Llegenda de Muci Escèvola

T.Livi, Ab urbe condita II  (.... Trad. de )

Rechazado Porsena en aquel primer ataque y renunciando a apoderarse de la ciudad por asalto, convirtió el sitio en bloqueo, dejando una guardia en el Janículo, y acampando en una llanura a orillas del Tíber. En seguida reunió barcas por todos lados para oponerse a que introdujeran trigo en la ciudad, y poder pasar tropas en diferentes puntos de una a otra orilla cuantas veces se ofreciese ocasión favorable al pillaje. Muy pronto fueron tan inseguros los alrededores de Roma, que los habitantes no se limitaron a trasladar a la ciudad todos sus efectos, sino que llevaron también todos los ganados, sin que nadie se atreviese en adelante a sacarles de las puertas. Sin embargo, aquella completa libertad que los romanos dejaban a los etruscos, no se debía tanto al temor como a la astucia: el cónsul Valerio, que acechaba el momento de atacarles de improviso cuando estuviesen dispersos en numerosos grupos, dejaba impunes los pillajes poco importantes, reservando todo el peso de su venganza para ocasiones más graves. Con el propósito de atraer merodeadores, mandó a los romanos que saliesen en considerable número al día siguiente, por la puerta Esquilina, la más distante de los enemigos, llevando los ganados, persuadido de que los etruscos se enterarían por medio de los esclavos infieles que el sitio y el hambre hacía desertar a su campo. Efectivamente, un desertor informó a los etruscos, que atravesaron el río en mayor número que de costumbre, esperando apoderarse de todo aquel botín. P. Valerio envía a T. Herminio con algunas tropas a emboscarse a dos millas de Roma, en el camino de Gabias, y ordena a Sp. Larcio que se sitúe en la puerta Colina con la más ágil que había en la juventud y permanezca hasta que el enemigo haya pasado, adelante, se interpongo en seguida entre él y el río para cortarle la retirada. El otro cónsul, T. Lucrecio, sale por la puerta Nevia con algunos manípulos de legionarios, mientras que el mismo Valerio desciende del monte Celio con cohortes escogidas. Este fue el primer cuerpo que se presentó al enemigo. En cuanto oyó Herminio el ruido del combate, salió de su emboscada, cogió por retaguardia a los etruscos que resistían a Valerio e hizo gran matanza. Al mismo tiempo por la derecha y por la izquierda del lado de la puerta Colina y del de la puerta Nevia, contestan a sus gritos. Envueltos de esta manera los merodeadores, que no eran iguales en número, y a quienes se cierran todos los caminos de retirada, fueron destrozados por los romanos. Este combate puso fin a las excursiones de los etruscos.


