda atención, pues en la guerra de Granada, si otros fueron los más audaces, él parece que fué el más pru¬ dente capitán, a la vez que valentísimo guerrero. Véasele sinó en el socorro de Alhama en 1483, y cómo se mantiene en aquella avanzada peligrosísima, y cómo es el varón de consejo, y de ejecución a la vez, al lado del Rey don Fernando, de 1490 a 1492, su jefe de Estado Mayor general, que diríamos hoy, «Capitán mayor» entonces, sin faltarle ocasiones para hechos de armas brillantes, como sus perso¬ nales conquistas (las de Pruna, Tabernas, Serón, en la sierra de Filabres, y Racar, en 1490; para combates singulares (1490); para evitar a tiempo grandes fracasos (1); para actos de caballeresca generosidad (lo de la so¬ brina de Abén Comixa, 1491); para ganar batallas personalmente (la de Campo de Tejai), y para ser a la vez el más indicado para una Embajada a Boabdil (1490, reclamándole el terrible pacto de Coja), o para guardar regios i^ebenes (el hijo del propio Boabdil, al pactar definitivamente la en¬ trega de Granada). Cuando el desventurado Rey Chico acababa de entre¬ gar a Fernando V las llaves de la llorada ciudad (2), al enterarse de que nuestro Tendilla iba a ser su gobernador, en el propio acto, cuyo cere¬ monial Tendida y Aixa habían convenido, suavizándole (3) le regaló una sortija de oro con su sello real; «Con este sello se ha gobernado Granada; tomadle para que la gobernéis, y Alab os baga más venturoso que a mí» (4). Hasta Felipe V (por haber sido del bando carolino ello fué en 1718), no perdieron los Tendillas-Mondéjar la Alcaidía perpetua de la Albam- bra, por ellos salvada, muy principalmente por nuestro héroe; el arrui¬ narse del regio palacio real incomparable, sólo se debió al siglo XVÍII. El particular de la Alcaidía de la Albambra o de los Mondéjar (árabe tam¬ bién) se arruinó del lodo entonces. Antes, en 1056, se extinguió la des¬ cendencia masculina, ocasión en que se extravió el basta entonces ama¬ yorazgado. anillo-sello de Boabdil. Hasta tiempos de otras sucesiones femeninas recientes han guardado los Tendilla-Mondéjar, noblemente amayorazgada, una de las preseas más insignes que hubiera conservado familia ninguna de nuestra grandeza. Hoy, recobrándolo del comercio (desde Munich volvió a España), es (1) En el sitio de Leja, y siendo peligrosamente herido, salvó ai Ejército* de una emboscada y sorpresa;ella pereció el maestre de Calatrava don Rodrigo Girón. en El Gran Capitán tenía ai segundo Tendilla por su maestro en artes militares. (2) Las llaves de Granada las entregó Boabdil a Fernando V, éste a doña ilsabel, la Reina al Príncipe de Asturias y don .Tuan a Tendilla. (3) Aixa se opuso a que Boabdil besara la mano a Fernando V, y Tendilla allanó lo del ceremonial conviniendo que el Rey vencedor íhiciera el gesto de impedir que el vencido bajara del caballo apnas iniciara éste el acto de desmontar. (4) Cuando, dos años antes. El Zagal rindió Almería y Guadix, en la comida del Rey vencedor y el valiente Rey vencido, fué Tendilla quien sirvió los manjares al Católico. don José Lázaro Galdeano, nuestro consocio, el poseedor del bendito es¬ toque de honor, que por sus hazañas de Lo ja y otras, recibió el gran Ten- dilla de manos del Pontífice Inocencio VIII, de gloriosa memoria (1). Inédita está hasta este instante, que la publicamos en fototipia, esta presea singularísima con los escudos del genovès Papa Cyho, y la letra en honor del Conde de Tendilla y el año 1486. Sabido es que los Papas, en muy determinadas ocasiones, a los grandes Monarcas y magnates be¬ neméritos de la cristiandad, han honrado con uno de tales estoques, ben¬ decidos en la misa solemne de Navidad, como a Emperatrices, Reinas y grandes damas, con el envío de la rosa de oro, joya que se bendice en la cuarta dommica de la Cuaresma; lodo ello (lo uno y lo otro) con un sin¬ gular ceremonial de entrega. En catálogos (alemanes) de tales piezas de orfebrería y espadería de honor, debiera figurar, y efectivamente ha fi¬ gurado, muy en primer lugar (pues es de las más notables) el estoque de Tendilla, no reproducido, sin embargo, basta ahora (2). Como obra de arte luego trataremos de él, pues con tal arma se abrió la brecha para la entrada del Renacimiento en España. Digamos ahora la ocasión y circunstancias. En 1485, el Papa y él Rey de Nápoles andaban en guerra, y los barones napolitanos estaban frente al Rey. El de España, don Fernando V, primo hermano y a la vez cuñado de Fernando I, hubo de mandar para lograr la pacificación una embajada de excepcional relieve. El héroe y gran magnate, segundo Con¬ de de Tendilla, iba de primer embajador, y de segundo y de tercero, dos doctos protonotarios apostólicos: don Juan de Medina, Abad de Medina, futuro Obispo de Segovia y Presidente de la Cbancillería de Valladolid (1) El «stoque o montante mide 1.41>3 milímetros (1.(©2 la hoja, desde la punta, con 0,040 milímetros de ancha, 0,441 la empuñadura, en forma de cruz, cuyos brazos son dos dragones enroscados). En el pomo, el escudo del Papa Gibo. La hoja, junto a Ja cruz, tiene 'grabada la figura de un Obispo, con la siguiente leyenda: »Gla)dius luotectionis univers! populi christiani, anno flVIGOCGLXXXVI.» La vaina, con adornos cincelados a Ja romana: hojas de acanto que hacen de-asa, jarrón oi mascarón y su¬ ben formando festones; en el centro, sobre esmalte azul, las armas del Papa Gibo, cortado: primero de plata, la cruz llana de gules, y segundo de gules, la banda jaquelada de oro y sable, cuatro veces... La casa de Mondéjar conservó con el estoque el jubón, de raso carmesí, entretelado con algodón, con cortaduras de dos golpes, al parecer de lanzas; heridas que recibió el ilustre Gonde en el costado y brazo izquierdo. (Gardera, «Iconografía».) (2) El estoque del Gonde de ITendilla se catalogó, pero no se .reprodujo, en el año XXII (1901) del «Jahrbuch der Kunsthistorischen Sammlungen der .Vllerhochsten Kaiserhauses», de Viena, en el trabajo total sobre los estoques de honor papales: «Geweite Schwerter und Hüte in der Kunst historisohen Sammlugen der Aller- hóchsten Kaiserhauses», por Heinridh Modern, págs. 127 a 168, con tres láminas y once grabados incluidos, en el año 1901, del vienés; «Jahbuch der Kunsthistorischen Sammlungen der Allerhochsten Kaiserhauses»: I. Die Enstehung der Schwer und Huntweihe.—II. Die Geremonien der Schwert-und Hutweihe.—III. Allgemeines und geschichliches über die Schwert-und IHutweihe.—IV. Gewelhte Schwerter und Hüte in den Kaiserlichen Sammlungen.—V. Geweihte Schwerter in óffentlichen und priva- ten Sammlungen. (Gatálogo 25.) Véase también «Les épées d'honneur distribuées par les papes pendant les XIV, XV et XVI siècles», págs. 408 y siguientes de la «Revue de l'Art chrétien», 1889. 390 (el fundador del presbiterio de la Colegiata de Medina de Campo, con balcón sobre repisas, de lo primero renaciente en España) era uno de ellos, y el otro era el primer humanista italiano famoso que había veni¬ do n España; Antonio Geraldini. La pluma «ciceronizante» del último redactó el discurso con que los 1res embajadores de los Reyes de Castilla y Aragón (todavía no titulados "católicos»), reconociendo al Pontífice, presentábanle su embajada. La recién descubierta imprenta reprodujo esta vez un texto de actuahdad, encargada la edición, sin duda, por la magnificencia de Tendilla, y el incunable de las prensas romanas, acaso en ejemplar único hoy, lo tiene también don José Lázaro Galdeano, a la vera del estoque de honor por él patrióticamente devuelto a la Patria de don Iñigo (1). En Roma o alejado de Roma (en Florencia, donde se mantuvieron algún tiempo los embajadores), Tendilla dejó tan altamente puesto el pres¬ tigio de su estirpe, que años después otro ilustre embajador del mismo Rey Católico, don Lorenzo Suárez de Mendoza (en realidad Suárez de Figueroa y Mendoza), ante la señoría de Venecia despreciaba al embaja¬ dor de Francia, pues (decía) que era sólo un humanista, cuando él era "un Mendoza». Su tío carnal, nuestro Tendilla, lo visto, ser las dos cosas, qmso, por humanista y Mendoza: sabía latín como su tío el primer Infantado, pues el gran poeta, su abuelo y padre, lamentó tanto haberlo estudiado tarle; pero del latín medievalista al clásico, es cierto que quiso y que logró pasar Tendilla. Sobre amigo de Geraldini, desde luego fué el Conde quien tra¬ jo a España a otro de los humanistas de nuestro Renacimiento, a Pedro Mártir de Angleria (de Anghiera), el historiador milanès de nuestras co- (1) «Oratio Antonil Geraldini proUionotarii apostolici, poete q Laureati; .Ve Regü oratoris. In obsegnio canonice exbito per Tlliistrem Comitfe (Tendillae per prothono- tarium Metlmnœsem et per ipsem prothonotarium Geraldinum nomine serenissimoss rernandihi Regis et Hellsabeth Reginœ Hispaniee Inocent Octano eius nminis Pon- liflci Maximo. El folio 7." vuelto: «Habita Rome XlM-ltr-Octobris. .Vnno salutis sexto et octogésimo supra CCCC et M. Amen.» Ocho folios —el primero en blanco; en el recto del octavo, unos versos latinos; sin numeración; ni reclamos; ni signaturas— en 4.'° Traducimos el titulo y una de las frases menos retóricas: «Oración de Antonio Geraldino, protonotario apostólico y poeta laureado, y emba¬ jador del Rey. Presentada canónicamente, con reverencia por el Ilustre Conde de Tendilla, por el protonotario Metimnanse y por el mismo protonotario 'Geraldini, en nombre de los serenísimos Fernando Rey e Isabel Reina, de España, a Inocencio, octavo de este nombre. Pontífice Máximo.» ïEstos, pues, Beatlssimo Padre, tan justos, tan piadosos, tan santos y claramente divinos príncipes, a tu corona ahora llegan y ellos a ti hoy por este ilustre don Iñigo de Mendoza, Conde de Tendilla, capitán de los ejércitos reales; por este, el Reverendo Padre Juan de Medina, jurisconsulto, notario de Tu Santidad, y por mi, en servicio de la fe, testimonio de reverencia en arras de la religión y tributo de la piedad pres¬ tan. Estos, ipues, a ti: por nosotros como verdadero vicario de Chrlsto, indudable su¬ cesor de Pedro, y por certísimo Pontífice de todos los fieles de la ciudad, veneran y aman.» sas. Más tarde fué en aquel rarísimo Granada Tendilla el protector de latinista de raza Juan Latino. Y en la edad moderna, si como sa¬ negra; bemos fué el gran Tendilla quien redactó la letra del sepulcro del santo, y perseguido primer Arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talave¬ ra, evidentísimo me parece que ha de reconocerse su personal redacción y de prop'a Minerva en la epigrafía sepulcral del magno sepulcro que el segundo Tendilla erigió a su hermano el segundo Cardenal Mendoza, Patriarca, Arzobispo de Sevilla, cuya letra luego copiaremos. Tendilla logró la reconciliación entre don Ferrante I de Ñápeles y el Papa, restableciendo la paz en Italia, y temeroso Inocencio VIII (luego resultó que con harta razón) de que el «Aragón» napolitano tomara ven¬ ganza de los nobles napolitanos, del bando del Papa, hubo de ser base de la paz que Tendilla (en nombre del Aragón de Aragón, Fernando V) saliera garante en su favor. ¡Dios sabe si esa garantía y ante las repre¬ salias sobrevenidas, no preparó para tantos años más tarde, con la caída de la dinastía napolitana, la unión de Nápoles a España! Por de pronto, la gratitud del Pontífice halló manera de manifestarse premiando a Tendilla sus hazañas granadinas con el estoque bendito «de honor» (1) y la prosapia del Mendoza se engalanó con otro lauro: el ho¬ nor pagano o semipagano de una medalla acuñada; con hermosa efigie de su cabeza en perfil, y una letra en que no menos que se le dice «fun¬ dador del reposo y de la paz de Italia» (2). En secreto, además, logró después Tendilla para su tío el gran Car¬ denal de España (a quien debía tanto, incluso su educación) la Bula de facultades para legTimar progenie ilegítima, que le valió para hacer tan grandes próceres, principalmente, a sus dos hijos mayores el primer (1) El Papa lo donó con el birrete correspondiente, y le concedió para él' y sus descendientes unas tercias reales. El Bey de Nápoles le dió doce acémilas cargadas de tapices y brocados y, además, joyas de grandísimo precio. (2) La medalla que reproducimos (de ejemplar de don Manuel Gómez Moreno Mar¬ tínez, mejor que los de la biblioteca de Palacio y de la colección de. don Pablo Bosch, Museo del Prado) dioe: «ENEGVS LOP[ez] DE MENDOZ.á COMES» en el exergo del anverso, alrededor de la cabeza vuelta a la izquierda del que mira, y al reverso en seis líneas dentro de una láurea: «FVNDATORI QVIETIS - EX - PACTS - ITALICE. ANNO - M.CCCCLXXXVI». El tamaño es de 25 milímetros de radio (véase Armand II, 83, 1), y también reproducida en Catálogo de la venta de monedas y medallas de la colección (Nota de don Antonio Vives.) Como ya publicó la Iconografía de Carderera, hubo otra medalla de mucho mayor tam.año y con otra letra, en honor de Tendilla, y en la misma ocasión. Carderera, tomando la cosa del hermoso libro inédito de historia de su casa, del historiador famoso Marqués de Mondéjar (no de inspección ocular), describió esta otra medalla en honor del segundo Tendilla, que no es la que nosotros reproducimos (y que Carderera no conoció), pues varia de letra y la parte escultórica no se puede imaginar sino de mucho mayor tamaño. «Los segundos (dice de los potentados italia¬ nos), entre otras demostraciones, le acuñaron medallas con plata y otros metales. En el anverso de unas estaiba el conde a caballo armado; en el reverso, en traje civil o de paz y descubierto, y con esta leyenda: «Enecus López de Mendoza,comes Tendilliœ regis et reginae HIspaniœ capitaneus et consiliarius fundator Itaiiae, pads et honoris, Dominus prosperet.» 392 Marqués del Cenete (el creador del palacio renaciente de la Calahorra) y el primer Conde del Mélilo (el abuelo de la famosa Princesa de Ebol ). La paz lograda por Tendilla fué en 1486 (12 de agosto); el discurso incunable es de 1486 (19 de septiembre); la medalla es de 1486; de I486 es M estoque. En cuanto a la Bula secreta es de 1488. Tengo que añadir aquí, porque acaso esté en relación con Tendilla y su medalla, que su coembajador y subordinado, y su maestro en bu- man'smo, Antonio Geraklini (antes poeta latino laureado en el Capitolio), aparece en una medalla, en busto en el anverso y con una figura de la 7\bundancia turTeraria, quiero decir con incensario en la derecha y cuer¬ no de Amaltea en la izquierda, obra firmada por Niccolo Forsore Spinelli Florentino, acaso en algunos años posterior (la suponen en 1490 los nu¬ mismáticos) (1). Como Antonio Geraldino murió en 1488, me doy a pen¬ sar en que entre su medalla y la de Tendilla (en menor tamaño, es ver¬ dad) hay una relación de coincidencia bastante con la de estilo para atri¬ buir la de don Iñigo también a Niccolo (?). La fisonomía varió (naturalmente) con los años, y de su edad madu¬ ra teníamos el retrato que reprodujo Carderera y que existió en el Pa¬ lacio del Infantado, en Guadalajara, y el escultórico (decorativo) de la casa de los Tiros, en Granada. Por aquél se saca fácilmente la consecuen¬ cia de quién es Tendilla en los tableros de la Rendición de Granada, en el retablo mayor de la Capilla Real, en aquella Catedral. Con ser tan magnánimo y tan artista su primogénito (don Luis, et creador del Palacio de Carlos V, de la fuente y pilar de Carlos V y de la Puerta de las Granadas, en la Albambra, y quien puso al pintor sol¬ dado Pedro Machuca, en ocasión de ganar fama inmortal como arqui¬ tecto), el gran Tendilla, su padre, enterrado en San Francisco de la Albam¬ bra, no tuvo sepulcro, ni estatua yacente ni orante por tanto (*). íl) En el anverso, el busto mirando a la derecha, y en el exergo: »<.\NTONIUS GE- nALDlXVS-PONTIFICIVS LOGOTHiET.A^F.ASTORViM-V.ATES. Reverso, la dicha figura, coronada de laurel, imitada de estatua del antiguo, vestida, y en el exergo: RELIGIO- S.ANCT.A, con la firma OP-Nr-FO-SPtFI,. En el cíKlassischer Skulpturenschatz», al número IGC, tomada del ejemplar de la colección monetaria de Florencia, se reproduce el anverso y el reverso de esta meda¬ lla, mas sin dar las añedidas (cuando da las de otras dos reproducidas en la misma Icámina). Hace referencia al «-Jahrbuch der Kónlglich preuss. Kunstsammlungen», de Berlín, II, pág. 235, y dice (cosa sabida) que (el protonotario falleció en 1488, al ser¬ vicio del Rey de Xápoles. El Geraldini, que después suena tanto en Espaa, es su jo¬ ven hermano Alejandro. Antonio nació en 1457 y murió en 148S. A los veintidós años fué coronado como poeta latino en el Capitolio. Inocencio yill, que le protegía muy especialmente, le hizo protonotario y le confió en España uña importante misión diplomática. Nuestros re¬ yes le confirieron luego otra cerca del Duque de iBretaña, y volvió a iRoma en la em¬ bajada de Tendilla. .Acaso éste tuviera parte (pienso yo) en la edición de sus obras en Roma en aquella ocasión: las «Eclogae», en 1485, y los i«Bucolica Sacra», en 1846 (que son las no olvidadas). C) [Para más noticias de Tendilla, véase M. Gómez Moreno: «El Renacimiento en Castilla.» Archivo. 1925.] S93 El, cambio, antes de 1510, había dado a su hermano, el segundo en Cardenal y Patriarca Mendoza, Arzobispo de Sevilla (muerto en 1502), el magnífico sepulcro que damos reproducido aquí, y del cual hablare¬ mos luego. Los restos del más famoso Tendilla pasaron en 1521 de la Sala Capitular a la misma iglesia de San Francisco de la Alhambra, pues¬ tos en la bóveda donde basta entonces estuvieron depositados los cadᬠveres de la Reina y el Rey Católicos. § II.—El segundo Cardenal Mendoza Se le llamó al hijo segundo del primer Conde de Tendilla, unas veces don Diego de Mendoza, y otras don Diego Hurtado de Mendoza. No lo tengo por figura principal, ni al lado de su tío el gran Carde¬ nal Mendoza, ni al lado de su hermano el gran Tendilla. Conviene al tema de nuestro estudio decir, sin embargo, algo de su vida. Que nacería (calculo) por 1443. Que era Deán de Sigüenza (la sede siempre reserva¬ da por el tío, a la vez que las metropolitanas que tuvo) cuando fué de veintiocho años promovido a Obispo de Falencia, a la vacante por muer¬ te de don Rodrigo Sancho de Arévalo, en 13 de febrero de 1470. Que en 29 de agosto de 1485 fué promovido a Arzobispo de Sevilla por los Re¬ yes Católicos, ante la muerte del efímero Arzobispo don Iñigo Manrique y frente a decisiones pontificias (1484) que daban la administración del Arzobispado (5.000 florines de renta) al futuro Alejandro VI, don Rodri¬ go de Borja, a la vez Arzobispo de Valencia y de otras ricas diócesis en Hungría, España e Italia (1). Supongo que Tendilla en Roma logró, con los otros sonados éxitos, el de alcanzarle canónicamente a sus Reyes y a su hermano el triunfo apetecido. El mismo «perjudicado», don Rodrigo de Borja, a los ocho años de coronarse Papa, promovió al Cardenalato a don Diego Hurtado de Men¬ doza, en el Consistorio (en San Pedro) de 28 de septiembre de 1500, siendo el primero de los trece Cardenales nuevos de aquel día y el veintidós de los creados por Alejandro VI; al ausente don Diego se le apellidó (como antes a su tío) «Cardinalis Hispaniae», y se le dió el título de Santa Sa¬ bina. Patriarca de Alejandría le llamó su hermano en el epitafio; donde se dice que murió de cincuenta y ocho años, en 12 de septiembre de 1502. El elogio epigráfico, según el texto, que indiscutiblemente ha de ser de su hermano (que graciosísirnamente traduce su propio título de pri- (1) Los Reyes Católicos, para lograr el éxito, comenzaron por poner preso a don Pedro Luis de Borja, primer Duque de (Gandía, hijo del insaciable Cardenal, y ai 1/a sazón en España. 394 mer Alcaide de la Alhambra por «primer prefecto de la acrópolis de Ili- beris»), dice así: REVEREXDISSLMO ET ILLUSTRISSIMO DIDACO FERIADO DE MENDOZA QUEM CLARISSIMEM GENES INSIGNIS LITERATUM SCIENCL\, LNVIOLATA EN SVOS REGES FIDES, SANCTISSIMA EQEITAS, EN OMNES REGALIS MVNIFICENTIA, IN AMIGOS (sic) ET PAEPEROS ACINGENS, ANIMI MAGNITEDO ET TEMPERANTIA CELEBERRIMY.M REDDIDER\b\T, NECNON RELIGIÓ ET PIETAS T JN DEEM OPTIMEM MAXIM\ M, HISPALENSEM ARCHIEPISGO- FEM, AEEXANDRINVM PATRIARCIIAS ET HISPANIARVM CARDl- NALEM EXTEEERVNT, INICES LOPEZ DE MENDOZA TENDILLE GOMES GERMANES NA'n^ ItlAIOR GENERALIS GRANATENSIS REGNI CAPITANEES, AC ILLIBERITANOREM ARCIEM PRIMES PRAEFECTES, SEO FRATRI MARMOREEM TEMMELYM, SATIS MAIORA MOERENTI POSEIT. EIXIT ANNOS 58. OBIIT 12 SETEM- BRIS 1502. De su vida privada, si sabemos que luvo un desliz, ocasionado del ar¬ dor juvenil, cuando estudiaba en la Eniversidad de Salamanca (porque sus deudos e.vcluyei'on a su hijo don Fernando Hurlado y sus descendien¬ tes de los llamamientos de los mayorazgos, salvo extinción de otras lí¬ neas); sabemos, en cambio, la cristiandad con que atendió a la fundación de su padre del convento de pobres ermitaños Jerónimos (de los de F>ay Lope de Olmedo) en Santa Ana de Tendilla, dándoles la muy necesaria protección, ayudando mucho también después a la fundación (de su her¬ mano el gran Tendilla) del convento de observantes franciscanos de Mon- dcjar. Pasó de muy mozo (tendría unos diecisiete años), al acabar sus es¬ tudios en Salamanca, a Italia, cuando el primer Conde de Tendilla, su padre, volvió de Embajador a Roma, año 1460, quedándose él allí después de la embajada y por algún tiempo. Que fué amigo de los humanistas, se puede ver en cartas de Pedro Mártir de Angleria. Decía éste al demasia¬ do famoso Cardenal don Bernardino de Carvajal: «Decoramos con el som¬ brero rojo... y te dimos por compañero a Jacobo, que en España se dice Diego Hurtado de Mendoza... (que) se aventaja en la gentileza del cuerpo y en la gravedad del semblante. La excelencia de su linaje, de sus eos- t lumbres y de sus letras, y las prendas de su ánimo las conoces tú que confiesas cuanto debes a esta familia, pues fué no pequeña ayuda para que consiguieses el capelo, don Pedro González de Mendoza, su tío» (Car¬ vajal comenzó por ser hechura y creación del gran Cardenal, algo así como su representante en Roma). El mismo humanista y del propio don Diego, dijo en otra carta: «Dicen es el primero en poder y autoridad después del gran Cardenal, su tío, que goza el tercer lugar en el Imperio» (el tercer Rey en España, decía la gente). 395 Particularmente figuró a la cabeza de la comitiva en la entrega a Por¬ tugal de la Infanta doña María, que iba a suceder a su hermana la Infan¬ ta doña Isabel en el tálamo del Rey don Manuel «o Venturoso». El año 1502 concurrió a Toledo a la Jura que en aquella ciudad se hizo en el domingo 22 de mayo a la Princesa doña Juana... y habiendo pasado con la Reyna Catholica a Madrid le dióen aquella villa [en ésta] luego que llegó a ella la última enfermedad de que murió, ocasionada de abundancia de sangre -f- [pulmonía, por lo visto] no conocida a tiempo de los médicos, con sólo cinco días de De Madrid fué llevado cama.» cuerpo a Tendida (a los su ermitaños jm-ónimos) «que él avia aumentado con la magnificencia que pon¬ deran Diego Henriquez del Castillo y Esteban de Garibay; de donde {aña¬ de Mondéjar) fué trasladado a Sevilla... el año 1504». El P. Sigüenza, que lo de Tendida lo escribió tendenciosamente (por ser cismática la Orden de Fray Lope, respecto de la jerónima: en la que en el siglo X\T vino a re¬ fundirse) y con miras a culpar de la pobreza a los Tendidas, cuando era lo típico de los Jerónimos-mendicantes, y que además confiesa no hadar escritos de las conocidas y famosas virtudes de los tales ermitaños, aun tratando al fundador (el primer Tendida) con poco aprecio, pregona mu¬ cho más la protección del Cardenal don Diego; «El que se mostró siem¬ pre más aficionado, y denoto a la santa (Santa Ana) y al convento... pre¬ tendía mucho leuantar esta casa. Atajó la muerte sus propósitos, y en su testamento mandó enterrasen su coraçon y sus entrañas a donde auia te¬ nido él afición... dexó a la casa por treredera de la tercera parte de su recámara, y oy duran las reliquias de esta herencia.» (Cita su cruz metro¬ politana, paños, dosel, una Verónica y otras joyas.) «Edificó la sacristía, que es la mejor pieça de la casa, hizo el retablo del altar mayor, de la mejor pintura de entonces, hizo también las sidas del choro, y en tanto que viuió tuuo a los religiosos verdadero amor de padre, acariciándolos y re¬ galándolos cuanto pudo...», etc. Aunque la ejecución del testamento de su tío, el gran Cardenal don Pedro, se suele suponer siempre a cuenta de la diligencia de la Reina Ca¬ tólica, y al celo de su sucesor, el Arzobispo Cisneros (también de don Pe¬ dro «criatura»), necesitamos en este punto dejar establecido que el sobri¬ no don Diego fué él en primer lugar designado albacea del tío, y tras él el protonotario León, y tras de León, el Deán y Cabildo de Toledo, y sólo después es Cisneros el cuarto y último albacea. La gran Reina (que tanto quiso al gran Cardenal) no fué, en puridad, legalmente albacea, sino a quien en postdata autógrafa del testamento, se dieron plenos poderes para modificarlo, y a quien tan respetuosamente encomendaba don Pedro todo apoyo para que pudiera cumplirse sino y realizarse puntualmente todo lo en él dispuesto. Por lo cual, y por el hecho de que pasados años no se solicitó el cape- 396 lo para Cisneros, Arzobispo primado, sino para don Diego, Arzobispo de Sevilla —C'sneros no fué Cardenal vida de la Reina—, y por tan- en las oirás circunstancias, hay que pensar en el segundo Cardenal Mendo¬ za, y no en la Reina ni en Cisneros, para cosa tal como es el pncargo a artistas renacientes del sepulcro de don Pedro en el lado del Evangelio de laiCatedral de Toledo, el primero y sin duda el sepulcro de mayor mag¬ nificencia del Renacimiento entre nosotros. La prematura muerte de d >n Diego (1502) no le consintió, por lo demás, llegar a intervenir luego en lo principal del testamento, en la edificación del Hospital de Santa Cruz, en Toledo (edificóse de 1504 a 1514), pero acaso de antes fuera él (y no Cis¬ neros ni la Reina) quien en verdad encargara a Enrique Egas los planos (hechos ya desde 1495), con la exigencia de que todo hubiera de obedecer a los cánones del Renacimiento. Se sabe, por lo menos, que los planos eran muy anteriores a la pimera piedra y a la definitiva designación del emplazamiento, y que Enrique Egas no era todavía un intransigente re¬ naciente lo demuestra la Capilla Real de Granada, suya y gótica todavía (1506 a 1517), obligándonos a dar en el Hospital de Toledo, a indicacio¬ nes del albaceazgo, la exigencia relativa al nuevo estilo. Repito que para mí donde digo «albaceazgo», entiendo el Cardenal don Diego, el pr'me"o de los albaceas y el único de ellos que era miembro de la familia. § III.