LECTURAS DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS
Helena Usandizaga
Universitat Autònoma de Barcelona
“Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido” (Arguedas 1971: 267). Los sujetos de este escueto parte de guerra, armados con tan desiguales aliados, son el escritor José María Arguedas y la muerte. Ella venció al fin, dejando inacabada una obra que se construyó gracias al principal aliado de Arguedas, en otro tiempo fuerte: su vínculo con el mundo de los Andes peruanos, un mundo cuyo sentido supo percibir y que se esforzó en interpretar a lo largo de su obra, cumpliendo así su propósito de dar cuenta de la realidad andina “tal cual es” (como afirmó en el Primer encuentro de narradores peruanos, en 1965). La victoria de la muerte ocurrió en 1969, cuando Arguedas se disparó un tiro en la Universidad Agraria de Lima, porque, tal como le escribió en una carta al rector de la universidad, “he comprobado que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida”. Había nacido en 1911, en Andahuaylas, una población de la sierra peruana, y este año de 2011 se conmemora el centenario de su nacimiento.
En sus cuentos, novelas y poemas, Arguedas no aporta tanto una visión documental y realista del mundo andino, como algo mucho más importante, la traslación a su escritura del sentido y el sentimiento de ese mundo. Atravesada por narradores a caballo entre el mundo indígena y el más occidental de las capas mistis andinas, su obra va construyendo los relatos de violencia, pasión y orgullo en los que los indios y los mestizos se alejan del estereotipo de la novela indigenista y proponen con su afirmación la posibilidad de una emergencia de ese mundo aniquilado bajo las estructuras coloniales. En los cuentos de Agua (1935), predomina la visión del niño mestizo –culturalmente mestizo- que recoge la indignación por la injusticia y la complejidad de los sentimientos en esta realidad fronteriza, cruel e inocente a la vez. En la que es quizás su novela más emblemática, Los ríos profundos (1958), Arguedas construyó la historia de formación de un niño que proviene de las capas jerárquicamente superiores, pero que toma conciencia de su parte india y quechuahablante, de las historias y la música que han alimentado su sensibilidad infantil, y sobre todo de la jerarquía y la violencia que definen este mundo al que decidirá acompañar en su recuperación de la dignidad y la autonomía perdidas. Los ríos profundos del título son a la vez los ríos de la tradición, los de la regeneración y también los de la violencia que arrastra a su paso lo muerto para dar paso a la vida renovada; y también seres sagrados cuya fuerza hay que comprender y propiciar. Los mitos andinos que hablan de la fuerza contenida en las cosas del mundo natural, como este de los ríos (sobre todo el río crecido o yawar mayu), o el de las piedras que contienen la vida, esas que hablan al niño desde el muro de la ciudad del Cusco, bajo la pared encalada que la violencia colonial construyó sobre las piedras incas, son en la novela profundamente simbólicos; no tienen un valor folklórico o real-maravilloso, sino que llegan a proponer un modo de conocimiento basado en la posibilidad del hombre de establecer una relación de reciprocidad con las fuerzas naturales, a la vez genésicas y destructivas, modo que es alternativo al de la racionalidad ilustrada con su visión instrumental del mundo.