Pero el bloqueo continuaba y la carestía del trigo aumentaba la escasez. Lisonjeábase Porsena de apoderarse de la ciudad sin abandonar sus posiciones, cuando C. Mucio, joven patricio, indignado al ver que el pueblo romano cuando era esclavo de sus reyes jamás había sido encerrado por el enemigo en ninguna guerra, y que ahora que era libre se encontraba bloqueado por aquellos mismos etruscos a quienes tantas veces había derrotado, trató de vengar, por medio de un hecho grande y audaz, la vergüenza de sus conciudadanos. Al principio quiso, de propio intento, penetrar en el campamento enemigo; pero temiendo que si salía sin  permiso de los cónsules y sin que nadie tuviese noticia, ser detenido por los centinelas romanos y llevado a la ciudad como desertor, acusación que haría verosímil la situación de Roma, presentose al Senado y dijo: “Padres conscriptos, quiero atravesar el Tíber y entrar, si puedo, en el campamento enemigo, no para recoger botín y vengar sus rapiñas; tengo, si los dioses me ayudan, propósito más noble.” Autorizado por el Senado, oculta un puñal bajo sus ropas y parte. En cuanto llegó, mezclose con lo más apretado de la multitud que rodeaba el tribunal de Porsena. Encontrábanse distribuyendo el sueldo a las tropas; un secretario estaba sentado junto al rey, vestido casi de la misma manera, y como despachaba muchos asuntos, como a él se dirigían los soldados, temiendo Mucio que si preguntaba cuál de los dos era Porsena, le descubriese su ignorancia, abandonose a la fortuna y mató al secretario en vez de matar al rey. Retirábase en medio de la espantada multitud, abriéndose paso con su ensangrentado puñal, cuando al grito que se alzó acudieron los guardias del rey, le cogieron y llevaron delante del tribunal. Allí sin defensa y en medio de las amenazas más terribles del destino, lejos de intimidarse, antes era objeto de terror: “Soy ciudadano romano, dijo; llámanme C. Mucio. Enemigo, he querido matar a un enemigo, y no estoy menos dispuesto a recibir la muerte que estaba dispuesto a darla. Propio del romano es obrar y sufrir con valor, y no soy el único a quien animan tales sentimientos: después de mi, otros muchos aspiran a este honor. Prepárate, pues, si crees que debes hacerlo, a combatir por tu vida en todas las horas del día, porque encontrarás un puñal y un enemigo hasta en el vestíbulo de tu palacio. Esta guerra te la declaramos nosotros, la juventud romana. No has de tener combate, ni batalla. Todo pasará entre tu persona y cada uno de nosotros.” Inflamado entonces el rey por la cólera y el espanto en vista del peligro que corre, manda que rodeen de llamas a Mucio y le amenaza con hacerle perecer en ellas si no revela pronto la misteriosa trama con que procura amedrentarle: “Mira, le contesta Mucio, muy poca cosa es el cuerpo para los que solamente aspiran a la gloria.” Y al mismo tiempo colocó la mano sobre un brasero encendido para los sacrificios y la dejó arder como si fuese insensible al dolor. Asombrado de aquel prodigio  de energía, el rey levantose del trono, y, mandando que separen a Mucio del altar: “Parte, le dice, tú que no temes mostrarte más enemigo tuyo que mío. Aplaudiría tu valor si estuviese destinado a servir a mi patria. Marcha; no usaré los derechos que me concede la guerra: te dejo libre; desde ahora eres inviolable.” Entonces Mucio, como en agradecimiento de tanta generosidad, dice: “Puesto que sabes honrar el valor, conseguirás de mi por tus beneficios lo que no has podido obtener por amenazas. Trescientos entre la juventud más escogida de Roma hemos jurado tu muerte. La suerte me ha designado el primero; los otros vendrán a su vez, y sucesivamente les verás a todos, hasta que uno de ellos encuentre ocasión favorable.”

Text llatí

[11] Porsinna primo conatu repulsus, consiliis ab oppugnanda urbe ad obsidendam uersis, praesidio in Ianiculo locato, ipse in plano ripisque Tiberis castra posuit, nauibus undique accitis et ad custodiam ne quid Romam frumenti subuehi sineret, et ut praedatum milites trans flumen per occasiones aliis atque aliis locis traiceret; breuique adeo infestum omnem Romanum agrum reddidit ut non cetera solum ex agris sed pecus quoque omne in urbem compelleretur, neque quisquam extra portas propellere auderet. Hoc tantum licentiae Etruscis non metu magis quam consilio concessum. Namque Valerius consul intentus in occasionem multos simul et effusos improuiso adoriundi, in paruis rebus neglegens ultor, grauem se ad maiora uindicem seruabat. Itaque ut eliceret praedatores, edicit suis postero die frequentes porta Esquilina, quae auersissima ab hoste erat, expellerent pecus, scituros id hostes ratus, quod in obsidione et fame seruitia infida transfugerent. Et sciere perfugae indicio; multoque plures, ut in spem uniuersae praedae, flumen traiciunt. P. Valerius inde T. Herminium cum modicis copiis ad secundum lapidem Gabina uia occultum considere iubet, Sp. Larcium cum expedita iuuentute ad portam Collinam stare donec hostis praetereat; inde se obicere ne sit ad flumen reditus. Consulum alter T. Lucretius porta Naeuia cum aliquot manipulis militum egressus; ipse Valerius Caelio monte cohortes delectas educit, hique primi apparuere hosti. Herminius ubi tumultum sensit, concurrit ex insidiis, uersisque in Lucretium Etruscis terga caedit; dextra laeuaque, hinc a porta Collina, illinc ab Naeuia, redditus clamor; ita caesi in medio praedatores, neque ad pugnam uiribus pares et ad fugam saeptis omnibus uiis. Finisque ille tam effuse euagandi Etruscis fuit.


