Imágenes del Quijote:
la trayectoria de las ediciones ilustradas

Cervantes historiador de la literatura[1]

Estos días se cumple el 450 aniversario del nacimiento de Miguel de Cervan­tes. Rememoremos, pues, no la biografía real del escritor sino la que él quiso de­jarnos desperdigada a lo largo de su obra. Lope de Vega y Cervantes son los auto­res de su época que con más profusión e interés incorporaron materiales biográficos -verdaderos o falsos- en sus obras.

Los datos documentales son bien conocidos gracias, sobre todo, a Mayans, Pérez Pastor, Astrana Marín y Canavaggio, cuya biografía de Cervantes, en la mejor tradi­ción francesa, es modélica. [2] Los biógrafos han acudido también, ante la escuálida documentación histórica, a las alusiones personales que, como se ha dicho, abundan en la extensa obra cervantina. No me interesa tanto la autenticidad de estos datos -a veces malinterpretados por la crítica- como la intención de crear un «persona­je», un «Cervantes personaje literario», para dar una imagen de sí mismo a sus lec­tores contemporáneos y, desde luego y como buen renacentista, para la posteridad. Nosotros, por ejemplo, que estamos celebrando su aniversario. Probablemente no esperaba, aunque sí deseaba, alcanzar tal altura en la cumbre del Parnaso.

Cervantes es, ante todo, un creador, un «inventor» de mundos «poéticos», co­mo se decía entonces, pero es, además, un teórico y crítico literarios y, lo que no se suele señalar, un excelente historiador de la literatura. Todavía, como hemos de ver, hay que acudir a él para la reconstrucción de algunos aspectos - la historia del teatro, por ejemplo - . A lo largo de su obra va creando un «personaje» para in­cluirse en esa serie literaria de su tiempo. Construye una vida y obra canónicas. El Cervantes literato y teórico ha sido bien estudiado por la crítica - véase la volumi­nosa bibliografía quijotesca de Jaime Fernández, el estudio de Montero Reguera o la reciente edición del Quijote dirigida por Francisco Rico -, [3] pero no el último, de quien me ocupo en estas páginas.

El escritor, que leía hasta «los papeles rotos de las calles» ( Quijote , I, 9), era un conocedor extraordinario de la literatura vulgar, la de los simples «romancistas». Y también, naturalmente, de la literatura clásica y moderna en latín o italiano. Como historiador, sin embargo, su interés se centra en la literatura «nacional». Conviene re­cordar que, desde el Prólogo de La Galatea (1585), se manifiesta a la zaga de Francisco de Medina y de Herrera ( Anotaciones a Garcilaso de la Vega , 1580) y de fray Luis de León ( De los nombres de Cristo , 1583), un fervoroso defensor de la lengua castellana.

Comenzaré, al igual que la novela llamada bizantina tan grata a Cervantes, in medias res : por el Prólogo a las Novelas ejemplares , el texto más importante para su biografía y bibliografías literarias.

 

vida y obra

 

«Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y de­sembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha , y del que hizo el Viaje del Parnaso , a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase co­múnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y al­ta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.»

 

Es pena que Nicolás Antonio no manejara para su obra magna, la Bibliotheca Hispana Nova (1672), las primeras ediciones de las Novelas ejemplares que incluían este prólogo de Cervantes, tan importante para su vida y su [4] obra. Cervantes lo escribió, precisamente para que sirviera de fuente fidedigna a los futuros historia­dores de la Literatura. Lo consiguió, en cambio, con la biografía de Mayans (1737), origen del cervantismo. He comenzado con este prólogo porque es la síntesis de su proyecto de pasar a la historia literaria trazando desde sus obras iniciales a las últimas la primera historia crítica de lo que llamaban poesía.

