RAMÓN
MARÍA DEL VALLE-INCLÁN (1866-1936)
No existe, por el momento, una biografía rigurosa
y bien documentada del escritor, aunque en los últimos
años se están consiguiendo importantes avances
en este terreno. Las primeras biografías que se le
dedicaron abundaban en anécdotas más o menos
legendarias, a partir de las cuales surgía el perfil
de un Valle-Inclán genial, extravagante y provocador,
pero también arbitrario en sus ideas estéticas
y en sus convicciones ideológicas. Lo cierto es que
el propio escritor contribuyó, en gran medida, a
esta visión poco objetiva y mistificada, puesto que
siempre eludió las confidencias sobre sí mismo
y cuando se refirió a su vida lo hizo en clave fabulosa.
Al mismo tiempo quiso, como otros artistas de su época,
presentar una apariencia singular e inconfundible, para
lo cual se vistió de forma atípica y se dejó
crecer barbas y melena. Los quevedos y su manquedad, así
como su extrema delgadez y su declarada afición al
ocultismo, la mística y el haschis, completaron la
imagen de un dandy pobre pero aristocrático con tintes
de fakir. El broche en la construcción del personaje
consistió en la sustitución del nombre civil,
Ramón Valle Peña, por otro apellido familiar
más sonoro y distinguido, el de Valle-Inclán.
Todo ello, sumado a un talante radicalmente inconformista
y a una insobornable vocación literaria, posibilitó
que el personaje y su leyenda se impusieran a la realidad
histórica. En todo caso, esta imagen era mucho más
que una pose: a través de ella, Valle-Inclán
manifestaba su voluntad de distanciarse en todos los sentidos
de la clase dominante, la burguesía.
Valle-Inclán
hacia 1889. Tras finalizar el Bachillerato, Ramón
Valle Peña se había matriculado, a instancias
paternas, en la Universidad de Santiago de Compostela para
cursar Derecho. A la muerte de su padre, se había
visto liberado de unos estudios que no le interesaban en
absoluto y, después de una breve estancia en Madrid,
se embarcó con rumbo a México. En esa primera
estancia mexicana, que se prolongará desde marzo
de 1892 hasta principios de 1893, se afirmará la
vocación literaria del joven escritor. Allí
se dedicará a malvivir de la prensa, a través
de colaboraciones periodísticas de desigual valor
que, no obstante, le permitirán ejercitar su estilo.
Allí se nutrirá de las nuevas corrientes estéticas,
asentadas en Latinoamérica a partir la publicación
de Azul (1888), de Rubén Darío. Y allí,
como prueba palpable de una personalidad literaria que empezaba
a definirse, firmará por primera vez sus escritos
con el nombre de Ramón del Valle-Inclán.
A su vuelta de México, Valle-Inclán se instala
en Pontevedra, donde escribe algunos cuentos que se publican
en revistas literarias. En 1895 sale a la luz su primer
libro, Femeninas, que pasa prácticamente desapercibido
para la crítica y del que apenas se venden unos pocos
ejemplares. El libro presenta seis historias protagonizadas
por mujeres y en él son visibles las huellas del
Modernismo literario: el erotismo complaciente que recorre
todas las narraciones; unas protagonistas sensuales y seductoras
cuyos amantes son nobles, artistas o bohemios; la elaborada
descripción de interiores señoriales o de
espacios exóticos; el empleo del simbolismo religioso
o pagano asociado a la sensualidad; el uso de referentes
artísticos, particularmente pictóricos, para
ambientar la narración; la inclusión de elementos
mágicos o misteriosos; y, finalmente, el recurso
a una lengua literaria que pretende, ante todo, provocar
sensaciones y distinguirse por su novedad.
Un año más tarde, el escritor se traslada
a Madrid, donde frecuenta la compañía de jóvenes
artistas como Azorín, Benavente o los hermanos Baroja.
