A partir de la novela 1280 almas, Juan Martini –que dirigió la Serie Novela Negra de la editorial Bruguera entre 1976 y 1983– se pregunta por el lugar del género policial en la Argentina.
Por Juan Martini.
Hace unos días hablábamos con Silvia Hopenhayn de 1280 almas de Jim Thompson para un programa de canal (á). La relectura de la novela me sacudió recuerdos y algunas preguntas sobre el policial.
Jim Thompson, hijo de una india cherokee y de un sheriff corrupto que lo abandonó a los dos años nació en Oklahoma en 1906 y murió en California en 1977. Tuvo infinidad de pequeñísimos trabajos con los que se fue ganando una vida magra. Se casó a los 25 años y fue padre de tantos hijos que su mujer lo obligó a hacerse una vasectomía. A los 27 empezó a leer a Marx, entre 1936 y 1938 militó en el Partido Comunista y a partir de 1951 fue perseguido por el senador Joseph McCarty. En 1956 se mudó de Nueva York a Los Angeles. Tuberculoso, alcohólico, infiel y desordenado, sin embargo su mujer se negó siempre a divorciarse. Publicó relatos y novelas pero su nombre comenzaría a afianzarse cuando viajó a París, en 1970, y la Serie Negra de la editorial Gallimard, dirigida por el legendario Marcel Duhamel, festejó su N° 1.000 con 1280 almas, una de las mejores novelas de Thompson publicada en 1964.
Duhamel no sólo consagró en Francia y en Europa a escritores como Jim Thompson, Horace McCoy y Chester Himes: selló con el nombre de su colección, Série Noire, a un género propio del siglo XX, el policial que Dashiell Hammett había inaugurado en la revista Black Mask con su novela Cosecha roja (1929) y que hasta el momento en que Duhamel inició la colección de policiales de Gallimard en 1944 se había llamado Hard boiled.
Nick Corey es el sheriff de Potts County, un pueblito de 1280 almas (no se cuentan negros) que elige siempre a su funcional jefe de policía, un hombre como Nick, que se hace el estúpido y que nunca ve lo que debería ver. De esta manera el pueblo vive en paz: los delincuentes son los negros, los blancos tienen su prostíbulo y sus negocios, y las blancas hacen el trabajo de todo el mundo empezando por el de sus maridos, que si no las muelen a palos. Pero Nick Corey no es un tarado. Lo parece, y habla como tal, pero su inteligencia es poderosa y su propia corrupción (como la del padre de Jim Thompson) lo lleva a recaudar coimas, golpear a inocentes y a matar a quienes lo molestan.
Una de las novedades que introduce aquí Thompson es que el delincuente ya no es alguien buscado por un detective capaz de descubrir cualquier misterio, ni un marginal de un sistema clasista y excluyente: el criminal, en 1280 almas, es el jefe de policía, quien cuenta además la historia en primera persona. En esta novela Thompson no se privó de nada, ni siquiera de situar la acción en 1905 y declararse a favor de la caída del zarismo.

Série Noire N° 1000 y Série Noire N° 2594
Antes de su traducción al castellano ya el libro figuraba en España entre las diez mejores novelas policiales del género. Su aparición en 1980 en la Serie Novela Negra de la editorial Bruguera (Barcelona) ratificó con holgura tanta consideración.
La dirección de esta colección fue el primer trabajo con continuidad que tuve en Barcelona a partir de 1976. Publiqué, hasta que en 1983 me fui de la editorial, 82 novelas y escribí los prólogos de las primeras 50. Me di el gusto de editar todos los libros de Hammett y de Raymond Chandler, y lo mejor de la novela negra hasta ese momento, empezando por Ross Macdonald, pasando por Chester Himes, David Goodis y Horace McCoy, y terminando por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, un matrimonio sueco que escribe en colaboración.
Entre los autores en lengua castellana estuvieron Osvaldo Soriano, Mario Lacruz y Juan Madrid entre otros. Entre los traductores argentinos se puede recordar a J.R. Wilcock, Homero Alsina Thevenet y Marcelo Cohen.
Jim Thompson murió convencido de que su obra sería reconocida por la posteridad, esa rareza con la que ya pocos escritores sueñan. Pero Thompson no se equivocó. Allí están sus novelas. Y también las películas que se hicieron sobre ellas y los guiones que escribió. Comenzó trabajando en 1955 para Stanley Kubrick (Casta de malditos y La patrulla infernal). La idea original de la serie de TV Ironside le pertenece. Y sus novelas The Getaway (La huida) dirigida por Sam Peckinpah, The Grifters (Los tramposos) dirigida por Stephen Frears, y una rara adaptación francesa de 1280 almas realizada por Bertrand Tavernier (Coup de torchon o Más allá de la justicia) que sitúa con solvencia las cosas en una colonia francesa en África y en el año 1938.
