Imágenes del Quijote:
la trayectoria de las ediciones ilustradas

El contexto historicosocial de los episodios catalanes del Quijote

 

Los escasos días que don Quijote y Sancho pasan en tierras catalanas se caracterizan, narrativamente, por el encaje verosímil de la ficción novelesca en el contexto histórico contemporáneo, pues en Cataluña el hidalgo presencia cosas que "tienen más de lo verdadero que de lo discreto". Son sucesos menos fabulosos y cómicos que los inmediatamente anteriores (como la aventura del rebuzno), porque Cervantes nos adentrará en dos contiendas fratricidas: la que dividió la cristiandad española llamada vieja, frente a la de origen morisco, y la de los bandos catalanes, enfrentados entre sí e, indirectamente, con el gobierno central por seculares agravios, históricamente documentados.

El "precursor" de dicha incursión de la fábula novelesca en la historia es Sancho, quien, al poco de despojarse de sus arreos de falso gobernador de la ínsula de Barataria (II, 54), topa frontalmente con la realidad, que se le presenta abruptamente en la persona de un testigo privilegiado de la historia de aquellos años, su paisano y amigo Ricote, [1] uno de los 300.000 moriscos expulsados que, tras muchas peripecias y desgajado de su familia, vuelve disfrazado, desde Alemania, a buscar su dinero escondido, [2] con sus compañeros de camino alemanes, todos embutidos en hábitos frailunos. La conversación, la comida, la confraternización con Ricote y sus compañeros y otras circunstancias del revelador encuentro hacen que Sancho asuma un compromiso moral, inexistente hasta entonces, que se sustancia, por una parte, en el rechazo definitivo de sus anteriores función de gobernador e identidad ficticia, impuestas por los Duques y sus cómplices; por otra, en el consiguiente autoconocimiento, que ha ido alcanzando progresivamente, y, en tercer lugar, por la vuelta al 'orden natural' y a la realidad histórica debidamente contextualizada, que literariamente se refleja retomando la lógica narrativa de la novela. [3] Dicho cambio del escudero lo corroborará don Quijote, cuya compañía recupera en el capítulo siguiente, una vez liberado, él también, de los novelescos embelecos de los ociosos y ficticios duques.

No contribuye poco a la determinación de Sancho el encuentro con el "caritativo" Ricote, "apacible gente", y "discreto", que habla, como español que es y del mismo pueblo que Sancho, "en voz muy alta y muy castellana. sin tropezar nada en la lengua morisca". Ha recalado en Alemania porque

allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia" (II, 54). [4]

De sus palabras se desprende que ser un buen cristiano y abrazar la "libertad de conciencia" era incompatible en España. Por supuesto, no reclama meramente la libertad interior, de raíz estoica, que, recientemente recuperada, exalta, unos capítulos más adelante, ya cerca de Barcelona, el libresco don Quijote:

- La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres [...] ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede la obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo! (II, 58, p. 1094)

 

Ni la que quiere volver a abrazar el propio Sancho unos capítulos antes, esta vez de regusto epicúreo y que hubiese firmado el Góngora de la letrilla "¡ándeme yo caliente y ríase la gente!": [5]

 

- Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad... Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos [...]; y más quiero recostarme a la sombra de una encina [...] que acostarme con la sujeción del gobierno (II, 53, p. 1065)

 

Ricote, digo, no se limita a la defensa de la libertad individual o interior, preconiza la defensa de la libertad colectiva y de culto, sin imposiciones, con el grado de asimilación que se quiera a la cultura o religión oficiales. [6]

Que en esta Segunda parte del Quijote se cuele de rondón, en las personas de Ricote y de su hija Ana Félix, la expulsión colectiva de los moriscos, de 1609-1614, [7] es altamente significativo y nos marca el nuevo cariz que tomará desde este momento la narración, porque hasta aquí Cervantes había prescindido del contexto historicosocial. En este momento de relato y en el reino de Aragón, camino de Barcelona, quiere dar fe de un hecho sin precedentes en la historia de la cristiandad, la expulsión de un colectivo en su totalidad; un desgarro político y doctrinal no previsto por leyes civiles ni religiosas, pues era un pueblo bautizado, cuyos hijos, supervivientes de una cultura multisecular, perfectamente entrañada en nuestra historia, fueron arrancados violentamente, sin ningún miramiento, y arrojados fuera de nuestras fronteras. La expulsión tuvo, además de las obvias repercusiones morales, otras de orden politicomilitar, [8] económico [9] y particularmente social, [10] pues, contrariamente a lo que puede suponerse, no se compensó con los bienes de los expulsos a las clases bajas o medias, sino a la nobleza. [11]