—La piña de los Mendoza Para explicarnos bien la influencia de los Mendozas en un asunto de cultura artística, como en cualquier otro aspecto de su historia, necesita¬ mos dar el debido relieve a la admirable unidad de espíritu dei aquella fa¬ milia, a la vez extensísima y unida, toda apiñada al lado de su jefe. El jefe, el hombre de inmensas dotes de gobierno y para todo, es el gran Cardenal de España. Aun con sus hermanos mayores, pero todavía mucho más con los hermanos menores y con los hijos de sus hermanos mayores, gozó de una influencia absoluta, sabiendo mantener a todos en la más admirable disciplina de solidaridad; en guerra y en paz, ante los disturbios, ante los partidos, ante las más nobles campañas y ante los más menudos sucesos. Esa impresión se saca cien veces al leer los cronis¬ tas de Enrique IV (Enríquez del Castillo o Palència) o los de los Reyes Católicos (Pulgar, Lebrija, Carvajal, Baeza o Marineo Sículo), y mucho más leyendo a los cronistas de la propia estirpe de Mendoza (Medina o Rodríguez de Ardila) (1). La dicha disciplina de solidaridad alcanzaba aun (1) La preocupación del gran Cardenal por la unidad de la familia —extensísima— le hizo pensar en que no sus hijos tuvieran palacio en Guadalajara, sino los Infanta¬ dos; no fuera a ponerse en la ciudad un Mendoza frente a otro Mendoza en lo porvenir. m a los Vélaseos y a los La Cerdas (casas del Condestable y de Medinaceli) y a otras casas enlazadas por matrimonios de las hermanas o sobrinas del Cardenal. Elprestigio inmenso basábase además en la educación o ^convivencia. El gran Cardenal (dice, al caso, el testimonio irrecusable de Medina) «traía hijos e nietos de sus hermanas en su casa, y de sus sobrinos hizo mucho en aquellos que halló para el caso: traía siempre en su mesa y casa hom¬ bres de letras y armas (pág. 187). Habiendo ydo... a Valençia [estamos en 1472] a resçibir al Cardenal D. Rodrigo de Borja (futuro Alejandro VI) y pompa de casa y criados y adereços y muchos cavalleros sus parientes (llevó), especialmente los sobrinos, que siempre traya consigo doquiera que y va, que eran D. Luis, Conde de Medinaçeli [el futuro constructor del palacio de Cogolludo, antes de 1501], y D. Diego Hurtado, hijo -clel Conde de Tendida, que después fué Cardenal [el fallecido en 1502, con el soberbio y segundo sepulcro Renacimiento de España], y D. Iñigo [el gran Tendilla, futuro receptor del estoque bendito] y D. Bernardino, hi¬ jos mayores del Conde de Tendilla y Coruña [respectivamente], y a don Juan y D. García, hijos del Marqués, su hermano [éste es el constructor del gran palacio de Guadalajara], que éstos [todos] andaban siempre con él en su casa y mesa.» Cuando uno de los más poderosos rivales del indestructible y lealísimo partido Mendoza quiere paz y reconciliación, el tal, el Marqués de Ville¬ na, es al gran Cardenal al que pide una sobrina u otra por esposa, y nó¬ tese, no habiendo en estado de casar ninguna hija de hermano, dále el gran Cardenal, no el Condestable ni la Condeslablesa —que es ésta, la Mendoza, hermana del Cardenal—, la hija del Condestable de Castilla: la casa de mayor riqueza y categoría a la vez de toda la grandeza. Ha hecho, pues, divinamente el señor Lampérez al reunir, cual Alen- dozas, en su primer discurso académico, a deudos tan adictos al Carde¬ nal, como la dicha Condeslablesa [la gran constructora en'Burgos de la casa del Cordón, capilla del Condestable, etc.], y eomo el primer Duque de Medinaceli. visto, no solamente por ser un La Cerda-Mendoza (como Este, ya se ha dice el seño Lampérez), sino porque se educó, comenzando de paje, en ta casa episcopal del tío, porque con él convivió infinitas veces, porque el gran Cardenal le casó con la hija del Principe de Viana (haciendo asistir a los Reyes a las bodas, en Medinaceli), porque en artes de la políticia (así de la complicada, como de la más noble y aparatosa) y en empresas de armas (en luchas civiles o nacionales) fué siempre otro con los Men- dozas, gobernado siempre por el gran prelado, poi'que éste le logró pa¬ sar de Conde de Medinaceli a Duque del propio título, y por que no te¬ niendo otra sucesión legítima que una hija, el gran Cardenal (con gran satistaccióii suya), después de haberla desUnadu a olio sobrino (.hubiera sido Duquesa del Infantado), la casó al fin>con el primogénito propio (para ser, como fué, la primera Marquesa del Cenete). Las relaciones con los segundos Tendilla (el gran Tendilla y el futu¬ ro segundo Cardenal de España) todavía parecen más intimas (si es po¬ sible), con una notable diferencia, la de tratarse, en cuanto al gran Ten¬ dilla, de otro de los grandes talentos de la familia, no sé si a la( altura del tío en artes de la política y la diplomacia (¡que ambos fueron admira¬ bles!, que el tío no dejó de ser, por ser prelado, otro de los bùenos nes de su capita¬ tiempo). Este más glorioso sobrino y su lío, acaso vivieron (na¬ turalmente) menos tiempo juntos, pero si en la guerra de Granada (sobre todo en las últimas campañas) no faltó nada a los ejércitos cristianos, fué por el ejercicio de la virtud de la persuasión; y todavía más gran guerrero por la admirable unidad entre la inteligencia combatiendo en el frente (Tendilla al lado del Rey), y la inteligencia del aprovisionamiento detrás, a retaguardia (el gran Cardenal al lado de la Reina). Las relaciones de los dos consecutivos Cardenales Mendoza, son singu¬ larmente un caso de absoluta identificación del tío con el sobrino; «el Car¬ denal... (dice Medina, pág. 243) llevando consigo gran casa de parientes y criados..., y traía siempre consigo a D. Diego Hurtado de Mendoza, su sobrino, hijo del Conde de Tendilla, su hermano, que en esta jornada le dieron los Reyes el obispado de Falencia...», repitiéndose esto de ir juntos innumerables veces. Aun ya siendo el sobrino Arzobispo de Sevilla, el se¬ gundo prelado del Reino, acompaña permanentemente al Cardenal tío cual si fuera todavía un familiar suyo: y «tomó D. Diego Hurtado (añade Medi¬ na, pág. 257) la posesión del arçobispado, y siempre andaba en la casa del tío acompañándole y sirviéndole como antes que lo fuere»...; «yba el Cardenal (a Santiago, con los Reyes Católicos) por el camino con grande acompañamiento de parientes y criados suyos y del Arçobispo de Sevi¬ lla, su sobrino, que nunca le dejaba» (pág. 267) con otras repeticiones de la misma idea. Si ahora recordamos cuál fué de exquisita la educación de los hijos del famoso Santillana, cuán orientada al humanismo (en atisbo), propio de aquel tiempo, cómo, si el gran poeta no supo latín hizo que lo supieran bien sus hijos mayores, y latinistas fueron el primer Duque del Infanta¬ do, el primer Tendilla y el primer Cardenal Mendoza, cómo se guardó y acrecentó y amayorazgó la librería del autor de las Serranillas, y lo que una librería valía y significaba antes del uso de la imprenta, se comprenderá fácilmente en qué ambiente cálido, en qué familia de espíritu tan culto, pudo prender en España, en las artes plásticas el primer afán dd mecenazgo renaciente. §1V.—La adhesión de los Mendosas al Renacimiento Olvidémonos de las dos embajadas consecutivas a Roma (1455 y 1460) del primer Tendida, el amigo del gran humanista Eneas Silvio, que al llegar a Papa (Pío II) le quiere ver allá (1), y señalemos hechos mas recien¬ tes y más visibles y plásticos de la adhesión incipiente y al fin decidida, de los Mendozas al arte del Renacimiento, tal y tan grande al fin, que si íuera atrevido llamarles «los Médicis españoles (aquí tan solos), quizás merezcan entre nosotros una gloria semejante a la del Rey Matías Corvinc (1458 a 1490) en Hungría, en la Historia de la propaganda del Renaci¬ miento fuera de Italia. Antes, un precedente; el viaje del Cardenal Borja a España. 1472—El futuro Alejandro VI, D. Rodrigo de Borja, vino de Legado a España: ocas'ón en que los futuros Reyes Católicos ganaron a su proble¬ mática causa la adhesión secreta del mismo y de Mendoza a la vez. El en¬ cargado de recibirle en Valencia y de acompañarle en todo el largo viaje (con todos los Mendozas) y de aposentarle regiamente en Guadalajara los meses del verano (1472) fué D. Pedro González de Mendoza, el futuro gran Cardenal. Ya el doctor Justi (2) dijo, «viajaron juntos hasta Castilla, tra¬ bando estrecha amistad. Durante sus ocios en la suntuosa Abadía [de Va¬ lladolid; mayores, creo yo, en el veraneo de Guadalajara], a vuelta de sus inacabables disputas acerca del Real Patronato eclesiástico y de otros te¬ mas así, hablarían también de la obra del romano, frente a la gótica cres¬ tería. Recordaríase el Palacio de Venezia de Roma, la obra del Vaticano en el estilo de laantigüedad, etc.» En un trabajo mío particular (3), y a la cabeza de alguna conferencia mía del Ateneo, según el Sr. Lampérez tuvo la bondad de recordar y repe- (1) No toca a nuestro propósito ocuparnos del primer Conde de TendUla, el hijo homónimo del primer ¡Marqués de Santiilana. Pero acaso el antecedente de sus famo¬ sas Embajadas a Roma explique la orientación humanista de sus hijos, de los cuales presumo yo que se haría acompañar en tales-Embajadas; eso, ciertamente, nos cons¬ ta en cuanto al segundo, al futuro Cardenal don Diego, y en ocasión de la segunda. Dichas Embajadas fueron'(al parecer), la primera, a dar la obediencia a Nicolás V (fallecido en marzo de 1455), en nombre de Enrique IV (que comenzó a reinar en julio de 1554), y la segunda, como cosa de cinco años después, cuando se reuniói el Concilio, o mejor. Congreso de Mantua (1460), presidido por Pío II, para la gran expe¬ dición de toda la Cristiandad preparada contra el turco, y fracasada por la muerte del Pontífice. El Papa, humanista por excelencia (Eneas .Silvio Piccolomini), era ami¬ go personal (de antes) del que aun no era sino Señor y luego primer Conde de Teu- dilla (lo fué en 1466). (2) Cari .Tusti, ccMiscellaneen aus drei .lahrhunderten spanischen Kunstlebens, I, página 50. (3) Elias Tormo: ctEl sello del Cardenal de Valencia don Rodrigo de Borja (.Alejan¬ dro VI)» en la malograda revista Vida intelectual, tomo 11(1, núm. li (marzo, lOOS), páginas 102 a 209, con reproducción del sello. [Véase en este libro pág. 347.] ' Véase extracto de la conferencia del señor Lampérez, aludida en el BOLETIN to- pao XXIII, año 1916, pág. 73. 400 lir enla suya famosa sobre la Revolución renaciente, se hubo de poner el bello sello céreo de arle del Renacimiento prerraíaelista, Es¬ que trajo a paña en aquel viaje D. Rodrigo de Borja, Vice-Canciller de la Iglesia ro¬ mana, y por tal cargo, obligado a ostentar un gran sello. El suyo con tres imágenes devotas, su retrato y su escudo, en un no demasiado diniinuto re¬ tablo de estilo de Renacimiento, lo tenemosel Sr. Lainpérez y yo (esta vez de acuerdo) por lo primero del Renacimiento (líneas y formas arquitectó¬ nicas) que vino a España. Del sello (aunque no lo pensara el doctor Justi) hablarían seguramente los dos más famosos prelados españoles de aquel siglo en sus meses de convivencia amistosísima. Aquella cosa diminuta, de frágil cera, contenía en sus líneas arquitectónicas el arco de triunfo donde tuvo ingreso el espíritu del Renacimiento en España. Cuando en tablas españolas se repiten tales líneas clásicas es en las de un pintor valencia¬ no del propio Cardenal Borja: en las de Maestro Rodrigo de Osona (que le pintaba obras en Valencia, 1483). 1482.—El segundo Duque del Infantado reconstruye, donde habíase aposentado el Cardenal Legado, un lujosísimo palacio, el del Infantado en Guadalajara, y a la vez acaba su castillo de Manzanares el Real en , un estilo nuevo, el uno y el otro, con ser góticos y mudéjares los ele¬ mentos artísticos de la nueva creación, mezclados con detalles de genti¬ leza renaciente (muy vagamente italianos, si lo son) sentida más que no vista. 1486-7.—Es la fecha de la espléndida Embajada a Roma del Conde de Tendida, acompañado del humanista Antonio Geraldino, y trayén¬ dose de allá al humanista Pedro Mártir de Angleria; es, a la vez, la fcV cha de las medallas (absolutamente renaciente la que conocemos, y segu¬ ramente más la perdida) fundidas en su honor; es también la fecha en que recibió el insigne honor, casi nunca concedido a quienes no fueran Soberanos, del estoque de honor, que es pieza admirable de orfebrería del nuevo estilo del Renacimiento, con el que ya be dicho que se abrió la brecha por la que caudálosaincnte se le había de abrir paso en Espa¬ ña. Durante ese viaje comienza lYndilla, por orden del tío, la recons- ti'ucción de la basílica romana de Santa Cruz de Jerusalem, dejando en¬ comendada la continuación de las obras (a su vuelta) al futuro Cardenal Carvajal. 149]^_—Como demostraremos, está labrada en buena parte, y en los dos años siguientes, el resto de la parte franca y absolutamente rena¬ ciente de la obra comenzada en gótico del colegio universitario de San¬ ta Cruz, en Valladolid, creación personal del gran Cardenal, con todos los nuevos elementos renacientes, cuatrocentistas gentilmente aunque acomodados a la tradición del gótico aquel peculiar de los Mendozas. 1494.—Al hacer su magno y último testamento el gran Cardenal 401 liuctîprofesión de adido al arle del Kenacimiento, ordenando que el único complemento que faltaba a su colegio de Valladolfd, o sea el reta¬ blo mayor de la capilla, sea a la romana, «a la antigua», con sus enta¬ blamentos clásicos, a la orden de un arquitecto de Guadalajara (Loren¬ zo Vázquez), que es seguro, por tanto, que conocía el arte renacido. 1501 (y años antes).—Está terminado el palacio de Cogolludo, del es¬ tilo nuevo, tratado con la misma gentileza y de la propia manera perso¬ nal que lo renaciente de Santa Cruz de Valladolid, seguramente que por el mismo arquitecto. Antes de 1504 (años antes, probablemente).—Se coloca en el presbi¬ terio de la Catedral de Toledo el magno sepulcro (estilo florentino, de por el año 1480) que allí se negaba el Cabildo en 1493, y se empeñaba el propio Cardenal que había de cplocarse (1), que aceptó en 1495 el Ca¬ bildo que se pusiera y que lo resistió después mansamente, hasta obli¬ gar a Cisneros y a la Reina a dar de noche el golpe de destrucción a la parte del admirable cierre gótico a que hahía de sustituir. Por el haz de dentro s el más grandioso y puro arco Iriunfal de nuestro Renacimiento, ■ y por el haz de fuera (altar de Santa Elena), el primer retablo de nuestro Renacimiento, absolutamente italiano todo lo arquitectónico y labrado en mármol de Italia. Seguramente lo encargaría el primer albacea y segun.- do Cardenal Mendoza, y acaso interviniera en Italia en el encargo el Cardenal cjon Bernardino de Carvajal, que antes, por aquél, llevó ade¬ lante las obras de Sania Croce in Gerusalemme, incluso las pinturas del ábside, frescos de Anioniazzo Romano, en que está representado (2). 1504 a 1514,—Comenzóse y acabóse en esas fechas la edificación to¬ talmente en estilo de Renacimiento, mas de artista español con toda se¬ guridad, del Hospital de Santa Cruz de Toledo, por el alhaceazgo del gran Cardenal, por planos seguramente anteriores. (1) Interesantísimo documento publicado en el BOLETIN por el señor Sánchez Can¬ tón, «Retales», núm. 1, al tomo XXIII (1915). pág. 162, no citado ni aprovechado por el señor Lámperez. (2)Véase el trabajo no citado por el señor Lampérez de don «Vntonio C. Floriano en nuestro BOLETIN «Antoniazzo Romano : un pintor prerrafaelista pintando para españoles», tomo XXI (1913), pág. 266, con varias reproducciones. Hay en lesie trabajo estudio dte si el Cardenal retratado ide rodillas ante la cruz y San Elena es don Pedro o don enhiesta Berniarti'ino; éste, adiemás de ser el encargado de las obras, ifué sucesor de Mendoza len el título .de Santa Cruz. Es evidente tratado no es don Pedro, y pagara él o no la que el re¬ labor, hay que reconocer que ha de ser Carvajal;: era el más intrigante de nuestros españoles de Roma, capaz de hacerse retratar así, aun no costeando la tarea. El gran Cardenal acrecentó extraordinariamente su nativa devoción a la Santa Cruz, por haberse descubierto el que se tiene por inri butida la caja en el ábside original durante las obras, em¬ que se renovaba con ellas, y el mismísimo día de 2 de enero 1492, en que lel gran Cardenal plantaba en las torres ios pendones de Castilla die la Alhambra (al lado de y de Santiago) su cruz de primado de las El tal título de la cruz se conserva en Españas. rico marco donado Por nardino había venido en 1487 Mendoza; don Bei-- a España de Nunicio, para volver luego de España a Roma. Ya no volvió Embajador de (según creo). 26 402 1508-9.—Tendilla hace intervenir en las obras reales de Granada (ca¬ pilla Real) al arquitecto renaciente, a quien el gran Cardenal, catorce años antes, encomendaba el retablo de Valladolid (Lorenzo Vázquez), ha¬ biéndole antes construido su propio convénto de franciscos en su villa de Mondéjar, primer templo del Renacimiento que conozco en España, desde luego. 1509.—Se coloca en la capilla de la Antigua de Sevilla el apenas me¬ nos grand'oso y más bello sepulcro del segundo Cardenal Mendoza, obra del más puro Renacimiento. 1509 a 1512.—Comiénzase y acábase en esas fucbas el palacio den¬ tro del castillo de la Calahorra, obra de Renacimiento puro y de artistas italianos, hecho hacer por el primogénito del gran Cardenal, primer Mar¬ qués del Cenete. En otro párrafo deberíamos repasar las fechas, relativamente retra¬ sadas, de las otras manifestaciones del Renacimiento extrañas a los Men- dozas. Adelantemos que el sepulcro del Príncipe don Juan, en Avila (1512), y los más tardíos de los Reyes Católicos, son posteriores en varios años a los dos citados de los Mendozas; que la portada renaciente de la sa¬ cristía, capilla del Condestable, en Burgos, es de 1513, y que es de 1516 la portada de la Pellejería, primeras construcciones renacientes allí; que la capdla del sepulcro, que es lo primero de Renacimiento en la Catedral de Valencia (al tras altar mayor), es de 1510; que el palacio (acaso del mismo arquitecto) en el castillo de Vélez Blanco es de 1506 a 1515 (cons¬ truido por el yerno de una Mendoza); que lo renaciente de Pedro Gumiel (trabajos para Cisneros en Alcalá y Toledo) ha de llevarse a años pró¬ ximos a 1518 (fecha del Paraninfo), todo ello sin contar con que lo cita¬ do de Burgos, que son obras de Francisco de Colonia, y éstas de Gu¬ miel dan la impresión (ambas) de timidez y de Renacimiento de segunda mano, y que el hijo de la Condestablesa (dlla, una Mendoza) y el Carde¬ nal franciscano, criatura en todo del gran Cardenal, no son personas aje¬ nas a la influencia de la gran familia cuyo mecenazgo historiamos. 1515.—Muere el gran Tendilla, para mí el Mendoza más adicto al Renacimiento, y aquel a quien probablemente se debió el cambio de gus¬ to en su tío el gran Cardenal y la educación esencialmente de Renacimien¬ to del primer Marqués del Cenete. § V.—Los arquitectos de los Mendoza Interrumpido en la Revista este fragmentario trabajo, no hubo de cor¬ tarse por falta, sino por sobra de elementos de estudio, que ya son tantos que están píd'endo una más sistemática exposición de los no esperados 403 cesultados de la investigación. Esa nueva monografía, no cree el autor de este trabajo que la deba plantear él mismo, sino don Manuel Gómez Moreno, agradeciéndole mucho las extremadas facilidades ofrecidas, que no se deben aceptar en esta ocasión. Es el caso que, habiendo tenido yo por mi parte la fortuna de descu¬ brir el que declaré en el acto primer templo del Renacimiento español en las ruinas de la iglesia de San Francisco, bien inmediatas a la esta¬ ción de la nueva vía férrea, en la villa de Mondéjar, provincia de Guada- lajara, y tratándose del monumento creación del segundo Conde de 'fen¬ dilla y del segundo Cardenal Mendoza, con fecha (como ya hemos dicho) conocida como seguramente anterior al año 1509 (1), el señor Gómez Mo¬ reno, que tal fecha documental me proporcionó, después de acudir a verlo, analizarlo y dibujarlo, de tal modo se enfervorizó en el estudio, por Bstar relacionado con los orígenes del Renacimiento en Granada (donde tan principal papel hicieron los Tendillas), que puso otra vez en el telar, integrando todo el problema, los datos conocidos de antes solamente por él, y se dió con nuevo ardor a la rebusca y feliz hallazgo de interesantes documentos méditos relativos a las obras que presidía el segundo Conde de Tendilla (y después su hijo y sucesor), y al no menos feliz éxito de conocer, leer y aprovechar un importantísimo fondo de epistolario del pro¬ pio magnate, en el cual (con mil importantes datos para la historia mili¬ tar y polít'ca de su tiempo) no dejan de hallarse notas sumamente signi¬ ficativas para la historia artística, de la que cada vez aparece el segundo Tendilla como el más ilustrado y genial de los Mecenas de su tiempo. Juntos después, el señor Gómez Moreno y yo, renovamos el estudio del palacio de Cogolludo y el de los restos proto-renacientes de Guadala¬ jara; él volvió, además, a cosa hecha, a Valladolid, a renovar el examen del Colegio de Santa Cruz de Mendoza. Malandanzas de salud, por nn parte, no me han permitido acudir a ver qué nos dicen las ruinas (si sub¬ sisten) de los Jerónimos de la villa de Tendilla, y a rebuscar en algunos otros rincones de la Alcarria, la tierra de los Mendozas, otras huellas de su ilustrado mecenazgo (2). Por esta aludida dolencia tuve que aplazar el (1) En cartas del segundo Tendilla al Arzobispo de Sevilla, de abril y julio de 1509, le pide le envíe a Granada a su arquitecto para que, junto al «maestro que fizo mí monasterio» (el monasterio del Conde), dieran su parecer sobre la obra de la Capilla Real. En otras cartas y documentos se ve que se refería a San Francisco de Mondéjar, con seguridad, y dudamos si a ¡Lorenzo Vázquez o a Cristóbal de Adonza (ambos arquitectos alcarreños de los Mendozas), ya que ambos acudieron a Granada con el sevillano, efectivamente. [El señor Gómez Moreno publicó su estudio con el título «Sobre el Renacimiento en Castilla», en Archivo, 1935.] (2) Ignoramos el estilo en que se edificarían por el Gran Cardenal sus fundaciones de Santa Cruz (parroquia), de Sevilla, derribada en el siglo xix, y de Nuesfra Señora de Fuera, en Guadalajara, también desaparecida, de la que únicamente sabemos por el historiador Medina que era notable ermita, y por la relación topográfica a Felipe 11 («Memorial Histórico Español», tomo XLVI), que, a juicio de los que la redactaban en 1579, era «de hermoso edificio de sillería, que es de los buenos edificios que deve 404 cierre de este modesto trabajo monogrûticoeu nuestra Uevisla, y pur lu- das las mentadas circunstancias, repito que, agradeciendo mucho al se¬ ñor Góniez Moreno todos sus ofercimientos, no aprovecho el ingente mon¬ tón de sus notas escritas o gráficas y de las revelaciones históricas que ellas contmnen, y cortando bien que mal mi trabajo, le dejo tn el uso de la palabra; feliz yo, eso sí, con haber apuntado acertadamente al blanco, y cada vez más convencido de la tesis inicial de estos trabajos, a saber: que a los Mendozas del siglo XV, y más particularmente a los Tendidas, tan injustamente preteridos y olvidados, se debió el brote del Kenacimien- to en los monumentos españoles. Se subintituló así mi trabajo, con frase dedicatoria a la vez: «Con al¬ gunos reparos a mi maestro don Vicente Lampérez», y en finalizarlos (en redondear los que en un principio pensé formularle) vengo obligado, que no sería el aplazamiento correcto, aun con ser tan modestas y atentas has observaciones del discípulo, y tan unidas a mis entusiastas adhesiones de siempre a sus magistrales investigaciones y razonadísimas síntesis. Aparte, todo lo referente a la reivindicación de olvido y a la ya, por mí, tan pregonada importancia de los Tendidas, mis reparos se refieren a la tesis suya, para mí demasiado absoluta, de la separación y la. contra¬ dicción entre lo que llamó el docto maestro la «evolución» y la «revolu¬ ción» en la Arquitectura española en el período transicional (mejor dicho: en el momento transicional) de lo gótico al Renacimiento en España. Voy a intentar la demostración de que lo más significativo en la evo¬ lución y lo más auténtico de la renovación son cosa de los Mendozas al- carreños, y animadas de un mismo espíritu y de una inspiración misma. Desde luego, advirtiendo, lo que a todos se alcanza desde luego: que nos movemos en el teiTeno de lo decorativo y no en el de lo constructivo, pues la crisis (o evolutiva o revolucionaria) del Renacimiento es crisis de decoración y de formas, y no una crisis constructiva, ingenieril {si vale la frase). Es decir, todo lo contrario de lo que ocurrió en el período crítico de la trans'ción de lo románico al gótico, en el que priva el fondo (el pro¬ blema de estructura) sobre la forma (el problema del decorado). ¿Quiénes fueron los intérpretes de los Mendozas mecenas, los verda¬ deros arquitectos de las aludidas evoluciones y revoluciones? Queriendo ignorar (bien de propósito) lo que ha ido averiguando el señor Gómez Moreno (que yo no debo adelantar), me voy a reducir a los nombres de antes conocidos, personificando en ellos la evolución y la re¬ de haver en el Reyno, según dicen los artífices que lo ven» (pág. 13), lo que en tal fecha no se pensara si era gótica y no renaciente su labra. En cuanto a otra fundación del Gran Cardenal, también «ermita notable» para Medina, o sea, Santa María de los Huertos, en Sigüenza, me quedo por de pronto en la misma ignorancia qucr respecto a los Jerónimos de Tendida, obra esta última (la Sacristía, muy alabada) del segundo Cardenal Mendoza. 405 volución, que yo trato de enlazar con lazo vital: Juan Güas es el arqui¬ tecto que ostenta más derechos para representar o para simb lizar la evo¬ lución, y Lorenzo Vázquez nos aparecía ya como el arquitecto en quien adivinábamos más derechos para representar o para simbolizar la llama¬ da evolución, pues el testamento del gran Cardenal nos le demuestra cono¬ cedor del nuevo aplicador del mismo en lo francamente renacien¬ estilo y te (a lo romano, ((revolucionario») en Santa Cruz de Valladolid, y los do¬ cumentos granadinos, ya de antes conocidos, demostraban que años des¬ pués, y para las obras reales de Granada, que presidía el segundo Ten¬ dida, seguía siendo Lorenzo Vázquez su arquitecto consultor. No teniendo, pues, carácter de certeza (ni mucho menos) la atribu¬ ción puede y debe aceptarse provisionalmente la hipótesis de haber sido Lorenzo Vázquez el autor de lo que llamaría yo el primer silabario de nuestro renacimiento arquitectónico, del que son incunables él palacio de Cogolludo, el Instituto de Guadalajara, San Francisco de Mondéjar, lo francamente renaciente de Santa Cruz de Valladolid y otras muchas co¬ sidas, particularmente capiteles muy típicos, aunque con variantes, en diversos monumentos alcarreños. § VI.