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Exposició Bibliogràfica
Enrique Jardiel Poncela
desembre 2001

Article F.Valls
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LA LITERATURA INVEROSÍMIL DE JARDIEL PONCELA
por Fernando Valls y David Roas

¿Por qué cuando se acaba de cumplir el centenario del nacimiento de Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), su obra sigue sin ocupar el lugar que le corresponde en la historia de la literatura española? Dos razones pueden aducirse: el cultivo de una literatura de humor, alejada de la conflictiva realidad social que le tocó vivir, por un lado;  por otro, su ideología conservadora y elitista, que lo llevó, en sus inicios, a apoyar el régimen de Franco.

El caso es que la mayoría de los montajes teatrales que hemos visto de sus obras en los últimos años (la excepción es Madre, el drama padre, dirigido por Sergi Belbel), parecen salidos de la noche de los tiempos, desempolvados de los oscuros años del franquismo. Esa derecha nostálgica que se lo ha apropiado (¿por qué el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha puesto en sus manos las escasas celebraciones que se le han dedicado?), al reproducir una estética teatral periclitada hace décadas, le hace un flaco favor al autor, por mucho éxito de público que haya tenido alguna de esas puestas en escena.

Para entender a Jardiel Poncela en toda su complejidad -sea la que fuere- debería conocerse el conjunto de su obra, desde sus colaboraciones en las revistas Buen Humor y Gutiérrez, en los años veinte y treinta, que no parece que se haya tenido en cuenta. No menos imprescindible resulta su inserción en la literatura de su época, lo que sus obras significan en la evolución de los muchos géneros que cultivó.

Jardiel Poncela es autor de una obra variada: multitud de relatos breves y artículos, la mayoría de los cuales se publicaron en las citadas revistas; un libro de máximas o aforismos, género omnipresente en toda su producción; cuatro novelas, claramente vanguardistas e innovadoras, tanto en lo formal como en lo temático, que son imprescindibles -sobre todo Amor se escribe sin hache (1929) y La `tournée´ de Dios (1932)- para entender lo que fue la narrativa de los años anteriores a la guerra civil; y una larga producción teatral -entre la que destacan Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1939), Un marido de ida y vuelta (1939) y, sobre todo, Eloísa está debajo de un almendro (1940)-, género en el que Jardiel obtuvo un éxito similar al que consiguió con sus novelas.

En todas sus obras, tanto en las narrativas como en las teatrales, Jardiel rompe con las formas tradicionales de lo cómico y apuesta por una renovación del humorismo, basada en la estética de lo inverosímil, que entronca con las ideas de Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna. Se trata de una idea del humor, disparatado e imaginativo, que surge como producto de una íntima insatisfacción vital y de una actitud crítica, cínica (wildeana), ante la sociedad de su época, algo que no siempre han sabido apreciar los historiadores de teatro más progresistas. Así, Jardiel, combinando con habilidad la inverosimilitud con situaciones insólitas y sorprendentes, con una hábil dosificación del misterio y la intriga, y con continuos juegos lingüísticos, logra distorsionar la lógica de lo cotidiano para mostrarnos lo vulgar de la existencia. Todo ello fundamentado en una poética antirrealista que le proporciona a su obra una personalidad e interés indiscutibles, mucho mayor que el que se le viene concediendo.

De este modo, hoy nos sigue interesando por su evidente voluntad transgresora y crítica con las costumbres de su tiempo, con el comportamiento de la clase media, a la que consideraba atrasada, opresiva y ridícula, pero también con los gustos literarios en boga, que utiliza como una plantilla sobre la que superpone, como contraste, sus singulares obras, con una clara intencionalidad paródica.

Toda esa voluntad renovadora, no obstante, no siempre pudo plasmarla en sus textos. Esto último se observa con claridad en las comedias (no así en su obra narrativa, mucho más transgresora, experimental y paródica, aunque las tres primeras reiteren una misma fórmula), que no siempre contaron con el aplauso del público. La frecuente ausencia de esa recepción ideal que soñaba para sus piezas teatrales le lleva a manifestar continuamente su insatisfacción, de ahí que Jardiel viviera escindido entre la reivindicación de ese teatro antirrealista e inverosímil y la elaboración de un tipo de comedias que, sin traicionar demasiado sus ideales, suscitara el aplauso del público y de la crítica. Así, uno de sus mayores empeños estribó en imponer su estilo y su visión del mundo, en conseguir unos espectadores que por aquel entonces no existían, educándolos en los mecanismos de su humor nuevo, con la conciencia de que “lo original repugna a los públicos”.