El autorretrato, en apariencia burlesco, debe leerse en realidad en dos tiempos o edades cervantinas. Es, en efecto, el retrato de un anciano que caduca, pero en él solo aparecen como signos externos de la decrepitud las barbas canosas («las barbas de plata que no ha veinte años que fueron de oro»), la dentadura práctica­mente inservible («los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor dispuestos porque no tienen correspondencia los unos con los otros»), y la artrosis («algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies»). No está del todo mal para un hombre de la época que ha alcanzado ya la venerable edad de 65 años. [5] El resto de la descriptio personae corresponde a las condiciones intelectuales y morales de un ser al que la 'mayordoma' de Dios, Naturaleza, ha privilegiado de una manera especial: el color castaño de los cabe­llos «ni rubio ni moreno»; el color de la tez «viva», antes blanca que «morena»; la proporción del cuerpo en el término medio, «entre dos extremos, ni grande ni pe­queño»; la boca pequeña, todas ellas son señales patentes, de acuerdo con la tradi­ción aristotélica, de la equilibrada distribución de los cuatro humores, algo poco frecuente. Pero hay más: el rostro aguileño, la frente despejada y la nariz corva, «aunque bien proporcionada» son rasgos inequívocos de inteligencia natural, «el ingenioso e inventivo Cervantes». Lo de los cabellos castaños es sospechoso en un anciano con las barbas de plata, y parece claro indicio de que el autor se refería, co­mo en estos últimos rasgos físicos e intelectuales, a la descriptio de un Cervantes en su perfecta edad y varón perfecto. Este es el auténtico retrato que quiere dejar el escritor a la posteridad. Sin embargo, el actual, el de la vejez, debe leerse también a la luz de otra imagen que Cervantes, el escritor famoso por las sales del Quijote , se forja en sus últimos años. En el retrato se acepta la desdichada carga de la vejez con un ejemplar optimismo y sentido del humor. Un detalle fundamental: ni el tiempo ni las penalidades y estrecheces han podido con este rasgo esencial del ca­rácter del escritor. No es frecuente encontrar ancianos «de alegres ojos», e incluso parece poco serio. Recuérdese que Roque Guinart, de 34 años, tiene la mirada «grave», lo que se comprende por situación personal, pero el Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda, que, como don Quijote, frisaba la cincuentena, edad que correspondía, según Aristóteles ( Retórica , II, 14) a la muerte del alma, la tenía «entre alegre y grave». Cervantes de «grave», nada.

Desde esta voluntad de modelar una imagen de escritor alegre, se compren­den mejor sus apariciones en el Viaje del Parnaso (1614) y, sobre todo, en la dedica­toria al Conde de Lemos y el Prólogo del Persiles (1617). Recordemos este último en el que en boca del estudiante pardal se dice: «¡Sí, sí, el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas!». O bien las últimas líneas del mismo Prólogo: «¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados ami­gos, que yo me voy muriendo y esperando veros presto contentos en la otra vi­da!». Sus últimas palabras son, por cierto, una parodia de pasajes similares a éste de fray Luis de Granada, dedicados a la conversión del agonizante: «Llegada es ya mi vejez, cumplido es el número de mis días; agora moriré a todas las cosas y ellas a mí. Pues ¡oh mundo, quedaos a Dios; heredades y hacienda mía, quedaos a Dios; amigos y mujer y hijos míos, quedaos a Dios, que ya en carne mortal no nos vere­mos más!» ( Libro de la oración , 1554, I, 3, 1).

Por lo que respecta a sus hechos, a lo largo de su obra, como en este prólogo, re­cordó siempre su condición castrense. Cervantes, el heroico soldado herido en el brazo izquierdo y en el pecho en la batalla de Lepanto, cautivo en Argel, como repe­tirá en bastantes ocasiones, quería pasar a la fama al lado de aquellos claros varones, presentes y pretéritos, ilustres por las armas y las letras. Y de hecho, así ha sido.