—El capitel que llamaremos «alcarreño» o proto-renaciente español Admitido por todos el palacio de Cogolludo es ((incunable», o mo¬ que numento renaciente XVI, supuesto que en 1502 estaba anterior al siglo construido, y ya en esc año cuenta Lalaing que como obra notable fué expresamente a visitar la morada señorial de los Medinacelis (La Cerda- Mendoza), el Archiduque y futuro Rey de Castilla Felipe el Hermoso, han de tener, por tuerza, carácter de enseñanza todos los estudios que del m'S- mo se hagan. La fachada es la fotografía popularizada. Pero el conocidísima por patio tiene acaso más interés por sus indicaciones. Está arruinado en par¬ te, pero todavía se pueden estudiar allí, en su colocación primitiva, los capiteles, de los que no se ha hecho Hasta ahora estudio. Tipo A. Como se ve, tiene el capitel una corona de hojas; son muy exentas. El estriado salomónico. Sobre las estrías y bajo el ábaco, que es corintio (con escotaduras y cbaflanes, como se ve), ostenta una láurea, interrumpida por grumos goticistas a las cuatro esquinas. Del collarino arranca (por detrás de la corona de hojas) un tallo fino, que cortando las estrías y por delante de ellas va a ocultarse detrás de la láurea, para dar arriba (contra el ábaco) una flor, que es una azucena; las hay en los cua¬ tro frentes. Tipo B. El estriado recto, perpendicular. La corona de hojas sobre el collarino, más exenta y más larga y más abierta. Debajo del ábaco (igual¬ mente corintio), el tablero de volutas jónico, plegado como el «pergami¬ no jónico» por dos lados. La flor ya no es azucena, no se ve su tallo. Siendo el patio de cuatro arcos en el frente y en el fondo, y de cinco arcos a los lados, se vencapiteles del tipo A en las cuatro columnas exen¬ tas de la -zquierda y en las tres del frente, mientras quedas cuatro exentas de la derecha y las tres exentas del fondo son del tipo B. Mas no es estoi causa para pensar en imaginar dos momentos distintos para labor de dos y de otras dos pandas del patio claustral, pues en los cuatro ángulos del mismo son de tipo B, uniformemente los capiteles de las ocho columnas adosadas. Circunstancia que me convence de que el arquitecto dió dos modelos a los mazoneros y los distribuyó con cierto orden. El paso a la escalera de honor (arruinada), al lado izquierdo, ofrece todavía dos pilastras (no columnas), cuyos capiteles son del tipo B, y del popio tipo B el capitel deformemente ancho (doble que largo) de la pilas- Irona intermedia, pues eran dos los arcos: gemelos. Al Mediodía del palacio había una galería, boy arruinadísima, de la cual (en las reconstrucciones, viejas) no quedan en su sitio sino un capitel en la galería del piso bajo y uno en la galería del piso principal. El del plan del terreno es del tipo B, y el del piso principal, del 'tipo A. En las amontonadas ruinas, más o menos llenas de tierra y de verde, que rodean el palacio, vi dos capiteles del tipo A (uno de columna exenta y otro de columna adosada). En el patio del claustro vi dos capiteles del tipo B. El tipo o idea de estos capiteles proto-renacientes de España, pudo y debió de venir de Italia, pues en Lombardía creo recordar algo semejante Pero que el arquitecto (¿Lorenzo Vázquez?) se encariñó con su manera (des¬ de luego doble) de interpretar caprichosamente el modelo clásico corintio y jónico, es indudable, y presumo que en esto de sus capiteles hubo de poner los puntos de su vanidad con candorosa pedantería. En la propia magna fachada del palacio de Cogolludo, se ve algo semejante. Por ejemplo, el capitel de la ventana geminada segunda (co¬ menzando a contar por la derecha del espectador), que tiene otro galbo, pero que ofrece la flor de lis, el ábaco escotado y corintio y hojas que vie¬ nen a ser de un corintio gótico. Todos los de estas ventanas son de ese tipo corintio a la gótica labra, con preciosa láurea en el collarino. Trasladándose de Cogolludo a Gadalajara, muy luego se ve que el Instituto de segunda enseñanza, con su patio y su portada (temas de gue¬ rra), son de un palacio proto-renaciente, anterior al destino del edificio para Convento-colegio de la Piedad. La iglesia y su portada, claro es 407 que corresponden a ese destino definitivo, y sólo a ellos cuadra la fecha de 1530 que dicen las piedras del templo. Y a la luz de ese descubrimiento y de esa convicción, cobran interés excepcional los tipos variados de los capiteles del patio-claustral. Todos los capiteles del piso bajo son del tipo Cogolludo, B, reforma¬ do. Incluso los angulares de dos columnas, que por el ángulo de las pan¬ das se convierten en pilastras, con plantas como de corazón. Este tipo B, reformado, lo llamaremos C. La corona es de hojas de roble, sobresalien¬ tes (en vez de hojas de alga), las estrías las mantiene perpendiculares, pero el loro (en vez del tablero de volutas jónico) se adorna, no con láurea sino (más clásicamente) con ovas y dardos. El ábaco ofrece los escotes del corintio, y eso aun en lo apilastrado del capitel doble de los ángulos. A. Cogolludo B. Cogolludo C. Piedad DD. Mondéjai, tipo general de los capiteles del piso principal, D, es de una iSóla El serie (siempre una sola) de hojas, que ya son de acanto y de potentes vo¬ lutas, con la azucena en pleno ábaco: silueta de corintio o compuesto. En la portada del Convento de San Francisco de Mondéjar, el tipo DD ofrece acantos, estrías perpendiculares, ovas en la moldura alta, la azu¬ cena en el ábaco y volutas de sabor gótico, poco salientes. En el patio alto del Instituto de Guadalajara bay casos de variantes. Variante E: jarra en medio de dos hojas de acanto y encima de ellas dos volutillas retorcidas. Variante F, notable: lo dicho en la anterior, pero las grandes volutas son de colas de delfines, cuyas abiertas bocas se acercan afrontados. De este tipo tan interesante (el estoque de honor del gran Tendilla, ofrecía delfines tam.bién) hay dos capiteles y otros dos, más simplificados, abajo, a derecha y a izquierda del ingreso a la escalera de honor (1). Tipo G: es un capitel corintio casi puro, pero cuyas volutas ofrecen (!) Los delfines aparecen también en forma similar en la portada de San Fran¬ cisco de Mondéjar. Los dibujos más euidados de los capiteles E, FF y FFF los debemos al digno profesor del Instituto de Guadalajara iOr. D. Ramiro Ros Rafales, 40S lineas rectas de escape como centrífugo de la espiral que se moviera cen¬ trípetamente hacia su foco. Estudiados conjuntamente los capiteles de Cogolludo y de Guadalaja¬ ra, tan distintos de todos los del futuro arte plateresco castellano, se ofre¬ ce a nosotros a toda evidencia un proceso y una psicología personal. Será Jmrenzo Vázquez o no su autor, pero es evidente que, quien sea, es uno solo, y ese uno, un introductor de las formas renacientes a su manera, con aire de empeño y de rebusca personal. E. Guadalajara F. Piedad En Guadalajara arraigaron sus tipos, pero ya no progresando (come en él) sino decayendo. La Casa Dávalos, de la propia Guadalajara, ofrécenos todavía la nota- estacionaria, en su patio, también proto-renaciente, con dos tipos. Tipo H: en el piso bajo (de cuatro intercolumnios al Norte y Sur y ti'es al Este y Oeste, con columna sencilla en los ángulos). Capitel de estriado oblicuo o helicoidal entre dos toros sencillos. El ábaco, siempre de pro¬ nunciados escotes, aquí sin sombra de justificación. Tipo J: en el piso principal. Capitel de hojas sencillas, repetidas, pun¬ tiagudas y salientes, exentas. Estrías helicoidales. Toro alto, siempre de¬ tallado en láurea y ábaco de acusados escoles (no menos injustificados) (1). En una casa de Guadalajara (calle del Estudio, núm. 14) encontramos (1) En las ruinas -del claustro de Santa Clara, de Guadalajara, vi ocho o diez capiteles de columnas sencillas, más tres dobles, angulares, todos de estrias perpen- dicuiares y de potentes volutas, -que llamaremos tipo k; en mi sentir, posteriores a los citados hasta ahora y de decadencia del tipo general. E'no vi de menor tamaño, aca.so del piso principal del claustro (si es que lo tenía). Parecidos son los tres capiteles del patio de la casa de Villamejor. En los pórticos de Santa iMaría de la Fuente, Guadalajara, hay trece capiteles, igualmente de decadencia, con estrías perpendiculares y volutas no excesivamente grandes y como apoyadas en láurea. En los pórticos de la plaza del Ayuntamiento, Guadalajara, hay capiteles decadentes, de estrías helicoidales entre dos robustos toros. Seis frente a la fachada del .á.yuníamiento y seis a la izquierda de él. 409 un tipo de capitel, L, de mucho interés, pues refunde los variados ele¬ mentos de los A, B y C. Del ,4 tiene la corona de hojas y el estriado heli¬ coidal; del B, el tablero de volutas jónico, y del C, las ovas de la moldura. Otra combinación del A (predominante) y el C (sólo las ovas), pero con hojas de acanto, siempre una sola serie, pero alternando una larga coir una baja, ofrece el tipo M en Santa Cruz de Valladolid, a la portada. El tipo J de la Casa Dávalos, de Guadalajara, se repito puntualmente (salvo no necesitar abaco y salvo poner la azucena) en un pilastrón del in¬ terior (al coro) de San Francisco, de Mondéjar; tipo N. El arquitecto mendoziano de tales monumentos prolo-renacientes, ¿pudo tomar el modelo do sus variados, pero siempre sistemáticos, capi¬ teles de obras pintadas más que de un viaje a Italia? H. Casa Dávalos J. Casa Dávalos L. Guadalajara. M. Valladolid N. Mondéjar La posibilidad no puede negarse. Lo decorativo puede viajar en el pa¬ pel, en apuntes, en tablas, en objetos de orfebrería, etc. Pero es curioso lo que a mí me ha ocurrido con una preciosa tahlita del Museo del Prado, que desde hace años la tengo por cosa de Arte es¬ pañol, en síntesis prematura de lo flamenco al óleo y de lo italiano en la composición y arquitecturas simuladas, cual son españolas las cosas de maestro Alfonso (en San Cugat de Valles), de maestro Rodrigo de Osona (en Valencia), de maestros dudosos (en Córdoba) y del mismo siciliano yXntonello da Messina, cuya educación, de corriente de acá a allá, ya no ponen en duda los críticos italianos y alemanes. Yo desconozco su autor, pero es huésped nuestro o nuestro (español) del todo, y no anda lejos del Juan Pereda, cuyas únicas obras auténticas, en Sigüenza, son tan admirables por sus arquitecturas renacientes (*). La sorpresa mía, al volver a ver la tablilla, es bailar en ella, con lige¬ ras modificaciones (otra variante más), el capitel proto-renaciente alca- rreño: corona de hojas salientes, de roble; estrías perpendiculares, loro (*) [«La Flagelación», núm. 1.925, del Prado, a que se refiere el autor, se cataloga ahora, siguiendo la clasificación de .ángulo Iñíguez, como obra de .álejo Fernández.] decorado y ábaco de escotaduras lo corintio, sin justificación alguna y a todavía menos razonado, por apearen él un segundo ábaco cuadrado. El pintor desconocido (si no es Juan Pereda) tuvo en Córdoba un imitador, que al pie de la letra copió su Jesús; pero que, menos dado a ello sin estudios propios, puso sobre la columna dos ábacos de pronun¬ ciados cornetes de puro exagerar las escotaduras. § VII.—Ei arquitecto proto-renaciente del capitel alcarreño y lo castizo espafiol En el palacio de Cogolludo no todo tira a lo clásico, aunque por modo, tan singular. El arquitecto (allí tan único, pues allí no caben dos, a toda evidencia) aceptó cosas del todo extrañas a lo italiano-clasicisla, aunque él no las dibujara. Me refiero a los singularmente bellos alfices, que c n lodo su mudejarismo podemos poner a cuenta de artífices que no repe¬ lían en ellos ideas del maestro. Pero en lo que a éste es preciso atri¬ buir, ventanas geminadas, arcos, láureas, etc., todavía se muestra el es¬ tilo evolutivo en casamiento extraño con el revolucionario. En una de esas decoraciones interiores hay una láurea que en el detalle es comple¬ tamente gótica, alternando hojas como de acanto liso con otras de vid con racimos y acaso acanto espinoso; además, crespas como de col o acan¬ to espinoso. Y en la fachada misma, con tantos elementos clásicos (el total almohadillado, los dentículos, las ovas y dardos, la gran láurea, et¬ cétera, etc...), hay en la portada verdadera crestería a lo estilo Isabel la Católica, tratadas las crestas como si fuera maíz. Es detalle francamente evolutivo o del citado estilo Isabel, como las ventanas con parteluz, y tan naturalmente casadas éstas y aquella portada con todo el paramento al¬ mohadillado, que no es posible imaginar siquiera que no fuera el mismo arquitecto quien fué combinando con los elementos clásicos predominantes en absoluto, los elementos del goticismo nuestro privativo y aun los ele¬ mentos mudéjares del propio soberbio monumento. Pero de todo ello, la nota más singular, a la que yo (al menos) concedo una importancia capital, es ésta: el arquitecto revolucionario-renaciente de los Mendozas (al parecer, Lorenzo Vázquez) se educó en una escuela decorativa en que se sentía horror y repugnancia invencible a la superfi¬ cie plana no decorada. Esa es mi tesis. Y en relación evidente (segunda tesis), y por consecuencia, con la educación del arquitecto evolutivo o gó¬ tico de los Mendozas (es decir, Juan Güas), que cual nadie en el mundo y más que nadie en España, acabó por ser el decididísimo sostenedor de esa misma afición a la decoración de la superficie plana (y de la cilindri¬ ca) a todo trance, sintiendo el mismo horror y repugnancia a dejarla lisa. 411 Claro es las paredes lisas han de ser, en la vida, lo general, y que que hablamos del horror o la repugnancia en lo que quiere ofrecerse rico y suntuoso de decorado. Lo verdaderamente clásico (arrancando de la Gre¬ cia) es la decoración de las molduras y de otros elementos arquitectónicos, y no por igual, sino distinta en cada elemento, según la forma o función, y ofreciendo lo plano y lo liso como base para el debido contraste; lo liso y lo plano, por eso mismo, pone en valor lo decorado de las molduras, o de los capiteles, o de las basas o de cualesquiera otros elementos indicados. Todavía otra advertencia: En la arquitectura civil española de enton¬ ces es la regla general ir dejando absolutamente lisos los paramentos, salvo portadas y ventanajes; mas es porque se encomienda la decoración a las «vestiduras», es decir, a los tapices y reposteros, o bien a los guada¬ mecíes, destinados (en la idea de todos) a cubrir tan radical desnudez. Tal lisura no era, pues (bien mirada), sino confirmación del espíritu de la exageración decorativa a que en España estábamos sometidísimos. Y véase ahora lo que es la decoración alcarceña gótica, la que Imy que atribuir al definitivo estilo personal de Juan Güas. ¿En qué parte del mundo se iguala? Como los ajedrezados o los quinconces, cual los árboles o los veduños plantados a marco real o a trasbolillo, así se ven sembradas las paredes con «clavos» isencillos, con otros «clavos» labrados, con «espejos» o medias bolas, con «conchas», etc. En lo alto de los torreones del castillo del Real de Manzanares (1), los espejos; en el pretil de las galerías y en las columnas de las mismas, los «clavos», apretados unos con otros (a base de romboidal) (2); en la fachada del Infantado, de Guadalajara, los «clavos», bastantes espaciados y muy salientes, y los apretados, sin su¬ perficie libre, en los pretiles y las columnas de la misma, a la galería: cuadriculado de relieve en losange y clavo cenlral en las columnas de la portada; finísima cuadrícula, cual de billetes románicos, en las enjutas del patio; los (cclavos», de forma cuadrada y dibujo tomado de hierros (con sus curvas), en la portada del castillo de (Marchena (boy en Sevi¬ lla y en el centro de la portada del Seminario de Baeza; los «clavos» sennllos en todo el lateral de la propia fachada de Baeza; los <(clavo3» sencillos y enormes en la casa de los «Picos», de Segovia; las «conchas» en la casa de las Conchas, en Salamanca..., todos ellos (y otros que se pudieran citar) edificios góticos, de gótico nuestro, del gótico «Isabel la Católica», con ventanas geminadas y con otros muchos detalles de nues¬ tro «flamígero» peculiar, y, desde luego, sin asomo de italianisme ni de Renacimiento. (1) Véanse las láminas del discurso del Sr. l.anipérez al ingresar en la .\cademia de la Historia. (2) Véanse láminas citadas. 412 Y hablo de las lises en círculos o en losanges, cual en el Colegio no de San Gregorio, de Valladolid, como no hablo de otras cosas de dibujo más variado, porque prueban que el ideal de Juan Güas, aunque con otras modalidades personales, era el general bajo el reinado de Isabel la Católica; y no hablo porque no tienen esas variadas modalidades con mi tema tan estrecha relación como las más sencillas ((COsas» que Güas o sus directos imitadores ponían en sus losangeadas cuadrículas. En realidad, todo es uno y lo mismo, sin embargo. Es decir, mudé- jarismo; mudéjarismo, traducido a los detalles no arábigos, sentido his- pano-árabe de la total decoración de lo plano, no dejándolo liso. Es el mismo Güás el que en las galerías del jardín del Palacio del Infantado, en Guadalajara, repite al infinito unas arcaturas góticas, cual tema de decoración de tejidos. Y en eso obedecía al sentido mudéjar de la deco¬ ración de planos, repitiendo y repitiendo temas, no de otro modo que como (él, precisamente, Juan Güás) aceptó en todas sus obras (así en San Juan de los Reyes, de Toledo, como en el Infantado, de Guadalajara, como en el Real, de Manzanares) la corrida cornisa de estalactitas mu- déjares, que vistos de cerca son de detalle absolutamente góticos: su firma, que las llamo yo. Por ser uno mismo el espíritu, del todo mudéjar, es tan frecuente ver en nuestra arquitectura civil del siglo XV yeserías mudéjares de molde gótico al lado de las de molde árabe, y en el siglo XVI las de de¬ talle plateresco junto a las de detalle gótico flamígero y las de detalle dé lacería árabe. Al caso, es típico un salón del palacio de Peñaranda de Duero, que las ofrece de los tres tipos juntos: un puro aljamiado. Güás sería flamenco (*), y como puro artista gótico (más bien como es¬ cultor) trabajó en un principio (en Avila, por -ejemplo). Después fué, de seguro, el más adicto al ritmo sincrónico decorativo de los mudéjares es¬ pañoles» y la estupenda serie de sus águilas-tenantes de repetidos escu¬ dos, todo de detalle gótico, en el crucero de San Juan de los Reyes, de Toledo, ya proclamó M. Bertaux (aquel día en que nos bautizó- el estilo «Isabel la Católica») como cosa tan extraña al gótico «europeo», como espléndida, magnífica y felicísima (1). Pues d.e este arquitecto del gótico-mudejarizado de los Mendozas: dél «evolucionista» Güás, aprendió a sentir lo decorativo el otro arqui¬ tecto revolucionario o renaciente de los Mendozas, el autor de los «in- ■ (*) ..[Consta hoy su oriundez francesa; sus padres eran de Lyon. Aparece traba¬ jando en Toledo, en 1459.] (1) En la revista «.Vrte Español», I, núm. 3, pag. 110, di yo mismo la reseña de la hermosa conferencia de Mr. Bertaux, en que bautizó el estilo «Isabel». Hube de replicarle (al comentarla) con la posible confusión con el estilo Inglés de Isabel, y Contestó que en francés no cabría confusión entre estilo «Elysabeth» y estilo «Isabel». A pesar de lo cual le dije que yo lo llamaría «¿Isabel la Catpiica», con lo que ya no cabe equivoco, ciertamente. 4iâ cüuàJjles» espuïlules, sea o nu scti Lurunzu Váznue/. De llaliu iiuila u! almohadillado, pero no es para él (como será después para Machuca, arquitecto de los Mondéjar) tema de grandiosidad constructiva (en Mon- déjar y en la Alhambra, como en el Pitti de Florencia fué), sino tema de bordado decorativo, y así el almohadillado de Cogolludo es de dos resal¬ tes, cual los terciopelos de entonces eran, a veces de tres altos, y en la portada, de Cogolludo también, el neto del arco tiene cabujones en un losangeado; como en el neto del arco de la portada (Santa Elena y el fun¬ dador), en Santa Cruz de Valladolid, se ven cimces y lazos alternados, y basta en determinada parte de la gran cornisa no sé qué otro detalle, ade¬ más del almohadillado en la parte central de esa gran fachada. Pero se replicará, diciendo: ¿jN'o vienen de Italia los «picos»?... ¿A'o se ha pretendido siempre dar ese origen (por ejemplo) a lo típico de la Casa de los Picos de Segovia? ¡Y pienso que es fuerte cosa que sea precisamente en Segovia, la de los palacios mudéjares de Juan II y de Enrique IV, y la ciudad en que del siglo XV al siglo XX se ha conservado la decoración a molde de las fachadas de las casas, donde se pretenda reconocer la necesidad de un origen italiano para los «picos»! Sí, es verdad; en Italia se conocieron y de Italia radiaron hacia Orien¬ te: en el Kremlin de Moscú, de artistas italianos (Ruffo y Antonio), es la fachada de «picos» del Palacio «de las Facetas» (1473-80). Pero nóte¬ se: 1.° Que si los «picos» o «diamantes» italianos se pueden fechar, es de 1481-84 (fecha bien tardía) el Palacio Bevilacqua, de Bolonia, obra de Francesco di Simone, por cierto construido bien cerca del Colegio de Es¬ paña (1), y que el Palacio «de Diamanti» (así llamado por sus «picos), en Ferrara, lo comenzó a construir para Sigismundo d'Este el arquitecto Biagio Rossetti, en 1492, fechas retrasadas respecto a las españolas (por ejemplo, las de Manzanares el Real y las del Infantado de Guadalajara) (2); (1) Además de en el Palacio Bevilacqua, se ven picos en los de Sanuti y Cam- ■ peggl, en la misma Bolonia, y en el Palacio Salerno, de Nápoles, de 1495. En Macerata hubo otro. Los picos como aparejo (no como decoración) tienen en Italia sus antece¬ dentes. Se ven en una imaginaria arquitectura de una tabla de Gentile da Fabria- no (1423), del Museo del Louvre. Se creía antes que ital sistema de aparejo se inauguró en 1493, en el Palacio Bevilacqua, y con esa pintura se intentó la rectificación de la fecha. V. Müntz, «Rev. del'Art. anc. et mod.», X (1901-()2), págs. 57 y 58. Mr. Enlart creía que hacían su aparición las puntas de diamante con el siglo XVI. (2.) Este «Francesco di iSimone», es decir, Francisco, hijo de Simón, pensé yo un día que pudiera ser aquel Francisco de Colonia, hijo de Simón de Colonia, arquitectos y decoradores de la ¡Mendoza, Condestablesa de Castilla en Burgos, el padre en el estilo de Isabel la Católica '(por modo muy peculiar y personal) y el hijo primer introductor en Burgos del Renacimiento (con singular timidez decorativa). Parece haberse de desechar la idea, por conocer al padre de Fracisco de Simone en Italia. Recuérdase otro maestro, Ximón, arquitecto llamado a Sevilla por el Arzobispo y segundo Cardenal Mendoza, como maestro de su casa en Guadalajara; que no es, por cierto, la casa del Infantado, como dió a conocer el Sr. Pérez Villamil, sino la todavía desconocida casa guadaltajareila de los Tendillas. 414 y 2." (yes razón de mucho más peso), que lo de ilalia es una sola for¬ ma de decoración, y que son muchas las que aprovechó entre nosotros, con una lógica del todo castiza, nacional y del terruño Juan Güás, y con una plenitud sistemática en Italia bien desconocida. Ya es hora de que acabe la idea de las corrientes de influencias en un solo sentido, cual las corrienlcs de los ríos: la influencia entre hom¬ bres, entre artistas y entre escuelas artísticas, suele ser mutua- aunque predomine la de un lado o la del otro. En Italia, si, hay que aceptar el centro de radiación del almohadilla¬ do propiamente dicho, tan clásico de origen. Mas eso de «picos», de Es «clavos», de las «conchas», etc., no tienen allá la natural y espontánea explicación (mudejarismo latente) que acá es preciso reconocerle y que debemos proclamar paladinamente como cosa nuestra. Eso en lo proto-renacienle español. Que después sobrevino una más fuerte corriente de allá para aquí y se creó acá el cq^lateresco», en el cual desaparecen todos esos sencillos elementos repetidos ante la borra¬ chera del grutesco, que, por ser tal grutesco, cosa es de allá; pero que por ser, la tal, verdadera borrachera, se delata en ella el mismo afán de¬ corativo (a todo trance decorativo) y el mismo espíritu de repugnancia- castiza, a lo liso, característica eterna del arte mudejarizado español. [Publicado en BOLETIN DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE EXCURSIONES. Tomos XXV y XXVI, 1917 y 1918] î EL HERMANO FRANCISCO BAUTISTA, ARQUITECTO EN mis estudios sobre el desarrollo del arte barroco en Madrid, quo en aquel siglo XVII comenzaba a ser la capital de España, me llamó la atención, entre varios arquitectos de mérito positivo, un grupo que for¬ maba yo de tres arquitectos frailes. Al principio de mis preocupaciones, no los ag"upé (y ello- provisionalmente) sino por esa casualidad de ser profesionales y a la vez miembros del clero regular y en su siglo, el más castizo de los siglos de Castilla, en que había quedado España moldeada socialmente como una «democracia frailuna» —que dijo, y muy exacta¬ mente, don Juan Valera—. El uno, llamado Fray Lorenzo de San Nicolás, fué agustino descalzo o recoleto («recoleto» por antonomasia en Madrid), y llegó a prior; el otro. Fray Juan Rizi, fué monje benedictino y excelente pintor (a más de arquitecto y aun prior también, y aun Obispo, preconi¬ zado al menos); el tercero, Francisco Bautista, fué lego, o hermano je¬ suíta, e hijo de Murcia, según se ha sabido de reciente. Los tres del todo coetáneos (nacidos en 1595 ó 1594); los tres de vida muy larga (pues murieron octogenarios, en 1679 y en 1675), fueron hom- brés de valer; los tres, artistas de verdadero talento, y cada vez voy yo viendo que bicieron gran papel entre los arquitectos civiles o seglares más acreditados en la villa y en la corte de las Españas, en los reinados aque¬ llos en que la gran democracia failuna fué gobernada o fué, mejor, pi'e- sidida por Felipe IV y por Carlos II (principalmente por Felipe IV). Con aparentarse en aquel centenar de años y en aquellos tres últimos reinados de los Austrias de España un predominio político de los gran¬ des de España y de sus segundones o deudos (Obispos o togados), casi los únicos que se repartían los virreinatos, las mitras, los mandos militares y los sillones de los Consejos del grande y resquebrajado Imperio espa¬ ñol, era la democracia frailera el núcleo vital de la sociedad y de la vida nacional, y si eso no lo dijera la Historia política o general, bien lo con¬ firmaría la Historia de nuestros monumentos y de sus riquezas artísticas, y así en, Madrid, la capital; como en Sevilla, el emporio; como en Méjico, 416 como en Lima, en cl Lerú, ele. De Indus lus arlislas (salvu Velazquez, el amigo del Monarca), más fueron los Mecenas los frailes, en masa, que los magnates, y más lucían y más lucen, aquende y allende el Atlántico cruzado por nuestras flotas, los monumentos eclesiásticos que los nobilia¬ rios, las iglesias y conventos, que no los palacios o las casas señoriales. infinitos artistas- y algunos de los más excelsos (Zurbarán, Murillo, et¬ cétera, etc.) apenas pintaban más que para conventos, y no había de ser K de extrañar que en los mismos conventos se vieran pintores y escultores ^ de mérito vistiendo cogulla o hábito: caso del dominico P. Mayno (maestro de pintura de Felipe iV), caso del cartujo Sánchez Cotán, caso del monje benedictino Fray Juan Kizi, por citar los tres pintores de hábitos regla¬ res más ilustres, o el caso (aunque del siglo XVi, todavía) del insigne es¬ cultor hermano Domingo Beltrán, el jesuíta de tan admirables obras en la ciudad de Murcia. 