 


[12] Obsidio erat nihilo minus et frumenti cum summa caritate inopia, sedendoque expugnaturum se urbem spem Porsinna habebat, cum C. Mucius, adulescens nobilis, cui indignum uidebatur populum Romanum seruientem cum sub regibus esset nullo bello nec ab hostibus ullis obsessum esse, liberum eundem populum ab iisdem Etruscis obsideri quorum saepe exercitus fuderit,—itaque magno audacique aliquo facinore eam indignitatem uindicandam ratus, primo sua sponte penetrare in hostium castra constituit; dein metuens ne si consulum iniussu et ignaris omnibus iret, forte deprehensus a custodibus Romanis retraheretur ut transfuga, fortuna tum urbis crimen adfirmante, senatum adit. "Transire Tiberim" inquit, "patres, et intrare, si possim, castra hostium uolo, non praedo nec populationum in uicem ultor; maius si di iuuant in animo est facinus." Adprobant patres; abdito intra uestem ferro proficiscitur. Vbi eo uenit, in confertissima turba prope regium tribunal constitit. Ibi cum stipendium militibus forte daretur et scriba cum rege sedens pari fere ornatu multa ageret eumque milites uolgo adirent, timens sciscitari uter Porsinna esset, ne ignorando regem semet ipse aperiret quis esset, quo temere traxit fortuna facinus, scribam pro rege obtruncat. Vadentem inde qua per trepidam turbam cruento mucrone sibi ipse fecerat uiam, cum concursu ad clamorem facto comprehensum regii satellites retraxissent, ante tribunal regis destitutus, tum quoque inter tantas fortunae minas metuendus magis quam metuens, "Romanus sum" inquit, "ciuis; C. Mucium uocant. Hostis hostem occidere uolui, nec ad mortem minus animi est, quam fuit ad caedem; et facere et pati fortia Romanum est. Nec unus in te ego hos animos gessi; longus post me ordo est idem petentium decus. Proinde in hoc discrimen, si iuuat, accingere, ut in singulas horas capite dimices tuo, ferrum hostemque in uestibulo habeas regiae. Hoc tibi iuuentus Romana indicimus bellum. Nullam aciem, nullum proelium timueris; uni tibi et cum singulis res erit." Cum rex simul ira infensus periculoque conterritus circumdari ignes minitabundus iuberet nisi expromeret propere quas insidiarum sibi minas per ambages iaceret, "en tibi" inquit, "ut sentias quam uile corpus sit iis qui magnam gloriam uident"; dextramque accenso ad sacrificium foculo inicit. Quam cum uelut alienato ab sensu torreret animo, prope attonitus miraculo rex cum ab sede sua prosiluisset amouerique ab altaribus iuuenem iussisset, "tu uero abi" inquit, "in te magis quam in me hostilia ausus. Iuberem macte uirtute esse, si pro mea patria ista uirtus staret; nunc iure belli liberum te, intactum inuiolatumque hinc dimitto." Tunc Mucius, quasi remunerans meritum, "quando quidem" inquit, "est apud te uirtuti honos, ut beneficio tuleris a me quod minis nequisti, trecenti coniurauimus principes iuuentutis Romanae ut in te hac uia grassaremur. Mea prima sors fuit; ceteri ut cuiusque ceciderit primi quoad te opportunum fortuna dederit, suo quisque tempore aderunt."

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