 

el historiador de la literatura

 

La Galatea se abre con un prólogo en el que el escritor manifiesta dos fines prin­cipales en la publicación de su novela: escribir una obra que pueda sustituir a la mala literatura e intentar, como se ha dicho, siguiendo a Medina, Herrera o fray Luis, que la lengua castellana moldee cualquier materia artística o científica y pueda competir en copia y elegancia con las ilustres antiguas y modernas. Esto es, incluirse él entre los primeros que ha abierto ese nuevo horizonte y pasar al catá­logo de los inventores de las cosas.

En esa juvenil égloga en prosa, como la denomina Cervantes siempre preocu­pado por la clasificación de los géneros y especies literarias, se atiende a cuatro principales asuntos complementarios: la praxis y la teoría amorosa por una par­te, y la praxis y la teoría poética por otra. Nos interesan estas últimas. Se incluye en la obra la habitual antología de versos - un ars poetica como la entenderían Sánchez de Lima (1580) o Rengifo (1592) - y se discute de la teórica de la poesía. Tirsi y Damón son los «filósofos disfrazados de pastores» encargados de susten­tar estas cuestiones. Cervantes ya actúa como historiador de la literatura al in­cluir un breve repertorio de primeros versos del divino Francisco Figueroa, que tan bien aunaba armas y letras. Rinde un sentido homenaje al fallecido Meliso - don Diego Hurtado de Mendoza, al parecer -[6] y traza en el Canto de Calíope la historia de la poesía contemporánea. Para alabar esa extensa nómina de poetas vivos - la más completa de su tiempo - por regiones o «naciones», como se de­cía entonces, debió acudir a distintos amigos bien informados sobre la materia. No tanto para ayudarle a la configuración de la lista, que Cervantes parece co­nocer de primera mano, como para la otra, la de los poetas muertos, de más difí­cil acceso. A pesar del género panegírico y lo exhaustivo de la nómina para ad­mirar a los lectores extranjeros ante tal multitud de vates hispanos, el buen crítico que fue siempre Cervantes, salvo la inquina hacia el Lope maduro, supo valorar a los consagrados, como fray Luis o Herrera, y a los jóvenes como los Ar­gensola, el Lope joven y, sobre todo, a Góngora que apenas habían entrado en la veintena. Quizá el treintañero escritor, que estaba a punto de entrar en la cua­rentena - su primera y última - , quería atraerse a esos jóvenes que comenza­ban a superar a los grandes poetas y a la generación, grupo o escuela de los ami­gos alcalaínos, a los que siempre fue fiel. Poco podían aportar ya a la nueva poesía de los Argensola, Lope y Góngora los Figueroa - a quien tanto admiró y con razón - , Padilla, López Maldonado y, menos, Laínez, Lucas Rodríguez y demás poetas de la «escuela de Alcalá», aunque su importancia en la historia de la lírica sea tan patente como poco conocida.

Cervantes quería, como se ha dicho, sin duda asombrar a los extranjeros con la multitud de poetas españoles. Pero también él es uno de ellos y que posee sobre el tema una información privilegiada hasta el punto de poder escribir «la primera historia de la poesía contemporánea». Años más tarde, el joven Pedro Espinosa llevó a cabo «la primera antología consultada» en las Flores de poetas ilustres (1605, pero dispuesta en 1603), naturalmente para incluirse en ella él mismo y sus amigos junto a Góngora, Lope, Arguijo o Quevedo. Es de suponer que Cervantes espe­raba también que alguno de los incluidos en su extenso panegírico comprara una obra en la que venían sus nombres y alabanzas en letra de molde, y que, si ha­bía ocasión, le mencionaran con iguales o superiores hipérboles laudativas en las suyas.

