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Universitat Autònoma de Barcelona

Literatura, libertad y juventud

Alejandro Veiga Expósito

 

Creo que no hay nada más importante que la infancia. En la infancia está la totalidad de la vida, es principio y fin de todo. Desde esta objeción personal, no he encontrado mejor manera de celebrar el centenario del nacimiento de Octavio Paz y Julio Cortázar, que viajando a la infancia, lo que esta fue para ellos, las repercusiones que tuvo en su creación, en la literatura. Como veremos, no hace falta mayor exigencia para leer estas líneas que haber sido niño y, quizás, haber leído alguna vez un poema, una receta de cocina, o las instrucciones de uso de algún champú.

En una carta fechada del 29 de abril de 1968, Octavio Paz -en consecuencia de la lectura que realizó de Arde Mar y La muerte en Beverly Hills- le dedica a Pere Gimferrer las siguientes palabras: “Yo no sabía que andaba usted apenas por los 23 años. Cuando lo supe dije: ¡Es extraordinario! Y Cortázar agregó: Y casi inmoral... la verdad es que ni él ni yo sabíamos -lo que se llama saber- que hay en el mundo gente más joven que nosotros. ¡Qué locura! Nunca he creído que la juventud sea un mérito en sí -y aún menos una disculpa†(Paz, 1999: 27-28). A partir de esta opinión, Paz desarrolla una pequeña clasificación sobre lo que denomina “poetas maduros†y “poetas jóvenesâ€, incluyendo a Gimferrer en la segunda categoría. Pero, ¿de dónde viene su estupefacción y admiración ante la juventud de Gimferrer?

Lo fácil desde este punto es vista es asumir que se trata de una reflexión sobre el tono del poeta, o sobre la frescura de sus versos, pero nada más lejos de esto -menos refiriéndonos al complejo barroquismo que practicaba en estas obras el poeta catalán. Como bien dice Jaime Gil de Biedma en su artículo Sensibilidad infantil, mentalidad adulta, la poesía aspira a unir la sensibilidad, a llegar a una visión del mundo continua, donde las barreras racionales no se interponen en la visión fenomenológica que tenemos de la vida. No quiere decir esto que de aquí se extiende una crítica al mundo contemporáneo pos-industrializado, o a una sociedad que se rige únicamente por la capacidad racional de un sujeto para producir y entrar en el juego entre producción y consumo. No exactamente. Se trata más bien de lo que Baudelarie planteó como “El genio es la infancia reencontrada a voluntadâ€. Es decir, el genio poético es la capacidad de retomar con intención propia -que no mantener una constante actitud infantil- la visión de la realidad como totalidad no clasificada. En la infancia se encuentra la visión última, unitiva e irracional, sin las barreras de la razón que todo lo clasifica. Por ello, el poeta puede asumir la necesidad del viaje a la infancia como punto de partida para la creación artística (Gil de Biedma, 2010).

Partiré de la obra de uno de nuestros asombrados, la de Cortázar. El argentino busca constantemente en sus textos la creación de puentes entre los sucesos más cotidianos y lo fantástico. Pero no lo fantástico en el sentido de lo que se ha denominado como real-maravilloso, realismo mágico, o realismo mítico. En Cortázar, el lector atiende a la creación de una realidad total, donde lo fantástico y el espacio físico que conocemos se funden en una visión única de la vida práctica. No vemos que haya, pues, una simple irrupción de sucesos fantásticos en la cotidianidad, sino que ambos se funden en un mismo plano, como sucede en La noche boca arriba, donde el protagonista no escapa de sus sueños y no sabemos quién sueña qué; o en Continuidad de los parques, donde un hombre leyendo una novela será asesinado por un personaje de la misma. En sus narraciones hay un derribo de las fronteras, el cual veremos aquí como una vuelta a la unidad de la infancia donde, como todos hemos vivido o podemos comprobar rápidamente en un parque infantil, experimentamos una escisión entre realidad y fantasía.

“No sé si pueda hablar del papel que juega [la fantasía y la imaginación en la literatura]; lo que creo, y traté de decirlo alguna vez, es que desde que comencé a escribir -e incluso mucho antes- siempre me fue difícil distinguir entre lo que mi inteligencia racional ve de la realidad y lo que mi propia fantasía le pone por encima o por debajo y que la transforma†(Cortázar, 2013: 102). Para Cortázar, un jersey puede convertirse en un agujero sin fin, una escalera se fija con el golpe de un talón, y las lecturas entran en nuestra vida al igual que los sueños. Pero esto no es gratuito, dedicado hacia la escritura, o al mero artificio artístico, esto es la necesidad del artista de ver en la realidad algo que está más allá del utilitarismo ordinario, de objetivarla. Convive en la visión personal del artista la propia creación literaria. En palabras del propio autor: “decir <<literatura>> y <<vida>> para mí es siempre lo mismo†(Cortázar, 2013: 16).

Contrario a este utilitarismo de nuestra sociedad robótica, Cortázar cree en lo que ve, el objeto está iluminado por la percepción propia. En esto consiste su ejercicio de derribo, en mostrar el mundo iluminado bajo su mirada, no transformado por la palabra, sino el propio mundo -sin fronteras, en su unidad infantil- encarnado en la palabra. Lo que Rimbaud llamó La alquimia del verbo en Dèlires II es para Cortázar el viaje al infierno, a sus infiernos, que todo poeta debe hacer para quebrantar la realidad por sí misma, o sea, desde la palabra (Cortázar, 1994c). Por ello, Saúl Yurkievich, comienza -creo que acertadamente- su análisis de la fantasía en la obra del argentino, rememorando la célebre anécdota que dio origen a las Historias de cronopios y famas. Cuenta Cortázar que “Una noche, escuchando un concierto en el Théâtre des Champs Elysées[1], tuve bruscamente la noción de unos personajes que se llamarían cronopios. Eran tan extravagantes que no alcanzaba verlos claramente; como una especie de microbios flotando en el aireâ€(Yurkievich, 1997:37). Aunque pueden parecer las palabras de un niño, el argentino siempre relata y demuestra abiertamente su visión del mundo, de su realidad. Lo vemos en la inmensa cantidad de anécdotas de este estilo que existen del escritor. Una mente sin barreras clasificadoras, que no se fija en el materialismo, que observa los objetos desprendidos de su significado impuesto. Una mente en constante sintonía con la infancia.


[1]    Se trataba de “Un gran homenaje a Igor Stravinsky, músico que me ha marcado a lo largo de mi vidaâ€, que le diría Cortázar a Serrano Soler en su entrevista de 1977.

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