1 i^ero, bien mirado, para una Comunidad monástica, para una Orden religiosa en general, pudiendo interesar bastante el tener en ella un pin¬ tor o un escultor, había de interesar mucho más- extraordinariamente más tener fraile arquitecto, ya que el artista, personal artista, se duplica a un en la profesión de arquitecto con el gerente de la obra, el organizador de un trabajo colectivo, el inspector de las labores de lodos, el coordinador de las tareas diversas: en la maravilla de El Escorial, en el siglo ante- rioi'i el S'glo XVi, una más especial maravilla había que anotar' la de la baratura unida a la perfección de la obra, mérito raro y que allí quedó a cargó de un fraile, del admirable organizador de las obras que había de tener con el arquitecto Herrera y con el Rey Felipe II, la gloria de aque¬ lla enorme, rapidísima, baratísima empresa constructiva de inmortal re¬ membranza. La Compañía de Jesús, en el primer siglo de su portentosa propaga¬ ción, de la multiplicación inaudita de sus Colegios por todo el mundo ca¬ tólico, y de la importancia (en cada una de sus «provincias») de los Novi¬ ciados y las casas profesas (a veces más de una), fué la Orden más cons- Iructora de todas en el siglo XV11, y décadas finales del siglo XVI, edi¬ ficando en todas las ciudades de España (apenas sin alguna excepción) grandiosas iglesias en sus casas profesas, en sus Noviciados y en sus Co¬ legios: tres igles'as en Madrid, por ejemplo, pues en la corle, como en Sevilla, tenían las tres clases de instituciones jesuíticas, mientras que tan sólo Colegios, pero con magnas iglesias siempre; en cambio, por todas partes, hasta 99 en los reinos peninsulares de las Españas (sin contar Por¬ tugal)- 64 de fundación en el siglo XVI. La pasada coincidencia de los tiempos, y la sobrevenida coincidencia eií un punto de la mala voluntad contra el barroco y la mala voluntad contra el jesuitismo, en el siglo XVIII y el XIX, fueron causas para 417 querer bautizar el arle poslerioi' al estrielamenle clásico del siglo X\ i, apellidándolo despectivamente, y al barroco en particular, con el mote de «arte jesuítico»; cuando precisamente el estudio ordenado y sistemᬠtico de los templos y casas de los jesuítas demuestra que a través de ellas se puede ver en muy diversas lases y graduadas etapas todo el desenvol¬ vimiento del arte europeo en los dos siglos que corrieron desde la recien¬ te aprobación de la Compañía, hasta las grandes persecuciones que su- Irió en el tiempo de ios enciclopedistas. En los fines del siglo XVI y en todo el siglo XVII, la actividad cons¬ tructora o edificadora de la Compañía de Jesús, sistemática y general y fácil avasalladora de obstáculos en todas partes, llevó a los jesuítas a bus¬ car tener en la Orden a verdaderos arquitectos; que le hacían falta en¬ tonces, como conseguir buenos predicadores, como buenos maestros y como buenos confesores, y mejor aún: a aspirar a lograr formarlos den¬ tro de la üz'den, diputando para una cumplida educación artística a jóve¬ nes hermanos legos que antes de recibir el hábito negro habían sido en el siglo meros carpinteros o albañiles, pero con bien adivinadas altas do¬ tes de talento. Para formar un buen arquitecto, nada como la práctica constante' si ésta va siempre bien unida a la repetición de los estudios teó¬ ricos, y con base previa de esludios matemáticos, que precisamente éstos eran una de las preocupaciones de la gran Orden, la no sólo renovadora de lo que ahora llamamos segunda enseñanza, sino en realidad la creado¬ ra de ésta, prácticamente, en casi todas las ciudades del mundo católico, desde Andalucía a Polonia, y allende los mares y ios continentes. La actividad arquitectónica de los jesuítas del siglo XVII no tiene pa¬ rangón posible como en la intensidad, en la generalidad, sino en los mon¬ jes cluniacenses del siglo XI al XII, y en los cistercienses del siglo Xli al XIII. Pero con haber sufrido las casas jesuítas tamaños trastornos como los padecidos en el siglo XVIII al XIX de su general persecución, expul¬ siones y extinción (ésta, temporal, pero de no corto trayecto), fácilmente se habrá de comprender, por la mayor proximidad de los tiempos, que los documentos históricos referentes a sus empresas constructoras han po¬ dido y han debido salvarse en buena parte, y en Archivos más o menos reservados han podido mantenerse, o moderna y reservadamente aco¬ piarse o centralizarse buena parte de los documentos originales: a veces lejos, muy lejos, en otras casas de la misma Orden, que en su no me nos generalizada resurrección, si ha recobrado algunas de sus mansiones y de sus templos históricos propios, con mayor frecuencia ha tenido que edificar y está edificando nuevas casas y nuevos templos, de Colegios, de Noviciados y de casas profesas o, al menos, de residencias. La documentación en archivos o monumentos públicos, o bien en los nuevos archivos y nuevas casas jesuíticas, había sido bien poco 'Vista y 27 418 apenas nada aprovechada, en cuanto a la Misiona monumental de la Orden, hasta los trabajos del P. Joseph Braun. El P. Braun, que escribe en alemán, por el contrario, se dedicó al estudio sistemático de las construcciones (sólo de los templos), comen¬ zando por las iglesias viejas de jesuítas en los países del Bhin, siguiendo por las de la alta Alemania; más tarde, por las de Bélgica; pai-a venir después a hacer el estudio de los viejos templos de los jesuítas en Es¬ paña. Estos trabajos, tan ordenados, del P. Braun, primeramente publica¬ dos en la docta revista piadosa «Voces» (del Santuario) de (la Virgen) María (de) Laach «Stimmen aus xMaría Laach» (lamoso centro de devo¬ ción y antigua abadía, no lejos de Colonia y en su diócesis), se oírecie- ron en tirada aparte, la de las «Viejas iglesias jesuítas en España, con¬ tribución a la Historia de la Arquitectura de Templos después de la Edad Media en España, Spaniens alie Jesuilenkirchen, ein Beilrag zur Geschichtc der pachmillelaiierlichen Kirchlichen Archilektur in Spaníen, Freiburg im Brisgau, con 14 láminas y 27 viñetas, en tirada aparte, en 1913, habiendo sido en 1912 el viaje arqueológico del estudio de los mo¬ numentos, casi reducido a los solos subsistentes (no a los derribados- que son y fueron tantos). En este l'bro, poco leído y apenas citado ni aprovechado en España, es donde se han dado las noticias interesantes e inéditas y desconocidas sobre los artífices que figuraron en la Compañía de Jesús y de cuantos contribuyeron a la edificación de sus iglesias, al menos las subsistentes. Antes, del hermano Francisco Bautista, con saberse algo y aun bastante de su personalidad y de sus trabajos y diversas tareas, ignorábamos del todo dos cosas, aparte varios detalles; que fuera escultor, además de ar¬ quitecto, y que fuera natural de Murcia. En el mismo año 1913 del libro en eso revelador del P. Braun,, publi¬ caba el suyo el benemérito veterano que fué de las Letras Murcianas don Andrés Baquero Almansa, .Catálogo de los. Profesores de las Bellas Ar¬ tes Murcianos; pero como Baquero entonces (ni después tampoco) llegó a conocer ni a tener idea del libro y los datos del jesuíta alemán, falitó definitivamente en su libro el nombre del murciano hermano jesuíta Fran¬ cisco Bautista, arquitecto y escultor. La amable petición del «Boletín» de tratar de él, sobre las meras citas que ya hice en mi Guia de Lcr vante: provincias valencianas y murcianas, me permite redondear bas¬ tante el trabajo del P. Braun, gracias a investigaciones del barroco en Madrid, dentro de mi clase universitaria de Historia del Arte, en el doc^ forado de Historia, y gracias a los trabajos de investigación en ella reali¬ zados, bajo mi dirección, por alguno de mis discípulos, o por publica¬ ciones, con alguno de mis colaboradores, en la Sección mía del Centro 4Î9 de Esludios Hislóricos. El P. Gálvez aportará algo inédito, en texto nos necrológico no conocido del P. Braun. Con todo, aún es poco lo que sabemos de Francisco Bautista como para caber la monografía posible en los límites de un número de una revista. La memoria del hermano Francisco Bautista no se del todo, perdió salvada por un texto escrito y publicado en vida suya, en uno de los ds- casos libros doctrinales de Arquitectura que se publicaron antiguamente en España. Fué el autor de esta aludida publicación otro de los ya mentados frai¬ les arquitectos, el recoleto Fray Lorenzo de San Nicolás: no en la pri¬ mera parte de la obra, la publicada en 1633 de su Arte y Uso de Ar- quitectara (donde no se citan contemporáneos), sino en la segunda par¬ te, cuya primera edición fué el año 1664. En ésta' y traída la mención del jesuíta, por el objeto particular de su capítulo LII, que «Trata de otro género de cubrir capillas grandes o pequeñas con madera» (aludiendo no tanto a capillas, como a cruceros), se dice al principio lo siguiente: «En España, párlicularmente en esta Corte, se va introduciendo el cubrir las capillas con cimborio de made¬ ra, y es obra muy segura, y muy fuerte, y que imita en lo exterior a las de cantería; ésta se ha usado de ella en edificios, o que tienen pocos grue¬ sos de paredes o que lo caro de la piedra es causa de que se hagan con materia más ligera y menos costosa. En Madrid mi patria, Corte del Bey de España, hizo la primera un famoso Arquitecto de la Compañía de Jesús, por nombre el P. Francisco Bautista, en el Colegio Imperial (hoy San Isidro el Real) de su religión, en su gran fábrica de su Iglesia que por los malos materiales de esta Corte fué necesario echarla de made¬ ra». A renglón seguido añade el arquitecto recoleto: «Yo hice la segun¬ da en la capdla del Desamparo... la tercera hice en Talavera... y la quarta que tracé, se executó en Salamanca... y la executó un... discípulo mío...»' etc. El testimonio del recoleto,quizás salvó del olvido al jesuíta, apenas transcurrieran algunos años de su muerte, sobrevenida quince después de la impresión. Sólo por el impreso elogio del P. San Nicolás sabemos aún hoy día que el que él quiso y pudo llamar «famoso Arquitecto de la Compañía de Jesús, «fué el introductor, y con toda probabilidad y eviden¬ cia el inventor de las cúpulas de armadura. Sin el escrúpulo del otro ar¬ quitecto y escritor, y a haberse reducido éste a citar sus tres ejemplares personales de tales cúpulas, nos faltaría noticia (por cierto apenas alu¬ dida tan sólo por el P. Braun, sin el menor comentario ni alabanza) del mayor título del hermano Bautista a la consideración de los historiado¬ res de la Arquitectura española. Para quienes en el mundo comentan demasiado la evidentísima rivalidad y escasísima cordialidad histórica 420 de frailes con frailes de diverso hábito, apúntense este rasgo del P. San Nicolás. En 1667 dió el Hernaano Bautista, de orden del Consejo de Castilla, una censura de la traducción del primer libro de Euclides, becba por An¬ tonio de Nájera, que el propio P. San Nicolás publicó incorporándola a .segunda ed'ción de la primera parte de su libro. Como esta segun¬ la da edición de la primera parte, en 1667, fué publicada tres años después de la primera edición de la segunda parte en que se contiene el re¬ cuerdo y el elog'o del Hermano Bautista, se puede inferir acaso el man¬ tenimiento de buenas relaciones de amistad y trato artístico entre los dos frailes artistas, pues el Consejo de Castilla no dejaría de ir acon¬ sejado por el editor en caso políticamente tan llano y sólo, en cambio, científicamente más delicado. Es posible que en alguna publicación jesuíta del .siglo XVII o del XVIII se hiciera mención del Hermano Francisco Bautista, pero no la conozco, ni la conocen el P. Braun ni el P. Gálvez (según me dice éste). Y así ba de suponerse que la segunda mención (doble mención) de su nombre, cronológicamente, es la de Ponz, aunque dudando sí por noti¬ cias docunmntales inéditas o especies tradicionales que le comunicarían los jesuítas o sólo por inducciones suyas, a la lectura del P. San Nicolás. Porque, en efecto, Ponz cita dos veces al Hermano Bautista y en re¬ lación con dos templos que cree suyos. primer tomo de Madrid, el de sus Iglesias, y V del Viage En el de España § 26 de la segunda división, y desde la primrea edición de 1786 (página 90), se dice hablando de San Isidro el Real: «Se construyó esta obra con diseños, y baxo la dirección de un Coadjutor de la misma Gasa (Colegio Imperial de Jesuítas), llamado Francisco Bautista, de quien hace mención Fr. Lorenzo de S. Nicolás en su libro... diciendo que este arquitecto -nventó la construcción de los cimborios armados de madera, y que el de esta Iglesia fué el primero que hizo...», etc. En este texto, como se ve, se añade al ya comentado, lo de coadjutor ue la misma casa, y lo de «los diseñó» y «baxo la dirección», frases (especialmente la de los diseños) cuya boy denunciada y sólo aparente inexactitud (como explica¬ remos) habría que poner a cargo de Ponz y no de San Nicolás, porque éste se redujo a atribuirle (al menos expresamente) sino sólo el cimborio. La información habrá de ser de jesuítas, por tanto, que conocieran tex¬ tos inéditos del archivo, o que repitieran lo oído de boca en boca en la casa a través de siglo y medio, a juzgar en este caso por otras vanas noticias aprovechadas por Ponz en diversos templos de Madrid y de Es¬ paña. El segundo de los textos del mismo tomo V del Ponz, es ©) referiente a la iglesia del Noviciado de Jesuítas de Madrid (boy Universidad, recons- 421 Iruído no sé todavía si totalmente el edificio: el templo, acaso todavía con sus viejas paredes maestras era lo que hoy el Paraninfo). Dice así, en el § 36 de la cuarta división (pág. 199, en la primera edición): «...pero el orden compuesto, de que está adornada (la iglesia), es licencioso, y tiene del estilo que ya notamos en la Real Iglesia de San Isidro; de quie puede inferirse que ambas las delineó el mismo Arquitecto Francisco Bau¬ tista»' debiendo yo notar aquí que, por razones iguales, pudo Ponz haber atribuido, y no atribuyó, al Hermano Bautista el templo de «las üón- goras» (Mercenarias), que ofrece el mismo «orden compuesto», «licen¬ cioso», y el propio estilo. Finalizamos el siglo XVIII con los únicos antecedentes de las edicio¬ nes del P. San Nicolás (una nueva de la segunda parte es de 1796; por cierto con larga lista final de artistas, elaborada en el siglo XVIII, antes de 1720 (?), por Teodoro Ardémáns, en la que debió ponerse y no se puso, sin embargo, el nombre del jesuíta) y del Abate Póttz. Pero por entonces ya iba redactando el erudiio magistrado y minis- iro de la Corona excelentísimo señor don Eugenio Llaguno y Amírola una pequeña biografía del Hermano Bautista, para integrar con ella un ca¬ pítulo, el LVI de su libro, todavía tan único entre nosotros, que intituló exactamente Noticia de los Arquitectos y Arquitectura de España desde su restauración (quiere decir, «desde la Reconquista», excluyendo la Edad Media), libro que acaso ya terminado en 1790 no bahía de publi¬ carse sino póstumo, con enormes complementos —la labor de Ceán Ber¬ múdez— *de orden de S. M.» (Fernando VII) en 1829. Al ir a dar reproducido aquí su texto, precisa decir cómo Ceán Bermúdez, que dirigido, aconsejado por su maestro y protector Jove Llanos (que a su vez había debido a Llaguno una evidente protección), publicó íntegro el texto de Llaguno, señala suficientemente (aunque los lectores apenas lo suelen notar) qué textos (los capítulos) son de Llaguno, cuáles (Adiciones) son suyos, y qué notas al pie son de uno y cuáles del otro (las de Llaguno, las de llamadas por estrellitas simples, dobles o triples, y las de Ceán, las llamadas con cifras 1, 2, 3, etc.). El arqueo de la parte del uno y del otro es desproporcionada' y mayor en extensión la de Ceán que la del autor que da nombre al libro, por lo cual se ba re¬ caído con mucha frecuencia en inexactitudes y en injusticia al citar la información de cada noticia. La explicación de la ma'gnitud mayor de las noticias aportadas por Ceán, es llana; por un lado desde luego porque agregó los arquitectos y Arquitectura del siglo XVIII al libro que Lla¬ guno terminaba en el tercer tercio de la centuria, o sea al acabarse el Palacio Real nuevo de Madrid. En segundo lugar, porque Ceán, segu¬ ramente que pór consejo o mandato de Jove Llanos, suprimiendo todo lo de arquitectos (sistemáticamente), había elaborado y en 1800 publicado 422 SUmás conocido y con todo menos perfecto Diccionario histórico de los más ilustres prolesorcs de las Bellas Artes de España. Tengo la absoluta convicción de que en este Diccionario la extraña amputación de los arqui¬ tectos se debió al respeto que Jove Llanos y Ceán sentían por Llaguno, considerando acotado por éste y para éste toda papeleta de arquitectos. Pero claro es que Ceán hallaba notas y más notas,, y así se vió rico de ellas cuando con tal feliz acuerdo de Fernando Vil vino á encargarse de la edición del manuscrito de Llaguno. La explicación dada por Ceán, y puesta en ella, es nobilísima para la memoria de Llaguno y para la suya propia, y será exacto el diálogo entre ambos, pero todavía calla lo que yo entiendo haber dejado dicho en estas palabras. Texto de LLAGUNO (Sección 3." Capítulo LVI) EL HERMANO FRANCISCO BAUTISTA "Religioso de la Compañía, fué el arquitecto que construyó las igle¬ sias reales de San Isidro, llamada antes ColegioImperial, y la del Salvador del Mundo, antes noviciado de los Jesuítas (1). La de San Isidro empezó por los años 1626, y aun no estaba del todo concluida en 1651. Es un templo grandioso; su planta, cruz latina, de bellas proporciones genera¬ les, pero l'cencioso y poco elegante en el ornato. Así en las columnas de la gran fachada, como en las pilastras interiores, usó este arquitecto la extrañeza de poner hojas corintias a los capiteles dóricos. Lo demás del ornato corresponde a esta invención; bien que todo es fácil de enmien¬ da, siguiendo el orden con que don Ventura Rodríguez renovó la cabeza del crucero, sin que cause lástima el desperdicio de aquel monte de ta¬ blazón dorado, que en nuestro tiempo pegó a toda la iglesia un grave y poco inteligente jesuíta. »Acerca de la cúpula o cimborio de este edificio cópiase aquí lo que dice Fr. Lorenzo de S. Nicolás en su Arte y uso de arquitectura (No'ta: Parte 2. Cap. 51): «En España, particularmente en esta corte, se va in¬ troduciendo cubrir las capillas con cimborio de madera, y es obra muy segura y muy fuerte, que imita en lo exterior a las de cantería. Se ha usado de ello en edificios, o que tienen pocos gruesos de paredes, o que por lo caro de la piedra es causa de que se hagan con materia más ligera y menos costosa. En Madrid... hizo la primera un famoso arquitecto cíe Al texto de Llaguna .Amírola agregó, al pie, las notas siguientes D. Juan Agustín Ceán Bermúdez: o(l) Pertenecen ahora a estos religiosos, con el mismo destino que tenían ames de.su expulsión. la Compañía de Jesús, por'nombre Francisco Bautista en el Coleg'o im¬ perial... en la gran fábrica de su iglesia, que por los malos materiales de esta corte fué necesario hacerla de madera.» Prosigue Fr. Lorenzo nombrando otras, que a su imitación se hicieron después con entrama¬ do de madera y revestimiento de yesería en lo interior; y desde entonces quedó en uso este modo excelente de dar a los templos la magnificencia de cuerpo y de luces, cúpula y linterna, que parecen de (fábrica con mu¬ cho menos gasto, sin faltarles seguridad. »La 'glesia del Salvador no es tan grande; pero en las proporciones acaso se aventaja a la de San Isidro. En el ornato tiene poca diferencia, porque al parecer Francisco Bautista se prendó de sus capiteles dórico corintios. Se debe confesar, no obstante, que este ornato aunque grose¬ ro, tiene cierta armonía, y no minora el buque, como suelen hacer otros más estudiados, porque la cornisa vuela poco. La cúpula se eleva con soltura y elegancia. En el crucero dejó hornacinas para los altares, a fin de evitar el inconveniente común de que pegándolos a la pared, emba¬ racen el suelo, rompan las líneas y desfiguren la arquitectura. Pero fué vana su precaución, porque después pusieron delante unos altares tene¬ brosos y horribles en forma de jaula con mil columnillas retorcidas, que cargan sobre leones. Estas dos iglesias parecen desde luego lo que son, porque tienen la principal entrada a los pies; y el buque exento, sin que las asombre el coro por bajo del cual se entra en otras como por un lóbrego subterráneo. »Con dibujos de Francisco Bautista y de Pedro de la Torre, elegi¬ dos en competencia de otros de Alonso Cano y de D. Sebastián Herre¬ ra, ejecutó Virgilio Faneli desde el año 1650 "al 52 el trono de plata de Nuestra Señora del Sagrario de Toledo por orden y a expensas del arzo¬ bispo D. Baltasar de Moscoso (2). »E1 año siguiente 1653 concurrió Bautista a tasar el lienzo del claus¬ tro y dormitorio de la parte de mediodía ïïel convento de S. Felipe el Real, que ejecutaron Pedro y Gaspar de la Peña, padre e hijo (3). »(2) Por hab-er .seguido el Sr. Llaguno a Fr. uVntonio de Jesús María, carmelita descalzo, en lo que dice en la vida que escribió del Arzobispo íD. ¡Baltasar de Moscoso y Sandovail, se equivocó en esta exposición. De los libros y papeles del archivo de la Catedral de Toledo sólo resulta que Juan de Pallarès, platero, hizo un diseño para dicho Trono en 1646, y que ejecutaron para él un modelo Pedro de la Torre, en 1654, y otro D. Sebastián de Herrera, en 1655; de manera que el hermano Bautista y Alonso Cano nada trazaron ni dibujaron para esta obra. Consta que Faneli no se obligó a trabajarla hasta este año de 1655; que no la había acabado en 1659, pues entonces hizo nueva obligación; y, en fin, que la reiteró en 1670, en compañía de Juan Ortiz de Revilla, platero de Madrid, con cuyo auxilio la concluyó en 1674. »(3) Concurrió también el Hermano Bautista con Pedro de la Torre, el año de 1632, a reconocer la obra del Ochavo de la Santa Iglesia de Toledo, de cuya visita resultó que se prosiguiese, pues había estado parada, como en electo se siguió hasta el de 1643, en que volvió a parar, y se cubrió con tejado provisional. Tornó a tomarse con calor esta obra en 1647, y volvió a Toledo a visitarla el Hermano Francisco 424 "Ignoro si hizo otras obras; y cuándo falleció; pero se sabe vivía el año 1667, en que de orden del Consejo dió su censura breve, bien razo¬ nada y bien escrita, a la traducción becba por Antonio de Nájera, cos¬ mógrafo mayor del Rey en los tres partidos de la costa de Cantabria, del primer libro de la geometría de Eúclides con los comentarios del P. Cla- vio, que el P. Fr. Lorenzo de S. Nicolás añadió a la primera parle de su obra Arte y uso de Arquitectura, que había publicado por la primera vez el año 1633» (4). ♦ * ' * De estas notas de Ceán Bermúdez y del ensayo biográfico de Llagu- 110 arranca la serie de datos de la información estrictamente documental, pues bien se ve que no conocieron los dos eruditos historiógrafos del 1800 otro texto de verdaderas Memorias literarias sobre el Hermano Bau¬ tista que el del P. San Nicolás y el dato del P. Jesús María. 'Para el debido aqui'latamiento de las otras entonces nuevas aportaciones, de¬ bemos, primero, declarar el valor dudoso de la categórica atribución al Hermano Bautista de la iglesia del Noviciado, entonces llamada del Sal¬ vador (por haberla dado la Monarquía a los clérigos regulares del Salva¬ dor a la expulsión de los jesuítas), y debemos, después, examinar escru¬ pulosamente el valor documental ahora completado referente a las otras tareas mentadas, a saber: Trono de la Virgen del Sagrario de Toledo y claustro de San Felipe el Real de Madrid, recordadas por Llaguno, y obra del Ochavo de Toledo, recordada por Ceán, quien a su vez aqui¬ lató o creyó aquilatar lo del Trono, y que dió además una hipótesis por él mismo rechazada sobre identificación entre los que son (boy lo sabe¬ mos) dos personas distintas, el Hermano Francisco Bautista y el Her¬ mano Francisco Díaz. En cuanto a este último punto, los textos de las Memorias necrológicas jesuíticas del Hermano Bautista, del lodo alusivas a su vida religiosa íntegra en la provincia toledana de la Compañía de Jesús, impiden definitivamente toda conjetura de identificación con el Hermano Díaz el del Colegio de Granada. Bautista con Pedro y Juan de la Torre, de lo que provino se obligase a concluirla Juan de la Pedresa, y por su muerte, Pedro de la Torre. »(4) Por los años de 1660 residía en Granada, con gran crédito en la arquiitectura, unGoadjutor de la Compañía de Jesús llamado el Hermano Francisco Díaz. ■No aseguro que fuese el mismo Hermano Francisco Bautista, aun siendo coetáneos y de una misma religión, pero pudiera serlo si el Bautista fuese segundo nombre y con él fuese tan conocido y nombrado en Castilla como en Andalucía con el apellido Díaz. Estuvo en Sevilla en el mismo año 1660, con Gaspar de la Peña, a examinar y reco¬ nocer la obra del Sagrario de la Catedral, que entonces se construía; y se restituyó a Granada el año siguiente, a su Colegio de la iGompañia, donde es regular trazase y construyese edificios de consideración. Esto me hace creer que Bautista y Díaz son distintos sujetos, supuesto que di primero aprobó en Madrid, el día 12 de noviem¬ bre de 1660, el «Breve tratado de todo género de bóvedas», que compuso y publicó en dicha Corte Juan de Torija, en 1661. 