No debió ocurrir así, porque, tras un silencio editorial de veinte años, nadie quiso participar con poemas panegíricos en los preliminares del Quijote . En esta Primera Parte (1605) se trata con frecuencia de literatura, como teoría y como pra­xis, y, desde luego, como historia. También en esto Cervantes era aristotélico y ex­plica la teoría desde la práctica, los orígenes de los géneros y especies poéticas: Origen y progresos, como gustaban de intitular los historiadores del siglo xviii . Me detendré solo en algunos momentos del Quijote que con mayor uniformidad y coherencia tratan del tema: el escrutinio (I, 6-7) y el episodio del canónigo (I, 47-48).

Don Quijote poseía una rica biblioteca: un centenar de tomos in folio y otros en tamaño menor. Unos trescientos volúmenes más o menos, como comunica de forma explícita a Cardenio (I, 24). Era, además, bibliófilo, pues sus libros estaban rica­mente guarnecidos, lo que sorprende en un hidalgo de El Toboso, que quizá los mandara encuadernar a Toledo. Excelente biblioteca para un profesional, pero también por el número y calidad de las obras literarias. Pocos inventarios de la época reúnen tal cantidad de esos rarísimos volúmenes. Cervantes trabajaba con escasos materiales bibliográficos anteriores y no era fácil reconstruir una historia literaria desde esos presupuestos. Él sabe que Amadís de Gaula es el primero en su género; ha leído un ejemplar de la traducción castellana del Tirant lo Blanc, impresa solo una vez y casi un siglo antes (1511); toda la serie de los Reinaldo de Montalbán, incluido el Baldo (1543), aunque no se cite; y toda la parentela de los Amadises y Palmerines, Cirongilios, Félixmartes y demás ralea. Reunir esta amplísima colección de antiguallas no era fácil entonces y, menos, ahora. Él fue el primer historiador de los libros de caballerías. Por desgracia, añadamos, para la fama póstuma de esta clase libros tan interesantes por sus detalles, aunque, desde luego, Cervantes seleccionó muy bien los valores literarios de unos y otros.

Sabe que el Lazarillo es el primero en el género picaresco: «¡...mal año para Laza­rillo de Tormes y para todos cuantos de aquel género se han escrito o escribieren!», apostilla exclamando Ginés de Pasa­monte (I, 22). Conoce la totalidad de los libros de pastores - que antes denominaba églogas en prosa - , desde la Diana , «primero en semejantes libros», hasta Ninfas de Hena­res y desengaño de celos, aunque no menciona la Arcadia de Lope, que, por supuesto, ha leído muy bien y con la que se ensaña en el prólogo y en el capítulo 48. Sus juicios sobre Alonso Pérez o Lofrasso, como los emitidos sobre la mayoría de los libros de caballerías, han pesado como una losa para un estudio objetivo de ambos gé­neros. Hay que reconocer, no obstante, que Cervantes llevaba razón en sus finas apreciaciones como espléndido lector, historiador, crítico y práctico del arte. La Galatea , naturalmente, se encontraba también en los anaqueles que guardaban los libros de pastores. El Cura, «grande amigo» del autor, emite un juicio ambi­guo pero con buena propaganda: «Propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la Segunda Parte que promete». Cervantes, como hemos de ver, también cuidó con sabia habilidad la propaganda de sus futuras publicaciones. Inventaba el marketing literario.

Aunque ya había hecho en el Canto de Calíope el elogio de Pedro de Padilla y de Gabriel López Maldonado, sus amigos alcalaínos, les vuelve a rendir nuevo ho­menaje en ese capítulo, al igual que a Alonso de Ercilla, Juan Rufo, Cristóbal de Vi­rués y Barahona de Soto, que con buen criterio considera los autores que mejores obras épicas compusieron. Y, en efecto, acertó. Más curiosa es la alusión a las fá­bulas mitológicas de Barahona, raras piezas en octosílabos, que solo han llegado a nosotros en un manuscrito.

