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Universitat Autnoma de Barcelona

De la imitació a la protesta

Aunque la escritura en criollo aparece muy pronto en Île Bourbon con la traducción de las fábulas de La Fontaine que publica Louis Héry (Fables créoles, 1828), quienes dieron a conocer la isla Bourbon en el plano literario fueron los autores extranjeros que publicaron relatos de viajes (Albert Lougnon, Bory de Saint Vincent) y, sobre todo, la tríada poética formada por Leconte de Lisle, Auguste Lacaussade y Évariste Parny. Los años pasados en Reunión por el máximo representante del parnasianismo, Leconte de Lisle, hijo de un colono francés y de una criolla, fueron determinantes tanto en la elaboración de una estética basada en el culto a la belleza como en su ideología anti-esclavista. Otro tanto sucede con Lacaussade, quien rinde honor a la naturaleza de la isla en Poèmes et paysages (1852). Menos célebre que el autor de Poèmes barbares (1862), Lacaussade fue también abolicionista e hijo de francés y de mestiza. Con anterioridad, Parny, igualmente anti-esclavista, había compuesto su obra más conocida, Chansons madécasses (1787), sin haber estado nunca en Madagascar. Las Chansons madécasses fueron publicadas como la traducción al francés de un compendio de canciones malgaches auténticas que en realidad habían sido el fruto de la invención poética de su autor. Además de los poetas oficiales que escribieron en francés y que figuran en las antologías, hubo otros poetas populares cuyas producciones no entendían de fronteras entre poesía y canción, entre palabra, música y danza. Si consideramos que la expresión literaria en Reunión no nace con la escritura, sino en la plantación, siendo la oralidad su forma primera, la obra de estos poetas oficiales que imitan en buena medida a los de la metrópolis, puede ser entendida como una poesía desterritorializada. Sin embargo, sería injusto olvidar aspectos como la repercusión que tuvieron en Francia los discursos abolicionistas sobre la isla de estos poetas o la importancia que Parny otorga al imaginario del otro en sus Chansons madécasses.

La novela colonial que teorizan Georges Athénas y Aimé Merlo, autores que publican conjuntamente bajo el pseudónimo de Marius-Ary Leblond constituye un medio de mantener el orden y la misión civilizadora de Francia. El recurso a una estética realista y etnográfica ratifica la comprensión del universo del dominado y, con ella, su control. Con todo, el miedo al Otro, que debe ser sometido, no impide la emergencia, aunque sea controlada, de su voz en novelas como Ulysse, cafre, ou l’Histoire dorée d’un noir de Marius-Ary Leblond (1924) y una cierta heterogeneidad enunciativa bajo el discurso de la asimilación. Por otra parte, conviene recordar que la novela colonial subraya la especificidad de la isla, aunque sea para convertirla en receptáculo de la pureza, de las costumbres sencillas y de los valores ideales de la metrópolis.

Ya en los años cincuenta, autores como Jean Albany o Boris Gamaleya habían comenzado a explorar el léxico y los ritmos del criollo en un intento de abandonar los moldes de escritura poética franceses. Pero el impulso literario definitivo llega en los años setenta, momento en que la literatura resulta inseparable de la lucha social y política y de la reivindicación de un patrimonio que había permanecido discriminado hasta entonces. En un contexto político marcado por una fuerte opresión y por la resistencia de intelectuales comprometidos, los escritores se posicionan contra la hegemonía cultural colonial. Publicado con anterioridad al conocido ensayo martiniqués Éloge de la créolité de Bernabé, Chamoiseau y Confiant (1989), El Hymne à la Créolie de Gilbert Aubry (1978) no contiene sin embargo una propuesta teórica definida de la identidad criolla más allá de una llamada a los poetas para que contribuyan con su creación al buen entendimiento de las culturas del Océano Índico desde una perspectiva cristiana. Ante este vacío teórico, se recurre a la evocación de figuras legendarias. En su oratorio poético Vali pour une reine morte (1973), Boris Gamaleya pone en escena las voces de los cimarrones Cimandef y Rahariane y del cazador de negros, Mussard, personajes históricos muy conocidos en la isla. Se reivindican también las formas de expresión artística orales (cantos rituales o profanos, cuentos, adivinanzas, ritos y cantos del maloya) reconociéndoles el valor de palabra literaria propia que se les había negado hasta entonces.

