on el
culto eufemismo "de senectute" designó el llorado Juan Manuel Rozas la
última época de Lope, su postrer ciclo creativo. Y aunque el previo,
llamado "de Amarilis", se extiende entre 1616-1626, hemos querido
adelantar el "de vejez" a 1622 para hacerlo coincidir con el inicio del
reinado de Felipe IV y, así, engarzar cronológicamente con el III
Congreso (celebrado en 2000):
Lope de Vega en la época de Felipe III (1598-1621). Incluso podría
remontarse el inicio del ciclo a 1621, año en que da a la imprenta la
Filomena, que, junto con La Circe (1624), denotan una
preocupación cultista, voluntariamente contrapuesta a la de Góngora y
sus epígonos, e inauguran una nueva época poética en todos los sentidos.
Amarilis, o Marcia Leonarda (Marta de Nevares), por otra parte, muere en
1632 y, por ende, sigue siendo un referente durante sus últimos años.
Porque la constante
imbricación de vida y literatura se sigue manifestando en su última
etapa creativa. Así, en la Filomena incluye una novela a Marta:
Las fortunas de Diana; en La Circe, otras tres: La
desdicha por la honra, La prudente venganza y Guzmán el
Bravo; en las cuatro el marco narrativo es una supuesta conversación
con Marta que, además de las aportaciones teóricas, le sirve para
criticar las doce que publicó Cervantes en 1613. Pero las consabidas
polémicas con Góngora o Cervantes no son el centro de su vida, pues cabe
las preocupaciones de la vejez, la necesidad de mecenazgo y el desengaño
subsiguiente, ven la luz las grandes obras finales, rebosantes de
sabiduría y distanciamiento estético: La Dorotea (1632), una
excelente "acción en prosa" de claros ecos celestinescos, espléndidos
diálogos y resonancias autobiográficas juveniles, probablemente su obra
maestra; las Rimas de Tomé de Burguillos; los grandes poemas que
se recogerán póstumamente en La vega del Parnaso, o la magnífica
dimensión trágica alcanzada en El castigo sin venganza. Todo
macerado con un sincero dolor y dolida resignación; con estoicismo en la
línea de Horacio, que, junto con Virgilio, son dos modelos vitales
explícitos y envidiados por Lope en estos últimos años. Porque, a
diferencia de Lope, los dos poetas latinos acabaron sus días como
primeros poetas de Roma y disfrutaron de protectores, Mecenas y Augusto.
En la Égloga a Amarilis (1633), de claro corte virgiliano, Felipe
IV no hace las veces del Emperador romano y se muestra a las claras la
amargura de un Fénix ya septuagenario.
De la amargura al
distanciamiento, y a la burla; o de la impasibilidad estoica del
bellísimo romance "A mis soledades voy", incluido en La Dorotea,
a la irritación vehemente o a la parodia. Esta última especialmente
encarnada en el eventual alter ego Burguillos, de las Rimas
humanas de Tomé de Burguillos (1634), personaje creado en 1620. Con
Burguillos intenta superar, mediante la poesía y el humor, no sólo los
males de la vejez, sino también la citada falta de mecenazgo y de
reconocimiento público; la incomprensión, en suma. Conforta leer los
sonetos por él firmados, tan llenos de gracia y un humorismo fruto de la
situación, sin caer en lo chocarrero o vulgar. No le sirven ya los
seudónimos o máscaras de juventud (Zaide o Belardo), sino que Tomé de
Burguillos es un auténtico heterónimo, una persona ficticia que ocupa
todo el ciclo y que le permite evadirse de los episodios penosos,
burlarse de sus enemigos y refugiarse en su melancolía.
También es un tiempo de
penas de amor, como siempre. No sólo las sinceras lágrimas que derramó
por Marta de Nevares, cuyo deterioro físico y mental, y su muerte en
1632, se plasmó en la Égloga a Amarilis (1633) y en el
desesperado Huerto deshecho (1633). Tuvo que arrostrar dos nuevas
desgracias: la muerte de su hijo Lopito en las Indias, a quien le dedica
la Égloga a Felicio (1635); y el rapto o fuga de su hija Antonia
Clara, cuyo reflejo poético es la Égloga a Filis (1635). Las tres
obras, junto con la Égloga a Claudio (1632), fueron incluidas en
La vega del Parnaso (1637).
Nunca dejó de ocuparle la
polémica literaria, de la que es muestra en parte la parodia de la épica
en La Gatomaquia (1634), contra Calderón y los jóvenes poetas
gongorinos, como bien se demuestra en la burla del poema Anfiteatro
de Felipe el Grande (1632), recopilado por Pellicer. Del mismo año,
la citada Égloga a Claudio, llamada por Montalbán "epítome de su
vida", ya fue un manifiesto contra el éxito de esos jóvenes y de la
estética gongorina. Previamente había publicado El laurel de Apolo
(1630), especie de manual bibliográfico en verso: catálogo de los poetas
de su tiempo, lo que demuestra que se los había leído, que estaba al
corriente de todo lo que se publicaba desde su atalaya poética.
Y, en fin, la vida que se
le iba de las manos a su pesar. Se acabó convirtiendo en un viejo
melancólico, escéptico y en parte envidioso de los jóvenes autores;
lejos de la resignación ascética de su crisis espiritual de veinticinco
años antes. Aunque no por ello dejó de cultivar la llamada literatura de
tono religioso: los Triunfos divinos (1625) y La Corona
trágica (1627), dedicada a María Estuardo y por la cual Urbano VIII,
a quien se le dedica, le concede el título de doctor en Teología, por lo
que deberá anteponer el "frey" a su nombre; así lo hace, orgulloso, a
partir de aquel momento. Pero el cura enamoradizo y de pasado
escandaloso poco podía optar al puesto de cronista, que acabó ocupando
Pellicer en 1629, o a otras prebendas y sinecuras.
Poco teatro escribió en
esta época, pero bastaría El castigo sin venganza (representada
en 1632) para llenarla por entero. El Fénix la concibió como una
tragedia de nuevo corte, artística y culta, pero sin descuidar la poesía
de cancionero; a la altura de las clásicas, aunque sin renunciar a sus
logros anteriores. Quiso marcar un nuevo camino, abrir nuevas sendas,
pero su tiempo ya había pasado.