Siguió mencionando otros libros de caballerías en I, 47, juicio más interesan­te para su poética que para su labor de historiador - aunque describe con ma­gistral síntesis, la trama, temas, motivos de aquéllos - y su preocupación por la clasificación de los géneros, le lleva a denominar a éstos y a la llamada novela de aventuras, griega o bizantina, como épica en prosa: «...que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso». De paso hace una estupenda lista de la caballería real, acudiendo a las crónicas de la Edad Media , como la de don Pe­ro Niño, don Juan segundo, don Álvaro de Luna o el relato del Paso honroso de Suero de Quiñones, puntualmente tratado por Rodríguez de Almela. Aquí Cer­vantes se manifiesta como excelente historiador, crítico, de la historiografía. La relación entre Historia y Poesía es tema central, como es sabido, en el proceso creador cervantino.

En I, 48 se inicia la historia del teatro español que se completa en el prólogo de las Comedias y entremeses (1615). Por allí circula el teatro de los años 80 y 90 con los elogios a Lupercio, Rey de Artieda, Tárrega, Aguilar, Virués. Y también los ata­ques, bajo capa de elogios, a Lope y, por supuesto, a sus obras. Menciona en ese ca­pítulo varios títulos de sus comedias, que, todo hay que decirlo, no se publicaron en su colección de 1615, por motivos claros: eran antiguallas técnicas y de otro tipo. Pero él figura, de nuevo, entre los primeros inventores.

Ya se ha hecho referencia a la dedicatoria y prólogo de las Novelas ejemplares (1613). La primera se abre con las obsesiones cervantinas por la clasificación y reglas de los géneros, en este caso menorísimos: «En dos errores casi de ordinario caen los que dedican sus obras a algún príncipe. El primero es que en la carta que llaman dedicatoria, que ha de ser breve y sucinta, muy de propósito y espacio, ya llevados de la verdad o de la lisonja, se dilatan...».

En el prólogo, además de la vida y obras, también trata del género, malquisto por los moralistas, de las novelle , y vuelve a incluirse en la nómina de los españoles que han sido primeros inventores del género: «y más que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas estranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas». Y, en efecto, «es así». Como siempre, en esta ma­ravilla de novelas cortas, superado el género con el que Cervantes entra en compe­tencia para sobrepujar al modelo, de acuerdo con las teorías literarias de la época sobre la función de la imitación, las alusiones a la serie literaria se suceden. Me limito al enfrentamiento tácito con Alemán en el Coloquio de los perros y a una cita de un «Garcilaso sin comento» en El licenciado Vidriera . Hay que leer esta última a la luz de ciertos pasajes del Quijote sobre las Anotaciones a Garcilaso de la Vega (1580) de Fernando de Herrera. No solo del hurto de la Dedicatoria , que podría ser, como ha demostrado Rico, [7] del impresor Cuesta, sino de una alusión a una enmienda ope ingenii del sevillano a la Égloga III, vv. 63-64: «El agua baña el prado con sonido, / alegrando la yerba y el oído». Herrera corrige, quizá bien, en: «alegrando la vista y el oído». Cervantes la recuerda en el siguiente pasaje del Quijote (II, 61): «Volvióse Roque: quedóse don Quijote esperando el día, así a caballo como estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones de la Aurora , alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el oído...». Garcilaso fue su poeta preferido con enorme distancia sobre los demás.

Y, como es habitual en los prólogos, en el de las Novelas anuncia sus próximas publicaciones: «Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco los Trabajos de Persiles , li­bro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las ma­nos en la cabeza; y primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de don Quijote y donaires de Sancho Panza; y luego las Semanas del jardín ». [8]

El Viaje del Parnaso (1614) es el suplemento del Canto de Calíope puesto al día: Historia y Crítica de la literatura contemporánea. Como en el resto de sus obras, Cervantes sitúa el poema en un género que entonces era ilustre y se acoge al tam­bién entonces famoso Cesare Caporale. En realidad, no se parece demasiado a su explícita fuente, y bastante más a Boccalini. Si lo menciona es para que quede claro que él va a superar a su modelo, de acuerdo con sus postulados sobre la imitatio . [9]