Para justificar la expulsión, como es sabido, se les acusó de todos los pecados sociales posibles: de haber aumentado su población sin tasa, como denunciaron los procuradores de las ciudades en las cortes de 1588-1590; [12] de haberse abstenido de participar en cualquier empresa estatal que implicase sacrificio personal o económico, como la guerra; de convertirse falsamente y de practicar su culto en secreto; [13] o bien, en fin, de haber traicionado a las más altas instancias:

conspiraban estos enemigos rabiosos contra las persona y corona real, y contra la religión cristiana. hurtaban niños cristianos y los vendían; maltrataban a todos los cristianos que podían. Los delitos de los moriscos de España más sabidos y conocidos de todos eran. herejía, apostasía y dogmatización. [14]

 

A la expulsión, además, no le siguió ningún debate público, ni generó ningún tipo de crítica en la primera mitad del siglo XVII, aunque sí produjo una honda herida e hizo aflorar polémicas y contradicciones. Como contradictoria es la postura del mismo Cervantes, quien, a pesar de la obvia comprensión hacia Ricote, a quien pinta igual que Sancho en todo (habla la misma lengua, es del mismo pueblo, su mujer e hijas son "católicas cristianas", España es su patria natural, etc.), no duda en considerarlo parte de una comunidad que para el reino de España fue como una "sierpe en el seno"; ni en poner esta definición autoinculpatoria en boca del mismísimo morisco, que justifica la expulsión de su pueblo, pero sin poder mitigar la enorme nostalgia que siente por España, su "patria natural":

me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos firmes y verdaderos, pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos en casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro... Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural (II, 54, p. 1072). [15]

Sea sincera o hipócrita dicha confesión, [16] la postura de Cervantes es a primera vista ambigua, aunque sólo sea porque Ricote se presenta con un grupo de pseudoperegrinos extranjeros que han venido a España para reunir cierta cantidad de dinero. Con todo, Cervantes cree en la buena intención de Ricote y en la posibilidad de haberse podido integrar a los moriscos, en vez de recurrir a la drástica medida de la expulsión.

Análogas situación y contradicciones van a encontrar el lector cinco escasos capítulos más tarde, justo después de haber renunciado a entrar en Zaragoza para desmentir la Segunda parte apócrifa de Avellaneda. Don Quijote y Sancho dan de bruces con otro problema social parecido, multisecular y de difícil solución política: la pervivencia del bandolerismo. [17] Su repentina aparición les indica que han entrado en Cataluña:

Levantóse Sancho y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y yendo a arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban la cabeza y, alzando las manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas.... Tentólos don Quijote y cayó luego en la cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:

-No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados, que por aquí los suele ahorcar la justicia, cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona (II, 60, p. 1118)

 

Al poco se encuentran con una de las más célebres bandositats , también históricamente documentada, la de Perot Rocaguinarda, [18] aunque Cervantes enmascara levemente el nombre real dividiendo en dos el apellido compuesto: Roque Guinart. Conocido antonomásticamente como "Perot lo Lladre" (se le dedicó una calle de Barcelona con ese nombre), fue un miembro conocido de uno de los dos grandes bandos de origen medieval: los nyerros ('lechón' en catalán); el otro, el de los cadells ('cachorros'). [19] Ambos representan dos antiguas bandosidades entre dos familias y facciones, que se habían ido ampliando y diseminando por toda Cataluña, de carácter interclasista y sin ideología concreta, pues se era de uno u otro bando por vinculación familiar o local. Las correrías de los partidarios de ambas facciones se extendieron "a principios del siglo XVII por todo el Principado, y miembros destacados de ellas ocuparon altos cargos: el obispo Robuster de Vich fue... un furibundo y belicoso cadell , y Alexandre d'Alentorn, diputado militar de la Generalidad entre 1614 y 1617, fue un decidido nyerro ". [20]

