En los inicios de nuestra Facultad de Letras, una mañana el Decano, Federico Udina, me pidió que pasara un momento por la Biblioteca. En aquellos días se habían bautizado las aulas con nombres importantes: Antonio de Nebrija, Rodríguez Moñino…, nombres que los alumnos confundían con los de los profesores. La Biblioteca no tenía nombre; era una sala de la primera planta, larga y oscura. Justo en la entrada había una enorme mesa con unos libros dispersos junto con el listín de teléfonos de Sant Cugat. Eran cinco o seis libros. Solo recuerdo Pepita Jiménez, de don Juan Valera, edición de don Manuel Azaña en los “Clásicos de La Lectura”. Creo recordar que estos libros eran de Monseñor Griera, abad del Monasterio. Nunca supe si eran un regalo de mi antiguo profesor en la Universidad de Barcelona. Lo que recuerdo vivamente era la imagen desoladora de los libros solitarios, desordenados, y el listín en un ángulo. Un poco más tarde el Decano me encargó que hiciera el primer pedido de libros de Lengua y de Literatura Española para la Facultad. No se nadaba en la abundancia precisamente; se me indicó que tuviera cuidado en la elección y que disponía de 50.000 pesetas para esta compra (300€). He conservado el borrador de la lista inicial de obras lexicográficas. Ya se imagina el lector lo importante que me sentí y, a la vez, la tristeza al pensar lo que nos esperaba en un futuro próximo. Misteriosamente, la biblioteca de la Facultad empezó a crecer. Empezaron llegar las primeras alegrías: el primer libro antiguo que pudimos comprar fue Del origen y principio de la lengua castellana o romance que oi se usa en España, de Aldrete (6.000 pesetas que no recuerdo de dónde sacamos). Así la biblioteca de Letras se convirtió en un lugar destacado y fundamental para la formación de todos. Un día feliz, la Biblioteca de la UAB llegó al primer millón de libros, ya éramos importantes.
Deixa un comentari