La mínima trama - una batalla naval entre los buenos y malos poetas - es una excusa para una nueva panegiri de los autores contemporáneos vivos. De los muer­tos solo se menciona a Herrera. Que se trata de una obra de carácter laudativo y no crítico, a pesar del tema y género menipeo, es patente: tan solo se citan por sus nombres en las filas de los malos poetas al pobre Lofrasso y al autor de La pícara Justina ; el resto se integra en el genérico de los Arbolánchez y Timonedas. En cambio, en el bando de los buenos poetas figura la casi totalidad de los escrito­res contemporáneos, desde los coetáneos de Cervantes, como Espinel, hasta los más jóvenes como Quevedo o Villamediana. Por lo que se deduce, Quevedo debió de mantener buena amistad con Cervantes, que lo vuelve a mencionar con afecto en la Adjunta del Parnaso , al lado de Espinel. Quevedo, por su parte, lo alabó siempre.

El viejo poeta - «Adán de los poetas» - y alegre - «yo socarrón, yo poetón ya viejo» - es, claro está, el protagonista de esta ficción autobiográfica. Y la aprove­cha, como en otras ocasiones, para trasmitir a la posteridad su vida y «condición» y sus obras. No anunció en el prólogo sus obras futuras porque ya lo había hecho en las Novelas ejemplares , que habían salido unos días antes y ya era demasiada propaganda. Otra prueba de que Cervantes cuidaba bien el marketing: no desgas­tarlo con reiteraciones innecesarias.

Si en la Primera Parte del Quijote , menciona algunas obras y el tipo de teatro que se hacía entre 1580 y 1590 para arremeter contra la nueva comedia de Lope, en el prólogo de las Comedias y entremeses (1615) traza con singular maestría y cono­cimiento los orígenes del teatro español y sus progresos, desde Lope de Rueda a los más jóvenes contemporáneos. Se trata de una historia muy completa de su de­sarrollo siempre teniendo en cuenta la escenografía. Es pieza de gran interés para el estudio del teatro anterior o coetáneo de Cervantes, y a él debemos datos desco­nocidos sobre el padre del teatro español, «el Lope de Rueda», del que incluye una vida y obra. [10] Por él sabemos que era «batihoja sevillano», «que quiere decir él que hace panes de oro» - por si los futuros lectores desconocían la denominación exacta del oficio - , que está enterrado en la catedral de Córdoba y que era un mag­nífico actor en sus papeles entremesiles. Es extraño que solo mencione los coloquios pastoriles en verso, porque no ha llegado ninguno, aunque por el propio Cervantes - que incluye unos versos en Los baños de Argel - y una alusión de Lope, sabemos que Timoneda había editado al menos unos coloquios pastoriles en verso, uno de los cuales se denominaba Gila, que es el que ambos escritores ci­tan. La nómina de autores y sus características individuales es bastante completa, aunque sorprende la omisión de Tirso de Molina o de Ruiz de Alarcón. El prólogo está escrito como historia del teatro español para españoles y, sobre todo, para extranjeros, por eso los elogios a Lope de Vega deben leerse desde ambas perspec­tivas. No creo que a Lope le hicieran excesiva gracia las hiperbólicas alabanzas procediendo de Cervantes. Y, claro está, el prólogo está compuesto para situarse el autor en su momento, cuando triunfaba en la escena hasta que tuvo que dedicarse al oficio de alcabalero («tuve otras cosas en que emplearme»). Y también en el gé­nero fue primer inventor de dos novedades: la reducción a tres actos y la presen­cia de figuras morales en la escena:

 

Y esto es verdad que no se me puede contradecir (y aquí entra el salir yo de los límites de llaneza) que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tra­tos de Argel que yo compuse, La destrucción de Numancia y La batalla naval , donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas de cinco que tenían; mostré, o por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes. Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta...