La existencia de bandolerismo, de uno y otro signo, ha sido habitualmente explicada, e incluso justificada, como consecuencia del forzado repliegue del Principado en "un racó de la Mediterrània", [21] por la falta de opciones de gobierno efectivo y de expectativas históricas, enfatizada por la "deserció de les grans empreses nacionals per part de la noblesa". Se han subrayado las hazañas de Rocaguinarda para ridiculizar la autoridad de un gobierno central al que, en parte, se hacía responsable del bandolerismo, pues ante dicho poder, los bandoleros como él representan a los catalanes "ofendidos", que "con facilidad" dan o quitan "la vida por la honra". [22] Al mismo tiempo, Roque manifiesta "no sé qué deseos de venganza" (II, 60), los propios de los hijos de una sociedad que desconfía de las autoridades, lejanas y recelosas. [23] Así nos pinta Cervantes a Roque, como un buen representante del agresivo descontento catalán por su fiera nobleza de ánimo y la estatura heroica que le habían dado hazañas de sabor caballeresco, tan admiradas por don Quijote: "Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trescientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida" (II, 61, p. 1129). Se ajustase o no a la leyenda romántica posterior, cuando, en 1614, Cervantes retrata novelescamente a Roque como forajido impune, es como si dijera que el aumento del rigor no puede acabar con la disidencia que representa. Era también un modo de aludir a la posibilidad real de atraerse a los catalanes agraviados, si para ello se usaban, en vez de los recursos violentos, los que permitiesen su incorporación al orden nacional. Tal como procederá, históricamente, el propio Rocaguinarda, que fue indultado por el virrey, atendiendo las súplicas de personas notables y religiosas e invocando el bien común. [24]

Al igual que el de los moriscos, y análogamente enmarcado en su complejo contexto historicosocial, presenta Cervantes el problema de los bandos. Pero teñido, otra vez, de la necesaria ambigüedad, porque por una parte subraya la "justicia distributiva" que guía las acciones de Roque Guinart y resalta el sentido igualitario de la vida de bandidaje. [25] Por otra, sin embargo, parece aludir al desnivel económico que latía en la crisis catalana; [26] hasta tal punto, que el énfasis cervantino en la ecuanimidad en el reparto parece mostrárnoslo del lado del fenómeno antisocial del bandidaje, cuyos métodos y medios de vida demuestran, a contrariis , la otra injusticia en la que España se ve inmersa: injusticia social, donde la nobleza lo posee todo ¾ y más con los bienes recientemente expropiados a los moriscos ¾ y el pueblo vive miserablemente.

Fuera de las fragosidades en que se esconde, tampoco hay que olvidar que Guinart cuenta con importantes valedores en Barcelona, entre aquella nobleza e incluso entre los consellers y miembros de la Generalitat y del Consejo Real. Una figura encarna esta conexión entre el bandolero con las altas esferas: Antonio Moreno, nyerro como él y verosímil representante de la rama oligárquica urbana del fenómeno más definitorio de Cataluña: el citado bandolerismo; será, además, el encargado de acoger en su casa a don Quijote. Al introducir a Moreno, Cervantes quiere presentar al rico catalán como una rama "legal" del bandolerismo, enmarcado en una ciudad compleja, burguesa, poderosa, que, complementariamente, patrocina el latrocinio y que acoge a bandoleros en sus hogares. La complicidad del nyerro Moreno no le impide ser consejero del virrey, porque sólo un posibilista como él es capaz de afrontar los casos de los bandoleros y moriscos, a sus ojos (como a los de Cervantes) muy parecidos, pues la de los moriscos es otra suerte de guerra de banderías, la mayor de España: la de castas y religiones.