425 Apartado ya este punto, son de comentar los otros aludidos, uno por uno. ♦ * ♦ ¿Qué valor tiene la atribución al Hermano Bautista de la iglesia del Noviciado? (*) La frasecategórica de Llaguno no parece proceder de información do¬ cumental, al menos que directamente se viera, pues se diría por él, dado el cuidado y escrúpulo constructivo en el libro del ex ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV. Tampoco es probable que la noticia de la atribu¬ ción se recibiera de los jesuítas, ya de bastantes años expulsados de su casa-noviciado y de toda España, desterrados todos en Italia, y por hom¬ bres r°galistas y ministros de los Borbones tratados como apestados, quiero decir que se evitaba por ellos toda comunicación con los expulsos. Si pues en este caso, como en tantos otros, en cada casa del clero re¬ gular, todavía en el siglo XVIII, conservados y ordenados los archivos en su primitivo estado, si bien secretos siempre (por ocasionados a pleitos posibles los papeles), podía haber y había muchas veces fraile que por lecturas de archivo sabía dato histórico que se comunicaba entre todos y que se convertía luego en especie tradicional en un convento, y que se decía en su caso al erudito visitante —cosa mucho más probable cuando redundara en honor de un Hermano de hábito, dictándole el verdadero ár- i|uitecto del templo, monumento afamado—, todavía debemos declarar in¬ verosímil la hipótesis respecto a la iglesia del Noviciado y su autor en cuanto a información directamente recibida por Llaguno, por las dichas circunstancias de la expulsión tiránica y el odioso sambenito regalista con- Ira los jesuítas y la fecha ya no reciente de la pragmática de expatria¬ ción. Para mí es de toda evidencia que Llaguno no pudo enterarse de nada por informaciones jesuíticas de origen documental. Y que éste es, por tanto, uno de los infinitos casos, sencillamente, de atribución de una obra a un críticas, estilísticas, y autor por razones por juicio personal, y verdaderamente ilustrado, del propio ex ministro Llaguno; tomando por precedente el juicio personal, y también verdade¬ ramente razonable, del Abate Ponz. Pero también es uno de los frecuen- lísimos casos en que Ponz supo, y más honradamente que sus sucesores tan inmediatos, declarar la reserva de ser opinión y no noticia lo que de¬ cía. Recuerde el lector que al hablar de la iglesia del Noviciado se alien- ne escrupulosamente a decir que «tiene del estilo que ya notamos en la Real... de S. Isidro; de que puede inferirse —añade sinceramente— que ambas las delineó el mismo arquitecto Francisco Bautista». Mientras que (•) [El autor ha dedicado a este templo una extensa monografía: en el «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones», 1945.] 426 Llaguno, sin distingo ni reserva, dice «que construyó las iglesias reales de S. Isidro, llamada antes colegio Imperial —el «llamada antes» es frase significativa del general antijesuftismo, advirtiendo que allí seguía ha¬ biendo, aunque secularizado por Carlos III, un Colegio y un Colegio Im¬ perial— y la del Salvador, antes noviciado de los Jesuítas». Queda, pues, lo de la derribada iglesia del Noviciado, para la lista de atribuciones al P. Bautista conjeturales o por razones de estilo arqui¬ tectónico; y en último caso, al no ser suya, de las demostrativas de la considerable influencia del artista en otros arquitectos coetáneos. El texto de Llaguno no autorizaría para más. Adelantaremos que los elogios necrológicos jesuítas del Hermano Bau¬ tista no confirman, pero tampoco hacen inverosímil, la atribución, cierta¬ mente, como veremos más adelante. * * * El trono deplata de la Virgen del Sagrario de Toledo tiene una bis- ioria documental algo complicada. La noticia de Llaguno basada en el texto del P. Jesús María, biógrafo del Arzobispo Moscoso, va bastante rec¬ tificada por los documentos del archivo de la Catedral de Toledo, que conoció en parte Ceán Bermúdez y utilizó en la segunda nota copiada de las que puso a Llaguno, todo por la información del canónigo obrero don Francisco Pérez Sedano, que el canónigo rebuscó y redactó como com¬ plementara al libro de Ponz, que Geán aprovechó después en parte en sus impresos, y que yo be publicado íntegra (en 1914), tantos años después de estar inédita. Pero como por nuevos empeños, mucho más detallados, y textuales, pero no tampoco completos, de rebusca investigadora del muy erudito, después Inspector general de los Reales Palacios, don Manuel R. Zarco del Valle, pude publicar yo también (en 1916) un segundo y tercer tombs y más recios, de datos documentales del Archivo de la Primada para la Historia del Arte, es ahora del caso dar aquí su resumen en cuan¬ to al trono, y a la vez en cuanto a la obra del Ochavo, demostrativo de que era demasiado categórica, pero en el fondo bien fundada, la rectifi¬ cación de Ceán a Llaguno en lo referente al trono y al Hermano Bautista. Es que Ceán creyó que no bahía más datos de archivo que los extrac¬ tados por el Canónigo, y cuando Ceán dijo «de los libros y papeles del archivo... sólo resulta», cometió el consiguiente error en el uso del ad¬ verbio «sólo», pues resultan, además (con no haberse agotado todavía el filón informativo), varias cosas. Primero que: <(En 12 de agosto de 1647 años, se libraron a Juan [no Pedro] de la Torre, tracista, 50 ducados (18.750 maravedises) por liaber venido de Madrid [a Toledo] por man¬ dato del Cardenal [¿Borja 1 había muerto en 1646?] [fué ya Moscoso 427 promovido en 1546] a trazar y dibuxar lo que se ha de ejecutar en la obra del Ochavo con el Padre Bautista y Pedro de la Torre» (Libro de Gastos, 1645, fol. 80), texto (no referente al trono, pero que demuestra que los dos Torres, el arquitecto y el delineante, y el Hermano jesuíta, trabajaban juntos, lo que confirman los dos documentos siguientes, del mismo folio, libro, día y año); «... a pagar a Juan de la Torre, Tracista, vecino de Madrid, 50 ducados [los mismos de antes] por haber venido de Madrid por mandado del Cardenal... y haber trazado y dibujado la traza que queda dispuesta por el P. Bautista y Pedro de la Torre...» y «Ln 12 de agosto de 1647... [el mismo día] se libró a Francisco Bautista ar- chitecto, too, ducados [doble que al delineante o «tracista»] por la ocu¬ pación que ha tenido en haber venido de Madrid a esta ciudad [de To¬ ledo] por mandato de Su Eminencia a ajustar la traza y disposición con que se ha de ejecutar la obra del Ochavo de las Reliquias», y un cuarto documento de igual fecha y por igual cantidad y por el mismísimo mo¬ tivo a «Pedro de la Torre, arquitecto», demostrándose la Sociedad con que trabajaban el jesuíta y el seglar, en completa armonía, y el seglar o profesional siendo, naturalmente, el que después quedó encargado de la realización de la obra, con bastantes pagos posteriores a él solo en las cuentas por tal concepto, y conocidas sus fechas de 1647 a 1659 al me¬ nos. Para mí, evidenciándose que el jesuíta tuvo como discípulo y como su protegido a Pedro de la Torre, y ambos al delineante Juan de la To¬ rre, presunto hermano de Pedro. Máxime si se recuerda el otro dato documental que ya aprovechó Ceán en la nota cuarta misma al Llaguno de que quince años antes, 1632 [pon¬ tificado del Cardenal-Infante todavía], ya el Hermano Bautista y ya con Pedro de la Torre, había ido a Toledo a reconocer la misma c|ue llamaré eterna obra del Ochavo, que hasta entonces había estado parada e inte¬ rrumpida, que se siguió basta 1635, en que volvió a parar, y que se cubrió ya con tejado provisional, y que es en 1647 cuando, con ellos dos juntos, se logra el impulso definitivo, trabajándola Juan de la Pedro- sa [?], y por su muerte, Pedro de la Torre. Quiero decir que son muchos los años de consociedad arquitectónica del Hermano Bautista y el Pedro de la Torre, y demasiado solemnemente sancionados nada menos C[ue por la Catedral y el prelado primado de las Españas, y que son deficientes todavía los textos del Archivo publi¬ cados para no haber de ver como verosímil, como verídico, en vez de equivocado, el testimonio coetáneo (de 1680) del P. Jesús María. Dijo del Trono (en el texto por Ceán mal sospechado), Fr. Antonio de Jesús María, religioso descalzo del Carmen, en su libro Don Baltasar de Moscoso y Sandoval (Madrid-1680), párrafo 1.356: Se «consultó a los Maestros de obras del Real y otros grandes de la 423 Corle acerca del Irono que se trazaba, y todos juntos, presencia del en Cardenal, vieron y confirieron los rasguños que habían dibujado el Her¬ mano Francisco Bautista, de la Compañía de Jesús, y Pedro de la To¬ rre, insignes arquitectos, y cotejados con otros de don Sebastián de He¬ rrera y Alonso Cano, eminentes en Pintura y Arquitectura, se eligió el que pareció mejor... Desle, mandó D. Baltasar abrir lámina y la im¬ primió» [¿subsiste? ¿Dirá el triunfo de quién o quiénes fué?] Y párrafo 17G2: «Habiéndose juntado muchas advertencias acerca del modelo para el Trono de Nuestra Señora del Sagrario con las copias del diseño que se habían repartido, trató luego de que se tomase la última re¬ solución y se ejecutase, y confitadas las advertencias, se dió a Virgilio Fa- nelo-Beseleel o Praxiteles Florentin, tan grande en la Arquitectura, Pla¬ tería y Entalladura, que no ha conocido en nuestra edad quien le exceda, y el que más admira es quien más se le parece (sic) [el rival]— que le tie¬ ne ya (acabado con primor, que es una de las más ilustres obras con que el artífice arrebata las atenciones; año 1G52»; [fecha imposible, pues son de 1G55 los proyectos de Seb." de Herrera y Alo Cano] . Estos textos del P. Jesús María, en el que se ve estudio de propósito de no decir cual fué de los dos proyectos el triunfante en la Junta de 1656, es el que el Sr. Sánchez Cantón, copiándolos co.n su habitual escrúpulo, añadió en la pág. 354 del tomo II de nuestra edición de los Datos, Docu¬ mentales de la Catedral de Toledo de Zarco del Valle. Por las palabras del biógrafo carmelita-descalzo del Primado Moscoso, no estaba autori¬ zado Llaguno para decir con frase terminante que «los dibujos para el Trono de Francisco Bautista y Pedro de la Torre (fueron los) elegidos en competencia de otros de Alonso Cano y de D. Sebastián de Herrera», los que «ejecutó (dice) Virgilio Faneli desde el año [¡imposible!] 1650 a 52.» Pero como lo de 1650 (lo contrario respecto de 1652) no está en Ids ]"»alabras del P. Jesús María (cinco años antes del 1655, del proyecto Ca¬ ño-Herrera y seis años antes de 1656 de la Junta en presencia del Carde¬ nal) queda la presunción de que Llaguno bebiera en otra fuente parte de su información sobre el Trono... Pero, finalizando en el examen documental, el libro de Gastos del año 1655 (folio 168 vuelto) (docum. 725 de los por mí publicados de Zar¬ co del Valle) da además plena y rotunda rectificación a la rectificación de Ceán a Llaguno y al P. Jesús María, declarándose que efectivamente el Hermano Bautista y Pedro de la Torre hicieron traza para el Trono, pre¬ cisamente cuando se ordena pagar la que hicieron, también consociados, sus presuntos rivales Alonso Cano y Sebastián de Herrera Barnuevo. Es decir, que el texto íntegro del documento mismo que, sólo conocido en extracto por Ceán, le daba la gratuita negativa, leído al pie de la letra, nos da la afirmación; «En 14 de Febrero de 1655 (23 y 8 años después de 439 las más conocidas intervencionesviajes a Toledo del Heniiaiio Bautista y con Pedro de la Torre en Sagrario), se libró a D. Sebastián de lo del Herrera, vecino de Madrid, 200 reales de a 8 de plata [200 duros] (81.000 maravedís de vellón) por la ocupación que ha tenido en hacer una traza para el Trono de Nuestra Señora en oposición de la que hicieron [ignora¬ mos fecha, pues la de 1056 del P. Jesús María es de la junta posterior para la elección entre uno y otro proyecto] Pedro de la Torre y el P. Bau¬ tista.» El Trono de uno de los dos proyectos lo realizó Virgilio Fanelli y sub¬ siste todavía, pero ni el P. Jesús María nos quiso decir (lo calló aposta) ni los documentos nos han revelado todavía el triunfo de Cano-Herrera o bien el de Bautista-Torre; lo había de decir, más adelante, el juicio es¬ tilístico de la obra misma (¡y aún la de su presunta o posible maqueta!). La información, boy por hoy, rectifica a Ceán, confirma por el contrario al Llaguno, al P. Jesús María y nos acaba de demostrar la consociedad del jesuíta arquitecto y de Pedro de la Torre, durante muchos años. Para finalizar acerca de la información del libro de Llaguno y Ceán (aparte la referencia a dos textos aprobatorios del Hermano Bautista, que hemos de volver a publicar en apéndices, por ser los únicos que conocemos de la pluma del arquitecto), nada hay que añadir a lo que dijo Llaguno mismo en la tasación en 1053 a que concurrió el Hermano Bautista de uno de los lienzos del claustro y el dormitorio del Sur en el convento de S. Fe¬ lipe el Real, obras que habían ejecutado Pedro y Gaspar de la Peña, padre e hijo. La designación para una tasación excluye de derecho y de hecho la posibilidad de haber el tasador tenido parle conocida en la labor, no tanto en el proyecto, pero en éste con menos probabilidad al parecer. Del monu¬ mento queda sólo el recuerdo: hoy la manzana de casas «de Cordero», en¬ tre la Puerta del Sol, calle de Correos, plaza y calle de Pontejos (Sur del solar) y calle de Esparteros, en Madrid. Seguramente se nos celan todavía en los archivos muchas otras actas de justiprecio del probo e imparcial y docto y práctico constructor Hermano Bautista. Del de San Felipe el Real no se ba logrado mayor información, que yo sepa: el claustro, ya de mu¬ chos años comenzado, era de traza (año 1000) de Andrés de Nantes, co¬ rregida por Francisco de Mora (el sucesor inmediato de Herrera en el Es- cohal), dórico, de cantería de 28 arcos por panda y piso, y una de las me¬ jores obras de Madrid (a juicio de Ponz y los neoclásicos). aportaciones documentales acerca del Hermano Bautista han sido Las algo cons'derablemente acrecentadas en los trabajos de mi clase de Histo¬ ria del Arte de la Universidad de Madrid, por trabajos, de iniciativa —los temas en general —libre, pero obligatorios, de mis discípulos inscritos. 43Ò Uno de ellos ofrécenos la seguridad de mías obras aulénticamenle suyas (iglesia de la V. O. T. de San Francisco el Grande y su baldaquino), los otros se reducen a intervenciones en obras al fin ajenas, en todo o en parte. Incluyo algo el alumno completó una información anterior, des¬ en que haciendo errores o confusiones (en la Capilla de San Isidro en San Andrés). Y añado, sin mayor esfuerzo nuestro, otro dato que andaba olvidado, aun¬ que publicado, «extravagante» en suma. Este se refiere a la Iglesia de bernardas del Sacramento (textos docu¬ mentales, conocidos por razón de pleitos de que tuvo noticia el segundo Campmany y Montpalau). Los otros a las obras siguientes; Capilla de la V. O. T. de San Francisco, del Hermano Bautista (traba¬ jo del alumno Sr. Castrillo). Baldaquino de su altar mayor (trabajo del mismo Castrillo). Obras de los Santiaguislas, iglesia de las «Comendadoras» (trabajo de los alumnos Fernández Villanueva y Bodríguez Castellano). Obra de la Capilla regia y nacional de San Isidro en San Ginés (traba¬ jo del alumno Sr. Kreisler). .Menos este último, que es ya posterior, de todos los otros hice mérito sucintamente en mi libro Las Iglesias del Antiguo Madrid, 1927. El del malogrado Sr. Macho lo publicamos, aunque extractado; asimismo el del señor Castrillo. Está inédito el texto (¡y el de tantos otros compañeros!) del trabajo de los Sres. Fernández Villanueva y Rodríguez Castellano (en comandita). Una de las noticias más interesantes, referentes al arquitecto jesuíta, es la bailada en el Archivo de la Venerable Orden Tercera Franciscana, adjunta a San Francisco el Grande, de Madrid, por la que resultan suyos la curiosa iglesia llamada «capilla» (que ya de antes había solicitado mu¬ cho 111' atención entusiasta) y el baldaquino o retablo de su altar mayor. Advertiré que su estudio (¡tan obligado!) falta en el l'bro de Otto Scbu- liert. sencillamente porque faltaron antecedentes de ello en el de Llaguno y Ceán. También Eguren (en el «Madrid», del Madoz), la olvidó, lo que sorprende en escritor tan cuidadoso. Encaminados por consejos míos fueron haciendo rebuscas en el Archi- \o de dicha V. O. T. basta tres discípulos dé mi cátedra de Historia del Arte. Fué D. José María Castrillo, y en el curso de 1915-10, quien atendió a lo escultórico de la pequeña iglesia interesantísima, cuando dos discípu¬ los atendieron, una a las pinturas de Cabezalero, allí tan principales, y otra, y de reciente, a otra iglesia, ésta la del Hospital de la V. O. T., es de¬ cir en la calle de San Bernabé, no en la de San Buenaventura, donde está «1 ingreso de la capilla penitencial. 431 El IrabajiO del Si'. Caslrillo, mliluiado La Capilla del Crislo de los Dolores de la V. O. T. de San Francisco, de Madrid, mayo de 1915, breve, de solas 16 hojas apaisadas y no escritas por el reverso, se publicó (sin haberlo de extractar) en las páginas 272 y 278, tomo XXVI, de 1918, del «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones», revista por mí a la sazón d'rigida, y con unaNota final mía, que habremos de considerar tam¬ bién; en la pág. 274 se dice que por mandato judicial, el escribano Antonio Cadenas, a petición de la Junta, dió en 3 de noviembre de 1662 copias de originales presentados por ésta; ^en uno de los cuales figura el contrato con Marcos López, maestro de obras y con Andrés Simón, igualmente , maestro.de obras, que figura como fiador, en el que se dice que queda obli¬ gado el Simón a continuar las zanjas (de los cimientos de la capilla ac¬ tual) y levantar el edificio, que se habían empezado a abrir en 22 de Agos¬ to del mismo (año) y sujetándose al plano hecho por el P. Bautista, de la Compañía de Jesús, firmado además por D. Sebastián de Herrera, maes¬ tro aparejador y mayor de las obras de Su Majestad». El señor Castrillo añadía, por su parte y antes de referirse a mi descripción de la capilla: «iXo extraña, por cierto, esta última noticia, porque el sello del estilo, que se llamó jesuítico, se ve bien claro en la obra, empezando por los elemen¬ tos y acabando por los materiales, que son unos y otros idénticos a I0.5 empleados en el Colegio Imperial de la Compañía, hoy Catedral de San Isidro, en la calle de Toledo». Explica después el remate del concurso en favor de Marcos López aso¬ ciado con Luis Román, y añade: «A Marcos López y Luis Román... sé les hizo entrega del plano del P. Francisco Bautista y Herrera Barnuevo (el citado D. Sebastián, que no parece lo firmara sino para garantía docu¬ mental), firmado por la Junta. Es, pues, creación y personal del Hermano Bautista la idea, planos, etcétera, de tan interesante monumento; pero también es suyo el muy cu¬ rioso baldaquino del retablo mayor, del que dice el señor Castrillo lo si¬ guiente, sin más preparación en la frase: «La parte de carpintería del tabernáculo fué hecha en blanco (madera) por Juan de Ursularre y Eche- barría, según el plano que se le da por B. Iñigo López de Zárate, facto¬ tum de la obra de la capilla. El ¡autor del plano del tabernáculo es asi¬ mismo el P. Bautista y a él se le dejan, por cláusulas especiales en cada contrato, la resolución de cuantas dificultades surjan. El plazo de cons¬ trucción del tabernáculo, obra la más interesante de la capilla, desde 9 de abril de 1664 en que se firma el contrato hasta el 24 de diciembre del mismo, a fines de enero del 65, como fecha improrrogable.» Después de otros muchos párrafos, y entre ellos los referentes a tasaciones de már¬ moles y jaspes (tasadores Fray Lorenzo de San Nicolás, Juan Ruiz de Heredia y Sebastián de Herrera) y a las esculturas, añade el señor Cas- 432 Irillo, íinalizando trabajo, los dos párraíos siguieules: «El P. Bautista su no se tomó tantas molestias gratis, porque figura una cuenta en las obras de fábrica que dice; «Mas se dió al P. Bap^a por las medida y planta de la obra dos mil y siento y -quarenta y seis reales.» «Este es el resumen de la Capilla de la Venerable Orden Tercera, bajo la advocación del Cristo de los Dolores, la capilla existente..., la obra hasta ahora inédita de aquel Franc." Bautista que condujo la obra (de la iglesia) del Colegio Imperial de ta Compañía de Jesús, hoy catedral de San Isidro de esta villa y Corte.» [Lám. XXXIX]. * * * La intervención del Hermano Francisco Bautista en la capilla de San Isidro en San Andrés, en la obra importante y bien significativa del triun¬ fo del barroco en el arte madrileño, el arte de la en capital del imperio hispano,aparece algún tanto confusa en los publicados resúmenes de los documentos subsistentes o perdidos. Y es el asunto bastante interesante, al menos (en definitiva), para la calificación social del artista. Antes de aprovechar los detalles, daré aquí de nuevo el resumen del conjunto hube de hacer, en el dictamen académico (en la Acade¬ que yo mia de San Fernando), para la ya sobrevenida declaración de monumento nacional de la dicha capilla; en el otro dictamen académico, también mío (en la Academia de la Historia), califiqué la importancia o trascenden¬ cia que vino a tener en España y en América la aceptación por la Corte, y precisamente en esta capilla, de las libertades y galanuras de las nue¬ vas fórmulas artísticas, rebeldes al clasicismo, ya mecanizado, del Re¬ nacimiento. En los anteproyectos, en los proyectos y en la realización (decía en mi informe, aquilatando las tres no más que aparentemente contradicto¬ rias aportaciones documentales de Llaguno Amírola, 11. Ciria y Macho Ortega, creeré que mutuamente complementarias (y con ellas la aporta¬ ción igualmente complementaria de los dibujos de Alonso Cano y Se¬ bastián Herrera Barnuevo) intervienen como principales, sucesivamente, Juan Gómez de Mora, Pedro de la Torre, José Villarreal y Sebastián Herrera Barnuevo. Pero Gómez de Mora lo que proyectó sería la igle¬ sia exenta que no se acordó plantear... año 1629; Pedro de la Torre, ven¬ ciendo la resistencia de Gómez de Mora y el concurso de los otros arqui¬ tectos famosos, dió los proyectos de la capilla en la actual situación por 1642, pero proponiendo muchas cosas... realizadas de bien distinta ma¬ nera; José de ViUarreal... hizo desde 1657 los muros (pues sólo se ha¬ bían abierto antes los cimientos) y las portadas en la antecapilla; Sebas¬ tián de Herrera, las más barrocas...», etc. etc. (párrafos, siguen, sobre lo de Alonso Cano y sus favorecidos). 433 «La intervención de otros arquitectos deberá ser apreciada del modo siguiente: El capuchino Fray Diego de Madrid lo que hizo fué el mode¬ lo [que sería corpóreo] del monumento, por los planos ya aprobados y no suyos. El jesuíta Hermano Francisco Bautista y el recoleto Fray Lo¬ renzo de San Nicolás intervendrían como consultores en una .Junta cuan¬ do Pedro de la Torre logró el triunfo en 1642 sobre ellos y sobre Gómez de Mora, y (asistiendo) con ellos, Miguel del Valle y Cristóbal Palomo; a los dos primeros, el jesuíta y el recoleto, por la virtud de sus ejemplos personales se debería la idea del encamonado en las bóvedas, en vez de hacerlas pétreas, es decir, cual ellos las iban construyendo en Madrid. La idea del baldaquino central pudo sugerirla el citado Hermano Bau¬ tista, que por los mismo años labró otro, el de la capilla de la Orden Ter¬ cera..., que en las sendas obras aparece que andaba muy relacionado con Sebastián de Herrera Barnuevo...», etc., etc. (se habla después de los otros artífices). «Basta el resumen de estos complejos datos documentales, y la rela¬ ción y la cronología de ésta y otras obras de Torre, Hermano Bautista, Padre San Nicolás y Herrera Barnuevo, para confirmarse en la idea de la importancia histórica excepcional de la capilla, como Monumento en que se inicia en Madrid definitivamente el barroco castellano, con me¬ nos precocidad que el sevillano, pero con mayor autoridad y trascenden¬ cia más evidente...» Esas síntesis mías, sobre incompletos y algún tanto inconexos datos documentales, piden traer aquí particularmente los párrafos que se re¬ fieren concretamente al Hermano Bautista, y no aludiendo a éste ningu¬ no de los aprovechados por Llaguno, los tomaremos, literalmente, de los dos trabajos de Ciria y de Macho. El piadoso señor Ciria, arrebatado por su devoción y por sus inte- grismos y con un amor a Felipe II, sólo igualado por su odio a Carlos III," con los que esmalta su estudio, cuando llegó a aprovechar los documen¬ tos, con ser, él, el archivero (a la sazón del Ayuntamiento), prescinde de detalles, textos y prescinde de fechas, además de no dar nunca signaturas ni siquiera señalamiento de las fuentes que aprovecha, por lo que pre¬ cisa adivinar el momento a que cada vez se refiere. Al caso del Herma¬ no Bautista se refieren estos párrafos: «Habiendo tratado y conferido lar¬ gamente sobre la disposición que se ha de tener en la lahor de la iglesia o capilla del Ser. San Isidro [estamos, pues, en 1642 ó antes, pues aun se mantenía la duda que señala], se encomendó al caballero comisario [del Ayuntamiento], Juan de Tapia, estudiase y juzgase las traças (pro¬ yectos o planos) que truxeron Juan Gómez de Mora, el Hermano Juan Bautista [sic], de la Compañía de Jesús; Fray Lorenzo de San Nicolás, regular de la Orden de San Agustín, y Juan Gómez de Mora [sio], maes¬ as 434 tro mayor de la Villa, opinó el caballero comisario que para la trasla¬ ción del cuerpo del glorioso San Isidro... se oponían las dificultades si¬ guientes: »... El texto de las dificultades comprueba que todo ello ocurría antes de decidir hacer, en vez de una iglesia separada, capilla adjunta, pero aparte de la iglesia parroquial, o sea que es antes de 1642 y después de 1638 (?) En otro artículo capítulo aparte del inconexo trabajo de Ciña, pero o seguramente aludiendo a fecha algo posterior, se dice: ... «Los Regido¬ res Comisarios acuerdan que las trazas por ellos elegidas y firmadas de sus autores se remitan a su llustrísima, el Obispo Presidente [¿del Consejo de Castilla?...], suplicándole se sirva consultarlas con Su Majestad para que de las cuatro [¡ojo!] elija y apruebe la que fuere servido, y elegida, y aprobada por Su Majestad la que fuese, se guarde, cumpla y ejecute.» «Su Majestad [Felipe IV] escogió la traza de D. [sic] Pedro de la Torre, y anunció con notable acierto que necesitaría de siete años para su ejecución y quinientos mil ducados de coste. En su vista, se reunieron el Corregidor y Comisarios, haciendo Junta, en la parroquial de San An¬ drés, y llamados los maestros arquitectos Juan Bautista [sic], de la Com¬ pañía de Jesús; Juan