Nueva universidad. Nueva ciudad. Y una tesis de doctorado por aprobar. Esa precisamente era mi situación hace dos años, allá por el 2016. Los comienzos nunca son sencillos, lejos de los rostros familiares y de las manos tendidas amigablemente. El anhelo por vivir nuevas aventuras y superar nuevas metas nos empuja hacia delante. Sobre el terreno, cuando el sueño se convierte en realidad, las cosas siempre resultan un tanto más complicadas…

Sin embargo, todo fue un poco más fácil al encontrarme con Ella. Con su suave cabello grisáceo, unos ojos sabios como el tiempo y tan solo con cuatro kilos de peso, Leti sí sabía cómo hacer sentir a una alumna desorientada un miembro destacado de la comunidad universitaria. Pisando acera o sobre el muro que conduce a la entrada de los ferrocarriles de la Generalitat, allí estaba, siempre dispuesta a recibir unas caricias rápidas o, mejor todavía, un bocado sabroso, sonsacado a base de ronroneos y refriegas por las piernas de los incautos estudiantes. Si eso no funcionaba (cosa poco probable), lo intentaba con unos maullidos lastimeros con ese hilito de voz tan dulce que tenía. Difícil resistirse al juego. Imposible dejar de jugar.

En aquel momento, nuestra Leti ya tenía dieciocho años, una edad muy avanzada para una gata. A los pocos meses de conocerla, su enfermedad de garganta se agravó y fue ingresada en el Hospital Clínic Veterinari de la Universitat Autònoma de Barcelona. Tras una estancia de una semana aproximadamente, pudo pasar los últimos días de su vida en la casa de una voluntaria de la asociación Gats Campus. Finalmente, encontró un hogar.

Al cerrar sus preciosos ojos verdes, se llevó una parte viva de la historia de nuestra universidad. Aunque ¿quién sabe? Quizá todavía sigue custodiando a los nuevos viajeros, despistados y perdidos, que osan adentrarse en las aguas del conocimiento de la UAB.

Laura Ibáñez