El huésped de don Quijote incluso tiene ascendiente en la corte madrileña, aunque para alcanzarlo sea preciso recurrir al soborno, como parece exigirlo el caso de Ricote y su hija Ana Félix, a quien encuentran en el puerto de Barcelona:

 

De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bienintencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo..., dando a entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban (II, 65, p. 1165)

 

Las "dádivas" en la corte, al parecer, son el único modo de conseguir algún tipo de justicia. [27] Aunque así fuese, la de Moreno parece ser la única acción efectiva, vista la histórica pasividad del virrey y la ficticia de don Quijote, que, como aquél, asiste impertérrito a la persecución en el puerto. Es la misma pasividad que don Quijote mantuvo en compañía de Roque en el caso de Claudia Jerónima, como si ambos fenómenos (el bandolerismo y la expulsión de los moriscos) estuviesen relacionados y se presentasen incomprensibles e irresolubles, ya sea para un relevante personaje histórico, como el virrey; ya para uno novelesco, como don Quijote. Frente al arrojo de Roque Guinart y a la influencia y astucia de Moreno, don Quijote no se entera de nada e incluso pretende aconsejar a hombres al margen de la ley de que se comporten legalmente; máxime "cuando ya estaba nuestro bandolero en su cómodo exilio de Italia". [28]

A Roque y a Ricote, según Cervantes, les acomunan las mismas buenas intenciones, pues ambos han sido lanzados a la vida errante, y sólo la inopinada y providencial peripecia puede salvarles; no la justicia ni las leyes contemporáneas. Roque, como el "bien intencionado morisco", confía en su salvación espiritual. El "peregrino" Ricote (II, 63), aun desterrado, ruega "siempre a Dios me abra los ojos entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir" (II, 54). El bandolero, que tiene las manos "más de compasivas que de rigurosas" (II, 60), siempre "mudándose de un lugar a otro" (II, 61), también cuenta con el cielo, que le llevará a servir al rey, a quien había desafiado: "pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro" (II, 60). Parece, pues, plausible que lo que en la novela se decida sobre el caso de uno de los marginados se predica indirectamente sobre el del otro. Frente a estas apreciaciones asimilatorias cervantinas, la justicia real resulta serlo sólo en el sentido de ajusticiar o perseguir a los pobres infelices elegidos como "víctima propiciatoria de una época de crisis". [29]

Para un importante sector de lectores, en cambio, el virrey se opone al poder central por el mero hecho de tomar partido, adscribiéndose a uno de los bandos, y más por haber elegido el de los nyerros y haberse enfrentado a los cadell s, que era la facción más cercana a la autoridad real. [30] También estarían seguros aquellos lectores de que el "gran Roque" (II, 61) no acabaría sus días ahorcado, por sus contactos con el poder local y par tratarse de un forajido que está al margen de la ley por habérsele marginado políticamente con anterioridad, como indicaba Francesc Gilabert en sus Discursos sobre la calidad del Principado de Cataluña (Lérida, 1616), como una de las causas del bandolerismo:

por los pocos oficios [que] tiene Su Majestad para dar a caballeros de capa y espada en Cataluña, por repartir los de su Casa Real a castellanos, esperan poco los de este Principado el alcanzar su merced. [31]

Justificada así la irregular aparición del bandido en la novela, se entiende mejor el partidismo insinuado en el virrey como un acto de subversión ideal, previo y paralelo al de la tentativa de eximir a los Ricotes de la ley que ordenaba su destierro. Porque también se desvirtuó en Cataluña, en contraste con el resto de España, la orden de expulsión de los moriscos, [32] con una impotencia (o negligencia) análoga a la que impedía frenar a los bandoleros. Faltos de protagonismo colectivo, la bandositat y la alienación política de los catalanes había llegado a tal extremo, que se hablaba de restablecer el orden por "conquista" con la caballería e infantería de Castilla. [33]

Frente a la expulsión masiva de moriscos o a la ejecución en "racimos" de bandoleros, Cervantes parece aconsejar su recuperación como ciudadanos útiles al reino. El esperanzado porvenir de un Guinart que se compromete en la empresa común de la guerra había sido tan cierto, que bien podría su ejemplo asegurar que el perdón de los pacíficos Ricotes los haría tan buenos ciudadanos como en 1614 lo era el terrible Rocaguinarda. Recordar la feliz solución que se dio al caso del bandolero para proponer la de los Ricotes, todavía pendiente y nunca culminada en la novela, equivalía a dejar constancia emblemática de cómo podría haberse evitado la tragedia de la expulsión de los moriscos (1609-14), hecho ya irremediable, y de este modo conjurar la separación catalana entre 1640-52, cuyos presagios abundaban. El rigor y la exclusión ¾ se desprende de la reflexión cervantina ¾ sólo podían llevar a un conflicto tan destructor como el que había arrancado de España a sus ciudadanos moriscos.

