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Universitat Autònoma de Barcelona

El instante poético o la búsqueda del presente perpetuo

Alba Flores Velasco

 

Qué importa el tiempo sucesivo si en él hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde.

Jorge Luis Borges

 

Y todo transcurrir no es más que un punto.

Roberto Juarroz

 

Al recoger su premio Nobel en 1990, Octavio Paz no dudó en dedicar su discurso a «la búsqueda del presente» en que se sustenta toda su producción literaria. Sin rechazar el futuro, aunque tratando el progreso y el porvenir desde una perspectiva crítica, el poeta y ensayista mexicano defendió, como lo hizo -explícitamente unas veces, de manera velada otras- en la mayoría de sus obras, ese tiempo, ese pájaro que se desvanece cuando tratamos de alcanzarlo, ese presente puro, el único que la percepción humana es capaz de captar: el instante. Accesible solo para algunos, el instante escapa a la historia, sobrevuela el tiempo horizontal, desafía la circularidad mítica y encarna, tan solo, en la poesía y en el amor. Poema y unión amorosa desafían toda concepción temporal previa, fundiendo en el ahora el pasado, el presente y el futuro.

Hasta llegar a Paz, sin embargo, la aporía del tiempo ha sido objeto de estudio por parte de físicos, filósofos y poetas desde la Antigüedad. Edmund Husserl postula, en sus  Lecciones de fenomenología de la conciencia interna del tiempo,  una doble realidad temporal: de un lado, el tiempo objetivo; del otro, el tiempo inmanente al curso de la conciencia. El primero es un tiempo compartido «constituido por la intersubjetividad trascendental» (Kretschel, 2013: 181), esto es, el tiempo del mundo objetivado a través de la empatía; el segundo, en cambio, está supeditado a los procesos fenomenológicos de «impresión inmediata», «retención» y «anticipación»: nuestra percepción no sería unidireccional sino que se bifurcaría hacia tres horizontes intencionales, esto es, pasado, presente y futuro de lo percibido. La simultaneidad inferida de la triple direccionalidad de la percepción es similar a la que define al aión de la antigua Grecia, concepción del tiempo en la que confluyen, en el presente, un pasado recuperado por la memoria y un futuro proyectado por la imaginación.

Entre estos dos momentos de la reflexión filosófica acerca del tiempo muchas han sido las posturas en torno al problema de la temporalidad. Aristóteles, a diferencia de Platón –para quien el tiempo es una imagen móvil de la eternidad–, afirma que tiempo y movimiento son inseparables puesto que «el tiempo es el número del movimiento» (Conde Soto, 2012: 13). Entendido como fenómeno subjetivo, San Agustín se aleja de la concepción de Aristóteles –que lo concibe como manifestación exterior– e inscribe el tiempo en el alma, donde confluyen la memoria, la visión y la espera. Discípulo de Husserl, Martin Heidegger defiende, en sus conferencias sobre El ser y el tiempo, que la vida humana del Dasein «no acontece en el tiempo, sino que es el tiempo mismo» (2009: 85). Para el filósofo alemán, el tiempo del reloj, el tiempo terrestre, «no es nada más que nuestra misma convivencia, el tiempo que somos en común» (2009: 87). No es el propósito de este trabajo desentrañar el concepto de tiempo que Octavio Paz contempla, pues él mismo afirma no saber cuál sea su forma; el objetivo es tratar de acotar la idea que el mexicano tiene del tiempo poético a través tanto de sus poemas como de sus escritos ensayísticos y ponerlo en relación con las principales tesis acerca de la percepción temporal del ser humano.

La defensa del instante que lleva a cabo Octavio Paz no se inscribe en el tiempo de la historia. Para él, no se trata de detener la progresión y apresar un ahora en la sucesión temporal; cualquier intento sería inútil y desembocaría en la frustración y el desgarro, en la melancolía más profunda. Pensemos en Baudelaire, a quien le tocó vivir, como afirma Sartre, «en una época que acababa de inventar el porvenir» (1984: 108); el poeta maldito persiguió la modernidad y descubrió «que no es sino tiempo que se deshace entre las manos» (Paz, 1991). Para Paz, como para Baudelaire, «el futuro es un tiempo falaz que siempre nos dice ‘todavía no es la hora’ y que así nos niega» (1970: 96). El tiempo cronométrico encarna, asimismo, la voracidad que arrasa con todo lo vivido:

Abre simas en todo lo creado,
Abre el tiempo la entraña de lo vivo,
Y en la hondura del pulso fugitivo
Se precipita el hombre desangrado.
¡Vértigo del minuto consumado!
En el abismo de mi ser nativo,
En mi nada primera, me desvivo:
Yo mismo frente a mí, ya devorado («La caída», I, vv. 1-8)

Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un niño
está cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra («Pasado en claro», vv. 61-67)

Roza mi frente con sus manos frías 
el río del pasado y sus memorias 
huyen bajo mis párpados de piedra. 
No se detiene nunca su carrera 
y yo, desde mí mismo, lo despido («Cuarto de hotel», II, vv. 1-5)[1]

En terminología de Heidegger, el ser-ahí es un ser para la muerte; nacer es morir, es iniciar la caída en ese pozo, el tiempo del calendario, al que somos arrojados desde nuestro tiempo original, primitivo; la implacable vida se reduce a contar lo que tardamos en caer, a contemplar nuestra carrera hacia la muerte. Ese tiempo original, ese «presente sin fisuras» que el ser humano experimenta durante sus primeros años –unos años, los de la infancia, en que la temporalidad se percibe únicamente a través de los sentidos-, es reemplazado por el tiempo objetivo marcado por el reloj. Esta expulsión del presente, como Paz la denomina en su discurso de aceptación del Nobel, «es una experiencia que todos hemos sentido alguna vez; algunos la hemos vivido primero como una condena y después transformada en conciencia y acción» (Paz, 1991).


[1] Todos los poemas citados en el trabajo están extraído de Libertad bajo palabra (1974) y Salamandra (1969).

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