Gómez de Mora; el P. Fr. Lorenzo de San Nicolás, Agustino recoleto; Miguel del Valle, y Cristóbal Colomo [cinco, pues] para determinar cómo se ha de hacer la capilla de San Isidoro, convinie¬ ron que el maestro cuya traza se eligió [con los cinco, el sexto] hiciera las condiciones. Así Pedro de la Torre hizo las siguientes..., etc.» En los extractos de Ciria no vuelve a mencionarse al jesuíta Bautista y se vuelve a citar (claro está) a Pedro de la Torre. En los extractos documentales de mi discípulo malogrado D. Francisco Macho, se dicen siempre (como es debido) las signaturas y la fecha y la naturaleza del documento extractado, y además sus contextos se copian íntegros, a veces, en Apéndices. No es éste el caso del documento núme¬ ro 3 de dichos Apéndices, que no está copiado sino en parte. Del encabezamiento es esto (en escritura moderna, salvo en apellidos) : «En... Madrid, a 10... Mayo... 1642... el Sr. Arévalo Çuaço en la junta que hizo en... S. Andrés, adonde fueron llamados los maestros arquitectos, el Padre Francisco Bautista, de la Compañía de Jesús; ^luan Gómez de la Mora; el Padre Fray Lorenzo de San Nicolás, Agustino recoleto; Miguel del Baile; Christóbal Colomo, para determinar cómo se ha de hacer la capilla..., habiendo elegido la traza de Pedro de la Torre y confiriendo con qué condic-ones se había de poner por ,ejecución... y son éstas las siguientes» (que no nos interesan, que son de detalle y que van firmadas por Pedro de ^a Torre). Pero en el texto propio del trabajo del Sr. Macho, al extractar el do¬ cumento dice que éste consigna que en la junta-asamblea, «después de 43^ algunos i'eparos ele Gómez ele Mora (quien, por lo visto, añade Macho, con razón, no perdonaba el olvido de la traza por él hecha [1629] años atrás), se elige [?] el proyecto de Pedro de la Torre. La discusión fué empeñada y larga; hicieron uso de la palabra todos los arquitectos que asistían: el P. Francisco Bautista, jesuíta; Juan Gómez de Mora; Fray Lorenzo de San A'icolás( agustino; Miguel del Baile y |Christóhal Colomo. Estas noti¬ cias, juntamente con los detalles del proyecto de La Torre van [no van] insertadas en el Apéndice (núm. 3). El tal proyecto fué muy combatido an¬ tes de ser aprobado, sobre todo por Gómez de Mora, quien hizo una ver¬ dadera obstrucción; su argumento fundamental de oposición consistía en la necesidad de que las columnas y el estilo general de la Capilla fuesen de orden dórico en lugar de corintio, como La Torre pretendía: el corintio, según Mora, supone una pérdida de tiempo, y sobre todo, de dinero nada despreciable» [se copia la frase de Gómez de Mora]: dSe ha de guardar la orden dórica, por ser una de las cinco más pertenecientes a cosas de piedra y jaspe, porque haciéndose de la orden corintia o compósita obli¬ garía a hacer muchos adornos, basas, capiteles y follajes, y esto sería de mucho gasto y de mucho tiempo.» Todavía expuso Mora otras observacio¬ nes secundarias, siendo de ellas la más interesante la relativa a la coloca¬ ción de pinturas... La Torre defendía su proposición de adoptar el estilo corintio, porque, de adoptar el dórico, ¡(habría necesidad de componer una nueva traza, lo cual suponía una pérdida de tiempo de consideración, cosa que el mismo Gómez de Mora había censurado». «Gerónimo Lázaro, maestro de obras que asistía al debate, terció en la discusión, inchnáftdose por la opinión de La Torre, y añadiendo, por su parte, que: «las pilastras deben ser de mármol de Toledo, con sus basas y chapiteles de alabastro de Torrubia, y la orden corintia, y si encima de de ésta se hubiese otra, sea la compósita.» «Puestos por fin de acuerdo los arquitectos, decididos por el estilo co¬ rintio y admitida la proposición de Mora sobre la colocación de pinturas, la Junta [no la de artistas] comenzó a dar un gran impulso a las obras que la estaban encomendadas, celebrando sesiones y reuniones con harta fre¬ cuencia...» La solemnMad de comenzar a abrir las zanjas fué en 1." de febrero de 1643; ¡pero la primera piedra (ya con otros artífices, e ignorándose si con otros planos, o sólo modificándose los de Pedro Torre), no se vino a colo¬ car, y fué ello con gran solemnidad, sino catorce años más tarde, el 12 de abril de 1657! Relacionando las anotaciones y extractos de Giria y de Macho, resulta dudoso si hubo cuatro proyectos o planos, como creyó Giria, o si serían de cuatro sendos arquitectos (es decir, sin colaboraciones de dos en un proyecto, y sin duplos proyectos a opción de algún arquitecto). Parecía deducirse, a primera vista, que los cuatro arquitectos con sendos proyectos serían o, nopodrían ser, 1.°, Gómez de Mora, el mayor y ya detaído pres¬ tigio del Arte escurialense, que hizo en verdad proyecto en 1652; 2.°, Pedro Torre, cuyo proyecto se aceptó en 1642 por los Comisarios, por la Junta de artífices, por el Obispo-Presidente o por el Rey, o por todos a una (ape¬ nas se supiera la opinión de S. M.); 3." y 4.", en problema, acaso del Her¬ mano Bautista y del P. San Nicolás (¿?). Debiéndose hacer constar que por 1642 no suenan aún para nada ni Sebastián Herrera Barnuevo, ni Alonso Gano, ni los artífices continuadores de la obra, en realidad construida ín¬ tegramente entre 1657 y 15 de mayo (día de S. Isidro) de 1669. Yo me decido a creer hoy que ni el Hermano Bautista, ni tampoco el Padre San Nicolás hicieron verdaderos planos acaso, sí, alguna idea o esbozo preliminar a ellos, y me veo llevado a pensar en una posible pro¬ tección y colaboración del jesuíta con el seglar profesional Pedro Torre, en este caso de la segunda de las tres etapas del .empeño de la Capilla, como en los casos de la intervención de ambos en tareas de la Catedral de Toledo. * * * Una (por hoy) penúltima información de tareas del Hermano Bautista, podemos agregar, pero sin fecha, ni aun aproximada, pues con ser la in¬ formación documental, seguramente se ofreció hace muchos años ya, sin ese el más interesante de los detalles. Se refiere al convento de monjas cistercienses del Sacramento, en Madrid, hoy todavía intacto (*). Con ser la fundación del segundo de los dos únicos favoritos de Fqjipe III, el Duque de Uceda, hijo del primer favorito Duque de Lerma, la generosa dotación no se pudo hacer del todo efectiva de la familia hasta muchísimos años después de la muerte de Uceda, el también fundador del magnífico palacio, hoy de los Reales Consejos, al fin de la calle Mayor, inmediato (salvo calle intermedia) a la iglesia y convento del Sacramento. Ya en el reinado de Carlos II (después, por tanto, de 1665) es cuando se ajustan por primera vez las obras para la planta nueva, y hasta entonces vivía la comunidad en una casa, que es parte de la actual clausura y bien principal en ella, según yo he podido comprobar, y no sabía el escritor del cual extracto todas estas noticias. Al efecto de poder emprender la tarea de las obras de, entonces se juntaron (dice el segundo de los Capmany y Montpalau, en su poco cono¬ cida y bien curiosa obra Efemérides o Museo ¡listóricn, 2." ed., II, pᬠginas 328-35) (dos maestros de obras; hermano Bautista, de la Compañía de Jesús; Manuel del Olmo, y Bartolomé Hurtado, aparejador mayor de las obras reales, los cuales dispusieron el sitio y el lugar, y se hizo planta (•) [Medio destruido en la guerra, se reconstruyó, por Regiones Devastadas. La iglesia había sufrido poco.] 437 de iglesia y convento, moderando la fábrica según el posible del caudal, y el administrador pidió permiso al Cardenal [Don Pascual de Aragón, de la casa ducal del Patronato] para hacerla menos suntuosa que la dejó trazada el fundador [D. Cristóbal de Sandoval y Rojas, el segundo fa¬ vorito de Felipe III]... y se hizo la subasta». Entonces logran del Ayunta¬ miento... (un retal de solar)... «Y como la fecha del acuerdo municipal si que la da Capmany y Montpalau, y es la de 1671, y después aún dice que se empezó la obra en 1671, resulta sólo precisada la intervención del Hermano Bautista, diciendo que entre los años 1665 y 1671, los seis prime¬ ros del reinado de Carlos II (bajo la regencia, el niño rey, de la Reina Gobernadora, su madre). No ayudan a precisar más las fechas, las que de los tres arquitectos nos fueron ya conocidas, pues si sabemos ahora que el Hermano Bautista murió en 1679, nos falta dato semejante respecto a los otros dos: Bartolomé Hurtado no fué conocido de Llaguno ni de Ceán, ni tampoco Manuel del Olmo; el Olmo conocido en las obras de Palacio fué un José del Olmo, y de Manuel (?) sabemos hoy de informes de 1685 y 1690 sobre el Puente de Toledo. No podemos aprovechar la noticia de la intervención del Hermano Bau¬ tista el Sacramento, en el estudio monumental, y sólo podemos añadirla en a las otras, en las que se ve la gran autoridad ganada por el jesuíta. Por¬ que de la interesante iglesia del Sacramento —una de las olvidadas por Schubert, sencdlamente por no conocerle antecedentes en el Llaguno- Ceán— se ha dicho, por otras informaciones sueltas, por una de ellas que se edificó por «planta moderna de D. Martín Verdugo», de desconocida fecha y de desconocida fuente la noticia, y por otra de ellas que se termi¬ nó en 1744 por el artífice Andrés Esteban, no menos desconocido. * * * Finalmente, la de más reciente conocida información documental so¬ bre el Hermano Bautista, acaba de ofrecérmela mi alumno del presente curso Miguel Kreisler Padín, en trabajo (documento nú¬ de 1927-28 don mero que completando la de mi libro Las iglesias del Antiguo Ma¬ 50) drid, en 1927 publicado, particularmente la de la famosa capilla (casi in¬ dependiente) del Cristo de San Ginés, con bastantes datos inéditos, resul¬ ta por uno de ellos que en 1665 tuvieron que justipreciarse las obras de la notable capilla que labraba Juan Ruiz, y al efecto, este arquitecto o maestro de obras designó por perito suyo a Fray Lorenzo de San Nico¬ lás, y la Congregación del Cristo de San Ginés, por su parte, al Hermano Francisco Bautista. Fué esta última designación en sesión o junta que tuvo por presidente al Prefecto mismo de la Congregación y lo era nada menos que el Conde de Peñaranda, que es para mí, indiscutiblemente, el 438 mejor diplomático y el mayor político que entonces tenía la nación, o me¬ jor, el imperm español, al que representara en la Paz de Westphalia, a la vez uno de los más finos enamorados o amantes del Arle, quien pro- legió y trajo en un viaje a España a uno de los más insignes pintores ho¬ landeses del gran siglo del Arte holandés. Aludo a Gerard Ter Borch, el que yo llamo «el Velázquez holandés» (pues algo imitó a Velázquez), y quien en cuadriles de innumerables figuritas, que en fotografía pare¬ cen cuadros inmensos, inmortalizó el retrato de todos los compromisa¬ rios de aquella Paz de Münster-Osnabrück o de Westphalia, el más tras¬ cendental de los Congreso de Europa en la Historia; en esos cuadros, es de Peñaranda la cabeza de retrato más admirable, la siniestra mano en los Evangelios, levantada la diestra juratoria. Y digo algo de todo esto, porque resulta la presidencia de Peñaranda y su probabilísimo dictado del nombre del Hermano Bautista, como un timbre de gloria para el ar¬ quitecto jesuíta, a mi ver. Y eso que ya me había adelantado a pensar, y aun a decir, que por razón de suficiencia y razón de rectitud moral, es seguro que los archivos nos celan y guardan muchos casos de peritaje y de justiprecio del artista murciano de la Compañía de Jesús. Y^ por tanto, la noticia ésta más reciente, del Cristo de San Ginés, no tiene nada de inesperada ni nada de particular. Y con ella, hoy por hoy, se ha de cerrar la información estrictamen¬ te documental, quiero decir la de papeles de documentos de carácter jurí¬ dico, testimonios de la vida civil que, sin propósito en su redacción y autorización, valgan hoy por testimonios históricos. * * * Porque conviene recordarlo, muy otros son los documentos que se es¬ criben depropósito para perpetua memoria. Los cuales, cortos o largos, sencillos o en series, referentes a un solo asunto, o una sola persona o bien extensos cual memorias crónicas, se redactan ya como verdadera¬ o mente históricos, perpetuar la memoria de los sucesos, no como para los estrictamente documentales, para evitarse pleitos o para garantizarse el resultado de posibles contiendas judiciales. Y claro es «ad perpetuam, in memoriam» se escribían y comuni¬ que caban en la Compañía de Jesús las Memorias necrológicas de sus miem¬ bros, con el elogio de sus virtudes, dotes y servicios a la Orden. Son bio¬ grafías reducidas, ni más ni menos que las Memorias de artistas, materig- les ya labrados para los futuros cronistas de toda la Compañía, o histo¬ riadores de de sus «Asistencias» (cosa de media docena en todo et una mundo, agrupando naciones) de una de sus «provincias» (cosa de cuatro o seis en España), o de una sola de sus casas, colegio, noviciado o casa 439 «profesa». Era Orden docta, humanista, y de secreta, pero evidente sin¬ ceridad, y sus textos tienen sencillez, claridad y verdad. restablecidos No, 'asimismo, afán de publicidad excesiva, por lo que los archivos suelen registrables para los extraños, y, en general, han ser no de ser los mismos eruditos jesuítas los que nos puedan comunicar esos textos; cual en el caso del Hermano Bautista, el alemán Padré Joseph Braunn, y el andaluz Padre Carlos Gálvez: el uno, resumida la carta latina; el segundo me favorece con el texto íntegro e inédito de la carta castellana. Hay diferencias (al parecer sólo de mayor información) en el caso del Hermano Bautista entre la carta española y la latina, aunque las latinas solían ser sólo resumen de las escritas lengua del país; lo que me en hace lamentar poder dar el texto latino, por lo demás resumido bien no (según creemos) por el P. Braunn; algo me añadió de palabra el P. Gálvez, que conoce el texto de la latina. Las cartas latinas las remitían a Roma los Padre Prepósitos Provin¬ ciales, es decir, al Prepósito General, el «General de los Jesuítas» (y sus «Asistentes» como vicarios para cada una de las Asistencias, como la de España). La carta castellana la dirigía a las demás casas de una provin¬ cia jesuítica de España el Superior de los jesuítas muertos en la suya, para solicitar los sufragios de todos los Padres y Hermanos, para edifi¬ carles con el relato en las virtudes del fallecido, y también para recuerdo humano de sus méritos y dotes, a perpetua memoria; al fin, ésta, acrecen- ladora de los sufragios mismos, entre los Hermanos de hábito, confra¬ ternizando más vivos y difuntos en la religión esencialmente cooperati¬ va y providencialmente consoladora y confortadora del sufragio cristiano, en la fe de la «comunión de los Santos», dogma supremo de la Cristian¬ dad como cuerpo místico con Cristo Redentoj-, que nos predicó hermandad. Precedían, pues, las castellanas a la carta latina, que resumidas las notas necológicas las unía y enlazaba para el archivo supremo de la Compañía en Roma. El texto inédito de la carta castellana, que el P. Gálvez nos per¬ mite publicar, va a continuación, con las palabras preliminares del Padre Gálvez: Carta necrológica del H." Francisco Bautista S. J. Es traslado de una copia moderna, pero se ha confrontado con el ori¬ ginal, que está en Biblioteca de la Historia Leg.° 7003-81 (signat.® an¬ tigua). Pliego en fol. con la firma y la antefirma autógrafa. Se ha moderni¬ zado la ortografía. Este ejemplar es el dirigido al Col." de Villarejo de Fuentes; pero 440 es de recordar qué se expedían por el Rector, en cuyo Col." ocurría la defunción, lanías carias cuanlos eran los colegios de la provincia, que en este caso era la de Toledo. [H." Francisco Bautista] [29 diciembre 1G79]. Pax xpi, etc. Lunes 29 del pasado fué Ntro. Sor. servido de llevar para sí, como esperamos, al II.° Franco Bautista, coadjutor temporal formado, de edad de 85 años y 70 de Compañía. Fué su enfermedad un dolor de costado de un corrimiento tan copioso de flema, que, faltándole fuerzas para ex¬ pelerlas, le vinieron a ahogar en pocos días; y temiendo este peligro se previno con tiempo confesándose despacio y recibiendo con acuerdo y de¬ voción los Stos Sacramentos del Viático y Extremaunción: y dicha la re¬ comendación del alma, murió con gran paz; premiando S°r con tan buena muerte los largos trabajos de tantos años de religión empleados lodos en su servicio. Fué el H." Francisco Bautista recibido la Compañía en nuestro Co¬ en legio de Murcia, de donde era natural, en compañía de otro hermano suyo, que entró para estudiante'; pero al H." Franco agradó el estado hu¬ milde de coadjutor, trayendo aprendidos del siglo buenos principios del Arte de escultor, para servir con él a la religión: y correspondió Señor a este su deseo, pues en ellos adelantó tanto que ayudándose de libros y escritos de este Arte, mediante su gran capacidad y entendimiento, sin ha¬ ber tenido otro que le enseñase, salió tan consumado y superior maestro de todo género de Arquitectura, que como a tal le llamaron muchas Igle¬ sias Catedrales y Ciudades para consultar sus fábricas más principales; y así el Consejo Real refería tanto a su parecer, que muchas veces le hizo árbitro en pleitos de estas materias, saliendo siempre con nueva estima¬ ción, por lo acertado de su consejo y resolución. Pero no necesitaba su crédito de estas demostraciones, cuando sus mismas obras habían dado testimonio tan claro y tan universal de su grande Magisterio en este Arte. Los retablos de nuestroscolegios de Alcalá y de este Imperial, de sus altares colaterales y capillas, tan majestuosos y hermosos, tan bien tra¬ zados y ajustados bastaban para su estimación: pero lo C[ue dejará eter¬ na su memoria es la Fábr'ca de este Imperial templo, que no siendo de esta ocasión el describirle, baste decir que siendo el más augusto de esta Corte, fué el H.° Bautista el primero que dió a ver en ella esta for¬ ma de fábrica, particularmente la parte del Ochavado, media naranju y lanterna; a quien, como a primer ejemplar han ido imitando casi los de¬ más que después se han fabricado; pero ninguno ha igualado su perfec¬ ción, porque pocos han llegado a igualar en el Arte a su autor. El cual por lo que ha trabajado en este templo merece contarse entre los insig- 441 nés bienhechores de este Colegio, y merece también este titulo por grue¬ sas cantidades que le ba dado de limosna, que por causa de otras fábri¬ cas, a que ayudó con su dirección, le hicieron; todo lo daba al Colegio, porque, como tan religioso, no conocía otra obligación mayor que la que debía a su religión, a quien tenía el amor que debe un buen hijo á su madre; confesando que cuanto era y sabía y adquiría todo lo debía a la religión. Fué el H.° Bautisía no menos aplicado a edificarle a Dios el templo que más estima, que es el de las virtudes y perfección propia, que lo fué á edificarle el templo material; pues ni el divertimiento que naturalmente traía su ocupación, tratando con tantos oficiales seglares, ni él tratar con tantos como acudían a él, mezclaron en la conversación cosa, ni palabra que oliese al siglo; manteniendo con todos y en todas ocasiones un trato grave, religioso, y una alegría igual con todos, con que de todos era igualmente amado y por su proceder religioso respetado. Ayudóle mucho a vivir tan observante, la continua ocupación en que vivía, trabajando en las fábricas, como uno de sus oficiales, todo el tiem¬ po que le duraron las fuerzas, enseñándoles con los ejemplos de su vida a ser buenos cristianos y con los documentos de su arte a salir maeslros de él, como saberon algunos. Nunca se notó en el H." Bautista, en tan largos años, con que desdi¬ jese de la circunspección religiosa, atendiendo en esto a la perfección pro¬ pia y al buen nombre de la Compañía, tan aplicado al bien de ella, en aquello que él podía contribuir, que este cuidado le empeñó en nuevo es- ludio de mirar por la conservación de este templo: cerró aún los meno¬ res resquicios; apartó de sus cimientos las aguas; trabó a su costa para mayor fortaleza y seguridad con clavos de yerro sus muros que como el mayorazgo de sus obras quiso darles estos nuevos vínculos para su per¬ petuidad; título nuevo porque este Colegio le debe perpetuo agrade¬ cimiento. En los últimos años, quando ellos y sus pocas fuerzas le jubilaron del trabajo, su mayor ocupación era visitar la Iglesia, llevado no tanto del gusto de ver la fábrica de sus manos y examinar si había más en que adelantar su hermosura, quanto por mejorar y hermosear más su alma en la oración y con las visitas al Smo. Sacramento, a Nra· Sra. del Buen Consejo. Fué el 11." Bautista granseguidor de la Comunidad, no admitiendo para ni alhajas de su aposento-. sí singularidad alguna ni en su persona, Su recato fué grande, y digno de ponderación, que en la frecuencia suya a la Iglesia y en tanto años no se le vió hablar con mujer, pudiendo ha¬ ber tantas causas para que le buscasen, por las dependencias de sus ma¬ ridos; no las admitía a verlas hablar en sus negocios. Fué gran defensor 442 -r de la verdad: no sabía otro estilo que aquél con que manifiesta lo más sinceramente ánimo; y teniendo el entendimiento tan claro y tan su¬ su perior nunca halló camino para usar de equivocaciones, paliasiones ni alusiones, sino el de las palabras con su común y verdadero sentido: pren¬ da que le hizo muy amable. En fin fué el H." Bautista un sujeto que por su mucha religión y obser¬ vancia y por sus grandes prendas naturales debe contarse entre los pri¬ meros que han florecido entre nuestros hermanos coadjutores, y uno de los que más han servido y ayudado a este Colegio; en cuyo reconoci¬ miento. fuera de la común obligación, suplico a V» Iq mande hacer en ese Colegio los sufragios que acostumbra la Compañía, y de mí no se olvide en sus Santos Sacrificios. Madrid y enero 28 de 1680. 8° de R* Al Padre R°r de Villarejo. José de Villamaior. ♦ ♦ ♦ El P. Braun, tomándolo,, de la carta latina, del «Elogium», sabe la edad del Hermano Bautista al morir y los años que contó dentro de la Compañía de Jesús, pero traduce esas fechas al año de la Era correspon¬ diente, diciéndole nacido en 1594 y novicio en 1610; fallecido en 1679 (y a fines de diciembre, el 29), de 85 y con 70 años de religioso, sacando la cuenta, hubo de nacer efectivamente en 1594 (con poca diferencia, pues no se suelen llevar exactas cuentas en la Memoria ni aun en la frase al decirse los años de cada uno) y hubo de entrar jesuíta en 1609 (o poco más, y sería en 1610, para hacer el número redondo de 70 años de há- bito). El P. Braun, por la carta latina le hace natural de Murcia, idén- | ; tica especie contenida en la carta castellana. Sabe también el historiador alemán de las iglesias de jesuítas, su principal labor en la iglesia del Colegio Imperial de Madrid, y sabe de su labor anterior en la del ; Colegio de Alcalá de Henares, y tiene noticia (seguramente que por la car¬ ta latina, y lo dice explícitamente) del desprendimiento con que el Her¬ mano Bautista empleó en las obras de su gran templo madrileño las can¬ tidades que le daban por otras tareas, proyectos y dictámenes fuera de ^ la Orden; díjome el P. Gálvez que en la sacristía todo el coste de la mis¬ ma tuvo este origen, y en el del altar mayor (hoy en sólo elementos sub¬ sistente). [Destruyólos el incendio de 1936.] Pero el mismo estudioso y erudito P. Gálvez me ha comunicado de palabra que en la carta latina, que inesperadamente (como ya adelanté) contiene mayor info-mación que la carta castellana, se dice que el Her¬ mano Bautista hizo su noviciado en el Colegio de Villarejo de Fuentes, no en el de Madrid (dándose como se daba el caso de tener dos Novicia¬ dos a la sazón la provincia jesuítica llamada «de Toledo»), es decir, y pre¬ cisamente la casa que nos conservó el ejemplar de la carta española del Rector del Colegio Imperial de Madrid, fundada por cierto en pueblo do los más insignificantes en la región, por voluntad y generosidad y fun¬ dación de un bienhechor: sabido es que pobres y pobres y pobres de li¬ mosna, de obligación estricta, las casas «profesas», es decir, las más prin¬ cipales y en general únicas en cada provincia (en Madrid, Sevilla, Valen¬ cia, Valladolid, Lisboa): los "colegios», en cambio, podían ser hasta muy lieos, por su dotación (y los mismos Noviciados) y por los subsidios de las familias de los alumnos que eran seglares, y en general de la nobleza o la hidalguía los primeros, los Colegios. Relacionada aquella noticia con la de la carta castellana, resultará que el Hermano Bautista ingresó en la Compañía de Jesús en su Colegio de la ciudad de Murcia, su patria, pero que trasladado luego, vino a hacer en Villarejo de Fuentes (hoy en la provincia civil de Cuenca) los años de su noviciado. Pero también me comunicó de palabra el P. Gálvez, y de la misma fuente de información (según me dijo), cjue el Hermano Bautista, andan- tío el tiempo, fué llamado a Murcia por razón de alguna obra que en Mur¬ cia se realizaba, sin que al parecer se sepa más detalle de cuál fuera la tarea y por quién el llamamiento. No es el escrupuloso investigador P. Gálvez persona de memoria te¬ naz en detalles, ni de ella quiere fiarse cuando no tiene a mano sus pa¬ peles y anotaciones, lo que a todos nos pasa. -Mi conversación con él en Sevilla fel 21 de enero 1927) tuvo que ser en la sacristía de la iglesia de la Orden, él sin más medios de información. Es en Madrid o en Chamar- lín de la Rosa, donde, copiadas entonces por un .'