Porque si sobre los moriscos, esta "nación más desdichada que prudente", había llovido "un mar de desgracias" (II, 65), sobre la catalana se cernían unos nubarrones que no hacían presagiar nada bueno. Tal es el contexto en que inscribe estos episodios, en que Cervantes, al considerarlos conjuntamente y trenzar sus destinos, equipara un colectivo expoliado y expulsado con una nación que ha de recurrir a la bandositat o al soborno en la corte. Una nación que, dominada por bandos y por posibilistas de la oligarquía urbana como Antonio Moreno, no puede ser auxiliada por su inoperante virrey falto de soluciones, que, contrafigura histórica del ensimismado don Quijote, únicamente puede aplicar una política de buenas intenciones.

Guillermo Serés


 

1.- Los estudiosos del Quijote recuerdan que Ricote es un valle de Murcia, cuyos vecinos moriscos fueron los últimos en ser expulsados, en 1614, exceptuados hasta entonces por su antigüedad y fama de buenos cristianos; lo documenta J. B. Vilar, Los moriscos del reino de Murcia y obispado de Orihuela , Academia Alfonso X, Murcia, 1992; se puede leer un testimonio contemporáneo en Marcos de Guadalajara, Prodición y destierro de los moriscos de Castilla hasta el valle de Ricote (Pamplona, 1614). El pensamiento de Cervantes al respecto lo han estudiado M. de Riquer, El siglo del "Quijote" (1580-1680), II. Las letras y las artes , Espasa-Calpe, Madrid, 1986, pp. 219-229; Idem, "Cervantes en Barcelona" [1989], ahora en Para leer a Cervantes , Acantilado, Barcelona, 2003, pp. 287-385; esp. 327-330; J. Salazar Rincón, El mundo social del "Quijote" , Gredos, Madrid, 1986, pp. 201-210; E. Sola y J. F. de la Peña , Cervantes y la Berbería , FCE, Madrid, 1995; H.-J. Neuschäfer, "Un episodio intercalado: el morisco Ricote y su hija Ana Félix ( Don Quijote II, 54 y 63-66)", en ¿"¡Bon compaño, jura Di!? El encuentro de moros, judíos y cristianos en la obra cervantina , Iberoamericana, Madrid, 1998, pp. 63-69; H. Hernández Nieto, "Observaciones en torno a los sentimientos de los moros en el Quijote ", en Europa e Islam tra i Secoli XIV e XVI , IUO, Nápoles, 2002, pp. 965-986; R. Hitchcock, "Cervantes, Ricote and the Expulsion of the Moriscos", Bulletin of Hispanic Studies , LXXXI (2004), pp. 175-185. Complétese con L. P. Harvey, The Moriscos and Don Quijote , King's College, Londres, 1974.

2.- A. Domínguez Ortiz y B. Vincent ( Historia de los moriscos , Alianza, Madrid, 1985 2 , pp. 109-128) desmienten el supuesto enriquecimiento de los moriscos, pues a lo sumo eran pequeños comerciantes, tenderos, tratantes, corredores o profesiones afines. Posiblemente haya llevado a engaño la cantidad total de dinero (197.679 libras) que habían prestado a sus conciudadanos cristianos (p. 126).Véanse también L. Cardaillac, ed., Les morisques et leur temps , CNRS, París, 1983; Idem y B. Vincent, eds., Les morisques et l'Inquisition , Publisud, París, 1990; F. Márquez Villanueva, El problema morisco (desde otras laderas) , Libertarias, Madrid, 1991, pp. 98-195; M. de Epalza, Los moriscos antes y después de la expulsión , Mapfre, Madrid, 1992; AAVV, L'expulsió dels moriscos. Actes del Congrés de Sant Carles de la Ràpita (1990) , Generalitat de Catalunya, Barcelona, 1994. Véase ahora G. Marañón, Expulsión y diáspora de los moriscos españoles [con tres apéndices de L. Suárez Fernández, J. Pérez y G. Anes ] , Taurus, Madrid, 2004, pp. 19-140.