 

Pero en afán para pasar como primer inventor, no tiene inconveniente en men­tir como un bellaco, pues ni las comedias tenían cinco actos, sino cuatro que es la división de los Tratos y de la Numancia , ni lo de las figuras morales, que ya estaba en el teatro de colegio, en especial el de los jesuitas.

En la segunda parte del Quijote (1615) las alusiones a la historia literaria son menos frecuentes que en la Primera , pero no faltan, como es caso del episodio del Caballero del Verde Gabán o la visita a la imprenta barcelonesa. Y en el prólogo vuelve a hablar de sus obras pasadas, presentes y futuras: «Olvidáseme decirte que esperes el Persiles , que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea ».

Ya se ha mencionado al Persiles (1617), en donde Cervantes pretende no superar sino competir con Heliodoro, un acto de soberbia literaria «si ya no salgo con las manos en la cabeza». La dedicatoria está escrita tres días antes de su muerte - «Ayer me dieron la Estremaunción ; hoy escribo ésta» - , sin embargo, la vocación historiográfica de Cervantes aflora inconscientemente hasta en esos dramáticos momentos: «Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que co­mienzan: Puesto ya el pie en el estribo...». Sí, se sitúan en su género («coplas»), en su momento («antiguas») y en su recepción («en su tiempo celebradas»). Extraordina­rio y perseverante sentido historiográfico. Y de nuevo propaganda de sus obras póstumas con novedades no anunciadas antes: «Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín y del Famoso Bernardo ; si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura sino milagro, me diese el cielo vida, las verá y con ellas fin de la Galatea , de quien sé está aficionado Vuestra Escelencia, y con estas obras continuado mi deseo».

 

conclusiones: el tercer hombre

 

Todos los datos que en esta conferencia homenaje a nuestro escritor se han utilizado eran y son bien conocidos por los cervantistas, pero no estaban, creo, articulados en un contexto amplio ni apropiado. Como en un rompecabezas, sus piezas se habían utilizado para otros fines: el reconstruir la vida y la obra y la crí­tica literaria - la Poética - de Cervantes. Aquí se ha intentado, «verisímilmente», encajarlas de otra manera para conseguir una figura nueva, la del tercer hombre: Cervantes historiador de la literatura, para incluirse en ella y que los futuros his­toriadores conociéramos con exactitud su lugar en la serie literaria y cómo había sido capaz de superar a sus modelos en ejemplar competencia.

Alberto Blecua


 

1.- * Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner , coords. Isabel Lozano Renieblas y Juan Carlos Mercado, Castalia, Madrid, 2001, pp. 87-97.

Estas páginas se expusieron como conferencia en el III Congreso de la Asociación Internacional de Cervantistas y en la Universidad de Kyoto en 1997. Quiero dedicarlas a Isaías Le rne r, el más cer­vantino de nuestros cervantistas por su talante intelectual y humano.

2.- Gregorio Mayans y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra , ed. Antonio Mestre, Espasa-Calpe, Madrid, 1972; Cristó­bal Pérez Pastor, Documentos cervantinos , Fortanet, Madrid, 1897-1902, 2 vols.; Luis Astrana Marín, Vi­da ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra , Instituto Editorial Reus, Madrid, 1948-1958, 7 vols.; Jean Canavaggio, Cervantes , Espasa-Calpe, Madrid, 2.ª ed. revisada, 1997. Muy importante es la colección documental recientemente publicada por Krzysztof Sliwa, Documentos de Miguel de Cervantes Saavedra , Eunsa, Pamplo­na, 1999.

3.- Jaime Fernández S.J., Bibliografia del «Quijote» , Centro de Estudios Cervantinos, Alcalá de Hena­res, 1995; José Montero Reguera, El «Quijote» y la crítica contemporánea , Centro de Estudios Cervantinos, Alcalá de Henares, 1997; Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha , dir. Francisco Rico, Crítica, Barcelona, 1998, 2 vols.