La narrativa de corte histórico se convierte en un género que permite reconstruir la memoria del pasado cuestionando la pretendida superioridad del punto de vista europeo. La obra de Monique Agénor está marcada por la ruptura y el exilio. L’Aïeule de l’Îsle Bourbon (1993) narra el viaje de Françoise Chastelain, la primera francesa deportada a La Reunión en el siglo XVII que da a luz a un niño en la isla. Bé-Maho. Chroniques sous le vent (1996) reconstruye la historia de los youls, modestos plantadores de las regiones altas de la isla a quienes la Segunda Guerra Mundial confronta con sus orígenes europeos. La yuxtaposición de pasajes narrativos y de crónicas traduce, en lo formal, este cruce entre culturas. Comme un vol de papang (1998), donde los capítulos narrativos se alternan con los cuentos que relata Herminia, la protagonista, relata la destitución y la deportación a La Reunión de Ranavalona III (Ranavola-Manzàka), última reina malgache, por parte de la administración colonial francesa. La mezcla de lenguas (francés, criollo de Reunión y malgache) constituye una figuración discursiva de la circulación entre las dos islas y una afirmación del componente malgache de la cultura reunionesa. También la obra de Jean Lods pone de manifiesto esa interpenetración de la historia y de la ficción (Ricœur), de la esfera privada y colectiva. Sus novelas narran repetidamente la experiencia de la ruptura a través de personajes que regresan a La Reunión años después de haber abandonado la isla en busca de sus orígenes: en La Morte saison (1980), Le Bleu des vitraux (1987) o Quelques jours à Lyon (1994) la escritura se somete a un trabajo de negociación de la distancia y del recuerdo que yuxtapone historia personal y realidad social de la isla.

La novela histórica tiene otro representante notable en Jean-François Samlong, quien aborda aspectos como las condiciones de vida de los inmigrantes malgaches (Terre arrachée, 1982), la esclavitud (Madame Desbassyns, 1985; Zoura, femme bon Dieu, 1988) o momentos más recientes (Pour les bravos de l’empire -1987- se sitúa durante la Segunda Guerra Mundial). En Le roman du marronnage à l’île Bourbon (1990), el autor ofrece un análisis de la figura del cimarrón donde combina didactismo y documentación histórica para, sin conseguir evitar siempre el cliché, reconstruir los momentos simbólicos de la elaboración de la identidad reunionesa. Sin abandonar la perspectiva histórica y sociológica, La Nuit cyclone (1992) y L’arbre de violence (1994), publicados en París, ofrecen una narrativa más elaborada donde se cruzan voces y planos temporales. El autor vuelve sobre el cimarrón en su novela Le Nègre blanc de Bel-Air (2002) y en L’empreinte française (2005), donde imagina un bosque de la isla habitado por el alma en pena de una niña malgache depositaria de la memoria de los cimarrones. También en una perspectiva histórica, Firmin Lacpatia evoca en Boadour: du Gange à la Rivière des Roches (1978) la epopeya de los trabajadores contratados indios a partir de documentos familiares. La producción narrativa actual se aleja de esta tendencia histórica para resucitar géneros populares diversos: Bernadette Thomas (Le Souffle des disparus, 2003) y J. William Cally (Kapali, 2005) optan por crear ambientes fantásticos habitados por criaturas maléficas y los relatos de piratas están representados por Daniel Vaxelaire (Supplique pour ne pas être pendu avec les autres pirates, 2003) o Fred Mussard (Le Retour du buisson ardent, 2006).