En la capital, tendrá la oportunidad de acudir a
las tertulias de café -una afición que habría
de perdurar a lo largo de toda su vida- y conocerá
las penurias de una bohemia autoimpuesta. En efecto, a partir
de estas fechas Valle-Inclán tomará una decisión
que habrá de condicionar su futura trayectoria: dedicarse
de forma exclusiva a la literatura. En aquellos momentos,
la [Portada de la revista Madrid Cómico con una caricatura
del escritor. Los versos del pie dicen: «De los literatos
jóvenes / es Valle de los primeros / pues tiene ingenio,
cultura... / ¡Cuánto escasea en el gremio!»]
mayoría de escritores colaboraban en la prensa periódica
como modo de subsistir dignamente, pero ello implicaba una
serie de servidumbres a las que Valle-Inclán no quería
someterse. Los trabajos periodísticos ponían
en juego dos valores que para el escritor eran incuestionables:
su independencia espiritual y su voluntad de estilo. Una
vez anulada su disposición a trabajar para los diarios,
sólo publicará en la prensa algunas críticas
literarias y pictóricas, o bien fragmentos de sus
propias creaciones. En este contexto aparece su segundo
libro, Epitalamio (1897), afín en la temática
y en el estilo a Femeninas y cuya edición será
costeada por el propio autor.
Entre 1898 y 1899 empezará a ponerse de manifiesto
la atracción del escritor por el teatro, que se hace
patente, en un principio, con su participación como
actor en un par de estrenos teatrales. Asimismo, prosiguen
sus contactos con el mundillo artístico de la capital
y es en estos momentos cuando tiene lugar el incidente con
el escritor Manuel Bueno, una pelea trivial que tendrá
consecuencias dramáticas para Valle-Inclán,
puesto que se saldará con la amputación de
su brazo izquierdo. El escritor afrontará este hecho
con su característico aristocratismo, y, lejos de
evidenciar su desgracia, lo convertirá en motivo
literario a través del héroe de las Sonatas,
el Marqués de Bradomín, cuya manquedad responderá,
en la serie narrativa, a gloriosas hazañas. Con el
fin de procurarle un brazo ortopédico -que, dicho
sea de paso, Valle-Inclán no usaría nunca-,
sus amigos (Benavente, Martínez Sierra, Rosario Pino,
entre otros) deciden representar la primera obra dramática
del escritor, Cenizas. El estreno, a pesar de que este drama
no contenía los elementos innovadores de sus obras
teatrales posteriores, constituirá su primer fracaso
de público.
Entre 1902 y 1905, Valle-Inclán publica varias colecciones
de relatos -Jardín umbrío (1903), Corte de
amor (1903) y Jardín novelesco (1905)-, pero, sobre
todo, hay que destacar cinco novelas que irán viendo
la luz de forma sucesiva: por un lado, la serie narrativa
constituida por Sonata de otoño (1902), Sonata de
estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata
de invierno (1905), y por otro, la novela Flor de santidad
(1904). Con estas creaciones, el escritor empezará
a gozar de la celebridad e inaugurará su entrada
en la narrativa moderna.
Las Sonatas se presentan como las Memorias amables de su
protagonista y narrador, el Marqués de Bradomín,
un aristócrata afecto a la Causa carlista que, desde
la vejez, evoca con nostalgia los lances amorosos de su
vida. Bradomín es, en rigor, un nuevo Don Juan, cuya
originalidad se desprende de rasgos aparentemente contradictorios:
por un lado, «feo, católico y sentimental»
y, por otro, «cínico, descreído y galante
como un cardenal del Renacimiento». De esta forma,
el personaje se opone a las características tradicionales
del Don Juan español, a la vez que incorpora trazos
del Casanova italiano.
En abierto contraste con el ambiente aristocrático
y palaciego de las Sonatas, la acción de Flor de
santidad transcurre en una Galicia rural y arcaica, poblada
de mendigos, pastores y leyendas milagreras. El propio subtítulo,
historia milenaria, nos advierte de la intención
de Valle-Inclán al componer esta novela: lo que se
pretende es narrar una historia fijada en un tiempo inmemorial,
a medio camino -dirá el autor- entre los libros de
la Biblia, las epopeyas homéricas y las leyendas
populares gaélicas. Con esta historia milenaria,
Valle-Inclán configura una imagen mítica de
su Galicia natal, que habrá de reiterar en algunas
de sus creaciones inmediatamente posteriores, como el libro
de poemas Aromas de leyenda (1907) o el ciclo dramático
de las Comedias bárbaras.