4.- Michael de Cervantes Saavedra , Hispalensis natu aut origine, quorum primum con­firmare est videtur dum sibi puero Hispali vissum fuisse eum De Rueda, comoediarum scriptorem & auctorem inter nos antiquissimum, in prologo suarum Comoediarum scribit; alterutrum ex cognomi­nibus, quae Hispalensium familiarum nobilium sunt, infertur. Tempore quo floruit usque ad nostram fere aetatem, scilicet ingenii, praestantia & amoenitate, unum aut alterum habuit parem, superiorem neminem, versa non minus quam soluta oratione in paucis diseretus. Plura nobis reliquit sui monu­menta, quae quidem cupidissime ab iis, qui in eloquentiae nostratis campo exerceri amant, generaliterque ab omnibus omnium gentium jucundae hujus fabularum adinventionis sectatoribus (habent fere omnes Europaei earum praecipua idiomate suo loquentia) in ulnis geruntur & pro merito cele­brantur» ( Bibliotheca hispana nova , apud Joachimum de Ibarra, Madrid, 1783, II, p. 133).

5.- Véase José Enrique Laplana Gil, «Gracián y la fisiognomías», Alazet , IX (1997), pp. 103-124. Cf. el texto de Ambrosio de Bondía de 1650, basado en buena parte en la Physiognomía humana (1648) del je­suita H. Nicquet que aporta el autor del artículo (p. 105, n.5): «Nariz larga, al extremo corva, puntiagu­da, que se dice aguileña, es señal de magnánimos, generosos y reales [...]. Toda nariz desproporcionada muestra mal ánimo y peor corazón [...]. El cabello templadamente negro y blando arguye ingenio [...]. La [frente] dilatada, grande y ancha, y la que toca más en pequeña que en grande con enormidad, ar­guye grande ingenio y mucha capacidad [...]. Ojos templadamente risueños muestran un ánimo de todas maneras y para todas cosas bueno [...]. Boca pequeña, señal de temor y poco comedor: es propio de mujeres [...] grande boca señal de destemplado y atrevido y hablador, y si es mujer, es para poco dama y muy hombrón [...]. Dientes claros y pocos, señal de poca vida [...] los de mediano cuerpo y que tocan más en grandes que en pequeños, si en las demás partes están con proporción, son hábiles para cualquier ciencia y arte».  

6.- Es muy probable que el prólogo a nombre de fray Juan Hidalgo, el editor de las poesías de don Diego en Madrid, Juan de la Cuesta , 1610, sea del propio Cervantes, como trataremos en otro lugar.

7.- Francisco Rico, «El primer pliego del Quijote », Hispanic Review , LXIV (1996), pp. 313-336.

8.- Aunque Daniel Eisenberg publicó el fragmentario Dialogo de Cilena y Silenio como perteneciente a este título cervantino (Miguel de Cervantes, Las Semanas del jardín , Diputación Provincial de Salamanca, Salamanca, 1988), no parece ser suyo, porque es autógrafo, con correcciones, y la letra no es de Cervantes. El fragmento, como género, tiene to­do el aspecto de tratarse de un coloquio sobre el amor compuesto para algún discurso de Academia.

9.- Véase ahora Pedro Ruiz Pérez, «Contexto crítico de la poesía cervantina», Cervantes , XVII (1997), pp. 62-86.

10. -Véase Alberto Blecua, «De algunas obras atribuidas a Lope de Rueda», Boletín de la Real Academia Española , LVIII (1978), pp. 403-434 (artículo reeditado en este volumen).

 

Éstas páginas son fruto de la colaboración entre el Departamento de Filología Española y la Biblioteca d'Humanitats

Contenido: Rafael Ramos, Francisco Rico, Mercè Bausili y Montse Gutiérrez
Diseño: Santi Muxach

noviembre 2005
Hipatia - Biblioteca d'Humanitats