| Resumen: |
Desde su más reciente institucionalización, en el marco de la Modernidad, la educación (formal) ha estado al servicio de las élites y los Estados nacionales que pretendían, básicamente, la reproducción social y el mantenimiento de los estatus quo asociados. Por eso, en el siglo XX, la escuela fue la institución educativa por excelencia. De hecho, desde una perspectiva crítica, se podría decir que la educación escolar fue un medio para intentar domesticar el aprendizaje encerrándolo en unos entornos muy controlados, esto es, el currículum y el centro escolar. Como ya he planteado en otro lugar el aprendizaje es una actividad naturalmente salvaje (Úcar, 2016), dado que, más allá de planificaciones, determinaciones o propósitos externos, solo obedece a sus propias reglas. Esto es algo que puso de manifiesto Freinet (1974), de manera harto evidente, a través de la metáfora del caballo y la fuente: podemos llevar el caballo a la fuente, pero solo beberá si quiere. En este primer cuarto del siglo XXI la emergencia de las denominadas policrisis (Moss, 2025) y ecocrisis (Keto & Foster, 2021), generadas por la confluencia de todo un conjunto de factores en la sociedad (neoliberalismo; individualismo; Antropoceno; universalización de las tecnologías; IAs generativas y agénticas y un largo etcétera) ha generado unas situaciones de profunda incerteza vital y social que, en buena parte de los casos, están teñidas de oscuros pronósticos hacia el futuro. |