En 1905, Valle-Inclán va a encabezar la protesta
contra el homenaje a Echegaray, un célebre dramaturgo
de la época al que acababa de concedérsele
el Premio Nobel. Este autor, con sus dramas efectistas y
de un neo-romanticismo trasnochado al servicio de una moral
conservadora, tipifica, para los intelectuales más
destacados del momento, la degradación del panorama
teatral español de finales del siglo XIX y principios
del XX. Mientras en España se perpetuaba esta situación,
abonada por unos empresarios teatrales que no estaban dispuestos
a arriesgar sus ganancias, en Europa el teatro había
experimentado, como las demás artes, una renovación
que alcanzaba a todos los niveles del hecho teatral. En
este contexto, las Comedias bárbaras van a ser la
primera muestra, en el teatro español del siglo XX,
de una dramaturgia radicalmente innovadora, afín
en sus propuestas a las más novedosas creaciones
europeas coetáneas.
Las Comedias bárbaras forman una trilogía
cuya organización argumental no se corresponde con
el orden en que se compusieron las obras. Así, la
que encabeza la serie, Cara de plata, se escribió
en 1922, en tanto que las dos siguientes, Águila
de blasón y Romance de lobos, fueron publicadas en
1907 y 1908 respectivamente. Sin embargo, Cara de plata
se integra a la perfección en el universo dramático
que se recreaba en las dos primeras Comedias. Águila
de blasón fue estrenada en Barcelona en 1907, con
la asistencia del dramaturgo a la representación.
Como era de esperar, el público no supo apreciar
esta obra extremadamente innovadora y el estreno fue un
fracaso.
En agosto de 1907, Valle-Inclán se casa con Josefina
Blanco, una actriz a la que conocía desde unos años
antes y que, según se desprende de las críticas
de la época, era una excelente intérprete.
Un año después, y tal vez impulsado por el
fracaso del estreno de Águila de blasón, publica
una obra mucho menos innovadora, El yermo de las almas,
una nueva versión de aquel drama primerizo titulado
Cenizas. Aunque tal vez el escritor escribió esta
obra con la idea de aproximarse a los gustos imperantes,
el estreno no tendrá lugar hasta 1915 y tampoco merecerá
el aplauso del público.
En cualquier caso, por estas mismas fechas inicia Valle-Inclán
la publicación de una nueva serie de novelas, cuya
temática será la guerra carlista. Hay indicios
para suponer que el plan original era muy ambicioso y contemplaba
la creación de un ciclo más extenso, pero
finalmente se concretará en una trilogía:
Los cruzados de la Causa, de 1908, y El resplandor de la
hoguera y Gerifaltes de antaño, ambas de 1909. En
este mismo año se publicarán dos colecciones
de relatos, Cofre de sándalo e Historias perversas.
Aunque la temática carlista ya había aparecido
en obras anteriores, es en esta trilogía donde se
convierte en tema central. De hecho, entre 1909 y 1911 va
a producirse la aproximación del escritor al carlismo,
una opción política cuyo programa se sintetizaba
en la divisa «Dios, Patria, Fueros y Rey». El
carlismo era, por tanto, la doctrina tradicionalista por
antonomasia, y aunque tenía escasa relevancia en
el panorama político de la época, en la primera
década del siglo hubo de experimentar un cierto auge.
Valle-Inclán, hasta entonces tradicionalista a secas,
se declarará carlista militante, si bien su talante
inconformista y sus desviaciones de la ortodoxia le distanciarán
a menudo de sus correligionarios. Lo cierto es que el carlismo
suponía la oposición a los nuevos valores
de la sociedad industrial, a la clase burguesa, al sistema
parlamentario y al centralismo político, y, en este
sentido, sus planteamientos coincidían con los del
escritor. De todas formas, Valle-Inclán procederá,
a partir de una visión idílica de la sociedad
agraria tradicional, a una reelaboración muy personal
de la doctrina carlista.
Si la militancia carlista es, en Valle-Inclán, inseparable
de esta imagen utópica del mundo arcaico, tampoco
puede obviarse su permanente atracción por los movimientos
de dimensión popular y colectiva. El inicio de la
Primera Guerra Mundial supondrá la escisión
de los carlistas en dos bandos irreconciliables, aliadófilos
y germanófilos. Si la mayoría de los carlistas,
y con ellos los intelectuales más conservadores,
se declararán germanófilos, Valle-Inclán
-movido sobre todo por su afinidad con Francia, una nación
cristiana que, en su opinión, mostraba en la guerra
«una conciencia más fuerte que la conciencia
individual»- se proclamará partidario de los
aliados.