Una colección de género como la Série Noire permite recuperar la tradición, explorar los desarrollos en otros países, incluir autores del país y crear trabajo para traductores y otros colaboradores. En la Argentina, hasta los años ’60, existieron dos colecciones de género relevantes: Rastros (Acme Agency) y El Séptimo Círculo (Emecé), dirigida por Borges y Bioy Casares.
¿Es posible hoy pensar en una literatura policial argentina sin colecciones de género que la sostengan?
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Estupendo artículo, Juan, que cierra con una pregunta muy pertinente.
El fenómeno del género policial en América Latina es complejo desde su introducción a finales del siglo XIX. Pasa de ser una actividad completamente mimética (tanto formal como temáticamente e, incluso, en términos de presentación física de las revistas que emulan los colores y las imágenes de las carátulas) a cultivarse de una manera innovadora en la primera parte del siglo XX. En Argentina hubo un fenómeno extraño: el policial empezó a independizarse de sus raíces gracias al trabajo de escritores que no se consideraban de género. Borges, Bioy, Peyrou, Anderson Imbert. Sabemos ya que ‘Seis problemas para Isidro Parodi’, el primer libro de cuentos con temática policial (escrito por Bioy y Borges bajo el seudónimo de Bustos Domecq), lo que prima es la parodia del género clásico con un ‘detective’ que resuelve los casos sin salir de la cárcel. Más adelante veremos cómo la influencia de autores como Kafka le darán a los cuentos policiales de Borges una estela metafísica en la que se subvierten los patrones primordiales de la policial (triunfa el mal, muere el detective, etc.) Curioso: Borges era muy innovador como cultor de policiales pero, al mismo tiempo, algo conservador como crítico (acusa de pornográficos y decadentes los textos de los escritores del hard boiled estadounidense y renuncia al género). Considerar, en el presente, a Borges como un escritor policíaco sería descabellado y, precisamente por eso, sospecho que en la pregunta que planteas juegan un papel importante tanto el mercado como el mismo autor. Pensemos en Piglia. Es obvio que Piglia, que ha escrito ensayos estupendos sobre el género, tiene como una de sus genealogías de cabecera la literatura policial (sobre todo estadounidense). Tres de sus novelas y un puñado de cuentos toman el esquema del policial sólo para subvertirlo. Si le preguntásemos a Piglia si se considera un escritor policial sospecho que, con mucha razón, diría que no. Uso el ejemplo de Piglia sólo para demostrarte que ahora mismo lo que se llama ‘literatura policial’ en América Latina no tiene una forma precisa pero sí una curiosidad creciente entre una lectoría que puede leer novelas policiacas con un detective reconocible (pienso en autores como el mexicano Paco Ignacio Taibo, el cubano Ignacio Padilla, o el chileno Roberto Ampuero) tanto como policiales heterodoxos (pienso, además de en Piglia, en Roberto Bolaño, en el mexicano Jorge Ibarguengoitia, en algunas novelas de Puig, tú mismo tienes una novela como ‘El cerco’ que es un estupendo policial atípico etc.). Las colecciones de género son importantes, sí, pero han perdido popularidad porque, lamentablemente, ya no se estilan. La literatura policial, como la literatura de horror, la pornográfica, la de aventuras, los mal llamados sub géneros, se han visto revitalizados en los últimos años por escritores como los nombrados. De esto trata el libro de crítica que he escrito y sobre el cual conversamos.
Un abrazo,
D.
Leí 1280 almas con deleite hace muchos años.
Después de leer el artículo la busqué desesperadamente en mi biblioteca y no he logrado dar con ella.
¿Podré conseguirla en vuestra librería?
No, en la librería no está. Hace rato que no esta.
Saludos
Qué placer la lectura de este texto y volver a encontrarme con las columnas de Juan Martini en el blog.
Cariños, Odila
En una librería de usados sobre la peatonal Suipacha se consiguen varias números de la colección “Club del Misterio”, en esa colección está este libro.
Saludos!
Hablando de Thompson y de Gallimard, alguien podría decirme por qué motivo la traducción francesa de la novela lleva por título 1275 almas en lugar de 1280? Nunca entendí qué pasó con esas cinco almas de diferencia
Saludos
Más allá de las grandes colecciones que se mencionan en la nota y respecto de las cuales no hay ninguna duda, ubicar las novelas policiales en colecciones no hace otra cosa que abonar la hipótesis de que se trata de una literatura menor.
Algo parecido pasa con la ciencia ficción.