\rchivero- Sacerdote y bibliolecario del Estado destinado al Archivo de Alcalá de Henares (y que después profesó jesuíta), y cuyo nombre no recuerdo, se contienen gran número de las cartas necrológicas latinas (¿o castellanas?), parte de cuyos originales estarán en signaturas diversas hoy en el Archivo Histórico Na¬ cional de Madrid, procedentes del de Alcalá de Henares: pero no sé si hay confusión con las cartas castellanas, supuesto que la comunicada por el P. Gálvez, y aquí publicada, dice él que se copió en la Biblioteca «de la Historia» (¿de la Academia?) y en ella se confrontó. Presumiré que los originales de aquellos tomos de copias pueden estar en distintos lugares, pues Carlos IH hizo suyos los documentos de los archivos de jesuítas,, como los libros de las bibliotecas, los cuadros, los monumentos y las fin¬ cas de renta, aunque destinándolo todo a servicios públicos diversos, y en lo posible similares, secularizando colegio,s, por ejemplo, y dando lo? templos a parroquias, a nueva Colegiata el del Colegio Imperial de Ma- 444 drid. Sabido es que las más de las bibliotecas provinciales y universita¬ rias de España están principalmente constituidas por los fondos de las de jesuítas. * * * El P. Braun, por su parte, lucró la información inédita y tan consi¬ derable de sus libros de iglesias de jesuítas, y singularmente el de las igle¬ sias de jesuítas de España, en Archivos no peninsulares, que determina a veces. Desde luego, los de la Compañía ""en Roma (y allí vería la carta latina, el dElogium» del Hermano Bautista). Pero sus fuentes de infor¬ mación son, además, las «Annuae», los «Cataloga», y además un buen número de planos de iglesias de jesuítas de España, de la provincia «de Andalucía», que han ido a parar a París. A nuestro caso, no cita de éstos ninguno del Hermano Bautista, ni tampoco de otros artistas para las igle¬ sias de Alcalá, de Madrid o de Salamanca, en que se sabe, o se cree, que trabajó el Hermano Bautista; sí, en cambio, los planos de los Colegios de Guadix, Ecija y Osuna, del mismo Hermano Pedro Sánchez, presunto autor de los perdidos planos de la iglesia del Colegio Imperial de Ma¬ drid, que el Hermano Bautista, por su parte, sacó de cimientos, constru¬ yó, adornó y enriqueció. Los «Annuae» eran como Memorias anuales (îo trienale.s?), que se re¬ dactaban y se remitían al Generalato, entre cuyos copiosísimos informes de todo orden presumo los habrá asimismo de la marcha de las cons¬ trucciones de los templos y las casas de la Compañía, con dalos más bien cronológicos de las labores, buenos para el aprovechamiento del historia¬ dor de la Arquitectura. Los «Cataloga» los creo adivinar reducidos a un censo de los miembros de la Compañía de Jesús, cuya periodicidad precisa desconozco, y en d cual, junto al nombre, se decía la profesión particular de cada jesuíta. Tomando, pues, pie de noticias tan escuetas de cada «Catalogum» y de cada «Annuae», es como reconstituyó trabajosamente, y a veces muy conjeturalmente, el P. Braun la historia de sus iglesias, en los casos en que faltaba otra más acopiada información histórica, siendo este el caso (aunque tampoco completo) de la iglesia del Colegio Máximo de Al¬ calá de Henares, mucho menos el del Colegio Regio de Salamanca (¿fun¬ dación «mortis causa» de la reina de Felipe 111, doña Margarita de Aus- tria-Stira?), y aún menos el del Colegio Imperial de Madrid (fundación.no, pero nuéya dotación espléndida e igualmente testamentaria de la Empe- i'atriz de Alemania de Maximiliano II, doña María de Austria-España, la hija mayor de Carlos V), y todavía menos el del Colegio de Toledo. Y nótese que se trataba de los más insignes Colegios de España, y aun del 445 mundo, en ello sólo parangonables con el futuro Colegio Maximo de Lo¬ yola y con el Colegio de Sevilla. Con tan sucintas y diversas fuentes, el P. Braun, dando al estudio <"-;.tà âc San Isidro, levanláda. gún Fray Lorenzo de San Nicolás, la primera cúpula encamonada que hizo el Hermano Bautista, También lo es la de la V. 0. T. y la .de San Juan Batdista, de Toledo. Todas ellas están encaladas por dentro, con frescos la de la Catedral de Madrid, con decoración de roleos y ánge- léSi todo de escayola la de San Isidi'o en San Andrés, blanca encalada la de là V. O. T., y todas llevan.por fuera (aunc[ue por dentro no se acu¬ sé èii la V. O. T:) tambor de ladrillo, media naranja de revestimiento de pizarra y molduras de plomo, es decir, según la fórmula dada por b'ray Lorenzo de San Nicolás. .El éxito alcanzado por este procedimiento fué verdaderamente gran¬ de. Fué él modo con que se levantaron la mayoría de las cúpulas desde entonces acá en aquellos sitios, como en Castilla, donde la piedra es cara y escasea, y aun en sitios donde ésta abunda. Según nos comuni¬ ca el arquitecto señor Gutiérrez Moreno, en Cádiz, en el Sagrario anti¬ guo de la Catedral vieja, so construyó a mediados del siglo XVII una cúpula encamonada al modo madrileño. Si recordamos que en la igle¬ sia-jesuítica de Santiago, de la misma ciudad, aparece Janibién el ca- pitéT compuesto del Hermano Bautista ; (según dicho arquitecto), -bien, podríamos sospechar una intervención, aunque desde lejos, del arquitec¬ to jesuíta vqiíénos>ocupa, En clima njarítimo como el de Cádiz, la cúpu¬ la de tnaderá vive mál. La del Sagrario tuvo que ser protegida por una e"sj>eçie-de torre que la envuelve de tal modo; que su existencia és:. desconocida; pues .no. .se advierte" al exterior. Tiene cupulina, media na- ra^nfá ochavada y tambor: La mala adaptación de esta cúpula en Cádiz.,, donde el clima ■ y la; abundanciá de piedra ta hacen inútil o innecesaria,; ex.piica el caso de ser éste el único ejemplar de esta clase de cúpulas allL Por el contrario, el. clima seco de Madrid, los malos materiales madri- , léñds deique se queja Fray Lorenzo de San Nicolás, el costo de la pie-, draj. hacen que. esta clase de cúpulas abunden en Castilla tanto. Los ven¬ tanales en ellas, a más del oficio importante de dar entrada a la luz,, airean la madera. La catedral de San Isidro, de Madrid La iglesia de la Compañía de,Madrid fué, sin duda ninguna, la obra dé más empeño de toda su vida. La primera piedra la puso Felipe IV,. ai ;1622. La consagración acaeció en 1661. Hoy se sabe, sin que esto aminore el mérito del Hermano Bautista, que su plano fué obra del. Hermano Pedro Sánchez, su compañero de religión, y que aquél estaba, por estos años en Alcalá de Henares, donde quizás permaneció, ba^tíu. ■465 1626, en que tuvo fin las obras del templo complutense, también jesuí-' tico. En 1633 murió el Hermano Sánchez; entonces, si no antes, fué cuan-' do tomó a su cargolas obras de la iglesia, el aún futuro constructor de la V. O. T. A éste, pues, le tocó levantar el alzado del templo. No es fácil saber qué parte de éste estaba ya en el proyecto del Hermano He- dro Sánchez; el hecho es que con antecedentes en él o sin ellos, el es¬ tilo característico del Hermano Bautista aparece ya cristalizado en su célebre capitel y entablamento. Parte del grandioso efecto de su interior hemos de concedérselo al trazador de los planos, pues a éstos se deba K''' l Fig. 8. Planta ds la Catedral de Madrid. (O. Schubert.) 30 46¿ principalmente el logro de tal electo. Asi como en la obra del Hermano Sánchez le ayudó el también Hermano Juan de Haro albañil, al Her¬ mano Bautista le asistieron los alarifes Juan Díaz y Juan de Granada, y los Hermanos Pedro Ferrer, Juan de Haro y Andrés Sánchez. Su planta (fig. 8.^) sigue en general el tipo, convertido en prototipo, del Gesú de Roma, obra de Vignola, pero con una variante en las capi¬ llas laterales, y es que éstas no ocupan, como en el Gesú, solamente los espacios entre pilastras, sino que, con antecedentes en Alberti (San An¬ drés de Mantua), también hay capillas (aunque menores) en los interio¬ res de las gruesas pilastras, alternando, pues, grandes capiUas (entre pilastras) y pequeñas (interior de los machones). Pero estas últimas, em¬ potradas en la construcción, tenían en el plano de Alberti iluminación directa, cosa de que carecen las de San Isidro, achaque principal e im¬ portante que hay que echar en cuenta al trazador de los planos, en gran parte, y al constructor, en no poca. La oscuridad en que están sumidas estas capillas aumenta hasta la tenebrosidad a medida que se alejan del único foco de luz que (por su cúpula y sus ventanas laterales) es el cruce¬ ro, y se acercan a los pies, en donde el añadido coro, colaborando con la falta originaria de luminosidad, ensombrecen estas capillas hasta la más negra oscuridad. Advirtamos, no obstante, que el coro, aquí coniu en Toledo, es añadido muy posterior, pues las iglesias jesuíticas en su origen carecían de ellos por cuestión de regla, la cual daba más inipoj'- tancia a la predicación que a la música. No obstante, en cuanto a su aire general, tanto en alzado (fig. 9.°) como en planta, predomina un ritmo grandioso, reposado, tranquilo, lleno de majestad, a lo que ayudan las enormes pilastras gigantes, entre las cuales, según forma preferida por el Hermano Bautista, hay hasta tres huecos superpuestos; el superior, al correr todo a lo largo de las naves como un triforio gótico, hace las veces de la consabida tribuna je¬ suítica. Los machones, compuestos de dos pilastras por cara, llevan en¬ tre ellas, y sólo en la región del crucero, ties nichos superpuestos, con hermosas imágenes polícromas. Sus dimensiones en planta son: Eje mayor, de 03 m.; eje del, cruce¬ ro, 36; anchura (|e la nave, 14 m.; profundidad de las capillas latera les, 8 m.; anchura de la fachada, 31 la. En el alzado éstas: Altura total de la nave hasta la bóveda, 24 y medio m.; hasta la cornisa (desde el ni¬ vel del suelo), 16 m. Cúpula: diámetro, 14 m.; altura con la capuli¬ na, 54 m. Altura del tambor de la primera a la segunda cornisa, 9 y me¬ dio. Torres (sin terminar) desde el nivel de la calle, 31 (hasta la cornisa). No nos detenemos en estudiar el orden aquí empleado, pues siendo el prototipo y con seguridad conocido como del Hermano Bautista, se ha estudiado ya separadmente. Lo mismo decimos de la cúpula. En cuan- 467 to a la fachada, flanqueada por dos torres mochas, sin terminar,. tam¬ bién presenta sus órdenes gigantes de medias columnas adosadas a am¬ bos lados de los tres ejes principales del lado central entre las dos to¬ rres. Y éstas con pilastras de capitel dórico-corintio, como todo el cuer¬ po bajo; pero en el alto de ambas torres, el entablamento monta sobre las pilastras sin dar lugar a los capiteles. En la fachada, como en el Fig, 9. Alzado de la Catedral de Madrid. (O. Schubert.) interior, el mismo orden, con las mismas dimensiones, excepción hecha de que dentro pilastras emparejadas formando machones, y en el son exterior son, como hemos dicho, medias columnas, pero éstas sólo en el cuerpo central. Y dentro como fuera, y entre los pies derechos, tres hue¬ cos superpuestos, cosa muy particular del Hermano Bautista. De los retablos del interior, son del Hermano Bautista los laterales del crucero y el mayor. Los demás son posteriores y de manos distintas. Aquéllo se sabe por el elogio necrológico copiado anteriormente y por el empleo en ellos (los laterales) del orden compuesto suyo. El mayor, en las líneas maestras (tan grandiosas y propo-rcionadas) es aún el suyo, 468 pero no en los detalles, variados a gusto de Ventura Rodríguez, cuando éste reformó el presbiterio en 1767-69, según la moda neoclásica. En el retablo, el Hermano. Bautista sigue por completo la tradición española. Son de madera dorada y lleva sus capiteles (compuestos tam¬ bién) con las hojas de acanto pintadas de rojo y azul, como era corriente durante la segunda mitad del siglo XVII. En el friso una decoración de hojarasca en roleos, también policromada y típica de esta épota. La cornisa lleva las ménsulas de Vignola, que se corresponde con los tríglifos de perfil en «papo de paloma», característico. Todo aquí, como en el retablo grande del altar mayor de los jesuítas de Alcalá, es castizo y español, mucho más que su arquitectura monumental, que es muy ita¬ lianizante y clasicota. El tornavoz del pulpito se cubre con una bovecli- 11a en esqueleto, como si después de hundirse la plementeria hubieran quedado los nervios. Este tipo es el mismo que el empleado por el Her¬ mano Bautista en el remate del baldaquino de la V. O. T. San Juan Bautista, de Toledo La atribución de San Juan Bautista de Toledo al Hermano Bautista, parte del libro de Joseph Braun Spanien ¡alte Jesuitenkirchen, 1913. Esta atribución la recogió Otto Schubert en su libro sobre el «Barroco español». Parece indiscutible. Los documentos, de existir, no harían más que confirmar lo supuesto. Pues no es sólo en el empleo del mis¬ mo capitel en lo que se apoya esta atribución, sino en la semejanza de la fachada y el interior con la fachada e interior de San Isidro, en las cuales el espíritu y la concepción es la misma. Se ve en ellas una misma cabeza que las concibe y una misma mano que las ejecuta. Y en cuanto a detalles de capiteles, entablamentos, moldura por moldura. Su planta, en cruz (fig. 10), tiene mucha semejanza con la de Madrid y en general con el tipo que creó la Compañía. Diferénciase de aquéITá lo que se acerca a la prototípica del Gesú en Roma. Es decir, tanto la diferencia como la aproximación, radica en la ausencia de capillas em¬ potradas en los pilares. En San Juan Bautista, como en la iglesia de Vignola, las capillas laterales son sólo aquellas que buenamente caben entre machón y machón, mientras que, como se vió, en San Isidro, a és¬ tas añadióse en planta las capillas con entrada al pie de cada pilastrón. Esta diferencia quizá tuviese su causa en que los fundamentos estaban ya echados cuando el Hermano Bautista se hizo cargo de la obra. En ambas iglesias, además, las capillas resultantes no quedan ais¬ ladas, sino que se comunican por pasadizos. En las últimas que lindan con los brazos del crucero, este pasadizo se oblicúa un poco para que 469 ía entrada que da al crucero caiga en medio del muro, entre las dos pi¬ lastras. Aún van más lejos las semejanzas en la planta; en ambas igle¬ sias jesuíticas, a ambos lados del presbiterio, se construyeron, un poco fuera de la planta general, dos capillas, de traza y cubrición ovaladas en San Juan Bautista, y de traza triangular, pero de bóveda ovalada tam¬ bién, en la única de San Isidro (lado Evangelio, pues la de la Epístola fué espacio destinado a sacristía). Una diferencia se acusa en el plano, y es la carencia de nartex o ves¬ tíbulo en la iglesia de Toledo, cuando la de Madrid lo tiene, lo cual la priva de una capilla más por cada lado, que aprovecha la de Toledo. Y Fig. lo. Planta de San Juan Bautista, de Toledo. (O. Schubert.) ~■■f ■ ■ vt"- en lo concerniente a la fachada aquella, la de Madrid, tiene su cuerpo central en entrante respecto de las torres, mientras que en Toledo sobre¬ sale de ellas. i La ochavado a sacristía, detrás del presbiterio y el compartimento espaldas de la nave del Evangelio, en la iglesia toledana, son posteriores de factura, de cuando se terminó la iglesia a principios del siglo XVIII, pero que quizá entrase ya en el proyecto del Hermano Bautista. Las dimensiones totales son algo menores que las de San Isidro. El eje central tiene una longitud de 50 m., la nave una anchura de 12 y el crucero una longitud de 24. Sin embargo, comparada la fachada de Toledo con la de Madrid, resulta aquélla mucho más aérea y distraída. Esta diferencia se debe a que la de Madrid lleva un único cuerpo bajo rematado (entre las dos torres) por una enorme balaustrada que hace la fachada chata por el predominio de las líneas horizontales. En Toledo, sin embargo, la superposición de tres cuerpos, el último de un .solo inlercolumnio, hace que el movimiento ascendente del eje principal 470 sea mayor y más esbelto, a lo que ayudan también las dos torres que flanquean el cuerpo central de fachada, torres menos pesadas y macizas que las de Madrid. Aquí, como en Toledo, es de granito toda la fachada, excepción de las torres que llevan núcleo de ladrillo y esquinas de sillares. Dentro de las muchas semejanzas y escasas diferencias que en todo tiene la iglesia de San Juan Bautista con la de San Isidro, hay una dife¬ rencia que es digna de estudiarse. Es la severidad y sequedad de la obra madrileña, y el jugo, la gracia discreta de la toledana. Parte importante de esta diferencia habría que echarla en cuenta a las proporciones, evi¬ dentemente más aéreas y elegantes en Toledo que en Madrid, pero mu¬ cho también en que allí, en Toledo, se ha dado parte importante en la decoración al relieve enmarcado en ricas guarniciones, o a estas solas sin más compl'cación. Muchos de los espacios interiores y exteriores que en Madrid se entregan a ventanas o halcones, a vanos en general, en Toledo lo ocupan graciosos recuadros o pequeñas escenas esculpi¬ das en relieve ornadas de guirnaldas y de hojarasca. Sobre el arco cen¬ tral de la fachada, p. e., el gracioso relieve representando la imposi¬ ción de la Casulla a San Ildefonso (primitivo tutelar de la iglesia) se halla rodeado de flores y frutas y todo enmarcado dentro de baquetones que se quiebran discretamente. Estos mismos baquetones dan lugar en otros puntos de la fachada a que los muros lisos cobren cierta animación dis¬ tinguida y discreta, sin llegar ni con mucho a los golpes decorativos que ya por esta época, y en el mismo estilo y con los mismos elementos de¬ corativos, aparecen en la Catedral de Jaén, en San Cayetano de Zara¬ goza, en la Pasión de Valladolid, entre otras. Las ventanas mismas, en Toledo tienen una riqueza de molduración. entre libre y discreta, de mucha gracia; mas en Madrid el baquetón, que en su soledad encuadra el vano a modo de alíiz, se quiebra en las típi¬ cas orejetas, elemento arcaizante, puesto que fué una de las libertades más primerizas que se tomó el nuevo estilo y que aún se presenta en el Hermano Bautista con toda la pureza de los primeros tiempos, cuan¬ do ya Cano quebraba y rompía a sus anchas estos baquetones o mar¬ cos. En Toledo, existiendo también esta forma, es más libre y variada, y los vanos, sobre estar más decorados en sus guarniciones, éstas salen tanto del muro que son verdaderos adornos de él, cuando en Madrid no son sino escuetos rectángulos que destacan del lienzo, no por avance, sino por parecer incrustados en él. Los nichos que con tanta gracia re¬ llenan los intercolumnios de la fachada de San Juan Bautista, en Ma¬ drid no aparecen, salvo el de la puerta central; bien es verdad que Tos machones del crucero de la Catedral los tiene en abundancia. Sin em¬ bargo, el nicho u hornacina, no fué nunca querido del arquitecto español. 471 Es también de abolengo italiano, como el orden gigante, y sólo se usa allí donde lo español queda oscurecido o cubierto por una fuerte aveni¬ da dé ideas de procedencia clásica, como en el período herreriano o en el neoclásico. El nicho español, cuando se emplea, tiene siempre un va¬ lor parecido al retablo, es decir, un valor pictórico, no arquitectónico, como el nicho italiano, que para mayor abundamiento ni esculturas co¬ bija, dejando su valor arquitectónico muchas veces puro e intacto. En el interior, estos mismos nichos son más distraídos, más pinto¬ rescos y menos arquitectónico. Lleva su cuarto de bóveda gallonada, tie¬ nen menos profundidad y las imágenes se asientan sobre repisas muy decoradas de yesos, con labores finas. Bellísimas son las grandes car¬ telas rellenas de guirnaldas y roleos de hojarasca, entre las cuales apa¬ rece una alada cabecita de ángel, que decoran la parte inferior de los bal¬ cones del triforio. Por su el carácter de su decoración anuncian ya muelle relieve y por las cosas Churrigueras. El yeso ha permitido aquí una finura y de los un gusto más exquisito que las cartelas graníticas de la fachada. Lo mis¬ mo podría decirse respecto a los modillones que desde la cornisa bajan en una sola pieza, hasta tocar la moldura del arquitrabe bipartito. Aquí el yeso también ha permitido una decoración fina de hojarasca plantada sobre plaquetas. A diferencia de la fachada, ha desaparecido en el inte¬ rior la severa ornamentación dórica del entablamento para dar lugar a una decoración barroca y castiza, de sabor netamente castellano, con sus modillones apareados. No nos atreveríamos a decir que fuese obra del propio Hermano Bautista, que tan clasicote se presenta en sus de¬ más obras conocidas. Bien pudiera ser obra reformada o hecha poste¬ riormente, pues la iglesia no se consagró hasta 1718, muchos años des¬ pués de muerto el arquitecto jesuíta. De todos modos, esta cornisa y es¬ tos capiteles no fueron obra de una sola mano. Los capiteles de la parte del presbiterio, con seguir siendo dórico-corintios como los de toda la iglesia, las hojas son de otro aire y llevan en su equino cuatro ovas con sus correspondientes dardos, en vez de cinco como con más acierto em¬ plea el Hermano Bautista en sus capiteles y muestra esta misma igle¬ sia de Toledo fuera y dentro. Todas estas variaciones han debido de ser, por tanto, posteriores a 1679, fecha en aue murió, según el elogio necrológico de la Orden, el Hermano Bautista. Ya sabía el Padre Joseph Braun, S, J., la fecha en que esta magní¬ fica iglesia toledana se empezó (1628). No copiaremos ahora las pala¬ bras del autor de Spaniens alte Jesniíen-kirchtn, pues ya se hizo ante¬ riormente, pero sí añadiremos unos datos complementarios que dicho his¬ toriador no conoció. Provienen de una serie de artículos publicados por el -Padre Cecilio Gómez Rodeles, fundador de «Monumenta histórica». 472 y que vieron la.luz on Toledo -en su periódieo El Ceisteüano, durante la primera .mitad del año 1910. En uno de dichos artículos, donde^ se estu¬ dia los orígenes del. establecimiento y el desarrollo de la Compañía en la imperial ciudad, hay noticias referentes al comienzo y fin de las obras de la iglesia de San Ildefonso, como en un principio se llamó. «Por vías providenciales —dice el Padre Gómez—, contra todos los cálculos huma¬ nos adquirieron los jesuítas, en la segunda mitad del siglo XVI, el .solar donde vivió el Patrono de la Ciudad Imperial, y de todas las Archidió- cesis, San Ildefonso.» «... Los Padres de la Compañía de Jesús, fiados en la providencia Divina, emprendieron en 1C78 [errata, por 1628] la construcción de la actual iglesia.. ... , "Llegó el año 1718. Terminadas las obras de construcción y embe¬ . llecimiento, escribió en el mes de abril un atento y respetuoso besala¬ mano al venerable Cabildo Catedral, el. Padre Juan Manuel Zuazo, Pre¬ pósito de la casa Profesa. Exponíale lo adelantadas que se bailaban las obras de la nueva iglesia... y que para los primeros días del mes de ju¬ lio próximo esperaba se podría celebrar su dedicación»... Como así ocu¬ rrió, con as'stencia del Cabildo Catedral y el Ayuntamiento. La iglesia de la Tercera Orden, de Madrid Respecto a la Capilla de la Venerable Orden Tercera, adosada aho¬ ra. al costado Norte de San Francisco el Grande, ya se Ha dicho todo' lo concerniente, a su documentación. Réstanos ahora estudiarla. Por la re¬ ferida documentación sabemos que se trata de obra del Hermano una Bautista. En realidad, difícil hubiese sido pensar en el constructor de San Isidro, viendo esta capillita donde lo grandioso se ha olvidado para dar entrada a .un estilo gracioso, juguetón,-distraído, tan ajeno al orden gigante, a la grandiosidad de la nave de la iglesia-jesuíta de-San Isidro^ Porque la int-midad y el recogimiento fuese mayor en esta pequeña joya de la arquitectura madrileña, ni-fachada.tiene ni la tuvo, ni aún exterior. Los malos materiales de que se quejaba Fray-Lorenzo de-San Nicolás disimulan todo el encanto que en-su interior guarda esta iglesita, sínte¬ sis del estilo castellano. Si fuera domina el rojo ladrillo formando pare¬ des lisas y desamparadas que hacen añorar la decoración mudéjar, den¬ tro, este mismo material-impone un enlucido de cal y una decoración de yeso. Y aquí está el encanto. La blancura de paredes y techos aT ser ilu¬ minada por una luz discreta y tamizada, forma juegos de claro oscuro de una delicadeza tan fina que todo parece impalpable. Es una iglesia de planta alargada, dividida en tres cuerpos (fig. il): ■-^'4 (TOMerarcddein..) ldInateerio (CISdMsúaipdaduerlrnoi.) NXt.—Capil Lám. 473 UBO de nave, otro de cúpula y el, último que hace de presbiterio. Y aún al fondo otro, que es la sacristía, perd obra ya posterior, de Teodoro, Ar- demáns. En cuanto al alzado, un orden de pilastras divide a la nave en 1res tramos que se corresponde en la bóveda de Cañón seguido con tros lunetosrampantes a cada. lado. En el cuerpo de cúpula, ésta se alza sin tambor sobre cuatro machones que esbozan un crucero sin que lo sea. Las pechinas truncadas resultantes tienen una bella decoración. Final¬ mente, el cuerpo último que hace de capilla mayor se cubre con una bó¬ veda balda, decorada por una fina labor de yesería. El orden empleado aquí por el Hermano Bautista no es el dórico- corintio, sino el toscano puro. Las pilastras retundidas ni se levantan sobre basa ática ni se coronan con capitel lujoso. Ni aún siquiera las ovas y dardos del dórico romano, que decoran el lquino, y que el arqui- teclo empleó en su orden típico, aparecen aquí. Pero no hacía falta, hu¬ biese sido distraer los muros y dar demasiada importancia a las pilastras, que no sirven aquí más que para dar un poco movimiento a la- pare¬ des y estructurar la planta y el alzado. Lo que al Hermano Bautista le interesaba era realzar el piso y la cornisa, con lo cual lograba una línea de rica decoración muy bien contrastada de claroscuros, y que corría sin interrupción, libre, tranquila, reposada, por todo el interior, dando unidad a los tres cuerpos, y un ritmo sereno a la obra. Los elementos del entablamento son, sí, del Hermano Bautista que hizo San Isidro. No sólo emplea los mismos elementos, sino las mismas proporciones de ellos. Solamente que aquí los tríglifos no tienen las dos ranuras característi¬ cas, sino que se hallan decorados con lentejuelas. Por lo demás, tanto el «papo de paloma», como su voluta terminal superior, como el ritmo 474 de dos a dos de tríglifos y modillones, son cosas ya conocidas en San Isidro y en San Juan Bautista de Toledo, como lo es también el arqui¬ trabe bipartito, corriente entonces. Pero ni en Madrid ni en Toledo se encuentra, en los interiores, una tan discreta y rica decoración de bóve¬ das y cúpulas como aquí en la capilla de la Y. O. T. Las pechinas pin¬ tadas tienen una rica enmarcación de yesería. La cúpula, que no tiene más luz que la de la cupulina, se voltea sobre una rica cornisa con mo¬ dillones ricamente adornados al modo de Vignola y tríglifos de hojas, y aún los jónicos dentículos que tanto animan las cornisas. La bóveda baída se halla toda cubierta por una decoración de yesería que traza dibujos geométricos muy bien ponderados. Y por lo que toca a la nave, su techo penetrado por lunetos tiene aún espacio para una decoración de baquetones de yeso. La cúpula también encamonada tiene al exterior tambor de ladrillo y techo de pizarra con ventanas que corresponden en el interior al cuerpo de la cupulina. Los retablos laterales son todos posteriores y no previstos por el tra¬ zador, el cual sólo proyectó un altar mayor sin retablo, pero con un baldaquino aislado que se alza, como el de la Capilla de San Isidro, en «d centro de la cabecera. Fué realizado en madera sobre pedestal de mármoles y jaspes, en 1004, por el carpintero Juan Ursularre Echeva¬ rría. La obra de mármoles y jaspes corrió a cargo de Baltasar González e Ignacio de Tapia, y en su justiprecio intervinieron Fray Lorenzo de San Yicolás y Herrera Barnuevo. Este baldaquino tiene grandes seme¬ janzas por su cúpula en esqueleto con el portavoz del púlpito de San Isi¬ dro (Catedral), indudable del Hermano Bautista. Es interesante laaparición en el basamento del baldaquino, y en el sagrario, de estípites, cosa que pudiera sospecharse fuese de Ardemáns, que trabajó en esta capilla. No es fácil determinarse, pues el Hermano Bautista, que se ayudó mucho de libros de arquitectura, según dice su elogio fúnebre, pudo muy bien tomarlo dé algún italiano y emplearlo aquí. De ser así, sería un incunable de la estípite en la arquitectura es¬ pañola. Su construcción se llevó a cabo desde el año 1622. Los planos, obra de Francisco Bautista, fueron firmados por Herrera Barnuevo. La igle- sita, de poca labor, pudo muy bien acabarse en 1665, año en que están* hechas las cerrajas de cierre de su única puerta de entrada. Estas llevan, además, la firma de lo- herreros Mateo López (?) y Mateo Páez. ¡Publicado en el BOLETIN DEL PATRONATO DEL MUSEO DE BELLAS ARTES DE MURCIA, núms. VU-Vni 1929] HISTORIA DE ALBAIDA EN «sta Clínica de San Ignacio, entre la primera y segunda opera¬ ción quirúrgica a que me he sometido, recibí la amable carta del Jete Local de F. E. T. y de las J. 0. N. S. en que me solicita un articulo para Cvuzada y que hable de la historia de Albaida. Quiero demostrarle mi deseo en complacerle aun con la dificultad de no tener a mano papeles, notas, ni libros, y con mi avejentada me¬ moria de septuagenario por única inspiración, de la que ya no me fío. No solamente está por escribir la historia local, sino que está por hacer. Las principales fuentes donde han de buscarse las noticias, aca¬ ban de sufrir una merma considerable en estos años, con la pérdida del •Nrchivü diocesano y la del Archivo de la administración del Estado del siglo XIX, con los lamentables incendios del Palacio Arzobispal de Va¬ lencia y del Palacio del Archivo Central de Alcalá de Henares... ¡ni el uno ni el otro, registrados, a nuestro caso, por ningún estudioso! Nos queda, es verdad, el más iniportanie tesoro histórico que registrar: el del Archivo general de la Corona de Aragón en Barcelona. Del cual y de lo valenciano del mismo, sólo un primer lomo de Indices se ha publicado, por el que en brevísimas referencias ya tenemos mera y escueta noticia de documento? del liempo del Rey D. Jaime, el conquistador de nuestra comarca, referenles a Albaida concreta y expresainenle. ¿Cuántos serán, después, particularmente en los siglos XIV y X\' los documentos refe¬ rentes a Albaida?... Muchos: pues en ninguna nionarcpiía de la Edad Media se escribían y se guardaban tantos documentos como en la de Ara¬ gón, Cataluña y A'alencia. Por los citados, se induce una idea que creo bien fundada. La de que Albaida bajo el Conquistador todavía era realenga, era del Rey; no dada, como lo fué después —-y muy pronto— a señorío nobiliario. Y otra idea, a la vez: la de no pertenecer Albaida directamente tampoco a la municipalidad —i-ealenga siempre, pero autónoma— de Játiva, Cabezá ésta de una muy grande comarca; ya dependiendo, en cambio, de Albai¬ da los pueblos del futuro marquesado. 