Como ya se apuntó anteriormente, la pasión
por el teatro fue constante en Valle-Inclán, pero
su dramaturgia era tan innovadora, que sus obras se veían
condenadas al fracaso. Sin embargo, entre 1910 y 1913, antes
de perder definitivamente la esperanza de conectar con el
público, el escritor intentará llevar a la
escena su nueva producción teatral. Ya vimos que,
por el momento, se habían estrenado con escaso éxito
tres obras suyas, Cenizas, El Marqués de Bradomín
y Águila de blasón. Ahora se estrenarán
cuatro obras más: Farsa infantil de la cabeza del
dragón (1910) -publicada en 1914 e incorporada en
1926 a la trilogía Tablado de marionetas para educación
de príncipes-, La Marquesa Rosalinda, Cuento de abril
(1910) -representada el mismo año de publicación
en Madrid y en Buenos Aires- y Voces de gesta. Una quinta
obra cuyo estreno ilusionaba especialmente al autor, El
embrujado, tendrá que esperar hasta 1931 para subir
al escenario.
En 1910 Josefina Blanco inicia una gira por Latinoamérica
a la que se sumará Valle-Inclán en calidad
de director artístico. En Buenos Aires el escritor
pronunciará un ciclo de conferencias, tarea que reiterará
a lo largo de su vida en muy diversos foros y que le servirá
para aumentar sus exiguos ingresos. En este mismo viaje
otra compañía teatral, la de María
Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, contratará
a Josefina Blanco para una larga gira por varios países.
Ya en España, esta compañía pondrá
en escena dos obras de Valle-Inclán: Voces de gesta,
estrenada en Barcelona en 1911, y La Marquesa Rosalinda,
que subirá al escenario en Madrid un año después.
A mediados de 1912, Valle-Inclán decide trasladarse
con su familia a Galicia, dispuesto a vivir como agricultor.
Sin embargo, tiene todavía puestas sus esperanzas
en el teatro, y por estas fechas escribe a una célebre
actriz, Matilde Moreno, para ofrecerle una nueva obra. Se
trata de El Embrujado, una tragedia que cabe situar en la
órbita de las Comedias bárbaras, aunque con
el pesimismo añadido que supone la destrucción
de aquel mundo idílico. En ella se percibe un esfuerzo
de adaptación a la escena, por cuanto se han reducido
los espacios dramáticos. En todo caso, la actriz
no se mostrará entusiasmada con el proyecto, y ello
dará lugar a violentos enfrentamientos con el escritor,
quien zanjará el conflicto con una lectura pública
de su obra en el Ateneo de Madrid. En 1913, Valle-Inclán
inicia la publicación de sus Opera omnia con El embrujado,
que pasará a incorporarse en 1927 al Retablo de la
avaricia, la lujuria y la muerte.
No olvidemos, finalmente, que en 1915 Margarita Xirgu estrena
El yermo de las almas (1908), una obra que la actriz suponía
más adecuada a los gustos imperantes. Significativamente,
el dramaturgo no asistirá al estreno en Barcelona,
ni permitirá que la actriz la represente más
tarde en Madrid. Con este episodio, culminaba el constante
desacuerdo entre Valle-Inclán y la escena comercial
y se iniciaba un largo exilio escénico del teatro
valleinclaniano.
En febrero de 1916 Valle-Inclán publica La lámpara
maravillosa, obra a la que Valle-Inclán concedió
siempre una gran importancia, pues le reservó el
volumen primero de su Opera Omnia, aun cuando esta colección
de sus obras completas había iniciado su publicación
unos años antes. Se trata principalmente de un ensayo
estético, escrito en forma autobiográfica,
en el que se reflexiona sobre el hecho artístico
en general y sobre la literatura en particular. Es, pues,
una obra central en el corpus valleinclaniano por cuanto
en ella se desarrolla la estética y la ética
del autor gallego. La estética no sólo de
sus obras anteriores, sino también y, en buena medida,
de su producción literaria posterior.
Valle-Inclán es ya en estos momentos un escritor
de reconocido prestigio, una autoridad en pintura y en estética,
en definitiva una figura pública de la cultura española.
