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Universitat Autnoma de Barcelona

La literatura mauriciana sota la colonització

La crítica señala Paul et Virginie de Bernardin de Saint-Pierre (1788) como el texto fundador de la literatura mauriciana. Esta novela de inspiración pastoril, fuertemente impregnada de la filosofía de Rousseau y teñida de melancolía evoca la felicidad perdida de dos amantes oponiendo el tiempo de la felicidad al de la desgracia, el espacio protegido de la isla a un amenazador universo exterior y el mundo puro de la naturaleza a una civilización destructora (3). Más de dos siglos después de la publicación de Paul et Virginie, su influencia en la literatura mauriciana parece indiscutible. De Marcel Cabon a Ananda Devi, las ficciones siguen privilegiando los amores trágicos que concluyen a menudo con la muerte a causa de la presión que ejercen las convenciones sociales. Convertida en parte del patrimonio nacional, la novela de Bernardin de Saint-Pierre sigue motivando nuevas creaciones donde el centro de interés aparece desplazado respecto del texto original. (4)

Tomi Pitot, primer autor mauriciano, publica a finales del siglo XVIII una Réfutation du voyage à l’Isle de France de Bernardin de Saint Pierre. Poco después aparece Sidner ou les dangers de l’imagination, de Barthélemy de Froberville, una intriga inspirada del Werther de Goethe muy alejada de Mauricio. Sin embargo, los autores mauricianos que se decantan por la poesía son mayoría. Léoville L’Homme (1857-1928), poeta procedente de la comunidad criolla, introdujo la moda parnasiana en la isla en títulos como Pages en vers (1881), Poèmes païens et bibliques (1887), Poèmes épars (1921) y Poésies et poèmes (1926). A imagen de los autores franco-mauricianos, su poesía celebra la herencia cultural francesa, aunque esta muestra de dependencia puede entenderse también como una reacción ante la llegada masiva de trabajadores indios a la isla. La poesía intimista y de tintes místicos de Robert-Edward Hart (1891-1954) -Les Voix intimes, 1922 ; L’Ombre étoilée, 1924 ; Mer indienne, 1926 ; Le Poème de l’île Maurice, 1933-, que canta la pérdida del reino de la infancia o busca lo que queda de él, influenciará a las generaciones posteriores.

La ruptura con el francotropismo y el parnasianismo llega con Malcolm de Chazal (1902-1981). Hijo de terratenientes franco-mauricianos, de Chazal siguió estudios de ingeniería agrónoma en Estados-Unidos, donde entró en contacto con una comunidad religiosa próxima de Swedenbord, cuya mística influenciará más tarde su obra literaria. De regreso a Mauricio, trabaja en la industria azucarera y publica algunos trabajos en los que defiende la necesidad de una transformación de la gestión económica. Sus propuestas no tienen el éxito esperado y Chazal inicia una etapa profesional poco brillante como funcionario en la compañía de electricidad y teléfonos de la isla. Robert-Edward Hart, con quien mantendrá una estrecha relación, le da a conocer la teoría pseudo-científica del reunionés Jules Hermann según la cual las islas del océano Índico eran los restos de un antiguo continente hundido, al que bautizó Lemuria, habitado por gigantes que habrían dado forma a las montañas de las islas. Los habitantes de este continente, que habría desaparecido durante un cataclismo provocado por la colisión de enormes meteoritos con la Tierra, habrían sido los antepasados de la humanidad, y la lengua malgache constituiría el origen de todas las demás lenguas. Esta revelación modifica la visión que de Chazal tiene de la isla dotándola de un origen mítico. La teosofía literaria de de Chazal encuentra en el aforismo un primer canal de expresión. Durante los años treinta y cuarenta publica Pensées (siete volúmenes) y Sens-Plastique (dos volúmenes). Los surrealistas y Jean Paulhan elogian su obra y Gallimard le abre las puertas para cerrárselas poco después, al parecer a causa del deismo del poeta mauriciano. En 1951 de Chazal publica Petrusmok, donde da forma al mito literario de Lemuria encarnado en las montañas y en la naturaleza de Mauricio con el tono fulgurante de la revelación profética. De Chazal prosigue su búsqueda teosófica, a camino entre el cristianismo y el naturismo espiritual publicando a cuenta de autor numerosos títulos (ensayos esotéricos, teatro) caracterizados por una escritura hermética. Escribe también volúmenes de cuentos y de relatos que no verán la luz. En la última etapa de su vida se dedica a la pintura, aunque el autor condenará muchos de sus trabajos al fuego, como ya había sucedido antes con sus textos. La obra de esta figura controvertida, genio para algunos, loco para otros, más allá de su excentricidad y de su misoginia modifica profundamente el imaginario mauriciano. El Mauricio literario de este autor sacraliza la isla a la vez que la preserva de la estereotipia y de toda gratuidad estética convirtiéndose en un componente de la cohesión nacional.