3.- El encuentro con Ricote como culminación de un línea moral cervantina lo explica Alban K. Forcione, "Cervantes en busca de una pastoral auténtica", NRFH , XXXVI (1988), 1011-1143, esp. 1038-1043; en su día, F. Márquez Villanueva ( Personajes y temas del "Quijote" , Madrid, Taurus, 1975, p. 38) ya recalcó la casi total ausencia de distorsión e ironía en el triste y cordial encuentro de Sancho y Ricote; puede completarse con mi artículo "Uso y parodia del algunos recursos retóricos en el Quijote , II, 55" , Bulletin of Hispanic Studies , LXXVII (2000), pp. 47-56, y con el de S. J. Fajardo, "Narrative and Agency: The Ricote Episode ( Don Quijote , II)", BHS (Glasgow), LXXVIII (2001), pp. 311-322.

4.- Domínguez Ortiz-Vincent, Historia de los moriscos , p. 253, creen que Cervantes ha llevado a Ricote a Ausburgo precisamente para poder hablar de la libertad de conciencia; el motivo de la elección de Alemania también lo sostiene Márquez Villanueva ( Personajes y temas del "Quijote" , pp. 277-285), subrayando que en España había una corriente de opinión, minoritaria, favorable a conceder libertad de conciencia a los moriscos. Cito siempre por la edición dirigida por Francisco Rico, Crítica, Barcelona, 1998, p. 1073.

5.- Véase F. Carrasco, 'Cervantes y Góngora: labradores, cabreros y caballeros', en II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, ed. G. Grilli, IUO, Nápoles, 1995, pp. 405-18.

6.- F. Márquez Villanueva, El problema morisco , pp. 129-141, dedica algunas páginas iluminadoras al "mito del morisco inasimilable".

7.- La decisión de expulsarlos la tomó el Consejo de Estado el 4 de abril de 1609, fundándose en la seguridad del Estado; se empezó por Valencia, cuyo bando fue de 22 de septiembre de 1609 (pregonado el 14 de noviembre); el 18 de enero de 1610 se pregona en Sevilla, Murcia y Villa de Hornachuelos, y se permite la salida de Castilla a cuantos moriscos quieran; el 17 de abril se ordena la expulsión de Cataluña; el 29 de mayo, se pregona el bando en Zaragoza; el 10 de julio, en las dos Castillas, Extremadura y la Mancha. En 1614 se da por terminada la expulsión con la de los últimos moriscos del valle de Ricote (Domínguez-Vincent, Historia de los moriscos , pp. 177-200).

8.- Pues "para organizar una defensa de la monarquía, que tenía en el Mediterráneo occidental su principal plataforma económica, era preciso eliminar un peligro de resistencia interna" (L. Suárez Fernández, "Repercusiones políticas de la expulsión morisca",en G. Marañón, Expulsión y diáspora , p. 154).

9.- Influyó en el desarrollo económico por la pérdida de cultivos agrícolas y otras técnicas laborales y productivas, como recuerda G. Anes, "La expulsión de los moriscos: su influencia en cultivos, cosechas y oficios", apéndice del libro de G. Marañón, Expulsión y diáspora , pp. 187-208.

10.- Espcialmente porque, aparte otras ventajas, el régimen señorial se potenció con el traspaso a los señores de las tierras que poseían los moriscos, a la vez que se hacían cargo de los préstamos que a su vez tenían éstos, que importaban más que lo que adeudaban, como explicita R. García Cárcel, Herejía y sociedad en el siglo XVI. La inquisición en Valencia 1530-1609 , Crítica, Barcelona, 1980, p. 103.