Así, en julio de 1916, el Ministerio de Instrucción
Pública y Bellas Artes, crea en la Real Academia
de San Fernando una cátedra de Estética, de
la que nombra titular al escritor gallego. El nombramiento
supone un reconocimiento público para Valle-Inclán
y un alivio para su maltrecha economía. Sin embargo,
permanecerá poco tiempo en la cátedra, debido
a la incompatibilidad del escritor con la vida académica
y a problemas burocráticos. Las pocas clases que
impartió tuvieron como escenario el Museo del Prado
y las propias calles de Madrid.
Como se ha dicho ya, en 1915 Valle-Inclán se declara
a favor de los aliados y rompe con el partido carlista,
decididamente germanófilo. Su amigo y traductor francés
Jacques Chaumié lo invitaValle-Inclán en París
en 1916 a París para visitar el frente. El escritor
quiere ser espectador privilegiado de la Gran Guerra y así,
durante mayo y junio de 1916, visita todos los escenarios
bélicos: Alsacia, los Vosgos, la Champaña,
Reims, Flandes y Verdún. Convive en las trincheras
con los soldados franceses e incluso -según él
mismo contará- sobrevuela las líneas alemanas.
A finales de junio regresa a Galicia, y se dedica a escribir
desde el recuerdo su visión de la guerra, que se
publica primero en el diario madrileño El Imparcial
y aparecerá en libro al año siguiente con
el título de La media noche. Visión estelar
de un momento de guerra (1917). El breve volumen tiene gran
significación, pues es un intento -fallido según
su autor-- de aplicar las teorías estéticas
expuestas en La lámpara maravillosa.
Hasta 1919 no volverá nuestro autor a publicar ningún
otro libro. Son años de silencio editorial, que se
corresponden con su dedicación exclusiva a la poesía,
y en los que el escritor, a caballo entre Galicia y Madrid,
reflexiona, medita y labora su posterior producción.
En ningún caso son años estériles,
pues el resultado de esta etapa de silencio será
extraordinariamente fructífero al iniciarse la nueva
década.
Desde 1913 a 1919 Valle-Inclán se dedica fundamentalmente
a escribir poesía, que irá publicando de forma
esporádica en periódicos y revistas. Casi
consecutivamente, reunirá en volumen todos estos
poemas dispersos y de este modo aparecerán La pipa
de kif (1919) y El pasajero. Claves líricas (1920).
Si el primero manifiesta una nueva estética basada
en el juego y la provocación, El pasajero puede definirse
como la versión lírica del autobiografismo
y de las teorías esotéricas y ocultistas vertidas
en La lámpara maravillosa.
El año 1920 supone la consagración definitiva
de Valle-Inclán como escritor. Además de publicar
su poesía, durante este año verán la
luz -por este orden- nada menos que cuatro obras dramáticas
de una calidad excepcional: Farsa de la enamorada del rey,
Divinas palabras -previamente aparecida en la prensa durante
el verano de 1919-, y las primeras versiones de Luces de
Bohemia y de la Farsa y licencia de la reina castiza. La
estética valleinclaniana da un salto cualitativo
y cuantitativo considerable en este verdadero annus mirabilis
de 1920 y sitúa al escritor en la vanguardia literaria
más innovadora.
El teatro de Valle-Inclán en 1920 es un teatro nada
convencional, una dramaturgia basada en las emociones que
genera la acción, en la plasticidad y en la visualidad
de cada escena antes que en conceptos teatrales clásicos.
De esta forma, sus acotaciones son brillantísimas,
literarias y casi cinematográficas por su dinamismo
y los cambios de escenario múltiples. Evidentemente,
se trata una dramaturgia muy difícil de representar
en aquellos momentos, pero no irrepresentable. El escritor,
consciente de las limitaciones técnicas de los teatros,
los actores y el público, buscará alternativas
a las soluciones que le ofrece la escena comercial, en sintonía
con la vanguardia teatral del momento.
En efecto, ya en 1920 colabora en la distancia con el Teatro
de la Escuela Nueva que por aquel entonces dirige su amigo
Cipriano de Rivas Cherif y que intentaría el estreno
de la Farsa y licencia de la reina castiza, impedido finalmente
por la policía. Rivas Cherif, a quien el autor considera
la esperanza de la escena española, intentará
fundar ese mismo año el Teatro de los Amigos de Valle-Inclán,
un frustrado proyecto que tenía por objetivo la puesta
en escena de los dramaturgos europeos más avanzados
y de cuya dirección artística debía
encargarse el propio escritor. Algunos años después,
en 1926, los dos amigos participarán activamente
en las sesiones de El Mirlo Blanco, el teatro de cámara
que los Baroja tenían en el salón de su casa,
donde se estrenará el prólogo y el epílogo
de Los cuernos de don Friolera y Ligazón; ese mismo
año fundarán El Cántaro Roto, intento
de llevar la experiencia privada de El Mirlo Blanco al ámbito
comercial y que fracasará al poco de ser creado.