476 En la antigüedad otra sería, Játiva (Sétabis), principal centro ur¬ cosa bano del Norte de la Contestánia, seguramente que extendía su domina¬ ción y administración a todo el valle del Albaida. Pero en éste habría cam¬ pos y bosques, predominando los campos al Norte, o sea en la solana del valle; los pinares y encinares en la abrupta parte Sur o la Umbría del tan grandioso valle. Con la «Paz Romana» nacieron en la comarca varios —acaso muchos— pueblos ((setabitanos». El actual pero histórico nom¬ bre de algunos, delata su «bautizo» romano o latino; Ollería, Montavener, Palomar, por ejemplo. Mas como predominan los nombres de «bautizo» árabe o berberisco, y así los de Albaida —la blanca—, Adzaneta, Aljorf, Benisó (da) y tantos otros, precisa reconocer como de siglos de domina¬ ción agarena la instauración de poblados numerosos, particularmente los de la Umbría, y así la instauración de Albaida, el principal en el centro meridional del valle. Para la novedad que dejo apuntada, ya hay textos históricos y sobre todo razones que de ellos derivan. Aludo, en los textos, a los del asiento del Cid (por los años de 1100), en la sierra de Bénicadell (ésta deriva de nombre neolatino: «Peña Cadiella»); del Cid que galleaba con los castillos de la Peña, de Beniatjar, de Salem, de Carbonera, y los —al otro lado— de Lorcha y de Beniarrés (Perpuchent); en algo como el corazón cristia¬ no —mozárabes— virtualmente rebelde entre tierras de moros. Es que las peñas y los grandes bosques venían a ganar en los siglos de hierro valo¬ res vitales que no tenían por qué apreciar los pacíficos setabitanos en los siglos de la «Paz Romana». Para D. Jaime I, tales breñas y peñas bravias y tales sombrías, fo¬ restales, barrancadas y collados, oran, fortificándolas, el cimiento obli¬ gado de las garantías de la seguridad definitiva en la demasiado rápida reconquista de sus alargadas provincias del Sur Valenciano: entonces al¬ canzando solamente la conquista a Xixona y Biar, y siendo el resto con¬ quista cristiana, pero de la corona hermana y rival: la de Castilla. El hijo del Conquistador, Pedro III, dispondrá de la Umbría del Va¬ lle para premiar los servicios insignes de uno de sus Almirantes sicilianos en la conquista de Sicilia, por derechos hereditarios, pero discutidísimos de su esposa, la última Suabia; y así será Albaida, separada de lo realen¬ go, dada en señorío feudal a Cerrado di Lanza. Era cuando a Ta vez dió el Rey al otro y más principal de los Almirantes sicilianos, Ruggiero di Lauria, el señorío de Alcoy y de todo el futuro condado; el de Cocentaina. Hacíales, así, poderosos, pero en tierras adentro, entre morismas recién domadas, mirando el Rey a garantías de fidelidad futura, al premiarles espléndidamente la lealtad anterior. ■'Ciiarido los azares, de la brava oposición de los Anjous y de aquellos Papas del Imperialismo pretendido sobre el Sur de.Italia, obligaron a 477-, «>- otro Rey de Aragón -^recibiendo el uderecho» a couqüislarse la Cerdc- a abandonar al hermano Rey ña— aragonés de Sicilia, los dos Almirantes citados se mostraron y ofrecieron en disidencia (no sé si del todo sincera). Lanza tomó partido por el aragonés Rey de Sicilia, mientras Lauria lo combatió, sirviendo siempre al Rey de Aragón. Y así es como Lanza vino en perder el señorío albaidense, entrado el siglo XIV, cuyo señorío (uo sé si inmediatamente o no) volvió a salir de la Corona para enfeudarlo por ^ mucho más de un siglo en la segunda familia feudal de Albaida; la de loS'Vilaragut. ¿De quién fué la construcción de la gran cortina Sur del castillo de Al¬ baida, con sus tres colosales e ingentes torres del hoy Palacio: de un Lan¬ za o de un Vilaragut? Basta verlas para diputarla como obra probable del siglo XIV, o a lo más del XV. Desde luego, anteriores a los .Vlilán de' Aragón —segunda mitad del siglo XV hasta el siglo XVIII—, que fue-- ron los señores de Albaida, y luego los Condes y luego los Marqueses y. ) después los Marqueses con grandeza de España, en el señorío feudal de ; más de tres siglo; anteriores las torres, porque el viejo escudo de la torre de Poniente por sobre la cuesta de'entrada a la Vila, no es escudo de los ' Mdanes-Borja, luego Milanes-Aragón. Pero conste que tampoco es escu¬ do de los Lanza. Contaré queios Lanza ño se han extinguido en Italia todavía. Y des¬ cendiente directo del primer Señor de Albaida fué el Presidente del Go-'i bierno de Italia que ordenó en 1870 la toma de Roma, arrebatándbla a Pío IX, poniendódin al Poder temporal de la Santa Sede. Cuando èu nie--, to primogénito se casó con la hija de un Embajador español, tuve yo oca-, sión de recordarle al novio Albaida y su antepasado D. Cerrado —-uGo-° rral» en valenciano— y me obsequió con un dibujo del escudo de los Lan¬ za, el cual no coincidía con el de la torre del Poniente antes citado. El «Palacio» que decimos, ' el verdadero «castillo» se apellidó 'Nuei vo», dejando lo de «Viejo», ya imborrable, al (cCastell-Vell». Esas fra¬ ses indican, y en tiempos precisamente ya cristianos, la creación del ver¬ dadero Alcázar, que después de ser llamado «Castell-Xou», ha quedado con el nombre de «Palacio». Ante sus muros, en lo que ahora es plaza y calles Nueva y Mayor y sus manzanas de casas entonces no existentes, -> fué la acción de guerra de los populares «agermanades» —capitaneando los de Játiva— contra el Conde de Albaida, sin lograr tomarle la forta¬ leza. Pero hay que imaginar que las tres torres del Sur, frente al lado más llano y más débil, no integraban, no eran todo el castillo; y que el solar de la Parroquia ocupó (siglo XVII) parte del recinto Norte, otras torres, plaza de armas y otras edificaciones. El recinto de la villa, en cuesta, lo marcan todavía los dos portales que aún permanecen enhies¬ tos; el de frente a Aljorf y el de la Vila. Y no había más villa que esa . Y \ ila y calles de abajo. En cuanlo a agua, aparte aljibes, ninguna segu¬ ra había para caso de un sitio militar; de ahí la suprema necesidad del túnel o la mina para aproximarse a las umbrosas hondonadas de la «Font del Vall», ese túnel —¡que todavía no hemos registrado!^— vulgarmente llamado «Cova de Ghapalló». Su salida, a la vez, de disimuladas bocas, podía servir —y en tantos castillos senn'a —para salidas olensivas. de la guarnición, comunicación con otros castillos y otros quebrantamientos parecidos del cerco enemigo. Precisa un estudio, pero por somero que fuera basta para ver la di¬ ferencia de calibre entre este castillo urbano y el «Castell-Vell» monta¬ ñero, y el castillo de Carrícola y todos los demás de la comarca. El mis¬ mo castillo de Onteniente ofrécese más modesto, de mucho. Y eso que Onteniente, como Biar y como Bocairente, integraba el gran triángulo estratégico y defensivo de la Corona de Aragón frente a Villena, Sax y toda la Murcia de Castilla. Tan decididamente miradas las tres villas rea¬ lengas con predilección previsora los Reyes de Aragón, como que a por Onteniente se le diera señorío sobre Agullent, a Bocairente igual sobre Bafieres, y a Biar, también igual sobre Benejama. Que si. Pedro III apar¬ tó Albaida —con su Carrícola y media docena o una docena de pueblos— de la Corona, a la vez que apartaba de ella a Cocentaina y Alcoy, fué por no ser comarcas fronterizas, atalayadoras de tierras y castillos de otros monarcas. Tal estudio somero basta para señalar la relativa «modernidad» del nuevo castillo de Albaida, del todo atribuido a los Vilaragul. Estos do¬ minaban directa o indirectamente toda la Umbría del valle, al pie.de las sierras «Cova-Alta» y «Benicadell». Poderosísimos fueron, y cu fines del siglo XIV tanto, como para capitanear en todo el Reino de Valencia una de las dos grandes banderías que dividieron en guerra civil general a todo el Reino: los Vilaragut del Valle del Albaida frente a los Centellas de Uli- vu y tiuerta de Gandía. Una ilustre dama, favorita del Rey don Juan U doña Carroza de Vilaragut, acaso fuera ella en persona señora de Albai¬ da, no lo sé. Su casa ciudadana todavía subsiste en Valencia, muy trans¬ formada en tiempos recientes —plaza de San Jorge—, en mi juventud casa del banquero Sagrista. En sus salones se aposentó el Papa Luna, Benedicto XIII. lie hablado de lo militar, ya cine lo militar llena y explica la Historia en aquellos tiempos y ¡también en los actuales!... Quiero Jar ahora una nota pacílica. Aun más que paciiica, industrial; y d° nobleza sólo cultural, viva en unas muertas pT'dras, petriílcada dé pura vejez la vieja argamasa que las Irabó un día lejano. Cerca del «Molí- Nou», sobre la encajada acequia del agua del Puerto que baja de los dos faolinos de Santa Ana, hay una ruina —la aludida— que parece como 479 resto del caz de un molino. ¡Pues en ella recae una nota de gloria histó¬ rica albaidina! Porque cuando a principios del siglo XVI se creó el con¬ vento de dominicos de Santa Ana, del que fué luego gloria insigne su Prior San Luis Beltrán, el Apóstol de la América hispánica, al regalarle el Conde Albaida el terreno y perímetro de propiedades del futuro con¬ vento, y al marcar los linderos, señala un mojón allí existente, diciendolo lien las ruinas de un antiguo molino de papel». Pues recuérdese —es bien sabido— que el papel vino a introducirse en Europa tres siglos antes; precisamente por España (la invención de los chinos venía de Asia por el camino de los musulmanes del Norte de Airi- ca) y que las primeras fábricas o molinos eran de Játiva. Y como Albaida, la Albaida mora, como antes su tierra en tiempo de los romanos —cuan¬ do aún no creada Albaida a mi parecer— era de la comarca y municipa ¬ lidad de Játiva y en sus campos «setabitanos», queda patente que las (en el comienzo del siglo XVI) viejísimas ruinas de un molino de papel, las que vernos tan sólidamente edificadas aun hoy mismo, son un monumen¬ to, acaso el único subsistente, de las primeras papelerías de toda la Eu¬ ropa. Y recuérdese que sin papel habría sido imposible la espléndida ex,- tensión de la cultura literaria y científica en los siglos del Renacimiento. Nuestro Ayuntamiento debería declararlas intangibles, como verdadero monumento patriótico. Y allí están; y bien cerca de las ruinas del templo de Santa Ana del que procede la feria de julio todavía subsistente— en cuyo sagrado recinto, destruido en las guerras napoleónicas, se ha perdi¬ do el sepulcro del Cardenal Milá-Borja, el cabeza de los Milá de Aragón, llevado allí el cadáver desde su palacio-alquería de Carrícola, donde mu¬ rió al medio siglo el Cardenal de «Santicuattro», acaso el Cardenal en toda la Historia que fuera de un solo título como un cincuentenario; viviendo él siempre lejos de Roma y no asistiendo, no haciendo gesto de qut fér asistir a cmco o seis cónclaves a dar su voto, aquel bueno de don Lui.s, epicúreo enamorado de la vida campesina. Aparte la Prehistoria —que el caso de Abaida queda en buenas manos, en las de Isidro Ballester, mi deudo— véase también cómo los pedruscos, las piedras, las de la Edad Media, dan lecciones de Historia, completando las noticias documentales o literarias, .«uplien-do a veces por ellas y dando la comprobación y la calibración de las informaciones más literalmente históricas, tantas y tantas veces. 31-VlU- 41, en San Seb'offiián. [Pubücafío en CRUZAD.A. REVISTA DE FIESTAS. 1941. fAiòaidaJ] PERSONAS DE QUIENES SE HACE ESTUDIO EN ESTE LIBRO Abreviaturas; A=Arquitecto. E=Escultor. P=Pintor. ALEJANDRO VI.—Vid. BORJA. CAXES, Eugenio. P. (p. 202). ALIMBROT, Luis. P. (p. 13-4, lámi¬ CEAN BERMÚDEZ, J. A. Passim. nas I-II (?). CENETE, Marqués del (p. 402). ALMIRANTES DE CASTILLA.—Don CERRALBO, Marqués de (p. 296). Juan Alfonso y D. Juan Gaspar Enrí- COLOMA, D. Carlos (p. 213). quez IX y X (p. 287-94). CORREGGIO. P. (p. 115-7). BALTASAR CARLOS. Príncipe (p. 142, CORTE, Juan de la. P. (p. 145, 214, 158, 178). 218). BAUTISTA (El Hermano Francisco). A. CRESCENCI, Marqués de la Torre (don (p. 415 hasta el final, láms. XXXIX- Juan Bautista). A. (p. 308-22). XL). CRESPI «Il Spagnolo». G. M. P. (p. 94). BERNINI, Lorenzo. E. (p. 355-374-6, lᬠDIAZ, Hermano Francisco. A. (p. 464). mina XXXIV). DIAZ DEL VALLE, Lázaro (p. 247, BORJA, Papa Alejandro VI (El Carde¬ 272-4). nal Don Rodrigo de) (p. 339-44, 399- ENRIQUEZ DE CABRERA.—Vid: AL¬ 400). MIRANTE DE CASTILLA. BRAUN, S. J. Padre Joseph (p. 418 y ESPINOLA, Ambrosio (p. 209). sigs.) FELIPE III (p. 142-3, 160-4, 177). CABAÑUELAS, Jerónimo. Fray Pedro FELIPE IV (p. 127, 140-1, 155, 161-9). de (p. 77, 81). FERNANDO DE AUSTRIA. El Carde- CANO, Alonso. P. A. (p. 349-52, 422-4). nal-Infante (p. 197, 218, 240). CARAVAGGIO, M. A. de. P. (p. 122-3). FINELLI, Giuliano. E. (p. 355 y sigs.) CARBONELL, Alqpso. A. (p. 315). GALLEGOS, Manuel de (p. 140-57, 226). CARDUCHO, Vicente. P. (p. 194-7, GIRON, D. Fernando (p. 200-2, lám. ). 207-8, lám. XXIII). GOMEZ LABRADOR, D. Pedro (pᬠCARLOS V (p. 151). ginas 131-2). CARNICERO, Alejandro. E. (p. 69). GONZALEZ, Bartolomé. P. (p. 163-4). CARPIO, El Marqués del (p. 135 y sigs.) GOYA, Francisco. P. (p. 161). CARRACIS, Los. P. (p. 113-4). GUIDI, Domenico. E. (p. 355 y sigs., lᬠCARRION, Jerónimo. Fray Juan de mina XXXHI). (p. 78, 81). LAPILLA, Marqueses de la.—Vid: RUIZ CASTELO, Félix. P. (p. 206). DE CONTRERAS. CASTELLAR, Jerónimo. Fray Ambro¬ ILLESCAS, Jerónimo. Fray Gonzalo (pᬠsio de (p. 81). gina 77). 48Í ISABEL, mujer de Felipe ÎV. Reina ÍDo- Pereda, Antonio de. P. (p. 203, 24Í- ña (p. 156, 161-3). 336, láms. XXII, XXVII, XXVIII). JOVELLANOS (p. 7-9). PEREDA, Joaquín Antonio de (hijo del LEONARDO (Jusepe), P. (p. 186, 208, pintor) (p. 304-6). 209, 220, 327). PIOMBO, Era Sebastián del. P. (pági¬ LEONI, Pompeo. E. (p. 349-350, 356 y nas 117-122). sigs., lám. XXIX). PONZ, Antonio. Passim. LUIS, Maestre. P. (p. 13-4, 17, lámi¬ RAFAEL. P. (p. 115). nas I-II (?). RIBALTA, Francisco. P. (p, 89-125, lᬠLLANOS, Fernando de, P. (p. 31-3). minas XIX-XX). MADRID, Jerónimo. Fray Agustín de RUIZ DE CONTRERAS, Marqués con¬ (p. 81). sorte de la Lapilla (D. Fernando) (pᬠMARGARITA, mujer de Felipe III. Rei¬ gina 296-301). na Doña (p. 142-3, 162-4, SALMERON, Jerónimo. Fray Andrés de 177). MARTINEZ, Jusepe. P. (p. 102). (p. 76). MAYANS Y CISCAR, D. Gregorio de SAN NICOLAS, Fray Lorenzo de. A. (p. 104). (p. 419-22, 424, 437, 461-3). MAYNO, Fray Juan Bautista. P. (pᬠSANCHEZ, Hermano Pedro. A. (pági¬ ginas 204, 216-8, lám. XXIV). nas 464-5). MAZO, Juan Bautista Martínez del. P. SERRANO, embajador florentino (pági¬ (p. 182-4). nas 199-201, 209). MEMLING, Hans. P. (p. 1-17, lámi¬ SUAREZ. El secretario Diego (p. 145). nas I-II). TACCA, Pietro. E. (p. 165-6, 355 y si¬ MENDOZA. (Don Diego, segundo Car¬ guientes, láms. XXX, XXXI). denal) (p. 393-6). TENDILLA. El segundo Conde de (pᬠMENDOZA (D. Pedro, el gran Carde¬ ginas 386-93, 400, 402). nal) (p. 396-7, 399, 400-1, lám. XXXV) TIZIANO. P. (p. 110, 167). MERLO, Giraldo de. E. (p. 68). TOLEDO, D. Fadrique de (p. 204-6, MONTALBO, Jerónimo. Fray Diego de 243-4). (p. 81). TORRE, Marqués de la,—Vid : CRES- MESA, Juan de. E. (p. 353). CENCI. MONTAÑES, Juan Martínez, E. (pᬠTORRE, Pedro de la. A. (p. 452-6). ginas 352-3). TORRES, Marqués de (p. 318-20). MORALES «el Divino». Luis de. P. (pᬠVAZQUEZ, Lorenzo. A. (p. 402-14, 457, ginas 35-44, láms. IX-XIV). láms. XXXVI-XXXVHI). NARDI, Angelo. P. (p. 182, 185, 192-4, VEGA, Lope de (p. 98-100). 208). VELAZQUEZ, Diego. P. (127-246). NAVARRETE «el Mudo». J. B. Fernán¬ VILLANUEVA, D. Jerónimo de (pági¬ dez de. P. (p. 107-113). nas 144, 151). NEOBURGO, Volfango Guillermo (pᬠVIZCAYA, Jerónimo. Fray Martín de gina 241). (p. 78). OLIVARES. El Conde-Duque (p. 135 y YAÑEZ, Jerónimo. Fray Fernando (pᬠsigs., 244-5). ginas 52, 79, 81). ORANGE. Príncipe de (p. 171-5). YAÑEZ DE LA ALMEDINA, Hernan¬ ORGAZ, Jerónimo. Fray Diego de (pᬠdo. P. (p. 19-25, 27-34, láms. III-VIH). gina 79). ZUREARAN, Francisco. P. (p. 73-83, PALOMINO, Antonio. P. (p. 103, 250-4). 144, 187-94, láms. XV-XVHI, XXV- PARAMO, Salvador. E. (p. 351-2). XXVI). L INDICE GENERAL Nota explicativa, por F. J. Sánchez Cantón VII Prólogo IX ESTUDIOS SOBRE PINTURA Las tablas memlingianas de Nájera del Museo de Amberes : Su primitivo des¬ tino, fecha y autor (?) (Melanges Bertaux, París, 1924) 1 YAñez de la Almedina, el más exquisito pintor del Renacimiento en España. (Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1915) 19 Obras conocidas y desconocidas de Yáñez de la Almedina. (Boletín de la So¬ ciedad Española de Excursiones, 1924) 27 El Divino Morales. (Museum. Barcelona, 1919) 35 El Monasterio de Guadalupe y los cuadros de Zurearán: 45 La comarca (p. 45).—La imagen (p. 48).—El priorato (p. 61).—El monumento conventual (p. 59).—El templo (p. 65).—La sacristía y los zurbaranes (p. 73).— Conclusión (p. 84). (Madrid. Christian Franzen y J. Blass. 1906). La educación artística de Ribalta, padre, fué en Castilla : 89 Viejas discusiones sobre si hubo Escuela valenciana de Pintura. Ribalta fundó allí una (p. 89).—Prejuicios sobre el boloñesismo de Ribalta, que nada debe a los Carracci. Justi ya pensó otra cosa (p. 93).—El cuadro de San Petersburgo, de firma auténtica, nos dice que Ribalta pintó joven en Castilla (p. 95).—Di¬ ficultad aparente del «Català» de la firma (p. 96).—La dudosa naturaleza de Ribalta y el testimonio de Lope de Vega (p. 97).—Los otios textos y datos sobre la naturaleza de Ribalta no son parte a negar autenticidad a la firma de la «Crucifixión» y valor al dato autobiográfico que contiene (p. 101).—El testimonio coetáneo de Jusepe Martínez (p. 102).—Las especies tradicionales de Palomino (p. 103).—La errónea idea de Mayans y Ciscar (p. 104).—Resu¬ men (p. 105).—La necesaria confirmación de la tesis (p. 106).—Navarrete y lo que significala escuela madrileña-escurialense, cuando Ribalta pintó en la en Corte (p. 107).—Ribalta en 1603, en Algemesí, recuerda modelos escurialenses de Navarrete y el Tiziano (p. 110).—No cabe explicar por grabados el caso (pᬠgina 112).—Los maestros italianos que influyeron en Ribalta (p. 113).—El eclec- 484 Pájs. tícismo proclamado en El Escorial antes que por los Carracci (p. 114).—Lo ra- faelesco Ribalta lo adivinó en España (p. 115).—Los Correggios de España, uno de ellos imitado por Ribalta (p. 115).—Los Piombos que aquí había y que copió e imitó Ribalta (p. 117).—La técnica tenebrista de Caravaggio y la de Ribalta (p. 122).-—La leyenda en el supuesto viaje de Ribalta a Italia (p. 123). (Revista Crítica Hispano-Avrericang. Madrid, 1916). Velazquez, el Salón de Reinos del Buen Retiro v el Poeta del Palacio y dei, Pintor : ". 127 1. El Salón de Reinos través de los textos de Ponz y Palomino a (p. 129).— 2. El Salón en el inventario más antiguo de 1703 (p. 135).—3. El Salón des¬ crito por un poeta del tiempo de Felipe IV (p. 140).—El poeta Gallegos : Un coetáneo gran entusiasta de Velazquez (p. 146).—5. La parte postiza en los cuadros de Velazquez (p. 157).—6. El movimiento del brütó en los retratos ecuestres de Velázquez (p. 164).—1. Más sobre el movimiento del bruto en al¬ gunos retratos ecuestres de Velázquez (p. 170).—8. Relación de medidas entre los cuadros y el Salón, y colocación de los mismos (p. 175).—9. La problemᬠtica colaboración de los pintores Mazo, Nardi, Leonardo y Zurbarán (p. 182).— 10. La fecha de las pinturas de batallas del Salón de Reinos (p. 194).— 11. ¿Cuáles batallas se conmemoraron en el Salón de Reinos? (p. 200).— 12. El cuadro excedente de los doce de Batallas, y otros cabos sueltos (pᬠgina 212).—Conclusión (p. 221).—Apéndice pripiero : Catálogo resumen de los cuadros pintados para el Salón de Reinos (p. 224).—Apéndice segundo : Silva topográfica de Manuel Gallegos.—Apéndice tercero : Ensaladilla : addenda et corrigenda (p. 240). (Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1911 y 1912). Un gran pintor vallisoletano : Antonio de Pereda : 247 I. El biógráfo ; Díaz del Valle (p. 247).—II. La biografía : texto de Palo¬ mino (p. 250).—III. La biografía : Recensión de Ceán Bermúdez (p. 255).— IV. Nota autobiográfica notable : el testamento de Pereda (p. 261).—V. Fe¬ cha de nacimiento de Pereda (p. 268).—^VI. Renovación del estudio de Pe¬ reda y del biógrafo Díaz del Valle (p. 271).—VII. El texto auténtico de Díaz del Valle (p. 274).—VIII. La cronología segura en la obra del pintor (p. 277). IX. La fecha probable del «Socorro de Génova» (p. 280).—X. La fecha ar- chiprobablemática del «Sueño de la Vida» (p. 284).—XI. ¿Quién fué el me¬ cenas, Almirante de Castilla, que logró el famoso cuadro? (p. 288).—XII. La fecha incierta del «Santo Domingo en Soriano» (p. 294).—XIII. El consiguien¬ te premio y último sonado triunfo del pintor (p. 302).—XIV. Cuándo le faltó a Pereda su protector Crescenci y datos contradictorios de este arquitecto (pᬠgina 308).—^XV. El historiador coetáneo de la obra de Crescenci en El Esco¬ rial nada aclara (p. 312).-—^XVI. Se comprueba cierta la fecha del falleci¬ miento del Marqués arquitecto protector de Pereda en 1635 (p. 316).—XVII. Pereda deja de pintar para la Corona en 1635, a la muerte de Crescenci (pᬠgina 322).-—XVIII. Pereda no llegó a ser pintor del Rey, ni menos pintor de Cámara (p. 327).—^XIX. La muerte, la edad y el .apellido del artista (pᬠgina 332). (Boletín de Ig. Sociedad Castellana de Excursiones. Valladolid, Î910-1915), 485 PífS. ESTUDIOS SOBRE ESCULTURA^-' El sello del Cardenal de Valencia Don Rodrigo de Borja. InteUctual. Madrid, marzo de 1908.) 345 cruce.s y crucifijos. {Por el Arte. Madrid, 1913, num. 4.) 355 Los cuatro grandes crucifijos de bronce dorado de El Escorial, obra d8 Pom¬ peo Leoni, Pietro Tacca, Lorenzo Bernini v Domenico Guidi : 3S5 Los cuatro Cristos biográficas de informa¬ (p. 355).—Lo que dicen las fuentes ción (p. 356).—Textos escurialenses del P. Santos (p. 359).—Textos escuria- lenses del P. Ximénez (p. 362).—El resumen de Ponz y su error (p. 363).—La primera advertencia y reparo al problema (p. 365).—El sobrino de Tacca no es Finelli, sino Guidi (p. 366).—Explicación del trasiego de los Cristos (pᬠgina 369).—El detalle erróneo de los cuatro clavos (p. 271).—El juicio estético, o crítica (p. 372).—Historia del Cristo de Bernini (p. 374).—Méritos respecti¬ vos de los Cristos (p. 376). {Archivo Español de Arfe y Arqueologia. Madrid, 1925). ESTUDIOS SOBRE ARQUITECTURA E HISTORIA El brote del Renacimiento en los monumentos castellanos y los Mendozas del siglo con algunos reparos a mi maestro don vicente Lampírez : xv, 383 I. El Gran Tendilla (p. 386).—II. El segundo Cardenal Mendoza (p. 393).— III. La La adhesión de los Mendozas piña de los Mendozas (p. 396).—IV. al Renacimiento (p. 402).— 399).—V. Los arquitectos de los Mendozas (p. VI. El capitel que llamaremos «alcarreño», o proto-renaciente español (pá- ginc 405).—VII. El arquitecto proto-renaciente del capitel alcarreño y lo cas¬ tizo español (p. 410). {Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 1917 y 1918). El Hermano Francisco Bautista, arquitecto 415 (Desde la pág. 464 hasta la 474 el texto fué redactado por don Antonio García y Bellido.)—La obra arquitectónica del Hermano Bautista (p. 449).—La téc¬ nica constructiva del Hermano Bautista (p. 461).—La Catedral de San Isidro, de Madrid (p. 464).—San Juan Bautista, de Toledo (p. 468).—La iglesia de la Or den Tercera de Madrid (p. 472). {Boletín del Patronato del Museo de Bellas Artes de Murcia, 1929). Historia de Albaida. {Cruzada. Albaida, 1941) 475 Personas de quienes se hace estudio en este libro 477 Uî m! mîlUiT -l\ UlV ms liít lfílipi I iMáúmhlíM'éÍ¡f¿i: : ÊiI MImiíf m i ^Í|lñ| Í i í'í"i/í t i il Müilíi i'^lfrítiuÍ