11.- "Pues en los frutos de las tierras y derechos no perderán nada, antes ganarán, pues los moriscos tienen el señorío útil y estrados de la tierra; se consolidará... en provecho de los señores directos, y no quedan, como en Granada, las tierras para el rey, sino para los señores, y podrán hacer la población de cristianos viejos a su modo" (A. Domínguez Ortiz y B. Vincent, Historia de los moriscos , pp. 70-71).

12.- "Los moriscos nuevamente convertidos en el reino de Granada crecen en tanto número por ser gente que no va a la guerra, ni se meten en religión, sino que todos se casan y multiplican, y permanecen sin ser entresacados ni disminuidos por los casos en que lo son los naturales destos reinos, a lo cual se agrega que comúnmente usan dieta y son de larga vida, lo que también aprovecha para su multiplicación" ( apud M. de Riquer, El siglo del "Quijote" , p. 222).

13.- P. Cardaillac, Moriscos y cristianos , pp. 32-43, analiza hasta qué punto "la comunidad morisca mantendrá vivas sus costumbres religiosas y, en la medida de sus posibilidades, continuará en secreto practicando el Islam".

14.- Jaime Bleda, Corónica de los moros de España (Valencia, 1618, p. 883), que era un resumen de la vehemente Defensio fidei in causa neophytorum sive Morischorum regni Valencie, totiusque Hispaniae , completada con el Tractatus de iusta Morischorum ab Hispania expulsio (Valencia, 1610). Véase F. Márquez Villanueva, El problema morisco , pp. 101-107 y 232-235.

15.- F. Latorre, "La transformación de Ricote el morisco", Iberoromania , X (1979), pp. 77-84; E. Martínez-López, "Sobre la amnistía de Roque Guinart: el laberinto de la bandositat catalana y los moriscos en el Quijote ", Cervantes , XI (1991), pp. 69-85. Véanse también L. F. Aguirre de Cárcer, "Vestido y disfraz como recurso narrativo y argumental en el Quijote . La cuestión morisca", Actas del III Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas , UIB, Palma de Mallorca, 1998, pp. 363-374; en general, M. A. Bunes Ibarra, Los moriscos en el pensamiento histórico , Cátedra, Madrid, 1983; Idem, "Los otomanos y los moriscos en el universo mental de la España de la Edad Moderna ", en Europa e Islam tra i Secoli XIV e XVI , pp. 685-708.

16.- Hay opiniones para todos los gustos, como resume R. Quérillac, "Los moriscos de Cervantes", Anales Cervantinos , XXX (1992), pp. 77-98.

17.- M. de Riquer, El siglo del "Quijote , pp. 229-249; Idem, "Cervantes en Barcelona", pp. 331-352. Cf. J. Reglà, El bandolerisme català del barroc , Edicions 62, Barcelona, 1966; R. García Cárcel, "El bandolerismo catalán en el siglo XVII", en El bandolero y su imagen en el Siglo de Oro , Casa de Velázquez, Madrid, 1989, pp. 43-54; X. Torres, Nyerros i Cadells: bàndols i bandolerisme a la Catalunya moderna (1590-1640) , RABLB-Quaderns Crema, Barcelona, 1993.

18.- Sin embargo, Cervantes no puede salvar una "contradicción cronológica: los hechos aquí narrados... transcurren pocos días después del 20 de julio de 1614, fecha de la carta de Sancho a Teresa; y en tal año hacía ya más de tres que Perot Rocaguinarda había abandonado su vida de bandolero, se había acogido al indulto y era capitán de infantería en Nápoles" (Riquer, "Cervantes en Barcelona", p. 352).

19.- Son motes derivados, respectivamente, de nombre propios: la baronía de Nyer, en el Conflent (actualmente, Francia), cuyos señores, los Banyuls, crearon la bandosidad o facción ya en el siglo XIII. La otra se remonta a los Cadell, señores de Arsèguel, en el Alto Urgel.

20.- M.de Riquer, El siglo del "Quijote" , p. 234.

21.- J. Vicens Vives, "Un segle sense opcions. En un racó de la Mediterrània ", en R. d'Abadal, dir., Moments crucials de la història de Catalunya , Vicens-Vives, Barcelona, 1962, pp. 199-217; J. J. Elliott, The Revolt of the Catalans: A Study in the Decline of Spain (1598-1640) , Univ. Press, Cambridge, 1963, p. 75.