Publicada por primera vez en forma de folletín en
la revista España (julio-octubre de 1920) con el
subtítulo de Esperpento, Luces de Bohemia verá
la luz como libro en 1924, con el añadido significativo
de tres nuevas escenas. El esperpento supone en la estética
de Valle-Inclán una confluencia total entre la visión
de altura anunciada en La lámpara maravillosa y la
síntesis dialéctica de lo trágico y
lo grotesco. El distanciamiento artístico, la impasibilidad
sentimental y la deformación grotesca de la realidad
contemporánea, por la que Valle-Inclán manifiesta
ahora un mayor interés, son los fundamentos teóricos
del esperpento. Distanciamiento e impasibilidad generados
por la posición elevada desde la que el autor, cual
demiurgo, observa la realidad, y expresión grotesca,
imagen reflejada por un espejo cóncavo, de esa realidad
histórica. En definitiva, de la visión estética
del demiurgo se desprende una actitud ética, pues
el esperpento es la única manera estética
posible de reflejar la tragedia contemporánea, de
revelar su auténtica dimensión grotesca.
La expresión «los felices veinte» podría
aplicarse en cierta forma a la vida de Valle-Inclán
durante estos años ya que, si bien la salud empezó
a jugarle malas pasadas, fue muy intensa su actividad creadora
y proliferaron sus actividades sociales especialmente en
lo que se refiere a viajes. En 1921 visitó México
invitado por el propio Presidente de la República,
el general Álvaro Obregón, y también
La Habana en el viaje de regreso. Las declaraciones de Valle-Inclán
respecto al papel de España en la historia de estos
países molestarán en la Península pero
nadie sospecha aún hasta dónde llegará
la capacidad crítica y provocadora del escritor.
Su rebeldía necesita de una nueva estética
que le permita llevar a cabo una creación vanguardista,
de calidad y de denuncia a un tiempo. Así, reconduciendo
sus convicciones tradicionalistas, fue concentrándose
en el ataque a los principios de las clases sustentadoras
del sistema capitalista (burguesía, ejército,
clero) al tiempo que crecía su interés y comprensión
por la lucha de las clases trabajadoras y por el anarquismo.
Esta radicalización, como decíamos, implica
una respuesta artística. Se trata de la sátira,
que en los años veinte acabará por convertirse
en el elemento esencial de los esperpentos.
Bajo el título de Martes de carnaval reunió
el dramaturgo gallego en 1930 tres obras teatrales ya publicadas
anteriormente: Las galas del difunto -cuyo primer título
fue El terno del difunto (1926)-, Los cuernos de don Friolera
(1921), y La hija del capitán (1927). La unidad de
Martes de carnaval se fundamenta en la forma estética
común (esperpentos), y en el tema, el estamento militar
(«martes», plural de Marte, dios de la guerra),
cuyo protagonismo en la historia española del siglo
XX resulta grotesco («de carnaval») a los ojos
del escritor.
En 1927 recogerá bajo el título de Retablo
de la avaricia, la lujuria y la muerte cinco piezas teatrales
escritas -con excepción de la tragedia El embrujado
(1913)- todas ellas a lo largo de la década; a dos
de las nuevas las denominará «melodrama para
marionetas» (La rosa de papel, 1924, y La cabeza del
Bautista, 1924); y a las otras dos, «auto para siluetas»
(Ligazón, 1926, y Sacrilegio, 1927). La intencionalidad
del autor viene sugerida por el título que las engloba,
pues se trata de plasmar en un «retablo» -un
conjunto de obras autónomas que se integran en un
sentido superior-el mundo de las relaciones humanas, regido
por dos de los pecados capitales (la avaricia y la lujuria)
y la presencia macabra de la muerte.