Una ojeada al índice de la Histoire de la littérature mauricienne de langue française de Georges Prosper (1978) basta para constatar la predominancia de autores hombres. La literatura escrita por mujeres, lejos de cualquier reivindicación feminista, reproduce los estereotipos dominantes sobre la feminidad ilustrando esa “gracia femenina” que señala Prosper. En efecto, el sentimentalismo, el deseo de gustar y la cursilería están presentes en estas obras. Pero más allá del autoerotismo y de la nostalgia, de los que las autoras no tienen la exclusividad, las novelas escritas por mujeres resultan tan o más interesantes por lo que silencian que por lo que dicen: la obsesión por preservar la pureza racial y el rechazo del mestizaje racial, que aparece sublimada en la glorificación del mestizaje cultural de Camille de Rauville. Clément Charoux es uno de los primeros autores mauricianos que denuncian los prejuicios y las desigualdades sociales. En Ameenah: roman mauricien (1935), Charoux evoca el amor prohibido entre una indo-mauriciana y un franco-mauriciano a través de una historia construida mediante oposiciones binarias: Ameenah encarna la naturaleza violenta, mientras que el hombre blanco representa la civilización. Aunque éste abandona a la mujer de su medio social con la que debía casarse para vivir una historia de amor con Ameenah, acaba comprendiendo que sus intentos por “civilizarla” están condenados a fracasar y regresando a su entorno social. Treinta años más tarde, Marcel Cabon publica Namasté (1965), cuya heroína, Oumaouti, aunque ya no es objeto de comentarios raciales explícitos, sigue siendo representada desde el punto de vista masculino, esto es, como un objeto deseado y temido a la vez. Oumaouti, una campesina indo-mauriciana casada con Ram, recurre a la magia para poder quedarse embarazada ante el miedo a ser repudiada. Cuando lo consigue y muere trágicamente, su marido pierde la razón, más por el hijo perdido que por ella, para acabar también perdiendo la vida. Aunque ni siquiera la muerte consigue igualarlos, pues la de Ram, a diferencia de la de Oumaouti, aparece asociada a la reencarnación. La diligence s’éloigne à l’aube (1958), donde Marcelle Laguesse recrea la vida de los colonos de clase alta de principios del siglo XIX, constituye el contrapunto de las dos novelas anteriores: la franco-mauriciana Isabelle Ghast, constituye una amenaza para el patriarcado, aunque para ello tenga que recurrir al asesinato de dos hombres. En Le Notaire des Noirs, de Loys Masson (1961), la franco-mauriciana encuentra en la maternidad un arma contra el orden dominante. La figura femenina de la mulata aparece asociada en la novela colonial al discurso de la tentación. Su identidad contradictoria, a la vez accesible y prohibida al hombre, puede observarse en L’étoile et la clef (1945) de Loys Masson. La representación de la mulata no aparece aquí tampoco como una suma de identidades, sino como una no-identidad, un no man’s land que escapa a toda representación. En Polyte (1926), Savinien Mérédac aborda la deshonra que supone para el criollo ver mezclada su sangre con la de un mauriciano de origen indio (no sucede así en el caso de un blanco). En la novela histórica Brasse-au-vent (1969), Marcel Cabon retoma el esquema banal y repetitivo del amor prohibido entre un blanco y una esclava carente de personalidad y anónima excepto en algunos momentos en los que predominan su exotismo y su animalidad. La representación de la mujer criolla (recuérdese que el término “criollo” designa en Mauricio a los descendientes de esclavos) se caracteriza, pues, por su escasa representación literaria, como si la “evidencia” de su color le restase todo interés.


(3) Paul et Virginie narra la breve y desgraciada existencia de los hijos respectivos de dos mujeres francesas que viajan a Isle de France para ocultar su deshonra. La pareja crece como dos hermanos virtuosos e inocentes cuya existencia es la imagen de la perfecta felicidad que emana de la armonía con la naturaleza tropical. Convertida en adolescente, Virginie debe embarcar para Francia, donde una tía se ocupará de su educación. La separación provoca un enorme sufrimiento que parece concluir con el regreso de Virginie. Pero el navío que la trae de vuelta a casa zozobra a causa de una terrible tormenta cuando se está aproximando a la costa. Tras asistir al naufragio, Paul sucumbe presa del dolor poco antes de que mueran también su madre y la de Virginie.
(4) Por ejemplo, el cortometraje de Utam Ramchurn, Paul et Virginie. 25.09.09, esboza algunos encuentros y desencuentros amorosos entre mauricianos de diferentes grupos étnicos que tienen lugar en una plaza dominada por la estatua de estos dos personajes literarios. El hecho de apoyarse en una referencia cultural compartida facilita esta utópica apertura hacia la interculturalidad en una sociedad donde las uniones interétnicas siguen siendo excepcionales.