22.- Los trabajos de Persiles y Sigismunda , III, 12, ed, C. Romero, Cátedra, Madrid, 1997, p. 565.

23.- La "poussée de mécontentement qui rend sympatique l'indiscipline violente, qu'elle défie l'autorité de Madrid interpreté par le viceroi, ou celle des organismes catalans, fort sumis malgré leur prétentions à l'indépendance" (P. Vilar, La Catalogne dans l'Espagne moderne , SEVPN, París, 1962, 3 vols, I, pp. 623-624).

24.- Le indulta a condición de salir de los reinos de España y trasladarse a las compañías de infantería que el Rey tiene en Italia o en Flandes, en las que debe militar diez años ininterrumpidamente. Veinte años, por lo menos, vivió el ex-bandolero en Nápoles como capitán de los Tercios de infantería, poniendo su vida al servicio del bien común al participar en la empresa colectiva de la guerra. Aunque en realidad, fue indultado en 1611, Cervantes no puede confirmarlo, pues la acción de la novela transcurre en 1614, según indica la carta fechada de Teresa Panza y para desmentir a Avellaneda.

25.- "Repartió [el dinero] por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva" (II, 60. p. 1124).

26.- J. H. Elliott, Imperial Spain : 1469-1716 , Penguin, Londres, 1990, p. 353. S. Lorente-Murphy y R. M. Frank ("Roque Guinart y la justicia distributiva en El Quijote ", Anales Cervantinos , XX (1982), pp. 103-113) apuntan asimismo que "la justicia distributiva no funciona como un fenómeno de igualdad, sino como contraparte de la justicia conmutativa en un sistema donde se respetan las jerarquías si ellas se basan en el merecimiento individual y no en distinciones de rango social".

27.- Cf. P. Williams, "El reinado de Felipe III", en J. Andrés-Gallego, ed., La crisis de la hegemonía española del siglo XVII , vol. VIII de la Historia General de España y América , Rialp, Madrid, 1986, pp. 439-440; J. Reglá, Estudios sobre los moriscos , Ariel, Barcelona, 1974, pp. 114, 146, 187-189; Domínguez Ortiz-Vincent, Historia de los moriscos , pp. 197-198.

28.- E. García Santo Tomás, "Aventura fingida y aventura verdadera: Roque Guinart frente a don Quijote", Anales Cervantinos , XXXI (1993), pp. 215-228, 228.

29.- P. Vilar, "El tiempo del Quijote ", en Crecimiento y desarrollo, economía e historia: Reflexiones sobre el caso español , Ariel, Barcelona, 1964, p. 435.

30.- Véase simplemente J. Reglà, El bandolerisme català al barroc , p. 33; J. Salazar Rincón, El mundo social del "Quijote" , pp. 95-96, n. 34.

31.- Lo cita R. García Cárcel, Historia de Cataluña: siglos XVI-XVII , 2 vols., Ariel, Barcelona, 1985, I, 247.

32.- Domínguez Ortiz-Vincent, Historia de los moriscos , pp. 244-250; J. Reglà, Estudios sobre los moriscos , Ariel, Barcelona, 1974, pp. 101-102; García Cárcel, Historia de Cataluña , II, p. 127. Por otra parte, el número de moriscos catalanes no era muy elevado; se calcula que los 5.000 o 6.000 moriscos que vivían en Cataluña representaban sólo un 1% de la población total; se concentraban en tierras de las provincias de Lérida y Tarragona; véase H. Lapeyre, Géographie de l'Espagne morisque , S.E.V.P.E.N., París, 1959, p. 204.

33.- J. J. Elliott, The Revolt of the Catalans , pp. 114-115.

 

Éstas páginas son fruto de la colaboración entre el Departamento de Filología Española y la Biblioteca d'Humanitats

Contenido: Rafael Ramos, Francisco Rico, Mercè Bausili y Montse Gutiérrez
Diseño: Santi Muxach

noviembre 2005
Hipatia - Biblioteca d'Humanitats