Tirano Banderas (1926) constituye el primer exponente novelesco
del esperpento valleinclaniano. La visión de altura
alcanzará su desarrollo pleno en este género
que mantiene el mismo distanciamiento del autor frente a
los personajes que en las piezas dramáticas, la misma
deformación grotesca, la misma deshumanización,
etc. En definitiva, apreciamos la misma concepción
de la existencia como absurda, y la misma actitud satírica.
La novela tiene su génesis en el segundo viaje que
el escritor realizó a México en 1921 y al
que se ha hecho ya referencia. El motivo de dicho viaje
fue participar en la conmemoración oficial del centenario
de la independencia del país como embajador oficioso
de la intelectualidad española, solidaria con la
política agraria y educativa del presidente Obregón,
y como respuesta a las presiones del gobierno español
para que el gobierno mexicano compensara económicamente
a la colonia española, cuyos bienes habían
sido expropiados. Durante dos meses Valle-Inclán
pronuncia conferencias, concede entrevistas y recorre el
país en un vagón de tren cedido por el propio
Presidente de la República. En sus declaraciones,
el escritor arremete contra los colonos españoles
-los gachupines- y contra la política española
de chantaje y boicot a México. Una vez de regreso,
sus manifestaciones de protesta se van radicalizando. Paralela
a esta radicalización, o consecuencia de ella, es
la idea de literaturizar la experiencia vivida en América,
hasta que, unos años más tarde, la lleva a
cabo.
Siempre fascinado por la historia del siglo XIX, Valle-Inclán
hizo acopio de fuerzas y material para la redacción
de El ruedo ibérico, serie novelística con
la que quiso tomarle el pulso a la historia española
desde el final del reinado de Isabel II hasta la Guerra
de Cuba. El escritor ideó una obra de conjunto que
iba a dividirse en seis libros, de los que sólo llegó
a escribir tres: La Corte de los milagros (1927), ¡Viva
mi dueño! (1928) y Baza de espadas; si bien este
último se publicó de manera incompleta en
el periódico El Sol en 1932, y mucho más tarde,
en 1958, el fragmento fue editado como libro. La segunda
serie iba a titularse Aleluyas de la Gloriosa y constaba
de España con honra, Trono en ferias y Fueros y cantones.
Hubiera sido la tercera La Restauración borbónica
con Los salones alfonsinos, Dios, Patria y Rey y Los campos
de Cuba. Los títulos indicados nos dan una ligera
idea de lo ambicioso del proyecto, truncado por la muerte
del escritor.
Aunque enfrascado en la redacción de la que Valle-Inclán
considera su gran obra, el escritor permanece atento a cuanto
sucede a su alrededor. Valle-Inclán en Soria en 1929Durante
su estancia en prisión en 1929 había conocido
a algunos de los líderes de la Alianza Republicana,
y cuando, en abril de 1931, se proclama la Segunda República,
Valle-Inclán apoyará con entusiasmo el nuevo
régimen, e incluso se presentará como diputado
por el Partido Radical de Alejandro Lerroux en las elecciones
a Cortes constituyentes de junio de ese mismo año,
aunque no obtendrá el escaño. En 1932 es nombrado
Conservador General del Patrimonio Artístico por
el gobierno de Azaña, un cargo creado especialmente
para él aunque sin demasiado contenido, y del que
el escritor dimitirá en 1933 para hacerse cargo de
la dirección del Ateneo de Madrid. Pero la inquietud
de Valle-Inclán, que se toma todos sus cargos muy
en serio, resultará molesta incluso para las nuevas
autoridades, y en marzo de 1933 es nombrado director de
la Academia Española de Bellas Artes en Roma, donde
residirá poco más de un año. Tras regresar
a España, su enfermedad se agrava e ingresa, a principios
de 1935, en una clínica de Santiago de Compostela;
desde allí manifestará su rechazo al gobierno
derechista, al tiempo que es nombrado miembro de la presidencia
de la Asociación Internacional de Escritores para
la Defensa de la Cultura, aunque no podrá asistir
al Congreso de la misma en París. En Santiago de
Compostela fallecerá el escritor el 5 de enero de
1936, sin poder ver el triunfo de su admirado Azaña
y el Frente Popular en las elecciones de febrero, ni el
golpe de Estado que los «martes» grotescos que
él tanto había ridiculizado convertirán,
a partir del 18 de julio de ese mismo año, en una
larga y sangrienta guerra civil.
© Taller d'Investigacions Valleinclanianes