| Resum: |
Desde hace más de medio año, el barcelonés Joan Josep Garcia se alimenta de tápers. Una parte de ellos, de plástico, y la otra, de material biodegradable. En cualquier caso, Joan Josep se siente como un clínex, una toallita húmeda «de acción rápida», un vaso de polipropileno no reutilizable. En julio del 2025 la nueva dueña de la finca en la que tiene su casa optó por cortarle la corriente eléctrica. Desde entonces, la oscuridad absoluta le envuelve, y ya ha aprendido a moverse en la noche eterna como si él fuese un jaguar herido y el piso de alquiler en el que mora, el cubil más profundo. La propiedad ha colocado una cámara en la escalera con detector de movimientos, de tal manera que al entrar y al salir el Gran Hermano de detrás del objetivo le increpa, le insulta: «¡Cállate, desesperado!», vocifera una voz tremendamente inquietante de categoría 5505 (suspense psicológico). «Me está acosando todo el día, no hay quien lo aguante, es un infierno», apela a la bondad de las autoridades competentes, de las cuales Joan Josep ha quedado defraudado. Calificado por la administración como «persona vulnerable», como persona de plástico vulnerable -y afectado de fibromialgia-, su situación se ha visto agravada por momentos: a su madre, con quien convivía hasta hace unas semanas, la han ingresado en la residencia geriátrica Mar i Sol, en Calella de Palafrugell, a cincuenta kilómetros de Barcelona; por no tener sustento, frecuenta el banco de alimentos, y le ha pedido a la asistenta social la opción de seguir recibiendo tápers, dada la imposibilidad de cocinar en casa -la asistenta también le ha decepcionado-, y el alquiler le vence en el 2027, aunque, según él, los nuevos dueños le están forzando para que se vaya. La inmobiliaria ya le ha llevado a juicio, del que Joan Josep ha salido bien parado. El fallo del juez apeló con contundencia a la conciencia social: «Este callejón sin salida que sufre el señor García ha sido generado claramente por la propiedad e hipotéticamente podría tratarse de un delito de coacciones de carácter inmobiliario con la intención de que el señor García se vaya del piso por vías diferentes a las legalmente establecidas». El 6 de febrero del 2026, le espera otro juicio, este para hacer efectivo el desahucio, y Joan Josep, abatido, se deprime solo de pensarlo, porque tampoco confía en el abogado de oficio. Mientras tanto se le ha echado el invierno encima, con bajadas de temperatura y una humedad superior a la media. En las tinieblas de la cueva en la que malvive, que no tiene cédula de habitabilidad, ha ido apilando mantas como un nativo en las reservas indígenas de Montana. Pasan frío él y sus dos gatas, Llum i Estel. Hace años, Joan Josep dirigía su propio equipo como director de una oficina bancaria. Hoy, eso se perdió en la neblina de la memoria. |