La novela en inglés se llama Pop. 1280 y es en la traducción al francés que perdió las cinco almas que decís para pasar a ser 1275 âmes. El traductor fue Marcel Duhamel, el editor de la serie Gallimard y él nunca aclaró las razones de la pérdida de almas.
Hasta donde sé, hay una versión que dice que los motivos están relacionados con la fonética, porque la pronunciación en francés del número 1280 (mil deuxcent quatrevingt) hacía que la palabra “âmes” tuviera que pronunciarse más o menos como “tames”, al tener que unírse con la “t” final del número, lo que no pasaba si se usaba 1275 (mil deuxcent soixante quince) .
Hay una novela del 2000 o 2001 de Jean-Bernard Pouy que se llama 1280 âmes y que parte de ese problema: la historia de un librero en París al que contratan para encontrar las 5 almas perdidas en la traducción. Muy mal libro, según me han dicho.
Pensar en “literatura policial” como un género es peligroso, no porque no exista, sino porque da la “impresión” de que, con una decena de elementos se puede armar un policial. Me parece que es más productivo cruzar las ediciones, para tratar de pensar por qué autores como Sartre, Onetti o Levrero (que escriben un poco a fuerza de desarmar la trama) o Borges (que escribe a fuerza de exponer la trama al punto de que no hay casi intriga) se sintieron fascinados por el policial. Ver cómo se influencian los policiales con la ciencia ficción, con Faulkner (si no me equivoco, Chandler y Faulkner se emborrachaban en el mismo bar), con el género fantástico. Así como la luna en Chesterton cambia de simbolo en cada cuento, el noir está lleno de sutilezas ocultas bajo la ironía rudimentaria sólo en apariencia.
Es extraño que el policial, en su versión mainstream siga siendo noir. Hay como falta de reciclaje. Tal vez deba considerarse como el policial de estos tiempos al metafísico-anárquico-laberíntico, como podría ser El libro negro de Pamuk o la ciudad de cristal de Auster, pero no estoy convencido.
Ahora salió El expediente Archer, de Ross Macdonald, justo en mi escritorio.
Cómo me gusta su nota, señor Martini. Hace mucho tiempo que no leo policiales y los que leí del Séptimo Círculo en mi juventud, excepto los de Víctor Canning, quizás, se me quedan como “policiales del Séptimo Círculo”. Los leíamos vorazmente y los seguíamos comentando con mi papá mucho tiempo después, en general recordando alguno bueno pero sin recordar autores.
Quizás lo que suceda con las colecciones es que amparen de todo (bueno y malo o intrascendente) y de ese todo, algo permanezca. Tal vez lo que se aparte del género sea la clave.
Me acabo de acordar de Rodolfo Walsh y sus Variaciones en rojo.
¿Y es acaso posible pensarla en colecciones que la sostengan?
¿Existen en Argentina autores de policiales verdaderamente relevantes en los últimos diez o quince años?
Se me ocurren, como siempre, más preguntas que respuestas.
¿Por qué en esos años las colecciones de policiales, como las de ciencia ficción e incluso las de terror, eran posibles o viables?
¿Por qué las colecciones actuales, de autores argentinos en general, son paquetes enormes con cosas como “narrativa” y ya?
¿No hay géneros, no hay temas, no hay ejes que se destaquen que vayan más allá de la juventud o grado de clásico de los autores?
¿O es que ya no hay innovación posible para pensar el policial, como lo fue en su día la novela de Thompson y sólo queda la repetición?
Esperamos ansiosos la segunda parte de la nota…
Muy buen articulo!!
Pero agrego algo: hay una colección argentina de los últimos tiempos, que nadie esta recordando. Y se plantea MUY de genero: es Negro Absoluto.
Por otro lado, en mayo se celebrara en Mar del Plata un festival dedicado al genero negro, el Azabache.
Excelente su NOTA Juan !
Con los 4 adjetivos que definen a Jim Thompson, que se apoya AGOBIADO, en la foto sepia.
Está muy bien eso del güindos y del internete de copiar y pegar. Y dale que dale al copipaste, tú. Que bueno, viste, que algún boludo puso la foto en tal o cual página, y voy yo la fusilo. Ahí terminó lo bueno y comenzó lo malo: si el que “afusila” no se entera, va y mete la pata. Hasta el fondo, mi cuate. ¿Por qué? Porque hubo, hay y habrá más de un Jim Thompson, y el que áparece en la foto fusilada no es precisamente el sublime escribano de “1280 almas”. Una jodida duda me corroe: ¿es el resto del artículo bloggero también un copipaste? Lástima que el retorcido cherife dejara a más de uno vivito y coleando.